BÂTARD ERA UN DEMONIO. Eso se decía en toda la región septentrional. Muchos lo llamaban engendro del infierno, pero su amo, Black Leclère, eligió para él el infamante nombre de Bâtard1. Black Leclère también era un demonio, por lo que hacían buena pareja. Dice el refrán que cuando dos demonios se juntan, surgen problemas. Es de esperar, y sin duda era de esperar cuando Bâtard y Leclère se juntaron. La primera vez que se vieron, Bâtard era un cachorro flaco y hambriento de ojos resentidos; e intercambiaron un intento de mordisco y un gruñido, además de mirarse con maldad, porque el labio superior de Leclère tendía a levantarse —como el de un lobo— y dejar a la vista sus dientes blancos y crueles. También se levantó entonces y sus ojos destellaron feroces mientras agarraba a Bâtard y lo separaba a la fuerza del resto de la camada, que intentaba escabullirse. A ciencia cierta, ambos intuyeron cómo era el otro, porque al instante Bâtard clavaba sus colmillos de cachorro en la mano de Leclère y Leclère le apretaba el cuello hasta ahogarlo casi por completo.
—Sacredam —dijo el francés en voz baja, limpiándose la sangre de la mordedura y mirando al cachorrillo que se ahogaba y jadeaba sobre la nieve. Leclère se volvió hacia John Hamlin, encargado de la factoría de Sixty Mile.
—Por eso me gusta. ¿Cuánto? ¿eh, M’sieu? ¿Cuánto? Lo compro ahora. Lo compro ya.
Porque lo odiaba de una forma encarnizada y excesiva, Leclère compró a Bâtard y le puso ese nombre infamante. Durante cinco años los dos recorrieron la región septentrional, desde St. Michael y el delta del Yukón hasta la cabecera del Pelly e incluso hasta el río Peace, el lago Athabasca y el Gran Lago de los Esclavos. Se hicieron famosos por su crueldad absoluta, sin igual entre los perros o entre los hombres.
Bâtard no conocía a su padre —de ahí su nombre—, aunque John Hamlin sabía que era un enorme lobo gris del Mackenzie. Pero a la madre de Bâtard, según recordaba vagamente, le gustaba gruñir y pelearse, era una husky fornida, obscena, de pecho ancho y fuerte, mirada perversa, con tantas vidas como un gato y un don natural para el engaño y el mal. Imposible confiar o tener fe en ella. Solo se podía contar con su ingratitud y sus amoríos en lo más profundo de los bosques daban testimonio de su depravación. Los progenitores de Bâtard albergaban mucha fuerza y mucha maldad y él, sangre de su sangre, había heredado ambas cosas. Después llegó Black Leclère para dejar caer el peso de su mano sobre el cachorro palpitante de vida y oprimirlo, maltratarlo y moldearlo hasta convertirlo en una bestia enorme y resentida, con dotes para la traición, rebosante de odio, siniestra, malvada y diabólica. Con un amo adecuado Bâtard podría haber sido un perro de trineo normal y eficiente. Jamás tuvo esa oportunidad: Leclère reafirmó su iniquidad congénita.
La historia de Bâtard y Leclère es la historia de un duro enfrentamiento, de cinco años crueles e implacables, perfectamente resumidos por su primer encuentro. Para empezar, Leclère tuvo la culpa, porque él odiaba comprendiendo lo que hacía, con inteligencia, mientras que el cachorro desgarbado y de patas largas odiaba ciegamente, por instinto, sin método o motivo. Al principio no hubo crueldad refinada (eso llegaría después), sino simples palizas y brutalidad primitiva. En una de ellas, Bâtard recibió una herida en una oreja. Nunca recuperó el control de los músculos desgarrados y desde entonces la oreja caía con laxitud, como recuerdo de su torturador. Y nunca lo olvidó.
Su etapa de cachorro fue un período de rebelión imprudente. Siempre salía derrotado, pero contraatacaba porque lo llevaba en la sangre. Era inconquistable. Aullando de dolor debido al látigo y los palos, siempre se las arreglaba para añadir un gruñido desafiante, la amenaza vindicativa e irreconciliable de su alma, que solo le ocasionaba más golpes y palizas. Pero se agarraba a la vida con la misma fuerza que su madre. Nada podía matarlo. Crecía con vigor en la desgracia, engordaba en plena hambruna y, debido a su desenfrenada lucha por la vida, desarrolló una inteligencia sobrenatural. Tenía el sigilo y la astucia del husky, su madre, y la fiereza y el valor del lobo, su padre.
