Texto aleatorio

Orion Stroud, presidente de la junta escolar del West Marin, encendió su linterna de gasolina Coleman. La recocina de la escuela quedó bañada en una luz blanca que permitió que sus cuatro compañeros pudieran ver al nuevo profesor.

—Voy a hacerle unas preguntas —dijo Stroud a los demás—. Pero antes que nada, éste es el señor Barnes, que viene de Oregón. Dice que es especialista en ciencias y comestibles naturales. ¿No es así, señor Barnes?

El nuevo profesor, un hombre menudo, de aspecto juvenil, con una camisa caqui y unos pantalones de trabajo, se aclaró la garganta con nerviosismo y dijo:

—Sí, poseo conocimientos de química, de botánica y de zoología, especialmente sobre especies forestales, como las bayas y las setas.

—Últimamente hemos tenido mala suerte con las setas —dijo la señora Tallman, la anciana que formaba parte de la junta incluso en los tiempos antiguos, antes de la Emergencia—. Ahora preferimos no tocarlas.

—He podido examinar los pastos y los bosques de la región —dijo el señor Barnes— y he visto algunos excelentes ejemplos de setas comestibles. Pueden utilizarlos para complementar su dieta sin peligro alguno. Hasta conozco sus nombres en latín.

La junta se revolvió y murmuró. Eso, lo de los nombres en latín, los había impresionado, comprendió Stroud.

—¿Por qué se fue de Oregón? —preguntó bruscamente George Keller, el director.

El nuevo profesor lo miró y dijo:

—Cuestiones políticas.

—¿Suyas o de ellos?

—De ellos —dijo Barnes—. A mí no me gusta la política. Yo enseño a los niños a fabricar tinta, a preparar sopa y a cortarles la cola a los becerros aunque sean casi adultos. Y tengo mis propios libros. —Cogió uno del pequeño montón que tenía a su lado y le mostró a la junta el excelente estado en que se encontraba—. Les diré otra cosa: aquí, en esta parte de California, tienen todo lo necesario para fabricar papel. ¿Lo sabían?

—Lo sabemos, señor Barnes —dijo la señora Tallman—, pero no sabemos cómo. Se usa corteza de árbol o algo así, ¿verdad?

A la cara del nuevo profesor afloró una expresión misteriosa, prudente. Barnes sabía que la señora Tallman tenía razón, pero no deseaba que ella lo supiera; quería guardarse el conocimiento para sí porque la junta de West Marin no lo había contratado aún. Sus conocimientos aún no estaban disponibles… y él no regalaba nada. Cosa que, como es natural, era lo más razonable. Stroud lo sabía y respetaba a Barnes por ello. Sólo los idiotas regalaban algo a cambio de nada.

La señora Tallman estaba observando detenidamente el montón de libros del nuevo profesor.

—Veo que tiene el Tipos psicológicos de Carl Jung. ¿La psiquiatría es uno de sus campos de especialización? Qué bien, un profesor capaz de distinguir las setas comestibles y que además es una autoridad en Freud y Jung.

—Ese tipo de materias carecen de interés —dijo Strout con irritación—. Necesitamos ciencias útiles, no humo. —Personalmente se sentía un poco decepcionado; el señor Barnes no le había hablado sobre su interés en los aspectos meramente teóricos de la ciencia—. La psiquiatría no sirve para vaciar una fosa séptica.

—Creo que ya estamos preparados para proceder a la votación —dijo la señorita Costigan, el miembro más joven de la junta—. Yo estoy a favor de aceptarlo, al menos provisionalmente. ¿Alguien piensa de otra manera?

—Ya sabrá usted que matamos a nuestro último profesor —le dijo la señora Tallman al señor Barnes—. Por eso necesitamos otro. Por eso enviamos al señor Stroud a recorrer la costa hasta encontrarlo.

—Lo matamos porque nos mintió —dijo la señorita Costigan—. Verá usted, sus auténticas razones para venir aquí no tenían nada que ver con la enseñanza. Estaba buscando a un hombre llamado Jack Tree, que resulta que vivía por la comarca. La señora Keller, una respetable miembro de la comunidad, esposa del señor George Keller aquí presente, nuestro director, es una amiga muy querida del señor Tree. Nos informó de la cuestión y actuamos siguiendo las vías legales y oficiales, y por intermedio de nuestro jefe de policía, el señor Earl Colvig.

—Ya veo —dijo el señor Barnes sin ninguna entonación en la voz tras escucharla sin una sola interrupción.

—El jurado que lo sentenció y ejecutó —dijo Orion Stroud— estaba formado por Cas Stone, el principal terrateniente de West Marin, la señora Tallman, la señora June Raub y yo mismo. He dicho «ejecutó», pero ya imaginará que el hecho en sí, es decir, el hecho de pegarle un tiro, quedó en manos de Earl. Es su trabajo, una vez que el jurado de West Marin toma una decisión.

Miró fijamente al nuevo profesor.

—Me parece —dijo el señor Barnes— perfectamente formal y legal. Justo lo que me interesa. —Su sonrisa hizo que la tensión de la sala se relajara patentemente. Empezaron los cuchicheos.

Alguien encendió un cigarro, uno de los Gold Label de luxe especial de Andrew Gill. Su denso y agradable aroma, al flotar entre ellos, mejoró su disposición hacia el nuevo profesor y su ánimo en general.

Al ver el cigarrillo, el señor Barnes esbozó una extraña expresión y, con voz ronca, preguntó:

—¿Tienen tabaco? ¿Después de siete años? —Era evidente que no podía creer lo que veían sus ojos.

La señora Tallman, con una sonrisa de picardía, respondió:

—No tenemos tabaco, señor Barnes, porque, como usted ya sabe, nadie tiene tabaco. Pero sí que tenemos un experto en tabaco. Él fabrica estos Gold Label de luxe especiales a partir de una mezcla de hierbas y vegetales cuya auténtica fórmula, como no podría ser de otro modo, sólo él conoce.

—¿Y cuánto cuestan? —preguntó el señor Barnes.

—En dinero negro de California —dijo Orion Stroud— aproximadamente cien dólares la unidad. En plata de antes de la guerra, un níquel cada uno.

—Pues tengo un níquel —dijo el señor Barnes mientras introducía una mano temblorosa en el bolsillo de su chaqueta. Sacó la moneda y se la mostró al fumador, George Keller, quien lo observó desde su silla, sentado con las piernas cruzadas para mayor comodidad.

—Lo siento —dijo George—. No vendo. Será mejor que hable directamente con el señor Gill. Lo encontrará durante el día en su tienda. Está aquí, en Point Reyes Station, aunque, como es natural, recorre toda la comarca. Tiene un minibús VW con un tiro de caballos.

—Lo tendré presente —dijo el señor Barnes mientras, con sumo cuidado, volvía a guardar su níquel.

—¿Tiene la intención de coger el transbordador? —preguntó el funcionario de Oakland—. Si no, le pediría que moviera el vehículo, porque está bloqueando la entrada.

—Claro —dijo Stuart McConchie. Volvió a subirse al coche y dio un rápido tirón a las riendas. En respuesta, Eduardo Príncipe de Gales, su caballo, empezó a tirar del Pontiac de 1975 en dirección al muelle del otro lado de la puerta.

La bahía, azulada y cubierta espuma, se extendía a ambos lados, y Stuart observó a través del parabrisas cómo descendía una gaviota para atrapar algún bocado entre los pilotes. Se veían cañas, también: hombres que intentaban pescar su almuerzo. Varios de ellos llevaban antiguos y andrajosos uniformes del ejército. Veteranos, que tal vez vivieran debajo del muelle. Stuart siguió adelante.

Si hubiera podido permitirse una llamada de teléfono a San Francisco… Pero el cable submarino había vuelto a averiarse, de modo que la línea tenía que enlazar con San José y recorrer la península entera de un lado a otro para llegar a San Francisco, por lo que la llamada le costaría cinco dólares en dinero de plata. Es decir, algo impensable, salvo para un millonario. Tendría que esperar las dos horas que faltaban hasta la salida del transbordador… La cuestión era, ¿podría esperar tanto tiempo?

Iba detrás de algo importante.

Le había llegado el rumor de que habían encontrado un enorme misil guiado soviético, uno de esos que no habían llegado a explotar. Estaba enterrado cerca de Belmont y un granjero lo había descubierto mientras araba sus campos. Estaba vendiéndolo por piezas: sólo el sistema de guía contenía varios miles. El tipo las vendía a penique la unidad: el comprador elegía cuál se llevaba. Y el oficio de Stuart requería muchas piezas como aquéllas. Pero también el de mucha más gente. Así que el premio gordo era para el que llegase primero. Si no se daba mucha prisa en cruzar la bahía de Belmont, llegaría tarde.

Stuart vendía (otro tipo las fabricaba) trampas electrónicas. Los animales habían mutado y ahora eran capaces de evitar las trampas convencionales pasivas, por muy sofisticadas que fueran. Los gatos habían cambiado especialmente, y el señor Hardy fabricaba una trampa para gatos de primera, aún mejor que su trampa para perros y su trampa para ratones, que ya eran buenas. Las alimañas eran peligrosas. Mataban y devoraban a los niños pequeños a su antojo, o al menos eso se decía. Como es natural, la gente, siempre que podía, los mataba a ellos y se los comía. Los perros se consideraban especialmente sabrosos, sobre todo con una guarnición de arroz. El periódico semanal de la zona de Berkeley solía traer recetas de sopa de perro, guiso de perro e incluso pastel de carne de perro.

Al pensar en el pastel de carne de perro, Stuart se dio cuenta de lo hambriento que estaba. Tenía la sensación de que no había dejado de estarlo desde que cayera la primera bomba. Su última comida realmente digna de tal nombre había sido el almuerzo en Fred’s Fine Foods, el día que había visto por primera vez al focomelo Hoppy Harrington haciendo su número. ¿Dónde, se preguntó de repente, estaría ahora el pequeño foco? Llevaba años sin pensar en él.

