Soy Humphrys —dijo el psicoanalista—, el hombre al que ha venido a ver. —Había miedo y hostilidad en la cara del paciente, así que Humphrys añadió—: Puedo contarle un chiste sobre psicoanalistas. ¿Eso le haría sentir mejor? O también podría recordarle que es la Seguridad Social quien paga mi minuta. O citar el caso del psicoanalista Y, que se suicidó el año pasado, incapaz de soportar la ansiedad provocada por un fraude en el impuesto sobre la renta.
El paciente sonrió de mala gana.
—Ya lo he oído. Así que los psicólogos son falibles. —Se puso en pie y extendió la mano—. Me llamo Paul Sharp. Mi secretaria concertó la cita. Tengo un pequeño problema. Nada importante, pero quisiera resolverlo.
La expresión de su cara revelaba que el problema no tenía nada de pequeño y que, si no lo resolvía, posiblemente acabara por destruirlo.
—Pase —dijo Humphrys con tono afable, abriendo la puerta de su despacho—. Sentémonos.
Sharp se dejó caer sobre una blanda y cómoda silla, y estiró las piernas.
—No hay diván —señaló.
—Los divanes desaparecieron en los años ochenta —respondió Humphrys—. Los psicoanalistas de la época posbélica sentían la suficiente confianza como para enfrentarse a sus pacientes en pie de igualdad. —Le ofreció un paquete de cigarrillos a Sharp y se encendió uno él mismo—. Su secretaria no me dio ningún detalle. Sólo dijo que quería usted una cita.
—¿Puedo hablar con toda franqueza? —preguntó Sharp.
—Estoy sometido al secreto profesional —dijo Humphrys con cierto orgullo—. Si cualquier cosa que me cuente llegara a oídos de las organizaciones reguladoras, tendría que pagar unos diez mil dólares de plata del Bloque Occidental. En metálico, nada de papel.
—Con eso me basta —dijo Sharp, y empezó con su historia—: Soy economista. Trabajo para el departamento de Agricultura, división de Recuperación. Me dedico a rebuscar en los cráteres de las bombas H en busca de cualquier cosa que merezca la pena reconstruir. —Se corrigió—. De hecho, lo que hago es analizar informes sobre los cráteres y elevar recomendaciones. La recuperación de las tierras de labranza de los alrededores de Sacramento y del anillo industrial de Los Angeles fue recomendación mía.
A su pesar, Humphrys se sintió impresionado. El hombre que tenía delante formaba parte del nivel del gobierno en el que se planificaba la política. La constatación de que Sharp, como cualquier otro ciudadano con un problema de ansiedad, había acudido a los servicios psicológicos para recibir terapia, le provocó una sensación extraña.
—La recuperación de Sacramento benefició mucho a mi cuñada —comentó Humphrys—. Tenía una pequeña plantación de nogales. El gobierno retiró las cenizas, reconstruyó la casa y los edificios de la explotación, e incluso le dio varias docenas de árboles nuevos. Salvo por la lesión de la pierna, está tan bien como antes de la guerra.
—Estamos muy satisfechos con el proyecto de Sacramento —dijo Sharp. Había empezado a sudar; varios regueros de transpiración cruzaban su suave y pálida frente, y la mano que sujetaba el cigarrillo estaba temblando—. El norte de California me interesa personalmente. Nací allí, alrededor de Petaluma, donde antes se producían huevos de gallina a millones… —Su voz se apagó bruscamente—. Humphrys —murmuró—, ¿qué puedo hacer?
—Para empezar —dijo el psicólogo—, darme más información.
—Tengo… —Sharp esbozó una sonrisa inane—. Tengo una especie de alucinación. Hace años, pero últimamente está empeorando. He tratado de ignorarla, pero —hizo un ademán— no hace más que volver, más intensa, más grande y cada vez con más frecuencia.
Junto a la mesa de Humphrys, las grabadoras de audio y vídeo estaban registrando discretamente la escena.
—Cuénteme cómo es esa alucinación —pidió—. Tal vez así pueda decirle a qué se debe.
Estaba cansado. Sentado en la intimidad de su salón, examinaba una serie de informes sobre mutaciones de zanahorias. Una variedad, idéntica a primera vista a la normal, estaba mandando a ciudadanos de Oregón y Mississippi al hospital, con convulsiones, fiebre y ceguera parcial. ¿Por qué precisamente Oregón y Mississippi? El informe venía acompañado de varias fotografías de la mutación. En efecto, parecían zanahorias normales. Y también había un exhaustivo análisis del agente tóxico y unas recomendaciones sobre el antídoto.
Cansado, Sharp dejó el informe a un lado y cogió el siguiente.
Según éste, la famosa rata de Detroit había empezado a aparecer en los asentamientos agrícolas e industriales que habían reemplazado las destruidas ciudades de Saint Louis y Chicago. La rata de Detroit… En una ocasión había visto una. Tres años antes. Al entrar en casa, una noche, había notado que algo se escabullía en la oscuridad. Armado con un martillo, había apartado muebles hasta encontrarla. La rata, enorme y grisácea, estaba tejiendo una tela entre dos paredes. Al verlo se le echó encima, pero él la mató de un martillazo. Una rata que tejía telas…
Llamó a un exterminador oficial e informó sobre el incidente.
