Texto aleatorio

A las diez en punto de la mañana, una terrorífica bocina con la que estaba muy familiarizado sacó a Sam Regan de su sueño, y le hizo maldecir al auxiliador; sabía que el estrépito era deliberado. El auxiliador, que en aquel momento volaba en círculos sobre ellos, quería asegurarse de que los carambolos —⁠y no sólo los animales salvajes⁠— aprovechaban la ayuda que iba a soltar.

«La aprovecharemos, la aprovecharemos», se dijo Sam Regan mientras se subía la cremallera del mono a prueba de balas, se metía en las botas y luego caminaba de mala gana y arrastrando los pies hacia la rampa. Varios carambolos más, tan irritados como él, lo acompañaron.

—Hoy llega pronto —se quejó Tod Morrison⁠—. Y apuesto algo a que sólo arroja alimentos básicos, azúcar y harina, y nada interesante como… Yo qué sé, caramelos.

—Deberíamos estar agradecidos —⁠dijo Norman Schein.

—¿Agradecidos? —Tod se detuvo para mirarlo fijamente⁠—. ¿Agradecidos?

—Sí —replicó Schein—. ¿Qué crees que estaríamos comiendo sin ellos si no hubieran predicho lo que iba a pasar hace diez años?

—Bueno —dijo Tod con malhumor—. Lo que no me gusta es que vengan tan temprano; que venga, en sí, no me molesta.

Schein apoyó los hombros contra la tapa del final de la rampa y dijo con tono vivaz:

—Qué simpático, Tody. Seguro que a los auxiliadores les encantaría oír esas palabras tan amables.

De los tres, Sam Regan fue el último en llegar a la superficie. No le gustaba la superficie y le daba igual quién se enterara. Y, además, nadie podía obligarlo a abandonar la seguridad del pozo de Pinole; la decisión era totalmente suya. En aquel momento se fijó en que muchos de los demás carambolos habían optado por quedarse en sus cuartos, convencidos de que los que respondieran a la llamada les traerían algo.

—Cuánta luz… —murmuró Tod, parpadeando bajo la luz del sol.

La brillante nave de auxilio volaba sobre sus cabezas, muy cerca, recortada contra el cielo gris como si colgase de un fino cordel. «Buen piloto el de hoy —⁠decidió Tod⁠—. Ese tipo, o más bien, esa cosa, maneja la nave con total seguridad». Saludó a la nave con la mano y, una vez más, ésta lanzó un bocinazo explosivo que lo obligó a taparse los oídos con las manos. «Eh, que sólo era una broma», se dijo. Y entonces la bocina enmudeció; el auxiliador se había apiadado.

—Dile que puede soltar la carga —⁠le dijo Norm Schein⁠—. Tú tienes la bandera.

—Claro —dijo Tod mientras sacaba la bandera roja que los marcianos les habían entregado mucho tiempo atrás, y empezaba a sacudirla lentamente de un lado a otro.

Un proyectil salió del vientre de la nave, desplegó unos estabilizadores y descendió hacia al suelo, describiendo una espiral.

—Mierda —dijo Sam Regan, enojado⁠—. Son productos básicos; no llevan paracaídas. —⁠Dio media vuelta, desinteresado.

«Qué aspecto tan miserable tiene hoy la superficie», pensó mientras contemplaba la escena que lo rodeaba. Allí, a la derecha, la casa que alguien había empezado a levantar —⁠no muy lejos del pozo⁠— con madera traída desde las ruinas de Vallejo, quince kilómetros al norte. Los animales o la radiación habían acabado con él y su inacabada obra seguía en el sitio. Nunca llegarían a utilizarla. Además, vio Sam, se había formado un precipitado inusualmente denso desde la última vez que subiera, el jueves o el viernes por la mañana. Había perdido la cuenta. «Condenado polvo —⁠pensó⁠—. No hay más que rocas, escombros y polvo. El mundo está convirtiéndose en un montón de polvo que nadie se molesta en barrer con regularidad. ¿Y tú? —⁠preguntó en silencio al auxiliador marciano que volaba en lentos círculos sobre ellos⁠—. ¿Acaso no es ilimitada tu tecnología? ¿No podrías aparecer un buen día con una escoba de un millón de kilómetros cuadrados y devolver el planeta a su prístina juventud?

»O, más bien —pensó—, a su prístina vejez, a como era en los “tiempos de antes”, como los llamaban los niños. Nos gustaba. Mientras piensas en otras formas de ayudarnos, podrías probar eso».

El auxiliador dio una última vuelta en busca de algo escrito en el polvo, algún mensaje de los carambolos. «Podría escribirle eso —⁠se dijo Sam⁠—. “Trae una escoba, restaura nuestra civilización”. Vale, ¿auxiliador?».

En aquel mismo instante la nave se puso en marcha, seguramente de regreso a su base de la Luna, o puede que en Marte.

En el pozo todavía abierto por el que habían salido los tres asomó otra cabeza, una mujer esta vez. Jean Regan, la mujer de Sam, protegida frente al sol cegador y gris con un gorro. Con el ceño fruncido, preguntó:

—¿Algo importante? ¿Algo nuevo?

—Me temo que no —respondió Sam. El proyectil de socorro había caído a tierra y caminaban hacia él, hundiendo las botas en el polvo. La carcasa se había agrietado al chocar y ya se veían las latas que contenía. Parecían más de dos mil kilos de sal. «También podríamos dejarla ahí para que los animales no se mueran de hambre», decidió. Se sentía generoso.

Qué peculiar era la preocupación de los auxiliadores. Siempre trabajando para transportar los productos básicos para la supervivencia desde su planeta a la Tierra. «Deben de pensar que estamos todo el día comiendo —⁠pensó Sam⁠—. Dios mío…». El pozo estaba lleno a rebosar de comida. Aunque también es cierto que era uno de los refugios públicos más pequeños del norte de California.

—Eh —dijo Schein mientras se inclinaba junto al proyectil y miraba por la grieta que recorría su costado⁠—. Creo que veo algo que podemos usar. —⁠Agarró un poste de metal oxidado que en su día había servido como refuerzo para el costado de un edificio y hurgó en el proyectil con él. El mecanismo de apertura se activó. La mitad inferior del proyectil se desplazó hacia un lado…, y su contenido quedó a la vista.

—Lo de esa caja parecen radios —⁠dijo Tod⁠—. Transistores. —⁠Mientras se acariciaba la barba con aire meditabundo, añadió⁠—: Tal vez podamos usarlos para hacer algo nuevo en los barrios.

—El mío ya tiene una radio —⁠señaló Schein.

—Bueno, pues construye un cortacésped automático con las piezas —⁠respondió Tod⁠—. No tienes ninguno, ¿verdad? —⁠Conocía bastante bien el barrio de Perky Pat de los Schein; los de los dos matrimonios, su esposa y él, y Schein y la suya, eran casi idénticos.

—Las radios para mí —dijo Sam Regan⁠—, que yo sí puedo usarlas. —⁠A su barrio le faltaba la puerta automática que sí tenían el de los Schein y el de Tod; iba considerablemente rezagado respecto a ellos.

—A trabajar —asintió Schein—. Dejaremos la comida aquí y nos llevaremos las radios. Que venga a por ella el que quiera algo. Antes de que lo hagan los gatos.

Los otros dos hombres asintieron y comenzaron a transportar el contenido útil del proyectil hasta la rampa del pozo. Para emplearlo en los preciosos y elaborados barrios de Perky Pat.

Sentado en cuclillas con su piedra de afilar, Timothy Schein, diez años de edad y consciente de sus muchas responsabilidades, sacaba punta a su cuchillo con la parsimonia y destreza de un experto. Mientras tanto, para su fastidio, sus padres, al otro lado de la partición, discutían ruidosamente con los señores Morrison. Estaban jugando otra vez a Perky Pat, como siempre.

«¿Cuántas veces han jugado a ese estúpido juego hoy? —⁠se preguntó Timothy⁠—. Infinitas, supongo». Él no le encontraba sentido, pero sus padres seguían haciéndolo de todos modos. Y no eran los únicos. Gracias a lo que decían otros niños, incluso de otros pozos, sabía que también sus padres se pasaban la mayor parte del día (y a veces también de la noche) jugando a Perky Pat.

—Perky Pat va a ir a la verdulería —⁠dijo su madre en voz alta⁠— y necesita una de esas cerraduras eléctricas que abren la puerta. —⁠Hubo una pausa⁠—. Mira, se ha abierto para ella y ahora está dentro.

—Lleva un carrito —añadió el papá de Timothy para apoyar su afirmación.

—No, no es cierto —lo contradijo la señora Morrison⁠—. Te equivocas. Le da la lista al verdulero y él llena el carrito.

—Eso sólo pasa en las tiendas de barrio —⁠replicó la madre de Timothy⁠—. Y esto es un supermercado. Mira, tiene una puerta electrónica.

—Estoy segura de que todas las verdulerías tenían puertas electrónicas —⁠dijo la señora Morrison con tozudez, y su marido la secundó. Las voces empezaron a subir de tono. Había estallado otra pelea. Como siempre.