Ahora, claro está, se veían muchos focos, casi todos ellos en sus automóviles, exactamente como Hoppy en su día, plantados en el centro de sus pequeños universos, como dioses sin brazos ni piernas. La imagen aún lo repelía, pero últimamente había tantas imágenes repelentes…

En la superficie de la bahía, a su derecha, un veterano sin piernas se adentró en el agua a bordo de una balsa y, utilizando los remos, se impulsó en dirección a un montón de escombros que, a todas luces, eran los restos de un naufragio. Sobre el casco podían verse varias cañas de pescar. Pertenecían al veterano, quien se disponía a revisarlas. Al ver la balsa, Stuart se preguntó si podría llegar al otro lado de la bahía. Podía ofrecerle al hombre cincuenta céntimos por el viaje. ¿Por qué no? Salió del coche y caminó hasta el borde del muelle.

—¡Eh! —exclamó—. Venga un momento. —Sacó un penique del bolsillo. Lo soltó sobre el muelle y el veterano lo vio y lo oyó. Al instante, hizo virar su balsa y se acercó con paladas tan rápidas que el rostro se le cubrió entero de sudor durante el trayecto. Le dedicó a Stuart una sonrisa amistosa e hizo pantalla con la mano a la altura de una oreja.

—¿Quiere pescado? —preguntó—. Aún no han picado, pero puede que luego caiga algún pequeño tiburón. Comestible, se lo garantizo. —Levantó el viejo contador Geiger que llevaba suspendido de su cintura por una cuerda. Para que no se le cayera y nadie intentara robárselo, comprendió Stuart.

—No —dijo mientras miraba con ojos entrecerrados hacia un extremo del muelle—. Quiero ir a San Francisco. Le pagaré un cuarto de dólar si me lleva.

—Pero, para hacer eso tendría que abandonar las cañas… —dijo el veterano mientras se le borraba la sonrisa del semblante—. Tengo que recogerlas, o alguien se las llevará mientras estoy fuera.

—Treinta y cinco centavos.

Al final acordaron un precio de cuarenta centavos. Para que nadie pudiera llevarse a Eduardo Príncipe de Gales, Stuart le ató las patas con un candado y luego subió al bote. Instantes después se encontraba de camino a San Francisco, en una bamboleante balsa que dirigía con los remos un veterano sin piernas.

—¿En qué trabaja usted? —preguntó el veterano—. No es recaudador de impuestos, ¿verdad? —Lo miró con expresión tranquila.

—No —dijo Stuart—. Vendo trampas.

—Oiga una cosa, amigo —dijo el veterano—. Tengo una mascota, una rata, que vive conmigo bajo el muelle. Es muy lista. Sabe tocar la flauta. No le engaño, es la verdad. Le he hecho una pequeña flauta de madera y la toca, aunque la boquilla… Es prácticamente una flauta de boquilla asiática, como las que tocan en la India. Bueno, el caso es que vive conmigo, pero el otro día se escapó. Yo lo vi. No pude ir a por ella, claro. Cruzó el muelle de un lado a otro en busca de algo, un trozo de tela, no sé… Tiene una camita que yo le hice, pero claro, se enfría… o sea, se enfriaba todo el rato, porque este tipo de rata en particular perdió todo el pelo al mutar.

—Ya las he visto —dijo Strout. Aquella variedad de rata parda lampiña era capaz de eludir incluso las trampas electrónicas del señor Hardy—. Y la verdad es que le creo —dijo—. Conozco bastante bien a las ratas. Pero no son nada comparadas con esos gatos atigrados de rayas grises y marrones… Apuesto algo a que la flauta se la hizo usted. La rata no podría fabricársela sola.

—Así es —dijo el veterano—. Pero era una artista. Tendría que haberla oído tocar. Venía a vernos mucha gente, cuando acababa la jornada de pesca. Intenté enseñarle la Chacona de Bach en re menor.

—Yo una vez atrapé a uno de esos gatos atigrados —dijo Stuart—. Lo tuve un mes, hasta que se escapó. Era capaz de hacer pequeñas figuras puntiagudas con tapas de lata. Las doblaba, o algo así. Nunca vi cómo las hacía, pero eran muy ingeniosas.

—¿Y qué pasa últimamente al sur de San Francisco? —preguntó el veterano mientras seguía remando—. No puedo salir a tierra firme. —Señaló la parte inferior de su cuerpo—. Me quedo en mi balsa. Tiene una pequeña trampilla para las necesidades. Lo que me gustaría es encontrar alguna vez un foco muerto y quedarme con su carro. Los llaman «focomóviles».

—Yo conocí al primer foco —dijo Stuart— antes de la guerra. Era un genio. Podía reparar cualquier cosa. —Encendió un cigarrillo de sucedáneo de tabaco; el veterano lo miró con ojos anhelantes—. El sur de San Francisco es muy llano, así que sufrió mucho y ahora es una zona agrícola. Nadie ha reconstruido nada, y la mayoría de las casas eran de madera, con jardín, así que apenas quedaron sótanos decentes. Ahora cultivan guisantes y maíz. Voy a buscar un misil grande que ha encontrado un granjero. Necesito relés, tubos y otros componentes electrónicos para las trampas del señor Hardy. —Hizo una pausa—. Debería tener una trampa del señor Hardy.

—¿Para qué? Vivo de la pesca y no sé por qué debería odiar a las ratas. La verdad es que me gustan.

—Y a mí —dijo Stuart—, pero hay que ser práctico. Hay que mirar al futuro. Algún día, si no andamos con cuidado, las ratas se harán con todo el país. Atrapar y exterminar a las ratas, y sobre todo a las ratas más listas, las que podrían ser sus líderes naturales, es un deber patriótico.

El veterano lo miró sin demasiada simpatía.

—Lo dice para vender.

—Lo digo de verdad.

—Eso es lo que menos me gusta de los vendedores. Se creen sus propias patrañas. Usted sabe perfectamente que lo máximo que podrán hacer las ratas, después de un millón de años de evolución, será servir como sirvientas de los humanos, y eso como mucho. Puede que llevar mensajes y hacer algunos trabajos manuales… Pero no son peligrosas… —Sacudió la cabeza—. ¿Cuánto cuesta una de esas trampas?

—Diez dólares de plata. No aceptamos dinero negro. El señor Hardy es un hombre viejo y ya sabe cómo son los viejos. No cree que el negro sea dinero de verdad.

Se echó a reír.

—Pues una vez vi a una rata hacer una heroicidad. Se lo contaré… —empezó a decir, pero Stuart lo interrumpió.

—Tengo mi propia opinión —dijo—. No tiene sentido discutir sobre el tema.

Ambos guardaron silencio. Stuart se dedicó a disfrutar de las vistas de la bahía a su alrededor. El veterano, a remar. Era un día muy agradable y mientras seguían avanzando plácidamente hacia San Francisco, Stuart pensó en las piezas electrónicas que le llevaría al señor Hardy a su fábrica de la avenida San Pablo, cerca de las ruinas de lo que una vez había sido la zona oeste de la Universidad de California.

—¿Qué tipo de cigarrillo es ése? —preguntó el veterano al cabo de un rato.

—¿Este? —Stuart examinó la colilla. Estaba a punto de apagarla y guardarla en la pitillera metálica que llevaba en el bolsillo. La pitillera estaba llena de colillas, que Tom Grandi, el tabaquero de South Berkeley, destriparía y convertiría en nuevos cigarrillos—. Es importado —dijo—. Del condado de Marin. Es un Gold Label de luxe, preparado por… —Hizo una pausa dramática—. Algo me dice que no necesita que se lo diga.

—Por Andrew Gill —dijo el veterano—. Mire, le compro uno entero. Le pago diez céntimos.

—Son a quince céntimos la unidad —repuso Stuart—. Los traen de algún lugar de más allá de Nicasio, pasando por Black Point y Sears’ Point y cruzando el camino de Lucas Valley.

—Una vez probé uno de esos Gold Label especiales de Andrew Gill —dijo el veterano—. Se le cayó del bolsillo a un hombre que estaba esperando al transbordador. Lo saqué del agua y lo sequé.

De improviso, Stuart le ofreció la colilla.

—Por el amor de Dios —dijo el veterano sin mirarlo directamente. Siguió remando velozmente. Le temblaban los labios y parpadeaba.

—Tengo más —dijo Stuart.

—Lo que usted tiene —respondió el veterano— es auténtica humanidad, señor, y eso es algo muy raro hoy en día. Muy raro.

Stuart asintió. Sabía que las palabras del veterano escondían mucha verdad.

La pequeña Keller, tendida en la camilla, temblaba de pies a cabeza, mientras el doctor Stockstill, que estaba explorando su delgado y pálido cuerpo, se acordaba de un chiste que había visto en televisión muchos años antes, bastante antes de la guerra. Un ventrílocuo español, que hablaba a través de una gallina… La gallina había puesto un huevo.

—Mi hija —había dicho, refiriéndose al huevo.

—¿Seguro? —le había preguntado el ventrílocuo—. ¿No será tu hijo?

Y la gallina, plena de dignidad, había respondido:

—Conozco mi oficio.

La niña era hija de Bonny Keller, pero no, pensaba el doctor Stockstill, de George Keller.

«Estoy seguro de ello… Conozco mi oficio. ¿Con quién tuvo Bonny un lío hace siete años? Debieron de concebirla muy cerca del día que empezó la guerra. Pero no antes de que cayeran las bombas, eso estaba claro. Puede que el mismo día», pensó.

Como Bonny, un revolcón mientras caían las bombas, un breve y frenético espasmo de amor con alguien al tiempo que se acababa el mundo, quizá con un hombre al que ni siquiera conocía, el primero al que se hubiera encontrado… Y ahora esto.

La niña le sonrió y él le devolvió la sonrisa. A primera vista, Edie Keller parecía normal. No parecía una niña rara. Por Dios, ojalá hubiera tenido un aparato de rayos X. Porque…

—Cuéntame más cosas de tu hermano —dijo en voz alta.

—Bueno —respondió Edie Keller con su frágil vocecilla—. Siempre estoy hablando con él y a veces me responde un rato, pero normalmente está dormido. Duerme casi todo el tiempo.

—¿Y ahora está dormido?

La niña guardó silencio un momento.

—No —respondió.

El doctor Stockstill se levantó y se acercó a ella.

—Quiero que me enseñes dónde está exactamente.

La niña señaló su costado izquierdo, en la parte baja; cerca, pensó el médico, del apéndice. Allí estaba el dolor. Eso es lo que había llevado a la niña a su consulta. Bonny y George Keller habían empezado a preocuparse. Sabían lo de su hermano, pero siempre habían dado por sentado que se trataba de un niño imaginario, un compañero de juegos creado por su hija para que le hiciera compañía. Lo mismo había pensado él en un primer momento; el historial no mencionaba hermanos y, sin embargo, Edie hablaba todo el rato sobre él. Bill tenía exactamente su misma edad y había nacido, le había informado la niña, al mismo tiempo que ella. Por supuesto.