El gobierno había organizado una agencia de talentos especiales para utilizar las paracapacidades de los mutantes que la guerra había creado en las regiones saturadas de radiación. Pero, reflexionó Sharp, la agencia estaba equipada únicamente para encargarse de los mutantes humanos, con las habilidades telepáticas, paracinéticas y de otros tipos que solían manifestar. Tendría que haber otra agencia de talentos especiales para las verduras y los roedores.
Detrás de su silla sonó un ruido amortiguado. Sharp se revolvió y se encontró cara a cara con un hombre alto y delgado que llevaba una gabardina raída y estaba fumando un cigarrillo.
—¿Te he asustado? —preguntó Giller, antes de soltar una risilla—. Caray, Paul. Pareces a punto de desmayarte.
—Estaba trabajando —dijo Sharp, un poco a la defensiva, una vez que recuperó parcialmente la calma.
—Ya veo —respondió Giller.
—Y pensando en ratas. —Sharp dejó los informes a un lado—. ¿Cómo has entrado?
—Te dejas la puerta abierta. —Giller se quitó la gabardina y la arrojó sobre el sofá—. Es cierto. Mataste a una rata de Detroit. Aquí mismo, en este cuarto. —Su mirada recorrió el pulcro y austero salón—. ¿Son letales?
—Depende de dónde te muerdan. —Fue a la cocina y sacó dos cervezas de la nevera—. No deberían desperdiciar cereales fabricando esto…, pero mientras sigan haciéndolo, sería una pena no bebérselo.
Giller aceptó su cerveza con avidez.
—Imagino que será estupendo ser un tipo importante y tener lujos como éstos. —Sus pequeños y oscuros ojillos merodearon por toda la cocina—. Horno propio, nevera propia… —Chasqueó con la lengua y añadió—: Y cerveza. Llevaba sin probarla desde agosto.
—Sobrevivirás —dijo Sharp sin la menor compasión—. ¿Es una visita de negocios? Si es así, ve al grano. Tengo muchísimo trabajo.
—Sólo quería saludar a otro petalumano —respondió Giller.
Sharp se encogió por dentro y, tras un instante, dijo:
—Suena a compuesto sintético.
El chiste no pareció hacerle gracia a Giller.
—¿Te avergüenza venir de la zona que antes…?
—Lo sé. La capital mundial de los huevos. A veces me pregunto… ¿Cuántas plumas de gallina crees que habría en el aire el día que cayó la primera bomba H sobre la ciudad?
—Miles de millones —respondió Giller de forma arisca—. Y algunas de ellas eran mías. Las gallinas, me refiero. Tu familia tenía una granja allí, ¿no?
—No —dijo Sharp. Se negaba a identificarse con Giller—. Tenía una farmacia junto a la autopista 101. A una manzana del parque, cerca de la tienda de deportes. —Y mentalmente añadió: «Y por mí puedes irte al infierno, porque no pienso cambiar de idea. Puedes acampar en mi puerta el resto de tu vida y no conseguirás nada. Petaluma no es tan importante. Además, las gallinas ya están muertas».
—¿Cómo marcha la reconstrucción de Sacramento? —preguntó el otro.
—Muy bien.
—¿Vuelve a haber nogales a montones?
—A la gente le salen por las orejas.
—¿Y los ratones se meten en los depósitos?
—A miles. —Sharp probó su cerveza; era de buena calidad; probablemente tan buena como la de antes de la guerra. No podía saberlo con certeza, porque en 1961, año en que estalló el conflicto, él era un niño de seis años. Pero sabía tal como recordaba de los viejos tiempos: sabrosa, refrescante y satisfactoria.
—Hemos calculado —dijo Giller con voz ronca y un brillo ávido en la mirada— que el área de Petaluma-Sonoma podría reconstruirse por unos siete mil millones del Bloque Oeste. Eso no es nada comparado con lo que estáis gastando.
—Y el área de Petaluma-Sonoma no es nada comparado con las regiones que estamos reconstruyendo —repuso Sharp—. ¿Crees que necesitamos huevos y vino? Lo que necesitamos es maquinaria. Chicago, Pittsburgh, Los Angeles y Saint Louis y…
—Has olvidado —lo interrumpió Giller— que eres un petalumano. Estás dándole la espalda a tus orígenes…, y a tu deber.
—¡Mi deber! ¿Crees que el gobierno me contrató para defender los intereses de una insignificante región agrícola? —Se puso colorado de indignación—. Por lo que a mí respecta…
—Somos tu gente —dijo Giller, inflexible—. Y tu gente siempre tiene prioridad.
Después de librarse de él, Sharp pasó un rato en la oscuridad de la noche, observando la carretera por la que se alejaba el coche de Giller. «Bueno —se dijo—, así son las cosas en el mundo de ahora: yo primero y al infierno todo lo demás».
