LA BAHÍA de San Francisco es tan grande que a menudo sus tormentas resultan más desastrosas para las embarcaciones de navegación oceánica que el propio océano en sus momentos más violentos. Las aguas de la bahía contienen toda clase de peces, por lo que su superficie se ve surcada por las quillas de toda clase de barcos de pesca, tripulados por toda clase de pescadores. Se han aprobado muchas leyes acertadas para proteger a los peces de esta heterogénea población flotante y hay una patrulla pesquera encargada de vigilar para que esas leyes se respeten. A la patrulla pesquera le toca vivir tiempos apasionantes: en su historia más de un patrullero muerto ha indicado la derrota, aunque más a menudo son los pescadores muertos entre sus redes ilegales los que indican el éxito.
Los pescadores de gambas chinos son los más violentos y descontrolados. Las gambas tienen por costumbre desplazarse por el fondo del mar en ejércitos gigantescos hasta llegar a agua dulce, momento en el que se dan la vuelta y retroceden de nuevo hasta el agua salada. En los lugares donde se produce el flujo y reflujo de la marea, los chinos hunden hasta el fondo unas bolsas enormes de malla, con bocas muy grandes en las que entran las gambas y desde las que pasan directamente al cocedero de mariscos. Eso en sí no resultaría tan grave, de no ser por lo estrecho de la malla, tanto que ni los peces más pequeños —como los alevines que miden poco más de medio centímetro— pueden librarse de ella. Las hermosas playas de los cabos Pedro y Pablo, donde se asientan las aldeas de los pescadores de gambas, resultan espantosas debido al hedor que desprende el sinnúmero de peces que allí se pudren, y precisamente el deber de la patrulla pesquera siempre ha sido actuar contra una devastación tan indiscriminada.
Cuando era un joven de dieciséis años, buen marinero de balandro y navegante todoterreno de la bahía, mi balandro, el Reindeer, fue fletado por la Comisión de Pesca y yo me convertí, de momento, en ayudante de patrullero. Tras mucho trabajo entre los pescadores griegos de los ríos y la zona alta de la bahía, donde los cuchillos brillaban en cuanto surgían los problemas y los hombres no se dejaban hacer prisioneros si no se les hundía un revólver en pleno rostro, recibimos encantados el encargo de dirigir una expedición en la zona baja de la bahía contra los pescadores de gambas chinos.
Éramos seis en dos barcos y para evitar sospechas nos acercamos de noche y fondeamos bajo un acantilado que sobresale y recibe el nombre de cabo Pinole. Cuando la primera luz del amanecer asomó por el este nos pusimos en marcha de nuevo y nos dejamos llevar por la brisa costera mientras cruzábamos la bahía en dirección a cabo Pedro. Las brumas matutinas se enroscaban y se adherían al agua robándonos la visibilidad, pero nos entreteníamos expulsando el frío de nuestros cuerpos con el calor del café. También teníamos que dedicarnos a la desagradable tarea de achicar, porque por algún motivo incomprensible el Reindeer sufría una vía de agua abundante. Habíamos invertido media noche en revisar el lastre y examinar las juntas, pero el esfuerzo no había servido de nada. El agua seguía entrando, por lo que debíamos afanarnos en la bañera para echarla fuera otra vez.
Tras tomar café, tres de los hombres se retiraron a la otra embarcación, un barco salmonero del río Columbia, y en el Reindeer quedamos los otros tres. Ambos navíos avanzaron juntos hasta que el sol asomó en el horizonte del este. Sus rayos abrasadores disiparon las insistentes nieblas y ante nuestros ojos, como en un cuadro, surgió la flota que se dedicaba a capturar gambas, desplegada en una medialuna enorme —tres millas náuticas separaban cada uno de los extremos— y cada junco fuertemente amarrado a la boya de una de esas redes especiales. Pero no había movimiento ni señales de vida.
