Texto aleatorio

No era un casino normal. Y esto, para la policía del ALA representaba un problema especial. Los extraterrestres que lo habían organizado habían colocado su inmensa nave justo encima de las mesas de juego, de modo que, en el caso de que se produjera una redada, los motores pudieran destruir las mesas. «Muy eficaz», tuvo que admitir el agente Joseph Tinbane a su pesar. De un solo golpe, los extraterrestres abandonarían la Tierra y destruirían todas las pruebas de sus actividades ilegales.

Y, además, aniquilarían a todos los jugadores humanos que hubiesen podido testificar.

En aquel momento estaba sentado en su aerocoche, tomándose a sorbos una lata de rapé Dean Swift Inch de importación. Después de unos segundos decidió cambiar a la lata amarilla, la que contenía Wren’s Relish. El rapé lo animó, pero no demasiado. A la izquierda, en la penumbra del atardecer, podía vislumbrarse la forma vertical de la nave de los extraterrestres, negra y silenciosa, con el espacio compartimentado debajo de ella, también negro y en apariencia silencioso.

—Podríamos entrar —le dijo a su joven e inexperto compañero—, pero sólo conseguiríamos que nos mataran.

«Tenemos que confiar en los robots —pensó—. Aunque sean torpes y propensos a cometer errores. Además, no están vivos. Y no estar vivo, en un caso como éste es una ventaja.»

—El tercero ha entrado —dijo en voz baja el agente Falkes, a su lado.

La delgada figura, vestida con ropa humana, se situó frente a la puerta del casino, llamó y esperó. Al cabo de un momento se abrió la puerta. El robot dio la contraseña y pasó.

—¿Crees que sobrevivirán a la detonación de los gases del despegue? —preguntó Tinbane. Falkes era experto en robótica.

—Puede que alguno sí. Todos no. Pero bastará con que lo haga uno. —Ansioso, el agente Falkes se inclinó para mirar por detrás de Tinbane. Su rostro juvenil era la viva imagen de la concentración—. Usa el megáfono. Diles que están arrestados. No veo ninguna razón para esperar.

—Pues la razón que yo veo —respondió Tinbane— es que prefiero que la nave permanezca quieta y que la acción continúe debajo de ella. Esperaremos.

—Pero ya no van a entrar más robots.

—Esperaremos a que envíen su transmisión en vídeo —dio Tinbane. A fin de cuentas, representaba una prueba… más o menos. Y la estaban recibiendo en la comisaría en aquel mismo momento. Sin embargo, su compañero en aquella misión tenía parte de razón. Ahora que había entrado el último de los humanoides, ya no había nada que hacer. Al menos, hasta que los extraterrestres se dieran cuenta de que alguien se había infiltrado y ejecutaran el clásico protocolo de retirada.

—De acuerdo —dijo, y pulsó el botón que activaba el megáfono.

Falkes se inclinó y habló por el micrófono. Al instante, el megáfono dijo:

—COMO REPRESENTANTES DE LA LEY EN LOS ÁNGELES SUPERIOR, ORDENAMOS A TODAS LAS PERSONAS QUE SE ENCUENTREN EN EL INTERIOR QUE SALGAN A LA CALLE. ADEMÁS, ORDENAMOS…

La voz amplificada desapareció al activarse los atronadores cohetes primarios de la nave de los extraterrestres. Falkes se encogió de hombros y miró a Tinbane con una sonrisa lúgubre. La frase «No han tardado demasiado» se formó en sus labios.

Como esperaban, no salió nadie. Ningún jugador pudo escapar. Hasta la estructura que formaba el edificio se fundió. La nave empezó a ascender, sin dejar tras de sí más que una masa de materia pastosa, parecida a cera fundida. Y siguió sin salir nadie.

«Han muertos todos», comprendió Tinbane con muda consternación.

—Hora de entrar —dijo un estoico Falkes. Empezó a ponerse el traje de amianto y, tras un momento de pausa, lo mismo hizo Tinbane.

Los dos agentes entraron juntos en la masa candente y aún fundida que había sido el casino. En el centro, convertidos en un montículo fundido, yacían dos de los tres robots humanoides. En el último momento habían logrado proteger algo con sus cuerpos. Del tercero, Tinbane no vio ni rastro. Evidentemente, se había fundido junto con todo lo demás, todo lo orgánico.

«Me pregunto lo que habrán pensado, a su vaga manera, que merecía la pena preservar —pensó Tinbane mientras contemplaba los restos deshechos de los dos robots—. ¿Algún ser vivo? ¿Uno de esos caracoles extraterrestres? Lo más probable es que no. Una mesa de juego, supongo.»

—Han actuado muy rápido —dijo Falkes, impresionado—. Para ser robots.

—Pero tenemos algo —señaló Tinbane. Con cautela, tocó el metal candente de los dos robots, ahora fundidos. Una sección, posiblemente uno de los torsos, cayó a un lado, y lo que los robots habían tratado de preservar quedó a la vista.