Posiblemente debido a su padre, nunca lloraba. Sus aullidos de cachorro desaparecieron a la vez que sus patas larguiruchas y desgarbadas, y se convirtió en un perro serio y taciturno, rápido en el ataque, lento en la advertencia. Respondía a los insultos con gruñidos y a los golpes con mordiscos, siempre mostrando su odio implacable; pero nunca jamás, ni en los momentos de agonía más extrema, consiguió Leclère arrancarle un grito de miedo o dolor. Esa imposibilidad de vencerlo solo lograba avivar la ira de Leclère y lo incitaba a ser todavía más cruel.
Cuando Leclère le dio a Bâtard la mitad de un pescado y a sus compañeros uno entero, Bâtard robó la comida de los otros perros. También robó las despensas y realizó mil diabluras, hasta convertirse en el terror de los demás perros, en su amo y señor. Cuando Leclère pegó a Bâtard y acarició a Babette —a Babette, que no trabajaba ni la mitad de lo que trabajaba él—, Bâtard la arrojó sobre la nieve y le rompió las patas traseras con sus poderosas mandíbulas, de manera que Leclère se vio obligado a sacrificarla. Por si fuera poco, tras varias peleas violentas, Bâtard consiguió dominar a todos sus compañeros de traílla, estableció las leyes del camino y la comida y les obligó a respetarlas.
En cinco años solo oyó una palabra amable, solo recibió una caricia de una mano, pero no supo reconocerlas. Saltó como el animal salvaje que era y cerró las mandíbulas a la velocidad del rayo. Fue el misionero de Sunrise, recién llegado a la región, quien pronunció la palabra amable y lo acarició. Después, durante seis meses no pudo escribir a su hogar de Estados Unidos y el cirujano de McQuestion tuvo que recorrer más de trescientos kilómetros sobre el hielo para salvarlo de la septicemia.
Los hombres y los perros miraban a Bâtard con recelo cuando lo veían llegar a sus campamentos o factorías. Los hombres lo recibían con el pie levantado y dispuesto a la patada, los perros con el pelo erizado y enseñando los dientes. En una ocasión, un hombre le dio una patada a Bâtard y Bâtard, con la rapidez del lobo, cerró las fauces como una trampa de acero sobre la pantorrilla del hombre y le rompió el hueso. Entonces el hombre decidió matarlo, pero Black Leclère intervino, con la amenaza en los ojos y el cuchillo de caza en la mano. Matar a Bâtard —¡ah, sacredam!— era un placer que Leclère reservaba para sí. Algún día lo conseguiría o podría ser que… ¡bah! ¿Cómo saberlo? El problema acabaría por resolverse.
Porque se habían convertido el uno en el problema del otro. El hecho de que uno respirase constituía un desafío y una amenaza para el otro. El odio los unía como jamás lo habría hecho el amor. Leclère se concentraba en ver llegar el día en que Bâtard desfalleciera y se encogiera gimoteando a sus pies. Y Bâtard… Leclère sabía lo que Bâtard pensaba y más de una vez lo leyó en sus ojos. Lo leyó con tanta claridad que, cuando tenía que darle la espalda a Bâtard, se ocupaba de mirar a menudo por encima del hombro.
Los hombres se asombraban cuando Leclère rechazaba buenas sumas de dinero por el perro.
—Un día lo matarás y ya no valdrá nada —le dijo John Hamlin una vez, cuando Bâtard jadeaba sobre la nieve tras recibir las patadas de Leclère y no sabían si tenía las costillas rotas, pero nadie se atrevía a comprobarlo.
—Eso —respondió Leclère lacónicamente— es asunto mío, M’sieu.
También se asombraban los hombres de que Bâtard no huyese. No lo comprendían. Pero sí lo comprendía Leclère. Era un hombre que vivía mucho al aire libre, en lugares a los que no llegaba la voz humana, y había aprendido a entender lo que decían el viento y la tormenta, el suspiro de la noche, el susurro del alba, el estruendo del día. En un día nublado era capaz de oír crecer los brotes verdes de los árboles, el movimiento de la savia, los capullos al abrirse. Conocía el sutil lenguaje de las cosas que se mueven, del conejo en una trampa, del cuervo malhumorado que bate al aire con sus alas huecas, del grizzly osado que avanza despacio a la luz de la luna, del lobo que se desliza como una sombra gris entre el crepúsculo y la oscuridad. Por eso a él Bâtard le hablaba con total claridad. Entendía perfectamente por qué Bâtard no se escapaba y debido a eso miraba más a menudo por encima del hombro.
