El oficial de paz Caleb Myers detectó el veloz vehículo en la pantalla del radar y se dio cuenta al instante de que el operador había eliminado el gobernador. El vehículo, que corría a unos doscientos setenta y cinco kilómetros por hora, circulaba a más velocidad de la permitida. Por tanto, el operador pertenecía a la clase azul: ingenieros y técnicos, gente capaz de manipular esas cosas. El arresto, pues, sería complicado.
Contactó por radio con un vehículo policial situado quince kilómetros al norte, por la autopista.
—Desactivad su fuente de energía en cuanto pase por allí —le sugirió a su compañero—. Va demasiado rápido para bloquearlo, ¿vale?
Detuvieron el vehículo a las 3:10 de la mañana. Una vez sin energía, continuó deslizándose hasta detenerse en el arcén de la autopista. El agente Myers pulsó unos botones y voló en dirección norte, hasta localizar al vehículo inmovilizado y las luces rojas de la rueda policial que se dirigía hacia él en medio del denso tráfico. Aterrizó en el preciso instante en que su colega llegaba al lugar.
Juntos, con cautela, se acercaron a la parada rueda, caminando sobre la gravilla del arcén.
Al volante había un hombre delgado, vestido con una camisa blanca y una corbata del mismo color. Con la mirada clavada en el parabrisas y una expresión de perplejidad, no hizo ademán alguno de saludar a los dos agentes, con sus uniformes grises, sus rifles y los trajes de burbujas protectoras que los cubrían de la cabeza a los pies. Myers abrió la puerta del vehículo y se asomó mientras su compañero, rifle en mano, esperaba por si se trataba de otra emboscada. Sólo aquella semana habían matado a cinco hombres de la oficina local de San Francisco.
—¿Sabe usted —dijo Myers al silencioso conductor— que la sanción por manipular el gobernador de velocidad de una rueda es una suspensión del permiso de dos años? ¿Merecía la pena?
Al cabo de un momento, el conductor volvió la cabeza hacia él y dijo:
—Estoy enfermo.
—¿Psicológica o físicamente? —Myers pulsó el botón de emergencia de su cuello para contactar con la línea 3, el Hospital General de San Francisco. Si era necesario, podía tener una ambulancia allí en cinco minutos.
—Todo me parecía irreal —dijo el conductor con voz ronca—. Pensé que si podía conducir lo bastante deprisa podría llegar a algún lugar que fuera… sólido. —Apoyó una mano en el salpicadero de su rueda y lo palpó, como si no creyera que la superficie acolchada estuviera realmente allí.
—Deje que eche un vistazo a su garganta, señor —dijo Myers mientras le apuntaba a la cara con la linterna. Le levantó la mandíbula hacia arriba y miró más allá de su perfecta dentadura cuando el hombre, en un gesto reflejo, abrió la boca.
—¿La ves? —preguntó su compañero.
—Sí. —Había vislumbrado el destello. La unidad anti-carcinoma, instalada en la garganta. Como la mayoría de los no-terrícolas, aquel hombre le tenía fobia al cáncer. Probablemente hubiera pasado la mayor parte de su vida en una colonia, respirando aire puro, la atmósfera artificial generada por los equipos de reconstrucción automatizados antes de que se instalaran los humanos. Así que su fobia era fácil de entender.
—Tengo un médico a jornada completa. —El hombre metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera. De su interior extrajo una tarjeta. Le temblaba el pulso mientras se la pasaba a Myers—. Es especialista en medicina psicosomática, está en San José. ¿Podrían llevarme a verlo?
—No está usted enfermo —dijo Myers—. Lo que pasa es que aún no se ha acostumbrado por completo a la Tierra, a su gravedad, su atmósfera y los factores ambientales. Son las tres y cuarto de la mañana. El doctor… Hagopian, o como sea, no podrá verlo ahora. —Estudió la tarjeta. Decía:
«Este hombre está sometido a atención médica y, en caso de que presentara algún comportamiento extraño, se le deberán prestar cuidados especializados de inmediato.»
—Los médicos de la Tierra —dijo el otro agente— no ven a sus pacientes fuera de las horas de visita. Tendrá que acostumbrarse a ello, señor… —Extendió la mano—. Permítame su carné de operador, por favor.
El hombre le pasó la tarjeta en un gesto reflejo.
—Váyase a casa —le dijo Myers. Según el carné se llamaba John Cupertino—. ¿Está casado? Su esposa puede venir a recogerlo; lo llevaremos a la ciudad… Será mejor que deje la rueda aquí y no conduzca más esta noche. Y, por lo que se refiere a la velocidad…
—No estoy acostumbrado a un límite arbitrario —respondió Cupertino—. En Ganímedes no hay problemas de tráfico. Circulamos entre los trescientos y los cuatrocientos kilómetros por hora. —Su voz tenía una extraña monotonía que hizo pensar a Myers que podía haber tomado drogas, especialmente estimulantes talámicos. Cupertino estaba sumamente nervioso. Eso podía explicar que hubiera desactivado el regulador de velocidad oficial, un trabajo bastante sencillo para un hombre acostumbrado a manejar maquinaria. Y, sin embargo…
Había algo más. Tras veinte años de experiencia, Myers se percataba de esas cosas.
Abrió la guantera y enfocó el interior con la linterna. Cartas, una guía de moteles de lujo…
—Realmente no cree que esté en la Tierra, ¿verdad, señor Cupertino? —le preguntó Myers. Estudió la cara del tipo; carecía de toda emotividad—. Es usted otro de esos condenados adictos que creen que esto es otra fantasía de culpabilidad inducida por las drogas… y que en realidad sigue en Ganímedes, sentado en el salón de su vivienda de veinte pisos, rodeado sin duda por sus criados cibernéticos, ¿verdad? —Soltó una carcajada seca y brusca antes de volverse hacia su compañero—. En Ganímedes es muy fácil de conseguir —dijo—. Esa mierda. Frohedadrina, se llama el extracto. Machacan los tallos secos, hacen una masa, la cuecen, la secan, y luego se la fuman. Y cuando lo han hecho…
—Jamás he probado la frohedadrina —dijo John Cupertino con voz ausente y la mirada perdida en algún lugar situado delante de él—. Sé que estoy en la Tierra. Pero me pasa algo. Mire. —Alargó la mano hacia el acolchado salpicadero y Myers vio que ésta desaparecía hasta la altura de la muñeca—. ¿Ve? A mi alrededor es todo insustancial, como las sombras. Ustedes dos, por ejemplo. Podría hacer que se esfumaran con sólo dejar de prestarles atención. Al menos, eso creo. Pero… ¡es que no quiero! —Su voz temblaba de angustia—. Quiero que sean reales. Quiero que todo esto sea real, incluido el doctor Hagopian.
El oficial Myers se conectó a la línea 2 a través del comunicador de su garganta.
—Ponedme con un tal doctor Hagopian, en San José. Es una emergencia, ignorad su servicio de contestador.
La línea emitió un chasquido al establecerse la conexión.