«Que se vayan a la mierda —⁠se dijo Timothy, empleando la palabra más fuerte que conocían sus amigos y él⁠—. Y, por cierto, ¿qué es un supermercado?». Probó la hoja de su cuchillo. Lo había hecho con sus propias manos, a partir de una gruesa plancha de metal. Satisfecho, se puso en pie de un salto. Un momento después había cruzado silenciosa y rápidamente el pasillo y estaba llamando a la puerta de los Chamberlain, usando la contraseña.

Fred, otro niño de diez años, le abrió la puerta.

—Hola. ¿Preparado para salir? Veo que has afilado ese viejo cuchillo tuyo. ¿Qué crees que cazaremos esta vez?

—Un gatocán no, espero —respondió Timothy⁠—. Algo mejor; estoy harto de comer gatocán. Es demasiado picante.

—¿Tus padres están jugando a Perky Pat?

—Sí.

—Mis papás llevan mucho rato fuera. Se fueron a jugar con los Bentley. —⁠Dirigió una mirada de reojo a Timothy y, en apenas un instante fugaz, los dos chicos intercambiaron la mutua desaprobación que les inspiraban sus padres. Caramba, puede que estuvieran jugando al maldito juego por todo el mundo. Eso no los habría sorprendido.

—¿Por qué juegan tus padres? —⁠preguntó Timothy.

—Por la misma razón que los tuyos —⁠respondió Fred.

Timothy titubeó un instante y dijo:

—Es que yo no sé por qué lo hacen. Por eso te lo pregunto a ti. ¿No lo sabes?

—Porque… —Se interrumpió—. Pregúntaselo a ellos. Vamos. Salgamos y a cazar. —⁠Le brillaban los ojos⁠—. A ver qué atrapamos hoy.

Poco tiempo después habían subido la rampa y abierto la tapa, y estaban agazapados entre el polvo y las rocas, recorriendo el horizonte con la mirada. El corazón de Timothy latía con la fuerza de un martillo; este momento siempre era más fuerte que ellos, el primer instante tras llegar a la superficie. La emocionante primera contemplación de los espacios abiertos. Porque nunca era igual. El polvo, más denso aquel día, tenía un color más grisáceo que nunca; parecía más espeso, más misterioso.

Por todas partes, cubiertos por varias capas de polvo, se veían los proyectiles lanzados por pasadas naves de socorro, abandonados y deteriorados, sin que nadie llegara a reclamarlos. Y, vio Timothy, un nuevo proyectil, que al parecer había llegado aquella misma mañana. La mayor parte de la carga seguía dentro. Aquel día los adultos no le habían encontrado utilidad alguna.

—Mira —dijo Fred en voz baja.

Dos gatocanes —perros o gatos mutantes, nadie lo sabía con certeza⁠— estaban olisqueando el proyectil, atraídos por las mercancías abandonadas por los humanos.

—Déjalos —dijo Timothy.

—Ese está bien rollizo —dijo Fred con tono ansioso. Pero era Timothy el que tenía el cuchillo. Fred no tenía más que una cuerda con un fragmento metálico en un extremo, una zumbadora capaz de abatir un pájaro o un animal pequeño desde lejos, pero inútil contra los gatocanes, que solían pesar entre ocho y diez kilos, y a veces más.

En lo alto del cielo se movía un punto a velocidad increíble. Timothy sabía que era otra nave de socorro, que se dirigía hacia otro pozo de carambolos cargada de suministros. «Sí que están atareados —⁠se dijo⁠—. Esos auxiliadores siempre andan de acá para allá. Nunca paran, porque si lo hicieran, los adultos se morirían. Sería una pena, ¿no? —⁠pensó irónicamente⁠—. Claro que sí».

—Hazle unos gestos. Puede que suelte algo —⁠dijo Fred. Miró a su amigo, sonrió, y ambos niños se echaron a reír a la vez.

—Claro —dijo Timothy—. Vamos a ver; ¿qué me apetece…? —⁠Ante la idea de que pudiera apetecerles algo, volvieron a reír. Tenían la superficie entera para ellos, hasta donde alcanzaba la vista… Tenían más que los auxiliadores, y eso era mucho, muchísimo.

—¿Crees que saben —preguntó Fred⁠— que nuestros padres se dedican a jugar a Perky Pat con muebles hechos con lo que les lanzan? Apuesto a que no saben nada de Perky Pat; seguro que nunca han visto una muñeca de Perky Pat. Si la vieran, se pondrían furiosos.

—Tienes razón —dijo Timothy—. Se enfadarían tanto que seguro que dejarían de lanzar cosas. —⁠Se volvió hacia Fred y lo miró fijamente a los ojos.

—Ay, no —replicó su amigo—. No podemos decírselo. Tu padre te daría otra paliza, y puede que también a mí.

Aun así, era una idea interesante. Podía imaginarse la respuesta de los auxiliadores, primero su sorpresa y luego su indignación. Tendría gracia ver la reacción de los octópodos seres de Marte que llevaban tanta caridad dentro de sus verrugosos corpachones, los organismos cefalópodos univalvos, semejantes a moluscos, que voluntariamente habían aceptado la responsabilidad de socorrer a lo que quedaba de la raza humana. Así era como les pagaban su caridad, aquél era el estúpido y absurdo propósito al que servían las mercancías que les regalaban. El estúpido juego de Perky Pat al que jugaban todos los adultos.

Y, en cualquier caso, sería muy complicado decírselo. Apenas existía comunicación entre los humanos y los auxiliadores. Eran demasiado diferentes. Conseguían transmitirse la información más básica por medio de los actos, de las acciones…, pero nunca con palabras ni con señales. Y además…

Un gran conejo marrón pasó dando brincos a su derecha, junto a la casa abandonada. Timothy sacó el cuchillo.

—¡Eh, tío! —gritó con excitación⁠—. ¡Vamos! —⁠Y echó a correr por la tierra cubierta de escombros, seguido a poca distancia por Fred. Poco a poco fueron comiéndole terreno al conejo. Correr era algo natural para ellos. Tenían mucha práctica.

—¡Lánzale el cuchillo! —exclamó Fred con voz jadeante y Timothy se detuvo derrapando sobre el suelo, levantó el brazo derecho, hizo una breve pausa para apuntar y arrojó su afilado y pesado puñal. Su más valiosa posesión, creada por sus propias manos.

Alcanzó al conejo en todo el cuerpo. El animal rodó por el suelo hasta detenerse, en medio de una nube de polvo.

—¡Apuesto a que podemos sacar un dólar por él! —⁠exclamó Fred dando brincos⁠—. Sólo por la piel… ¡me darán cincuenta centavos!

Corrieron hacia el conejo muerto antes de que apareciera en el cielo un halcón de cola roja o una lechuza diurna y se lo arrebatara.

Norman Schein se agachó, recogió su Perky Pat y dijo con tono malhumorado:

—Lo dejo. No quiero jugar más.

Dolida, su esposa protestó:

—Pero está en las afueras, con su nuevo Ford descapotable aparcado y diez centavos en el contador, y ya ha ido de compras y ahora está en la consulta del psicólogo, leyendo Fortune… ¡Estamos ganando a los Morrison! ¿Por qué quieres dejarlo, Norm?

—No hay manera de ponerse de acuerdo —⁠refunfuñó Norman⁠—. Tú dices que el psicólogo cobraba veinte dólares la hora y yo recuerdo claramente que sólo eran diez. Así que estás perjudicando a nuestro bando. ¿Y por qué? Los Morrison estaban de acuerdo en que eran sólo diez, ¿no? —⁠les dijo al señor y la señora Morrison, quienes se encontraban agazapados al otro lado de la superficie sobre la que se unían los barrios de Perky Pat de ambos matrimonios.

—Tú ibas al psicólogo más que yo —⁠le dijo Helen Morrison a su marido⁠—. ¿Estás seguro de que sólo cobraba diez dólares?

—Bueno, yo iba más que nada a terapia de grupo —⁠dijo Tod⁠—. A la Clínica de Higiene Mental de Berkeley, y allí la tarifa dependía de tu capacidad económica. Pero Perky Pat va a un psicólogo privado.

—¿Por qué no lo dejamos montado? —⁠preguntó Fran Schein⁠—. Podemos terminar esta noche, después de cenar.

Norman Schein contempló su barrio combinado, con las ostentosas tiendas, las calles bien iluminadas, los rutilantes coches de último modelo, la casa de varios pisos en la que vivía la propia Perky Pat y dónde se divertía con Leonard, su novio. Era la casa que él siempre había deseado tener. La casa que era el verdadero eje del barrio, de todos los barrios de Perky Pat, por muy diferentes que pudieran ser en otras cosas.

Por ejemplo, el guardarropa de Perky Pat, allí en el vestidor de la casa, el gran vestidor del dormitorio. Con sus pantalones Capri, los cortísimos pantaloncitos de algodón blanco, el bikini de topos, los preciosos jerséis… Y allí, en el dormitorio, el equipo de alta fidelidad, con su colección de discos…

Todo había sido así una vez, realmente lo había sido, en los tiempos de antes. Norm Schein se acordaba aún de su propia colección de elepés y la ropa que llevaba entonces, casi tan elegante como la del novio de Perky Pat, Leonard, chaquetas de cachemira y trajes de tweed, y zapatos italianos y británicos. Nunca había tenido un Jaguar XKE, como Leonard, pero sí un estupendo Mercedes-Benz de 1963, con el que iba al trabajo.

