En su propiedad de los alrededores del pueblo de John Day, Oregón, un pensativo Sebastian Hada comía uvas mientras veía la televisión. Las uvas, transportadas hasta Oregón en un vuelo ilegal, procedían de una de sus granjas en el californiano valle de Sonoma. Escupió las pepitas a la chimenea mientras escuchaba, sin prestarle demasiada atención, la exposición del locutor de Cultura sobre la técnica del busto escultórico en el siglo XX.
«Ojalá pudiera tener a Jim Briskin en mi red», pensó con pesimismo. El payaso estrella de los informativos, tan famoso, con su peluca roja como la sangre y su actitud desenvuelta y jovial… «Es lo que necesita Cultura —comprendió Hada—. Pero…».
Pero su sociedad, en aquel momento, estaba bajo el gobierno del estúpido —aunque extrañamente hábil— presidente Maximillian Fischer, quien libraba una particular guerra con Jim Briskin, al que había encerrado en prisión. Así que, como resultado, Jim-Jam no podía trabajar ni en la red comercial que unía a los tres planetas habitados ni en Cultura. Y, entre tanto, Max Fischer seguía al timón.
«Si consiguiera sacar a Jim-Jam de prisión —pensó Hada—, tal vez decidiera abandonar a Cerveza Reinlander y Sistemas Electrónicos Calbest y firmar con mi cadena por gratitud». A fin de cuentas, ellos no habían conseguido liberarlo a pesar de sus complejas maniobras legales. «Ellos no poseen el poder necesario, ni saben cómo conseguirlo…, mientras que yo sí».
Una de sus esposas, Thelma, había entrado en el salón y ahora estaba viendo la televisión desde detrás del sillón.
—No te pongas ahí, por favor —le dijo Hada—. Me provoca pánico. Me gusta verle la cara a la gente. —Se volvió.
—El zorro ha vuelto —dijo Thelma—. Lo he visto. Me ha mirado mal. —Se echó a reír de puro deleite—. Parecía tan salvaje e independiente…, igual que tú, Seb. Ojalá hubiera podido grabarlo.
—Debo sacar a Jim Briskin de la cárcel —dijo Hada en voz alta. Había tomado la decisión.
Descolgó el teléfono y llamó al jefe de producción de Cultura, Nat Kaminsky, que en aquel momento se encontraba en el satélite de transmisiones de la Tierra, Culone.
—Dentro de una hora exacta —le dijo a su empleado— quiero que todos los programas empiecen a pedir a gritos la excarcelación de Jim-Jam Briskin. No es un traidor, como asegura el presidente Fischer. De hecho, lo han despojado ilegalmente de sus derechos políticos y de su libertad de expresión. ¿Entendido? Quiero que emitáis imágenes suyas sin parar. Vamos a reconstruir una imagen… Ya me entiendes. —Colgó y a continuación llamó a su abogado, Art Heaviside.
—Voy a salir a dar de comer a los animales —dijo Thelma.
—Muy bien —dijo Hada mientras encendía un Abdulla, una marca británica de cigarrillos turcos que le gustaba especialmente—. ¿Art? —dijo al teléfono—. Ponte a trabajar en el caso de Jim-Jam Briskin. Busca la forma de liberarlo.
—Pero Seb —protestó su abogado—, si nos involucramos en eso, el presidente Fischer nos echará al FBI encima. Es demasiado arriesgado.
—Necesito a Briskin —dijo Hada—. Cultura está convirtiéndose en algo pedante. Ponla ahora mismo. Educación y arte… Necesitamos una personalidad, un buen payaso de los informativos. Necesitamos a Jim-Jam. —Últimamente, las encuestas de Telscan habían detectado un leve descenso de audiencia, pero eso no se lo dijo a Art. Era información confidencial.
El abogado suspiró y dijo:
—Muy bien, Seb. Pero Briskin está acusado de sedición en tiempos de guerra.
—¿Tiempos de guerra? ¿Contra quién?
—Esas naves alienígenas, ya sabes. Las que entraron en el sistema solar en febrero. Coño, Seb, ya sabes que estamos en guerra. No puedes ser tan inocente como para ignorarlo. Es un hecho legal.
—En mi opinión —dijo Hada—, los alienígenas no tienen intenciones hostiles. —Colgó, furioso. «Es la excusa que utiliza Max Fischer para mantenerse en el poder», se dijo. «Agitar el espantapájaros de la guerra. A ver, ¿qué daño real han hecho últimamente los alienígenas? A fin de cuentas, el sistema solar no es nuestro. Unicamente nos gusta pensar que lo es».
En cualquier caso, Cultura —la televisión educativa por excelencia— estaba en declive y el propietario de la red, Sebastian Hada, tenía que hacer algo. «¿Estaré yo también en declive?», se preguntó.
Volvió a descolgar el teléfono y llamó a su psicólogo, el doctor Ito Yasumi, a su casa de Tokio. «Necesito ayuda —pensó—. El creador y propietario de Cultura necesita ayuda. Y el doctor Yasumi puede prestársela».
Desde el otro lado de su escritorio, el doctor Yasumi dijo:
—Hada, puede que el problema se deba al hecho de tener ocho esposas. Eso son unas cinco de más. —Le indicó a Hada que volviera a sentarse—. Calma, Hada. Es una pena que el gran magnate de la televisión, el señor S. Hada, esté acusando el estrés. ¿Tiene miedo de que el FBI del presidente Fischer lo encarcele, como encarceló a Jim Briskin? —sonrió.
—No —dijo Hada—. Yo no le tengo miedo a nada. —Estaba recostado en su asiento, con los brazos detrás de la cabeza, contemplando la reproducción de un cuadro de Paul Klee que colgaba de la pared… O puede que fuera un original. Los buenos psicólogos ganaban cantidades indecentes de dinero; Yasumi le cobraba mil dólares la media hora.
—Quizá debería usted hacerse con el poder, Hada —dijo el nipón con tono reflexivo—. Dar un golpe de Estado contra Max Fischer. Tome el poder, conviértase en presidente y excarcele al señor Jim-Jam. ¿Qué problema hay?
—Fischer tiene el respaldo de las fuerzas armadas —dijo Hada, lúgubre—. Como comandante en jefe. Porque el general Tompkins le es absolutamente leal. —Ya lo había pensado—. Quizá debería esconderme en mi casa de Calisto —murmuró. Era una casa soberbia y, a fin de cuentas, Fischer no tenía autoridad allí. No era territorio norteamericano, sino holandés—. De todos modos no quiero luchar. No soy un luchador callejero. Soy un hombre de cultura.
—Es usted un organismo biológico con respuestas innatas; está usted vivo. Todo lo que está vivo lucha por sobrevivir. Luchará en caso necesario, Hada.
