Texto aleatorio

AÑÁDELO.

—Pero, oye, Kid, ¿no crees que va a estar un poco fuerte? Mezclar whisky con otro tipo de alcohol ya es bastante malo, pero si se trata de brandy, salsa a la pimienta y…

—Añádelo. ¿Quién hace el ponche? ¿Eh?

—Malamute Kid sonrió benévolo entre las nubes de vapor—. Hijo, cuando lleves en esta legión tanto tiempo como yo, cazando conejos y pescando salmones, aprenderás que la Navidad solo llega una vez al año. Y una Navidad sin ponche es como agujerear un lecho rocoso sin encontrar ni una sola veta.

—Échale más, sí —dio su aprobación Jim Belden, el Grande, que había llegado desde su concesión en el Mazy May para pasar la Navidad y que, como todo el mundo sabía, llevaba dos meses tomando solo carne de alce—. No habrás olvidado el aguardiente que destilamos para los tanana, ¿verdad?

—Ya, es verdad. Chicos, os habría encantado ver a toda la tribu pelear borracha, por culpa de una magnífica reacción de azúcar y masa fermentada. Eso fue antes de que tú llégalas —dijo Malamute Kid dirigiéndose a Stanley Prince, un joven experto en minas que llevaba dos años en la zona—. Entonces no había mujeres blancas en la región y Mason quería casarse. El padre de Ruth era el jefe de los tanana y se opuso, igual que el resto de la tribu. ¿Como una cuba? Bueno, utilicé el último medio kilo de azúcar que me quedaba y fue el mejor trabajo de esa clase que he hecho en mi vida. Teníais que haber visto la persecución río abajo y luego por tierra.

—Pero ¿y la india? —preguntó Louis Savoy, el alto francocanadiense, muy interesado porque había oído contar la hazaña el invierno anterior en Forty Mile.

Y Malamute Kid, gran contador de anécdotas, les ofreció el relato desnudo del Lochinvar1 de la región septentrional. Más de un tosco aventurero del Norte sintió que le tocaba la fibra sensible y experimentó una vaga añoranza de los pastos soleados del Sur, donde la vida prometía algo más que una lucha estéril con el frío y la muerte.

—Llegamos al Yukón justo después del primer deshielo, de la primera fragmentación rápida del hielo —elijo al concluir el relato—, con la tribu a solo un cuarto de hora por detrás de nosotros. Pero eso nos salvó porque la segunda fragmentación quebró la barrera de hielo que quedaba por encima de nosotros y les bloqueó el paso. Cuando por fin pudieron llegar a Nuklukyeto, toda la factoría los esperaba más que preparada para recibirlos. En cuanto a la reunión, preguntadle al padre Roubeau, aquí presente, él celebró la ceremonia.

El jesuita se sacó la pipa de la boca, pero solo expresó su satisfacción con varias sonrisas patriarcales, mientras protestantes y católicos aplaudían con fuerza.

—¡Caramba! —exclamó Louis Savoy, que parecía superado por la parte romántica del relato—. La petite india. ¡Qué valiente Mason!

Luego, cuando empezaron a circular las primeras tazas de hojalata llenas de ponche, Bettles, el Insaciable, se puso de pie y atacó su canción de taberna preferida:

Henry Ward Beecher, el Santurrón

y sus profesores de religión

son prudentes y beben cerveza;

pero por más que se empeñen,

y por mucho que lo nieguen,

se les sube igual a la cabeza.

¡Oh, se les sube igual a la cabeza!

Y el coro de bacanales vociferaba:

¡Oh, se les sube igual a la cabeza!

Pero por más que se empeñen,

y por mucho que lo nieguen,

se les sube igual a la cabeza.

El espantoso brebaje de Malamute Kid hizo efecto. Los hombres que vivían en los campamentos y recorrían los caminos se relajaron bajo la amable sensación que aportaba y compartieron las bromas, canciones y relatos de aventuras pasadas. Como procedían de distintas tierras extranjeras, brindaron por todas y cada una de ellas. Fue Prince, el inglés, quien brindó por el tío Sam, el niño precoz del nuevo mundo; Bettles, el yanqui, quien bebió a la salud de la reina, «que Dios la bendiga»; y Savoy y Mayers, el comerciante alemán, hicieron tintinear sus tazas por Alsacia y Lorena.