Myers miró a su compañero y dijo:
—Tú lo has visto. Has visto cómo ha atravesado el salpicadero con la mano. Tal vez sea verdad que puede hacer que nos esfumemos. —No tenía ganas de probarlo. Estaba confuso y ahora lamentaba no haber dejado que Cupertino siguiera por la autopista, hasta el Infierno si era necesario. Allá donde quisiera llegar.
—Conozco la razón de todo esto —dijo Cupertino, medio para sí. Sacó un paquete de cigarrillos y se encendió uno. Su mano ya temblaba menos—. Es por la muerte de Carol, mi esposa.
Ninguno de los agentes lo contradijo. Guardaron silencio mientras esperaban a que se le pasara la llamada al doctor Hagopian.
Con los pantalones por encima del pijama y una chaqueta abrochada hasta el cuello para protegerse del frío de la noche, Gotdieb Hagopian recibió a su paciente en su consulta del centro de San José. Encendió primero las luces, luego la calefacción, trajo una silla y se preguntó qué pensaría su paciente al verlo con los pelos así.
—Siento haberlo despertado —dijo Cupertino. Pero no parecía sentirlo; parecía totalmente despierto, a las cuatro de la mañana. Estaba sentado, fumando, con las piernas cruzadas, mientras Hagopian, maldiciendo y refunfuñando por dentro, se dirigía a la sala de atrás para encender la cafetera. Al menos eso no se lo podía negar nadie.
—Los agentes —dijo Hagopian— han pensado que había tomado algún estimulante por su forma de comportarse. Usted y yo sabemos lo que ocurre. —Cupertino, como él sabía perfectamente, siempre era así; el hombre era ligeramente maniático.
—No debería haber matado a Carol —dijo Cupertino—. Nada ha sido igual desde entonces.
—¿La echa de menos? Ayer, cuando lo vi, me dijo…
—Eso era a la luz del día; siempre me siento mejor cuando está el sol en lo alto. Por cierto. He contratado un abogado. Se llama Phil Wolfson.
—¿Por qué? —No quedaba ningún litigio pendiente contra Cupertino; ambos lo sabían.
—Necesito consejo profesional. Aparte del suyo. No lo estoy criticando, doctor. No se lo tome como un insulto. Pero hay aspectos de mi situación que son más legales que médicos. La consciencia es un interesante fenómeno. Se encuentra en parte en el reino de lo psicológico y en parte…
—¿Café?
—Dios, no. Desactiva el nervio vago durante horas.
—¿Les ha hablado a los agentes de Carol? —preguntó el doctor Hagopian—. ¿Les ha dicho que la mató?
—Sólo les dije que estaba muerta. Tuve cuidado.
—No lo tuvo cuando circulaba a más de doscientos cincuenta kilómetros por hora. Hoy ha salido un caso en el Crónica. Sucedió en la autopista de Bayshore. La patrulla estatal de carreteras ha desintegrado a un coche que iba a doscientos cincuenta. Todo legal. Seguridad pública, las vidas de…
—Le advirtieron —señaló Cupertino. No parecía perturbado; de hecho, parecía aún más tranquilo—. Se negó a detenerse. Estaba borracho.
—Supongo que es usted consciente —dijo Hagopian— de que Carol sigue viva. De que, de hecho, vive en la Tierra, en Los Angeles.
—Pues claro. —Cupertino asintió con irritación. ¿Por qué tenía que recrearse Hagopian en lo obvio? Lo habían discutido miles de veces y, sin duda, el psiquiatra iba a preguntarle otra vez lo mismo: ¿cómo puede haberla matado si sabe que sigue viva? Estaba cansado e irritable; la sesión con Hagopian no estaba yendo a ninguna parte.
El doctor Hagopian cogió una hojita de papel, escribió algo apresuradamente, la arrancó del cuadernillo y se la ofreció a Cupertino.
—¿Una receta? —preguntó éste mientras la cogía.
—No. Una dirección.
Cupertino la miró y vio que era una dirección en South Pasadena. Sin duda era la dirección de Carol. Se le arrugó el semblante de rabia.
—Voy a intentarlo —dijo el doctor Hagopian—. Quiero que vaya a verla cara a cara. Entonces…
—Dígale a la junta de directores de Empresas Educativas Six-Planet que vayan a verla a ella, no a mí —dijo Cupertino mientras le devolvía la hojita—. Son los responsables de la tragedia. Por su culpa tuve que hacerlo. Y usted lo sabe, así que no me mire así. Fueron ellos los que planearon que lo mantuviéramos en secreto, ¿no?
El doctor Hagopian suspiró.
—A las cuatro de la mañana, todo parece más confuso. El mundo entero parece más ominoso. Estoy al corriente de que en aquel momento trabajaba usted para Six-Planet en Ganímedes. Pero la responsabilidad moral… —Se interrumpió—. Me cuesta decir esto, señor Cupertino. Fue usted quien apretó el gatillo del rayo láser, así que tiene usted que aceptar la responsabilidad moral.
—Carol iba a contar a los homeoperiódicos que estaba a punto de producirse un levantamiento en Ganímedes, en el que estaba involucrada la autoridad civil del planeta, formada esencialmente por Six-Planet. Les dije que no podíamos permitir que dijera nada. Lo hizo por motivos mezquinos y despreciables, por aversión hacia mí, no por algo que tuviera que ver con el hecho en sí. Como todas las mujeres, la movían la vanidad personal y el orgullo herido.
—Vaya a esa dirección de South Pasadena —le instó el doctor Hagopian—. Vea a Carol. Convénzase de que nunca la mató, de que lo que ocurrió aquel día en Ganímedes, hace tres años, fue una… —Hizo un ademán mientras trataba de dar con la palabra adecuada.
—Sí, doctor —dijo Cupertino con tono cortante—. ¿Qué fue? Porque aquel día, o más bien aquella noche, le disparé a Carol justo entre los ojos con el rayo láser, en todo el lóbulo frontal; estaba totalmente muerta antes de que abandonara el apartamento y me dirigiera al espaciopuerto para coger un vuelo a la Tierra. —Esperó. Hagopian iba a tardar en encontrar las palabras exactas. Le llevaría tiempo.
Al cabo de un momento, su médico reconoció:
—Sí, sus recuerdos son muy detallados; está todo en mi archivo y no tiene sentido repetirlo otra vez. Francamente, me resulta fastidioso a esta hora de la mañana. No sé por qué está ahí ese recuerdo. Sé que es falso porque he conocido personalmente a su esposa, he hablado con ella y he intercambiado correspondencia con ella. Posterior, por cierto, a la fecha en la que recuerda usted haberla asesinado en Ganímedes. Eso puedo asegurárselo.
—Déme una buena razón para ir a verla —dijo Cupertino mientras amenazaba con romper el papel en dos.
—¿Una? —El doctor Hagopian reflexionó un instante. Estaba pálido y cansado—. Sí, puedo darle una buena razón, pero seguramente la rechace.
—Inténtelo.