Hada consultó su reloj y dijo:
—Tengo que irme, Ito. A las tres tengo una reunión en La Habana con un nuevo cantante folk, un tipo que está arrasando en Latinoamérica con su banjo y sus baladas. Se llama Ragland Park. Podría devolverle la fuerza a Cultura.
—Lo conozco —dijo Ito Yasumi—. Lo vi en un anuncio de la televisión. Es un intérprete excelente. Medio sureño, medio danés, con un enorme bigote negro y ojos azules. Tiene algo magnético. Lo llaman Rags.
—Pero ¿la música folk es cultural? —murmuró Hada.
—Le diré algo —replicó el doctor Yasumi—. Hay algo raro en Rags Park. Se nota hasta en la televisión. No es como los demás.
—Por eso está teniendo tanto éxito.
—No sólo eso. Se lo digo como especialista. —Yasumi reflexionó un momento—. No sé si sabe que las enfermedades mentales y los poderes psiónicos están muy estrechamente relacionados, como en el efecto poltergeist. Muchos esquizofrénicos del tipo paranoide son telépatas capaces de captar los pensamientos hostiles de las personas que los rodean.
—Lo sé —suspiró Hada mientras pensaba que aquella clase de teoría psiquiátrica estaba costándole cientos de dólares.
—Mucho cuidado con Rags Park —lo previno el doctor Yasumi—. Es usted muy volátil, Hada. Salta a la primera. Primero, esa idea de liberar a Jim-Jam Briskin, a pesar del FBI… Y ahora esto de Rags Park. No sea imprudente. Lo mejor es hablar directamente con el presidente Fischer, no el plan maquiavélico que a buen seguro está usted preparando.
—¿Maquiavélico? —murmuró Hada—. No soy maquiavélico.
—Es usted el más maquiavélico de mis pacientes —le dijo con toda franqueza el doctor Yasumi—. No tiene un solo hueso en el cuerpo que no sea retorcido, Hada. Tenga cuidado, si no quiere que sus planes le cuesten caro. —Y asintió con enorme gravedad.
—Tendré cuidado —dijo Hada, pero estaba pensando en Rags Park y casi no había oído lo que le había dicho el doctor Yasumi.
—Un favor —le dijo éste—. Si tiene ocasión de organizarlo, déjeme que examine al señor Park. Le estaría muy agradecido, ¿de acuerdo? Y creo que también podría convenirle a usted, Hada. El talento psiónico de ese hombre podría ser de una nueva variedad. Nunca se sabe.
—De acuerdo —accedió Hada—. Ya lo llamaré.
«Pero —pensó—, no pienso pagar por ello. Si quiere usted examinarlo, lo hará en su tiempo libre».
Antes de la cita con el cantante Rags Park se le presentó la ocasión de pasar por la prisión federal de Nueva York en la que Jim-Jam Briskin estaba encerrado por sedición en tiempos de guerra.
Nunca había visto en persona al payaso televisivo y lo sorprendió lo viejo que parecía. «Era posible, pensó, que los problemas con el presidente Fischer le hubieran pasado factura. Podría ocurrirle a cualquiera, pensó mientras el carcelero abría la celda y lo dejaba pasar».
—¿Cómo acabó enfrentándose con el presidente Fischer? —preguntó Hada.
El payaso de las noticias se encogió de hombros y dijo:
—Vivió usted aquel período tanto como yo. —Se encendió un cigarrillo y clavó una mirada ausente en algo que estaba más allá de Hada.
Se refería, comprendió éste, a la desaparición del gran sistema de resolución de problemas, el Unicéfalon 40-D; había gobernado Estados Unidos como presidente y jefe de las fuerzas armadas hasta que un misil, lanzado por los invasores alienígenas, lo había desactivado temporalmente. Durante ese período, el presidente suplente, un títere nombrado por el Sindicato, un hombre primitivo aunque dotado de una enorme astucia malsana llamado Max Fischer, se había hecho con el poder. Cuando finalmente el Unicéfalon 40-D fue reparado y recobró el poder, ordenó a Fischer que abandonara el cargo y a Jim Briskin que pusiera punto final a su activismo político. Ninguno de los dos obedeció. Briskin había continuado con su campaña contra Max Fischer y éste había logrado, por métodos aún desconocidos, desactivar el ordenador y convertirse de nuevo en presidente de Estados Unidos.
Y su primer acto oficial había sido encarcelar a Jim-Jam.
—¿Ha venido a verlo mi abogado, Art Heaviside? —preguntó Hada.
—No —respondió secamente Briskin.
—Escuche, amigo —dijo Hada—. Sin mi ayuda, pasará usted el resto de sus días en la cárcel, o al menos hasta que muera Max Fischer. No volverá a cometer el error de permitir que reparen el Unicéfalon 40-D. Podemos olvidarnos de él.
—Y usted quiere que trabaje en su red a cambio de sacarme de aquí —replicó Briskin mientras daba una rápida calada a su cigarrillo.
—Lo necesito, Jim-Jam —dijo Hada—. Demostró usted mucho valor al desenmascarar al presidente Fischer y mostrarlo como el bufón megalómano que es en realidad. Max Fischer representa una terrible amenaza para todos nosotros y si no nos unimos y trabajamos juntos, será demasiado tarde. Ambos moriremos. Usted sabe, lo dijo en televisión, que Fischer no tendrá reparos en recurrir al asesinato para obtener sus fines.
—¿Podré decir lo que quiera en sus programas? —preguntó Briskin.
—Le daré libertad absoluta. Podrá atacar a quien le parezca, yo incluido.
Al cabo de un momento, Briskin respondió:
—Aceptaría su oferta, Hada…, pero dudo que incluso Art Heaviside pueda sacarme de aquí. Leon Lait, el fiscal general de Max Fischer, dirige personalmente la acusación contra mí.
—No se rinda —dijo Hada—. Miles de millones de admiradores están esperando verlo salir de esta celda. En este mismo instante, todas mis emisoras exigen su liberación. La presión pública está creciendo. Ni siquiera Max podrá ignorarlo.
—Lo que me da miedo es tener un «accidente» —dijo Briskin—. Como el que sufrió el Unicéfalon 40-D una semana después de volver a funcionar. Si él no pudo salvarse, ¿cómo voy a poder yo…?
—¿Tiene usted miedo? —inquirió Hada con tono de incredulidad—. ¿Jim-Jam Briskin, el número uno de los payasos de las noticias? No puedo creerlo.
Hubo un silencio.
—La razón por la que mis patrocinadores —dijo Briskin al fin—, Cerveza Reinlander y Sistemas Electrónicos Calbest, no han podido sacarme de aquí es —hizo una pausa—… la presión ejercida directamente por el presidente Fischer. Su abogado me lo reconoció así. Cuando Fischer descubra que está tratando usted de ayudarme, dirigirá toda esa presión contra usted. —Lanzó una mirada penetrante a Hada—. ¿Posee usted la resistencia necesaria para soportarlo? Es lo que me gustaría saber.