—¿Y por qué «por supuesto»? —le había preguntado mientras empezaba a examinarla. Había enviado a sus padres a la otra salita, porque la niña parecía un poco incómoda delante de ellos.

Edie le había respondido a su tranquila y solemne manera:

—Porque es mi hermano gemelo. ¿Cómo, si no, iba a estar dentro de mí? —Y, al igual que la gallina del ventrílocuo español, lo había dicho llena de autoridad y confianza. También ella conocía su oficio.

En los siete años transcurridos desde la guerra, el doctor Stockstill había examinado a varios centenares de personas raras, las numerosas y exóticas variantes del ser humano que florecían ahora bajo un cielo mucho más tolerante, aunque ligeramente velado por el humo. Ya nada lo sorprendía. Y sin embargo, aquello, una niña cuyo hermano vivía dentro de su cuerpo, en la región inguinal… Bill Keller había morado allí dentro durante siete años y el doctor Stockstill, al oírla, la creía; sabía que era posible. No sería el primer caso. De haber tenido un aparato de rayos X habría podido ver la diminuta y encogida forma, probablemente tan pequeña como una cría de conejo. De hecho, podía notar su contorno al tocar la zona con las manos… Palpó el costado de la niña y percibió el firme saco con forma de quiste que contenía. La cabeza, en una posición normal; el cuerpo dentro de la cavidad abdominal, con sus extremidades y todo. Algún día, cuando muriera la niña, la abrirían para hacerle la autopsia y encontrarían una encorvada figurilla masculina, tal vez de barba blanca y ojos ciegos… Su hermano, tan pequeño aún como una cría de conejo.

Entre tanto, Bill pasaba la mayor parte del tiempo dormido, pero a veces su hermana y él hablaban. ¿Qué tenía que decir? ¿Qué podía saber?

Edie tenía respuestas para esto.

—Bueno, no sabe muchas cosas. No ve, pero piensa. Y yo le cuento las cosas que pasan, así que no se pierde demasiado.

—¿Y qué le interesa? —preguntó Stockstill.

Edie lo pensó un momento y luego dijo:

—Pues… le gusta que le hable de… comida.

—¡Comida! —exclamó Stockstill con fascinación.

—Sí. Él no come, ¿sabe? Pero le gusta que le cuente lo que he tomado para cenar, porque le acaba llegando a cabo de un rato… O al menos eso creo. Tiene que comer algo para vivir, ¿no?

—Sí —convino Stockstill.

—Lo que más le gusta es cuanto tomo manzanas o naranjas. Y… le gustan los cuentos. Siempre quiere que le cuente cosas sobre lugares lejanos, sitios como Nueva York. Algún día me gustaría llevarlo allí, para que pudiera ver cómo es, o sea, para poder verlo yo y luego contárselo.

—Lo cuidas muy bien, ¿eh? —preguntó Stockstill, profundamente conmovido. Para la niña era algo normal. Ella siempre había vivido así. No concebía una existencia diferente.

—Me da miedo —dijo de repente— que pueda morirse un día.

—No creo que eso pase —dijo Stockstill—. Lo que sí podría ocurrir es que crezca. Y eso podría suponer un problema. Tu cuerpo podría tener dificultades para alojarlo.

—¿Y entonces nacería?

Edie lo miró fijamente, con sus ojos grandes y oscuros.

—No —respondió Stockstill—. No puede nacer desde donde está. Entonces habría que extraerlo… quirúrgicamente. Pero no sobreviviría. Sólo puede vivir como está ahora, dentro de ti. —«Como un parásito», pensó sin decirlo—. Pero de eso nos preocuparemos cuando ocurra, si es que llega a ocurrir.

—Me gusta tener un hermano —dijo Edie—. Así no estoy sola. Lo siento hasta cuando estoy dormida. Sé que está ahí. Es como tener un niño dentro de mí; no puedo pasearlo en un carrito, como a los niños pequeños, ni vestirlo, pero es muy divertido hablar con él. Por ejemplo, siempre le hablo de Mildred.

—Mildred… —repitió el doctor, confundido.

—Ya sabe. —La niña sonrió ante su ignorancia—. La mujer que siempre está con Philip. La que le fastidia la vida. La escuchamos todas las noches, por el satélite.

—Claro. —Era la lectura del libro de Maugham con el que los entretenía Walt Dangerfield, el locutor, todas las noches, cuando el satélite pasaba sobre sus cabezas.

«Da un poco de miedo —pensó el doctor Stockstill—. Un parásito dentro de su cuerpo, alojado en un lugar eternamente húmedo y oscuro, nutrido por su sangre y entretenido por la descripción que ella, de alguna manera imposible de imaginar, le hace de una novela famosa… Eso convierte a Bill Keller en parte de nuestra cultura. A su grotesca manera, él también tiene una vida social… Dios sabe cómo concibe la historia. ¿Fantaseará con ella, con nuestras vidas? ¿Soñará con nosotros?»

Se inclinó y le dio a la niña un beso en la frente.

—Muy bien —dijo—. Ya puedes salir. Dentro de un momentito iré a hablar con tus padres. En la sala de espera hay un par de revistas de antes de la guerra, de verdad. Puedes leerlas si quieres.

Cuando abrió la puerta, George y Bonny Keller se levantaron, con los rostros tensos de ansiedad.

—Pasen —les dijo Stockstill. Cerró la puerta tras ellos. Ya había decidido que no iba a contarles la verdad sobre su hija… y, pensó, «sobre su hijo». Era mejor que no lo supieran.

Cuando Stuart McConchie volvió de su viaje por la península, descubrió que —seguramente un grupo de veteranos que vivían bajo el muelle— habían matado su caballo y se lo habían comido. Lo único que quedaba de él era el esqueleto, las patas y la cabeza, un montón de restos que no le servían de nada a él ni a nadie. Permaneció a su lado un momento, cavilando. Había sido un viaje muy caro. Y encima había llegado tarde. El granjero ya había vendido, a penique la pieza, todos los circuitos electrónicos del misil soviético.

El señor Hardy le proporcionaría otro caballo, sin duda, pero le había cogido cariño al viejo Eduardo. Y estaba muy mal matar un caballo para comérselo, porque eran importantísimos para muchas cosas: por ejemplo, como medio de transporte, ahora que la mayor parte de la madera había sido engullida por los motores de combustión y las estufas de la gente de los sótanos. Pero es que, además, los necesitaban en los trabajos de reconstrucción. A falta de electricidad, eran la fuerza motriz principal. La estupidez que representaba matar a Eduardo Príncipe de Gales lo sacaba de sus casillas. Era, pensó, la barbarie en estado puro, lo que todos temían. Era un acto de anarquía pura, y encima cometido allí mismo, en medio de la ciudad, en pleno Oakland y a plena luz del día. Era lo que cabría esperar de unos comunistas chinos.

Empezó a alejarse lentamente, a pie, en dirección a la avenida San Pablo. El sol, en su descenso, dibujaba la misma puesta de sol fastuosa y vasta a la que se habían acostumbrado en los años transcurridos desde la Emergencia. Apenas se fijó en ella.

«Quizá debería dedicarme a otro negocio, pensó. Trampas pequeñas para animales. Es una forma de ganarse la vida, aunque no tiene mucho futuro. O sea, ¿hasta dónde se puede llegar en un negocio así?»

La pérdida del caballo lo había deprimido. No despegó la vista de la acera agrietada e infestada de maleza mientras avanzaba entre los escombros de las antiguas fábricas. Desde una madriguera construida en un aparcamiento vacío, un ser de ojos ávidos se fijó en él. Un ser, caviló con tristeza, que tendría estar colgado boca abajo y desollado.

Aquellas ruinas, la palidez humeante y titilante del cielo… Los ojos ávidos aún lo seguían. La criatura estaba tratando de decidir si podía atacarlo sin correr riesgos. Stuart se agachó y cogió un trozo de hormigón, que arrojó contra la madriguera, una gruesa capa de materiales orgánicos e inorgánicos, con una especie de limo blanco a modo de argamasa. La criatura había emulsionado los escombros hasta convertirlos en una pasta manipulable. «Debe de ser un bicho muy inteligente», pensó. Pero a él le daba igual.

«Yo también he evolucionado —se dijo—. Soy mucho más inteligente que antes. No eres rival para mí. Así que déjalo.

»He evolucionado —pensó—, pero no soy mejor que antes de la Emergencia. Entonces vendía televisores y ahora vendo trampas electrónicas para alimañas. ¿Qué diferencia hay? Lo uno es tan malo como lo otro. De hecho, voy a peor.»

Un día entero tirado a la basura. En apenas dos horas oscurecería, y tendría que irse a dormir en el sótano recubierto de pieles de gamo que el señor Hardy le alquilaba por un dólar de plata al mes. Podía encender la lámpara de sebo. Disfrutaría de luz durante un rato, que podría aprovechar para leer un libro, o al menos una parte de un libro. La mayor parte de su biblioteca estaba formada por fragmentos de libros, cuyas páginas restantes se habían perdido o habían sido destruidas. O podía ir a visitar a los señores Hardy y escuchar con ellos la transmisión nocturna del satélite.

A fin de cuentas, él mismo había radiado una petición a Dangerfield el día antes, desde un transmisor situado en las marismas de West Richmond. Había pedido Good Rocking Tonight, una antigua canción que le recordaba a su juventud y que siempre había sido una de sus favoritas. Era imposible saber si Dangerfield tenía esa canción concreta entre sus miles de cintas, así que tal vez estuviera esperando en vano.

Empezó a canturrear mientras caminaba:

Oh, I heard the news:

There’s good rocking tonight.

¡Oh, I heard the news!

¡Theres good rocking’ tonight!

Tonight I’ll be a mighty fine man,

I’ll hold my baby as tight as I can.

Acordarse de aquella vieja canción, y del mundo del que hablaba, hizo que se le saltaran las lágrimas.

«Todo eso ha desaparecido. Y lo único que tenemos a cambio es una rata que sabe tocar la flauta, o ni eso, porque la rata se ha escapado.

