Texto aleatorio

JOHN CLAVERHOUSE era un hombre de cara redonda como la luna. Ya saben: los pómulos separados, la barbilla y la frente fundidas con las mejillas para completar una circunferencia perfecta y la nariz, ancha y regordeta, equidistante a la circunferencia y aplastada en el centro del rostro, como una bola de masa contra el techo. Tal vez yo lo odiaba por eso. Me resultaba desagradable y creía que su presencia estorbaba en la tierra. Tal vez mi madre fuese supersticiosa y mirase a la luna por encima del hombro equivocado en el momento equivocado.

En cualquier caso yo odiaba a John Claverhouse. No porque me tratase mal o me hubiese hecho lo que la sociedad considera una jugarreta. En absoluto. Lo que yo sentía era mucho más sutil y profundo; tan esquivo e intangible que resultaba imposible analizarlo claramente y explicarlo con palabras. Todos experimentamos algo así en algún momento de nuestras vidas. Vemos a cierto individuo por primera vez, alguien cuya existencia ni siquiera imaginábamos un instante antes; y sin embargo desde el primer momento decimos: «No me gusta este hombre». ¿Por qué no nos gusta? No lo sabemos, solo sabemos que no nos gusta. Nos resulta antipático, sin más. Eso me ocurría a mí con John Claverhouse.

¡Y su risa! Me irritaba, me volvía loco, más que ninguna otra cosa bajo el sol. Me perseguía, se apoderaba de mí y no me soltaba. Era una risa enorme, colosal. Despierto o dormido, siempre me acompañaba, arañando y desbastando mi fibra sensible como una lima gruesa. Al amanecer cruzaba los prados como un grito y estropeaba mi agradable ensoñación matinal. Bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, cuando las plantas se marchitaban y las aves se retiraban a lo más profundo del bosque y toda la naturaleza dormitaba, sus intensos «ja, ja» y «jo, jo» se elevaban en el aire y desafiaban al sol. Y en la oscuridad de la noche, desde el solitario cruce de caminos que tomaba al volver de la ciudad a su casa, sus carcajadas molestas y estridentes me despertaban y me retorcía de dolor mientras me clavaba las uñas en las palmas de las manos.

Yo salía por las noches en silencio y soltaba su ganado en sus campos de labranza, pero por la mañana oía sus risotadas mientras sacaba de allí a los animales. «No importa —decía—. Las pobres bestias no tienen la culpa de intentar buscarse un pasto más contundente».

Tenía un perro que se llamaba Marte, un animal grande y magnífico, mezcla de lebrel escocés y de sabueso, con rasgos de ambas razas. Él disfrutaba mucho con Marte y siempre andaban juntos. Pero yo esperé el momento oportuno y un día conseguí atraer al animal y lo liquidé con estricnina y un filete. Sin embargo, John Claverhouse ni se inmutó. Se reía con la misma intensidad y frecuencia de siempre y su rostro continuaba siendo igual de redondo.

Luego prendí fuego a sus almiares y su granero. Pero a la mañana siguiente, que era domingo, lo vi pasar alegre y despreocupado.

—¿A dónde va? —pregunté cuando llegó al cruce de caminos.

—A por truchas —me dijo, sonriendo de placer como una luna llena—. Me encantan las truchas.

¿Podía existir un hombre más insufrible? Había perdido toda la cosecha en el incendio del granero y los almiares. Yo sabía que no estaba asegurado. Y sin embargo, con la hambruna y el rigor del invierno a las puertas, ¡se iba feliz a pescar truchas porque le encantaban! Si un mínimo rastro de tristeza le hubiese hecho fruncir levemente el ceño, o si llevase la cara larga y menos parecida a la luna, o si por una vez hubiese borrado la sonrisa de su rostro, estoy seguro de que lo habría perdonado por existir. Pero no, cuando la desgracia lo perseguía, él se mostraba más alegre.

Lo insulté. Me miró con una sonrisa lenta y sorprendida.

—¿Quiere pelearse conmigo? ¿Por qué? —preguntó despacio. Y luego se rio—. ¡Qué gracioso! ¡Jo, jo! ¡Me matará de risa! ¡Je, je, je! ¡Jo, jo, jo!