—Desde luego que sí —dijo Hada—. Como ya le dije al doctor Yasumi…
—Y también presionará a sus esposas —dijo Jim-Jam Briskin.
—Me divorciaré de las ocho —repuso Hada airadamente.
Briskin le ofreció la mano y los dos hombres se la estrecharon.
—Trato hecho, entonces —dijo Jim-Jam—. Trabajaré para Cultura en cuanto salga de aquí. —Esbozó una sonrisa fatigada pero esperanzada.
Exultante, Hada dijo:
—¿Ha oído hablar de Rags Park, el cantante folk? Tengo una cita a las tres con él, para contratarlo.
—Tenemos un televisor y alguna vez he visto alguna de sus actuaciones —dijo Briskin—. Es bueno, pero ¿para qué lo quiere en Cultura? No es muy educativo.
—Cultura está cambiando. De ahora en adelante vamos a edulcorar un poco nuestro afán didáctico. Estamos perdiendo audiencia. No estoy dispuesto a permitir que Cultura se hunda. Es demasiado importante para mí.
El nombre Cultura derivaba de las siglas en inglés de Comité para el Uso de las Técnicas de Aprendizaje en los Programas de Renovación Urbana. Una gran parte de los activos inmobiliarios de Hada estaba formada por la ciudad de Portland, Oregón, que había adquirido en su totalidad diez años antes. No le había costado muy cara: era un ejemplo típico de unas constelaciones urbanas que no sólo se habían vuelto repelentes, sino también obsoletas, pero tenía cierto valor sentimental para él, porque había nacido allí.
Hada, sin embargo, albergaba una idea recurrente. Si, por cualquier razón, las colonias de los demás planetas y los satélites tenían que ser abandonadas, si los colonos volvían en tropel a la Tierra, las ciudades serían repobladas. Y, con la aparición de las naves alienígenas en la periferia del sistema solar, aquello no era tan poco factible como podía parecer. De hecho, algunas familias ya habían regresado a la Tierra…
Así que, en realidad, Cultura no era la organización sin ánimo de lucro que podía parecer. Junto con sus programas educativos, las emisoras de Hada bombardeaban a la audiencia con la seductora idea de «la ciudad», lo mucho que tenía que ofrecer frente a la dureza de la vida en las colonias. «Abandonad la difícil y ruda existencia de la frontera —machacaba Cultura día y noche—. Volved a vuestro planeta. Reconstruid las ciudades en ruinas. Son vuestro verdadero hogar».
«¿Lo sabría Briskin?, se preguntó Hada. ¿Entendería el payaso de las noticias la auténtica naturaleza de su organización?».
Lo averiguaría cuando lograra sacarlo de la cárcel y colocarlo frente a un micrófono…, si es que lo lograba.
A las tres en punto, Sebastian Hada se reunió con el cantante Ragland Park en las oficinas que Cultura tenía en La Habana.
—Mucho gusto en conocerlo —dijo Rags Park con timidez. Alto, flaco, con la boca oculta en su mayor parte por un enorme bigote negro, se comportaba con timidez, pero sus ojos azules y delicados transmitían una sensación de auténtica cordialidad. Poseía una especie de extraña dulzura que Hada percibió. Casi como un halo de santidad. Lo impresionó.
—¿Así que toca usted la guitarra y el banjo de cinco cuerdas? —dijo—. No a la vez, imagino.
—No, señor —murmuró Hada—. Alterno. ¿Quiere que toque algo para usted?
—¿De dónde es? —preguntó Nat Kaminsky. Hada se había traído a su jefe de producción. En asuntos como aquél valoraba mucho la opinión de Kaminsky.
—De Arkansas —respondió Rags—. Mi familia tiene cerdos. —Llevaba su banjo consigo, y en aquel momento, con cierto nerviosismo, le arrancó algunas notas—. Conozco una canción realmente triste que les partirá el corazón. Se llama El viejo y pobre Hoss. ¿Quieren que la cante?
—Ya le hemos oído cantar —dijo Hada—. Sabemos que es bueno. —Trató de imaginarse a aquel tímido joven cantando en Cultura, entre programa y programa sobre escultores del siglo XX. No era fácil.
—Apuesto a que hay algo de mí que no sabe, señor Hada —dijo Rags—. Compongo muchas de mis canciones.
—Tiene creatividad —le dijo a Hada un impasible Kaminsky—. Eso es bueno.
—Por ejemplo —continuó Rags—, una vez compuse una balada sobre un hombre llamado Tom McPhail, que corrió quince kilómetros con un cubo de agua para apagar el fuego de la cuna de su hija pequeña.
—¿Y lo consiguió? —preguntó Hada.
—Claro. Llegó justo a tiempo. Corrió como el viento con aquel cubo de agua.
Tañó unas notas y empezó a cantar:
Ahí viene Tom McPhail,
agarrando su pequeño cubo.
Ahí viene, corriendo a mil.
Con el corazón en un puño.
Tioang, twang, sonaban las notas del banjo, tristes y urgentes.
—He seguido su carrera de cerca y no recuerdo haber oído nunca esa canción —dijo Kaminsky.
—Ay —repuso Rags—. Tuve mala suerte con ella, señor Kaminsky. Resulta que existe un tal Tom McPhail. Vive en Pocatello, Idaho. La canción la canté por primera vez en mi actuación del catorce de febrero y parece ser que no le gustó. Estaba viendo la televisión…, y contrató un abogado que se puso en contacto conmigo.
—No era más que una simple coincidencia de nombres, ¿no? —dijo Hada.
—Bueno —respondió Rags con aire incómodo—, según parece, hubo un incendio en su casa de Pocatello y a McPhail le entró el pánico y corrió con un cubo hasta el arroyo, que estaba a quince kilómetros de allí, tal como decía mi canción.
—¿Y logró llegar a tiempo?
—Pues aunque parezca increíble, sí.
Kaminsky se volvió hacia Hada y le dijo:
—En un medio como Cultura, sería mejor que este hombre cantara baladas auténticas en inglés antiguo, como Greensleeves. Eso estaría mucho más en nuestra línea.
Hada, pensativo, se volvió de nuevo hacia el cantante.
—Qué mala suerte escoger un nombre para una canción y que exista en el mundo real… ¿Alguna vez ha tenido otros episodios parecidos?
—Sí, en efecto —admitió Rags—. La semana pasada compuse otra balada sobre una mujer, la señorita Marsha Dobbs. Escuchen.
