Texto aleatorio

Bob Bibleman tenía la sensación de que los robots no miraban a los ojos. Y de que, cuando uno de ellos estaba cerca, desaparecían objetos pequeños y valiosos. Para un robot, la idea del orden era amontonarlo todo. Sin embargo, Bibleman tenía que pedirle la comida a un robot, porque los puestos de dependiente estaban muy mal pagados para los humanos.

—Una hamburguesa, patatas fritas, un batido de fresa y… —Bibleman hizo una pausa y leyó la carta—. Mejor que sea una hamburguesa doble con queso, patatas fritas, un batido de chocolate y…

—Espere un segundo —dijo el robot—. La hamburguesa ya ha empezado a hacerse. ¿Quiere participar en el concurso de esta semana mientras espera?

—O sea, que no me van a poner la hamburguesa con queso —dijo Bibleman.

—Eso es.

El siglo XXI era un asco. La transmisión de la información había alcanzado la velocidad de la luz. En una ocasión, su hermano mayor había introducido un argumento de diez palabras en una máquina de ficción, pero luego había cambiado de idea sobre el final, y al tratar de modificarlo, había descubierto que la novela ya estaba en fase de impresión. Para corregirla, había tenido que escribir una secuela.

—¿Qué premios tiene el concurso? —preguntó.

Al instante, todos los premios, desde el primero hasta el último, aparecieron en la carta. Naturalmente, el robot los borró antes de que Bibleman tuviera tiempo de leerlos.

—¿Cuál es el primer premio? —preguntó.

—No puedo decírselo —dijo el robot. De su ranura salió una hamburguesa con patatas fritas y un batido de fresa—. Son mil dólares, en metálico.

—Déme una pista —dijo Bibleman mientras le pagaba.

—Está en todas partes y en ninguna. Ha existido desde el siglo XVII. Originalmente era invisible. Luego se hizo real. No se puede conseguir, a menos que uno sea muy listo, aunque ayuda hacer trampas y también ser rico. ¿Qué le sugiere la palabra «pesado»?

—Profundo.

—No, en el sentido literal.

—Masa. —Bibleman reflexionó un momento—. ¿Qué es esto, un concurso para ver quién puede adivinar cuál es el premio? Me rindo.

—Pague seis dólares —dijo el robot— para cubrir nuestros costes, y recibirá un…

—Gravedad —lo interrumpió Bibleman—. Sir Isaac Newton. El Royal College de Inglaterra. ¿Me equivoco?

—No —dijo el robot—. Los seis dólares le darán una posibilidad de ir a la Universidad… una posibilidad estadística, con las probabilidades antes indicadas. ¿Que son seis dólares? Una minucia.

Bibleman le dio una moneda de seis dólares.

—Ha ganado —dijo el robot—. Va a ir usted a la universidad. Las probabilidades eran de dos trillones contra una, pero lo ha conseguido. Permita que sea el primero en felicitarlo. Si tuviera una mano se la ofrecería. Esto le va a cambiar la vida. Es su día de suerte.

—Estaba amañado —dijo Bibleman, embargado por una repentina ansiedad.

—Tiene usted razón —dijo el robot—. Pero es obligatorio aceptar el premio. La universidad es una institución militar situada en Culo del Mundo, Egipto, por decirlo así. Pero no se preocupe; lo llevarán hasta allí. Váyase a casa y empiece a hacer el equipaje.

—¿No puedo tomarme la hamburguesa y el…?

—Le sugiero que vaya a hacer el equipaje cuanto antes.

Un hombre y una mujer se habían colocado detrás de Bibleman. En un acto reflejo, se quitó de en medio, llevándose la bandeja. Estaba un poco mareado.

—Un bocadillo de carne carbonizada —dijo el hombre—, aros de cebolla, cerveza de raíz y… nada más.

—¿Quiere participar en el concurso? —dijo el robot—. Los premios son extraordinarios. —Las probabilidades aparecieron por un instante en la pantalla del menú.

Cuando Bob Bibleman abrió la puerta de la única habitación que componía su apartamento, el teléfono estaba encendido. Estaba esperándolo.

—Al fin —dijo el teléfono.

—No pienso hacerlo —dijo Bibleman.

—Ya lo creo que sí —dijo el teléfono—. ¿Sabes quién es? Lee el certificado, la documentación legal que acompaña al premio que has ganado. Se te ha concedido el rango de «recluta birrioso». Yo soy el mayor Casals. Estás bajo mi jurisdicción. Si te digo que mees de color púrpura, tú meas de color púrpura. ¿Cuánto puedes tardar en estar a bordo de un cohete transplanetario? ¿Tienes amigos de los que quieras despedirte? ¿Una novia, quizá? ¿Tu madre?

—¿Voy a volver? —dijo Bibleman con rabia—. O sea, ¿contra quién lucha esta universidad? Y, por cierto, ¿de qué universidad se trata? ¿Quién está en ella? ¿Es una facultad de humanidades o está especializada en ciencias? ¿Es gubernamental? ¿Ofrece…?

—Será mejor que empieces por calmarte un poco —dijo el mayor Casals en voz baja.

Bibleman se sentó. Había descubierto que le temblaban las manos. «He nacido en el siglo equivocado —se dijo—. Hace cien años esto no habría ocurrido y dentro de cien años será ilegal. Lo que necesito es un abogado.»

