Texto aleatorio

Jesús —dijo Parkhurst, con el rostro colorado y tembloroso por la emoción⁠—. Venid aquí, chicos. ¡Mirad!

Todos se congregaron alrededor de la pantalla.

—Ahí está —dijo Barton. El corazón le latía de manera extraña⁠—. Tiene buen aspecto, ¿eh?

—Y tanto, joder —asintió Leon. Estaba temblando⁠—. Mirad… Creo que distingo Nueva York.

—Y una mierda.

—¡Que sí! Lo gris. Junto al agua.

—Eso no es Estados Unidos. Estamos mirándolo al revés. Eso es Siam.

La nave cruzaba el espacio como una exhalación, en medio del estruendoso chirrido del escudo de meteoritos. Debajo de ella se encontraba el enorme globo verde y azul, envuelto en nubes flotantes que ocultaban los continentes y los océanos.

—No esperaba volver a verla —⁠dijo Merriweather⁠—. Estaba convencido de que no íbamos a conseguirlo. —⁠Su rostro se arrugó⁠—. Marte. Condenado desierto rojo. No hay más que sol, moscas y ruinas.

—Barton es un genio reparando cohetes —⁠dijo el capitán Stone⁠—. Dadle las gracias a él.

—¿Sabéis qué es lo primero que voy a hacer nada más llegar? —⁠exclamó Parkhurst.

—¿El qué?

—Ir a Coney Island.

—¿Por qué?

—Por la gente. Quiero ver gente otra vez. Gente a montones. Estúpida, sudorosa, ruidosa… Helados y agua. El océano. Botellas de cerveza, cartones de leche, servilletas de papel…

—Y chicas —dijo Vecchi con los ojos brillantes⁠—. Hace mucho que no veo chicas. Seis meses. Iré contigo. Nos sentaremos en la playa y miraremos a las chicas.

—Me pregunto qué tipo de bañadores se llevarán ahora —⁠dijo Barton.

—¡Puede que vayan sin ellos! —⁠chilló Parkhurst.

—¡Eh! —gritó Merriweather—. Voy a volver a ver a mi mujer. —⁠De repente lo embargó una especie de aturdimiento. Su voz quedó reducida a un mero susurro⁠—. Mi mujer…

—Yo también tengo —dijo Stone. Sonrió⁠—. Pero llevo casado mucho tiempo. —⁠Entonces se acordó de Pat y de Jean. Una punzada de penetrante dolor le atravesó la tráquea⁠—. Seguro que han crecido mucho.

—¿Crecido?

—Mis hijos —musitó.

Se miraron: seis hombres, andrajosos, barbudos, con los ojos brillantes y enfebrecidos.

—¿Cuánto falta? —susurró Vecchi.

—Una hora —respondió Stone—. Estaremos abajo dentro de una hora.

La nave aterrizó con una sacudida que los hizo caer a todos de bruces. Saltó y brincó en medio del chirrido de los cohetes de frenado, avanzó perforando rocas y tierra, y finalmente se detuvo, con el morro hundido en la ladera de una montaña.

Silencio.

Parkhurst se puso trabajosamente en pie. Se agarró a la barandilla de seguridad. La sangre que manaba del corte que se había hecho sobre el ojo corría por su cara.

—Hemos llegado —dijo.

Barton se movió en el suelo. Gimió y se forzó a ponerse de rodillas. Parkhurst lo ayudó.

—Gracias. ¿Hemos…?

—Estamos abajo. Hemos vuelto.

Los cohetes estaban apagados. El rugido había cesado. No se oía más que el tenue sonido de los fluidos al filtrarse por las grietas de las paredes.

La nave estaba hecha pedazos. El casco se había agrietado en tres puntos. Estaba abollada, rota. Había papeles e instrumentos destrozados por todas partes.

Vecchi y Stone se irguieron con lentitud.

—¿Está todo el mundo bien? —⁠murmuró Stone mientras se palpaba el brazo.

—Échame una mano —dijo Leon—. Me he torcido el puto tobillo o algo.

Lo ayudaron a levantarse. Merriweather estaba inconsciente. Lo reanimaron y lo pusieron de pie entre todos.

—Hemos llegado —repitió Parkhurst como si no pudiera creerlo⁠—. Estamos en la Tierra… Hemos regresado…, ¡con vida!

