Texto aleatorio

Mientras ascendía la luz del sol, una penetrante voz mecánica declaró:

—Muy bien, Lehrer. Es hora de levantarse y demostrarles lo que puedes hacer. Un gran tío, el tal Niehls Lehrer. Todo el mundo lo reconoce… Lo he oído decir, un gran tipo, con un gran talento y un gran trabajo. Muy admirado por el público. ¿Ya estás despierto?

—Si —dijo Lehrer desde la cama. Se incorporó y acalló de un manotazo la aguda voz del despertador de su mesilla—. Buenos días —dijo al silencioso apartamento—. He dormido muy bien. Espero que tú también.

El peso de los problemas se abatió sobre su desordenada mente mientras se levantaba refunfuñando de la cama y se encaminaba al armario en busca de algo de ropa apropiadamente sucia.

«Se supone que tenía que terminar con lo de Ludwig Eng —se dijo—. No dejes para hoy lo que puedas hacer mañana. Revelarle a Eng que sólo queda una copia de su gran libro en todo el mundo. Ya va siendo hora de que actúe, de que haga lo que sólo él en todo el mundo puede hacer. ¿Cómo se sentirá Eng? A fin de cuentas, a todos los inventores les llega el momento en que se niegan a sentarse tranquilamente y hacer su trabajo. Bueno —decidió—, es un problema del sindicato, no de él.»

Encontró una camisa roja, manchada y arrugada, con la que reemplazó la del pijama. Con los pantalones tuvo más dificultades. Tuvo que escarbar en el cesto.

Y luego en el paquete de pelos.

«Mi sueño —pensó mientras se acercaba al baño con el paquete—, es cruzar los EE. UU. OO. en coche. Guau.» Se lavó la cara, se la embadurnó de pegamento, abrió el paquete y, con una serie de diestros manotazos logró cubrirse la barbilla, las quijadas y el cuello con una capa homogénea de pelos. Al cabo de unos instantes, estaban bien pegados. «Ya estoy listo —pensó mientras revisaba su cara en el espejo—, para coger ese coche. Al menos si soy capaz de procesar mi dosis de sogum.»

Abrió la tubería de sogum, aceptó una ración apropiadamente masculina y emitió un suspiro de satisfacción mientras revisaba la sección de deportes del San Francisco Chronicle. Luego se dirigió a la cocina y empezó a colocar platos sucios delante de sí. Instantes después, se encontraba frente a un cuenco de sopa, unas chuletas de cordero, unos guisantes, una ración de moho verde marciano con salsa de huevos y una taza de café caliente. Los recogió, sacó los platos de debajo —por supuesto tras mirar por la ventana para asegurarse de que nadie lo veía— y, con un movimiento rápido, colocó los diferentes alimentos en sus receptáculos, que dejó en los respectivos estantes del aparador y en la nevera. Eran las ocho y media. Aún le quedaban quince minutos antes de empezar a trabajar. No hacía falta correr. La sección B de la biblioteca de temas populares estaría allí cuando llegara.

Había tardado años en llegar hasta la sección B. Ya no tenía que realizar trabajos de rutina, en la sección B no; ni, desde luego, tenía que encargarse de destruir las miles de copias idénticas que implicaba la fase inicial de erradicación. Es más, estrictamente hablando, él no participaba en la erradicación. De este tipo de tareas vulgares se encargaban trabajadores contratados expresamente para ello por la biblioteca. Pero tenía que tratar cara a cara con una hueste de irritables y ariscos inventores que protestaban ante la tarea, obligatoria según el sindicato, de expurgar la última copia mecanografiada de la obra con la que se hubiera relacionado su nombre, por medio de un proceso que ni él ni los inventores comprendían del todo. Presumiblemente, el sindicato sí entendía por qué se le encargaba un libro concreto a un inventor concreto y no otro. Como, por ejemplo, Eng y Cómo ensamblar un suable con objetos domésticos en su tiempo libre.

Mientras terminaba de hojear el periódico, Lehrer reflexionó un momento. Pensó en sus responsabilidades. Cuando terminara, no quedarían más suables en el mundo, a menos que los bribones del M.L.N. hubieran logrado ocultar ilícitamente uno o dos. De hecho, a pesar de que la copter, la copia terminal del libro de Eng, aún existía, a él ya le resultaba difícil saber para qué servía un suable y qué aspecto tenía. «¿Era cuadrado? ¿Era pequeño? ¿O era enorme y redondo? Mmmm.» Dejó el periódico y se frotó la frente mientras intentaba recordar, conjurar una imagen mental del objeto ahora que aún era posible hacerlo. Porque, tan pronto como Eng redujera la copter a una cinta de seda cubierta por una densa capa de tinta, no existiría absolutamente ninguna posibilidad de que él, o cualquier otro, recordara el libro o el mecanismo descrito por éste.

La tarea, no obstante, mantendría a Eng ocupado la mayor parte del año. La eliminación de la copter se hacía línea a línea, palabra por palabra. No se podía hacer como con las copias impresas. Era muy fácil hasta llegar a la copia terminal tipografiada, y entonces… En fin, para compensar a Eng por la larga y ardua tarea, se le recompensaría entregándole una enorme factura: aquello le costaría del orden de veinticinco mil poscréditos. Y, puesto que la erradicación del libro sobre el suable lo arruinaría, la tarea…

Junto a su codo, en la mesa, el receptor del teléfono saltó del aparato. Una vocecilla aguda y conocida salió de él.

—Buenos días, Niehls. —Era una voz de mujer.

Lehrer se llevó el receptor al oído y dijo:

—Adiós.

—Te quiero, Niehls —afirmó Charise McFadden sin resuello y con voz rebosante de amor—. ¿Tú me quieres?

—Yo también te quiero —dijo—. ¿Cuándo nos vimos por última vez? Espero que no haga mucho. Dime que no fue hace mucho.

—Lo más probable es que fuera anoche —dijo Charise—. Después del trabajo. Quiero que conozcas a alguien, un inventor prácticamente desconocido que está desesperado por conseguir la erradicación de su tesis sobre los… ejem, orígenes psicogénicos de la muerte por impacto de meteorito. Le he dicho que, ya que estás en la sección B…

—Dile que erradique la tesis él mismo.

—Eso no da prestigio. —Y entonces, con voz más seria, Charise suplicó—: Es una obra teórica realmente aterradora. Lo más descabellado que has visto. Lance Arbuthnot…

—¿Se llama así? —Esto casi bastó para convencerlo. Pero no del todo. Al cabo del día recibía muchas peticiones parecidas, y todas ellas, sin excepción, se presentaban como una obra absurda, de un inventor absurdo con un nombre absurdo. Llevaba demasiado tiempo en su asiento de la sección B para dejarse engañar con facilidad. Pero aun así… Tenía que investigarlo. Su estructura ética insistía en ello. Suspiró.

