La mañana del sábado, alrededor de las once en punto, la señora Edna Berthelson se disponía a ir a su pequeña excursión. Aunque era algo que hacía todas las semanas, y que consumía cuatro horas de su valioso tiempo, siempre hacía sola aquel lucrativo viaje para reservarse la totalidad de los frutos de su hallazgo.
Porque eso es precisamente lo que era. Un hallazgo, un increíble golpe de suerte. Jamás había visto nada parecido, y eso que llevaba cincuenta y tres años en el negocio. O más, si se contaban los que había pasado trabajando para su padre. En realidad éstos sólo le habían servido para adquirir experiencia (su padre había dejado el asunto bien claro desde el principio); nunca le había pagado. Pero allí había aprendido lo fundamental del negocio; el arte de dirigir sola una pequeña tienda, de quitarle el polvo a los lápices y colgar el papel matamoscas, de vender judías y espantar al gato del barril de galletas, donde le gustaba echarse a dormir.
Ahora la tienda era vieja, igual que ella. El hombretón de negro ceño que era su padre había muerto hacía mucho; los hijos y nietos de ella habían echado a volar y se habían dispersado por el mundo; ahora estaban por todas partes. Uno tras otro habían llegado, habían vivido un tiempo en Walnut Creek, habían soportado el calor de sus sofocantes veranos y al fin, uno a uno, se habían marchado igual que habían llegado. Tanto la tienda como ella misma estaban un poco más viejas y tenían las carnes un poco más fláccidas a cada año que pasaba, y se volvían más frágiles y más severas, y más tristes. Más como ellas mismas.
Aquella mañana, muy temprano, Jackie dijo:
—Abuela, ¿adónde vas? —Aunque lo sabía, claro. Iba a salir en su camioneta, como siempre. Era la salida de todos los sábados. Pero le gustaba preguntarlo. La inalterabilidad de las respuestas de su abuela lo tranquilizaban. Le gustaba que fueran siempre iguales.
A la siguiente pregunta le seguía también, invariablemente, otra conocida respuesta, pero ésta ya no le gustaba tanto. La pregunta era: «¿Puedo ir contigo?».
Y la respuesta era siempre: «No».
Laboriosamente, Edna Berthelson llevó unos paquetes y cajas desde la parte trasera de la tienda a la destartalada y vieja camioneta. Estaba cubierta de polvo: los costados de metal rojizo estaban abollados y corroídos. Ya había encendido el motor, que resollaba mientras iba calentándose al sol del mediodía. Algunas gallinas picoteaban la tierra entre sus ruedas. Bajo el porche de la tienda, tumbada, aguardaba una oveja blanca y rolliza, presenciando con su cara insípida e indolente la actividad. Los coches y camiones pasaban por el bulevar monte Diablo. Por la avenida Lafayette paseaban los tenderos, los granjeros con sus esposas, los modestos comerciantes, los jornaleros y las mujeres de la ciudad, con pantalones anchos de colores llamativos, camisas estampadas, sandalias y pañuelos en la cabeza. Junto a la entrada de la tienda sonaban canciones de moda en un transistor.
—Te he hecho una pregunta —dijo Jackie con auténtica indignación—. Te he preguntado adónde vas.
La señora Berthelson se agachó para recoger las últimas cajas. La mayor parte del trabajo lo había hecho la noche pasada Bernie el Sueco, el mocetón de pelo blanco que se encargaba de las tareas más duras en la tienda.
—¿Qué? —murmuró con voz ausente y una expresión de concentración en su rostro grisáceo y arrugado.
Jackie la siguió con aire apesadumbrado al ver que volvía a meterse en la tienda, en busca del libro de pedidos.
—¿Puedo ir contigo? ¿Puedo, por favor? Nunca me dejas que te acompañe. Nunca dejas a nadie.
—Claro que no —dijo la señora Berthelson con brusquedad—. No es asunto de nadie.
—Pero yo quiero ir —replicó Jackie.
La anciana giró su cabeza de pelo cano hacia él y lo miró como miraría un ave anciana y desplumada un mundo que conociera a la perfección.
—Igual que todos. —Con los labios fruncidos en una sonrisilla pícara, la señora Berthelson añadió en voz baja—: Pero no puede venir nadie.
A Jackie no le gustó cómo sonó eso. Malhumorado, se retiró a un rincón con las manos metidas en los bolsillos, como para manifestar de este modo que no pensaba participar en aquello que se le negaba, ni aprobar algo que no podía compartir. Su abuela se echó el deshilachado suéter azul sobre los finos hombros, cogió las gafas de sol, cerró la puerta mosquitera tras de sí y se encaminó a paso vivo hacia la camioneta.
Meter la marcha fue un proceso complicado. Tuvo que estar un rato tirando del cambio, moviendo la palanca arriba y abajo hasta conseguir que los engranajes encajasen. Finalmente, con un chirrido de protesta, éstos cedieron; la camioneta dio una pequeña sacudida y la señora Berthelson pisó el acelerador y soltó el freno de mano.
Mientras el ruidoso vehículo, dando tumbos, empezaba a moverse en dirección a la autopista, Jackie salió de la sombra de la casa y fue tras ella. Su madre no estaba a la vista. Sólo la adormilada oveja y dos de las gallinas. Ni siquiera se veía a Bernie el Sueco por ninguna parte; posiblemente hubiera ido a buscar una Coca-cola bien fría. Era un buen momento. Era el mejor que se le hubiese presentado nunca. Y de todos modos iba a hacerlo más tarde o más temprano, eso lo tenía más que decidido.
