Texto aleatorio

NO VEO POR QUÉ no se beneficia de semejante cantidad de información inusual —le dije—. A diferencia de la mayoría de los hombres provistos de un conocimiento similar, usted tiene expresión. Su estilo es…

—¿Lo bastante periodístico? —me interrumpió, afable.

—¡Exacto! Podría ganar una buena cifra.

Pero entrelazó los dedos, pensativo, se encogió de hombros y descartó el asunto.

—Lo he intentado. No merece la pena. Me pagaron y lo publicaron —añadió tras una pausa—. Y también tuve el honor de pasar sesenta días en el Hobo.

—¿El Hobo? —pregunté.

—El Hobo… —Fijó la vista en mi librería y revisó los títulos mientras daba forma a su definición—. El Hobo, querido amigo, es el nombre que recibe un lugar de reclusión concreto en una ciudad y en las cárceles del condado, en el que se reúnen vagabundos, borrachos, mendigos y demás gentuza acusada de delitos menores. La palabra es bonita y tiene su historia. Viene del francés hautbois. Haut significa alto, agudo y bois, madera. En inglés derivó en hautboy, que designa un instrumento musical de madera, creo que de unos sesenta centímetros de largo, que se toca con una lengüeta doble, es decir, un oboe. Recordará que en Enrique IV se dice:

La funda de un oboe soprano

era para él una mansión, un palacio.

»De ahí a ho-boy no hay más que un paso y por eso en inglés se usaron los dos términos indistintamente. Pero, y fíjese que en realidad el salto es de tal calibre que paraliza a cualquiera, tras cruzar el océano Atlántico, en la ciudad de Nueva York, hautboy o ho-boy se convierte en la palabra por la que se conoce al que rebusca por las noches entre la basura. En cierto modo se podría pensar que ocurre debido al desprecio con el que se mira a los músicos ambulantes y gentes similares. ¡Pero fíjese también en la belleza del asunto! ¡Qué forma de marcarlos! El que rebusca por las noches entre la basura, el paria, el miserable, el despreciado, el hombre sin casta. Y en la siguiente encarnación, con toda lógica, la palabra designa al marginado de América del Norte, es decir, al vagabundo. Entonces, tal y como otros han mutilado su sentido, el vagabundo mutila su forma y ho-boy se convierte en hobo. De ahí que las grandes celdas de piedra y ladrillo en las que se alinean literas de dos y tres camas y en las que la Policía acostumbra a encarcelarlo, sean para él el Hobo. ¿No le parece interesante?

Me recosté en mi asiento y en secreto me maravillé de la mente enciclopédica de aquel hombre, de aquel Leith Clay-Randolph, de aquel vagabundo que se sentía como en casa en mi sala de estar, deleitaba a aquellos de mis amigos que se reunían alrededor de mi pequeña mesa, me eclipsaba con su genialidad y sus modales, gastaba mi dinero, fumaba mis mejores puros y escogía entre mis corbatas y gemelos con ojo cultivado y entendido.

Distraído, se acercó a los estantes y examinó La base económica de la sociedad, de Achille Loria.

—Me gusta hablar con usted —comentó—. No ha sido educado con indiferencia. Ha leído y su interpretación económica de la historia, como usted prefiere llamarla (esto dicho con una mueca desdeñosa), sin duda lo capacitan para tener una visión intelectual de la vida. Pero sus juicios sociológicos se ven menoscabados por su falta de conocimiento práctico. Yo, que conozco los libros, y espero que me disculpe, mejor que usted, también conozco la vida. La he vivido desnudo, la he tomado con ambas manos para mirarla, la he probado en todos sus aspectos y, al ser estrictamente intelectual, no me he dejado influenciar ni por la pasión ni por el prejuicio. Todo lo cual resulta necesario si se quieren tener claros los conceptos, y eso es precisamente lo que a usted le falta. ¡Ah! ¡Qué pasaje tan ingenioso! ¡Oiga!

Y leyó en alto, con ese estilo suyo tan admirable, acompañando el texto con críticas y comentarios constantes, expuestos con lucidez y períodos más lentos, arrojando luz desde todos los ángulos sobre el tema, introduciendo cuestiones que el autor había pasado por alto y objeciones que había ignorado, atando cabos sueltos, convirtiendo un contraste en una paradoja y reduciéndola luego a una verdad coherente y sucintamente expuesta, en resumen, alumbrando con su luminosa genialidad —en una apoteosis de luz— páginas antes aburridas, pesadas y sin vida.