—Espero que los especímenes estén bien —⁠dijo Leon.

—¡Que les den a los especímenes! —⁠gritó Vecchi con entusiasmo. Manipuló frenéticamente los cierres de la pesada escotilla de babor⁠—. Salgamos a dar un paseo.

—¿Dónde estamos? —preguntó Barton al capitán Stone.

—Al sur de San Francisco. En la península.

—¡San Francisco! ¡Eh, podemos montar en un tranvía! —⁠Parkhurst ayudó a Vecchi a desatornillar la escotilla⁠—. San Francisco. Estuve una vez. Tienen un parque enorme. El parque del Golden Gate. Podemos ir al parque de atracciones.

La escotilla se abrió de par en par. Todas las conversaciones cesaron de repente. Los hombres se asomaron al exterior, con los ojos entornados a causa del brillante sol.

Un verde campo se extendía en todas direcciones. En la distancia se alzaban unas colinas, perfiladas con sobria claridad en la cristalina atmósfera. Más allá, por una autopista, se movían algunos coches, puntos diminutos sobre los que se reflejaba el sol. Se veían postes de teléfono.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó Stone escuchando con atención.

—Un tren.

Se acercaba por una vía lejana, dejando tras de sí un reguero de humo negro. Una suave brisa soplaba sobre los campos, acariciando la hierba. A la derecha había un pueblo. Casas y árboles. Un cine. Una gasolinera Standard. Unos puestos junto a la carretera. Un motel.

—¿Creéis que alguien nos habrá visto? —⁠preguntó Leon.

—Seguro que sí.

—Como mínimo han tenido que oírnos —⁠dijo Parkhurst⁠—. Al chocar hemos hecho más ruido que Dios con una indigestión.

Vecchi salió al campo. Vaciló. Trató de mantener el equilibrio, con los brazos estirados.

—¡Que me caigo!

Stone se echó a reír.

—Ya te acostumbrarás. Llevamos demasiado tiempo en el espacio. Vamos. —⁠Bajó de un brinco⁠—. En marcha.

—Hacia el pueblo. —Parkhurst saltó a su lado⁠—. Puede que nos den de comer gratis… Joder, ¡y champán! —⁠Hinchó el pecho bajo el andrajoso uniforme⁠—. Somos héroes. Nos darán las llaves de la ciudad. Un desfile. Una banda militar. Y chicas.

—Chicas —refunfuñó Leon—. Qué obsesión.

—Claro. —Parkhurst echó a andar por el campo, seguido por los demás, más o menos en fila india⁠—. ¡Deprisa!

—Mira —dijo Stone a Leon—. Hay alguien ahí. Nos están mirando.

—Niños —dijo Barton—. Una panda de niños. —⁠Se echó a reír con alegría⁠—. Vamos a saludarlos.

Se dirigieron hacia los niños caminando sobre la hierba húmeda y la tierra fértil.

—Seguro que estamos en primavera —⁠dijo Leon⁠—. El aire huele a primavera. —⁠Aspiró hondo⁠—. Y la hierba.

Stone hizo unos cálculos.

—Estamos a nueve de abril.

Apretaron el paso. Los muchachos se limitaron a observarlos, silenciosos e inmóviles.

—¡Eh! —gritó Parkhurst—. ¡Hemos vuelto!

—¿Qué pueblo es éste? —preguntó Barton.

Los niños los miraban con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué pasa? —murmuró Leon.

—La barba. Tenemos un aspecto horrible. —⁠Stone se cogió las manos⁠—. ¡No tengáis miedo! Venimos de Marte. La misión de Marte. Hace dos años, ¿os acordáis? En octubre se cumplieron.

Los niños, pálidos, siguieron mirándolos. De repente dieron media vuelta y huyeron. Corrieron como locos en dirección al pueblo.

Los seis hombres los siguieron con la mirada.

—¿Qué coño…? —murmuró Parkhurst, aturdido⁠—. ¿Qué les pasa?

—La barba —repitió Stone, molesto.

—Algo va mal —dijo Barton con voz rota. Se echó a temblar⁠—. Algo va muy muy mal.

—¡No puede ser! —le espetó Leon⁠—. Son las barbas. —⁠Se arrancó un jirón del uniforme de un tirón⁠—. Estamos sucios. Parecemos mendigos inmundos. Vamos. —⁠Echó a andar tras los niños, en dirección al pueblo⁠—. Vamos. Probablemente hayan ido a por un coche. Nos encontraremos con ellos.

