Texto aleatorio

Mientras llevaba rodando un bidón de agua de cincuenta galones desde el canal hasta su huerto de patatas, Bob Turk oyó el trueno, levantó la mirada hacia la neblina del cielo marciano de media tarde y vio la gran nave interplanetaria de color azul.

Sintió tal excitación que la saludó con el brazo. Y entonces, al leer las palabras pintadas en el costado de la nave, su alegría quedó templada por la cautela. Porque el gran casco lleno de abolladuras que en aquel momento estaba inclinando la cola era una nave feriante, llegada a aquella región del cuarto planeta para hacer negocios.

La inscripción era ésta:

EMPRESAS FALLING STAR ENTERTAINMENT

PRESENTA

RAREZAS, MAGIA, PROEZAS MAGNÍFICAS Y ¡MUJERES!

La última palabra estaba escrita en letras más grande que todas las demás.

«Será mejor que vaya a hablar con el consejo de la colonia», se dijo Turk.

Dejó el bidón de agua y se dirigió a la carrera hacia la zona de las tiendas, con la respiración entrecortada por el esfuerzo que suponía inhalar el aire enrarecido y escaso de aquel mundo colonizado. La última vez que una feria había visitado su zona, se había quedado con la mayor parte de las cosechas sin que ellos consiguieran a cambio más que un montón de inútiles figurillas de yeso. No volvería a ocurrir. Y, sin embargo…

Sentía el anhelo en su interior, la necesidad de que lo entretuvieran. Y a todos les pasaba lo mismo: todos los colonos experimentaban el deseo de lo extraordinario. Como es natural, los feriantes lo sabían y se aprovechaban de ello.

«Si lográramos mantener la cabeza fría… —se dijo Turk—. Desprendernos sólo de los excedentes de comida y fibras, no de lo que necesitamos… como si fuéramos un puñado de niños.»

Pero la vida en la colonia era monótona. Acarrear agua, luchar contra los insectos, arreglar las vallas, reparar una y otra vez la maquinaria semiautomática que trabajaba las granjas… No era suficiente. Carecía de… cultura. De solemnidad.

—¡Eh! —exclamó Turk al llegar a la parcela de Vince Guest. Vince estaba sentado sobre un arado de un cilindro, con una llave inglesa en la mano. —¿Has oído el ruido? ¡Viene gente! Más feriantes, como el año pasado… ¿te acuerdas?

—Claro —dijo Vince sin levantar la mirada—. Se quedaron con toda mi cosecha de calabaza. Que el Infierno se lleve a esas ferias ambulantes. —Su rostro se ensombreció.

—Estos tienen un aspecto diferente —le explicó Turk con la respiración entrecortada—. Nunca los había visto antes. Su nave es azul y parece que hayan estado en todas partes. ¿Sabes lo que vamos a hacer? ¿Te acuerdas de nuestro plan?

—Menudo plan —dijo Vince mientras cerraba la cabeza de la llave inglesa.

—El talento es talento —murmuró Turk, tratando de resultar convincente… no sólo para Vince, sino también, en cierto modo, para sí mismo. Hablaba para contener la alarma que sentía—. Vale, Fred es un poco tonto; pero su talento es genuino. Es decir, lo hemos probado un millón de veces y aún no sé por qué no lo usamos contra aquel feriante el año pasado. Pero ahora estamos organizados. Preparados.

Vince levantó la cabeza y dijo:

—¿Sabes lo que va a hacer ese estúpido crío? Se va a unir a los feriantes. Se marchará con él y ellos se aprovecharán de su talento. Yo no confiaría en él.

—Pues yo sí que confío —dijo Turk mientras corría hacia los edificios de la colonia, las polvorientas y erosionadas estructuras que se levantaban a poca distancia de allí. Ya podía divisar al presidente del consejo, Hoagland Rae, trabajando en su tienda. Hoagland alquilaba piezas de equipo de segunda mano a los demás colonos, que dependían en gran medida de él. Sin sus máquinas, nadie podría esquilar a las ovejas ni sacrificar a los corderos. No era de extrañar que se hubiera convertido en su líder político y económico.

Al salir a la arena compacta, Hoagland se tapó los ojos con las manos, se limpió la frente con un pañuelo doblado y saludó a Bob Turk.

—¿Y dices que son diferentes? —preguntó en voz baja.

—Así es —dijo Turk con el corazón alborotado—. ¡Y podemos ganarles, Hoag! Si hacemos las cosas bien. Es decir, Fred una vez…

—No será fácil —dijo Hoagland, pensativo—. Seguro que otras colonias han intentado usar poderes psi para ganarles. Puede que tengan a uno de esos… ¿cómo los llamas? Un anti-psi. Fred es un p-k, y si tienen un anti-p-k… —Hizo un ademán de resignación.

—Iré a decirles a los padres de Fred que lo saquen de la escuela —dijo el otro casi sin resuello—. De todos modos, es normal que los niños acudan a ver la feria. Podemos pedirles que cierren la escuela esta tarde para que Fred pueda perderse en medio del gentío. ¿Entiendes? No parecería raro. Al menos a mí no me lo parece. —Se rió entre dientes.

—Es cierto —asintió Hoagland con dignidad—. El chico de los Costner parece bastante normal. Sí, lo intentaremos. De todos modos, es lo que decidimos por votación. Estamos obligados. Ve a tocar la campana de los excedentes para que esos feriantes sepan que tenemos buenas mercancías que ofrecer. Quiero ver todas las manzanas, las nueces, los repollos y las calabazas amontonadas… —Señaló el lugar preciso—. Y un inventario detallado, con tres copias en carboncillo, en menos de una hora. —Sacó un cigarrillo y lo encendió con su mechero—. Vamos, vete.

Bob Turk se fue.

Mientras caminaban por los pastos del sur, entre las ovejas de hocico negro que masticaban la hierba dura y reseca, Tony Costner le preguntó a su hijo:

—¿Crees que podrás hacerlo, Fred? Si no, dilo. No tienes por qué hacerlo.

Fred Costner aguzó la vista y creyó divisar la feria, no muy lejos, montada frente a la nave interplanetaria. Puestos, banderolas y banderines de colores que bailaban al viento… y música grabada. ¿O sería un órgano auténtico?

—Claro —murmuró—. Puedo hacerlo. He estado practicando desde que el señor Rae me lo dijo. —Para demostrarlo, hizo que una roca se levantara, pasara describiendo un arco, volara hacia ellos a gran velocidad y volviera a caer bruscamente sobre la hierba reseca de color marrón. Una oveja la observó sin demasiado interés y Fred se echó a reír.

Una pequeña muchedumbre de colonos, niños incluidos, se había formado ya entre los puestos que se estaban levantando en aquel momento. La máquina de algodón dulce trabajaba a toda pastilla; el aire olía a palomitas; un enano pintado de vivos colores y con un traje de vagabundo llevaba un enorme racimo de globos de helio, para fascinación de Fred.