«Entonces vivíamos —se dijo Norman Schein⁠— como ahora viven Perky Pat y Leonard». Así era, sí.

Señaló el reloj despertador que Perky Pat tenía junto a la cama y le dijo a su esposa:

—¿Te acuerdas de nuestra radio G. E.? ¿Te acuerdas de que nos despertaba con música clásica de la KSFR? El programa se llamaba The Wolfgangers. De seis a nueve de la mañana, todas las mañanas.

—Sí —respondió Fran con un sobrio asentimiento de cabeza⁠—. Tú solías despertarte antes que yo. Sabía que tenía que levantarme y prepararte tocino y café caliente, pero era tan agradable ser perezosa, pasarse media hora más en la cama, hasta que los niños se despertaban…

—Y un cuerno. Siempre estaban despiertos antes que nosotros —⁠dijo Norm⁠—. ¿No te acuerdas? Estaban en el cuarto de atrás, viendo Los tres chiflados hasta las ocho. Entonces me levantaba yo y les preparaba unos cereales antes de irme a trabajar a Ampex, en Redwood.

—Oh, sí —dijo Fran—. La televisión. —⁠Su casa de Perky Pat no tenía televisor. La habían perdido frente a los Regan una semana antes, y Norm todavía no había conseguido una lo bastante realista como para reemplazarla. Así que ahora, en las partidas, fingían que «el técnico ha venido a arreglarla». Así explicaban que su Perky Pat pasara sin algo que habría debido tener.

«Jugar —pensó Norm—, es como estar allí de nuevo, en el mundo de antes de la guerra. Supongo que por eso lo hacemos». A veces sentía un poco de vergüenza, pero era un sentimiento pasajero; casi al instante daba paso al deseo de seguir jugando un rato más.

—Sigamos —dijo de repente—. Acordemos que el psicoanalista le ha cobrado veinte dólares, ¿os parece?

—De acuerdo —dijeron los Morrison al unísono, mientras volvían a ponerse en cuclillas para seguir jugando.

Tod Morrison había recogido a su Perky Pat; le acarició la rubia melena —⁠la suya era rubia, mientras que la de los Schein era morena⁠— y jugueteó con los volantes de su falda.

—¿Qué haces? —inquirió su esposa.

—La falda es preciosa —dijo Tod⁠—. Hiciste un trabajo muy bueno.

—¿Alguna vez —preguntó Norm— conociste a una chica que se pareciera a Perky Pat? Me refiero en los días de antes.

—No —respondió Tod Morrison con tono lúgubre⁠—. Ojalá. Vi chicas como ella, especialmente cuando vivía en Los Angeles, durante la guerra de Corea. Pero nunca llegué a conocerlas en persona. Y luego, claro, estaban esas cantantes tan guapas, como Peggy Lee y Julie London… Se parecían mucho a Perky Pat.

—Juguemos —dijo Fran con tono resuelto. Y Norm, que era al que le tocaba, sujetó la rueda y le dio una vuelta.

—Once —dijo—. Con eso saco a Leonard del taller de coches deportivos y lo llevo hacia el circuito. —⁠Movió el muñeco de Leonard en la dirección indicada.

—¿Sabéis una cosa? —dijo Ted Morrison con tono pensativo⁠—. El otro día estaba fuera, cargando la comida que habían lanzado los auxiliadores… Bill Ferner estaba también allí, y me contó algo interesante. Ha conocido a un carambolo de un pozo de la zona donde antes estaba Oakland. ¿Y sabéis que no juegan a Perky Pat? Ni siquiera han oído hablar de ella.

—¿Y a qué juegan entonces? —⁠preguntó Helen.

—Tienen una muñeca totalmente diferente. —⁠Con el ceño fruncido, Tod continuó⁠—: Bill dice que el carambolo de Oakland la llamó «muñeca Connie Companion». ¿Lo habíais oído alguna vez?

—«Connie Companion» —dijo Fran, ensimismada⁠—. Qué raro. Me pregunto cómo será. ¿Tiene novio?

—Oh, claro —dijo Tod—. Se llama Paul. Connie y Paul. Tendríamos que ir a Oakland un día y ver cómo son Connie y Paul, y cómo viven. Podríamos aprender algunas cosas para nuestros barrios.

—Y quizá podríamos jugar con ellos —⁠dijo Norm.

Desconcertada, Fran preguntó:

—¿Jugar a Perky Pat y Connie Companion a la vez? ¿Y eso se puede? Me pregunto qué pasaría…

No le respondieron. Nadie lo sabía.

Mientras despellejaban al conejo, Fred le dijo a Timothy:

—¿De dónde viene el nombre de «carambolos»? Es una palabra feísima; ¿por qué la usan?

—Los carambolos son las personas que sobrevivieron a la guerra nuclear —⁠le explicó Timothy⁠—. Ya sabes, de pura carambola. ¿Entiendes? Porque murió casi todo el mundo. Antes había miles de personas.

—Pero ¿qué es eso de la «carambola»? Cuando dices «pura carambola»…

—Una carambola es cuando el destino decide que te salvas —⁠dijo Timothy, y eso era lo único que tenía que decir al respecto, porque era lo único que sabía.

—Pero tú y yo —replicó Fred con tono de ensimismamiento⁠— no somos carambolos, porque aún no habíamos nacido cuando estalló la guerra. Nosotros nacimos después.

—Justo —dijo Timothy.

—Así que a todo el que me llame «carambolo» a partir de ahora —⁠dijo Fred⁠— le voy a dar con el zumbador en el ojo.

—Y lo de «auxiliador» —dijo Timothy⁠— también es una palabra inventada. Viene de cuando arrojaban cosas en avión a la gente de las zonas donde había habido una catástrofe. Lo llamaban «misiones de auxilio».

—Eso ya lo sabía —dijo Fred—. No te lo había preguntado.

—Bueno, de todos modos te lo digo —⁠repuso Timothy.

Los dos niños continuaron desollando el conejo.

—¿Te has enterado de lo de la muñeca Connie Companion? —⁠le dijo Jean Regan a su marido. Dirigió una mirada al otro lado de la larga y tosca mesa para asegurarse de que ninguna de las demás familias estaba escuchando⁠—. Escucha —⁠continuó⁠—. Me he enterado por Helen Morrison. Ella se ha enterado por Tod, y a él se lo contó Bill Ferner, según tengo entendido. Así que probablemente sea cierto.

—¿El qué? —preguntó Sam.

—Que en el pozo de Oakland no tienen a Perky Pat. Tienen a Connie Companion… Y me ha dado por pensar que tal vez algo de esto…, ya sabes, esta especie de vacío, el aburrimiento que sentimos de vez en cuando… Puede que si vemos a Connie Companion y nos enteramos de cómo vive, tal vez podamos añadir algo a nuestros barrios, lo suficiente para… —⁠Hizo una pausa y meditó un instante⁠—. Para hacerlos más completos.

—El nombre no me gusta —dijo Sam Regan⁠—. Connie Companion; suena cutre. —⁠Tomó una cucharada de la sosa y nutritiva masa de cereales que los auxiliadores habían estado suministrándoles últimamente. Y mientras la masticaba pensó: «Seguro que Connie Companion no come este engrudo. Seguro que come hamburguesas con queso, con guarnición completa, que compra en un autorestaurante de primera clase».

—Podríamos ir a ver —dijo Jean.

—¿Al pozo de Oakland? —Sam se la quedó mirando⁠—. ¡Está a veinticinco kilómetros, más allá del de Berkeley!

—Pero se trata de algo importante —⁠replicó Jean con testarudez⁠—. Y Bill dijo que uno de ellos había venido hasta aquí en busca de componentes electrónicos o algo por el estilo… Así que si queremos, podemos hacerlo. Tenemos los trajes para el polvo que nos lanzaron los auxiliadores. Sé que podríamos.

El pequeño Timothy Schein, que estaba sentado con el resto de su familia, los había oído. En aquel momento intervino:

—Señora Regan, Fred Chamberlain y yo podríamos ir hasta allí si nos pagan. ¿Qué me dice? —⁠Dio un pequeño codazo a Fred, sentado a su lado⁠—. ¿No? Por unos cinco dólares.

Fred, con el rostro muy serio, se volvió hacia la señora Regan y dijo:

—Hasta podríamos conseguirle una Connie Companion. A cambio de cinco dólares, por barba.

—Dios mío —dijo Jean Regan, indignada. Y dejó el tema.

Pero más tarde, después de la cena, volvió a sacarlo cuando Sam y ella estuvieron a solas en su cuarto.

—Sam, tengo que verla —estalló de repente. Sam estaba tomando su baño semanal en la bañera metálica, así que no tuvo más remedio que escucharla⁠—. Ahora que sabemos que existe, tenemos que jugar contra alguien del pozo de Oakland. Al menos podríamos hacer eso, ¿no? Venga, por favor. —⁠Empezó a andar de un lado a otro de la pequeña habitación, con las manos tensamente entrelazadas⁠—. Puede que Connie Companion tenga una gasolinera de la Standard y un aeropuerto con su pista de aterrizaje y todo, y un televisor en color y un restaurante francés en el que sirvan escargots, como aquél al que fuimos en nuestra luna de miel… Sólo tengo que ver su barrio.

