En las oficinas de la Consultoría de Servicios Militares Concord, Jesse Slade contemplaba las calles por la ventana y veía todo lo que se le negaba en términos de libertad: las flores y la hierba, la oportunidad de dar un largo paseo por lugares nuevos sin ninguna carga a la espalda. Suspiró.
—Lo siento, señor —murmuró con tono de disculpa el cliente desde el otro lado de la mesa—. Supongo que estoy aburriéndolo.
—En absoluto —dijo Slade mientras volvía a centrarse en sus pesados deberes—. Veamos… —Examinó los papeles que el cliente, un tal señor Walter Grossbein, le había preparado—. Dice usted, señor Grossbein, que cree que el mejor modo de escapar al servicio militar es un problema auditivo crónico localizado por los médicos civiles más allá del acute labyrinthis. Mmm. —Estudió la documentación.
Sus deberes —unos deberes que no disfrutaba cumpliendo— consistían en encontrar para sus clientes el mejor modo de eludir el servicio militar. La guerra contra las Cosas no marchaba bien últimamente. En la región de Próxima estaban produciéndose demasiadas bajas…, y con las noticias había llegado un montón de trabajo para la Consultoría de Servicios Militares Concord.
—Señor Grossbein —dijo Slade, pensativo—. Al verlo entrar me he percatado de que tiende a escorarse hacia un lado.
—¿En serio? —preguntó el señor Grossbein con sorpresa.
—Sí, y entonces me he dicho «Este hombre tiene un grave problema en el sentido del equilibrio». Es algo relacionado con el oído, ¿sabe usted? Desde el punto de vista evolutivo, el sentido del oído es una ampliación del sentido del equilibrio. Algunas criaturas acuáticas poco evolucionadas absorben un grano de agua y lo usan como peso muerto en su interior para saber si están subiendo o bajando.
—Creo que lo entiendo —dijo el señor Grossbein.
—Dígalo, entonces —repuso Jesse Slade.
—Yo… suelo escorarme hacia un lado al caminar.
—¿Y de noche?
El señor Grossbein frunció el ceño un instante y entonces sonrió con alegría.
—Eh… De noche me resulta casi imposible orientarme en la oscuridad, cuando no veo.
—Excelente —dijo Jesse Slade, y empezó a rellenar el formulario B-30 de su cliente—. Creo que con esto conseguirá una exención —dijo.
—No sé cómo darle las gracias —dijo el cliente, emocionado.
«Oh, sí, sí que lo sabe —pensó Jesse Slade—. Puede dármelas con los cincuenta dólares de mi tarifa. A fin de cuentas, es posible que lo hayamos salvado de acabar convertido en un pálido cadáver en alguna zanja de un planeta lejano».
Y, al pensar en planetas lejanos, Jesse Slade volvió a sentir la misma melancolía de siempre. La necesidad de escapar de aquella pequeña oficina y de los clientes ricos con los que tenía que tratar día tras día.
«Tiene que haber algo más en la vida —se dijo—. ¿Realmente no ofrece nada más la existencia?».
Debajo de su oficina, en la calle, había un cartel de neón que parpadeaba día y noche. «Empresas Musa», rezaba, y Jesse Slade sabía lo que significaba. «Voy a ir —se dijo—. Hoy mismo, en la pausa para el café de las diez y media. Ni siquiera esperaré a la hora del almuerzo».
Mientras se ponía el abrigo, su supervisor, el señor Hnatt, entró en la oficina y preguntó:
—¿Qué ocurre, Slade? ¿A qué viene esa cara de fiera atrapada?
—Eh…, voy a salir, señor Hnatt —respondió Slade—. Tengo que escapar. Les he dicho a quince mil personas cómo escapar del servicio militar. Ahora me toca a mí.
El señor Hnatt le dio unas palmaditas en la espalda.
—Buena idea, Slade. Ha trabajado usted demasiado. Tómese unas vacaciones. Haga un viaje en el tiempo a alguna civilización lejana. Le sentará bien un poco de aventura.
—Gracias, señor Hnatt —respondió Slade—. Es lo que voy a hacer. —Y abandonó la oficina tan rápido como se lo permitieron sus pies. Bajó a la calle y se encaminó hacia el cartel de Empresas Musa.
La chica que había al otro lado del mostrador, una rubia de ojos verdes cuya figura lo impresionó por sus características estructurales, su suspensión, por decirlo así, le sonrió y dijo:
—El señor Manville lo recibirá enseguida, señor Slade. Tome asiento, por favor. Encontrará usted ejemplares auténticos del Harper’s Weeklies, del siglo XIX, sobre esa mesa. —Y añadió—: Y algunos Mad Comics, del siglo XX, el gran clásico de la sátira que algunos comparan a Hogarth.
