Los tres chicos que paseaban por el campo gritaron al ver la nave. Había aterrizado, sí, justo donde esperaban y ellos eran los primeros en llegar hasta allí.
—¡Oye, es la más grande que he visto nunca! —El primer niño se detuvo, jadeando—. No viene de Marte. Es de más lejos. De mucho más lejos, estoy seguro. —Guardó silencio, amilanado por las dimensiones de la nave. Y entonces, al mirar al cielo, se dio cuenta de que había llegado con toda la flota, como todos esperaban—. Será mejor que vayamos a avisar —dijo a sus compañeros.
En la colina, John LeConte se encontraba junto a su limusina, con su chófer y su motor de vapor, esperando con impaciencia a que se calentase la caldera. «Los niños han llegado primero —se dijo con rabia—. Teóricamente tendría que haber sido yo». Y daba pena verlos, con aquellos harapos. No eran más que unos miserables granjeros.
—¿Funciona hoy el teléfono? —preguntó a su secretario.
El señor Fall consultó un sujetapapeles y dijo:
—Sí, señor. ¿Quiere que mande un mensaje a Oklahoma City? —Era el empleado más flaco que jamás habían asignado a la oficina de LeConte. Nunca comía nada por propia iniciativa. Evidentemente, no sentía ningún interés por la comida. Pero era la eficiencia personificada.
—La gente de inmigración tiene que enterarse de este ultraje —murmuró LeConte.
Suspiró. Todo había salido mal. Después de diez años, la flota de Próxima Centauri había llegado sin que ninguno de los dispositivos de alerta temprana la detectara con la menor antelación. Ahora Oklahoma tendría que tratar con los extranjeros allí, en tierra firme, con una desventaja psicológica que LeConte sentía hasta en los mismos huesos.
«Mira qué equipo —pensó al ver que las naves de transporte de la flota empezaban a descargar—. Demonios, nos hacen quedar como unos provincianos. Ojalá su coche oficial no tardara veinte minutos en calentarse; ojalá…».
De hecho, lo que más deseaba era que la JCRU no existiera.
La Junta de Centauri para la Renovación Urbana, una entidad filantrópica, revestida desgraciadamente de enorme autoridad interplanetaria. Informada de la Catástrofe del 2170, había salido al espacio como un organismo fototrópico, en respuesta a la simple luz creada por la detonación de las bombas de hidrógeno. Pero LeConte sabía la verdad. De hecho, las organizaciones gubernamentales del sistema Centauri conocían muchos detalles de la tragedia porque habían estado en contacto con otros planetas del sistema solar. Muy pocas de las formas de vida nativas de la Tierra habían sobrevivido. Él mismo era oriundo de Marte; había llegado en una misión de socorro siete años antes y había decidido quedarse porque en la Tierra, en sus actuales condiciones, había muchas posibilidades.
«Es complicado —se dijo mientras seguía esperando a que el coche a vapor terminara de calentarse—. Nosotros llegamos primero, pero la JCRU nos supera en autoridad; hay que afrontar este desgraciado hecho. En mi opinión, hemos hecho un buen trabajo con la reconstrucción. Claro, las cosas no son como antes…, pero diez años no es mucho tiempo. Que nos den otros veinte y volverá a haber trenes. Los bonos de las últimas autopistas se han vendido muy bien. De hecho, no se pudo cubrir la demanda».
—Una llamada para usted, señor. De Oklahoma —dijo el señor Fall, con el receptor del teléfono portátil en la mano.
—Aquí el representante de campo John LeConte —dijo LeConte en voz alta—. Adelante. He dicho adelante.
—Aquí el Cuartel General del Partido —dijo débilmente una voz seca y con tono oficial, cargada de estática—. Hemos recibido informes sobre docenas de alertas ciudadanas en el área del oeste de Oklahoma y Texas, en relación con una inmensa…
—Está aquí —dijo LeConte—. La estoy viendo. Me disponía a bajar para hablar con el representante de mayor rango de a bordo. Enviaré un informe completo a la hora habitual. No hacía falta que me llamaran. —Estaba irritable.
—¿Está fuertemente armada esa flota?
—No —respondió LeConte—. Parece formada por burócratas, agentes mercantiles y transportes comerciales. Sólo buitres, en otras palabras.
El funcionario del Partido dijo:
—Bueno, pues vaya a decirles que su presencia no es bien recibida por la población local ni por el Consejo de Gestión de Areas Devastadas por la Guerra. Dígales que el parlamento va a emitir una declaración de condena por la intrusión de un ente interestelar en nuestros asuntos planetarios.
—Lo sé, lo sé —dijo LeConte—. Está todo decidido. Lo sé.
El chófer lo llamó.
—Señor, el coche está preparado.
—Asegúrese de que entienden que no puede negociar con ellos —concluyó el funcionario del Partido—. De que no tiene autoridad para permitir su presencia en la Tierra. Sólo el Consejo puede hacerlo y, como es natural, el Consejo se opone de pleno.
LeConte colgó y corrió hacia el coche.
A pesar de la oposición de las autoridades locales, Peter Hood, miembro de la JCRU, había decidido situar su cuartel general en las ruinas de la antigua capital de la Tierra, la ciudad de Nueva York. Esto contribuiría a aumentar el prestigio de los agentes de su organización a medida que fueran ampliando su radio de influencia. Finalmente, como es natural, este radio englobaría el planeta entero. Pero eso llevaría décadas.
Mientras caminaba por las ruinas de lo que en su día fuera una importante estación ferroviaria, Peter Hood no dejaba de pensar que, cuando la misión que se le había encomendado estuviera cumplida, él se habría retirado hacía tiempo. No quedaba gran cosa de la sociedad anterior a la tragedia. Las autoridades locales —entidades no políticas que habían llegado en bandada desde Marte y Venus, los planetas vecinos— no habían conseguido demasiado. Sin embargo, él admiraba su esfuerzo.
—¿Saben? —dijo a los miembros de su personal, que caminaban justo detrás de él—, han hecho lo más complicado. Deberíamos estarles agradecidos. No es fácil llegar a una región completamente devastada, como hicieron ellos.
Uno de sus hombres, Fletcher, señaló:
—No han sacado poca cosa a cambio.