—Te he oído gemir —dijo Charise con tono alegre.

—Siempre que no sea de la M.L.N. —dijo Lehrer.

—Bueno… lo es. —Lo dijo con tono culpable—. Pero creo que lo echaron. Por eso está aquí y no allí.

Pero aquello, comprendió Lehrer, no demostraba nada. Posiblemente, Arbuthnot no compartiera las convicciones fanáticas de la élite gobernante del Municipio Libre de Negro. Puede que fuese demasiado moderado y demasiado equilibrado para los bardos de la república levantada en las antiguas Tennessee, Kentucky, Arkansas y Missouri. Aunque también era posible lo contrario, que fuese demasiado fanático. Nunca se podía decir, al menos hasta haber conocido a la persona, y a veces ni siquiera entonces. Los bardos, procedentes de Oriente, habían logrado correr un velo sobre los rostros de tres quintas partes de la humanidad, un velo que ocultaba sus motivaciones, sus intenciones y sólo Dios sabía qué más.

—Pero eso no es todo —continuó Charise—. Conoció personalmente al Anarca Peak antes del comienzo de su triste contracción.

—¡Triste! —repuso Lehrer con indignación—. Madre de Dios. —Ahí estaba: el más excéntrico e idiota de todos los idiotas excéntricos del mundo. Lo último que necesitaba Lehrer era la oportunidad de conocer a un seguidor del parasitario Anarca. Se estremeció al recordar las descripciones de la violencia de mediados de siglo XX. En medio de los tumultos, los saqueos y las matanzas de aquella época había surgido Sebastian Peak, antes abogado, luego brillante orador y por último fanático religioso con su propia legión de seguidores… una legión que se extendía por todo el planeta, a pesar de haberse originado en las regiones dominadas por el M.L.N.

—Podrías buscarte un problema con Dios —dijo Charise.

—Tengo que trabajar —dijo Lehrer—. Te llamaré en la pausa del café. Entre tanto, investigaré un poco sobre Arbuthnot en los archivos. Mi decisión referente a esa absurda teoría sobre los aspectos psicosomáticos de las muertes por impacto de meteoritos tendrá que esperar hasta entonces. Hola. —Colgó el teléfono y se levantó. La ropa manchada emitía un gratificante olor mientras se encaminaba al ascensor. Esto lo animó. Tal vez, a pesar de Charise y su último capricho, el inventor Arbuthnot, aquél fuera un buen día.

Pero, en el fondo, lo dudaba.

Cuando llegó a su sección de la biblioteca, su secretaria, la esbelta y rubia señorita Tomsen estaba tratando de librarse —y librarlo a él— de un caballero de mediana edad, espigado y desaliñadamente vestido, que llevaba un maletín bajo el brazo.

—Ah, señor Lehrer —dijo el sujeto con voz hueca mientras se acercaba a Lehrer, a quien, evidentemente, había reconocido al instante—. Cuánto me alegro de conocerlo, señor. Adiós, adiós, como dicen ustedes. —Le regaló a Niehls una sonrisa tan brillante como fugaz, que éste no se molestó en devolver.

—Soy un hombre muy ocupado —dijo Niehls mientras se encaminaba a la puerta de su despacho, pasando junto a la mesa de la señorita Tomsen—. Si desea verme, tendrá que pedir una cita. Hola. —Y se dispuso a cerrar la puerta.

—Tiene que ver con el Anarca Peak —dijo el hombre del maletín—. Por quien tengo razones para creer que siente cierto interés.

—¿Por qué lo dice? —Hizo una pausa, irritado—. No recuerdo haber expresado nunca interés por Peak.

—Debería recordarlo, pero así son las cosas. Aquí está usted en Fase, mientras que yo estoy orientado en la dirección cronológica opuesta, la normal. Por tanto, lo que para usted ocurrirá dentro de poco, para mí es una experiencia del pasado inmediato. Mi pasado inmediato. Permita que le robe unos minutos de su tiempo. Podría serle muy útil, señor. —El hombre se rió entre dientes.

—«Su tiempo». Es ingenioso, si se me permite decirlo. Sí, su tiempo, no el mío. Piense usted que la visita tuvo lugar ayer. —Volvió a esbozar aquella sonrisa mecánica… nunca mejor dicho. Niehls reparó entonces en la pequeña tira amarilla que el hombre llevaba cosida a la manga. Aquella persona era un robot, obligado por ley a exhibir aquel distintivo para no engañar a ningún ser humano. Al verlo, Niehls sintió que su irritación crecía aún más. Sufría unos profundamente arraigados prejuicios contra los robots de los que no era capaz de librarse; de los que no deseaba librarse, de hecho.

—Entre —dijo mientras abría la puerta de su elegante despacho. El robot representaba a un humano importante. No se había enviado a sí mismo: era la ley. Se preguntó de quién se trataría. ¿Algún funcionario del sindicato? Posiblemente. En cualquier caso, lo mejor era escuchar lo que tuviera que decir y luego pedirle que se marchara.

Una vez en la estancia principal del despacho, los dos se miraron.

—Mi tarjeta —dijo el robot extendiendo la mano.

Niehls la leyó con el ceño fruncido.

CARL GANTRIX

ABOGADO, EE. UU. OO.

—Mi jefe —dijo el robot—. Así que ya conoce usted mi nombre. Puede usted llamarme Carl. Por mí está bien. —Ahora que la puerta se había cerrado y la señorita Tomsen se encontraba al otro lado, la voz del robot había cobrado un tono repentina y sorprendentemente autoritario.

—Prefiero —dijo Niehls— dirigirme a usted con el nombre familiar, Carl Junior. Si no le molesta. —Su tono era aún más autoritario—. No suelo conceder audiencia a robots, ¿sabe? Puede que sea una manía, pero es una manía que llevo a rajatabla.

—Hasta ahora —murmuró el robot Carl Junior. Retiró la tarjeta y volvió a guardarla en la cartera. Acto seguido, se sentó y abrió su maletín—. Como responsable de la sección B de la biblioteca, es usted toda una autoridad en la Fase Hobart. Al menos eso es lo que cree el señor Gantrix. ¿Me equivoco, señor? —Le lanzó una mirada penetrante.

—Bueno, trabajo con ella constantemente —dijo Niehls con tono neutro y arrogante. Siempre convenía demostrar superioridad al tratar con robots. Había que estar constantemente recordándoles cuál era su lugar, tanto por este medio como por muchos otros.

—Eso tiene entendido el señor Gantrix. Y huelga decir que, gracias a ello, ha podido inferir que, con el paso de los años, se ha convertido usted en una especie de autoridad en las ventajas, los usos y los inconvenientes del campo de tiempo inverso Hobart. ¿Es cierto? ¿No lo es? Escoja una respuesta.

Niehls meditó un momento.