Enseguida comprendimos la situación: mientras aguardaban a la calma entre mareas para alzar sus pesadas redes del lecho de la bahía, los chinos se habían ido abajo a dormir. Estábamos eufóricos y rápidamente dimos forma al plan de batalla.
—Deja a cada uno de tus dos hombres en un junco —me susurró Le Grant desde el salmonero—. Y tú amárrate a un tercero. Nosotros haremos lo mismo y no habrá motivo en el mundo por el que no podamos capturar seis juncos como mínimo.
Luego nos separamos. Cambié de bordada, avancé a sotavento de un junco, hice que la mayor flamease y pasé la popa del junco tan despacio y tan cerca que uno de los patrulleros descendió a bordo rápidamente. Continué, dejé que la mayor se hinchase de nuevo y me dirigí al segundo junco.
Hasta entonces no se había oído ni un ruido, pero en ese momento se armó un alboroto en el primer junco capturado por el salmonero. Percibimos los gritos estridentes de los orientales, un disparo y más gritos.
—Se acabó. Están avisando a los demás —dijo George, el otro patrullero, que estaba a mi lado en la bañera.
Para entonces nos encontrábamos entre lo más denso de la flota y la alarma se propagaba a una velocidad increíble. Las cubiertas empezaban a llenarse de chinos medio despiertos y medio desnudos. Sobre las aguas tranquilas estallaban los gritos y alaridos de advertencia e ira y alguien hacía sonar una caracola con gran éxito. A nuestra derecha vi al capitán de un junco cortar su amarre de un hachazo y salir luego corriendo para ayudar a su tripulación a izar la enorme y extravagante vela al tercio. Pero a la izquierda empezaban a asomar las primeras cabezas en la cubierta de otro junco, por lo que mantuve el Reindeer junto a él lo suficiente para que George pudiese saltar a bordo.
Ahora toda la flota estaba en marcha. Además de las velas habían desplegado unos remos largos y los juncos, en su huida, surcaban la bahía en todas direcciones. Yo me encontraba solo en el Reindeer e intentaba capturar febrilmente un tercer trofeo. El primer junco tras el que fui resultó imposible de atrapar porque orientó las velas y salió sorprendentemente disparado. Ceñía el viento medio punto más que el Reindeer y empecé a sentir respeto por aquella tosca embarcación. Al darme cuenta de lo inútil de la persecución me aparté del viento, largué la mayor y maniobré para caer sobre los juncos que tenía a sotavento, ya que estaban en desventaja.
El que había elegido titubeaba indeciso por delante de mí y, aprovechando que yo ampliaba mi viraje para abordarlo sin problemas, ganó el viento y salió pitando, con los mongoles gritando a un ritmo de locos mientras se inclinaban sobre los remos. Pero yo ya me lo esperaba. Orcé de repente. Puse todo a sotavento, haciendo fuerza con el cuerpo sobre el timón para que no se moviera y cacé la mayor paso a paso mientras avanzaba para conservar tanta potencia de choque como fuese posible. Los dos remos de estribor del junco quedaron aplastados y ambas embarcaciones colisionaron. El bauprés del Reindeer, como una mano monstruosa, se adelantó y arrancó el mástil grueso y pesado del junco, con su enorme vela.
Eso provocó un grito de ira de los que hielan la sangre. Un chino enorme, de aspecto notablemente siniestro, con la cabeza envuelta en un pañuelo de seda amarillo y la cara llena de marcas de viruela, apoyó un bichero contra la proa del Reindeer y empezó a separar las embarcaciones enredadas. Tras aguardar a que soltara las drizas del foque y en el momento en que el Reindeer quedó libre y empezaba a retroceder, salté a bordo del junco con un cabo y lo hice firme. El del pañuelo amarillo y la cara marcada de viruela vino hacia a mí con gesto amenazador, pero hice ademán de meter la mano en el bolsillo y dudó. Yo iba desarmado, sin embargo los chinos han aprendido a tener cuidado con los bolsillos traseros de los norteamericanos, y de eso dependía yo para mantener a raya a aquel tipo y a su tripulación de salvajes.
