SI ESTUVIERAS A BORDO de uno de los buques de mi viejo país, un chaval como tú no sería más que un grumete y te ocuparías de servir a los marineros de primera. Y cuando algún marinero de primera gritase: «¡Chico, la jarra del agua!», tú correrías como el rayo y le llevarías la jarra del agua. Y si otro marinero de primera te dijese: «¡Chaval, mis botas!», tú le acercarías las botas. Y serías amable y dirías: «Sí, señor» o «no, señor». Pero estás en un barco norteamericano y te crees tan bueno como los marineros de primera. Chris, hijo mío, hace veintidós años que soy marino, ¿crees que estás a mi altura? Antes de que tú nacieras yo ya era marinero y cuando tú jugabas con redes y volabas cometas yo tomaba rizos, amarraba y ayustaba.
—¡No eres justo conmigo, Emil! —exclamó Chris Farrington, colorado y dolido. Era un joven de diecisiete años, delgado pero fuerte, con su ascendencia yanqui escrita en la frente.
—¡Ya estamos otra vez! —explotó el marinero sueco—. Para un chiquillo como tú soy el señor Johansen. No puedes llamarme Emil. Es insultante y es culpa del barco norteamericano.
—Pero tú me llamas Chris —respondió el chico en tono de reproche.
—Porque eres un crío.
—Que hace el trabajo de un hombre —replicó Chris—. Y como hago el trabajo de un hombre tengo tanto derecho a tutearte como tú a mí. En este castillo de proa somos todos iguales y tú lo sabes bien. Cuando nos enrolamos en San Francisco lo hicimos como marineros de la Sophie Sutherland y sin distinciones entre nosotros. ¿No he cumplido siempre con mi trabajo? ¿He holgazaneado alguna vez? ¿Has tenido tú u otro hombre que coger el timón en mi lugar, ocupar mi puesto de vigía o subir a un mástil por mí?
—Chris tiene razón —intervino un joven marinero inglés—. Ninguno hemos tenido que ocuparnos de su trabajo. Se enroló como cualquiera de nosotros y ha demostrado ser tan bueno como…
—¡Mejor! —interrumpió un hombre de Nueva Escocia—. Es mejor que algunos de nosotros. Cuando alcanzamos los bancos de focas resultó ser uno de los mejores timoneles de bote. Solo lo superó Louis el Francés, que lleva años en esto. Yo no soy más que un simple remero, y tú también eres un simple remero, Emil Johansen, por mucho que lleves veintidós años en el mar. ¿Por qué no eres timonel de bote?
—Porque es demasiado torpe —se rio el inglés—, y muy lento.
—Nada de eso importa —intervino Jurgensen el Danés, acudiendo en ayuda de su hermano escandinavo—. Emil es un hombre adulto y marinero de primera. El chico no es ninguna de esas dos cosas.
Así continuó la discusión, los suecos, noruegos y daneses, debido a su afinidad, apoyando a Johansen, y los ingleses, canadienses y norteamericanos defendiendo a Chris. Desde un punto de vista objetivo, Chris tenía razón. Como bien había dicho, él hacía el trabajo de un hombre y el mismo que hacían todos los demás. Pero tenían prejuicios —algunos, muchos— y de esa conversación se derivó una disputa permanente que dividió el castillo de proa en dos grupos.
LA SOPHIE SUTHERLAND era una goleta que andaba a la caza de focas, matriculada en San Francisco, y que faenaba desde las costas japonesas hasta el Mar de Bering. Los otros buques eran goletas de dos palos, pero la Sophie tenía tres masteleros y eso la convertía en la más grande de la flota. Por si fuera poco, era nueva.
Aunque Chris Farrington sabía que tenía razón y que realizaba todas sus tareas con lealtad y exactitud, a veces deseaba en secreto que surgiera alguna urgencia apremiante que le permitiese demostrar ante los marinos escandinavos que él también era un marinero de primera.
Pero una noche de tormenta, debido a un accidente del que él no fue responsable en absoluto, al revisar una cadena de ancla de repuesto se machacó los dedos de la mano izquierda. Sus esperanzas se truncaron al mismo tiempo, porque no pudo salir a cazar en los botes y se vio obligado a permanecer ocioso a bordo hasta curarse. Sin embargo, aunque él no lo imaginaba, ese accidente iba a darle la oportunidad que tanto ansiaba.