—No sé —dijo Sam, vacilante—. Hay algo en esa Connie Companion que… me inquieta.

—¿Y qué es?

—No lo sé.

—Lo que pasa —repuso Jean con amargura⁠— es que sabes que su barrio es mucho mejor que el nuestro y que ella vale mucho más que Perky Pat.

—Puede —murmuró Sam.

—Si no vamos, si no intentas ponerte en contacto con la gente del pozo de Oakland, lo hará otro… Alguien más ambicioso que tú. Como Norman Schein. Él no es tan cobarde.

Sam no dijo nada. Siguió bañándose. Pero le temblaban las manos.

Hacía poco, un auxiliador había dejado caer una serie de complicados componentes que, a todas luces, formaban parte de una especie de ordenador mecánico. Los ordenadores —⁠si realmente eran eso⁠— habían pasado varias semanas alrededor del pozo, ignorados, pero ahora Norman Schein había encontrado algo que hacer con ellos. En aquel momento estaba atareado adaptando algunos de sus engranajes, los más pequeños, para fabricar una unidad de eliminación de basuras para la cocina de Perky Pat.

Estaba sentado a su mesa de trabajo, con las minúsculas herramientas —⁠diseñadas y construidas por los habitantes del pozo⁠— que se necesitaban para fabricar los objetos del mundo de Perky Pat. Aunque estaba totalmente enfrascado en su labor, se percató al instante de que Fran estaba justo detrás de él, observándolo.

—No me gusta que me observen. Me pone nervioso —⁠dijo Norm mientras levantaba un minúsculo engranaje con un par de pinzas.

—Escucha —dijo Fran—. He estado pensando. ¿Esto te sugiere algo? —⁠Colocó frente a él una de las radios que les habían enviado el día antes.

—Me sugiere una puerta para el garaje que ya tenemos —⁠repuso Norm con irritación. Continuó encajando las piezas en miniatura en la pila de Perky Pat. Un trabajo tan delicado exigía la máxima concentración.

—A mí me sugiere que tiene que haber transmisores en algún lugar de la Tierra —⁠dijo Fran⁠—. Si no, los auxiliadores no se habrían molestado en dejárnoslos.

—¿Y? —preguntó Norm sin el menor interés.

—Puede que el alcaide tenga uno —⁠dijo Fran⁠—. Puede que haya uno aquí mismo, en nuestro pozo, y podamos usarlo para llamar al pozo de Oakland. Una delegación de cada pozo podría encontrarse a medio camino… Por ejemplo, en el pozo de Berkeley. Para jugar allí. Así no tendríamos que recorrer los veinticinco kilómetros.

Norm dejó de trabajar un momento. Bajó las pinzas y dijo con voz pausada:

—Puede que tengas razón. Pero si el alcaide Glebe tiene un transmisor de radio, ¿crees que nos dejará usarlo? Y aun en el caso de que fuera así…

—Podemos probar —lo instó Fran—. No perdemos nada.

—De acuerdo —respondió Norm, y se levantó del banco de trabajo.

El menudo alcaide del pozo de Pinole, con sus brazos cortos y su uniforme del ejército, escuchó a Norm Schein en silencio. Luego esbozó una sonrisa llena de sabiduría y astucia.

—Claro que tengo un transmisor de radio. Lo he tenido desde el principio. Cincuenta vatios de potencia. Pero ¿por qué quieres usarlo para ponerte en contacto con el pozo de Oakland?

—Eso es asunto mío —respondió Norm con cautela.

—Muy bien. Quince dólares.

Fue una desagradable sorpresa y Norm se encogió por dentro al oírlo. Dios, era todo el dinero que tenían su mujer y él, y lo necesitaban, hasta el último penique, para seguir jugando a Perky Pat. El dinero era esencial en el juego. No existía otro medio de determinar si se ganaba o se perdía.

—Es demasiado —continuó.

—Bueno, pues dejémoslo en diez —⁠dijo el alcaide, encogiéndose de hombros.

Al final acordaron un precio de seis dólares y cincuenta centavos.

—Yo llamaré —dijo Hooker Glebe—. Tú no sabrías cómo. Lleva su tiempo. —⁠Empezó a girar una manivela que el generador del transmisor tenía a un lado⁠—. Cuando haya contactado con ellos te lo notificaré. Pero quiero el dinero ahora. —⁠Extendió la mano y, con toda clase de reservas, Norm le pagó.

Hasta última hora de aquella noche Hooker no logró establecer contacto con Oakland. Muy sonriente y satisfecho consigo mismo, se presentó en el cuarto de Norm a la hora de la cena.

—Todo preparado —anunció—. Oye, ¿sabías que hay nueve pozos en Oakland? Yo no. ¿Cuál te interesa? He entrado en contacto con el que tiene el código radiofónico Rojo Vainilla. —⁠Se rió entre dientes⁠—. Son una gente muy suspicaz. No ha sido fácil conseguir que respondieran.

Norm dejó la cena a medio terminar y salió corriendo hacia el cuarto del alcaide, seguido por un jadeante Hooker.

—Sólo tienes que decir «aquí el pozo de Pinole». Repítelo un par de veces y luego, cuando oigas «recibido», diles lo que quieras decir. —⁠Empezó a toquetear los controles con aire de enorme trascendencia.

—Aquí el pozo de Pinole —dijo Norm en voz alta frente al micrófono.

Casi al instante, en el monitor, una voz clara respondió:

—Aquí Vainilla Rojo Tres al habla. —⁠La voz era fría y dura. Se le antojó totalmente extraña, ajena. Hooker tenía razón.

—¿Tienen a Connie Companion ahí abajo?

—Sí, así es —respondió el carambolo de Oakland.

—Bueno, pues en ese caso los desafiamos —⁠dijo Norm, sintiendo que se le hinchaban las venas del cuello por la tensión de lo que estaba haciendo⁠—. En esta zona tenemos a Perky Pat. Jugaremos con Perky Pat contra su Connie Companion. ¿Dónde podríamos encontrarnos?

—Perky Pat —repitió el carambolo de Oakland⁠—. Sí, he oído hablar de ella. ¿De qué clase de apuestas estamos hablando?

—Aquí solemos jugar con papel moneda —⁠dijo Norm, a pesar de sentir que su respuesta era poco convincente.

—Tenemos dinero de sobra —respondió el otro con tono cortante⁠—. Eso no nos interesa. ¿Qué más?

—No sé. —Se sentía incómodo hablando con alguien a quien no podía ver. No estaba acostumbrado. Él pensaba que la gente tenía que hablar cara a cara para poder verse la expresión del rostro. Aquello no era natural⁠—. Reunámonos a mitad de camino —⁠dijo⁠— y discutámoslo. Podríamos vernos en el pozo de Berkeley. ¿Qué le parece?

—Es demasiado lejos —respondió el carambolo de Oakland⁠—. ¿Quieren que llevemos nuestros barrios de Connie Companion hasta allí? Pesan demasiado y podría ocurrirles algo.

—No, sólo para hablar de las reglas y las apuestas —⁠dijo Norm.

—Bueno —dijo el carambolo de Oakland con tono dubitativo⁠—. Podríamos hacerlo, supongo. Pero quiero que entiendan una cosa: nos tomamos muy en serio a Connie Companion. Será mejor que estén preparados para negociar de verdad.

—Así será —le aseguró Tom.

Durante todo ese tiempo, el alcaide Hooker Glebe no había dejado de dar vueltas a la manivela del generador. Sudoroso y con el rostro crispado por la fatiga, le indicó con gestos furiosos que concluyera la conversación.

—En el pozo de Berkeley —terminó Norm⁠—. Dentro de tres días. Envíen a su mejor jugador, el que tenga el mejor y más grande de los barrios. Los barrios de Perky Pat son auténticas obras de arte.

El carambolo de Oakland respondió:

—Eso lo creeremos cuando lo veamos. Además, aquí tenemos carpinteros, electricistas y yeseros para construir los barrios. Seguro que ustedes no tienen nada parecido.

—Puede que se equivoque —dijo Norm acaloradamente, antes de bajar el micrófono. Se volvió hacia Hooker Glebe, que había dejado inmediatamente de dar vueltas a la manivela, y le dijo⁠—: Ganaremos. Espera a que vean la unidad de eliminación de basuras que estoy construyendo para mi Perky Pat; ¿sabías que en los tiempos de antes había gente, seres humanos de verdad, me refiero, que no tenían unidades de eliminación de basuras?

—Lo recuerdo, sí —respondió malhumoradamente Hooker⁠—. Oye, has amortizado el dinero, ¿eh? Creo que me has timado. Ha sido mucho tiempo. —⁠Miró a Norm con tal hostilidad que éste empezó a sentirse intranquilo. A fin de cuentas, el alcaide de un pozo tenía la potestad de expulsar de él a cualquier carambolo. Así era su ley.

—Te daré la alarma contra incendios que acabo de terminar —⁠dijo Norm⁠—. En mi barrio va en la esquina de la manzana donde vive el novio de Perky Pat, Leonard.

—Me parece bien —dijo Hooker, y su hostilidad remitió de manera palpable, reemplazada al instante por la codicia⁠—. Habrá que verla, Norm. Seguro que va de maravilla en mi barrio. Una alarma de incendios es justo lo que necesitaba para completar la primera manzana, donde va el buzón. Gracias.

