Texto aleatorio

SE DESPERTÓ SOBRESALTADA. Su esposo hablaba en voz baja con insistencia.

—Vamos —añadió—. Levántate. Arriba, Nella. Rápido, levántate.

—Pero no quiero levantarme —objetó ella, luchando en vano por volver a deslizarse en el sueño.

—Te digo que debes hacerlo. Y no hagas ruido, pero ven conmigo. ¡Date prisa! Venga, date prisa. ¡Si te das prisa cambiará nuestra suerte!

Nella Tichborne ya estaba totalmente despierta debido a la emoción reprimida en los susurros de él y sintió un escalofrío al apoyar los pies en el suelo helado de la cabaña.

—¿Qué ocurre? —preguntó malhumorada—. ¿Qué pasa?

—¡Ssh! No hagas ruido —respondió él—. Silencio. Vístete enseguida.

—Pero ¿qué pasa?

—Cállate, si me quieres, y vístete.

—Mira, George, no me moveré hasta que me digas qué ocurre. —Coronó el ultimátum sentándose más cómodamente en el catre.

El hombre gimió.

—¡La de tiempo valiosísimo que estás perdiendo! ¿No te he dicho que cambiará nuestra suerte? ¡Date prisa! Es información. Nadie lo sabe. Un secreto. Hay una estampida en marcha. ¡Sssh! Ponte ropa de mucho abrigo. Hace mucho frío. El termómetro marca 55 °C bajo cero. Voy a avisar a Ikeesh. Sé que le gustaría participar. Oye, Nella…

—¿Sí?

—Date prisa.

Cruzó hasta el otro extremo de la cabaña, donde una manta partía en dos la estancia, y llamó a Ikeesh. La india ya estaba despierta. Su esposo se encontraba en su concesión del Bonanza y la cabaña era suya, aunque tenía como invitados a George Tichborne y a Nella.

—¿Qué pasa, Tichborne? —preguntó—. ¿Está Nella enferma?

—No. No. Hay una estampida. De las buenas. Hay mucho oro. Date prisa y vístete.

—¿Qué hora es?

—Las doce. Medianoche. No hagas ruido.

Cinco minutos después se abrió la puerta de la cabaña y salieron.

—¡Ssh! —advirtió él.

—¡Oh, George! ¿Has cogido la sartén?

—Sí.

—¿Y la batea? ¿Y el hacha?

—Sí, sí, Nella. ¿Te acordaste tú de la levadura?

Avanzaban con rapidez haciendo crujir la nieve, colina abajo, hacia el Dawson dormido. A la espalda llevaban ligeros equipos de estampida, cada uno con una manta y el mínimo necesario para acampar bajo un frío polar. Sin embargo, Dawson no dormía. La luz destellaba en las ventanas de las cabañas y un murmullo de voces atravesó la oscuridad y llego hasta sus oídos. Los perros empezaban a aullar y las puertas a cerrarse de golpe. Para cuando llegaron al Cuartel, la ciudad entera iba tras ellos. Allí el camino caía abruptamente sobre la ribera y cruzaba el hielo apisonado del Yukón hasta la lejana orilla de enfrente.

George Tichborne dejó escapar un juramento en voz baja y para sí mismo, pero en voz alta dijo:

—Se ha filtrado de alguna forma y todo el mundo lo sabe. Será una estampida de las grandes. Pero daos prisa porque todos van por detrás de nosotros, así que aún podemos conseguirlo.

—¡George!

Un lamento asustado atravesó el aire quedo y se extinguió al perder Nella el equilibrio sobre el hielo y resbalar los seis metros del terraplén abajo para perderse en la negrura del fondo.

—¡Nella! ¡Nella! ¿Dónde estás? —Resbalaba sobre los enormes bloques de hielo y avanzaba tanteando en dirección a ella—. ¿Estás herida? ¿Dónde estás?

—¡Estoy bien! ¡Ya voy! —respondió ella en tono alegre—. Aunque la nieve se me ha metido por la espalda y se derrite. ¡Qué frío!

Acababa de reunirse el trío cuando dos siluetas negras se dejaron caer pesadamente entre ellos desde arriba. Otras las siguieron. Algunas llegaban como era debido, pero la mayoría despreciaba los medios de locomoción tradicionales y peregrinaba sobre cualquier otra parte de su anatomía que no fuese los pies. También llevaban equipos de estampida a la espalda y mucha prisa en el corazón.