»Seguro que ninguna rata podría tocar esa canción. Ni en un millón de años. Es prácticamente música sacra. De nuestro pasado, algo que no podrían compartir ni un animal inteligente ni una persona rara. El pasado sólo les pertenece a los seres humanos genuinos.»

Con estos pensamientos llegó a la avenida San Pablo, salpicada de tiendecillas abiertas, pequeños puestos donde se vendían toda clase de cosas, de perchas para abrigos a balas de heno. En una de ellas, no muy lejana, decía: TRAMPAS HOMEOSTÁTICAS PARA ALIMAÑAS HARDY. Se encaminó hacia allí.

Cuando entró, el señor Hardy levantó la mirada un momento del banco de electricista de la trastienda. Trabajaba bajo la luz blanca de un arco luminoso, rodeado por componentes electrónicos encontrados por todo el norte de California. Muchos de ellos procedían de las ruinas de Livermore; el señor Hardy tenía contactos entre los funcionarios del estado, que le habían permitido realizar excavaciones allí, en los depósitos restringidos.

En su época, Dean Hardy había trabajado como ingeniero para una emisora de radio. Era un hombre espigado, discreto y muy viejo, que acostumbraba a vestir con jersey y corbata incluso ahora, en una época en la que la corbata era una verdadera rareza.

—Se han comido el caballo —dijo Stuart mientras se sentaba delante de él.

Ella Hardy, la esposa de su patrón, apareció al instante en la puerta que daba a la vivienda, situada en la parte de atrás.

—¿Lo dejaste solo?

—Sí —admitió él—. Pensé que, en el muelle público de la ciudad de Oakland, estaría a salvo. Hay un funcionario allí, que…

—Siempre estamos igual —dijo Hardy con tono cansado—. Bastardos… Alguien debería lanzar una bomba de cianuro debajo de ese muelle. Esos veteranos viven allí a centenares. ¿Y el coche? Habrás tenido que dejarlo allí.

—Lo siento —dijo Stuart.

—No te preocupes —dijo Hardy—. Tenemos más caballos en el depósito de Orinda. ¿Y las piezas del cohete?

—No ha habido suerte —respondió Stuart—. No quedaba nada cuando llegué. Salvo esto. —Sacó un puñado de transistores—. El granjero no se había fijado en ellos. Me los llevé gratis. —Fue hasta el banco y los dejó sobre él—. No es gran cosa para un día entero de trabajo. —Se sentía más abatido que nunca.

Ella Hardy volvió a la cocina sin decir palabra. La cortina se cerró tras ella.

—¿Quieres cenar con nosotros? —dijo Hardy mientras apagaba la luz y se quitaba las gafas.

—No sé… —respondió Stuart—. Me siento raro. —Deambuló por la tienda—. Al otro lado de la bahía vi algo que me habían contado, pero no había creído hasta ahora. Un animal volador, parecido a un murciélago, o no… Más bien como un tejón, muy flaco y alargado, con una cabeza enorme. Los llaman «cotillas» porque siempre están pegándose a las ventanas y observando lo que pasa dentro, como mirones.

—Son ardillas —dijo Hardy. Se recostó en su asiento mientras se aflojaba el nudo de la corbata—. Evolucionaron a partir de las ardillas del parque Golden Gate. Una vez creé un diseño para ellas… Podrían servir… al menos en teoría, como mensajeras. Pueden planear, o lo que sea, durante más de un kilómetro. Pero son demasiado salvajes. Abandoné el proyecto después de atrapar una. —Levantó la mano derecha—. Mira esta cicatriz, en el pulgar. Me la hizo ella.

—Hablé con un tipo que me dijo que su carne es muy sabrosa. Parecida al pollo de los viejos tiempos. Hay puestos que las venden en las afueras de San Francisco; las señoras las ofrecen ya cocinadas a cuarto la unidad, calientes y recién hechas.

—No las pruebes —dijo Hardy—. La mayoría son tóxicas. Cosas de su dieta.

—Hardy —dijo Stuart de repente—. Quiero salir de la ciudad e irme al campo.

Su jefe lo estudió detenidamente.

—Esto es demasiado violento —dijo Stuart.

—Como todo. —Y añadió—: Y en el campo es muy difícil ganarse la vida.

—¿Vendes trampas allí?

—No —respondió Hardy—. Las alimañas viven en las ciudades, donde hay ruinas. Ya lo sabes. Stuart, eres un soñador. El campo es estéril; te perderías todo lo que se mueve, todo lo que hay en la ciudad, las ideas, las novedades. En el campo no pasa nada. Se limitan a trabajar la tierra y escuchar el satélite.

—He pensado en dedicarme a vender trampas en los alrededores de Napa y Sonoma, por ejemplo —insistió Stuart—. Tal vez podría cambiarlas por vino. Tengo entendido que allí se cultiva la uva, como antes.

—Pero no sabe igual —respondió Hardy—. La tierra ha sufrido demasiadas alteraciones. —Sacudió la cabeza—. Es un asco. Una birria.

—Pero se lo beben —dijo Stuart—. Lo he visto hasta en la ciudad. Lo traen en esos viejos camiones que van con madera.

—A estas alturas, la gente se bebe cualquier cosa a la que pueda echarle el guante. —Hardy levantó la cabeza, como si acabara de tener una ida, y dijo—: ¿Sabes quién tiene licor? Licor de verdad, me refiero. Es imposible saber si es de antes de la guerra o algo que ha destilado ahora.

—Nadie en el área de la bahía, que yo sepa.

—Andrew Gill, el experto tabaquero. Oh, no vende demasiado. Sólo he visto una botella suya, un quinto de brandy. Tomé un trago. —Esbozó una sonrisa pícara. Le temblaban los labios—. Te habría gustado.

—¿Cuánto pide por él?

—Más de lo que tú podrías pagar.

«Me pregunto qué clase de hombre será ese Andrew Gill —se dijo Stuart—. Grande, me imagino, barbudo, con un chaleco… y un bastón con empuñadura de plata. Un gigante de pelo ondulado, con un monóculo de importación… Puedo imaginármelo.»

Al ver la expresión de su cara, Hardy se inclinó hacia él.

—Puedo decirte otra cosa que vende. Fotos de chicas. En poses artísticas… Ya me entiendes.

—Jesús —dijo Stuart. Su imaginación empezó a desbocarse. Era demasiado—. No puedo creerlo.

—Que me parta un rayo si miento. Calendarios de chicas de antes de la guerra, de hasta 1950. Valen una fortuna, claro. He oído que han llegado a pagar cien dólares de plata por un calendario del Playboy de 1963. —Hardy se quedó pensativo, con la mirada extraviada.

—Donde yo trabajaba cuando cayó la bomba —dijo Stuart—, en Modern TV, teníamos un montón de calendarios de ésos en el piso de abajo, donde el taller. Todos ardieron, claro está. —Al menos eso es lo que siempre había supuesto—. ¿Te imaginas que alguien anduviera registrando unas ruinas y de pronto se encontrara con un almacén lleno de calendarios de ésos? ¿Te lo imaginas? —Su mente empezó a divagar—. ¿Cuánto podría sacar? ¡Millones! Podría cambiarlos por terrenos; ¡podría comprarse un condado entero!

—En efecto —dijo Hardy asintiendo.

—Quiero decir, sería rico para siempre… Aún hacen algunos en Extremo Oriente, en Tokio, pero son muy malos.

—Ya los he visto —asintió Hardy—. Muy toscos. Se ha perdido la técnica. Ya nadie sabe cómo hacerlos. Es un arte que ha muerto. Puede que para siempre.

—¿No crees que en parte es porque ya no hay chicas como aquéllas? —dijo Stuart—. Ahora están todas en los huesos y no tienen dientes; la mayoría de ellas tienen quemaduras de radiación. ¿Qué clase de calendario se puede hacer con eso?

—Yo creo que sí quedan chicas como las de los calendarios —dijo Hardy con una sonrisa sagaz—. No sé dónde, puede que en Suecia o en Noruega, o en lugares muy remotos, como las islas Solomon. Estoy convencido de ello por lo que dice la gente que llega en los barcos. En Estados Unidos, en Rusia, en Europa o en China no. En ninguno de los lugares que resultaron atacados. En eso estamos de acuerdo.

—¿No podríamos encontrarlas? —dijo Stuart—. ¿Y entrar en el negocio?

Tras considerarlo un momento, Hardy respondió:

—No hay película. Ni los productos químicos necesarios para procesarla. La mayoría de las cámaras de calidad han sido destruidas o han desaparecido. Y sería imposible imprimir las fotos con calidad. Si las imprimieras…

—Pero si alguien encontrara una chica sin quemaduras y con una buena dentadura, como las de antes de la guerra…

—Voy a decirte algo que sí sería un buen negocio. Le he dado muchas vueltas. —Se volvió hacia Stuart con expresión pensativa—. Agujas para máquinas de coser. Podrías ponerle el precio que quisieras. Te darían lo que pidieras.

Stuart hizo un vago ademán mientras caminaba de un lado a otro de la tienda.

—Escucha, yo también he estado pensando. No quiero seguir haciendo de vendedor… Estoy harto. He vendido cazuelas y sartenes de aluminio, enciclopedias y televisores, y ahora estas trampas para alimañas. Son buenas trampas y la gente las quiere, pero tengo la sensación de que tiene que haber algo más para mí. No te ofendas, pero necesito crecer. Lo necesito. O creces o te estancas, te pudres en el árbol, por decirlo así. La guerra me ha arrebatado varios años. Como a todos. Estoy donde estaba hace diez años y eso ya no me basta.

Hardy se rascó la nariz y murmuró:

—¿Tienes alguna idea?

—Podría encontrar una patata mutante que alimentara al mundo entero.

—¿Con una sola patata?

—Me refiero a una variedad de patata. Podría convertirme en cultivador, como Luther Burbank. Debe de haber millones de plantas nuevas y exóticas por ahí, como esos animales, y la gente rara de la ciudad.

—Tal vez encuentres una judía inteligente —dijo Hardy.

—Lo digo muy en serio —replicó Stuart con voz tensa.

Se miraron un momento sin decir nada.

—Fabricar trampas homeostáticas para cazar gatos, perros, ratas y ardillas imitantes —dijo Hardy al fin— es hacerle un servicio a la humanidad. Creo que estás portándote como un niño. Me parece que lo de que se hayan comido a tu caballo mientras estabas en el sur de San Francisco…

En ese momento, Ella Hardy entró en el cuarto.

