Convendría explicar lo que estaba haciendo Courtland justo antes de que sonara el timbre de la puerta.
En su lujoso apartamento de la calle Leavenworth, donde Russian Hill desciende hacia la llanura de North Beach y, tras ella, a la propia bahía de San Francisco, David Courtland, encorvado, leía una serie de informes de rutina, los datos técnicos extraídos de una semana entera de pruebas en el monte Diablo. Como director de investigación de Pinturas Pesco, a Courtland le preocupaba especialmente la durabilidad comparativa de diversos revestimientos fabricados por su compañía. Las maderas tratadas habían pasado quinientos sesenta y cuatro días asándose al sol de California. Era hora de ver qué masilla para poros soportaba mejor la oxidación y ajustar en consecuencia los programas de producción.
Concentrado en el complejo análisis de los datos, Courtland no oyó el timbre en un primer momento. En un rincón del salón, el amplificador, el plato y los altavoces de su Bogen de alta fidelidad estaban reproduciendo una sinfonía de Schumann. Su esposa, Fay, fregaba los platos de la cena en la cocina. Los dos niños, Bobby y Ralf, ya se habían ido a la cama y estaban dormidos. Courtland alargó el brazo hacia su pipa, se apartó un momento de la mesa, se pasó una gruesa mano por su cada vez más escaso cabello cano…, y oyó el timbre.
—Joder —dijo. Inconscientemente se preguntó cuántas veces habría sonado el discreto timbre sin que se diera cuenta. Guardaba un recuerdo subliminal como de varias llamadas. ¿Quién coño podía ser? Según su reloj de pulsera eran las nueve y media. La verdad es que aún era temprano para quejarse.
—¿Quieres que abra? —se ofreció Fay desde la cocina.
—Ya voy yo. —Courtland se levantó trabajosamente, metió los pies en los zapatos y atravesó el salón, pasando junto al sofá, la lamparita de mesa, el revistero, el fonógrafo y la librería que había antes de la puerta. Era un corpulento ingeniero de mediana edad y no le gustaba que lo interrumpieran cuando estaba trabajando.
En el pasillo había un desconocido.
—Buenas noches, señor —dijo éste mientras examinaba con atención un portapapeles—. Siento molestarlo.
Courtland dirigió una mirada entre agria y hostil al joven. Lo más probable es que fuera un vendedor. Flaco, rubio, traje azul de un solo bolsillo con pajarita y camisa blanca, el joven llevaba su portapapeles en una mano y un voluminoso maletín negro en la otra. Sus angulosas facciones exhibían una expresión de grave concentración. Un aire de erudita confusión lo envolvía; ceño arrugado, labios fruncidos y un tic provocado por una evidente preocupación que hacía temblar los músculos de sus mejillas. Levantó la mirada y preguntó:
—¿Es el 1846 de Leavenworth? ¿Apartamento 3.o A?
—Exacto —dijo Courtland con la paciencia infinita que hubiera reservado para un animal estúpido.
La tensión del rostro del joven remitió ligeramente.
—Bien, señor —dijo con tono de cierta urgencia. Trató de asomarse al interior del apartamento, más allá de Courtland, y continuó—: Siento molestarlo tan tarde y mientras trabaja, pero como probablemente sepa, hemos estado muy ocupados durante los últimos días. Por eso no hemos podido responder antes a su llamada.
—¿Mi llamada? —repitió Courtland. Bajo el cuello desabrochado de su camisa, su piel empezaba a cobrar una leve coloración rojiza. Seguro que se trataba de alguna tontería de Fay; algo que su mujer había considerado digno de su atención, algo indispensable para sus vidas—. ¿De qué demonios está hablando? —preguntó con tono autoritario—. Al grano.
El joven se ruborizó, tragó saliva ostensiblemente, trató de sonreír y, por fin, dijo con voz ronca y atropellada:
—Soy el técnico que han pedido; vengo a arreglarles el sible.
A la mente de Courtland acudió una réplica ingeniosa que más tarde lamentaría no haber usado. «Tal vez» tendría que haber dicho «no quiera que me arreglen el sible. Tal vez me guste como está». Pero no lo dijo. En lugar de hacerlo parpadeó, entreabrió un poco más la puerta y preguntó:
—¿Mi qué?
—Sí, señor —insistió el hombre—. El expediente de la instalación de su sible nos ha llegado siguiendo los procedimientos de rutina. Normalmente nos limitamos a hacer un sondeo de ajuste automático, pero con su llamada… De modo que aquí me tiene, con el equipo completo.
»Ahora, por lo que se refiere a la naturaleza de su queja… —El hombre sometió a una frenética revisión los documentos de su portapapeles—. Bueno, es una tontería buscarlo; puede explicármelo usted mismo. Como imagino que ya sabrá, señor, oficialmente no formamos parte de la distribuidora… Tenemos lo que se llama una cobertura equivalente a un seguro, que se activa automáticamente desde el mismo momento de la adquisición. Como es natural, puede usted cancelarla si lo desea. —Sin demasiado entusiasmo, añadió—: He oído que hay un par de empresas competidoras en el negocio.
Entonces su rostro adoptó una expresión de severa moralidad. Irguió todo lo que pudo su fino cuerpo y concluyó:
—Pero permítame que le diga que llevamos en el negocio de reparación de sibles desde que el viejo R. J. Wright introdujo el primer modelo experimental de impulso A.
Durante un momento, Courtland no dijo nada. Una serie de pensamientos espectrales revoloteaban por su mente: ideas fortuitas de carácter cuasitecnológico, evaluaciones reflejas y notaciones sin importancia. Así que los sibles se estropeaban, ¿eh? Operaciones comerciales de gran magnitud… Técnicos enviados en cuanto se confirmaba la venta. Tácticas monopolísticas… Aplastar la competencia antes de que tuviera la menor oportunidad. Sobornos a la compañía matriz, probablemente. Contabilidades turbias.