Su vida había sido muy tranquila hasta entonces. A lo largo de los años había logrado ascender hasta la modesta posición de dependiente de un negocio de casas flotantes. Para tener veintiún años no estaba tan mal. Su apartamento de una habitación era casi suyo; esto es, lo habitaba en régimen de alquiler con opción de compra. Era una vida pequeña, para su época, pero él no quería demasiado y, normalmente, no se quejaba por lo que recibía. Aunque no entendía la estructura fiscal que le arrebataba buena parte de sus ingresos, la aceptaba; aceptaba un estado de pobreza atenuada, del mismo modo que lo aceptaba cuando una chica se negaba a irse a la cama con él. En cierto modo, esto lo definía; ésta era su manera de ser. Se sometía a lo que no le gustaba y consideraba esta actitud como una virtud. La mayoría de la gente que tenía por encima lo consideraba una buena persona. En cuanto a aquellos que estaban por debajo de él, formaban un conjunto vacío. Su jefe en Cloud Nine Homes le decía lo que debía hacer, lo mismo que sus clientes. El Gobierno le decía a todo el mundo lo que debía hacer, o al menos eso era lo que él suponía. Lo cierto es que apenas tenía tratos con el Gobierno, lo que no era ni una virtud ni un vicio. Simplemente, era buena suerte.

En su día había albergado unos vagos sueños. Tenían que ver con ayudar a los necesitados. En el colegio había leído a Charles Dickens y la idea de los oprimidos se le había grabado en la mente hasta el punto de que era capaz de verlos: eran todos aquellos que no poseían un apartamento de una habitación, un trabajo y un certificado escolar. Ciertos nombres nebulosos, extraídos de la televisión, flotaban por su cabeza, lugares como la India, lugares donde los cuerpos de los agonizantes se recogían con maquinaria pesada. En una ocasión, una máquina pedagógica le había dicho: «tienes buen corazón». Esto lo había asombrado. No el hecho de que lo dijese una máquina, sino el hecho de que se lo dijera a él. Una chica le había dicho lo mismo. Aquello lo sobrecogía. ¡Vastas fuerzas se conjuraban para hacerle saber que no era una mala persona! Era un misterio y una maravilla.

Pero aquellos días eran cosas del pasado. Ya no leía novelas y a la chica la habían trasladado a Frankfurt. Y ahora lo había engañado un robot, una máquina barata, una basura mecánica que probablemente estuviera secuestrando a los ciudadanos en las calles en cantidades insólitas. No lo enviaban a una universidad; no había ganado nada. Lo más probable es que hubiese ganado un camastro en un campo de trabajos forzados. «La puerta de salida da adentro —se dijo—. Lo que quiere decir que, si te quieren, eres suyo; lo único que necesitan es rellenar el papeleo. Y un ordenador es capaz de rellenar todos los formularios con sólo pulsar una tecla. La «I» de infierno y la «E» de esclavo. Y la «T» de ti.»

«No te olvides el cepillo de dientes —se dijo—. Puede que lo necesites.»

En la pantalla del teléfono, el mayor Casals lo miraba como si estuviera evaluando en silencio las probabilidades de que Bob Bibleman intentara escapar. «Dos trillones contra una a que huyo —pensó Bibleman—. Pero gana la una, igual que en el concurso. Voy a hacer lo que me han dicho.»

—Oiga —dijo Bibleman—. Quiero preguntarle una cosa y necesito que me responda con sinceridad, por favor.

—Claro —dijo el mayor Casals.

—Si no hubiera hablado con ese robot de Earl’s Senior y…

—Lo habríamos cogido de todos modos —respondió el mayor Casals.

—Muy bien —dijo Bibleman, con un asentimiento de cabeza—. Gracias. Eso me hace sentir mejor. Así no me amargaré pensando estupideces como «si no me hubieran entrado ganas de tomarme una hamburguesa con patatas fritas. Si no…» —Se interrumpió—. Será mejor que haga el equipaje.

—Llevamos meses —dijo el mayor Casals— realizando una evaluación sobre usted. Está demasiado capacitado para el tipo de trabajo que desempeña. Pero necesita más educación. Tiene derecho a recibir más educación.

Asombrado, Bibleman dijo:

—¡Lo dice usted como si fuera una universidad de verdad!

—Es que lo es. Es la mejor del sistema. Sólo que no hacemos publicidad. No se puede hacer publicidad de una institución como ésta. Nadie la elige. Es la Universidad la que te elige a ti. Las probabilidades que te enseñamos no eran de broma. No te imaginabas que te iban a seleccionar para la mejor universidad del sistema por este método, ¿verdad. Bibleman? Tienes mucho que aprender.

—¿Y cuánto tiempo estaré en la Universidad? —preguntó Bibleman.

—Hasta que hayas aprendido —dijo el mayor Casals.

Le hicieron un reconocimiento médico, le cortaron el pelo, le dieron un uniforme y un camastro, y lo sometieron a un montón de exámenes psicológicos. Bibleman pensó que el verdadero propósito de los exámenes era determinar si era un homosexual latente y luego empezó a sospechar que sus sospechas indicaban que era un homosexual latente, así que las abandonó y se decantó por sospechar que eran sutiles pruebas de inteligencia y de aptitud, y se dijo a sí mismo que estaba haciendo gala de ambas: de inteligencia y de aptitud. También se dijo que estaba magnífico de uniforme, aunque fuera el mismo uniforme que llevan todos. «Por eso lo llaman uniforme», se recordó mientras, sentado en el borde de su camastro, leía los panfletos de orientación.