Se agarró a la puerta trasera de la camioneta, dio un fuerte tirón y acabó cabeza abajo entre los paquetes y las cajas apilados. Debajo de él, la camioneta brincaba y saltaba. Tuvo que sujetarse bien; se agarró a unas cajas, se acurrucó y trató desesperadamente de evitar que el vehículo lo arrojara a la carretera. Poco a poco la camioneta fue tranquilizándose y la fuerza centrífuga disminuyó. Jackie exhaló un suspiro de alivio y se acomodó lo mejor que pudo.
Estaba en camino. Finalmente lo había conseguido. Iba a acompañar a la señora Berthelson en su viaje secreto semanal, la empresa clandestina de la que —según decían— sacaba pingües beneficios. Un viaje que nadie entendía, pero que él sabía, en los profundos rincones de su mente de niño, que era algo asombroso y maravilloso, algo por lo que valía la pena hacer lo que estaba haciendo.
Sólo esperaba que su abuela no decidiera revisar el cargamento durante el camino.
Con infinito cuidado, Tellman se preparó una taza de «café». Primero llevó un vaso de latón, lleno de grano tostado, al bidón de gasolina que la colonia utilizaba como recipiente mezclador. Tras echarlo allí, añadió un puñado de achicoria y algunos trozos de salvado. A pesar del temblor de sus manos mugrientas logró encender un fuego entre las cenizas y rescoldos que había debajo de la costrosa parrilla de metal. Puso encima una sartén con agua templada y buscó una cuchara.
—¿Qué haces? —preguntó su esposa desde atrás.
—Eh… —murmuró Tellman. Nerviosamente, su mirada pasó entre Gladys y la sartén—. El tonto, nada más. —Muy a su pesar, su voz cobró un fastidioso tonillo reivindicativo—. Tengo derecho a prepararme algo, ¿no? Tanto como el que más.
—Deberías estar echando una mano.
—Ya lo he hecho antes. He acarreado algo. —El enjuto hombre de mediana edad se apartó de su esposa con cierta intranquilidad. Se alisó los restos andrajosos de su mugrienta camisa blanca y retrocedió en dirección a la puerta de la choza—. Joder, hay que descansar de vez en cuando.
—Ya descansarás cuando lleguemos. —Gladys se apartó de la cara el denso cabello cobrizo. Parecía cansada—. Imagínate que todo el mundo hiciera lo mismo.
Tellman, resentido, se ruborizó.
—¿Quién trazó la trayectoria? ¿Quién ha hecho todo el trabajo de navegación?
Una sonrisa débil e irónica afloró a los labios agrietados de su esposa.
—Ya veremos cómo funcionan tus cartas de navegación —dijo—. Entonces hablaremos.
Enojado, Tellman salió de la choza al cegador sol del atardecer.
Detestaba el sol, aquel estéril fulgor blanco que nacía a las cinco de la mañana y no moría hasta las nueve de la tarde. La Gran Explosión había sublimado todo el vapor de agua de la atmósfera. El sol caía sin compasión, implacablemente, sin perdonar a nadie. Pero eran muy pocos los que quedaban para sufrirlo.
A la derecha estaba el grupo de chozas que formaba el campamento. Una ecléctica aglomeración de tablones, planchas de latón, cables, papel alquitranado y erguidos bloques de hormigón, traída a rastras desde las ruinas de San Francisco, a setenta kilómetros al oeste. Las entradas estaban cubiertas por unas tristes lonas agitadas por el viento, como protección frente a las hordas de insectos que de vez en cuando se abatían sobre el campamento. Los pájaros, enemigos naturales de los insectos, habían desaparecido. Tellman llevaba dos años sin ver uno. Y la verdad es que estaba convencido de que no vería más. Más allá del campamento empezaba la muerte eterna y negra de las cenizas, la carbonizada faz del mundo, monotonía pura y sin vida.
Habían levantado el campamento en una cuenca natural. Uno de sus costados estaba al abrigo de los restos maltrechos de lo que en su día fuera una pequeña cordillera. La onda expansiva de la detonación había arrasado las cimas; durante días, una cascada de rocas había descargado sobre el valle. Tras la aniquilación de San Francisco, los supervivientes se habían arrastrado hasta allí en busca de un lugar en el que esconderse del sol. Eso era lo peor: el sol implacable. Ni los insectos, ni las nubes de ceniza radiactiva, ni la furia blanca y cegadora de las detonaciones, sino el sol. La deshidratación y la locura provocada por la ceguera habían costado más vidas que las sustancias tóxicas de la atmósfera.
Tellman sacó un tesoro del bolsillo de la camisa: un paquete de cigarrillos. Encendió uno. Sus manos flacas, parecidas a garras, estaban temblando, por culpa en parte de la fatiga y en parte de la rabia y la tensión. Cómo detestaba el campamento… Aborrecía todo cuanto contenía, incluida su esposa. ¿Merecían que los salvaran? Él lo dudaba. La mayoría de ellos ya había sucumbido a la barbarie. ¿Qué importaba que llegara la nave? Estaba consumiendo su mente y su vida para tratar de salvarlos. Que se fueran al infierno.
Por desgracia, su salvación estaba encadenada a la de ellos.
Con las piernas agarrotadas se acercó a Barnes y Masterson, que en aquel momento estaban charlando.
—¿Qué tal? —preguntó.
—Bien —respondió Barnes—. Ya no queda mucho.
—Un cargamento más —dijo Masterson. Sus recias facciones se agitaron con inquietud—. Esperemos que nada salga mal. Llegará en cualquier momento.