Pero ninguno de estos pensamientos tenía nada que ver con el meollo del asunto. Con un violento esfuerzo logró devolver su atención al joven ansioso que esperaba con evidente nerviosismo en el descansillo, armado de un portapapeles y un maletín técnico.
—No —dijo con rotundidad—. No, se ha equivocado usted de dirección.
—¿Cómo dice, señor? —preguntó el joven con un tono entre tembloroso y educado, mientras una oleada de pasmo y consternación cruzaba sus facciones—. ¿No es aquí? Ay, Dios, no me diga que en Envíos han vuelto a hacerse un lío con el nuevo…
—Vuelva a mirar sus papeles —dijo Courtland mientras hacía ademán de cerrarle la puerta en las narices—. Sea lo que sea un sible, no tengo ninguno; y yo no les he llamado.
Justo antes de cerrar la puerta vio el horror definitivo del rostro del joven, su parálisis estupefacta. Entonces la superficie de madera pintada de la puerta ocultó su cara y Courtland regresó caminando pesadamente a su mesa.
Un sible. ¿Qué demonios era un sible? Él estaba al día desde el punto de vista tecnológico. Leía el U. S. News y The Wall Street Journal. Si existían los sibles él tendría que conocerlos…, a menos que se tratara de algún nuevo y ruidoso cacharro para la casa. Puede que fuera eso.
—Oye —le gritó a su mujer al ver que aparecía un momento en la puerta de la cocina con un trapo y un plato de sauces azules en las manos—. ¿Sabes lo que son los sibles?
Fay sacudió la cabeza.
—No tengo ni idea.
—¿No has comprado un sible de cromo y plástico AC/DC en Macy’s?
—Desde luego que no.
Puede que fuera algo para los chicos. Tal vez la última locura que estaba haciendo furor en la escuela, el bolo, las tarjetas de aprendizaje o el «Toc-Toc, quién es» de su época. Pero los niños de nueve años no compraban cosas que necesitaran técnicos con maletines de herramientas, sobre todo cuando esos niños tenían sólo cincuenta centavos de paga.
Su curiosidad le ganó a su versión. Tenía que saber, aunque fuese por razones científicas, lo que era un sible. Se puso en pie como impulsado por un resorte y, acercándose a paso vivo a la puerta de la casa, la abrió de par en par.
El descansillo estaba vacío, claro. El joven se había marchado. Aún flotaba en el aire un tenue olor a colonia masculina y sudor, pero nada más.
Nada, aparte de un papel arrugado que se había caído del portapapeles del técnico. Courtland se agachó y lo recogió de la alfombra. Era una copia en papel carbón de una ruta, con su código de identificación, el nombre de la compañía y la dirección del cliente.
Calle Leavenworth 1846, S. F. Llam. rec. por Ed Fuller, 9:20 p. m. 28-5. Sible 30sI5H (de lujo). Sugerencia: comprobar alimentación lateral y archivo de reemplazo neuronal de seguridad. AAw3-6.
Los números y la información no le dijeron nada. Cerró la puerta y volvió lentamente a su mesa. Alisó la arrugada hoja de papel y volvió a leer las palabras, tratando de extraerles algún significado. La cabecera impresa rezaba:
INDUSTRIAS DE SERVICIOS ELECTRÓNICOS
Calle Montgomery, 455, San Francisco 14, Ri8-4456n
Desde 1963
Ahí estaba. La sucinta afirmación impresa: «Desde 1963». En un movimiento reflejo, las manos temblorosas de Courtland buscaron su pipa. Eso explicaba que nunca hubiera oído hablar de los sibles. Explicaba por qué no tenía uno…, y por qué, por muchas puertas del edificio de apartamentos a las que llamara, el joven técnico nunca encontraría a nadie que lo tuviera.
Los sibles no se habían inventado aún.
Tras un intervalo de furiosa y concentrada reflexión, Courtland cogió el teléfono y marcó el número de su subordinado en Pesco.
—Me da igual —dijo con detenimiento— lo que estés haciendo esta noche. Voy a darte una lista de instrucciones y quiero que las cumplas ahora mismo.
Desde el otro lado de la línea le llegó el intento de réplica airada de Jack Hurley.
—¿Esta noche? Escucha, Dave, la empresa no es mi madre. Tengo una vida propia. Si pretendes que salga corriendo en plena…
—Esto no tiene nada que ver con Pesco. Quiero una grabadora y una cámara de vídeo con un objetivo infrarrojo. Quiero que me consigas un estenógrafo judicial. Y quiero a uno de los electricistas de la empresa. Me da igual quién sea, pero elige al mejor. Y trae también a Anderson, de la sección de ingeniería. Si no puede ser él, a cualquiera de nuestros diseñadores. Y a alguien de la cadena de montaje. Un mecánico con experiencia que conozca bien el oficio. Que conozca las máquinas.
Con tono dubitativo, Hurley dijo:
—Bueno, tú eres el jefe. Al menos del departamento de investigación. Pero creo que todo eso tiene que aprobarlo la compañía. ¿Te importa si llamo a Pesbroke para pedirle autorización?
—Adelante. —Courtland tomó una rápida decisión—. O, mejor aún, voy a llamarlo yo mismo. Creo que tiene que saber lo que ha pasado.
—¿Y qué ha pasado? —inquirió Hurley con curiosidad—. Nunca te había oído así… ¿Alguien ha inventado una pintura que se aplica sola?
Courtland colgó, esperó unos tensos segundos y finalmente marcó el número de su superior, el propietario de Pinturas Pesco.
—¿Tienes un segundo? —preguntó con voz tensa. La esposa de Pesbroke había tenido que despertar al anciano de pelo cano para que contestara el teléfono, pues se había quedado adormilado después de la cena—. Tengo algo importante; quiero hablar contigo de ello.