Día y noche, Marsha Dobbs,
ama a un hombre, se lo roba a su esposa.
Le roba el corazón de Jack Cook.
Es una puñalada dolorosa.
—Es la primera estrofa —les explicó—. Tiene diecisiete más; cuenta que Marsha entra a trabajar como secretaria en la oficina de Jack Cook, sale a comer con él y luego se encuentran en…
—¿Y tiene moraleja al final? —preguntó Kaminsky.
—Oh, claro —dijo Rags—. No le robes a otra mujer el marido, porque si lo haces el cielo se cobrará venganza por ella. En este caso:
La gripe sobre Jack recayó.
Para Marsha Dobbs fue un infarto.
Pero a la señora Cook la perdonó.
La suerte fue desigual en su reparto.
La señora Cook…
Hada interrumpió la canción con un gesto:
—Está bien, Rags. Es suficiente. —Miró a Kaminsky de reojo y le guiñó un ojo.
—Y algo me dice —comentó éste— que existe una Marsha Dobbs real que se lió con su jefe.
—Exacto —dijo Rags—. En este caso no me llamó ningún abogado, sino que lo leí en un homeoperiódico, el New York Times. Marsha murió de un ataque al corazón, de hecho mientras… —titubeó, un poco azorado—. Ya saben. Mientras Jack y ella estaban en un motel de un satélite, haciendo el amor.
—¿Y ha eliminado también ese número de su repertorio? —preguntó Kaminsky.
—Bueno —dijo Rags—. La verdad es que no me decido a hacerlo. Nadie me ha amenazado con una demanda…, y me gusta la balada. Creo que voy a conservarla.
«¿Qué es lo que dijo el doctor Yasumi? —se preguntó Hada—. Que le había parecido detectar poderes psiónicos de algún tipo nuevo en Ragland Park… Puede que tenga el poder de escribir canciones sobre gente que existe en realidad. No parece gran cosa.
»Pero, por otro lado —comprendió—, también podría ser alguna variante del poder telepático…, y con un poco de ayuda eso podría ser muy valioso».
—¿Cuánto tarda en componer una canción? —le preguntó.
—Puedo hacerlo en el momento —respondió Rags Park—. Podría hacerlo ahora mismo. Deme un tema y la compondré aquí mismo, en su despacho.
Hada reflexionó un momento y dijo:
—Mi esposa Thelma ha estado alimentando un zorro gris que sé, o creo, más bien, que mató a mi mejor pato de la raza Rouen.
Tras pensarlo un momento, Rags Park empezó a cantar:
La señora Thelma Hada con el zorro habló.
Le hizo una casa con un viejo pino.
Sebastian Hada un triste cloqueo oyó.
El zorro gris se había comido a su amigo.
—Pero los patos no cloquean. Graznan.
—Es cierto —admitió Rags. Lo pensó un instante y luego cantó:
El productor de Hada cambió mi suerte.
Los patos no cloquean, ya no quiere verme.
Kaminsky sonrió y dijo:
—Muy bien, Rags, usted gana. —Se volvió hacia Hada y dijo—. Te aconsejo que lo contrates.
—Deje que le pregunte una cosa —le dijo Hada a Rags—. ¿Cree usted que el zorro mató a mi pato?
—Caray —respondió Rags—. No tengo ni idea.
—Pero en su balada decía que sí —señaló Hada.
—Déjeme pensar un momento —dijo Rags. Al cabo de unos instantes, volvió a rasgar las cuerdas del banjo y empezó a cantar:
Interesante problema el planteado por Hada.
Puede que mi habilidad esté infravalorada.
Tal vez yo no sea un tipo corriente.
¿Y si compongo con poderes de mi mente?
—¿Cómo sabía que estaba pensando en eso? —preguntó Hada—. Puede leer la mente, ¿verdad? Yasumi tenía razón.
—Señor —respondió Rags—. Sólo estoy cantando y tocando. No soy más que un artista, igual que Jim-Jam Briskin, el payaso de las noticias que el presidente Fischer encerró en la cárcel.
—¿Le tiene miedo a la cárcel? —preguntó Hada inesperadamente.
—El presidente Fischer no tiene nada contra mí —dijo Rags—. No compongo baladas políticas.
—Si trabaja para mí —repuso Hada— puede que empiece a hacerlo. Estoy tratando de sacar a Jim-Jam de la cárcel. Hoy todas mis emisoras inician una campaña en ese sentido.
—Sí, debería estar libre —dijo Rags—. Estuvo mal que el presidente Fischer usara al FBI para eso… Esos alienígenas no son una amenaza tan grande.
Kaminsky se frotó la barbilla de manera pensativa y dijo:
—Componga una canción sobre Jim-Jam, Fischer, los alienígenas… La situación política en su conjunto. Un resumen.
—Es mucho pedir —dijo Rags con una sonrisa irónica.
—Inténtelo —replicó Kaminsky—. Vamos a ver qué tal se le da sintetizar.
—Guau —dijo Rags—. «Sintetizar». Cómo se nota que estamos en Cultura. Muy bien, señor Kaminsky. A ver qué le parece esto:
El rollizo presidentillo llamado Max
usó su poder para cargarse a Jim-Jam.
Sebastian Hada, voraz como la marabunta,
vio su ocasión y se presentó con Cultura.
—Contratado —dijo Hada al cantante, e introdujo la mano en el bolsillo en busca de un contrato.
—¿Tendremos éxito, señor Park? Háblenos del desenlace.
—Eh…, ah…, preferiría no hacerlo —respondió Rags—. Al menos de momento. ¿También creen que puedo leer el futuro? ¿Que soy precognitivo además de telépata? —Soltó una risilla—. Creo que sobrevaloran mi talento. Me siento honrado. —Hizo una reverencia burlona.
—Doy por hecho que va a trabajar para nosotros —dijo Hada—. Y que su voluntad de sumarse a la plantilla de Cultura indica que cree que el presidente Fischer no va a poder con nosotros.
—Oh, puede que acabemos en la cárcel junto a Jim-Jam —murmuró Rags—. No me sorprendería nada. —Volvió a sentarse y, banjo en mano, se preparó para firmar su contrato.
En su dormitorio de la Casa Blanca, el presidente Max Fischer llevaba ya casi una hora escuchando cómo se repetía la misma matraca en Cultura una vez tras otra. «Jim Briskin debe ser puesto en libertad», decía la voz. Era la voz suave y profesional de un locutor, pero Max sabía que detrás de ella, inaudible, se encontraba la de Sebastian Hada.
—Fiscal general —le dijo a su primo, Leon Lait—. Consígueme dossieres sobre todas las esposas de Hada, las siete u ocho, no sé. Creo que tengo que tomar medidas drásticas.