Tellman aborrecía la peste a sudor y animal que despedía el cuerpo rollizo de Masterson. Su situación no era excusa para andar por ahí como un cerdo. En Venus las cosas serían diferentes. De momento, Masterson resultaba útil. Era un mecánico con experiencia, cuyos conocimientos serían de incalculable valor para mantener en buen estado la turbina y los cohetes de la nave. Pero cuando hubieran aterrizado y la hubiesen desmantelado…
Con satisfacción, Tellman reflexionó sobre el restablecimiento del orden legítimo. La jerarquía se había desmoronado entre las ruinas de las ciudades, pero volvería, tan fuerte como siempre. Por ejemplo, el caso de Flannery. No era más que un malhablado y mísero estibador irlandés, pero la carga de la nave, el trabajo más importante en aquel momento, estaba bajo su mando. Era el gallo del gallinero, por el momento…, pero las cosas cambiarían.
Tendrían que cambiar. Consolado, Tellman dejó a Barnes y Masterson para acercarse a la propia nave.
Era enorme. Sobre el morro aún se veía la identificación estarcida, que la acción de las cenizas de la atmósfera y el calor sofocante del sol no habían logrado borrar del todo.
Ejército de Estados Unidos Serie a-3 (B).
Originalmente había sido un arma de «represalia masiva», cargada con una bomba H preparada para sembrar indiscriminadamente la muerte sobre el enemigo. El proyectil no había sido disparado. Los cristales tóxicos de los soviéticos se habían deslizado silenciosamente por las ventanas y las puertas de los cuarteles del mando regional. Al llegar el día del lanzamiento, no quedaba personal con vida. Pero no importaba: tampoco había enemigo. El cohete había permanecido durante meses sobre sus patas traseras…, y así seguía cuando los primeros refugiados llegaron al resguardo de las montañas.
—Es bonito, ¿verdad? —dijo Patricia Shelby. Dejó de trabajar un momento y le sonrió a Tellman con los ojos cansados. Su pequeño y bonito rostro estaba ojeroso y arrugado por la fatiga—. Se parece un poco al trilon de la Exposición Universal de Nueva York.
—Dios mío —dijo Tellman—. No me digas que tú te acuerdas de eso.
—Yo tenía solo ocho años —respondió Patricia. A la sombra de la nave, estaba revisando cuidadosamente los relés automáticos que mantendrían los niveles de aire, temperatura y humedad del interior—. Pero nunca lo olvidaré. Puede que fuera una premonición, pero cuando lo vi ahí supe que algún día significaría mucho para todo el mundo.
—Para nosotros veinte —la corrigió Tellman. En un gesto inesperado le ofreció lo que le quedaba del pitillo—. Toma. Tienes pinta de necesitarlo.
—Gracias. —Patricia continuó trabajando con el cigarrillo entre los labios—. Casi he terminado. Tío, algunos de esos relés son pequeñísimos. Piénsalo. —Levantó una minúscula oblea de plástico transparente—. Mientras estemos ahí arriba esto representará la diferencia entre la vida y la muerte. —Una expresión extraña y admirada asomó a sus profundos y oscuros ojos—. Para la raza humana.
Tellman se rió a carcajadas.
—Flannery y tú siempre con vuestro idealismo.
El profesor John Crowley, antiguo jefe del departamento de Historia de Stanford y ahora líder nominal de la colonia, sentado en compañía de Flannery y Jean Dobbs, examinaba el brazo supurante de un niño de diez años.
—Radiación —dijo categóricamente—. El nivel general sube un poco cada día que pasa. La culpa es del asentamiento de las cenizas. Si no nos vamos pronto, estamos acabados.
—No es radiación —lo corrigió Flannery con total seguridad—. Es envenenamiento por cristales tóxicos. En las colinas hay una capa que llega hasta las rodillas. El crío ha estado jugando ahí.
—¿Es eso cierto? —preguntó Jean Dobbs con voz autoritaria. El niño asintió sin atreverse a mirarla—. Tienes razón —le dijo a Flannery.
—Ponle un poco de pomada —dijo éste—. Y reza para que sobreviva. Aparte del sulfatiazol no nos queda gran cosa. —Repentinamente tenso, echó una ojeada a su reloj—. A menos que hoy venga la penicilina.
—Si no la trae hoy —dijo Crowley—, no la traerá nunca. Es el último cargamento. En cuanto lo subamos a la nave, despegamos.
Flannery se frotó las manos y, alzando la voz de pronto, exclamó:
—¡Pues entonces saca el dinero!
Crowley sonrió.
—Tienes razón. —Rebuscó en una de las taquillas de metal y sacó varios fajos de billetes. Le acercó uno de ellos a Tellman y lo desplegó como un abanico delante de sus narices.
—Toma. Lleva una parte.
—Ten cuidado con eso —respondió Tellman con nerviosismo—. Probablemente vuelva a subirnos los precios.
—Tenemos de sobra. —Flannery tomó parte del dinero y lo metió en una caja medio llena que iban a llevar a la nave—. Hay dinero flotando por todo el mundo, entre las cenizas y el hueso pulverizado. En Venus no nos hará falta. Por mí, como si quiere quedárselo todo.
En Venus, pensó Tellman, todo volvería a su orden legítimo y Flannery volvería a limpiar alcantarillas, como le correspondía.
—¿Qué nos va a traer? —preguntó a Crowley y a Jean Dobbs, ignorando deliberadamente a Flannery—. ¿Qué contenía el último cargamento?
—Tebeos —dijo Flannery con aire soñador mientras se limpiaba el sudor de su despejada frente. Era un hombre delgado, alto y moreno—. Y armónicas.
Crowley le guiñó un ojo.
—Una idea de Uke, para que podamos pasar el día tumbados en nuestras hamacas, tocando Someone’s in the Kitchen with Dinah.