—Carol estaba presente aquella noche —dijo el doctor Hagopian—, la noche que recuerda usted haberla asesinado. Quizá pueda decirle de dónde ha salido el falso recuerdo; en sus cartas insinuaba que podía saber algo sobre ello. —Miró de soslayo a Cupertino—. Eso fue todo lo que me dijo.
—Iré —dijo Cupertino, y entonces se dirigió rápidamente hacia la puerta de la consulta.
«Qué curioso —pensó—. Obtener información sobre la muerte de una persona de esa misma persona.»
Pero Hagopian tenía razón: Carol era la única persona, aparte de él, que había estado presente aquella noche. Tendría que haberse dado cuenta hace tiempo de que, más tarde o más temprano, tendría que ir a verla.
Era una crisis en su estructura lógica que no deseaba tener que afrontar.
A las seis se encontraba en la puerta de la casa de Carol Holt Cupertino. Tuvo que llamar varias veces al timbre para que, finalmente, se abriera la puerta del pequeño apartamento individual. Una Carol soñolienta, con un camisón de nailon azul trasparente y unas zapatillas de felpa blanca, apareció ante él. Un gato salió corriendo.
—¿Te acuerdas de mí? —dijo Cupertino mientras se apartaba para dejar pasar al minino.
—Oh, Dios. —Carol se apartó un mechón de cabello rubio de los ojos y asintió—. ¿Qué hora es? —Una luz grisácea y fría bañaba la calle casi desierta. La mujer empezó a tiritar y cruzó los brazos—. ¿Cómo vienes tan temprano? Nunca te acostabas antes de las ocho.
—Aún no me he acostado. —Entró en el oscuro salón, que tenía las cortinas echadas—. ¿Me ofreces un café?
—Claro. —Con indiferencia, se dirigió a la cocina y pulsó el botón de CAFÉ caliente del horno. Apareció una taza de fragante café, seguida al poco por una segunda—. Con crema para mí, y con crema y azúcar para ti. Eres más infantil. —Le dio su taza. El olor de la mujer (calidez, carnalidad y sueño) se mezcló con el del café.
—No has envejecido un solo día, y han pasado más de tres años —dijo Cupertino. De hecho, estaba aún más esbelta, más apetecible.
Carol se sentó en la mesa de la cocina con los brazos cruzados y dijo:
—¿Y eso es sospechoso? —Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.
—No. Es un cumplido. —Él se sentó también—. Me ha mandado Hagopian. Dice que tengo que verte. Es evidente que…
—Sí —dijo Carol—. Lo he visto. Estuve varias veces en Carolina del Norte por asuntos de negocios. Le hice una visita… Me lo había pedido en una carta. Me cae bien. De hecho, ya deberías estar curado.
—¿Curado? —Se encogió de hombros—. Me siento curado. Salvo que…
—Salvo que aún tienes tu idée fixe. Esa idea básica, ficticia y fija que no desaparecerá por mucho que te psicoanalicen. ¿No?
—Si te refieres a mis recuerdos sobre tu muerte, sí. Aún la tengo. Sé que ocurrió. El doctor Hagopian dice que podrías contarme algo sobre ello. Después de todo, como él ha dicho…
—Sí —asintió ella—, pero ¿crees que va a merecer la pena? Es un poco tedioso y… por Dios, son sólo las seis de la mañana. ¿No podrías irte a la cama y vernos más tarde, quizá por la tarde? ¿No? —Suspiró—. De acuerdo. Bueno, es cierto que intentaste matarme. Tenías un rayo láser. Fue en nuestro apartamento de Nuevo Detroit, en Ganímedes, el 12 de marzo de 2014.
—¿Por qué intenté matarte?
—Ya lo sabes —dijo con tono amargo. Sus senos temblaron de resentimiento.
—Sí. —En sus treinta y cinco años de vida, jamás había cometido otro error tan grave. Durante su proceso de divorcio, el hecho de que de su esposa estuviera al corriente de la inminente revuelta le había proporcionado una posición dominante; había podido dictarle los términos a su antojo. A final, las cuestiones económicas habían resultado insoportables y él había ido al apartamento común (aunque, para entonces, ya se había trasladado a otro más pequeño, al otro lado de la ciudad) y le había dicho, lisa y llanamente, que no podía hacer frente a sus exigencias. Entonces Carol lo había amenazado con acudir a la homeoprensa, a las filiales ganimedanas del New York Times y el Daily News.
—Sacaste tu pistolita —dijo Carol— y te sentaste, jugueteando con ella, sin decir nada. Pero tu mensaje estaba claro: o aceptaba un acuerdo injusto, que…
—¿Llegué a disparar?
—Sí.
—¿Y te di?
—Fallaste —dijo Carol— y yo salí huyendo del apartamento y corrí al ascensor. Bajé hasta la garita de seguridad y llamé a la policía desde allí. Vinieron. Aún estabas en el apartamento. —Le temblaba la voz—. Estabas llorando.
—Jesús —dijo Cupertino. Ninguno de ellos pronunció palabra durante un rato. Los dos bebieron café. Al otro lado del cuarto, el temblor de la pálida mano de su esposa hacía tintinear la taza contra el platillo.
—Como es natural —dijo Carol con tono prosaico— seguí adelante con el proceso de divorcio. En tales circunstancias…
—El doctor Hagopian cree que tal vez sepas por qué recuerdo haberte matado aquella noche. Dijo que se lo habías insinuado en una de tus cartas.
Los ojos azules de Carol brillaron.
—Aquella noche no tenías ningún recuerdo falso; sabías que habías fallado. Amboynton, el fiscal del distrito, te dio a elegir entre recibir tratamiento psiquiátrico forzoso o ser acusado de intento de asesinato en primer grado. Elegiste lo primero, como es natural, y desde entonces has estado visitando al doctor Hagopian. En cuanto al falso recuerdo… puedo decirte cuándo se instaló en tu cabeza, exactamente. Visitaste a tus jefes, Empresas Educativas Six-Planet. Viste a su psicólogo, un tal Edgar Green, adjunto a su departamento de personal. Eso ocurrió poco antes de que abandonaras Ganímedes para venir a la Tierra. —Se levantó y fue a volver a llenarse la taza, que estaba vacía—. Supongo que fue el doctor Green el que te implantó el falso recuerdo de mi asesinato.
—Pero, ¿por qué? —dijo Cupertino.
—Sabían que me habías contado los planes para el levantamiento. La idea era que te suicidaras por los remordimientos y la culpa, pero, en lugar de hacerlo, cogiste un billete a la Tierra, tal como habías acordado con Amboynton. De hecho, intentaste suicidarte durante el viaje… Pero seguro que eso sí lo recuerdas.
—Vamos, cuéntamelo. —No recordaba ningún intento de suicidio.
—Te enseñaré el recorte del homeoperiódico; como podrás suponer, lo guardé. —Salió de la cocina y siguió hablando desde el dormitorio—. Por un estúpido sentimentalismo. —El pasajero del vuelo interplanetario… —Su voz se interrumpió y hubo silencio.
Cupertino tomó un sorbo de su café mientras esperaba sentado, sabiendo que ella no encontraría tal recorte. Porque no había existido tal intento de suicidio.