—Lo que debes buscar, Fred —dijo su padre— es el juego que ofrezca los mejores premios.

—Lo sé —dijo Fred mientras empezaba a recorrer los puestos con la mirada. «No necesitamos muñecas hula-hula —se dijo—. Ni cajas de caramelos de agua salada.»

En algún lugar de la feria se ocultaban los auténticos tesoros. Puede que fuera en la diana de pelotas adhesivas, en la rueda de la fortuna o en la mesa de bingo. Fuera donde fuese, estaba allí. Lo captaba, lo olía. Apretó el paso.

—Mmm, creo que voy a dejarte solo, Freddy —dijo su padre con voz tensa y débil. Había visto una de las plataformas de las chicas y era incapaz de apartar los ojos del escenario. Una de las chicas ya estaba… Pero, entonces, el ruido de un camión le hizo volverse y se olvidó de la mujer que exhibía sus generosos senos desnudos sobre la plataforma. El camión estaba trayendo la producción de la colonia para que los colonos la intercambiaran por boletos de la feria.

Mientras se encaminaba hacia allí, el chico se preguntó cuánto habría decidido gastar Hoagland Rae después del saqueo de la última vez. Parecía mucho, y al verlo, Fred se sintió orgulloso. Evidentemente, la colonia tenía mucha confianza en sus habilidades.

Entonces captó la inconfundible fragancia del psi.

Emanaba de una caseta situada a la derecha y dirigió sus pasos hacia allí. Aquello era lo que protegían los feriantes, el único juego en el que no podían permitirse el lujo de perder. Era, vio, una de las casetas, donde un monstruo hacía las veces de diana; el monstruo era un descabezado, el primero que veía el asombrado Fred.

El descabezado, como cabía esperar, no tenía cabeza. Todos sus órganos sensoriales, los ojos, la nariz y los oídos, se habían desplazado a otras partes de su cuerpo antes de su nacimiento. Su boca, por ejemplo, se encontraba en el centro de su pecho, y en cada uno de sus hombros parpadeaba un ojo. Era una criatura deforme, pero no desvalida y Fred sintió respeto al verla. El descabezado podía oír, oler y ver tan bien como el que más. Pero ¿qué hacía exactamente en el juego?

El descabezado se sentaba en su caseta, dentro de una cesta suspendida sobre una bañera llena de agua. Detrás de él había una diana y, al ver un montón de pelotas de béisbol cerca de donde se encontraba, Fred comprendió cómo funcionaba el juego: si alguien le daba a la diana con una de las pelotas, el descabezado caería a la bañera. Para impedirlo, el feriante utilizaría sus poderes psi. En aquel lugar, el olor era casi insoportable. Sin embargo, de momento era incapaz de determinar si procedía del descabezado, de la dueña de la caseta o de un tercer feriante aún desconocido.

La dueña, una joven delgada, vestida con pantalones holgados, suéter y zapatillas deportivas, le ofreció a Fred un bate de béisbol.

—¿Preparado para jugar, capitán? —preguntó con una sonrisa insinuante, como si no fuera totalmente imposible que pudiera ganar.

—Me lo estoy pensando —dijo Fred. Estaba examinando los premios.

El descabezado soltó una risilla y, desde el pecho, la boca dijo:

—Se lo está pensando… ¡Lo dudo! —Volvió a reírse y Fred se ruborizó.

En ese momento apareció su padre tras él.

—¿Quieres jugar? —dijo. Hoagland Rae también estaba allí. Los dos hombres flanqueaban al muchacho. Consultaron los precios. ¿Qué eran? «Muñecas», pensó. Al menos eso parecían. Las pequeña formas, vagamente masculinas, descansaban apiladas en pulcras filas sobre los estantes que la dueña tenía a la izquierda. No se le ocurría ninguna razón por la que el feriante pudiera querer protegerlas. No parecían tener valor. Se acercó para ver mejor…

Hoagland se lo llevó a un lado y, con aire consternado, le preguntó:

—Pero, aunque ganemos, Fred, ¿qué ganamos? Nada que podamos usar. Sólo esas figuras de plástico. Ni siquiera podemos cambiárselas a otras colonias. —Parecía decepcionado; las comisuras de sus labios se habían doblado hacia abajo en una mueca de consternación.

—No creo que sean lo que parecen —dijo Fred—. Pero la verdad es que no sé lo que son. En cualquier caso, déjeme probar, señor Rae. Sé que es ésta. —Desde luego, los feriantes así lo creían.

—Lo dejo en tus manos —dijo Hoagland Rae con pesimismo. Intercambió una mirada con el padre de Fred y luego le dio al muchacho una alentadora palmada en la espalda—. Vamos —anunció—. Haz lo que puedas, muchacho. —El grupo entero, con la incorporación ahora de Bob Turk, se acercó a la caseta donde aguardaba el descabezado con ojos brillantes.

—¿Se han decidido, amigos? —preguntó la delgada e impasible dueña del puesto, mientras arrojaba al aire una pelota de béisbol y volvía a recogerla.

—Toma —Hoagland le tendió a Fred un sobre. Eran las ganancias de los excedentes de la colonia, en forma de boletos de la feria. Aquello era todo lo que habían obtenido a cambio. Era todo lo que tenían y estaba allí ahora.

—Lo intentaré —le dijo Fred a la chica mientras le entregaba un boleto.

La chica sonrió mostrando unos dientes pequeños y afilados.

—¡Arrójame a la bañera! —dijo el descabezado—. ¡Sumérgeme y gana un valiosísimo premio! —Y volvió a reírse con auténtico deleite.

Aquella noche, en el taller que había delante de su tienda, Hoagland Rae, sentado con una lupa de joyero en el ojo derecho, examinaba una de las figurillas que el hijo de Tony Costner había ganado en la feria de empresas Falling Star Entertainment aquella mañana.

Quince figurillas en fila descansaban apoyadas en la pared opuesta del taller de Hoagland.

Con un par de tenazas diminutas, Hoagland abrió la parte posterior de la estructura con forma de muñeca, que contenía un intrincado conjunto de circuitos.

—El muchacho tenía razón —le dijo a Bob Turk, quien se encontraba tras él, fumando un cigarrillo de tabaco sintético, presa de una agitación convulsa—. No es una muñeca; está llena de circuitos. Puede que sea propiedad de la ONU y la hayan robado. Ya sabes, uno de esos mecanismos automáticos especiales que el gobierno usa para un millón de tareas diferentes, espionaje, cirugía de reconstrucción para veteranos de guerra, y quién sabe qué más…

Mientras lo decía, abrió delicadamente la parte delantera de la figurilla.