El señor Slade, todavía un poco tenso, se sentó y trató de leer. En el Harpers Weeklies encontró un artículo en el que se aseguraba que el canal de Panamá era un proyecto imposible y que los ingenieros franceses lo habían abandonado. Esto lo distrajo un momento (los razonamientos empleados eran de una lógica aplastante), pero al cabo de unos instantes volvieron la intranquilidad y el hastío, como una neblina crónica. Se puso en pie y volvió a acercarse a la mesa.
—¿El señor Manville no ha llegado aún? —preguntó esperanzado.
Una voz masculina respondió desde atrás:
—Eh, usted, el de la mesa.
Slade se volvió. Y se encontró frente a un hombre alto y moreno, de expresión concentrada y ojos penetrantes.
—Está usted —dijo el hombre— en el siglo equivocado.
Slade tragó saliva.
El hombre moreno se le acercó a grandes zancadas y dijo:
—Soy Manville, señor. —Le ofreció una mano y Slade se la estrechó—. Debe usted marcharse —dijo Manville—. ¿Lo entiende, amigo mío? Lo antes posible.
—Pero quisiera contratar sus servicios —murmuró Slade.
Los ojos de Manville refulgieron un momento.
—Me refiero a largarse al pasado. ¿Cómo se llama? —Hizo un gesto enfático—. Espere, lo estoy recibiendo. Jesse Slade, de Concord, en esta misma calle.
—Exacto —dijo Slade, impresionado.
—Muy bien, hablemos de negocios —dijo el señor Manville—. Pase a mi despacho. —Se volvió hacia la chica de impresionante chasis y le dijo—: Que nadie nos moleste, señorita Frib.
—Sí, señor Manville —dijo la señorita Frib—. Me encargaré de ello. No se preocupe, señor.
—Lo sé, señorita Frib. —El señor Manville invitó a Slade a entrar en un despacho muy elegante. De las paredes colgaban mapas y grabados antiguos. El mobiliario… Slade tragó saliva. Estilo americano primitivo, con estaquillas de madera en lugar de clavos. Arce de Nueva Inglaterra. Costaba una fortuna.
—¿Puedo…? —empezó a preguntar.
—Sí, sí, puede usted sentarse en esa silla Directorio —le dijo el señor Manville—. Pero tenga cuidado. Cuando se inclina uno hacia delante tiende a escurrirse. Hay que estar calzándola constantemente. —Parecía un poco irritado por tener que hablar de tales trivialidades—. Señor Slade —dijo de repente—. Le seré franco. Es obvio que se trata de un hombre de un intelecto elevado, de modo que podemos ignorar los habituales preámbulos.
—Sí —dijo Slade—. Se lo ruego.
—Nuestras excursiones temporales son de una naturaleza muy concreta. De ahí el nombre de «Musa». ¿Entiende el significado de ese término?
—Mmm —dijo Slade, un poco perdido pero decidido a intentarlo al menos—. Vamos a ver. Una musa es un organismo que sirve para…
—Que inspira —lo interrumpió el señor Manville con impaciencia—. Slade, seamos francos, usted no es… un hombre creativo. Por eso se siente abrumado por el aburrimiento y la falta de realización. ¿Pinta? ¿Compone? ¿Realiza esculturas de hierro a partir de restos de naves espaciales y sillas de jardín? No. No hace usted nada. Es un individuo completamente pasivo. ¿Me equivoco?
Slade asintió.
—Ha dado usted en el clavo, señor Manville.
—No he dado en ninguna parte —respondió éste con irritación—. No me sigue usted, Slade. No hace usted nada creativo porque carece de dotes para ello. Es usted demasiado normal. No voy a pedirle que empiece a pintar con los dedos o a tejer cestas de mimbre. No soy uno de esos psicoanalistas jungianos que creen que el arte es la respuesta a todo. —Se reclinó en su silla y apuntó a Slade con un dedo—. Mire, Slade, podemos ayudarlo, pero para eso debe estar decidido a ayudarse usted primero. Como no es usted creativo, la mejor solución, y ahí es donde esperamos ayudarlo, es inspirar a otros que sí lo sean. ¿Me entiende?
Al cabo de un momento, Slade respondió:
—Sí, señor Manville. Lo entiendo.