—Escojo la primera. Aunque debe usted tener muy presente que mis conocimientos son de naturaleza práctica, no teórica. Pero sí, puedo resolver correctamente problemas relacionados con la Fase, sin explicar sus fundamentos. Como verá, soy innatamente norteamericano, es decir, pragmático.

—Desde luego. —La cabeza de plástico del robot Carl Junior asintió—. Muy bien, señor Lehrer. Vamos al grano. Su Poderío, el Anarca Peak, ha llegado a la infancia y no tardará en convertirse en un homúnculo, que a su vez será insertado en un vientre femenino. ¿Es cierto? Es sólo cuestión de tiempo… de su tiempo, de nuevo.

—Soy consciente —dijo Nielhs Lehrer— de que la Fase Hobart rige en la mayor parte de la M.L.N., y de que su Poderío estará dentro de un vientre femenino dentro de pocos meses. Francamente, he de decir que eso me complace. Su Poderío está loco. Sin la menor duda. Clínicamente loco, de hecho. El mundo, tanto el que se rige por la fase Hobart como el que sigue el tiempo estándar, se beneficiará de ello. ¿Qué más se puede decir?

—Mucho más —respondió con tono grave Carl Junior. Se inclinó hacia delante y depositó un montón de documentos sobre la mesa de Nielhs Lehrer—. Con todo respeto, me atrevo a pedirle que examine esto.

Carl Gantrix, por medio de un sistema de vídeo insertado en el cuerpo del robot, procedió a inspeccionar detenidamente al bibliotecario jefe Nielhs Lehrer mientras éste hojeaba el enorme fajo de documentación falsificada y deliberadamente obtusa que el robot le había presentado.

El burócrata que Lehrer llevaba dentro había mordido el anzuelo. Distraído, el bibliotecario se había olvidado del robot y de sus acciones. Así, mientras Lehrer seguía leyendo, el robot deslizó hábilmente la silla hacia atrás y hacia la izquierda, para acercarse a un contenedor de tarjetas de referencia de impresionantes proporciones. Extendió el brazo derecho y sus manipuladores en forma de dedo se acercaron reptando al más cercano fichero del contenedor. Lehrer, claro está, no reparó en ello, de modo que el robot continuó con su misión. Colocó dentro del fichero un nido miniaturizado de robots embriónicos, cada uno de ellos más pequeño que la cabeza de un alfiler, y luego un minúsculo transmisor y un potente dispositivo detonador preparado para entrar en acción al cabo de tres días detrás de una de las tarjetas.

Al verlo, Gantrix sonrió. Al robot sólo le quedaba un dispositivo más y mientras seguía vigilando de soslayo a Lehrer, acercó una vez más su manipulador al archivo, para transferir la última pieza de sofisticado equipo de su persona a la biblioteca.

—Púrpura —dijo Lehrer sin levantar los ojos.

El código, recibido por la cámara de audio del archivo, activó un dispositivo de emergencia. El archivo se cerró como un bivalvo amenazado, antes de retroceder y desaparecer detrás de la pared. Y, al mismo tiempo que lo hacía, expulsó con electrónica pulcritud los objetos que el robot había depositado en su interior, que fueron a caer a los pies del robot, donde quedaron claramente a la vista.

—Dios mío —dijo el robot involuntariamente y con desaliento.

—Salga de mi despacho de inmediato —dijo Lehrer. Cuando levantó la vista de los documentos, su expresión era fría. Y mientras el robot alargaba el brazo para recuperar sus dispositivos, añadió—: Y deje todo eso ahí. Quiero que lo envíen al laboratorio para averiguar su propósito y su procedencia. —Metió la mano en el primer cajón de su mesa y, al sacarla, empuñaba un arma.

En el receptor telefónico que llevaba Carl Gantrix al oído sonó la voz del robot.

—¿Qué debo hacer, señor?

—Marcharse inmediatamente. —Ya no le parecía divertido. El intolerante bibliotecario disponía de equipos igual de sofisticados que su sonda; hasta había sido capaz de anularla. El contacto con Lehrer tendría que hacerse a campo abierto, y con esta idea en mente, Gantrix levantó de mala gana el auricular del videófono más cercano y marcó el número de la centralita de la biblioteca.

Un momento después vio, a través de las cámaras del robot, que el bibliotecario Niehls Lehrer respondía por su propio teléfono.

—Tenemos un problema —dijo Gantrix—. Común a ambos. ¿Por qué no trabajamos juntos?

—No estoy al corriente de ese problema —respondió Lehrer. Su voz transmitía una calma total. El intento por parte del robot de plantar dispositivos hostiles en su zona de trabajo no lo había alterado—. Si quiere que trabajemos juntos —añadió— ha empezado mal.

—Lo admito —dijo Gantrix—. Pero en el pasado hemos tenido dificultades con ustedes, los bibliotecarios. —«Con su elevada posición», pensó sin llegar a decirlo—. Tiene que ver con el Anarca Peak. Mis superiores creen que se ha producido un intento de destruir la Fase Hobart a su alrededor, una clara violación de la ley, que encima representaría un gran peligro para la sociedad. De hecho, si semejante intento tuviera éxito, supondría la creación de una persona inmortal mediante la manipulación de las leyes de la física conocidas. Aunque no estamos en contra de la idea de engendrar una persona inmortal utilizando la Fase Hobart, creemos que el Anarca no es la persona adecuada. No sé si me sigue…

—El Anarca será absorbido virtualmente. —Lehrer no parecía sentir simpatías por su causa. «Puede —reflexionó Gantrix— que no me crea»—. No veo el peligro. —Estudió fríamente el robot que tenía delante, Carl Junior—. Si existe una amenaza, no me parece que mentir sea lo más…

—Tonterías. Estoy aquí para ayudarlo; esto redunda en beneficio de la biblioteca, además del nuestro.

—¿A quién representa? —preguntó Lehrer con tono autoritario.

Gantrix vaciló un momento antes de decir:

—Al bardo Chai, del Consejo Supremo de Limpieza. Obedezco sus órdenes.

—Eso proyecta una luz diferente sobre el asunto. —La voz del bibliotecario se había tomado más lúgubre y, en la pantalla, su expresión se había endurecido—. No tengo nada que ver con el Consejo de Limpieza. Mis responsabilidades se refieren única y exclusivamente a las Erradicaciones. Como sin duda ya sabrá.

—Pero es usted consciente de que…

—Sólo soy consciente de esto. —Metió la mano en el cajón de su mesa y sacó una caja cuadrada de color gris, que procedió a abrir. De su interior extrajo un manuscrito mecanografiado que colocó donde Gantrix pudiera verlo—. La única copia existente de Cómo ensamblar un suable con objetos domésticos en su tiempo libre. La obra de maestra de Eng, que está a punto de ser erradicada. ¿Lo ve?

—¿Sabe dónde está Ludwig Eng en este momento? —preguntó Gantrix.