Una máquina del millón.

Tinbane se preguntó por qué. ¿Qué valor tendría aquello? ¿Lo tendría? Él lo dudaba.

En el laboratorio policial de la avenida Sunset, en el centro del Antiguo Los Angeles, un técnico presentó un pormenorizado informe a Tinbane.

—Oralmente, por favor —dijo éste, molesto. Llevaba demasiados años en el cuerpo para tener que soportar esas tonterías. Le devolvió la tablilla con el sujetapapeles y el informe al alto y espigado técnico policial.

—No es una máquina normal y corriente —dijo éste mientras recorría con la mirada el informe, como si ya hubiera olvidado su contenido. Su tono, al igual que el propio informe, era seco y monótono. Obviamente, para él se trataba de un trabajo de rutina. Creía, al igual que Tinbane, que la máquina del millón salvada por los robots carecía de todo valor. Al menos, eso pensaba Tinbane—. Con esto quiero decir que no se parece a ninguna que hayamos visto en la Tierra en el pasado. Si quiere hacerse una idea, lo mejor es que examine directamente la propia máquina. Le sugiero que le meta una moneda y eche una partidita. —Y añadió—: El laboratorio le proporcionará una moneda de cuarto de dólar, a cargo del presupuesto. Luego la extraeremos de la máquina.

—Tengo mis propias monedas —dijo Tinbane con irritación. Siguió al técnico por el abarrotado laboratorio, entre la compleja, y en muchos casos obsoleta, maquinaria de análisis y las máquinas a medio desmontar, hasta llegar al área de trabajo de la zona trasera.

Allí, limpia y reparada ya, se encontraba la máquina del millón que habían protegido los robots. Tinbane insertó una moneda. Al instante salieron cinco bolas. Y al otro lado de la máquina se encendieron varias luces de colores diversos.

—Antes de lanzar la primera bola —le dijo el técnico mientras se situaba a su lado para poder presenciar la partida—, le aconsejo que observe con detenimiento la superficie de juego, los componentes entre los que discurrirá la bola. El área horizontal, bajo el cristal de protección, resulta bastante interesante. Es un pueblo en miniatura, con sus casas, sus farolas, sus edificios públicos, sus canales de carreras… No un pueblo de la Tierra, claro, sino de Ío, tal como eran antes. El nivel de detalle es extraordinario.

Tinbane se inclinó y lo examinó. El técnico decía la verdad: el detalle de las estructuras resultaba simplemente pasmoso.

—Las pruebas de desgaste realizadas sobre las partes móviles —le informó el técnico— revelan que ha sido muy usada. La tolerancia es muy grande. Hemos calculado que la máquina dejará de funcionar antes de otras mil partidas y tendrá que pasar por el taller. Su taller, allá en Ío. Que es donde, según tenemos entendido, fabrican y reparan este tipo de máquinas —le explicó—. Me refiero a las máquinas de juego en general.

—¿Cuál es el objeto del juego? —preguntó Tinbane.

—Lo que tenemos aquí —le explicó el técnico— es lo que nosotros llamamos «una variable fija de transformación total». En otras palabras, el terreno por el que se mueve la bola nunca es el mismo. El número de combinaciones posibles… —hojeó el informe, pero fue incapaz de encontrar la cifra exacta—. Bueno, es muy grande. De varios millones. Excesivo, en mi opinión. En cualquier caso, cuando lance la primera bola lo comprobará.

Tinbane pulsó el botón y la primera bola entró en la cámara de expulsión. A continuación tiró del pulsador y lo soltó. La bola salió despedida por el canal de expulsión y rebotó contra un cojinete de presión, que le confirió mayor velocidad.

La bola descendió entonces hacia el perímetro exterior del pueblo.

—La línea de defensa inicial —dijo el técnico desde atrás—, la que protege a la aldea propiamente dicha, está formada por una serie de montículos de colores que recuerdan, por su forma y su superficie, el paisaje de Ío. Como puede comprobar, la fidelidad al original es asombrosa. Probablemente hayan utilizado imágenes por satélite del propio Ío. No resulta difícil imaginar que estás viendo una parte de esa luna desde una altitud de quince kilómetros o más.

La bola de acero llegó al perímetro de terreno escarpado. Su trayectoria se alteró y continuó moviéndose de manera imprecisa, sin una dirección precisa.

—La han desviado —dijo Tinbane, al comprobar con qué eficacia actuaban los accidentes del terreno para arrebatarle parte de su velocidad de descenso.

—No va a llegar al pueblo.

La bola, con su velocidad de avance sensiblemente reducida, se adentró por un pliegue lateral, avanzó lánguidamente por ella y luego, cuando parecía que se dirigía a la ranura de salida inferior, rebotó bruscamente en uno de los cojinetes de presión y volvió a entrar en juego.