Luego se levantó Malamute Kid, taza en mano, y miró hacia la ventana cubierta con papel engrasado, donde la capa de escarcha medía casi diez centímetros de espesor.

—A la salud del hombre que esté en camino esta noche. Que le dure el alimento, que sus perros conserven las fuerzas y que sus cerillas nunca dejen de encender.

¡ZAS! ¡ZAS!, oyeron la música familiar del látigo, el aullido lastimero de los malamutes y el crujido del trineo al acercarse a la cabaña. La conversación languideció en espera del resultado.

—Un veterano. Primero se ocupa de los perros y luego de sí mismo —le susurró Malamute Kid a Prince mientras oían el mido de las mandíbulas al cerrarse con fuerza, los feroces gruñidos y los aullidos de dolor que, a sus oídos entrenados, indicaban que el desconocido golpeaba a los perros de ellos mientras daba de comer a los suyos.

Luego se produjo la esperada llamada a la puerta, un golpe seco y lleno de seguridad, y el desconocido entró. Deslumbrado por la luz, dudó un momento en el umbral, proporcionando a los demás la oportunidad de observarlo. Se trataba de un personaje sorprendente, de lo más pintoresco, con su vestimenta de lana y pieles propia del Ártico. Medía alrededor de un metro noventa, con la anchura de hombros y la profundidad de pecho proporcionadas, llevaba el rostro bien afeitado, de un rosa reluciente debido al frío, con las largas pestañas y las cejas blancas por el hielo, y las orejeras y el protector de cuello de su enorme gorro de piel de lobo levantados y sin apretar, parecía la personificación perfecta del rey Escarcha llegando en plena noche. Por encima de su chaquetón, un cinto adornado con abalorios servía de soporte a dos Colts grandes y un cuchillo de cazador, mientras que en la mano llevaba, además del inevitable látigo, un rifle de pólvora sin humo, del calibre más grande y último modelo. Al entrar, aunque caminaba con pasos ágiles y decididos, todos comprendieron que la fatiga había hecho mella en él.

Se había producido un silencio incómodo, pero su jovial «¿Cómo estáis, amigos?», los tranquilizó enseguida y Malamute Kid y él se dieron la mano. Aunque nunca se habían visto, uno había oído hablar del otro y ambos se reconocieron. Tuvo que aceptar una presentación en general y una taza de ponche antes de poder explicar su misión.

—¿Cuánto hace que pasó ese trineo de mimbre con tres hombres y ocho perros? —preguntó.

—Dos días. ¿Vas tras ellos?

—Sí. Es mi traílla. Se la llevaron delante de mis narices, los muy condenados. Yales he recortado dos días. Los cogeré en la próxima jornada.

—Pues ya le han echado agallas —comentó Belden para seguir con la conversación porque Malamute Kid ya había puesto la cafetera al fuego y estaba ocupado friendo beicon y carne de alce.

El desconocido dio unos golpecitos significativos en sus revólveres.

—¿Cuándo saliste de Dawson?

—A las doce.

—¿Ayer por la noche? —preguntó en un tono que lo daba por sentado.

—Hoy.

Un murmullo de sorpresa recorrió el círculo. Normal, porque era medianoche y ciento veinte kilómetros de camino accidentado por el río no se cubrían así como así en una jornada de doce horas.

Sin embargo, la charla pronto se generalizó y empezaron a recordar anécdotas de la niñez. Mientras el joven desconocido comía la rudimentaria cena, Malamute Kid se entretuvo en estudiar su rostro. No tardó en decidir que le parecía agradable, sincero y franco, y que le gustaba. A pesar de conservar la juventud, los sacrificios y el trabajo duro habían dejado su huella en él. Aunque amables durante la conversación y apacibles en reposo, sus ojos azules prometían ese brillo acerado y duro que aparece cuando hay que entrar en acción, sobre todo si surgen dificultades. La mandíbula cuadrada y la firme barbilla denotaban una persistencia y una tenacidad fuera de lo normal. Además, si bien se percibían los atributos del león, no carecía de cierta suavidad, ese atisbo de feminidad que revela una personalidad sensible.