Hace tiempo que Leith Clay-Randolph (fíjense en el apellido compuesto) llamó a la puerta trasera de Idlewild y derritió el corazón de Gunda. Gunda era fría como sus colinas noruegas, aunque en sus momentos menos gélidos era capaz de permitir que algún vagabundo —sobre todo si resultaba atractivo— se sentase en el porche de atrás a devorar panes solitarios y chuletas abandonadas y desamparadas. Pero que un desharrapado de la noche invadiese el santuario que era el reino de su cocina y le llevase a retrasar la hora de la cena mientras le servía un plato en el rincón más cálido de la estancia, parecía un asunto de tal importancia que el Girasol quiso ir a ver qué ocurría. ¡Ah, el Girasol, mujer de corazón bondadoso y tan comprensiva! Leith Clay-Randolph la envolvió con su encanto durante quince largos minutos, mientras yo fumaba pensativo, y luego regresó revoloteando entre palabras imprecisas y la sugerencia de que sin duda tenía algún traje usado que no volvería a ponerme ni echar de menos.

—Por supuesto que no lo echaré de menos —dije, pensando en el traje gris oscuro que tenía los bolsillos deformados por haber cargado en ellos tantos libros; unos libros que lo habían estropeado más que un solo día de pesca—. Sin embargo, creo que antes deberías arreglar los bolsillos.

Pero el rostro del Girasol se entristeció.

—No —dijo—, el negro.

—¡El negro! —Dijo esto en un tono incrédulo, explosivo—. Lo uso muy a menudo. Pensaba ponérmelo esta noche.

—Tienes otros dos que son mejores y sabes que a mí nunca me ha gustado, querido. —El Girasol no quería perder tiempo—. Además, tiene brillos y…

—¡Brillos!

—Pronto los tendrá, que es lo mismo, y ese hombre es estimable. Resulta amable, refinado y estoy segura de que…

—Ha visto tiempos mejores.

—Sí. Además, hace un tiempo horrible y su ropa está muy raída. Y tú tienes muchos trajes.

—Cinco —corregí—, y eso contando con el traje de pesca gris oscuro que tiene los bolsillos deformados.

—Él no tiene ninguno, ni hogar, ni nada.

—Ni tiene un Girasol —la rodeé con el brazo—, por lo que se merece todo lo demás. Dale el traje negro, querida. No, dale el mejor, dale mi mejor traje. El cielo ha de compensar semejante carencia.

—¡Eres un encanto! —El Girasol se dirigió hacia la puerta y desde allí me dedicó una mirada seductora—. Eres el mayor de los encantos.

Me asombraba que me dijera esas cosas después de siete años juntos. Entonces regresó, tímida y pesarosa.

—Le he dado una de tus camisas blancas. Llevaba una horrible de algodón y sabía que quedaría ridícula con el traje. Además, tenía los zapatos tan gastados que le di un par de los tuyos, esos viejos de tacón estrecho…

—¡Viejos!

—Bueno, te apretaban mucho y lo sabes.

Así era como el Girasol lo justificaba todo.

Y así fue como Leith Clay-Randolph llegó a Idlewild para quedarse, lo que yo no imaginaba era por cuánto tiempo. Tampoco sabía la asiduidad con la que iba a aparecer, porque era como un cometa errante. Llegaba descansado, limpio y bien aseado, procedente del hogar de familias importantes que eran amigas suyas, como lo era yo, aunque otras veces llegaba despacio, entre los escaramujos del sendero, agotado y deslucido, desde Montana o desde México. Y sin una palabra, cuando su espíritu viajero se apoderaba de él, desaparecía en aquel submundo misterioso que él llamaba «El Camino».

—No podía permitirme partir sin haberle agradecido la generosidad de su mano y de su corazón —me dijo la noche que se enfundó mi buen traje negro.

Confieso que me sobresalté cuando miré por encima del periódico y me encontré con un caballero de aspecto sumamente respetable y frente despejada que sin duda se sentía como en su casa. El Girasol estaba en lo cierto. Tenía que haber visto tiempos mejores para que un traje negro y una camisa blanca pudiesen lograr semejante transformación. Sin quererlo me puse en pie, dispuesto a recibirlo en igualdad de condiciones. Fue entonces cuando el encanto de Clay-Randolph me envolvió también a mí. Esa noche durmió en Idlewild, y la noche siguiente, y muchas otras noches. Era fácil apreciarlo. El Hijo de Anak —también conocido como Rufus Ojos Azules y, más ordinariamente, como Tots— jugaba con él en el sendero de escaramujos y en el manzanal más alejado, le cortaba la cabellera en el henar y, una vez, con farisaico fervor, estuvo a punto de crucificarlo bajo las vigas del ático. El Girasol lo habría apreciado por el bien del Hijo de Anak, si no lo apreciara ya por sí mismo. En cuanto a mí, pongo al Girasol como testigo, en las épocas en que él decidía desaparecer, de lo a menudo que yo me preguntaba cuándo volvería Leith, Leith el Encantador.