—¿Tiene que ver con la pintura? —murmuró Pesbroke, medio en broma, medio en serio—. Si no…
Courtland lo interrumpió. Lentamente, le relató con todo lujo de detalles su encuentro con el técnico del sible.
Cuando terminó, su jefe guardó silencio.
—Bueno —dijo Pesbroke al cabo de un instante—. Supongo que podríamos hacer algunas pruebas rutinarias. Has conseguido captar mi interés. Muy bien, me lo tragaré. Pero —añadió bajando la voz— como se trate de una tomadura de pelo, vas a tener que responder por el uso de los hombres y el equipo.
—¿Por una tomadura de pelo se refiere a que no saquemos nada lucrativo?
—No —repuso Pesbroke—. Me refiero a que sepas que se trata de una mentira; a que sea una broma pesada y lo sepas. Tengo jaqueca y no estoy de humor para bromas. Si hablas en serio, si de verdad crees que puede ser algo serio, cargaré los gastos a la compañía.
—Hablo muy en serio —dijo Courtland—. Los dos somos demasiado viejos para andar con jueguecitos.
—Bueno —caviló Pesbroke—, cuanto más viejo te haces más dispuesto estás a llegar hasta el fondo de las cosas; y esto parece estar muy en el fondo. —Su tono de voz denotaba que había tomado una decisión—. Llamaré a Hurley para darle luz verde. Puedes usar lo que necesites… Supongo que vas a tratar de localizar a ese técnico y averiguar quién es en realidad.
—Eso pensaba, sí.
—Supongamos que lo consigues… ¿Y luego?
—Bueno —dijo Courtland con cautela—, luego quiero averiguar lo que es un sible. Para empezar. Y puede que después de eso…
—¿Crees que volverá?
—Puede que sí. No encontrará la dirección. De eso estoy seguro. En este barrio nadie ha llamado a un técnico de sibles.
—¿Y qué más da lo que sea un sible? ¿Por qué no intentas averiguar cómo ha llegado hasta aquí desde su época?
—Creo que ese tío sabe lo que es un sible…, pero no creo que sepa cómo ha llegado hasta aquí. Ni siquiera sabe lo que es «aquí».
—Parece razonable —asintió Pesbroke—. Si voy para allá, ¿me dejarás participar? Puede que sea divertido.
—Claro —dijo Courtland con la mirada clavada en la puerta del piso. Había empezado a sudar—. Pero tendrás que hacerlo desde otra habitación. No quiero que nada ponga esto en peligro… Puede que no volvamos a tener una oportunidad parecida.
El malhumorado e improvisado equipo de la empresa invadió el apartamento y se dispuso a recibir las instrucciones de Courtland. Jack Hurley, con una camisa hawaiana, unos pantalones cortos y unos zapatos de suela de crepé, se acercó a su superior con aire malhumorado y agitó su cigarro frente a su cara.
—Aquí nos tienes. No sé qué le has dicho a Pesbroke, pero lo has convencido, eso está claro. —Recorrió el apartamento con la mirada y preguntó—: ¿Nos vas a contar de una vez lo que pasa? Esta gente no va a poder hacer gran cosa hasta que no sepa lo que tiene que buscar.
En la puerta del dormitorio se encontraban los dos hijos de Courtland, con los ojos entornados por el sueño. Fay, nerviosa, se los llevó al interior del cuarto. Hombres y mujeres tomaron diversas posiciones por el salón, con una mezcla de indignación, intranquila curiosidad y hastiada indiferencia en el rostro. Anderson, el ingeniero de diseño, se mostraba distante e indiferente. MacDowell, el tornero de espalda encorvada y tripa cervecera, observaba el caro mobiliario del apartamento con un resentimiento proletario que luego, al fijarse en sus botas de trabajo y sus pantalones manchados de grasa, dio paso a una apatía avergonzada. El técnico de sonido estaba tendiendo unos cables desde los micrófonos a la grabadora de la cocina. Una esbelta joven, la estenógrafa judicial, trataba de ponerse cómoda en una silla del rincón. En el sofá, Parkinson, eléctrico de emergencia de la planta, mataba el tiempo hojeando un ejemplar de Fortune.
—¿Dónde está la cámara? —inquirió Courtland.
—De camino —respondió Hurley—. ¿Quieres sorprender a alguien haciendo trampas a las cartas?
—Para eso no necesitaría un ingeniero y un electricista —dijo Courtland con voz cortante. Tenso, paseó de un lado a otro del salón—. Lo más probable es que no se presente; que haya vuelto ya a su tiempo o que esté dando vueltas por ahí, Dios sabe dónde.
—¿Quién? —exclamó Hurley, dejando escapar el humo de su cigarro con creciente nerviosismo—. ¿Qué está pasando aquí?
—Alguien se presentó en mi puerta —le explicó Courtland someramente—. Me habló de una máquina, algo de lo que nunca había oído hablar. Una cosa llamada «sible».
Por toda la sala, los presentes intercambiaron miradas vacías.
—Vamos a tratar de deducir lo que puede ser un sible —continuó Courtland con gravedad—. Anderson, empieza tú. ¿Qué podría ser un sible?
Anderson sonrió.
—Una caña de pescar que persigue a los peces.
Parkinson aportó su propia especulación:
—Un coche inglés con una sola rueda.
A regañadientes, Hurley fue el siguiente:
—Alguna tontería. Una máquina para las mascotas que destrozan la casa.
—Un nuevo modelo de sujetador de plástico —sugirió la estenógrafa.
—No sé —murmuró MacDowell con tono amargo—. Nunca había oído hablar de algo así.