En el fondo iluminado, subió la puntuación. Una victoria, al menos momentánea, para el jugador. La bola volvía a amenazar el pueblo. Una vez más, serpenteó por el terreno abrupto, siguiendo prácticamente el mismo camino que antes.

—Ahora va a ver algo de cierta importancia —dijo el técnico—. Cuando se acerque al cojinete de presión que ha tocado antes. No se fije en la bola, sólo en el cojinete.

Tinbane miró. Y vio que del cojinete salía una fina voluta de humo gris. Se volvió hacia el técnico con una mirada inquisitiva.

—¡Ahora mire la bola! —lo instó el técnico.

Una vez más, la bola golpeó el cojinete de presión situado poco antes de la ranura de salida inferior. Esta vez, sin embargo, el cojinete no reaccionó de ningún modo al impacto.

Tinbane parpadeó mientras la bola continuaba tranquilamente con su trayectoria anterior y desaparecía por la ranura de salida.

—No ha pasado nada —dijo al cabo de un momento.

—El humo que ha visto antes. Lo despiden los circuitos del cojinete. Es de naturaleza eléctrica. Porque un rebote desde ese punto podría haber colocado la bola en una posición amenazante… amenazante para el pueblo.

—En otras palabras —dijo Tinbane—, que algo ha tomado nota del efecto que el cojinete tenía sobre la bola. La máquina funciona de tal modo que se protege de la actividad de la bola.

Lo había visto otras veces en máquinas de juego extraterrestres: circuitos sofisticados que mantenían el espacio de juego en cambio constante, de tal modo que éste parecía vivo… y las probabilidades de que el jugador ganase se reducían. En aquel modelo concreto, el jugador obtenía una puntuación ganadora si conseguía que las cinco bolas llegaran al centro del plano: una réplica de un pueblecillo de Ío. Por tanto, había que proteger ese centro. Por tanto, aquel cojinete de presión, estratégicamente ubicado, debía ser eliminado. Al menos de manera temporal. Hasta que la configuración de la topografía se hubiera alterado del todo.

—Hasta aquí, nada nuevo —dijo el técnico—. Ya lo ha visto una docena de veces y yo un centenar. Esta máquina del millón ha conocido diez mil partidas diferentes y en cada una de ellas los circuitos se han reajustado con el fin de neutralizar la amenaza de las bolas de acero. Las alteraciones son acumulativas. Así que, a estas alturas, lo más seguro es que las puntuaciones obtenidas sean mucho más bajas que al principio, antes de que los circuitos tuvieran la ocasión de reaccionar. La dirección de la alteración, como ocurre con todas las máquinas de juegos de los extraterrestres, tiende a una probabilidad de victoria cero. Intente alcanzar el pueblo, Tinbane. Antes hemos fabricado un sistema mecánico de repetición que ha jugado ciento cuarenta partidas. Las bolas no han llegado ni a acercarse al pueblo una sola vez. Hemos contabilizado las puntuaciones de las partidas y se ha podido constatar una pequeña pero constante reducción de las mismas. —Sonrió.

—¿Y? —preguntó Tinbane.

—Y nada. Como ya le he dicho y como dice mi informe. —Entonces, el técnico hizo una pequeña pausa—. Salvo una cosa. Mire esto.

Se inclinó y pasó uno de sus delgados dedos sobre el cristal protector del plano, en dirección a una de las construcciones situadas cerca del centro del pueblo en miniatura.

—El registro fotográfico muestra que, con cada partida, este componente concreto se vuelve más articulado. Es evidente que su transformación está a cargo de los sistemas de circuitos internos, al igual que todo lo demás. Pero esta configuración… ¿no le recuerda a algo?

—Parece una catapulta romana —dijo Tinbane—. Pero con el eje vertical, en lugar de horizontal.

—Eso pensamos nosotros también. Mire la honda. Comparada con las dimensiones del pueblo, es exageradamente grande. Inmensa, de hecho. Yo diría que no es un modelo a escala.

—Por su tamaño, casi parece que esté pensada para lanzar…

—Casi no —dijo el técnico—. La hemos medido. El tamaño de la honda es exactamente el de las bolas de acero. Encajarían perfectamente en ella.

—¿Y entonces? —dijo Tinbane con un escalofrío.

—Entonces podría lanzar la bola contra el jugador —dijo el técnico del laboratorio con voz calmada—. Apunta directamente a la parte delantera de la máquina, hacia arriba. —Y añadió—. Y está casi completamente terminada.

«La mejor defensa —se dijo Tinbane mientras estudiaba la máquina del millón ilegal— es el ataque. Pero, ¿qué sentido tiene en este contexto?

»Cero —comprendió—, no es una probabilidad suficientemente baja para los sistemas defensivos de la máquina. No les sirve. Debe tender a menos de cero. ¿Por qué? Porque en realidad no tiende a cero. Tiende hacia el mejor patrón defensivo. Está demasiado bien diseñada.

»¿O no?»

—¿Cree —preguntó al alto y espigado técnico de laboratorio— que los extraterrestres la diseñaron así a propósito?