Una tarde de finales de mayo la Sophie Sutherland se balanceaba lentamente en medio de una calma chicha. Las focas abundaban, la caza iba bien y todos los botes habían salido y no se les veía. En ellos estaban casi todos los miembros de la tripulación. Además de Chris, a bordo solo quedaban el capitán, el patrón y el cocinero chino.
El capitán lo era solo por cortesía. Se trataba de un anciano de más de ochenta, felizmente ignorante de cómo se las traía el mar; pero era el dueño de la goleta: de ahí el título honorífico. Por supuesto, el patrón, que hacía las veces de capitán, era un marino experimentado. El segundo, cuyo deber era permanecer a bordo, había salido con los botes porque ocupaba temporalmente el lugar de Chris como timonel de bote.
Cuando el buen tiempo y la buena caza se aliaban, los botes solían dispersarse a lo largo y ancho y a menudo no regresaban a la goleta hasta bien entrada la noche. Pero, aunque el día era perfecto, Chris percibió que el patrón estaba cada vez más ansioso. Caminaba nervioso de un extremo al otro de la cubierta y constantemente oteaba el horizonte con el catalejo. No había ni un solo bote a la vista. Al atardecer incluso ordenó a Chris que subiera al palo de mesana, pero tampoco los divisó. Era imposible que estuvieran de vuelta antes de la medianoche.
El barómetro había empezado a bajar desde el mediodía a una velocidad asombrosa y todo indicaba que se desataría una gran tormenta. Ni siquiera el patrón se atrevía a vaticinar cuál sería su alcance. Chris y él empezaron a prepararse para recibirla. Pusieron tomadores de tormenta en las gavias recogidas, arriaron y estibaron el trinquete y la cangreja, y desmontaron los dos foques interiores. En el foque que quedaba tomaron un solo rizo y otro en la mayor.
Antes de que terminaran ya había caído la noche, que trajo consigo la tormenta. Un gemido sordo barrió la superficie del mar y el viento tumbó a la Sophie Sutherland. Pero se enderezó enseguida y, con el patrón al timón, situó la proa en ángulo con el viento. Trabajando como podía con la mano vendada y la poca ayuda del cocinero chino, Chris llevó el foque a barlovento. Eso, junto con la mayor plana permitió que la goleta se pusiera al pairo.
—¡Que Dios ayude a los botes! ¡No es una tormenta cualquiera! ¡Es un tifón! —le gritó a Chris el patrón a las once—. ¡Demasiado velamen! ¡Tenemos que tomar dos rizos más en la mayor! ¡Y sin entretenernos! —Miró al viejo capitán, que tiritaba dentro de un traje de aguas, en la bitácora, esforzándose en mantenerse con vida—. Estamos solos, Chris, tú y yo… y el cocinero. ¡Aunque para lo que nos sirve!
A fin de tomar los rizos tenía que arriar la mayor y la retirada de esa presión de popa podía hacer que la goleta volviese a quedar a merced del viento y el mar, debido a la presión delantera del foque.
—¡Toma el timón! —ordenó el patrón—. Cuando te avise, todo a barlovento. Cuando la tengas en posición, estabilízala y mantenía así. Volveremos a ponernos al pairo tan pronto tome los rizos.
Agarrando con fuerza los radios del timón, que parecían estar vivos, Chris vio como el patrón y el reacio cocinero se adentraban en la violenta oscuridad. La Sophie Sutherland se zambullía en las gigantescas olas y se revolcaba entre ellas de una forma aterradora, mientras los tensos estays de acero y las tirantes jarcias canturreaban como arpas al viento. A sus oídos llegó un grito zarandeado y sintió que la proa de la goleta se movía por su cuenta. ¡Habían arriado la mayor!
Se concentró en el timón, pendiente de cualquier cambio de dirección del viento en su rostro y del balanceo del barco. Ese era el momento crucial. Para conseguir lo que quería, la goleta tendría que pasar de costado al oleaje antes de poder superarlo. El viento soplaba sobre su mejilla derecha cuando sintió que la Sophie Sutherland se inclinaba y empezaba a subir hacia el cielo, arriba, más arriba, en una distancia infinita. ¿Lograría superar la cresta de la gigantesca ola?