Una vez que, varias horas más tarde, tuvo los ocho dossieres delante de sí, empezó a leer con todo detenimiento, mientras mascaba un cigarro El Producto, fruncía el ceño y movía los labios, asimilando la información.
«Caray, menudas deben de ser algunas de estas chicas», comprendió. Seguro que tenían que recibir psicoterapia química para mantenerse estables. Pero no estaba descontento. Había tenido el presentimiento de que un hombre como Sebastian Hada debía atraer a mujeres inestables.
Una de ellas, la cuarta esposa de Hada, le llamó especialmente la atención. Zoe Martin Hada, treinta y un años de edad, que en aquel momento vivía en Ío junto a su hijo de diez años.
Zoe Hada poseía rasgos de auténtica psicótica.
—Fiscal general —le dijo a su primo—, esta señora vive de una pensión que le paga el Departamento de Salud Mental de Estados Unidos. Hada no contribuye con un solo centavo a su mantenimiento. Quiero que me la traigas a la Casa Blanca, ¿estamos? Tengo un trabajo para ella.
A la mañana siguiente Zoe Martin Hada estaba en su despacho.
Entre dos agentes del FBI, Max vio a una mujer delgada y atractiva, pero con una mirada salvaje y llena de animosidad.
—Buenos días, señora Zoe Hada —dijo—. Escuche, sé algunas cosas sobre usted. Es la única señora Hada, ¿verdad? Las demás son impostoras. Y Sebastian la ha arrastrado por el fango. —Esperó y, al cabo de un instante, la expresión de la mujer cambió.
—Sí —dijo Zoe Martin Hada—. Me he pasado seis años en los tribunales tratando de demostrar lo que acaba de decir. No puedo creerlo. ¿Va a ayudarme?
—Claro —dijo Max—, pero tenemos que hacer las cosas a mi manera. Es decir, si está usted esperando que cambie ese cretino de Hada, pierde el tiempo. Lo único que puede hacer —se detuvo un instante— es igualar las tornas.
La violencia que había abandonado el rostro de la mujer un instante antes volvió a instalarse en sus facciones a medida que, gradualmente, iba entendiendo lo que quería decir el presidente.
—He hecho el examen que le dije, Hada —dijo el doctor Ito Yasumi con el ceño fruncido. Empezó a guardar su batería entera de tarjetas—. El tal Rags Park no es ni telépata ni precognitivo; no lee la mente ni percibe con antelación lo que va a suceder y, francamente, Hada, aunque percibo que posee poderes psiónicos, ignoro de qué naturaleza pueden ser.
Hada lo escuchó en silencio. En aquel momento, Rags Park, esta vez con una guitarra sobre el hombro, entró desde la habitación contigua. Parecía divertirlo que el doctor Yasumi no fuese capaz de entender lo que era.
—Soy un rompecabezas —le dijo a Hada—. Cuando decidió contratarme consiguió usted demasiado o demasiado poco…, pero no sabría decir cuál de las dos cosas, ni tampoco el doctor Yasumi.
—Quiero que empiece a trabajar inmediatamente —le dijo Hada con impaciencia—. Componga canciones folk sobre el injusto encarcelamiento de Jim-Jam Briskin por parte de Leon Lait y su FBI. Que Lait aparezca como un monstruo y Fischer como un necio codicioso y maquiavélico. ¿Entendido?
—Claro —dijo Rags Park con un asentimiento de cabeza—. Hay que azuzar a la opinión pública. Ya lo sabía cuando firmé mi contrato. No volveré a ser un simple cantante.
—Oiga, quería pedirle un favor —le dijo el doctor Yasumi—. Componga una balada folk sobre cómo salió Jim-Jam Briskin de la cárcel.
Hada y Rags Park lo miraron a la vez.
—No sobre lo que ha pasado —les explicó Yasumi—. Sino sobre lo que queremos que pase.
Park se encogió de hombros y dijo:
—De acuerdo.
En ese momento se abrió de par en par la puerta del despacho de Hada y el jefe de sus guardaespaldas, Dieter Saxton, asomó la cabeza. Parecía muy nervioso.
—Señor Hada, acabamos de abatir a una mujer que estaba tratando de llegar hasta usted con una bomba de fabricación casera. ¿Tiene un momento para identificarla? Creemos que tal vez sea…, es decir, fuera una de sus mujeres.
—Dios del cielo —dijo Hada antes de salir apresuradamente de su despacho en compañía de Saxton.
Allí, en el suelo, cerca de la entrada principal, yacía el cuerpo de una mujer a la que conocía. «Zoe», pensó. Se arrodilló y la tocó.
—Lo siento —murmuró Saxton—. No hemos tenido más remedio, señor Hada.
—De acuerdo —dijo Hada—. Si dices que fue así, es que fue así. —Confiaba a ciegas en Saxton. A fin de cuentas, no le quedaba otro remedio.
—Creo que, de ahora en adelante —dijo Saxton—, será mejor que estemos cerca de usted en todo momento. No me refiero a estar en la puerta del despacho, sino físicamente cerca.
—Me pregunto si la habrá enviado Max Fischer —dijo Hada.
—Es probable —dijo Saxton—. Yo apostaría a que sí.
—Y todo porque estoy tratando de sacar a Jim-Jam Briskin de la cárcel. —Hada estaba totalmente horrorizado—. Es increíble. —Volvió a ponerse en pie con ciertas dificultades.
—Déjeme ir a por Fischer —lo instó Saxton en voz baja—. Para su protección. No tiene derecho a ser presidente. El Unicéfalon 40-D es nuestro único presidente legal, y todo el mundo sabe que fue Fischer quien lo desactivó.
—No —murmuró Hada—. No apruebo el asesinato.
—No sería un asesinato —dijo Hada—. Sería defensa propia, para sus esposas y para usted.
—Puede —dijo Hada—, pero sigo sin poder hacerlo. Al menos por ahora. —Dejó a Saxton y regresó cabizbajo a su despacho, donde esperaban Rags Park y el doctor Yasumi.
—Lo hemos oído —le dijo Yasumi—. Arriba ese ánimo, Hada. Esa mujer era una esquizofrénica paranoide con delirios persecutorios. Sin psicoterapia era inevitable que acabase sufriendo una muerte violenta. No se culpe, ni tampoco al señor Saxton.
—Y pensar que hubo un tiempo en que la quise… —dijo Hada.
Rags Park tocó unas notas tristes mientras susurraba algo entre dientes; las palabras no eran audibles. Puede que estuviera ensayando su balada sobre la salida de Jim Briskin de la cárcel.
—Acepte el consejo del señor Saxton —le dijo el doctor Yasumi—. Protéjase en todo momento. —Le dio unas palmaditas en el hombro.