Carol volvió a la cocina con una expresión de perplejidad en la cara.
—No lo encuentro. Pero sé que estaba en mi Guerra y paz, en el volumen uno. Lo utilizaba como marca páginas. —Parecía un poco azorada.
—No soy el único que tiene recuerdos falsos —dijo Cupertino—. Si es que se trata de eso… —Por primera vez en tres años, tuvo la sensación de que estaba haciendo progresos.
Pero la dirección de aquellos progresos no estaba clara. Al menos de momento.
—No lo entiendo —dijo Carol—. Aquí pasa algo.
Mientras él esperaba en la cocina, Carol fue a vestirse al dormitorio. Cuando salió llevaba un suéter y una falda verdes, y zapatos de tacón. Después de peinarse, se acercó al horno y pulsó los botones correspondientes a unas tostadas con dos huevos escalfados. Eran casi las siete; la luz de la calle ya no era gris, sino levemente dorada. Y había más tráfico; se oía el tranquilizador sonido de los vehículos comerciales y las ruedas privadas que llevaban a la gente al trabajo.
—¿Cómo le has echado el lazo a un piso individual? —preguntó Cupertino—. Pensaba que en esta zona de Los Angeles era imposible conseguir otra cosa que apartamentos en los últimos pisos.
—Gracias a mis jefes.
—¿Quiénes son tus jefes? —Al momento, sintió que lo invadía una mezcla de desconfianza y perturbación; era evidente que tenían influencias. Su esposa había ascendido en el mundo.
—Falling Star Asociados.
Nunca había oído hablar de ellos.
—¿Trabajan fuera de la Tierra? —preguntó, confundido—. Si fueran una empresa interplanetaria…
—Es un holding. Soy asesora del presidente de la junta. Hago investigaciones de marketing. —Y añadió—. Tu antigua compañía, Empresas Educativas Six-Planet, nos pertenece; somos los accionistas mayoritarios. Pero eso es lo de menos; es sólo una coincidencia.
Carol desayunó sin ofrecerle nada. Evidentemente ni siquiera se le ocurrió. Cupertino observó de mal humor los familiares y delicados movimientos de su cubertería. Aún la adornaba su pequeña nobleza burguesa. De hecho, parecía más refinada, más femenina que nunca.
—Creo —dijo Cupertino— que ya lo entiendo.
—¿Perdona? —Carol levantó la mirada y le clavó sus penetrantes ojos azules—. ¿Qué es lo que entiendes, Johnny?
—Lo que pasa contigo —dijo Cupertino—. Tu presencia. Es evidente que eres real, tan real como todo lo demás. Como la ciudad de Pasadena. Como esta mesa… —Arañó con brusca violencia la superficie de plástico de la mesa de la cocina—. Como el doctor Hagopian o los dos agentes que me detuvieron esta mañana. —Y añadió—: Pero, ¿hasta qué punto es real todo lo demás? Creo que ésa es la cuestión esencial. Eso explicaría por qué tengo la sensación de que mi mano atraviesa objetos materiales, como el salpicadero de mi rueda. Esa desagradable sensación de que nada de lo que me rodea es sustancial, de que vivo en un mundo de sombras.
Carol, que estaba mirándolo fijamente, se echó a reír de repente y luego siguió comiendo.
—Posiblemente —dijo Cupertino— esté en una prisión de Ganímedes, o en un hospital psiquiátrico. A causa de mi crimen. Y en los años transcurridos desde tu muerte, me haya recluido en un mundo de fantasía.
—Oh, Dios —dijo Carol sacudiendo la cabeza—. No sé si echarme a reír o a llorar. Lo que pasa es que… —Hizo un ademán—. Es demasiado patético. Lo siento mucho por ti, Johnny. En lugar de abandonar esa ilusión, prefieres creer que la Tierra entera, incluidas todas las personas que la habitan, es una fantasía de tu mente. Escucha, ¿no crees que sería más rentable abandonar tu idea fija? Abandonar la idea de que me mataste…
Sonó el teléfono.
—Disculpa. —Se limpió apresuradamente la boca, se levantó y contestó. Cupertino se quedó donde estaba, embargado de melancolía, jugueteando con una miga de la tostada que se había caído del plato; la mantequilla le manchó la mano y al limpiársela con la boca, en un acto reflejo, se dio cuenta de que tenía un hambre de lobo. Tenía que desayunar, así que se acercó al horno para pedir algo, aprovechando que Carol no estaba. Unos momentos después tenía frente a sí un plato de beicon y huevos escalfados, con tostadas y café caliente.
«Pero ¿cómo puedo vivir? —se preguntó—. ¿Cómo puedo obtener más realidad si éste es un mundo ilusorio?
»Esta debe de ser una comida real. Suministrada por el hospital o la prisión. Existe una comida y yo la estoy consumiendo. Existe una habitación, con paredes y suelo…, pero no es ésta. No son estas paredes ni este suelo.
»Y… existe gente. Pero esta mujer no. Carol Holt Cupertino no. Es un carcelero o un ayudante cualquiera. Y un médico. Puede que el doctor Hagopian.
»Eso no se puede negar —se dijo—. El doctor Hagopian es mi psiquiatra.»
Carol volvió a la cocina y se sentó de nuevo ante su plato, ya frío.
—Habla con él. Es Hagopian.
Cupertino acudió presuroso al teléfono.
La cara del doctor Hagopian en la pantalla del aparato parecía tensa y consumida.
—Veo que lo ha hecho, John. ¿Y bien? ¿Qué ha pasado?
—¿Dónde estamos, Hagopian? —preguntó Cupertino.
El psiquiatra frunció el ceño y dijo:
—No sé a qué…
—Estamos los dos en Ganímedes, ¿verdad?
—Yo estoy en San José —repuso Hagopian—. Y usted en Los Angeles.
—Sé cómo poner a prueba mi teoría —dijo Cupertino—. Voy a dar por terminado el tratamiento con usted; si estoy prisionero en Ganímedes no podré, pero si, como usted mantiene, soy un ciudadano libre y estoy en la Tierra…
—Está usted en la Tierra —dijo Hagopian—, pero no es un ciudadano libre. Porque, a causa de su tentativa de asesinato contra su esposa, está obligado a recibir psicoterapia regularmente. Conmigo. Ya lo sabe. ¿Qué le ha dicho Carol? ¿Ha podido proyectar algo de luz sobre los sucesos de aquella noche?
—Yo diría que sí —dijo Cupertino—. He descubierto que trabaja para Empresas Educativas Six-Planet. Sólo por eso me alegro de haber venido. Creo que la contrataron para hacer de perro guardián.
—¿Cómo dice? —Hagopian pestañeó.
—De perro guardián. Para asegurarse de que seguía siéndoles leal. Imagino que temían que pudiera revelarles detalles del levantamiento a las autoridades terrícolas. Así que le asignaron a Carol mi vigilancia. Le conté sus planes y así supieron que no era de fiar. Probablemente Carol recibiera órdenes de acabar conmigo; probablemente lo intentara y fallara, y todos los implicados fueran castigados por las autoridades de la Tierra. Carol pudo escapar porque, oficialmente, no se encontraba entre los empleados de Six-Planet.