—La cena está preparada —dijo—, y me gustaría servirla mientras aún está caliente. Es cabeza de bacalao hervida con arroz y he tenido que hacer tres horas de cola en el mercado de Eastshore para conseguirla.

Los dos hombres se pusieron en pie.

—¿Te quedas a cenar? —preguntó Hardy.

La mera idea de la cabeza de bacalao hizo que a Stuart se le hiciera la boca agua. No podía decir que no, así que asintió y siguió a la señora Hardy al interior de la cocina.

Hoppy Harrington, el manitas focomelo de West Marin, hacía una imitación de Walt Dangerfield cuando fallaba la transmisión del satélite. Así entretenía a los habitantes de West Marin. Todos sabían que Dangerfield estaba enfermo y últimamente enmudecía con frecuencia. Aquella noche, en mitad de su actuación, Hoppy vio que los Keller y su pequeña entraban en el auditorio Forrester y tomaban asiento en la parte trasera. «Vaya horas», se dijo, complacido sin embargo por la llegada de nuevos espectadores. Pero entonces lo invadió el nerviosismo al darse cuenta de que la niña estaba perforándolo con la mirada. Había algo extraño en su forma de mirar; se detuvo de repente y en el auditorio se hizo el silencio.

—Sigue, Hoppy —dijo Cas Stone.

—Haz el número de Kool-Ade —pidió la señora Tallman—. Canta esa cancioncilla, la que cantan los gemelos Kool-Ade, ya sabes.

—Kool-Ade, Kool-Ade, I can’t wait… —empezó a cantar Hoppy, pero al momento volvió a enmudecer—. Creo que ya es suficiente por hoy —dijo.

La habitación volvió a quedar en silencio.

—Mi hermano —dijo la pequeña de los Keller— dice que el señor Dangerfield está aquí, en alguna parte.

Hoppy se rió.

—Es cierto —dijo con tono excitado.

—¿Ha terminado la lectura? —preguntó Edie Keller—. ¿O esta noche estaba demasiado enfermo?

—Oh, sí, sigue leyendo —dijo Earl Colvig—, pero no lo estamos escuchando. Estamos cansados de ese viejo y enfermo de Walt. Estamos escuchando a Hoppy y viendo lo que hace. Esta noche ha estado muy gracioso, ¿eh, Hoppy?

—Enséñale a la niña cómo mueves la moneda desde lejos —dijo June Raub—. Creo que eso ha gustado.

—Sí, repite eso —dijo el boticario desde su asiento—. Ha estado bien. A todos nos gustaría verlo otra vez, estoy seguro. —En su afán por ver, se puso en pie, olvidándose de la gente que tenía detrás.

—Mi hermano —dijo Edie en voz baja— quería oír la lectura. Para eso ha venido.

—Estáte quieta —le dijo Bonny, su madre.

«Hermano… —pensó Hoppy—. Si no tiene ningún hermano.» Soltó una carcajada al oírlo y varios miembros del público se echaron a reír.

—¿Tu hermano? —dijo mientras giraba el focomóvil hacia la niña—. Yo puedo hacer la lectura. Puedo hacer de Philip y de Mildred, y de todos los demás personajes del libro. Puedo ser Dangerfield. De hecho, a veces lo soy. Esta noche lo he sido y por eso tu hermano creía que estaba en la sala. Soy yo. —Miró a la gente que lo rodeaba—. ¿No es verdad, amigos? ¿No era yo?

—Es verdad, Hoppy —convino Orion Shroud. Y todo el mundo asintió.

—Tú no tienes hermanos, Edie —le dijo Hoppy a la niña—. ¿Por qué dices que tu hermano quiere oír la lectura si no tienes ningún hermano? —Siguió riéndose—. ¿Puedo verlo? ¿Puedo hablar con él? Déjame que hable con él y yo… le haré una imitación.

—Eso sí que tendría mérito —dijo Cas Stone con una risilla.

—Me encantaría oírlo —dijo Earl Colvig.

—Lo haré —dijo Hoppy— en cuanto me diga algo. —Permaneció sentado en el centro de su focomóvil, expectante—. Estoy esperando —dijo.

—Ya basta —dijo Bonny Keller—. Deja en paz a mi hija. —Tenía las mejillas enrojecidas por la furia.

—Inclínate —le dijo Edie a Hoppy—. Hacia mí. Te hablará. —Su rostro, igual que el de su madre, estaba ceñudo.

Entonces una voz le habló a Hoppy desde dentro, una voz que parecía llegar desde su mundo interior.

—¿Cómo arreglaste el sistema de cambio automático del tocadiscos? —le dijo—. ¿Cómo pudiste hacer eso?

Hoppy soltó un chillido.

El público se lo quedó mirando. Se habían levantado, pálidos y tensos.

—He oído a Jim Fergesson —dijo Hoppy—. Un hombre para el que trabajé una vez. Un hombre que está muerto.

—¿Quieres que mi hermano te diga más cosas, Hoppy? —preguntó la niña con voz calmada—. Dile más cosas, Bill, quiere oírte más.

Y, en el interior de la mente de Hoppy, la voz dijo:

—Fue como si lo curaras. Como si, en lugar de reemplazar ese engranaje roto…

Hoppy hizo girar violentamente su vehículo y escapó por el pasillo hacia el otro extremo de la sala, donde volvió a girar y se quedó, jadeando, lo más lejos posible de la niña Keller. Su corazón latía furiosamente. Se la quedó mirando. Ella le devolvió la mirada con frialdad.

—Te ha asustado. —La niña estaba sonriendo ahora, pero era una sonrisa vacía y fría—. Te ha dado tu merecido porque estabas metiéndote conmigo. Eso no le gusta nada. Por eso lo ha hecho.

George Keller llegó en ese momento junto a Hoppy y le preguntó:

—¿Qué ha pasado, Hop?

—Nada —respondió bruscamente el focomelo—. Quizá sea mejor que escuchemos la lectura.

Utilizando su extensor manual, encendió el volumen de la radio.

«Podéis hacer lo que queráis tu hermano y tú —pensó—. La lectura de Dangerfield o lo que sea. ¿Cuánto tiempo llevas ahí? ¿Sólo siete años? Más bien una eternidad. Como si… como si hubieras existido siempre.» Era una cosa terriblemente vieja y consumida la que le había hablado. Algo duro y terrible, algo flotante. Con el cráneo cubierto por un fino bello que le caía por detrás, etéreo y reseco, como una estela. «Apuesto a que era Fergesson —se dijo—. Se parecía a él. Está ahí, dentro de esa niña.

»Me pregunto si podrá salir.»

—¿Qué le hiciste para asustarlo tanto? —le preguntó Edie a su hermano—. Estaba aterrorizado.

—Me convertí en alguien que conocía —dijo la voz desde dentro de ella—. De hace mucho tiempo. Alguien que está muerto.

—¿Vas a volver a hacerlo? —preguntó ella, divertida.

—Si no me gustan —dijo Bill— puedo hacer más cosas. Un montón de cosas, creo.

—¿Cómo sabías lo de ese muerto?

—Oh —dijo Bill—. Porque… Ya sabes por qué. Porque yo también estoy muerto. —Se rió en el interior del estómago de Edie. Ella lo sintió moverse.

—No, no es verdad —discrepó ella—. Estás tan vivo como yo, así que no digas esas cosas. No está bien. —La idea la aterrorizaba.

—Sólo era una broma —dijo Bill—. Lo siento. Ojalá hubiera podido ver su cara… ¿Qué aspecto tenía?

—Horrible —respondió Edie—. Se le contrajo, parecía una rana.

—Me gustaría poder salir —dijo Bill quejumbrosamente—. Ojalá pudiera nacer, como todos los demás. ¿No naceré más adelante?

—El doctor Stockstill ha dicho que no.

—Quizá yo podría convencerlo de que me dejara salir. Puedo hacerlo, si quiero.

—No —dijo su hermana—. Estás mintiendo. No puedes hacer nada, aparte de dormir, hablar con los muertos y alguna imitación que otra, quizá. Lo que no es gran cosa.

No llegó ninguna respuesta desde dentro.

—Si hicieras algo malo —dijo ella—, podría tragarme algo que te matara. Así que será mejor que te comportes.

Cada vez le tenía más miedo. Había dicho aquellas últimas palabras en su propio beneficio, para afianzar su confianza.

«Tal vez fuera bueno que murieras —pensó—. Sólo que entonces tendría que llevarte a todas partes y eso… No sería agradable. No me gustaría.»

Se estremeció.

—No te preocupes por mí —dijo Bill de repente—. Sé muchas cosas. Puedo cuidarme. Y también te protegeré a ti. Es mejor que estés contenta conmigo, porque puedo ver a todos los que han muerto, como el hombre al que imité. Hay muchísimos, billones de billones, y todos son diferentes. Cuando duermo los oigo murmurar. Siguen por aquí.

—¿Dónde? —preguntó ella.

—Debajo de nosotros —dijo Bill—. Bajo el suelo.

—Brrr —dijo ella.

—Es cierto. Y nosotros también acabaremos allí. Y papá y mamá. Y todos. Ya lo verás.

—No quiero verlo —dijo Edie—. Por favor, no sigas. Quiero escuchar la lectura.

Andrew Gill levantó la vista un momento del cigarrillo que estaba liando y vio que Hoppy Harrington —que no le gustaba— entraba en la fábrica en compañía de un hombre al que no conocía. Al instante, se sintió intranquilo. Dejó el papel de tabaco y se puso en pie. A su lado, en el alargado banco, sus trabajadores siguieron enrollando cigarrillos.

Empleaba un total de ocho hombres, y eso sólo en la tabaquera. En la destilería, donde producía su brandy, trabajaban otros doce. Su empresa era la más grande de West Marin y vendía sus productos por todo el norte de California. Sus cigarrillos incluso se vendían en la Costa Este.

—¿Sí? —le dijo a Hoppy. Se colocó delante del coche foco, que tuvo que detenerse.

—E-este hombre —balbuceó Hoppy— ha venido desde Oakland para verlo, señor Gill. Dice que es un importante empresario. ¿No es así? —El foco se volvió hacia el hombre—. ¿No es eso lo que me ha contado?

