Texto aleatorio

WALT VIO POR PRIMERA VEZ la luz del día en una factoría del río Yukón. Masters, su padre, era uno de esos misioneros del mundo a los que se conoce como «pioneros» y que dedican su vida a ampliar los muros de la civilización y sembrar las zonas yermas y desconocidas. Había escogido Alaska como campo de labranza y su esposa lo había acompañado a esa tierra fría y helada.

Nacer con los mocasines puestos y la carga a la espalda es una forma muy dura de llegar al mundo, pero mucho más duro es perder a la madre siendo niño. Esa fue la desgracia de Walt a los catorce años.

Había realizado hazañas que pocos niños tienen la posibilidad de hacer y había aprendido a sentirse orgulloso de sí mismo y a no tener miedo. Para la mayoría de la gente, el orgullo provoca la caída, pero eso no le ocurría a Walt. Confiaba en su propia fuerza y aptitud de una forma sana y, como conocía sus limitaciones, nunca se mostraba arrogante o presuntuoso. Había aprendido a afrontar los reveses con el estoicismo propio de los indios. Para él, no era una vergüenza fracasar en lograr algo, sino el hecho de no esforzarse. Por eso, cuando intentó cruzar el Yukón entre dos deshielos y el camino lo persiguió, no se dejó abatir por su posible derrota.

Así fue como ocurrió. Tras pasar el invierno en la concesión de su padre, en Mazy May, bajó hasta una de las islas del Yukón y montó el campamento. La primavera llegaba a su fin y los días eran cada vez más largos. La noche anterior, mientras charlaba con Jim el de Chilkoot, la luz no se había atenuado para enviarlo a la cama hasta las diez. Incluso Jim el de Chilkoot, un niño indio de la edad de Walt, estaba sorprendido por la rapidez con la que llegaba el verano. La nieve se había derretido en las laderas del sur y en las superficies llanas de los valles y las islas; por todas partes se oía el goteo del agua y el canto de los arroyuelos ocultos; pero por algún motivo, bajo su plancha de hielo de un metro de espesor, el Yukón retrasaba el momento de recuperar su enorme extensión de casi cinco mil kilómetros y librarse de las cadenas heladas que lo retenían.

Sin embargo, resultaba evidente que el momento en que volvería a ser libre se acercaba con rapidez. Grandes grietas rajaban el hielo en todas direcciones y el agua empezaba a desbordarse por ellas. Aquella mañana, un ruido sordo y aterrador arrancó a los niños de las mantas. De pie en la orilla, no tardaron en descubrir la causa. El río Stewart se había liberado y levantaba una enorme barrera de hielo en el punto en que se adentraba en el Yukón, a un kilómetro y medio de su isla. Aunque la mayor parte del hielo del Stewart se había apilado de esa forma, el resto flotaba bajo el hielo del Yukón, golpeando y chocando contra la superficie sólida de arriba al pasar camino del mar.

—Hoy romper —dijo Jim el de Chilkoot, asintiendo con la cabeza—. ¡Seguro!

—Luego puede que el hielo tarde dos días en pasar —añadió Walt— y tú y yo saldremos hacia Dawson. Solo está a ciento diez kilómetros y si la corriente va a ocho kilómetros por hora y nosotros remamos a cuatro, deberíamos llegar en menos de diez horas. ¿Qué dices tú?

—¡Seguro!

Jim el de Chilkoot no sabía mucho inglés y esa era una de sus palabras preferidas porque podía utilizarla en muchas ocasiones.

Después de desayunar los niños sacaron su canoa Peterborough del refugio donde había pasado el invierno. Se trataba de un admirable ejemplo de la destreza de su constructor y era un artículo importado del hogar natural de la canoa: Canadá. Dos años antes había cruzado el paso Chilkoot sobre la espalda de un hombre, para luego llevar al Klondike el primer correo que recibían en seis meses. Walt, que en aquel momento se encontraba en Dawson, la compró por trescientos dólares de oro en polvo que él mismo había recogido en Mazy May.

Tanto para él como para Jim el de Chilkoot había sido una revelación, porque hasta su llegada no habían usado más que las endebles canoas indias de corteza de abedul y los rudimentarios botes de remos de los blancos. Jim incluso pasaba muchos ratos felices admirando en silencio su silueta de líneas perfectas.