El primero de ellos afirmaba que era un gran honor ser admitido en la Universidad; éste era su nombre, esta única palabra. «Qué extraño —pensó, confundido—. Es como llamar a tu gato Gato y a tu perro Perro. Le presento a mi padre, el señor Padre y a mi madre, la señora Madre. ¿Estará bien de la cabeza esta gente?», se preguntó. Durante muchos años, uno de sus grandes miedos había sido acabar en manos de unos locos, sobre todo de unos locos que parecerían cuerdos hasta el último momento. Para él, ésa era la esencia del horror.

Mientras, allí sentado, estudiaba sus panfletos, una chica pelirroja, vestida con el uniforme de la Universidad, se acercó y se sentó a su lado. Parecía perpleja.

—A lo mejor puedes ayudarme —dijo—. ¿Qué es un programa? Aquí dice que van a darnos uno. Este sitio me está volviendo loca.

—Nos han reclutado en las calles, para hacer de carne de cañón —dijo Bibleman.

—¿Tú crees?

—Estoy convencido.

—¿Y no podemos irnos sin más?

—Empieza tú —respondió Bibleman— y así vemos lo que pasa.

La chica se echó a reír.

—Supongo que no sabes lo que es un programa…

—Pues claro. Es un resumen de cursos o temas.

—Claro. Y los cerdos vuelan.

La miró. La chica lo miró a él.

Le dijo que se llamaba Mary Lorne. Decidió que era guapa y melancólica, estaba un poco asustada y tenía una buena delantera. Se reunieron con los demás estudiantes para ver un episodio reciente de Herbie la Hiena, que Bibleman ya había visto. Era el episodio en el que Herbie trata de asesinar al monje ruso Rasputín. Como era su costumbre, Herbie la Hiena envenenaba a la víctima, le pegaba un tiro, la hacía volar por los aires seis veces, la apuñalaba, la cargaba de cadenas y la arrojaba al Volga, la descuartizaba con caballos salvajes y finalmente la enviaba a la Luna atada a un cohete. Los dibujos aburrían a Bibleman. No le importaban un pimiento Herbie la Hiena ni la historia rusa y se preguntaba si aquello sería un ejemplo del nivel pedagógico de la Universidad. Se imaginó a Herbie la Hiena ilustrando el principio de indeterminación de Heisenberg. En su mente, Herbie perseguía una partícula sub atómica que se materializaba al azar aquí y allá; Herbie lanzaba violentos golpes contra ella utilizando un martillo, sin conseguir nada; luego, una bandada entera de partículas subatómicas empezaba a burlarse de Herbie, quien, como de costumbre, estaba destinado a fracasar.

—¿En qué piensas? —le susurró Mary.

En ese momento terminaron los dibujos animados. Las luces de la sala se encendieron. El mayor Casals se encontraba sobre el escenario, más grande que en la pantalla del teléfono. «Se acabó la diversión», se dijo Bibleman. No era capaz de imaginarse al mayor Casals tratando de alcanzar partículas subatómicas con violentos martillazos. Al verlo, sintió una mezcla de desazón y temor.

La clase tenía que ver con la información clasificada. Detrás del mayor Casals se encendió un holograma enorme, con un diagrama esquemático de una perforadora homeostática de prácticas. La perforadora rotó en el interior del holograma, para que los estudiantes pudieran verla desde todos los ángulos. Las diferentes secciones de su interior estaban teñidas de colores diversos.

—Te he preguntado que en qué piensas —susurró Mary.

—Tenemos que prestar atención —dijo Bibleman en voz baja.

—Encuentra mineral de titanio por sí sola —dijo Mary en voz igualmente baja—. Menuda hazaña. El titanio es el noveno elemento más abundante en la corteza del planeta. A mí me impresionaría si fuera capaz de encontrar y extraer wurzita. Sólo se encuentra en la ciudad boliviana de Potosí, en Butte, Montana y en Goldfield, Nevada.

—¿Por qué? —dijo Bibleman.

—Porque —dijo Mary— la wurzita es inestable a temperaturas inferiores a mil grados centígrados. Y además… —se interrumpió. El mayor Casals había dejado de hablar y estaba mirándola.

—¿Quería repetir eso para todos nosotros, jovencita? —dijo.

Mary se puso en pie y, sin el menor temblor en la voz, repitió:

—La wurzita es inestable a temperaturas inferiores a mil grados centígrados.

Al instante, el holograma que había detrás del mayor Casals se transformó en una lectura de datos sobre minerales de cinc-sulfuro.

—No veo la wurzita en esa lista —dijo el mayor Casals.

—Aparece en la tabla, pero en su forma invertida —dijo Mary con los brazos cruzados—. Que es la esferalita. En realidad es ZnS, del grupo sulfito del tipo AX. Está relacionada con la greenockita.

—Siéntese —dijo el mayor Casals. La lectura del interior del holograma mostraba ahora las características de la greenockita.

—Tengo razón. No tienen una perforadora homeostática para la wurzita porque no… —dijo Mary mientras se sentaba.

—¿Su nombre? —preguntó el mayor Casals, con el bolígrafo y la libreta preparados.

—Mary Wurtz —respondió ella con voz totalmente desprovista de entonación—. Mi padre era Charles-Adolphe Wurtz.

—¿El descubridor de la wurzita? —preguntó el mayor Casals, inseguro. Su bolígrafo tembló un instante.