En ese momento habló Rags:
—Señor Hada, creo que ya tengo mi balada. Sobre…
—No quiero oírla —replicó Hada con aspereza—. Ahora no. —Sólo quería que se marcharan los dos. Estar a solas.
«Quizá debería responder —pensó—. El doctor Yasumi lo aconseja; Dieter Saxton también. ¿Qué recomendaría Jim-Jam? Es un hombre muy centrado… Él me diría “No emplee el asesinato”, sé que ésa sería su respuesta. Lo conozco.
»Y si él dice que no, no pienso hacerlo».
El doctor Yasumi estaba dando instrucciones a Rags Park.
—Una canción, por favor, sobre ese jarrón de gladiolos que hay sobre la estantería. Que cuente que empezó a levitar en el aire, ¿de acuerdo?
—¿Qué tontería es ésa? —repuso Rags—. Además, no voy a cantar ahora. Ya ha oído al señor Hada.
—Pero mi examen no ha terminado aún —refunfuñó el doctor Yasumi.
—No lo hemos conseguido —le dijo un enojado Max Fischer a su primo, el fiscal general.
—No, Max —reconoció Leon Lait—. Tiene buenos hombres a su servicio. No es un individuo solo, como Briskin. Él representa una gran empresa.
—Una vez leí —dijo Max con tono lúgubre— que si tres hombres compiten, dos de ellos acabarán por unir sus fuerzas para luchar contra el tercero. Es inevitable. Es exactamente lo que ha pasado aquí: Hada y Briskin son colegas, mientras que yo estoy solo. Tenemos que separarlos, Leon, y enfrentarlos entre sí. Antes Briskin me tenía simpatía. Sólo desaprobaba mis métodos.
—Espera a que se entere de que Zoe Hada ha tratado de asesinar a su exmarido. Entonces sí que va a pensar mal de ti.
—¿Crees que es imposible que nos lo ganemos?
—Estoy convencido de ello, Max. Por lo que a él se refiere, estás en peor posición que nunca. Olvídate de eso.
—Pues una idea me ronda la cabeza —dijo Max—. Aún no termino de darle forma, pero tiene que ver con sacar a Jim-Jam de la cárcel para ganarme su gratitud.
—Has perdido el juicio —dijo Leon—. ¿Cómo se te ha ocurrido semejante idea? No es propia de ti.
—No sé —refunfuñó Max—. Pero está ahí.
—Eh…, creo que ya tengo la canción, señor Hada —le dijo Rags Park—. Como sugirió el doctor Yasumi. Tiene que ver con la salida de Jim-Jam de la cárcel. ¿Quiere oírla?
Hada asintió lentamente.
—Adelante. —A fin de cuentas estaba pagando al cantante. Al menos que sacara algo por su dinero.
Rags tocó el banjo y empezó a cantar:
Jim-Jam Briskin languidecía en prisión,
no había nadie que se apiadase de su dolor.
¡Por culpa de Max Fischer! ¡Por culpa de Max Fischer!
—Ése es el estribillo —le explicó—. «¡Por culpa de Max Fischer!», ¿vale?
—Vale —dijo Hada asintiendo.
Llegó el Señor y dijo: Max, estoy enfadado.
Meter a ese hombre entre rejas ha sido malo.
¡Por culpa de Max Fischer!, exclamó el buen Dios.
Pobre Jim Briskin, embargado por el dolor.
¡Por culpa de Max Fischer!, es lo que vengo diciendo.
Y el buen Dios dice, lo mandaré directo al infierno.
¡Arrepiéntete, Max Fischer!, y quizá te salvarás.
Haz lo que te pido: deja salir a Jim-Jam.
—Esto es lo que va a pasar —le explicó a Hada. Se aclaró la garganta.
El malvado Max Fischer empezó a entender.
Le dijo a Leon Lait: «Hemos de hacer el bien».
Envió un mensaje a sus hombres de allá:
«Abran la puerta y dejen salir a Jim-Jam».
Y de este modo, de Briskin, el penar,
terminó al poco tiempo de empezar.
—Eso es todo —dijo Rags—. Es una especie de espiritual folk. El ritmo se lleva con el pie. ¿Le gusta?
Hada logró asentir.
—Oh, claro. Está bien.
—¿Quiere que le diga al señor Kaminsky que la programe?
—Sí, prográmenla —dijo Hada. Le daba igual. La muerte de Zoe aún le pesaba. Se sentía responsable porque, a fin de cuentas, habían sido sus guardaespaldas. El hecho de que Zoe estuviera loca y hubiese ido allí con el propósito de asesinarlo no parecía tener ninguna importancia. Seguía siendo una vida humana. Seguía siendo un asesinato—. Oiga —le dijo a Rags obedeciendo un impulso—. Quiero que componga otra canción, ahora mismo.
—Lo sé, señor Hada —dijo Rags con amabilidad—. Una canción sobre la triste muerte de su antigua esposa, Zoe. He estado pensando en ello, y tengo una balada preparada. Escuchen:
Hubo una vez una dulce y bella dama;
vaga, espíritu, sobre el campo y las estrellas,
afligido, procedente de las tierras más bellas.
Ese espíritu conoce al sujeto responsable.
Un canalla, un extraño, un ser abominable.
Max Fischer, que no la conocía, no…
Hada lo interrumpió.
—No intente animarme, Rags. La culpa es mía. No culpe de todo a Max, como si fuera un simple cabeza de turco.
El doctor Yasumi, que, sentado en una esquina de la sala, había estado escuchando en silencio, dijo entonces:
—Y, al mismo tiempo, el presidente Fischer está demasiado presente en sus baladas, Rags. En la de la salida de Jim-Jam de la cárcel, le atribuye usted un cambio de opinión, basándose únicamente en razones éticas. No sirve. El crédito de la liberación de Jim-Jam debe ser para Hada. Escuche esto, Rags. Yo también he compuesto un poema para la ocasión.
Empezó a declamar:
El buen payaso
se pudre en prisión, sí.
Sebastian no quiere.
—Diecisiete sílabas —se explicó el doctor Yasumi con modestia—. Los haiku japoneses no riman como la poesía occidental, que es más concreta y prefiere la rima, que en este caso es lo importante. —Se volvió hacia Rags y le dijo—: Convierta mi haiku en una balada. Dele la rima y la estructura que considere conveniente.
—Yo he contado dieciocho sílabas —dijo Rags—. Pero, en todo caso, soy un artista. No estoy acostumbrado a que se me diga lo que debo componer. —Miró a Hada—. ¿Para quién trabajo, para usted o para él? Yo creía que para usted.
—Haga lo que le dice —le dijo Hada—. Es un hombre brillante.
Malhumorado, Rags murmuró:
—De acuerdo, pero cuando firmé el contrato no esperaba que fuera para esto. —Se retiró a una esquina para meditar y componer.