—Y varillas para agitar cócteles —le recordó Flannery—. Para que no nos molesten las burbujas del champán de reserva del 38.
—¡Degenerados! —estalló Tellman.
Crowley y Flannery rompieron a reír y Tellman se alejó, enfurecido por aquella nueva humillación. ¿Qué clase de cretinos y lunáticos eran? Haciendo bromas en un momento así… Lanzó una mirada miserable, casi acusatoria, a la nave. ¿Así iba a ser el mundo que pensaban fundar?
Bajo la implacable luz del sol, la enorme nave resplandecía. Un enorme y erecto tubo de aleación y fibras metálicas protectoras que se levantaba sobre la aglomeración de desvencijadas chabolas. Un cargamento más y partirían. Una visita más de su único proveedor, el pobre goteo de mercancías no contaminadas que suponían para ellos la diferencia entre la vida y la muerte.
Tras elevar una oración pidiendo que nada saliera mal, Tellman volvió a su choza a esperar la llegada de la señora Edna Berthelson y su vieja camioneta roja. El frágil cordón umbilical que los conectaba con el opulento e intacto pasado.
A ambos lados de la carretera había frondosos campos de albaricoqueros. Las abejas y las moscas revoloteaban perezosamente entre las frutas medio podridas que salpicaban el suelo; de vez en cuando aparecía un puesto junto al arcén, regentado por un niño adormilado. Al final de los caminos particulares había Buicks y Oldmobiles aparcados. De vez en cuando se veía un perro campestre. En una intersección había una taberna con un cartel de neón parpadeante, fantasmalmente pálido a la luz del mediodía.
La señora Edna Berthelson dirigió una mirada llena de hostilidad a la taberna y los coches aparcados a su alrededor. La gente de la ciudad que estaba instalándose en el valle talaba los viejos robles y los frutales más antiguos, levantaba casitas de campo, salía en pleno día a tomarse un whisky sour y luego se marchaba tan tranquila. Circulando a más de ciento diez en sus aerodinámicos Chryslers. De repente, una columna de coches que se había formado detrás de su camioneta la adelantó de un tirón. Ella les dejó hacer con el rostro pétreo, indiferente. Así les lucía el pelo. Si hubiera andado con tanta prisa nunca habría tenido tiempo de reparar en el extraño poder que había descubierto durante sus solitarios e introspectivos paseos; nunca habría descubierto que podía mirar «más allá», nunca habría localizado el agujero en el espacio-tiempo que le permitía vender su mercancía a un precio tan exorbitante. Que corrieran, que corrieran. El pesado cargamento que llevaba en la camioneta saltaba al ritmo de su avance. El motor resoplaba. Junto a la ventanilla trasera zumbaba una mosca medio muerta.
Jackie, tendido entre los cartones y las cajas, disfrutaba del viaje, absorto en la contemplación complaciente de los albaricoqueros y los coches. Recortado contra el cielo caluroso se alzaba el monte Diablo, azul y blanco, una mole de roca fría. Sobre el pico flotaba una neblina; el monte Diablo alcanzaba gran altura. Le hizo una mueca a un perro que, a un lado de la carretera, aguardaba con indolencia la ocasión para cruzar. Saludó con la mano a un obrero de la Pacific Telephone, que devanaba hilo de cobre de una enorme bobina.
De repente, la camioneta abandonó la estatal y continuó por una carretera comarcal de firme negro. Los vehículos eran menos numerosos. La camioneta empezó a ascender. Los ricos campos de frutales quedaron atrás y fueron reemplazados por extensiones yermas de color pardo. A la derecha se alzaba una granja vieja y destartalada; la observó con interés preguntándose cuántos años tendría. Después de que desapareciera no volvió a ver ninguna estructura levantada por la mano del hombre. Los campos estaban en un estado de total abandono. De vez en cuando se veían los restos de alguna valla; carteles rotos, ilegibles. Estaban aproximándose a la base del monte Diablo. Por allí nunca pasaba casi nadie.
De forma vaga, el niño se preguntó por qué habrían tomado aquel camino. Allí no vivía un alma. Finalmente, los campos desaparecieron y no quedó otra cosa que hierba y matorrales, una campiña salvaje frente a la empinada ladera de la montaña. Un conejo cruzó a rápidos saltos la carretera medio abandonada. Lomas onduladas, una amplia extensión de árboles y rocas… Allí lo único que había era una torre de vigilancia contra incendios y puede que un depósito de agua.
Y un merendero viejo, de propiedad estatal, ahora abandonado.
El niño tuvo un instante de miedo. En aquel paraje no vivía ningún cliente. Él había supuesto que la camioneta roja se dirigiría a San Francisco, Oakland o Berkeley, una ciudad donde podría dar una vuelta y ver montones de cosas interesantes. Pero allí no había nada, sólo un vacío abandonado, silencioso y opresor. A la sombra de la montaña el aire era frío. De repente se arrepintió de haber ido.
La señora Berthelson frenó y redujo la marcha ruidosamente. Con un rugido y un explosivo eructo de gases, la camioneta empezó a ascender por un camino empinado, entre rocas cinceladas de caras ominosas y cortantes. A lo lejos sonó el agudo gorjeo de un ave. Jackie oyó con consternación cómo se iban perdiendo los ecos de aquel sonido y se preguntó cómo podría llamar la atención de su abuela. Delante iría mucho mejor, en la cabina. Mucho mejor…
Y entonces se fijó. Al principio no quiso creerlo…, pero no tuvo más remedio.
La camioneta estaba esfumándose bajo sus pies.