—Bien —dijo Manville asintiendo—. Podría usted inspirar a un músico famoso, como Mozart o Beethoven, o a un científico como Albert Einstein, o a un escultor como sir Jacob Epstein…, a cualquier escritor, músico o poeta. Podría usted, por ejemplo, encontrarse con sir Edward Gibbon durante sus viajes por el Mediterráneo y entablar con él una conversación casual, algo así como… «Mmmm, mire las ruinas de la antigua civilización que nos rodea. Me pregunto cómo entra en decadencia un imperio tan poderoso como Roma… Cómo se descompone…, cómo cae…».
—Dios mío —dijo Slade fervientemente—. Ya veo, Manville. Lo entiendo. Le repito una y otra vez el mismo concepto hasta que, gracias a mí, se le ocurre la idea de escribir su gran historia de Roma, Decadencia y caída del imperio romano. Y así… —Sintió que empezaba a temblar por dentro— lo ayudo a hacerlo.
—¿Que lo ayuda? —dijo Manville—. Slade, se equivoca usted de palabra. Sin usted no habría existido esa obra. Usted, Slade, podría ser la musa de sir Edward. —Se inclinó, tomó un cigarro Upmann, circa 1915, y lo encendió.
—Creo —dijo Slade— que tengo que pensarlo un poco. Quiero estar seguro de que inspiro a la persona apropiada. Es decir, todos ellos merecen ser inspirados, pero…
—Quiere usted encontrar a la persona justa, en función de sus propias necesidades mentales —asintió Manville mientras exhalaba fragantes bocanadas de humo azulado—. Llévese nuestro archivo. —Le pasó un grande, brillante y multicolor folleto en 3D—. Márchese a casa, léalo y vuelva a vernos cuando se haya decidido.
—Que Dios lo bendiga, señor Manville —dijo Slade.
—Y tómeselo con calma —respondió Manville—. El mundo no se va a terminar… En Musa lo sabemos…, porque hemos echado un vistazo. —Sonrió, y Slade, tras un instante, logró devolverle la sonrisa.
Jesse Slade regresó a Empresas Musa dos días más tarde.
—Señor Manville —dijo—. Ya sé a quién quiero inspirar. —Respiró hondo—. Le he dado vueltas y vueltas, y lo que de verdad me gustaría sería ir a Viena e inspirar a Ludwig van Beethoven la idea de la Sinfonía Coral, ya sabe, el tema del cuarto movimiento, donde el barítono empieza bum-bum de-da de-da bum-bum, hijas del Eliseo; ya sabe. —Se ruborizó—. No soy músico, pero toda mi vida he admirado la Novena de Beethoven, y especialmente…
—Ya se ha hecho.
—¿Eh? —No entendía.
—Ya se hizo, señor Slade —replicó Manville con tono de impaciencia mientras se sentaba a su gran escritorio de roble, circa 1910. Sacó un archivador metálico de color negro y empezó a pasar las páginas—. Hace dos años, una tal Ruby Welch de Montpellier, Idaho, fue a Viena para inspirar a Beethoven el movimiento coral de su Novena. —Cerró bruscamente el archivador y miró a Slade—. ¿Y bien? ¿Cuál es su segunda opción?
—Tendría… —balbuceó Slade—. Tendría que pensarlo. Deme tiempo.
Manville consultó su reloj de pulsera y dijo con tono seco:
—Le doy dos horas. Hasta las tres de la tarde. Buenos días, Slade. —Se puso en pie y Slade imitó automáticamente su gesto.
Una hora más tarde, en su estrecho despacho de la Consultoría de Servicios Militares Concord, Jesse Slade comprendió, en un instante de cegadora claridad, a quién y qué quería inspirar. Se puso el abrigo y, tras excusarse con el comprensivo señor Hnatt, corrió a Empresas Musa.
—Vaya, señor Slade —dijo Manville al verlo entrar—. Qué rápido ha vuelto. Pase a mi oficina. —Abrió el camino él mismo—. Muy bien, vamos a ver. —Cerró la puerta detrás de su cliente.
Jesse Slade se pasó la lengua por los resecos labios y, tras toser un poco, dijo:
—Señor Manville, quiero volver al pasado para inspirar… Bueno, deje que me explique. ¿Conoce usted la edad dorada de la ciencia ficción, entre 1930 y 1970?
—Sí, sí —dijo Manville con impaciencia, frunciendo el ceño.
