I
Hacía una semana que el cuerpo de Louis Sarapis estaba expuesto en una caja de plástico transparente inastillable, y el público no cesaba de asistir. Largas hileras desfilaban sin pausa: llantos, rostros compungidos, consternadas señoras mayores en abrigo negro.
En un rincón del vasto auditorio donde reposaba el féretro, Johnny Barefoot esperaba con impaciencia su oportunidad de ver el cuerpo de Sarapis. Pero no sólo se proponía verlo; su trabajo, detallado en el testamento de Sarapis, tenía un sentido totalmente distinto. Como agente de Relaciones Públicas de Sarapis, su trabajo consistía, ni más ni menos, en resucitar a Louis Sarapis.
—Rayos —murmuró Barefoot, examinando su reloj de pulsera para descubrir que aún faltaban dos horas para cerrar las puertas del auditorio. Sentía hambre. Y la envoltura de quickpack que rodeaba el féretro irradiaba un frío que aumentaba su incomodidad minuto a minuto.
Su esposa Sarah Belle se le acercó con un termo de café caliente.
—Toma, Johnny. —Extendió el brazo y le apartó el negro y lustroso cabello chiricahua de la frente—. No tienes buen aspecto.
—No —convino él—. Esto es demasiado para mí. No le tenía demasiado afecto cuando vivía…, y desde luego así no me gusta mucho más.
Señaló con la cabeza el féretro y la doble fila de dolientes.
—Nil nisi bonum —murmuró Sarah Belle.
Él la miró extrañado, sin saber bien qué le había dicho. Un idioma extranjero, sin duda. Sarah Belle tenía un título universitario.
—Por citar a Tambor —dijo Sarah Belle, sonriendo cordialmente—: Si no puedes decir algo bueno, no digas nada. —Y añadió—: De Bambi, un viejo clásico del cine. Si me acompañaras a las conferencias del Museo de Arte Moderno los lunes por la noche…
—Escucha —dijo con desesperación Johnny Barefoot—. No quiero resucitar a ese viejo infame, Sarah Belle. ¿Cómo me metí en esto? Pensé que cuando la embolia lo tumbara como un bloque de cemento podría despedirme para siempre de este dichoso asunto.
Pero no había sido así.
—Desenchúfalo —dijo Sarah Belle.
—¿Qué?
Ella se echó a reír.
—¿Tienes miedo de hacerlo? Desenchufa la fuente de alimentación del quickpack y se calentará. Así no habrá resurrección. —Un destello irónico bailó en sus ojos de color gris azulado—. Supongo que le sigues teniendo miedo. Pobre Johnny. —Le palmeó el brazo—. Debería divorciarme de ti, pero no lo haré. Necesitas una mamá que te cuide.
—Estaría mal. Louis está totalmente indefenso en ese féretro. Sería una cobardía desenchufarlo.
—Pero un día, tarde o temprano, tendrás que enfrentarte a ello, Johnny —murmuró Sarah Belle—. Y cuando esté en semivida, llevarás las de ganar. Entonces será el momento oportuno. Quizá salgas bien parado.
Dio media vuelta y se alejó, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo para combatir el frío.
De mal humor, Johnny encendió un cigarrillo y se apoyó en la pared. Su esposa tenía razón. Una persona semiviva no podía rivalizar con una persona viva en un enfrentamiento físico. Pero la idea lo estremecía, porque desde la infancia había admirado a Louis, quien había controlado el transporte 3-4, las rutas comerciales Tierra-Marte, como un entusiasta de las maquetas que empujara cohetes en miniatura en su tablero de cartón piedra en el sótano. El viejo acababa de morir a los setenta años, y controlaba un centenar de industrias en ambos planetas a través de Wilhelmina Securities. Era imposible calcular su patrimonio, ni siquiera con fines impositivos; y no era prudente intentarlo, ni siquiera para los expertos fiscales del gobierno.
«Mis hijas —pensó Johnny—. Es por ellas, en su escuela de Oklahoma». Despachar al viejo Louis estaría bien si él no fuera padre de familia. Nada significaba más para él que las dos chiquillas, y desde luego Sarah Belle. «Tengo que pensar en ellas, no en mí —se dijo mientras esperaba la oportunidad de retirar el cuerpo del féretro de acuerdo con las detalladas instrucciones del viejo—. Veamos. Él tendrá un año de semivida en total, y lo quiere distribuir estratégicamente, como al final de cada año fiscal. Quizá lo distribuya proporcionalmente en más de dos décadas, un mes aquí y un mes allá, y hacia el final, cuando se agote, quizá sólo una semana. Y luego días».
Y al final el viejo Louis sólo tendría un par de horas; la señal sería débil, una tenue chispa de actividad eléctrica flotando en las neuronas congeladas. Parpadearía, las palabras del equipo amplificador se desvanecerían poco a poco. Y luego, silencio, y al fin, la tumba. Pero eso podía ocurrir al cabo de veinticinco años; sería el año 2100 cuando la actividad cerebral del viejo cesara por completo.
Johnny Barefoot, fumando el cigarrillo con avidez, evocó el día en que había esperado ansiosamente en la oficina de personal de Archimedean Enterprises, murmurándole a la chica del escritorio que quería un empleo; tenía algunas ideas brillantes para ofrecer, ideas que ayudarían a solucionar las continuas huelgas, la violencia que aumentaba en los puertos espaciales a causa de la superposición jurisdiccional de sindicatos rivales. Esas ideas permitirían a Sarapis prescindir de los trabajadores de los sindicatos. Era un plan sucio, y entonces lo sabía, pero tenía razón; el plan valía dinero. La chica lo había enviado a ver a Pershing, el gerente de Personal, y éste lo había remitido a Louis Sarapis.
—¿Que efectúe los lanzamientos desde el mar? —había dicho Sarapis—. ¿Desde el Atlántico, más allá del límite de tres millas?
—Un sindicato es una organización nacional —había explicado Johnny—. Ninguna de las dos tiene jurisdicción en alta mar. Pero una empresa es internacional.
—Necesitaría hombres allí. Por lo menos la misma cantidad, quizá más. ¿Dónde los consigo?
—Vaya a Birmania, a la India o a los estados malayos —había sugerido Johnny—. Consiga mano de obra joven y no calificada. Entrénelos usted mismo, con un contrato de aprendizaje a cambio de servicios. En otras palabras, descuente de los salarios el coste de los pasajes.
Era un sistema de casi esclavitud, y él lo sabía. Y le había gustado a Louis Sarapis. Un pequeño imperio en alta mar, con obreros privados de derechos legales. Ideal.
Sarapis había seguido el consejo y había contratado a Johnny para el Departamento de Relaciones Públicas; era el mejor puesto para un hombre que tenía ideas brillantes de naturaleza no técnica. En otras palabras, un hombre sin formación académica. Un «ñocoi», como llamaban a los que no habían asistido a un colegio. Un inadaptado inservible, un extraño. Un paria sin diploma.
—Oye, Johnny —le dijo Sarapis en cierta ocasión—. ¿Cómo es posible que no hayas ido a la universidad, siendo tan brillante? Todos saben que hoy en día eso es fatal. Un impulso autodestructivo, ¿quizá?
Sonrió, mostrando sus dientes de acero inoxidable.
—Has dado en el clavo, Louis —respondió él, melancólicamente—, quiero morir. Me odio a mí mismo. —En ese punto recordó su idea de la esclavitud. Pero eso había sido después de renunciar a sus estudios, así que no podía ser la causa—. Quizá debería consultar a un analista.
—Farsantes —dijo Louis—. Todos ellos. Lo sé porque he tenido seis en mi nómina, trabajando para mí exclusivamente en una ocasión u otra. Tu problema es que eres envidioso. Quieres el gran botín, pero no quieres el ascenso, la larga lucha.
«Pero tengo el gran botín —pensó Johnny Barefoot, pues para entonces ya lo había comprendido—. Este es el gran botín, trabajar para ti. Todos quieren trabajar para Louis Sarapis; él da trabajo a toda clase de gente».
Se preguntó si todos los que formaban la doble hilera de dolientes que desfilaban frente al féretro eran empleados de Sarapis, o parientes de empleados. O bien personas que se habían beneficiado con el subsidio público que Sarapis había logrado introducir en el Congreso, y que había cobrado fuerza de ley en la depresión de tres años atrás. Sarapis en su vejez: el generoso papá de los pobres, los hambrientos, los desempleados. Corredores de beneficencia, también con filas de gente. Igual que ahora.
Quizá la misma gente que estaba en aquellas filas estaba hoy aquí.
Sobresaltando a Johnny, un guardia del auditorio lo golpeó un poco con el codo.
—Oiga, ¿usted no es el señor Barefoot, el gerente de Relaciones Públicas del viejo Louis?
—Sí —dijo Johnny. Apagó el cigarrillo para abrir el termo de café que le había preparado Sarah Belle—. Sírvase un poco. O quizá usted esté acostumbrado al frío de estas salas cívicas.
El ayuntamiento de Chicago había prestado ese sitio para la capilla ardiente de Louis; era un gesto de gratitud por lo que él había hecho en la zona. Las fábricas que había inaugurado, los puestos de trabajo que había generado.
—No estoy acostumbrado —dijo el guardia, aceptando una taza de café—. Sabe, señor Barefoot, siempre lo he admirado porque usted es un ñocoi, y sin embargo logró obtener un empleo óptimo con un gran sueldo, por no mencionar su fama. Es un modelo para otros ñocois.
Johnny sorbió su café con un gruñido.
—Por cierto —continuó el guardia—, supongo que en realidad debemos agradecérselo a Sarapis. Él le dio el puesto. Mi cuñado trabajó para él; eso fue hace cinco años, cuando nadie en el mundo contrataba excepto Sarapis. Dicen que era un viejo tacaño. No permitía la intervención de los sindicatos y todo eso. Pero dio pensiones a muchos veteranos…, mi padre vivió de un plan de pensiones de Sarapis hasta el día de su muerte. Y todas esas leyes que hizo aprobar en el Congreso… No habrían aprobado los subsidios para los necesitados sin la presión de Sarapis.
Johnny masculló algo.
—Con razón hay tanta gente aquí —dijo el guardia—. Entiendo por qué. ¿Quién ayudará al hombre común, al ñocoi como usted y como yo, ahora que él se ha ido?
Johnny no tenía respuesta, ni para sí mismo ni para el guardia.
Como propietario de la funeraria Amados Hermanos, Herbert Schoenheit von Vogelsang tenía el requerimiento legal de consultar al abogado del difunto señor Sarapis, el conocido Claude St. Cyr. Para él era esencial saber con exactitud cómo se distribuirían los períodos de semivida; era su tarea encargarse de los detalles técnicos.
Tendría que haber sido un asunto de rutina, pero de inmediato se presentó un contratiempo. No pudo ponerse en contacto con St. Cyr, albacea testamentario.
«Maldición —pensó Schoenheit von Vogelsang mientras colgaba el teléfono sin obtener respuesta—. Algo no va bien; esto es inaudito en relación con un hombre tan importante».
Había telefoneado desde el depósito…, la bóveda donde los semivivos eran mantenidos en perpetuo quickpack. En ese momento, un sujeto preocupado, con aspecto de empleado subalterno, esperaba ante el escritorio con un albarán de recogida en la mano. Obviamente había ido a recoger a un pariente. El Día de la Resurrección, día festivo en que se honraba públicamente a los semivivos, se aproximaba; pronto comenzaría el trajín.
—Sí, señor —le dijo Herb, con una sonrisa afable—. Yo me ocuparé de su albarán.
—Es una señora mayor —puntualizó el cliente—. Octogenaria, muy menuda y marchita. No sólo quería hablarle, también quería sacarla un rato. Es mi abuela.
—Un momento —dijo Herb, y regresó al depósito para buscar el número 3054039-B.
Cuando localizó el féretro correspondiente, leyó el informe de carga adjunto; sólo quedaban quince días de semivida. Automáticamente, activó un amplificador portátil en la tapa del féretro de cristal y lo sintonizó en la frecuencia que indicaba la actividad cerebral.
Una voz débil surgió del altavoz.
«Y entonces Tillie se torció el tobillo y creíamos que no sanaría nunca; ella se portó de forma tan absurda, queriendo caminar de inmediato…».
Satisfecho, apagó el amplificador y llamó a un obrero del sindicato para que se encargara de llevar el 3054039-B a la plataforma de carga, donde el cliente lo subiría a su cópter o automóvil.
—¿La ha revisado? —preguntó el cliente mientras pagaba.
—Personalmente —respondió Herb—. Funciona a la perfección. —Sonrió—. Feliz Día de la Resurrección, señor Ford.
—Gracias —dijo el cliente, dirigiéndose a la plataforma de carga.
«Cuando me llegue la hora —se dijo Herb—, creo que pediré a mis herederos que me revivan un día por siglo. Así podré observar el destino de toda la humanidad». Pero eso significaba un coste de mantenimiento más alto para los herederos, y tarde o temprano le restarían importancia a las señales, sacarían el cuerpo del quickpack y, horror de los horrores, lo enterrarían.
—El entierro es un acto de barbarie —murmuró Herb—. Un vestigio de los orígenes primitivos de nuestra cultura.
—Así es, señor —asintió su secretaria, la señorita Beasman, desde detrás de su máquina de escribir.
En el depósito, varios clientes comulgaban con sus parientes semivivos en embelesado silencio, distribuidos por grupos en los pasillos que separaban los féretros. Era un espectáculo apacible, esos fieles que venían regularmente a presentar sus respetos. Traían mensajes, noticias de lo que sucedía en el mundo externo; alentaban a los taciturnos semivivos en esos intervalos de actividad cerebral. Y le pagaban a Herb Schoenheit von Vogelsang; tener una funeraria era un negocio rentable.
—Mi padre parece un poco débil —exclamó un joven, llamando la atención de Herb—. ¿Tendrá usted un momento para echarle un vistazo? Se lo agradecería.
—Desde luego —dijo Herb.
Acompañó al cliente por el pasillo. El informe de carga mostraba que al difunto sólo le quedaban unos días; eso explicaba la mala calidad de la actividad cerebral. Aun así, elevó el volumen, y la voz del semivivo cobró más fuerza. «Está en las últimas», pensó Herb. Era obvio que el hijo no quería ver el informe, no quería aceptar que el contacto con su padre se estaba diluyendo. Así que Herb no dijo nada; simplemente se alejó, dejando al hijo en su compañía. ¿Para qué decírselo? ¿Para qué darle la mala noticia? Un camión aparcó en la plataforma de carga, y dos hombres bajaron de un salto. Herb conocía esos uniformes azules. La empresa Atlas Interplan Van & Storage, recordó. Traían otro semivivo, o venían a recoger a uno que había expirado. Se dirigió hacia ellos.
—Sí, caballeros —inquirió.
El conductor del camión asomó la cabeza por la ventanilla.
—Estamos aquí para entregar a Louis Sarapis —dijo—. ¿Tiene dispuesto el espacio?
—Desde luego —dijo Herb—. Pero no puedo comunicarme con St. Cyr para combinar la distribución. ¿Cuándo hay que despertarlo?
Un hombre de cabello oscuro y ojos negros y lustrosos bajó del camión.
—Soy Johnny Barefoot. Según las instrucciones del testamento, yo estoy a cargo del señor Sarapis. Se lo debe resucitar enseguida; son las instrucciones que he recibido.
—Entiendo —asintió Herb con un cabeceo—. De acuerdo. Éntrelo y lo enchufaremos de inmediato.
—Hace frío aquí —se lamentó Barefoot—. Más que en el auditorio.