Con un suspiro, volvió al porche de su casa. Las luces brillaban acogedoras al otro lado de la ventana. Al estirar la mano hacia la barandilla, sintió un escalofrío.
Y entonces, al tiempo que empezaba a subir las escaleras, ocurrió algo horrible.
De repente se apagaron las luces de la ventana. La barandilla del porche se esfumó bajo sus dedos. En sus oídos se elevó un chillido ensordecedoramente agudo. Empezó a caer. En un esfuerzo desesperado, trató de asirse a algo, pero a su alrededor no había más que una oscuridad vacía, sin sustancia, sin realidad, sin otra cosa que las profundidades que se abrían bajo sus pies y el estrépito de sus propios gritos de terror.
—¡Socorro! —gritó, y el sonido regresó fútilmente a sus propios oídos—. ¡Me caigo!
Y entonces, con la respiración entrecortada, se encontró tirado sobre el césped mojado, arañando la hierba y la tierra. Estaba a menos de un metro del porche. En la oscuridad no había calculado la distancia y, en lugar de pisar el primer escalón, se había caído. Algo totalmente normal: la barandilla de hormigón había tapado las luces de la ventana. Todo había ocurrido en un mero segundo y estaba al lado de la escalera. Tenía sangre en la frente; se había hecho un corte al chocar contra el suelo.
Qué tontería. Un accidente vergonzoso, propio de un niño.
Se puso en pie temblando y subió los peldaños. Una vez dentro de la casa, se apoyó en la pared. Estaba nervioso y tenía la respiración agitada. Poco a poco, el miedo fue remitiendo y volvió la racionalidad.
¿Por qué le daba tanto miedo caerse?
Tenía que hacer algo. Había sido peor que nunca, incluso peor que la vez que había tropezado en la oficina al salir del ascensor…, y había sucumbido a un terror aullante delante de una sala llena de gente.
¿Qué sería de él si llegaba a caerse de verdad? Si, por ejemplo, tropezaba en una de las rampas elevadas que conectaban los principales edificios de oficinas de Los Angeles. Las pantallas de seguridad lo salvarían; nadie sufría nunca ningún daño, a pesar de que las caídas eran más o menos frecuentes. Pero en su caso…, el choque psicológico podía ser fatal. Sería fatal. Al menos para su mente.
Tomó nota: no debía volver a ir a las rampas. Bajo ninguna circunstancia. Había estado años evitándolas, pero a partir de ahora quedarían incluidas en la misma categoría que los viajes en avión. Desde 1982 no había abandonado la superficie del planeta. Y en los últimos años era raro que pasara del décimo piso de un edificio.
Pero si dejaba de usar las rampas, ¿cómo iba a acceder a los informes de sus investigaciones? Al archivo sólo se podía llegar a través de la estrecha pasarela metálica que salía de la sección de las oficinas.
Sudoroso y aterrado, se desplomó sobre el sofá y permaneció allí hecho un ovillo, preguntándose qué iba a hacer para conservar su empleo y seguir cumpliendo con su deber.
Y para seguir viviendo.
Humphrys aguardó un momento entonces, pero su paciente parecía haber acabado.
—¿Se sentiría mejor —preguntó Humphrys— si le dijera que el miedo a caerse es una fobia muy habitual?
—No —respondió Sharp.
—Supongo que no tendría por qué. ¿Dice usted que le ha pasado otras veces? ¿Cuándo fue la primera?
—A los ocho años. Hacía dos que había estallado la guerra. Yo estaba en la superficie, examinando mi huerta. —Esbozó una pequeña sonrisa—. Ya de niño me gustaba cultivar cosas. La red de San Francisco captó la estela de gases de un misil soviético y todas las torres de alarma se volvieron locas. Yo estaba casi al lado del refugio. Corrí hacia allí, levanté la tapa y comencé a bajar las escaleras. Abajo ya estaban mi padre y mi madre. Me gritaron que corriera. Empecé a hacerlo.
—¿Y se cayó? —preguntó Humphrys, expectante.
—No. De repente me entró el pánico. No pude seguir avanzando. Me quedé allí. Y ellos siguieron gritándome. Querían sellar la placa inferior y no podían hacerlo hasta que yo no estuviera dentro.
Con una punzada de aversión, Humphrys comentó:
—Recuerdo esos refugios de dos compartimentos. Me pregunto cuánta gente se quedó atrapada en el primer compartimento. —Miró a su paciente—. ¿Le habían contado que podía ocurrir algo así? ¿Que podía quedarse atrapado en las escaleras, me refiero, sin poder salir y sin poder bajar…?
—¡Lo que me daba miedo no era quedarme atrapado! Tenía miedo de caerme…, de irme de cabeza por las escaleras. —Se pasó la lengua por los resecos labios—. Así que di media vuelta… —Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo—. Salí al exterior.
—¿En medio del ataque?