—De nada —respondió Norm con un suspiro de resignación.

Al volver a casa tras el viaje de dos días al pozo de Berkeley, lucía una expresión tan lúgubre que su esposa supo al instante que el encuentro con la gente de Oakland no había ido bien.

Aquella mañana un auxiliador les había lanzado cartones de una bebida sintética parecida al té. Le preparó una taza mientras esperaba a que le contara lo que había pasado doce kilómetros al sur.

—Regateamos —dijo Norm, sentado sobre la cama que compartían su mujer y todos sus hijos⁠—. No quieren dinero; no quieren mercancías… Y no me extraña. Los auxiliadores también se las lanzan regularmente.

—¿Y qué quieren, entonces?

—A la propia Perky Pat —dijo Norm. Y guardó silencio.

—Oh, Dios mío —respondió su mujer, horrorizada.

—Pero si ganamos —señaló Norm—, nos quedamos con Connie Companion.

—¿Y los barrios? ¿Qué pasa con ellos?

—Cada uno se queda los suyos. Solo quieren a Perky Pat. Ni Leonard ni nada más.

—Pero —protestó su esposa— ¿qué hacemos si perdemos a Perky Pat?

—Podemos fabricar otra —dijo Norm⁠—. Sólo necesitamos tiempo. Aquí, en el pozo, tenemos termoplásticos y cabello artificial de sobra. Y yo tengo pintura en cantidad. Tardaríamos al menos un mes, pero podría hacerlo. No es que me apetezca hacerlo, lo reconozco. Pero… —⁠Los ojos le brillaron⁠—. Míralo por el lado positivo; imagínate cómo sería si ganáramos la muñeca Connie Companion. Creo que podemos ganar perfectamente. Su delegado parecía un tipo listo, como dijo Hooker, pero…, pero el tipo con el que yo hablé no me pareció demasiado…, ya sabes, afortunado.

Y, después de todo, el elemento de la suerte, del azar, hacía acto de presencia en cada fase del juego por medio del giro de la rueda.

—No me parece bien —dijo Fran— jugarse a la propia Perky Pat. Pero si tú lo dices… —⁠Logró esbozar una leve sonrisa⁠—. De acuerdo. Y si ganas a Connie Companion…, ¿quién sabe? Puede que te elijan alcaide cuando muera Hooker. Piénsalo: haber ganado la muñeca de otro; no sólo la partida o el dinero, sino la propia muñeca.

—Puedo conseguirlo —dijo Norm con sobriedad⁠—. Tengo mucha suerte. —⁠Podía sentirlo en su interior, la misma carambola que le había permitido sobrevivir a la guerra nuclear, que lo había mantenido con vida desde entonces. «Es algo que se tiene o no se tiene —⁠comprendió⁠—. Y yo lo tengo».

—¿No deberíamos pedirle a Hooker que organizara una reunión de todos los habitantes del pozo para elegir al mejor jugador? Así tendremos más posibilidades de ganar.

—Escucha —dijo Norm Schein con mucho énfasis⁠—. El mejor jugador soy yo. Y voy a ir yo. Contigo. Formamos un buen equipo y no vamos a romperlo. Además, se necesitan al menos dos personas para transportar el barrio de Perky Pat. —⁠En conjunto, calculó, pesaría unos treinta kilos.

Su plan le parecía satisfactorio. Pero cuando se lo mencionó a otros habitantes del pozo de Pinole se encontró frente a su desaprobación. El día siguiente estuvo repleto de discusiones.

—No podéis llevar el barrio hasta allí solos —⁠dijo Sam Regan⁠—. Que os acompañe más gente o usad algún vehículo. Como un carromato o algo. —⁠Miró a Norm con el ceño fruncido.

—¿Y de dónde saco yo un carromato? —⁠inquirió Norm.

—Quizá se pueda adaptar algo —⁠dijo Sam⁠—. Yo te ayudaré en todo lo que pueda. Por mí te acompañaría, pero, como ya le dije a mi mujer, la idea me preocupa. —⁠Le dio una palmada en la espalda⁠—. Admiro vuestro valor. Es muy arriesgado. Ojalá yo fuera tan valiente. —⁠No parecía contento.

Al final Norm consiguió una carretilla. Fran y él se turnarían para empujarla. De ese modo no tendrían que cargar con nada más que la comida y el agua y, por supuesto, los cuchillos para protegerse de los gatocanes.

Mientras subían con el máximo cuidado los elementos de su barrio en la carretilla, el hijo de Norm, Timothy, se les acercó furtivamente.

—Llevadme con vosotros, papá —⁠suplicó⁠—. Por cincuenta centavos haré de explorador y guía, y os ayudaré a conseguir comida.

—Nos las arreglaremos —dijo Norm⁠—. Tú quédate en el pozo. —⁠La idea de llevarse a su hijo en un viaje tan importante no le gustaba. Era algo casi… sacrílego.

—Dame un beso de despedida —⁠le dijo Fran al niño con una pequeña sonrisa. Un instante después, su atención volvió a centrarse en la carretilla⁠—. Espero que no se vuelque —⁠le dijo a Norm con tono aprensivo.

—No te preocupes —dijo Norm—. Sólo debemos tener cuidado. —⁠Se sentía rebosante de confianza.

Momentos después empezaron a empujar la carretilla por la rampa de salida. Su viaje al pozo de Berkeley había empezado.

A kilómetro y medio del pozo de Berkeley, Fran y él empezaron a encontrarse con latas vacías y medio vacías: los restos de pasados envíos de ayuda como los que cubrían los alrededores de su propio pozo. Norm Schein exhaló un suspiro de alivio; el viaje no había sido tan malo, al fin y al cabo, aunque tenía las manos cubiertas de ampollas de tanto empujar la carretilla, y Fran se había torcido el tobillo y ahora cojeaba al andar. Pero habían tardado menos de lo que esperaban y estaban de buen humor.

Delante de ellos apareció una figura, agazapada en la ceniza. Un niño. Norm lo llamó con el brazo y dijo:

—Eh, chaval… Somos del pozo de Pinole. Teníamos que encontrarnos aquí con un grupo de Oakland… ¿Te acuerdas de mí?

El niño, sin responder, dio media vuelta y se alejó corriendo.

—No hay nada que temer —dijo Norm a su esposa⁠—. Va a avisar al alcaide. Un buen tipo, llamado Ben Fennimore.

Al cabo de un rato vieron que varios adultos de aspecto preocupado se les acercaban con cautela.

Aliviado, Norm apoyó las patas de la carretilla sobre la ceniza, la soltó y se limpió la cara con el pañuelo.

—¿Ha llegado el equipo de Oakland? —⁠preguntó.

—Aún no —dijo un hombre alto y entrado en años, con un brazalete blanco y una gorra ostentosa⁠—. Es usted Schein, ¿no? —⁠dijo mirándolos de arriba abajo. Era Ben Fennimore⁠—. Ha vuelto con su barrio. —⁠Los carambolos de Berkeley habían empezado a congregarse alrededor de la carretilla y a inspeccionar el barrio de los Schein. Sus rostros mostraban admiración.

—Aquí también tienen a Perky Pat —⁠le explicó a su mujer⁠—. Pero… —⁠bajó la voz⁠—. Sus barrios son muy elementales. Una casa, el guardarropa y el coche… No han construido casi nada. Les falta imaginación.

Una de los carambolos de Berkeley, maravillada, preguntó a Fran:

—¿Y han construido ustedes mismos todas las piezas? —⁠Se volvió hacia el hombre que tenía a su lado⁠—. ¿Ves lo que han conseguido, Ed?

—Sí —respondió el hombre con un asentimiento de la cabeza⁠—. Oigan —⁠les dijo a Fran y Norm⁠—, ¿podemos verlo montado? Van a jugar en nuestro pozo, ¿no?

—En efecto —respondió Norm.

Los carambolos de Berkeley los ayudaron a empujar la carretilla el último kilómetro y medio. Antes de que pasara mucho tiempo estaban bajando por la rampa hacia el interior del pozo.

—Es un pozo muy grande —le confió Norm a su esposa⁠—. Debe de haber unas dos mil personas. Aquí estaba la Universidad de California.

—Ya veo —dijo Fran, un poco cohibida por entrar en un pozo en el que nunca había estado. Era la primera vez en muchos años, desde la guerra, en realidad, que veía desconocidos. Resultaba casi insoportable para ella. Norm sintió que se encogía de temor y se pegaba a él.

Cuando habían llegado al primer nivel y empezaban a descargar la carretilla, Ben Fennimore se les acercó y les dijo en voz baja:

—Parece ser que ya han visto a la gente de Oakland. Acaban de avisarme. Prepárense. —⁠Y añadió⁠—: Estamos con ustedes, como es natural. Somos de Perky Pat.

—¿Han visto alguna vez la muñeca Connie Companion? —⁠le preguntó Fran.

—No, señora —respondió cortésmente Fennimore⁠—. Pero, claro, como somos vecinos de Oakland y todo eso, hemos oído hablar de ella. Una cosa sí puedo decirles: comentan que Connie Companion es un poco más antigua que Perky Pat. Ya saben, más…, eh…, madura —⁠les explicó⁠—. Sólo quería que estuvieran preparados.