Le ordené que echase el ancla a proa del junco, a lo que respondió: «No entendel». La tripulación reaccionó de la misma forma y, aunque me expliqué por señas, se negaron a comprenderme. Me di cuenta de que no tenía sentido discutir el asunto, así que me acerqué, rebasé la línea y solté el ancla.
—Y ahora, que suban cuatro a bordo —dije en voz alta, indicando con los dedos que cuatro de ellos tenían que venir conmigo y el quinto permanecer en el junco.
El del pañuelo amarillo dudó, pero repetí la orden vehementemente (mucho más de lo que me pareció), a la vez que acercaba la mano al bolsillo. Otra vez se mostró amedrentado y, entre miradas ariscas, subió a bordo del Reindeer junto con tres de sus hombres. Solté amarras de inmediato y, dejando el foque arriado, puse rumbo al junco de George. Allí las cosas resultaron más sencillas, porque ya éramos dos y George tenía una pistola a la que recurrir en caso necesario. Allí también, como había ocurrido en mi junco, cuatro chinos pasaron al balandro y otro se quedó a bordo de su embarcación.
Nuestra lista de pasajeros aumentó con los cuatro del primer junco. Para entonces el salmonero había recogido a sus doce prisioneros y se hallaba a nuestro costado, con una sobrecarga evidente. Para empeorar la situación, como era una embarcación pequeña, los patrulleros estaban tan apretujados entre los prisioneros que tendrían muy pocas posibilidades en caso de surgir problemas.
—Vas a tener que ayudarnos —dijo Le Grant.
Miré hacia mis prisioneros, que se habían amontonado en el interior de la cabina y encima de ella.
—Puedo hacerme cargo de tres —respondí.
—Que sean cuatro —sugirió—, y me llevo a Bill conmigo. (Bill era el tercer patrullero). Aquí no tenemos sitio para reaccionar y si se produce una reyerta, uno de nosotros por cada dos de ellos será una proporción más que ajustada.
Realizamos el intercambio y el barco salmonera izó la cebadera y se internó en la bahía hacia las marismas de San Rafael. Yo icé el foque y lo seguí con el Reindeer. San Rafael, donde debíamos entregar nuestra captura a las autoridades, se comunicaba con la bahía por medio de un barrizal tortuoso y largo, o estuario pantanoso, que solo podía navegarse cuando la marea estaba alta. Había llegado el momento de la calma entre mareas y, como el reflujo estaba a punto de comenzar, teníamos que darnos prisa si queríamos evitar esperar medio día hasta que subiese la siguiente marea.
Pero la brisa costera había empezado a desvanecerse al salir el sol y ahora solo soplaba de vez en cuando y muy debilitada. El salmonero sacó los remos y pronto nos dejó atrás. Algunos de los chinos permanecían de pie en la parte de la bañera hacia proa, cerca de las puertas de la cabina y en una ocasión, al agacharme por encima de la barandilla de la bañera para tensar la escota del foque, noté que alguien rozaba mi bolsillo trasero. Hice como que no me enteraba, pero por el rabillo del ojo comprobé que Pañuelo Amarillo había descubierto que el bolsillo que hasta entonces lo amedrentaba estaba vacío.
Para empeorar la situación, durante el tiempo empleado en abordar los juncos nadie había achicado el Reindeer y el agua empezaba a rezumar sobre el suelo de la bañera. Los pescadores de gambas la señalaron y me miraron inquisitivamente.
—Sí —dije—. Nos iremos a pique muy pronto si no achicáis ya, ¿entendéis?
No, no entendían, o al menos dijeron que no con la cabeza, aunque comentaron la situación entre ellos en su propia jerga. Levanté tres o cuatro de las tablas del suelo, saqué un par de cubos de un armario y por medio de unas señas inequívocas les invité a ponerse manos a la obra. Pero se rieron, algunos se apelotonaron en el interior de la cabina y el resto encima de ella.