—Sus motivos no importan —dijo Hood—. Lo importante es que han obtenido resultados. —Estaba pensando en el funcionario que había acudido a verlos en aquel coche a vapor. Se había mostrado solemne y formal. Si hubieran llegado varios años atrás, nadie los habría recibido, salvo, quizá, un puñado de supervivientes ennegrecidos y envenenados por la radiación que, salidos de sus sótanos, los habrían mirado con expresión de perplejidad. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Un agente de la JCRU de menor rango se acercó a él, saludó y dijo:
—Creo que hemos conseguido localizar una estructura intacta en la que podrían alojarse su personal y usted. Está bajo tierra. —Añadió, un poco azorado—. No es lo que esperábamos, pero para conseguir algo medianamente decente, tendríamos que desalojar a la población.
—No tengo nada que objetar —dijo Hood—. Un sótano me parece bien.
—La estructura —dijo el agente de la JCRU— fue en su día la sede de un importante periódico homeostático, el New York Times. Se imprimía aquí mismo, bajo nuestros pies. Al menos, eso dicen los mapas. Aún no hemos localizado la imprenta. Lo habitual era que los homeoperiódicos estuvieran enterrados a un kilómetro y medio de profundidad, más o menos. De momento no sabemos si éste sobrevivió a la Catástrofe.
—De haberlo hecho, nos sería enormemente útil —dijo Hood.
—En efecto —respondió el otro—. Sus terminales están por todo el planeta. Debía de tener un millar de ediciones diarias diferentes. Cuántas de ellas funcionarán aún… —No terminó la frase—. Cuesta creer que la clase política no haya hecho el menor esfuerzo por recuperar ninguno de los diez u once homeoperiódicos de alcance global que existían, pero es así.
—Curioso —dijo Hood. Eso les habría facilitado la tarea. La transformación de las sociedades posteriores a la Catástrofe en una cultura global dependía de los periódicos, pues la ionización de la atmósfera convertía la emisión de ondas de radio y televisión en algo complicado, si no imposible—. Y, más aún, sospechoso. —Se volvió hacia su personal—. ¿Y si no están intentando reconstruir el planeta? ¿Y si no se trata más que de una fachada?
Fue su propia esposa, Joan, quien respondió.
—Puede que, simplemente, carezcan de la capacidad técnica para reparar los homeoperiódicos.
«Concédeles el beneficio de la duda —pensó Hood—. Tienes razón».
—De modo que la última edición del New York Times —dijo Fall— salió el mismo día de la Catástrofe. Y toda la red de comunicación y generación de noticias ha estado inactiva desde entonces. Me es imposible sentir respeto por esos políticos. Su actitud demuestra que ignoran las más básicas nociones de la realidad cultural. Si recuperáramos los homeoperiódicos podríamos hacer más por restablecer la sociedad anterior a la tragedia de lo que han hecho ellos con diez mil de sus patéticos proyectos —concluyó con tono desdeñoso.
—Puede que se equivoque —dijo Hood—, pero dejémoslo. Esperemos que el céfalon del periódico esté intacto. No creo que pudiéramos reemplazarlo. —Un poco más adelante vio la entrada que habían despejado los hombres de la JCRU. Ése iba a ser su primer movimiento en aquel planeta en ruinas, devolverle su antigua autoridad a aquella inmensa entidad autónoma. Una vez que reanudara sus actividades, él podría dedicarse a otras cosas: el homeoperiódico lo aliviaría de parte de la carga.
Un trabajador, que aún estaba limpiando escombros, murmuró:
—Jesús, nunca había visto tantas capas de escombros. Cualquiera diría que las han puesto ahí deliberadamente. —En sus manos, el horno portátil de succión brillaba y emitía un retumbar sordo cada vez que absorbía la materia que ocluía la entrada y la transformaba en energía.
—Quiero un informe sobre su estado lo antes posible —dijo Hood al grupo de ingenieros que aguardaba allí, esperando para descender—. Cuánto tiempo tardaremos en reactivarlo, cuánto… —Se interrumpió.
Habían llegado dos hombres de uniforme negro. Policías, de la nave de Seguridad. Uno de ellos era Otto Dietrich, el investigador de mayor rango que acompañaba la flota de Centauri. Al verlo, no pudo evitar ponerse tenso; era un gesto reflejo que sufrían todos ellos. Vio que los ingenieros y trabajadores se detenían un instante y luego, con más lentitud, reanudaban sus tareas.
—Hola —le dijo a Dietrich—. Me alegro de verle. Venga, hablaremos en la oficina. —Sabía perfectamente lo que quería el investigador. Estaba esperándolo.
—No le robaré demasiado tiempo, Hood —dijo el policía—. Sé que está muy ocupado. ¿Qué es esto? —Miró a su alrededor con una mezcla de curiosidad y avidez en su rostro redondeado y pulcro.
En una pequeña sala reconvertida en oficina, Hood se reunió con los dos policías.
—Estoy en contra de una acusación formal —dijo en voz baja—. Hace demasiado tiempo. Dejémoslo estar.
Dietrich se tiró de la oreja. Parecía pensativo.
—Pero los crímenes de guerra son crímenes de guerra —dijo— incluso cuatro décadas después. Además, ¿con qué argumentos se opone? La ley nos obliga a investigar. Alguien empezó la guerra. Puede que ocupe un puesto de responsabilidad en este momento, pero eso carece de importancia.
—¿Cuántos policías ha traído a la superficie del planeta? —preguntó Hood.
—Doscientos.
—Entonces está preparado para ponerse a trabajar.
—Estamos preparados para iniciar las pesquisas: confiscar los documentos pertinentes y empezar a litigar en los tribunales locales.
»Y también para obligar a las autoridades a cooperar, si se refiere a eso. Hemos situado personal experto en posiciones clave. —Miró fijamente a Hood—. Es necesario. No veo dónde está el problema. ¿Pretende usted proteger a los culpables, hacer uso de los… poderes de su oficina?
—No —respondió Hood con calma.
—La Catástrofe se cobró casi ochenta millones de vidas. ¿Pretende usted olvidarlo? ¿O es que, como eran lugareños, gente a la que no conocía en persona…?
—No es eso —dijo Hood. Sabía que estaba perdiendo el tiempo. Comunicarse con la mentalidad de los policías era imposible—. Ya he hecho constar mis objeciones. Simplemente opino que, en este momento, después de tanto tiempo, los juicios y las ejecuciones no contribuirían nada a arreglar las cosas. No pida ayuda a mi personal. Me negaré alegando que no puedo prescindir de nadie. Ni de un simple ujier. ¿Está claro?