«¿Dónde está el camino?», era lo que decían todos. Luego se concentraban en buscar el camino al otro lado del río.

George Tichborne lo encontró por fin y, junto con Nella e Ikeesh, abrió paso. Pero en la oscuridad lo perdían continuamente y resbalaban, tropezaban y se caían sobre el hielo amontonado. Por fin, presa de la desesperación, George encendió una vela y, como no soplaba ni la más mínima brisa, avanzar les resultó mucho más sencillo. Nella miró hacia atrás, hacia los cincuenta corredores de estampidas que los seguían, y se rio medio histérica. Su marido apretó los dientes y se lanzó hacia delante con mayor decisión.

—Al menos vamos en cabeza del grupo, delante de todos —le susurró mientras giraban hacia el sur por el camino más cómodo que corría bajo las sombras de los riscos.

Pero en ese momento, una franja llameante cruzó el cielo y derramó un fuego palpitante sobre el rostro de la noche. El camino quedó entonces iluminado y, hasta donde alcanzaba la vista, iba lleno de siluetas borrosas que se esforzaban por avanzar en la misma dirección. Además, los que iban detrás empezaron a adelantarlos, uno a uno, llevando al límite su empeño.

—¡Nella, date prisa! —La cogió de la mano y tiró de ella para que avanzase—. Es la oportunidad que llevamos tanto tiempo esperando. ¡Piensa lo que será si fracasamos!

—¡Oh! —jadeó y se tambaleó la mujer—. ¡Nunca lo conseguiremos! ¡No, jamás!

Notaba un dolor agudo en el costado y se sentía mareada al avanzar con tanta prisa. Ikeesh la animó con un gruñido y le cogió la otra mano. Pero aun así las siluetas imprecisas que iban detrás continuaron alcanzándolos y adelantándolos.

Transcurrieron varias horas que parecían siglos. Para Nella aquella noche era interminable. Poco a poco fue perdiendo la consciencia y su esencia se redujo a la función mecánica de caminar. Arriba, abajo y otra vez arriba, sus extremidades se habían convertido en péndulos que medían el tiempo; delante y detrás brillaban tenues dos eternidades y entre esas dos eternidades, siempre arriba y abajo, latía ella con su movimiento rítmico y sin fin. Ya no era Nella Tichborne, mujer, sino ritmo: solo era ritmo. A veces percibía claramente las voces de Ikeesh y de su marido, pero en su estado semiinconsciente no oía. Al día siguiente no quedaría constancia de los sonidos, porque un ritmo no es receptivo al sonido. Las estrellas palidecieron y se esfumaron, pero ella no se enteró; la aurora boreal amortajó sus fuegos y la oscuridad del alba cayó sobre la tierra, pero ella no lo supo.

Aunque antes de que cayese la oscuridad, Ikeesh se acercó a Tichborne y le indicó la cima de las montañas que se recortaban sobre la orilla oeste del río.

—¿Es en el arroyo Swede? —le preguntó lacónicamente, señalando hacia donde llevaba el camino.

—No —respondió él—. En el arroyo Slav.

—Eso no es el arroyo Slav. El arroyo Slav… —Se dio la vuelta y señaló en la oscuridad cinco grados al sur—. El arroyo Slav está por ahí.

Él se detuvo de repente. Nella continuó andando, sin hacer caso de los gritos del esposo, hasta que él corrió tras ella y la obligó a parar. Era obediente pero ya no existía como persona: era un ritmo. Las dos eternidades, que ella debía mantener apartadas, se habían unido y Nella no estaba. Así que vagó hasta su hogar de Estados Unidos y se sentó bajo los enormes árboles y disfrutó al calor del sol. Su hogar, la casa hipotecada por la que habían puesto rumbo al hielo en busca de oro. El hogar que tenían intención de recuperar. Pero olvidó todo eso y se rio, parloteó y alargó primero una mano y luego la otra para sentir la luz del sol. ¡Cómo calentaba! ¡Nunca había sentido nada igual!

Tichborne deliberaba con Ikeesh. Ella insistía en que el arroyo Slav quedaba más hacia el sur de lo que él creía.