Sin embargo, era un hombre del que no sabíamos nada. Aparte del hecho de que había nacido en Kentucky, su pasado era una hoja en blanco. Jamás hablaba de él. Se enorgullecía de haber logrado separar por completo la razón de la emoción. Para él, el mundo se componía de problemas. En una ocasión lo acusé de dejarse llevar por la emoción mientras vociferaba alrededor de la cueva con el Hijo de Anak a caballito. Mantuvo que no era así. ¿Acaso no podía albergar un placer por los sentidos en beneficio del problema?

Se mostraba esquivo. Mezclaba la jerga más infame con términos técnicos y polisilábicos, y a veces parecía el mayor de los criminales, por su forma de hablar, su rostro, su expresión, todo; pero en otras ocasiones era un caballero culto y refinado, filósofo y científico. Aunque en medio de todo algo brillaba tenuemente, algo que nunca entendí: atisbos de sinceridad, de auténtico sentimiento, pensaba yo, que desaparecían antes de que lograse aprehenderlos; posiblemente ecos del hombre que había sido o indicios del que se ocultaba tras la máscara. Pero jamás se quitaba la máscara y nunca conocimos al hombre auténtico.

—Hábleme de los sesenta días con los que recompensaron su artículo periodístico —pedí—. Olvídese de Loria. Cuéntemelo.

—Si se empeña. —Se rio brevemente mientras cruzaba las piernas—. En una ciudad que permanecerá en el anonimato —empezó—, una ciudad de cincuenta mil habitantes, una ciudad agradable y hermosa en la que los hombres se esclavizan por los dólares y las mujeres por los vestidos, se me ocurrió una idea. Yo tenía un aspecto atractivo, teniendo en cuenta la media, y los bolsillos vacíos. Recordé la idea, que había considerado en una ocasión, de escribir una reconciliación entre Kant y Spencer. Ya sé que no son reconciliables, pero daba lugar a la sátira científica y…

Hice un gesto impaciente con la mano y se interrumpió.

—Me limitaba a reconstruir mi estado mental para mostrarle la génesis de la acción —explicó—. Así surgió la idea. ¿Y si los diarios publicasen el artículo de un vagabundo? Por ejemplo, «La imposibilidad de reconciliar al policía con el vagabundo». Así que me lancé a la pista (la pista, amigo mío, no es más que la calle), o a los santuarios paganos si así lo prefiere, en busca de las oficinas de un periódico. El ascensor me trasladó rápidamente a las alturas y Cerbero, bajo la apariencia de un chico de los recados anémico, guardaba la puerta. Una mirada bastaba para diagnosticar su tisis; su valor, irlandés, era colosal; no había duda de su tenacidad, pero moriría en el plazo de un año.

»—Joven pálido —fueron mis palabras—, ruego me conduzca al sanctasanctórum, ante el pez más grande del lugar.

»Se dignó mirarme con desdén y un cansancio infinito.

»—Baje y hable con el conserje. Yo no sé nada de peces ni encargos de comestibles.

»—No, joven blanco como la nieve, me refiero al director.

»—¿Cuál de ellos? —ladraba como un cachorro de bull terrier—. ¿Espectáculos? ¿Deportes? ¿Sociedad? ¿Dominical? ¿Semanal? ¿Diario? ¿Telégrafo? ¿Local? ¿Actualidad? ¿Opinión? ¿Cuál?

»—No sé cuál. El director —proclamé, insistente—. El único director.

»—Ah, Spargo —dijo con desdén.

»—Spargo, por supuesto —respondí—. ¿Quién, si no?

»—Deme su tarjeta —dijo.

»—¿Mi qué?

»—Su tarjeta. Oiga, ¿para qué quiere verlo?

»Y el Cerbero anémico me miró con tanta insolencia que me acerqué y lo levanté de la silla. Golpeé su magro pecho con uno de mis nudillos y le arranqué una tosecilla débil y ahogada, pero continuó mirándome sin inmutarse, como un gorrión desafiante al que se tiene preso en la mano.

»—Soy el Tiempo, encuestador del censo —bramé en tono sepulcral—. Tenga cuidado o golpearé con más fuerza.

»—No me diga —se burló.