Cuando estaba enfadado, Bâtard daba miedo y en más de una ocasión había saltado al cuello de Leclère para acabar sobre la nieve, inconsciente y tembloroso, tras recibir el golpe asestado con el mango del látigo, siempre a mano. Así aprendió Bâtard a esperar el momento oportuno. Creyó que había llegado cuando alcanzó el punto álgido de su fuerza y su juventud. Era ancho de pecho y de músculos potentes, más grande de lo normal y su cuello, de la cabeza a los hombros, estaba cubierto por una masa de pelo siempre erizado: un lobo pura sangre, a juzgar por lo visto. Leclère dormía entre sus pieles cuando Bâtard decidió que era el momento de actuar. Se deslizó sigilosamente hacia él, con la cabeza pegada al suelo y una sola oreja levantada, avanzando con la cautela de un felino. Bâtard respiraba despacio, muy despacio, y no levantó la cabeza hasta que se encontró muy cerca. Se detuvo un momento y observó el cuello bronceado y ancho, desnudo y nudoso, que se hinchaba al ritmo de la respiración regular y profunda. Al verlo, la baba goteó de sus colmillos y la lengua quedó al aire, y en ese momento recordó su oreja caída, las incontables palizas y la ingente cantidad de agravios y saltó sin un solo ruido sobre el hombre que dormía.
Leclère se despertó con el dolor de los colmillos en el cuello y, como el animal perfecto que era, se despertó totalmente despejado y consciente de lo que ocurría. Apretó la tráquea de Bâtard con las dos manos y rodó fuera de las mantas para situar todo su peso encima del perro. Pero los miles de antepasados de Bâtard se habían aferrado a las gargantas de innumerables alces y caribúes y habían logrado derribarlos, y el perro llevaba en la sangre la sabiduría de sus ancestros. Cuando el peso de Leclère cayó sobre él, levantó e impulsó hacia dentro las patas traseras para así arañar pecho y abdomen, desgarrando y rasgando piel y músculos. Cuando sintió que el cuerpo del hombre se retorcía e intentaba apartarse, mordió con más fuerza y sacudió las fauces que sujetaban su cuello. Los otros perros los rodearon, gruñendo, y Bâtard, al que empezaba a faltarle el aliento y se sentía desvanecer, supo que sus dientes lo buscaban a él. Pero eso no importaba; lo que importaba era el hombre, el hombre al que tenía encima, así que desgarró y arañó, sacudió y mordió hasta consumir el último gramo de energía. Pero Leclère lo estrangulaba con las dos manos y llegó un momento en el que el pecho de Bâtard palpitó y se retorció por falta de aire, los ojos se vidriaron y se quedaron inmóviles, las fauces se aflojaron poco a poco y la lengua sobresalió negra e hinchada.
—¿Eh? ¡Bon, demonio! —borboteó Leclère, la boca y la garganta obstruidas por su propia sangre, mientras apartaba al perro desmayado.
Pero enseguida Leclère maldijo a los otros perros, al ver que se lanzaban sobre Bâtard. Retrocedieron, rodeándolo en un círculo más amplio y sentándose alerta, sobre sus cuartos traseros, relamiéndose con el pelo erizado.
Bâtard se recuperó enseguida y, al oír la voz de Leclère, se levantó como pudo, balanceándose débilmente hacia delante y hacia atrás.
—¡Ah! ¡Condenado demonio! —farfulló Leclère—. ¡Te vas a enterar! ¡Te vas a enterar de verdad!
Bâtard —el aire irritándole los pulmones como si fuese vino— se lanzó contra el rostro del hombre, pero falló la dentellada y sus fauces se cerraron con un sonido metálico. Rodaron juntos sobre la nieve mientras Leclère le daba puñetazos como un loco. Luego se separaron y quedaron cara a cara, moviéndose en círculos a la espera de ver quién atacaba antes. Leclère podía haber sacado el cuchillo. Tenía el rifle a sus pies. Pero lo dominaba la bestia que había en él. Quería hacerlo con sus propias manos… y con los dientes. Bâtard saltó, pero Leclère lo derribó de un puñetazo, cayó sobre él y enterró los dientes hasta el hueso en el hombro del perro.