¿Qué podía hacer? Aquello era demasiado. ¡Por los clavos de Cristo, cómo lo odiaba! Y además, aquel nombre, ¡Claverhouse! ¡Vaya nombre! ¡Absurdo! ¡Claverhouse! Santo cielo, ¿por qué Claverhouse? Me lo preguntaba una y otra vez. No me habría importado que se apellidase Smith, o Brown, o Jones… ¡pero Claverhouse! Ya me dirán ustedes. Repitan Claverhouse sin descanso. Escuchen lo ridículo que suena. ¡Claverhouse! Yo les pregunto: «¿Tiene derecho a vivir alguien con ese nombre?». «No», me dirán. «No», digo yo también.

Pero me acordé de su hipoteca. Con la cosecha y el granero destruidos, sabía que sería incapaz de hacerle frente. Me ocupé de traspasar su hipoteca a un prestamista agarrado, discreto y astuto. Sin que mi nombre apareciera en la operación, a través de ese agente forcé la ejecución de la hipoteca y a John Claverhouse se le concedieron unos días (no más, créanme, de los que la ley permitía) para retirar sus bienes del lugar. Luego me acerqué paseando para ver cómo se lo tomaba, porque llevaba viviendo allí más de veinte años. Pero me recibió con un centelleo en los ojos saltones y el rostro iluminado como una luna llena en su punto más alto.

—¡Ja, ja, ja! —se rio—. ¡No sabe que gracioso es el pillastre de mi hijo! No hay otro como él. Se lo contaré. Estaba jugando junto al río cuando un pedazo de orilla cedió y lo salpicó. «Oh, papá —me gritó—, un charco enorme subió volando y me mojó».

Se calló a la espera de que me uniese a él en su infernal regocijo.

—Yo no le veo la gracia —dije secamente y sé que se me avinagró el rostro.

Me miró asombrado y su cara empezó a iluminarse otra vez, según ya he descrito, con ese resplandor horrible, hasta que brilló cálida y apacible, como la luna en verano. Entonces se rio.

—¡Ja, ja! ¡Qué simpático! Así que no le ve la gracia, ¿eh? ¡Je, je! ¡Jo, jo, jo! ¡No le ve la gracia! Verá, ya sabe usted que un charco…

Me di la vuelta y me marché. Era el colmo. No lo soportaba más. «Esto tiene que acabar de una vez por todas —pensé—, ¡maldito sea!». Tenía que librar al mundo de su presencia. Y mientras cruzaba la colina oía sus carcajadas monstruosas retumbar contra el cielo.

Me enorgullezco de hacer siempre las cosas bien y cuando decidí matar a John Claverhouse tenía en mente proceder de tal forma que, al recordarlo, no pudiera avergonzarme. Detesto las chapuzas y la brutalidad. Me repugna el hecho de golpear a un hombre con el puño desnudo. ¡Qué horror! ¡Es nauseabundo! De manera que no me atraía la idea de pegarle un tiro, apuñalar o matar a golpes a John Claverhouse (¡Oh, ese nombre!). No solo me sentía impelido a hacerlo esmerada y artísticamente, sino también de manera que ni la más mínima sospecha recayese sobre mí.

Concentré todo mi intelecto en lograrlo y, tras una semana de profunda incubación, urdí mi plan. Luego puse manos a la obra. Adquirí un cachorro hembra de perro de agua americano que tenía cinco meses y me dediqué por completo a adiestrarlo. Si alguien me hubiese espiado habría afirmado que su preparación consistía en una sola cosa: buscar y recuperar. Enseñé a la perra —a la que llamé Belona— a recuperar los palos que arrojaba al agua; pero no solo a recuperarlos, sino a hacerlo al instante, sin mordisquearlos o jugar con ellos. Quería que no se entretuviera con nada y me devolviera el palo a toda prisa. La acostumbré a escaparme de ella para que tuviera que perseguirme con el palo en la boca hasta que me alcanzase. Era un animal muy listo y se aplicó al juego con tanto entusiasmo que enseguida lo dominó.

Después, a la primera oportunidad que se me presentó, sin que pareciera un gesto forzado, le regalé la perra a John Claverhouse. Sabía lo que hacía porque era conocedor de sus debilidades y de un pecadillo secreto que cometía con regularidad.

—No —dijo cuando deposité la correa en sus manos—. No, no puede ser.

Abrió mucho la boca y una sonrisa enorme cubrió su maldita cara redonda.