El hombre extendió la mano y dijo:

—Represento a la Corporación de Trampas Homeostáticas para Alimañas Hardy, de Berkeley, California. Estoy aquí para hacerle una propuesta que podría permitirle triplicar sus beneficios en menos de seis meses. —Sus ojos echaban chispas.

Gill reprimió el impulso de echarse a reír a carcajadas.

—Ya veo —dijo asintiendo—. Muy interesante, señor… —Lanzó una mirada inquisitiva al foco.

—Es el señor Stuart McConchie —balbuceó el foco—. Nos conocimos antes de la guerra. No lo había visto desde entonces, y acaba de mudarse aquí.

—Mi jefe, el señor Hardy —dijo Stuart McConchie— me ha autorizado a describirle con todo detalle el diseño de una liadora de cigarrillos totalmente automatizada. En Homeostáticas Hardy somos conscientes de que sus cigarrillos se lían a la antigua, a mano. —Señaló la fila de empleados sentados al banco—. Ese método está un siglo atrasado, señor Gill. Ha conseguido usted un extraordinario nivel de calidad en sus cigarrillos Gold Label de luxe especial…

—Que tengo la intención de mantener —dijo Gill en voz baja.

—Nuestro equipo electrónico automatizado no sacrificaría en modo alguno la calidad en beneficio de la cantidad. De hecho…

—Espere —dijo Gill—. No quiero hablar de esto ahora. —Miró al foco, que había aparcado a poca distancia y estaba escuchando. La pequeña criatura se ruborizó y dio la vuelta con su vehículo.

—Me marcho —dijo con voz apagada—. De todos modos, esto no me interesa… Adiós. —Salió por la puerta principal. Los otros dos se lo quedaron mirando hasta que desapareció.

—Es nuestro manitas —dijo Gill—. Arregla… o más bien cura… todo lo que se rompe. Hoppy Harrington, el manitas sin manos.

McConchie se alejó unos pasos para estudiar la fábrica y a los hombres en su trabajo.

—Bonito lugar tiene usted aquí, Gill. Antes que nada, quiero que quede claro lo mucho que admiro su producto. Es el mejor del mercado.

«No había oído un discurso así —meditó Gill—, desde hace siete años.» Costaba creer que quedara gente así en el mundo. Muchas cosas habían cambiado y sin embargo aquello, en aquel tal McConchie, seguía intacto. Gill sintió un escalofrío de placer. El vendedor le recordaba tiempos más felices. Al instante le cayó simpático.

—Gracias —dijo, y lo decía sinceramente. Tal vez el mundo estuviera recuperando parte de sus antiguas formas, sus cortesías, sus costumbres y sus preocupaciones, todo cuanto lo había convertido en lo que había sido antaño.

—¿Le apetece una taza de café? —dijo Gill—. Me tomaré un descanso de diez minutos para que pueda contarme lo de esa máquina suya.

—¿Café de verdad? —preguntó McConchie, y la máscara de simpatía y optimismo que llevaba desapareció de su semblante por un momento. Miró a Gill con asombro y con desnuda voracidad.

—Lo siento —respondió éste—. Es un sucedáneo pero no está mal, creo que le gustará. Es mejor que ese «café» que venden en los puestos de la ciudad. —Fue a buscar el puchero de agua.

—El venir aquí —le dijo McConchie— supone para mí cumplir un antiguo sueño. He tardado una semana en hacer el viaje, aunque lo estaba rumiando desde la primera vez que me fumé un Gold Label especial deluxe. Es… —Su mente tanteó en busca de las palabras capaces de expresar sus pensamientos—. Un islote de civilización en medio de estos tiempos bárbaros. —Paseó por la fábrica con las manos en los bolsillos—. La vida parece más apacible aquí. En la ciudad, si dejas el caballo… Bueno, hace algún tiempo, dejé el caballo atado para ir a cruzar la bahía de California, y cuando volví, alguien se lo había comido. Esas son las cosas por las que quería dejar la ciudad y marcharme.

—Lo sé —dijo Gill asintiendo—. Las cosas son peores en las ciudades, porque hay mucha gente sin hogar, gente que lo ha perdido todo.

—Le tenía mucho cariño a ese caballo —dijo Stuart McConchie con cara de nostalgia.

—Bueno —dijo Gill—, en el campo, la muerte de los animales es una constante. Cuando cayeron las bombas, miles de ellos resultaron horriblemente mutilados, ovejas y vacas… Aunque eso, claro, no se puede comparar con las pérdidas humanas del lugar del que viene usted. Habrá visto mucho sufrimiento desde el día E.

McConchie asintió.

—Y mutaciones… Auténticos monstruos, tanto entre los animales como entre la gente. Como mi viejo amigo, Hoppy Harrington, aunque él, claro está, es de antes. En Modern TV, donde trabajábamos, decían que era porque tomaba aquella droga, la talidomida.

—¿Qué clase de trampas fabrica su compañía? —preguntó Gill.

—No son trampas pasivas sino homeostáticas, esto es, con capacidad de auto-notificación, por lo que pueden seguir a, por ejemplo, una rata o un perro por la red de madrigueras que ahora cubre el subsuelo de Berkeley y Oakland… Persiguen a una alimaña, y cuando la matan, van a por la siguiente, hasta que se quedan sin energía o una de las alimañas, en un golpe de suerte, consigue destruirla. Algunas ratas especialmente inteligentes son capaces de engañar a una trampa homeostática Hardy, pero no muchas.

—Impresionante —murmuró Gill.

—Bueno, por lo que se refiere a mi propuesta de máquina liadora…

—Amigo mío —dijo Gill—. He ahí el problema. No tengo dinero para comprar su máquina, ni nada por lo que cambiársela. Y no quiero tener socios en el negocio. ¿Qué nos deja eso? —Sonrió—. Debo seguir como estoy.

—Espere —dijo McConchie al instante—. Tiene que haber una solución. Podría alquilarle una liadora Handy a cambio de una cantidad de cigarrillos, de la variedad Gold Label de luxe especial, claro está, enviados cada semana durante cierto número de semanas. —Su rostro resplandecía de entusiasmo—. O la compañía Hardy podría convertirse en distribuidora exclusiva de sus cigarrillos. Podríamos representarle en cualquier parte, desarrollar un programa sistemático de puntos de venta por toda California. ¿Qué me dice a eso?

—Debo admitir que suena interesante. Reconozco que la distribución no es lo mío… Llevo varios años pensando en la necesidad de organizar un sistema de distribución. Sobre todo porque tengo la fábrica en el campo. Hasta he llegado a plantearme la idea de volver a la ciudad, pero el saqueo y el vandalismo son demasiado generalizados. Además, no quiero trasladarme. Esta es mi casa.

No dijo nada sobre Bonny Keller. Ella era la auténtica razón de que quisiera permanecer en West Marin. Su romance con ella había terminado hacía años, pero ahora estaba más enamorado que nunca. La había visto pasar de hombre en hombre, y hartarse de cada uno de ellos, y en el fondo de su corazón estaba convencido de que un día volvería con él. Y además, Bonny era la madre de su hija. Sabía perfectamente que Edie Keller era suya.

—Ya que es usted de la ciudad —dijo—. Quisiera preguntarle una cosa: ¿ha habido últimamente alguna noticia interesante en el plano nacional o internacional, algo de lo que no nos hayamos enterado? Tenemos el satélite, pero, la verdad, estoy un poco harto de la música y de ese pesado del locutor y sus interminables lecturas.

Los dos se rieron a la vez.

—Le entiendo —dijo McConchie, y tomó un sorbito de café—. Tengo entendido que están intentando producir de nuevo un automóvil, en algún lugar de las ruinas de Detroit. Parece ser que está hecho de contrachapado, pero el motor es de queroseno.

—No sé de dónde esperan sacarlo —dijo Gill—. Antes de ponerse a construir coches deberían arreglar unas cuantas refinerías. Y reparar algunas de las carreteras principales.

—Ah, otra cosa. El Gobierno planea reabrir la ruta 40 este año, la que cruzaba las Rocosas. Por primera vez desde la guerra.

—Esa sí que es una buena noticia —dijo Gill, complacido—. No lo sabía.

—Y la compañía telefónica…

—Espere —dijo Gill mientras se ponía en pie—. ¿Qué le parecería un poco de brandy en el café? ¿Cuánto hace que no se toma un café con brandy?

—Años —dijo Stuart McConchie.

—Es un Gill Cinco Estrellas. De mi propia reserva. Procedente del valle de Sonoma. —Vertió un poco del líquido de la ancha y baja botella en la taza de McConchie.

—Tengo algo aquí que puede que le interese. —Se metió una mano en el bolsillo del abrigo y sacó algo liso y plegado. Al desplegarlo, Gill vio que se trataba de un sobre.

Servicio de correos. Una carta de Nueva York.

—Exacto —dijo McConchie—. Para mi jefe, el señor Hardy, desde la Costa Este. Y sólo ha tardado cuatro semanas. Los responsables son el gobierno de Cheyenne, los militares. Llegó en parte en dirigible, en parte en carro y en parte a caballo. La última etapa se cubre a pie.

—Dios mío —dijo Gill, antes de servirse también un poco de Gill Cinco Estrellas en su propio café.

Bill Keller oyó a la pequeña criatura, un caracol o una babosa, y se introdujo en ella. Pero se había dejado engañar: era una criatura ciega. Estaba fuera, pero esta vez no podía ver ni oír. Sólo podía moverse.

—Déjame volver —le dijo a su hermana—. Mira lo que has hecho, me has metido donde no debía. —«Lo has hecho a propósito», pensó mientras empezaba a moverse. Se movió de un lado a otro en su busca.

«Si pudiera alargar los brazos… —pensó—. Alargarlos… hacia arriba. Pero no tenía con qué, no tenía extremidades de ninguna clase.» «¿Qué soy ahora que vuelvo a estar fuera? —se preguntó mientras intentaba ascender—. ¿Cómo llaman a esas cosas tan altas que brillan? Las luces del cielo… ¿Puedo verlas sin ojos? No. No puedo.»

Continuó moviéndose. Se alzó todo lo posible pero luego volvió a caer, a reptar de nuevo, a lo único que le era posible hacer ahora que había nacido a la vida exterior.