—Eso es lo de menos. Al menos desde el punto de vista del problema actual. Lo que a nosotros nos importa son dos cosas: la máquina se ha importado a la Tierra contraviniendo la legislación terrícola y ha sido utilizada por terrícolas. Intencionadamente o no, podría llegar a convertirse en un arma letal. —Y añadió—: hemos calculado que dentro de unas veinte partidas. Cada vez que se introduce una moneda se reanuda la construcción. Aunque la bola no se haya acercado al pueblo. Lo único que necesita es el suministro de energía procedente de la batería central de helio y éste se inicia automáticamente al comenzar la partida. —Tras una pausa, dijo—: Ahora mismo, mientras hablamos, está construyendo la catapulta. Será mejor que lance las cuatro bolas que le quedan para que se desactive. O que nos dé permiso para desmontarla… al menos para sacarle la batería.

—Los extraterrestres no dan mucho valor a la vida humana, está claro —comentó Tinbane. Estaba pensando en la carnicería provocada por la nave al despegar. Para ellos era algo rutinario. Pero, a la vista de aquel acto de destrucción masiva, esto parecía una refinamiento innecesario. ¿Qué pensaban conseguir con ello?

Reflexionó un momento y luego dijo:

—Es algo selectivo. Sólo eliminaría al jugador.

—Eliminaría a todos los jugadores —dijo el técnico—. Uno detrás de otro.

—Pero, ¿quién querría jugar a esto —dijo Tinbane— después de la primera muerte?

—La gente va a sus casinos a pesar de saber que si hay una redada, los extraterrestres lo queman todo con ellos dentro —señaló el técnico—. El deseo de jugar es una adicción compulsiva. Hay cierto tipo de persona que tiene que jugar, sea cual sea el riesgo. ¿Ha oído hablar de la ruleta rusa?

Tinbane lanzó la segunda bola y la vio avanzar de rebote en rebote hacia el pueblo en miniatura. Esta logró atravesar el terreno abrupto. Se acercó a la primera casa que conformaba la población propiamente dicha. «Quizá consiga vencerte —pensó por un instante—. Antes de que tú me venzas a mí.» Una extraña y novedosa excitación lo invadió al ver que la bola chocaba con la diminuta casa, la arrasaba y continuaba su camino. Aunque muy pequeña desde su punto de vista, era gigantesca en comparación con los edificios y estructuras que constituían el asentamiento.

Salvo la catapulta central, claro. Bajo su mirada ávida, la bola se acercó peligrosamente a ella, pero luego, desviada por un edificio público de grandes dimensiones, se alejó rodando y desapareció por la ranura de salida. Sin perder un segundo, introdujo la tercera en el canal de expulsión.

—Las apuestas —dijo el técnico en voz baja— están subiendo, ¿eh? Su vida contra la de la máquina. Debe de ser sumamente atractivo para un tipo concreto de persona.

—Creo —dijo Tinbane— que puedo destruir la catapulta antes de que ella me destruya a mí.

—Quizá. O quizá no.

—Cada vez estoy acercándome más.

—Para que la catapulta funcione —dijo el técnico— necesita una de las bolas de acero. Es su proyectil. Lo que está haciendo usted es aumentar las probabilidades de que la obtenga. De hecho, la está ayudando —añadió con tono sombrío—. Más aún, no podría conseguirlo sin usted. El jugador no es sólo su enemigo, es esencial. Será mejor que lo deje, Tinbane. Esta máquina lo está utilizando.

—Lo dejaré —dijo Tinbane— cuando haya alcanzado la catapulta.

—Ya lo creo. Estará usted muerto. —Miró a Tinbane con el ceño fruncido—. Probablemente para esto la construyeran los extraterrestres. Como venganza por nuestras redadas. Estoy seguro de que es para eso.

—¿Tiene otra moneda? —preguntó Tinbane.

En mitad de la décima partida se manifestó una sorprendente e inesperada alteración en la estrategia de la máquina. De repente, dejó de desviar las bolas lejos del pueblo en miniatura.

Tinbane vio que la bola de acero rodaba directamente, por primera vez, hacia el centro. En línea recta hacia la comparativamente gigantesca catapulta.

Estaba claro que su construcción se había completado.

—Soy su superior jerárquico, Tinbane —dijo el técnico con voz tensa—. Y le ordeno que deje de jugar ahora mismo.

—Cualquier orden suya —replicó Tinbane—, para tener validez, tiene que estar formulada por escrito y recibir la aprobación de algún miembro del departamento, con un rango mínimo de inspector. —Pero, a pesar de todo, y de mala gana, dejó de jugar—. Puedo conseguirlo —dijo con voz ensimismada—, pero no desde aquí. Tengo que estar alejado, lo bastante para que no pueda alcanzarme.

«Para que no pueda verme y apuntar», se dijo.