—Exacto —dijo Mary. Se volvió hacia Bibleman y le guiñó un ojo.

—Gracias por la información —dijo el mayor Casals. Hizo un ademán y en el holograma aparecieron un contrafuerte volante y, a su lado, un contrafuerte normal.

—Lo que quiero decir —dijo el mayor Casals— es simplemente que cierta información, como los principios arquitectónicos esenciales…

—La mayoría de los principios arquitectónicos son esenciales —dijo Mary.

El mayor Casals hizo una pausa.

—Si no fuera así, no servirían a su propósito —dijo Mary.

—¿Por qué no? —dijo el mayor Casals, y entonces se ruborizó.

Varios estudiantes de uniforme se rieron.

—Ese tipo de información —continuó el mayor Casals— no está clasificada. Pero gran parte de lo que aprenderán aquí sí lo está. Por eso la Universidad está sometida al régimen militar. Revelar, transmitir, o hacer pública la información recibida durante su aprendizaje aquí es un delito que recae bajo la jurisdicción militar. Cualquier quebrantamiento de estas normas se juzgaría delante de un tribunal militar.

Los estudiantes murmuraron. «Atrapado, enjaulado y ahora esto», pensó Bibleman. Nadie dijo nada. Hasta la chica que se sentaba junto a él guardó silencio. Sin embargo, una expresión compleja había aflorado a su cara. Una mirada sombría de profunda introversión y, pensaba él, una madurez inusual. Aquello hizo que pareciera, ya no una chica, sino una mujer de mayor edad. Bibleman se preguntó entonces qué edad tendría en realidad. Había sido como si un milenio entero hubiera aflorado a sus facciones mientras él la observaba y pensaba en el oficial que ocupaba el escenario y en el gran holograma que éste tenía detrás. «¿En que estará pensando? —se preguntó—. ¿Irá a decir algo más? ¿Cómo es que no tiene miedo de hablar? Nos han dicho que estamos sometidos a la jurisdicción militar.»

—Voy a darles un ejemplo de información estrictamente clasificada —dijo el mayor Casals—. Tiene que ver con el motor Panther. —Tras él, el holograma, para sorpresa de todos, quedó en blanco.

—Señor —dijo uno de los estudiantes—, el holograma no muestra nada.

—Esta es un área que no se tratará a lo largo de sus estudios —dijo el mayor Casals—. El motor Panther es un sistema de dos rotores opuestos conectados a un eje principal común. Su principal ventaja es la ausencia total de torque centrífugo. Entre los dos rotores se extiende una cadena que permite que el eje principal gire sin histéresis.

Tras él, el gran holograma permaneció en blanco. «Es raro», pensó Bibleman. Una sensación extraña: información sin información, como si el ordenador se hubiera vuelto ciego.

—La Universidad —dijo el mayor Casals— tiene prohibido revelar cualquier información sobre el motor Panther. Es imposible programar sus sistemas para que lo hagan. De hecho, no saben nada sobre el motor Panther. Están programados para destruir cualquier información recibida sobre él.

Un estudiante levantó la mano y dijo:

—De modo que, aunque alguien introdujera información en el sistema sobre el Panther…

—El sistema rechazaría los datos —dijo el mayor Casals.

—¿Es un ejemplo único? —preguntó otro estudiante

—No —dijo el mayor Casals.

—Entonces habrá varios temas sobre los que no recibiremos información… —dijo uno de los estudiantes.

—Ninguno muy importante —respondió el mayor Casals—. Al menos, por lo que a sus estudios se refiere.

Los estudiantes guardaron silencio.

—Los temas que van a estudiar —dijo el mayor Casals— les serán asignados en función de sus aptitudes y sus perfiles personales. Iré diciendo sus nombres y ustedes se acercarán para recibirlos. La Universidad ha tomado la decisión para cada uno de ustedes, de modo que pueden estar seguros de que no hemos cometido ningún error.

«¿Y si me toca proctología? —se preguntó Bibleman. Y, cada vez más aterrado, siguió pensando—: O podología. O herpetología. O supongamos que la Universidad, en su infinita sabiduría, decide hacerme tragar toda la información existente en el universo sobre el herpes labial… o con cosas aún peores. Si es que existen.»

—Lo que nos conviene —dijo Mary mientras leían sus nombres por orden alfabético— es algo que sirva para ganarse la vida. Hay que ser práctico. Yo ya sé lo que me va a tocar. Sé cuál es mi campo preferido. Química.

Dijeron el nombre de Bibleman. Se levantó y recorrió el pasillo hasta llegar junto al mayor Casals. Se miraron un instante, y luego Casals le entregó un sobre cerrado.

Bibleman, muy tenso, regresó a su asiento.

—¿Quieres que lo abra? —le preguntó Mary.

Sin decir nada, Bibleman le pasó el sobre. Ella lo abrió y leyó su contenido.

—¿Me podré ganar la vida? —le preguntó.

Ella sonrió.

—Sí. Es un campo muy bien pagado. Casi tanto como… Bueno, digamos que las colonias lo necesitan mucho. Podrás ir a trabajar a donde quieras.

Bibleman se volvió y leyó las palabras de la tarjeta:

COSMOLOGÍA Y COSMOGONÍA PRESOCRÁTICAS

—Filosofía presocrática —dijo Mary—. Casi tan bueno como la ingeniería estructural. —Le pasó el papel—. No debería burlarme de ti. No, la verdad es que con esto no vas a ganarte la vida, salvo como profesor. Pero al menos, puede que te interese. ¿Te interesa?