—Eso me da igual. Lo único que me importa es dónde estará a las dos y treinta minutos de la tarde de mañana… Tenemos una cita. Aquí, en la sección B de la biblioteca.

—Dónde estará Ludwig Eng a las dos y media de mañana —dijo Gantrix con tono reflexivo, a medias para sí— depende en gran medida de dónde está ahora mismo. —No le dijo al bibliotecario lo que sabía; que, en aquel momento, Ludwig Eng se encontraba en algún lugar del Municipio Libre de Negro, posiblemente tratando de obtener una audiencia con el Anarca.

Suponiendo que el Anarca, en su estado de pueril impotencia, pudiese concederle una audiencia a alguien.

El pequeño Anarca, vestido con unos vaqueros, unas zapatillas de color morado y una camiseta desgastada a fuerza de lavados estaba en aquel momento sentado sobre la hierba, estudiando un círculo de canicas. Estaba tan absorto que Ludwig Eng sintió el impulso de rendirse. El niño ya no parecía consciente de su presencia. En conjunto, la situación lo deprimía. Se sentía peor que antes de llegar.

Aun así, decidió perseverar.

—Su Poderío —dijo—. Sólo deseo unos momentos más de vuestro tiempo.

El niño levantó la mirada de mala gana.

—Sí, señor —dijo con desgana, molesto.

—Estoy en una posición difícil —dijo Eng por enésima vez. Le había presentado una y otra vez la misma información al Anarca niño, y todas ellas en vano.

—Si usted, como Anarca, pudiera aparecer en televisión y convencer a la gente de los Estados Unidos Occidentales y de la M.L.N. de que construyeran unos cuantos suables aquí y allá mientras aún queda una copia de mi libro…

—Está bien —murmuró el niño.

—¿Perdón? —Eng sintió un destello de esperanza. Observó detenidamente el pequeño y suave rostro. Algo se había formado en él.

—Sí, señor —dijo Sebastian Peak—. Espero convertirme en Anarca cuando crezca. Estoy estudiando para ello.

—Ya es usted el Anarca. O lo era. —Suspiró. El peso de la responsabilidad era aplastante. Estaba claro que era perder el tiempo. No tenía sentido continuar… y aquél era el último día, porque ayer tendría una entrevista con un funcionario de la biblioteca de temas populares y ése sería el fin.

El niño pareció animarse. Fue como si, de repente, se interesara por lo que tenía que decir Eng.

—¿En serio?

—Totalmente, jovencito. —Eng asintió con solemnidad—. De hecho, desde el punto de vista legal aún ostenta el cargo. —Levantó la vista hacia el esbelto negro, de brazos gigantescos, que hacía las veces de guardaespaldas del Anarca—. ¿No es así, señor Plaut?

—Cierto, su Poderío —dijo el negro al muchacho—. Posee usted la facultad de arbitrar en este caso, al estar relacionado con el manuscrito de este caballero—. El guardaespaldas se sentó en cuclillas cerca del niño, para asegurarse de que no se distraía—. Su Poderío, este hombre es el inventor del suable.

—¿Y eso qué es? —La mirada del niño pasó alternativamente de uno a otro, con un gesto ceñudo de suspicacia—. ¿Cuánto cuesta un suable? Sólo tengo cincuenta centavos. Es mi paga. Además, no creo que quiera un suable. Quiero chicle y voy a ir al cine. —Su expresión se tornó rígida e impasible—. ¿A quién le importan los suables? —dijo con desdén.

—Ha vivido usted ciento sesenta años —le dijo Plaut, el guardaespaldas—. Gracias al invento de este hombre. La existencia de la Fase Hobart se dedujo y se estableció experimentalmente a partir del suable. Sé que esto no significa nada para usted, pero… —Dio una palmada y se balanceó sobre los tobillos para mantener enfocada en él la dispersa atención del niño—. Préstame atención, Sebastian; esto es importante. Si pudieras firmar un decreto… mientras aún sabes escribir. Eso es todo. Eso es todo. Una proclama para que la gente…

—Ay, vamos, déjalo. —El muchacho lo miró con hostilidad—. No te creo. Aquí pasa algo.

«Algo pasa, sí —pensó Eng mientras se ponía lentamente en pie—. Y parece que no podemos hacer nada para impedirlo. Al menos sin tu ayuda.» Se sentía vencido.

—Inténtelo luego —dijo el guardaespaldas al tiempo que se incorporaba. Él sí que parecía sentir simpatías por su causa.

—Será más pequeño aún —dijo Eng amargamente. Y, además, no tenía tiempo. No existía el luego. Se alejó unos pasos, embargado de pesimismo.

Sobre la rama de un árbol, una mariposa había iniciado el complejo y misterioso proceso de emparedarse en un capullo marrón claro. Eng se detuvo para estudiar sus lentos y laboriosos esfuerzos. También ella tenía una tarea, pero a diferencia de la suya no estaba condenada al fracaso. Sin embargo, la mariposa no lo sabía. Continuaba adelante sin pensar, como una máquina que obedeciera los impulsos programados para ella desde un futuro lejano. La visión del laborioso insecto dio a Eng algo en qué pensar: era un acto ético. Se volvió y regresó junto al niño, que seguía sobre la hierba, delante del círculo de canicas de bonitos colores.

—Mírelo así —le dijo al Anarca Peak, probablemente fuera su última oportunidad, y tenía que intentarlo todo—. Aunque no pueda recordar lo que es un suable ni lo que es la Fase Hobart, lo único que tiene que hacer es firmar. Tengo aquí el documento. —Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, sacó un sobre y lo abrió—. Cuando lo haya firmado, aparecerá en todas las televisiones del mundo, en las noticias de las seis de la tarde de todas las zonas horarias. Le propongo una cosa. Si lo firma, le daré el doble del dinero que tenga. ¿Dice que sólo tiene cincuenta centavos? Yo le daré un dólar más, un auténtico billete de dólar. ¿Qué le parece? Y lo llevaré al cine una vez por semana, y a la sesión matinal de los domingos. ¿Trato hecho?

El niño lo miró fijamente. Parecía casi convencido. Pero algo, Eng no podía imaginar el qué, lo contenía aún.

—Creo —dijo el guardaespaldas en voz baja— que quiere pedirle permiso a su padre. El viejo vuelve a estar vivo. Sus componentes migraron a un contenedor natal hace unas seis semanas y actualmente se encuentra en la maternidad del hospital general de Kansas City sometiéndose a revivificación. Ya es consciente y su Poderío ha hablado con él varias veces. No es así, ¿Sebastian? —Le dirigió una sonrisa amable, seguida por una mueca al ver que asentía. —Sí, así es —le dijo a Eng—. Yo tenía razón. Ahora que su padre está vivo tiene miedo de tomar decisiones. Es una desgracia para usted, señor Eng. Ha decrecido demasiado para hacer este trabajo. Todo el mundo lo entiende así.