—¿Qué está tramando, doctor? —preguntó Hada.
—Ya veremos —respondió el doctor Yasumi con tono de misterio—. Una teoría sobre el poder psiónico de nuestro querido cantante. Puede que dé en el clavo o puede que no.
—Parece usted creer que la elección de palabras exactas en las baladas de Rags es muy importante —dijo Hada.
—En efecto —asintió el doctor Yasumi—. Tanto como en un documento legal. Espere, Hada. Si tengo razón, lo averiguará a su debido tiempo, y si no, no importa. —Le dedicó a su paciente una sonrisa alentadora.
El teléfono sonó en la oficina del presidente Max Fischer. Era el fiscal general, su primo, presa de una gran agitación.
—Max, he ido a la prisión federal a hablar con Jim-Jam sobre un posible indulto, tal como me ordenaste… —Vaciló un instante—. Ha desaparecido, Max. Ya no está allí. —Parecía violentamente nervioso.
—¿Cómo ha podido salir? —preguntó Max, más sorprendido que enfadado.
—El abogado de Hada, Art Heaviside, ha encontrado el modo. Aún no sé cómo. Tengo que ver al juez Dale Winthrop para que me dé una explicación. Firmó la orden de excarcelación hace cosa de una hora. Tengo una cita con él… En cuanto sepa algo más, te llamaré.
—Maldita sea —dijo pausadamente Max—. Bueno, hemos llegado tarde. —Colgó el teléfono y permaneció un momento inmóvil, sumido en sus pensamientos. «¿Cómo lo ha conseguido Hada? —se preguntó—. De algún modo que no entiendo. Y ahora sólo queda —comprendió— esperar a que Jim Briskin aparezca en la televisión. En la red de Cultura».
Con gran alivio, vio que el que estaba en la pantalla no era Jim Briskin sino un cantante folk con un banjo.
Pero entonces se dio cuenta de que la canción hablaba sobre él:
El malvado Max Fischer empezó a entender.
Le dijo a Leon Lait: «Hemos de hacer el bien».
Envió un mensaje a sus hombres de allá.
—¡Dios mío, pero si es exactamente lo que ha ocurrido! —exclamó Max Fischer al oírlo—. ¡Es exactamente lo que hice! —«Es espeluznante —pensó—. Un cantante folk que aparece en Cultura, cantando sobre lo que hago… ¡Sobre asuntos secretos que no debería conocer! Será telépata —dedujo—. Sí, será eso».
En aquel momento la canción estaba hablando de Sebastian Hada, de cómo se había encargado personalmente de sacar a Jim-Jam de la cárcel. «Y es cierto», pensó Max. Cuando Leon Lait llegó a la prisión federal, Briskin ya había salido, gracias a Art Heaviside… «Será mejor que preste mucha atención a lo que dice este cantante, porque, por alguna razón, parece saber mucho más que yo».
Pero la canción ya había terminado.
El locutor de Cultura estaba diciendo:
—Han oído un breve interludio de baladas políticas a cargo del mundialmente famoso intérprete Ragland Park. Les agradará saber que el señor Park hará una aparición de cinco minutos cada hora para cantar sus nuevas baladas, compuestas especialmente en los estudios de Cultura. El señor Park estará pendiente de los teletipos en todo momento y compondrá sus canciones sobre…
Max apagó el televisor.
«Como lo de Calipso —comprendió—. Baladas nuevas. Dios —pensó con espanto—. ¿Y si compone una balada sobre el regreso del Unicéfalon 40-D?
»Tengo el presentimiento de que lo que canta Ragland Park se convierte en realidad. Es uno de esos poderes psiónicos de los que hablan…
»Y está en manos de ellos, de la oposición.
»Pero por otro lado —continuó pensando—, es posible que yo también tenga algunos poderes psiónicos. Porque, en caso contrario, ¿cómo podría haber llegado tan lejos?».
Sentado frente al televisor, volvió a encenderlo y esperó mordisqueándose el labio inferior, mientras trataba de pensar lo que iba a hacer. Sin embargo, no se le ocurrió nada. «Ya se me ocurrirá, tarde o temprano —se dijo—. Antes de que a ellos se les ocurra la idea de despertar el Unicéfalon 40-D…».
—Hada, he averiguado cuál es el poder psiónico de Ragland Park —dijo el doctor Yasumi—. ¿Quiere usted saberlo?
—Me interesa más el hecho de que Jim-Jam ha salido de la cárcel —respondió Hada. Colgó el teléfono, casi incapaz de dar crédito a la noticia—. Estará aquí enseguida —le dijo al doctor Yasumi—. Viene directamente, en monorraíl. Vamos a enviarlo a Calisto, donde Max carece de jurisdicción, por si tratan de volver a arrestarlo. —Su mente era un hervidero de planes. Se frotó las manos y continuó—: Puede empezar a transmitir desde nuestros estudios de Calisto. Y podemos alojarnos en la casa que tengo allí. Estoy seguro de que le encantará.
—Está en la calle —dijo el doctor Yasumi con sequedad— gracias al poder psiónico de Rags, así que será mejor que me preste atención. Porque ni siquiera el propio Rags comprende su poder y, la verdad, podría volverse contra usted en cualquier momento.
—Muy bien —dijo Hada a regañadientes—. Dígame lo que piensa.
—La relación entre las canciones que compone Rags y la realidad es de causa y efecto. Lo que describe sucede, sencillamente. La canción precede al suceso, y no por mucho tiempo. Podría ser peligroso, en caso de que Rags lo entendiera y tratara de aprovecharse de ello.
—De ser cierto —dijo Hada—, debemos pedirle que componga una balada sobre la vuelta a la vida del Unicéfalon 40-D. —La idea había aparecido en su mente de manera instantánea. Max Fischer volvería a ser el presidente suplente, como antes. Sin ningún tipo de autoridad.
—Exacto —respondió el doctor Yasumi—. Pero el problema es que, ahora que está dedicándose a componer esas baladas políticas, Rags podría descubrirlo en cualquier momento. Porque si compone esa canción sobre el Unicéfalon y luego éste…
—Tiene usted razón —dijo Hada—. Hasta Park se daría cuenta de algo así. —Guardó silencio, sumido en graves pensamientos. Ragland Park era potencialmente más peligroso que el propio Max Fischer. Pero, por otro lado, parecía una persona decente. No había razones para pensar que abusaría de su poder como había hecho Fischer.
Sin embargo, era demasiado poder para dejarlo en manos de una sola persona.
—Debemos tener la máxima cautela con sus canciones —dijo el doctor Yasumi—. Habrá que revisar las letras con antelación. Tal vez podría encargarse usted mismo.
—No quiero que se… —empezó a decir Hada, pero entonces guardó silencio. La recepcionista había llamado. Encendió el intercomunicador.