—Muy buena. ¡Seguro! —Jim levantó la vista de la delicada embarcación, expresando su placer en los mismos términos por enésima vez. Pero al mirar por encima del hombro de Walt, vio algo en el río que lo asustó—. ¡Mira! ¡Mira! —gritó.

Un hombre hacía correr una traílla de perros sobre la superficie medio derretida hacia la orilla, pero la riada, que iba en aumento, lo había dejado aislado. Mientras Walt se giraba para mirar, el hielo por detrás del hombre reventó, provocando un violento tumulto, y se hizo pedazos que subían, bajaban, se giraban y volcaban como si fueran corchos.

Luego empezó a manar el agua, que cubrió el trineo e hizo perder pie a los perros. Con los arneses enredados y fuertemente sujetos al pesado trineo, se ahogarían en unos minutos si el hombre no los rescataba. Su humanidad respondió con valentía.

Debatiéndose entre los animales que se ahogaban, sumergido casi hasta la cadera en la corriente helada, cortó los tirantes con su cuchillo de monte. Uno a uno los perros salieron disparados hacia la orilla y el primero llegó a la vez que el hombre liberaba al último. Luego el amo abandonó el trineo y los siguió. Era una lucha en la que poco podían ayudar, pero Walt y Jim el de Chilkoot por fin pudieron agarrarlo de las manos y arrastrarlo, medio desfallecido, terraplén arriba.

Primero se sentó hasta recuperar el aliento, después se sacó el agua de los oídos como un niño que ha estado nadando y después silbó para que sus perros se reunieran con él y comprobar que todos se habían salvado. Hecho eso, dirigió su atención a los chavales.

—Soy Muso —les dijo—. Pete Muso y busco a Charley Drake. Su compañero se está muriendo en Dawson y quieren que vaya de inmediato, en cuanto el río se libere. Tiene una cabaña en esta isla, ¿no es así?

—Sí —respondió Walt—, pero está al otro lado del río con un par de hombres, preparando una balsa de troncos por encargo.

El desconocido mostró su decepción. Exhausto por el agotador viaje, habiéndose librado por los pelos de la muerte, superado por todo lo que había soportado para entregar un mensaje que ahora no servía de nada, parecía aturdido. Se le llenaron los ojos de lágrimas y los sollozos ahogaron su voz mientras repetía, al tuntún:

—Pero su compañero se muere. Es su socio y quiere verlo antes de morir.

Walt y Jim sabían que no podían hacer nada y se quedaron mirando al río, sin solución. Era imposible intentar cruzarlo y sobrevivir. En la orilla de enfrente, a varios kilómetros cauce arriba, una delgada columna de humo oscilaba hacia el cielo. Allí era donde Charley Drake estaba cocinando y, ciento diez kilómetros más abajo, su socio yacía moribundo. Pero no podían avisarlo.

Mientras miraban, se produjo un cambio en el río. Se oyó un desgarro amortiguado y, como por arte de magia, el agua desapareció de la superficie, mientras la enorme capa de hielo, que se extendía de orilla a orilla y se había roto formando bloques de muchas clases y tamaños, se elevaba en silencio hacia ellos. Evidentemente, el hielo que la golpeaba desde abajo había encallado en algún punto inferior y retenía el agua, obligándola a retroceder, como un dique. Eso había separado la capa de hielo de su sujeción a tierra y la elevaba por encima del nivel de agua ascendente.

—Romper muy rápido —dijo Jim el de Chilkoot.

—¡Pues yo me voy! —exclamó Muso, mientras empezaba a despojarse de la ropa empapada.

El niño indio se rio.

—Poder pillarte en medio, 0 no. Pero la corriente llevar camino río abajo. Y llevarte a ti. ¡Seguro! —dijo y miró a Walt para que le ayudase a evitar aquella tentativa tan descabellada.

—¿No pretenderás intentar cruzar? —preguntó Walt.

Muso asintió con la cabeza, se sentó y empezó a desatarse los mocasines.

—¡Pero no debes! —protestó Walt—. Es ir de cabeza a la muerte. El río se romperá antes de que llegues a la mitad y entonces, ¿de qué habrá servido tu esfuerzo?

El desconocido continuó desvistiéndose, mientras murmuraba en voz baja:

—¡Tengo que ver a Charley Drake! ¿No lo entiendes? Su socio se muere.