Norm y Fran se miraron un momento.

—Gracias —respondió Norm con voz pausada⁠—. Sí, conviene que estemos lo más preparados posible. ¿Y Paul?

—Oh, no se preocupen por él —⁠dijo Fennimore⁠—. La importante es Connie. No creo que Paul tenga ni apartamento propio. Pero será mejor que esperen a que los carambolos de Oakland estén aquí. No quiero confundirlos… Toda la información que tengo es de oídas, la verdad.

Otro carambolo de Berkeley, que se encontraba cerca y había oído la conversación, dijo:

—Yo vi a Connie una vez. Es mucho mayor que Perky Pat.

—¿Qué edad le echa usted a Perky Pat? —⁠le preguntó Norm.

—Oh, yo diría que diecisiete o dieciocho —⁠fue la respuesta.

—¿Y a Connie?

Aguardó con tensión.

—Oh, ella puede que tenga unos veinticinco o así.

De la rampa que tenían detrás empezaron a llegar unos ruidos. Aparecieron más carambolos de Berkeley, seguidos por dos hombres que cargaban con una plataforma que, una vez desplegada, resultó francamente espectacular.

Era el equipo de Oakland, y no se trataba de una pareja, un matrimonio, sino de dos hombres de rasgos duros y mirada severa y distante. Saludaron a Norm y Fran con secos movimientos de cabeza y luego, con enorme cuidado, depositaron en el suelo la plataforma sobre la que iría montado el barrio.

Tras ellos llegó un tercer carambolo de Oakland, con una caja de metal muy parecida a una tartera. Al verlos, Norm supo instintivamente que la caja contenía a Connie Companion. El carambolo de Oakland sacó una llave y abrió la caja con ella.

—Estamos preparados para empezar la partida en cualquier momento —⁠dijo el más alto de los dos hombres de Oakland⁠—. Tal como acordamos en su momento, usaremos una rueda numerada en lugar de dados. Así será más difícil hacer trampas.

—De acuerdo —dijo Norm. Tras un titubeo, extendió la mano⁠—. Soy Norm Schein y ésta es mi esposa y compañera de equipo, Fran.

El hombre de Oakland, a todas luces el líder, respondió:

—Soy Walter R. Wynn. Este es mi compañero de equipo, Charley Dowd, y el hombre que lleva la caja es Peter Foster. Él no juega; sólo protege nuestro barrio. —⁠Dirigió una mirada a todos los carambolos de Berkeley que lo rodeaban, una mirada que venía a decir «Sé que aquí apoyáis todos a Perky Pat. Pero no nos importa. No tenemos miedo».

—Estamos preparados para jugar, señor Wynn —⁠dijo Fran con voz baja y firme.

—¿Y el dinero? —preguntó Fennimore.

—Creo que ambos equipos tienen dinero de sobra —⁠dijo Wynn. Sacó varios miles de dólares en billetes verdes y al instante Norm hizo lo propio⁠—. El dinero aquí carece de importancia, salvo como elemento del juego.

Norm asintió. Lo entendía a la perfección. Lo único que importaba eran las muñecas. Y en ese momento, por vez primera, pudo ver a Connie Companion.

El señor Foster (a cuyo cuidado, evidentemente, estaba encomendada) estaba colocándola en el dormitorio. Y al verla sintió que se quedaba sin aliento. Sí, era mayor. Una mujer adulta, no una chica… Las diferencias entre Perky Pat y ella eran muy notables. Resultaba tan real… Era una pieza tallada, no fundida. Se notaba que estaba hecha de madera y encima pintada a mano. No era una muñeca termoplástica, como la suya. Y su cabello… parecía pelo de verdad.

Lo impresionó profundamente.

—¿Qué le parece? —preguntó Walter Wynn con una leve sonrisa.

—Muy… impresionante —reconoció Norm.

Ahora los de Oakland estaban examinando a Perky Pat.

—Plástico; una sola pieza, por vaciado —⁠dijo uno de ellos⁠—. Pelo artificial. Pero la ropa es buena. Cosida a mano, se nota a primera vista. Interesante. Lo que habíamos oído es cierto; Perky Pat no es una adulta, sólo una adolescente.

Entonces hizo acto de presencia el compañero masculino de Connie. Lo colocaron en el dormitorio, junto a ella.

—Espere un segundo —dijo Norm—. ¿Están colocando a Paul, o como se llame, en el dormitorio, con ella? ¿Es que no tiene su propio apartamento?

—Están casados —dijo Wynn.

—¿Casados? —Norm y Fran se lo quedaron mirando, boquiabiertos.

—Pues claro —dijo Wynn—. Así que, como es natural, viven juntos. Sus muñecos no, ¿verdad?

—N-no —dijo Fran—. Leonard es el novio de Perky Pat… —⁠Fue bajando la voz⁠—. Norm —⁠dijo asiéndolo del brazo⁠—. No me lo creo. Dicen que están casados para sacar ventaja. Porque si empiezan en la misma habitación…

—Eh, amigos, una cosa —dijo Norm en voz alta⁠—. No pueden decir que están casados. No es justo.

—No es que lo digamos —replicó Wynn⁠—. Es que están casados. Se llaman Connie y Paul Lathrope, y viven en el 24 de Arden Place, Piedmont. Llevan casados casi un año, puede decírselo cualquier jugador. —⁠Lo dijo con total calma.

«Puede —pensó Norm— que sea verdad». Estaba realmente perplejo.

—Míralos juntos —dijo Fran mientras se arrodillaba para examinar el barrio de Oakland⁠—. En el mismo dormitorio, en la misma casa. Mira, Norm, ¿no lo ves? Sólo hay una cama. Una cama grande, de matrimonio. —⁠Con mirada de desesperación, apeló a su esposo⁠—. ¿Cómo pueden competir Perky Pat y Leonard contra eso? —⁠Le temblaba la voz⁠—. Moralmente, está mal.

—Ese barrio es de un tipo totalmente diferente —⁠le dijo Norm a Walter Wynn⁠—. Totalmente diferente a lo que nosotros conocemos. Como puede ver. —⁠Señaló el suyo⁠—. Insisto en que, para esta partida, se considere que Connie y Paul no viven juntos y no están casados.

—Pero es que lo están —repuso Foster⁠—. Es un hecho. Mire, su ropa está en el mismo armario. —⁠Les mostró el armario⁠—. Y en los mismos cajones de la cómoda. —⁠Les enseñó también eso⁠—. Y miren en el baño. Dos cepillos de dientes. Uno para él y otro para ella, en el mismo vaso. Está claro que no nos lo hemos inventado.

Se hizo el silencio.

Entonces Fran, con voz ahogada, preguntó:

—Y si están casados…, ¿es que ya han estado juntos?

Wynn enarcó una ceja y asintió.

—Claro, están casados. ¿Qué hay de malo en ello?

—Perky Pat y Leonard nunca han… —⁠empezó a decir Fran, pero no pudo acabar la frase.

—Naturalmente —asintió Wynn—. Porque ellos sólo salen. Es comprensible.

—No podemos jugar —dijo Fran—. No podemos. —⁠Sujetó a su marido del brazo⁠—. Volvamos al pozo de Pinole… Por favor, Norm.

—Espere —dijo Wynn al instante—. Si no juegan, dan la partida por perdida. Tendrán que entregarnos a Perky Pat.

Los tres hombres de Oakland asintieron a la vez. Y Norm vio que muchos de los carambolos de Berkeley, incluido Ben Fennimore, asentían también.

—Tienen razón —le dijo a su esposa con voz apagada⁠—. Tenemos que jugar. —⁠Se inclinó y, con indiferencia, hizo rodar la rueda. El indicador se detuvo en un seis.

Con una sonrisa en los labios, Walter Wynn se arrodilló y lo imitó. Él sacó un cuatro.

La partida había comenzado.

Agazapado entre los restos abandonados y descompuestos de un envío de socorro lanzado meses atrás, Timothy Schein vio venir a sus padres sobre las cenizas, empujando la carretilla. Parecían cansados y desanimados.

—¡Hola! —exclamó mientras daba un brinco y echaba a correr hacia ellos. Se sentía muy feliz de volver a verlos. Los había echado mucho de menos.

—Hola, hijo —murmuró su padre con un gesto de cabeza. Soltó la carretilla, se detuvo y se secó la cara con el pañuelo.

Fred Chamberlain apareció entonces detrás de Timothy, jadeando.

—Hola, señor Schein; hola, señora Schein. Eh, ¿han ganado? ¿Han ganado a los carambolos de Oakland? Sí, ¿verdad? —⁠Los miró alternativamente.

—Sí, Freddy —dijo Fran en voz baja⁠—. Hemos ganado.

—Mirad en la carretilla —dijo Norm.

Los dos niños miraron. Y allí, entre los muebles de Perky Pat, yacía otra muñeca. Más grande, de figura más formada, mayor que Perky Pat… La miraron fijamente, tan fijamente como ella miraba el cielo gris que tenía encima. «De modo que ésta es Connie Companion —⁠se dijo Timothy⁠—. Caramba».

