A pesar de la hora, la luz estaba encendida en el edificio de apartamentos Abraham Lincoln porque era la noche de Todos los Santos; los residentes, los seiscientos en total, habían sido convocados en el salón del subsuelo de conformidad con los estatutos de la comunidad. Entraron con rapidez, de uno en uno, hombres, mujeres y niños. En la puerta, Bruce Corley, armado con un caro y moderno lector de carnés, se aseguró de que no se colaba nadie del exterior. Los residentes se sometían a la identificación de buena gana y todo avanzaba muy deprisa.
—Eh, Bruce, ¿cuánto nos ha costado ese trasto? —preguntó Joe Purd, el residente más viejo del edificio. Se había instalado allí en mayo de 1980, el mismo día que se había inaugurado el edificio. Su esposa estaba muerta y sus hijos habían crecido, se habían casado y se habían largado. Pero Joe seguía allí.
—Mucho —dijo Bruce Corley—, pero es a prueba de fallos. Vamos, que es totalmente fiable. —Hasta aquel día, en su condición de sargento de armas, había filtrado a los asistentes basándose únicamente en su capacidad para reconocerlos. Pero de ese modo había dejado pasar a un par de cretinos de Red Robin Hill III, que habían arruinado la reunión con sus preguntas y comentarios. No volvería a pasar.
La señora Wells repartió copias de la orden del día con una sonrisa impasible, mientras repetía una y otra vez la misma cantinela:
—El punto 3 A, «Aprobación de las reparaciones de la azotea», se ha trasladado al 4 A, tomen nota. —Los residentes aceptaban el orden del día y a continuación se bifurcaban en dos corrientes que fluían hacia los dos lados del salón. La facción liberal ocupaba los asientos de la derecha y la facción conservadora los de la izquierda. Ambas ignoraron de manera conspicua la presencia de la otra. Algunas personas sin afiliación —residentes nuevos o tipos excéntricos— tomaron asiento en la parte de atrás, cohibidos y silenciosos en medio de una sala que era un hervidero de pequeños conciliábulos. El tono y el ambiente eran de tolerancia, pero los residentes sabían que aquella noche se preparaba un choque. Presumiblemente, ambos bandos estaban preparados para ello. Por todas partes se oía el crujido de los documentos, las peticiones y los periódicos que se leían y pasaban de mano en mano.
Sobre el estrado, sentado a la mesa junto con los cuatro administradores del edificio, se encontraba el presidente, Donald Klugman, aquejado aquella noche de un dolor de tripa. Hombre de naturaleza apacible, aborrecía este tipo de reuniones. Ni siquiera cuando estaba meramente sentado entre el público las aguantaba, y aquella noche tenía que desempeñar un papel activo en el asunto. La rotación reglamentaria lo había colocado en la silla de la presidencia, como a cualquier otro residente cuando le llegaba el turno y, claro, tenía que ser precisamente aquella noche cuando el asunto de la escuela llegara a su clímax.
La sala estaba casi llena. Patrick Doyle, el actual piloto celeste del edificio, lleno de aparente fervor con su toga blanca, alzó las manos para pedir silencio.
—La plegaria inicial —dijo con voz ronca. Carraspeó, sacó una pequeña tarjeta y continuó—: Que todo el mundo cierre los ojos e incline la cabeza. —Miró de soslayo a Klugman y a los administradores, y el presidente le indicó que continuara con un gesto de la cabeza—. Padre celestial —dijo—, nosotros, los residentes del edificio comunitario Abraham Lincoln, te pedimos que bendigas la asamblea de esta noche. Eh…, te suplicamos que, en tu misericordia, nos permitas conseguir los fondos para las reparaciones de la azotea, que nos parecen esenciales. Te pedimos salud para nuestros enfermos, trabajos para nuestros desempleados y sabiduría para nosotros a la hora de admitir bajo nuestro techo a aquellos que desean unirse a nosotros. Te pedimos también que no permitas que entre gente del exterior que amenace nuestras vidas ordenadas y celosas de la ley, y te pedimos especialmente, si es tu voluntad, que liberes a Nicole Thibodeaux de las jaquecas que le han impedido aparecer últimamente en televisión. Esperamos que esas jaquecas no tengan nada que ver con lo ocurrido hace dos años, cuando, como todos recordamos, a un tramoyista se le cayó aquel peso sobre su cabeza que la mandó varios días al hospital. Sea como sea, amén.
—Amén —repitió el público.
Klugman se levantó de su asiento y dijo:
—Ahora, antes de proceder con el orden del día, disfrutaremos de unos minutos de solaz gracias al talento de nuestros convecinos, primero, las tres hermanas Fettersmoller, del apartamento 205, interpretarán un número de claqué a los acordes de la canción I’ll Build a Stairway to the Stars. —Volvió a sentarse y las tres niñas rubias que el público había visto en tantas actuaciones anteriores salieron al escenario.
Mientras las sonrientes hermanas Fettersmoller, con sus pantalones de rayas y sus brillantes chaquetas plateadas, ejecutaban sus pasos sobre el escenario, se abrió la puerta del exterior y apareció un residente tardío, Edgar Stone.
Aquella noche llegaba tarde porque había estado corrigiendo los exámenes del vecino de al lado, el señor Ian Duncan, y, a decir verdad, su mente seguía aún en el examen y en el pésimo resultado del pobre señor Duncan, al que apenas conocía. Aunque aún no había terminado la corrección, ya estaba casi convencido de que no lo superaría.
En el escenario, las chicas Fettersmoller cantaban con sus voces chirriantes. Stone se preguntó por qué estaba allí. Puede que únicamente por evitar la multa, puesto que aquella noche la asistencia era obligatoria. Los recurrentes concursos de talento no le decían nada. Aún se acordaba de los viejos tiempos, cuando los aparatos de televisión llevaban a las casas buenos programas realizados por profesionales. Ahora, claro está, todos los buenos profesionales estaban a sueldo de la Casa Blanca, y la televisión era un medio únicamente educativo. El señor Stone se acordó de las películas antiguas, con cómicos como Jack Lemmon y Shirley MacLaine, y, al volver a mirar a las gemelas Fettersmoller, dejó escapar un gemido.
Corley lo oyó y le dirigió una mirada severa.
Al menos se había ahorrado la plegaria. Le mostró su tarjeta de identidad a la nueva máquina de Corley y éste lo dejó entrar al pasillo para que pudiera ir a sentarse. ¿Estaría Nicole allí aquella noche? ¿Habría un cazatalentos de la Casa Blanca entre el público? No vio ningún rostro desconocido. Las chicas Fettersmoller estaban perdiendo el tiempo. Se sentó, cerró los ojos y se limitó a escuchar, incapaz de seguir presenciando aquello. «Nunca lo conseguirán —pensó—. Al final tendrán que aceptarlo, y sus padres también. Carecen de talento, como el resto de nosotros… Los apartamentos Abraham Lincoln han añadido muy poco a la reserva cultural del país, a pesar de su laboriosa determinación, y vosotras no vais a cambiar eso».
El patetismo de la ambición de las chicas Fettersmoller le hizo recordar una vez más los exámenes que Ian Duncan, tembloroso y pálido, le había entregado aquella misma mañana. Si Duncan fallaba sería aún peor que lo de las Fettersmoller, porque a él no le dejarían seguir viviendo en el Abraham Lincoln. Lo perderían de vista para siempre. Regresaría a un estado tan antiguo como despreciado: volvería a encontrarse en un dormitorio comunal, haciendo trabajos forzados, como todos ellos durante su juventud.
Claro que también le devolverían el dinero que había pagado por su piso, una generosa suma que representaba la única inversión importante de su vida. Sólo desde ese punto de vista, Stone lo envidiaba. «¿Qué haría yo —se preguntó mientras permanecía allí con los ojos cerrados— si recuperara mi dinero ahora mismo, en uno de los suburbios de chabolas? Puede que emigrara». «Podría comprarme una de esas navecillas ilegales que venden en las Junglas…».
Los aplausos lo sacaron de sus ensoñaciones. Las chicas habían terminado, así que se sumó a ellos. En la tarima, Klugman reclamaba silencio con los brazos.
—Muy bien, amigos. Sé que todos hemos disfrutado mucho con la actuación, pero esta noche hay mucho más. Y luego están los asuntos serios, no lo olvidemos.
Esto hizo sonreír a Stone.
«Sí —pensó—. Los asuntos serios». Estaba tenso porque era uno de los radicales que quería abolir la escuela del Abraham Lincoln y enviar a los niños a una escuela pública, donde estarían en contacto directo con niños de otros edificios.
Era la clase de idea que encontraba siempre muchísima oposición. Sin embargo, en las últimas semanas había recabado muchos apoyos. Qué experiencia más enriquecedora sería: los niños descubrirían que la gente de otros edificios no era diferente a ellos. Las barreras entre los edificios de apartamentos caerían y nacería un nuevo entendimiento.
Al menos así lo veía Stone, pero los conservadores pensaban de otro modo. Decían que era demasiado pronto para eso. Los niños pelearían por ver qué edificios de apartamentos era mejor. Más adelante, sí…, pero de momento, todavía era demasiado pronto.
Arriesgándose a una grave multa, Ian Duncan decidió faltar a la asamblea y quedarse en casa aquella noche, estudiando los textos oficiales del gobierno sobre la historia religioso-política de Estados Unidos: los relpol, los llamaban. Sabía que flojeaba en eso; ya le costaba comprender los factores económicos que habían contribuido, a lo largo del siglo XX, a modelar la situación actual, así que las ideologías políticas y religiosas… Por ejemplo, la aparición del Partido Demócrata Republicano. Originalmente habían sido dos partidos diferentes, enfrentados en una infructuosa lucha por el poder, al igual que los actuales edificios de apartamentos. En el año 1985 se habían unificado y desde entonces, como un partido único, gobernaba una sociedad estable y pacífica, y a todos sus elementos. Todo el mundo pagaba sus impuestos, asistía a las reuniones y, cada cuatro años, votaba en las elecciones presidenciales…, al candidato que creían que más le gustaría a Nicole.
