LOS PESADOS CORTINONES se abrieron y un joven que rondaba los veintidós se coló en el apartamento para asombro evidente de su ocupante, quien se detuvo en pleno acto de encender un cigarrillo lo bastante como para quemarse los dedos con la cerilla.
—¡Que los dioses nos protejan de los locos por la moda! —exclamó mientras alzaba los brazos al cielo con teatralidad, como invocando la protección de sus divinos amigos, y luego se entregaba al cómodo abrazo del sillón más próximo.
Su público, tras recuperar la compostura a costa de soltar una maldición contenida sobre todos los amigos enamorados de las tablas, le acercó la mesita con los útiles de fumar. Durante un rato se rindieron a la caricia relajante del tabaco y luego empezaron a charlar.
—Bueno, Ollie, amigo mío, cuenta, ¿cuál es el problema? —preguntó el de los dedos quemados—. ¿Te apremia tu sastre para que le pagues? ¿Alguien te ha pedido alguno de tus rizos color caoba? ¿O intentan ganarse tus simpatías para la cruzada artística entre los antiestéticos moradores de las calles Mott y Mulberry?
—No. No es tan grave, pero ¿a qué crees que se han estado dedicando?
—¿Qué? ¿Cuál? ¿Quién? ¿Los estetas o los no estetas?
—Me refiero a la pandilla. A la otra pandilla, no a la nuestra.
—Oh, Archie y sus amigos. ¿Qué han estado haciendo? Espero que no sea nada serio, aunque siempre han sido una pandilla seria.
—No es serio. No, aunque está relacionado con un asunto muy serio. ¡Ja, ja, ja! ¡Ni te lo imaginas! ¡Je, je, je! Es que… ¡Jo, jo, jo!
—¡Malditos seáis tú y tus paradojas! No es serio pero está relacionado con un tema serio, una pandilla seria y tu risa de loco… Buen material para un epigrama. Creo que lo voy a intentar.
—¡Por Dios! ¡Te lo ruego, Damon! No me castigues con tus epigramas. Te suplico que no juzgues hasta que te lo explique todo.
—Continúa y tal vez sea indulgente.
—Ya sabes que pensaba ir a Cape Weola a cazar porrones americanos y lo tenía todo preparado para salir hoy. Hice el equipaje, envié las trampas por correo urgente y me despedí de todo el mundo para descubrir que el grupo de caza se había deshecho. Con mi gozo en un pozo, me volví virtuoso y realicé una visita largamente pospuesta a mi tía soltera y sufrida que vive en Brooklyn. ¡Un encanto! Intenté no aburrirme y conocí a sus dos gatos persas, por no hablar de la mujer angulosa que llegó de visita y se pasó la tarde opinando sobre el sufragio igualitario y sandeces similares. Entre eso y el té, volví con un dolor de cabeza terrible y la firme intención de acostarme temprano.
»Sin embargo, se me ocurrió pasar a ver a Archie, mi buen hermano Archie, e incitarlo a visitar a la tía soltera y sufrida a la que acabo de referirme. Archie no se encontraba en casa y, harto de esperar, me puse cómodo en su alcoba, que es de las de verdad, y me quedé dormido. No tengo ni idea de cuánto tiempo estuve allí, pero de repente me despertó el ruido de los corchos al salir disparados de las botellas y de las conversaciones mantenidas en su estudio. «Archie y un grupo de sus amigotes», pensé. «Resulta evidente que no saben que estoy aquí».
»Estaban tan serios como siempre. Allí se encontraba ese bribón melancólico de Le Blanche, cuyas obras El puente de los suspiros y La compensación recordarás haber visto en la exposición. También Schomberg, su hermano gemelo en la personificación de la amargura. Hablaban de la muerte de Willis 89, que solía andar con Archie y su pandilla. La conversación se centró en los monumentos, las lápidas y los epitafios, y te aseguro que se volvió de lo más interesante.