»Entonces le di un golpe seco y él se atragantó y se puso morado.

»—A ver, ¿qué es lo que quiere? —dijo con voz entrecortada al recuperar el aliento.

»—Ver a Spargo, el único Spargo.

»—Espere aquí mientras voy a preguntar.

»—No, de eso nada, joven blanco como la nieve —dije mientras lo agarraba del cuello de la camisa con más fuerza—. No me venga con historias, iré con usted.

Leith observó, como en sueños, la alargada ceniza de su puro y luego se dirigió a mí.

—¿Sabe, Anak, que no se puede apreciar la alegría de ser un bufón aunque se sea un payaso? No se puede aunque se quiera. Lo evitan el miserable convencionalismo y las petulantes presunciones de decencia. Para liberar el alma a cualquier capricho, para hacer el tonto sin miedo a las consecuencias, no se puede ser propietario ni ciudadano respetuoso de la ley.

»Sin embargo, como iba diciendo, vi a Spargo. Se trataba de un personaje grande, fornido, colorado, mofletudo y con doble papada, que sudaba sentado a su escritorio, en mangas de camisa. Estábamos en agosto. Hablaba por teléfono cuando entré, o más bien debería decir que despotricaba, sin dejar de estudiarme atentamente. Al colgar me miró con aire expectante.

»—Es usted un hombre muy ocupado —dije.

»Asintió con la cabeza y aguardó.

»—Pero ¿vale la pena? —continué—. ¿La vida es tan importante como para hacerle sudar? ¿Cómo justifica su sudor? Míreme a mí, yo no trabajo arduamente, como tampoco…

»—¿Quién es usted? ¿Qué es usted? —vociferó tan de repente que resultó grosero, desgarrando las palabras como un perro con un hueso.

»—Ésa es una pregunta muy pertinente, señor —reconocí—. En primer lugar, soy un hombre, y después un ciudadano norteamericano oprimido. Me persigue la maldición de no tener trabajo, oficio o expectativas. Como Esaú, carezco de potaje. Resido en todas partes, el cielo es mi colcha. Soy uno de los desposeídos, un sans-culotte, un proletario o, con una fraseología más sencilla que facilitará su comprensión, un vagabundo.

»—Pero ¿qué demonios…?

»—No, buen hombre, un vagabundo, un hombre de costumbres dudosas y alojamientos extraños, además de múltiples…

»—¡Basta! —gritó—. ¿Qué es lo que quiere?

»—Dinero.

»Se sobresaltó y alargó la mano hacia un cajón abierto en el que seguramente guardaba un revólver, pero se lo pensó mejor y masculló—: “Esto no es un banco”.

»—Ni yo traigo cheques para cobrar. Pero sí tengo una idea que, con su permiso y amable ayuda, transmutaré en dinero. ¿Qué le parecería un artículo sobre vagabundos, escrito por un vagabundo de verdad? ¿Le resulta interesante? ¿Cree que sus lectores desearían leerlo? ¿Que ansiarían disfrutarlo? ¿Podrían ser felices sin él?

»Por un momento creí que iba a sufrir una apoplejía, pero sofocó la rebeldía de su sangre y dijo que le gustaba mi cara dura. Le di las gracias y le aseguré que a mí él me resultaba agradable. Luego me ofreció un puro y dijo que creía que haría negocios conmigo.

»—Pero tenga en cuenta —dijo al entregarme un montón de hojas y un lápiz que sacó del bolsillo de su chaleco—, no lo olvide, que no quiero nada elevado y filosófico, y percibo que tiene usted tendencia a ello. Incluya color local a paladas y quizás una pizca de sentimiento, pero nada de comentarios desagradables sobre economía política, estamentos sociales o cosas parecidas. Sea concreto, vaya al grano, con brío, ímpetu y vida, sea conciso, chispeante e interesante, ¿entiende?

»Yo entendí y le pedí prestado un dólar.

»—¡No se olvide del color local! —me gritó cuando ya salía.

»Y fue el color local, Anak, lo que acabó conmigo.

»El Cerbero anémico sonrió cuando me vio entrar en el ascensor.

»—Le han dado la patada, ¿eh?

»—No, joven pálido blanco como la nieve —me reí con placer mientras agitaba los papeles—. No me han dado la patada, me han encargado un artículo. En el plazo de tres meses seré redactor jefe de local y entonces me encargaré de usted.

»Mientras el ascensor se detenía un piso más abajo para dejar entrar a un par de doncellas, él se acercó al hueco y, sin florituras ni verborrea, me envió, junto con mi artículo, a la perdición del averno. Sin embargo, me agradaba. Tenía coraje, no se dejaba amedrentar y sabía, tan bien como yo, que la muerte lo rondaba.