Más circuitos y más de esas piezas en miniatura que, incluso con la lupa, resultaban extraordinariamente difíciles de ver. Se rindió. Después de todo, su experiencia se limitaba a reparar cosechadoras y maquinaria parecida. Aquello era demasiado para él. Una vez más, volvió a preguntarse cómo exactamente iba a utilizar la colonia aquellos microrrobots. ¿Debían devolvérselos a la ONU? Y, entre tanto, la feria había recogido sus cosas y se había marchado. No había forma de averiguar de dónde las habían sacado.

—A lo mejor anda —sugirió Turk.

Hoagland buscó un interruptor, pero no encontró ninguno. ¿Órdenes verbales?, se preguntó.

—Anda —le ordeno. La figurilla permaneció inerte—. Creo que es algo importante —le dijo a Turk—. Pero… —Hizo un ademán—. Llevará su tiempo; tenemos que ser pacientes. —Tal vez se llevaran una de las figurillas a Ciudad M, donde había ingenieros de verdad, expertos en electrónica y técnicos de todas clases… pero quería hacerlo él. No confiaba en los habitantes de la gran zona urbana de la colonia.

—A esos feriantes no les ha hecho ninguna gracia que les ganáramos una y otra vez —dijo Bob Turk con una risilla—. Fred dice que estuvieron todo el rato tratando de utilizar su propio psi, pero se llevaron un buen chasco cuando…

—Guarda silencio —dijo Hoagland. Había encontrado la fuente de energía de la figurilla; ahora sólo necesitaba rastrear el circuito hasta llegar a un interruptor. Luego sólo tendría que cerrarlo para que el mecanismo funcionara. Era, o más bien parecía, así de sencillo.

No tardó mucho en encontrar el interruptor del circuito. En un botón microscópico, oculto bajo la forma de la hebilla del cinturón de la figurilla… Exultante, Hoagland pulsó el interruptor con sus pequeñas pinzas, depositó la figurilla sobre el banco de trabajo y esperó.

La figurilla se agitó. Introdujo la mano en un elemento colgante que ceñía al costado, una especie de bolsita. Extrajo de su interior un minúsculo tubo, con el que apuntó a Hoagland.

—Espera —dijo Hoagland con voz débil. Tras él, Turk, que había palidecido, buscaba dónde esconderse. Algo explotó en su cara, una luz que lo lanzó hacia atrás; cerró los ojos y lanzó un chillido de terror.

—¡Nos están atacando! —gritó, pero no oyó su propia voz. No oyó nada. Impotente, empezó a sollozar en una oscuridad que no tenía fin. A tientas, alargó las manos de manera implorante…

La enfermera de la colonia se encontraba sobre él, sosteniendo una botella de amoníaco bajo sus fosas nasales. Con un gemido, logró levantar la cabeza y abrir los ojos. Seguía en su tienda, rodeado por un círculo de habitantes de la colonia, Bob Turk entre ellos, todos con expresión de grave alarma.

—Esas muñecas, o lo que sean —acertó a susurrar Hoagland—, nos han atacado. Ten cuidado. —Se volvió tratando de ver la hilera de muñecas que había apoyado con cuidado en la pared opuesta—. He activado una de ellas prematuramente —musitó—. Se activan cerrando el circuito; lo he disparado, así que ahora ya lo sabemos. —Y entonces parpadeó.

Las muñecas habían desaparecido.

—Me fui en busca de la señorita Beason —le explicó Bob Turk— y cuando he vuelto, habían desaparecido. Lo siento. —Lo dijo con tono de disculpa, como si lo ocurrido fuera responsabilidad suya—. Pero estabas herido y temía que pudieras estar muerto.

—Muy bien —dijo Hoagland mientras se incorporaba. Le dolía la cabeza y tenía náuseas—. Has hecho lo que debías. Será mejor que traigáis al chaval de los Costner. Quiero saber lo que opina. —Y añadió—. Bueno, nos han timado. Por segundo año consecutivo. Sólo que esta vez es peor. «Esta vez, pensó, habíamos ganado. Fue mejor el año pasado, cuando únicamente nos ganaron.»

Y tuvo un extraño presentimiento.

Cuatro días después, mientras Tony Costner recogía las malas hierbas en su huerta de calabazas, un movimiento de la tierra hizo que se detuviera. En silencio, sus manos buscaron la horca mientras pensaba: «Es un topo-M que está excavando, comiéndose las raíces. Lo cazaré.» Levantó la horca y, cuando la tierra volvió a removerse, lo descargó violentamente sobre el fino y arenoso suelo. Algo que había debajo de la superficie chilló de dolor y de miedo. Tony Costner cogió una pala y empezó a retirar la tierra. Había un túnel allí y en su interior agonizante, una masa de tembloroso y palpitante pelaje: un topo marciano, tal como le habían permitido intuir sus largos años de experiencia, con los ojos vidriosos de agonía y los largos colmillos a la vista.

Acabó con su agonía y luego se inclinó para examinarlo. Porque algo le había llamado la atención: un destello metálico.

El topo marciano llevaba un arnés.

Era artificial, claro está; el arnés encajaba perfectamente en el hirsuto cuello del animal. Un par de cables, tan finos como pelos y casi invisibles, salían del arnés y se introducían en la cabeza del topo, cerca de la parte delantera del cráneo.

—Señor —dijo Tony Costner mientras recogía el topo y el arnés, y se ponía en pie, embargado de ansiedad y sin saber qué hacer. En ese instante lo relacionó todo con las muñecas de la feria; se habían ocultado y habían hecho aquello, aquella… La colonia, tal como había dicho Hoagland, estaba siendo atacada.

Se preguntó qué habría hecho el topo de no haberlo matado.

El topo pretendía algo. Estaba excavando un túnel… ¡hacia su casa!

Un rato más tarde, estaba sentado junto a Hoagland Rae, en el taller de éste. Rae había desmontado cuidadosamente el arnés e inspeccionado su interior.

—Un transmisor —dijo, y carraspeó ruidosamente, como si su asma infantil hubiera vuelto—. De corto alcance, no llegará ni a un kilómetro. Estaba dirigiendo al topo; puede que le enviara una señal para indicarle dónde se encontraba y lo que tenía que hacer. Supongo que los electrodos estarán conectados con los centros de placer y dolor del cerebro… De ese modo, se le podría controlar con facilidad. —Miró a Tony Costner de soslayo—. ¿Qué te parecería llevar un arnés como ese?

—No lo llevaría —dijo Tony, temblando. En ese momento, de repente, sintió el deseo de estar de regreso en la Tierra, a pesar de la superpoblación. Anhelaba la presión de la multitud, los olores y los sonidos de las grandes aglomeraciones de hombres y mujeres que se movían por las aceras y bajo las luces. Se dio cuenta entonces, como en un destello, de que nunca le había gustado la vida en Marte. Demasiado solitaria, comprendió. «Cometí un error. Mi esposa… ella me obligó a venir.»

No obstante, era un poco tarde para empezar a pensar en eso.