—Derribaron el misil. Pero yo pasé la alerta cuidando de mis verduras. De la paliza que me dieron más tarde mis padres casi acabé inconsciente.
La mente de Humphrys formó las palabras: «Orígenes de la culpa».
—La vez siguiente —continuó Sharp— fue cuando tenía catorce años. La guerra había terminado pocos meses antes. Volvíamos a la ciudad para ver lo que quedaba de ella. No quedaba nada más que un cráter de más de cien metros de profundidad, lleno de escombros radiactivos. Los primeros equipos de trabajo estaban entrando. Me acerqué al borde para mirar. Entonces llegó el miedo. —Apagó el cigarrillo y permaneció en silencio hasta que el psicólogo le dio otro—. Me marché de allí. Cada noche soñaba con aquel cráter, aquella enorme boca muerta. Subí a un convoy militar y me marché a San Francisco.
—¿Cuándo volvió a sucederle? —preguntó Humphrys.
—A partir de entonces constantemente —respondió Sharp con irritación—. Cada vez que me encaramaba a algún sitio alto, cada vez que subía o bajaba unas escaleras… Cualquier situación en la que existiera el peligro de caerme. Pero tener miedo a subir las escaleras de mi propia casa… —Se interrumpió y guardó silencio un momento—. No puedo subir ni tres escalones —dijo con tristeza—. Tres escalones de hormigón.
—¿Algún episodio especialmente malo, aparte de los que ha mencionado?
—Estaba enamorado de una preciosa morena que vivía en el ático de los apartamentos Atchenson. Probablemente siga allí. No lo sé. Subí cinco o seis pisos y luego…, le di las buenas noches y volví a bajar. —Y añadió con tono sarcástico—: Probablemente me tomó por un loco.
—¿Algo más? —preguntó Humphrys mientras en su fuero interno tomaba nota de la aparición del elemento sexual.
—Una vez tuve que rechazar un trabajo porque exigía viajar en avión. Tenía que ver con la inspección de proyectos agrícolas.
—Antes, los psicólogos buscaban los orígenes de las fobias —dijo Humphrys—. Ahora nos preguntamos: ¿qué hace la fobia? Normalmente saca al individuo de una situación que no le gusta.
Un rubor lento y asqueado tiñó las facciones de Sharp.
—¿Eso es lo mejor que puede hacer?
Desconcertado, Humphrys murmuró:
—No digo que esté de acuerdo con ello ni que sea necesariamente cierto en nuestro caso. Pero sí que digo una cosa: usted no le tiene miedo a caerse, sino a algo que el hecho de caerse le hace recordar. Con un poco de suerte, tal vez podamos desenterrar la experiencia prototipo, lo que antes se conocía como «incidente traumático original». —Se levantó y fue a buscar una voluminosa torre de espejos electrónicos—. Mi lámpara —le explicó— fundirá las barreras.
Sharp la miró con temor.
—Mire —murmuró con cierto nerviosismo—, no quiero reconstrucciones mentales. Puede que sea un neurótico, pero le tengo aprecio a mi personalidad.
—Esto no afectará en nada su personalidad. —Se agachó y enchufó la lámpara—. Extraerá información inaccesible para su yo racional. Voy a remontarme en su pasado hasta el incidente que tanto daño le hizo…, y averiguar a qué le tiene miedo en realidad.
Unas formas negras flotaban a su alrededor. Sharp gritó y se debatió débilmente, tratando de zafarse de los dedos que atenazaban sus brazos y sus piernas. Algo lo golpeó en la cara. Se retorció y tosió sangre, saliva y fragmentos de dientes rotos. Una luz cegadora brilló un instante; lo estaban examinando a fondo.
—¿Está muerto? —preguntó una voz autoritaria.
—Aún no. —Alguien le dio un puntapié en un costado. Desde lejos, en su estado de semiinconsciencia, oyó que se partían varias costillas—. Pero casi.
—¿Me oyes, Sharp? —dijo una voz ronca junto a su oreja.
No respondió. Permaneció allí tendido, tratando de no morirse, de no asociarse con la cosa quebrantada y rota que había sido su cuerpo.
—Probablemente creas —dijo aquella voz, familiar, íntima— que voy a decirte que tienes una última oportunidad. Pero no es así, Sharp. Se acabaron las oportunidades. Lo que voy a decirte es lo que vamos a hacer contigo.
Jadeando, trató de no escuchar. Y, en vano, trató de no sentir lo que le estaban haciendo sistemáticamente.
Lo que quedaba de Paul Sharp fue arrastrado hasta una escotilla circular. El nebuloso contorno de la oscuridad se alzó a su alrededor y entonces —horror— lo arrojaron por ella. Cayó, pero esta vez sin gritar.
Su cuerpo físico ya no era capaz de hacerlo.
Humphrys apagó la lámpara, se inclinó y empezó a zarandear metódicamente a la encogida figura.
—¡Sharp! —le ordenó a voz en grito—. ¡Despierte! ¡Vuelva!
