Texto aleatorio

HAY CABALLEROS y caballeros y, además, hay caballeros. En algún punto de esta categoría tan incoherente, había encontrado su lugar Percy Hilborn. Como muchos otros, poseía cierta pátina de buenos modales y conducta convencional que pasaba por auténtica entre quienes mejor lo conocían. Pero quienes mejor lo conocían eran los que lo conocían menos, lo cual es una paradoja, sí, pero no por ello menos cierta. Esa pátina resultaba tan impenetrable como una armadura de veinte centímetros de espesor para tales amigos, a los que deseaba retener por su dinero o su posición. Pero ante quienes no lo conocían —ya fuese por capricho o firme convencimiento—, no le molestaba mostrar otra faceta de su personalidad que definiremos, para no excedernos, como su faceta poco caballerosa.

Esto se explica porque las características adquiridas no reciben el sello de la herencia en una sola generación. Su padre era un hombre hecho a sí mismo y había aprendido a ser cortés de una forma rígida, quizás debido a que su madre había impreso en su mente juvenil el código de la buena educación de manera tal que más parecía un deber desagradable, una máscara muy molesta que por fuerza debía enfundarse en determinadas condiciones. Sea como fuere, Percy Hilborn era un canalla, un sinvergüenza auténtico y total, pero nadie lo sabía.

Procedía de buena familia, tenía un aspecto estupendo y se le consideraba uno de los miembros más encantadores del círculo juvenil. Así mismo, estaba comprometido con una joven deliciosa, cuya urbanidad no era superficial. Maud Brammane resultaba dulcemente femenina y todo eso, pero en ella también había una actitud sana, una profunda normalidad que se añadía a los muchos encantos con los que la naturaleza la había investido. Por un lado había aprendido a no quejarse sin piedad de cualquier falta leve y, por el otro, a perdonar las graves. También sabía distinguir entre infracciones sin importancia y absolutas atrocidades. Además, se mantenía firme en sus ideales. En una ocasión le había dicho a él: «Un caballero se halla por encima del resto de los hombres y está hecho de tal manera que nunca, sin importar dónde se encuentre o lo que pueda surgir, olvida su hombría». Al oírlo, él había enderezado la espalda y adelantado el torso de forma perfectible, porque se tenía a sí mismo por un destacado ejemplo de tan particular clase.

En otra ocasión ella le dijo: «No comprendo ni puedo apreciar a quien hiere intencionadamente la sensibilidad de aquél cuya única ofensa es resultar inofensivo». Él se hizo eco de su opinión de una forma tan noble que ella lo consideró un joven muy superior a los demás. Ella continuó conversando y le habló de su hermano, Hallam. Era un caballero de la vieja escuela, de los que tanto se habla pero tan pocos se ven. Recordó la visita que ella le había hecho el invierno anterior y la cortesía constante que él empleaba siempre, ya tratase con los miembros de su consejo de administración o con el más humilde de sus obreros. Sí, era un hermano del que sentirse orgullosa. Le dijo que tenía pensado viajar al norte para verlos y que estaba segura de que los dos se llevarían muy bien. ¡Eran tan parecidos y tenían tanto en común! Percy Hilborn se mostró adecuadamente interesado en su futuro cuñado y convino en que se llevarían de maravilla.

—En serio, Hay, a veces creo que es demasiado buena para mí le dijo a su mejor amigo una noche, al entrar en uno de los cafés de moda de la ciudad.

El último cóctel prestaba a su lengua la lucidez necesaria para que se impusiera su franqueza más básica y provocaba que los distintos aspectos contradictorios de su personalidad tuviesen ganas de defender su existencia.

Al tratarse de una de esas noches veraniegas y tentadoras en las que quedarse en casa es como experimentar un anticipo de la tumba, el café estaba abarrotado. Media ciudad había salido a la calle y, al parecer, el paseo les había abierto a todos el apetito. Los encargados, a pesar de su vista de lince, tenían problemas para encontrar huecos en los que acomodar a tanta gente, y eso que aún no habían salido los que estaban en los teatros.