—Creo —dijo Hoagland, impávido— que lo mejor es notificárselo a la policía militar de la ONU. —Arrastrando los pies, se acercó al teléfono de la pared, levantó el auricular y marcó el número de emergencia. Se volvió hacia Tony y, en un tono hecho a partes iguales de disculpa y de ira, añadió—: no puedo aceptar la responsabilidad por esto, Costner. Es demasiado.

—También es culpa mía —dijo Tony—. Cuando vi a esa chica, se había quitado la parte superior del vestido y…

—Oficina regional de seguridad de la ONU —declaró una voz por el auricular en un volumen lo suficientemente alto como para que Tony Costner pudiera oírla.

—Tenemos un problema —dijo Hoagland. Y procedió a explicar la llegada de la nave de empresas Falling Star Entertainment y todo lo que había sucedido a continuación. Mientras hablaba se limpió la sudorosa frente con el pañuelo. Parecía viejo y cansado, muy necesitado de descanso.

Una hora después la policía militar aterrizó en el centro de la única calle de la colonia. Un agente uniformado de la ONU, de mediana edad, con un maletín en la mano, bajó de ella, miró a su alrededor bajo la amarillenta luz del atardecer y vio a la multitud, con Hoagland Rae a la cabeza como a modo portavoz.

—¿Es usted el general Mozart? —dijo Hoagland con voz insegura mientras le tendía una mano.

—En efecto —dijo el corpulento oficial de la ONU mientras se estrechaban la mano—. ¿Podría ver el dispositivo, por favor? —Parecía sentir cierto desdén por los tristes y dubitativos habitantes en la colonia. Hoagland lo percibió con toda claridad y esto hizo que su sensación de fracaso y depresión se acrecentara.

—Claro, general. —Le indicó el camino hacia su tienda y el taller de la parte trasera.

Tras examinar el cadáver del topo marciano, con sus electrodos y su arnés, el general Mozart dijo:

—Lo más probable es que ganaran algo que ellos no querían perder, señor Rae. Su destino final, es decir su auténtico destino, no era esta colonia. —Su desaprobación volvió a manifestarse, mal disimulada. ¿Quién podía querer nada de aquella zona?—. Me decanto más bien, aunque esto es una mera especulación, por la Tierra u otras regiones más pobladas. Sin embargo al utilizar ustedes trucos parapsicológicos en el juego… —Se interrumpió y consultó su reloj de pulsera—. Rociaremos los campos de la región con gas arsina. Sus conciudadanos y usted tendrán que evacuar la región entera; esta misma noche, de hecho. Les proporcionaremos transporte. ¿Me permite que utilice su teléfono? Pediré el transporte… Vaya usted reuniendo a la gente. —Miró a Hoagland con una sonrisa pensativa y luego se dirigió el teléfono para llamar a su oficina en Ciudad M.

—¿Y el ganado también? —Preguntó Rae—. No podemos sacrificarlo. —Se preguntaba cómo iban a meter las ovejas, los perros, y el ganado en el transporte de la ONU en mitad de la noche. «Menudo lío», pensó con tristeza.

—Por supuesto que el ganado también —dijo con brusquedad el general Mozart, como si Rae fuera imbécil.

El tercer ciervo que subieron a bordo del transporte de la ONU llevaba un arnés en el cuello; el policía militar de la escotilla de entrada lo vio, le pegó un tiro sin perder un momento y llamó a Hoagland para que se encargara del asunto.

Sentado en cuclillas junto al ciervo muerto, Hoagland Rae examinó el arnés y los cables. Al igual que en el caso del topo marciano, el arnés conectaba por medio de unos delicados cables de plomo el cerebro del animal con el organismo inteligente, fuera el que fuese, que había instalado el aparato y que parecía que se encontraba a no más allá de kilómetro y medio de la colonia. «¿Qué se supone que iba a hacer el animal? —se preguntó mientras desconectaba al arnés—. ¿Matarnos? o… espiar. Más bien lo segundo.» El transmisor que contenía el arnés emitía un zumbido audible; estaba permanentemente encendido y captaba todo los sonidos de los alrededores. Así que ahora sabían que habían llamado al ejército, comprendió Hoagland. «Y que hemos detectado dos de sus autómatas.» La intuición le decía que aquello significaba el fin de la colonia. La zona sería pronto el campo de batalla de un enfrentamiento entre la ONU y los… quienquiera que fuesen. Empresas Falling Star Entertainment. Se preguntó de dónde procederían. Evidentemente, de más allá del sistema solar.

En ese momento, un chaqueta negra, es decir un agente de la policía secreta de la ONU, con su característica casaca negra, se sentó a su lado y le dijo:

—Anímese. Gracias a ustedes lo hemos conseguido. Nunca habíamos podido demostrar que esos feriantes fueran hostiles. Ahora, ya no podrán llegar a la Tierra. —Le sonrió y desapareció apresuradamente en la oscuridad, donde esperaba un tanque de la ONU.

«Sí —pensó Hoagland—. Les hemos hecho un favor a las autoridades. Y ellas nos recompensarán trasladándonos de manera masiva.»

Tenía la sensación de que la colonia no volvería a ser la misma. Porque, como mínimo, no habían conseguido resolver sus propios problemas; se había visto obligada a pedir ayuda al exterior. A los mayores.

Tony Costner le echó una mano con el ciervo muerto. Entre los dos lo llevaron a un lado, jadeando de agotamiento. El cuerpo aún estaba caliente.

—Me siento en parte responsable —dijo Tony una vez que lo dejaron en el suelo.

—Pues yo no —dijo Hoagland. Sacudió la cabeza—. Y tú no deberías.

—No he visto a Fred desde que empezó todo esto —dijo Tony con tristeza—. Se ha marchado. Tenía miedo de que los agentes de la ONU lo encontraran. Y están en las afueras, peinándolo todo. —Parecía adormecido, como si no pudiera asumir aún lo que estaba ocurriendo—. Un policía militar me ha dicho que podremos volver por la mañana. El gas ya habrá acabado con todo. ¿Crees que se habrán encontrado con algo como esto antes? No lo han dicho, pero parecen tan eficientes… Parecen tan seguros de lo que están haciendo…

—Sabe Dios… —dijo Hoagland. Se encendió un auténtico cigarro Optimo hecho en la Tierra y fumó en sombrío silencio, mientras observaba cómo llevaban al transporte un rebaño entero de ovejas de hocico negro. «¿Quién habría pensado que la proverbial invasión de la Tierra adoptaría esta forma? —se preguntó—. A partir de aquí, de nuestro modesto asentamiento, bajo la forma de un grupo de pequeñas figurillas electrónicas, poco más de una docena en total, que conseguimos ganarle con enorme esfuerzo a empresas Falling Star Entertainment. Y lo más irónico es que, como ha dicho el general Mozart, los invasores ni siquiera querían dejarlas aquí.»