—Muy bien —asintió Courtland mientras volvía a consultar su reloj. Estaba al borde de la histeria. Había pasado una hora y el técnico seguía sin dar señales de vida—. No lo sabemos. Ni siquiera podemos especular. Pero algún día, dentro de nueve años, un hombre llamado Wright inventará el sible y será un negocio muy importante. Alguien los fabricará y la gente los comprará y pagará por ellos. Los técnicos irán a sus casas a repararlos.
En ese momento se abrió la puerta del apartamento y entró Pesbroke, con la gabardina al hombro y un sombrero Stetson calado hasta las cejas.
—¿Ha vuelto a aparecer? —Sus ojos ancianos y alertas exploraron velozmente la habitación—. Parecéis a punto de salir.
—Ni rastro de él —dijo Courtland con tristeza—. Joder. Lo eché de casa. No me di cuenta hasta que se marchó. —Le entregó a su jefe la arrugada hoja de papel carbón.
—Ya veo —dijo Pesbroke mientras se la devolvía—. Y si vuelve a aparecer quieres grabar lo que diga y fotografiar todo su equipo. —Señaló a Anderson y a MacDowell—. ¿Y ellos? ¿Para qué los necesitas?
—Quiero gente aquí capaz de hacer las preguntas apropiadas —le explicó Courdand—. Sólo así obtendremos respuestas. Si ese hombre se presenta, se quedará aquí un tiempo limitado. Durante ese tiempo debemos averiguar… —Se interrumpió al ver que se le acercaba su esposa—. ¿Qué pasa?
—Los niños quieren verlo —le explicó Fay—. ¿Pueden? Me han prometido que se estarán callados. —Y luego añadió, con cierta inseguridad—: A mí también me gustaría.
—Pues quédate —respondió Courtland secamente—. Aunque puede que no haya nada que ver.
Mientras Fay les servía un café a todos, continuó con su explicación:
—Lo primero que queremos averiguar es si ese hombre es lo que dice ser. Nuestras primeras preguntas irán encaminadas a desenmascararlo; quiero que estos especialistas estén muy atentos. Si es un farsante, lo más probable es que se den cuenta.
—¿Y si no? —preguntó Anderson con expresión interesada—. Si lo que estás diciendo es…
—Si no, es que viene de la próxima década, y en ese caso quiero exprimirlo al máximo. Pero… —Hizo una pausa—. Dudo que tenga grandes conocimientos teóricos. No me dio la impresión de ser un especialista. Probablemente, lo mejor que podamos conseguir sea una descripción empírica de su trabajo. A partir de ahí tendremos que hacernos una composición de lugar, realizar nuestras propias especulaciones.
—Piensas que podrá decirnos lo que hace para ganarse la vida —dijo Pesbroke atinadamente—, pero poco más.
—Podemos darnos por satisfechos si aparece —dijo Courtland. Se sentó en el sofá y empezó a golpear metódicamente la pipa contra el cenicero—. Lo único que podemos hacer es esperar. Que cada uno de vosotros piense lo que va a preguntarle. Tratad de decidir qué preguntas se le pueden hacer a un hombre del futuro que no sabe que es del futuro y que se dedica a arreglar un aparato que ni siquiera existe.
—Tengo miedo —dijo la estenógrafa, pálida y con los ojos muy abiertos. La taza de café temblaba en su mano.
—Pues yo estoy harto —musitó Hurley con los ojos clavados en el suelo y expresión malhumorada—. Aquí el aire está muy cargado.
Fue en este momento cuando el técnico de sibles reapareció y volvió a llamar tímidamente a la puerta.
Estaba un poco nervioso. Y su nerviosismo empezó a aumentar inmediatamente.
—Discúlpeme, señor —dijo sin preámbulos—. Veo que tiene visita, pero he vuelto a revisar los detalles de la ruta y estoy convencido de que ésta es la dirección correcta. —Y, en tono casi lastimero, añadió—: Lo he intentado en otros apartamentos, pero nadie sabía de qué les hablaba.
—Pase —atinó a decir Courtland. Se hizo a un lado para dejarlo pasar. Luego se interpuso entre la puerta y él, y lo acompañó al salón.
—¿Es éste? —preguntó Pesbroke con su voz grave cargada de duda y los ojos grises entrecerrados.
Courtland ignoró la pregunta.
—Siéntese —ordenó al técnico. Por el rabillo del ojo pudo ver que Hurley y MacDowell se acercaban. Parkinson soltó su Fortune y se puso rápidamente en pie. De la cocina llegaba el ruido de la cinta al pasar por la cabeza grabadora.
—Puedo pasar en otro momento… —dijo el técnico con aprensión, mirando el círculo de gente que convergía sobre él—. No quiero molestarlo cuando tiene visitas, señor.
Courtland, sentado sobre el brazo del sofá con cierto aire de centinela, dijo:
—Este es un momento tan bueno como cualquier otro. Mejor, de hecho. —Su figura rebosaba alivio de una manera tan palpable que resultaba casi violento. Ahora tenían su oportunidad—. Antes me he confundido. Por supuesto que tengo un sible. Está en el comedor.
Una carcajada espasmódica recorrió las facciones del técnico.
—Vaya, vaya —dijo con voz ahogada—. ¿En el comedor? Es el chiste más gracioso que he oído hace semanas.
Courtland miró a Pesbroke de soslayo. ¿Qué coño tenía de gracioso? Entonces se le puso la carne de gallina; una capa de sudor cubrió su frente y las palmas de sus manos. ¿Qué demonios era un sible? Si no lo averiguaban cuanto antes, puede que no lo hicieran nunca. Puede que estuvieran metiéndose en algo más serio de lo que creían. Puede —y la idea no le gustaba— que fuera mejor que se quedasen sin saberlo.
—Me ha confundido —dijo— el término. Yo no suelo llamarlo por ese nombre. —Cautelosamente, añadió—: Sé que es así como lo llama la gente, pero con algo tan caro me gusta utilizar su denominación formal.