Era tranquilizador saber que ellos, el pueblo, tenían el poder de decidir quién sería el marido de Nicole durante los cuatro años siguientes; en cierto sentido, esto otorgaba al electorado el poder absoluto, incluso sobre la propia Nicole. Como en el caso del último presidente, Taufic Negal. Las relaciones entre la Primera Dama y él eran frías, lo que indicaba que a ella no le gustaba demasiado su último cónyuge. Pero, por descontado, como era una dama, nunca lo reconocería.
¿Cuándo empezó la posición de la Primera Dama a superar en importancia a la del presidente?, preguntaba el relpol. «En otras palabras, ¿cuándo se volvió matriarcal nuestra sociedad? —pensó Ian Duncan—. Alrededor de 1990. Esa me la sé. Hubo algunos indicios anteriores. El cambio se produjo gradualmente. Cada año que pasaba, la figura del presidente se volvía más anónima, mientras que la Primera Dama iba monopolizando más y más el interés del público. Fue el público quien lo hizo posible. ¿Fue la necesidad de contar con una madre, una esposa, una amante o quizá las tres a la vez? En cualquier caso, ya tienen lo que querían; tienen a Nicole y ella es esas tres cosas y muchas otras».
En el rincón de su salón el televisor emitió un taaang que indicaba que estaba a punto de encenderse. Con un suspiro, Ian Duncan cerró el manual y concentró su atención en la pantalla. Un programa especial, relacionado con alguna actividad de la Casa Blanca, supuso. Una visita más, o un exhaustivo análisis (con todo lujo de detalles) sobre la última afición u ocupación de Nicole. ¿Se había aficionado a coleccionar porcelana china? De ser así, tendrían que ver todas y cada una de sus tazas Royal Blue.
En efecto, el rostro redondo y moteado de Maxwell Jamison, secretario de información de la Casa Blanca, apareció en la pantalla. Levantó una mano e hizo su ya clásico gesto de saludo.
—Buenas tardes, pueblo de esta nación nuestra —dijo con solemnidad—. ¿Alguna vez se han preguntado cómo sería descender al fondo del océano Pacífico? Nicole sí lo ha hecho, y para responder a esta pregunta ha reunido en la sala de los tulipanes de la Casa Blanca a tres de los más importantes oceanógrafos del mundo. Esta noche hablará con ellos para todos ustedes, en una grabación realizada por la Junta de Asuntos Públicos de la Red Triádica Unificada.
«Y ahora iremos a la Casa Blanca —se dijo Ian Duncan. Al menos indirectamente—. Nosotros, que no podemos llegar hasta allí, que carecemos de talentos dignos de interesar a la Primera Dama siquiera una velada; nosotros podemos verlo de todos modos, a través de la cuidadosamente reglamentada ventana de nuestros aparatos de televisión».
La verdad es que aquella noche no tenía ganas de verlo, pero le parecía recomendable hacerlo: puede que hubiera un examen sorpresa al final. Y una buena nota en un examen sorpresa podía compensar la mala nota que, a buen seguro, iba a obtener en su último examen político, que en aquel mismo momento estaría corrigiendo su vecino, el señor Stone.
En la pantalla aparecieron entonces las bellas y tranquilas facciones, la pálida tez y los ojos inteligentes, el sabio y al mismo tiempo vivaz semblante de una mujer que había conseguido monopolizar su atención, a la que un país, y casi el planeta entero, seguía de manera obsesiva. Al verla, Ian Duncan se sintió embargado por el miedo. Le había fallado. De algún modo, el resultado de sus exámenes llegaría hasta ella, y aunque no diría nada, su decepción estaría allí.
—Buenas noches —dijo Nicole con la voz susurrante y ligeramente ronca que la caracterizaba.
—Lo que pasa es —se oyó Duncan murmurar— que no tengo cabeza para la abstracción. O sea, a toda esta filosofía religioso-política no le encuentro sentido. ¿No podría concentrarme en la realidad concreta? Tendría que estar fabricando ladrillos o zapatos.
«Debería estar en Marte —pensó—. En la frontera. Aquí me estoy pudriendo. Deja que me vaya, Nicole —se dijo con desesperación—. No me obligues a presentarme a más exámenes, porque no tengo la menor oportunidad de aprobarlos. Lo mismo que este programa sobre los fondos marinos; cuando termine ya habré olvidado todo lo que han dicho. No le sirvo de nada al Partido Demócrata Republicano».
Pensó en su hermano. «Al podría ayudarme». Trabajaba para Loony Luke en uno de sus concesionarios, vendiendo unas pequeñas naves de plástico y metal que hasta los más pringados podían permitirse. Naves que, con un poco de suerte, podían llegar hasta Marte. «Al —se dijo—, podrías conseguirme una de ésas…, a precio de mayorista».
En la pantalla del televisor, Nicole estaba diciendo:
—Y la verdad es que es un mundo fascinante, un mundo de entidades luminosas que sobrepasan en variedad y maravilla cualquier cosa que podamos encontrar en otros planetas. Los científicos aseguran que hay más formas de vida en los océanos…
Su rostro desapareció, reemplazado por una secuencia que mostraba unos peces extraños y grotescos. «Esto forma parte de la propaganda —comprendió Ian Duncan—. Un intento deliberado de que apartemos nuestra mente de Marte y de la idea de escapar del Partido…, y de ella». En la pantalla, un pez de aspecto bulboso estaba mirándolo. A su pesar, logró capturar su atención. «Jesús —se dijo—. Qué mundo más raro. Nicole, me tienes atrapado. Ojalá Al y yo hubiéramos triunfado. Ahora mismo podríamos estar actuando para ti, haciéndote feliz. Mientras tú entrevistaras a esos oceanógrafos de fama mundial, Al y yo estaríamos tocando discretamente en segundo plano, quizá una de las variaciones en dos partes de Bach».
Fue hasta el armario de su apartamento, se agachó y sacó un objeto cuidadosamente envuelto en una tela. «Cuánta fe teníamos en esto», recordó. Desenvolvió la jarra con delicadeza; aspiró hondo y tocó un par de notas vacías. Los Hermanos Duncan y su Orquesta de Jarras, formada por Al y él mismo, especializados en sus propias versiones de obras de Bach, Mozart y Stravinsky. Pero el cazatalentos de la Casa Blanca…, maldito. No les había dado una sola oportunidad. La cosa estaba hecha, les había dicho. Jesse Pigg, el fabuloso jarrista de Alabama, había acudido a la Casa Blanca para entretener y deleitar a los doce miembros más uno de la familia Thibodeaux con sus versiones de Derby Ram, John Henry y obras así.
—Pero —había protestado Ian Duncan— lo nuestro es la música clásica. Tocamos sonatas de Beethoven.
—Ya los llamaremos —dijo con brusquedad el cazatalentos—. Si Nicky muestra interés en el futuro.
¡Nicky! Ian se había quedado blanco. Tales confianzas con la Primera Dama… Al y él habían abandonado cuchicheando el escenario con sus jarras para que pudieran salir los siguientes, un grupo de perros caracterizados como personajes de Hamlet. Los perros tampoco lo habían conseguido, pero ése era un pobre consuelo.
—Según me han dicho —estaba diciendo Nicole en aquel momento—, llega tan poca luz a las profundidades oceánicas que…, en fin, miren a este curioso espécimen. —Un pez precedido por una especie de brillante linterna apareció en la pantalla.
En ese momento llamaron a la puerta. Ian dio un respingo y fue a abrir, lleno de inquietud. Su vecino, el señor Stone, estaba allí. Parecía nervioso.
—¿No está en la reunión de Todos los Santos? —dijo—. Si lo comprueban se enterarán. —Traía los exámenes corregidos.
—¿Qué tal lo he hecho? Dígame —preguntó Ian, y se preparó para recibir la respuesta.
Stone entró en el apartamento y cerró la puerta. Volvió la mirada hacia el televisor, vio a Nicole sentada en compañía de sus oceanógrafos, le prestó atención un instante y entonces, con voz ronca, dijo:
—Bien. —Le ofreció el examen.
—¿He aprobado? —preguntó Duncan. No podía creerlo. Sostuvo el examen y lo miró con incredulidad. Y entonces entendió lo que había pasado. Stone había conspirado para que lo superara. Había falsificado la puntuación, posiblemente por razones humanitarias. Duncan alzó la cabeza y se miraron sin decir nada. «Es horrible —pensó—. ¿Qué voy a hacer ahora?». Su reacción lo dejó asombrado, pero ahí estaba.
«Quería suspender —comprendió—. ¿Por qué? Para poder salir de aquí, y tener una excusa para abandonarlo todo, mi apartamento, mi trabajo y largarme. Emigrar sin otra cosa que la ropa que llevara encima, en una navecilla destartalada que caería hecha pedazos en cuanto tocara el suelo de Marte».
—Gracias —dijo con abatimiento.
—Hoy por ti, mañana por mí —respondió Stone.
—Oh, sin duda —dijo Duncan.
Stone abandonó el apartamento, dejándolo a solas con la televisión, la jarra, los exámenes falsificados y sus pensamientos.
«Al, tienes que ayudarme —pensó—. Tienes que sacarme de aquí. Ni siquiera soy capaz de fracasar solo».
En la pequeña trastienda de la Jungla de Cacharros n.º 3, Al Duncan, con los pies encima de la mesa, fumaba un cigarro mientras veía pasar a los transeúntes por las calles del centro de Reno, Nevada. Más allá del brillo de los cacharros nuevos, engalanados con banderolas y serpentinas, vio una forma que esperaba, oculta bajo el cartel que anunciaba: Loony Luke.