—Hemos tenido suerte —dijo Norm. Varias personas habían salido del pozo y estaban congregándose a su alrededor para escucharlos. Jean y Sam Regan, Tod Morrison y su esposa Helen y, al cabo de un momento, el propio alcalde Hooker Glebe en persona, emocionado y nervioso, con el rostro colorado, sin aliento a causa del esfuerzo, poco habitual en él, de subir por la rampa hasta el exterior.

—Nos salió una tarjeta de cancelación de deuda, justo cuando íbamos peor —⁠dijo Fran⁠—. Debíamos cincuenta mil dólares y con eso recuperamos el terreno perdido. Luego, justo después, sacamos un avance de diez casillas, lo que nos llevó a la del premio gordo, al menos en nuestro barrio. Hubo una discusión muy fuerte, porque ellos decían que en el suyo correspondía a una casilla de impuestos sobre los bienes inmuebles, pero habíamos sacado un número par, así que nos tocaba usar el nuestro. —⁠Suspiró⁠—. Me alegro de estar de vuelta. Ha sido muy duro, Hooker; una partida muy complicada.

Hooker Glebe resolló.

—Vamos a echar un vistazo a la muñeca Connie Companion, amigos. —⁠Se volvió hacia Fran y Norm y les preguntó⁠—: ¿Puedo enseñársela a todos?

—Claro —respondió Norm asintiendo.

Hooker alzó la muñeca.

—Pues sí que está conseguida —⁠dijo mientras la examinaba de cerca⁠—. La ropa no es tan buena como la nuestra, en general. Parece cosida a máquina.

—Así es —le dijo Norm—. Pero el cuerpo es de madera tallada.

—Sí, ya lo veo. —Hooker dio varias vueltas a la muñeca entre sus manos y la inspeccionó desde todos los ángulos⁠—. Un magnífico trabajo. Está más…, mmm, rellena que Perky Pat. ¿Y esto que lleva qué es? ¿Un traje de tweed o algo por el estilo?

—Un traje sastre —dijo Fran—. Lo ganamos junto con ella. Eso se acordó con antelación.

—Verás, tiene trabajo —le explicó Norm⁠—. Es psicóloga en una gran empresa que se dedica a realizar estudios de mercadotecnia. Sobre preferencias del público. Es un puesto importante. Gana veintidós mil al año, me parece que dijo Wynn.

—Jesús —dijo Hooker—. Y Pat aún está en la universidad; es una niña. —⁠Puso cara de preocupación⁠—. Bueno, supongo que es normal que vayan por delante en algunas cosas; lo importante es que habéis ganado. —⁠Su sonrisa de jovialidad volvió a aparecer⁠—. Perky Pat ha salido victoriosa. —⁠Levantó la muñeca Connie Companion bien alto para que todos pudieran verla⁠—. ¡Mirad lo que han traído Norm y Fran, amigos!

—Ten cuidado con ella, Hooker —⁠dijo Norm con voz firme.

—¿Eh? —repuso Hooker—. ¿Qué pasa, Norm?

—Que va a tener un bebé —dijo Norm.

Se hizo un silencio repentino y glacial. A su alrededor, la brisa removía ligeramente las cenizas. Ése era el único sonido.

—¿Cómo lo sabes?

—Nos lo dijeron ellos mismos, los de Oakland. Y también hemos ganado eso…, después de una dura discusión que tuvo que zanjar Fennimore. —⁠Metió la mano en la carretilla y sacó una pequeña bolsita de cuero, de la que extrajo con todo cuidado la figura tallada de un rosado recién nacido⁠—. Lo ganamos porque Fennimore dijo que, técnicamente, en este momento forma parte de Connie Companion.

Hooker se lo quedó mirando durante un momento prolongado.

—Está casada —le explicó Fran—. Con Paul. No sólo salen juntos. Está de tres meses, según el señor Wynn. No nos lo dijo hasta después de perder la partida. No quería hacerlo, pero pensó que era su deber. Creo que fue un detalle por su parte. No haberlo dicho habría estado feo.

—Y además —dijo Norm—, tiene un espacio para el embrión…

—Sí —dijo Fran—. Como es natural, para verlo hay que abrir a Connie, pero…

—No —dijo Jean Regan—. No, por favor.

—No, señora Schein, no lo haga —⁠dijo Hooker mientras retrocedía un paso.

—A nosotros también nos sorprendió al principio, pero… —⁠empezó a decir Fran.

—No —dijo violentamente Hooker. Se inclinó y recogió una piedra del suelo⁠—. No —⁠repitió, y alzó el brazo⁠—. Alto, los dos. No digáis una palabra más.

También los Regan habían recogido piedras. Nadie dijo nada.

Finalmente, Fran rompió el silencio:

—Norm, tenemos que irnos de aquí.

—Tienes razón —les dijo Tod Morrison. Su esposa asintió con torva determinación.

—Volved a Oakland —les dijo Hooker a Norm y Fran Schein⁠—. Ya no vivís aquí. Sois diferentes a nosotros. Habéis… cambiado.

—Sí —dijo Sam Regan con voz casi ausente⁠—. Tenía razón en tener miedo. —⁠Se volvió hacia Norm Schein y añadió⁠—: ¿Es muy largo el viaje hasta Oakland?

—Sólo fuimos hasta Berkeley —⁠dijo Norm⁠—. Hasta el pozo de Berkeley. —⁠Parecía confundido y aturdido por lo que estaba pasando⁠—. Por Dios —⁠dijo⁠—. No podemos dar media vuelta y arrastrar esta carretilla de nuevo hasta Berkeley. ¡Estamos agotados, necesitamos descansar!

—¿Y si alguien os ayuda a empujar? —⁠preguntó Sam Regan. Se acercó a los Schein y se colocó junto a ellos⁠—. Yo lo haré. Muéstrame el camino, Schein. —⁠Miró a su esposa, pero Jean no se movió. Ni siquiera soltó las piedras que había recogido.

Timothy Schein aferró a su padre del brazo.

—¿Me dejas ir con vosotros esta vez, papá? Por favor, déjame.

—Muy bien —dijo Norm, con voz casi ausente. En aquel momento pareció recomponerse⁠—. Así que no nos queréis aquí. —⁠Se volvió hacia Fran⁠—. Vámonos. Sam empujará la carretilla. Creo que podemos llegar antes de que se haga de noche. Si no, dormiremos al raso. Timothy nos ayudará a mantener a raya a los gatocanes.

—Supongo que no hay más remedio —⁠dijo Fran. Estaba pálida.

—Llevaos esto con vosotros —⁠dijo Hooker. Les devolvió el minúsculo muñeco tallado. Fran Schein lo tomó y, con toda delicadeza, volvió a guardarlo en su bolsita. Norm dejó a Connie Companion en la carretilla, donde había llegado. Estaban preparados para emprender el viaje.

—Al final acabará por ocurrir aquí —⁠le dijo al grupo de carambolos de Pinole⁠—. Simplemente, Oakland está más avanzado, eso es todo.

—Venga —dijo Hooker Glebe—. Marchaos.

Norm asintió e hizo ademán de agarrar las asas de la carretilla, pero Sam Regan se le adelantó.

—Vámonos —dijo.

Los tres adultos, precedidos por Timothy Schein, con el cuchillo preparado —⁠por si atacaban los gatocanes⁠—, se puso en marcha en dirección a Oakland, al sur. Nadie dijo nada. No había nada que decir.

—Es una pena que haya pasado esto —⁠dijo Norm al fin, un kilómetro después, cuando hubo desaparecido el último rastro de los carambolos de Pinole.

—Puede que no —respondió Sam Regan⁠—. Puede que sea para bien. —⁠No parecía abatido. Y eso que él, al fin y al cabo, se había quedado sin su esposa. Era el que más había perdido y, sin embargo, parecía entero.

—Me alegro de que lo veas así —⁠dijo Norm con tono apagado.

Siguieron andando, sumidos en sus propios pensamientos.

Al cabo de un rato, Timothy le dijo a su padre:

—En esos grandes pozos del sur…, hay más cosas que hacer, ¿no? O sea, aparte de estar sentado todo el día, jugando. —⁠Desde luego, él esperaba que fuera así.

—Supongo que sí —dijo su padre.

Una nave de socorro pasó silbando sobre ellos y se perdió en la lejanía casi al instante. Timothy la vio desaparecer, pero sin demasiado interés, la verdad, porque sus pensamientos estaban prendidos de la superficie, de todo lo que los esperaba allá delante, al sur.

—Esa gente de Oakland, su juego —⁠murmuró su padre⁠—, su muñeca, les ha enseñado algo. Connie tuvo que crecer, y al hacerlo los obligó a crecer a ellos. Los nuestros no lo han hecho con Perky Pat. Me pregunto si algún día lo harán. Ella tendrá que crecer, como Connie. Connie tuvo que ser como ella, un día. Hace mucho tiempo.

Timothy, ignorando lo que su padre estaba diciendo —⁠¿a quién podían interesarle las muñecas y jugar con ellas?⁠—, se adelantó unos metros y aguzó la vista tratando de ver lo que había en su camino, las oportunidades y posibilidades para su padre, su madre y él, y también para el señor Regan.

—¡Estoy impaciente! —le gritó a su padre, y Norm Schein logró esbozar una sonrisa fatigada a modo de respuesta.