Seguía sin ver, pero presintió —y supo— que un muro de agua ascendía y se curvaba por encima de él a lo largo del costado de barlovento. Hubo un instante de calma y la pared de agua se interpuso y cortó el viento. La goleta se enderezó y durante ese momento pareció que iba a quedarse inmóvil. Luego se balanceó para recibir la avalancha que caía sobre ella.
Chris le gritó al capitán que se agarrase y se preparó para el golpe. Pero no ha nacido hombre capaz de soportar algo así. Un océano entero de agua golpeó la espalda de Chris y sus manos se soltaron del timón como si fueran de papel. Aturdido, impotente, como una paja arrastrada por una catarata, el mar lo lanzó hacia delante, sin saber adónde. Pasó junto a la esquina de la cámara y recorrió unos treinta metros a lo largo de la cubierta hasta golpearse violentamente contra la base del palo de trinquete. Una segunda ola se desplomó sobre la goleta, lo envió de vuelta por donde había ido y lo dejó medio ahogado donde deberían haber estado los escalones de la toldilla.
Magullado y sangrando, apenas consciente, tanteó en busca de la barandilla y se puso en pie como pudo. Sabía que, si no conseguía hacer algo, había llegado el momento final. Al mirar hacia la toldilla, el viento se coló en su boca con una fuerza asfixiante. Eso le hizo recuperar el sentido, sobresaltado. ¡El viento soplaba de popa! ¡La goleta había salido del seno de las olas y superado la situación! Pero la fuerza de las olas volvería a ponerla en peligro. Avanzando con esfuerzo, consiguió llegar al timón justo a tiempo de evitarlo. La luz de la bitácora permanecía encendida. ¡Estaban a salvo!
Bueno, estaban a salvo él y la goleta. No sabía en qué situación se encontraban sus tres compañeros y no se atrevía a abandonar el timón para comprobarlo, porque mantener el rumbo del barco exigía hasta el último segundo de toda su atención. La más mínima distracción y la fuerza del mar lo arrastraría de nuevo al seno de las olas. Así que aquel chaval de sesenta y tres kilos se concentró en el hercúleo trabajo de guiar las doscientas toneladas del buque entre el caos desatado por la impresionante tormenta.
Media hora después, gimiendo y sollozando, el capitán llegó arrastrándose hasta los pies de Chris. Entre lamentos le dijo que todo estaba perdido. Él había recibido tantos golpes que iba a morir. La cocina se había ido por la borda, igual que la mayor y el aparejo, el cocinero, ¡todo!
—¿Dónde está el patrón? —preguntó Chris cuando recuperó el aliento tras estabilizar un fuerte bandazo de la goleta. No era un juego de niños gobernar un barco con un foque de un solo rizo en medio de un tifón.
—En proa —respondió el anciano—. Atrapado en el extremo de proa, pero aún respira. Dice que tiene los brazos rotos y no sabe cuántas costillas. Está malherido.
—Pues se ahogará, tal y como entra el agua por los escobenes. ¡Vaya a proa! —ordenó Chris, tomando el mando definitivamente—. Dígale que no se preocupe y que se ayude… —Se interrumpió para girar el timón a estribor y una ola enorme se alzó bajo la popa y llevó la goleta a babor—… y que se ayude a sí mismo. Desarme la escotilla del castillo de proa, bájelo y déjelo en una litera. Luego vuelva a armar la escotilla.
El capitán miró hacia proa y titubeó asustado. El combés del barco estaba lleno de agua hasta las bordas. Acababa de cruzarlo y sabía que la muerte acechaba en cada centímetro del camino.
—¡Dese prisa! —gritó Chris, sin clemencia. Cuando vio que el hombre muerto de miedo echaba a andar, añadió—: ¡Y busque al cocinero!
Dos horas después regresó el capitán, más muerto que vivo. Había obedecido las órdenes. El patrón no podía hacer nada pero se encontraba a salvo en una litera. El cocinero había desaparecido. Chris envió al capitán abajo, al camarote, para que se cambiara de ropa.
Tras varias horas de esfuerzo infinito, amaneció un día frío y gris. Chris miró a su alrededor. La Sophie Sutherland corría por delante del tifón como una posesa. No llovía, pero el viento lanzaba hacia arriba el rocío del mar, que lo oscurecía todo, excepto el entorno más inmediato.