Bob Turk, que acababa de llegar tras él, dijo en voz baja:

—Supongo que eres consciente de que va a ser una pérdida de tiempo. Es evidente. El gas matará a todos los topos y las ratas, pero no acabará con los microrrobots, porque no necesitan respirar. La ONU tendrá que dejar pelotones de casacas negras en la región durante semanas, puede que durante meses. Ese ataque con gas es sólo el comienzo. —Lanzó una mirada acusadora a Tony Costner—. Si tu hijo…

—Ya está bien —dijo Hoagland con voz cortante—. Es suficiente. Si yo no hubiera abierto aquella máquina, si no hubiese cerrado el circuito… Puedes echarme la culpa, Turk. De hecho, será un placer dimitir. Podéis dirigir la colonia sin mí.

En ese momento la voz de uno de los soldados de la ONU habló de forma atronadora por los altavoces:

—¡Todas las personas que estén escuchándome, prepárense para subir a bordo! La zona se rociará con gas venenoso a las 14:00. Repito… —Los altavoces repitieron la frase varias veces, primero en una dirección y luego en otra; sus ecos se perdieron en la oscuridad de la noche.

Fred Costner caminaba dando tumbos por un terreno desconocido e irregular, resollando a causa de la culpa y la fatiga; ni le importaba dónde se encontraba ni hacía el menor esfuerzo por ver a dónde se dirigía. Lo único que quería era marcharse. Había destruido la colonia y todo el mundo, de Hoagland Rae a todos los demás, lo sabía. Por culpa suya…

En la lejanía, tras él, sonó una potente voz amplificada:

—¡Todas las personas que estén escuchándome, prepárense para subir a bordo! La zona se rociará con gas venenoso a las 14:00. Repito, todas las personas que estén escuchándome… —La misma frase se repitió una tras otra, como el repique de la campana. Fred siguió adelante, tratando de escapar del estrépito de la voz, tratando de alejarse cada vez más.

La noche olía a arañas y a malas hierbas resecas; podía notar la desolación del paisaje que lo rodeaba. Había dejado atrás la zona de cultivos; ya no caminaba por los campos de los colonos, sino por una tierra agreste que no había conocido nunca vallas ni forma alguna de delimitación. Pero lo más probable era que también rociaran aquella zona. Las naves de la ONU pasarían de un lado a otro lanzando el gas y después de eso llegarían las fuerzas especiales, protegidas con máscaras de gas y armadas con lanzallamas y detectores de metal, para tratar de localizar a los quince microrrobots que se habían refugiado bajo tierra, en las madrigueras de las ratas y las alimañas.

«Donde pertenecen —se dijo Fred Costner—. Pensar que yo las quería para la colonia; creía que, como la feria quería conservarlas, debían de ser muy valiosas.»

Se preguntó de manera vaga si habría algún modo de deshacer lo que había hecho. Encontrar a los quince microrrobots, además del que había estado a punto de matar a Hoagland Rae y… no tuvo más remedio que echarse a reír. Era absurdo. Aunque encontrara su escondrijo (suponiendo que todos ellos se hubiesen escondido en el mismo sitio), ¿cómo iba destruirlos? Y encima estaban armados. Hoagland Rae había escapado por los pelos y eso que sólo lo había atacado uno.

Una luz se encendió más adelante.

En la oscuridad no podía distinguir las formas que se movían al borde de la luz. Se detuvo y esperó mientras trataba de orientarse. Por allí andaba gente, de un lado a otro, y pudo oír las voces amortiguadas de hombres y mujeres y el ruido de la maquinaria en movimiento. La ONU no enviaría mujeres. No eran las autoridades.

Algo había ocultado una parte del cielo, de las estrellas y de la tenue capa de neblina nocturna, y al instante se dio cuenta de que estaba viendo el contorno de un objeto estacionario de grandes dimensiones.

Podía ser una nave, apoyada sobre la cola, a punto de despegar. La forma más o menos se correspondía.

Se sentó temblando de frío en la noche marciana y con la mirada entornada, en un intento por rastrear el paso de las indistintas y laboriosas formas. ¿Había regresado la feria? ¿Se trataba de nuevo del vehículo de empresas Falling Star Entertainment? Extrañamente, en aquel momento se le ocurrió una idea: las casetas, las banderolas, las tiendas, las plataformas, los espectáculos de magia, las plataformas de las chicas, los monstruos y los juegos de azar estaban volviendo a levantarse allí, en mitad de la noche, en aquella área yerma y perdida del desierto que separaba las colonias. Una hueca representación de la vida de los feriantes, sin nadie para verla ni vivirla. Nadie, excepto, por azar, él mismo. A quien, por cierto, le parecía repulsiva. Ya había visto todo cuanto quería ver de la feria, de sus gentes y de sus… cosas.

Algo correteó por encima de su pie.

Lo atrapó con su poder psicocinético y lo atrajo hacia sí. Alargó los brazos y le arrebató a la oscuridad una forma dura que se resistía. La sujetó y vio, no sin terror, que se trataba de uno de los microrrobots. La criatura trató de escapar, así que, en un acto reflejo, siguió sujetándola. Los microrrobots se dirigían hacia la nave y la nave, pensó, estaba recogiéndolos. Así que la ONU no los encontraría. «Se van a escapar; y la feria podrá seguir adelante con sus planes.»

Una voz tranquila, de mujer, dijo desde no muy lejos:

—Suéltala, por favor. Quiere irse.

Fred dio un respingo y soltó el microrrobot, que echó a correr entre las malas hierbas y desapareció al instante. La chica delgada, aún vestida con los pantalones holgados y el suéter, se encontraba frente a Fred, mirándolo plácidamente con una linterna en la mano. El círculo de luz le permitió vislumbrar sus rasgos marcados, su mandíbula pálida y sus ojos intensos y claros.

—Hola —dijo Fred con voz titubeante; se levantó con aire temeroso frente a ella. Era un poco más alta que él y le daba miedo. Pero no percibió el olor del psi a su alrededor y comprendió que no había sido su rival en el juego. Así que disfrutaba de cierta ventaja sobre ella, cosa que tal vez la chica no supiese.

—Será mejor que os vayáis de aquí —le dijo—. ¿No has oído el altavoz? Van a gasear la zona.

—Lo he oído. —La chica lo miró—. Estás hecho un ganador, ¿eh, chaval? El mejor que he visto. Venciste a nuestro anti-cef dieciséis veces consecutivas. —Esbozó una gran sonrisa—. Simón estaba furioso. Se cogió un buen resfriado y te echa la culpa. Así que espero que no te tropieces con él.

—No me da miedo —dijo. Empezaba a perder el miedo.

—Douglas, nuestro p-k, dice que eres muy poderoso. Lo venciste todas las veces, felicidades. Bueno, ¿estás contento? —Volvió a reírse, esta vez más discretamente; sus pequeños y afilados dientes brillaron en la penumbra—. ¿Crees que hicisteis un buen trato?

—Vuestro p-k no es gran cosa —dijo Fred—. No me costó nada y eso que apenas tengo experiencia. Podríais hacerlo mucho mejor.