Lo hacía de manera lenta, casi imperceptible, pero a cada momento que pasaba, su forma estaba más y más borrosa; sus oxidados costados se volvieron grises, y luego transparentes. La carretera negra apareció debajo. Invadido por un pánico violento, el niño se aferró a las cajas. Sus manos las atravesaron. Marchaba precariamente sobre un mar de formas borrosas, entre fantasmas medio invisibles.
La camioneta tropezó con un bache y la sacudida hizo descender el cuerpo del niño unos centímetros. De repente, de manera horrible, se encontró suspendido justo encima del tubo de escape. Desesperado, trató de agarrarse a las cajas que tenía justo encima.
—¡Socorro! —gritó. El eco de su propia voz se alzó a su alrededor; era el único sonido claro… Hasta el rugido del motor estaba esfumándose. Por un instante permaneció así, aferrado a la forma cada vez más borrosa del camión. Entonces, suave, gradualmente, la imagen terminó de esfumarse y, con un terrible crujido, el muchacho se precipitó sobre la carretera.
La inercia lo lanzó dando tumbos contra los matorrales resecos que había más allá de la cuneta. Aturdido, paralizado por la incredulidad y el miedo, permaneció allí con la respiración entrecortada, haciendo débiles esfuerzos por levantarse. Sólo había silencio; el camión y la señora Berthelson habían desaparecido. Estaba totalmente solo. Cerró los ojos y se quedó tendido, embargado por un terror paralizante.
Algún tiempo más tarde, puede que no mucho, lo despertó el chirrido de unos frenos. Una camioneta de los servicios estatales de mantenimiento, sucia y naranja, había parado bruscamente. Dos hombres con monos caqui bajaron y corrieron hacia él.
—¿Qué ocurre? —le gritó uno de ellos. Lo ayudaron a levantarse con expresiones serias, alarmadas—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Me he caído —murmuró él—. De la camioneta.
—¿Qué camioneta? —inquirió uno de ellos—. ¿Y cómo te has caído?
No podía contárselo. Lo único que sabía era que la señora Berthelson había desaparecido. Así que, al final, tampoco lo había conseguido. Una vez más, ella se había ido sola en su viaje. Nunca sabría adonde; nunca averiguaría quiénes eran sus clientes.
La señora Berthelson, con las manos firmemente agarradas al volante, era consciente de que la transición había tenido lugar. De manera vaga percibía que los campos ondulados y marrones, las rocas y los matorrales verdes habían desaparecido. La primera vez que había pasado «más allá» se había encontrado de repente con que su camioneta se encontraba en medio de un mar de cenizas negras. Estaba tan emocionada por su descubrimiento que aquel día se había olvidado de estudiar cómo eran las condiciones más allá del agujero. Había comprendido al instante que tenía que haber clientes allí, y había corrido en su busca sin pensar, para ser la primera en encontrarlos. Esbozó una sonrisa complaciente. No tendría por qué haberlo hecho. Allí no había competencia. De hecho, los clientes estaban tan deseosos de tratar con ella que habían hecho todo cuanto habían podido por facilitarle las cosas.
Habían construido una especie de tosca carretera en medio de la ceniza, una plataforma de madera por la que avanzaba ahora la camioneta. Con el tiempo había aprendido a identificar el momento exacto en el que pasaba «más allá»; era justo cuando la camioneta cruzaba una zanja de drenaje, medio kilómetro después de entrar en el parque estatal. Allí, «más allá», la zanja existía también…, sólo que apenas quedaba nada de ella, apenas un montón de piedras rotas. Y la carretera estaba totalmente sepultada. Bajo las ruedas de la camioneta, los toscos tablones se abombaban y crujían violentamente al pasar sobre ellos. Si tenía un pinchazo sería un problema…, pero seguro que alguno de ellos podía repararlo. Siempre estaban trabajando. Una tarea más no les importaría. En ese momento los vio: junto al final de la plataforma de madera, esperándola con impaciencia. Más allá de ellos, el caos de sus toscas y apestosas chozas, y detrás, su nave.
Su nave la preocupaba. Sabía lo que era: propiedad del ejército robada. Su mano huesuda se posó rígida sobre el cambio, dejó la camioneta en punto muerto y pisó el freno hasta detenerse. Mientras los hombres se acercaban puso el freno de mano.
—Buenas tardes —murmuró el profesor Crowley, con sus ojos penetrantes e inquisitivos clavados en la parte trasera de la camioneta.
La señora Berthelson musitó una respuesta de compromiso. No le gustaban. Eran hombres mugrientos, que apestaban a sudor y miedo, con el cuerpo y la ropa cubiertos de porquería y revestidos de una capa de desesperación que nunca parecía abandonarlos. Como niños fascinados y miserables se congregaron alrededor del camión y empezaron a toquetear las cajas con patente esperanza. Algunos, incluso, tuvieron el atrevimiento de empezar a descargarlas sobre la tierra ennegrecida.
—Eh, un momento —les dijo con tono cortante—. Dejen eso.
Las manos se apartaron de las cajas como si se hubieran quemado. La señora Berthelson bajó de la camioneta con aire severo, cogió el inventario y se acercó a Crowley.
—Esperen un poco —le dijo—. Hay que comprobarlo todo.
Crowley asintió, miró a Masterson de soslayo, se pasó la lengua por los labios resecos y esperó. Todos esperaron. Siempre era así; ellos lo sabían, ella también y tendrían que atenerse a sus reglas si querían la mercancía. Y si se quedaban sin ella, sin la comida, las medicinas, la ropa, los instrumentos y las materias primas, nunca podrían partir en su nave.
En su mundo, en el «más allá», no existían todas esas cosas. O, al menos, ellos no podían utilizarlas. Una sola mirada le había bastado para darse cuenta de ello; la devastación estaba a la vista. No habían cuidado de su mundo. Lo habían echado a perder y ahora no era más que un montón de cenizas negras. Bueno, no era asunto de ella.