—Espere —dijo el doctor Hagopian—. Suena plausible, de algún modo. Pero… —Levantó la mano—. Señor Cupertino, el levantamiento tuvo éxito. Es un hecho históricamente constatado. Hace tres años, en un movimiento simultáneo, Ganímedes, Ío y Calisto expulsaron a los representes de la Tierra y se independizaron. Hasta los niños de la escuela lo saben. Se la llamó la Guerra Tri-lunar del 2014. Nunca habíamos hablado de ello, porque di por sentado que estaba al corriente de ello, como de… —Hizo un ademán—. Vaya, como de cualquier otro suceso histórico.
John Cupertino le dio un momento la espalda al teléfono y le preguntó a Carol.
—¿Es cierto?
—Pues claro —respondió ella—. ¿También es parte de tu ficción el fracaso de la pequeña revuelta? —Sonrió—. Pasas ocho años preparándola para uno de los grandes cárteles que la organizaron y financiaron y entonces, por alguna razón desconocida, decides ignorar su éxito. La verdad es que me das lástima, Johnny; es una pena.
—Tiene que haber alguna razón —dijo Cupertino—. Para que no lo sepa. Para que me lo hayan ocultado hasta ahora. —Desconcertado, alargó el brazo…
Su mano, temblorosa, atravesó la pantalla del videófono y desapareció. La retiró al instante. La mano reapareció. Pero la había visto desaparecer. Lo había visto y lo entendía.
La ilusión era buena, pero no tan buena. Simplemente, no era perfecta. Tenía sus limitaciones.
—Doctor Hagopian —dijo a la imagen en miniatura del videófono—, creo que no voy a seguir viéndolo. Considérese despedido desde esta misma mañana. Envíeme la factura a casa. Muchas gracias. —Se dispuso a cortar la conexión.
—No puede hacer eso —dijo Hagopian al instante—. Como ya le he dicho, la terapia es obligatoria. Afróntelo, Cupertino. De lo contrario tendrá que presentarse ante el tribunal una vez más, y estoy seguro de que no es eso lo que quiere. Créame, se lo ruego, no le conviene.
Cupertino cortó la conexión y la pantalla se apagó.
—Tiene razón, ¿sabes? —le dijo Carol desde la cocina.
—Miente —replicó Cupertino. Y, con lentitud, volvió a sentarse frente a ella para seguir con su desayuno.
Al volver a su apartamento de Berkeley puso una conferencia con el doctor Edgar Green, de Empresas Educativas Six-Planet, en Ganímedes. Media hora después estaban hablando.
—¿Me recuerda, doctor Green? —preguntó a la imagen que tenía delante. El rostro rollizo, de mediana edad, no le resultaba familiar. No creía haberlo visto en toda su vida. Sin embargo, al menos uno de los elementos básicos de la configuración de aquella realidad había pasado la prueba: existía un doctor Edgar Green en el departamento de personal de Six-Planet. Carol le había dicho la verdad sobre eso.
—Sé que nos hemos visto antes —dijo el doctor Green—, pero lamento decir que su nombre no me viene a la cabeza en este momento, señor…
—John Cupertino. Actualmente residente en la Tierra. Antes en Ganímedes. Estuve implicado en un proceso bastante famoso hace tres años, antes de la revuelta. Me acusaron de haber asesinado a mi esposa, Carol. ¿Lo ayuda eso, doctor?
—Mmm —dijo el doctor Green con el ceño fruncido. Enarcó una ceja—. ¿Y lo absolvieron, señor Cupertino?
Cupertino vaciló un momento antes de decir:
—Estoy… Actualmente estoy bajo tratamiento psiquiátrico aquí, en la bahía de California. Por si eso le sirve de algo.
—Supongo que eso quiere decir que lo declararon mentalmente incapacitado. Y que, por consiguiente, no llegaron a juzgarlo.
Cupertino asintió con cautela.
—Es posible —dijo el doctor Green— que habláramos alguna vez. Me suena vagamente. Pero veo a tanta gente… ¿Trabajaba usted aquí?
—Sí —dijo Cupertino.
—¿Y qué quiere de mí concretamente, señor Cupertino? Algo querrá, es evidente. Ha puesto una conferencia bastante cara. Le sugiero, por motivos prácticos, principalmente su bolsillo, que vaya al grano.
—Quisiera que me enviara mi expediente —dijo Cupertino—. A mí, no a mi psiquiatra. ¿Es posible?
—¿Con qué propósito, señor Cupertino? ¿Para conseguir un trabajo?
Cupertino aspiró hondo y dijo:
—No, doctor. Para poder conocer con exactitud qué técnicas psiquiátricas se utilizaron en mi caso. Por parte de usted y de los miembros de su equipo, los que trabajaban a sus órdenes. Tengo razones para creer que se me sometió a terapia correctiva del máximo grado. ¿Tengo derecho a pedirlo, doctor? Yo diría que sí. —Esperó la respuesta mientras pensaba, «Tengo una posibilidad entre mil de sacarle algo a este hombre.» Pero merecía la pena intentarlo.
—¿Terapia correctiva? Debe de estar usted confundido, señor Cupertino. Nosotros sólo realizamos pruebas de aptitud, análisis de perfil… Aquí no hacemos terapia. Nuestro cometido es sólo analizar a los candidatos a un puesto de trabajo para determinar…
—Doctor Green —dijo Cupertino—, ¿estuvo usted implicado personalmente en la revuelta de hace tres años?
Green se encogió de hombros.
—Como todos. Todos los ganimedanos somos verdaderos patriotas —dijo con tono monocorde.
—¿Y, con el fin de proteger esa revuelta —preguntó Cupertino—, no habría usted implantado una ilusión en mi mente, para que…?
—Perdone —lo interrumpió Green—, pero es evidente que sufre usted una psicosis. No tire el dinero con esta llamada. De hecho, me sorprende que lo hayan dejado acceder a una línea telefónica conectada con el exterior.
—Pero lo que digo es posible —insistió Cupertino—. Con las técnicas psiquiátricas actuales es posible implantar una idea. Eso tiene que admitirlo.
El doctor Green suspiró.
—Sí, señor Cupertino. Es posible desde mediados del siglo XX. Estas técnicas fueron desarrolladas inicialmente por el Instituto Pavlov de Moscú en 1940 y perfeccionadas en tiempos de la Guerra de Corea. Se puede conseguir que un hombre crea cualquier cosa.
—Entonces Carol podría tener razón… —No sabía si estaba decepcionado o entusiasmado. Significaba, comprendió, que no era un asesino. Ese era el hecho fundamental. Carol estaba viva y su experiencia en la Tierra, con sus habitantes, sus ciudades y sus objetos, era genuina. Y, sin embargo…—. Si fuera a Ganímedes —dijo de repente—, ¿podría ver mi expediente? Evidentemente, si puedo viajar es que no estoy sometido a tratamiento psiquiátrico forzoso por psicosis. Puede que esté enfermo, doctor, pero no estoy tan enfermo. —Espero. Era un tiro a ciegas, pero merecía la pena intentarlo.