—Idealistas… —Dietrich suspiró—. Estamos aquí con fines estrictamente humanitarios… Para reconstruir el planeta, ¿verdad? Lo que no entiende o no quiere entender es que, si no actuamos ahora mismo, esta gente volverá a hacerlo algún día. Se lo debemos a las generaciones futuras. Mostrarse severos ahora es lo más humano, a la larga. Por cierto, Hood, ¿qué lugar es éste? ¿Qué es lo que están reparando con tanto entusiasmo?
—El New York Times —dijo Hood.
—Imagino que tenía una sección de necrológicas. ¿Podemos consultar las bases de datos? Sería de incalculable valor para nuestras investigaciones.
—No puedo negarle el acceso al material que encontremos —dijo Hood.
—Una relación día a día de los sucesos políticos que condujeron a la guerra podría resultar muy valiosa —respondió Dietrich con una sonrisa—. Por ejemplo, ¿quién ostentaba el poder en Estados Unidos en el momento de la Catástrofe? Nadie de los que hemos interrogado hasta ahora parece recordarlo. —Su sonrisa se ensanchó.
El informe del equipo de ingenieros llegó a manos de Hood a primera hora de la mañana. La fuente de energía del periódico había sido totalmente destruida. Pero el céfalon, la estructura cerebral central que dirigía y orientaba el sistema homeostático, parecía intacto. Si llevaban una nave lo bastante cerca, tal vez pudieran integrar el sistema energético del periódico en la red. Y, en caso de que lo consiguieran, podrían averiguar mucho más.
—En otras palabras —le dijo Fall mientras desayunaban en compañía de Joan— que puede que funcione o puede que no. Muy pragmático. Lo enchufas y, si funciona, es que has hecho tu trabajo. ¿Y si no, qué pasa? ¿Tirarán la toalla?
Hood, con la mirada clavada en su taza, comentó:
—Esto sabe a café de verdad. —Reflexionó un instante—. Dígales que traigan una nave y se pongan manos a la obra. Y si la homeoprensa funciona, quiero que me traigan la primera edición al instante. —Tomó otro sorbo de café.
Una hora más tarde, una de las naves de la flota había aterrizado en las proximidades y los ingenieros habían conectado el homeoperiódico a su fuente de energía. Tendieron los cables necesarios y sellaron cuidadosamente los circuitos.
Sentado en su oficina, Peter Hood oyó un sordo rugido subterráneo, un despertar vacilante e inseguro. Lo habían conseguido. El periódico estaba volviendo a la vida.
La edición, cuando la llevó hasta su mesa un animado agente de la JCRU, lo sorprendió por su precisión. A pesar de su inactividad, el cerebro había conseguido, de algún modo, mantenerse al día de los acontecimientos. Sus receptores habían seguido funcionando, al parecer.
LLEGA LA JCRU TRAS DIEZ AÑOS DE VIAJE.
PLANES PARA UNA ADMINISTRACIÓN CENTRALIZADA
Diez años después del holocausto nuclear conocido como la Catástrofe, la agencia de socorro interestelar JCRU ha hecho una histórica aparición en la superficie de la Tierra, con una verdadera flota, visión que los testigos oculares han descrito como «pasmosa, tanto por su magnitud física como por su significado». El funcionario de la JCRU Peter Hood, coordinador a cargo del proyecto, nombrado por las autoridades de Centauri, ha establecido su cuartel general en la ciudad de nueva York y, en compañía de sus ayudantes, ha declarado que «no venimos a castigar a los culpables sino a restablecer la cultura planetaria por todos los medios a nuestro alcance, así como a restaurar…
Era asombroso, pensó Hood mientras terminaba de leer el artículo de portada. Los diversos sistemas de recogida de datos del homeoperiódico lo habían localizado, habían asimilado las circunstancias de su presencia en la Tierra y finalmente habían insertado incluso la discusión mantenida por Otto Dietrich y él. El periódico estaba —y había estado— haciendo su trabajo. Ninguna noticia se le escapaba, ni siquiera una conversación discreta, sin testigos externos. En el futuro, tendría que andarse con más cuidado.
Otro artículo, de tono más ominoso, relataba la llegada de los chaquetas negras, la policía.
LOS SERVICIOS DE SEGURIDAD BUSCAN «CRIMINALES DE GUERRA».
El capitán Otto Dietrich, investigador jefe de la flota de la JCRU, ha declarado hoy que los responsables de la Catástrofe «tendrán que hacer frente a sus crímenes» ante la justicia de Centauri, a pesar de los diez años transcurridos. Según ha podido saber este periódico, doscientos agentes han iniciado ya las investigaciones, encaminadas a…
El diario estaba advirtiendo a la Tierra sobre Dietrich, y Hood no podía sino sentir una sombría satisfacción. El New York Times no estaba programado para servir sólo a la jerarquía dominante. Servía a todo el mundo, incluidos aquellos a los que Dietrich pretendía perseguir. A buen seguro, la actividad policial sería objeto de un exhaustivo seguimiento en cada uno de sus pasos. A Dietrich, que le gustaba trabajar en el anonimato, no le agradaría. Pero el único que tenía autoridad sobre el periódico era Hood.
Y no tenía la menor intención de clausurarlo.
Una noticia de la primera página le llamó la atención. Al leerla frunció el ceño y sintió que lo invadía una leve inquietud:
LOS PARTIDARIOS DE CEMOLI SE AMOTINAN AL NORTE DEL ESTADO
Partidarios de Benny Cemoli, congregados en los ya famosos campamentos-ciudad que se asocian a esta pintoresca figura, se enfrentaron hoy a los ciudadanos de la región armados con martillos, palas y tablones. Tras una batalla campal de dos horas, que dejó un saldo de veinte heridos y una docena de hospitalizados en enfermerías improvisadas, ambos bandos se atribuyeron la victoria. Cemoli, ataviado como siempre con una túnica roja, visitó a los heridos, con quienes estuvo charlando animadamente y a quienes aseguró que «ya no falta mucho», en clara referencia a la promesa de la organización de que marcharía a la ciudad de Nueva York en un futuro próximo para establecer lo que el propio Cemoli definió como «el primer sistema de justicia social y verdadera equidad de la historia del mundo». Cabe recordar que, antes de su encarcelamiento en San Quintín…
Hood pulsó el botón del comunicador y dijo:
—Fall, investigue lo ocurrido en el norte del condado. Parece ser que se han producido disturbios de carácter político.