Y no fue el único que la vio; en aquel momento llegaban por la calle una mujer, y un hombre, precedidos por un niño que, con una exclamación, empezó a gesticular vigorosamente.
—¡Eh, papá, mira! ¿Sabes lo que es? ¡Mira, es un papula!
—Vaya —dijo el hombre con una sonrisa—, pues sí. Marion, mira, una de esas criaturas marcianas, escondida debajo de ese cartel. ¿Qué te parece si vamos a hablar un poco con ella? —Se dirigió hacia allí en compañía del muchacho. La mujer, sin embargo, continuó por la acera.
—¡Vamos, mamá! —suplicó el niño.
En su oficina, Al manipuló delicadamente los mandos que tenía debajo de la camisa. El papula salió de debajo del cartel de Loony Luke y, dirigido por Al, se encaminó sobre sus seis gruesas patas hacia la acera. Con un sombrerito estúpido redondo sobre las antenas, dirigió su bizca mirada hacia la mujer. Establecido el tropismo, el papula fue tras ella, con gran satisfacción del padre y el hijo.
—¡Mira, papá, está siguiendo a mamá! ¡Eh, mamá, date la vuelta y mira!
La mujer volvió la cabeza, vio el achaparrado organismo, con su cuerpo de bicho, y se echó a reír. «A todos les encanta el papula —se dijo Al—. Qué gracioso es el papula. Habla, papula. Saluda a la agradable señora que se está riendo de ti».
Los pensamientos del papula, dirigidos a la mujer, alcanzaron a Al. Estaba saludándola, diciéndole lo mucho que se alegraba de conocerla. La tranquilizó con sus pensamientos y fue atrayéndola hasta conseguir que volviera por la acera y se reuniera con su marido y su hijo. Allí estaban los tres, recibiendo los impulsos mentales que emanaban de una criatura marciana que había llegado a la Tierra sin planes hostiles y sin capacidad alguna de causar daño. El papula los amaba, igual que ellos a él. Se lo dijo en aquel momento: les transmitió la gentileza, la cálida hospitalidad a la que estaba acostumbrado en su propio planeta.
Qué lugar tan maravilloso debía de ser Marte, estarían pensando el hombre y la mujer en aquel momento, mientras el papula emitía sus recuerdos, su actitud. «No es un lugar frío y paranoide, como la sociedad terrícola. Nadie espía a los demás, nadie corrige los eternamente repetidos exámenes políticos semanales y los entrega a los comités de seguridad una semana de cada dos. Pensad en ello», estaba diciéndoles el papula mientras ellos permanecían ahí, en la acera, paralizados, incapaces de seguir adelante. «Allí seréis vuestros propios amos, libres para trabajar vuestra propia tierra, profesar vuestras propias creencias y ser vosotros mismos. Miraos aquí, temerosos hasta de permanecer donde estáis, escuchándome. Temerosos de…».
—Será mejor que nos vayamos —dijo el hombre a su esposa con voz nerviosa.
—Oh, no —suplicó el niño—. Vamos, nunca había visto un papula. Seguro que trabaja en ese concesionario. —El muchacho señaló en su dirección, y Al se encontró bajo la mirada penetrante del hombre.
—Claro —dijo éste—. Los usan para vender cacharros. Ahora mismo lo que está haciendo es tratar de convencernos. —El hechizo se esfumó visiblemente en sus facciones—. Hay un hombre ahí sentado, manejándolo.
«Pero —pensó el papula—, eso no cambia la verdad de lo que digo. Aunque sea un truco para atraer clientela. Podríais ir a Marte. Podrías ir cón tu familia y verlo con tus propios ojos… Sólo necesitas el valor para liberarte. ¿Lo tienes? ¿Eres un hombre de verdad? Cómprale un cacharro a Loony Luke… Cómpralo mientras aún tienes la ocasión. Porque tú sabes que algún día, y no dentro de mucho, la ley cerrará sus fauces sobre este resquicio. Y ya no habrá más Junglas de Cacharros. No habrá más grietas en los muros de esta sociedad autoritaria por la que algunos —algunos afortunados— todavía consiguen escapar».
Manipulando los controles que llevaba en el torso, Al quiso asegurarse la venta. La intensidad de las emisiones del papula se incrementó. «Debes comprar un cacharro —instó la criatura al marido—. Financiación de primera, garantía, muchos modelos para elegir…». El hombre dio un paso hacia el aparcamiento. «Deprisa —insistió el papula—, en cualquier momento, las autoridades podrían cerrar el concesionario, y ya no podrías hacerlo».
—Así es como lo hacen —dijo el hombre con dificultades—. El animal atrapa a la gente con su hipnosis. Tenemos que irnos. —Pero no se fue. Ya era demasiado tarde. Iba a comprar un cacharro y Al, en su oficina, ya estaba tirando del carrete.
Se levantó poco a poco. Hora de salir y cerrar el trato. Desactivó el papula, abrió la puerta de la oficina y salió al aparcamiento…, donde, un rostro que conocía demasiado bien, caminaba en su dirección entre los cacharros. Era su hermano Ian, al que no veía desde hacía años. «Joder —pensó—. ¿Qué querrá? Y precisamente ahora…».
—Al —dijo su hermano mientras lo llamaba con gestos—. ¿Podemos hablar un momento? ¿Estás muy ocupado? —Sudoroso y pálido, se acercó y miró a su alrededor con algo que parecía pánico. Su aspecto había empeorado mucho desde la última vez que se habían visto.
—Escucha… —dijo Al con rabia. Pero ya era demasiado tarde. La pareja y su niño habían dado media vuelta y se alejaban rápidamente por la acera.
—No quería molestar —musitó Ian.
—No molestas —respondió Al mientras seguía con mirada triste al matrimonio—. ¿Qué pasa, Ian? No tienes buen aspecto. ¿Estás enfermo? Pasa a la oficina. —Condujo a su hermano al interior y cerró la puerta.
—He venido por las jarras. ¿Recuerdas cuando queríamos llegar a la Casa Blanca? Al, tenemos que intentarlo de nuevo. La verdad es que no puedo seguir así. No soporto haber fracasado en lo que, para los dos, era la cosa más importante de nuestra vida. —Jadeando, se limpió el sudor de la frente con el pañuelo. Le temblaban las manos.
—Yo ya ni conservo la jarra —dijo Al tras una pequeña pausa.
—Pues tienes que ayudarme. Podemos grabar nuestras partes por separado, usando mi jarra, y luego enviar la cinta a la Casa Blanca. Esta sensación de opresión… No sé si puedo vivir con ella. Tengo que volver a tocar. Si empezáramos a practicar las Variaciones Goldberg ahora mismo, en dos meses podríamos…
Al lo interrumpió:
—¿Aún vives en ese sitio? ¿El Abraham Lincoln?
Ian asintió.
—¿Y sigues trabajando en Palo Alto como inspector de maquinaria? —No entendía por qué estaba su hermano en aquel estado—. Demonios, si las cosas empeoran, siempre puedes emigrar. Pero volver a lo de las jarras es imposible. Llevo años sin tocar; de hecho, desde la última vez que nos vimos. Un minuto. —Giró los diales del mecanismo que controlaba el papula; junto a la acera, la criatura respondió y regresó lentamente a su posición, bajo el cartel.
Al verlo, Ian dijo:
—Pensaba que estaban todos muertos.
—Y lo están.
—Pero ése se mueve y…
—Es falso —dijo Al—. Un títere. Lo controlo yo. —Le enseñó a su hermano el aparato de control—. Atrae a la gente que pasa por la calle. De hecho, se supone que Luke tiene uno de verdad, en el que se basan los otros. Nadie sabe si es cierto y la ley no puede tocarlo porque, técnicamente, es ciudadano de Marte. Aunque tenga uno de verdad, no pueden hacer nada al respecto. —Se sentó y encendió un cigarrillo—. Suspende un examen de relpol —le dijo a su hermano—. Pierde el apartamento y recupera tu depósito. Tráeme el dinero y te venderé un estupendo cacharro con el que podrás ir a Marte. ¿Te parece?
—He tratado de suspender el examen —dijo Ian—. Pero no me han dejado. Han cambiado los resultados. No dejarán que me marche.
—¿Quiénes?
—Un vecino. Se llama Ed Stone. Lo hizo deliberadamente, lo vi en su cara. Puede que pensara que estaba haciéndome un favor, no lo sé. —Miró a su alrededor—. Qué oficina más bonita. Duermes aquí, ¿no? Y cuando te mudas, te la llevas.
—Sí —dijo Al—. Siempre estamos preparados para alzar el vuelo. —La policía había estado a punto de detenerlo varias veces, a pesar de que el concesionario podía alcanzar la velocidad de escape en seis minutos. Cuando se acercaban, el papula lo detectaba, aunque no con la suficiente rapidez para que pudieran escapar con comodidad. Por lo general, se trataba de una fuga desorganizada y apresurada, y se dejaban atrás una parte del parque de cacharros.
—Vas sólo un paso por delante de ellos —murmuró Ian—. Y sin embargo no parece importarte. Supongo que es cuestión de actitud.
—Si me pillan —dijo Al—, Luke me sacará. —La figura turbia y poderosa de su jefe siempre estaba ahí, respaldándolo, así que, ¿de qué tenía que preocuparse? El magnate de los cacharros conocía un millón de trucos. El clan de los Thibodeaux limitaba sus ataques contra él a artículos de denuncia en prensa y televisión, donde se cebaban en su vulgaridad personal y la baja calidad de sus vehículos; sin duda, le tenían miedo.
—Te envidio —dijo Ian—. Envidio tu tranquilidad. Tu calma.
—¿No tiene piloto celeste tu edificio? Ve a hablar con él.