—Naturalmente —respondió Herb.
La gente del camión comenzó a trasladar el féretro. Herb le echó un vistazo al muerto. El rostro macizo y gris parecía tallado en un bloque. «Un pintoresco viejo filibustero —pensó—. Por suerte para todos ha muerto al fin, a pesar de sus obras de beneficencia. ¿Quién quiere beneficencia? Y menos la suya». Desde luego, Herb no le dijo esto a Barefoot; se conformó con guiar a los peones hacia el lugar convenido.
—Dentro de quince minutos estará hablando —le prometió a Barefoot, que parecía tenso—. No se preocupe. Casi nunca hemos tenido fallos en esta etapa. La carga residual inicial es, generalmente, muy vital.
—Supongo que los problemas técnicos aparecen después —dijo Barefoot—, cuando la mente se obnubila.
—¿Por qué quiere que lo revivan tan pronto? —preguntó Herb.
Barefoot frunció el entrecejo sin responder.
—Perdón —dijo Herb, y siguió trabajando con los cables que debía insertar en los terminales catódicos del féretro—. A bajas temperaturas, el flujo de corriente no tiene obstáculos. No hay resistencia mensurable a sesenta y cinco bajo cero. En consecuencia… —puso el ánodo en su sitio—, deberíamos recibir una señal fuerte y clara.
Al final, conectó el amplificador. Un zumbido. Nada más.
—¿Y bien? —preguntó Barefoot.
—Lo comprobaré de nuevo —dijo Herb, preguntándose qué había fallado.
—Escuche, si comete un error y deja que la chispa se apague…
No era necesario que terminara. Herb lo sabía.
—¿Él quiere participar en la Convención Nacional Demócrata-Republicana? —preguntó Herb.
La convención se celebraría ese mes en Cleveland. En el pasado, Sarapis había participado, entre bastidores, en las convenciones del Partido Demócrata-Republicano y del Partido Liberal. Se decía que él había elegido personalmente al último candidato presidencial demócrata-republicano, Alfonse Gam. El pulcro y apuesto Gam había perdido, pero no por mucho.
—¿Todavía no recibe nada? —preguntó Barefoot.
—Mmm, parece…
—Nada. Obviamente. —Barefoot tenía cara de pocos amigos—. Si no puede revivirlo en diez minutos, llamaré a Claude St. Cyr, nos llevaremos a Louis de esta funeraria y lo acusaremos de negligencia.
—Hago lo que puedo —dijo Herb, transpirando copiosamente mientras manipulaba los cables del féretro—. Recuerde que nosotros no instalamos el quickpack. Pudo cometerse un error al hacerlo.
Un ruido de estática predominaba ahora sobre el zumbido.
—¿Está reviviendo? —preguntó Barefoot.
—No —admitió Herb, sumamente alterado. Era una mala señal.
—Siga intentándolo —dijo Barefoot. Pero era innecesario decirle eso a Herbert Schoenheit von Vogelsang; luchaba desesperadamente, con todo lo que tenía, con todos sus años de experiencia en la especialidad. Y aun así no conseguía nada; Louis Sarapis guardaba silencio.
«No lo conseguiré —comprendió Herb con un escalofrío—. Y ni siquiera entiendo por qué. ¿Qué ha ocurrido? Un cliente importante como éste, y tenía que fallar». Siguió esforzándose sin atreverse a mirar a Barefoot.
En el radiotelescopio de Kennedy Slough, en el lado oscuro de la Luna, el técnico jefe Owen Angress descubrió que había captado una señal proveniente de una zona que estaba a una semana-luz del sistema solar, en la dirección de Próxima. Habitualmente esa zona del espacio era de escaso interés para la Comisión de Comunicaciones con el Espacio Profundo de la ONU, pero esto, comprendió Owen Angress, era singular.
La señal que recibía, amplificada por las grandes antenas del radiotelescopio, era una voz humana, débil, pero reconocible.
«Quizá lo dejó pasar —decía la voz—. Si los conozco, y creo que los conozco. Ese Johnny…, me traicionaría si no lo vigilara, pero al menos no es un pillo como St. Cyr. Hice bien en despedir a St. Cyr; siempre que pueda salirme con la mía…».
La voz calló momentáneamente.
«¿Quién está ahí?», se preguntaba Angress, confundido.
—A un quincuagesimosegundo de año-luz —murmuró, haciendo una rápida marca en el mapa del espacio profundo que había estado modificando—. Nada. Allí sólo hay nubes de polvo.
No entendía qué implicaba esa señal. ¿Era retransmitida a la Luna desde un repetidor cercano? En otras palabras, ¿era sólo un eco? ¿O interpretaba mal sus cálculos?
Esto no era normal. Un individuo que reflexionara ante un transmisor más allá del sistema solar, un hombre sin prisa, pensando en voz alta en un estado de duermevela, divagando libremente… No tenía sentido.
«Será mejor que se lo comunique a Wycoff, de la Academia Soviética de Ciencias —pensó. Wycoff era su supervisor; el mes siguiente sería Jamison del MIT—. Quizá sea una nave de transporte que…».
La voz recobró su nitidez.
«Ese Gam es un necio; me equivoqué al escogerlo. Ahora me doy cuenta, pero es demasiado tarde. ¿Hola? —Los pensamientos se volvieron diáfanos, las palabras más claras—. ¿Estoy regresando? Por amor de Dios, ya era hora. Oye, Johnny. ¿Eres tú?».
Angress descolgó el teléfono y marcó el código de la Unión Soviética.
«¡Habla, Johnny! —exigió plañideramente la voz que salía del altavoz—. Adelante, hijo. Tengo tantas cosas en la cabeza. Hay tanto que hacer. Ya ha comenzado la convención, ¿verdad? Aquí dentro no tengo percepción del tiempo. No veo ni oigo. Espera a llegar aquí y lo sabrás…».
La voz se esfumó de nuevo. «Esto es exactamente lo que Wycoff llama un fenómeno —comprendió Angress—. Y entiendo porqué».
II
En el noticiario de la noche, Claude St. Cyr oyó que el locutor hablaba sobre un descubrimiento realizado por el radiotelescopio de la Luna, pero le prestó poca atención. Estaba ocupado preparando martinis para sus invitados.
—Sí —le dijo a Gertrude Harvey—, por irónico que parezca, yo mismo redacté el testamento, incluyendo la cláusula que me despedía automáticamente, que prescindía de mis servicios en cuanto él falleciera. Y te diré por qué Louis hizo eso; tenía sospechas paranoicas sobre mí, así que pensó que con esa cláusula evitaría ser… —hizo una pausa mientras medía la pizca de vermut seco que acompañaba a la ginebra—, ser liquidado prematuramente.
Sonrió. Gertrude, decorativamente repantigada en el diván junto a su esposo, le devolvió la sonrisa.
—No le sirvió de mucho —dijo Phil Harvey.
—Demonios —protestó St. Cyr—. Yo no tuve nada que ver con su muerte. Fue una embolia, un gran coágulo de grasa atascado como un corcho en una botella. —Se rió de la imagen—. Los remedios de la naturaleza.
—Escuchad —dijo Gertrude—. La televisión está diciendo algo extraño.
Se levantó, se acercó al televisor y pegó la oreja al altavoz.
—Debe de ser ese patán de Kent Margrave —dijo St. Cyr—. Soltando otro discurso político.
Hacía cuatro años que Margrave era presidente; era un liberal que había logrado derrotar a Alfonse Gam, el hombre elegido por Louis Sarapis para ese puesto. Margrave, a pesar de sus defectos, era un político consumado; había logrado convencer a grandes masas de votantes de que no era buena idea tener como presidente a un títere de Sarapis.
—No —dijo Gertrude, cubriéndose las rodillas desnudas con la falda—. Creo que es la agencia espacial. Ciencia.
—¡Ciencia! —rió St. Cyr—. Bien, escuchemos. Yo admiro la ciencia. Sube el volumen.
«Habrán descubierto otro planeta en el sistema Orionus —se dijo—. Algo más para sumar a las grandes metas de nuestra existencia colectiva».
—Una voz procedente del espacio exterior —decía el locutor— ha desconcertado por completo a los científicos de Estados Unidos y la Unión Soviética.
—¡Oh no! —St. Cyr se atragantó—. Una voz del espacio exterior…, basta, por favor. —Desternillándose de risa, se alejó del televisor. No podía seguir escuchando—. Justo lo que necesitamos —le dijo a Phil—. Una voz que resulte ser…, ya sabes quién.
—¿Quién? —preguntó Phil.
—Dios, naturalmente. El radiotelescopio de Kennedy Slough ha detectado la voz de Dios y ahora recibiremos otro conjunto de mandamientos divinos, o al menos algunos rollos de pergamino.
Quitándose las gafas, se enjugó los ojos con su pañuelo de lino irlandés.
—Personalmente, coincido con mi esposa —replicó Phil Harvey—. Lo encuentro fascinante.
—Escucha, amigo mío —dijo St. Cyr—, sabes que resultará ser una radio de transistores que un estudiante japonés perdió en un viaje de la Tierra a Calisto. La radio se alejó del sistema solar y ahora el telescopio recibe sus señales y se convierte en un misterio insondable para los científicos. —Recobró la compostura—. Apágalo, Gertrude. Tenemos que pensar en cosas serias.
Gertrude obedeció a regañadientes.
—¿Es verdad, Claude —dijo, poniéndose de pie—, que la funeraria no pudo revivir al viejo Louis? ¿Que no está semivivo como debería estar?
—Ahora ya nadie me cuenta nada sobre la organización —respondió St. Cyr—. Pero he oído un rumor al respecto. —De hecho sabía que era así. Tenía muchos amigos en Wilhelmina, pero no le gustaba hablar de esos contactos—. Sí, supongo que es así.
Gertrude se estremeció.
—Imagínate no volver. Qué espanto.
—Esa era la vieja condición natural —señaló su esposo mientras bebía su martini—. Nadie tenía semivida antes del fin de siglo.
—Pero para nosotros es lo habitual —insistió ella.
—Continuemos con nuestra charla —le dijo St. Cyr a Phil Harvey.
—De acuerdo —rezongó Harvey, encogiéndose de hombros—. Si crees que vale la pena. —Miró a St. Cyr con aire inquisitivo—. Podría contratarte en mi departamento legal, si eso es lo que realmente quieres. Pero no puedo darte las mismas condiciones que te daba Louis. No sería justo para los hombres que trabajan ahora en ese departamento.
—Lo entiendo perfectamente —dijo St. Cyr. A fin de cuentas, la empresa de transporte de Harvey era pequeña en comparación con las compañías de Sarapis; Harvey era una figura secundaria en las empresas de transporte 3-4.
Pero eso era precisamente lo que quería St. Cyr. Porque creía que al cabo de un año, con la experiencia y los contactos que había obtenido trabajando para Louis Sarapis, podría destituir a Harvey y apropiarse de Elektra Enterprises.
La primera esposa de Harvey se llamaba Elektra. St. Cyr la había conocido, y cuando ella y Harvey se separaron, St. Cyr siguió viéndola…, ahora de manera más íntima y más intensa. Siempre había pensado que Elektra Harvey había salido mal parada; Harvey había contratado leguleyos de talento para burlar al abogado de Elektra, quien, por otra parte, era el socio más joven de St. Cyr, Harold Faine. Desde su derrota en los tribunales, St. Cyr se había culpado a sí mismo. ¿Por qué no se había encargado él en persona del caso? Pero estaba tan metido en los negocios de Sarapis que había sido imposible.
Ahora que Sarapis no estaba y él ya no trabajaba para Atlas, Wilhelmina y Archimedean, podía dedicar tiempo a corregir ese desequilibrio; podía acudir en ayuda de la mujer que amaba…, pues no tenía duda de que la amaba.
Pero todavía no era el momento de ocuparse de eso. Primero tenía que ingresar en el departamento legal de Harvey, a cualquier precio. Obviamente, lo estaba logrando.
—¿Cerramos el trato, entonces? —le preguntó a Harvey, extendiendo la mano.
—De acuerdo —dijo Harvey, sin el menor entusiasmo. Aun así, extendió la mano y le dio un apretón—. De paso, tengo cierta información, incompleta, pero sin duda acertada, de por qué Sarapis te despidió en su testamento. Y no se trata de lo que tú dices.
—¿No? —preguntó St. Cyr con aire inocente.
—Entiendo que él sospechaba que alguien, quizá tú, quería impedir que lo pusieran en estado de semivida. Que escogerías determinada funeraria donde trabajan ciertos contactos tuyos…, y que no lograrían revivir al viejo. —Miró a St. Cyr—. Curiosamente, parece ser lo que ha ocurrido.
Hubo un silencio.
—¿Por qué Claude no querría que resucitaran a Louis Sarapis? —dijo al fin Gertrude.
—Ni idea —respondió Harvey, masajeándose con aire pensativo la barbilla—. Ni siquiera entiendo del todo la semivida. ¿No es verdad que muchos semivivos tienen una especie de intuición, un nuevo marco de referencia, una perspectiva de la que carecían cuando estaban vivos?
—Eso dicen algunos psicólogos —convino Gertrude—. Es aquello que los antiguos teólogos llamaban conversión.
—Quizá Claude temía que Louis adquiriese esa intuición —dijo Harvey—. Pero es mera conjetura.
—Conjetura de cabo a rabo —convino Claude St. Cyr—, incluido cualquier plan como el que describes. En realidad, no conozco a nadie que trabaje en una funeraria.
Logró expresarse con firmeza. «Pero, todo esto es muy embrollado —pensó—. Muy embarazoso».
La criada les anunció que la cena estaba servida. Phil y Gertrude se levantaron, y Claude los acompañó al comedor.
—Dime —le dijo Phil Harvey a Claude—, ¿quién es el heredero de Sarapis?
—Una nieta que vive en Calisto. Se llama Kathy Egmont y es muy extravagante…; tiene veinte años y ya estuvo cinco veces en la cárcel, casi siempre por adicción a las drogas. Creo que últimamente ha logrado curarse de su adicción y ahora es una conversa religiosa. No la conozco personalmente, pero he manejado una gran cantidad de correspondencia entre ella y Louis.
—¿Y se queda con todo el patrimonio, una vez autenticado el testamento? ¿Con todo el poder político inherente a ello?
—De ningún modo —dijo St. Cyr—. El poder político no se lega en un testamento, no se hereda. Lo único que obtiene Kathy es el poder económico, el grupo de empresas. Como sabrás, éste actúa bajo las leyes del estado de Delaware, a través de la compañía madre licenciada Wilhelmina Securities, y eso es suyo, si le interesa…, siempre que entienda qué ha heredado.
—No pareces muy optimista.
—Toda su correspondencia indica, a mi juicio, que es una delincuente enfermiza, muy excéntrica e inestable. No es la heredera ideal de las empresas de Louis.
Con este comentario, se sentaron a cenar.
Por la noche, Johnny Barefoot oyó el teléfono, se sentó en la cama y buscó el auricular a tientas. Sarah Belle se movió a su lado mientras él respondía.
—Hola, ¿quién demonios es?
—Disculpe, señor Barefoot —dijo una delicada voz femenina—. No quise despertarlo, pero mi abogado me aconsejó que lo llamara en cuanto llegara a la Tierra. Soy Kathy Egmont…, aunque mi verdadero nombre es Kathy Sharp. ¿Sabe quién soy?
—Sí —respondió Johnny, frotándose los ojos y bostezando. Tiritaba a causa del frío de la habitación. A su lado, Sarah Belle se cubrió con la manta y se dio la vuelta hacia el otro lado—. ¿Quiere que vaya a buscarla? ¿Tiene un lugar donde alojarse?