Stone y Barton se miraron. Siguieron a Leon caminando con lentitud. Los demás fueron detrás.

Silenciosamente, intranquilos, los seis hombres barbudos avanzaron por los campos, en dirección al pueblo.

Un joven en bicicleta huyó al verlos. Unos obreros que estaban reparando las vías del tren arrojaron las palas y echaron a correr, gritando.

Los seis hombres los vieron alejarse sin saber cómo reaccionar, aturdidos.

—¿Qué ocurre? —musitó Parkhurst.

Cruzaron las vías. El pueblo se encontraba al otro lado. Entraron en una enorme arboleda de eucaliptos.

—Burlingame —leyó Leon en un cartel. Se veía una calle desde allí. Hoteles y cafeterías. Coches aparcados. Gasolineras. Tiendas de todo a diez centavos. Un típico pueblo, con transeúntes en las aceras. Coches que circulaban a velocidad reducida.

Salieron de entre los árboles. Al otro lado de la calle, un empleado de la gasolinera levantó la mirada hacia ellos.

Y se quedó paralizado.

Al cabo de un instante, soltó la manguera y echó a correr calle abajo, lanzando agudos gritos de alarma.

Los coches se detuvieron. Los conductores salieron y huyeron. Los hombres y las mujeres abandonaron las tiendas y se dispersaron en todas direcciones. Todos huían en tropel, alejándose de ellos con frenética precipitación.

Un momento después, la calle estaba desierta.

—Dios mío. —Stone dio unos pasos, estupefacto⁠—. ¿Qué…? —⁠Fue al centro de la calle. No se veía un alma.

Los seis hombres avanzaron. No se movía nada. Todo el mundo había huido. Una sirena aullaba. En un callejón lateral un coche se alejó precipitadamente, marcha atrás.

En una ventana de un piso superior, Barton vislumbró un rostro pálido y aterrorizado. La persiana se cerró bruscamente.

—No lo entiendo —musitó Vecchi.

—¿Se han vuelto locos? —preguntó Merriweather.

Stone no dijo nada. Tenía la mente en blanco. Entumecida. Sólo sentía fatiga. Se sentó en el bordillo de la acera y trató de recobrar el aliento. Los demás se reunieron a su alrededor.

—El tobillo —dijo Leon. Se apoyó en una señal de stop, con los labios fruncidos de dolor⁠—. Me duele una barbaridad.

—No sé —dijo Stone. Buscó en su andrajoso bolsillo un cigarrillo. Al otro lado de la calle había una cafetería, vacía. Los clientes habían huido. La comida aún estaba sobre el mostrador. Había una hamburguesa friéndose en una sartén y el café hervía en una cafetera de cristal, sobre uno de los quemadores.

En la acera había algunas verduras, que habían escapado de las bolsas de plástico arrojadas al suelo por los aterrados transeúntes en su huida. En un aparcamiento ronroneaba el motor de un coche abandonado.

—Bueno —dijo Leon—. ¿Qué hacemos?

—No sé.

—No podemos quedarnos…

—¡No sé! —Stone se puso en pie. Se dirigió hacia la cafetería y entró. Ante la atenta mirada de todos, se sentó frente al mostrador.

—¿Qué hace? —preguntó Vecchi.

—No sé. —Parkhurst lo siguió al interior del establecimiento⁠—. ¿Qué haces?

—Esperar a que me sirvan.

Parkhurst le dio una torpe palmadita en el hombro.

—Vamos, capitán. No hay nadie. Se han marchado todos.

Stone no respondió. Permaneció allí sentado, con el rostro impasible. Esperando a que alguien lo atendiera.

Parkhurst volvió a salir.

—¿Qué coño está pasando? —preguntó a Barton⁠—. ¿Qué les pasa a todos?

Un perro de pelo moteado se acercó husmeando. Pasó junto a ellos, tenso y alerta, olisqueando con suspicacia, y se alejó al trote por una calle lateral.

—Hay caras —dijo Barton.

—¿Caras?

—Nos están observando. Ahí arriba. —⁠Señaló un edificio con un ademán⁠—. Están escondidos. ¿Por qué? ¿Por qué se esconden de nosotros?

