SOY CAPITÁN RETIRADO del mar superior. Es decir, cuando era más joven (no hace tanto) fui aeronauta y navegué ese océano aéreo que nos rodea y se extiende por encima de nosotros. Por supuesto que se trata de una profesión peligrosa y por eso he vivido muchas experiencias apasionantes, siendo la más apasionante —o al menos la más angustiosa— la que ahora voy a relatar.
Ocurrió antes de dedicarme a los globos de hidrógeno, hechos de seda barnizada de doble capa y forrada, apropiados para efectuar viajes de varios días, en lugar de horas. El globo en el que realizaba ascensiones por entonces era el Little Nassau (llamado así en recuerdo del Great Nassau, construido por Charles Green muchos años antes). Era un aeróstato de tamaño considerable, de una sola capa, adecuado para más o menos una hora de vuelo y capaz de alcanzar una altitud de algo más de kilómetro y medio. Cubría perfectamente mis necesidades porque por entonces me dedicaba a realizar saltos en paracaídas desde ochocientos metros de altura en parques públicos y ferias. Me encontraba en Oakland, una ciudad de California, cumpliendo con un contrato veraniego que había firmado con una compañía de tranvías. La compañía poseía un parque enorme a las afueras y le interesaba proporcionar atracciones que empujasen a los ciudadanos a utilizar su línea para salir a respirar el aire del campo. Mi contrato estipulaba que debía realizar dos ascensos a la semana y mi número resultaba muy atrayente, porque cuando yo actuaba aquello se llenaba de visitantes.
Para que puedan comprender lo ocurrido, antes debo explicar las características de los aeróstatos que se utilizan para los saltos en paracaídas. Si alguna vez han presenciado uno de esos saltos, recordarán que, en el momento en que el paracaídas se soltaba, el globo se daba la vuelta, se vaciaba de humo y aire caliente, se aplanaba y caía, llegando antes al suelo que el paracaídas. Así no era necesario buscar un globo abandonado que podía acabar a muchos kilómetros de allí y se ahorraban tiempo y problemas. Esa maniobra se consigue sujetando un peso a la parte superior del globo, asegurado a un extremo de una cuerda larga. El aeronauta, con su paracaídas y su trapecio, cuelga de la parte inferior del globo y, al pesar más, lo mantiene en posición. Pero cuando salta, el peso sujeto a la parte superior tira de él y le obliga a darse la vuelta, de manera que la parte inferior —la boca abierta del globo— se sitúa arriba y el aire caliente se escapa. El peso que usaba con ese propósito en el Little Nassau era un saco de arena.
Aquel día en concreto había asistido una multitud extraordinariamente numerosa y los policías se veían desbordados para conseguir que la gente no se acercase en exceso. Todos se empujaban y se daban codazos, y las cuerdas de retención se hinchaban hacia dentro debido a la presión de hombres, mujeres y niños. Al salir del camerino me fijé en dos niñas de unos catorce y dieciséis años que estaban tras las cuerdas y en un niño de unos ocho o nueve que se encontraba ya fuera de ellas. Las chicas lo agarraban de las manos y él luchaba por librarse, alterado y riéndose. En ese momento no le di importancia, me pareció que solo era una chiquillada, pero lo que ocurrió después hizo que la imagen se quedara grabada en mi cabeza para siempre.
—¡Haz que retrocedan, George! —le pedí a mi ayudante—. No queremos que se produzcan accidentes.
—Sí, no te preocupes, Charley —respondió.
George Guppy me había ayudado en muchos de mis ascensos y debido a su serenidad, su buen juicio y absoluta responsabilidad me había acostumbrado a poner mi vida en sus manos con total confianza. Él se ocupaba del proceso de hinchado del globo y de que todo lo relativo al paracaídas funcionase a la perfección.
El Little Nassau ya estaba inflado y tiraba de los vientos que lo sujetaban. El paracaídas se encontraba estirado sobre el suelo y, tras él, se veía el trapecio. Me quité el abrigo, ocupé mi puesto y di la señal de soltar amarras. Como sabrán, el primer tirón hacia arriba resulta muy repentino y en aquella ocasión el globo, al enfrentarse al viento, se escoró mucho y tardó más que otras veces en enderezarse. Contemplé la imagen familiar del mundo alejándose veloz de mí. Había miles de personas, todas con los rostros levantados, en silencio. Aquel silencio me sorprendió porque ese era siempre el momento en el que la multitud respiraba por fin y aplaudía. Pero no se oyeron ni aplausos, ni silbidos, ni gritos de ánimo. Solo había silencio. Entonces, nítida y muy clara, sin el más mínimo temblor o duda, se oyó la voz de George a través del megáfono:
—Hazlo descender, Charley. ¡Haz descender el globo!