—No me serviría de nada —dijo Ian con amargura—. Ahora mismo es Patrick Doyle, y está tan mal como yo. Y Don Klugman, nuestro presidente, está peor aún. Es un manojo de nervios. De hecho, el edificio entero parece al borde de un ataque de nervios. Puede que tenga que ver con las jaquecas de Nicole.
Al miró a su hermano y vio que lo decía en serio. La Casa Blanca y todo lo que la rodeaba significaba mucho para él; seguía dominando su vida, como cuando eran niños.
—Buscaré mi jarra —dijo en voz baja—. Me pondré a practicar. Por ti. Lo intentaremos una vez más.
Ian se lo quedó mirando, boquiabierto y mudo de agradecimiento.
Sentados en la oficina del edificio Abraham Lincoln, Don Klugman y Patrick Doyle estudiaron la solicitud presentada por el señor Ian Duncan, del apartamento 304. El señor Duncan deseaba aparecer en el concurso de talentos bisemanal, cuando estuviera presente un cazatalentos de la Casa Blanca. La solicitud era completamente rutinaria, salvo por el hecho de que Ian pedía actuar junto con un individuo que no era un inquilino.
—Es su hermano —dijo Doyle—. Me habló de él una vez. Actuaban hace años. Música barroca con dos jarras. Algo novedoso.
—¿En qué edificio de apartamentos vive el hermano? —preguntó Klugman—. La aprobación de la solicitud dependerá de las relaciones entre el otro edificio y el Abraham Lincoln.
—En ninguno. Vende cacharros para ese tal Loony Luke, ya sabes. Esas naves baratas que usan para llegar a Marte. Vive en un concesionario, según tengo entendido. Se desplazan. Es una vida de nómada. Seguro que has oído hablar de ello.
—Sí —dijo Klugman— y es totalmente inadmisible. Esa actuación no puede interpretarse en nuestro escenario. Con un hombre así, no. No tengo nada en contra de que Ian Duncan toque su jarra; es un derecho fundamental y no me sorprendería que fuera una actuación satisfactoria. Pero la participación de un foráneo va en contra de nuestras tradiciones; nuestro escenario es de uso exclusivo para nuestros residentes, siempre ha sido así y tiene que seguir siendo así. Así que no tiene sentido ni hablar de ello. —Miró con aire crítico al piloto celeste.
—Es cierto —dijo Doyle—. Pero también es pariente directo de uno de los nuestros, ¿no? Está permitido invitar a los parientes a presenciar el espectáculo, así que…, ¿por qué no dejarle participar? Para Ian significaría muchísimo. Imagino que ya sabe que últimamente las cosas no le han ido demasiado bien. No es una persona demasiado inteligente. De hecho, en mi opinión debería tener un trabajo manual. Pero si posee alguna aptitud artística, por ejemplo, eso de las jarras…
Klugman examinó su documentación y vio que, dos semanas más tarde, un cazatalentos de la Casa Blanca visitaría el Abraham Lincoln. Como es natural, las mejores actuaciones se programarían aquella noche. Los Hermanos Duncan y su Orquesta de Jarras tendrían que ganarse el privilegio de estar allí, y Klugman creía que había varias actuaciones de mayor altura. Después de todo, jarras…, y ni siquiera electrónicas.
—Muy bien —le dijo a Doyle—. Adelante.
—Es un gesto encomiable —dijo el piloto celeste con una sonrisa cargada de sentimentalismo que molestó a Klugman—. Y creo que disfrutaremos todos de Bach y Vivaldi, interpretados por los inimitables Duncan con sus jarras.
Klugman se encogió por dentro, pero asintió.
La gran noche, cuando se dirigían al auditorio del piso uno del Abraham Lincoln, Ian Duncan vio que, detrás de su hermano, iba la forma achaparrada de la criatura marciana, el papula. Se detuvo en seco.
—¿Vas a llevarte eso?
—Tú no lo entiendes —dijo Al—. ¿No teníamos que ganar?
Al cabo de una pausa, Ian replicó:
—Pero así no. —Sí, lo entendía. El papula haría con el público lo mismo que había hecho con los transeúntes: ejercería su influencia mental sobre ellos para provocar una decisión favorable. Ése era el concepto de la ética que tenía un vendedor de cacharros, comprendió Ian. A su hermano le parecía la cosa más normal del mundo. Si no podían ganar con su virtuosismo, ganarían por medio del papula.
—Ay —dijo Al con un ademán—. No tires piedras contra tu propio tejado. Lo único que voy a hacer es utilizar una pequeña táctica subliminar, como lleva haciéndose siglos… Es un método muy antiguo y totalmente respetable de influir en la opinión pública. A ver, afrontémoslo, llevamos años sin tocar las jarras de manera profesional. —Tocó los controles que llevaba en la cintura y el papula correteó hacia ellos. Volvió a tocarlos…
Y, en la mente de Ian, apareció una persuasiva idea:
«¿Por qué no? Todo el mundo lo hace».
Con dificultades, dijo:
—Aparta esa cosa, Al.
Su hermano se encogió de hombros. Y aquella idea, que había invadido su mente, se retiró gradualmente. Sin embargo, un residuo de ella permaneció allí. Ya no tenía tan clara su posición.
—Eso no es nada comparado con lo que puede conseguir la maquinaria de Nicole —señaló Al al ver la expresión de su cara—. Alguno ha convertido la televisión en un instrumento de persuasión de alcance planetario… Ése es el verdadero peligro, Ian. El papula es algo tosco. Sabes que te está manipulando. Cuando escuchas a Nicole, no. La presión es sutil, pero al mismo tiempo total.
—Yo no entiendo de esas cosas —dijo Ian—. Sólo sé que si no lo conseguimos, si no logramos llegar a la Casa Blanca, la vida, por lo que a mí se refiere, dejará de tener sentido. Y ésa es una idea que nadie me ha metido en la cabeza. Simplemente, así es como me siento. La idea es mía, joder. —Abrió la puerta y Al entró en el auditorio con su jarra por el mango. Ian entró tras él y, un instante después, se encontraban los dos en el escenario, mirando una sala medio llena.
—¿Alguna vez la has visto? —preguntó Al.
—Constantemente.
—Me refiero en la realidad. En persona. En carne y hueso, por decirlo así.
—Claro que no —respondió su hermano. Ésa era la cuestión, el objeto de su obsesión, llegar a la Casa Blanca. Verla de verdad, no a través de la televisión. Dejaría de ser una fantasía. Se convertiría en realidad.
—Yo la vi una vez —dijo Al—. Acababa de aterrizar con el concesionario cerca de una calle importante de Shreveport. Era temprano, sobre las ocho de la mañana. Vi que se acercaba una comitiva de coches oficiales. Como es natural, pensé que se trataba de la policía e inicié el despegue. Pero no era la policía. Era una caravana, y Nicole iba en ella, había acudido a inaugurar un nuevo edificio de apartamentos. El más grande del mundo.
—Sí —dijo Ian—. El Paul Bunyan. —Todos los años, el equipo de fútbol americano del Abraham Lincoln jugaba contra ellos y perdía. El Paul Bunyan contaba con más de diez mil inquilinos, todos ellos procedentes de las clases administrativas. Era un edificio muy exclusivo, reservado a miembros activos del Partido, capaces de pagar sus exorbitantes alquileres.
—Tendrías que haberla visto —dijo Al, meditabundo, mientras, sentados en sus asientos, con las jarras en el regazo, observaban al público. Tocó a su papula con el pie. Se había colocado debajo de su silla, donde nadie podía verlo—. Sí —murmuró—. Tendrías que haberla visto. No es igual que en televisión. En absoluto.
Ian asintió. Había empezado a sentir aprensión. En pocos minutos los presentarían. Había llegado el momento de su prueba.
Al ver la tensión con la que agarraba su jarra. Su hermano dijo:
—¿Quieres que use el papula o no? Tú decides. —Enarcó una ceja.
—Úsalo —dijo Ian.
—Muy bien —respondió Al mientras introducía una mano en la chaqueta. Acarició discretamente los controles. Y, debajo de su silla, el papula avanzó agitando las antenas y bizqueando.
El interés del público se multiplicó al instante. Los espectadores se inclinaron hacia delante para ver mejor, algunos de ellos riendo de puro deleite.
—Mirad —dijo un hombre con tono excitado. Era Joe Purd y parecía tan emocionado como un niño—. ¡Un papula!
Una mujer se levantó para poder verlo con más claridad e Ian pensó: «A todos les encanta el papula. Vamos a ganar, toquemos la jarra o no. ¿Y luego qué? ¿Ver a Nicole nos hará más felices? ¿Es eso lo que nos sacará de este desesperado e inmenso descontento, esta nostalgia, este anhelo que nada de este mundo puede colmar?».
Ya era demasiado tarde. Las puertas del auditorio se habían cerrado y Don Klugman se había levantado y pedía silencio con las manos.
—Muy bien, amigos —dijo utilizando el micrófono que llevaba en la solapa—. Vamos a presenciar unas cuantas actuaciones para disfrute de todos. Como podéis ver en los programas, primero tenemos un grupo estupendo, los Hermanos Duncan y su Orquesta de Jarras, con un repertorio de melodías de Bach y Handel que harán las delicias de los melómanos. —Con una enorme sonrisa en los labios, se volvió hacia Ian y Al, como diciendo «¿qué os parece esta presentación?».
Al no le prestó atención. Con la mirada clavada en el público, manipuló delicadamente sus controles y luego recogió su jarra, se volvió hacia Ian y dio un pisotón. La Tocata y fuga en Re menor abría la actuación. Al empezó a soplar.
Bum, bum, bum. Bum-bum bum-bum bum bum bum. De bum, de bum, de de-de bum. Las mejillas se le hincharon y se le pusieron coloradas mientras soplaba.