Su risa no transmitía nada bueno. Contenía un atisbo de amenaza, una malicia que sus miradas asesinas corroboraban. Pañuelo Amarillo, tras descubrir que mi bolsillo estaba vacío, se mostraba de lo más insolente y se escabullía entre los demás prisioneros, hablándoles con gran formalidad.
Tragándome la rabia que sentía, bajé a la cabina y empecé a achicar. Pero no bien acababa de empezar cuando la botavara osciló, la mayor dio una sacudida al tomar el viento y el Reindeer se escoró. Se levantaba la brisa. George no era más que un marinero de agua dulce, así que me vi obligado a dejar de achicar y ocuparme de la caña. El viento soplaba desde cabo Pedro y las altas montañas que se alzaban tras él, por eso llegaba a ráfagas y era inestable: a veces hinchaba las velas y otras las hacía flamear vanamente.
George demostró ser el tipo más inútil que vi en mi vida. Entre otras desventajas, estaba tísico y yo sabía que si lo ponía a achicar podría causarle una hemorragia. Sin embargo, la manera en que ascendía el nivel del agua me advirtió que había que hacer algo. Volví a ordenar a los pescadores de gambas que echasen una mano con los cubos. Se rieron desafiantes y los que estaban en el interior de la cabina, con el agua por los tobillos, se pusieron a hablar a gritos con los de fuera.
—Será mejor que saques el arma y los obligues a achicar —le dije a George.
Pero negó con la cabeza y demostró claramente que estaba aterrado. Los chinos se dieron tanta cuenta como yo del miedo que sentía y su insolencia se volvió insufrible. Los que estaban en la cabina forzaron los armarios de la comida y los de arriba bajaron y se unieron a ellos en un festín organizado con nuestras galletas y alimentos enlatados.
—¿Qué más nos da? —dijo George sin convicción.
Yo echaba humo del enfado que tenía.
—Si se desmadran, será demasiado tarde para preocuparnos. Lo mejor que puedes hacer es meterlos en cintura ahora mismo.
El nivel del agua no dejaba de subir y las ráfagas de brisa, predecesoras de un viento constante, eran cada vez más fuertes. Entre ráfaga y ráfaga los prisioneros, tras hacerse con comida para una semana, se dedicaron a apelotonarse primero en un costado y luego en el otro hasta que el Reindeer acabó balanceándose como un cascarón. Pañuelo Amarillo se acercó a mí y, señalando su aldea en la playa de cabo Pedro, me dio a entender que, si ponía el Reindeer en esa dirección y los dejaba en tierra, ellos se ocuparían de achicar. Para entonces el agua en la cabina llegaba hasta las literas y la ropa de cama estaba empapada. En la bañera habría unos treinta centímetros. Sin embargo me negué y por el gesto que puso George me di cuenta de que estaba decepcionado.
—Si no das muestras de valor se impondrán a nosotros y nos arrojarán por la borda —le dije—. Será mejor que me entregues el revólver, si quieres salir ileso de ésta.
—Lo más seguro —dijo el muy cobarde— es llevarlos a tierra. Yo desde luego no quiero ahogarme por culpa de un puñado de chinos asquerosos.
—Y yo no quiero ceder ante un puñado de chinos asquerosos para evitar ahogarme —respondí muy enfadado.
—A este paso hundirás el Reindeer —lloriqueó—. Y no entiendo de qué servirá eso.
—Cada cual a su gusto —repliqué.
No contestó pero vi que temblaba lastimosamente. Entre los chinos amenazantes y el agua cada vez más alta estaba muerto de miedo. Yo le tenía más miedo a él y a lo que su pánico lo empujase a hacer que al agua y a los chinos. Me di cuenta de que miraba con deseo al pequeño esquife que remolcábamos a popa, así que aprovechando la siguiente calma tiré del esquife y lo situé al costado. Mientras lo hacía la esperanza iluminó sus ojos pero, antes de que pudiera adivinar mis intenciones, destrocé el frágil fondo con un hacha de mano y el esquife se hundió hasta la regala.