—Pero ¿cómo fue capaz, Leith? —La imagen del joven tísico me atenazaba—. ¿Cómo pudo tratarlo de una forma tan poco civilizada?

Leith se rio con indiferencia.

—Querido amigo, ¿con cuánta asiduidad debo explicarle sus confusiones? El sentimiento ortodoxo y la emoción estereotipada lo dominan. ¡Además de su temperamento! Es incapaz de emitir juicios racionales. ¿Cerbero? ¡Pamplinas! Un destello que expira, una chispa que se desvanece, un organismo que late tenue, moribundo, ¡puf! Un chasquido con los dedos, un soplo de aire, ¿qué más? Un peón en el juego de la vida. Sin un solo problema. No hay problemas en el niño que nace muerto ni en el niño que muere. Tampoco en Cerbero. El problema auténtico es…

—¿Y el color local? —lo espoleé.

—Eso es —contestó—, no permita que abandone mi senda. Pues me llevé el papel al depósito del ferrocarril (por lo del color local), me senté con las piernas colgando hacia afuera en la puerta de un Pullman, que es otra forma de llamar a un vagón de mercancías, y empecé a escribir. Por supuesto que lo hice con ingenio y de forma brillante, con mis dardos incontestables al Estado y mis paradojas sociales, pero concreté lo bastante como para no satisfacer al ciudadano medio. Desde el punto de vista del vagabundo, el cuerpo de Policía de la ciudad estaba especialmente corrompido y procedí a abrir los ojos de la buena gente. Se puede demostrar matemáticamente que a la comunidad le cuesta más arrestar, condenar y encerrar en la cárcel a sus vagabundos que enviarlos como huéspedes al mejor hotel durante períodos de tiempo iguales. Eso fue lo que expuse, aportando datos, las dietas y remuneración policial y los gastos del juzgado y la cárcel. Resultaba convincente y era verdad. Además, lo hice con un estilo ligeramente humorístico que arrancaba una carcajada y dejaba escozor. Alegaba que la mayor objeción al sistema era cómo se estafaba y robaba al vagabundo. El dinero que la comunidad aportaba para él bastaba para permitirle nadar en el lujo, en lugar de pudrirse en una mazmorra. Incluso ajusté los números hasta el punto de demostrar que no solo podía vivir en el mejor hotel, sino también fumar dos puros de veinticinco centavos y beber un vaso de licor casero de diez centavos al día, sin costar al contribuyente tanto como estaba acostumbrado a pagar por su juicio y estancia en la cárcel. Eso hizo que el contribuyente se estremeciera, como demostraron los hechos posteriores.

»Describí vívidamente a uno de los policías, sin olvidarme de un tal Sol Glenhart, el juez de guardia más corrupto de la tierra. Lo digo por propia y vasta experiencia. Aunque era famoso en el reino de los vagabundos locales, sus pecados cívicos no solo eran desconocidos por los ciudadanos, sino que además constituían una verdadera deshonra para ellos. Por supuesto que me abstuve de mencionar nombres o entornos y me limité a narrar de forma impersonal y colectiva lo que sin embargo no ocultó a ojos de nadie la fidelidad del color local.

»Naturalmente, al ser yo un vagabundo, el tono del artículo era de protesta contra el maltrato al mendigo. Cuando se toca de ese modo el bolsillo del contribuyente, este es más propenso a dejarse llevar por los sentimientos, así que introduje una buena cantidad de sentimiento. Créame, lo hice excelentemente. ¡Y qué retórica! Espere, oiga el final de mi perorata:

»Así, mientras gorroneamos pista adelante, atentos por si aparecen los polizontes, no podemos evitar recordar que no se nos tolera, que nuestras costumbres no son las de ellos y que la ley nos trata de forma distinta al resto de los hombres. Pobres almas perdidas que gimen pidiendo pan en la oscuridad, somos conscientes de nuestra indefensión e ignominia. Bien podemos repetir la frase de un hermano afligido en el extranjero: “Nuestro orgullo es no conocer el acicate del orgullo”1. La humanidad se ha olvidado de nosotros; Dios se ha olvidado de nosotros; de nosotros solo se acuerdan las arpías de la justicia, que viven a costa de nuestro sufrimiento y convierten nuestros suspiros y lágrimas en monedas brillantes y relucientes.