El técnico de sibles parecía totalmente confuso. Courtland se dio cuenta de que había vuelto a cometer un error. Al parecer, sible sí que era su verdadero nombre.
Pesbroke intervino:
—¿Cuánto tiempo lleva usted reparando sibles, señor…? —Esperó un instante, pero no recibió respuesta de aquel rostro flaco y perplejo—. ¿Cómo se llama, joven? —preguntó con tono autoritario.
—¿Que cómo me qué…? —El técnico se apartó casi violentamente—. No le entiendo, señor.
«Dios mío», pensó Courtland. Iba a ser mucho más complicado de lo que había pensado…, de lo que habían pensado todos.
Pesbroke, enojado, continuó:
—Tendrá usted un nombre. Todo el mundo lo tiene.
El joven tragó saliva y, ruborizado, bajó la vista hacia la moqueta.
—De momento sólo estoy en el grupo técnico cuatro, señor. Así que aún no tengo nombre.
—No se preocupe —dijo Courtland. ¿Qué clase de sociedad concedía los nombres como privilegio de posición?—. Sólo quiero asegurarme de que es usted un técnico competente —le explicó—. ¿Cuánto tiempo lleva reparando sibles?
—Seis años y tres meses —afirmó el técnico. Un patente orgullo reemplazó a su azoramiento—. En el instituto obtuve tres sobresalientes consecutivos en tratamiento de sibles. —Su flaco pecho se hinchó—. Soy un sibleador nato.
—Qué bien —asintió Courtland con cierta inquietud. Le costaba creer que la industria fuera tan grande. ¿Se estudiaba en el instituto? ¿La reparación de sibles se consideraba una materia básica, como la manipulación de símbolos o la destreza manual? ¿El trabajo con sibles se había convertido en algo tan fundamental como el talento musical o la capacidad de concebir las relaciones espaciales?
—Bueno —dijo el joven con cierta brusquedad mientras recogía su voluminoso maletín—. Estoy preparado para empezar. He de estar de vuelta en la tienda dentro de poco… Tengo muchas más visitas.
Bruscamente, Pesbroke se plantó delante del flaco joven.
—¿Qué es un sible? —le exigió—. Estoy cansado de dar vueltas como un idiota. Dice usted que trabaja con ellos. ¿Qué son? Es una pregunta muy sencilla; algo serán.
—Vaya —balbuceó el hombre—. O sea, es difícil de decir… Supongamos… Supongamos que me preguntara qué es un perro o un gato. ¿Cómo es posible responder a eso?
—Así no vamos a ninguna parte —dijo Anderson—. Los sibles se fabrican, ¿no? Pues tendrá usted un plano, entonces. Entréguenoslo.
El joven técnico levantó su maletín de herramientas como si fuera un escudo.
—¿Qué diablos pasa aquí, señor? Si esto es lo que entiende usted por una broma… —Se volvió hacia Courtland—. Tendría que empezar a trabajar; de verdad que no me sobra el tiempo.
De pie en un rincón, con las manos metidas en los bolsillos, MacDowell dijo lentamente:
—Yo llevo algún tiempo pensando en comprarme un sible. La parienta cree que deberíamos tener uno.
—Oh, desde luego —asintió el técnico. Con las mejillas teñidas de rubor, continuó—: Me sorprende que no lo tengan ya; de hecho, no entiendo qué les pasa a todos ustedes. Actúan de manera… rara. Si me permiten la pregunta, ¿de dónde son? ¿Cómo es que están tan…, vaya, tan mal informados?
—Estos amigos —le explicó Courtland— vienen de una zona del país donde no hay sibles.
Al instante, la sospecha endureció el rostro del técnico.
—¿En serio? —preguntó con tono inquisitivo—. ¿Y de qué zona se trata?
Courtland había vuelto a meter la pata. Se dio cuenta inmediatamente. Mientras trataba de dar con una respuesta, MacDowell se aclaró la garganta y continuó sin vacilar:
—Bueno —dijo—, el caso es que queremos uno. ¿No llevará algunos folletos? ¿O fotografías de los diferentes modelos?
—Me temo que no, señor —respondió el otro—. Pero si me da usted su dirección, haré que el departamento de ventas le envíe la información. Y si le parece bien, un representante cualificado lo llamará a la hora que mejor le parezca para explicarle las ventajas de los sibles.
—¿El primer modelo se inventó en 1963? —preguntó Hurley.
—Exacto. —Sus sospechas parecieron quedar aplacadas por un instante—. Y ni un minuto tarde, por cierto. Si se me permite decirlo, si Wright no hubiera creado aquel primer modelo, no quedaría un solo ser humano sobre la faz de la Tierra. Dicen que no saben lo que es un sible, así que puede que no comprendan esto. Desde luego, actúan como si fuera así, pero la verdad es que si ahora mismo están vivos es gracias al viejo J. R. Wright. Si el mundo sigue girando es gracias a los sibles.
Abrió el maletín y extrajo de su interior un complejo aparato lleno de tubos y cables. Llenó un émbolo con un fluido transparente, lo cerró, probó que funcionaba correctamente y se incorporó.
—Empezaré con una dosis de dx. Normalmente eso vuelve a activarlos.
—¿Qué es el dx? —preguntó Anderson inmediatamente.
El técnico, sorprendido por la pregunta, respondió:
—Un concentrado alimenticio rico en proteínas. El noventa y cinco por ciento de las llamadas que recibimos se deben a dietas inadecuadas. La gente no sabe cómo cuidar de los sibles que acaban de comprar.
—Dios mío —dijo Anderson con un hilo de voz—. Es algo vivo.
La mente de Courtland cayó en picado. Se había equivocado; no era exactamente un técnico lo que se había presentado allí, con su equipo. El hombre había ido a su casa a arreglar el sible, sí, pero su profesión era diferente de la que Courtland suponía. No era un técnico; era un veterinario.