Se trataba de un marco primigenio y de una escena primitiva, propios de un mundo joven y salvaje. Un claro en un bosque oscuro, un círculo de perros lobo dispuestos a atacar y en el centro dos bestias enzarzadas en la lucha, mordiendo y gruñendo furiosas, jadeando, sollozando, maldiciendo, forcejeando locas de ira, rabiosas por matar, desgarrando, rasgando y arañando con una brutalidad primaria.
Pero Leclère consiguió darle un puñetazo a Bâtard detrás de la oreja que lo derribó y lo dejó sin sentido un instante. Luego saltó sobre él con los dos pies y empezó a brincar como un poseso, intentando aplastarlo contra el suelo. Antes de que Leclère se detuviese para coger aire, Bâtard tenía rotas las dos patas traseras.
—¡Aaah! ¡Aaah! —gritó, incapaz de hablar, amenazando con el puño al no poder utilizar garganta y laringe.
Pero Bâtard era indomable. Permanecía tumbado, indefenso y cubierto de heridas mientras el labio se retorcía e intentaba levantarse para dejar salir el gruñido que sus fuerzas no le permitían emitir. Leclère le dio una patada y las fauces agotadas se cerraron alrededor del tobillo, aunque ya no logró ni arañar la piel.
Luego Leclère cogió el látigo y empezó a golpearlo hasta casi hacerlo pedazos, mientras a cada latigazo repetía:
—¡Esta vez te domaré! ¿Eh? ¡Te juro que te domaré!
Al final, exhausto, casi desmayado por la pérdida de sangre, se desmoronó junto a su víctima y cuando los otros perros se acercaron para vengarse, antes de perder la conciencia por completo, se arrastró hasta situar su cuerpo sobre el de Bâtard y protegerlo de sus colmillos.
Eso ocurrió no lejos de Sunrise y el misionero, al abrirle la puerta a Leclère varias horas más tarde, se sorprendió al comprobar que Bâtard no se encontraba entre la traílla. Más se sorprendió al ver que Leclère apartaba las mantas que cubrían el trineo, cogía a Bâtard en brazos y cruzaba el umbral trastabillando. Por suerte el cirujano de McQuestion, que siempre andaba de un sitio a otro, había llegado hacía poco y entre los dos se dispusieron a curar a Leclère.
—Merci, non —dijo él—. Antes el perro. ¿Morir? Non. No quiero. Antes debo domarlo. Por eso no quiero que muera.
El cirujano dijo que era un prodigio —y el misionero un milagro— que Leclère consiguiese recuperarse. Estaba tan debilitado que al llegar la primavera la fiebre se apoderó de él y tuvo que volver a guardar cama. La situación de Bâtard era incluso peor, pero su forma de agarrarse a la vida prevaleció y los huesos de las patas traseras se soldaron y sus órganos se recompusieron durante las semanas que permaneció sujeto con correas al suelo.
No movió ni un músculo ni se le erizó un solo pelo cuando Leclère se soltó por primera vez del brazo del misionero y, tambaleándose, se sentó despacio y con un cuidado infinito en un taburete de tres patas.
—Bon! —dijo—. Bon! ¡Al sol!
Estiró las manos atrofiadas y dejó que el calor las envolviese.
Luego su mirada cayó sobre el perro y la luz de antes volvió a brillar en sus ojos. Rozó ligeramente el brazo del misionero.
—Mon père, ese Bâtard es un demonio. Tráigame una pistola para poder tomar el sol en paz.
Durante muchos días se sentó al sol en la puerta de la cabaña. Jamás se adormilaba y mantenía la pistola sobre las rodillas. Todos los días Bâtard buscaba el arma en el lugar de siempre. Al verla levantaba ligeramente el labio como muestra de que había entendido y Leclère le respondía con una sonrisa desagradable. En una ocasión, el misionero se fijó en la jugada.
—¡Válgame Dios! —dijo—. Creo que ese animal comprende la situación.
Leclère se rio suavemente.
—Observe, mon père. Y verá que cuando hablo él escucha.
Como si quisiera confirmarlo, Bâtard meneó de forma perceptible la oreja para captar mejor el sonido.
—Ahora diré: «Te mataré».
Bâtard soltó un gruñido profundo, se le erizó el pelo del cuello y todos sus músculos se tensaron, expectantes.
