SÍ, UNA PANDA ESTUPENDA de gente son los japoneses, aunque se diga que están a medio civilizar, cosa que yo niego y además afirmo que en inteligencia, empuje y energía, en conocimientos, honradez, cortesía y amabilidad general no hay quien les gane. Y si se trata de compararlos con los nuestros, en bondad moral y pureza no tenemos nada que hacer.
Quien así hablaba, un viejo marino mercante entrecano, apuró su vaso y lo dejó sobre la barra con un golpe, como si invitase a la crítica o la controversia. Pero nadie se atrevía a llevarle la contraria. Mirando de buen humor al pequeño grupo que lo escuchaba, pidió que sirvieran otra ronda de bebidas.
Son un pueblo emprendedor —continuó diciendo, apoyando la espalda cómodamente en la barra y adoptando una pose sin la que, como decía su viejo amigo Bill Nandts, no era capaz de contar sus batallitas—. Desean ser, según ellos mismos lo llaman, europeizados o americanizados. Enseguida desechan sus viejas costumbres y su forma de hacer las cosas por nuestras costumbres y métodos, más nuevos y mejorados. Por ejemplo, pensemos en un asunto tan sencillo como el vestido. Desde el pobre más pobre de las calles hasta el dignatario más importante del país desean vestirse como los europeos. Casi todos los que pueden permitírselo se visten como nosotros y a veces los que no pueden se someten a grandes sacrificios para conseguirlo.
»Los buques que zarpan de Yokohama lo hacen llevando a bordo muy poca ropa y siempre muy deteriorada, porque el resto se lo quedan los japoneses tras negociar astutamente y emplear sus triquiñuelas. Claro que los comerciantes en curiosidades que suben a bordo mientras el barco está en puerto se llevan una buena parte del botín, pero os hombres de los sampanes o barqueros manejan muy bien ese comercio.
»Que Dios se compadezca del marinero que se encuentre en el muelle sin los diez sen para pagar el trayecto hasta su navío. A menos que halle a un compañero de tripulación a quien pedir prestado el dinero, lo normal es que se quede sin camisa o camiseta o sin alguna otra prenda porque los voraces hombres de los sampanes se mueren por vestir como nosotros, aunque no pueden hacerlo honradamente. A mí intentaron jugármela una vez, pero no lo consiguieron.
»Fue en mi primer viaje a Yokohama. Llevaba media noche en tierra comportándome como solo lo hace un joven temerario. Había estado en la Ciudad Sangrienta, que es como llaman los nativos al barrio bajo de los blancos debido a las muchas trifulcas y peleas de borrachos que allí se dan. Como a «donde fueres haz lo que vieres», yo me había visto mezclado en un par de broncas y riñas callejeras porque estaba como una cuba y todo me daba igual. Alrededor de la medianoche llegué como pude al pequeño muelle de piedra o espigón, lo único malo de Yokohama en comparación con la larga hilera de muelles que hay en cualquier otro puerto de mar. En Yokohama, como ya sabréis, los barcos permanecen fondeados en la bahía gracias a sus propias anclas o a unas boyas enormes, y el trabajo de carga y descarga se realiza con cientos de barcazas y miles de obreros japoneses de clase baja. Aunque he oído decir que el gobierno acaba de levantar un magnífico muelle de acero que ha costado un par de millones.
»Pero volvamos a mi historia. Me acerqué ocupando la calle entera de una forma que me recordó a esos marineros borrachos que hacen las eses más abiertas que cualquier hombre de tierra. Había perdido la gorra, el nudo marinero con el que atara el pañuelo de seda alrededor del cuello se había deslizado hasta aplastarme la tráquea y casi me ahogaba, llevaba la ropa sucia y retorcida porque había acabado en el suelo con dos valientes conductores de rickshaw y un policía. La verdad es que debía de tener un aspecto encantador al aparecer bajo las luces de la comisaría de Policía y la aduana.
»Unos cien pasos más adelante alcancé los escalones de piedra donde se apiñaban los sampanes mientras sus dueños abordaban a los clientes, como hacen nuestros taxistas y los mozos de los hoteles junto a los fe iris cuando llegan cargados de pasajeros.
»Enseguida contraté a un vejete que parecía una de esas armaduras abolladas que se ven en los museos y sitios parecidos. Debía de tener unos sesenta años, era muy alto, tan delgado como un esqueleto y su cuerpo parecía una masa de arrugas. Aquí y allá cuando la luz de un brasero en el que ardía carbón iluminaba su piel quemada por el sol, se apreciaban grandes cicatrices blancas y negras de todo tipo. No podía haber gigantón más maltratado, y su voz acompañaba al resto de su persona. Resultaba aguda, chillona y tan estridente como la de un niño, por lo que consiguió ponerme nervioso mientras inclinaba cuerpo y cabeza delante de mí.