—Cuando estaba en la universidad —continuó Slade—, estudiando Filología inglesa, tuve que leer mucha ciencia ficción del siglo XX. Entre los más grandes autores, había tres que destacaban especialmente. El primero era Robert Heinlein, con sus historias sobre el futuro. El segundo, Isaac Asimov, con su épica serie de la Fundación. Y… —Tomó aire de manera temblorosa— luego estaba el autor sobre el que escribí mi tesina, Jack Dowland. De los tres, se le consideraba el más grande. Sus historias sobre el futuro empezaron a aparecer en 1957, tanto en revistas, en formato de relatos cortos, como en forma de novelas largas. Hacia 1963 se le consideraba…
—Mmm —dijo el señor Manville. Sacó el archivador negro y empezó a hojearlo—. Ficción del siglo XX… Un campo muy especializado…, por suerte para usted. Vamos a ver.
—Espero —dijo Slade en voz baja— que no esté seleccionado.
—Aquí hay un cliente —dijo el señor Manville—, Leo Parks de Vacaville, California. Fue al pasado para alentar a A. E. van Vogt a abandonar los relatos de amor y los wésterns y probar con la ciencia ficción. —Siguió pasando páginas y dijo—: Y el año pasado, una cliente de Empresas Musa, la señorita Julie Oxenblunt de Kansas City, Kansas, pidió permiso para inspirar a Robert Heinlein… ¿Era Heinlein su candidato, señor Slade?
—No —respondió éste—. Era Jack Dowland, el más grande de los tres. Heinlein era grande, sí, pero estudié a fondo el tema, y Dowland era el más importante.
—No, no se ha hecho aún —concluyó Manville mientras cerraba el archivador. Sacó un formulario del cajón de su escritorio—. Rellene esto, señor Slade —dijo—. Y empezaremos a prepararlo. ¿Conoce el lugar y el momento en los que Jack Dowland empezó a trabajar en sus historias sobre el futuro?
—Sí —dijo Slade—. Vivía en un pueblecito situado en la carretera 40 de Nevada, un sitio llamado Purpleblossom, formado por tres gasolineras, un café, un bar y una tienda. Dowland se había trasladado allí para inspirarse. Quería escribir historias del salvaje Oeste, guiones televisivos. Pensaba ganar mucho dinero.
—Veo que conoce bien el tema —dijo Manville, impresionado.
—En Purpleblossom —continuó Slade— escribió varios guiones de wésterns para la televisión, pero ninguno de ellos terminó de convencerlo. En cualquier caso, se quedó allí, probando otras temáticas, como los libros infantiles y los artículos sobre sexo premarital para las revistas adolescentes de la época…, hasta que, en el año 1956, inesperadamente, se pasó a la ciencia ficción y escribió la que hasta la fecha es la mejor novela del género. En su momento se la consideró así, señor Manville, y yo la he leído y estoy de acuerdo. Se llamaba El padre en el muro y todavía aparece de vez en cuando en algunas antologías. Es una de esas historias que nunca mueren. Y la revista en la que apareció, Fantasy & Science Fiction, siempre será recordada por haber publicado la primera historia de Dowland, en el número de agosto de 1957.
Manville asintió y dijo:
—Y ésa es la magna obra que quiere usted inspirar. Esa, y todas las que la siguieron.
—Así es, señor —dijo el señor Slade.
—Rellene el formulario —dijo Manville—, y nosotros nos encargaremos del resto. —Le sonrió a Slade y éste, confiado, le devolvió la sonrisa.
El operador de la máquina del tiempo, un joven bajo y corpulento, de peinado militar y facciones marcadas, le preguntó con voz seca:
—Muy bien, amigo. ¿Está preparado o no? Decídase.
Slade inspeccionó una última vez el traje del siglo XX que Empresas Musa le había proporcionado, uno de los servicios por la elevada minuta que había tenido que pagar. Corbata, pantalones sin dobladillo y una camisa de rayas estilo universitario pijo… Sí, decidió, por lo que sabía de aquel período, su aspecto era genuino, hasta los zapatos italianos de puntera fina y los flexibles calcetines de colores. Pasaría sin dificultades por un ciudadano de Estados Unidos del año 1956, incluso en Purpleblossom, Nevada.
—Ahora escúcheme —dijo el operador mientras le ponía el cinturón de seguridad alrededor del torso—, debe usted recordar un par de cosas. Para empezar, su único modo de volver a 2040 es conmigo. No puede regresar andando. Y, segundo, debe tener cuidado de no cambiar el pasado. Es decir, limítese a inspirar a ese individuo, Jack Dowland, y no pase de ahí.
—Claro —respondió Slade, sorprendido por la inesperada llamada de atención.
—Hay demasiados clientes —dijo el operador—, le sorprendería saber cuántos, al llegar al pasado, se vuelven locos. Les entran delirios de grandeza y deciden hacer toda clase de cambios: eliminar las guerras, el hambre, la pobreza…, ya sabe. Cambiar la historia.