—Yo también tengo una copia del periódico, señor —respondió la voz de Fall—. Estaba leyendo lo de ese tal Cemoli. He mandado una nave a la zona. Tendremos un informe dentro de diez minutos. —Hizo una pausa—. ¿Cree… que habrá que mandar a los hombres de Dietrich?
—Esperemos que no —repuso Hood con sequedad.
Media hora más tarde, la nave de la JCRU, a través de Fall, presentó su informe. Perplejo, Hood pidió a su ayudante que se lo repitiera. Pero no se trataba de ningún error. El equipo de campo había investigado exhaustivamente. No habían encontrado ni rastro de una ciudad de tiendas o asentamiento. Los lugareños a los que habían interrogado no habían oído hablar de nadie llamado «Cemoli». Y nadie sabía nada de batallas campales, enfermerías improvisadas o heridos. Allí no había más que un apacible paraje rural.
Aturdido, Hood volvió a leer el artículo. Allí estaba, blanco sobre negro, en la primera página, junto a la noticia de la llegada de la flota de la JCRU. ¿Qué significaba eso?
No le gustaba.
¿Había sido un error revivir el enorme, viejo y maltrecho periódico homeopático?
Aquella noche lo despertó de un profundo sueño un fuerte ruido metálico procedente del subsuelo, un estruendo que fue creciendo y creciendo mientras él permanecía sentado en la cama, parpadeando y confundido. El ruido de la maquinaria en funcionamiento. Oyó el pesado tronar de los circuitos automáticos que se colocaban en posición, obedeciendo las instrucciones que emanaban del propio sistema.
—Señor —oyó decir a Fall en la oscuridad. Su ayudante localizó al fin el interruptor provisional que habían instalado y encendió la luz—. He pensado que debía venir a despertarlo. Disculpe, señor Hood.
—Ya estoy despierto —murmuró Hood mientras salía de la cama y se ponía el batín y las zapatillas—. ¿Qué pasa?
—Está imprimiendo una edición extra —dijo Fall.
Joan se incorporó, se atusó la melena rubia y dijo:
—Dios mío, ¿qué es eso? —Con los ojos abiertos de par en par, miró alternativamente a su marido y a Fall.
—Habrá que llamar a las autoridades locales —dijo Hood—. Reunirse con ellas. —Tenía una corazonada sobre el contenido del extra que estaba pasando por las estruendosas prensas en aquel mismo instante—. Busque a LeConte, el político que nos recibió el día de nuestra llegada. Que lo despierten y le envíen una nave. Lo necesitamos.
Tardaron casi una hora en llevar hasta allí al engreído y ceremonioso preboste local y a su ayudante. Ataviados con el uniforme oficial, los dos hicieron finalmente acto de presencia en el despacho de Hood. Estaban indignados. Observaron a Hood en silencio, esperando a oír lo que quería de ellos.
Hood, todavía en batín y zapatillas, estaba sentado a su mesa, con una copia del extra del New York Times delante de sí. Cuando entraron LeConte y su ayudante estaba leyéndolo por segunda vez.
LA POLICÍA DE NUEVA YORK ADVIERTE DE LA INMINENTE LLEGADA DE LAS LEGIONES DE CEMOLI A LA CIUDAD.
SE LEVANTAN BARRICADAS. LA GUARDIA NACIONAL, EN ALERTA
Dio la vuelta a la edición del periódico para mostrar el titular a los dos terrícolas.
—¿Quién es este tipo? —preguntó.
Al cabo de un instante, LeConte respondió:
—No…, no lo sé.
—Vamos, señor LeConte —dijo Hood.
—Déjeme leer ese artículo —dijo LeConte con nerviosismo. Lo devoró en cuestión de segundos, sujetando el periódico con manos temblorosas—. Interesante —dijo al terminar—. Pero no puedo decirle nada. Es la primera noticia que tengo. Tiene usted que entender que las comunicaciones han sido irregulares desde la Catástrofe y entra dentro de lo posible que haya surgido un movimiento político sin que…
—Por favor —lo interrumpió Hood—. No diga tonterías…
LeConte se ruborizó y balbució:
—Hago lo que puedo, teniendo en cuenta que acaban de despertarme en mitad de la noche.
En ese momento, la figura de Otto Dietrich cruzó a grandes zancadas la puerta del despacho con expresión lúgubre.
—Hood —dijo sin preámbulo alguno—. Hay un quiosco del New York Times cerca de mi cuartel general. Esto acaba de aparecer allí. —Le mostró un ejemplar del extra—. Esa condenada máquina lo está distribuyendo por todo el mundo, ¿no? Sin embargo, tenemos equipos en la zona y no han detectado absolutamente nada. Ni bloqueos de carreteras, ni milicianos en marcha, ni actividad de ninguna clase.
—Lo sé —respondió Hood. Estaba muy cansado. Y, bajo sus pies, continuaba el sordo fragor de las prensas en pleno funcionamiento, para informar al mundo de la marcha de los simpatizantes de Benny Cemoli hacia Nueva York… Una marcha ficticia, evidentemente, una noticia fabricada de principio a fin por el céfalon del periódico.
—Apáguelo —dijo Dietrich.
Hood sacudió la cabeza.
—No. Quiero saber más.
—Esa no es razón —repuso Dietrich—. Es evidente que está averiado. Imagino que ha sufrido graves daños y no funciona como es debido. Tendrá que buscar en otra parte su red de propaganda global. —Arrojó el periódico sobre la mesa de Hood.
Este se volvió hacia LeConte y preguntó:
—¿Benny Cemoli era un activista de antes de la guerra?
No hubo respuesta. LeConte y su ayudante, pálidos y tensos, con los labios fruncidos, se miraron un momento.
—No domino mucho los procedimientos policiales —dijo Hood a Dietrich—, pero creo que éste es un buen momento para intervenir.
Dietrich entendió la indirecta y dijo:
—Estoy de acuerdo. Considérense bajo arresto los dos. Salvo que demuestren mejor disposición a hablarnos sobre ese agitador de toga roja. —Hizo una seña a los dos agentes que montaban guardia junto a la entrada, quienes se aproximaron obedientemente.
Cuando los dos policías se disponían a detenerlo, LeConte dijo:
—Ahora que lo pienso, puede que sí existiera ese sujeto. Pero… era muy poco conocido.
—¿Antes de la guerra? —preguntó Hood.