De repente, Merriweather se puso tenso.

—Viene alguien.

Todos se volvieron, llenos de inquietud y curiosidad.

Al final de la calle, dos coches negros que acababan de doblar la esquina se dirigían hacia ellos.

—Gracias a Dios —murmuró Leon. Se apoyó en la pared del edificio⁠—. Aquí están.

Los dos coches se detuvieron junto a la acera. Las puertas se abrieron. Varios hombres salieron de su interior y los rodearon. Bien vestidos. Corbatas, sombreros y gabardinas grises.

—Me llamo Scanlan —dijo uno de ellos⁠—. FBI. —⁠Un hombre ya entrado en años, de cabello cano. Hablaba con voz tensa y gélida. Los estudió detenidamente⁠—. ¿Dónde está el otro?

—¿El capitán Stone? Ahí dentro. —⁠Barton señaló el café.

—Tráiganlo.

Barton fue a buscarlo.

—Capitán, están fuera. Vamos.

Stone salió con él a la acera.

—¿Quiénes son, Barton? —preguntó con voz vacilante.

—Seis —dijo Scanlan asintiendo. Hizo una seña a sus hombres⁠—. Muy bien. Están todos.

Los agentes del FBI se adelantaron y los empujaron contra la pared de ladrillo del café.

—¡Alto! —gritó Barton con la voz rota⁠—. ¿Qué…, qué pasa aquí?

—Pero ¿qué es esto? —inquirió Parkhurst con tono de indignación. Unas lágrimas caían por su cara, abriendo surcos entre la mugre de sus mejillas⁠—. ¿Quieren decirnos, por el amor de Dios…?

Los agentes del FBI tenían armas. Las sacaron. Vecchi retrocedió, con las manos en alto.

—¡Por favor! —chilló—. ¿Qué hemos hecho? ¿Qué pasa aquí?

Una esperanza repentina se encendió en el pecho de Leon.

—No saben quiénes somos. Creen que somos comunistas. —⁠Se dirigió a Scanlan⁠—. Somos los miembros de la misión a Marte. Me llamo Leon. ¿Se acuerda? En octubre se cumplió el segundo año. Hemos vuelto. Hemos vuelto desde Marte. —⁠Su voz se apagó. Los hombres del FBI estaban levantando las armas. Cañones, mangueras, tanques…

—¡Hemos vuelto! —chilló Merriweather⁠—. ¡Somos la misión a Marte y hemos vuelto!

Scanlan se mantuvo impasible.

—Me parece muy bien —dijo con voz glacial⁠—. Sólo que la nave se estrelló y estalló al llegar a Marte. No sobrevivió ni un solo tripulante. Lo sabemos porque enviamos allí un equipo de robots y nos trajo los cadáveres… Los seis.

Los agentes del FBI abrieron fuego. Rociaron de napalm a las seis figuras barbudas. Estas retrocedieron, pero las llamas los alcanzaron igualmente. Los seis cuerpos empezaron a arder, y entonces las llamas los ocultaron. Dejó de verse cómo agitaban los brazos como posesos, aunque siguieron oyéndose sus voces. No era un espectáculo agradable, pero los agentes se quedaron allí, esperando y observando.

Scanlan tocó con el pie los restos carbonizados.

—No es fácil estar seguro —⁠dijo⁠—. Podría haber sólo cinco… pero no hemos visto escapar a ninguno. No tuvieron tiempo. —⁠Bajo la presión de su pie un bulto de cenizas cedió y se desmoronó, transformada en un montón de partículas humeantes.

Su compañero Wilks bajó la mirada. Era novato y no podía creer lo que había visto hacer al napalm.

—Creo… —dijo—. Me parece que voy a volver al coche —⁠musitó mientras empezaba a alejarse de Scanlan.

—No estamos seguros de que haya acabado —⁠repuso éste, pero entonces vio la cara de su compañero⁠—. Sí —⁠dijo⁠—. Ve a sentarte un rato.

La gente estaba empezando a salir a las calles. Algunos miraban ansiosamente desde las puertas y las ventanas.

—¡Los han atrapado! —gritó un niño con entusiasmo⁠—. ¡Han atrapado a los espías del espacio exterior!