—No tengo amigos en la Tierra —dijo Kathy—. Pero la gente del puerto espacial me dijo que el Beverely es un buen hotel, así que iré allí. Salí de Calisto en cuanto supe que mi abuelo había fallecido.
—Pues llegó pronto —dijo él. Había pensado que tardaría veinticuatro horas más.
—¿Es posible…? —preguntó la muchacha con timidez—. ¿Podría quedarme con usted, señor Barefoot? Me asusta la idea de alojarme en un gran hotel donde nadie me conoce.
—Lo lamento —respondió él de inmediato—. Estoy casado… —comprendió que esa réplica no sólo era inoportuna sino insultante—, quiero decir que no tengo sitio en casa. Quédese esta noche en el Beverely y mañana le encontraremos un apartamento más adecuado.
—De acuerdo —dijo Kathy, con voz resignada pero angustiada—. Dígame, señor Barefoot, ¿ha tenido suerte con la resurrección de mi abuelo? ¿Está semivivo ahora?
—No. Hasta ahora ha fallado. Están trabajando en ello.
Cuando se había ido de la funeraria, cinco técnicos estaban trabajando, tratando de descubrir el fallo.
—Estaba segura de que iba a suceder algo así —dijo Kathy.
—¿Por qué?
—Mi abuelo era distinto de los demás. Sé que usted lo sabe, quizá mejor que yo… A fin de cuentas, trabajaba con él todos los días. Pero… me costaba imaginarlo inerte como los semivivos. Pasivo e indefenso. ¿Se lo imagina en ese estado, después de todo lo que hizo?
—Hablemos mañana —sugirió Johnny—. Pasaré por el hotel a las nueve, ¿de acuerdo?
—Sí, está bien. Ha sido un placer, señor Barefoot. Espero que siga trabajando en Archimedean para mí. Adiós.
Se oyó un clic. Había colgado.
«Mi nueva jefa —se dijo Johnny—. Vaya».
—¿Quién era? —murmuró Sarah Belle—, a estas horas…
—La dueña de Archimedean. ¡Mi jefa!
—¿Louis Sarapis? —Medio dormida se incorporó—. Ah, te refieres a su nieta. Ya ha llegado. ¿Qué te pareció?
—No sé —dijo Johnny pensativo—. La noté muy asustada. Viene de un mundo pequeño y limitado, comparado con la Tierra.
No mencionó las cosas que sabía acerca de Kathy…, su drogadicción, sus encarcelamientos.
—¿Y ya puede tomar el mando? —preguntó Sarah Belle—. ¿No tiene que esperar a que haya terminado la semivida de Louis?
—Legalmente, él está muerto, y su testamento está vigente.
«Y tampoco está semivivo —reflexionó—. Está callado y muerto en su féretro de plástico, en su quickpack, que evidentemente no fue tan rápido como debía».
—¿Cómo crees que te llevarás con ella?
—No sé —dijo él con franqueza—. Ni siquiera sé si lo intentaré.
No le gustaba la idea de trabajar para una mujer, y menos si era mucho más joven que él. Una mujer que, según los rumores, era casi una psicópata. Desde luego, por teléfono no parecía una psicópata. Reflexionó sobre ello, ya más despabilado.
—Quizá sea muy bonita —bromeó Sarah Belle—. Quizá te enamores de ella y me abandones.
—Oh, no, no ocurrirá nada tan alarmante como eso. Quizá intente trabajar para ella, aguante algunos meses y luego renuncie para buscar nuevos horizontes.
«Entretanto —pensó—, ¿qué pasa con Louis? ¿Podremos revivirlo o no?». Ésa era la gran incógnita.
Si podían revivirlo, el viejo podría aconsejar a su nieta; aunque estuviera legal y físicamente muerto, podría seguir manejando su compleja estructura económica y política, hasta cierto punto. Pero en ese momento las cosas no iban como había previsto. El viejo había planeado que lo revivieran de inmediato, antes de la Convención Nacional Demócrata-Republicana. Louis sabía (mejor dicho, supo) a qué clase de persona legaba sus empresas. La muchacha no podría apañárselas sin ayuda. «Y —pensó Johnny—, yo no puedo hacer mucho por ella. Claude St. Cyr habría podido, pero el testamento ordena que desaparezca. ¿Qué queda entonces? Debemos tratar de revivir al viejo Louis, aunque tengamos que visitar todas las funerarias de Estados Unidos, Cuba y Rusia».
—Estás desorientado —dijo Sarah Belle—. Lo noto en tu expresión. —Encendió la lámpara y buscó su bata—. No intentes resolver problemas graves en mitad de la noche.
«Así debe ser la semivida», pensó él con aturdimiento. Meneó la cabeza, tratando de despejarse, de despertarse del todo.
A la mañana siguiente aparcó el coche en el garaje subterráneo del Beverely, subió en ascensor hasta el vestíbulo y se dirigió al mostrador, donde fue recibido por el sonriente encargado del turno de día.
No era gran cosa, pensó Johnny, pero al menos era limpio, un respetable hotel familiar que quizá alquilara bastantes habitaciones cada mes, con muchos ancianos jubilados entre su clientela. Por lo visto, Kathy estaba acostumbrada a vivir austeramente.
En respuesta a su pregunta, el encargado del hotel señaló la cafetería contigua.
—La encontrará allí, desayunando. Me avisó que usted vendría, señor Barefoot.
En la cafetería había muchas personas desayunando; se detuvo, preguntándose cuál sería Kathy. ¿La muchacha de pelo oscuro y rasgos acartonados, en aquel rincón? Caminó hacia ella. Sin duda llevaba el cabello teñido. Sin maquillaje, parecía terriblemente pálida; su semblante tenía un aire descarnado, como si hubiera padecido muchos sufrimientos, y no de esos sufrimientos que dejaban enseñanzas, educativos, que mejoraban a la gente. «Fue puro dolor, sin matices redentores», pensó mientras la estudiaba.
—¿Kathy? —preguntó.
La muchacha volvió la cabeza. Ojos vacíos. Expresión obtusa.
—Sí —respondió con voz casi inaudible—. ¿Eres John Barefoot?
Cuando él se acercó a la mesa y se sentó, la muchacha lo miró como si imaginara que iba a saltar sobre ella, que se abalanzaría para atacarla sexualmente. «Es como un animalillo solitario —pensó Johnny—. Arrinconada en una esquina enfrentándose al mundo entero».
Su color o, mejor dicho, falta de color, podía deberse a la drogadicción, pero eso no explicaba el tono monocorde de su voz, la absoluta carencia de expresión facial. Aun así era bonita; tenía los rasgos delicados y regulares, que, de haber sido más vivaces, habrían sido atractivos. Y quizá lo fueron, años atrás.
—Sólo me quedan cinco dólares —dijo Kathy—. Después de pagar el billete de ida, el hotel y el desayuno. ¿Podrías…? —Vaciló—. No sé qué hacer. ¿Podrías decirme…, si ya soy dueña de algo? Cualquier cosa que perteneciera a mi abuelo y me permitiera pedir un préstamo.
—Te daré un cheque personal por cien dólares y me los podrás devolver más adelante.
Johnny sacó su talonario de cheques.
—¿De veras? —Ella se sorprendió y sonrió débilmente—. Qué confiado eres. ¿O tratas de impresionarme? Tú eras el agente de relaciones públicas de mi abuelo, ¿verdad? ¿Cómo te trató en el testamento? No lo recuerdo. Es que todo sucedió tan deprisa, todo es tan confuso.
—Bien, no me despidieron como a Claude St. Cyr.
—Entonces piensas quedarte. —Eso parecía aliviarla—. ¿Sería correcto decir que ahora trabajas para mí?
—Podría decirse así. Siempre que necesites un agente de relaciones públicas. Quizá no me necesites. Louis mismo lo ponía en duda.
—Háblame de todo lo que han hecho para resucitarlo.
Él le explicó brevemente lo que habían hecho.
—¿Y la gente no lo sabe?
—Claro que no. Lo sé yo, lo sabe un funerario con el artificioso nombre de Herb Schoenheit von Vogelsang, y quizá la noticia haya llegado a algunas personas del negocio del transporte, como Phil Harvey. Incluso puede saberlo Claude St. Cyr. Desde luego, a medida que el tiempo pase y Louis no diga nada, ni haga declaraciones políticas a la prensa…
—Tendremos que inventarlas —lo interrumpió Kathy—. Y fingir que son de él. Ése será tu trabajo. —Sonrió una vez más—. Comunicados de prensa de mi abuelo, hasta que logren revivirlo o desistamos. ¿Crees que tendremos que desistir? —Después de una pausa añadió en voz baja—: Me gustaría verlo. Si puedo. Si crees que no hay problema.
—Te llevaré allí, a la funeraria Amados Hermanos. Yo tengo que ir, de todos modos.
Kathy asintió con la cabeza y siguió desayunando.
De pie junto a la muchacha, que tenía los ojos clavados en el féretro transparente, Johnny Barefoot tenía pensamientos grotescos: «Quizá ella golpee el cristal y le pida al abuelo que se despierte. Y quizá con eso lo logre. Ninguna otra cosa lo ha logrado».
Frotándose las manos, Herb Schoenheit von Vogelsang balbuceaba:
—No lo entiendo, señor Barefoot. Trabajamos toda la noche, por turnos, y no conseguimos ni una sola chispa. No obstante, recurrimos al electroencefalógrafo, y el electroencefalograma indicaba una actividad cerebral débil pero inequívoca. De modo que hay posvida, aunque no logramos establecer contacto. Hay sondas en todas partes del cráneo, como verá. —Señaló el laberinto de cables que conectaban la cabeza del muerto con el equipo amplificador que rodeaba el féretro—. No sé qué más se puede hacer.
—¿Hay metabolismo cerebral mensurable? —preguntó Johnny.
—Sí, señor. Llamamos a expertos externos y lo detectaron. Además la cifra es normal, justo lo que se esperaría inmediatamente después de la muerte.
—Yo sé que no hay esperanza —dijo Kathy con calma—. Era un hombre demasiado grandioso para esto. Esto es para parientes decrépitos. Para abuelas a quienes se pasea una vez al año el Día de la Resurrección. —Se alejó del féretro—. Vámonos —le dijo a Johnny.
Se alejaron de la funeraria andando. Ninguno de los dos hablaba. Era un templado día de primavera, y los árboles tenían pequeñas flores rosadas. «Cerezos», decidió Johnny.
—Muerte y renacimiento —murmuró Kathy al fin—. Un milagro tecnológico. Quizá, cuando Louis vio cómo era el otro lado, cambió de idea y decidió no volver…, puede que no quiera regresar.
—La chispa eléctrica está ahí —dijo Johnny—. Él está ahí dentro, pensando algo. —Dejó que Kathy lo cogiera del brazo mientras cruzaban la calle—. Alguien me contó que estás interesada en la religión.
—Así es —reconoció Kathy—. Verás, cuando era adicta a las drogas, tomé una sobredosis, no importa de qué, y como consecuencia tuve un paro cardíaco. Estuve muerta, oficial y clínicamente, muerta por varios minutos. Me resucitaron con masaje a corazón abierto y electroshock. Durante ese tiempo tuve una experiencia, quizá muy semejante a la experiencia de los que pasan a semivida.
—¿Era mejor que aquí?
—No. Era diferente, más parecido a un sueño. No quiero decir vago o irreal, me refiero a la lógica, a la falta de peso. Ésa es la diferencia principal. Estás libre de la gravedad. Cuesta comprender cuán importante es eso, pero piensa cuántas características del sueño derivan de ese factor.
—Y eso te cambió.
—Logré superar los aspectos adictivos de mi personalidad, si a eso te refieres. Aprendí a controlar mis apetitos. Mi codicia.
Kathy se detuvo ante un puesto de periódicos para leer los titulares.
—Mira —dijo.
VOZ DEL ESPACIO EXTERIOR DESCONCIERTA A CIENTÍFICOS
—Interesante —dijo Johnny.
Kathy cogió un ejemplar y leyó el artículo que correspondía al titular.
—Qué extraño. Han detectado una entidad inteligente y viviente…, léelo. —Le dio el periódico—. A mí me ocurrió eso al morir…, me alejé volando, libre del sistema solar, primero de la gravedad planetaria, luego de la gravedad del Sol. Me pregunto quién será.
Tomó de nuevo el periódico y releyó el artículo.
—Diez céntimos, señor o señora —reclamó el vendedor robot.
Johnny le dio la moneda.
—¿Será mi abuelo?
—No creo —dijo Johnny.
—Yo creo que sí —repuso Kathy, mirando el vacío, sumida en sus pensamientos—. Sé que es él. Mira, comenzó una semana después de su muerte, y está a una semana-luz de distancia. El tiempo concuerda, y aquí está la transcripción de lo que está diciendo. —Señaló la columna—. Habla de ti, Johnny, y de mí y de Claude St. Cyr, ese abogado que él despidió, y de la convención. Está todo aquí, aunque todo mezclado. Así funcionan tus pensamientos cuando estás muerto; todo revuelto, no en una secuencia lógica. —Sonrió—. Menudo problema. Nosotros podemos oírle a él mediante el radiotelescopio de Kennedy Slough, pero él no puede oírnos a nosotros…
—No pensarás…
—Claro que lo pienso. Yo sabía que él no se conformaría con la semivida. Ahora lleva una vida plena, en el espacio, más allá del último planeta de nuestro sistema. Y no habrá manera de interferir con él, haga lo que haga… —Echó a andar, y Johnny la siguió—. De un modo u otro, no hará menos de lo que hizo cuando vivía aquí en la Tierra. Puedes estar seguro de ello. ¿Tienes miedo?
—Demonios —protestó Johnny—. Ni siquiera estoy convencido, mucho menos atemorizado.
No obstante, era posible que Kathy tuviera razón. Ella parecía muy segura. No podía dejar de sentirse impresionado, algo convencido.
—Deberías tener miedo —dijo Kathy—. Él puede ser muy poderoso, allá fuera. Puede hacer muchas cosas. Afectar a muchas cosas…, afectarnos a nosotros, en nuestros actos, palabras y creencias. Aun sin el radiotelescopio, es posible que esté llegando a nosotros ahora mismo. Subliminalmente.
—No lo creo —dijo Johnny. Pero en realidad lo creía, a pesar de sí mismo. Ella tenía razón. Era exactamente lo que haría Louis Sarapis.
—Sabremos más cuando comience la convención —dijo Kathy—, porque eso es lo que le importa. No logró que eligieran a Gam la última vez, y fue una de las pocas veces que lo derrotaron en su vida.
—¡Gam! —repitió Johnny, asombrado—. ¿Ese fracasado? ¿Todavía está vivo? Vaya, le perdí la pista por completo hace cuatro años.
—Mi abuelo no cejará —dijo Kathy pensativa—. Y Gam está vivo. Es criador de pavos o algo parecido, en Ío. Quizá sean patos. De cualquier modo, está ahí. Esperando.
—¿Esperando qué?
—Que mi abuelo se comunique con él de nuevo. Como lo hizo antes, hace cuatro años, en la convención.
—¡Nadie volvería a votar por Gam! —exclamó, rechazando de inmediato la idea.
Kathy sonrió sin decir nada, pero le apretó el brazo y lo estrechó contra sí. «Como si tuviera miedo de nuevo, pensó él, como cuando lo había llamado durante la noche. Quizá más».
III
El hombre apuesto, elegante y maduro que usaba chaleco y una corbata estrecha y anticuada, se puso de pie cuando Claude St. Cyr entró en la oficina de St. Cyr & Faine, camino del tribunal.