—Y levantaré la pistola, así —mientras lo decía, apuntó al perro.
Bâtard, de un solo salto lateral, aterrizó tras la esquina de la cabaña, fuera de su vista.
—¡Válgame Dios! —repetía el misionero de vez en cuando.
Leclère sonreía con orgullo.
—Pero ¿por qué no se escapa?
El francés se encogió de hombros, ese gesto que indica de todo, desde la ignorancia completa a la comprensión infinita.
—¿Y por qué no lo mata usted?
Volvió a encogerse de hombros.
—Mon père —dijo tras una pausa—, no ha llegado el momento. Es un demonio. Algo lo voy domando, poco a poco. Algo. Bon!
Llegó un día en que Leclère reunió a sus perros y zarpó en un bateau rumbo a Forty Mile y de allí a Porcupine, donde aceptó un encargo de la P. C. Company y se dedicó a explorar la mayor parte del año. Después ascendió el Koyokuk hasta la desierta Arctic City y luego regresó, de campamento en campamento, a lo largo del Yukón. Durante esos largos meses Bâtard recibió muchas lecciones. Aprendió muchas torturas, en especial la tortura del hambre, la de la sed, la del fuego y, la peor de todas, la tortura de la música.
Al igual que los demás miembros de su raza, Bâtard no disfrutaba de la música. Le producía una angustia exquisita, lo atormentaba nervio a nervio y destrozaba cada fibra de su ser. Le hacía aullar como los lobos cuando gritan a las estrellas en las noches de helada. Los aullidos se le escapaban, no podía evitarlos. Era su única debilidad en su lucha con Leclère y se avergonzaba de ella. Por su parte, Leclère amaba la música con pasión, tanto como las bebidas fuertes. Y cuando su alma clamaba por expresarse solía hacerlo de una de las dos maneras, más a menudo de las dos a la vez. Cuando estaba borracho, la mente poseída por melodías olvidadas y el demonio que habitaba en él despierto y desenfrenado, su alma encontraba su máxima expresión en torturar a Bâtard.
—Ahora vamos a tocar un poco —decía—. ¿Eh? ¿Qué te parece, Bâtard?
Solo tenía una armónica vieja y deteriorada que atesoraba con cariño y reparaba pacientemente, pero no podía hacerse con otra mejor y de sus lengüetas plateadas extraía melodías extrañas y errantes que nadie había oído jamás. Bâtard, mudo y con los dientes apretados, retrocedía centímetro a centímetro hasta el rincón más alejado de la cabaña. Y Leclère, sin dejar de tocar y con un garrote bajo el brazo, seguía al animal, centímetro a centímetro, paso a paso, hasta que no tenía escapatoria.
Al principio Bâtard se acurrucaba en el hueco más pequeño, muy pegado al suelo, pero a medida que la música se acercaba, se veía obligado a levantarse, con el lomo apretujado entre los troncos y las patas delanteras avivando el aire, como si quisiera apartar de sí la oleada de sonidos. Aún mantenía los dientes apretados, pero unas fuertes contracciones musculares se apoderaban de su cuerpo, que se contraía y se movía a tirones hasta acabar retorciéndose y temblando, sufriendo en silencio. Cuando perdía el control, sus fauces se abrían en medio de un espasmo y dejaban escapar vibraciones profundas y guturales, demasiado graves para que el oído humano pudiese percibirlas. Después, con los orificios nasales hinchados, los ojos dilatados y el pelo erizado de ira, surgía el prolongado aullido de lobo. Ascendía veloz y mal articulado, aumentaba hasta convertirse en una explosión de sonido desgarradora y luego se desvanecía en un lamento de cadencia triste. A continuación ascendía el siguiente aullido, octava tras octava, con el corazón a punto de reventar; tras él la pena y la amargura infinitas, débiles, mortecinas, rindiéndose y desvaneciéndose lentamente.
Era un infierno. Y Leclère, con intuición diabólica, parecía adivinar cómo tocar su fibra sensible y destrozarle los nervios y, con sus notas prolongadas, temblorosas y sollozantes, obligarle a revelar hasta el último rastro de aflicción. Resultaba aterrador y Bâtard se pasaba las veinticuatro horas siguientes nervioso y trastornado, sobresaltándose ante cualquier sonido común y tropezando con su propia sombra pero, a pesar de ello, despiadado e imponente con sus compañeros de traílla. Tampoco daba muestras de dejarse doblegar. Al contrario, se mostraba más implacable y taciturno, esperando su momento con una paciencia inescrutable que empezaba a desconcertar y agobiar a Leclère. El perro permanecía inmóvil durante horas, a la luz de la hoguera, mirando fijamente a Leclère, el odio asomando a sus ojos implacables.