Algunos empezaron a tomar fotos. Aparecieron curiosos por todas partes, con los rostros blancos y los ojos saliéndoseles de las órbitas, boquiabiertos y asombrados al ver la masa informe de ceniza y carbonilla.

Con las manos temblorosas, Wilks subió al coche y cerró la puerta. La radio emitió un zumbido y la apagó. No quería oír nada de lo que dijera, ni tampoco decirle nada. Los trajeados agentes del FBI seguían junto a la entrada del café, hablando con Scanlan. Al cabo de un instante algunos de ellos se pusieron en marcha a paso vivo, doblaron una esquina y se alejaron por la avenida. Wilks los siguió con la mirada. «Qué pesadilla», pensó.

Scanlan se acercó al coche y metió la cabeza por la ventanilla.

—¿Te encuentras mejor?

—Algo mejor, sí. —Al cabo de un momento, preguntó⁠—: ¿Cuántas veces van? ¿Veintidós?

—Veintiuna —dijo Scanlan—. Cada dos meses. Los mismos nombres y los mismos tipos. No voy a decirte que te acostumbrarás. Pero al menos dejará de sorprenderte.

—No veo ninguna diferencia entre ellos y nosotros —⁠dijo Wilks con voz tensa⁠—. Ha sido como quemar vivos a seis seres humanos.

—No —repuso Scanlan. Abrió la puerta del coche y se sentó en el asiento de atrás, detrás de Wilks⁠—. Sólo parecían seis seres humanos. Esa es la cuestión. Querían parecerlo. Era su objetivo. Ya sabes que Barton, Stone y Leon…

—Lo sé —respondió el otro—. Algo o alguien que vive allí vio caer su nave, los vio morir y decidió investigar. Antes de que llegáramos nosotros. Y encontró lo que buscaba, lo suficiente para conseguir lo que necesitaba. Pero… —⁠Hizo un ademán⁠—. ¿No podríamos hacer otra cosa con ellos?

—No tenemos suficiente información —⁠dijo Scanlan⁠—. Sólo sabemos esto: que no dejan de enviar sus simulacros, una vez tras otra. Tratando de colarse entre nosotros. —⁠Su rostro se endureció y se tiñó de desesperación⁠—. ¿Es que están locos? Puede que sean tan diferentes a nosotros que resulte imposible comunicarse con ellos. ¿Creen que todos nos llamamos Leon, Merriweather, Parkhurst y Stone? Eso es lo que me crispa los nervios. Aunque puede que ésa sea nuestra única oportunidad, el hecho de que no entienden que somos individuos. Imagina cómo sería si mandaran una…, lo que sea…, una espora… una semilla. Pero no con la forma de esos seis desgraciados que murieron en Marte. Algo que no reconociéramos, que no supiéramos que era una imitación.

—Tendrían que tener un modelo —⁠dijo Wilks.

Uno de los agentes les hizo una seña y Scanlan salió del coche. Al cabo de un momento volvió junto a Wilks.

—Dicen que hay sólo cinco —⁠le anunció⁠—. Se ha escapado uno. Creen haberlo visto. Está herido y no puede moverse muy deprisa. Los demás van tras él… Quédate aquí y mantén los ojos abiertos. —⁠Se alejó por la avenida con los demás agentes.

Wilks encendió un pitillo y permaneció allí sentado, con la cabeza apoyada en el brazo. Mimetización…, miedo generalizado. Pero…

¿Había intentado alguien establecer contacto?

Dos policías empezaron a disolver el gentío. Un tercer Dodge negro, cargado de agentes del FBI, se colocó junto a la acera y paró. Los hombres salieron.

Uno de ellos, al que no reconoció, se aproximó al coche.

—¿No tiene la radio encendida?

—No —respondió Wilks. Inmediatamente volvió a encenderla.

—Si ve a uno de ellos, ¿sabe cómo matarlo?

—Sí.

Los agentes se alejaron detrás de los demás.

«Si fuera por mí… —se preguntó Wilks⁠—, ¿qué haría? ¿Tratar de averiguar lo que quieren? Algo que es tan parecido a un hombre, que se comporta como un hombre, debe sentir como un hombre… Y si, sean quienes sean, sienten como los hombres, ¿no podrían llegar a convertirse en humanos, con el tiempo?».