—Enfermo. Sí. —El indio se llevó un dedo a la sien y lo movió en círculos para indicar que el otro deliraba—. Mucho trabajo y mucho pensar. Pensar siempre en el enfermo de Dawson. Pronto su cabeza perder… así—. Y simuló el vahído corporal que provocan los trastornos mentales.

Para entonces, desnudo como si fuera a bañarse, Muso se puso en pie y se dirigió a la orilla. Walt le cortó el paso. Miró a su compañero. Jim asintió para indicarle que había comprendido y lo ayudaría.

—¡Déjame pasar, chico! —ordenó Muso, enfadado e intentando apartarlo.

Walt se acercó más a él y, con la ayuda de Jim, consiguió derribarlo boca arriba. Luchó débilmente durante unos minutos, pero el largo viaje lo había agotado demasiado para vencer a los dos niños, de músculos sanos y acostumbrados al camino.

—Llevar al campamento, envolver en muchas mantas y dejar sin mover —aconsejó Jim.

Se pusieron manos a la obra y acomodaron al enfermo lo mejor posible. Tras atenderlo con los conocimientos tradicionales de medicina aprendidos por Jim en las aldeas de su tribu, alimentaron a los perros del desconocido y prepararon la comida. Hablaron poco entre ellos porque no paraban de pensar y cuando, unos minutos después, salieron a la luz del sol, sus cabezas daban vueltas al mismo plan.

El río se había elevado ya seis metros y el hielo rozaba suavemente la parte más alta de la orilla. Ya no había ruido. Incontables millones de toneladas de hielo y agua aguardaban en silencio el momento supremo, cuando todos los grilletes se romperían y comenzase la alocada carrera hacia el mar. De repente, en apariencia sin esfuerzo alguno, todo empezó a moverse río abajo. La presa se había roto.

Despacio al principio, pero cada vez a mayor velocidad, el mar de hielo pasaba de largo. Volvió el ruido y el aire se llenó de movimiento y chirridos. La presión lanzaba al aire una parte de los enormes bloques de hielo, mientras otros embestían la orilla con violencia y algunos, girando y oscilando, se adentraban en tierra y se llevaban por delante varias hileras de pinos como si fuesen cerillas.

Los niños observaban el magnífico espectáculo sobrecogidos, en silencio, pero cuando el hielo redujo velocidad y recuperó el nivel de antes, Walt exclamó:

—¡Mira, Jim! ¡Mira cómo se lleva el camino a su paso!

Era verdad que el río se llevaba el camino, aquel camino junto al que habían acampado y por el que habían viajado durante todo el invierno anterior. El próximo invierno viajarían con sus perros y trineos por el mismo sitio, pero no por el mismo camino. El camino, el viejo camino, pasaba de largo frente a ellos.

Al mirar cauce arriba vieron el agua despejada. Ya no bajaba más hielo, aunque en los tramos superiores quedaban grandes cantidades, apresadas entre el laberinto de islas que cubrían el seno del Yukón. La verdad era que aún faltaban varias barreras por romperse, una tras otra, lo que enviaría cauce abajo muchas avenidas de hielo. La siguiente podría llegar en cuestión de minutos o demorarse horas. Tal vez tendrían tiempo de cruzar en la canoa, a remo. Walt miró inquisitivamente a su amigo.

—¡Seguro! —exclamó Jim.

Sin decir más, llevaron la canoa hasta la orilla. Ambos sabían lo peligroso que era lo que iban a intentar, pero no perdieron tiempo en comentarlo. La vida en aquellas tierras inexploradas les había enseñado que la necesidad exigía esfuerzo y acción, y que la lengua reclamaba su momento junto a la hoguera, una vez hecho el trabajo de la jornada.

Con la destreza que les proporcionaba la práctica, botaron la canoa y la hicieron avanzar veloz a cada golpe de remo, mientras cortaban la turbia corriente. En la superficie vagaba a la deriva una constante procesión de bloques de hielo, cada uno de ellos capaz de aplastar la canoa como si fuera la cáscara de un huevo, y esquivarlos exigía a los niños un esfuerzo supremo de atención y habilidad.