—Así fue cómo mi mujer y yo nos casamos —dijo Belden, al concluir el emocionante relato de su cortejo—. «Aquí estamos, papá», dijo ella. «Y mal rayo os parta», le contestó su padre. Luego a mí me dijo: «Jim, quítate esa ropa de vestir que quiero ver arada una buena parte de esos cuarenta acres antes de la cena». Después se dirigió a su hija y le ordenó: «Y tú, Sal, ocúpate de los cacharros». Luego sorbió y le dio un beso. Me puse muy contento, pero él me vio y me gritó: «¡Eh, Jim!», y salí pitando hacia el granero.

—¿Tienes hijos esperándote en Estados Unidos? —preguntó el desconocido.

—No. Sal murió antes de tenerlos. Por eso estoy aquí. —Belden se concentró en encender su pipa, que no quería tirar, y de repente se le ocurrió inquirir—: ¿Y tú, forastero, estás casado?

Como respuesta, abrió el reloj, lo soltó de la correa que servía de cadena y se lo pasó. Belden levantó la lámpara de grasa, observó el interior de la carcasa con ojo crítico, soltó una palabrota de admiración para sus adentros y le pasó el reloj a Louis Savoy. Tras unos cuantos ¡carambas!, este se lo entregó por fin a Prince, cuyas manos empezaron a temblar y sus ojos se ablandaron de forma elocuente. Así fue pasando de mano callosa en mano callosa la fotografía de una mujer, de aspecto dulce y fiel, como les gusta a esa clase de hombres, y un bebé en brazos. Quienes no habían visto aún la maravilla se morían de curiosidad y quienes ya la habían visto guardaban silencio y se concentraban en sus recuerdos. Podían enfrentarse a las estrecheces y el hambre, a ser presas del escorbuto o a la rápida muerte en el hielo o las riadas, pero la imagen cíe una mujer y un niño desconocidos los convertían a todos ellos en mujeres y niños.

—Aún no he visto al crío. Ella dice que es niño y ya tiene más de dos años —dijo el desconocido mientras recuperaba su tesoro.

Se detuvo un momento para observarlo, luego cerró la tapa y se dio la vuelta. Pero no lo bastante lapido como para ocultarles las lágrimas reprimidas hasta entonces.

Malamute Kid lo acompañó a uno de los catres y le dijo que se acostara.

—Despiértame a las cuatro en punto. No me falles —fueron sus últimas palabras. Un minuto después su respiración ya era la del sueño profundo.

—Desde luego que es un tipo valiente —comentó Prince—. Tres horas de sueño después de ciento veinte kilómetros con los perros y luego otra vez al camino. ¿Quién es, Kid?

—Jack Westondale. Lleva tres años por aquí y solo tiene fama de trabajar como un animal y tener muy mala suerte. No lo conocía, pero Charley el de Sitka me habló de él.

—Es duro que un hombre con una esposa tan joven y dulce como la suya permanezca durante años en este agujero olvidado de Dios, donde cada año cuenta como dos en el exterior.

—Su problema es que tiene demasiado coraje y es muy terco. Hizo mucho dinero dos veces con una concesión, pero las dos veces lo perdió.

La conversación se vio interrumpida en este punto por el alboroto que armaba Bettles, ya que el efecto empezaba a diluirse y enseguida los desoladores años de comer siempre lo mismo y trabajar sin descanso se vieron olvidados para entregarse a la diversión. Solo Malamute Kid parecía incapaz de soltarse y no dejaba de mirar con ansia el reloj. Hubo un momento en el que se puso las manoplas y el gorro de piel de castor, salió de la cabaña y se dedicó a rebuscar en la despensa escondida de los alimentos.

Tampoco fue capaz de aguardar a la hora acordada y despertó a su invitado quince minutos antes. El joven gigante tenía todo el cuerpo dolorido y fue necesario darle un buen masaje vigorizante para que pudiera ponerse en pie. Salió de la cabaña tambaleándose de dolor y se encontró con sus perros ya enganchados y todo listo para partir. Los hombres le desearon buena suerte y que la persecución resultase breve. El padre Roubeau lo bendijo a toda prisa y encabezó la estampida hacia el interior de la cabaña, lo que no era de extrañar porque enfrentarse a 59 °C bajo cero con las manos y las orejas sin cubrir nunca resulta buena idea.