—Me niego a abandonar —dijo Eng. Pero la verdad era, lisa y llanamente, que ya había abandonado. Se daba cuenta de que el guardaespaldas, que pasaba todas las horas del día con el Anarca, estaba en lo cierto. Había perdido el tiempo. Si el encuentro se hubiese producido dos años antes…—. Me marcho —le dijo a Plaut con voz grave—. Dejaré que siga jugando con sus canicas. —Y, tras una pausa, añadió—: Ayer por la mañana haré un último intento. Antes de mi cita en la biblioteca. Si la agenda del niño lo permite.

—Seguramente sí —dijo el guardaespaldas. Y añadió, a modo de explicación—: Ya casi nadie lo consulta, en vista de su… condición. —Lo dijo con un tono comprensivo que Eng agradeció.

El inventor se volvió entonces y se marchó con aire fatigoso, dejando que el Anarca de la mitad del mundo civilizado siguiera jugando en la hierba.

«Ayer por la mañana —pensó—. Mi última oportunidad. Demasiado tiempo para esperar sin hacer nada.»

Una vez en la habitación del hotel, llamó a la Costa Oeste, concretamente a la Biblioteca de Temas Populares. Al cabo de un rato, la cara de uno de los funcionarios, con el que últimamente había departido mucho, se encontraba en la pantalla.

—Quiero hablar directamente con el señor Lehrer —refunfuñó. Había decidido acudir a la fuente. Lehrer tenía la autoridad final en el asunto de su libro… reducido ahora a una sola copia mecanografiada.

—Lo siento —respondió el funcionario con un leve tono de desdén—. Es demasiado pronto. El señor Lehrer ya se ha marchado.

—¿Cree que podré localizarlo en su casa?

—Supongo que estará desayunando. Le sugiero que espere a ayer. A fin de cuentas, el señor Lehrer también necesita tiempo para su aislamiento recreativo. Tiene muchas y muy pesadas responsabilidades. —Estaba claro que el funcionario no tenía la menor intención de cooperar.

Eng, totalmente deprimido, colgó sin siquiera decir «hola». Puede que fuera lo mejor. Estaba convencido de que Lehrer se negaría a darle más tiempo. A fin de cuentas, tal como había dicho el burócrata de la biblioteca, Lehrer también tenía presiones: en especial las Erradicaciones para el sindicato, la misteriosa entidad que se encargaba de que las laboriosas destrucciones de las obras de creación del ser humano se llevaran a cabo. Como la de su propio libro. Bueno, era hora de abandonar y marcharse al oeste.

Mientras salía de la habitación de su hotel, hizo una pausa para mirarse en el espejo del vestidor, donde comprobó que su rostro, durante el día, había absorbido el paquete de pelos que se había pegado. Miró su reflejo, se rascó las mandíbulas…

Y gritó.

A lo largo de toda su mandíbula se podía ver el oscuro rastro de un vello facial nuevo. Le estaba creciendo barba. Creciendo… no desapareciendo.

No sabía lo que podía significar aquello, pero lo aterraba. Se quedó allí boquiabierto, pasmado por el horror que se veía en el reflejo de sus facciones. El hombre del espejo le resultaba vagamente familiar. Era como si una ominosa y sutil deformación transformadora lo hubiera atacado. Pero ¿por qué? Y… ¿cómo?

El instinto le decía que no abandonase su habitación.

Se sentó. Y esperó. A qué, no podía saberlo. Pero una cosa sí sabía. No habría reunión con Nielhs Lehrer en la biblioteca de temas populares a las dos y media de ayer por la tarde. Porque…

Lo captó, lo intuyó de manera intuitiva de una sola mirada al espejo del vestidor de su habitación. No habría ayer; al menos para él.

¿Lo habría para alguien más?

—Tengo que volver a ver al Anarca —se dijo con voz temblorosa.

«Al infierno con Lehrer. Ahora mismo no tengo la menor intención de encontrarme con él. Lo único que importa es ver una vez más a Sebastian Peak. De hecho, lo antes posible. Puede que hoy a primera hora.»

Porque una vez que viera al Anarca sabría si sus sospechas eran ciertas. Y, de serlo, su libro dejaría al instante de estar en peligro. El sindicato, con su inflexible programa de erradicación, ya no sería una amenaza para él… O, al menos, eso esperaba.

Sólo el tiempo lo diría. Tiempo. Toda la Fase Hobart. Estaba relacionado con ello de algún modo.

Y, posiblemente, no sólo para él.

—Estábamos en lo cierto —le dijo Gantrix a su superior en el Consejo de Limpieza, el bardo Chai. Sacó la cinta con manos temblorosas—. Esto lo hemos recibido por nuestra conexión de vídeo con la biblioteca. El inventor del suable, Ludwig Eng, ha intentado ver a Lehrer y ha fracasado. No se ha producido el encuentro.

—Por tanto, no hay nada que grabar —dijo el bardo con un ronroneo cortante. Su rostro redondo y verde pareció hincharse por la decepción.

—No. Mire. Lo significativo es la imagen de Eng. Ha pasado el día con el Anarca… y, como consecuencia, su progreso temporal ha reanudado su curso normal. Compruébelo con sus propios ojos.

Tras estudiar unos momentos la imagen en vídeo de Eng, el bardo se recostó en su asiento y dijo:

—El estigma. Una densa infección de vello facial. Un indicio claro en un varón, sobre todo de raza cauc.

—¿Debemos hacerle renacer ahora? —preguntó Gantrix—. ¿Antes de que se vea con Lehrer? —Tenía en su poder un arma extraordinaria, capaz de reducir a cualquier persona en cuestión de minutos… enviarla directamente al vientre más cercano, y para siempre.

—En mi opinión —dijo el bardo Chai— se ha vuelto inofensivo.

—El suable no existe. Esto no lo recreará. —Pero en su interior sentía duda, si no preocupación. Puede que Gantrix, su subordinado, hubiera analizado correctamente la situación. Lo había hecho otras veces, en varias crisis… lo que explicaba su valor para el Consejo de Limpieza.

—Pero si se ha cancelado la Fase Hobart para él —dijo Gantrix obstinadamente—, la invención del suable volverá a producirse. A fin de cuentas, él posee el manuscrito original. Su contacto con el Anarca se ha producido antes de que los erradicadores del sindicato completaran la fase final de la destrucción.

Esto era cierto, sin ningún género de duda. Tras pensarlo un momento, el bardo Chai asintió. Y sin embargo, a pesar de lo que sabía, tenía dificultades para tomarse en serio a Ludwig Eng. Por mucha barba que tuviera, no parecía peligroso. Se volvió hacia Gantrix, dispuesto a decir algo… y se detuvo en seco.

—Su expresión me resulta insólita —dijo Gantrix con palpable fastidio—. ¿Qué sucede? —El bardo continuó mirándolo fijamente, lo que ahondó su intranquilidad. La preocupación reemplazó al fastidio.