El papula cruzó el escenario y luego, con una serie de torpes y graciosos movimientos, bajó hacia las primeras filas del público. Tenía que empezar a trabajar.
La noticia de que los hermanos Duncan habían sido seleccionados por el cazatalentos de la Casa Blanca, aparecida en el tablón comunitario del exterior de la cafetería, dejó a Edgar Stone estupefacto. Volvió a leer el anuncio en varias ocasiones, incapaz de entender cómo lo había conseguido aquel triste y nervioso hombrecillo.
«Tiene que estar amañado —pensó—. Justo cuando yo le entregué los exámenes políticos… Habrá conseguido que algún otro le haya hecho un favorcito». Los había oído con sus jarras; había estado presente en la actuación y, sencillamente, los Hermanos Duncan no eran tan buenos. Eran buenos, sí, tenía que admitirlo…, pero de manera instintiva sabía que había algo más.
En su interior sintió una mezcla de rabia y resentimiento por haber falsificado los resultados del examen de Duncan. «Yo lo he colocado en la senda del éxito —comprendió—. Lo he salvado. Y ahora va de camino a la Casa Blanca».
No era de extrañar que lo hubiera hecho tan mal en el examen, se dijo. Había estado ocupado practicando con la jarra. No tenía tiempo para ocuparse de los problemas cotidianos a los que tenían que enfrentarse el resto de ellos. «Debe de ser maravilloso ser artista —pensó con rencor—. Estás exento de todas las normas. Puedes hacer lo que te venga en gana».
«Se ha burlado de mí», comprendió Stone.
Cruzó el pasillo del segundo piso hasta la oficina del piloto celeste del edificio. Tocó el timbre y se abrió la puerta. En su mesa, el piloto, con el rostro arrugado por la fatiga, estaba enfrascado en su trabajo.
—Mm, padre —dijo Stone—. Quiero confesarme. ¿Tiene unos minutos? Es urgente y me pesan mucho. Los pecados, me refiero.
Patrick Doyle se frotó la frente y asintió.
—Caray —dijo—. O sequía o diluvia. Hoy han pasado diez residentes por el confesionario. Adelante. —Señaló la pequeña alcoba que había a un lado—. Siéntate y conéctate. Estaré escuchándote mientras relleno estos formularios 4-10 de Boise.
Rebosante de justa indignación, con las manos temblorosas, Edgar Stone se adhirió los electrodos del confesionario a los puntos precisos de la sien y entonces, tras recoger el micrófono, empezó a confesarse. La grabadora empezó a registrar el sonido de su voz.
—Impulsado por un falso sentido de conmiseración —empezó—, infringí una norma del edificio. Lo que más me preocupa no es el acto en sí, sino sus motivos. El acto no es más que la consecuencia natural de una actitud equivocada hacia mis convecinos. La persona en cuestión, el señor Duncan, obtuvo un resultado muy malo en su último examen relpol y yo decidí evitar su justa expulsión del Abraham Lincoln. Me identifiqué con él porque subconscientemente me considero un fracasado, como residente de este edificio y como hombre, así que falsifiqué la nota para que pudiera aprobar. Obviamente, habrá que someterlo a un nuevo examen de relpol después de anular el que falsifiqué. —Miró al piloto celeste, pero no obtuvo reacción alguna.
«Adiós a Ian Duncan y sus jarras clásicas», se dijo Stone.
El confesionario ya había analizado su confesión, emitió una tarjeta, y Doyle se levantó fatigadamente para recogerla. Tras leerla con detenimiento, dirigió la mirada hacia su vecino.
—Señor Stone —dijo—, según esto, su confesión no es tal confesión. ¿Qué le preocupa realmente? Vuelva a empezar desde el principio. No ha sondeado usted lo bastante hondo y no nos ha contado sus auténticas preocupaciones. Y le sugiero que empiece por confesar por qué, consciente y deliberadamente, ha hecho una confesión falsa.
—Nada de eso —dijo Stone, pero su voz le pareció débil incluso a él mismo—. Quizá podríamos hablarlo de manera informal. Es cierto que falsifiqué el resultado del examen de Ian Duncan. Ahora bien, en cuanto a mis motivos…
Doyle lo interrumpió.
—¿Está celoso de Duncan? ¿Por lo de su éxito con la jarra y la visita a la Casa Blanca?
Hubo un silencio.
—Es posible —admitió Stone al fin—. Pero eso no cambia el hecho de que, atendiendo a la normativa vigente, Ian Duncan no debería seguir viviendo aquí. Al margen de mis motivos para actuar, debería ser expulsado. Consulte usted el código de comunidades vecinales. Sé que contiene una sección referente a este tipo de situaciones.
—Pero no puede usted marcharse —replicó el piloto celeste— sin confesarse. Debe complacer a la máquina. Está intentando forzar la expulsión de un vecino para satisfacer sus necesidades emocionales. Confiéselo y puede que hablemos del código y de la situación de Ian Duncan.
Stone soltó un gemido y volvió a colocarse los electrodos en las sienes.
—Muy bien —masculló—. Odio a Ian Duncan porque posee talento artístico y yo, no. Estoy dispuesto a someterme al veredicto de un juicio de doce vecinos y aceptar la expiación por mi pecado… ¡Pero insisto en que Duncan sea sometido a otro relpol! No pienso dar mi brazo a torcer. No tiene derecho a seguir viviendo entre nosotros. Está mal, tanto moral como legalmente.
—Al menos ahora está usted siendo honesto —dijo Doyle.
—De hecho —dijo Stone—, me gusta la música de jarra. Estuve la otra noche y me gustó la actuación. Pero tengo que proteger los intereses de la comunidad.
El confesionario, le pareció, emitió un bufido desdeñoso al expulsar una segunda tarjeta. Pero puede que sólo fuera su imaginación.
—Está yendo a peor —dijo Doyle tras leer la tarjeta—. Mire esto. —Se la pasó a Stone—. Su mente es un verdadero caos de motivaciones ambivalentes. ¿Cuándo fue la última vez que se confesó?
Ruborizado, Stone murmuró:
—Creo que en agosto. Por entonces el piloto celeste era Pepe Jones.
—Vamos a tener que trabajar mucho con usted —dijo Doyle mientras encendía un cigarrillo y se recostaba en su asiento.
Tras muchas discusiones habían decidido que abrirían su actuación en la Casa Blanca con una pieza de Bach, la chaconne en re menor. A Al siempre le había gustado mucho, a pesar de las dificultades que acarreaba, la doble parada y todo lo demás. En cuanto a Ian, el mero hecho de pensar en la chaconne bastaba para ponerlo nervioso. Ahora que ya estaba decidido, lamentaba que no se hubieran decantado por la mucho más sencilla suite de cello sin acompañamiento n.º 5. Pero era demasiado tarde. Al ya había enviado la información al secretario de AR —Artistas y Repertorios— de la Casa Blanca, Harold Slezak.
—No te preocupes —dijo su hermano—. Eres la segunda jarra; ¿te importa?
—No —respondió Ian. De hecho, era un alivio; a Al le tocaba la parte más difícil.
Más allá del perímetro de la Jungla de Cacharros n.º 3, por la acera, se movía el papula, en busca de nuevos clientes. Eran ya las diez de la mañana y aún no habían visto a nadie digno de echarle el lazo. Aquel día el concesionario había aterrizado en la zona de las colinas de Oakland, California, entre las calles sinuosas y arboladas del mejor barrio residencial de la ciudad. Al otro lado del aparcamiento se levantaba el Joe Louis, un lujosísimo edificio de apartamentos de forma peculiar, formado por casi un millar de viviendas ocupadas principalmente por acaudalados hombres de color. A la luz de la mañana, el edificio parecía especialmente limpio y bien cuidado. El guardia con insignia y pistola que custodiaba la entrada detenía a todos los no residentes que intentaban entrar.
—Slezak tiene que aprobar el programa —le recordó Al—. Puede que Nicole no quiera oír la chaconne. Tiene gustos muy exclusivos, que cambian constantemente.
En su mente, Ian vio a Nicole, tendida en su enorme cama, con su bata rosa de volantes, estudiando el programa que se le presentaba para su aprobación mientras desayunaba. «Ya habrá oído hablar de nosotros —pensó—. En ese caso, ya existimos de verdad. Como niños que necesitan que su madre vea todo lo que hacen. Lo único que nos otorga realidad, nos valida, es la mirada de Nicole.
»Y cuando sus ojos se aparten de nosotros —pensó—. ¿Entonces qué? ¿Nos desintegraremos, volveremos al olvido?
»Volveremos —reflexionó— a ser átomos, caóticos, sin forma. Volveremos al lugar del que procedemos… Al mundo del no ser. El mundo en el que hemos pasado toda nuestra vida hasta ahora».
—Y —dijo Al— puede que nos pida un bis. Hasta podría hacer una petición concreta. He investigado un poco y, según parece, a veces le gusta oír El granjero feliz, de Schumann. ¿Lo oyes? Será mejor que ensayemos El granjero feliz, por si acaso. —Sopló unas notas en su jarra con aire pensativo.
—No puedo —dijo Ian de repente—. No puedo seguir. Significa demasiado para mí. Seguro que sale algo mal. No le gustará y nos echarán a patadas. Y nunca podremos superarlo.
—Mira —empezó a decir Al—, tenemos el papula. Y eso es una gran… —Se interrumpió. Un hombre entrado en años, alto y encorvado, con un carísimo traje azul de rayas de fibra natural se acercaba por la acera—. Dios mío, es Luke en persona —dijo. Parecía aterrorizado—. Sólo lo he visto dos veces en toda mi vida. Algo va mal.
—Será mejor que llames al papula —dijo Ian. La criatura había empezado a acercarse a Loony Luke.