—No —respondió él con voz seca.

—Pues entonces, me pregunto por qué lo habrá escogido la Universidad —dijo Mary.

—¿Y qué demonios —dijo él— es la cosmogonía?

—El estudio de la creación del universo. No te interesa como… —Hizo una pausa mientras lo miraba—. Desde luego, ahí no tendrás que pedir copias impresas de ningún material clasificado —dijo con tono pensativo—. Puede que se trate de eso —murmuró para sí—. Así no tendrán que vigilarte.

—A mí podrían confiarme material clasificado —dijo Bibleman.

—¿De verdad? ¿Tan bien te conoces? Bueno, ya te conocerás cuando la Universidad te bombardee con filosofía griega primitiva. «Conócete a ti mismo.» El lema de Apolo en Delfos. Eso engloba la mitad de la filosofía griega.

—Al menos —dijo Bibleman— no voy a acabar ante un consejo de guerra por hacer pública información militar clasificada. —En ese momento se acordó del motor Panther y comprendió con toda claridad la gravedad del mensaje que les había transmitido el mayor Casals en su pequeño discurso—. Me pregunto cuál será el lema de Herbie la Hiena —dijo.

—«He determinado portarme como un villano» —dijo Mary—. «Y odiar los frívolos placeres de estos tiempos. He urdido complots.» —Alargó la mano para tocar el brazo de Bibleman—. ¿Recuerdas? Ricardo III en dibujos animados, versión de Herbie la Hiena.

—Mary Lorne —leyó el mayor Casals en su lista.

—Perdona un momento. —Fue a buscar su sobre y volvió sonriendo—. Leprología —le dijo a Bibleman—. El estudio y el tratamiento de la lepra. Es una broma. Me ha tocado Química.

—Tú sí que vas a estudiar material clasificado —dijo Bibleman.

—Sí —dijo ella—. Lo sé.

El primer día de su programa de estudios, Bob Bibleman puso en modo de audio el terminal de entrada y salida de información que le había proporcionado la Universidad y tecleó el código correspondiente a su curso.

—Tales de Mileto —dijo el terminal—. Fundador de la escuela jonia de filosofía natural.

—¿Qué enseñaba?

—Que el mundo flotaba sobre el agua, estaba suspendido sobre ella y se había originado en ella.

—Menuda estupidez —dijo Bibleman.

—Tales basó su teoría en el descubrimiento de fósiles marinos en tierra firme —respondió el terminal—. Incluso a grandes altitudes. Así que no es una teoría tan estúpida como pueda parecer. —En la pantalla holográfica apareció un montón de información escrita, poca de la cual se le antojó interesante a Bibleman. Sin embargo, solicitó audio—. Generalmente, se considera a Tales el primer hombre racional de la historia —dijo el terminal.

—¿Y Akenatón? —preguntó Bibleman.

—Un simple excéntrico.

—¿Y Moisés?

—Otro excéntrico.

—¿Y Hammurabi?

—¿Cómo se deletrea?

—No estoy seguro. Es un nombre que me suena.

—Entonces hablaremos de Anaximandro —dijo el terminal de la Universidad—. Y, en un análisis preliminar, de Anaxímenes, Jenófanes, Parménides, Meliso… Un segundo, me había olvidado de Heráclito y de Crátilo. Y también estudiaremos a Empédocles, Anaxágoras, Zenón…

—Jesús —dijo Bibleman.

—Ese es de otro curso —dijo la terminal.

—Tú sigue —dijo Bibleman.

—¿Estás tomando apuntes?

—Eso no es asunto tuyo.

—Pareces inquieto.

—¿Qué me pasaría si dejara la Universidad?

—Irías a la cárcel.

—Tomaré apuntes.

—Como estás tan resuelto…

—¿Qué?

—Como tienes tantos conflictos, seguro que encuentras interesante a Empédocles. Fue el primer filósofo dialéctico. Empédocles creía que la base de la realidad era un conflicto antitético entre las fuerzas del amor y las de la lucha. Bajo el amor, el cosmos es una estructura debidamente proporcionada, llamada krasis. Esta krasis es una medida esférica, una mente perfecta que dedica todo su tiempo…

—¿Algo de esto tiene una aplicación práctica? —inquirió Bibleman.

—Las fuerzas antitéticas del amor y de la lucha se asemejan a los elementos taoístas del Yin y el Yang, de cuya perpetua interacción deriva todo cambio.

—Aplicación práctica.

—Componentes gemelos mutuamente opuestos. —En la pantalla holográfica apareció un diagrama muy complejo—. El motor de dos rotores, Panther.

—¿Qué? —dijo Bibleman mientras se incorporaba en su asiento como si hubiera recibido una descarga. Sobre el diagrama de la pantalla se leían, en gran tamaño, las letras sistema de hidromotor Panther, alto secreto. Al instante, pulsó la tecla imprimir. La maquinaria del terminal emitió una trepidación y en la ranura de salida aparecieron tres hojas de papel.

«Se han olvidado —pensó Bibleman—. Han olvidado esta referencia al motor Panther en los bancos de memoria de la Universidad.» De algún modo, aquella referencia cruzada se había extraviado. Nadie había pensado en la filosofía presocrática. ¿Quién habría pensado en que un epígrafe sobre un motor moderno y secreto acabaría clasificado en la categoría filosofía presocrática, subcategoría EMPÉDOCLES?