—Bueno —dijo el doctor Green mientras lo pensaba—, ninguna norma de la compañía impide que un empleado… o un antiguo empleado, examine su expediente personal. Sin embargo, antes preferiría hablar con su psiquiatra. ¿Podría darme su nombre, por favor? Si él está de acuerdo, le ahorraré un viaje. Se lo enviaré y lo tendrá en sus manos esta misma noche, hora de la Tierra.
Le dio al doctor Green el nombre del doctor Hagopian. Luego colgó. ¿Qué diría Hagopian? Una pregunta interesante, a la que no podía dar respuesta. No tenía la menor idea de cómo reaccionaría.
Pero aquella noche lo sabría. No le cabía la menor duda.
La intuición le decía que Hagopian accedería. Aunque no por las razones adecuadas.
Sin embargo, eso no importaba. Los motivos de Hagopian le traían sin cuidado. Lo único que importaba era el expediente. Ponerle las manos encima, leerlo y averiguar si Carol decía la verdad.
Dos horas después, un tiempo increíblemente largo dadas las circunstancias, se le ocurrió de repente que Empresas Educativas Six-Planet podía, sin la menor dificultad, manipular el informe y omitir cualquier información que quisieran. Transmitir a la Tierra un documento espurio y totalmente desprovisto de valor.
¿Qué haría entonces?
Era una buena pregunta. Una pregunta a la que, de momento, no podía dar respuesta.
Aquella tarde, a última hora, un empleado de la Western Union llevó a su apartamento un informe remitido por la oficina de recursos humanos de Empresas Educativas Six-Planet, en Ganímedes. Le dio una propina, fue a sentarse al salón y abrió el documento.
Sólo tardó un instante en comprobar lo que ya sospechaba: el informe no contenía referencia alguna a la implantación de ideas ficticias. O lo habían falsificado o Carol se equivocaba. Se equivocaba… o le había mentido. Sea como fuere, el informe no le servía de nada.
Llamó a la universidad de California y, tras pasar de empleado en empleado, acabó hablando con alguien que parecía saber de qué estaba hablando.
—Quiero que analicen un documento escrito —le explicó Cupertino—. Para saber cuánto hace de su transcripción. Es una copia que se ha transmitido a las oficinas de la Western Union, así que sólo pueden recurrir al análisis de los anacronismos léxicos. Quiero saber si se ha redactado en los últimos tres años. ¿Cree que es posible?
—En los últimos tres años se han producido pocos cambios lingüísticos —le dijo el profesor de filología de la universidad—. Pero podemos intentarlo. ¿Cuándo lo necesita?
—Lo antes posible —dijo Cupertino.
Llamó a uno de los mensajeros del edificio para que llevara el documento a la universidad y, una vez solo, se tomó un momento para reflexionar sobre otro elemento de la cuestión.
Si su experiencia de la Tierra era ilusoria, el momento en el que más se aproximaban sus percepciones a la realidad ocurría durante sus sesiones con el doctor Hagopian. Por tanto, si pretendía derribar el sistema ilusorio entero y volver a percibir la realidad, tendría más probabilidades de conseguirlo entonces. Debía enfocar sus máximos esfuerzos en ese momento. Porque si había un hecho claramente constatado era éste: estaba viendo al doctor Hagopian.
Fue al teléfono y empezó a marcar su número. La pasada noche, después del arresto, Hagopian lo había ayudado; era demasiado pronto para volver a verlo, pero aun así lo llamó. A la vista de su análisis de su situación, le parecía justificado. Podía pagarle… Y entonces se le ocurrió algo.
El arresto. Al instante recordó lo que había dicho el policía. Había acusado a Cupertino de usar la droga ganimedana, la frohedadrina. Y por una buena razón: mostraba todos los síntomas.
Puede que ése fuera el modus operandi que permitía mantener el sistema ilusorio. Le estaban administrando frohedadrina en pequeñas dosis, tal vez con la comida.
¿No era ése un concepto paranoico… o, en otras palabras, psicótico?
Pero paranoico o no, tenía sentido.
Lo que necesitaba era un análisis de sangre. La presencia de la droga aparecería en él. Lo único que tenía que hacer era dirigirse a la clínica de su empresa, en Oakland, y pedir que se le realizara el análisis, aduciendo que le habían administrado una toxina. En menos de una hora, el análisis estaría terminado.
Si se trataba de la frohedadrina, demostraría que estaba en lo cierto. Seguía en Ganímedes, no en la Tierra. Y todo lo que experimentaba, o más bien creía experimentar, era una ilusión, con la posible excepción de sus visitas periódicas y obligatorias al psiquiatra.
Estaba claro. Tenía que hacerse el análisis de sangre cuanto antes. Sin embargo, tenía miedo. ¿Por qué? Por fin tenía el medio de someter a prueba la situación y, sin embargo, no se atrevía.
¿Quería conocer la verdad?
Tenía que hacerse el análisis. Olvidada por un momento la idea de ver al doctor Hagopian, fue al baño para afeitarse y luego se puso una camisa limpia, una corbata y salió del apartamento en dirección al aparcamiento. En quince minutos estaría en la clínica de su empresa.
Su empresa… Se detuvo, con la mano en la cerradura de la rueda, sintiéndose estúpido.
Habían tenido un desliz al construir su sistema ilusorio. Porque no sabía dónde trabajaba. Un elemento esencial de la estructura no estaba, simplemente.
Volvió al apartamento y llamó al doctor Hagopian.
Un Hagopian bastante molesto se puso al aparato.
—Buenos días, John. Veo que está de vuelta en su apartamento. No se ha quedado mucho tiempo en Los Angeles.
—Doctor, no sé dónde trabajo —dijo Cupertino atropelladamente—. Es evidente que algo ha ido mal. Debía de saberlo antes… Hasta hoy mismo, de hecho. ¿Es que no trabajo mis cuatro días a la semana, como todo el mundo?
—Pues claro —respondió Hagopian, sereno—. Trabaja usted en una firma de Oakland, Industrias Tripland S.A., en la avenida San Pablo, cerca de la calle Veintiuno. La dirección exacta figura en el listín. Pero… mi consejo es que se vaya a la cama y descanse. Se ha pasado toda la noche despierto y es evidente que está sufriendo una reacción adversa a la fatiga.
—Supongamos —dijo Cupertino— que estuvieran empezando a desmoronarse secciones cada vez más grandes del sistema ilusorio. No sería muy bueno para mí. —El elemento desaparecido lo aterrorizaba. Era una parte de él que se había disuelto. No saber dónde trabajaba… era algo que lo apartaba al instante de todos los seres humanos, que lo aislaba por completo. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Puede que fuera el cansancio. Tal vez Hagopian tuviera razón. Era demasiado mayor para pasarse despierto toda la noche. No era como una década antes, cuando este tipo de cosas eran físicamente posibles para Carol y para él.