Con expresión de perplejidad, Al respondió:
—No puedo. —Toqueteó desesperadamente los controles que llevaba en la cintura—. No responde.
El papula llegó junto a Luke, quien se agachó, recogió al bicho y siguió caminando con él bajo el brazo.
—Ahora lo controla él —dijo Al. Miró a su hermano con temor.
La puerta de la pequeña estructura se abrió y Loony Luke entró en la oficina.
—Nos han informado de que estás usando el papula para asuntos relacionados con tu vida privada —le dijo a Al con voz grave—. Te dijimos que no debías hacerlo. Los papulas pertenecen a los concesionarios, no a los operadores.
—Venga, Luke… —dijo Al.
—Debería despedirte —dijo Luke—, pero eres un buen vendedor, así que no voy a hacerlo. Pero tendrás que cumplir con la cuota sin ayuda. —Con el papula bajo el brazo, se dirigió hacia la puerta—. Mi tiempo es muy valioso, tengo que irme. —Vio la jarra de Al—. Eso no es un instrumento musical. Es un recipiente para beber cerveza.
—Escucha, Luke —replicó Al—. Esto es publicidad. Si actuamos para Nicole, la red de Junglas de Cacharros ganará prestigio, ¿no?
—No quiero prestigio —dijo Luke, deteniéndose en la puerta—. No quiero tener nada que ver con Nicole Thibodeaux. Dejo que ella dirija su sociedad como mejor le parezca y yo dirijo las Junglas como mejor me parece a mí. No la liemos. Dile a Slezak que no podéis actuar y olvidemos el asunto. De todos modos, ningún hombre en sus cabales se dedicaría a hacer música soplando en una jarra.
—En eso te equivocas —dijo Al—. El arte se puede encontrar en las más cotidianas manifestaciones de la vida, como estas jarras.
Luke se hurgó la boca con un mondadientes de plata y luego dijo:
—Ahora no tendrás un papula para ablandar a la primera familia. Piensa en ello… ¿Realmente crees que podéis conseguirlo sin el papula?
Tras un momento de pausa, Al dijo:
—Tiene razón. Lo conseguimos gracias al papula. Pero…, joder, hagámoslo de todos modos.
—Tienes agallas —dijo Luke—. Pero no sentido común. Sin embargo, te admiro. Ahora veo por qué te has convertido en uno de los mejores vendedores de la organización: nunca te rindes. Llévate el papula la noche de la actuación en la Casa Blanca y me lo devuelves a la mañana siguiente. —Le arrojó el rollizo bicho a Al. Éste lo agarró y lo apretó contra su pecho como si fuera un almohadón—. Puede que la publicidad nos venga bien —dijo Luke—. Pero una cosa sí te digo. A Nicole no le gustamos. Se le ha escapado demasiada gente por nuestra culpa. Somos un resquicio en la estructura de mamá, y mamá lo sabe. —Sonrió, enseñando su dentadura de oro.
—Gracias, Luke —dijo Al.
—Eso sí, yo manejaré el papula —dijo Luke—. Por control remoto. Se me da un poco mejor que a ti. A fin de cuentas, yo los construí.
—Claro —dijo Al—. De todos modos, tendré las manos ocupadas, tocando.
—Sí —dijo Luke—, necesitarás las dos manos para tocar esa jarra.
Algo en su tono hizo que Ian Duncan se sintiera intranquilo. «¿Qué pretende?», se preguntó. Pero, en cualquier caso, su hermano y él no tenían alternativa. No les quedaba más remedio que usar el papula. Y, además, seguro que Luke sabía manejarlo como nadie. Sólo un momento antes había demostrado su superioridad sobre Al y, como él mismo había dicho, éste estaría ocupado soplando su botella. Sin embargo…
—Loony Luke —dijo—, ¿conoces a Nicole en persona? —Fue un pensamiento repentino, una intuición inesperada.
—Claro —dijo Luke con voz tranquila—. Nos conocimos hace años. Yo hacía marionetas. Mi padre y yo viajábamos por el país con un espectáculo de marionetas. Finalmente llegamos a la Casa Blanca.
—¿Y qué pasó? —preguntó Ian.
Al cabo de una pausa, Luke respondió:
—No le gustamos. Dijo que nuestras marionetas eran indecentes, o algo así.
«Y la odias —comprendió Ian—. No la has perdonado».
—¿Y lo eran? —le preguntó.
—No —respondió Luke—. A ver, uno de los números era un striptease. Teníamos unas marionetas que representaban a bailarinas de cabaré. Pero nadie se había quejado nunca. Mi padre se lo tomó muy mal, pero a mí me dio igual —terminó con rostro impasible.
—¿Ya era entonces Primera Dama? —preguntó Al.
—Oh, sí —dijo Luke—. Lleva setenta y tres años en el cargo. ¿No lo sabías?
—No es posible —dijeron Al e Ian casi al unísono.
—Pues claro que lo es —repuso Luke—. Ahora es una mujer muy vieja. Una abuela. Pero seguirá teniendo buen aspecto, supongo. Lo sabréis cuando la veáis.
Aturdido, Ian dijo:
—Pero en televisión…
—Ah, sí —asintió Luke—. En televisión aparenta unos veinte años. Pero buscad en los libros de historia. Son hechos. Está todo ahí.
Los hechos, comprendió Ian, no significaban nada cuando podías ver con tus propios ojos que seguía tan joven como siempre. «Y nosotros la vemos a diario».
«Luke, estás mintiendo —pensó—. Lo sabemos. Todos lo sabemos, mi hermano la vio. Si fuera como tú dices, me lo habría dicho. La odias. Por eso lo dices». Consternado, le dio la espalda. No quería tener nada que ver con él. Setenta y tres años en el cargo… De ser verdad, casi tendría noventa. Se estremeció al pensarlo. Desterró la idea de sus pensamientos. O, al menos, lo intentó.
—Buena suerte, chicos —dijo Luke, aún con el mondadientes en la boca.
Aquella noche Ian Duncan tuvo un sueño terrible. Una vieja horrorosa lo aferraba con sus retorcidas garras verdes, tratando de conseguir que hiciera algo. Él no sabía lo que era porque su voz, sus palabras, convertidas en un indistinto torrente de sonidos que salía por su boca de dientes rotos, se perdía en la retorcida hebra de saliva que resbalaba desde sus labios hasta su barbilla. Trató de librarse…
—Por el amor de Dios —dijo la voz de Al—. Despierta de una vez; tenemos que trasladar el concesionario. Teóricamente tenemos que estar en la Casa Blanca dentro de tres horas.
«Nicole —comprendió Ian mientras se incorporaba, medio aturdido—. Estaba soñando con ella; vieja y arrugada, pero era ella».
—De acuerdo —murmuró al tiempo que abandonaba el camastro—. Oye, Al —dijo—, ¿tú crees que es tan vieja como dice Loony Luke? Y si es así, ¿qué? ¿Qué hacemos entonces?
—Tocar —respondió su hermano—. Tocar las jarras.
—Pero no podría soportarlo —dijo Ian—. No soy tan flexible. Esto está convirtiéndose en una pesadilla. Luke controla el papula y Nicole es una anciana… ¿Qué sentido tiene hacerlo? ¿No podemos volver a lo de antes, a verla en la tele y, quizá, alguna vez en la vida, la veamos desde muy lejos, como tú en Shreveport? Me he dado cuenta de que es suficiente para mí. Sólo quiero eso, su imagen. ¿Te parece bien?
—No —dijo Al, implacable—. Tenemos que hacerlo. Recuerda que siempre te queda la opción de emigrar a Marte.
El concesionario ya había levantado el vuelo y avanzaba en dirección a la Costa Este y Washington D. C.
Cuando aterrizaron, Slezak, un tipo regordete y dicharachero, los recibió con toda afabilidad. Les estrechó la mano mientras les indicaba el camino a la entrada de servicio de la Casa Blanca.
—Su programa es ambicioso —dijo con voz timbrada de entusiasmo—, pero si consiguen que les guste a todos, por mí estupendo. Por todos, me refiero a la primera familia, y en especial a la Primera Dama, a quien, por cierto, le entusiasman todas las formas de arte originales. Según los datos biográficos de que disponemos, ustedes dos realizaron un estudio de los discos del período comprendido entre 1900 y 1920 con grabaciones de todas las orquestas de jarras de la guerra de Secesión, de modo que son auténticos jarristas, con la única salvedad, claro está, de que su repertorio es clásico en lugar de folclórico.
—Exacto, señor —dijo Al.
—¿Y no podrían incluir algún número folk? —preguntó Slezak, mientras pasaban junto a los guardias de la puerta y entraban en la Casa Blanca por un pasillo alargado, cubierto por una moqueta e iluminado por velas dispuestas a intervalos regulares—. Por ejemplo, si se me permite la sugerencia, Rocckabye my Sarah Jane. ¿Está en su repertorio? Si no…
—Está —dijo secamente Al—. La añadiremos hacia el final.
—Excelente —dijo Slezak mientras los invitaba amistosamente a seguir—. Y ahora, ¿me permiten preguntar qué es esa criatura que llevan? —Miró el papula con escaso entusiasmo—. ¿Está viva?
—Es nuestro animal totémico —respondió Al.
—¿Quiere decir que es un amuleto? ¿Una mascota?
—Exacto —dijo Al—. Nos ayuda a eliminar la ansiedad. —Le dio unas palmaditas en la cabeza—. Y forma parte de la actuación. Baila mientras tocamos. Ya sabe, como uno de esos monos.
—Asombroso —dijo Slezak con renovado entusiasmo—. Ya veo. Nicole estará encantada. Siente debilidad por las cositas blandas y peludas. —Les abrió una puerta.
Y allí estaba.