Al hombre le parecía a menudo que se había rebelado ante la propia esencia de la vida; la esencia inconquistable que hacía al halcón lanzarse en picado desde el cielo como un rayo cubierto de plumas, que llevaba al ganso a emigrar cruzando grandes extensiones, que empujaba al salmón a atravesar más de tres mil kilómetros contracorriente de las tumultuosas aguas del Yukón para desovar. En esos momentos se sentía empujado a expresar su propia esencia invencible y, con la bebida, la música desenfrenada y Bâtard, se entregaba a un desenfreno sin límites, durante el que medía sus pobres fuerzas con cualquier cosa que se le pusiera delante y desafiaba todo cuanto había existido, lo que existía y lo que iba a existir.
—Tiene sentido —afirmaba cuando los caprichos rítmicos de su mente tocaban las fibras sensibles de Bâtard y hacían surgir el aullido prolongado y lúgubre—. Puedo arrancártelo con las dos manos, así. ¡Ja, ja! ¡Qué gracia! ¡Tiene mucha gracia! El sacerdote salmodia, la mujer reza, el hombre despotrica, el pajarito dice pío pío y Bâtard aúlla. Y todo es lo mismo ¡Ja, ja!
El padre Gautier, un sacerdote muy virtuoso, en una ocasión recriminó su conducta y le puso ejemplos concretos de perdición. No volvió a hacerlo.
—Es posible, mon père —respondió—, y supongo que iré al infierno de cabeza, sin más opciones. ¿No, mon père?
Pero todo lo malo llega a su fin, al igual que lo bueno, y lo mismo le ocurrió a Black Leclère. Aprovechando el cauce bajo del verano partió de McDougall en batea hacia Sunrise. Salió de McDougall en compañía de Timothy Brown y llegó solo a Sunrise. Además, ya se sabía que habían discutido justo antes de irse porque el Lizzie —un jadeante vapor de ruedas de diez toneladas— partió veinticuatro horas después, pero le sacó tres días de ventaja a Leclère. Cuando llegó él, llevaba un agujero de bala limpio en el músculo del hombro y contó una historia de emboscada y asesinato.
En Sunrise habían descubierto oro y la situación había cambiado considerablemente. Con la llegada de varios cientos de buscadores de oro, mucho whisky y media docena de jugadores profesionales, el misionero había visto cómo se borraba de un plumazo su labor de varios años entre los indios. Cuando las indias empezaron a preocuparse por cocinar alubias y mantener encendida la hoguera de los mineros sin esposa, y los indios por cambiar sus cálidas pieles por botellas negras y relojes estropeados, se metió en la cama, exclamó: «¡Válgame Dios!», varias veces y partió hacia su última morada en una caja tosca y rectangular. Después los jugadores llevaron sus mesas de ruleta y de faro al edificio de la misión y el ruido de las fichas y el tintineo de los vasos se oyó desde el alba hasta el anochecer y desde el anochecer al alba.
Aquellos aventureros del Norte apreciaban mucho a Timothy Brown. Su único defecto era su mal temperamento y su rapidez con el puño: poca cosa que su gran corazón y su mano indulgente subsanaban. En cambio no había nada que reparase los defectos de Black Leclère. Era malo, como atestiguaban muchos de sus actos recordados por todos, por lo que lo odiaban en la misma medida en que apreciaban al otro. De manera que los hombres de Sunrise vendaron su herida y lo llevaron ante un tribunal popular.