—¿Contigo, por ejemplo? ¿Es que quieres unirte a nosotros? ¿Me estás proponiendo algo, pequeñín?

—¡No! —dijo él, sorprendido y repelido al mismo tiempo.

—Había una rata —dijo la chica— en la pared del taller del señor Rae; llevaba un transmisor, así que supimos que habíais llamado a la ONU en cuanto lo hicisteis. De modo que hemos tenido tiempo de sobra para recuperar nuestras… —Hizo una pausa momentánea—. Nuestra mercancía. Nadie quiere haceros daño. No es culpa nuestra que ese entrometido de Rae metiera un destornillador en el circuito de control de ese microrrobot. ¿No te parece?

—Hog activó el ciclo prematuramente. Pero, de todos modos, la muñeca habría acabado por hacer lo mismo. —Se negaba a creer lo contrario. Sabía que la colonia tenía razón—. Y no os va servir de nada recuperar todos los microrrobots, porque la ONU lo sabe y…

—¿«Recuperar»? —La chica se agitó de la risa—. No vamos a recuperar los diecisiete microrrobots que nos ha ganado tu pequeño y desgraciado pueblecillo. Vamos a seguir adelante. Nos habéis obligado. Estamos descargando el resto. —Señaló con la linterna en aquella dirección y Fred pudo ver en aquel breve instante que una horda de microrrobots bajaba de la nave y empezaba a dispersarse buscando refugio como un enjambre de insectos fotofóbicos.

Cerró los ojos y gimoteó.

—¿Estás seguro —dijo la chica con un ronroneo— de que no quieres venir con nosotros? Te asegurarás el futuro, chaval. Y si no lo haces… —Hizo un ademán—. ¿Quién sabe? ¿Quién puede saber lo que será de tu diminuto pueblo y sus pobres y desgraciados habitantes?

—No —dijo él—. No voy con vosotros.

Cuando volvió a abrir los ojos, la chica se había marchado. Estaba junto al descabezado, Simón, examinando una hoja que sostenía éste.

Fred Costner se volvió y huyó por donde había venido, en dirección a la policía militar de la ONU.

—He reemplazado al general Mozart —dijo el espigado general de la policía secreta de la ONU, ataviado de pies a cabeza con su uniforme negro—. Desgraciadamente, no está convenientemente capacitado para hacer frente a un caso de subversión doméstica. Es un hombre puramente militar. —No le ofreció la mano a Hoagland Rae. En su lugar, empezó a pasear de un lado a otro del taller, con el ceño fruncido—. Ojalá me hubieran llamado la pasada noche. Para empezar, podría haberles dicho una cosa de inmediato… algo que el general Mozart no entendió. —Se detuvo y lanzó una mirada inquisitiva a Hoagland—. Supongo que se darán cuenta de que, en realidad, no ganaron a esos feriantes. Ellos querían perder los diecisiete microrrobots.

Hoagland asintió en silencio. No había nada que decir. Ahora parecía evidente lo que señalaba el general de la casaca negra.

—Las anteriores apariciones de la feria —continuó el general Wolff—, en los últimos años, tuvieron por escenario las colonias. Sabían que esta vez planeaban ganar. Así que trajeron los microrrobots. Y a su psi más débil para librar una fingida «batalla» por la supremacía.

—Lo único que quiero saber —dijo Hoagland— es si van a ofrecernos protección. —Las colinas y llanuras que rodeaban el pueblo, según les había dicho Fred, estaban infestadas de microrrobots. No era seguro salir de los edificios de las zonas limítrofes.

—Haremos lo que podamos. —El general Wolff reanudó su paseo—. Pero entenderá usted que no son nuestra principal prioridad, ni ningún otro de los asentamientos locales que puedan haber sido contaminados. Lo que debe preocuparnos es la situación general. Esa nave ha estado en cuarenta lugares diferentes en las últimas veinticuatro horas. Cómo se mueven tan deprisa… —No acabó la frase—. Lo tenían todo preparado. Mira que creer que los habían engañado… —Fulminó a Hoagland Rae con la mirada—. Todos los pueblos de la zona han pensado lo mismo, que habían ganado un cargamento de microrrobots.

—Supongo —dijo Hoagland al cabo de un momento— que es lo que nos merecemos por hacer trampas. —Esquivó la mirada del general.

—Es lo que se merecen por enfrentarse en un duelo de ingenio con un adversario de otro sistema solar —dijo el general Wolff con mordacidad—. Es mejor que lo mire así. La próxima vez que aparezca un vehículo que no proceda de la Tierra, no intenten pasarse de listos. Llámennos.

Hoagland Rae asintió.

—Muy bien. Entendido. —No sentía indignación, sino sólo un dolor sordo. Se merecían lo que les había pasado. Todos. Si tenían suerte, la reprimenda acabaría aquí. No era, ni de lejos, el peor de los problemas del asentamiento.

—¿Qué es lo que quieren? —preguntó al general Wolff—. ¿Han venido a colonizar la región? ¿O se trata de una expansión económica…?

—Ni lo intente —dijo el general Wolff.

—¿Perdone?

—Es algo que nunca podría entender, ni ahora ni nunca. Sabemos lo que quieren… y ellos saben lo que queremos nosotros. ¿Es importante que lo sepa usted también? Su trabajo es volver a trabajar los campos, como antes. Y, si no pueden hacerlo, abandonar y regresar a la Tierra.

—Ya veo —dijo Hoagland. Se sentía inútil hasta la trivialidad.

—Sus hijos lo leerán en los libros de historia —dijo el general Wolff—. Espero que le baste con eso.

—Me basta —dijo Hoagland Rae con tono compungido. Se sentó ante su banco de trabajo y, sin demasiadas ganas, recogió un destornillador y empezó a reparar una torre de guía de un tractor autónomo.

—Mire —dijo el general Wolff mientras señalaba.

En una esquina del taller, casi invisible frente a la polvorienta pared, un microrrobot agazapado los observaba.

—¡Caray! —chilló Hoagland mientras su mano buscaba a tientas el viejo revólver del 32, que había cargado antes.

Mucho antes de que sus dedos lo encontraran, el microrrobot se había esfumado. El general Wolff no se había movido siquiera. Parecía, de hecho, divertido por la situación; seguía con los brazos cruzados, observando a Hoagland y su anticuada arma.

—Estamos trabajando en un dispositivo centralizado —dijo el general Wolff— capaz de acabar con todos ellos simultáneamente. La idea es interrumpir la corriente de las fuentes de energía portátiles. Obviamente, destruirlos uno a uno es una idea descabellada. Ni siquiera la hemos considerado. Sin embargo… —Hizo una pausa para pensar y arrugó la frente—. Tenemos razones para creer que los… los seres del espacio exterior se han anticipado a nosotros y han diversificado sus fuentes de energía de tal modo que… —Se encogió filosóficamente de hombros—. Bueno, puede que se nos ocurra algo. Con el tiempo.