—Sí. —LeConte asintió con lentitud—. Era un bufón. Si no recuerdo mal, y no crea que es fácil…, era un rollizo payaso, un ignorante de alguna zona apartada. Tenía una emisora de radio, o algo así, desde donde pregonaba el uso de una especie de caja que instalabas en tu casa y te protegía frente a la radiación de las bombas.
Su ayudante, el señor Fall, dijo entonces:
—Ya me acuerdo. Hasta creo que se presentó al Senado. Pero salió derrotado, claro.
—¿Y fue lo último que se supo de él? —preguntó Hood.
—En efecto —respondió LeConte—. Murió de gripe asiática poco después. Hace quince años de ello.
El helicóptero de Hood sobrevolaba lentamente las zonas que se mencionaban en los artículos del periódico. Quería comprobar con sus propios ojos que no había ni rastro de disturbios y no se sentiría totalmente tranquilo hasta comprobar que el periódico había perdido el contacto con la realidad. La realidad no concordaba en nada con el contenido de los artículos del periódico, eso saltaba a la vista.
Y sin embargo, el sistema homeostático seguía con su historia.
—Tengo el tercer artículo aquí, si quieres leerlo —dijo Joan, sentada a su lado. Había estado revisando la última edición.
—No —respondió Hood.
—Dice que están a las afueras —le dijo—. Que atravesaron las barricadas policiales y el gobernador ha tenido que pedir ayuda a la ONU.
Fall, pensativo, dijo:
—Tengo una idea. Uno de nosotros, preferiblemente usted, podría escribirle una carta al periódico.
Hood lo miró de soslayo.
—Creo que puedo decirle exactamente cómo hacerlo —dijo Fall—. Redáctela como una simple consulta. Ha seguido usted el caso del movimiento de Cemoli por la prensa. Dígale al editor… —hizo una pausa— que siente usted simpatía por su causa y querría incorporarse a ella. Pregúntele al periódico cómo hacerlo.
«En otras palabras —pensó Hood—, que le pregunte al periódico cómo ponerme en contacto con Cemoli». La idea de Fall era interesante. Poseía cierta brillantez, desde un punto de vista delirante. Era como si Fall hubiera sido capaz de entender el trastorno mental del periódico, realizando un acto deliberado de renuncia al sentido común. Participaría en la ilusión del periódico. Si uno daba por reales la existencia de Cemoli y la marcha sobre Nueva York, la pregunta tenía sentido.
—No quiero parecer estúpida —dijo Joan—, pero ¿cómo se le manda una carta a un homeoperiódico?
—Me he informado al respecto —respondió Fall—. En los quioscos hay una ranura para las cartas, junto a la de las monedas. La ley lo estableció así cuando aparecieron, hace décadas. Lo único que necesitamos es la firma de tu marido. —Introdujo la mano en su chaqueta y sacó un sobre—. La carta ya está redactada.
Hood la asió y la examinó. «Así que vamos a incorporarnos a la absurda ficción de ese rollizo payaso», se dijo.
—¿No aparecerá un titular que diga: Jefe de la JCRU se une a la marcha HACIA LA CAPITAL DE LA Tierra? —preguntó a Fall, invadido por una mezcla de cautela y jovialidad—. ¿Un homeoperiódico honrado no tendría que colocar una carta como ésa en primera plana?
Obviamente, Fall no había pensado en eso. La pregunta pareció avergonzarlo un poco.
—Creo que será mejor que la firme otra persona —admitió—. Alguien de menor categoría, perteneciente a su personal. —Y finalmente concluyó—: Podría firmarla yo mismo.
Hood le devolvió la carta y dijo:
—Adelante. Será interesante ver cómo responde, si es que lo hace. «Cartas al editor… —pensó—. Cartas a un enorme y complejo organismo electrónico, enterrado en el subsuelo, responsable ante nadie y guiado únicamente por sus propios circuitos. ¿Cómo reaccionará ante la ratificación externa de su engaño? ¿Lo devolverá a la realidad?
»Es —siguió pensando— como si el periódico, en todos estos años de silencio forzoso hubiera estado soñando y ahora, despierto de nuevo, hubiera dejado que parte de sus antiguos sueños se materializasen en sus páginas, junto a su profundo, preciso y atinado análisis de la situación actual. Una mezcla de ficciones y hechos reales relatados con pulcra exactitud. ¿Cuál de las dos triunfará finalmente? Evidentemente, la historia de Benny Cemoli no tardará en desembocar en la llegada del payaso de la toga roja a Nueva York; todo indica que la marcha tendrá éxito. ¿Y entonces? ¿Cómo se combinará eso con la llegada de la JCRU, con todo su poder y su autoridad interestelares? El periódico no tardará mucho en tener que afrontar su incongruencia».
Una de las dos líneas tendría que interrumpirse, pero Hood tenía la inquietante sensación de que un homeoperiódico que había pasado una década soñando no renunciaría fácilmente a sus fantasías. «Puede —pensó— que las noticias sobre nosotros, sobre la JCRU, y sobre la reconstrucción de la Tierra, vayan desapareciendo de sus páginas, que merezcan cada día menos páginas, y que cada vez estén más alejadas de la portada. Hasta que, finalmente, no queden más que las historias de Benny Cemoli».
No era una perspectiva agradable. De hecho, le inspiraba una profunda inquietud. «Es como si —se dijo— sólo seamos reales mientras el New York Times escriba sobre nosotros; como si dependiéramos de él para existir».
Veinticuatro horas después, en su edición regular, el periódico reproducía la carta de Fall. Al leerla, Hood tuvo la sensación de que era falsa y afectada. Le costaba creer que el homoperiódico se la hubiera tragado y, sin embargo, allí estaba. Había logrado superar todos los controles de su proceso interno.
Estimado editor:
Su cobertura de la heroica marcha sobre el decadente bastión plutocrático de Nueva York ha inflamado mi entusiasmo. ¿Cómo puede convertirse un ciudadano normal y corriente en parte de esta historia? Quisiera que me informaran de ello al instante, pues ardo en deseos de unirme a Cemoli para soportar las penurias y compartir los triunfos de sus seguidores.
Un saludo cordial,
Rudolf Fall
El periódico había incluido su respuesta bajo la carta. Hood la leyó con avidez.
Los seguidores de Cemoli tienen una oficina de reclutamiento en las afueras de Nueva York; la dirección es calle Bleekman 460, Nueva York 43. Puede usted dirigirse allí; la policía no ha clausurado esta oficina clandestina a la vista de la crisis actual.