Tras sacar varios instrumentos y aparatos de medida, el joven les explicó:
—Los nuevos son mucho más complicados que los primeros modelos. Necesito todo esto antes de empezar. La culpa es de la guerra.
—¿La guerra? —repitió Courtland con tono aprensivo.
—No me refiero a la primera, sino a la grande, la del 75. La del 61 no fue gran cosa. Supongo que saben que Wright era ingeniero militar, destinado en…, bueno, creo que se llamaba Europa. Creo que la idea se le ocurrió al ver a todos esos refugiados que cruzaban la frontera. Sí, estoy seguro de que fue así. En la pequeña guerra, la del 61, eran millones. Dios mío, la gente iba y venía de un campo a otro. Era horroroso.
—Yo no lo tenía tan claro —dijo Courtland con voz tensa—. Nunca presté demasiada atención en el colegio. La guerra del 61…, ¿fue entre Rusia y Estados Unidos?
—Eh… —respondió el técnico—, fue entre todo el mundo. Rusia encabezaba el bando oriental, claro. Y Estados Unidos, el occidental. Pero todo el mundo participó. Sin embargo, ésa fue la pequeña, la que no cuenta.
—¿Pequeña? —inquirió Fay, espantada.
—Bueno —admitió el técnico—, supongo que en su momento les pareció otra cosa. Pero me refiero a que, cuando acabó, aún quedaban edificios en pie. Y sólo duró unos meses.
—¿Y quién… ganó? —preguntó Anderson con voz rota.
El técnico titubeó.
—¿Ganar? Curiosa pregunta. Bueno, en el bloque oriental sobrevivió más gente, si se refiere a eso. En cualquier caso lo más importante de la guerra del 61 fue…, y estoy seguro de que esto lo enseñan en el colegio, que aparecieron los sibles. A R. J. Wright se le ocurrió la idea al ver la cantidad de refugiados que provocó. Así que en el 75, cuando llegó la guerra de verdad, teníamos sibles a montones. —Tras pensarlo un momento, añadió—. De hecho, yo diría que fue una guerra por los sibles. O sea, la última guerra. Una guerra entre la gente que quería sibles y la que no los quería. —Con tono de complacencia, concluyó—: Huelga decir que ganamos nosotros.
Al cabo de unos instantes, Courtland logró decir:
—¿Y qué pasó con los demás, los que… no querían sibles?
—Bueno —dijo el técnico con voz neutra—, los sibles se encargaron de ellos.
Courtland, con las manos temblorosas, volvió a encender su pipa.
—Eso no lo sabía.
—¿Qué quiere decir? —exigió Pesbroke con voz ronca—. ¿Cómo se encargaron de ellos? ¿Qué hicieron?
Confundido, el técnico sacudió la cabeza.
—No sabía que los legos estuvieran tan mal informados. —Era evidente que su posición de experto lo complacía; hinchó su flaco pecho y procedió a dar una lección de historia elemental al círculo de rostros atentos que lo rodeaba—. El primer sible de impulso A inventado por Wright era un poco tosco, claro está. Pero cumplía con su cometido. Al principio sólo era capaz de dividir a los refugiados entre dos grupos: los que realmente habían visto la luz y los que no eran sinceros, los que pensaban desertar…, los desleales. Las autoridades querían saber cuáles de los refugiados lo eran de verdad y cuáles eran espías y agentes secretos. Esa era la función original del sible. Pero aquello no era nada comparado con lo de ahora.
—No —asintió Courtland, paralizado—. Nada en absoluto.
—Ahora —dijo el técnico tranquilamente— no hacemos las cosas de manera tan tosca. Es absurdo creer que un individuo que ha aceptado la ideología de un país va a darle la espalda más adelante. En cierto modo es irónico, ¿no? Después de la guerra del 61 sólo había una ideología antagónica: la de los que se oponían a los sibles.
Se echó a reír con alegría.
—Así que los sibles se ocuparon de aquellos que no querían que los diferenciaran los sibles. Eso sí que fue una guerra. Porque no fue una guerra sucia, con bombas y gasolina cristalizada. Fue una guerra científica, no un caos de destrucción aleatoria. Los sibles entraron en los sótanos, las ruinas y los escondrijos y encontraron a las Contrapersonas, una a una. Hasta la última de ellas. Y así, ahora —terminó mientras recogía su equipo—, no tenemos que preocuparnos de guerras ni nada que se les parezca. Ya no habrá más conflictos, porque no existen ideologías antagónicas. Como Wright nos enseñó, no importa la ideología que tengamos; no importa el comunismo, el capitalismo, el fascismo o la esclavitud. Lo que importa es que exista un consenso total, que todos seamos absolutamente leales. Y mientras tengamos nuestros sibles… —le hizo un guiño de complicidad a Courtland—. Bueno, como nuevo propietario de un sible, ya habrá empezado a descubrir sus ventajas. Ya conoce la sensación de seguridad y satisfacción que proporciona el saber que su ideología es totalmente congruente con la del resto del mundo, que no existe ninguna posibilidad, ni la más mínima, de que uno se extravíe…, y un sible que pase por ahí se alimente de uno.
MacDowell fue el primero que consiguió reponerse.
—Sí —dijo con tono irónico—. Parece justo lo que la parienta y yo estamos buscando.
—Oh, deben tener su propio sible —lo instó el técnico—. Piénselo: si tiene su propio sible, él los ajustará automáticamente. Los llevará por el buen camino sin contratiempos ni sobresaltos. Sabrán siempre que están haciendo lo correcto. No se olviden del eslogan de los sibles: «¿Por qué ser medio leal?». Con su propio sible, su punto de vista se verá conveniente e indoloramente corregido… Pero si esperan, si únicamente creen estar en el camino, cualquier día podrían entrar en el salón del vecino y encontrarse con que su sible los abre en canal y los engulle. Claro que —reflexionó— también podría atraparlos un sible que pasara por ahí cuando aún haya tiempo de enderezarlos. Pero normalmente no es así. Normalmente… —sonrió—. Normalmente, una vez que la gente empieza a extraviarse, la redención es imposible.