—Señor St. Cyr…
—Tengo prisa —murmuró St. Cyr, mirándolo de soslayo—. Tendrá que concertar una cita con mi secretaria.
Entonces reconoció al hombre que tenía delante. Estaba hablando con Alfonse Gam.
—Tengo un telegrama —dijo Gam—. De Louis Sarapis.
Se metió la mano en el bolsillo.
—Lo lamento —replicó St. Cyr—. Ahora estoy en la empresa de Phil Harvey. Mi relación profesional con el señor Sarapis terminó hace varias semanas.
Pero se detuvo, movido por la curiosidad. Conocía a Gam; durante la campaña nacional, cuatro años atrás, lo había visto con frecuencia. Más aún, lo había representado en varios juicios por difamación, en uno de ellos Gam era el demandante, en otro era el acusado. No le gustaba ese hombre.
—Este telegrama llegó anteayer —dijo Gam.
—Pero Sarapis está… —Claude St. Cyr se interrumpió—. Déjeme ver.
Extendió la mano, y Gam le entregó el papel. Era una declaración donde Louis Sarapis garantizaba a Gam su pleno respaldo en la confrontación que se produciría durante la convención. Y Gam estaba en lo cierto; el telegrama estaba fechado tres días antes. No tenía sentido.
—No puedo explicarlo, señor St. Cyr —dijo Gam con aspereza—. Pero parece obra de Louis. Él quiere que yo vuelva a presentar mi candidatura, como puede ver. A mí nunca se me hubiera ocurrido. En lo que a mí concierne, estoy fuera de la política y me dedico a las gallinas de Guinea. Creí que usted sabría algo sobre esto…, quién lo envió y por qué. Suponiendo que no lo haya enviado el viejo Louis.
—¿Cómo pudo enviarlo Louis?
—Quizá lo escribió antes de su muerte y ordenó que alguien lo enviara al día siguiente. Usted mismo, quizá. —Gam se encogió de hombros—. Es evidente que no fue usted. Quizá el señor Barefoot, entonces. —Reclamó el telegrama.
—¿De veras se propone presentar su candidatura? —preguntó St. Cyr.
—Si Louis lo desea.
—¿Para perder de nuevo? Arrastrar al partido a una nueva derrota, sólo porque lo desea un viejo terco y vengativo… —St. Cyr se interrumpió—. Vuelva a criar gallinas y olvídese de la política. Usted es un perdedor, Gam. En el partido todos lo saben. Más aún, en el país todos lo saben.
—¿Cómo puedo comunicarme con el señor Barefoot?
—No tengo la menor idea —replicó St. Cyr, disponiéndose a marcharse.
—Necesitaré ayuda legal —dijo Gam.
—¿Para qué? ¿Quién le ha demandado ahora? Usted no necesita ayuda legal, Gam. Usted necesita ayuda médica, un psiquiatra que le explique por qué quiere presentarse de nuevo. Escuche… —se inclinó hacia Gam—, si Louis no pudo ponerlo en el cargo cuando vivía, es seguro que no lo conseguirá ahora que ha muerto.
Siguió su camino, dejando a Gam plantado.
—Espere —dijo Gam.
Claude St. Cyr se dio la vuelta de mala gana.
—Esta vez ganaré —continuó Gam. Lo decía con convicción. Su voz no era aflautada como de costumbre, sino firme.
—Bien, le deseo suerte —respondió St. Cyr, inquietándose un poco—. A usted y a Louis.
—Entonces está vivo —concluyó Alfonse Gam con un destello en los ojos.
—Yo no dije tal cosa. Era sólo una ironía.
—Pero está vivo —dijo Gam pensativamente—. Estoy seguro. Me gustaría encontrarlo. Fui a algunas funerarias, pero ninguna lo tenía, o ninguna quiso decírmelo. Seguiré buscando. Quiero hablar con él. Por eso vine aquí desde Ío.
Llegados a ese punto, St. Cyr logró apartarse y continuar su camino. «Qué nulidad —pensó—. Un cero, un mero títere de Louis. —Se estremeció—. Dios nos proteja de semejante destino: ese hombre como presidente. ¡Imagínate! ¡Todos parecidos a Gam!».
No era un pensamiento agradable; y mucho menos un modo estimulante de empezar el día. Y tenía mucho trabajo por delante.
Éste era el día en que, como abogado de Phil Harvey, le haría a Kathy Sharp —cuyo apellido de soltera era Egmont— una oferta por Wilhelmina Securities. Habría un intercambio de acciones; acciones con derecho a voto, redistribuidas de modo que Harvey obtuviera el control de Wilhelmina. Como los activos de la empresa eran casi imposibles de calcular, Harvey no ofrecía dinero, sino bienes raíces; tenía vastos terrenos en Ganímedes, cedidos una década atrás por el gobierno soviético a cambio de la asistencia técnica prestada a la Unión Soviética y a sus colonias. Era muy improbable que Kathy aceptara.
Aun así, tenía que hacer la oferta. El próximo paso —prefería no pensar en ello— implicaba una lucha a muerte en el área de la competencia económica directa, entre la empresa de Harvey y la de ella. Y él sabía que la empresa de ella tenía problemas. Habían tenido conflictos con los sindicatos desde la muerte del viejo. Había empezado a ocurrir aquello que Louis más detestaba: los líderes sindicales habían empezado a hostigar a Archimedean.
Él simpatizaba con los sindicatos; era hora de que entraran en escena. Sólo las tácticas sucias del viejo, su energía ilimitada, por no mencionar su imaginación inagotable e implacable, los habían excluido. Kathy no poseía nada de esto. Y Johnny Barefoot…
«Qué se puede esperar de un ñocoi —pensó cáusticamente St. Cyr—. No le puedes pedir las peras de una estrategia brillante al olmo de la mediocridad».
Barefoot se enfrentaba a la ímproba tarea de construir la imagen pública de Kathy; cosa en la que había tenido cierto éxito hasta que estallaron los conflictos sindicales. Una exdrogadicta. Una chiflada religiosa que tenía unos extensos antecedentes penales…, no era tarea fácil.
Barefoot había sabido mejorar, sin embargo, el aspecto físico de esa mujer. Ahora tenía una apariencia dulce, incluso delicada y pura, casi una santa. Y Johnny había aprovechado estas circunstancias. En vez de mencionarla en la prensa, la había fotografiado en mil situaciones amables: con perros, con niños, en ferias campestres, en hospitales, en campañas de beneficencia…, todo ese rollo.
Pero lamentablemente Kathy había estropeado la imagen que él había creado, y de un modo bastante insólito.
Kathy sostenía sin rodeos que se comunicaba con su abuelo. Que era él quien estaba a una semana-luz en el espacio, y era detectado por Kennedy Slough. Ella había oído a Sarapis, como el resto del mundo…, y por algún milagro él la oía a ella.
St. Cyr, en el ascensor que llevaba al helipuerto de la azotea, rió a carcajadas. Esa muchacha no podía ocultar su chifladura religiosa a los periodistas. Hablaba demasiado en lugares públicos, en restaurantes y en bares pequeños y conocidos, incluso con Johnny a su lado. Ni siquiera él podía hacer que se callara.
Además estaba aquel episodio, la fiesta donde Kathy se había desnudado declarando que la hora de la purificación llegaría pronto; había pintado ciertos lugares de su cuerpo con esmalte rojo, en una especie de ceremonia ritual…, y por supuesto, había bebido de más.
«Y esta tía —pensó St. Cyr—, dirige Archimedean.
»Es preciso expulsarla, por nuestro bien y el del público». Para él era prácticamente un mandato otorgado por el pueblo. Casi un servicio público que debía prestar, y el único que no lo veía así era Johnny.
«A Johnny le gusta —pensó St. Cyr—. Ahí está el motivo. Me pregunto qué pensará Sarah Belle».
Con ánimo jovial, St. Cyr abordó su cópter, cerró la escotilla e insertó la llave de encendido. Volvió a pensar en Alfonse Gam. Y su buen humor se esfumó de golpe, de nuevo se sintió abatido.
«Hay dos personas —comprendió—, que parten del supuesto de que el viejo Louis Sarapis está vivo; Kathy Egmont Sharp y Alfonse Gam».
Dos personas indigestas, además. Y a pesar de sí mismo, lo obligaban a asociarse con los dos. Parecía ser su destino.
«No estoy en mejor situación que cuando estaba con el viejo Louis —pensó—. En algunos sentidos estoy peor».
El cópter se elevó en el cielo, dirigiéndose al edificio de Phil Harvey en el centro de Denver.
Como iba con retraso, St. Cyr activó el pequeño transmisor, alzó el micrófono y llamó a Harvey.
—Phil, ¿puedes oírme? Habla St. Cyr y voy camino al oeste.
Luego escuchó.
Escuchó, y por el altavoz se oyó un balbuceo extraño y lejano, un murmullo, como si muchas palabras se entremezclaran confusamente. Reconoció ese murmullo. Lo había oído varias veces en los noticiarios de la televisión.
«… a pesar de los ataques personales, muy superior a Chambers, que no podría ganar una elección ni siquiera para conserje de una casa de mala reputación. Conserva la fe en ti mismo, Alfonse. La gente sabe que eres un buen hombre, lo valora. Aprende a esperar. La fe mueve montañas. Sé por qué lo digo, mira lo que he logrado en mi vida…».
St. Cyr comprendió que era el ente que estaba a una semana-luz, ahora emitiendo una señal aún más potente; como las manchas solares, interfería con los canales de transmisión normal. Maldijo, y frunciendo el entrecejo, apagó el receptor.
«Interceptar las comunicaciones debe ir contra la ley —pensó—. Debería consultar a la Comisión de Comunicaciones Federales».
Sobrecogido, siguió pilotando su cópter por encima de los sembrados.
«Por Dios —pensó—, parecía el viejo Louis».
¿Era posible que Kathy Egmont Sharp tuviera razón?
En la planta de Archimedean situada en Michigan, Johnny Barefoot se presentó a su cita con Kathy y la encontró deprimida.
—¿Acaso no ves lo que sucede? —exclamó ella, enfrentándose a él en la oficina que había pertenecido a Louis—. No sé manejar las cosas. Todos se han dado cuenta. ¿Tú no?
Lo miró con ojos desorbitados.
—No, yo no —dijo Johnny, aunque sabía que ella estaba en lo cierto—. Cálmate y siéntate. Harvey y St. Cyr llegarán en cualquier momento, y será mejor que sepas dominarte cuando te reúnas con ellos.
Era una reunión que había querido eludir. Pero tarde o temprano tenían que realizarla, así que había permitido que Kathy la aceptara.
—Debo contarte algo terrible —dijo Kathy.
—¿De qué se trata? No puede ser tan terrible —dijo Johnny, temiendo la respuesta.
—He vuelto a la droga, Johnny. Tanta responsabilidad, tanta presión…, es demasiado para mí. Lo lamento.
Ella dirigió la mirada al suelo con tristeza.
—¿Qué droga es?
—Preferiría no decirlo. Es una anfetamina. Lo he leído todo en relación a ella. Sé que, en las cantidades que estoy ingiriendo, puede causar una psicosis. Pero no me importa.
Jadeando, le dio la espalda. Johnny notó que estaba muy delgada.
Y su rostro estaba enjuto, consumido; ahora comprendía por qué. El consumo elevado de anfetaminas le consumía el cuerpo, transformaba la materia en energía. Su metabolismo estaba tan alterado, que el haber caído de nuevo en la adicción la convertía en una seudohipertiroidea, con todos los procesos somáticos acelerados.
—Lamento saber eso —dijo Johnny. Se lo había temido. Y sin embargo no se había dado cuenta cuando sucedió; había hecho falta que ella se lo contara—. Creo que deberías buscar atención médica.
Se preguntó dónde conseguía la droga. Pero quizá no fuera difícil para ella, con tantos años de experiencia.
—La persona se vuelve emocionalmente muy inestable —dijo Kathy—. Propensa a arrebatos de furia o llanto. Quiero que lo sepas, para que no me culpes a mí. Para que entiendas que es la droga.
Trató de sonreír, y él reparó en su esfuerzo. Se acercó y le apoyó la mano en el hombro.
—Escucha, cuando Harvey y St. Cyr lleguen aquí, quiero que aceptes su oferta.
—Oh —dijo ella, asintiendo—. Bien.
—Y quiero que luego ingreses voluntariamente en un hospital.
—La fábrica de galletas —dijo Kathy con amargura.
—Será mejor para ti. Y no tendrás la responsabilidad que tienes en Archimedean. Sólo necesitas un descanso profundo y prolongado. Te encuentras en un estado de agotamiento físico y mental, pero mientras sigas tomando esa anfetamina…
—La fatiga no me vencerá —concluyó Kathy—. Johnny, no puedo ceder ante Harvey y St. Cyr.
—¿Por qué no?
—Louis no lo aprobaría. —Calló un instante—. Dice que no.
—Tu salud —dijo Johnny—, quizá tu vida…
—Quieres decir mi cordura, Johnny.
—Tienes muchas cosas personales en juego. Al cuerno con Louis. Al cuerno con Archimedean. ¿Quieres terminar en una funeraria, en semivida? No vale la pena. No son más que propiedades…, tú eres un ser humano.
Ella sonrió. En el escritorio se encendió una luz y sonó un timbre.
—Señora Sharp —dijo la recepcionista desde fuera—, los señores Harvey y St. Cyr están aquí. ¿Los hago pasar?
—Sí —respondió.
Se abrió la puerta y entraron Claude St. Cyr y Phil Harvey.
—Hola, Johnny —saludó St. Cyr.
Parecía confiado, y también Harvey.
—Dejaré que Johnny hable en mi nombre —dijo Kathy.
Él la miró de soslayo. ¿Eso significaba que se avenía a vender?
—¿Cuál es la propuesta? —preguntó—. ¿Qué tenéis que ofrecer a cambio del control de Wilhelmina Securities de Delaware? No me lo imagino.
—Ganímedes —dijo St. Cyr—. Una luna entera. —Y añadió—: Virtualmente.
—Ah, sí —dijo Johnny—, la escritura de la Unión Soviética. ¿Fue autorizada por los tribunales internacionales?
—Sí —dijo St. Cyr—, sin la menor objeción. Su valor es inestimable, y cada año aumentará, quizá se duplique. Mi cliente corroborará esa afirmación. Es una buena oferta, Johnny. Tú y yo nos conocemos, y sabes que digo la verdad.
«Quizá sea así», pensó Johnny. En muchos sentidos era una oferta generosa. Harvey no intentaba estafar a Kathy.
—Hablando en nombre de la señora Sharp… —comenzó Johnny.
Pero Kathy lo interrumpió.
—No —dijo con enérgica rapidez—. No puedo vender. Él dice que no.
—Kathy, ya me has dado autorización para negociar —dijo Johnny.
—Bien, retiro esa autorización.
—Si he de trabajar contigo y para ti, debes seguir mi consejo. Ya lo hemos hablado y convenido.
Sonó el teléfono de la oficina.
—Escúchalo tú mismo —dijo Kathy. Descolgó el teléfono y se lo dio a Johnny—. Él te lo contará.
Johnny aceptó el auricular y se lo acercó al oído.
—¿Quién es? —preguntó. Entonces oyó un retumbo, un estruendo lejano y perturbador, como si algo frotara un largo cable de metal.
«Imperativo retener control. Tu consejo, absurdo. Ella puede apañárselas. Tiene la pasta. Reacción de pánico. Estás asustado porque ella está enferma. Un buen doctor puede ponerla en forma. Consíguele un doctor, consigue ayuda médica. Consigue un abogado y libérala de las manos de la ley. Córtale el suministro de drogas. Insiste en…».