El hombre soltó un gemido, parpadeó y se estremeció. En su rostro se dibujó una expresión de tormento puro e implacable.
—Dios —susurró, con los ojos vacíos y el cuerpo fláccido de puro sufrimiento—. Me están…
—Ya está de vuelta —dijo Humphrys, horrorizado aún por lo que había desenterrado la hipnosis—. No hay de qué preocuparse. Está usted totalmente a salvo. Ya pasó… Fue hace varios años.
—Pasó… —murmuró Sharp débilmente.
—Ha vuelto al presente. ¿Lo entiende?
—Sí —musitó Sharp—. Pero ¿qué era? Me llevaron a rastras y me tiraron… en algún sitio. —Temblaba violentamente—. Caí.
—Cayó por una escotilla —le dijo Humphrys con tono calmado—. Le dieron una paliza de muerte… Al menos eso debieron de pensar ellos. Pero sobrevivió. Está vivo. Salió de ésa.
—¿Por qué lo hicieron? —preguntó Sharp. Estaba roto. Su rostro hinchado y pálido temblaba de pura desesperación—. Ayúdeme, Humphrys…
—¿No recuerda usted cómo ocurrió?
—No.
—¿Y recuerda cuándo?
—No. —El rostro de Sharp temblaba espasmódicamente—. Intentaron matarme… ¡Me mataron! —Con gran esfuerzo, logró levantarse y exclamó con tono de protesta—: ¡Eso no me ocurrió a mí! Me acordaría. Es un recuerdo falso. ¡Me han manipulado la mente!
—Es un recuerdo reprimido —dijo Humphrys con firmeza—, enterrado a gran profundidad a causa del dolor y el horror. Una forma de amnesia. Se ha manifestado indirectamente en forma de fobia. Pero ahora que su mente consciente lo recuerda…
—¿Tengo que hacerlo otra vez? —preguntó Sharp con la voz teñida de histerismo—. ¿Tengo que volver a someterme a esa maldita lámpara?
—Tiene usted que sacarlo al consciente —le dijo Humphrys—, pero no de una sola vez. Por hoy ya ha sido suficiente.
Vencido por el puro alivio, Sharp volvió a sentarse en la silla.
—Gracias —dijo débilmente. Se palpó la cara y el cuerpo unos instantes y luego susurró—: Lo he llevado en mi cabeza todos estos años. Como un ácido que me corroía, me devoraba por dentro…
—La fobia perderá parte de su fuerza —le dijo el psicólogo— a medida que vaya usted haciendo frente al verdadero problema. Hemos hecho progresos; ahora sabemos a qué le tiene miedo en realidad. Fue usted torturado por unos criminales profesionales. Exsoldados, posiblemente. En los primeros años de la posguerra hubo muchos grupos de bandidos. Lo recuerdo.
Sharp parecía haber recuperado cierto grado de confianza.
—No me extraña que me diera pavor caerme, dadas las circunstancias. Teniendo en cuenta lo que me pasó… —Con el cuerpo tembloroso, hizo ademán de levantarse…
Y lanzó un chillido.
—¿Qué ocurre? —inquirió Humphrys mientras acudía apresuradamente a su lado y lo sujetaba por el brazo. Sharp se apartó de un brusco salto, se tambaleó y se desplomó inerte sobre la silla—. ¿Qué ha pasado?
Con el rostro tembloroso, el otro acertó a decir:
—No puedo levantarme.
—¿Qué?
—Que no puedo levantarme. —Implorante, levantó hacia el psicólogo una mirada llena de consternación y terror—. Tengo… Tengo miedo de caerme. Doctor, ahora no puedo ni levantarme.
Durante varios segundos, ninguno de los dos dijo nada. Finamente, con la mirada en el suelo, Sharp susurró:
—La razón por la que vine a verlo a usted, Humphrys, es que su oficina está en el primer piso. Gracioso, ¿eh? No podía subir más.
—Vamos a tener que usar la lámpara otra vez —dijo Humphrys.
—Me doy cuenta. Tengo miedo. —Se agarró a los brazos de la silla y añadió—: Adelante. ¿Qué otra cosa podemos hacer? No puedo quedarme así. Humphrys, esto va a matarme.
—No. —El psicólogo volvió a colocar la lámpara en posición—. Va a salir. Trate de relajarse, de no pensar en nada concreto. —Encendió el aparato y dijo con voz suave—: Esta vez no quiero ir al incidente traumático. Busco las experiencias que lo rodean. Quiero la secuencia amplia de la que forma parte.
Paul Sharp caminaba en silencio por la nieve. Su aliento formaba brillantes nubes de color blanco delante de su cara. A su izquierda se levantaban las ruinas de unos edificios. Así, cubiertas de nieve, resultaban casi agradables. Por un momento se detuvo, hechizado.
—Interesante —señaló un miembro de su equipo de investigación, mientras se le acercaba—. Ahí debajo podría haber cualquier cosa… Cualquier cosa.
—En cierto modo es hermoso —comentó Sharp.