NOTA:

Los días de Perky Pat «The Days of Perky Pat». («In the Days of Perky Pat») [18 de abril de 1963], en Amazing, diciembre 1963.

Los dias de Perky Pat se me ocurrió un día al ver a mis hijas jugando con unas barbies. Obviamente, estas muñecas anatómicamente hiperdesarrolladas no estaban diseñadas para el uso de los niños o, para ser más precisos, no deberían haberlo estado. Barbie y Ken eran dos adultos en miniatura. La idea era que había que seguir comprándoles más y más ropa a fin de que mantuvieran el tren de vida al que estaban acostumbrados. Tuve una visión en la que Barbie entraba en mi dormitorio de noche y me decía «Necesito un abrigo de armiño». O, peor aún, «Eh, chicarrón, ¿quieres hacer un viaje a Las Vegas en mi Jaguar XKE?». Me entró miedo que mi esposa me sorprendiera con Barbie y nos pegara un tiro.

La venta de Los días de Perky Pat fue muy fácil, porque en aquella época Cele Goldsmith, una de las mejores profesionales del medio, era la editora de Amazing. Avram Davidson, editor de Fantasy & Science Fiction la había rechazado, pero más tarde me contó que, de haber sabido lo de las muñecas Barbie, posiblemente no lo hubiese hecho. Me cuesta creer que alguien no conozca las muñecas Barbie. A fin de cuentas, yo tenía que hacer frente a sus caros caprichos constantemente. Era tan difícil como mantener en funcionamiento mi aparato de televisión; el aparato siempre necesitaba algo, y lo mismo le pasaba a la Barbie. Siempre pensé que Ken tendría que comprarse su propia ropa.

Aquella época (comienzos de los años sesenta) fue muy prolífica para mí, y algunos de mis mejores relatos y novelas datan de entonces. Mi mujer no me dejaba trabajar en casa, así que alquilé una pequeña cabaña por veinticinco dólares al mes, a la que me iba a trabajar todas las mañanas. Estaba fuera del condado. Lo único que veía durante el trayecto eran unas pocas vacas en sus pastos y mi propio rebaño de ovejas, que nunca hacían otra cosa que caminar tranquilamente detrás de los pastores. Aquella cabaña en la que me pasaba los días enteros era terriblemente solitaria. Puede que echara de menos a Barbie, que estaba en casa, con los niños. Así que es posible que Los días de Perky Pat fuera la expresión fantasiosa de mis propios deseos. Me habría encantado ver aparecer a Barbie —⁠o a Perky Pat o a Connie Companion⁠— en la puerta de mi cabaña.

Lo que sí apareció fue algo espantoso: la visión del rostro de Palmer Eldritch, que se convertiría en la base de la novela Los tres estigmas de Palmer Eldritch, generada por el relato de Perky Pat.

Un día estaba caminando por la acera que llevaba a mi cabaña, preparándome para hacer frente a ocho horas de escribir en un aislamiento total de la especie humana, cuando levanté la mirada hacia el cielo y vi una cara. No la vi en realidad, pero estaba allí, y no era una cara humana; era un semblante de maldad absoluta. Ahora me doy cuenta (y creo que también lo hice en su momento) de que lo que provocó aquella visión fueron los meses de aislamiento, la privación de todo contacto humano, la ausencia, de hecho, de estímulos sensoriales… En cualquier caso, el semblante estaba allí, imposible de ignorar. Era inmenso. Ocupaba una cuarta parte del cielo. Tenía dos ranuras vacías en lugar de ojos, era metálico y cruel y, lo que es peor, era Dios.

Subí al coche y fui a mi iglesia, la episcopaliana de Saint Columbia, donde hablé con mi pastor. Tras escucharme, llegó a la conclusión de que había vislumbrado a Satán por un momento, y me dio la extremaunción. No la extremaunción final, sino una puramente curativa. No me sirvió de nada: el rostro de metal seguía en el cielo. Estuvo allí todo el día.

Años más tarde, mucho después de haber escrito Los tres estigmas de Palmer Eldritch y habérselo vendido a Doubleday (la primera vez que les vendí una de mis obras), me encontré con un retrato en un número de la revista Life. Se encontraba en un búnker de observación construido por los franceses en el Marne, durante la primera guerra mundial. Mi padre había combatido allí, durante la segunda batalla del Marne. Mi padre pertenecía al Quinto de marines, una de las primeras unidades norteamericanas que llegó a Europa para participar en aquel espantoso conflicto. Cuando yo era muy niño me enseñó su uniforme, con la máscara de gas, el equipo de filtración y todo, y me contó que, durante los ataques con gas, a los soldados les entraba el pánico cuando se saturaba el carbón de sus sistemas de filtración, y algunos de ellos llegaban a arrancarse la máscara y echar a correr. Yo sentía una enorme ansiedad al escuchar esas historias. Y también al ver a mi padre jugando con su máscara y su casco. Pero lo que más me aterraba era cuando se la ponía. Su rostro desaparecía. Dejaba de ser mi padre. De hecho, dejaba de ser humano. Yo sólo tenía cuatro años. Cuando mis padres se divorciaron pasé años sin verlo. Pero su imagen con aquella máscara, fundida con los relatos de hombres con las tripas colgando, hombres destruidos por la metralla… Décadas después, en 1963, al caminar un solitario día tras otro por aquella senda campestre, sin nadie con quien hablar, sin nadie con quien estar, volví a ver aquel semblante metálico, ciego, inhumano, sólo que esta vez trascendente y vasto, y absolutamente maléfico.

Para exorcizarlo decidí escribir sobre él, y la verdad es que conseguí lo que pretendía. Pero ahora sabía que había visto al maligno en persona, y de vez en cuando comentaba: «El maligno tiene un rostro de metal». Si queréis verlo con vuestros propios ojos, mirad las fotografías de las máscaras de guerra de los griegos áticos. Cuando los hombres desean inspirar miedo y matar, se ponen rostros de metal como éstos. Los caballeros cristianos a los que combatió Alexander Nevsky llevaban máscaras como éstas. El que haya visto la película de Einsenstein sabe a qué me refiero. Todos tenían el mismo aspecto. Yo no había visto Nevsky cuando escribí Los tres estigmas, pero la vi más adelante, y cuando lo hice volví a ver aquella cosa colgada del firmamento, igual que en 1963, la cosa en la que se había transformado mi padre cuando yo era niño.

Así que Los tres estigmas es una novela que surgió de un profundo miedo atávico, un miedo que se remonta a mi infancia, relacionado sin duda con la tristeza y la soledad que sentí cuando mi padre nos abandonó. En la novela, mi padre aparece como Palmer Eldritch (el malvado padre, la criatura diabólica de la máscara) y también como Leo Bulero, el hombre delicado, gruñón, cálido, humano y lleno de amor. La novela surgió de la más intensa angustia que se pueda imaginar. En 1963 yo estaba viviendo de nuevo el aislamiento original que se había abatido sobre mí al perder a mi padre, y el horror y miedo que transmite no son sentimientos ficticios concebidos para captar el interés del lector. Provenían de las regiones más profundas de mi interior: el anhelo de un buen padre y el miedo al malvado, el padre que me abandonó.

En el relato Los días de Perky Pat encontré un vehículo que podía transformar en la base temática para la novela que quería escribir. Perky Pat es la criatura eternamente sugerente y bella, das ewige Weiblichkeit, «el eterno femenino», como lo definió Goethe. El aislamiento generó la novela y el anhelo generó el relato, de modo que la novela es una mezcla de miedo al abandono y fantasía, la de una mujer hermosa que te espera…, en alguna parte, conocida sólo por Dios. Aún tengo que averiguarlo. Pero una cosa puedo decir: si estás solo un día tras otro, delante de tu máquina de escribir, hilvanando relato tras relato, sin nadie con quien hablar y sin nadie con quien pasar el rato a pesar de tener, teóricamente, una mujer y cuatro hijas, de cuya casa has sido expulsado, desterrado a una cabaña de una sola habitación, tan fría que en invierno la tinta se congela en el tintero, acabarás escribiendo sobre caras metálicas con ranuras en lugar de ojos y sobre cálidas jovencitas. Es lo que yo hice. Y lo que aún sigo haciendo. Los tres estigmas recibió una acogida diversa. En Reino Unido algunos críticos la describieron como una blasfemia. Terry Carr, mi agente en Scott Meredith en aquella época, me dijo: «Esa novela es una locura», aunque finalmente acabó por cambiar de opinión. Otros la definieron como una novela muy profunda. Para mí era simplemente aterradora. Me daba tanto miedo que no fui capaz de leer las galeradas. Es una siniestra travesía al reino de lo místico, lo sobrenatural y lo totalmente malvado, tal como lo concebía yo por entonces. Digamos que me gustaría que Perky Pat se presentara en mi puerta, pero me da pánico la posibilidad de que, cuando vaya a abrir la puerta, sea Palmer Eldritch y no ella quien ha llamado. De hecho, para ser sincero, ninguno de los dos ha aparecido en mi puerta en los diecisiete años transcurridos desde que escribí la novela. Imagino que la vida es así: nunca llega a suceder lo que más temes, pero tampoco lo que más anhelas. Esa es la diferencia entre la vida y la ficción. Supongo que no está mal que sea así. Pero tampoco estoy seguro. (1979).


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