Johnny apartó el auricular, negándose a oír más. Temblando, colgó el teléfono.
—Lo oíste, ¿verdad? —dijo Kathy—. Era Louis.
—Sí —respondió Johnny.
—Se ha potenciado —aseguró Kathy—. Ahora podemos oírle directamente. No es sólo el radiotelescopio de Kennedy Slough. Anoche lo oí claramente, por primera vez, mientras me acostaba.
Johnny se volvió hacia St. Cyr y Harvey.
—Tendré que reflexionar sobre vuestra propuesta. Necesitaremos una evaluación de los bienes raíces que ofrecéis, y sin duda querréis una auditoría de Wilhelmina. Eso llevará tiempo.
Le temblaba la voz. Aún no se había repuesto del shock de descolgar el teléfono y oír la voz viviente de Louis Sarapis.
Después de concertar una cita para encontrarse con St. Cyr y Harvey más tarde, a lo largo del día, Johnny llevó a Kathy a desayunar; ella había admitido, a regañadientes, que no había comido nada desde la noche anterior.
—No tengo hambre —explicó, mientras pinchaba desganadamente algunos bocados de su plato de huevos con jamón y tostadas.
—Aunque ése fuera Louis Sarapis —dijo Johnny—, tú ni siquiera…
—Era él. No digas lo contrario, porque sabes que era él. Está ganando potencia todo el tiempo, allá fuera. Quizá aprovechando la energía del Sol.
—Así que es Louis, de acuerdo. No obstante, debes tener en cuenta tus intereses, no los suyos.
—Sus intereses y los míos son los mismos. Se trata de conservar Archimedean.
—¿Puede darte él la ayuda que necesitas? ¿Puede proveer lo que te falta? No toma en serio tu drogadicción, eso es obvio. Lo único que hizo fue sermonearme. —Johnny estaba furioso—. Ésa es muy poca ayuda, tanto para ti como para mí, en esta situación.
—Johnny, lo siento cerca de mí todo el tiempo. No necesito la televisión ni el teléfono…, lo percibo. Creo que es mi inclinación mística, mi intuición religiosa. Me está ayudando a mantener contacto con él. —Bebió un sorbo de zumo de naranja.
—Es tu psicosis provocada por las anfetaminas —dijo Johnny sin rodeos.
—No iré al hospital, Johnny, no me internaré. Estoy enferma, pero no tanto. Puedo reponerme por mi cuenta porque no estoy sola. Tengo a mi abuelo. —Le sonrió—. Y te tengo a ti. A pesar de Sarah Belle.
—No me tendrás a mí, Kathy, a menos que aceptes la propuesta de Harvey. A menos que aceptes los terrenos de Ganímedes.
—¿Renunciarías?
—Sí.
Kathy hizo una pausa.
—Mi abuelo dice que renuncies —dijo luego. Sus ojos eran oscuros, grandes, totalmente fríos.
—No creo que haya dicho eso.
—Pues habla con él.
—¿Cómo?
Kathy señaló el televisor del restaurante.
—Enciéndelo y escucha.
—No es necesario —dijo Johnny, poniéndose de pie—. Ya conoces mi decisión. Estaré en mi hotel, por si cambias de parecer.
Se alejó de la mesa, dejándola allí sentada. ¿Lo llamaría? Prestó atención mientras se marchaba, pero Kathy no lo llamó.
Un instante después estaba fuera del restaurante, de pie en la acera. Ella había aguantado el farol, y ya no era un farol sino algo real. Había renunciado de veras.
Aturdido, caminó sin rumbo. Y sin embargo, tenía razón. Lo sabía. Era sólo que… «Maldición —pensó—. ¿Por qué Kathy no había cedido? Por Louis —comprendió—. Sin el viejo, ella habría cerrado el trato, cambiando sus acciones por Ganímedes. La culpa era de Louis Sarapis, no de ella», pensó furiosamente.
«Y ahora qué —se preguntó—. ¿Regresar a Nueva York? ¿Buscar un nuevo empleo? ¿Buscar a Alfonse Gam, por ejemplo?». Sería rentable, si lo lograba. ¿O debía quedarse en Michigan, esperando que Kathy cambiara de parecer?
«No puede emperrarse en esto —decidió—. Al margen de lo que diga Sarapis. Mejor dicho, de lo que ella cree que dice. Sea lo que sea».
Subió a un taxi y dio la dirección de su hotel. Poco después entraba en el vestíbulo del Antier Hotel, de vuelta donde había empezado esa mañana. De vuelta a esa imponente habitación vacía, esta vez sólo para sentarse a esperar, con la esperanza de que Kathy cambiara de parecer y lo llamara. Esta vez no tenía ninguna cita; la cita había terminado. Cuando llegó a la habitación, oyó que sonaba el teléfono.
Johnny se quedó un instante frente a la habitación con la llave en la mano, escuchando los timbrazos del teléfono que le llegaban desde el otro lado de la puerta. ¿Sería Kathy o tal vez sería Louis?
Insertó la llave en la cerradura, la hizo girar, entró en la habitación y levantó el auricular.
—Hola.
La voz era más bien un murmullo, retumbante y lejano. Un latoso monólogo, una monótona arenga.
«No es bueno abandonarla, Barefoot. Es una traición a tu puesto. Creí que entendías tus responsabilidades. Con ella es igual que si fuera conmigo, y a mí nunca me habrías abandonado en un arranque de irritación. Dejé mi cuerpo a tu cargo para que te quedaras. No puedes…».
Johnny colgó, pasmado. De inmediato el teléfono volvió a sonar.
Esta vez no contestó. «Púdrete», se dijo. Caminó hacia la ventana y contempló la calle, pensando en la conversación que había sostenido con el viejo Louis años atrás, la conversación que tanto lo había impresionado. La conversación donde había comentado que no había estudiado en la universidad porque quería morirse. Mirando la calle, pensó: «Quizá debería saltar. Al menos no habría más teléfonos, no habría nada de esto.
»Lo peor —pensó—, es su senilidad. Sus pensamientos no son claros, nítidos; son oníricos, irracionales. El viejo no está vivo en realidad. Ni siquiera está en semivida. Su conciencia se hunde en la oscuridad, y estamos obligados a escucharlo mientras se desarrolla el proceso, mientras avanza paso a paso hacia la muerte definitiva y total».
Pero aun en ese estado degenerativo, tenía apetencias. Deseaba, y deseaba con fuerza. Quería que él hiciera algo; quería que Kathy hiciera algo. Los restos de Louis Sarapis aún estaban activos, y tenían astucia suficiente para encontrar modos de asediarlo, de obtener lo que buscaba. Era una parodia de los deseos que Louis tenía en vida, pero era imposible no hacerle caso ni eludirlo. El teléfono seguía sonando.
«Quizá no sea Louis —pensó—. Quizá sea Kathy». Fue hasta el receptor, lo levantó, y colgó de inmediato. Otra vez el retumbo, los restos de la personalidad de Louis Sarapis. Se estremeció. «¿Y es sólo aquí, es selectivo?».
Tuvo la terrible sensación de que no era así.
Fue hacia el televisor y lo encendió. La pantalla se iluminó, pero la imagen era extrañamente borrosa. Los desleídos trazos parecían formar un rostro.
«Y todos —comprendió—, están viendo esto». Pasó a otro canal. De nuevo esos rasgos imprecisos, el viejo materializado a medias en la pantalla de televisión; y en el altavoz, el murmullo de unas palabras difusas: «Te dije una y otra vez que tu primera responsabilidad es…».
Johnny apagó el televisor; el rostro inacabado y sus palabras desaparecieron. Todavía quedaba, una vez más, el timbrazo del teléfono. Levantó el auricular.
—Louis, ¿puedes oírme? —dijo.
«Cuando llegue la época de las elecciones ellos verán a un hombre con la tenacidad suficiente para realizar una segunda campaña, aceptar la responsabilidad económica… En definitiva, hoy en día el coste de una candidatura sólo es viable para los ricos…».
La voz siguió zumbando, monótona. No, el viejo no podía oírle, no era una conversación sino un monólogo. No había comunicación.
Pero el viejo sabía lo que sucedía en la Tierra. Parecía comprender, ver de algún modo, que Johnny había renunciado a su puesto. Colgó el teléfono, se sentó y encendió un cigarrillo.
«No puedo volver con Kathy —pensó—, a menos que esté dispuesto a cambiar de parecer y aconsejarle que no venda. Y eso es imposible. No puedo hacerlo, así que eso queda excluido. ¿Qué otra cosa me queda? ¿Durante cuánto tiempo puede acecharme Sarapis? ¿Hay algún sitio adonde pueda ir?». Se acercó de nuevo a la ventana y miró hacia la calle.
En un quiosco, Claude St. Cyr arrojó algunas monedas, y tomó un periódico.
—Gracias, señor o señora —dijo el vendedor robot.
El artículo de portada… St. Cyr pestañeó y se preguntó si había perdido el juicio. No comprendía lo que leía…, mejor dicho, no conseguía leerlo. No tenía sentido. El sistema homeostático de impresión de noticias, el periódico de microrretransmisión totalmente automatizado, se había descalabrado. Sólo veía una procesión de palabras unidas al azar. Era peor que el Finnegans Wake, de James Joyce.
¿Era realmente al azar? Un párrafo le llamó la atención.
En la ventana del hotel dispuesto a saltar. Si esperas realizar más negocios con ella será mejor que vayas allá. Ella depende de él, necesita un hombre desde que su esposo, ese Paul Sharp, la abandonó. El Antier Hotel, habitación 604. Creo que tienes tiempo. Johnny es demasiado impulsivo; no debió tratar de disuadirla con un farol. Si eres de mi sangre no te dejas atropellar, y ella tiene mi sangre, yo…
St. Cyr se volvió hacia Harvey, que estaba junto a él.
—Johnny Barefoot está en una habitación del Antier Hotel, dispuesto a saltar por la ventana, y el viejo Sarapis nos está avisando, nos está advirtiendo. Será mejor que vayamos hacia allá.
Harvey lo miró de reojo.
—Barefoot está con nosotros. No podemos permitir que se suicide. ¿Pero por qué Sarapis…?
—Vamos ya —le urgió St. Cyr, dirigiéndose hacia el cópter aparcado. Harvey lo siguió a la carrera.
IV
De pronto, el teléfono dejó de sonar. Johnny se alejó de la ventana y vio a Kathy Sharp junto al aparato con el auricular en la mano.
—Él me llamó —explicó—, y me dijo, Johnny, dónde estabas y qué ibas a hacer.
—Qué locura. Yo no iba a hacer nada —dijo, apartándose de la ventana.
—Él pensó que sí —alegó Kathy.
—Lo cual demuestra que él puede equivocarse.
Johnny notó que su cigarrillo se había consumido hasta el filtro y lo apagó en el cenicero de la cómoda.
—Mi abuelo siempre te tuvo afecto —dijo Kathy—. No le gustaría que te pasara nada.
Johnny se encogió de hombros.
—En lo que a mí concierne, ya no tengo nada que ver con Louis Sarapis.
Kathy había levantado el auricular; no le prestaba atención a Johnny. Se dio cuenta de que escuchaba a su abuelo, así que dejó de hablar. Era inútil.
—Él dice —dijo Kathy— que Claude St. Cyr y Phil Harvey vienen hacia aquí. También les dijo que vinieran.
—Muy gentil de su parte —gruñó Johnny.
—Yo también te tengo afecto, Johnny. Entiendo por qué mi abuelo te quería y te admiraba. Realmente te tomas en serio mi bienestar, ¿verdad? Quizá podría internarme de forma voluntaria en un hospital, por un período breve, una semana o varios días.
—¿Eso sería suficiente?
—Quizá. —Kathy le pasó el teléfono—. Quiere hablar contigo. Creo que será mejor que le escuches. De todos modos, él hallará la manera de llegar hasta ti. Y tú lo sabes.
Johnny cogió el teléfono de mala gana.
«El problema es que estás sin empleo y eso te deprime. Si no estás trabajando, crees que no vales nada. Así eres tú. Eso me gusta. Yo también soy así. Escucha, tengo un trabajo para ti. En la convención. Hacer publicidad para asegurar la nominación de Alfonse Gam. Harías una magnífica labor. Llama a Gam. Llama a Alfonse Gam. Johnny, llama a Gam. Llama a…».
Johnny colgó.
—Tengo un trabajo —le dijo a Kathy—. Representar a Gam. Al menos eso dice Louis.
—¿Harías eso? —preguntó Kathy—. ¿Encargarte de sus relaciones públicas en la convención?
Johnny se encogió de hombros. ¿Por qué no? Gam tenía dinero y pagaría bien. Y, desde luego, no era peor que el actual presidente, Kent Margrave. «Debo conseguir un empleo —pensó Johnny—. Tengo que vivir. Tengo una esposa y dos hijas. Esto no es broma».
—¿Crees que Gam tiene posibilidades esta vez? —preguntó Kathy.
—No, no lo creo. Pero en política también ocurren milagros. Fíjate en el increíble regreso de Richard Nixon en 1968.
—¿Cuál sería el mejor camino para Gam?
Él la miró.
—Hablaré de eso con él. No contigo.
—Todavía estás enfadado porque no estoy dispuesta a vender. Escucha, Johnny. Supongamos que te entrego Archimedean…
Él reflexionó un instante.
—¿Qué dice Louis al respecto? —preguntó.
—No le he preguntado.
—Sabes que diría que no. Soy demasiado inexperto. Conozco la empresa, desde luego, pues estuve en ella desde el principio. Pero…
—No te subestimes —dijo Kathy suavemente.
—Por favor, no me sermonees. Tratemos de seguir siendo amigos. Amigos fríos y distantes.
«No soporto que me sermonee una mujer —pensó—. Y menos si tiene razón».
La puerta de la habitación se abrió de golpe, cuando Claude St. Cyr y Phil Harvey entraron impetuosamente. Vieron que Kathy estaba con él y se calmaron.
—Así que también te hizo venir aquí —le dijo St. Cyr, sin aliento.
—Sí —dijo Kathy—. Estaba muy preocupado por Johnny. —Le palmeó el brazo—. ¿Ves cuántos amigos tienes? Fríos y cálidos.
—Sí —suspiró él. Pero por algún motivo se sentía profunda y abrumadoramente triste.
Esa tarde Claude St. Cyr encontró tiempo para visitar la casa de Elektra Harvey, la exesposa de su actual jefe.
—Escucha, muñeca —dijo St. Cyr—, estoy tratando de beneficiarte con este acuerdo. Si tengo éxito… —la rodeó con los brazos y la estrechó con fuerza—… recobrarás un poco de lo que has perdido. No todo, pero lo suficiente para ser un poco más feliz.
Él la besó y, como de costumbre, ella respondió. Se retorció en sus brazos, lo atrajo hacia sí, lo apretó de un modo turbadoramente satisfactorio. Era agradable, y además duró un largo rato, cosa que no era habitual. Al fin, apartándose de él, Elektra dijo:
—A propósito, ¿sabes qué pasa con el teléfono y la televisión? No puedo llamar…, siempre hay alguien en la línea. Y la imagen de la tele se ve borrosa y distorsionada, y es casi siempre lo mismo, una especie de rostro.
—No te preocupes —la tranquilizó St. Cyr—. Estamos trabajando en ello. Tenemos un equipo investigando.
Sus hombres iban de funeraria en funeraria. Tarde o temprano encontrarían el cuerpo de Louis. Y entonces ese disparate terminaría…, para alivio de todos.