—No se preocupe —dijo Slade—. Yo no tengo el menor interés en aventuras cósmicas de esa magnitud. —Para él era suficiente con inspirar a Jack Dowland. Sin embargo, podía entender la tentación. En su trabajo había conocido toda clase de gente.
El operador cerró de un portazo la escotilla de la máquina del tiempo, se aseguró una última vez de que Slade tuviera bien abrochados los cinturones y luego se sentó frente a los controles. Pulsó un interruptor y, un instante después, Slade había abandonado su monótono trabajo para dirigirse a 1956 y a lo más parecido a un acto creativo que realizaría en toda su vida.
El caluroso sol de Nevada caía implacable sobre él, cegándolo. Era mediodía. Slade entornó la mirada y miró nerviosamente a su alrededor en busca del pueblo de Purpleblossom. Lo único que encontró fueron rocas y arena, un desierto con una única y solitaria carreterilla entre matorrales.
—A la derecha —dijo el operador, señalando—. Estará allí en diez minutos. Espero que entienda bien lo que dice el contrato. Será mejor que lo saque y lo lea.
Slade sacó del bolsillo de su chaqueta de los años cincuenta el largo contrato amarillo expedido por Empresas Musa.
—Dice que tengo treinta y seis horas. Que me recogerán en este mismo punto y que es responsabilidad mía el llegar hasta aquí. Si no estoy y no puedo regresar, la compañía no se hace responsable.
—Bien —dijo el operador antes de volver a entrar en la máquina—. Buena suerte, señor Slade. O quizá sería más apropiado llamarlo «musa de Jack Dowland». —Esbozó una sonrisa compuesta de burla y simpatía a partes iguales y luego selló la escotilla.
Jesse Slade estaba solo en el desierto de Nevada, a medio kilómetro del minúsculo pueblo de Purpleblossom.
Sudoroso y con el pañuelo en la mano para limpiarse el cuello, echó a andar.
No tuvo la menor dificultad en localizar la casa de Jack Dowland, puesto que sólo había siete en todo el pueblo. Mientras subía al desvencijado porche de madera miró de reojo el patio, con su cubo de basura, su tendedero, su montón de tuberías viejas… Junto a la entrada, aparcado, había un coche de un modelo arcaico…, arcaico hasta para 1956.
Tocó el timbre, se ajustó nerviosamente la corbata y volvió a repasar en su mente lo que iba a decir. A estas alturas de su vida, Jack Dowland no había escrito ninguna obra de ciencia ficción. Era un detalle importante. De hecho, era el meollo de la cuestión. Aquella providencial visita era el punto crítico de su existencia. Como es natural, él no lo sabía. ¿Qué estaría haciendo en aquel momento? ¿Escribiendo? ¿Viendo los chistes de un periódico de Reno? ¿Leyendo?
Unos pasos. Slade se preparó.
Se abrió la puerta. Una joven con pantalones finos de algodón y el pelo recogido en una coleta lo miró con calma. Tenía un rostro menudo y hermoso. Llevaba zapatillas; su piel era suave y lustrosa, y Slade, sin poder evitarlo, la miró de manera penetrante. No estaba acostumbrado a ver tanta piel femenina. La muchacha llevaba los dos tobillos a la vista.
—¿Sí? —preguntó la chica con tono amable, aunque un poco fatigado. En ese momento Slade se dio cuenta de que estaba pasando el aspirador. En el salón se veía una aspiradora de tipo G. E., cuya existencia demostraba que los historiadores se equivocaban: las aspiradoras de depósito no habían desaparecido en los años cincuenta, como ellos decían.
Slade se había preparado a conciencia para ese momento y dijo con voz calmada:
—¿El señor Dowland? —La mujer asintió. En aquel momento, un niño pequeño asomó por detrás de su madre y lo miró—. Soy un fan de la monumental obra… —«Ups —pensó—. He metido la pata»—. Ejem —se corrigió, utilizando una expresión que solía encontrarse en los libros del período. Chasqueó la lengua, otro anacronismo que creía propio de aquella época—. Lo que pretendía decir es lo siguiente, señora. Soy un buen conocedor de la obra de su marido. He llegado tras un largo viaje por el desierto para observarlo en su propio ambiente. —Esbozó una sonrisa esperanzada.
—¿Conoce la obra de Jack? —Parecía sorprendida, pero también muy complacida.
—De la televisión —dijo Slade—. Unos guiones excelentes. —Asintió.