—O nos hundimos o flotamos juntos —dije—. Si me das tu revólver conseguiré que el Reindeer quede achicado en un minuto.
—Son demasiados para nosotros —lloriqueó—. No podemos enfrentarnos a todos.
Le di la espalda asqueado. El salmonero se había perdido de vista hacía un buen rato tras un archipiélago conocido como islas Marín, por lo que no podía esperar ayuda por ese lado. Pañuelo Amarillo se acercó a mí con demasiada confianza y el agua de la bañera golpeando contra sus piernas. No me gustó su gesto. Me pareció que bajo la sonrisa amable que intentaba reflejar en su rostro se escondían sus malas intenciones. Le ordené que retrocediese y lo hice con tal brusquedad que obedeció.
—Mantente a distancia —exigí— y no te acerques más.
—¿Pol qué? —preguntó indignado—. Pensal hablal sel bueno.
—Hablal —dije con resentimiento porque comprendí que había entendido todo lo que George y yo habíamos dicho—. ¿De qué quelel hablar? Tú no sabel hablal.
Me dedicó una sonrisa enfermiza.
—Sí. Yo mucho sabel. Yo chino honlado.
—De acuerdo —respondí—, si sabel hablar, entonces achical agua mucha mucha. Después de eso hablal.
Negó con la cabeza mientras señalaba a sus compinches por encima del hombro.
—No podel. Chinos mucho malos. Mucho malos. Yo pensal…
—¡Atrás! —grité porque vi su mano desaparecer bajo la camisa y su cuerpo prepararse para saltar.
Desconcertado, regresó a la cabina para celebrar una reunión de emergencia, o eso parecía por la forma en que todos parloteaban. El Reindeer estaba muy hundido y sus movimientos se habían ralentizado. Si el mar estuviese picado, sin duda se lo habrían tragado las olas; pero el viento, cuando soplaba, lo hacía desde tierra y solo alguna que otra ondulación agitaba la superficie de la bahía.
—Creo que será mejor que pongas rumbo a la playa —dijo George de repente y en un tono que me indicó que su miedo lo había obligado a tomar una decisión.
—No estoy de acuerdo —me limité a contestar.
—Te lo ordeno —dijo con voz amenazadora.
—Tengo órdenes de llevar estos prisioneros a San Rafael —fue mi respuesta.
Habíamos elevado el tono y el ruido del altercado hizo salir a los chinos de la cabina.
—¿Pondrás ahora rumbo a la playa?
Eso dijo George y me apuntó de cerca con el cañón de su revólver, del revólver que se atrevía a usar contra mí pero con el que su cobardía no le dejaba amenazar a los prisioneros.
Fue como si una clarividencia deslumbrante golpeara mi cerebro. Vi la situación con total lucidez desde todos sus ángulos: la vergüenza de perder a los prisioneros, la inutilidad y cobardía de George, el encuentro con Le Grant y demás patrulleros y la pobre excusa que podría darles; y luego vi lo mucho que me había esforzado y cómo estaban a punto de arrebatarme la victoria justo en el momento en que la creía a mi alcance. Por el rabillo del ojo observé a los chinos agruparse junto a las puertas de la cabina con una sonrisa de triunfo en los rostros. No lo consentiría.
Levanté la mano y bajé la cabeza. Con el primer gesto elevé la boca del cañón y con el segundo aparté la cabeza de la trayectoria de la bala, que pasó silbando muy cerca. Con una mano atenacé la muñeca de George y con la otra el revólver. Pañuelo Amarillo y su pandilla saltaron hacia mí. Concentrando todas mis fuerzas en un acto repentino conseguí darle la vuelta al cuerpo de George para que quedase entre ellos y yo. Luego tiré hacia atrás con la misma rapidez, le arranqué el revólver de los dedos, lo levanté del suelo y lo lancé hacia delante. Dio contra las rodillas de Pañuelo Amarillo, que se tambaleó y ambos cayeron en el hueco para achicar, donde había levantado las tablas de la bañera. Al instante los apuntaba con el revólver y los violentos pescadores de gambas se encogían de miedo y se arrastraban serviles.