Se había percatado de que la catapulta había girado ligerísimamente. Había conseguido detectar su posición por medio de algún sistema de lentes. O tal vez termotrópico. Habría captado su calor corporal.

En este último caso, la respuesta defensiva era relativamente simple: una resistencia suspendida sobre ella, en otra posición. Pero, por otro lado, también podía estar utilizando una especie de detector encefálico, capaz de captar todas las emanaciones cerebrales próximas. Pero, si fuera el caso, el laboratorio de la policía ya lo habría averiguado.

—¿Qué sistema de detección utiliza? —preguntó.

—Cuando la inspeccionamos aún no había construido la catapulta —dijo el técnico—. Evidentemente, la está construyendo ahora mismo, al mismo tiempo que el arma.

Ensimismado, Tinbane replicó:

—Espero que no posea la capacidad de grabar un índice encefálico.

«Porque —pensó—, si era el caso, grabar el patrón mental no le supondría ningún problema. Podría conservar una grabación de su adversario para utilizarla en futuros encuentros.»

Algo en esta idea lo aterraba, más allá de la amenaza que representaba la situación actual.

—Le propongo un trato —dijo el técnico—. Podrá seguir jugando hasta que la máquina lance su ataque inicial contra usted. Entonces lo dejará y nos permitirá que la desmontemos. Necesitamos conocer su sistema de detección; podría utilizarse contra nosotros en circunstancias más peligrosas. ¿Está de acuerdo? Correría un riesgo calculado, pero creo que efectuará el primer disparo con fines de corrección, para aumentar su precisión en un segundo ataque… que no llegará a producirse.

¿Debía confiarle sus temores al técnico?

—Lo que me preocupa —dijo— es la posibilidad de que conserve un recuerdo específico de mí. Con fines futuros.

—¿Qué fines futuros? La desmontaremos de arriba abajo en cuanto dispare.

—De acuerdo, entonces —dio Tinbane de mala gana.

«Puede que ya haya ido demasiado lejos —pensó—. Puede que tenga usted razón.»

La siguiente bola no acertó a la catapulta por una mera fracción de centímetro. Pero lo más perturbador no fue la proximidad del lanzamiento, sino el rápido y sutil movimiento realizado por el arma para tratar de atrapar la bola. Un movimiento tan veloz que Tinbane estuvo a punto de no verlo.

—La catapulta quiere la bola —observó el técnico—. Lo quiere a usted. —También él lo había visto.

Con titubeos, Tinbane llevó la mano al tirador que lanzaría la siguiente —y, para él, posiblemente, última— bola.

—Déjelo —le aconsejó el técnico con nerviosismo—. Olvídese del trato. Deje de jugar. La desmontaremos tal cual.

—Necesitamos el sistema de detección —dijo Tinbane. Y accionó el tirador.

La bola de acero, que de repente se le antojaba enorme, dura y pesada, rodó inexorablemente hacia la expectante catapulta. Cada contorno de la topografía de la máquina contribuía a facilitar su avance. La carga del arma tuvo lugar antes de que Tinbane comprendiera incluso lo que estaba pasando. No pudo hacer otra cosa que mirar.

—¡Corra! —El técnico dio un salto hacia él y lo empujó lejos de la máquina.

En medio de un estrépito de cristales rotos, la bola pasó como un proyectil junto a la sien derecha de Tinbane, rebotó en la pared opuesta del laboratorio y fue a detenerse debajo de una de las mesas.

Silencio.

Al cabo de un instante, el técnico dijo, con voz temblorosa:

—Tenía la velocidad necesaria. Y la masa necesaria. Tenía todo lo que le hacía falta.

Tinbane se puso en pie con dificultades y dio un paso hacia la máquina.

—No lance otra bola —le dijo el técnico con tono de alarma.

—No es necesario —dijo Tinbane. Dio media vuelta y echó a correr.

La máquina había lanzado la bola por sí sola.

Tinbane fumaba un cigarrillo en la oficina, sentado frente a Ted Donovan, el jefe del laboratorio. Habían cerrado a cal y canto la puerta del laboratorio y avisado por megafonía a todos y cada uno de los técnicos de que se pusieran a salvo. Más allá de la cerrada puerta, el laboratorio estaba en silencio.

«Quieto —pensó Tinbane—, esperando.»

Se preguntaba si estaría esperando a que cualquiera, cualquier ser humano, se pusiera a tiro. O… solo él.

Esta última idea le hacía aún menos gracia que antes. Incluso allí, sentado a salvo, se sentía acobardado. Una máquina construida en otro mundo, enviada a la Tierra sin objeto alguno, capaz de elegir entre todas las posibilidades defensivas hasta dar con la clave. El azar en juego, partida a partida, centenares, miles de ellas… persona tras persona, jugador tras jugador. Hasta que, finalmente, alcanzara una dirección crítica, y la última persona en jugar, seleccionada también por un proceso fortuito, entrara a través de ella en contacto con la muerte. Él, en este caso. Por desgracia.