Entonces comprendió que quería aferrarse al sistema ilusorio; no quería ver cómo se descomponía a su alrededor. Una persona es su mundo; sin él, no existe.
—Doctor —dijo—, ¿puedo verlo esta tarde?
—Pero si acabamos de vernos —señaló Hagopian—. No hay razón para otra visita tan pronto. Espere a finales de semana. Y, entre tanto…
—Creo que ya entiendo cómo se mantiene el sistema ilusorio —dijo Cupertino—. Mediante dosis diarias de frohedadrina, administradas oralmente a través de la comida. Puede que al ir a Los Angeles me saltara una; eso podría explicar por qué se ha desmoronado una parte del sistema. O quizá, como dice usted, sea culpa del cansancio. En cualquier caso, esto demuestra que lo que digo es cierto: esto es un sistema ilusorio y no necesito ni el análisis de sangre ni el informe de la universidad de California para confirmarlo. Carol está muerta… y usted lo sabe. Es usted mi psiquiatra de Ganímedes y estoy bajo custodia, al igual que los últimos tres años. ¿No es así? —Esperó, pero Hagopian no respondió. El rostro del doctor se mantuvo impasible—. Nunca estuve en Los Angeles. De hecho, lo más probable es que esté confinado en un área relativamente pequeña. No tengo la libertad de movimiento que creo tener. Y tampoco he visto a Carol esta mañana, ¿verdad?
—¿A qué se refiere con «análisis de sangre»? ¿De dónde ha sacado la idea de hacer tal cosa? —Esbozó una leve sonrisa—. Si todo esto es un sistema ilusorio, el análisis de sangre lo será también. ¿Cómo podría ayudarlo entonces?
Eso no se le había ocurrido. Aturdido por el golpe, permaneció en silencio, incapaz de responder.
—Y ese informe que le ha pedido al doctor Green —continuó Hagopian—. El que ha recibido y enviado a la universidad de California para su análisis… también sería ilusorio. Así que, ¿por qué cree que un análisis de sangre…?
—¿Cómo puede saber usted eso, doctor? Es imposible —dijo Cupertino—. Entra dentro de lo posible que supiera que he hablado con el doctor Green, que le pedí y que me envió, un informe; podría habérselo dicho el propio Green. Pero no mi solicitud de análisis lingüístico a la universidad. Es imposible que lo supiera. Lo siento, doctor, pero esta estructura ha demostrado su irrealidad por una contradicción de su lógica interna. Sabe usted demasiadas cosas. Y creo que ya sé qué última y definitiva prueba puedo realizar para confirmar mi razonamiento.
—¿Cuál es? —preguntó Hagopian con tono frío.
—Volver a Los Angeles y matar de nuevo a Carol —dijo Cupertino.
—Por Dios, ¿cómo…?
—Una mujer que lleva tres años muerta no puede morir de nuevo —dijo Cupertino—. Obviamente, demostraré que es imposible matarla. —Se dispuso a cortar la conexión.
—Espere —se apresuró a decir Hagopian—. Mire, Cupertino. Voy a tener que llamar a la policía… me ha obligado usted. No puedo permitir que vaya a asesinar a esa mujer por… —Se interrumpió—. Que haga un segundo intento de acabar con su vida. Muy bien, Cupertino. Admitiré que le he estado ocultando una serie de cosas. Hasta cierto punto, tiene razón. Está usted en Ganímedes, no en la Tierra.
—Ya veo —dijo Cupertino, pero no colgó.
—Pero Carol es real —continuó el doctor Hagopian. Estaba sudando. Obviamente temía que Cupertino colgara en cualquier momento—. Es tan real como usted o como yo. Trató de matarla y no lo consiguió; ella informó a la homeoprensa de los planes de revuelta… y a causa de esto, el levantamiento no tuvo un éxito total. Ganímedes está rodeado por un cordón de naves militares de la Tierra. Estamos aislados del resto del sistema solar, con racionamiento de alimentos y cada vez más desesperados, pero aún resistimos.
—¿Y para qué es el sistema ilusorio? —Una sensación gélida estaba ascendiendo en su interior. Incapaz de reprimirla, sintió que penetraba en su pecho y le invadía el corazón—. ¿Quién me lo impuso?
—Nadie. Fue un síndrome de alejamiento, impuesto por usted mismo a causa de su sentimiento de culpa. Porque, Cupertino, la revuelta fue descubierta por su culpa. El hecho de que se la revelara a Carol fue el factor crucial… y usted lo sabe. Intentó suicidarse y fracasó, así que, como última alternativa, su psique se retiró a este mundo de fantasía.
—Si Carol hubiera hablado con las autoridades de la Tierra, ahora no estaría libre y no podría…
—Eso es cierto. Su esposa está en prisión, y es allí donde la visitó usted. En la prisión de Nueva Detroit, aquí en Ganímedes. Para serle franco, no sé qué efecto tendrá sobre su mundo de fantasía el hecho de que le cuente esto. Podría provocar que el proceso de desintegración se acentuara. De hecho, hasta podría llevarlo a una situación en la que su percepción de la realidad se restaurara lo bastante como para comprender con claridad las terribles dificultades a las que nos enfrentamos en este momento los ganimedanos. Lo he envidiado mucho durante los últimos tres años, Cupertino. No ha tenido que hacer frente a la dura realidad. Ahora… —Se encogió de hombros—. Ya veremos.
—Gracias por contármelo —dijo Cupertino al cabo de un momento.
—No me dé las gracias. Lo he hecho para impedir que su creciente estado de agitación lo indujera a realizar un acto de violencia. Es usted mi paciente y tengo que pensar en su bienestar. Esto no es, ni lo ha sido nunca un castigo. El alcance de su enfermedad mental, su retirada de la realidad, demuestra muy a las claras los remordimientos que le inspiran las consecuencias de su estupidez. —Hagopian estaba demacrado y pálido—. Pero, en cualquier caso, deje a Carol en paz; no es tarea suya cobrarse venganza. Si no me cree, lea la Biblia. Está siendo castigada, y seguirá siendo castigada mientras continúe en nuestras manos.
Cupertino cortó la conexión.
«¿Lo creo?», se preguntó.
No estaba seguro. «Carol —pensó—. Así que condenaste a nuestra causa por un rencor doméstico y mezquino. Por femenina amargura, porque estabas furiosa con tu marido, condenaste a una luna entera a tres años de terrible y odiosa guerra.»
Fue al vestidor del dormitorio y sacó el rayo láser. Había permanecido allí escondido, en una caja de pañuelitos, los tres años transcurridos desde que abandonara Ganímedes para ir a la Tierra.
«Pero, al fin —se dijo—, es hora de usarlo.»
Pidió un taxi por teléfono. Esta vez viajaría a Los Angeles por cohete exprés, no en su propia rueda.
Quería llegar a su destino tan pronto como fuera humanamente posible.
«Te me escapaste una vez —dijo mientras caminaba rápidamente hacia la puerta de su apartamento—. Pero ésta no. Dos veces no.»
Diez minutos después se encontraba a bordo del cohete exprés, de camino a Los Angeles y a Carol.