Elektra Harvey se dirigió al aparador a preparar unas bebidas.
—¿Phil sabe lo nuestro? —preguntó.
Echó tres gotas de bíter en cada vaso de whisky.
—No —dijo St. Cyr—, y de todos modos no le incumbe.
—Es verdad, pero Phil tiene un fuerte prejuicio con sus exesposas. No le gustaría. Pensaría que le eres desleal. Como él me detesta, tú deberías detestarme. Eso es lo que Phil llama ser consecuente.
—Me alegra saberlo, pero no puedo hacer nada al respecto. De todos modos, no se enterará.
—Aun así, no puedo dejar de preocuparme —dijo Elektra, dándole una copa—. Verás, puse la televisión y…, sé que parece una locura, pero tuve la sensación… —Se interrumpió—. Bien, me pareció que el locutor nos mencionaba. Pero estaba murmurando, o quizá la recepción era mala. Lo cierto es que oí tu nombre y el mío.
Lo miró con preocupación mientras se acomodaba distraídamente el tirante del vestido.
—Querida, esto es ridículo —dijo él, estremecido.
Se acercó al televisor y lo encendió. «Cielo santo —pensó—. ¿Es que Louis Sarapis está en todas partes? ¿Es que ve todo lo que hacemos desde ese lugar del espacio profundo?».
No era precisamente una idea confortante, y menos cuando intentabas implicar a la nieta de Louis en un negocio que el viejo reprobaba.
«Se está vengando de mí», comprendió St. Cyr mientras encendía el televisor con dedos torpes.
—De hecho, señor Barefoot, yo pensaba llamarlo a usted —dijo Alfonse Gam—. Tengo un telegrama en el que el señor Sarapis me aconseja contratarlo. Aun así, creo que tendríamos que pensar en algo totalmente nuevo. Margrave nos lleva mucha ventaja.
—Es verdad —admitió Johnny—. Pero seamos realistas. Esta vez tendremos ayuda. Ayuda de Louis Sarapis.
—Louis ayudó la última vez, y no fue suficiente.
—Pero esta ayuda será distinta.
«En definitiva —pensó Johnny—, el viejo controla todos los medios de comunicación, los periódicos, la radio y la televisión, incluso los teléfonos». Con semejante poder, Louis podía hacer lo que quisiera.
«En realidad no me necesita», pensó. Pero no se lo dijo a Alfonse Gam. Al parecer Gam no comprendía lo que sucedía con Louis, lo que Louis podía hacer. Y a fin de cuentas, un trabajo era un trabajo.
—¿Ha visto la televisión últimamente? —preguntó Gam—. ¿O ha intentado usar el teléfono, o comprado un periódico? Sólo hay una jerigonza incomprensible. Si eso es Louis, no será de gran ayuda en la convención. Es incoherente. Sólo divaga.
—Lo sé —reconoció Johnny con cautela.
—Me temo que los planes que tenía Louis para su semivida han fracasado —dijo Gam. Parecía descorazonado. No tenía el ánimo de un hombre dispuesto a ganar las elecciones—. En realidad usted admira a Louis más que yo, en este momento. Con franqueza, señor Barefoot, tuve una larga charla con el señor St. Cyr, y sus comentarios fueron muy desalentadores. Yo estoy dispuesto a seguir adelante, pero la verdad… —Hizo un gesto de desaliento—. Claude St. Cyr me dijo sin rodeos que soy un perdedor.
—¿Y usted cree a St. Cyr? Él está con el otro bando ahora, con Phil Harvey.
Johnny se asombró de que ese hombre fuera tan cándido, y también tan voluble.
—Le dije a St. Cyr que ganaría —murmuró Gam—. Pero francamente, esos delirios en los televisores y los teléfonos…; es espantoso. Me desalienta. ¡Quiero alejarme de todo esto!
—Entiendo —dijo Johnny.
—Louis no era así —gimió Gam—. Ahora sólo desvaría. Aunque pueda inclinar la nominación a mi favor…, ¿realmente la quiero? Estoy cansado, señor Barefoot, muy cansado.
Gam guardó silencio.
—Si me está pidiendo que le infunda ánimo —dijo Johnny—, se ha equivocado de hombre.
La voz del teléfono y la televisión lo afectaban exactamente igual. Lo afectaban tanto que no encontraba frases de aliento para Gam.
—Usted está en Relaciones Públicas. ¿Es capaz de generar entusiasmo donde no existe? Convénzame a mí, Barefoot, y yo convenceré al mundo. —Extrajo un telegrama plegado del bolsillo—. Esto fue lo que envió Louis el otro día. Es evidente que puede interceptar las líneas telegráficas, así como el resto de los medios.
Se lo entregó y Johnny lo leyó.
—En ese momento Louis era más coherente —dijo Johnny—. Cuando escribió esto, quiero decir.
—A eso me refiero. Se está deteriorando rápidamente. ¿Cómo estará cuando empiece la convención? Sólo falta un día. Me temo algo espantoso. Y no me interesa liarme en eso. Por otro lado, quiero presentar mi candidatura. En consecuencia, Barefoot, usted encárguese de Louis, sea el intermediario…, el «psicopompos».
—¿Qué significa eso?
—El intermediario entre Dios y el hombre.
—Si usted usa semejantes palabras, no obtendrá la nominación, se lo aseguro.
Gam sonrió irónicamente.
—¿Le apetece una copa? —preguntó, pasando del salón a la cocina—. ¿Escocés? ¿Bourbon?
—Bourbon —contestó Johnny.
—¿Qué piensa de la muchacha, la nieta de Louis?
—Me agrada —dijo Johnny con sinceridad.
—¿Aunque sea psicótica, drogadicta, exconvicta y para colmo fanática religiosa?
—Sí —respondió Johnny, molesto.
—Creo que está usted loco —dijo Gam, regresando con las bebidas—. Pero estoy de acuerdo con usted. Es buena persona. Hace tiempo que la conozco. Con franqueza, no sé por qué ha seguido ese camino. No soy psicólogo…, aunque pienso que quizá tenga algo que ver con Louis. Ella siente especial devoción por él, una lealtad que es tan pueril como fanática. Y, para mí, conmovedoramente tierna.
Johnny bebió un sorbo.
—Este bourbon es malísimo —protestó.
—Es Old Sir Muskrat —reconoció Gam, con una mueca—. Estoy de acuerdo.
—Será mejor que ofrezca mejores marcas a sus invitados, o su carrera política habrá terminado.
—Por eso te necesito —replicó Gam, tratándolo, de pronto, con mayor confianza—. ¿Entiendes?
—Entiendo —dijo Johnny, llevando su copa a la cocina para devolver el bourbon a la botella, y de paso echar un vistazo al escocés.
—¿Cómo lograrás que me elijan? —preguntó Alfonse Gam.
—Creo que el mejor enfoque…, el único enfoque…, es valerse del sentimentalismo que la muerte de Louis ha despertado en la gente. Vi las filas de gente en el auditorio. Era impresionante, Alfonse. Acudían un día tras otro. Cuando él vivía, muchos temían a Louis, temían su poder. Pero ahora pueden respirar tranquilos. Él se ha ido, y los aspectos temibles de…
—Pero no se ha ido, Johnny —interrumpió Gam—. De eso se trata. Ese parloteo en los teléfonos y la televisión… ¡Eso es él!
—Pero la gente no lo sabe. La gente está desconcertada, igual que la primera persona que captó la transmisión. Ese técnico de Kennedy Slough. ¿Por qué asociarían una emanación eléctrica que se origina a una semana-luz de la Tierra con Louis Sarapis?
Gam reflexionó un instante.
—Creo que cometes un error, Johnny —dijo al fin—. Pero Louis me aconsejó que te contratara, y eso haré. Tienes carta blanca. Confiaré en tu pericia.
—Gracias. No te defraudaré.
Pero por dentro no estaba tan seguro. «Quizá el público sea más listo de lo que yo creo —pensó—. Quizá esté cometiendo un error». ¿Pero qué otra posibilidad había? No se le ocurría ninguna. O bien usaban la conexión de Gam con Louis o no tenían nada para proponer su candidatura.
Un elemento muy endeble como base de la campaña de nominación, y a sólo un día de la convención. No le gustaba. Sonó el teléfono en el salón de Gam.
—Quizá sea él —dijo Gam—. ¿Quieres hablarle? Para ser sincero, me da miedo contestar.
—Déjalo sonar —recomendó Johnny. Estaba de acuerdo con Gam. Era demasiado desagradable.
—Pero no podemos evitarlo. Si quiere ponerse en contacto con nosotros…, si no es a través del teléfono, es el periódico. Ayer traté de usar mi máquina de escribir eléctrica…, y en vez de la carta que me proponía escribir, obtuve el mismo galimatías…, un texto de él.
Sin embargo, ninguno de los dos se levantó para atender el teléfono. Lo dejaron sonar.
—¿Quieres que te dé un anticipo? —preguntó Gam—. ¿Un poco de efectivo?
—Lo agradecería, pues hoy mismo renuncié a mi puesto en Archimedean.
Gam buscó la billetera en su chaqueta.
—Te daré un cheque —dijo, mirando a Johnny—. Te gusta pero no puedes trabajar con ella, ¿eh?
—Así es —asintió Johnny. Él no dio más detalles, y Gam no insistió. Al menos Gam era caballeroso, y Johnny valoraba esa cualidad.
Cuando el cheque cambió de manos, el teléfono dejó de sonar.
Johnny se preguntó si existía un lazo entre ambas cosas o si era pura casualidad. No había manera de saberlo. Louis parecía estar al tanto de todo. De todos modos, esto era lo que Louis quería. Se lo había dicho a ambos.
—Supongo que hicimos lo correcto —dijo Gam bruscamente—. Escucha, Johnny, estaría bien que te reconciliaras con Kathy Egmont Sharp; por el bien de ella. Necesita ayuda, mucha ayuda.
Johnny gruñó.
—Ahora que no trabajas para ella, inténtalo una vez más, ¿de acuerdo? —sugirió Gam.
—Pensaré en ello —murmuró Johnny.
—Esa muchacha está muy enferma, y ahora tiene muchas responsabilidades. Tú lo sabes. No importa cuál sea el motivo que os separó…, trata de llegar a un entendimiento antes de que sea demasiado tarde. Es el único modo adecuado.
Johnny no dijo nada. Pero sabía que Gam tenía razón.
¿Pero cómo lo haría? No tenía ni idea. ¿Cómo relacionarse con una persona psicótica? ¿Cómo franquear un abismo tan profundo? Ya era bastante difícil en situaciones normales…, y en este caso había demasiadas connotaciones.
Por lo pronto, Louis estaba involucrado en ello. Y los sentimientos de Kathy por Louis… Eso tendría que cambiar. Esa ciega adoración tenía que cesar.
—¿Qué piensa de ella tu esposa? —exclamó Gam.
—¿Sarah Belle? —preguntó Johnny, sobresaltado—. No conoce a Kathy personalmente. ¿Por qué lo preguntas?
Gam lo miró sin decir nada.
—Qué pregunta tan extraña —dijo Johnny.
—Y qué muchacha tan extraña, esa Kathy —repuso Gam—. Más extraña de lo que crees, amigo mío. Hay muchas cosas que no sabes.
No dio más detalles.
—Hay algo que quiero saber —le dijo Phil Harvey a Claude St. Cyr—. Necesitamos la respuesta a esta pregunta, o nunca controlaremos las acciones de Wilhelmina. ¿Dónde está el cuerpo?
—Estamos buscando —dijo pacientemente St. Cyr—. Estamos investigando todas las funerarias, una por una. Pero es una cuestión de dinero. Sin duda alguien les paga para que se callen, y si queremos que hablen…
—Esa muchacha sigue instrucciones que vienen de más allá de la tumba. Aunque Louis está involucionando, ella le presta atención. Es antinatural.
Harvey sacudió la cabeza con repulsión.
—Coincido contigo —dijo St. Cyr—. Más aún, lo has expresado perfectamente. Esta mañana, mientras me afeitaba, lo vi por televisión. —Se estremeció visiblemente—. Ahora nos ataca por todos los flancos.
—Hoy es el primer día de la convención —recordó Harvey, mirando los coches y la gente por la ventana—. La atención de Louis se concentrará allí, en su intento de decantar el voto a favor de Alfonse Gam. Allí está Johnny, trabajando para Gam… Y eso fue idea de Louis. Quizá ahora podamos actuar con mejores resultados. ¿Entiendes? Tal vez se haya olvidado de Kathy. Por Dios, no puede verlo todo al mismo tiempo.
—Pero Kathy ya no está en Archimedean —observó St. Cyr.
—¿Dónde está entonces? ¿En Delaware? ¿En Wilhelmina Secundes? No será difícil encontrarla.
—Está enferma en un hospital, Phil. La internaron anoche a última hora. Por su adicción a las drogas, supongo.
Hubo un instante de silencio.
—Sabes mucho —dijo al fin Harvey—. ¿Pero cómo te enteraste de eso?
—Escuchando el teléfono y en la televisión. Pero no sé en qué hospital está. Hasta podría estar fuera de la Tierra, en la Luna o Marte, incluso en su mundo de origen. Tuve la impresión de que está muy enferma. El abandono de Johnny la ha afectado mucho. —St. Cyr miró sombríamente a su jefe—. Eso es todo lo que sé, Phil.
—¿Crees que Johnny Barefoot sabe dónde está?
—Lo dudo.
—Apuesto a que ella intentará llamarlo —murmuró Harvey—. Apuesto a que él lo sabrá pronto, si no lo sabe ya. Si lográramos intervenir su teléfono…, desviar sus llamadas hacia aquí.
—Pero los teléfonos… —suspiró St. Cyr—. Ahora sólo se oye esa jerigonza. La interferencia de Louis.
Se preguntó qué sería de Archimedean Enterprises si Kathy era inhabilitada para dirigir la compañía, si la internaban por la fuerza. Podría ser muy complicado, según se dirimiera por la legislación de la Tierra o…
—No podemos encontrar a Kathy ni podemos encontrar el cuerpo —estaba diciendo Harvey—. Entretanto la convención sigue adelante, y nominarán a ese maldito Gam…, esa creación de Louis. Cuando menos lo esperemos, será presidente. —Miró a St. Cyr con hostilidad—. Hasta ahora no me has servido de mucho, Claude.
—Probaremos en todos los hospitales…, pero hay decenas de miles. Y si no está en esta zona, podría estar en cualquier parte.
Se sintió impotente. «Damos vueltas y más vueltas —pensó—, y no llegamos a ningún lado. Bien, podemos seguir mirando la televisión —decidió—. Quizá eso sirva de algo».
—Voy a la convención —anunció Harvey—. Te veré luego. Si descubres algo, cosa que dudo, puedes llamarme allí.
Caminó hacia la puerta y, poco después, St. Cyr se encontró a solas.
«Maldición —masculló—. ¿Qué haré ahora? Quizá deba ir a la convención también». Pero había otra funeraria más que quería registrar. Sus hombres habían estado allí, pero él quería visitarla personalmente. Era justo el tipo de lugar que le habría gustado a Louis, dirigida por un sujeto servil que atendía al repulsivo nombre de Herbert Schoenheit von Vogelsang, que en alemán significaba Eriberto Belleza del Canto del Ave, un nombre adecuado para alguien que dirigía la funeraria Amados Hermanos en el centro de Los Angeles, con sucursales en Chicago, Nueva York y Cleveland.
Cuando llegó a la funeraria, Claude St. Cyr pidió ver a Schoenheit von Vogelsang en persona. El lugar estaba rebosante de actividad; pronto llegaría el Día de la Resurrección y la pequeña burguesía, que asistía en gran número a esas ceremonias, esperaba ese día para recuperar temporalmente a sus parientes semivivos.