Chris solo veía dos olas a la vez, la que lo precedía y la que iba por detrás. ¡Qué pequeña e insignificante parecía la goleta entre el oleaje del Pacífico! Tras ascender una montaña exasperante, se posaba como una cáscara de nuez sobre la vertiginosa cresta, agotada y tambaleándose, daba un salto adelante y descendía hacia el enorme abismo para sepultarse entre la espuma asfixiante del fondo. Luego se recuperaba y otra montaña, otro ascenso agotador, otro segundo de recuperar el equilibrio y otra caída estruendosa. A su altura, suspendido por la banda de estribor como un fantasma de la tormenta, Chris vio el cuerpo del cocinero moverse al ritmo de la goleta. Evidentemente, cuando el mar lo arrastró, se había agarrado a las drizas que colgaban y se había quedado enredado en ellas.
Durante tres horas más, junto con su espeluznante compañero, Chris mantuvo la Sophie Sutherland por delante del viento y el oleaje. Hacía mucho que se había olvidado de sus dedos lesionados. Las vendas se habían rasgado y el agua fría y salada había corroído las heridas a medio cicatrizar hasta entumecerlas de modo que ya no le dolían. Tampoco tenía frío. El terrible esfuerzo de gobernar la nave lo hacía sudar por cada poro de su piel. Sin embargo, se sentía débil debido al hambre y el agotamiento, por lo que se alegró al ver que el capitán volvía a cubierta y lo alimentaba con una pastilla de chocolate que le devolvió las fuerzas de inmediato.
Ordenó al capitán que cortase la driza de la que colgaba el cuerpo del cocinero y que luego fuese a proa para cortar la driza y la escota del foque. Tras hacerlo, el foque se agitó un momento como un pañuelo y después se arrancó de las relingas y desapareció. La Sophie Sutherland navegaba a palo seco.
A mediodía la tormenta había amainado y a las seis de la tarde las olas habían disminuido lo bastante como para permitir que Chris abandonase el timón. Casi resultaba inútil soñar con que los pequeños botes hubiesen logrado capear el tifón, pero nunca ha de perderse la esperanza de salvar alguna vida y Chris de inmediato se volcó en retroceder siguiendo el mismo rumbo que había cubierto. Consiguió tomar un rizo en uno de los foques interiores y dos en la cangreja y luego, con la ayuda del polipasto, izarlas para aprovechar la fuerte brisa que aún soplaba. Toda la noche deshizo lo andado, largando velas en la medida en que el viento se lo permitió.
El patrón herido había empezado a delirar y, entre cuidar de él y echar una mano con el barco, Chris mantuvo ocupado al capitán, quien más tarde diría: «Aprendí más navegación con él que en toda la travesía». Pero al alba el débil cuerpo del anciano sucumbió y se durmió, exhausto, en la toldilla de popa.
Chris, que ya había podido amarrar el timón, bajó a coger mantas, tapó al pobre hombre y se dedicó a buscar algo de comer en los pañoles. Sin embargo, a media mañana se vio obligado a desistir y terminó por dormitar junto al timón, despertándose de vez en cuando para echar un ojo a la situación.
La tarde del tercer día avistó una goleta desarbolada y en mal estado. Al acercarse, arrastrado por el viento, vio que una tripulación excepcionalmente numerosa se apiñaba en sus cubiertas y, al aproximarse aún más, distinguió entre otros rostros los de sus compañeros perdidos. Justo a tiempo, además, porque achicaban agua con las bombas en una lucha imposible de ganar. Una hora después todos ellos, junto con la tripulación del buque que se hundía, se encontraban a bordo de la Sophie Sutherland.
Al haberse alejado tanto de su propia nave, se habían refugiado en la otra goleta justo antes de que estallase la tormenta. Era un buque canadiense que había salido a la caza de focas por primera y última vez.
El capitán de la Sophie Sutherland tenía mucho que contar y lo hizo muy bien; tan bien que, cuando todos se reunieron en cubierta durante la guardia de cuartillo, Emil Johansen se acercó a Chris y le estrechó la mano.
—Chris —dijo en voz lo bastante alta para que todos pudieran oírlo—. Chris, te doy la razón. Eres tan buen marinero, como yo. Eres un buen marinero de primera y estoy muy orgulloso de ti.
Cuando ya se alejaba, se dio la vuelta como si hubiese olvidado algo, y le gritó:
—¡Y Chris, de ahora en adelante puedes tutearme y llamarme Emil, nada de señor Johansen!
[1900]

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