Ante él se encontraba un ejemplar de Los Angeles Times; volvió a hojearlo de principio a fin, perplejo, y de nuevo fue incapaz de encontrar el artículo. ¿Por qué no estaba allí?, se preguntó. Un asesinato, una mujer atractiva y sexy… Había entrado en el trabajo de Carol, la había encontrado en su mesa, la había matado delante de sus compañeros y luego, sin que nadie hiciera nada, se había dado media vuelta y había salido de allí; todo el mundo estaba demasiado paralizado por el miedo y la sorpresa como para impedírselo.
Y, sin embargo, no estaba en el periódico. La homeoprensa no hacía la menor mención al respecto.
—Está buscando en vano —dijo el doctor Hagopian desde detrás de su mesa.
—Tiene que estar ahí —insistió Cupertino—. Un crimen así… Pero ¿qué está pasando? —Dejó el homeoperiódico a un lado, totalmente confundido. No tenía sentido. Desafiaba a la lógica más elemental.
—Primero —dijo el doctor Hagopian con tono fatigado—, el rayo láser no existía, era una ilusión. Segundo, no permitimos que visitara a su esposa porque sabíamos lo que pretendía… Lo había dejado usted clarísimo. Nunca la vio, nunca la mató y el homeoperiódico que tiene delante no es el Los Angeles Times, sino el New Detroit Star… que no pasa de las cuatro páginas a causa de la escasez de papel que sufrimos en Ganímedes.
Cupertino se lo quedó mirando.
—Así es —dijo el doctor Hagopian con un asentimiento de cabeza—. Ha vuelto a ocurrir, John: ha creado usted el recuerdo ilusorio de haberla matado dos veces. Y cada suceso es más irreal que el anterior. Pobre criatura… Es evidente que está condenado a intentarlo una y otra vez, y a fracasar una y otra vez. Por mucho que nuestros líderes detesten a Cate Holt Cupertino y deploren y lamenten lo que nos… —hizo un ademán—. Tenemos que protegerla. Es cuestión de justicia. Su sentencia se está ejecutando. Pasará en prisión veintidós años más, o hasta que la Tierra consiga derrotarnos y la libere. Imagino que harán de ella una heroína; está en todos los homeoperiódicos pro-terrícolas del sistema solar.
—¿Dejarán que escape con vida? —dijo Cupertino al cabo de un momento.
—¿Cree que deberíamos matarla antes de que la liberen? —El doctor Hagopian lo miró con el ceño fruncido—. No somos unos bárbaros, John. No cometemos crímenes por venganza. Ella se ha pasado tres años en prisión. Está siendo castigada como merece. —Y añadió—: Y usted también, por cierto. Me pregunto quién estará sufriendo más.
—Sé que la maté —insistió Cupertino—. Cogí un taxi hasta el edificio de su empresa, Falling Star Asociados, que controla Empresas Educativas Six-Planet, en San Francisco. Su oficina estaba en el sexto piso. —Recordaba el viaje en el ascensor; hasta recordaba la ropa que llevaba la otra pasajera, una mujer de mediana edad. Recordaba la esbelta recepcionista pelirroja que había llamado a Carol por el intercomunicador de su mesa; recordaba haber cruzado la atestada oficina hasta encontrarse de repente cara a cara con Carol. Ella se había levantado y entonces, al ver el rayo láser que acababa de sacar, se había quedado paralizada tras la mesa; la comprensión había aflorado de repente a sus facciones y habría tratado de escapar de allí, de ocultarse… pero la había matado de todas maneras, justo cuando llegaba a la otra puerta, con el brazo estirado hacia el picaporte.
—Le aseguro —dijo el doctor Hagopian— que Carol está perfectamente. —Encendió el teléfono de su mesa y marcó—. Mire, voy a llamarla; podrá hablar con ella.
Cupertino esperó, como aletargado, hasta que se formó la imagen en el videófono. Era Carol.
—Hola —dijo ella al verlo.
Tras un momento de vacilación, Cupertino respondió:
—Hola.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Carol.
—Bien. —E, incómodo, añadió—: ¿Y tú?
—Estoy bien —dijo Carol—. Sólo tengo un poco de sueño, porque esta mañana me han despertado temprano. No sé si te acuerdas…
Cupertino colgó.
—Muy bien —le dijo al doctor Hagopian—, me ha convencido. —Era innegable: su esposa estaba viva e ilesa. De hecho, también era evidente que ignoraba por completo el segundo atentado contra su vida. Seguía en casa. Hagopian le estaba diciendo la verdad.
¿En casa? Más bien en su celda. Si es que creía a Hagopian. Y no le quedaba más remedio.
—¿Soy libre para irme? —dijo mientras se levantaba—. Quiero volver a mi apartamento. Estoy muy cansado. Me gustaría dormir un poco esta noche.
—Lo raro es que pueda seguir en pie —respondió Hagopian— después de pasarse sin dormir casi cincuenta horas. Por Dios, váyase a casa y métase en la cama. Ya hablaremos luego. Esbozó una sonrisa alentadora.
Encorvado por la fatiga, John Cupertino salió de la consulta del doctor Hagopian. Al llegar a la calle se detuvo un momento, con las manos en los bolsillos, tiritando de frío, y luego se dirigió con paso vacilante hacia su rueda.
—A casa —le ordenó.
La rueda abandonó suavemente la acera para unirse al tráfico.
«Podría intentarlo una vez más —comprendió Cupertino de repente—. ¿Por qué no? Esta vez puede que lo consiga. El hecho de que haya fallado dos veces… no quiere decir que esté condenado a fallar siempre.»
—Llévame a Los Angeles —dijo a la rueda.
El sistema automático emitió un chasquido mientras accedía a la ruta principal hacia Los Angeles, la autopista 99 de los Estados Unidos.
«Estará dormida cuando llegue allí —se dijo Cupertino—. Puede que esté lo bastante confusa como para dejarme pasar. Y entonces…
»Puede que esta vez la revuelta sí triunfe.»
Parecía haber un hueco, un punto débil, en su razonamiento. Pero no podía localizarlo; estaba demasiado cansado. Se recostó en el asiento e intentó ponerse cómodo. Dejó que el piloto automático se encargara de conducir y cerró los ojos para tratar de recuperar un poco de sueño. Le hacía mucha falta. En pocas horas estaría en South Pasadena, en el apartamento de Carol. Tal vez durmiera después de haberla matado; entonces se lo habría ganado.
«Mañana por la mañana —pensó—, si todo va bien, estará muerta.» Y entonces volvió a pensar en el homeoperiódico y en la ausencia del crimen entre las noticias. «Qué raro —se dijo—, me pregunto por qué no estaría.»
La rueda, a más de doscientos cincuenta kilómetros por hora —para eso le había quitado el gobernador de la velocidad—, voló hacia lo que John Cupertino creía que era Los Angeles, y hacia su esposa dormida.
NOTA:
Síndrome de alejamiento [23 de diciembre de 1963], en Worlds of Tomorrow (enero de 1965 ).

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