»Por cierto, la descripción que hice de Sol Glenhart, el juez de guardia, era buena. El parecido resultaba notable e inconfundible, trufado de frases como estas: “Esta arpía de cuerpo grueso y nariz ganchuda”; “este pecador cívico, este bandolero judicial”; “con los principios que rigen en los barrios donde imperan el vicio y la corrupción y una honra muy inferior a la de los ladrones”; “que capitula ante los picapleitos corruptos y como expiación condena injustamente a los desgraciados y menesterosos a pudrirse en una celda”, etcétera, etcétera, con un estilo inmaduro y carente de la dignidad y el tono que emplearía en una disertación sobre plusvalía o las falacias del marxismo, pero que al querido público le gusta mucho.

»—Vaya —gruñó Spargo cuando le entregué la copia—, gasta usted un buen ritmo.

»Yo fijé mi mirada hipnótica en el bolsillo de su chaleco y me pasó uno de sus excelentes puros, que encendí mientras él leía el documento. En dos o tres ocasiones me dedicó una mirada escrutadora por encima del papel, pero no dijo nada hasta que terminó.

»—¿Dónde ha trabajado antes como chupatintas? —preguntó.

»—Éste es mi primer artículo —sonreí con afectación y me rasqué un pie ligeramente para simular que me sentía turbado.

»—¿El primero? ¡Imposible! ¿Qué sueldo quiere cobrar?

»—No, no —respondí—. Nada de sueldo, aunque se lo agradezco en el alma. Soy un ciudadano norteamericano oprimido y libre, por lo que nadie podrá decir que mi tiempo es suyo.

»—Excepto la ley —se rio entre dientes.

»—Excepto la ley —repetí.

»—¿Cómo sabía que yo estaba en contra del departamento de Policía? —preguntó de repente.

»—No lo sabía, pero imaginé que así era —respondí—. Ayer por la mañana una mujer con tendencia a la caridad me regaló tres galletas, un pedazo de queso y un trozo grande de tarta de chocolate, todo ello envuelto en el último número del Clarion, donde percibí un regocijo infame porque el candidato del Cowbell a jefe de Policía había sido rechazado. Asimismo me enteré de que faltaba poco para las elecciones municipales y sumé dos y dos. Otro alcalde, uno adecuado, significa que habrá nuevos comisarios de Policía; si hay nuevos comisarios de Policía, habrá un jefe de Policía nuevo; y un jefe de Policía nuevo significa el candidato del Cowbell; ergo, usted entra en juego.

»Se levantó, me estrechó la mano y se vació el pletórico bolsillo del chaleco. Me guardé los puros y seguí fumándome el de antes.

»—Lo hará muy bien —dijo exultante de alegría—. Esto (dando golpecitos en mi artículo) es el pistoletazo de salida de la campaña. Pero disparará muchos más antes de que acabemos. Llevo años buscando a alguien como usted. Entre a formar parte del equipo.

»Yo negué con la cabeza.

»—¡Vamos, hombre! —me reprendió enfadado—. ¡Déjese de historias! El Cowbell lo necesita. Desea contar con usted, ansia disfrutar de sus artículos, no será feliz hasta que lo consiga. ¿Qué me contesta?

»Resumiendo: peleó por mí, pero yo no quise ceder y al cabo de media hora Spargo se rindió.

»—Recuerde —dijo— que si cambia de idea, aquí me tiene. Esté donde esté, envíeme un telegrama y yo le mandaré la guita para que venga corriendo.

»Le di las gracias y le pedí que me pagase el artículo. Él lo llamaba informe.

»—Oh, aquí tenemos una rutina —me dijo—. Cobrará el primer jueves después de su publicación.

»—Entonces tendré que pedirle que me adelante algo hasta que…

»Me miró y sonrió.

»—Será mejor que apoquine, ¿no?

»—Sí. Y para que nadie me identifique, debería ser en efectivo.

»Me pagó en efectivo, treinta fichas (una ficha es un dólar, mi querido Anak), y me subí al mercancías… ¿eh? Oh, que partí.

»—Joven pálido —le dije a Cerbero—, me han dado la patada. (Sonrío con alegría macilenta). Y como muestra del aprecio sincero que siento por usted, acepte este pequeño… (Sus ojos llamearon y levantó una mano para protegerse la cabeza del golpe que esperaba recibir) … este pequeño recuerdo.

»Tenía la intención de deslizarle una moneda de cinco dólares en la mano, pero a pesar de la sorpresa que sentía fue demasiado rápido para mí.

»—Llévese sus porquerías —gruñó.

»—Así aún le aprecio más —dije, añadiendo otra moneda de cinco—. Se perfecciona. Pero quiero que lo acepte.