—Desactivaremos su unidad de energía desde lejos —dijo Ted Donovan—. No será difícil. Tú vete a casa y olvídate de ello. Cuando hayamos analizado sus circuitos de detección, te avisaremos. A menos que sea a altas horas de la noche, en cuyo caso…

—Notificádmelo igual —dijo Tinbane—. Sea la hora que sea. Si no te importa. —No tuvo que explicarle las razones. El jefe del laboratorio lo entendía a la perfección.

—Obviamente —dijo Donovan—, esa máquina está diseñada pensando en los equipos policiales que se encargan de las redadas. Lo que no sabemos es cómo consiguieron que los robots decidieran protegerla… Al menos no lo sabemos aún. Recogió el informe y lo miró con hostilidad—. Parece ser que este informe era demasiado precipitado. «Una máquina de juego extraterrestre más.» Y un cuerno. —Lo arrojó a un lado, asqueado.

—Si su intención era ésta —dijo Tinbane—, se han salido con la suya. Del todo. —Al menos, por lo que se refería a engancharlo. A llamar su atención. A obtener su colaboración.

—Eres un jugador compulsivo. Sólo que no lo sabías hasta ahora. Puede que no te hubieras enterado de otro modo —añadió Donovan—. Pero es un concepto interesante. Una máquina del millón que se defiende. Que se nutre de las bolas de acero que ruedan por ella. Espero que no construyan una de tiro al plato. Esto ya es bastante malo.

—Es un sueño —murmuró Tinbane.

—¿Perdona?

—Esto no es real, no del todo. —«Pero —pensó—, sí que lo es.» Se puso en pie—. Voy a hacerte caso. Me iré a mi apartamento. Tienes mi número.

—Tienes un aspecto horrible —dijo Donovan mirándolo de arriba abajo—. No debería afectarte tanto. Es una máquina relativamente inofensiva, ¿no? Tienes que atacarla, activarla. Si la dejas tranquila…

—Pienso dejarla tranquila —dijo Tinbane—. Pero creo que me está esperando. Quiere que vuelva. —Podía sentir cómo lo esperaba, cómo ansiaba su regreso. La máquina era capaz de aprender y él le había enseñado… le había enseñado cosas sobre sí mismo.

Que existía. Que había en la Tierra una persona llamada Joseph Tinbane.

Y eso ya era demasiado.

Cuando abrió la puerta de su apartamento, el teléfono ya estaba sonando. Levantó el auricular lentamente.

—¿Sí? —dijo.

—¿Tinbane? —Era la voz de Donovan—. A ver, es encefalotrópico, al parecer. Hemos encontrado una copia del patrón de tu configuración cerebral. La hemos destruido, claro, pero… —Titubeó—. También hemos encontrado otra cosa que construyó después del primer análisis.

—¿Un transmisor? —preguntó Tinbane con voz ronca.

—Me temo que sí. De casi un kilómetro de alcance, y tres en caso de estar orientado. Y lo estaba, así que debemos asumir que ha podido transmitirlo a tres kilómetros de distancia. Como es natural, no sabemos absolutamente nada sobre el receptor, ni si está en la superficie del planeta. Seguramente lo esté. En una oficina, o algo así. O en un aerocoche como los que suelen utilizar. Ya lo sabes. De modo, que parece que sí, es un arma de venganza. Por desgracia, tu deducción emocional fue acertada. Los expertos que la han analizado han llegado a la conclusión de que te estaban esperando, por decirlo así. Te vieron llegar. Es posible que nunca se haya utilizado de verdad como máquina de juego. El desgaste que creímos descubrir en el análisis preliminar no era real. Y eso es todo.

—¿Qué me sugieres que haga? —preguntó Tinbane.

—¿Hacer? —Una pausa—. No se puede hacer gran cosa. Quédate en el apartamento. No vengas a trabajar por algún tiempo.

«Y así, si me cazan, nadie más resultará herido en la oficina. Mejor para vosotros. Pero no tanto para mí», se dijo Tinbane.

—Creo que voy a marcharme de la zona —repuso—. Puede que la acción del mecanismo esté limitada espacialmente, confinada al ALA, o a una parte concreta de la ciudad. Si no te parece mal. —Tenía una novia, Nancy Hackett, en La Jolla. Podía ir a verla.

—Como quieras.

—De todos modos, tampoco podéis hacer nada por ayudarme —dijo.

—Escucha esto —le dijo Donovan—. Autorizaré una pequeña partida presupuestaria, una partida modesta, para que puedas salir adelante. Hasta que localicemos ese condenado receptor y averigüemos qué pasa. Lo peor del asunto, para nosotros, es que la noticia ha empezado a filtrarse por todo el departamento. Va a ser complicado que los equipos de asalto accedan a trabajar en futuras redadas contra casinos extraterrestres… Lo que, claro está, era precisamente lo que ellos pretendían. También podemos hacer otra cosa. El laboratorio te fabricará un escudo mental, de modo que no emitas una huella cerebral reconocible. Pero tendrás que costeártelo de tu propio bolsillo, claro. Podemos cargártelo a tu salario, pagadero a lo largo de varios meses. Si quieres mi opinión, yo creo que es una buena idea.