—Sí, señor —dijo Schoenheit von Vogelsang cuando al fin apareció en el despacho—. Usted pidió hablar conmigo.
St. Cyr mostró su tarjeta, que aún lo describía como consultor legal de Archimedean Enterprises.
—Soy Claude St. Cyr. Quizá haya oído hablar de mí.
Schoenheit von Vogelsang palideció al ver la tarjeta.
—Le aseguro, señor St. Cyr —murmuró—, que estamos haciendo todo lo posible. Gastamos más de mil dólares de nuestros propios fondos tratando de establecer contacto con él; hemos hecho importar equipos de alta resolución de Japón, donde se desarrollaron y fabricaron. Y aún no tenemos resultados. —Retrocedió temblando—. Puede venir a verlo personalmente. Francamente, creo que alguien lo está haciendo a propósito. Un fracaso total como éste no se puede producir de forma natural, como usted entenderá.
—Déjeme verlo —dijo St. Cyr.
—Desde luego. —El dueño de la funeraria, pálido y nervioso, lo guió hasta el helado depósito, donde, al fin, St. Cyr vio el féretro que había estado en la capilla ardiente, el féretro de Louis Sarapis—. ¿Planea usted llevarnos a juicio? —preguntó inquieto el dueño de la funeraria—. Le aseguro que hemos…
—Sólo estoy aquí para llevarme el cuerpo. Ordene a sus hombres que lo carguen en un camión.
—Sí, señor St. Cyr —dijo dócilmente Herb Schoenheit von Vogelsang. Llamó a dos empleados y comenzó a darles instrucciones—. ¿Tiene usted un camión, señor St. Cyr?
—Ocúpese usted de ello —dijo St. Cyr con voz enérgica.
Poco después, el féretro con el cuerpo era cargado en un camión de la funeraria, y el conductor pidió instrucciones a St. Cyr, que le dio el domicilio de Phil Harvey.
—En cuanto al juicio… —murmuró Herb Schoenheit von Vogelsang, mientras St. Cyr se sentaba junto al conductor del camión—. Usted no creerá que ha habido negligencia de nuestra parte, ¿verdad? Porque en tal caso…
—En lo que a nosotros concierne, el asunto está concluido —dijo St. Cyr lacónicamente, y ordenó al conductor que arrancara.
En cuanto abandonaron la funeraria, St. Cyr lanzó una carcajada.
—¿Qué le parece tan gracioso? —preguntó el conductor.
—Nada —respondió St. Cyr, riendo entre dientes.
Una vez que el camión se hubo ido, tras dejar el féretro en casa de Harvey, con el cuerpo todavía envuelto en su quickpack original, St. Cyr descolgó el teléfono y marcó. Pero no pudo comunicarse con la sala de convenciones. Lo único que oía, después de tantos trastornos, era ese retumbo extraño y distante, la monótona letanía de Louis Sarapis. Colgó, irritado pero resuelto.
«Ya basta —se dijo—. No esperaré la aprobación de Harvey. No la necesito».
Buscó por el salón hasta encontrar un arma térmica en la gaveta de un escritorio. Apuntó al féretro de Louis Sarapis y apretó el gatillo.
El envoltorio de quickpack empezó a humear y el féretro siseó al derretirse el plástico. Dentro, el cuerpo se ennegreció y luego se consumió, quedando reducido a un ladrillo horneado y carbonizado, pequeño y amorfo. Satisfecho, St. Cyr guardó el arma en la gaveta del escritorio, y de nuevo levantó el teléfono para marcar.
«Sólo Gam puede lograrlo —recitó la voz monótona—. Gam es el hombre que soy. Buen eslogan para ti, Johnny. Gam es el hombre que soy. Recuérdalo. Yo me encargaré de hablar. Dame el micrófono y se lo diré. Gam es el hombre que soy. Gam es…».
Claude St. Cyr colgó, mirando boquiabierto el guiñapo chamuscado que había sido Louis Sarapis, sin comprender nada. Encendió el televisor y la voz surgía de allí igual que antes. Nada había cambiado.
La voz de Louis Sarapis no se originaba en su cuerpo. El cuerpo había desaparecido. No había ninguna conexión entre ambos.
Sentándose en una silla, Claude St. Cyr sacó sus cigarrillos y encendió uno temblando, tratando de entender qué significaba todo aquello. Casi parecía tener la explicación. Pero todavía no era así.
V
En monorraíl, pues había dejado el cópter en la funeraria, Claude St. Cyr se dirigió aturdido a la sala de convenciones. El lugar estaba atestado; el bullicio era ensordecedor. A pesar de ello logró obtener los servicios de un paje robot; por el sistema de altavoces, se requirió la presencia de Phil Harvey en una de las salas adyacentes que las delegaciones que deseaban deliberar en secreto usaban como lugares de reunión.
Apareció Harvey, desmelenado tras abrirse paso en la abigarrada multitud de espectadores y delegados.
—¿Qué pasa, Claude? —preguntó al ver la cara de su abogado—. Será mejor que me lo digas.
—¡La voz que oímos! —exclamó St. Cyr—. ¡No es Louis! Es alguien que trata de imitar a Louis.
—¿Cómo lo sabes?
St. Cyr se lo contó.
—Y no tienes dudas de que el cuerpo que destruiste era el de Louis, de que no te engañaron en la funeraria.
—No estoy seguro. Pero creo que sí. Lo creo ahora y lo creí en su momento.
En todo caso, era demasiado tarde para descubrirlo, pues no quedaban vestigios suficientes del cuerpo para realizar semejante análisis.
—¿Pero qué puede ser entonces? —dijo Harvey—. Por Dios, llega aquí desde más allá del sistema solar. ¿Serán extraterrestres? ¿Una especie de eco, o una parodia, una reacción no viviente que nosotros desconocemos? ¿Un proceso inerte desprovisto de voluntad?
St. Cyr soltó una carcajada.
—Estás delirando, Phil. Corta ya.
—Lo que tú digas, Claude. Si crees que hay alguien aquí…
—No lo sé —dijo St. Cyr con franqueza—. Pero yo diría que es alguien de este planeta, alguien que conocía tan bien a Louis que pudo asimilar sus características hasta el extremo de saber imitarlas.
Calló. Su razonamiento lógico sólo llegaba hasta allí…, más allá de eso no veía nada. Era un espacio en blanco que causaba escalofríos.
«Hay —pensó— un componente de locura en esto. Lo que tomamos por decadencia es más una forma de locura que de degeneración. ¿O la locura misma es degeneración?». No lo sabía. No tenía formación psiquiátrica, salvo en lo concerniente a los aspectos legales. Y los aspectos legales no tenían lugar aquí.
—¿Alguien ha nominado a Gam? —le preguntó a Harvey.
—Todavía no. Pero se espera que sea hoy. Se rumorea que hay un delegado de Montana que lo nominará.
—¿Johnny Barefoot está aquí?
—Sí. —Harvey asintió—. Muy ocupado entrevistando delegados. Entra y sale de las diferentes delegaciones con grandes aspavientos. Por cierto, no hay señales de Gam. No llegará hasta el final del discurso de nominación, y entonces se armará un jaleo de mil demonios. Ovaciones, desfiles y banderas ondeantes. Todos los simpatizantes de Gam están preparados.
—¿Algún indicio de…? —St. Cyr titubeó—. ¿De lo que considerábamos que era Louis? ¿De la presencia de su persona?
«O la presencia de esa cosa —pensó—. Sea lo que fuere».
—Todavía no —dijo Harvey.
—Creo que sabremos algo de él —dijo St. Cyr—, antes de que termine el día.
Harvey asintió. Él también pensaba lo mismo.
—¿Le tienes miedo? —preguntó St. Cyr.
—Claro que sí. Mil veces más que nunca, ahora que ni siquiera sabemos quién ni qué es.
—Tienes razón en adoptar esa actitud —dijo St. Cyr, que sentía lo mismo.
—Quizá deberíamos avisar a Johnny —dijo Harvey.
—Que lo averigüe por su cuenta —repuso St. Cyr.
—De acuerdo, Claude. Como digas. A fin de cuentas, fuiste tú quien encontró el cuerpo de Louis. Tengo plena confianza en ti.
«En cierto modo —pensó St. Cyr—, me arrepiento de haberlo encontrado. Ojalá no supiera lo que sé ahora. Era mejor creer que era el viejo Louis, hablándonos desde cada teléfono, periódico y televisor.
»Eso era malo, pero esto es mucho peor. Aunque —pensó—, me parece que la respuesta está allí, esperando. Debo intentarlo —se dijo—. Tratar de encontrarla. Intentarlo».
A solas en una sala lateral, Johnny Barefoot observaba con crispación el desarrollo de la convención en un circuito cerrado de televisión. La distorsión, la presencia invasora que estaba a una semana-luz de distancia, había desaparecido durante un rato, y pudo ver y oír al delegado de Montana que pronunciaba el discurso de nominación de Alfonse Gam.
Se sentía cansado. La convención, con sus discursos, sus desfiles y sus tensiones, le destrozaba los nervios, pues se desarrollaba en contra de sus planes. «Vaya espectáculo —pensó—. ¿Para qué tanta alharaca?». Si Gam quería ganar la nominación, la obtendría, y todo lo demás carecía de sentido. Por su parte, él pensaba en Kathy Egmont Sharp.
No la había visto desde que ella había ingresado en el Hospital de la Universidad de California, en San Francisco. Ignoraba en qué estado se hallaba, si había respondido o no a la terapia. No podía eludir la profunda intuición de que no había respondido.
¿Hasta qué punto estaba enferma Kathy? Quizá muy enferma, con o sin drogas; lo presentía con intensidad. Tal vez nunca le dieran el alta en el hospital.
Por otra parte, si quería liberarse, ella misma encontraría una salida. También lo intuía, incluso con más intensidad.
Así que dependía de ella. Ella había ingresado voluntariamente en el hospital, y saldría de la misma manera, si es que salía. Nadie podía obligar a Kathy. No era de esa clase de personas. Y eso, comprendió, bien podía ser un síntoma del proceso de la enfermedad. La puerta de la sala se abrió y Johnny apartó los ojos de la pantalla.
Vio a Claude St. Cyr en la entrada. St. Cyr empuñaba una pistola térmica y le apuntaba.
—¿Dónde está Kathy?
—No lo sé —dijo Johnny. Se levantó despacio, con cautela.
—Sabes que te mataré si no me lo dices.
—¿Por qué? —exclamó, preguntándose qué había llevado a St. Cyr hasta ese punto, hasta esa conducta extrema.
—¿Está en la Tierra? —preguntó St. Cyr, acercándose a Johnny sin dejar de apuntarle.
—Sí —dijo Johnny a regañadientes.
—Dame el nombre de la ciudad.
—¿Qué vas a hacer? Esto no es habitual en ti, Claude. Siempre has actuado dentro de la ley.
—Creo que la voz es Kathy —dijo St. Cyr—. Ahora sé que no es Louis. Tenemos esa información, pero el resto son meras conjeturas. Kathy es la única persona que conozco que está tan desquiciada. Dame el nombre del hospital.
—La única manera de saber que no es Louis es destruyendo su cuerpo —dijo Johnny.
—En efecto —asintió St. Cyr, moviendo la cabeza.
«Entonces lo has hecho —comprendió Johnny—. Encontraste la funeraria. Llegaste a Herb Schoenheit von Vogelsang, y allí terminó todo».
La puerta de la sala se abrió de nuevo: un grupo de partidarios de Gam entró, celebrándolo, tocando trompetas, arrojando serpentinas, ondeando enormes letreros pintados a mano. St. Cyr se dio la vuelta hacia ellos apuntando su arma…, Johnny Barefoot saltó hacia la puerta, dejó atrás a los delegados y se internó en el corredor.
Atravesó el corredor y llegó a la gran sala central, donde los festejos estaban en su apogeo. Una voz tronaba desde los altavoces del techo.
«Vote por Gam, el hombre que soy. Gam, Gam, vote por Gam, vote por Gam, el hombre mejor; vote por Gam, quien realmente soy. Gam, Gam, Gam, él realmente soy…».
«Kathy —pensó—. No puedes ser tú, imposible». Siguió corriendo y salió de la sala, abriéndose paso entre los delegados que bailaban de exaltación, entre hombres y mujeres de ojos vidriosos y sombreros ridículos que agitaban sus banderines. Llegó a la calle, al aparcamiento de cópteres y coches. Una abigarrada muchedumbre forcejeaba para entrar.
«Si eres tú —pensó—, estás demasiado enferma para regresar. Aunque quieras, aunque te obligues a ello. ¿Esperabas la muerte de Louis? ¿Es eso? ¿Nos odias? ¿O nos temes? ¿Cómo se explica lo que estás haciendo…, cuál es la razón?».
Llamó a un taxicópter.
—A San Francisco —ordenó al piloto.
«Quizá no seas consciente de lo que haces —pensó—. Tal vez sea un proceso autónomo que surge de tu mente inconsciente. Tu mente dividida en dos partes…, una es la superficie que vemos, la otra es la que oímos.
»¿Debemos sentir pena por ti? ¿O debemos odiarte, temerte? ¿Cuánto daño puedes causar? Supongo que allí está el meollo de la cuestión. Te amo —pensó—. Al menos en cierto modo. Siento afecto por ti, y es una forma de amor, no como el que siento por mi esposa o mis hijas, pero es una forma de cariño. Maldición —pensó—, esto es horrendo. Quizá St. Cyr esté equivocado. Quizá no seas tú».
El taxicópter se elevó, alejándose de los edificios, y viró hacia el oeste, con los rotores girando a toda velocidad.
En tierra, frente a la sala de convenciones, St. Cyr y Phil Harvey observaban la partida del cópter.
—Así que funcionó —dijo St. Cyr—. Lo puse en movimiento. Supongo que va hacia Los Angeles o San Francisco.
Phil Harvey llamó a un segundo cópter, que se posó frente a ellos; los dos hombres lo abordaron.
—¿Ve el taxi que acaba de despegar? —dijo Harvey—. Sígalo, manténgalo a la vista. Pero evite que él nos vea.
—Demonios —observó el piloto—. Si yo lo veo a él, él puede verme a mí. —Sin embargo, puso en marcha el taxímetro y comenzó a ascender, gruñendo de mal humor—: No me gustan estas cosas. Pueden ser peligrosas.
—Encienda la radio —le dijo St. Cyr—, si quiere oír algo realmente peligroso.
—Imposible —rezongó el piloto—. La radio no funciona. Una interferencia, como manchas solares, o quizá un operador aficionado… He perdido un montón de viajes porque el supervisor no se puede comunicar conmigo. La policía tendría que hacer algo, ¿verdad?
St. Cyr no dijo nada. Junto a él, Harvey miraba el cópter que los precedía.
Cuando llegó al Hospital de la Universidad de California y aterrizó en la azotea del edificio principal, Johnny vio el cópter que lo sobrevolaba y supo que tenía razón; lo habían seguido. Pero no le importaba. Eso no cambiaba las cosas.
Bajó la escalera hasta el tercer piso y se acercó a una enfermera.
—¿Dónde está la señora Sharp? —preguntó.
—Tendrá que preguntar en el mostrador —dijo la enfermera—. De todos modos los horarios de visita no empiezan…
Johnny echó a correr hacia el mostrador.
—La señora Sharp está en la habitación 309 —le dijo una anciana enfermera con gafas—, pero necesita autorización del doctor Gross para visitarla. Y creo que el doctor Gross está almorzando y quizá no regrese hasta las dos. Si desea esperar… —Señaló una sala contigua.