—Es usted inglés, ¿no? —dijo la señora Dowland—. Bueno, ¿quiere pasar? —Abrió la puerta y se apartó—. Ahora mismo, Jack está trabajando en la buhardilla. El ruido del niño lo distrae. Pero estoy segura de que parará con mucho gusto para hablar con usted, ya que ha hecho un viaje tan largo, señor…
—Slade —dijo él—. Qué bonita morada.
—Gracias. —Lo acompañó hasta una cocina a oscuras en la que Slade vio una mesa redonda de plástico con un cartón de leche, una bandeja de resina, un azucarero, dos tazas de café y otros objetos pintorescos—. ¡Jack! —gritó desde el pie de las escaleras—. ¡Ha venido a verte un fan! ¡Quiere hablar contigo!
En el piso de arriba se abrió una puerta. Alguien bajó las escaleras y entonces, mientras Slade aguardaba allí plantado, apareció Jack Dowland, joven y bien parecido, con el cabello castaño ligeramente clareado, en suéter y zapatillas, con el rostro fino e inteligente ensombrecido por una expresión ceñuda.
—Estoy trabajando —dijo de forma cortante—. Aunque trabaje en casa, es un trabajo como otro cualquiera. —Miró a Slade—. ¿Qué quiere? ¿Y qué es eso de que es un «fan» de mi obra? ¿Qué obra? Por el amor de Dios, si llevo casi dos meses sin vender nada. Tengo ganas de dejarlo.
—Eso, Jack Dowland, es porque aún no ha encontrado el género apropiado —dijo Slade. Le temblaba la voz. Era el momento.
—¿Le apetece una cerveza, señor Slade? —preguntó la señora Dowland.
—Gracias, señorita —dijo Slade—. Jack Dowland —continuó—. He venido para inspirarlo.
—¿De dónde es? —preguntó Dowland con suspicacia—. ¿Y por qué lleva la corbata de ese modo tan ridículo?
—¿Ridículo? ¿Por qué? —preguntó Slade, un poco nervioso.
—Porque lleva el nudo abajo, en lugar de alrededor de la nuez. —Caminó a su alrededor y lo examinó de manera exhaustiva—. ¿Y por qué lleva la cabeza afeitada? Es demasiado joven para estar calvo.
—Las costumbres de esta época —dijo Slade con voz débil— exigen la cabeza afeitada. Al menos en Nueva York.
—Y un cuerno —respondió Dowland—. ¿Quién es usted, un pirado? ¿Qué quiere?
—Alabarlo —dijo Slade. Estaba enfadado. Una nueva emoción, la indignación, lo embargaba. No lo estaban tratando correctamente y era consciente de ello—. Jack Dowland —dijo con un leve balbuceo—. Sé más de su obra que usted mismo; sé que su género es la ciencia ficción, y no los wésterns para televisión. Será mejor que me haga caso. Soy su musa. —Dicho esto, quedó en silencio, respirando de manera ruidosa y con dificultades.
Dowland lo miró fijamente un instante y luego echó la cabeza hacia atrás y se rió a carcajadas.
La señora Dowland, también sonriente, dijo:
—Bueno, yo ya sabía que Jack tenía una musa, pero siempre pensé que sería una chica. ¿Las musas no son siempre femeninas?
—No —respondió Slade, indignado—. Leo Parks, de Vacaville, California, musa de A. E. van Vogt, era un hombre. —Se sentó a la mesa de plástico. Las piernas le temblaban tanto que amenazaban con dejar de sostenerlo en cualquier momento—. Escúcheme, Jack Dowland…
—Por el amor de Dios —dijo Dowland—, llámeme Jack o Dowland, pero no ambas cosas. Esa forma de hablar no es natural. ¿Se ha pasado con el té o algo así? —Le olió el aliento de manera ostensible.
—Té —repitió Slade sin entender—. No, sólo una cerveza, por favor.
—Vaya al grano —dijo Dowland—. Estoy impaciente por volver al trabajo. Aunque lo haga en casa, es mi trabajo.
Era el momento de transmitir su encomio. Lo había preparado con todo cuidado. Slade se aclaró la garganta y dijo:
—Jack, si me permite llamarlo así, me pregunto por qué diantres no ha probado usted la ciencia ficción. Supongo que…
—Yo le diré por qué —lo cortó Jack Dowland. Echó a andar de un lado a otro de la habitación, con las manos en los bolsillos—. Porque va a haber una guerra nuclear. El futuro es negro. ¿Quién quiere escribir sobre el futuro? Nadie. —Sacudió la cabeza—. Y, además, ¿quién lee eso? Adolescentes con problemas de granos. Inadaptados. Es una basura. Dígame una obra de ciencia ficción de calidad, sólo una. Cuando estaba en Utah, una vez leí una revista en un autobús.