»Retrocedió gruñendo, aunque lo agarré por el cuello, conseguí dejarlo otra vez sin respiración y lo abandoné allí doblado en dos, con las monedas en el bolsillo. Sin embargo, nada más ponerse en marcha el ascensor, las dos monedas tintinearon sobre el techo y cayeron entre la cabina y el hueco. Por suerte la puerta no estaba cerrada, así que saqué la mano y las cogí. Al ascensorista se le salían los ojos de las órbitas.

»—Es un don que tengo —dije mientras me las guardaba en el bolsillo.

»—Se le han caído a alguien por el hueco —susurró, impresionado por la situación.

»—Tiene lógica —respondí.

»—Yo me haré cargo de ellas —se ofreció voluntario.

»—¡Tonterías!

»—Ya puede ir dándomelas —me amenazó—, o paro el ascensor.

»—¡Pamplinas!

»Lo detuvo entre dos pisos.

»—Joven —dije—, ¿tiene usted madre? (Parecía serio, como si lamentase lo que había hecho, y para impresionarlo aún más, empecé a remangarme el brazo derecho con el mayor de los cuidados). ¿Está dispuesto a morir? (Me había agazapado sigilosamente y me deslizaba hacia delante como un gato). Porque un minuto, un breve minuto, se interpone entre usted y la eternidad. (En ese momento moví la mano derecha como si fuese una garra y adelanté el otro pie). Joven, joven —pregoné—, en treinta segundos arrancaré su corazón sanguinolento de su pecho y me encorvaré para oírle gritar desde el infierno.

»Fue suficiente. Dio un alarido, la cabina descendió y salí a la pista. Verá, Anak, tengo la costumbre, de la que no consigo librarme, de dejar tras de mí una impresión muy vivida. Nadie me olvida.

»Aún no había llegado a la esquina cuando oí que una voz conocida hablaba junto a mi hombro.

»—¡Hola, Carbonilla! ¿Por dónde tiras?

»Era el Fideo de Chicago, que había estado conmigo una vez, cuando me arrojaron de un mercancías en Jacksonville. “No lo veía por la carbonilla”, fue lo que él dijo al contarlo, y me quedé con el apodo. Todos los vagabundos tenemos nuestro apodo.

»—Al Sur —respondí—. ¿Cómo te va, Fideo?

»—De cola. Los toros andan bravos.

»—¿Y la tropa?

»—En el cuartel. Te daré la clave.

»—¿Quién es el general?

»—Yo, y no lo olvides.

La jerga abandonaba veloz los labios de Leith, pero me vi obligado a detenerlo.

—Por favor, traduzca. Recuerde que soy extranjero.

—Por supuesto —respondió encantado—. Al Fideo no le van bien las cosas. Un toro es un policía y él me dice que la Policía es hostil. Yo le preguntó por la tropa, que es el grupo con el que viaja. Cuando dice que me dará la clave quiere decir que me indicará dónde se reúne su grupo. El general es el jefe o cabecilla del grupo. El Fideo reclama para sí dicha distinción.

»El Fideo y yo nos dimos una caminata hasta una franja de bosque que quedaba más allá de la ciudad y allí estaba la tropa, una veintena de vagabundos fortachones encantadoramente ubicados en la orilla de un arroyo zigzagueante.

»—¡Vamos, tropa! —les dijo el Fideo—. ¡En pie! Aquí está Carbonilla y queremos darle lo suyo.

»Lo que significa que los vagabundos debían salir a mendigar con insistencia a fin de conseguir lo necesario para celebrar mi regreso al grupo tras un año de separación. Pero les enseñé mi dinero y el Fideo envío a varios de los más jóvenes a comprar el alcohol. Créame, Anak, aquel atracón aún se recuerda hoy en el reino de los vagabundos. Es increíble la cantidad de bebida que se puede comprar con treinta dólares, como increíble resulta también la cantidad de bebida que veinte mendigos pueden conseguir aparte. Cerveza y vino barato componían el menú, con cierta cantidad de alcohol más fuerte para los mendigos de clase alta. Fue impresionante, una orgía a cielo abierto, una competición de hombres que bebían como esponjas, el material perfecto para estudiar la bestialidad más primitiva. Un hombre bebido a mí siempre me resulta fascinante y si fuera rector de una universidad instituiría cursos prácticos de borrachera para el postgraduado en psicología. Sería mejor que estudiarlo en los libros y competiría con las prácticas de laboratorio.