—Alguien se perdió en la oscuridad —se regocijaba George—, y los demás lo siguieron como borregos. ¡Vamos! ¡Vamos! Llegaremos por delante de todos los que nos adelantaron.

Atrochó cruzando una llanura de ocho kilómetros y dos horas después, cuando el gris del día empezaba a deslizarse sigiloso sobre el paisaje, se adentró en la boca del arroyo Slav, oculta por la arboleda. Los rastros recientes de la estampida eran tantos y tan variados que supo que Ikeesh tenía razón, aunque temía que el error se hubiese producido demasiado avanzada la noche como para desviar un número suficiente de corredores hacia el arroyo Swede.

—Nella —se dirigió a su mujer, que tropezaba tras él, sin ver—, está bien, conseguiremos una concesión. Ha amanecido. Mira a tu alrededor. Esto es el arroyo Slav y mira ¡es Acción de Gracias!

Ella lo miró con un rostro inexpresivo y dijo:

—Sí, cancelaremos la hipoteca, principal e intereses, se lo prometo. George y yo se lo prometemos. Ahora mismo, mañana, saldremos hacia el norte para cancelar la hipoteca.

Tichborne miró impotente a Ikeesh.

—Muy cansada —comentó la india secamente—. Pero con el tiempo mejorará. Cuando montemos el campamento mejorará.

Recorrieron a buen ritmo unos ocho kilómetros más hasta llegar por fin a los primeros árboles marcados en blanco y a las estacas recién clavadas de las nuevas concesiones. Hora tras hora viajaron cauce arriba por el lecho congelado del arroyo, pero las concesiones, estaca tras estaca, continuaban marcadas en una fila sin interrupción ni final. Incluso el hombre y la india se sentían cansados y sin aliento. Ikeesh no dejaba de vigilar el rostro de Nella y cuando se volvía blanco le frotaba con nieve la punta de la nariz y la piel tensa de las mejillas. Dejaron atrás a muchos hombres —los victoriosos— cubiertos con sus mantas junto al camino o cocinando y calentándose en hogueras crepitantes de madera de pícea seca. A las once el sol salió por el sureste y, aunque sus rayos no calentaban, proporcionaba un aspecto más alegre a las cosas.

—¿Hasta dónde llegan las estacas? —preguntó Tichborne a un hombre que venía cojeando por el camino.

—Yo he marcado la concesión 179 —respondió el hombre mientras se detenía para golpearse los músculos doloridos de las piernas—, pero había unas diez más después de la mía, así que imagino que llegarán hasta la 189.

—Ésta es la 107 —calculó Tichborne en voz alta—. Son concesiones de ciento cincuenta metros, seis por kilómetro, así que nos quedan unos trece kilómetros.

—Y eso que sois de los primeros —le aseguró el otro—. Pero será mejor que os deis prisa. La mitad de los corredores se equivocaron y se fueron al arroyo Swede, que es el siguiente a este, pero ya han dado la vuelta y están cruzando la divisoria, por lo que llegan al Slav a la altura de la concesión 180 o más. Aunque lo están pasando fatal —les dijo cuando ya continuaba camino—. Me encontré con el primero que logró cruzar. Me dijo que el camino está bordeado de gente totalmente agotada y que él mismo vio cinco muertos por congelación en la divisoria.

¡Muertos por congelación! La frase consiguió arrancar a Nella de su laberinto de recuerdos. Recuperó los sentidos, aunque levemente, y abrió los ojos sobresaltada. La noche interminable se había ido, aunque no sabía dónde o cómo la había pasado, y el día se abrió frente a ella con un destello cegador. Miró a su alrededor. Todo era extraño, irreal. Sus dos compañeros cojeaban lastimosamente y fue consciente de que a ella también le dolían mucho las piernas. Su marido volvió la cabeza y ella vio que su rostro y su barba se habían convertido en una masa de hielo. La boca de Ikeesh también estaba rodeada de hielo y las cejas y las pestañas eran blancas y mucho más largas. Nella sintió el peso de sus propias pestañas y lo difícil que le resultaba separarlas otra vez cuando cerraba los ojos. La doble exigencia del camino y la helada habían agotado la energía de su cuerpo, por lo que tenía frío y estaba hambrienta. Soportaba peor el hambre que la agonía de los músculos utilizados en exceso y una náusea se apoderó de ella, las rodillas le temblaron y entrechocaron de debilidad.