—No sé por qué creí que no me apreciaba —me explicó—. ¡Ya tiene gracia que me equivocara tanto! —Y se dobló de la risa—. ¿Cómo se llama? —logró preguntar entre carcajadas.

—Belona —respondí.

—¡Je, je! —soltó una risilla—. ¡Qué nombre tan gracioso!

Apreté los dientes, porque su alegría afectaba a mis nervios, y casi rechinándolos le dije:

—Era la esposa de Marte.

Esa luz de luna llena bañó su cara redonda y estalló en risas.

—Así se llamaba mi perro. Pues entonces supongo que es viuda. ¡Jo, jo! ¡Je, je! ¡Jo!

No dejaba de escandalizar, así que me di la vuelta y hui colina arriba.

Transcurrió la semana y el sábado por la noche le dije:

—Se marcha el lunes, ¿no es así?

Asintió con la cabeza y sonrió.

—Entonces ya no podrá conseguir una buena tanda de esas truchas que tanto le gustan.

Pero no captó el tono de desprecio.

—Bueno —se rio entre dientes—, mañana pienso intentarlo.

No necesitaba oír nada más, estaba seguro de que lo haría, y me fui a mi casa encantado.

A la mañana siguiente, muy temprano, lo vi pasar con un salabre y un saco de arpillera, y Belona trotando tras él. Sabía adónde iba, así que tomé un atajo por los pastos de atrás y ascendí hasta la cumbre de la colina entre la maleza. Con cuidado de mantenerme oculto, caminé durante tres kilómetros a lo largo de las cimas hasta llegar a un anfiteatro natural que se formaba entre los montes, donde el río corría por un desfiladero y luego se detenía a tomar aliento en una poza grande y tranquila, rodeada de rocas. ¡Aquél era el lugar! Me senté en la grupa de la colina, desde donde lo veía todo, y encendí la pipa.

Al poco apareció John Claverhouse, siguiendo despacio el cauce del arroyo. Belona caminaba sin prisa a su alrededor y ambos estaban de un humor excelente: los ladridos impetuosos de la perra se mezclaban con la risa profunda del hombre. Al llegar a la poza, dejó saco y salabre en el suelo y del bolsillo trasero del pantalón extrajo lo que parecía una vela gruesa y larga. Pero yo, sabía que era un cartucho de dinamita, porque ese era el método que empleaba para hacerse con las truchas. Las dinamitaba. Sujetó la mecha envolviendo el cartucho en un trozo de algodón que ajustó con firmeza. Luego encendió la mecha y arrojó el explosivo a la poza.

Como el rayo, Belona se lanzó a la poza tras él. Estuve a punto de gritar de alegría. Claverhouse la llamó en vano. Le lanzó terrones y piedras, pero la perra continuó nadando hasta que consiguió agarrar el cartucho con la boca, tras lo que se dio la vuelta y puso rumbo a la orilla. Entonces Claverhouse fue consciente por primera vez del peligro que lo amenazaba y echó a correr. Como yo ya había previsto, Belona saltó a tierra y lo persiguió. ¡Les aseguro que fue increíble! Ya dije antes que la poza se encontraba situada en una especie de anfiteatro. Por encima y por debajo de ella era posible cruzar el arroyo saltando de piedra en piedra. Claverhouse y Belona daban vuelta tras vuelta, arriba, abajo, de piedra en piedra. Jamás imaginé que un hombre tan torpe fuese capaz de correr tanto y tan rápido. Pero por más que acelerase, Belona le seguía y ganaba terreno. De repente, en el momento en que lo alcanzó, él en plena zancada y ella con el morro a la altura de su rodilla, se produjo un destello, una humareda, una detonación impresionante, y donde un instante antes habían estado hombre y perra ahora solo se veía un agujero enorme en el suelo.

«Muerte accidental mientras pescaba utilizando un método ilícito», fue el veredicto del juez de instrucción. Por eso me enorgullezco del esmero y la maestría con la que liquidé a John Claverhouse. Sin chapuzas y sin brutalidad; sin nada de lo que avergonzarme, como sin duda reconocerán. Su risa infernal ya no retumba entre las colinas y su cara redonda, como la luna, ya no aparece para molestarme. Ahora mis días transcurren en paz y de noche duermo profundamente.

[1902]


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