»¡Qué birria! No la escribiría ni aunque se pagara bien…, y no se paga bien. A medio centavo la palabra, aproximadamente. ¿Quién puede vivir con eso? —Asqueado, se volvió hacia las escaleras—. Voy a seguir trabajando.
—Espere —dijo Slade con desesperación. Todo estaba saliendo al revés—. Escúcheme, Jack Dowland.
—Ya empezamos con esa payasada… —dijo Dowland. Pero se detuvo y aguardó—. ¿Y bien? —inquirió.
—Señor Dowland —dijo Slade—. Vengo del futuro. —Teóricamente no debía decirlo. El señor Manville le había advertido muy seriamente sobre ello, pero en aquel momento le parecía la única salida, lo único que impediría que Jack Dowland se marchara y lo dejara allí.
—¿Cómo? —dijo Dowland alzando la voz—. ¿Cómo dice?
—He viajado en el tiempo —dijo Slade en voz baja, y luego guardó silencio.
Dowland volvió a su lado.
Al llegar a la máquina del tiempo, Slade vio que el operador estaba sentado en el suelo, leyendo un periódico. Levantó la mirada, sonrió y dijo:
—Ha vuelto sano y salvo, señor Slade. Venga, vámonos. —Abrió la escotilla y condujo a Slade a su interior.
—Lléveme a casa —dijo Slade—. Sólo lléveme a casa.
—¿Qué pasa? ¿No se ha divertido haciendo de musa?
—Sólo quiero regresar a mi época —dijo Slade.
—Muy bien —respondió el operador enarcando una ceja. Le abrochó el arnés y luego tomó asiento a su lado.
Cuando llegaron a Empresas Musa, el señor Manville estaba esperándolos.
—Slade —dijo—, pase. —Parecía furioso—. Tengo que decirle cuatro cosas.
Una vez solos en la oficina del señor Manville, Slade tomó la palabra:
—Estaba de mal humor, señor Manville. No me eche la culpa a mí. —Inclinó la cabeza. Se sentía vacío e inútil.
—Ha… —Manville lo miró con incredulidad— ha fracasado usted al inspirarlo. Es algo que no había pasado nunca.
—Tal vez podría volver —dijo Slade.
—Dios mío —dijo Manville—, no sólo no lo ha inspirado…, ¡sino que lo ha puesto en contra de la ciencia ficción!
—¿Cómo se ha enterado? —dijo Slade. Esperaba que nadie se enterara, que fuera un secreto que se llevase a la tumba.
—No he tenido más que echar un vistazo a los libros de referencia sobre la literatura del siglo XX —respondió Manville, mordaz—. Media hora después de su desaparición, todos los artículos sobre Jack Dowland, incluida la media página que le dedicaba la Enciclopedia Británica, desaparecieron.
Slade no dijo nada. Clavó la mirada en el suelo.
—Así que investigué —dijo Manville—. Tuve que pedir que los ordenadores de la Universidad de California buscaran todas las referencias existentes a Jack Dowland.
—¿Y había alguna? —murmuró Slade.
—Sí —dijo Slade—. Un par de ellas. Insignificantes, en oscuros artículos técnicos que estudiaban de manera exhaustiva el período. A causa de usted, Jack Dowland es totalmente desconocido para el público…, y lo fue incluso en su época. —Apuntó a Slade con el dedo, jadeando de rabia—. A causa de usted, Jack Dowland nunca escribió sus historias sobre el futuro. A causa de su mal llamada «inspiración», siguió escribiendo guiones para televisión…, y murió a la edad de cuarenta y seis años, como un completo desconocido.
—¿No escribió absolutamente ninguna obra de ciencia ficción? —preguntó Slade, incrédulo. ¿Tan mal lo había hecho? No podía creerlo. Sí, Dowland había rechazado de plano todas las sugerencias que le había hecho. Sí, había regresado a su buhardilla de un humor muy particular después de que Slade le hubiera dicho lo que había ido a decirle, pero…
—Bueno —dijo Manville—, sí que existe una obra de ciencia ficción escrita por Jack Dowland. Minúscula, mediocre y totalmente desconocida. —Introdujo la mano en el cajón de su escritorio y sacó una antiquísima revista de papel amarillento, que arrojó a Slade—. Un cuento corto llamado Orfeo con pies de barro, escrita bajo el seudónimo de Philip K. Dick. Nadie la leyó entonces y nadie la lee ahora. Cuenta la aparición en casa de Dowland de… —lanzó al otro una mirada furibunda— un idiota bienintencionado del futuro, empeñado en inspirarle una saga mítica sobre el mundo del futuro. Bueno, Slade. ¿Qué tiene que decir?