«¿Cómo podía Luke estar tan equivocado?», pensó Ian. Era aún más bella que en la televisión, y la imagen era muchísimo más nítida, ésa era la principal diferencia, la fabulosa autenticidad de la apariencia, su realidad sensorial. Los sentidos percibían la diferencia. Estaba allí sentada, con unos pantalones de algodón azules, unos mocasines en los pies, una blusa blanca descuidadamente abrochada que dejaba entrever —o al menos eso le pareció a él— la piel suave y bronceada… «Con qué informalidad viste», pensó Ian. Sin afectación ni pomposidad algunas. Con el pelo muy corto, para que se pudieran admirar con más facilidad su hermoso cuello y sus orejas. «Y además —pensó—, es tan joven…». No aparentaba ni veinte años. «Qué vitalidad». La televisión era incapaz de captar el delicado resplandor de su piel y la perfección de sus contornos.
—Nicky —dijo Slezak—. Estos son los jarristas clásicos.
La Primera Dama levantó la mirada del periódico que estaba leyendo y volvió la cabeza hacia ellos. Entonces sonrió.
—Buenos días —dijo—. ¿Han desayunado? Podemos ofrecerles un poco de tocino canadiense, mantequilla y café, si les apetece. —Curiosamente, la voz no parecía proceder de ella; se materializaba en la parte superior de la sala, junto al techo, casi. Al mirar hacia allí, Ian localizó una serie de altavoces y vio que una barrera de cristal los separaba de Nicole. Una medida de seguridad, sin duda. Se sintió un poco decepcionado, a pesar de entenderlo perfectamente. Si le ocurría algo…
—Ya hemos comido, señora Thibodeaux —dijo Al—. Pero gracias. —También él estaba mirando los altavoces.
«Ya hemos comido señora Thibodeaux —pensó absurdamente Ian sin poder contenerse—. ¿No es al revés, en realidad? ¿No es ella, sentada ahí con sus pantalones de algodón azules y su camisa, la que nos devora?».
En ese momento el presidente, Taufic Negal, un hombre esbelto, atildado y de tez morena, entró en la habitación por una puerta situada detrás del asiento de Nicole. Ella lo miró y dijo:
—Mira, Taffy, tienen uno de esos papulas… Qué gracioso, ¿no?
—Sí —dijo el presidente con una sonrisa, de pie junto a su mujer.
—¿Podría verlo? —preguntó Nicole a Al—. Deje que pase. —Hizo una seña y la pared de cristal empezó a levantarse.
Al dejó el papula en el suelo y éste correteó hacia Nicole por debajo de la barrera. Se subió a su regazo de un salto, y Nicole lo sostuvo con sus fuertes manos y lo miró detenidamente.
—Caramba —dijo—. Pero si no está vivo. Es sólo un juguete.
—No sobrevivió ninguno —dio Al—. Por lo menos que sepamos. Pero es un modelo auténtico, basado en los restos que encontramos en Marte. —Dio un paso hacia ella…
La barrera de cristal volvió a bajar. Al se quedó allí, aislado del papula, con cara de tonto y boquiabierto, casi se diría que un poco enojado. Entonces, como por instinto, tocó los controles de su cintura. Durante un momento no ocurrió nada, pero entonces, por fin, el papula reaccionó. Abandonó las manos de Nicole y, de un salto, volvió al suelo. La Primera Dama, con los ojos brillantes, soltó una exclamación de asombro.
—¿Lo quieres, querida? —preguntó su marido—. Seguro que podemos conseguirte uno. O incluso varios.
—¿Qué hace? —preguntó Nicole a Al.
Slezak intervino en ese momento con voz entusiasta:
—Baila, señora, al mismo tiempo que ellos tocan. Lleva el ritmo en los huesos, ¿verdad, señor Duncan? Tal vez podrían tocar algo ahora mismo, una pieza corta, para mostrárselo a la señora Thibodeaux. —Se frotó las manos.
Al e Ian se miraron.
—C-claro —dijo Al—. Podríamos tocar una pequeña pieza de Schubert, el arreglo de La trucha. Muy bien, Ian, vamos allá. —Abrió el estuche de su jarra, la sacó y la sujetó con cierta torpeza. Ian lo imitó—. Al Duncan a la primera jarra —dijo—. Y junto a mí, mi hermano Ian, a la segunda, para ofrecerles un concierto de piezas clásicas, empezando con un poco de Schubert. —Y entonces, a una señal de Al, empezaron a tocar al unísono.
Bump bump-bump BUMP BUMP buuuump bump, ba-bumpbump-bup-bup-bup-buppppp.
A Nicole se le escapó una risilla.
«Hemos fracasado —pensó Ian—. Dios, ha ocurrido lo peor. Resultamos ridículos». Dejó de tocar. Al, sin embargo, siguió adelante, con los carrillos hinchados y colorados por el esfuerzo. Parecía no darse cuenta de que Nicole estaba tapándose la boca para disimular las carcajadas que le provocaban. Siguió tocando solo hasta el final de la pieza y entonces, finalmente, también él bajó la botella.
—El papula —dijo Nicole controlándose todo lo que podía— no ha bailado. Ni un solo paso. ¿Por qué? —Y entonces volvió a echarse a reír sin poder evitarlo.
—A-ahora mismo no lo controlo —dijo Al inexpresivamente—. Ahora mismo se maneja por control remoto. —Y le dijo al papula—. Tú, será mejor que bailes.
—Oh, es realmente maravilloso —dijo Nicole—. Mira —le dijo a su marido—, hay que pedirle que baile. Baila, como te llames, papulita de Marte…, o más bien, imitación de papulita de Marte. —Lo empujó con la punta del mocasín, tratando de conseguir que cobrara vida—. Vamos, criaturilla sintética y monísima, hecha toda de cables. Por favor.
El papula saltó sobre ella. La mordió.
Nicole chilló. Un fuerte pop sonó tras ella y el papula desapareció, transformado en una nube de partículas giratorias. Un guardia de seguridad de la Casa Blanca apareció allí, con el rifle en las manos, mirando fijamente a la Primera Dama y las partículas flotantes. Su rostro estaba en calma, pero las manos y el rifle temblaban. Al empezó a maldecir entre dientes, una especie de cantinela repetida una vez tras otra, las mismas tres o cuatro palabras sin cesar.
—Luke —dijo entonces volviéndose hacia su hermano—. Lo ha hecho. Se ha vengado. Estamos acabados. —Estaba pálido y parecía agotado. En un acto reflejo, empezó a guardar la jarra en su estuche, con una serie de movimientos automáticos, ejecutados en perfecta sucesión.
—Están ustedes arrestados —dijo un segundo guardia de seguridad que acababa de aparecer tras ellos y estaba apuntándolos con su arma.
—Claro —respondió Al con apatía, asintiendo con la cabeza y temblando como un tentetieso—. No hemos tenido nada que ver. Arréstennos.
Nicole se puso en pie con la ayuda de su marido y se acercó a los dos hermanos.
—¿Me ha mordido porque me he reído? —preguntó en voz baja.
Slezak estaba secándose el sudor de la frente. No dijo nada. Se limitó a mirarlos en completo silencio.
—Lo siento —dijo Nicole—. Lo he hecho enfadar, ¿no? Es una pena. Habríamos disfrutado mucho con su actuación.
—Ha sido Luke —dijo Al.
—Luke. —Nicole lo estudió—. Se refiere usted a Loony Luke. El dueño de esas condenadas Junglas de Cacharros medio ilegales. Sí, sé a quién se refiere. Me acuerdo de él. —Volviéndose hacia su marido, dijo—: Será mejor que lo arresten también.
—Lo que tú digas —respondió el presidente mientras apuntaba algo en un papel.
—Todo el asunto de las jarras —dijo Nicole— no era más que una tapadera para preparar este atentado, ¿no? Un crimen contra el Estado. Habrá que replantearse la política de invitar a los artistas a actuar aquí… Puede que sea un error. Es demasiado peligroso. Lo siento. —Estaba pálida y parecía triste. Cruzó los brazos y, perdida en sus pensamientos, empezó a moverse adelante y atrás.
—Créame, Nicole… —empezó a decir Al.
Con voz ausente, ella respondió:
—No soy Nicole. No me llame así. Nicole Thibodeaux murió hace años. Yo soy Kate Rupert, la cuarta que ocupa su lugar. Sólo soy una actriz lo bastante parecida a la Nicole original como para hacerme pasar por ella. A veces, cuando pasan cosas como ésta, preferiría tener otro trabajo. Carezco de autoridad real. Hay un consejo en alguna parte que se encarga del gobierno… Nunca los he visto. —Miró a su marido—. Ya saben lo que ha pasado, ¿no?
—Sí —respondió él—. Acaban de informarles.
—¿Ve usted? —dijo a Al—. Hasta él, el presidente, tiene más poder que yo. —Esbozó una sonrisa triste.
—¿Cuántas veces han atentado contra usted? —preguntó Al.
—Seis o siete —respondió ella—. Siempre por razones psicológicas. Complejos de Edipo frustrados o cosas por el estilo. La verdad es que me da igual. —Se volvió de nuevo hacia su marido—. Creo que estos dos hombres… —Señaló a Al y a Ian—. No parecen saber lo que está pasando. Puede que sean inocentes. ¿Es necesario matarlos? —preguntó a su marido, a Slezak y a los guardias de seguridad—. No veo por qué no podemos borrarles parte de la memoria y soltarlos. ¿No podríamos hacerlo?
Su marido se encogió de hombros.
—Si es lo que quieres…
—Sí —dijo ella—. Lo prefiero. Me facilitaría el trabajo. Llevadlos al centro médico de Bethesda y luego dejadlos ir. Vamos a recibir a los siguientes artistas.
Un guardia de seguridad clavó el cañón de su rifle en la espalda de Ian.
—Por el pasillo, por favor.