En el cielo, Walt Dangerfield se movía en su satélite, aunque ahora estaba sentado, con la cabeza apoyada en las manos. El dolor de su interior había crecido y cambiado, lo había absorbido hasta que, como tantas veces antes, era incapaz de imaginar nada más.

«¿Cuánto tiempo podré aguantar? —se preguntaba—. ¿Cuánto tiempo viviré?»

No había respuesta.

Edie Keller, con un delicioso estremecimiento de júbilo, vio cómo reptaba lentamente la oruga por el suelo y supo con total certeza que su hermano estaba dentro.

En su interior, en el fondo de su estómago, residía ahora la mente de la oruga. Podía oír su monótona voz. «Bum, bum, bum», decía, en un eco de sus propios y anodinos procesos biológicos.

—Sal de mí, gusanito —dijo con una risilla. ¿Qué pensaría el gusano sobre su nueva existencia? ¿Estaba tan asombrado como seguramente lo estaría Bill? «No debo apartar la vista de él», pensó refiriéndose a la criaturilla que avanzaba por el suelo. Porque podía perderse—. Bill —dijo mientras se inclinaba sobre él—. Estás muy gracioso. Eres rojo y alargado, ¿lo sabías?

Y entonces pensó: «Lo que debería haber hecho es ponerlo en el cuerpo de otro ser humano. ¿Por qué no lo he hecho? Entonces sería como debe ser: tendría un hermano de verdad, fuera de mí, con el que podría jugar.»

Pero, por otro lado, también tendría una persona desconocida dentro de sí. Y eso ya no le parecía tan divertido.

«¿Quién puede ser? —pensó—. ¿Uno de los niños del cole? ¿Un adulto? Puede que el señor Barnes, el profesor. O…»

«Hoppy Harrington. Que de todos modos ya le tiene miedo a Bill.»

—Bill —dijo mientras se arrodillaba y recogía la oruga. La sostuvo en la palma de la mano—. Vas a ver lo que se me ha ocurrido. —Dejó la oruga sobre su costado, donde estaba la dura protuberancia—. Vuelve a entrar. De todos modos no quieres ser un gusano. No es divertido.

La voz de su hermano volvió a resonar en su cabeza.

—Te… te odio. Nunca te perdonaré. ¡Me has dejado dentro de una criatura ciega, sin piernas ni nada! ¡Lo único que podía hacer era arrastrarme!

—Lo sé —dijo ella mientras se balanceaba adelante y atrás, con la oruga en la mano—. Escúchame, ¿quieres? Esto te va a gustar. ¿Quieres que hagamos lo que he dicho? ¿Quieres que me acerque a Hoppy Harrington? Tendrías ojos y oídos. Serías una persona del mundo exterior.

—Me da miedo.

—Pero yo quiero —dijo Edie sin dejar de balancearse—. Vamos a hacerlo. Vamos a darte ojos y oídos… Ahora.

Bill no respondió. Había apartado sus pensamientos de ella y de su mundo para retirarse a aquellas regiones a las que solo él era capaz de llegar. Para hablar con «los asquerosos y peguntosos muertos» —se dijo Edie—. Esos muertos de cabeza hueca que no saben divertirse nada.

»Pues me da igual, Bill —pensó—. Porque ya lo he decidido.»

En medio de la oscuridad de la noche, con bata y zapatillas, Edie Keller avanzaba a tientas hacia la casa de Hoppy Harrington.

—Si vas a hacerlo, tienes que apresurarte —exclamó la voz de Bill desde su interior—. Lo sabe. Me lo han dicho… Los muertos me lo han dicho. Dicen que estamos en peligro. Si conseguimos acercarnos lo bastante a él, puedo asustarlo imitando a algún muerto, porque les tiene mucho miedo. Para él son como padres, montones de padres, y…

—Calla —dijo Edie—. Déjame pensar. —Se había extraviado en la oscuridad. No lograba encontrar el camino por el robledal, así que se detuvo y, con la respiración entrecortada, trató de utilizar la fría luz de la luna para orientarse.

«A la izquierda, pensó. Colina abajo. No debo caerme. Él lo oiría. Puede oír desde muy lejos, y lo oye casi todo.» Y así, paso a paso, conteniendo la respiración, descendió.

—Ya tengo una buena imitación preparada —estaba murmurando Bill. No quería callarse—. Cuando estemos cerca me conectaré con un muerto. A ti no te gustará, porque es… bastante repulsivo, pero serán sólo unos minutos, y luego podrás hablar con él directamente, desde dentro de ti. ¿Te…?

—Calla ya —dijo Edie con desesperación. Ya estaban casi encima de la casa de Hoppy. Se veían las luces allí abajo—. Por favor, Bill, por favor.

—Pero tengo que explicártelo —continuó Bill—. Cuando…

Enmudeció. En el interior de Edie no había nada. Estaba vacía.

—Bill —dijo.

Había desaparecido.

Ante sus ojos, bajo la luz apagada de la luna, flotaba algo que nunca había visto. Se alzó cimbreándose, con el cabello largo y pálido detrás, como una estela. Se levantó hasta encontrarse justo delante de su cara. Tenía unos ojos diminutos y muertos, y una boca muy grande y abierta. No era más que una cabeza redonda y dura, como una pelota de béisbol. De su boca escapó un chillido y luego, como si se hubiera liberado, volvió a ascender. Ella lo observó mientras ascendía y ascendía, por encima de los árboles, como si nadara, en aquella atmósfera que nunca hasta ahora había conocido.

—Bill —dijo—. Hoppy te ha sacado de mí. Hoppy te ha sacado fuera. «Y estás marchándote —comprendió—. Hoppy te está haciendo marchar.»

—Vuelve —dijo, pero no importaba, porque no podría vivir fuera de ella. Se lo había dicho el doctor Stockstill. No podía nacer, y Hoppy, al oírlos, lo había hecho nacer, sabiendo que así lo mataría.

«Ya no podrás hacer tu imitación. Te dije que te estuvieras callado, pero no me hiciste caso.» Por un último instante vislumbró —o creyó vislumbrar— al pequeño objeto con su estela de cabello, muy arriba, muy lejos de ella… y entonces desapareció, en completo silencio.

Estaba sola.

¿Para qué seguir? Todo había acabado. Se volvió y bajó la colina en sentido contrario, con la cabeza gacha y los ojos cerrados, a tientas. De vuelta a su casa y a su cama. Por dentro se sentía en carne viva. Notaba un desgarro que estaba produciéndose en aquel preciso momento. «No podías estarte callado… —pensó—. No te habría oído. Te lo dije.»

Flotando en el aire, Bill Keller oía un poco y sentía a los árboles y los animales vivos que se movían entre ellos. Notaba la acción de la presión sobre sí. Sentía cómo lo levantaba en vilo, pero entonces se acordó de su imitación y la hizo. Su voz brotó diminuta en el aire frío. Sus oídos la captaron y exclamó:

—Se nos ha enseñado una terrible lección por nuestra necedad.

Y el eco de su voz en sus propios oídos le provocó un inmenso placer.

La presión sobre él remitió. Ascendió nadando felizmente y luego volvió a descender. Bajó y bajó y, justo antes de tocar el suelo, se puso de costado, hasta quedarse, guiado por la presencia viviente del interior, flotando a escasos centímetros sobre el suelo de la casa de Hoppy Harrington.

—¡Es la voluntad de Dios! —gritó con su fina y aguda vocecilla—. Este espantoso ejemplo nos demuestra que ha llegado la hora de detener las pruebas nucleares a gran altitud. ¡Quiero que todos le escribáis cartas al presidente Kennedy! —No sabía quién era el presidente Kennedy. Una persona viva, quizá. Miró a su alrededor, pero no lo vio. Vio a la fauna de un bosque de robles, vio a un pájaro de pico enorme y grandes ojos abiertos, que planeaba batiendo las alas sin hacer ruido. Soltó un chillido de terror al ver que la silenciosa ave de plumaje marrón se deslizaba hacia él.

El pájaro emitió un espantoso sonido, una expresión de hambre y de ansias de desgarrar.

—¡Todos! —chilló Bill mientras huía por el aire frío y oscuro—. ¡Debéis escribir cartas de protesta!

Los brillantes ojillos del ave lo seguían mientras ambos planeaban sobre las copas de los árboles a la luz de la luna.

La lechuza lo alcanzó y lo engulló en un instante.

Una vez más, estaba dentro. Ya no podía ver ni oír. Había sido un instante fugaz, que ya había terminado.

La lechuza ululó y continuó su vuelo.

—¿Puedes oírme? —le preguntó Bill Keller.

Tal vez pudiera, tal vez no. Era una lechuza. No era como Edie. «¿Puedo vivir dentro de ti? —se preguntó—. Escondido quién sabe dónde… Tú tienes tus vuelos, tus planeos.» Con él, en el interior de la lechuza, se encontraban los cuerpos de varios ratones y de una criatura que aún se debatía y arañaba, lo bastante grande como para conservar el deseo de vivir.

—Abajo —le dijo a la lechuza. Vio, a través de sus ojos, los robles. Ahora veía con claridad, como si todo estuviera lleno de luz. Había millones de objetos inmóviles, pero de pronto reparó en uno que reptaba lentamente. Estaba vivo y la lechuza voló hacia él. La criatura reptante, sin sospechar nada, sin oír nada, salió a campo abierto.

Un instante después se la habían tragado. La lechuza continuó su vuelo.

«Bien —pensó—. ¿Hay algo más? ¿Esto se repite toda la noche, una y otra vez, y luego el baño, cuando llueve, y las largas y muertas siestas? ¿Esta es la mejor parte? Sí, lo es.»

—Fergesson no deja beber a sus empleados —dijo—. Va contra su religión, ¿no? —Y luego añadió—: Hoppy, ¿de dónde viene la luz? ¿De Dios? Ya sabes, como dice la Biblia. Pero ¿es cierto?

La lechuza ululó.

En su interior, un millón de criaturas muertas gimotearon tratando de captar su atención. Escuchó, volvió a escuchar, seleccionó entre ellas…

—Asqueroso monstruito… —dijo—. Ahora escucha. Nos quedaremos aquí. Estamos por debajo del nivel de la calle. Las bombas no nos alcanzarán aquí. La gente de arriba va a morir. Aquí abajo estaremos a salvo. El espacio para ellos.

Asustada, la lechuza batió las alas. Ganó altura, tratando de esquivarlo. Pero él continuó, seleccionando, escogiendo y escuchando después.