—Eso espero —dijo Hoagland, y trató de continuar con la reparación de la torreta del tractor.

—La verdad es que hemos perdido casi por completo la esperanza de conservar Marte —dijo el general Wolff en voz baja.

Hoagland dejó lentamente el destornillador y se quedó mirando al policía secreto.

—Tenemos que concentramos en la Tierra —dijo el general Wolff mientras se rascaba la nariz con aire pensativo.

—Entonces —dijo Hoagland después de una pausa— es que realmente no hay esperanza para nosotros. Es lo que me está diciendo.

El casaca negra no respondió. No era necesario.

Mientras se inclinaba sobre la superficie verde y espumosa del canal, sobre el que volaba un enjambre de moscardones y brillantes escarabajos negros, Bob Turk vio por el rabillo del ojo que una pequeña figura corría a esconderse. Se revolvió rápidamente y cogió su bastón láser. Levantó disparó y destruyó —¡vaya día!— un montón de bidones de combustible oxidados y olvidados. Y nada más. El microrrobot ya había desaparecido.

Tembloroso, devolvió el bastón láser a su cinturón y volvió a inclinarse sobre las aguas infestadas de insectos. Como de costumbre, los robots habían estado activos allí durante toda la noche; su esposa los había visto y había oído los ruidos que, al igual que las ratas, hacían al corretear por el suelo. ¿Qué demonios habían estado haciendo?, se preguntó un consternado Bob Turk mientras olía el agua un prolongado momento.

Tenía la sensación de que el olor del agua había experimentado un cambio sutil.

—Maldita sea —dijo mientras se levantaba. Se sentía inútil. Los robots habían vertido algún contaminante en el agua. Era evidente. Ahora tendrían que someterlas a un concienzudo análisis químico y eso le llevaría días. Y mientras tanto, ¿quién mantendría con vida a su cosecha de patatas? Buena pregunta.

Embargado de impotencia y furia, dio unos golpecitos al bastón láser mientras se preguntaba por qué no tendría un objetivo, a pesar de saber que no tendría uno ni en un millón de años. Como siempre, los robots hacían su trabajo de noche. Lenta e inexorablemente, iban obligando al pueblo a retroceder.

Diez familias habían hecho ya las maletas y habían partido de regreso a la Tierra. Para reanudar, si es que podían, las vidas que abandonaran en su día.

Y pronto les llegaría el turno a ellos.

Ojalá hubiera algo que pudieran hacer. Algún modo de responder. «Daría lo que fuese —pensó—, haría lo que fuese, para poder atrapar a esos robots. Lo juro. Contraería deudas, me convertiría en siervo o lo que fuese, por la oportunidad de liberar la región de ellos.»

Estaba alejándose lentamente del canal, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, cuando oyó el atronador rugido de una nave espacial extraterrestre sobre su cabeza.

Se quedó allí como paralizado, con la mirada clavada en lo alto, y el corazón en un puño.

«¿Han vuelto? —se preguntó—. La nave de empresas Falling Star Entertainment… ¿Van a acabar con todos nosotros de una vez y para siempre?» Con una mano cubriéndose los ojos frente a la luz, siguió observando frenéticamente, incapaz hasta de echar a correr, tan aterrorizado que su cuerpo no era capaz ni de sucumbir al pánico instintivo y animal.

La nave empezó a descender. Parecía una naranja gigantesca: tenía forma de naranja y su color era el de una naranja… No era la nave azul y tubular de Falling Star Entertainment. Eso resultaba obvio. Pero tampoco era de la Tierra. No era de la ONU. Nunca había visto una nave parecida antes y supo nada más ponerle la vista encima que se trataba de otro vehículo llegado de más allá del sistema solar. En este caso, resultaba mucho más evidente que en el de las criaturas de Falling Star Entertainment. Ni se habían molestado en tratar de hacerse pasar por terrícolas.

Y sin embargo en los costados, la nave tenía, en enormes letras, una inscripción en inglés.

Moviendo los labios, Bob leyó en voz baja las palabras mientras la nave aterrizaba en un punto situado al norte de su posición.

OCIO EDUCATIVO SIX SYSTEM ASOCIADOS

¡UN DESPLIEGUE DE ALEGRÍA Y JOLGORIO PARA TODOS!

«Loado sea Dios. Otra feria ambulante.»

Bob quería apartar la mirada, dar media vuelta y echar a correr. Y, sin embargo, no era capaz; el viejo y conocido impulsor, el anhelo, la comezón de la curiosidad, ardía en su interior con demasiada intensidad. Así que continuó mirando. Vio que se abrían varias escotillas y unos mecanismos autónomos, parecidos a rosquillas aplastadas, empezaban a desplegarse sobre la arena.

Estaban levantando su campamento.

Su vecino, Vince Guest, llegó en ese momento y, con voz ronca, preguntó:

—¿Y ahora?

—Puedes verlo tú mismo. —Turk gesticuló frenéticamente—. Usa los ojos.

Los mecanismos autónomos estaban levantando un pabellón central; unas banderolas de colores ascendieron aceleradamente y luego cayeron como una lluvia sobre las casetas aún bidimensionales. En ese momento empezaron a salir los primeros humanos… o humanoides. Vince vio primero a unos hombres vestidos de colores brillantes y luego a mujeres ataviadas con ropa ajustada. Con muy poca ropa, para ser más exactos.

—Guau —acertó a decir Vince mientras tragaba saliva—. ¿Ves esas chicas? ¿Alguna vez habías visto mujeres como esas…?

—Las veo —dijo Turk—. Pero no pienso volver en la vida a una de esas ferias no terrícolas, ni Hoagland tampoco. Vamos, como que me llamo Bob.

Con qué rapidez habían empezado a trabajar. Sin perder ni un instante; una música tenue y metálica, con aires carnavalescos, había empezado a filtrarse hasta Bob Turk. Y qué olores: algodón de azúcar, cacahuates tostados, y junto a todo ello, el sutil aroma de la aventura y las imágenes excitantes, de lo ilícito. Una mujer de larga barba rojiza se había subido ágilmente a una de las plataformas. Llevaba un minúsculo sujetador y un delicado pañuelo de seda alrededor del talle, y mientras Vince la observaba, empezó a practicar su danza. Giró y giró, cada vez más deprisa, hasta que al final, arrastrada por el ritmo, se desprendió de la poca ropa que llevaba. Y lo más gracioso de todo el asunto es que a ambos les pareció realmente artístico. No era el clásico espectáculo salaz de las ferias ambulantes. Había algo hermoso y lleno de vida en los movimientos de la chica. Algo que resultaba fascinante.

—Será… será mejor que vaya buscar a Hoagland —logró decir Vince finalmente.

Ya algunos de los colonos, incluidos varios niños, estaban moviéndose como hipnotizados hacia las filas de casetas y las banderolas multicolores que ondeaban en el, por lo demás, monótono aire marciano.