Hood pulsó el botón que abría la línea directa con el cuartel general de la policía. Cuando tuvo al investigador jefe al otro lado, le dijo:
—Dietrich, necesito un grupo de sus hombres. Vamos a hacer una inspección y podría haber dificultades.
—Así que se acabó el humanitarismo —dijo Dietrich con voz seca después de una breve pausa—. Bueno, ya hemos mandado un hombre para vigilar la calle Bleekman. Estoy impresionado por el truco de la carta. Parece que ha funcionado —añadió con una risilla.
Al poco tiempo, Hood y cuatro uniformados policías de Centauri sobrevolaban en helicóptero las calles de Nueva York, en busca de los restos de lo que había sido la calle Bleekman. Utilizando un mapa lograron localizarla al cabo de media hora.
—Ahí —dijo el capitán que dirigía el equipo, señalando—. Debe de ser eso, esa verdulería. —El helicóptero empezó a descender.
Era una verdulería, en efecto. Hood no vio ni rastro de actividad política: no había nadie allí que no estuviera trabajando…, ni banderas o banderolas. Y, sin embargo…, algo ominoso parecía ocultarse tras la cotidiana escena que tenían debajo, las cajas de verduras a un lado de la calle, las mujeres andrajosas de largos abrigos de tela que rebuscaban entre las patatas de invierno, el viejo propietario, con su delantal blanco y su escoba. Era demasiado natural, demasiado común. Era demasiado convencional.
—¿Aterrizamos? —le preguntó el capitán.
—Sí —respondió Hood—. Y estén atentos.
El propietario, al ver que aterrizaban frente a su tienda, dejó la escoba cuidadosamente a un lado y se les acercó. Hood vio que era griego. Llevaba un grueso bigote y tenía el pelo ligeramente entrecano. Los miraba con una especie de cautela innata, como si se figurara que no querían nada bueno de él. No obstante, los recibió con civilizada cordialidad; no les tenía miedo.
—Caballeros —dijo el propietario de la tienda con una pequeña reverencia—. ¿Qué puedo hacer por ustedes? —Sus ojos estudiaron a los policías uniformados, pero aparte de esto no mostró ninguna otra reacción.
—Venimos a arrestar a un agitador político —dijo Hood—. No tiene de qué alarmarse. —Se dirigió hacia la verdulería. Los agentes lo siguieron, con las armas en la mano.
—¿Un agitador político, aquí? —repuso el griego—. Vamos, eso es imposible. —Correteó tras ellos, jadeando. Ahora estaba alarmado—. ¿Qué he hecho? No he hecho nada. Pueden mirar lo que quieran. Adelante. —Les abrió la puerta de la tienda y los invitó a pasar—. Véanlo ustedes mismos.
—Eso vamos a hacer —dijo Hood. Avanzó con agilidad, sin perder el tiempo en la parte pública del comercio. Se dirigió directamente a la parte trasera.
La trastienda estaba allí, con sus cajas llenas de latas y otras cosas almacenadas por todas partes. Un joven estaba haciendo inventario. Cuando entraron los miró, sorprendido. «Aquí no hay nada —pensó Hood—. El hijo del tendero trabajando, nada más». Levantó la tapa de una caja de cartón y miró dentro. Latas de melocotón. Y a un lado, un cajón de lechugas. Arrancó una hoja; se sentía estúpido…, y decepcionado.
—Nada, señor —le dijo el capitán en voz baja.
—Eso ya lo veo —respondió Hood con irritación.
A la derecha, una puerta conducía a un armario escobero. Al abrirla vio varias escobas y una mopa, un cubo metálico, unas cajas de detergente y…
Gotas de pintura en el suelo.
Habían pintado el armario hacía poco. Se inclinó, rascó con la uña y descubrió que la pintura aún estaba pegajosa.
—Mire esto —le dijo al capitán de policía.
—¿Qué ocurre, caballeros? —preguntó el griego con nerviosismo—. Han encontrado algo sucio y van a llamar al Departamento de Sanidad, ¿no? ¿Se han quejado los clientes? Díganme la verdad. Sí, es pintura fresca. Intentamos tenerlo todo como una patena. ¿No es lo mejor para todos?
El capitán de policía pasó una mano por el armario escobero y dijo en voz baja:
—Señor Hood, aquí había una puerta. La han sellado hace poco. —Se volvió hacia Hood con expectación, esperando instrucciones.
—Tírenla abajo —dijo Hood.
El capitán se volvió hacia sus subordinados e impartió una serie de órdenes. Los hombres fueron a la nave a buscar equipo y lo llevaron hasta el armario. Cuando los policías empezaron a destrozar la madera y el yeso se alzó por todo el comercio un zumbido continuado.
Pálido, el griego dijo:
—Esto es indignante. Voy a presentar una demanda.
—Muy bien —dijo Hood—. Llévenos a los tribunales. —Una parte de la pared había cedido ya. Cayó hacia dentro con estrépito y el suelo quedó sembrado de escombros. Se levantó una nube de polvo blanco, que volvió a posarse al poco tiempo.
Lo que Hood vio a la luz de las linternas de los policías no era una habitación muy grande. Polvorienta, sin ventanas, olía a cerrado y a moho viejo… Llevaba mucho mucho tiempo sin usarse, comprendió. Entró con cautela. Estaba vacía. Sólo era un almacén abandonado, con las paredes desconchadas y sucias. Puede que antes de la Catástrofe la verdulería fuese más grande. Por aquel entonces moverían más género, pero ahora no necesitaban tanto espacio. Hood recorrió la habitación, moviendo la linterna entre el suelo y el techo. Moscas muertas, emparedadas allí dentro… Y entonces las vio, algunas aún vivas, que reptaban trabajosamente por el suelo.
—No olvide —dijo el capitán— que lo acaban de cegar. En los últimos tres días. Como mínimo. La pintura estaba muy reciente.
—Esas moscas —dijo Hood— ni siquiera están muertas. Así que no hacía ni tres días. Puede que hubieran cegado el cuarto el día antes.
«¿Para qué lo usaban antes?». Se volvió hacia el griego, que había entrado tras ellos, tenso y pálido. Sus ojos negros se movían aceleradamente, con preocupación. «Es un hombre muy astuto —se dijo—. No le sacaremos gran cosa».