—¿Y su trabajo —murmuró Pesbroke— es asegurarse de que funcionan como es debido?
—Si no los vigilamos se desajustan.
—¿No es un poco paradójico? —continuó el anciano—. Los sibles nos controlan a nosotros y nosotros los controlamos a ellos… Es un círculo cerrado.
Sus palabras intrigaron al técnico.
—Sí, es un modo interesante de verlo. Pero debemos mantener el control sobre los sibles, claro. Para que no se mueran —añadió con un escalofrío—. O algo peor.
—¿Morir? —preguntó Hurley, aún sin entender—. Pero si los construyen… —Con las cejas arrugadas, dijo—: O son máquinas o están vivos. ¿Qué son?
Pacientemente, el técnico le explicó los fundamentos físicos de los sibles:
—El sible es un fenotipo orgánico criado en un medio proteínico en condiciones controladas. El tejido neurológico rector que forma su base está vivo, sin duda, en el sentido de que crece, piensa, se alimenta y excreta desperdicios. Sí, está vivo, claro. Pero el sible, como un todo funcional, es un objeto manufacturado. El tejido orgánico se inserta en el tanque maestro, que luego se sella. Yo, desde luego, no podría reparar algo así; me limito a suministrarle los nutrientes necesarios para restaurar su equilibrio interno y trato de eliminar los organismos parasitarios que puedan haberse instalado en él. Mi objetivo es mantenerlo sano y en buen estado. Pero, por descontado, el equilibrio del organismo es totalmente mecánico.
—¿El sible tiene acceso a las mentes humanas? —preguntó Anderson, fascinado.
—Naturalmente. Es un mataorganismos telepático desarrollado artificialmente. Con él, Wright solucionó el problema esencial de los tiempos modernos: la existencia de facciones ideológicas diversas y antagónicas, la prevalencia de la deslealtad y la disensión. Como dice el famoso aforismo del general Steiner: «La guerra es la extensión del desacuerdo desde las cabinas electorales al campo de batalla». Y, según el preámbulo de la Carta del Servicio Mundial: «Si queremos eliminar la guerra hemos de eliminarla de la mente de los hombres, porque es en la mente de los hombres donde comienza el desacuerdo». Hasta 1963 no había forma de entrar en la mente de los hombres. Hasta 1963, el problema era irresoluble.
—A Dios gracias —dijo Fay con voz claramente audible.
El técnico, sin embargo, no la oyó. Estaba arrebatado por su propio entusiasmo.
—Por medio del sible hemos logrado transformar el problema sociológico básico de la lealtad en una cuestión de rutina técnica: en un mero asunto de mantenimientos y reparaciones. Nuestra única preocupación es mantener los sibles en buen estado de funcionamiento. El resto es cosa de ellos.
—En otras palabras —dijo Courtland en voz baja—, que ustedes, los técnicos, son el único elemento de control que tenemos sobre los sibles. Representan el único poder humano sobre esas máquinas.
El técnico reflexionó un momento.
—Supongo que sí —admitió con modestia—. Sí, tiene razón.
—Con la única excepción de gente como usted, podría decirse que los sibles controlan la raza humana.
El flaco pecho se hinchó de complaciente y confiado orgullo.
—Supongo que podría decirse así.
—Mire —dijo Courtland con voz tensa. Asió al hombre del brazo—. ¿Cómo demonios puede estar tan seguro? ¿De verdad tienen el control? —Una absurda esperanza estaba creciendo en su interior: mientras el ser humano retuviera el control, siempre existía la posibilidad de revertir las cosas. Los sibles podían ser desmontados, deshechos pieza por pieza. Mientras tuvieran que someterse al control de los humanos, aún quedaba esperanza.
—¿Cómo dice, señor? Pues claro que tenemos el control. No se preocupe. —Con firmeza, se zafó de los dedos de Courtland—. Bueno, ¿dónde tiene el suyo? —Miró a su alrededor—. Habrá que darse prisa. No tengo mucho tiempo.
—No tengo ningún sible —dijo Courtland.
Por un momento sus palabras no calaron en el técnico. Entonces, una expresión extraña y compleja afloró a su rostro.
—¿Que no tiene sible? Pero si antes ha dicho que…
—Algo ha ido mal —dijo Courtland con voz tensa—. No existen los sibles. Es demasiado pronto. Aún no los han inventado. ¿Me entiende? ¡Ha llegado antes de tiempo!
El joven abrió los ojos de par en par. Recogió todo su equipo, retrocedió dos pasos, parpadeó, abrió la boca y trató de hablar.
—¿Antes… de tiempo? —Entonces comprendió. De repente pareció envejecer varios años—. Ya me parecía… Todos los edificios intactos…, el mobiliario arcaico. ¡La maquinaria de transmisión ha debido de sufrir un error de fase! —La furia lo invadió—. Maldito servicio instantáneo. Sabía que tenían que haber mantenido el viejo sistema mecánico. Les dije que había que hacer más pruebas. Dios. Alguien va a tener que pagar por esto. Si es que conseguimos arreglarlo, cosa que dudo mucho.
Se agachó nerviosamente y volvió a guardar su equipo en el maletín. De un solo movimiento lo cerró, echó el seguro, se enderezó y saludó a Courtland con una rápida reverencia.
—Buenas noches —dijo con voz glacial. Y se esfumó.
El círculo de observadores se quedó mirando el vacío. El técnico de sibles había vuelto al lugar del que procedía.
Al cabo de unos momentos, Pesbroke se volvió y le hizo una seña al hombre de la cocina.
—Ya puede apagar la grabadora, si quiere —murmuró tristemente—. No hay nada más que grabar.