—De acuerdo —dijo Tinbane. Se sentía embotado, muerto, cansado y resignado, todo ello a la vez. Y tenía la profunda y marcada sensación de que su reacción era puramente racional—. ¿Alguna otra sugerencia?

—Lleva un arma encima. Hasta cuando duermas.

—¿Dormir? —dijo—. ¿Crees que voy a poder dormir? Puede que cuando la máquina haya sido destruida por completo…

«Aunque eso tampoco supondrá ninguna diferencia —comprendió—. Ya no, ahora que le ha transmitido mi patrón cerebral a otra cosa, algo de lo que no sabemos nada.» Sólo Dios sabía qué clase de maquinaria. Los extraterrestres inventaban toda clase de cosas retorcidas.

Colgó, se dirigió a la cocina y, tras tomarse un trago largo de bourbon Antique, se preparó un whisky sour.

«Menudo lío —se dijo—. Perseguido por una máquina del millón procedente de otro mundo.» Estuvo a punto de echarse a reír, pero al final no lo hizo.

«¿Qué se usa —se preguntó— para cazar una máquina del millón homicida, que además tiene tu número y está decidida a acabar contigo? O, para ser más exactos, al misterioso amigo de una máquina del millón…»

En ese momento oyó un tap, tap procedente de su ventana.

Metió la mano en el bolsillo y sacó su pistola láser reglamentaria. Avanzó pegado a la pared para que nadie pudiera verlo desde el otro lado de la ventana y, al llegar a ella, se asomó un momento. Oscuridad. No pudo distinguir nada. ¿Una linterna? Tenía una en la guantera del aerocoche, que estaba aparcado en el tejado. Tenía que ir a por ella.

Un momento después, linterna en mano, corría escaleras abajo en dirección al garaje.

La luz de la linterna reveló la presencia de una entidad con aspecto de insecto y alargados pseudópodos, apoyada en la parte exterior de la ventana. Sus dos antenas habían palpado el cristal en un ciego y mecánico proceso de exploración.

La criatura insecto había ascendido por la pared del edificio. Tinbane veía el canalón al que se sujetaba.

En ese momento, su curiosidad superó su miedo. Con enorme cuidado, abrió la ventana —tampoco había necesidad de enriquecer aún más al comité de reparaciones del edificio— y apuntó cautelosamente con su láser. La criatura insecto no reaccionó. A todas luces, se había quedado paralizada en mitad de un ciclo. Lo más probable era que sus respuestas, supuso Tinbane, fueran relativamente lentas en comparación con las de un ser orgánico. Salvo, claro está, que estuviera preparada para explosionar. En cuyo caso no tenía un segundo que perder.

Disparó el finísimo haz, que alcanzó a la criatura insecto en la parte baja.

Lisiado, el ser retrocedió. Sus numerosos y diminutos palpos soltaron el canalón. Antes de que cayera al vacío, Tinbane lo agarró, lo introdujo en la habitación y lo dejó sobre el suelo, sin dejar de apuntarle con el láser un solo instante. Desde el punto de vista funcional, parecía inoperativo. No reaccionó.

Tras depositarlo sobre la mesita de la cocina, fue a buscar un destornillador en la caja de herramientas que tenía junto al fregadero. Se sentó y examinó el objeto. Tenía la sensación de que contaba con tiempo. La presión, al menos momentáneamente, había remitido.

Tardó cuarenta minutos en abrirlo. Los tornillos no correspondían con ningún destornillador normalizado y al final tuvo que recurrir a un cuchillo de cocina. Pero finalmente lo tuvo abierto frente a sí, sobre la mesa de la cocina, con el caparazón dividido en dos mitades: una vacía y otra llena a rebosar de componentes. ¿Una bomba? Procedió a examinarlo pieza a pieza con extraordinaria prudencia.

No era ninguna bomba, al menos que él pudiera identificar. ¿Una máquina asesina? No tenía cuchillos, toxinas ni microorganismos, ni tubos capaces de expulsar una carga, explosiva o de otro tipo. Así que, en el nombre de Dios, ¿para qué servía? Reconocía el motor que la había permitido ascender por el costado del edificio y la unidad de guiado fotoeléctrica que empleaba para orientarse. Pero eso era todo. Absolutamente todo.

Desde el punto de vista funcional, era un fraude.

¿O no? Consultó su reloj de pulsera. Había pasado una hora entera examinándola. Una hora en la que su atención había estado apartada de cualquier otra cosa… ¿Quién sabía que podía ser esa otra cosa?

Nervioso de nuevo, se puso en pie, recogió la pistola láser y recorrió el apartamento de un lado a otro, escuchando, pensando, tratando de captar cualquier novedad, por pequeña que pudiera ser.