—Yo iré a echar un vistazo más de cerca —dijo Bob Turk— mientras tú vas a por él. —Empezó a acercarse a la feria a un paso cada vez más vivo, levantando una nube de arena a su paso.

—Al menos vamos a ver lo que tienen que ofrecer —le dijo Tony Costner a Hoagland—. Ya sabes que no son los mismos. No fueron ellos los que dejaron aquí esos condenados y asquerosos microrrobots…

—Podría ser algo peor —dijo Hoagland, pero a pesar de ello se volvió hacia el muchacho—. Fred, ¿tú qué dices?

—Yo quiero ir a ver —dijo Fred Costner. Estaba decidido.

—De acuerdo —dijo Hoagland y asintió—. Me parece bien. Un vistazo no nos hará daño. Siempre que recordemos lo que nos dijo el general de la policía secreta de la ONU. No nos engañemos pensando que podemos ser más listos que ellos. —Dejó la llave inglesa, se levantó del banco de trabajo, y se acercó al armario para recoger su abrigo forrado de piel.

Al llegar a la feria, descubrieron que había mesas de juego convenientemente colocadas delante de los espectáculos con chicas y de los monstruos. Fred Costner se adelantó, dejando tras de sí al grupo de los adultos. Olisqueó el aire, captó los aromas, escucho la música, miró la primera plataforma donde se exhibían los monstruos, más allá de los juegos de azar: era su abominación favorita, una abominación que había visto en ferias anteriores, sólo que ésta era mejor aún. No tenía cuerpo. Descansaba silenciosamente bajo el sol de mediodía: una cabeza sin cuerpo, con su pelo, sus orejas, sus ojos llenos de inteligencia… Sólo el cielo sabía qué la mantenía con vida… pero, fuera lo que fuese, él sabía que era auténtica.

—¡Pasen y vean a Orfeo, la cabeza sin cuerpo visible! —exclamó el presentador por su megáfono, y un grupo, formado en su mayor parte por niños, se congregó a su alrededor y la observó lleno de asombro—. ¿Cómo puede permanecer con vida? ¿Cómo se mueve? Enséñaselo, Orfeo.

El presentador le arrojo a la cabeza un puñado de trozos de comida, cuya naturaleza fue incapaz de adivinar Fred Costner. La boca de la cabeza se abrió hasta alcanzar dimensiones realmente aterradoras y de este modo logró atrapar la mayor parte de lo que había caído cerca de ella. El presentador se rió a carcajadas y continuó con su cháchara. Entonces, el sin cuerpo empezó a rodar laboriosamente hacia los pedazos de comida que se le habían escapado.

«Buf», pensó Fred.

—¿Y bien? —dijo Hoagland mientras se colocaba a su lado—. ¿Ves algún juego del que podamos sacar partido? —Su voz rebosaba amargura—. ¿Te apetece lanzarle una pelota de béisbol a algo? —Y entonces se alejó sin esperar. Se fue como lo que era, un hombrecillo obeso y cansado que había perdido con demasiada frecuencia—. Vámonos —les dijo a los demás adultos de la colonia—. Vámonos de aquí antes de que nos metamos en otro…

—Espera —dijo Fred. Lo había captado: el agradable y conocido aroma. Procedía de una caseta situada la derecha y echó a andar hacia allí.

A la entrada de la caseta había una mujer oronda de mediana edad, con la piel de color gris y unos anillos de mimbre en las manos.

Detrás de Fred, su padre le dijo a Hoagland Rae:

—Los anillos se lanzan sobre los regalos; si consigues meter el anillo en una de las cosas y que no se caiga, es para ti. —Caminó lentamente en aquella dirección en compañía de su hijo—. Pan comido —añadió— para un psicocinético, ¿no?

—Te sugiero —le dijo Hoagland a Fred— que esta vez mires mejor los premios. —A pesar de esto, fue con ellos.

Al principio, fue incapaz de adivinar lo que eran aquellas pulcras columnas, idénticas entre sí, intrincadas y metálicas. Cuando llegó junto a la caseta, la mujer inició su cantarína letanía y le ofreció un puñado de anillos por un dólar o su equivalente en mercancías de la colonia.

—¿Qué son? —Preguntó Hoagland mientras las miraba detenidamente—. Creo… creo que son una especie de máquinas.

—Yo sé lo que son —dijo Fred.

«Y tenemos que jugar —comprendió—. Tenemos que reunir hasta el último objeto de la colonia que pueda interesarle a esta gente. Hasta la última calabaza, hasta el último nabo, hasta la última oveja, y hasta la última manta de lana.

»Porque ésta —se dijo—, es nuestra oportunidad. Lo sepa o no el general Wolff. Le guste o no.»

—Dios mío —dijo Hoagland en voz baja—. Son trampas.

—Exacto, caballero —respondió con voz cantarína la mujer de mediana edad—. Trampas homeostáticas. Hacen todo el trabajo: piensan por sí solas. Sólo hay que dejarlas sueltas y ellas viajan y viajan y viajan, sin cansarse y abandonar nunca, hasta atrapar… —Les guiñó un ojo—. Ya saben qué. Sí, caballeros, ya saben lo que atrapan, esas molestas y condenadas alimañas que no pueden atrapar ustedes por sí solos y que están envenenando el agua, matando el ganado y arruinando la colonia. Ganen una trampa, una valiosa y útil trampa, y ya lo verán. ¡Ya lo verán! —Arrojó uno de los anillos de mimbre y estuvo a punto de ensartarlo en una de las complejas, esbeltas y metálicas trampas. Podría haber acertado perfectamente de haber lanzado con un poco más de cuidado. O, al menos, ésa era la impresión que había dado. Todos lo vieron.

—Vamos a necesitar al menos un par de centenares —le dijo Hoagland a Tony Costner y a Bob Turk.

—Y para eso —dijo Tony— vamos a tener que empeñar todo lo que poseemos. Pero vale la pena. Al menos no nos arruinaremos del todo. —Sus ojos destellaron—. Vamos a empezar. —Se volvió hacia Fred y le dijo—: ¿Crees que puedes jugar a esto? ¿Puedes ganar?

—Creo… creo que sí —dijo Fred. Aunque, en algún lugar cercano, alguien de la feria se estaba preparado para contrarrestarlo con su propio poder psicocinético. «Que no será suficiente —decidió—. No será suficiente.»

Era casi como si estuviera todo preparado de antemano.

NOTA:

Un juego sin azar [9 de diciembre de 1963], en Amazing (julio de 1964).

Hay una feria hostil. Llega una segunda y se enfrenta a la primera. La cosa está preparada de antemano para que ganen los primeros. Es como si las dos fuerzas opuestas que subyacen a todo cambio en el universo estuvieran coaligadas para que venciera thanatos, el lado oscuro, el Yin o la lucha, es decir, la fuerza de la destrucción. (1978)


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