—¿Ve esa aguja? —El joven señaló con un dedo embutido en un grueso guante. Aún llevaba el traje de plomo. Su grupo y él habían estado explorando el interior del cráter, que seguía contaminado. Sus taladradoras estaban alineadas, formando una fila ordenada—. Era una iglesia —informó a Sharp—. Y muy bonita, a juzgar por lo que queda de ella. Y eso —señaló un montón de ruinas de aspecto indiferenciado— era el centro cívico municipal.
—La ciudad no recibió un impacto directo, ¿verdad? —preguntó Sharp.
—En efecto. Venga a ver lo que hemos encontrado. El cráter de la derecha…
—No, gracias —dijo Sharp, invadido de repente por una intensa aversión—. Dejaré que se encarguen ustedes de las exploraciones.
El joven técnico miró a Sharp con curiosidad e inmediatamente olvidó el hecho.
—A menos que topemos con algo inesperado, podremos comenzar con los trabajos de recuperación en menos de una semana. Naturalmente, el primer paso es limpiar la capa de escoria. Está bastante agrietada. La vida vegetal la ha perforado y el proceso de descomposición natural la ha reducido en gran parte a un manto de cenizas semiorgánicas.
—Muy bien —dijo Sharp con satisfacción—. Será una alegría volver a ver algo aquí, al cabo de tantos años.
—¿Cómo era antes de la guerra? —preguntó el técnico—. No lo vi. Nací después de que comenzara la destrucción.
—Bueno —dijo Sharp mientras recorría con la mirada los nevados campos—. Era un centro agrícola muy floreciente. Aquí se cultivaban pomelos. Pomelos de Arizona. La presa Roosevelt estaba por allí.
—Sí —dijo el técnico asintiendo—. Hemos localizado sus restos.
—Era una zona algodonera. Aunque también se producían lechugas, uvas, aceitunas, melocotones… Lo que más recuerdo, cuando llegué con mi familia desde Phoenix, eran los eucaliptos.
—No podremos recuperarlo todo —dijo el técnico con pesar—. ¿Qué demonios es eso de los… eucaliptos? Nunca lo había oído.
—Ya no quedan en Estados Unidos —respondió Sharp—. Tendría que ir a Australia.
Humphrys tomó una nota relativa a lo que había escuchado.
—Muy bien —dijo en voz alta, al tiempo que apagaba la lámpara—. Despierte, Sharp.
Con un gemido, Paul Sharp parpadeó y abrió los ojos.
—¿Qué…? —Enderezó el cuerpo con dificultades, bostezó, se estiró y recorrió la oficina con una mirada vacua—. Algo sobre una recuperación. Yo era supervisor de un equipo de reconocimiento. Había un joven…
—¿Cuándo se inició la recuperación de Phoenix? —preguntó Humphrys—. El suceso parece estar incluido en la secuencia espacio-temporal que buscamos.
Sharp frunció el ceño.
—Phoenix no se ha recuperado. De momento es sólo un proyecto. Contamos con poder empezar el año que viene.
—¿Está usted seguro?
—Naturalmente. Es mi trabajo.
—Voy a tener que volver a entrar —dijo Humphrys, estirando un brazo hacia la lámpara.
—¿Qué ha pasado?
La lámpara volvió a encenderse.
—Relájese —dijo Humphrys con brusquedad, una brusquedad un poco excesiva para un hombre que, teóricamente, sabía a la perfección lo que estaba haciendo. Con un poco más de calma, añadió—: Quiero que amplíe su perspectiva. Vamos a buscar un incidente más antiguo, anterior a la recuperación de Phoenix.
En una cafetería barata del centro de la ciudad había dos hombres sentados a una mesa, frente a frente.
—Lo siento —dijo Paul Sharp con cierta impaciencia—. Tengo que volver al trabajo. —Tomó su taza de sucedáneo de café y la apuró.
El hombre alto y flaco apartó su plato vacío y, reclinándose, encendió un cigarrillo.
—Llevas dos años —dijo Giller sin andarse por las ramas— dándonos largas. Francamente, estoy un poco cansado.
—¿Largas? —Sharp había empezado a levantarse—. No sé si te entiendo.
—Vais a recuperar una zona agrícola… Phoenix. Así que no me digas que os estáis ciñendo sólo a las zonas industriales. ¿Cuánto tiempo crees que va a poder seguir viviendo esa gente si no recuperáis sus granjas y campos…?
—¿Qué gente?
Enojado, Giller respondió:
—La que vive en Petaluma. Acampada alrededor de los cráteres.
—No sabía que hubiera nadie viviendo allí —murmuró Sharp con cierto pesar—. Pensé que os habíais trasladado todos a las regiones recuperadas más cercanas, a San Francisco y Sacramento.
—No has leído nuestras peticiones —dijo Giller con voz tranquila.
Sharp se puso colorado.
—No, de hecho no. ¿Por qué iba a hacerlo? El hecho de que haya gente acampada entre las ruinas no altera la cuestión básica. Deberíais marcharos, salir de allí. Esa zona está acabada. —Y añadió—: Yo me marché.