«Les ha dado tiempo —comprendió—. Una hora entera. Para lo que realmente quieren hacer, sea lo que sea.

»Es mejor —pensó— que me largue del apartamento. Que me vaya a La Jolla y me oculte allí hasta que pase todo esto.»

Sonó el videófono.

El rostro de Ted Donovan apareció en la pantalla cuando respondió.

—Un aerocoche del departamento está vigilando tu edificio —dijo—. Ha captado algo. Pensé que querrías saberlo.

—Sí —dijo con voz tensa.

—Un vehículo volador ha aterrizado en el aparcamiento del tejado. No es un aerocoche convencional, sino algo más grande. No hemos podido reconocerlo. Luego ha vuelto a despegar y se ha alejado a gran velocidad. Creo que para no volver.

—¿Ha dejado algo?

—Sí, eso me temo.

Con los labios fruncidos, Tinbane preguntó:

—¿Puedes hacer algo por mí? Te lo agradecería mucho.

—¿Qué quieres? No sabemos lo que es. Y tú tampoco, claro. Estamos abiertos a cualquier sugerencia, pero me temo que tendremos que esperar aquí hasta que determines la naturaleza de ese… artefacto hostil.

Algo golpeó la puerta del apartamento.

—Voy a dejar la línea abierta —dijo Tinbane—. No cuelgues. Creo que ha venido. —A esas alturas sentía pánico; un pánico desbordante, infantil. Empuñando la pistola láser con mano floja y temblorosa, fue acercándose paso a paso a la puerta de su apartamento. Se detuvo ante ella, quitó el pestillo y la abrió. Sólo un poco. Tan poco como le fue posible.

Una fuerza irresistible la abrió de par en par. El picaporte se le escapó a Tinbane de la mano. Y entonces, sin hacer el menor ruido, la gigantesca bola de acero que había al otro lado de la puerta entró rodando. Tinbane se arrojó a un lado, consciente de que aquél era su auténtico adversario. El artilugio que había trepado hasta su ventana había servido para distraerlo hasta que llegara esto.

No podía salir. Ya no iba a refugiarse en La Jolla. La gran esfera bloqueaba totalmente la salida.

Volvió al videófono y le dijo a Donovan:

—Estoy atrapado. Aquí, en mi propio apartamento. —En el perímetro exterior, comprendió. Equivalente al terreno escabroso del cambiante paisaje de la máquina del millón. La primera bola había quedado bloqueada allí, en la entrada. Pero ¿y la segunda? ¿Y la tercera?

Cada una de ellas se le acercaría un poco más.

—¿Podéis construir algo para mí? —preguntó con voz ronca—. ¿Podría empezar a trabajar el laboratorio esta misma noche?

—Podemos intentarlo —dijo Donovan—. Todo depende de lo que quieras. ¿Qué se te ha ocurrido? ¿Qué necesitas?

Detestaba tener que pedirlo, pero no tenía alternativa. La siguiente podía irrumpir por una ventana. O aplastarlo después de atravesar el techo.

—Quiero —dijo— una catapulta. Lo bastante grande y resistente como para arrojar un objeto esférico con un diámetro de entre metro y metro y medio. ¿Crees que es posible? —Elevó una plegaria a Dios.

—¿Es eso lo que te está atacando? —preguntó Donovan con voz queda.

—Salvo que se trate de una alucinación… —dijo Tinbane—. Una proyección de terror artificialmente inducida, diseñada con el fin específico de desmoralizarme.

—El aerocoche del departamento ha visto algo —dijo Donovan—. Y no era una alucinación. Poseía masa. Y… —Titubeó un instante—. Dejó algo. Algo grande. Al despegar, su masa se había reducido de manera considerable. Así que es real, Tinbane.

—Eso pensaba —respondió éste.

—Te llevaremos la catapulta lo antes posible —dijo su jefe—. Esperemos que haya un intervalo razonable entre cada… ataque. Y espero que seas capaz de esquivar cinco bolas, al menos.

Tinbane asintió mientras se encendía un cigarrillo, o al menos lo intentaba. Le temblaban demasiado las manos para poner el encendedor en el lugar correcto. A continuación sacó una lata de rapé Dean’s Own, pero fue incapaz de abrirla. La lata se le resbaló entre los dedos y cayó al suelo.

—Cinco —dijo— por partida.

La pared del salón empezó a temblar.

La siguiente se acercaba por el apartamento contiguo.

NOTA:

La revancha [14 de octubre de 1965], en Galaxy (febrero de 1967). El tema de los juguetes peligrosos es recurrente en mi obra. Lo peligroso disfrazado de inocente… ¿Y qué puede ser más inocente que un juguete? Esta historia me recuerda a un par de altavoces gigantescos que vi la semana pasada. Costaban seis mil dólares y eran más grandes que dos neveras. Hicimos un chiste sobre ellos: si no ibas a la tienda a verlos, ellos irían a verte a ti. (1978)


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