Observaban ansiosos la enorme curva del cauce superior, por la que en cualquier momento podría aparecer otra avenida de hielo. Con la misma preocupación vigilaban el hielo varado en la orilla, que se elevaba varios metros por encima de sus cabezas. Los bloques se apilaban unos sobre otros en precaria confusión, pero los niños debían mantenerse cerca de la ribera para evitar la rápida corriente del centro del río. De vez en cuando grandes pedazos de ese hielo se tambaleaban y caían al agua, retumbando como truenos lejanos y provocando olas de tamaño considerable.

Estuvieron a punto de hundirse en varias ocasiones, pero se salvaron gracias a su rapidez con los remos. La columna de humo del campamento de Charley Drake cada vez se hallaba más cerca y se percibía con mayor claridad. Pero aún se encontraba en la orilla opuesta y ellos sabían que debían subir más antes de intentar cruzar el cauce.

Al entrar en el río Stewart, remaron corriente arriba varios cientos de metros, luego cruzaron y después continuaron subiendo por la orilla derecha del Yukón. Al poco llegaron a los riscos de Bald-Face, unas enormes paredes de roca que ascendían perpendiculares desde el río. Allí la corriente era más fuerte junto a la orilla, formando el primer obstáculo importante que los niños encontraban. Se detuvieron para recuperar fuerzas en un remanso anterior a los riscos y luego, remando con toda su energía, lucharon por pasar.

Al principio lo consiguieron, pero en el punto en que la fuerza de la corriente era mayor, esta los superó. Durante sesenta segundos permanecieron sin moverse, sin avanzar o retroceder, con la sombría base del acantilado casi al alcance de la mano, mientras movían los remos al unísono y el agua revuelta pasaba veloz junto a ellos. Para evitar la destrucción inminente, hicieron fuerza con los remos contra las rocas, volvieron a la corriente y esta se los llevó. Al alcanzar de nuevo el remanso, se detuvieron a descansar. Intentaron pasar por segunda vez, pero casi al final, un bloque de hielo amenazador, arrastrado por la violencia de las aguas, se acercó a ellos girando vertiginosamente y se vieron obligados a huir.

—Por pelos, creo, sí —dijo Jim el de Chilkoot, limpiándose el sudor del rostro mientras descansaban otra vez en el remanso—. Próxima vez conseguir, seguro.

—No nos queda otra. No hay más salida —respondió Walt, con los dientes apretados y los labios tensos, porque Pete Muso les había dado un mal ejemplo y él estaba a punto de llorar de agotamiento y debido al fracaso.

Por tercera vez abandonaron el remanso, salieron al torbellino de la corriente y avanzaron a paso de caracol. A veces permanecían quietos, a pesar de remar con la misma fuerza, pero sin perder terreno, y al final salieron a aguas más tranquilas, por encima de los riscos. Pero no podían perder ni un segundo. Era imposible saber cuándo el Yukón volvería a convertirse en escenario de la más violenta anarquía, en el que ni el hombre ni ninguna de sus obras podría sobrevivir. Así que continuaron adelante hasta pasar el campamento de Charley Drake y dejarlo a medio kilómetro a sus espaldas. En aquel punto el río medía kilómetro y medio de ancho y debían contar con que, al cruzarlo, la rápida corriente los arrastraría hacia abajo y desviaría su rumbo.

Walt giró la cabeza desde proa. Jim asintió. Sin más preámbulos, alejaron la canoa de la orilla en un ángulo de cuarenta y cinco grados contracorriente. Aquel era el último esfuerzo y su meta estaba a la vista. Al mirar hacia allí para comprobar su progreso, vieron que Charley y sus dos compañeros se acercaban a la ribera para observarlos.

Quinientos metros; cuatrocientos metros; la canoa cortaba el agua como una hoja de acero: los remos se movían a un ritmo veloz… y entonces, un grito de advertencia desde la orilla les heló el corazón. Por la enorme curva, encima de ellos, asomaba un muro gigantesco de un blanco cegador. Tras él, empujándolo a la velocidad de la luz, un millón de toneladas de agua retenida durante mucho tiempo.

El flanco derecho de la avenida de hielo, incapaz de superar la curva limpiamente, chocó contra la orilla opuesta y al instante vieron varias montañas de hielo elevarse hacia el cielo, desplomarse y elevarse otra vez en medio de convulsiones resplandecientes. El estruendo lo llenó todo y Walt no podía hacerse oír, pero se detuvo lo justo para señalar con el remo en dirección a Dawson. Tal vez Charley Drake, al verlo, comprendiera lo que quería decir.