¿Qué había ocurrido? Hice un gesto con la mano para indicar que lo había oído y empecé a pensar. ¿Había salido algo mal con el paracaídas? ¿Por qué tenía que hacer descender el globo en lugar de realizar el salto que aquellos miles de personas querían ver? ¿Qué ocurría? Mientras pensaba, volví a sorprenderme porque, aunque la tierra quedaba a trescientos metros por debajo de mí, oía a un niño llorar en voz baja, muy cerca. Y a pesar de que el Little Nassau ascendía como un cohete, el llanto no se iba haciendo más débil hasta desaparecer. Confieso que casi empezaba a sentir miedo cuando, al mirar hacia arriba de forma inconsciente, siguiendo la estela del llanto, vi a un niño sentado a horcajadas sobre el saco de arena que debía llevar a tierra al Little Nassau. Se trataba del niño que había visto luchando por librarse de las dos crías: sus hermanas, como supe después.
Allí estaba, subido al saco de arena y agarrado a la cuerda para salvar la vida. Una ráfaga de viento escoró ligeramente el globo y él niño se balanceó en el espacio unos tres metros o más y regresó a su lugar, golpeándose contra la lona tirante con un ruido sordo que me hizo temblar a mí, a pesar de encontrarme a nueve metros o más por debajo de él. Creí que se soltaría, pero continuó agarrado y lloriqueando. Después me contaron que, en el momento en que cortaban las amarras del globo, el niño logró desasirse de sus hermanas, pasó por debajo de la cuerda y deliberadamente se subió a horcajadas en el saco de arena. Siempre me sorprendió que no hubiese salido despedido en el primer tirón.
Al verlo allí arriba sentí que me mareaba y comprendí por qué el globo había tardado más en enderezarse y porqué George me había pedido que descendiera. Si me soltaba con el paracaídas, el globo se daría la vuelta de inmediato, se vaciaría y emprendería su rápido descenso. Solo me quedaba hacerlo bajar y esperar que el chico no se soltara, porque me resultaba imposible llegar hasta él. Nadie podía escalar por la delgada hilera que era el paracaídas cerrado y, aunque lo lograse y alcanzara la boca del globo, ¿qué hacer? El niño colgaba a más de cuatro metros de distancia, en su peligrosa atalaya, y no había nada a lo que agarrarse para continuar ascendiendo.
Pensé mucho más rápido de lo que se tarda en contarlo y al instante comprendí que debía distraer al niño del peligro que corría. Echando mano de todo el autocontrol que poseía e intentando parecer tranquilo, le dije, muy animado:
—Hola, el de ahí arriba, ¿quién eres?
Miró hacia abajo, hacia mí, se tragó las lágrimas y se animó, pero en ese momento el globo entró en una zona de contracorrientes, describió medio giro y se detuvo. Eso hizo que el niño se balancease de nuevo y se diese otro golpe contra la lona. Entonces volvieron los llantos.
—¿A que es impresionante? —pregunté efusivamente, como si no hubiese situación más divertida que aquella en el mundo. Luego, sin esperar respuesta—: ¿Cómo te llamas?
—Tommy Dermott —respondió.
—Me alegro de conocerte, Tommy Dermott —continué—. Pero me gustaría saber quién te dijo que podías subir conmigo.
Se rio y dijo que se le había ocurrido subirse para pasárselo bien. Así continuamos charlando, yo muerto de miedo por él y estrujándome el cerebro para mantener la conversación. Sabía que no podía hacer más y que su vida dependía de mi habilidad para lograr que no pensara en el peligro que corría. Le señalé el hermoso panorama que se extendía hacia el horizonte, a mil doscientos metros por debajo de nosotros. La bahía de San Francisco parecía un lago enorme y apacible, la nube de humo sobre la ciudad, el Golden Gate, el cerco de niebla marina a lo lejos y, por encima de todo, el monte Tamalpais, que se recortaba claramente contra el cielo. Justo por debajo de nosotros se veía una calesa que parecía avanzar muy despacio, aunque yo sabía por experiencia que los hombres que la guiaban fustigaban a los caballos tras nuestra estela.