«Ya lo tengo», se dijo mientras sacaba rápidamente las tres hojas de papel. Las dobló y se las guardó en el cuaderno que le había proporcionado la Universidad.

«En toda la diana —pensó—. ¿Y dónde demonios voy a esconder estos planos? En la taquilla es imposible. —Y entonces pensó—: ¿Habré cometido un crimen al pedir que los impriman?»

—Empédocles —estaba diciendo el terminal— creía en la existencia de cuatro elementos básicos en perpetuo estado de reorganización: tierra, agua, aire y fuego. Estos elementos estaban eternamente…

«Un exceso de cultura abotarga la mente del hombre», pensó mientras se ponía en pie y se encaminaba a su cubículo. Caminaba lentamente, pero pensaba muy deprisa. «¿Dónde demonios voy a esconder los planos?», volvió a preguntarse mientras recorría a paso vivo el pasillo en dirección al ascensor de ascenso. «Bueno —pensó—, al menos no saben que los tengo. Puedo tomarme todo el tiempo que necesite. Lo importante es ocultarlos en un lugar escogido al azar», decidió mientras el ascensor lo llevaba hacia la superficie. «Así, si los encuentran, no podrán relacionarme con ellos, salvo que se tomen la molestia de buscar huellas dactilares.»

«Esto podría valer miles de millones de dólares», se dijo. Sintió que le invadía una gran alegría, pero entonces llegó el miedo. Se dio cuenta de que estaba temblando. «Ellos sí que se van a cagar —se dijo—. Cuando lo descubran, no seré yo el que mee púrpura, serán ellos. La Universidad entera, cuando descubra su error.»

«Y el error —pensó—, es suyo, no mío. La Universidad ha metido la pata. Lo siento mucho por ellos.»

En el edificio de dormitorios donde estaba su litera había una lavandería dirigida por una plantilla de robots silenciosos. Cuando estuvo seguro de que ninguno de ellos lo estaba mirando, ocultó las tres páginas de los planos cerca del fondo de un enorme montón de sábanas. «Es un montón enorme. Ahí no encontrarán este plano hasta dentro de un año. Tengo tiempo de sobra de decidir lo que voy hacer.»

Consultó su reloj y vio que casi había terminado el turno de tarde. A las cinco estaría en la cafetería, cenando con Mary.

Ella llegó un poco después de las cinco en punto; su rostro mostraba signos de fatiga.

—¿Cómo te ha ido? —le preguntó mientras hacía cola, con las bandejas en la mano.

—Bien —dijo Bibleman.

—¿Habéis llegado a Zenón? A mí siempre me gustó mucho. Consiguió demostrar que el movimiento es imposible. Así que supongo que sigo en el vientre de mi madre. Estás raro. —Lo estudió.

—Sólo un poco cansado de oír que la Tierra descansa sobre el caparazón de una tortuga gigante.

—O suspendida en el extremo de una cuerda —dijo Mary. Se dirigieron hacia una mesa vacía entre los estudiantes que abarrotaban la cafetería—. No comes mucho…

—Pensar en comer —respondió Bibleman mientras se tomaba el café— es lo que me ha traído aquí.

—Podrías escapar.

—Y acabar en la cárcel, sí.

—La Universidad está programada para decir eso —dijo Mary—. Probablemente sólo sean amenazas. Perro ladrador…

—Lo tengo —dijo Bibleman.

—¿El qué? —Dejó de comer un momento y lo miro.

—El motor Panther —dijo él.

La muchacha no dijo nada.

—Los planos —continuó Bibleman.

—Baja la voz, joder.

—Se han dejado una copia en la memoria. Ahora que los tengo, no sé qué hacer. Probablemente echar a andar. Y confiar en que nadie me detenga.

—¿Y no lo saben? ¿La Universidad no controla su propia memoria?

—Nada indica que sea consciente de lo que ha hecho.

—Jesús —dijo Mary en voz baja—. El primer día. Será mejor que lo pienses mucho y con mucho cuidado.

—Puedo destruirlos —dijo él.

—O venderlos.

—Les he echado un vistazo —dijo Bibleman—. Hay un análisis en la última página. El Panther…

—Dilo de una vez —dijo Mary.

—Se puede usar como turbina hidroeléctrica. Reduciría a la mitad los costes operativos de las turbinas convencionales. No he entendido el lenguaje técnico, pero al menos eso lo he sacado en claro. Sería una fuente de energía barata. Muy barata.

—Así que todo el mundo se beneficiaría.

Bibleman asintió.

—Han metido la pata hasta el fondo —dijo Mary—. ¿Qué es lo que ha dicho Casals antes? «Aunque alguien introdujera información en el sistema sobre el… sobre eso, el sistema lo rechazaría». —Volvió a comer lenta y pensativamente—. Y se lo ocultan al público. Imagino que será la presión de las grandes industrias. Qué bonito.

—¿Qué hago? —dijo Bibleman.

—Yo no puedo decidirlo por ti.

—Estaba pensando que podía llevar los planos a una de las colonias, donde las autoridades tienen menos control. Podría encontrar una empresa independiente y hacer un trato con ella. El gobierno no se enteraría de…

—Acabarían rastreando los planos —dijo Mary—. Y te encontrarían.

—En ese caso, será mejor que los queme.

—Tienes que tomar una decisión muy complicada —dijo Mary—. Por un lado, tienes en tu mano información clasificada que has obtenido de manera ilegal. Por otro…

—No la he obtenido de manera ilegal. La Universidad ha metido la pata.