—Su cara —dijo el bardo Chai, manteniendo la compostura con el máximo esfuerzo.

—¿Qué le pasa? —La mano de Gantrix voló a su barbilla. Se la acarició fugazmente y entonces parpadeó—. Dios mío.

—Y usted no ha estado cerca del Anarca. Así que eso no explica lo que le pasa. —Entonces pensó en sí mismo. ¿Se habría extendido también a él la reversión de la Fase Hobart? Exploró rápidamente su mandíbula y su papada. Y sintió la inconfundible e incipiente aspereza. Perplejo, se preguntó: «¿A qué se debe esto? La reversión de la línea temporal del Anarca sólo puede ser el efecto de una causa anterior, relacionada con ellos. Esto proyecta nueva luz sobre la situación del Anarca. Puede que no haya sido un acto voluntario.»

—¿Podría ser —dijo Gantrix pensativamente— que la desaparición de Eng tuviera algo que ver con esto? Salvo la mención en el original mecanografiado, ya no existe ninguna realidad vinculada al suable. De hecho, tendríamos que haberlo previsto, dado que el suable está íntimamente relacionado con la Fase Hobart.

—Supongo que sí —dijo el bardo Chai, aún reflexionando. Pero, estrictamente hablando, el suable no había creado la Fase Hobart.

Servía para dirigirla, de modo que ciertas regiones del planeta podían escapar de ella, mientras otras habían quedado completamente atrapadas en ella. Sin embargo, la desaparición del suable de la sociedad contemporánea debía de difuminar la Fase Hobart por igual en todas partes; y, como corolario de esto, podía darse una disminución por debajo de su nivel de eficacia para aquella gente, como Carl Gantrix y él mismo, que habían participado de la fase por completo.

—Pero ahora —dijo Gantrix con tono pensativo— el inventor del suable, y su primer usuario, ha vuelto al tiempo normal. Por ello, la invención del suable ha vuelto a manifestarse. Eng construirá el primer modelo funcional de su máquina en cualquier momento.

La dificultad de la situación de Eng se había hecho evidente para el bardo Chai. Como antes, el uso de la máquina se extendería por todo el mundo. Pero en cuanto Eng construyera y pusiera a funcionar su suable piloto, la Fase Hobart se reanudaría; una vez más, el sentido cronológico de Eng volvería a revertirse. Los suables volverían a ser prohibidos por el sindicato hasta que, una vez más, no quedara de ellos más que el original mecanografiado, momento en el que se restablecería el tiempo normal.

El bardo Chai tenía la sensación de que Eng se había metido en un círculo cerrado. Oscilaría dentro de un pequeño intervalo: entre la posesión de una descripción meramente teórica del suable y la construcción y puesta en funcionamiento de un primer modelo funcional.

Y una parte importante de la población de la Tierra lo seguiría en sus oscilaciones.

«Estamos atrapados con él —comprendió con desesperación el bardo Chai—. ¿Cómo podemos escapar? ¿Qué solución nos queda?»

—Debemos forzar a Eng a completar la destrucción de su original, incluida la idea de la máquina —dijo Gantrix—, o…

—Pero eso es imposible —lo interrumpió el bardo Chai con impaciencia—. En este momento, como no existen suables para sustentarla, la Fase Hobart se debilita automáticamente. ¿Cómo podemos, en su ausencia, obligar a Eng a retroceder un solo paso en el tiempo?

Constituía una pregunta válida y susceptible de recibir respuesta. Ambos hombres lo sabían y ninguno de ellos pronunció palabra por algún tiempo. Gantrix continuó rascándose la barbilla con fuerza, como si fuera capaz de percibir el afloramiento continuo del vello facial. El bardo Chai, a su vez, se había sumido en un estado de mayor introversión; dio vueltas y más vueltas al problema.

No encontraba respuesta. Al menos aún. Pero, si disponía de tiempo suficiente…

—Es extremadamente complicado —dijo con agitación—. Lo más probable es que Eng esté a punto de fabricar su primer suable. Y una vez más nos veremos sumidos en el ciclo cronológico de sentido retrógrado. —Lo que más le preocupaba era una idea terrible que acababa de ocurrírsele: aquello se repetiría una vez tras otra, y cada una de ellas el intervalo sería más corto. «Hasta que —pensó— se convierta en un momento encallado en el interior de un milisegundo. No habrá progresión temporal posible en ninguno de los dos sentidos.»

Una idea aterradora, sin duda. Pero existía un factor que invitaba a la esperanza. Indudablemente, Eng percibiría también el problema.

Y buscaría una solución. La lógica indicaba que sólo había una forma de escapar: podía abstenerse voluntariamente de inventar el suable. De este modo, la Fase Hobart no llegaría a existir, al menos de manera efectiva.

Pero la decisión le competía sólo a Ludwig Eng. ¿Cooperaría si se le presentaba la idea?

Lo más probable era que no. Eng siempre había sido un hombre violento e introspectivo. Nadie podía influenciarlo. Como es lógico, esto era parte de lo que le había llevado a desarrollar una personalidad original. Sin ello, nunca habría llegado a nada como inventor, y el suable, con su inmenso impacto sobre la sociedad contemporánea, nunca habría existido.

«Lo que habría sido una cosa estupenda», pensó el bardo con malhumor. Lo malo era que no lo había pensando nunca.

Se daba cuenta ahora.

La solución propuesta por Gantrix, la de hacerlo renacer, no le gustaba. Pero cada vez estaba más convencido de que era la única manera de salir de aquello. Y era necesario salir de aquello.

Con profunda irritación, el bibliotecario Niehls Lehrer inspeccionó el reloj de su mesa y luego su agenda. Eng no se había presentado. Habían dado las dos y media y seguía solo en su oficina. Carl Gantrix le había dicho la verdad.

Mientras reflexionaba sobre el significado de esto sonó el teléfono. Probablemente fuera Eng, decidió mientras se disponía a cogerlo. «Estará lejos y dirá que no puede venir. Me va a meter en un lío. Al sindicato no le va a gustar. Y tendré que decírselo. No tengo alternativa.»

Cogió el teléfono.

—Adiós —dijo.

—Te quiero, Niehls. —Una voz femenina, sin resuello. No era la llamada que esperaba—. ¿Tú me quieres?

—Sí, Charise —dijo—. Yo también te quiero. Pero, caray, no me llames en horas de oficina. Pensé que ya te lo había dicho.

—Lo siento, Niehls —dije Charise con voz contrita—. Pero no dejo de pensar en el pobre Lance. ¿Lo has investigado, tal como prometiste? Seguro que no.