Al otro lado del cuarto las linternas de los policías localizaron un armario, con baldas de madera sin barnizar, vacías. Hood se dirigió hacia allí.
—Muy bien —dijo el griego tragando saliva—. Lo admito. Guardábamos ginebra ahí dentro. Nos entró el miedo. Ustedes, los de Centauri… —miró a su alrededor con miedo—. No son como los jefazos de por aquí. A ellos ya los conocemos y nos entienden. ¡Pero ustedes…! ¡Son inalcanzables! Tenemos que ganarnos la vida. —Abrió las manos en un gesto suplicante.
Por detrás del armario asomaba el borde de algo. Estaba tan escondido que podrían no haber reparado en él. Era un papel, que había caído allí y se había ido deslizando hasta desaparecer casi por completo. Pero Hood lo vio y lo sacó cuidadosamente por el mismo sitio por donde había entrado.
El griego se echó a temblar.
Era un retrato. Un hombre corpulento de mediana edad, con las mandíbulas teñidas por una barba incipiente, el ceño fruncido y los labios apretados en un gesto desafiante. Un hombre grande, vestido con una especie de uniforme. El retrato había estado colgado de la pared y la gente había acudido allí para verlo y presentarle sus respetos. Hood supo al instante quién era. Benny Cemoli, en la cúspide de su carrera política, un líder que dirigía una mirada severa a sus seguidores. Así que aquél era el hombre.
No era de extrañar que el New York Times mostrara tal alarma.
Se volvió hacia el griego y, levantando el retrato, preguntó:
—Dígame, ¿le resulta familiar?
—No, no —dijo el griego. Se limpió el sudor de la frente con un gran pañuelo rojo—. Desde luego que no.
Pero saltaba a la vista que no era verdad.
—Es usted un seguidor de Cemoli, ¿verdad? —dijo Hood.
Hubo un silencio.
—Llévenselo —dijo Hood al capitán de policía—. Y empecemos desde cero.
Mientras extendía el retrato sobre su mesa, Hood pensaba:
«No es sólo una fantasía del periódico. Ahora sabemos la verdad. El personaje es real y hace sólo veinticuatro horas su retrato colgaba de la pared, a la vista de todos. Y seguiría allí si la JCRU no hubiera hecho acto de presencia. Los hemos asustado. La gente de la Tierra tiene muchísimo que ocultar y ellos lo saben. Están actuando rápida y eficazmente, y tendremos suerte si…».
Joan interrumpió sus pensamientos con un comentario:
—Así que la dirección de la calle Bleekman era real. El periódico decía la verdad.
—Sí —respondió Hood.
—¿Y dónde está ahora?
«Eso me gustaría a mi saber», pensó Hood.
—¿Le has enseñado el retrato a Dietrich?
—Aún no —dijo Hood.
—La guerra fue culpa suya —repuso Joan—, y Dietrich va a averiguarlo.
—Es imposible que la guerra —dijo Hood— fuera culpa de un solo hombre.
—Pero sí en gran parte —respondió Joan—. Por eso están haciendo tantos esfuerzos por borrar hasta el menor rastro de su existencia.
Hood asintió.
—Sin el New York Times —dijo su mujer— nunca habríamos ni sospechado que existía una figura política como la de Benny Cemoli. Le debemos mucho. Ellos no lo pensaron o, sencillamente, no pudieron hacer nada por impedirlo. Las prisas, supongo. No pudieron preverlo todo, ni siquiera en diez años. Supongo que será muy difícil borrar hasta el último rastro de un movimiento político global, especialmente un movimiento cuyo líder obtuvo un poder absoluto en sus últimos momentos.
—Muy difícil no, imposible —dijo Hood. «Un almacén de una verdulería griega… Con eso ha bastado para revelarnos lo que necesitábamos saber. Ahora los hombres de Dietrich pueden encargarse del resto. Si Cemoli sigue vivo acabarán por encontrarlo y si está muerto…, será difícil convencerlos, conociendo a Dietrich. Nunca dejará de buscarlo».
—Lo bueno de esto —dijo Joan— es que mucha gente inocente estará más tranquila. Dietrich no se dedicará a perseguirlos. Estará ocupado buscando a Cemoli.
«Cierto», pensó Hood. Y eso era importante. La policía de Centauri estaría ocupaba durante mucho tiempo, lo cual era una suerte para todos, incluidos la JCRU y su ambicioso programa de reconstrucción.
«Si Benny Cemoli no hubiera existido nunca —pensó de pronto—, casi habríamos tenido que inventarlo». Un pensamiento extraño… Se preguntó cómo se le habría ocurrido. Volvió a examinar el retrato, tratando de extraer toda la información posible de aquella efigie en dos dimensiones. ¿Cómo hablaría Benny Cemoli? ¿Se había encaramado al poder gracias a su voz, como tantos otros demagogos antes que él? Y sus escritos… Puede que encontraran algo. O incluso alguna cinta con sus discursos, con su voz real. Y tal vez grabaciones en vídeo. Todo acabaría por salir a la luz. Era una mera cuestión de tiempo… «Y entonces podremos averiguar por nosotros mismos cómo era vivir a su sombra», comprendió.
En ese momento sonó la línea de la oficina de Dietrich. Descolgó el teléfono.
—Tenemos al griego aquí —dijo Dietrich—. Bajo la influencia de las drogas ha admitido algunas cosas. Puede que le interesen.
—Sí —dijo Hood.
—Dice que lleva diecisiete años perteneciendo al Movimiento. Es uno de los veteranos. Se reunían dos veces a la semana en la trastienda de su verdulería en los viejos tiempos, cuando el Movimiento era pequeño y relativamente poco importante. El retrato que se llevó usted… No lo he visto, claro, pero Stavros, nuestro amigo griego, me ha hablado de él… El retrato, digo, está obsoleto. Stavros lo dejó allí colgado por razones sentimentales. Más tarde, cuando el Movimiento cobró fuerza, Cemoli dejó de frecuentar la verdulería y el griego perdió el contacto con él. Siguió siendo un miembro leal de la organización, pero el Movimiento se convirtió en algo abstracto para él.
—¿Y la guerra? —Preguntó Hood.