Malamute Kid lo acompañó hasta el camino principal y allí, estrechando su mano con efusión, le dio un consejo.

—En el trineo encontrarás cuarenta y cinco kilos de huevas de salmón —le dijo—. Los perros aguantarán con eso tanto como con setenta kilos de pescado, y no podrás conseguir comida para perros en Pelly, como probablemente esperabas. —El hombre se sobresaltó y lo miró sorprendido, pero no lo interrumpió—. No conseguirás ni medio gramo de comida para perros o para personas hasta que llegues a Five Fingers, y eso queda a trescientos veinte kilómetros. Ten cuidado con las aguas abiertas en el río Thirty Mile y no te olvides de seguir el gran atajo por encima de Le Barge.

—¿Cómo lo has sabido? No es posible que la noticia vaya ya por delante de mí.

—No lo sé y lo que es más: no quiero saberlo. Pero tú nunca has sido el dueño de esa traílla a la que persigues. Charley el de Sitka se la vendió a ellos la primavera pasada. Sin embargo, en una ocasión me dijo que tú eras un tipo honrado y yo le creo. He visto tu rostro y me gusta. Y he visto… Bueno, maldita sea, busca las zonas altas hasta llegar al mar y a tu mujer y… —Malamute Kid se quitó las manoplas y saco su bolsa.

—No, no lo necesito —dijo y las lágrimas se le congelaron en las mejillas mientras estrechaba con fuerza la mano de Malamute Kid.

—Pues entonces no ahorres en perros; córtales los tirantes en cuanto caigan; compra más y piensa que son baratos a veinte dólares el kilo. Podrás encontrarlos en Five Fingers, Little Salmón y en Hootalinqua. Y cuidado con los pies mojados —fue su último consejo—. Continúa viajando hasta los 4 °C bajo cero, pero si baja aún más, enciende una hoguera y cámbiate los calcetines.

NO HABÍAN TRANSCURRIDO ni quince minutos cuando el tintineo de unos cascabeles anunció una nueva llegada. Se abrió la puerta y entro un miembro de la Policía Montada del Territorio Noroeste, seguido de dos mestizos expertos en perros. Al igual que Westondale, iban armados y mostraban señales de fatiga. Los mestizos habían nacido en el camino y lo llevaban mejor, pero el joven policía estaba agotado. Sin embargo, la perseverante terquedad de su raza lo llevaba a conservar el ritmo que se había impuesto y lo mantendría en pie hasta caer desmayado.

—¿Cuándo salió Westondale? —inquirió—. Se detuvo aquí, ¿no es cierto?

Eso no era necesario preguntarlo porque las huellas hablaban por sí solas.

Malamute Kid miró a Beldén y este, oliéndose algo, respondió con evasivas:

—Hace ya un buen rato.

—Vamos, amigo, no tenga miedo de hablar —aconsejó el policía.

—Parece que está muy interesado en atraparlo. ¿La ha armado en la zona de Dawson?

—Le robó cuarenta mil a Harry McFarland. Lo cambió en el almacén por un cheque a cobrar en Seattle, ¿y quién evitará que lo cobre si no lo detenemos? ¿Cuándo salió de aquí?

Todos controlaron su entusiasmo porque Malamute Kid así lo había hecho y el joven policía se vio rodeado de rostros imperturbables.

Se acercó a Prince a grandes zancadas y le repitió la pregunta. Aunque al otro le dolió mirar a su compatriota a la cara y comprobar su honradez y seriedad, le dio una respuesta de lo más intrascendente sobre el estado del camino.

Luego el policía se fijó en el padre Roubeau, que no podía mentir.

—Hace un cuarto de hora —respondió el sacerdote—. Pero tanto él como sus perros descansaron cuatro horas.

—Nos lleva quince minutos de ventaja y está descansado, ¡santo cielo!

El pobre hombre retrocedió tambaleándose, a punto de desplomarse de agotamiento y decepción, mientras murmuraba algo sobre recorrer la distancia desde Dawson en diez horas y que los perros no podían más.

Malamute Kid le obligó a tomarse una taza de ponche y luego se dirigió a la puerta para ordenar a los guías que hiciesen lo mismo. Aunque el calor y la tentación de descansar eran demasiado fuertes, se negaron tajantemente. Kid estaba familiarizado con su dialecto francés y escuchaba con ansia todo lo que decían.