»Lo seguí a bordo del sampán, donde conocí al resto de su tripulación. Nunca vi contraste más sorprendente. Se trataba de un niño diminuto, no mucho más grande que una buena porción de tabaco de mascar. Era un chaval precoz, de cuerpo bien formado y regordete, con el porte y la seguridad de un adulto. Fui a sentarme, pero debido a mi estado y a la inestabilidad de la barca caí como un saco, como si pretendiera atravesar el fondo de la desvencijada embarcación.
»Allí tumbado, despatarrado, vi que el chaval me miraba fijamente y luego le decía algo al viejo, quien a su vez me miró y se detuvo en el momento justo en que iba a alejar el sampán del muelle. Conseguí ponerme en pie y, molesto por el retraso y mi torpeza, les dije de malos modos que continuasen la marcha. Se negaron. Para entonces los escalones se habían llenado de rudos barqueros que se reían y se burlaban de mí.
»Empecé a enfadarme y estaba a punto de poner yo mismo en marcha el sampán cuando el chaval se acercó a mí y dijo lacónicamente mientras extendía la mano: “Pagar ahora”. Al principio no lo entendí porque pronunciaba las dos palabras unidas, como una sola, pero tras repetir varias veces su petición y para deleite de la multitud comprendí lo que decía. A mí me daba igual pagar antes o después, pero cuando metí la mano en el bolsillo me di cuenta de que estaba sin blanca. Entonces registré con cuidado todos y cada uno de mis bolsillos y fui consciente de que no me quedaba ni una mísera moneda.
»Cuando la situación quedó clara, la multitud de los escalones se desternilló de risa y se dedicó a dar toda clase de consejos y advertencias a la victoriosa tripulación de mi sampán.
»El crío, tras observarme fijamente con sus ojos negros y astutos, agarró mi camisa, que era nueva, recién salida del baúl donde el capitán guardaba las cosas que vendía a la tripulación, y dijo: Dar camisa—. La multitud mostró su aprobación a dicha solicitud aplaudiendo y riéndose ante el apuro en el que me veía.
»—Ni loco —respondí y, al ver que insistía, regresé al muelle, sintiéndome terriblemente humillado.
»Anduve un buen rato por ahí, pero ninguno de los barqueros quería llevarme sin cobrar por adelantado. Cada vez que lo intentaba me contestaban: “Dar chaquetón”, «dar camisa», o lo que fuese. Por aquel entonces yo era muy terco y no quería dar el brazo a torcer.
»Recuerdo que me subí a un gran bloque de granito tallado y pronuncié una apasionada arenga a aquel grupo variopinto que me vitoreaba y se burlaba de mí alternativamente, sin comprender ni una sola palabra de mi discurso. Al final me caí de la piedra y aterricé sobre ellos, aplastando a dos o tres.
»Luego me acerqué como pude a la comisaría de Policía y le expliqué mi ridícula situación al teniente. Parecía un hombre afable y bondadoso que salió y se dirigió a los barqueros en un japonés de lo más correcto, pero ellos se negaron a llevarme si no me despedía de mi chaquetón, mi camisa o alguna otra prenda cuyo valor superase con creces el de la tarifa.
»Resumiendo, tras darle vueltas al asunto, decidí volver a nado. En un santiamén me desnudé, le pedí al teniente que se hiciese cargo de mi ropa y eché a correr muelle adelante, seguido por los barqueros, que parecían disfrutar enormemente de la imagen que daba. Empecé a bajar los escalones de piedra con ademán de héroe, pero la marea estaba baja, resbalé en el fango viscoso que los cubría, me caí patas arriba y bajé hasta el fondo a trompicones. Aterricé en el agua con fuerte ruido, al compás de los gritos ya roncos de la entusiasmada multitud.
»Sin embargo, al salir a la superficie, todos se mostraron dispuestos a aceptarme a bordo de sus barcas si regresaba. Pero yo era muy tozudo. Les dije adiós y me alejé a nado en la oscuridad. No tenía miedo porque nadaba como un pez y estábamos en verano, por lo que la temperatura del agua era buena. Además, el efecto refrescante del agua de mar despejaba a marchas forzadas el lío que tenía en la cabeza.