Con dos rápidas paladas viraron la canoa para correr curso abajo. Debían mantenerse por delante de la avalancha. En aquel momento era imposible alcanzar ninguna de las orillas. Concentraron todas sus fuerzas en los remos y con cada golpe la frágil canoa saltaba y casi volaba en su huida. No hablaban. Ambos sabían lo que había y confiaban el uno en el otro. Además, tenían demasiada experiencia para malgastar energías. La ribera —árboles, islas y el río Stewart— pasaba volando junto a ellos a una velocidad sorprendente, pero no la miraban.

De vez en cuando Jim el de Chilkoot echaba furtivamente la vista atrás, al camino que los perseguía, y se aseguraba de que no perdían terreno. En una ocasión quiso doblar abruptamente hacia la orilla, pero comprobó que el camino se acercaba más a ellos y renunció al plan.

Continuaron aproximándose a tierra poco a poco. Sus fuerzas debilitadas les advertían que o llegaban pronto o no lo harían nunca. Por fin, cuando pudieron acercarse a la ribera, se encontraron con la inhóspita barrera que formaba el hielo encallado. No había ni un solo punto en el que saltar a tierra y, con la salvación al alcance de la mano, se vieron obligados a continuar volando río abajo. Pasaron por varios puntos, en cada uno de los cuales, de haber contado con tiempo suficiente, podrían haber trepado para salir del agua, pero el inexorable camino los perseguía y no les daba respiro.

Tras más de medio kilómetro de semejante esfuerzo, las fuerzas les fallaban y el camino ganaba terreno. Su chirrido amenazador les envolvía y sus colisiones contra la orilla formaban una sucesión constante de aterradores estruendos. Walt sentía el esfuerzo de su corazón al latir y cada vez que respiraba le dolía, pero lo peor de todo era el sacrificio continuado que debía exigir a sus brazos.

Pensaba que, si pudiese descansar un solo segundo, la tortura se aliviaría un poco; pero no, continuó hundiendo el remo y levantándolo otra vez, hasta que le pareció que con cada golpe le llegaría la muerte. Sabía que Jim el de Chilkoot sufría tanto como él, que dependían el uno del otro y que, si dejaba de dar una sola palada, su reputación quedaría manchada.

Estaban agotados, pero conservaban la fe y si alguno de ellos tenía miedo no era del otro, sino de sí mismo.

Al tomar una curva cerrada, ante ellos surgió la última oportunidad de salvarse. Una isla se alzaba muy cerca de la orilla y, en la punta delantera, el hielo se apilaba formando una ladera pronunciada. Dirigieron la canoa hacia el primero de los bloques, subieron media embarcación por la pendiente y saltaron. Después arrastraron la canoa hacia arriba, resbalando, tropezando y cayendo, pero sin dejar de ascender, siempre luchando por llegar.

Al sortear la cima y dejarse caer al amparo de los pinos, un impresionante estruendo anunció la llegada del camino. Un bloque gigantesco se abrió paso hasta la parte alta del hielo apilado, se balanceó amenazador por encima de ellos y luego se vino abajo y continuó su marcha.

Realizando un último esfuerzo, se apartaron de allí, sin olvidar la canoa, y se dejaron caer, agotados por completo, ya sin resuello. El estrépito de la avenida al pasar les llegaba claramente, pero no les importaba. Ya no les interesaba en absoluto. Solo querían permanecer allí tumbados, tal como habían caído, y disfrutar de la inactividad del descanso.

Dos horas después, cuando el río volvió a correr sin trabas, bajaron la canoa al agua. Pero cuando iban a botarla, llegaron Charley Drake y uno de sus compañeros a bordo de otra embarcación.

—Tal y como os habéis portado, chicos, no merecéis que la gente decente se preocupe por vosotros —fue su forma de saludarlos—. ¿Por qué demonios se os ocurrió abandonar vuestra tienda y permitir que el camino os persiguiera de esa forma? ¿Eh? Ya me gustaría saberlo.

Tardaron un minuto en explicarle la situación y, al instante, Charley Drake corría ya hacia Dawson, donde esperaba su compañero enfermo.

—Nos hemos salvado por los pelos —comentó Walt Masters mientras se disponían a subir a bordo y regresar al campamento.

—¡Seguro! —contestó Jim el de Chilkoot, frotándose los bíceps anquilosados con gesto meditabundo.

[1900]


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