De hecho, sí que lo había hecho. O, para ser más precisos, le había ordenado a uno de sus subordinados que lo hiciera por él. Metió la mano en el primero de sus cajones y sacó la foto de Lance Arbuthnot—. Aquí está —informó a Charise—. Sé todo lo que se puede saber sobre este chiflado. O todo lo que me importa sobre él, para ser más exactos. —Hojeó el informe—. La verdad es que no hay mucho. Arbuthnot no ha hecho gran cosa. Espero que comprendas que sólo tengo tiempo para esto porque un importante cliente de la biblioteca no se ha presentado aún a su cita de la dos y media. Si aparece, tendré que dar por terminada esta conversación.

—¿Arbuthnot conocía al Anarca Peak?

—Esa parte es cierta.

—Y es un chiflado auténtico. Así que erradicar su tesis sería un gran logro para nuestra sociedad. Es tu deber. —En la pantalla del videófono, sus largas pestañas aletearon sugerentemente—. Vamos, Niehls, cariño. Por favor.

—Pero —continuó Lehrer, inflexible— aquí no he visto nada que sugiera que Arbuthnot haya pasado tiempo alguno elaborando una tesis relacionada con los aspectos psicosomáticos de la muerte por impacto de meteorito.

Charise se ruborizó, titubeó un instante, y entonces, en voz baja, respondió:

—Eso… mmm, me lo inventé yo.

—¿Por qué?

—Bu-u-u-eno —balbució ella al cabo de un momento—. El caso es que soy su amante.

—El caso —replicó Lehrer con implacable determinación— es que no sabes cuál es el tema de su tesis. Puede que sea perfectamente racional. Una importante contribución a nuestra sociedad. ¿Verdad? —No esperó a que llegara la respuesta. Alargó la mano, decidido a cortar la comunicación.

—Espera. —Charise tragó saliva rápidamente, agachó la cabeza y entonces, al ver que los dedos de Niehls tocaban el interruptor del videófono, continuó—: Muy bien, Niehls. Lo admito. Lance se niega a revelarme el contenido de su tesis. No quiere contárselo a nadie. Pero si te decidieras a erradicarla… ¿No lo entiendes? Tendría que revelártelo a ti. Tu análisis es obligatorio para que lo acepte el sindicato. ¿No es así? Y entonces me contarás lo que es. Lo sé.

—¿Y a ti por qué te importa tanto?

—Creo —dijo Charise tras un momento de titubeo— que tiene que ver conmigo. En serio. Hay algo raro en mí, y Lance se ha dado cuenta. Es decir, no es tan extraño si te fijas en lo… mmm, unidos que estamos. Es como si pudiéramos… leernos la mente. Espero que no te moleste el símil.

—Yo creo que eso es un tópico —dijo Lehrer con tono glacial. «Ahora mismo —se dijo—, no aceptaría la tesis de Arbuthnot por nada del mundo. Ni aunque me costara una bonificación de diez mil poscréditos»—. Ya hablaremos en otro momento —dijo, y cortó la comunicación.

—Señor —dijo su secretaria, la señorita Tomsen, por el intercomunicador de la mesa—. Hay un hombre aquí que lleva esperando desde las seis de la tarde. Dice que sólo necesita un par de minutos de su tiempo y la señorita McFadden le ha dicho que usted tendría mucho gusto…

—Dígale que me he muerto —repuso Lehrer con rudeza.

—Pero usted no puede morir, señor. Está sometido a la Fase Hobart. Y el señor Arbuthnot lo sabe, puesto que él mismo lo ha mencionado. Está ahí sentado, elaborando su horóscopo Hobart, y predice que le han ocurrido grandes cosas durante el último año. Francamente, me pone nerviosa. Algunas de sus predicciones parecen tan acertadas…

—La adivinación del pasado no me interesa —dijo Lehrer—. De hecho, opino que es un engaño. Sólo se puede conocer el futuro.

«De acuerdo, el tipo es un chalado —comprendió—. Charise me ha dicho la verdad sobre eso. Pretender, con toda seriedad, que se puede predecir lo que ya ha ocurrido, lo que se ha esfumado en el limbo del nebuloso ayer… Como dijo P. T. Barnum: cada minuto muere un cretino.»

«Quizá debería verlo —pensó—. Charise tiene razón. Este tipo de ideas habría que erradicarlas por el bien de la humanidad, y por la paz espiritual.»

Pero esto no era todo. Ahora sentía además una irresistible curiosidad. En cierto modo, sería interesante oír lo que tenía que decir aquel idiota. Ver lo que había predicho, sobre todo para las últimas semanas. Y luego aceptar la erradicación de su tesis. Ser la primera persona para la que se elaborara un horóscopo Hobart.

Estaba claro que Ludwig Eng no tenía la intención de presentarse. «Ya deben de ser las dos», se dijo. Consultó su reloj de pulsera.

Y parpadeó.

Las manecillas de su reloj marcaban las tres menos veinte.

—Señorita Tomsen —dijo Lehrer por el intercomunicador—. ¿Qué hora tiene?

—Caramba —respondió su secretaria—. Es más temprano de lo que pensaba. Recuerdo perfectamente haber visto que eran las dos y veinte hace un momento. Se me habrá parado el reloj…

—Dirá usted que es más tarde de lo que pensaba. Las tres menos veinte es más tarde que las dos y veinte.

—No, señor. Discúlpeme por llevarle la contraria. Es decir, no soy quién para decirle a usted cómo son las cosas, pero en este caso se equivoca. Puede preguntarle a cualquiera. Le preguntaré a este caballero, por ejemplo. Señor Arbuthnot, las tres menos veinte es más tarde que las dos y veinte, ¿verdad?

—Sólo me interesa ver al señor Lehrer —dijo una voz masculina, seca y controlada por el intercomunicador—, no enzarzarme en discusiones académicas. Señor Lehrer, si accede a verme, le garantizo que descubrirá que mi tesis es el montón de basura más grande que jamás ha visto. La señorita McFadden no lo ha engañado.

—Que pase —ordenó Lehrer de mala gana a la señorita Tomsen. Estaba perplejo. Había empezado a suceder algo muy raro, algo que estaba relacionado con el flujo del tiempo. Pero no podía determinar con exactitud de qué se trataba.

Un joven pulcramente vestido, afectado por los primeros síntomas de una incipiente calvicie, entró en la oficina con un maletín bajo el brazo. Lehrer y él se estrecharon fugazmente la mano y luego Arbuthnot tomó asiento al otro lado de la mesa.

«Con que éste es el hombre con el que Charise está teniendo un lío —se dijo Lehrer—. Bueno, así es la vida.»

—Tiene usted diez minutos —dijo—. Y luego se marchará de aquí. ¿Entendido?

—He engendrado —dijo Arbuthnot mientras abría el maletín— el más absurdo concepto imaginable. Y creo que su erradicación total es absolutamente esencial para que la idea no encuentre arraigo y no pueda hacer daño a la sociedad. Hay gente dispuesta a abrazar cualquier idea, por muy contraria al sentido común que pueda ser. Es usted la única persona a la que le he enseñado esto, y ha de saber que lo hago sólo con las máximas reservas.