—Vale —murmuró Ian aferrando su jarra. «Pero ¿qué ha pasado? —se preguntó—. No termino de entenderlo. Esa mujer no es Nicole y, lo que es peor, Nicole ya no existe. Sólo existe la imagen de televisión y tras la imagen, tras la mujer, otro grupo que es el que gobierna. Una especie de consejo. Pero ¿quiénes son y cómo se hicieron con el poder? ¿Lo sabremos alguna vez? Hemos llegado tan lejos… Casi hasta saber lo que pasa en realidad. La realidad que se esconde detrás de la ilusión… ¿No podrían contarnos el resto? ¿Qué importaría ahora? ¿Cómo…?».
—Adiós —le dijo Al en aquel momento.
—¿Cómo? —respondió con horror—. ¿Por qué me dices eso? Nos van a soltar, ¿no?
—No nos acordaremos el uno del otro —dijo Al—. Créeme. No dejarán que mantengamos un lazo así. De modo que… —Extendió la mano—. De modo que adiós, Ian. Hemos llegado a la Casa Blanca. Eso tampoco lo recordarás, pero es la verdad. Lo conseguimos. —Esbozó una sonrisa torcida.
—Muévanse —les dijo el guardia de seguridad.
Con las jarras en las manos, echaron a andar por el pasillo, hacia la puerta y la ambulancia de color negro que los esperaba al otro lado.
Era de noche, e Ian Duncan se encontró en una esquina desierta, helado y tiritando, parpadeando bajo la luz blanca y cegadora del andén de carga de un monorraíl urbano. «¿Qué estoy haciendo aquí? —se preguntó con perplejidad. Consultó su reloj de pulsera. Eran las ocho—. Debería estar en la reunión de Todos los Santos, ¿no?». Estaba un poco aturdido.
«No puedo perdérmela —comprendió—. Dos seguidas… La multa puede ser espantosa. Sería la ruina». Echó a andar.
Su edificio, el Abraham Lincoln, con su red de torres y ventanales, se alzaba frente a él. No estaba muy lejos y se apresuró, respirando hondo, tratando de caminar a paso rápido. «Ya habrá terminado», calculó. Las luces del gran auditorio del subsuelo no estaban encendidas.
—Maldita sea —masculló con desesperación.
—¿Ha terminado ya la reunión de Todos los Santos? —le preguntó al portero mientras pasaba a su lado con la tarjeta de identidad en alto.
—Me parece que está usted un poco confundido, señor Duncan —dijo el portero al tiempo que volvía a guardar el arma—. Todos los Santos fue ayer. Hoy es jueves.
«Ha ocurrido algo», comprendió Ian. Pero no dijo nada. Se limitó a asentir y corrió al ascensor.
Al salir a su descansillo se abrió una de las puertas y una figura furtiva lo llamó con gestos.
—Eh, Duncan.
Era Corley. Cautelosamente, porque un encuentro así podía ser desastroso, Ian se acercó a él.
—¿Qué pasa?
—Un rumor —dijo rápidamente Corley con la voz teñida de miedo—. Sobre tu último examen relpol. Alguna irregularidad. Mañana van a despertarte a las cinco o las seis de la madrugada para hacerte un examen sorpresa. —Recorrió el pasillo de un lado a otro con la mirada—. Estúdiate el final de la década de los años ochenta y los movimientos religioso-colectivistas en concreto. ¿De acuerdo?
—Vale —dijo Ian con gratitud—. Y muchas gracias. Quizá algún día pueda… —Dejó la frase a medias porque Corley, tras entrar de nuevo en su apartamento, había cerrado la puerta. Ahora estaba solo.
«Qué detalle —pensó mientras seguía caminando—. Probablemente me haya salvado el pellejo. Si no me lo dice, me habrían expulsado de aquí para siempre».
Una vez en su apartamento se puso cómodo, con todos los manuales de historia política de Estados Unidos a su alrededor. «Voy a pasar la noche estudiando —decidió—. Tengo que pasar ese examen. No hay alternativa».
Para mantenerse despierto, encendió el televisor. Al cabo de unos segundos, el ser cálido y familiar, la presencia de la Primera Dama, cobró forma y movimiento, y empezó a llenar la habitación.
—… en el número musical de esta noche —estaba diciendo— tenemos a un cuarteto de saxofonistas que interpretará temas de las óperas de Wagner, especialmente mi favorita Los maestros cantores. Creo que a todos nos resultará una experiencia profundamente grata y enriquecedora. Y después de eso, mi marido, el presidente, y yo les hemos preparado una de sus actuaciones favoritas, la del violonchelista de fama mundial Henry LeClerq, con piezas de Jerome Kern y Cole Porter. —Sonrió e Ian Duncan, rodeado por sus manuales, le devolvió la sonrisa.
«Me pregunto cómo será tocar en la Casa Blanca —se dijo—. Actuar delante de la Primera Dama. Qué lástima que nunca haya aprendido a tocar ningún instrumento. No sé actuar, ni escribir poemas, ni bailar, ni cantar… Nada. ¿Qué esperanza me queda? Si viniera de una familia de músicos, si tuviera un padre o unos hermanos que me hubieran enseñado…».
Entristecido, tomó algunas notas sobre el auge del Partido Fascista Cristiano Francés en 1975. Y luego, atraído como siempre por el aparato de televisión, dejó el bolígrafo y se volvió hacia la pantalla. Nicole estaba mostrándoles una porcelana de Delft que había comprado, explicaba, en una tiendecita de Vermont. Qué colores más preciosos… Lo observó, fascinado, mientras ella, con sus dedos fuertes y esbeltos, acariciaba la lustrosa superficie de la porcelana.
—Miren esta porcelana —estaba murmurando Nicole con la voz susurrante que la caracterizaba—. ¿No les gustaría tener una igual? ¿No es preciosa?
—Sí —respondió Ian Duncan.
—¿A cuántos de ustedes les gustaría ver de cerca algún día una porcelana así? —preguntó Nicole—. Que levanten las manos los que respondan que sí.
Ian, esperanzado, levantó la mano.
—Oh, cuántos —dijo Nicole con una sonrisa íntima y radiante—. Bueno, puede que luego hagamos otro recorrido por la Casa Blanca. ¿Les gustaría?
Ian brincó en su silla como un niño y dijo:
—Sí, me gustaría.
En la pantalla de televisión, parecía que Nicole estuviera sonriéndole directamente a él. Así que le devolvió la sonrisa. Y entonces al fin, a regañadientes, sintiendo un gran peso, volvió con sus manuales. A las duras realidades de la vida cotidiana e interminable.
Algo golpeó contra la ventana de su apartamento y una voz débil lo llamó desde el otro lado.
—Ian Duncan, no tengo mucho tiempo.
Se volvió y allí, en la oscuridad de la noche del exterior, vio algo con forma de huevo que flotaba junto a la ventana. En su interior había un hombre que lo llamaba con gestos enérgicos. El huevo hacía putt-putt. El desconocido dejó los motores en punto muerto y abrió la compuerta de una patada.
«¿Ya va a empezar el examen? —se preguntó Ian. Se levantó, carcomido por la desesperación—. Qué pronto… Aún no estoy preparado».
Furioso, el recién llegado hizo girar el huevo hasta que el chorro de gases de los cohetes estuvo orientado hacia la superficie del edificio; la habitación se estremeció y cayeron varios trozos de yeso. El calor de los cohetes derritió la ventana. El hombre volvió a gritar desde el otro lado del agujero, tratando de atraer a Ian Duncan.
—¡Eh, Duncan! ¡Date prisa! Ya tengo a tu hermano. ¡Ha partido en otra nave! —Era un hombre viejo, con un elegante traje azul de rayas, de fibra natural. De un diestro salto, abandonó el vehículo y entró en la habitación—. Si queremos conseguirlo tenemos que marcharnos ya. ¿No me recuerdas? Lo mismo que Al. Chico, me quito el sombrero.
Ian Duncan lo miró, preguntándose quién sería, quién era Al y qué estaba pasando.
—Los psicólogos de mamá han hecho un trabajo excelente con vosotros dos —dijo el anciano, casi sin aliento—. Esa Bethesda…, menudo lugar debe de ser. Espero no verlo nunca. —Se aproximó a Ian y lo cogió del hombro—. La policía está cerrando todas las Junglas de Cacharros. Tengo que llegar a Marte y te llevo conmigo. No me mires así. Soy Loony Luke… Ahora no me recuerdas, pero lo harás una vez que estemos en Marte y vuelvas a ver a tu hermano. Vamos. —Lo empujó hacia el agujero de la pared, donde hasta hacía poco había estado la ventana, y hacia el vehículo (el «cacharro», comprendió Ian) que flotaba al otro lado.
—Vale —dijo, y se preguntó qué podía llevarse consigo. ¿Qué necesitaría en Marte? ¿Un cepillo de dientes, un pijama, un abrigo grueso…? Recorrió el apartamento con una última y frenética mirada. En la lejanía empezaron a sonar unas sirenas policiales.
Luke volvió a meterse en el cacharro e Ian, aceptando la mano que le ofrecía el anciano, entró tras él. El suelo del vehículo estaba repleto de unas criaturas de color naranja brillante, parecidas a insectos, que orientaron sus antenas en dirección a él. Papulas o algo así, creía recordar.
«Ahora todo irá bien —estaban pensando los papulas—. Loony Luke ha llegado justo a tiempo. Puedes relajarte».
—Sí —dijo Ian. Se apoyó en el costado del cacharro y se relajó. Por primera vez desde hacía muchos años se sentía en paz.
La nave salió disparada hacia la oscuridad de la noche y el nuevo planeta que la esperaba más allá.
NOTA:
Una actuación novedosa «Novelty Act». («At Second Jug») [23 de marzo de 1963], en Fantastic, febrero 1964. [Incluida en la novela de PKD Simulacra].

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