»A lo lejos brillaba la luz de nuestra ancla y seguí nadando con brazadas seguras y constantes. No era mucha la distancia, poco menos de una milla, y pronto llegué al barco. Subí a cubierta sin hacer ruido y sin que se diera cuenta quien estaba de guardia —que no era otro que mi colega aquí presente, Bill Nandts—, y me abrí camino hasta el castillo de proa. Me llevé las mantas al extremo de la proa, cerca de las serviolas, y allí me tumbé porque el ambiente del castillo de proa resultaba demasiado agobiante para dormir a gusto.
»Antes de cerrar los ojos oí que una barca atracaba a nuestro costado y llamaba al vigía. Conversaron y alguien ascendió por el costado y arrojó por encima de la borda algo que Bill Nandts examinó. Se puso en pie de repente y exclamó: «¡Por Dios, pero si es de Charley!».
»Se trataba de una de las lanchas de la Policía del puerto, que se había acercado para devolver mi ropa y preguntar por mi estado. Claro está que Bill no me había visto y, tras despertar a todos los del castillo de proa para buscarme, se convenció de que me había ahogado. El jaleo despertó al capitán y lo hizo subir a cubierta. Tras escuchar lo ocurrido, ordenó que bajasen una lancha y salieran a buscarme.
»Las dos barcas se alejaron y oí a Bill Nandts gritar una y otra vez: «¡Charley! ¡Chai-ley! ¿Dónde estás?».
»Tras buscarme en el agua sin resultados, empezaron a preguntar en el resto de los barcos, por si había subido a bordo de uno de ellos en medio de la oscuridad. Al poco, el alboroto se adueñó del puerto: los gritos de los vigías despertaron a los perros que iban a bordo de la mayoría de los buques y enseguida todos los perros de la bahía aullaban con fuerza. El ruido se contagiaba y llegó hasta la orilla, donde los canes de tierra se unieron al coro. Los gallos empezaron a cacarear y las gallinas a cloquear como si hubiese llegado el día del juicio final, y un vigía nervioso dio la alarma general de fuego. Todo Yokohama se despertó pensando que la ciudad ardía.
»Los barqueros abarrotaban la bahía con sus sampanes mientras hacían aumentar el tumulto con sus gritos roncos. Las luces destellaban aquí y allá sobre el agua. El remolcador de la Policía, que ya iba a vapor, se acercó para ver a qué se debía tanto alboroto y solo consiguió incrementar la confusión general. Luego, a toda mecha en su lancha de seis remos, llegó el capitán del puerto, al que había despertado el exceso de celo de algún oficial que tachaba todo aquello de catástrofe. Pero el revuelo era de tal calibre que fue incapaz de encontrarle sentido a lo que ocurría.
»De repente, la lancha de la Policía lo abordó y lo lanzó al agua cuando perseguía a un pobre y desconcertado pescador al que, con una intuición sorprendente, habían culpado de todo el problema. El pescador asustado, al ver que el accidente lo salvaba, perdió la cabeza, chocó contra el bauprés de un bricbarca noruego y volcó. Entonces una flota de lanchas aduaneras, pensando que aquello era un plan preconcebido de los contrabandistas para aprovechar el jaleo y desembarcar mercancías prohibidas, cruzaron la bahía en todas las direcciones y a gran velocidad. ¡Había que ver con qué intensidad adelantaban a los asustados barqueros y pescadores en el heroico cumplimiento de su deber!
»Y para colmo, los ancianos guardas de los buques faro, cada uno situado a un lado de la estrecha entrada del enorme rompeolas, al ver las luces de un barco de vapor de la P&O creyeron que se trataba de una invasión china. Así que apagaron los faros y el buque de pasajeros encalló a oscuras.
»El barullo era impresionante, pero al cabo de una hora fue decreciendo y me dormí, encantado con la broma que les había gastado a todos.
»Lo siguiente que supe fue que alguien me despertaba bruscamente. Al abrir los ojos vi que el sol salía por el este. Bill Nandts me zarandeaba como un loco, tan feliz que no sabía si enfadarse conmigo o no. Por supuesto, tuve que dar explicaciones y pasó mucho tiempo antes de que me dejaran en paz con el asunto. En cuanto a los barqueros de los sampanes… quedé exento de pago. Después de aquello se negaron a aceptar mi dinero, aunque siempre que me veían aparecer me recibían entre risas y parloteos.
—Bueno, muchachos —dijo Bill Nandts cuando el otro terminó de hablar—, esta ronda la pago yo. Venga, bebamos a la salud de Charley el Largo, el mejor de los curtidos marinos que han zarpado de San Francisco.
[1895]

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