De vez en cuando Tichborne se desviaba a un lado u otro en busca de las estacas que delimitaban las concesiones, que no siempre estaban clavadas junto al lecho del arroyo. En esas ocasiones Nella se dejaba caer para descansar, pero Ikeesh la obligaba a levantarse, la sacudía y le daba golpes por todo el cuerpo. Ikeesh sabía de sobra cómo actuaba el frío y que un descanso de cinco minutos sin una hoguera implicaba la muerte. De esa forma Nella vivió varios lapsos de crueles despertares hasta convencerse de que aquello era una pesadilla. A veces los árboles se convertían en sombras balbuceantes y el arroyo Slav era el infierno, en el que su marido hacía las veces de Virgilio y la llevaba de círculo en círculo de condenados. Pero en otros momentos, cuando era levemente consciente, recuperaba con fuerza el recuerdo de su hogar y la hipoteca la ayudaba a seguir adelante.

Mucho, mucho tiempo después —años después, le parecía—, oyó a George gritar con alegría y al mirarlo como si lo hiciera desde muy lejos vio que arrancaba un buen trozo de la corteza de un árbol y en la parte blanca que había dejado al descubierto escribía algo con un lápiz. ¡Por fin! Se dejó caer sobre la nieve, pero Ikeesh le propinó un buen golpe en la boca. Nella se puso de pie muy enfadada e Ikeesh la empujó y la obligó a recoger leña seca.

Transcurrió otro lapso prolongado de tiempo durante el que trabajó de forma mecánica y sin saber lo que hacía. Cuando volvió a ser consciente se encontraba entre mantas, al lado de un buen fuego, Ikeesh preparaba masa con harina y agua y hacía café. Para su sorpresa, Nella se sentía mucho mejor tras el descanso y pudo mirar a su alrededor. George llegó corriendo con una batea llena de grava que había sacado del fondo del arroyo a través de un respiradero y se calentó las manos junto al fuego. Tras lavarla le llevó la muestra. La franja de arena negra del fondo estaba moteada con granos amarillos de un oro reluciente y además había varias pepitas. A pesar de lo cansado que estaba, empezó a saltar y a bailar como si fuera un niño.

—¡Por fin hemos tenido suerte, Nella! —gritó—. ¡Hemos salvado la casa! Si eso es lo que sale en superficie, ¡imagínate lo que habrá en el fondo!

—Oíd una cosa…

Todos giraron las cabezas, sorprendidos. Un hombre se había arrastrado hasta la hoguera sin que se dieran cuenta, debido a la emoción.

—Oíd una cosa —dijo rebosando orgullo—, es el arroyo más rico de Alaska y todo el noroeste. ¡No hay duda! —Se sentó sin que lo invitasen e intentó desatarse los mocasines cubiertos de hielo—. Oíd, un poco más arriba atravesé el hielo y se me mojaron los pies. Creo que se me están congelando.

Ikeesh dejó de cocinar, Tichborne la ayudó y entre los dos cortaron los mocasines y los calcetines del recién llegado y le frotaron los pies, ya blancos, hasta que recuperaron el rojo de la vida.

—Oíd una cosa —continuó el enfermo sin preocuparse mientras los otros cuidaban de él—, según todos los indicios, estáis situados en la zona más rica del arroyo. ¡Sin duda! Pero yo también lo he conseguido, ¡apostad lo que queráis! También me perdí, me fui al arroyo Swede y crucé la divisoria. No sabéis cuántos muertos por congelación vi en el camino. Pero yo lo conseguí, ¡lo conseguí!

—Un verdadero día de Acción de Gracias, Nella.

George Tichborne le pasó un plato de tortitas nadando en grasa de beicon y una taza enorme de café solo y muy caliente. Ella le cogió la mano de forma impulsiva y se la apretó, mientras sus ojos se dulcificaban e iluminaban.

—Oíd una cosa —oyó que el recién llegado empezaba a decir de nuevo, pero una imagen de su hogar, cálido bajo el sol, se apoderó de sus ojos y se quedó dormida sin oír qué era la cosa.

[1900]


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