—Has quebrantado la ley —continuó ella con voz tranquila—, la ley militar. Al pedir una transcripción impresa. Deberías haber informado del fallo de seguridad en cuanto lo descubriste. Te habrían recompensado. El mayor Casals te habría cubierto de alabanzas.

—Tengo miedo —dijo Bibleman, y sintió que el miedo se movía en su interior, tanteando y creciendo. La taza de plástico donde estaba tomándose el café empezó a temblar y parte del líquido le cayó sobre el uniforme.

Mary le limpió la mancha con una servilleta de papel.

—No se va a ir —dijo.

—Qué simbólico —dijo Bibleman—. Lady Macbeth. Siempre he querido una perra llamada Mancha, para poder decirle: «Fuera, fuera, maldita Mancha».

—No voy a decirte lo que tienes que hacer —dijo Mary—. Esa es una decisión que sólo te corresponde a ti. Ni siquiera es muy ético que me lo hayas dicho. Podría considerarse una conspiración y acabaríamos los dos en prisión.

—Prisión… —repitió él.

—Estás en condiciones de… Jesús, iba a decir: «Estás en condiciones de proporcionarle una fuente de energía barata a la raza humana». —Se echó a reír y sacudió la cabeza—. Supongo que yo también estoy asustada. Haz lo que consideres mejor. Si piensas que es correcto hacer públicos los planos…

—Nunca lo había pensado. Publicarlos… y nada más. En una revista o un periódico. Una máquina impresora esclava podría hacerlo. Estarían por todo el sistema solar en quince minutos. Lo único que tendría que hacer es pagar la tarifa e introducir las páginas de los planos en la máquina. Y luego pasar el resto de la vida en la cárcel o, al menos, ante los tribunales. Puede que el juez falle a mi favor. Hay precedentes de robo y difusión de material clasificado vital, material clasificado militar, en los que el personal implicado, además de declarado inocente, fue alabado por su heroísmo: había arriesgado la vida por el bienestar de la raza humana.

Dos guardias de seguridad armados se acercaron a Bob Bibleman. Se los quedó mirando, sin creer lo que veía, pero pensando «Créelo.»

—¿Estudiante Bibleman? —dijo uno de ellos.

—Eso dice en mi uniforme —dijo Bibleman.

—Levante las manos, estudiante Bibleman. —El más alto de los dos guardias de seguridad le puso unas esposas.

Mary no dijo nada. Siguió comiendo lentamente.

En la oficina del mayor Casals, Bibleman esperó mientras intentaba asumir el hecho de que lo habían, en términos técnicos, «detenido». Estaba abatido. Se preguntaba qué iban a hacer con él. Se preguntaba si le habrían tendido una trampa. Se preguntaba qué haría si lo acusaban. Y entonces se preguntó qué estaba ocurriendo en realidad y si llegaría a entenderlo si continuaba con su curso de COSMOLOGÍA Y COSMOGONÍA PRESOCRÁTICAS.

El oficial Casals entró en la oficina y dijo:

—Siento haberle hecho esperar.

—¿Pueden quitarme estas esposas? —dijo Bibleman. Le hacían daño en las muñecas. Se las habían apretado mucho. Le dolían los huesos.

—No hemos encontrado los planos —dijo Casals mientras tomaba asiento detrás de su mesa.

—¿Qué planos?

—Los del motor Panther.

—Teóricamente, los planos del motor Panther no existen. Nos lo dijo usted durante la clase de orientación.

—¿Programó el terminal deliberadamente? ¿O sucedió sin más?

—Mi terminal se programó para hablar sobre agua —dijo Bibleman—. El universo está compuesto de agua.

—Cuando pidió una transcripción escrita, el terminal se lo notificó a seguridad. Todas las transcripciones escritas están controladas.

—Que le den —dijo Bibleman.

—Voy a decirle una cosa —continuó el mayor Casals—. Lo único que nos interesa es recuperar los planos: no queremos meterlo en chirona. Devuélvalos y no se le juzgará.

—¿Que devuelva el qué? —dijo Bibleman, pero sabía que era una pérdida de tiempo—. ¿Puedo pensármelo?

—Sí.

—¿Puedo irme? Tengo ganas de dormir. Estoy cansado. Y me gustaría que me quitaran las esposas.

El mayor Casals se las quitó y luego dijo:

—Hicimos un acuerdo con todos ustedes, un acuerdo entre la Universidad y los estudiantes, referente al material clasificado. Y usted lo aceptó.

—¿Voluntariamente?

—Bueno, no. Pero estaba informado sobre sus términos. Cuando descubrió los planos del motor Panther en la memoria de la Universidad, disponibles para cualquiera que, por cualquier razón, solicitara una aplicación práctica de la filosofía presocrática…

—Me quedé de piedra —dijo Bibleman—. Y sigo igual.

—La lealtad es un principio ético. Mire, olvidemos el posible castigo y consideremos el asunto desde la perspectiva de la lealtad a la Universidad. Una persona responsable obedece las leyes y los acuerdos que suscribe. Devuelva los planos y podrá seguir con sus clases en la Universidad. De hecho, le daremos permiso para elegir lo que desee estudiar. No lo obligaremos. Piénselo y venga a verme a mi oficina mañana por la mañana, entre ocho y nueve. Y no lo comente con nadie. Ni lo intente. Estaremos vigilándolo. Y no abandone el recinto. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Bibleman inexpresivamente.