Aunque enseguida descubrí que hay una gran diferencia entre disparar contra hombres que atacan a hacerlo contra quienes simplemente se niegan a obedecer. Porque no quisieron obedecer cuando les ordené que achicaran. Los amenacé con el revólver pero se sentaron imperturbables en la cabina inundada y sobre su techo y no quisieron moverse.
Transcurrieron quince minutos, el Reindeer se hundía cada vez más mientras la mayor flameaba en medio de la calma. Pero desde la costa de cabo Pedro vi que una línea oscura se formaba sobre el agua y venía hacia nosotros. Era el viento constante que llevaba tanto tiempo esperando. Llamé a los chinos y lo señalé. Lo recibieron con exclamaciones. Luego señalé la vela y el agua del Reindeer y por señas les indiqué que cuando el viento alcanzase la vela, el agua que había a bordo nos haría volcar. Pero se burlaron de mí, desafiantes, porque sabían que en mi mano estaba orzar el timón y soltar la mayor para evitar el viento y no sufrir daños.
Sin embargo, yo ya había decidido. Recogí la mayor unos cincuenta centímetros, la giré, asenté bien los pies y apoyé la espalda en la caña del timón. Así disponía de una mano para manejar la escota y de otra para el revólver. La línea oscura se acercaba y vi que los chinos la miraban, luego me miraban a mí y volvían a ella con una aprensión que no lograban ocultar. Mi mente, mi voluntad y mi capacidad de resistir se enfrentaban a las de ellos y el problema estaba en ver quién aguantaría más tiempo, sin ceder, la tensión de una muerte inminente.
Entonces el viento nos golpeó. La mayor se tensó con el brusco crujido de las pastecas, se alzó la botavara, la vela se hinchó y el Reindeer se escoró, más y más, hasta que la barandilla de sotavento se hundió, la cubierta se hundió, las ventanas de la cabina se hundieron y el agua empezó a rebasar la barandilla de la bañera. Había escorado con tanta violencia que los hombres de la cabina cayeron unos encima de los otros sobre la litera de sotavento, donde se retorcían y se contorsionaban mientras el agua los empapaba y estaba a punto de ahogar a los que se encontraban más abajo.
El viento sopló un poco más fuerte y el Reindeer se escoró aún más. Por un instante creí que lo había perdido y supe que otra ráfaga como esa significaría el fin. Mientras lo retenía y debatía si ceder o no, los chinos gritaron pidiendo clemencia. Creo que fue el sonido más dulce que he oído en mi vida. Entonces y nunca antes orcé y solté la mayor. El Reindeer se enderezó muy despacio, pero cuando se estabilizó estaba tan inundado que dudé de poder salvarlo.
Sin embargo, los chinos salieron como locos a la bañera y empezaron a achicar con cubos, cacerolas, sartenes y todo cuanto encontraron a mano. ¡Qué delicia ver tanta agua salir disparada por la borda! Cuando el Reindeer recuperó su orgullosa posición sobre la superficie, salimos disparados con el viento a favor y, en el último momento posible, cruzamos la marisma y nos adentramos en el estuario.
Los chinos habían perdido la moral y se volvieron tan dóciles que, antes de llegar a San Rafael, desembarcaron para hacerse cargo de la sirga y remolcar el balandro, Pañuelo Amarillo a la cabeza de todos. En cuanto a George, ésa fue su última salida con la patrulla pesquera. Dijo que aquello no era lo suyo y que creía que le iría mejor con un trabajo de oficina en tierra. Nosotros estuvimos de acuerdo.
[1902]

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