—Utilizó mi visita como base para la historia —dijo Slade resoplando—. Es obvio.
—Y le hizo ganar el único dinero que ganó en toda su vida con un relato de ciencia ficción. Una cantidad decepcionante, tan pequeña que apenas justificaba la inversión de tiempo y esfuerzo. Sale usted en la historia. Y yo. Dios mío, Slade, debió de contárselo todo, ¿no?
—Sí —respondió Slade—. Para convencerlo.
—Bueno, pues no lo consiguió. Lo tomó por una especie de perturbado. Obviamente escribió el relato en un estado mental de enorme amargura. Quiero preguntarle una cosa: ¿estaba trabajando cuando llegó usted?
—Sí —dijo Slade—, pero la señora Dowland me dijo…
—¡No existe…, no existía ninguna señora Dowland! ¡Dowland no se casó nunca! Debía de ser la mujer de algún vecino, con la que tenía una aventura. No me extraña que estuviera furioso. Lo sorprendió usted con esa chica, fuera quien fuese. Ella también sale en el cuento. Lo escribió todo y luego abandonó la casa de Purpleblossom, Nevada, y se mudó a Dodge City, Kansas.
Hubo un silencio.
—Mmm —dijo Slade al fin—. ¿Podría intentarlo de nuevo? ¿Con otra persona? He estado pensando en Paul Ehrlich y su bala mágica, el descubrimiento de la cura de…
—Escuche —repuso Manville—. Yo también he estado pensando. Va usted a volver, sí, pero no para inspirar al doctor Ehrlich, a Beethoven, a Dowland o a alguien así, alguien útil para la sociedad.
Slade levantó la mirada con miedo.
—Va usted a volver —dijo Manville entre dientes— para desinspirar a gente como Adolf Hitler, Karl Marx y Sanrome Clinger…
—Pretende decirme que soy tan inútil que… —musitó Slade.
—Exacto. Empezaremos con Hitler en el período de cautiverio que pasó tras su primer golpe de Estado en Baviera. El período en el que le dictó Mi lucha a Rudolf Hess. Lo he hablado con mis superiores y está todo decidido. Será usted su compañero de celda, ¿entiende? Y le recomendará que escriba, igual que hizo con Jack Dowland. En este caso, una detallada autobiografía que detalle su programa político para el mundo. Si todo sale bien…
—Lo entiendo —murmuró Slade mientras volvía a bajar la mirada—. Es una… Yo diría que es una idea inspirada, pero me temo que a estas alturas, casi preferiría utilizar otro adjetivo.
—El mérito no es mío —dijo Manville—. La idea la saqué del estúpido cuento de Dowland, Orfeo de pies de barro. Así es como termina. —Volvió las páginas de la antigua revista hasta llegar a la parte que buscaba—. Lea esto, Slade. Describe su encuentro conmigo, y cómo lo enviamos luego a investigar sobre el Partido Nazi para que inspirara a Adolf Hitler a que no escribiera su autobiografía y, de este modo, impedir la segunda guerra mundial. Si fallamos con Hitler, lo intentaremos con Stalin. Y si no lo conseguimos con Stalin, entonces…
—Vale —murmuró Slade—. Lo entiendo. No hace falta que siga.
—Y va usted a hacerlo —dijo Manville—, porque en Orfeo de pies de barro accede. Así que ya está todo decidido.
Slade asintió.
—Lo que sea. Con tal de enmendarme.
Manville respondió:
—Será idiota. ¿Cómo ha podido hacerlo tan mal?
—He tenido un mal día —dijo Slade—. Seguro que la próxima vez lo hago mejor. —«Puede que con Hitler —pensó—. Tal vez haga un trabajo magnífico con él, mejor del que haya hecho nadie nunca para desinspirar a otro».
—Podríamos llamarlo la antimusa —dijo Manville.
—Qué ingenioso —respondió Slade.
—No me alabe —dijo Manville con voz cansada—. La idea fue de Jack Dowland. Aparece en su relato. Al final.
—¿Y termina así? —preguntó Slade.
—No —dijo Manville—. Termina conmigo presentándole una factura por los costes de enviarlo junto a Adolf Hitler. Quinientos dólares por anticipado. —Alargó el brazo—. Por si no vuelve.
Resignado y triste, Jesse Slade introdujo lentamente la mano en el bolsillo de su chaqueta del siglo XX para sacar la cartera.
NOTA:
Orfeo con pies de barro [Publicado en Escapade circa 1964, bajo el seudónimo Jack Dowland].

Deja un comentario