Nunca le había interesado demasiado la relación entre sus dos mundos. A ella le bastaba con saber que existían y era posible pasar de uno a otro. Y que era la única que sabía cómo. La gente de aquel mundo, de aquel grupo, había intentado volver con ella varias veces. Nunca lo habían conseguido. Cuando hacía la transición se quedaban atrás. Era su poder, su facultad. Y no se podía compartir…, cosa de la que se alegraba. Para alguien en aquel negocio era una facultad realmente valiosa.
—Muy bien —dijo con voz seca. Sin quitarles un ojo de encima, fue marcando cada caja en su albarán a medida que la descargaban. Su rutina tenía que ser exacta y segura; formaba parte de su vida. Desde que tenía uso de memoria, siempre había hecho los negocios de aquel modo. Su padre le había enseñado a vivir en un mundo de negocios, y ella había aprendido sus estrictos principios y reglas. Ahora se limitaba a seguirlos.
Flannery y Patricia Shelby aguardaban a un lado, juntos. Flannery tenía el dinero para pagar la mercancía.
—Bueno —dijo en voz baja—. Ya podemos decirle que se vaya al infierno.
—¿Estás seguro? —preguntó Patricia con nerviosismo.
—Ese es el último cargamento. —Flannery esbozó una sonrisa lúgubre mientras se pasaba una mano temblorosa por el ralo cabello—. Ya podemos partir. Con lo que nos ha traído tendremos la nave cargada hasta los topes. Hasta podríamos comernos parte de eso ahora mismo. —Señaló una caja de cartón repleta de comestibles—. Bacón, huevos, leche, café de verdad… Quizá no deberíamos congelarlo. Quizá deberíamos celebrar un festín para celebrar la partida.
—Sería estupendo —dijo Pat con tono nostálgico—. Hace mucho que no hemos comido bien.
Masterson se acercó a ellos.
—¿Por qué no la matamos y la hervimos en una cacerola bien grande? Maldita bruja… Seguro que sale un buen caldo.
—Mejor en el horno —propuso Flannery—. Con un poco de pan de jengibre, para llevárnosla con nosotros.
—Preferiría que no hablarais así —dijo Pat con aprensión—. Es tan… O sea, puede que sí, que sea una bruja. Es decir, puede que así sean las brujas, señoras mayores con extraños poderes… Como ella, que es capaz de saltar en el tiempo.
—Por suerte para nosotros —dijo Masterson sucintamente.
—Pero ella no lo entiende, ¿verdad? ¿Sabe lo que está haciendo? ¿Sabe que podría salvarnos a todos si compartiera su poder? ¿Sabe lo que le ha pasado a nuestro mundo?
Flannery reflexionó.
—Probablemente no lo sepa…, ni le importe. Su mente es todo negocio y beneficio… Nos cobra precios exorbitantes y saca un margen increíble vendiéndonos su mercancía. Pero lo más gracioso es que el dinero no significa nada para nosotros. Si entendiera de verdad lo que ha pasado, se daría cuenta de eso. En este mundo no es más que papel. Pero ella está atrapada en su miserable rutina. Negocios, beneficios. —Sacudió la cabeza—. Una mente como ésa, una mente miserable, pequeña como una mosca…, y es la que posee ese increíble poder.
—Pero ella ve —insistió Pat—. Puede ver las cenizas, las ruinas. ¿Cómo es posible que no se dé cuenta?
Flannery se encogió de hombros.
—Probablemente no lo relacione con su propia vida. A fin de cuentas, estará muerta dentro de un par de años. No llegará a ver la guerra. Sólo nos ve de este modo, como una región que puede visitar. Una especie de documental sobre tierras extrañas. Ella puede entrar y salir…, pero nosotros estamos atrapados aquí. Joder, tiene que dar una seguridad increíble eso de poder salir de un mundo y entrar en otro. Dios, lo que daría por poder volver con ella.
—Ya lo hemos intentado —señaló Masterson—. Esa sabandija de Tellman lo intentó. Y volvió caminando, cubierto de cenizas. Dijo que el camión desapareció.
—Pues claro —repuso Flannery con voz templada—. Regresó a Walnut Creek. A 1965.
Habían terminado de descargar. Los habitantes de la colonia estaban llevando las cajas ladera abajo, hacia la zona de carga, junto a la nave. La señora Berthelson se acercó a Flannery, acompañada por Crowley.
—Aquí está el inventario —dijo enérgicamente—. Algunas cosas no he podido encontrarlas. Ya saben que no guardo toda la mercancía en mi almacén. La mayor parte he tenido que pedirla.
—Lo sabemos —dijo Flannery, fríamente divertido. Sería gracioso ver una tienda de comestibles del campo llena de microscopios, tornos, antibióticos congelados, radiotransmisores de alta frecuencia y manuales avanzados de toda clase de materias.
—Por eso tengo que cobrarles un poco más —continuó, prolongando la inflexible rutina del saqueo—. De las mercancías que he traído… —Examinó su inventario y luego devolvió las diez hojas escritas a máquina que Crowley le había entregado en su anterior visita—. Algunos de estos artículos no estaban disponibles. He vuelto a pedirlos. Los metales de los laboratorios de la Costa Este…, dicen que tal vez más adelante. —Una mirada astuta cruzó los ojos viejos y grises—. Y serán muy caros.
—Da igual —dijo Flannery mientras le entregaba el dinero—. Puede cancelar todas las órdenes.
En un primer momento el rostro de la anciana no experimentó cambio alguno. Como mucho, una vaga incapacidad para entender.