—El señor James Briskin está aquí.
—Que pase —respondió Hada, encantado—. Ya ha llegado. —Abrió la puerta de su despacho…, y allí estaba Jim-Jam, con una expresión de calma en su arrugado rostro.
—El señor Hada lo ha sacado de la cárcel —informó el doctor Yasumi a Jim-Jam.
—Lo sé. Y se lo agradezco, Hada. —Briskin entró en el despacho y Hada cerró inmediatamente la puerta tras él.
—Escuche, Jim-Jam —dijo Hada sin preámbulos—, tenemos un problema más grande que nunca. Comparado con él, la amenaza de Max Fischer es insignificante. Ahora nos enfrentamos a la forma de poder definitiva, un poder absoluto, no relativo. Ojalá no me hubiera metido en esto. ¿De quién fue la idea de contratar a Ragland Park?
—Suya, Hada —respondió el doctor Yasumi—. Y yo le avisé en su momento.
—Será mejor que ordenemos a Rags que deje de componer baladas —decidió Hada—. Ése será el primer paso. Lo llamaré al estudio. Dios mío, podría componer una canción en la que estuviéramos en el fondo del océano, o a veinte UA de distancia.
—No se deje vencer por el pánico —le advirtió el doctor Yasumi con firmeza—. No empiece. Tan volátil como siempre, Hada. Conserve la calma y piense antes de actuar.
—¿Cómo quiere que conserve la calma —dijo Hada— cuando ese paleto tiene el poder de jugar con nosotros como si fuéramos marionetas? ¡Joder, si hasta podría cambiar el universo entero!
—No necesariamente —repuso el doctor Yasumi—. Puede que tenga sus límites. Aún no conocemos bien el poder psiónico de ese hombre. Es muy complicado estudiar los poderes psiónicos en condiciones de laboratorio, realizar experimentos rigurosos y repetitivos. —Reflexionó.
—Si no entiendo mal lo que están diciendo… —dijo Jim Briskin.
—Está usted en la calle gracias a una canción —le dijo Hada—. Compuesta a instancias mías. Ha funcionado, pero ahora tenemos el problema del compositor. —Empezó a caminar de un lado a otro, con las manos en los bolsillos.
«¿Qué vamos a hacer con Ragland Park?», se preguntaba desesperadamente.
En los estudios centrales de Cultura en el satélite terrícola de Culone, Ragland Park, con su banjo y su guitarra, examinaba las noticias que emitía el teletipo y preparaba baladas para su próxima actuación.
Jim-Jam Briskin, vio, acababa de ser excarcelado por orden de un juez federal. Satisfecho, barajó la idea de componer una canción sobre el tema y entonces se acordó de que ya había compuesto e interpretado varias. Lo que necesitaba era un tema completamente nuevo. Aquél ya estaba agotado.
Desde la cabina de control, la voz de Nat Kaminsky surgió atronadora por los altavoces.
—¿Preparado para salir al aire otra vez, señor Park?
—Claro —respondió Ragland. De hecho, no lo estaba, pero lo estaría dentro de unos instantes.
«¿Qué tal una balada —pensó— sobre un hombre llamado Pete Robinson, de Chicago Illinois, cuyo springer spaniel resultó atacado un buen día de primavera por un águila enfurecida?
»No, no es suficientemente político», decidió.
«¿Y una sobre el fin del mundo? Un cometa que cae sobre la Tierra, o la llegada de un ejército invasor de alienígenas… Una canción realmente aterradora, sobre gente que vuela por los aires y que cae, segada por rayos de la muerte».
Pero no era suficientemente intelectual para Cultura. Tampoco serviría.
«Bueno —pensó—. Entonces una canción sobre el FBI. Nunca he escrito una sobre ese tema. Los hombres de Leon Lait, con sus trajes grises y sus corbatas rojas… Licenciados universitarios con maletines…».
Mientras rasgueaba las cuerdas de su guitarra, empezó a canturrear:
El jefe del departamento dice: «demonios»,
ese Ragland Park es demasiado peligroso.
Es una amenaza para la conformidad.
Sus crímenes son una enormidad.
Con una risilla queda, se preguntó cómo podía continuar la balada. Una balada sobre él. Interesante idea… ¿Cómo se le había ocurrido?
Estaba tan concentrado con la balada que no se percató de que tres hombres con trajes grises y corbatas rojas habían entrado en el estudio y se le acercaban, llevando sus maletines de un modo que demostraba que eran licenciados universitarios y que estaban acostumbrados a utilizarlos.
«Es una idea realmente buena —se felicitó Ragland—. La mejor de mi carrera». Volvió a rasgar la guitarra y continuó:
Sí, ellos entraron a hurtadillas,
como ratas siniestras, de puntillas.
Acallaron la voz de la libertad
Al volarle la cabeza a Rags Park.
Pero los crímenes no se olvidan
ni siquiera en las naciones podridas.
No llegó más lejos. El jefe de los agentes del FBI bajó su pistola humeante, hizo una seña con la cabeza a sus compañeros y dijo al transmisor que llevaba en la muñeca:
—Informe al señor Lait de que la misión se ha llevado a cabo con éxito.
—Bien —respondió una voz metálica desde el transmisor—. Regresen al cuartel general al instante. Son órdenes directas de la máxima autoridad.
La «máxima autoridad» era, claro está, Maximillian Fischer y los hombres del FBI lo sabían, sabían quién les había encargado la misión.
En su oficina de la Casa Blanca, Maximillian Fischer exhaló un suspiro de alivio al enterarse de que Ragland Park estaba muerto. «Por poco —se dijo—. Ese tío podría haber acabado conmigo. Conmigo o con cualquier otra persona de este mundo.
»Es increíble que hayan podido liquidarlo —pensó—. Hemos tenido mucha suerte. Me pregunto porqué.
»Puede que uno de mis poderes psiónicos sea acabar con cantantes folk», pensó, sonriendo con siniestra satisfacción.
«Concretamente, induciéndolos a componer baladas sobre su propia muerte…
»Y ahora —comprendió—, el problema de verdad. Cómo devolver a Jim Briskin a la cárcel. No será fácil. Seguro que a Hada se le ha ocurrido ya la idea de enviarlo a algún lugar remoto donde no llegue mi autoridad. Será una batalla muy larga, esos dos contra mí… Podrían acabar venciéndome».
Suspiró. «Cuánto trabajo —se dijo—. Pero supongo que no tengo más remedio». Descolgó el teléfono y marcó el número de Leon Lait…
NOTA:
¿Qué vamos a hacer con Ragland Park? «What’ll We do with Ragland Park». («No Ordinary Guy») [29 de abril de 1963], en Amazing, noviembre 1963.

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