Juraban que los perros estaban exhaustos, que tendrían que sacrificar a Siwash y Babette antes de recorrer un kilómetro más, que los otros estaban casi igual de mal y que para todos sería mucho mejor descansar.

—¿Me presta cinco perros? —preguntó el policía a Malamute Kid.

Pero Kid negó con la cabeza.

—Firmaré un cheque a pagar por el capitán Constantine por cinco mil dólares. Aquí tiene los documentos. Estoy autorizado a disponer del dinero según mi criterio.

Otra negativa silenciosa.

—Entonces los requisaré en nombre de la reina.

Con una sonrisa incrédula, Kid miró hacia su bien surtido arsenal, y el inglés, al comprender su impotencia, se giró hacia la puerta. Cuando los guías continuaron poniendo objeciones, se volvió contra ellos como un loco y les dijo que eran débiles como las mujeres y unos cobardes. El rostro moreno del mestizo de más edad se puso colorado de ira, se levantó y le prometió con total claridad que obligaría al jefe de su traílla a avanzar hasta caer muerto y que luego estaría encantado de dejarlo plantado en la nieve.

El joven policía caminó con paso firme hacia la puerta —para lo que tuvo que hacer un esfuerzo de voluntad enorme—, presumiendo de una fuerza que no poseía. Todos reconocieron y valoraron su digno empeño, aunque no logró ocultar las punzadas de dolor que asomaban a su rostro. Cubiertos de escarcha, los perros se acurrucaban sobre la nieve y casi les resultó imposible hacer que se levantaran. Las pobres bestias aullaban bajo el escozor de los latigazos, porque los guías mestizos estaban enfadados y eran crueles. No consiguieron arrancar el trineo y ponerse en marcha hasta que desengancharon a Babette, el jefe de la traílla.

—¡Un sinvergüenza y un mentiroso!

—¡Caramba, mala gente!

—¡Un ladrón!

—¡Peor que un indio!

Resultaba evidente que estaban enfadados, primero por la forma en que los habían engañado y segundo por el ultraje ejercido contra la ética de la región septentrional, donde lo que más se valoraba era la honradez.

—Y ayudamos a ese cobarde, aun sabiendo lo que había hecho.

Todas las miradas se volvieron acusadoras hacia Malamute Kid, que se levantó del rincón donde había acomodado a Babette y en silencio empezó a vaciar el barreño para repartir una última ronda de ponche.

—Hace frío, muchachos. Esta noche es terriblemente fría. —Con ese comentario irrelevante dio comienzo a su defensa—. Todos habéis salido al camino y sabéis lo que eso supone. No hagáis leña del árbol caído. Solo habéis oído una versión del asunto. Jamás habéis compartido comida o manta, ni vosotros ni yo, con un hombre más honrado que Jack Westondale. El pasado otoño le entregó todo su oro, cuarenta mil dólares, a Joe Castrell para que adquiriese una concesión en Dominion. Hoy sería millonario. Pero mientras él se queda en Circle City cuidando a su compañero, enfermo de escorbuto, ¿qué hace Castrell? Se va al garito de McFarland, pide que retiren el límite de las apuestas y pone sobre la mesa la bolsa entera. Al día siguiente apareció muerto en la nieve. Y el pobre Jack haciendo planes para volver este invierno con su mujer y el hijo al que no conoce. Os habréis fijado en que se llevó exactamente la misma cantidad que perdió su socio: cuarenta mil dólares. Bueno, pues ya se ha ido. ¿Qué pensáis hacer al respecto?

Kid paseó la mirada sobre el círculo de jueces, se fijó en cómo se habían suavizado sus rostros y luego levantó su taza.

—A la salud del hombre que está en camino esta noche. Que le dure el alimento, que sus, perros conserven las fuerzas y que sus cerillas nunca dejen de encender. Que Dios le ayude, que tenga buena suerte y…

—¡Que desoriente a la Policía Montada! —exclamó Bettles mientras entrechocaban las tazas ya vacías.

[1898]

  1. Personaje de Marmion, poema épico escrito por Sir Walter Scott en 1808 sobre la batalla de Flodden. ↩︎

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