»El idiota de Fessler abrió el baile rechazando la incongruencia convencional con la que nuestros modernos recuerdan a los muertos con las inscripciones que graban en sus lápidas; Schomberg citó a Shakespeare corregido, “El bien que el hombre hace, etcétera”; mientras que Le Blanche les honró con los siguientes versos de Byron, que yo conozco bien:
Cuando un orgulloso hijo del hombre a la tierra vuelve,
sin haber conquistado la gloria pero de apellido célebre,
el arte del escultor agota el boato de la pena
y las elevadas urnas manifiestan quien yace bajo ellas;
cuando todo termina, sobre la tumba se ve, resumido,
no lo que el hombre fue, sino lo que debió haber sido.
»Por último, esa panda de pesimistas de mentes morbosas se pusieron a hablar de los sermones fúnebres y sin piedad alguna reconvinieron a nuestros píos eclesiásticos por su hipocresía a la hora de redactarlos. Decidieron que la costumbre estaba equivocada y suponía una mancha en la reputación de nuestra civilización tan culta. En primer lugar dictaminaron que, cuando se paga a alguien para que predique esa clase de sermones, resulta imposible obtener a cambio otra cosa que no sean halagos; en segundo lugar, que debería predicarlo alguien que estuviese familiarizado con toda la vida del fallecido, y en tercer lugar dijeron que, si se trataba de un enemigo, nada lo induciría a oficiarlo, y que si era amigo sin duda recurriría a los halagos. Por eso llegaron a la conclusión de que todos los sermones fúnebres resultaban falsos y engañosos, y ya que el único capaz de oficiarlo adecuadamente y contar la cruda y pura verdad era la persona a la que iban a enterrar, lo mejor sería abolir una costumbre tan horrible e inmoral.
»Aquí se habría acabado el asunto de no ser por ese hermano mío, que pensó que resultaría original al máximo que cada uno escribiese la oración de su propio funeral. Fue hábilmente complementado por Moore, quien gritó: “¿Por qué no?”, con el mayor entusiasmo.
»Todos pensaron en el fonógrafo. Allí mismo organizaron una sociedad tipo La Voz Del Más Allá o Que Cada Uno Se Ocupe De Sí Mismo. Le pusieron un nombre griego y esta es mi libre interpretación de la misma. Eligieron a sus directivos, prestaron juramentos inflexibles sobre contar todas las mezquindades y grandes maldades cometidas durante su vida y prometieron criticar sin escatimar esfuerzos los defectos y vicios de los demás. Se retiraron tras recaudar una cifra voluntaria para conseguir un fonógrafo y demás parafernalia necesaria. Esperan tener todos los sermones de hoy en una semana y Archie se encargará de guardarlos. Va a utilizar la pequeña caja fuerte que tiene en un rincón de su estudio.
»Mientras se iban, me escabullí por otra puerta y aquí estoy.
—Como el cotilla que eres, has venido corriendo a contarme el secreto mientras aún esté caliente. Pero Ollie, me parece que esto no se limita a lo que has contado. Tengo un plan.
—¿Un plan?
—Sí. Celebraremos una recepción en tus salones. Ya sabes que estamos viviendo muy por encima de nuestras posibilidades y desde luego yo ando muy mal de fondos. Lo de este trimestre ya estaba gastado antes incluso de recibirlo y no tengo ni idea de lo que haré hasta el próximo trimestre. Tú situación es igual de mala, así que celebraremos una recepción.
—¿Una recepción?
—Sí, y sacaremos mil dólares limpios por cabeza.
—¡Hala! ¡Mil dólares! Con eso saldaría cuentas y continuaría viento en popa. Pero Damon, ¿cómo piensas hacerlo?
—Celebrando una recepción.
—No me vengas con acertijos. Venga, explícate.
Y Damon se explicó mientras Ollie se deshacía en elogios. Esa noche Ollie se marchó tarde y durante los diez días siguientes consultó a Damon muchas veces en relación a su plan.
DIEZ NOCHES DESPUÉS los salones de Ollie resplandecen y en ellos se reúnen alrededor de setenta invitados, todos hombres, pues es la noche de la recepción. Damon y Ollie se muestran animados y se sienten importantes. ¿Por qué no? ¿Acaso no han contratado por cien dólares al profesor Armstrong? ¿No ha venido desde Nueva Jersey uno de los ayudantes de Edison, con los gastos pagados y cobrando otros cien? ¿Y no está también el especialista en fonógrafos? Por no hablar de los tubos de Crookes, los equipos eléctricos, los kinetoscopios y los fonógrafos. ¿No se trata de un verdadero regalo para aquellos amantes de la ciencia popular que han recibido invitaciones?