Era muy sencillo. Había discutido con Timothy Brown en McDougall. Había partido de McDougall con Timothy Brown. Y había llegado a Sunrise sin Timothy Brown. Teniendo en cuenta su maldad, concluyeron unánimemente que había matado a Timothy Brown. Por su parte, Leclère reconoció los hechos pero cuestionó la conclusión alcanzaba y aportó una explicación. A treinta kilómetros de Sunrise, Timothy Brown y él impulsaban la batea siguiendo la orilla rocosa, de la que salieron dos disparos. Timothy Brown cayó por la borda y se hundió, tiñendo el agua de rojo. Ése fue el final de Timothy Brown. Él, Leclère, se ocultó pegado al fondo de la batea mientras el hombro le escocía. Se mantuvo inmóvil, espiando la orilla. Al cabo de un rato dos indios sacaron la cabeza y se acercaron al borde del agua, llevando entre los dos una canoa de corteza de abedul. En el momento en que la echaban al río y saltaban dentro, Leclère disparó. Le dio a uno, que cayó por la borda igual que Timothy Brown. El otro cayó sobre el fondo de la canoa y las dos embarcaciones —canoa y batea— quedaron a la deriva en la corriente, luchando por salvarse. Luego la corriente las separó y la canoa pasó junto a una isla por un lado y la batea por el otro. No volvió a ver la canoa y llegó a Sunrise. Sí, por la forma en que el indio había caído, estaba seguro de haberlo matado. Eso era todo.
La explicación no les pareció adecuada. Le concedieron diez horas de prórroga mientras el Lizzie retrocedía para investigar. Diez horas después regresó a Sunrise. No había nada que investigar. No habían encontrado pruebas que apoyasen su declaración. Le dijeron que hiciera testamento porque poseía una participación de cincuenta mil dólares en una concesión de Sunrise y ellos respetaban la ley… además de tomarse la justicia por su mano.
Leclère se encogió de hombros.
—Una cosa —dijo—. Un pequeño favor. Un pequeño favor, eso es. Mis cincuenta mil dólares son para la Iglesia y mi perro, Bâtard, para el diablo. ¿El favor? Primero colgadlo a él y después a mí. ¿Está bien?
Les pareció bien y aceptaron: aquel engendro del infierno abriría camino para su amo en la última divisoria. Tras lo cual el tribunal se desplazó hasta la orilla del río, donde se alzaba solitaria una pícea muy alta. Charley Aguas Muertas hizo un nudo corredizo en el extremo de una sirga, lo pasó por la cabeza de Leclère y lo apretó alrededor de su cuello. Tenía las manos atadas a la espalda y lo ayudaron a subirse a una caja de petardos. Luego pasaron la cuerda por encima de una rama que sobresalía, la tensaron y la sujetaron. Cuando le dieran una patada a la caja, Leclère bailaría en el aire.
—Y ahora, el perro —dijo Webster Shaw, ingeniero de minas ocasional—. Tendrás que atarlo tú, Aguas Muertas.
Leclère sonrió. Aguas Muertas cogió una pizca de tabaco para mascar, preparó otro nudo y, con calma, enroscó la cuerda varias veces en su mano. Se detuvo en dos o tres ocasiones para apartarse del rostro los mosquitos que no paraban de molestar. Todos hacían lo mismo, excepto Leclère, alrededor de cuya cabeza se percibía una pequeña nube de insectos. Incluso Bâtard, que yacía estirado sobre el suelo, apartaba los bichos de sus ojos y su boca con las patas delanteras.
Pero mientras Aguas Muertas esperaba a que Bâtard levantase la cabeza, oyeron que alguien llamaba desde lejos y vieron que un hombre agitaba los brazos y corría cruzando el llano que los separaba de Sunrise. Era el factor.
—Dejadlo, muchachos —jadeó al acercarse—. Acaban de llegar Sandy y Bernadotte —explicó tras recuperar el aliento—. Saltaron a tierra más abajo y siguieron el atajo hasta aquí. Traen al Castor. Lo encontraron en su canoa, atrapado en un remanso, con un par de agujeros de bala. El otro indio era Klok-Kutz, el que molió a palos a su mujer y se largó.
—¿Eh? ¿Qué os dije? ¿Eh? —gritó Leclère, exultante—. ¡Eran esos! Lo sé. Dije la verdad.
—Tenemos que enseñarles modales a esos condenados indios —dijo Webster Shaw—. Están engordando y volviéndose impertinentes, así que nos va a tocar bajarles los humos. Reunir a los indios y colgar al Castor para darles una lección. Ese es el plan. Vamos a ver qué nos cuenta.
—¡Eh, M’sieu! —llamó Leclère mientras la multitud se alejaba hacia Sunrise a la luz del crepúsculo—. Me gustaría ver la diversión.
—Te bajaremos a la vuelta —gritó Webster Shaw por encima de su hombro—. Mientras, piensa en tus pecados y en los caminos de la providencia. Te vendrá bien, así que muéstrate agradecido.