—Te habrías quedado si hubieses trabajado la tierra allí —dijo Giller en voz muy baja—. Si tu familia llevara más de un siglo haciéndolo. No es como tener una farmacia. Las farmacias son iguales en todo el mundo.
—Lo mismo que las granjas.
—No —repuso Giller sin apasionamiento—. Tus tierras, la tierra de tu familia, tienen algo único. Seguiremos allí acampados hasta que muramos o hasta que decidas recuperar la región. —Mientras recogía metódicamente el cambio, añadió—: Lo siento por ti, Paul. Nunca has tenido raíces, como nosotros. Y siento que no quieras entenderlo. —Alargó la mano hacia la gabardina y agregó—: ¿Cuándo vas a volar allí?
—¡Volar! —repitió Sharp reprimiendo un escalofrío—. No voy a volar a ninguna parte.
—Tienes que ver la ciudad otra vez. No puedes tomar la decisión sin haber visto a esa gente, sin haber visto cómo viven.
—No —dijo Sharp con rotundidad—. No voy a volar allí. Puedo tomar una decisión basándome en los informes.
Giller meditó un momento.
—Vas a venir —declaró.
—¡Por encima de mi cadáver!
Giller asintió.
—Puede. Pero vas a venir de todos modos. No puedes dejarnos morir sin habernos visto. Al menos ten el valor de ver lo que estás haciendo. —Sacó un calendario de bolsillo y marcó una de las fechas. Lo arrojó sobre la mesa en dirección a Sharp y le informó—: Pasaremos por tu oficina a recogerte. Tenemos el avión en la ciudad. Es mío. Es un avión estupendo.
Con un escalofrío, Sharp examinó el calendario. Y, de pie junto a su recostado paciente, mientras escuchaba su historia, Humphrys hizo lo mismo.
Tenía razón. El incidente traumático de Sharp, la historia reprimida, no se encontraba en el pasado.
Sharp estaba sufriendo una fobia basada en un suceso situado dentro de seis meses, en el futuro.
—¿Puede levantarse? —preguntó Humphrys.
En su silla, Paul Sharp se agitó débilmente.
—Yo… —empezó a decir, pero al instante volvió a quedarse en silencio.
—De momento vamos a parar —le dijo con tono tranquilizador—. Ya ha sufrido bastante. Sólo quería que se alejara del trauma en sí.
—Ahora me siento mejor.
—Trate de ponerse en pie. —Humphrys se acercó y aguardó, expectante, mientras su paciente se ponía en pie, vacilante.
—Sí. —Humphrys respiró hondo—. Ha remitido. ¿Qué ha sido eso último? Estaba en un café o algo parecido. Con Giller.
Humphrys tomó un cuaderno de recetas de su mesa.
—Voy a prescribirle algo. Unas pildoritas blancas que debe tomar cada cuatro horas. —Garabateó algo y le pasó la nota a su paciente—. Con esto se relajará. Aliviará parte de la tensión.
—Gracias —dijo Sharp con una voz casi inaudible. Al cabo de un momento, preguntó—: Han salido muchas cosas, ¿eh?
—Desde luego —admitió Humphrys con voz tensa.
No podía hacer nada por Paul Sharp. Le quedaba muy poco tiempo de vida. Dentro de seis escasos meses, Giller iría a buscarlo. Y era una lástima, porque Sharp era un buen tipo, un funcionario amable, concienciado y trabajador, que trataba de cumplir lo mejor posible con su obligación.
—¿Qué le parece? —le preguntó entonces con voz lastimera—. ¿Cree que podrá ayudarme?
—Lo… intentaré —respondió Humphrys, incapaz de mirarlo a los ojos—. Pero está profundamente arraigado.
—Lleva mucho tiempo ahí —admitió Sharp con humildad. Allí de pie, junto a la silla, parecía pequeño y desamparado, no un importante funcionario del gobierno sino sólo un individuo aislado e indefenso—. Apreciaría mucho su ayuda. Si esta fobia sigue aumentando, quién sabe dónde puede terminar.
De repente, Humphrys preguntó:
—¿Consideraría la posibilidad de acceder a las demandas de Giller?
—No puedo —dijo Sharp—. Sería un error. No me gusta hacer excepciones, y esto es precisamente lo que sería.
—¿Aunque sea usted de la región? ¿Aunque se trate de sus amigos y sus antiguos vecinos?
—Es mi trabajo —dijo Sharp—. Tengo que hacerlo sin pensar en mis sentimientos ni en los de nadie.
—No es usted mala persona —dijo Humphrys involuntariamente—. Lo siento… —Se interrumpió.
—¿Por qué? —Sharp se movió como un autómata hacia la puerta—. Ya le he hecho perder bastante tiempo. Sé lo ocupados que están los psicólogos. ¿Cuándo quiere que vuelva? ¿Quiere que vuelva?
—Mañana —dijo Humphrys mientras lo acompañaba al pasillo—. A la misma hora, si le viene bien.