Alrededor de las nueve Ollie presenta al profesor Armstrong, quien aplicó el descubrimiento de Roentgen en muchos experimentos curiosos e instructivos. Luego el hombre del kinetoscopio los entretuvo con emocionantes escenas de la vida, seguido del ayudante de Edison, que ofreció demostraciones ilustradas de varios de los inventos maravillosos del «Mago».
Mientras, Damon se llevó a Ollie a un lado y le preguntó:
—¿Están todos los amigos de Archie?
—Sí, excepto Staunton. Ha recibido el telegrama y en estos momentos craza Connecticut a toda velocidad.
—¡Bien! Aunque lamento que tuviésemos que librarnos de él. Se enfadará mucho cuando se entere.
—Y tanto.
Para concluir la agradable velada dedicada a la ciencia experimental se presentó al especialista en fonógrafos. Tras varios comentarios a modo de introducción, entre los que se mencionó de pasada la posibilidad de que la voz de los muertos regresara del más allá, procedió a preparar su aparato. Escogió un cilindro de los vanos disponibles, lo insertó en el fonógrafo, aplicó la corriente eléctrica y la delicada maquinaria se puso en marcha.
Se oyó una voz —la de Staunton— predicar en tono solemne un sermón fúnebre. Los miembros de la sociedad La Voz Del Más Allá se miraron los unos a los otros de modo inquisitivo y luego perplejos, indignados y divertidos. La voz profunda y sonora de Staunton salía de la máquina con esfuerzo y moralizaba seriamente de una forma que desmoralizaba a la audiencia. ¡Cómo criticaba sus propios vicios y trivialidades! Se había examinado a sí mismo y había descubierto muchos defectos. Luego se centró en SUS amigos y les recriminó implacable sus locuras. ¡Qué divertido! Las risitas nerviosas y tontas se convirtieron en carcajadas continuas y cuando el fonógrafo se detuvo, tras el ofrecimiento de un consejo paternal y una solemne bendición para todos y de un requiescat in pace, el público se volvió loco de risa.
El especialista insertaba otro cilindro y los miembros de la sociedad La Voz Del Más Allá se concentraban en sus pensamientos. Repasaron a toda prisa los sermones recientemente predicados a los auriculares del fonógrafo y recordaron los muchos secretos revelados, secretos que solo debían compartirse tras la muerte. Se alarmaron. No sabían cuál iba a ser el siguiente y todos estaban seguros de que aquello era una vil artimaña.
Otra vez se puso en marcha el fonógrafo, pero cuando se oyó la voz de Archie alzarse en las frases elocuentes de su oración fúnebre, los miembros de la sociedad La Voz Del Más Allá se acercaron de un salto a la pequeña plataforma, detuvieron la maquinaria y tomaron posesión de los cilindros. Ollie discutió y Damon fingió indignación. Por fin, en medio de un gran desconcierto y muchas preguntas, Damon despidió a los presentes, que se marcharon enseguida a excepción de la sociedad La Voz Del Más Allá, cuyos miembros se quedaron para hablar del asunto y vengarse de inmediato.
Ollie se mostró sereno, resuelto y drástico: un canalla modélico. Exigió doscientos cincuenta dólares por la devolución de cada uno de los cilindros. Se negaron. ¿Por qué iban a pagar? ¿Acaso no habían recuperado ya los cilindros? Entonces Ollie habló distraídamente de unos duplicados que acabarían llegando a las máquinas que funcionaban con monedas; de unas oraciones fúnebres que se difundirían en cada calle y lugar público de Nueva York; de la posibilidad de repartir esos mismos duplicados entre los amigos del difunto. Amenazadoramente insinuó varias posibilidades sin duda mucho peores.
—OYE, DAMON, hemos superado con creces la fase de calma chicha, ¿no crees?
—Y que lo digas. Por cierto, Ollie, ¿Cuánto es doscientos cincuenta por diez, menos quinientos, dividido entre dos?¡Mil! ¡Caramba! Eres un genio haciendo planes, Damon.
—Y tú ejecutándolos, Ollie.
—Entonces los dos somos genios, pero de oro: valemos mil dólares por cabeza.
[1897]

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