»Todo lo cual no viene al caso porque, tras dieciséis horas de juerga, a la mañana siguiente, la tropa se vio rodeada por un impresionante despliegue de agentes que la envió a la cárcel. Después de desayunar, sobre las diez, nos hicieron subir a los veinte, en fila india, extenuados y sin ánimos, a la sala del tribunal. Allí, bajo su panoplia morada, con la nariz ganchuda como un águila napoleónica y los ojos resplandecientes y de mirada fija, se sentaba Sol Glenhart.

»¡John Ambrose! —llamó el oficial y el Fideo de Chicago se puso en pie con la calma que da la experiencia.

»—Vagabundeo, señoría —informó el alguacil.

»Y su señoría, sin siquiera mirar al prisionero, ladró:

»—Diez días.

»El Fideo de Chicago se sentó. Así continuó la cosa, con la monotonía de un mecanismo de relojería, quince segundos por cada hombre, cuatro hombres por minuto, los tipos levantándose y sentándose por turnos, como marionetas. El oficial decía el nombre, el alguacil el delito, el juez la condena y el hombre se sentaba. Eso era todo. Sencillo, ¿eh? ¡Soberbio!

»El Fideo de Chicago me dio un codazo.

»—Échale el rollo, Carbonilla. Tú puedes.

»Negué con la cabeza.

»—Vamos —insistió—. Cuéntale un cuento. A los nuestros les parecerá bien. Y podrás conseguirnos tabaco a todos hasta que salgamos.

»—L. C. Randolph —llamó el oficial.

»Me puse de pie, pero el procedimiento se vio interrumpido. El oficial susurró algo al juez y el alguacil sonrió.

»—Tengo entendido que es usted periodista, señor Randolph —observó muy amable su señoría

»Me tomó por sorpresa porque me había olvidado del Cowbell debido a la emoción de todo lo ocurrido después, y ahora me encontraba al borde del hoyo que yo mismo había cavado.

»—Ahí tienes tu oportunidad. Dale —me provocó el Fideo.

»—Como no me ponga a gritar… —me quejé, pero el Fideo, que no sabía lo del artículo, se quedó desconcertado.

»—Señoría —respondí—, cuando consigo trabajo, a eso es a lo que me dedico.

»—Veo que le interesan mucho los asuntos locales. (En ese momento, su señoría cogió el Cowbell de aquella mañana y echó un vistazo a una columna que, sin duda, era la mía). No está mal el color —comentó con un brillo de reconocimiento en la mirada—, la exposición es excelente, detallada por unas generalidades que definen bien a los sargentos. Y este… este juez que ha descrito… supongo que estará basado en alguna figura real.

»—Casi nunca se hace eso, señoría —respondí—. Se usa una mezcla de muchas cosas, de ideales, de tipos…

»—Pues aquí hay color, sin duda hay color —continuó.

»—Eso se añade después —expliqué

»—Entonces, ¿este juez no está basado en un personaje real, como podría pensarse?

»—No, señoría.

»—Así que responde a un tipo de maldad judicial.

»—No, más bien, señoría, a un ideal —dije con audacia.

»—Al que luego se añade color local. ¡Ja! ¡Muy bueno! ¿Y permite que le pregunte cuánto le pagaron por Este artículo?

»—Treinta dólares, señoría.

»—Vaya, no está mal. —Su tono cambió bruscamente—. Joven, el color local es perjudicial. Le declaro culpable de ese delito y lo condeno a treinta días de cárcel o, si lo prefiere, le impongo una multa de treinta dólares.

»—Desgraciadamente —respondí—, me he gastado los treinta dólares en alterar el orden público.

»—Y treinta días más por derrochar sus caudales.

»—¡Siguiente caso! —dijo enseguida su señoría al oficial.

»El Fideo se había quedado de piedra

»—¡Anda! —susurró—. ¡Anda! A la tropa le caen diez días y a ti sesenta. ¡Anda que…!

LEITH ENCENDIÓ UNA CERILLA, la acercó al puro, que se le había apagado, y abrió el libro que descansaba sobre sus rodillas.

—Y volviendo a nuestra conversación del principio, ¿no le parece, Anak, que aunque Loria maneja la bipartición de los ingresos con un cuidado escrupuloso, sin embargo omite un factor importante, a saber…

—Sí —respondí en tono ausente—. Sí.

[1901]

  1. Verso de Gentlemen-Rankers, poema de Rudyard Kipling que hace referencia a los soldados ingleses que se alistaban para luchar lejos del país como soldados rasos a pesar de ser caballeros, probablemente por haber caído en la deshonra y obligados por sus propias familias para alejarlos de la buena sociedad. ↩︎

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