—Sí —añadió Percy Hilborn, muy satisfecho—. Creo que soy un tipo con suerte. Además, no es de esas chicas corrientes, irreflexivamente buenas, sensatas y prácticas.

Hay le dedicó una sonrisa alegre y cínica. Bien podía burlarse, desde su libertad, del estado previo al matrimonio de su amigo.

—¡Vamos, hombre! —exclamó—. Todas acaban así. Unas frases dulces, un mechón de cabello, un par de ojitos, un montón de sombreros y se vuelven tontas. No lo comprendo. ¡Mírame a mí! Jamás me veré en esa situación. Dentro de un año vendrás a contarme que fuiste un idiota y lo mucho que me envidias. Quizás creas que no tengo ni idea, pero sé muy bien que se trata de una especie de fiebre primaveral.

Tras lo cual Percy Hilborn disertó con fluidez sobre la excelsa conveniencia de que un joven diese semejante paso, sobre la sensatez de su conducta y, por último pero no por ello menos importante, el acierto de su elección y las infinitas virtudes de Maud Brammane.

En medio de semejante disertación, uno de los encargados sentó a otro caballero y a una dama, desconocidos, a su mesa. Hay dejó escapar un suspiro de alivio por la interrupción. Pero Percy Hilborn dedicó una mirada enfurecida al molesto encargado. No se detuvo a pensar si estaba bien o mal. Sencillamente no le gustaba que su conversación se viese interrumpida de esa manera. No podía tolerar semejante intrusión. Como ya se ha dicho, habían aflorado su franqueza más básica y su auténtica personalidad, por lo que enseguida decidió librarse de aquellos que de forma tan inocente habían invadido su intimidad.

El encargado ya se había alejado, así que concentró su enfado en la pareja. Sin embargo, ellos no le prestaron atención porque se ocupaban de sus propios asuntos. En realidad podemos decir que ni siquiera se habían fijado en él, mucho menos en sus torvas miradas. Pero no iba a ser tan fácil conquistar su grosería. No podía pedirles que se fueran, aunque sí podía hablar y en su interior se ocultaba un demonio que haría las veces de apuntador.

Escogió un tema inaceptable y lo adornó con expresiones soeces y la jerga necesaria. ¡Oh, no! No blasfemó ni nada parecido. Se limitó a rebasar los límites del buen gusto. Pero elevó la voz a propósito, para pregonar sus intenciones, aunque evitó mirarlos.

Al principio sus víctimas no se dieron cuenta, sin embargo llegó un momento en que se vieron obligados a comprender. Él ya no tenía pelos en la lengua, ahora que su desvergüenza había aflorado. Aunque la dama se sentía muy inquieta, no dio muestras de ello y prefirió elevar un poco el tono de la conversación que mantenía con su acompañante. El caballero siguió su ejemplo porque no deseaba provocar una pelea en un lugar público. Ya les habían servido y se dieron prisa en acabar, porque para entonces empezaban a llegar los que salían del teatro y no podían cambiarse de mesa. Hablaban de prisa y pidieron la cuenta mucho antes de haber terminado.

Percy Hilborn miró exultante a Hay. Sus víctimas se preparaban para irse, aunque en apariencia sus modales no indicaban una premura inadecuada, ni en sus ojos había sorpresa o desagrado, ni rubor de indignación en sus mejillas. Sus rostros reflejaban una plácida satisfacción, como si su experiencia en aquella mesa hubiese sido de lo más agradable. Se limitaron a ignorar la grosería del joven que los obligaba a marcharse. Salieron victoriosos a pesar de la derrota.

En ese momento, cuando se levantaban para irse y el triunfo se decantaba por el bando de Percy Hilborn, entró otro grupo de los que veían del teatro. La señorita Brammane, su hermana y su madre, además de varios amigos mutuos, componían el grupo que se acercaba a su mesa. Dieron comienzo los saludos. Percy Hilborn creyó marearse de repente. Hablaba la señorita Brammane. ¿Qué decía? ¡No! ¡Imposible!

Pero éstas fueron las palabras de la señorita Brammane:

—Hallam, éste es el señor Hilborn, ya sabes, Percy, y…

Con esto podría representarse un tableau vivant verdaderamente interesante.

[1899]


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