Entonces, en un único y espasmódico movimiento, Arbuthnot sacó un original mecanografiado, lo dejó caer sobre la mesa de Lehrer y se recostó en su asiento para esperar.

Lehrer examinó el título con prudencia profesional y se encogió de hombros.

—Esto no es más que la inversión del titulo de la famosa obra de Ludwig Eng. —Apartó su silla de la mesa como si quisiera rechazar el manuscrito con un gesto. Levantó ambas manos e hizo un ademán despectivo—. Esto no tiene nada de absurdo. La idea de invertir el título de Eng es perfectamente lógica. Se le podría haber ocurrido a cualquiera en cualquier momento.

—Pero no se le había ocurrido a nadie —replicó Arbuthnot, grave—. Hasta ahora. Vuelva a leerlo y piense en las implicaciones.

Lehrer volvió a examinar el grueso fajo de hojas sin dejarse impresionar.

—Las implicaciones —continuó Arbuthnot en voz baja, queda pero tensa— de la erradicación de este manuscrito.

El título, que seguía sin impresionar a Lehrer, rezaba así: Cómo convertir un suable en objetos domésticos en su tiempo libre.

—¿Y? —dijo Lehrer—. Cualquiera puede desmontar un suable. De hecho, es algo que ya se hace. Es más, se están eliminando por millares. Es el procedimiento estándar. Dudo que pueda encontrarse un solo suable en todos…

—Cuando se erradique esta tesis —dijo Arbuthnot—, como estoy convencido de que se ha hecho, y recientemente, ¿en qué consistirá la negación? Piénselo, Lehrer. Ya conoce las implicaciones de borrar de la existencia la premisa de Eng: el fin de los suables y, por ende, de la Fase Hobart. De hecho, en las ultimas veinticuatro horas hemos constatado un regreso al flujo cronológico normal en los Estados Unidos Occidentales y el Municipio Libre de Negro… Es decir, a medida que el original de Eng se acerca a la jurisdicción del sindicato. La erradicación de mi obra, si seguimos la misma línea de razonamiento… —Hizo una pausa—. Ya entiende lo que he hecho, ¿no? He encontrado el modo de preservar el suable. Y de salvar la Fase Hobart de la desintegración que está sufriendo. Sin mi tesis, perderemos todo lo que el suable nos ha traído. El suable, Lehrer, elimina la muerte. El caso del Anarca Peak es sólo el principio. Pero el único modo de mantener el ciclo es equilibrar la obra de Eng con la mía. La de Eng nos mueve en una dirección. La mía la revierte y entonces la obra de Eng vuelve a ser operativa. Eternamente, si queremos. A menos, y no se me ocurre cómo podría suceder tal cosa, aunque teóricamente es posible, que se produzca una irremediable fusión de ambos flujos temporales.

—Es usted un chiflado —masculló Lehrer.

—Exacto —asintió Arbuthnot—. Y por eso debe usted proponer al sindicato la erradicación oficial de mi obra. Porque no me cree. Porque cree que es una chifladura. —Esbozó una leve sonrisa y sus ojos grises le lanzaron una mirada penetrante y llena de inteligencia.

Lehrer pulsó el botón de su intercomunicador y dijo:

—Señorita Tomsen, notifique a la oficina local del sindicato que quiero que se envíe un erradicador a mi oficina lo antes posible. Tengo aquí una basura que quiero que examine para la posible destrucción de la copia terminal.

—Sí, señor Lehrer —dijo la voz de la señorita Tomsen.

Lehrer se recostó en su silla y estudió al hombre que tenía enfrente.

—¿Satisfecho?

—Del todo —dijo Arbuthnot sin dejar de sonreír.

—Si creyera que hay algo en su concepto…

—Pero no lo cree —dijo Arbuthnot con tono paciente—. Así que va a darme lo que quiero. Tendré éxito. En algún momento de mañana, o de pasado mañana, como mucho.

—Querrá decir ayer —dijo Lehrer—. O anteayer. —Consultó su reloj de pulsera—. Han pasado sus diez minutos —informó al chiflado inventor—. Ahora quiero que se marche. —Colocó una mano sobre los documentos—. Esto se queda aquí.

Arbuthnot se levantó y se encaminó a la puerta de la oficina.

—Señor Lehrer —dijo, tras detenerse allí—, no quiero que se alarme, pero, con el debido respeto, creo que debería afeitarse.

—No me he afeitado hace veintitrés años —dijo Lehrer—. Desde que la Fase Hobart se manifestó en la zona de Los Angeles en la que vivía.

—Pues mañana, a esta hora, lo habrá hecho —dijo Arbuthnot. Y salió de la oficina. La puerta se cerró tras él.

Tras un momento de reflexión, Lehrer pulsó el botón del intercomunicador.

—Señorita Tomsen, que no pase nadie más. Cancele todas mis citas del día.

—Sí, señor. —Y, con tono esperanzado, añadió—: Era un chalado, ¿verdad? Ya lo imaginaba. Tengo un radar para ellos. Me alegro de que lo haya visto.

—De que vaya a verlo —la corrigió él.

—Creo que se equivoca, señor Lehrer. El pretérito perfecto…

—Aunque se presente el señor Ludvvig Eng —dijo Lehrer—, ya no tengo ganas de verlo. Ya he tenido suficiente por hoy. —Abrió el cajón, depositó cuidadosamente en su interior el manuscrito de Arbuthnot y luego volvió a cerrarlo. Alargó la mano hacia el cenicero de la mesa, escogió la más corta de las colillas, es decir, la menor, la estrujó contra la superficie de cerámica hasta que empezó a encenderse y se la llevó a los labios. Mientras exhalaba bocanadas de humo a su interior, se quedó mirando los chopos que delimitaban el aparcamiento, al otro lado de la ventana.

En ese momento se levantó una brisa, que recogió las hojas del suelo, las levantó en el aire y fue a adherirlas a las ramas de los árboles, formando un arreglo que, decididamente, los embellecía.

Algunas de ellas ya habían empezado a teñirse de verde. Dentro de poco, el otoño daría paso al verano, y luego éste a la primavera.

Lehrer se deleitó con la imagen mientras esperaba a que el sindicato enviara a su erradicador. Debido a la delirante tesis del chiflado, el tiempo había vuelto a la normalidad. Salvo…

Se pasó la mano por la barbilla. Vello. Frunció el ceño.

—Señorita Tomsen —dijo por el intercomunicador—. ¿Podría pasar un momento y decirme si necesito un afeitado?

Tenía la sensación de que lo necesitaría. Y pronto.

Posiblemente, antes de la media hora anterior.

NOTA:

Su cita será ayer [27 de agosto de 1965], en Amazing (agosto de 1966). [Incluido en forma adaptada en la novela de PKD Counter-clock WORLD.]


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