—No habrá más envíos —le explicó Crowley. Fue como si una especie de tensión los hubiera abandonado; por primera vez no le tenían miedo. Su antigua relación había caducado. Ya no dependían de aquella camioneta oxidada. Tenían su nave cargada; estaban preparados para marcharse.
—Nos marchamos —dijo Flannery con una sonrisa glacial—. La nave está cargada.
Finalmente, la anciana lo entendió.
—Pero he pedido todas esas cosas. —Su voz era débil, desolada. Carente de toda emoción—. Me las van a enviar. Tendré que pagarlas.
—Bueno —dijo Flannery en voz baja—. Pues qué pena, ¿no?
Crowley le lanzó una mirada llena de reproche.
—Lo siento —le dijo a la anciana—. No podemos quedarnos. La temperatura está subiendo. Tenemos que despegar ya.
En el rostro marchito de la anciana la consternación cedió paso a una cólera creciente.
—¡Ustedes encargaron esas cosas! ¡Tienen que llevárselas! —Su aguda voz ascendió hasta convertirse en un chirrido de furia—. ¿Qué quieren que haga yo con ellas?
Al ver que Flannery preparaba una respuesta ácida, Pat Shelby intervino:
—Señora Berthelson —dijo con voz calmada—, ha hecho usted mucho por nosotros, aunque no haya podido llevarnos al otro lado del agujero en el tiempo. Y le estamos muy agradecidos. De no ser por usted, no habríamos podido reunir todo lo que necesitábamos. Pero tenemos que irnos, de verdad. —Alargó el brazo para tocar su frágil hombro, pero la anciana se apartó violentamente de ella—. O sea —terminó con torpeza—, no podemos quedarnos más, lo queramos o no. ¿Ve usted toda esa ceniza negra? Es radiactiva y cada vez hay más en la superficie. Los niveles de toxicidad están subiendo… Si nos quedamos, empezaremos a morir.
La señora Berthelson permaneció en el sitio, con el inventario aferrado entre los dedos. Había en su rostro una expresión que ninguno de ellos había visto jamás. El violento espasmo de cólera se había esfumado. Ahora sólo quedaba una mirada gélida sobre las viejas facciones. Sus ojos eran como sendas rocas grises, totalmente desprovistos de sentimiento.
Flannery no se dejó impresionar.
—Aquí tiene lo suyo —dijo mientras le entregaba el fajo de billetes—. ¿Qué diablos…? —Se volvió hacia Crowley—. Vamos a darle el resto. Yo digo que se lo metamos por la garganta.
—Cierra el pico —le espetó Crowley.
Flannery se apartó con expresión resentida.
—¿Me hablas a mí?
—Ya basta. —Crowley, preocupado y tenso, trató de hablar con la anciana—. Por Dios, no esperaría que nos quedáramos para siempre, ¿verdad?
No hubo respuesta. Entonces, de improviso, la anciana se volvió y subió de nuevo a su camioneta.
Masterson y Crowley intercambiaron una mirada de intranquilidad.
—Está loca —dijo el primero con aprensión.
Tellman llegó en ese momento. Miró un instante cómo subía la anciana a su camioneta y luego se agachó para abrir una de las cajas de comestibles.
—Café. Siete kilos. ¿Podemos abrir un poco? ¿Una lata, para celebrarlo?
—Claro —dijo Crowley con tono monocorde, sin despegar la mirada de la camioneta. Con un rugido amortiguado, el vehículo giró describiendo un amplio arco y se alejó por la tosca plataforma de madera en dirección a las cenizas. Salió a la negra llanura, se deslizó por ella un corto trecho y finalmente desapareció. En el lugar donde había estado no quedó más que la yerma y negra llanura batida por el sol.
—¡Café! —exclamó un regocijado Tellman. Lanzó la lata al aire y volvió a atraparla—. ¡Una fiesta! ¡Nuestra última comida en la Tierra!
Tenía razón.
Mientras la camioneta roja avanzaba por la carretera, la señora Berthelson escudriñó el «más allá» y vio que los hombres estaban diciendo la verdad. Sus finos labios se arrugaron. Sintió el ácido regusto de la bilis en la boca. Había dado por hecho que seguirían comprándole siempre: no había competencia, ni proveedores, aparte de ella. Pero iban a marcharse. Y cuando lo hicieran, desaparecería el mercado.
Nunca encontraría un mercado tan satisfactorio. Era un mercado perfecto. El grupo era el cliente perfecto. En la caja que escondía en la trastienda, oculta tras la reserva de sacos de grano, había casi doscientos cincuenta mil dólares. Una fortuna amasada a lo largo de los últimos meses, pagada por aquella colonia prisionera, a cambio de poder construir su nave.
Y ella lo había hecho posible. Ella era la responsable de que pudieran marcharse. Por culpa de su miopía, ahora iban a escaparse.
Mientras regresaba a la ciudad lo meditó tranquila, racionalmente. Era culpa suya, totalmente suya: sólo ella tenía el poder de proporcionarles lo que deseaban. Sin ella, estaban impotentes.
Invadida por una nueva esperanza, empezó a mirar a su alrededor, de acá para allá, con su sentido interior, en busca de los diferentes «más allá». Había más de uno, claro. Los «más allá» eran como un damero, como una intrincada red de mundos en la que podía entrar si se lo proponía. Pero ninguno de ellos tenía lo que quería.
Todos mostraban yermas llanuras de ceniza negra, sin el menor rastro de vida humana. Carecían de lo que quería: no tenían clientes.