—Dios mío —dijo Hurley, conmocionado—. Un mundo dirigido por máquinas.
Fay estaba temblando.
—No puedo creer que ese sujeto tuviera tanto poder. Creí que sólo era un funcionario de menor rango.
—Está al mando, totalmente —repuso Courtland con crudeza.
Se hizo el silencio.
Uno de los dos niños bostezó. Fay se volvió hacia ellos y los condujo eficientemente a sus camas.
—Ya es hora de irse a dormir —les ordenó con un tono de falsa alegría.
Los dos niños protestaron sin demasiado entusiasmo durante unos instantes, antes de volver a su cuarto. Su madre cerró la puerta. Poco a poco, la habitación fue entrando en movimiento. El hombre de la grabadora empezó a rebobinar la cinta. La estenógrafa judicial recopiló sus notas con manos temblorosas y guardó sus lápices. Hurley encendió un pitillo y permaneció en pie, exhalando el humo con aire huraño y una expresión lúgubre en el rostro.
—Supongo —dijo Courtland al fin— que todos lo hemos aceptado. Podemos asumir que no se trata de ningún engaño.
—Bueno —señaló Pesbroke—, se ha volatilizado. Eso es prueba suficiente. Y el equipo que llevaba en ese maletín…
—Sólo son nueve años —dijo Parkinson, el electricista, con aire absorto—. Wright estará vivo. Lo encontraremos y le sacaremos las tripas.
—Es ingeniero militar —convino MacDowell—. R. J. Wright. Seguro que es posible localizarlo. Tal vez aún tengamos tiempo de impedirlo.
—¿Cuánto tiempo creéis que esos tipos podrán mantener los sibles bajo control? —preguntó Anderson.
Courtland se encogió de hombros. Parecía agotado.
—Cualquiera sabe. Puede que años…, puede que un siglo. Pero tarde o temprano ocurrirá algo, algo con lo que no contaban. Y entonces esas máquinas se nos echarán encima.
Fay se estremeció violentamente.
—Es horrible. Me alegro de que aún falte mucho tiempo.
—Eres igual que ese técnico… —dijo Courtland con amargura—. Mientras no os afecte directamente…
Fay tenía los nervios a flor de piel. Aquello fue la gota que colmó el vaso.
—Ya hablaremos de eso luego. —Se volvió hacia Pesbroke con una sonrisa falsa—. ¿Más café? Iré a prepararlo. —Se volvió y salió precipitadamente del salón.
Mientras llenaba la cafetera de agua sonó el timbre de la puerta.
Todos los ocupantes de la habitación se quedaron paralizados. Se miraron unos a otros, mudos y horrorizados.
—Ha vuelto —dijo Hurley con voz tensa.
—Puede que no sea él —sugirió Anderson débilmente—. Puede que sea la cámara, por fin.
Pero nadie se acercó a la puerta. Al cabo de un instante el timbre volvió a sonar, durante más tiempo y con más insistencia.
—Tenemos que abrir —dijo Pesbroke con tono neutro.
—A mí no me miren —dijo la estenógrafa.
—No es mi apartamento —señaló MacDowell.
Courtland se movió con rigidez hacia la puerta. Antes incluso de tocar el picaporte supo lo que pasaba. El departamento de Envíos había vuelto a usar su novísimo sistema de transmisión. Una tecnología capaz de colocar instantáneamente a los técnicos y a los grupos de trabajo en su destino. Para que el control de los sibles fuera absoluto y perfecto; para que nada pudiera salir mal.
Pero algo había ido mal. El control había fallado. Funcionaba completamente al revés. Era su propio enemigo y era demasiado perfecto. Courtland aferró el picaporte y abrió la puerta.
En el pasillo había cuatro hombres, ataviados con sencillos uniformes grises y gorras del mismo color. El primero de ellos se descubrió, echó una ojeada a una hoja de papel manuscrita y finalmente saludó a Courtland con un educado asentimiento de cabeza.
—Buenas noches, señor —dijo con amabilidad. Era un sujeto fornido y ancho de hombros, con una mata de pelo castaño sobre una frente cubierta de brillante sudor—. Nos hemos…, eh…, extraviado un poco, según parece. Hemos tardado en llegar.
Tras echar un vistazo al interior del apartamento, se subió los pantalones tirando del grueso cinturón gris, guardó en el bolsillo la hoja y se frotó sus grandes y competentes manos.
—Está abajo, en el camión —anunció mirando a Courtland y a todos los presentes—. Díganme dónde lo quieren y lo subimos. Vamos a necesitar un espacio grande. Ahí, junto a la ventana, por ejemplo. —Se volvió y, acompañado por los demás, se encaminó a paso vivo hacia el montacargas—. Estos sibles de última generación ocupan mucho sitio.
NOTA:
Servicio técnico «Service Call» [11 de octubre de 1954], en Science Fiction, julio 1955.
Cuando apareció esta historia, muchos lectores se quejaron de su tono pesimista. Pero yo empezaba a pensar que nuestro principal enemigo, por lógica, serían las máquinas de las que voluntariamente estábamos rodeándonos. Nunca creí que aparecería un inmenso monstruo metálico en la Quinta Avenida, decidido a devorar Nueva York. Pero sí creía posible que un día, mi propio televisor o mi propia tostadora, en la privacidad de mi apartamento, cuando no hubiera nadie a mi alrededor para ayudarme, me anunciarían que se habían hecho con el control y que había una serie de normas que debía obedecer a partir de entonces. La idea de hacer lo que dice una máquina nunca me gustó. Detestaría tener que saludar a algo construido en una fábrica. (¿A nadie se le ha ocurrido que todas las cintas de la Casa Blanca podrían haber salido de la mente del presidente? ¿Y que podrían servir para indicarle lo que tenía que hacer y decir?) (1976).

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