—Gracias. Esperaré.
Cruzó la sala de espera y salió por la puerta del otro extremo. Avanzó por el corredor mirando los números de las puertas hasta que vio la habitación 309. Abrió la puerta, entró y cerró buscando a Kathy. La cama estaba vacía.
—Kathy —dijo.
Ella estaba enfundada en una bata junto a la ventana. Se dio la vuelta hacia él con rostro malévolo, lleno de odio. Movió los labios mirándolo fijamente.
—Quiero a Gam porque él soy —escupió con odio. Se le acercó con las manos levantadas, arqueando los dedos—. Gam es un hombre, un verdadero hombre —susurró, y Johnny vio en sus ojos que los últimos jirones de una personalidad trastornada expiraban frente a él—. Gam, Gam, Gam —susurró ella, y lo abofeteó.
Él retrocedió.
—Eres tú. Claude St. Cyr tenía razón. De acuerdo, me iré. —Buscó la puerta a tientas, tratando de abrirla. El pánico se apoderó de él como un viento helado. Sólo quería escapar—. Kathy, suéltame. —Ella le había clavado las uñas en el hombro y lo aferraba, mirándolo de soslayo, sonriendo.
—Estás muerto —le espetó—. Lárgate. Huelo al muerto que hay dentro de ti.
—Me iré —dijo Johnny, y logró encontrar el picaporte.
Ella lo soltó y alzó la mano, lanzando las uñas hacia su cara, buscando sus ojos. Johnny esquivó el zarpazo.
—Quiero irme —dijo, cubriéndose la cara con las manos.
—Yo soy Gam, yo soy —susurró Kathy—. Soy la única que es. Estoy viva. Gam, viva. —Se echó a reír—. Me iré —dijo, imitando perfectamente la voz de Johnny—. Claude St. Cyr tenía razón. De acuerdo, me iré. Me iré. Me iré. —Ahora se interponía entre él y la puerta—. La ventana —dijo—. Hazlo ahora…, lo que querías hacer cuando te detuve.
Se lanzó hacia él, y él retrocedió paso a paso, hasta sentir la pared contra la espalda.
—Está todo en tu mente…, este odio. Todos te quieren. Yo, Gam, incluso St. Cyr y Harvey. ¿Qué sentido tiene esto?
—El sentido es mostrarte lo que realmente eres —dijo Kathy—. ¿Aún no lo sabes? Eres aún peor que yo. Yo al menos soy sincera.
—¿Por qué finges ser Louis?
—Soy Louis —dijo Kathy—. Cuando él murió no pasó a semivida porque yo lo devoré. Él se convirtió en mí. Yo lo estaba esperando. Alfonse y yo lo habíamos planeado todo, el transmisor con la cinta grabada…, os asustamos, ¿verdad? Todos estáis asustados, demasiado asustados para oponer resistencia. Él será nominado; ya está nominado. Lo percibo. Lo sé.
—Todavía no —la rebatió Johnny.
—Pero no falta mucho. Y yo seré su esposa. —Sonrió—. Y tú estarás muerto, igual que los demás. —Acercándose a él, salmodió—: Yo soy Gam, yo soy Louis y, cuando estés muerto, seré tú, Johnny Barefoot, y todos los demás. Os devoraré a todos.
Abrió la boca de par en par y él vio sus dientes afilados, irregulares, blancos como la muerte.
—Y reinarás sobre los muertos —dijo Johnny pegándole con todas sus fuerzas en un lado de la cara, cerca de la mandíbula.
Ella dio media vuelta, cayó, y como impulsada por un resorte, se levantó abalanzándose sobre él. Johnny la esquivó saltando a un lado, llegó a ver los rasgos distorsionados, deformados, maltratados por la fuerza del puñetazo. La puerta de la habitación se abrió. Allí estaban St. Cyr y Phil Harvey con dos enfermeras. Kathy se detuvo. Johnny también se detuvo.
—Ven aquí, Barefoot —dijo St. Cyr, moviendo la cabeza. Johnny cruzó la habitación y se reunió con ellos.
Sujetándose el cinturón de la bata, Kathy dijo sin inmutarse:
—Así que todo estaba planeado. Johnny debía matarme, y los demás disfrutarían del espectáculo.
—Tienen un inmenso transmisor allí fuera —explicó Johnny—. Lo pusieron hace mucho tiempo, quizá hace años. Hace tiempo que esperaban la muerte de Louis. Puede que al fin lo hayan matado. La idea es lograr la nominación y la elección de Gam, mientras aterrorizan a todos con la transmisión. Ella está enferma, mucho más de lo que creíamos, más aún de lo que tú creías. La enfermedad estaba oculta bajo la superficie.
St. Cyr se encogió de hombros.
—Bien, habrá que certificarlo. —Hablaba con calma, con inusitada lentitud—. El testamento me designa síndico. Yo puedo representar a la sucesión, contra ella, presentar los documentos de internamiento y declarar en la audiencia médica.
—Exigiré un juicio con jurado —dijo Kathy—. Puedo convencer a un jurado de mi cordura. Es muy fácil, y ya lo hice antes.
—Quizá —dijo St. Cyr—. Pero de todos modos el transmisor habrá desaparecido. Para entonces las autoridades estarán allí.
—Tardarán meses en llegar —dijo Kathy—; incluso con la nave más rápida. Y para entonces las elecciones habrán terminado. Alfonse será presidente.
St. Cyr miró de reojo a Johnny Barefoot.
—Quizá —murmuró.
—Por eso lo instalamos tan lejos —dijo Kathy—. Usando el dinero de Alfonse y mi habilidad. Heredé el talento de Louis, como verás. Puedo hacer cualquier cosa. Nada es imposible para mí si quiero hacerlo. Sólo necesito desearlo con intensidad.
—Tú deseabas que saltara —repuso Johnny—, y no lo hice.
—Lo habrías hecho al cabo de un minuto —aseguró Kathy—, si ellos no hubieran entrado. —Ahora parecía muy equilibrada—. Con el tiempo lo harás. Te perseguiré. Y no podrás esconderte en ninguna parte. Sabes que te seguiré y te encontraré. Os encontraré a los tres. —Miró detenidamente a cada uno de ellos.
—Yo también tengo cierto poder y riqueza —dijo Harvey—. Creo que podemos derrotar a Gam, aunque lo nominen.
—Tienes poder pero no tienes imaginación —rebatió Kathy—. Lo que tienes no es suficiente. No contra mí.
Hablaba en voz baja, con total aplomo.
—Vámonos —dijo Johnny, y echó a andar por el pasillo, alejándose de la habitación 309 y de Kathy Egmont Sharp.
Johnny caminaba por las empinadas calles de San Francisco, con las manos en los bolsillos, sin hacer caso de los edificios ni las personas, sin ver nada. Sólo caminaba. Atardeció y anocheció; las luces de la ciudad se encendieron y tampoco les hizo caso. Recorrió una manzana tras otra hasta que los pies le dolieron y le ardieron. Sintió que tenía hambre, mucha hambre. Eran casi las diez de la noche y no había comido nada desde la mañana. Se detuvo y miró a su alrededor.
¿Dónde estaban Claude St. Cyr y Phil Harvey? No recordaba haberse despedido de ellos; ni siquiera recordaba haberse ido del hospital. Pero recordaba a Kathy. No podía olvidar aunque quisiera. Y no quería. Era demasiado importante para olvidarlo, para que cualquiera de los que había visto y entendido olvidara. En un quiosco vio los enormes y negros titulares:
GAM GANA NOMINACIÓN. PROMETE REÑIDA CAMPAÑA PARA ELECCIONES DE NOVIEMBRE
«Así que consiguió eso —pensó Johnny—. Ellos lo consiguieron, los dos. Consiguieron lo que estaban buscando. Y ahora, sólo tienen que derrotar a Kent Margrave. Y esa cosa que está a una semana-luz de distancia sigue desvariando. Lo hará durante meses».
Comprendió que ganarían.
En una tienda encontró una cabina telefónica; entró, insertó dinero en la ranura y llamó a Sarah Belle, al número del domicilio particular.
El teléfono chasqueó, y la voz monótona y familiar cantó:
—Gam en noviembre, Gam en noviembre, gane con Gam, el presidente Alfonse Gam, nuestro hombre…, yo estoy por Gam. Yo estoy por Gam. ¡Por Gam!
Colgó y salió de la cabina telefónica. No había remedio.
En el mostrador de la tienda pidió un emparedado y café; se sentó a comer mecánicamente, satisfaciendo las exigencias de su cuerpo sin placer ni deseo, comiendo por reflejo hasta que la comida se terminó y llegó la hora de pagar la cuenta. «¿Qué puedo hacer? —se preguntó—. ¿Qué puede hacer cualquiera? Las comunicaciones han desaparecido; se han adueñado de todos los medios. Tienen la radio, la televisión, los periódicos, el teléfono, los servicios telegráficos…, todo lo que dependa de transmisión de microondas o circuitos eléctricos abiertos. Han capturado todo, sin dejar ningún margen de maniobra a la oposición.
»Derrota —pensó—. Es la deprimente realidad que nos espera. Y cuando asciendan al poder, será nuestra… muerte».
—Un dólar diez —dijo la muchacha del mostrador.
Pagó su comida y se fue de la tienda.
Cuando vio un cópter con el letrero de «taxi», lo llamó.
—Lléveme a casa —dijo.
—De acuerdo —dijo afablemente el conductor—. ¿Dónde está tu casa, amigo?
Le dio la dirección de Chicago y se preparó para el largo viaje. Renunciaba: regresaba a Sarah Belle, a su esposa e hijos. Al parecer, la lucha había terminado para él.
Cuando lo vio de pie en la puerta, Sara Belle exclamó:
—Dios santo, Johnny, qué mal aspecto tienes.
Lo besó, lo condujo al acogedor salón.
—Creía que estarías celebrándolo.
—¿Cómo? —se extrañó él.
—Tu candidato obtuvo la nominación. —Sarah Belle fue a preparar café.
—Ah, sí. Es verdad. Yo era su agente de relaciones públicas. Ya no me acordaba.
—Será mejor que te acuestes —aconsejó Sarah Belle—. Johnny, nunca te había visto tan abatido. No entiendo. ¿Qué te sucedió?
Él se sentó en el sofá y encendió un cigarrillo.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó ella con angustia.
—En nada.
—¿Es Louis Sarapis el que está en la televisión y el teléfono? Parece la voz de él. Estuve hablando con los Nelson y dijeron que es la mismísima voz de Louis.
—No. No es Louis. Louis ha muerto.
—Pero su período de semivida…
—No. Está muerto. Olvídalo.
—Sabes quiénes son los Nelson, ¿verdad? Son las personas que acaban de mudarse al apartamento que…
—No quiero hablar —dijo Johnny—. Ni quiero que me hablen.
Sarah Belle calló un minuto. Luego añadió:
—Una cosa que dijeron…, supongo que no te agradará oírla. Los Nelson son gente ordinaria, muy vulgar…, dijeron que no votarían por Alfonse Gam aunque ganara la nominación. No les gusta.
Él gruñó.
—¿Eso te incomoda? —preguntó Sarah Belle—. Creo que están reaccionando ante la presión, la presión de Louis en la televisión y el teléfono. No les gusta. Creo que te has excedido en tu campaña, Johnny. —Lo miró de soslayo, vacilando—. Es la verdad, y tengo que decirla.
—Iré a visitar a Phil Harvey —dijo él, poniéndose de pie—. Regresaré más tarde.
Ella lo siguió con la mirada.
Cuando lo recibieron en casa de Phil Harvey, encontró a Phil y Gertrude Harvey y Claude St. Cyr sentados en el salón. Todos tenían una copa en la mano, pero guardaban silencio. Harvey alzó los ojos, lo vio y apartó la mirada.
—¿Vamos a desistir? —le preguntó a Harvey.
—Estoy en contacto con Kent Margrave —dijo Harvey—. Intentaremos destruir el transmisor. Pero no será fácil acertarle, a esa distancia. Y aun el misil más veloz podría tardar un mes.
—Pero al menos es algo —señaló Johnny. Al menos sería antes de las elecciones. Les daría varias semanas para realizar una campaña—. ¿Margrave entiende la situación?
—Sí —dijo Claude St. Cyr—. Le contamos prácticamente todo.
—Pero eso no es suficiente —objetó Phil Harvey—. Es preciso hacer una cosa más. ¿Podemos contar contigo? ¿Participarás en el sorteo?
Señaló la mesilla; allí Johnny vio tres cerillas, una de ellas partida por la mitad. Phil Harvey añadió una cuarta cerilla, que estaba entera.
—Ella primero —indicó St. Cyr—. De inmediato, cuanto antes.
Y luego, si es necesario, Alfonse Gam.
Johnny Barefoot sintió un escalofrío de espanto.
—Escoge una —dijo Harvey, recogiendo las cuatro cerillas, ordenándolas una y otra vez en la mano y ofreciendo las cuatro puntas a los presentes—. Adelante, Johnny. Has llegado el último, así que serás el primero.
—No pienso hacerlo.
—Entonces elegiremos sin ti —resolvió Gertrude Harvey, y escogió una cerilla. Phil extendió las restantes a St. Cyr y también extrajo una. Quedaban dos cerillas en la mano de Harvey.
—Yo estaba enamorado de ella —dijo Johnny Barefoot—. Y todavía lo estoy.
Phil Harvey asintió con la cabeza.
—Sí, lo sé.
—De acuerdo —aceptó Johnny, con el corazón apesadumbrado—. Cogeré la mía.
Sacó una de las dos cerillas. Le tocó la que estaba rota.
—La he sacado yo —dijo Johnny—. Me ha tocado a mí.
—¿Puedes hacerlo? —le preguntó Claude St. Cyr.
Calló unos instantes, y al fin se encogió de hombros.
—Claro que puedo hacerlo. ¿Por qué no?
«Por qué no, en efecto —se preguntó—. Una mujer de quien me estaba enamorando. Sin duda puedo asesinarla. Porque es preciso hacerlo. No hay otra salida».
—Quizá no sea tan difícil como crees —le aseguró St. Cyr—. Hemos consultado a algunos técnicos de Phil y hemos recibido algunos consejos interesantes. La mayoría de las transmisiones vienen desde puntos cercanos, y no están a una semana-luz. Te diré cómo lo sabemos. Sus transmisiones han seguido el ritmo de los acontecimientos. Por ejemplo, tu intento de suicidio en el Antier Hotel. No hubo una pausa temporal allí ni en ninguna otra parte.
—Y no son sobrenaturales, Johnny —afirmó Gertrude Harvey.
—Lo primero que debemos hacer —continuó St. Cyr— es hallar su base en la Tierra, o al menos en el sistema solar. Quizá sea el criadero de aves que Gam tiene en Ío. Prueba suerte allí, si descubres que ella se fue del hospital.
—De acuerdo —dijo Johnny, moviendo la cabeza.
—¿Quieres una copa? —le preguntó Phil Harvey.
Johnny asintió. Los cuatro, sentados en círculo, bebieron despacio y en silencio.
—¿Tienes un arma? —preguntó St. Cyr.
—Sí.
Johnny se levantó y dejó su vaso.
—Buena suerte —le deseó Gertrude.
Johnny abrió la puerta y salió a solas, internándose en la oscura y gélida noche.
NOTA:
Lo que dicen los muertos «What The Dead Men Say». («Man With a Broken Match») [15 de abril de 1963], en Worlds of Tomorrow, junio 1964.

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