Pero el niño se cansó de mirar a su alrededor y me di cuenta de que empezaba a asustarse.
—¿Qué te parecería dedicarte a esto? —le pregunté.
Se animó de inmediato e inquirió:
—¿Pagan bien?
Pero el Little Nassau, enfriándose ya, había empezado su largo descenso y volvió a entrar en una zona de contracorrientes que lo zarandeaba, por lo que el niño se balanceaba con fuerza y se golpeaba contra la lona, una de las veces con más violencia que nunca. El labio empezó a temblarle y se puso a llorar otra vez. Intenté bromear con él y hacerlo reír, pero fue en vano. Perdía el coraje poco a poco y yo pensaba que en cualquier momento lo vería caer al vacío.
Estaba desesperado. Entonces, de repente, recordé que un susto puede hacernos superar otro, así que lo miré con el ceño fruncido y le grité, muy serio:
—¡Agárrate bien a la cuerda! Si no lo haces, cuando aterricemos te daré una paliza como la que no te han dado en la vida. ¿Entendido?
—S… s… sí, señor —lloriqueó y vi que mi táctica había funcionado. Yo estaba más cerca de él que la tierra y me tenía más miedo a mí que a caerse.
—Es muy fácil ir sentado ahí arriba, sobre ese saco blando —parloteé—. Sí, la barra en la que yo voy es dura y estrecha, y duele sentarse en ella.
Entonces se le ocurrió una idea y se olvidó de lo mucho que le dolían los dedos.
—¿Cuándo va a saltar? —preguntó—. Para eso me subí, para verlo saltar.
Le dije que sentía decepcionarlo pero que no pensaba saltar. Sin embargo, el chico se quejó:
—Pues lo dicen los periódicos —respondió.
—Me da igual. Hoy no tengo ganas de trabajar y voy a hacer descender el aeróstato. El globo es mío y puedo hacer con él lo que quiera. Además, ya casi hemos llegado abajo.
Era cierto y, por si fuera poco, descendíamos a toda prisa. Justo en aquel momento, el crío se puso a discutir conmigo sobre si tenía derecho a decepcionar a la gente y a insistir en que todos se quejarían. Yo me defendí encantado y me justifiqué de mil maneras distintas, hasta que pasamos, veloces, sobre un bosquecillo de eucaliptos y nos dispusimos a caer al suelo.
—¡Agárrate fuerte! —grité mientras me colgaba del trapecio por las manos para aterrizar con los pies.
Pasamos pegados a un granero, evitamos un entramado de tendales, asustamos a las gallinas de un corral y volvimos a ascender lo justo para pasar sobre un almiar. Todo esto más rápido de lo que se tarda en contarlo. Luego descendimos sobre un huerto y, en cuanto puse los pies en el suelo, con un par de giros del trapecio, sujeté el globo alrededor de un manzano.
He vivido que el globo se incendiase en pleno vuelo, me he quedado colgado de la cornisa de un edificio de diez pisos, he descendido como una bala durante doscientos metros cuando el paracaídas tardó en abrirse, pero nunca me había sentido tan débil, mareado y enfermo como cuando me acerqué tambaleante al niño ileso y lo agarré del brazo.
—Tommy Dermott —dije tras recuperar un poco la sangre fría—. Tommy Dermott, te voy a tumbar en mis rodillas y te daré la mayor azotaina que haya recibido un niño en la historia del mundo.
—No, de eso nada —respondió mientras me esquivaba—. Dijo que no lo haría si me agarraba bien.
—Es verdad, pero lo voy a hacer igual. Los que subimos en globo somos hombres malos y sin principios, así que voy a darte una lección para que te alejes de ellos y también de los globos.
Le di la azotaina y, aunque no sería la peor del mundo, sí que fue la peor que él recibió en su vida.
Pero esa experiencia me dejó sin valor y con los nervios destrozados. Cancelé el contrato con la compañía de tranvías y luego me pasé al hidrógeno. El hidrógeno es mucho más seguro.
[1901]

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