El patrón de «más allás» era complejo. Las secuencias se conectaban entre sí como las cuentas de un collar; había cadenas de «más allás» que formaban eslabones interconectados. Un paso llevaba al siguiente…, pero no a otras cadenas.
Cuidadosamente, con gran precisión, inició la tarea de rebuscar en cada una de las cadenas. Había muchísimas…, una infinidad de «más allás» potenciales. Y ella tenía el poder de seleccionar; había entrado en aquélla, en la cadena concreta en la que la mísera colonia se afanaba para construir su nave. Al hacer su entrada la había manifestado. La había cristalizado en la realidad. Había sondeado las aguas de las múltiples posibilidades y había sacado precisamente aquélla a la superficie.
Ahora tenía que sacar otra. Aquel «más allá» concreto no había resultado satisfactorio. El mercado se había agotado.
La camioneta estaba entrando ya en la apacible ciudad de Walnut Creek, entre las tiendas, las casas y los supermercados iluminados, cuando al fin la encontró. Eran tantas y su mente era tan vieja… Pero ya la había encontrado. Y en cuanto la vio, supo que era ella. Su innato sentido de los negocios lo certificó; aquel «más allá» hizo sonar un clic en su cabeza.
Entre todas las posibilidades, aquélla era única. La nave estaba bien construida y suficientemente probada. En un «más allá» tras otro se levantaba del suelo, titubeaba un instante al activarse la maquinaria automática y al fin, con una detonación de los motores, abandonaba la atmósfera y salía catapultada hasta el lucero del alba. En otros, secuencias fracasadas, la nave explotaba y se transformaba en una lluvia de fragmentos al rojo blanco. Estos los ignoró; no le servían.
En algunos «más allás», unos pocos, la nave no llegaba a despegar. Las turbinas fallaban, los motores se apagaban…, y la nave se quedaba en el sitio. Pero entonces los hombres salían de ella y empezaban a revisar las turbinas en busca del problema. Así que tampoco le servían. En segmentos posteriores de la cadena, en eslabones más tardíos, se reparaban los daños y el lanzamiento se completaba de manera satisfactoria.
Pero una de las cadenas era justo lo que necesitaba. Cada elemento, cada eslabón, se encadenaba perfectamente a los demás. Las puertas hidráulicas se cerraban y la nave quedaba sellada. Las turbinas se encendían y la nave, con un estremecimiento, se elevaba en medio de la llanura de cenizas negras. A cinco kilómetros de altitud, los cohetes de cola se soltaban accidentalmente. La nave vacilaba un instante en el aire y luego caía a plomo hacia la Tierra. Los tripulantes activaban frenéticamente los cohetes de aterrizaje de emergencia, diseñados para encenderse en Venus. La nave reducía la velocidad de su descenso, permanecía suspendida en el aire un agónico instante y, finalmente, se desplomaba sobre el montón de escombros que en su día había sido el monte Diablo. Allí se quedaban sus restos, planchas de metal retorcidas, envueltos en humo en medio de un tétrico silencio.
De su interior salían los hombres, aturdidos y mudos, para inspeccionar los daños. Para emprender la miserable y fútil tarea de empezar de nuevo. De reunir suministros, de reparar el cohete… La anciana sonrió para sus adentros.
Esa era la que quería. Le serviría a las mil maravillas. Y lo único que tenía que hacer —una simple minucia— era elegir aquella secuencia cuando hiciera el próximo tránsito. En su próximo viaje de negocios, el sábado siguiente.
Crowley, medio enterrado en la ceniza negra, se tocó débilmente el profundo corte de la mejilla. Se había roto un diente y le dolía. Un reguero de densa sangre, el salado y caliente sabor de sus fluidos corporales que se escapaban de su cuerpo sin que pudiera impedirlo, goteaba sobre su boca. Trató de mover la pierna, pero no sintió nada. Estaba rota. Su mente estaba demasiado aturdida, demasiado embargada de desesperación para comprender.
En algún lugar, Flannery se movía en medio de la oscuridad. Una mujer gemía. Entre las rocas y las secciones abolladas de la nave yacían los heridos y los agonizantes. Una figura se levantó, tropezó y volvió a caer. Alguien encendió una luz artificial. Era Tellman, avanzando entre los restos destrozados de su mundo. Sus dedos palparon a Crowley; las gafas le colgaban de una oreja y le faltaba parte de la mandíbula inferior. De repente cayó de bruces sobre un humeante montón de provisiones. Su flaco cuerpo temblaba sin remedio.
Crowley logró ponerse de rodillas. Masterson, inclinado sobre él, repetía algo una vez tras otra.
—Estoy bien —dijo Crowley con voz ronca.
—Hemos caído. Algo ha fallado.
—Lo sé.
En el rostro destrozado de Masterson empezaban a brillar los primeros atisbos de la histeria.
—¿Tú crees…?
—No —murmuró Crowley—. No es posible.
Masterson soltó una risilla. Unas lágrimas horadaron la mugre que cubría sus mejillas. Las gotas de densa humedad resbalaron por su garganta hasta desembocar en su cuello manchado.
—Ha sido ella. Lo ha hecho. Quiere que nos quedemos aquí.
—No —repitió Crowley. Expulsó el pensamiento de su mente. No podía ser. Simplemente, no podía ser—. Lo conseguiremos —dijo—. Reuniremos los restos… Empezaremos de cero.
—Volverá —balbuceó Masterson—. Sabe que estaremos aquí, esperándola. ¡Somos sus clientes!
—No —dijo Crowley. No lo creía. Se obligó a no creerlo—. Lo conseguiremos. ¡Tenemos que conseguirlo!
NOTA:
Mercado cautivo «Captive Market» [18 de octubre de 1954], en If, abril 1955.

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