—Poco antes de que estallara, Cemoli se hizo con el poder en Norteamérica mediante un golpe de Estado culminado con una marcha sobre Nueva York, en el contexto de una grave crisis económica. Los parados se contaban por millones y se apoyó en ellos. Trató de resolverla recurriendo a una agresiva política exterior: atacó varias repúblicas latinoamericanas que estaban en la órbita de influencia de los chinos. La cosa fue más o menos así, aunque Stavros no se ha mostrado demasiado preciso en su relato… Habrá que ir rellenando los huecos con información extraída a otros simpatizantes conforme los vayamos encontrando. Los más jóvenes sabrán más. A fin de cuentas, este tipo tiene más de setenta años.
—Espero que no tenga la intención de presentar cargos contra él —dijo Hood.
—Oh, no. No es más que una fuente de información. Cuando nos haya contado todo lo que sabe lo dejaremos volver con sus cebollas y su mermelada de manzana enlatada. Es inofensivo.
—¿Cemoli sobrevivió a la guerra?
—Sí —respondió Dietrich—. Pero eso fue hace diez años. Stavros no sabe si sigue vivo. Yo personalmente creo que sí, y seguiré trabajando con esta suposición hasta que se demuestre que es falsa. No queda otro remedio.
Hood le dio las gracias y colgó.
Mientras se alejaba del teléfono volvió a oír el lento y grave rugido procedente del subsuelo. El homeoperiódico había cobrado vida una vez más.
—No es una edición normal —dijo Joan consultando su reloj—. Así que debe de ser otro extra. Es emocionante que las cosas sucedan así. Estoy impaciente por leer la primera página.
«¿Qué habrá hecho ahora Benny Cemoli? —se preguntó Hood— según el desfasado relato del periódico sobre la aventura de ese personaje, ¿a qué fase estaremos llegando ahora? Algo muy importante, merecedor de un extra. Y algo muy interesante, sin duda. El New York Times sabe lo que hay que publicar».
También él estaba impaciente por leerlo.
En las afueras de Oklahoma, John LeConte introdujo una moneda en el viejo quiosco. Sacó un ejemplar del último extra del periódico y leyó rápidamente el titular, tomándose el tiempo justo para verificar lo fundamental. Luego cruzó la calle y volvió a subir al asiento trasero de su coche a vapor.
—Señor, aquí está el material original —dijo el señor Fall con tono circunspecto—, por si desea hacer una comparación palabra por palabra. —El secretario le ofreció una carpeta, que LeConte aceptó.
El coche se puso en marcha. Sin que nadie tuviera que decírselo, el chófer puso rumbo al cuartel general del Partido. LeConte se recostó en el asiento, encendió un cigarro y se puso cómodo.
En su regazo, el periódico anunciaba con enormes titulares:
CEMOLI ENTRA EN UN GOBIERNO DE COALICIÓN.
CESE TEMPORAL DE LAS HOSTILIDADES
—El teléfono, por favor —dijo LeConte a su secretario.
—Sí, señor. —Su subordinado le entregó el teléfono portátil—. Pero ya casi hemos llegado, señor. Y siempre existe la posibilidad, si no le importa que lo mencione, de que hayan pinchado la línea.
—Están demasiado ocupados en Nueva York —dijo LeConte—. Entre las ruinas. «En una zona que no le importa a nadie desde hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo», se dijo. Sin embargo, el consejo del señor Fall no era desacertado; —decidió esperar—. ¿Qué le parece el último artículo? —preguntó a su secretario mientras le enseñaba el periódico.
—Muy interesante —dijo el señor Fall con un asentimiento de cabeza.
LeConte abrió su maletín y sacó un libro de texto, viejo y sin tapa. Lo habían fabricado hacía sólo una hora y era la siguiente pista que dejarían para que la encontrasen los invasores de Próxima Centauri. Ésta en concreto era contribución suya y se sentía muy orgulloso de ella. El libro describía con enorme lujo de detalles el programa de cambios sociales de Cemoli: la revolución, relatada en un lenguaje comprensible para los escolares.
—¿Me permite preguntar —dijo el señor Fall— si la jerarquía del Partido tiene la intención de que encuentren un cadáver?
—Con el tiempo —dijo LeConte—. Pero eso no será hasta dentro de varios meses. —Extrajo un lápiz del bolsillo de su gabardina y escribió sobre el manual, con letra vacilante, como si fuera la de un joven alumno: Abajo Cemoli.
¿Estaría excediéndose? No, decidió al fin. Tenía que haber resistencia. Del tipo espontáneo, estudiantil, sin duda. Añadió a continuación: ¿DÓNDE ESTÁN LAS NARANJAS?
El señor Fall miró lo que había escrito y preguntó:
—¿Qué significa eso?
—Cemoli promete naranjas a los jóvenes —le explicó LeConte—. Otra falsa promesa que la revolución no cumple. Fue idea de Stavros… Claro, es verdulero. Una gran idea. «Que le otorga —pensó— un punto más de verosimilitud. Son los detalles los que garantizan el éxito».
—Ayer —dijo el señor Fall—, cuando estaba en la oficina del Partido, oí una cinta que acababan de grabar. Cemoli dirigiéndose a la ONU. Era increíble. De no haber sabido…
—¿A quién se la encargaron? —preguntó LeConte. Le extrañaba no haberse enterado.
—A un cómico de aquí, de Oklahoma. Muy poco conocido, naturalmente. Creo que está especializado en imitaciones. Le dio un carácter amenazante, pomposo… He de admitir que fue muy divertido.
«Y mientras tanto —pensó LeConte—, no hay juicios por crímenes de guerra. Los que fuimos líderes durante la guerra, tanto en la Tierra como en Marte, los que ocupábamos puestos de responsabilidad…, estamos a salvo, al menos por un tiempo. Y puede que para siempre. Mientras nuestra estrategia siga funcionando. Y mientras no se descubra el túnel que comunica con el céfalon del homeoperiódico, que tardamos cinco años en construir. Y mientras no se desplome…».
El coche a vapor aparcó en el espacio reservado para él, frente al cuartel general del Partido. El chófer bajó para abrirle la puerta y LeConte salió tranquilamente a la luz del día, sin la menor sensación de ansiedad. Arrojó el cigarro al canalón y cruzó la calle en dirección al edificio.
NOTA:
Si no existiera Benny Cemoli «If There Were No Benny Cemoli». («Had There Never Been A Benny Cemoli») [27 de febrero de 1963], en Galaxy, diciembre 1963.
Siempre he creído que al menos la mitad de los personajes famosos de la historia no han existido. Uno inventa lo que tiene que inventar. Puede que hasta Karl Marx fuera el invento de un escritor perverso. En cuyo caso…

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