—Muchas gracias —dijo Sharp, aliviado—. Se lo agradezco de veras.
En cuanto volvió a quedarse solo en la oficina, Humphrys echó el pestillo y volvió a su mesa. Alzó el teléfono y marcó un número con mano temblorosa.
—Pónganme con alguien del personal médico —ordenó con voz tajante cuando lo pasaron con la agencia de talentos especiales.
—Aquí Kirby —dijo una voz con tono profesional al cabo de un momento—. Investigación médica.
Humphrys se identificó.
—Tengo un paciente —explicó— que parece poseer capacidades de precognición latentes.
Kirby se mostró interesado.
—¿De qué zona procede?
—Petaluma. Condado de Sonoma, al norte de la bahía de San Francisco. Al este de…
—Conozco la región. Se han dado varios casos. Una auténtica mina de oro para nosotros.
—Entonces tengo razón… —dijo Humphrys.
—¿Cuándo nació el paciente?
—Tenía seis años cuando estalló la guerra.
—Vaya —dijo Kirby con tono de decepción— entonces la irradiación no fue completa. Nunca desarrollará por completo su talento, a diferencia de los casos con los que trabajamos aquí.
—¿Quiere decir que no puede ayudarme?
—Los latentes, la gente que desarrolla una capacidad mínima, son mucho más numerosos que los portadores reales. No podemos perder el tiempo con ellos. Probablemente se encuentre usted con docenas de casos. Cuando el talento es imperfecto, no nos es útil. Será una molestia para él; probablemente nada más.
—Sí, es una molestia —asintió Humphrys con tono sarcástico—. Dentro de pocos meses sufrirá una muerte violenta. Lleva recibiendo alertas fóbicas desde que era niño. A medida que se aproxima el suceso, las reacciones se intensifican.
—¿Y él no está al corriente de lo que va a ocurrir?
—Sólo a nivel subconsciente.
—En ese caso —dijo Kirby— puede que sea una suerte. Parece ser que esas cosas son inalterables. Aunque lo supiera, no podría hacer nada por impedirlo.
El doctor Charles Bamberg, psiquiatra, estaba saliendo de su oficina cuando reparó en que había un hombre sentado en la sala de espera.
«Qué raro —pensó—. Hoy ya no quedaban pacientes».
Abrió la puerta y salió a la sala de espera.
—¿Quería verme?
El hombre de la silla era alto y delgado. Llevaba una arrugada gabardina de color marrón y, al ver a Bamberg, apagó inmediatamente el cigarrillo que estaba fumando.
—Sí —dijo mientras se ponía en pie con cierta torpeza.
—¿Tenía usted cita?
—No. —El hombre le dirigió una mirada suplicante—. Lo he escogido… —Soltó una carcajada teñida de confusión—. Bueno, está usted en el último piso.
—¿El último piso? —Bamberg estaba intrigado—. ¿Y eso qué quiere decir?
—Yo… Verá, doctor, me siento mucho más a gusto cuando estoy en alto.
—Ya veo —dijo Bamberg. «Una compulsión —pensó para sí—. Fascinante»—. Y —dijo en voz alta—, dígame, cuando está en alto, ¿cómo se siente? ¿Mejor?
—Mejor no —respondió el hombre—. ¿Puedo pasar? ¿Podría dedicarme un minuto?
Bamberg consultó su reloj de pulsera.
—Muy bien —asintió. Invitó al hombre a pasar a su despacho—. Siéntese y hábleme de ello.
Agradecido, Giller tomó asiento.
—Es un estorbo para hacer mi vida —dijo atropelladamente—. Cada vez que veo unas escaleras, siento la irresistible compulsión de subirlas. Y los aviones… Siempre estoy volando. Hasta tengo un avión privado. No me lo puedo permitir, pero no tengo más remedio.
—Ya veo —dijo Bamberg—. Bueno —continuó con tono afable—, la verdad es que no parece tan terrible. No se trata de lo que podríamos definir como una compulsión fatal.
Con voz lastimera, Giller respondió:
—Cuando estoy ahí arriba… —Tragó saliva con dificultades. Le brillaban los ojos—. Doctor, cuando estoy ahí arriba, en un rascacielos o en mi avión…, siento otra compulsión.
—¿Cuál?
—Siento… —Giller se estremeció—. Siento el irresistible deseo de empujar a la gente.
—¿De empujar a la gente?
—Hacia las ventanas. Al exterior. —Hizo un ademán—. ¿Qué voy a hacer, doctor? Tengo miedo de matar a alguien. Una vez empujé a un pobre cretino… Y un día había una chica en el ascensor, delante de mí… La empujé. Se lesionó.
—Ya veo —dijo Bamberg asintiendo. «Hostilidad reprimida —pensó—. Entremezclada con el sexo, Nada fuera de lo normal».
Alargó la mano hacia su lámpara.
NOTA:
Mecanismo de recuerdo «Recall Mechanism», en If, julio 1959.

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