Una figura se apartó de un grupo de gente y avanzó hacia él. Insegura, hizo un alto, sacudió la cabeza y se tambaleó, pero enseguida volvió a recuperarse y adoptó una postura idéntica a la de las demás. Wilks la reconoció porque lo habían entrenado para ello a lo largo de los pasados meses. Había conseguido otra ropa, un par de pantalones holgados y una camisa, pero se la había abrochado mal y llevaba uno de los pies descalzos. Evidentemente no sabía lo que eran los zapatos. O, pensó, puede que estuviera demasiado aturdido y malherido.

Al ver que se acercaba, Wilks levantó su arma y apuntó a la tripa. Les habían dicho que dispararan allí y él, en el campo de tiro, lo había hecho con una figura de cartulina tras otra. En todo el estómago. Los partía en dos, como si fueran simples bichos.

La expresión de sufrimiento e incomprensión del rostro de aquel ser se agudizó al ver que se preparaba para abrir fuego. Se detuvo, frente a él, sin hacer ademán alguno de escapar. Wilks comprendió que había sufrido graves quemaduras; probablemente no sobreviviera en ningún caso.

—Tengo que hacerlo —dijo.

La criatura lo miró un momento y entonces abrió la boca y se dispuso a decir algo.

Wilks disparó.

Antes de que tuviera tiempo de decir nada, la criatura había muerto. Wilks salió. Había caído junto al coche.

«He hecho mal —se dijo mientras la contemplaba⁠—. He disparado porque estaba asustado. Pero tenía que hacerlo. Aunque estuviera mal. Venía para infiltrarse entre nosotros, disfrazado como uno de nosotros para que no lo reconociéramos. Eso es lo que nos han dicho… Tenemos que creer que conspiran contra nosotros, y que son inhumanos y nunca serán otra cosa.

»A Dios gracias —pensó, todo ha terminado».

Pero entonces recordó que no era así.

Era un caluroso día de fines de julio.

La nave aterrizó con estruendo, atravesó un campo arado, una valla y un cobertizo y finalmente terminó deteniéndose en una barranca.

Silencio.

Parkhurst se puso en pie con dificultades. Se agarró a la barandilla de seguridad. Le dolía el hombro. Sacudió la cabeza, aturdido.

—Hemos llegado —dijo. Su voz se alzó con una mezcla de sorpresa y excitación⁠—. ¡Hemos llegado!

—Ayudadme —dijo el capitán Stone con voz entrecortada. Barton le ofreció una mano.

Leon estaba sentado, limpiándose un reguero de sangre del cuello. El interior de la nave era un desastre. La mayor parte del instrumental estaba hecha pedazos y tirada.

Vecchi se acercó tambaleándose a la escotilla. Con dedos temblorosos, empezó a desatornillar los gruesos cierres.

—Bueno —dijo Barton—. Ya estamos aquí.

—Cuesta creerlo —murmuró Merriweather. La escotilla se abrió y la apartaron con rapidez⁠—. Parece imposible. La vieja Tierra.

—Eh, escuchad —dijo Leon mientras bajaba a la superficie⁠—. Que alguien traiga la cámara.

—¡No digas bobadas! —respondió Barton con una carcajada.

—¡Que sí! —gritó Stone.

—Venga, traedla —dijo Merriweather⁠—. Dijimos que lo haríamos si llegábamos a volver. Una foto para los libros de historia.

Vecchi revolvió los restos.

—Está un poco abollada —dijo. Levantó el maltrecho aparato.

—Puede que funcione de todos modos —⁠dijo Parkhurst jadeando de puro agotamiento mientras seguía a Leon al exterior⁠—. ¿Cómo vamos a salir los seis? Alguien tendrá que apretar el disparador.

—Pondré el temporizador —dijo Stone mientras sostenía la cámara y ajustaba los botones⁠—. Poneos en fila. —⁠Apretó un botón y se colocó junto a los demás.

Los seis barbudos y maltrechos tripulantes se plantaron junto a la destrozada nave y la cámara sacó la foto. Todos ellos contemplaron el verde paisaje, asombrados y mudos de repente. Luego se miraron entre sí, con los ojos luminosos.

—¡Hemos vuelto! —gritó Stone—. ¡Hemos vuelto!

NOTA:

Nosotros, los exploradores «Explorer We» [6 de mayo de 1958], en Fantasy and Science Fiction, enero 1959.


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