—Quédate aquí —repitió. Las luces de la casa de Hoppy volvieron a aparecer. La lechuza había dado una vuelta e, incapaz de escapar de él, regresaba por donde había venido. La obligó a quedarse donde él quería. Sus pasadas la llevaban cada vez más cerca de Hoppy—. Estúpido monstruo —dijo—. Nos quedamos aquí.

La lechuza, en un esfuerzo desesperado, regurgitó y vomitó, y Bill cayó en picado, tratando de sustentarse en las corrientes de aire. Se estrelló entre el humus y la vegetación; rodó por el suelo soltando pequeños chillidos hasta ir a detenerse finalmente en un hoyo.

Liberada, la lechuza remontó el vuelo y desapareció.

—Que la compasión del hombre sea testigo de esto —dijo Bill mientras permanecía allí tendido, en su hoyo, con la voz de un ministro ya muerto, dirigiéndose a la congregación a la que habían pertenecido Hoppy y su padre—. Somos nosotros los que hemos hecho esto. Esto que estamos viendo no es más que el resultado de la estupidez del hombre.

Sin los ojos de la lechuza sólo veía vagamente. La inmaculada iluminación había desaparecido y lo único que le quedaba eran varias formas imprecisas y cercanas. Arboles.

También veía el contorno de la casa de Hoppy, recortado contra el lúgubre cielo de la noche. No estaba lejos.

—Déjame entrar —dijo Bill moviendo la boca. Trató de rodar por las paredes del hoyo. Se meneó de un lado a otro moviendo la hojarasca—. Quiero entrar.

Un animal lo oyó y se alejó cautelosamente.

—Entrar, entrar, entrar —dijo Bill—. No puedo quedarme mucho tiempo aquí fuera. Moriré. Edie, ¿dónde estás? —No sentía su presencia. Sólo sentía la del focomelo que había dentro de la casa.

Como pudo, empezó a rodar hacia él.

A primera hora de la mañana, el doctor Stockstill llegó a casa de Hoppy Harrington con la intención de comunicarse con el enfermo del cielo, Walter Dangerfield, a través del transmisor de aquél. El transmisor estaba encendido, así como diversas luces por toda la casa. Confundido, llamó a la puerta.

Se abrió la puerta y allí apareció Hoppy Harrington, en el centro del focomóvil, mirándolo con una expresión extraña, cauta, como si estuviera a la defensiva.

—Quiero intentarlo de nuevo —dijo Stockstill, a pesar de saber que era en vano—. ¿Te parece bien?

—Sí, señor —dijo Hoppy.

—¿Dangerfield sigue vivo?

—Sí, señor. Si hubiera muerto, yo me habría enterado. —Su vehículo se hizo a un lado para dejarlo pasar—. Debe de seguir ahí arriba.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Stockstill—. ¿Has estado despierto toda la noche?

—Sí —dijo Hoppy—. Aprendiendo a hacer cosas. —El focomóvil giró sobre sí mismo—. Es difícil —dijo, extrañamente preocupado. El vehículo chocó contra el extremo de una mesa—. Le he dado por error —dijo—. Lo siento. No era mi intención.

—Estás diferente —dijo Stockstill.

—Soy Bill Keller —dijo el focomelo—. No Hoppy Harrington. —Señaló con el extensor manual derecho. —Hoppy está ahí. De ahora en adelante, ése será él.

En un rincón yacía un objeto de varios centímetros de longitud, arrugado y con aspecto de masa pastelera. Tenía la boca como congelada, boquiabierta. Había algo humano en él, y Stockstill se acercó para recogerlo.

—Ese era yo —dijo el focomelo—. Pero anoche conseguí acercarme lo bastante como para hacer el cambio. Se resistió mucho, pero tenía miedo, así que al final acabé con él. Utilicé una imitación detrás de otra. La del ministro fue la que pudo con él.

Stockstill, sin soltar a la pequeña y encogida criatura, no dijo nada.

—¿Sabe usted cómo manejar el transmisor? —preguntó el focomelo al cabo de un rato—. Porque yo no. Lo he intentado, pero nada. Consigo que funcionen las luces. Se encienden y se apagan. He estado toda la noche intentándolo. —Para demostrarlo, llevó el vehículo hasta la pared, donde encendió y apagó el interruptor de la luz utilizando el extensor manual.

Al cabo de un momento, Stockstill, mirando a la criatura minúscula y muerta que tenía en la mano, dijo:

—Sabía que no sobreviviría.

—Lo hizo, algún tiempo —dijo el focomelo—. Casi una hora. No está mal, ¿verdad? Parte del tiempo estuvo en una lechuza. No sé si eso cuenta.

—Será… será mejor que intente ponerme en contacto con Dangerfield —dijo al fin Stockstill—. Podría morir en cualquier momento.

—Sí —dijo el focomelo con un asentimiento—. ¿Quiere que yo coja eso? —Alargó el extensor y Stockstill le dio el homúnculo—. La lechuza me comió —dijo—. No fue agradable, aunque tenía buenos ojos. Eso fue lo mejor, usar sus ojos.

—Sí —dijo Stockstill, pensativo—. Las lechuzas poseen una visión extraordinaria. Me imagino que habrá sido toda una experiencia. —Se sentó junto al transmisor—. ¿Qué vas a hacer ahora?

—Tengo que acostumbrarme a este cuerpo —dijo el foco—. Pesa mucho. Siento la gravedad… Normalmente me limito a flotar. ¿Sabe una cosa? Creo que estos extensores son una maravilla. Ya puedo hacer un montón de cosas con ellos. —Los extensores se movieron a su alrededor como látigos, tocaron un cuadro de la pared y al instante se alargaron en dirección al transmisor—. Tengo que ir a buscar a Edie —dijo el foco—. Probablemente piense que estoy muerto.

Stockstill encendió el micrófono y se preparó para contactar con el satélite.

—Walt Dangerfield —dijo—. Aquí el doctor Stockstill, de West Marin. ¿Puede oírme? Si es así, déme una respuesta. —Hizo una pausa y volvió a repetir lo que había dicho.

—¿Puedo irme? —preguntó Bill Keller—. ¿Puedo ir a buscar a Edie?

—Sí —dijo Stockstill mientras se frotaba la frente. Hizo un esfuerzo por ordenar sus pensamientos y añadió—: Ten cuidado. Eso que haces… tal vez no puedas repetirlo.

—No quiero volver a cambiar —dijo Bill—. Estoy contento porque, por primera vez, aquí no hay nadie más que yo. —La fina cara del foco esbozó una sonrisa—. Ya no soy parte de nadie más.

Stockstill volvió a pulsar el botón del micrófono—. Walt Dangerfield —repitió—. ¿Me oye? —«¿Tiene sentido? —se preguntó—. ¿Merece la pena seguir adelante?»

—Ahora que he salido, ¿puedo ir al colegio? —dijo el foco mientras rodaba por la habitación en su cochecito como un abejorro atrapado.

—Sí —murmuró Stockstill.

—Aunque ya sé un montón de cosas —dijo Bill—. Escuchaba mientras Edie estaba en la escuela. Me gusta el señor Barnes, ¿a usted no? Es un profesor muy bueno… Creo que me va a gustar ser alumno suyo. —Y luego añadió—: Me pregunto qué diría mi madre…

—¿Cómo? —preguntó Stockstill, confundido. Y entonces comprendió a quién se refería. A Bonnie Keller. «Sí —pensó—, estaría bien saber qué dice Bonnie. Esta es su justa recompensa por tantas y tantas aventuras… por años y años de acostarse con un hombre detrás de otro.»

Volvió a pulsar el botón del micrófono. Y lo intentó una vez más.

—Hoy he hablado con tu hija después de las clases —le dijo el señor Barnes a Bonny Keller—. Y tengo la sensación de que sabe lo nuestro.

—Oh, Jesús, ¿cómo va a saberlo? —dijo Bonny. Se levantó con un quejido. Se arregló la ropa y se abrochó la blusa. Qué contraste con Andrew Gill, que siempre le hacía el amor a campo abierto, a plena luz del día, junto a los caminos jalonados de robles de West Marin, donde podía pasar cualquiera. Gill le hacía el amor cada vez como la primera: atrayéndola hacia sí, sin parloteos, vacilaciones, ni murmullos… «Quizá debería volver con él», pensó.

«Quizá —pensó—, debería dejarlos a todos, a Barnes, a George y a la chiflada de mi hija. Debería irme a vivir con Gill sin ocultarlo, desafiar a la comunidad, y ser feliz, por una vez.»

—Bueno, si no vamos a hacerlo —le dijo a Barnes—, podemos ir al auditorio Forrester y escuchar la sesión de tarde del satélite.

Complacido, Barnes preguntó:

—Tal vez encontremos setas comestibles de camino.

—¿Lo dices en serio? —dijo Bonny.

—Claro.

—Serás fracasado —dijo ella sacudiendo la cabeza—. Pobre fracasado. ¿Para qué viniste a West Marin desde Oregón? ¿Para dar clases a niños pequeños y recoger setas?

—No es una vida tan mala —dijo Barnes—. Es la mejor que he conocido, incluso antes de la guerra. Y además… te tengo a ti.

Bonny Keller se levantó con aire de pesimismo. Salió al camino con las manos en los bolsillos. Barnes fue tras ella tratando de seguir su ritmo.

—Voy a quedarme en West Marin —dijo—. Es el fin de mis viajes. —Resoplando, añadió—: A pesar de lo que me ha pasado hoy con tu hija…

—No te ha pasado nada —dijo Bonny—. No es más que tu conciencia, que te hace sentir culpable. Vamos, quiero oír a Dangerfield. Al menos él, cuando habla, es divertido.

Tras ella, Barnes había encontrado una seta y se había agachado para examinarla.

—¡Es una cantarela! —exclamó—. Comestible. Muy sabrosa. —La recogió y empezó a buscar más—. Voy a prepararos a George y a ti un guiso —informó a Bonny al encontrar una segunda.

Mientras esperaba a que terminara, Bonny se encendió un Gold Label de luxe especial de Andrew Gill, suspiró y se alejó unos pasos por el camino tapizado de hierba y jalonado de robles.

NOTA:

Una odisea terrícola [17 de marzo de 1964] [sin publicar hasta ahora, recopilado por PKD a partir de fragmentos de Dr. Bloodmoney].


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