Los hombres acostumbrados a correr grandes peligros saben controlar sus nervios y son pacientes. Lo mismo ocurría con Leclère, quien se dispuso a esperar; es decir, que se resignó mentalmente. No era capaz de relajar el cuerpo, porque la cuerda tiraba tanto que lo obligaba a mantenerse muy erguido. La más mínima laxitud en los músculos de las piernas presionaba el nudo de tosca fibra contra su cuello, mientras que la postura erguida le provocaba un terrible dolor en el hombro herido. Echó hacia fuera el labio inferior y expulsó el aire hacia arriba para apartar a los mosquitos de sus ojos. Pero la situación tenía su recompensa. Librarse por los pelos de la muerte bien merecía un poco de sufrimiento físico, aunque le daba pena no ver cómo colgaban al Castor.
Así se entretenía pensando hasta que su mirada cayó sobre Bâtard, dormido con la cabeza entre las patas delanteras. Entonces Leclère dejó de pensar. Estudió con calma al animal, en un esfuerzo por ver si el sueño era real o fingido. Los costados de Bâtard subían y bajaban a un ritmo regular, pero a Leclère le pareció que respiraba ligeramente rápido; además, tenía la sensación de que lo envolvía una actitud vigilante que contradecía el sueño profundo. Habría dado su concesión de Sunrise por tener la seguridad de que el perro no estaba despierto y en una ocasión, cuando una de sus articulaciones crujió, le dedicó una mirada veloz y culpable a Bâtard, para ver si se había despertado. En ese momento no se movió, pero unos minutos después se levantó despacio, con calma, se estiró y miró a su alrededor con atención.
—Sacredam —dijo Leclère en un susurro.
Tras asegurarse de que nadie lo veía ni lo oía, Bâtard se sentó, hizo un gesto que casi pareció una sonrisa, miró a Leclère y se relamió.
—Ha llegado mi hora —dijo el hombre y se rio con aire socarrón.
Bâtard se acercó con la oreja inútil bamboleándose y la buena levantada en señal de que comprendía. Ladeó la cabeza, le dedicó al hombre una mirada de duda burlona y avanzó con pasitos cortos y juguetones. Frotó el cuerpo despacio contra la caja hasta que la hizo temblar. Leclère luchaba por mantener el equilibrio.
—Bâtard —dijo con calma—, cuidado. Te mataré.
Bâtard gruñó al oír la palabra y sacudió la caja con más ímpetu. Luego se puso a dos patas y, apoyando las de delante, dejó caer todo su peso contra ella desde más arriba. Leclère le lanzó una patada, pero la soga se clavó en su cuello y tiró de él de forma tan abrupta que estuvo a punto de perder el equilibrio.
—¡Eh! ¡Bicho! ¡Atrás! —gritó.
Bâtard retrocedió unos seis metros con un gesto tan demoníaco que Leclère no tuvo duda. Recordó que el perro solía romper la capa de hielo que se formaba en el bebedero poniéndose a dos patas y dejando caer su peso sobre ella. Al recordarlo, comprendió lo que el bicho estaba pensando. Bâtard miró a su alrededor y se detuvo. Mostró sus dientes blancos en un gruñido al que Leclère respondió con otro y luego salió disparado hacia la caja.
Quince minutos después, Charley Aguas Muertas y Webster Shaw, al regresar, entrevieron un péndulo fantasmagórico que se balanceaba a la tenue luz del anochecer. Al acercarse corriendo, distinguieron el cuerpo inerte del hombre y algo vivo que lo mordía y lo sacudía mientras le clavaba los dientes, imprimiéndole el movimiento pendular.
—¡Eh, tú! ¡Bestia! ¡Engendro del infierno! —gritó Webster Shaw.
Pero Bâtard lo miró y gruñó amenazador sin soltar su presa.
Charley Aguas Muertas sacó el revólver, aunque le tembló la mano, como si hubiese sufrido un escalofrío, y falló.
—Toma, dispara tú —dijo, pasándole el arma al otro.
Webster Shaw se rio, apuntó entre los ojos relucientes y apretó el gatillo. El cuerpo de Bâtard se contrajo como si hubiese recibido una descarga, arañó el suelo entre espasmos durante un momento y luego se inmovilizó. Pero sus dientes no soltaron su presa.
[1902]
- Bastardo en francés. ↩︎

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