Aquella noche soñó que su padre había muerto. En su sueño, unos vastos espacios se extendían en todas direcciones y, en ellos, su padre salía a la luz del Sol desde un claro cubierto de sombras y avanzaba hacia él con mucha lentitud. Su padre pareció alegrarse de verlo y Bibleman sintió su amor.

Al despertar, la sensación del cariño de su padre aún persistía. Mientras se ponía el uniforme, pensó en su padre y en la escasa frecuencia con la que se había manifestado ese amor en la vida real. En ese momento, al acordarse de que su padre ya había muerto, y su madre también, se sintió muy solo. Habían muerto en un accidente nuclear, junto con otros muchos.

«Dicen que las personas importantes para ti te esperan al otro lado —pensó—. Puede que cuando me muera, el mayor Casals ya haya fallecido y esté esperándome. El mayor Casals y mi padre, combinados en una sola persona.

»¿Qué voy a hacer? —se preguntó—. Han descartado el posible castigo y lo han reducido a lo esencial: una cuestión de lealtad. ¿Soy una persona leal? ¿Estoy a la altura?

»Al diablo —se dijo. Consultó su reloj. Las ocho y media—. Mi padre estaría orgulloso de mí. Por lo que voy a hacer.»

Entró en la lavandería y miró a su alrededor. No había robots a la vista. Metió la mano en el montón de sábanas, encontró las páginas de los planos, las sacó, las miró un momento y luego se encaminó al pasillo que lo llevaría a la oficina del mayor Casals.

—Los trae —dijo Casals al verlo. Bibleman le entregó las tres hojas de papel—. ¿No ha hecho otras copias?

—No.

—¿Me da su palabra de honor?

—Sí —respondió Bibleman.

—Queda expulsado de la Universidad —dijo el mayor Casals.

—¿Cómo? —preguntó Bibleman.

Casals pulsó un botón de su mesa.

—Pase.

Se abrió la puerta y entró Mary Lorne.

—Yo no represento a la Universidad —le dijo el mayor Casals a Bibleman—. Te han tendido una trampa.

—Trabajo para la Universidad —dijo Mary.

—Siéntese, Bibleman —dijo el mayor Casals—. Ella se lo explicará antes de que se marche.

—¿He suspendido? —preguntó Bibleman.

—Me has fallado a mí —dijo Mary—. El propósito de la prueba era enseñarte a valerte por ti mismo, aunque eso significara desafiar a la autoridad. El mensaje subliminal de todas las instituciones es siempre: «Sométete a lo que consideras psicológicamente una autoridad». Una buena institución educativa forma a la persona entera; es una cuestión de datos y de información. Estaba intentando completarte moral y psicológicamente. Pero no se le puede ordenar a alguien que desobedezca. No se le puede ordenar que se rebele. Lo único que se puede hacer es darle un modelo, un ejemplo.

«Como cuando tú le replicaste a Casals durante la charla de orientación inicial…», pensó. Se sentía como aletargado.

—Desde el punto de vista tecnológico —dijo Mary—, el motor Panther no vale nada. Es una prueba estándar que utilizamos con todos los estudiantes, al margen del curso que se les asigne.

—¿Todos han recibido los planos del motor? —dijo Bibleman, incrédulo. Se quedó mirando a la chica.

—Todos los recibirán, uno por uno. Tú has sido el primero. Primero les decimos que es información clasificada y les informamos sobre las sanciones por publicar información clasificada. Luego les filtramos la información, con la esperanza de que la hagan pública o, al menos, lo intenten.

—Viste en la tercera página de los planos que el motor era una fuente de energía hidroeléctrica barata. Eso era importante. Sabías que, si lo hacías público, el principal beneficiario sería el pueblo.

—Y nos ofrecimos a olvidar las sanciones legales —dijo Mary—. Así que has actuado sólo por miedo.

—Por lealtad —dijo Bibleman—. Lo he hecho por lealtad.

—¿Hacia qué? —dijo Mary.

Bibleman no respondió. No podía pensar.

—¿Hacia una holopantalla? —preguntó el mayor Casals.

—A usted.

—Yo lo insulté y lo ridiculicé —dijo el mayor Casals—. Le traté como si fuera una basura. Le dije que si le ordenaba que meara de color púrpura, te…

—Vale —dijo Bibleman—. Ya es suficiente.

—Adiós —dijo Mary.

—¿Cómo? —preguntó Bibleman, sobresaltado.

—Te vas de aquí. Vuelves a tu vida y a tu trabajo, a lo que tenías antes de que te escogiéramos.

—Me gustaría tener otra oportunidad —dijo Bibleman.

—Pero —dijo Mary— ahora ya sabes cómo funciona el examen. Nunca podrías tener otra oportunidad. Ya sabes lo que espera de ti la Universidad. Lo siento.

—Y yo —dijo el mayor Casals.

Bibleman no dijo nada.

Mary extendió la mano y dijo:

—¿Amigos?

Sin saber muy bien lo que hacía, Bibleman le estrechó la mano. El mayor Casals se limitó a lanzarle una mirada vacía. No le ofreció la mano. Parecía absorto en otro asunto, quizá en otra persona. Tal vez su mente estuviera ocupada en otro estudiante. Bibleman no lo sabía.

Tres noches más tarde, mientras deambulaba sin objetivo entre las luces y las sombras de la ciudad, Bob Bibleman vio a un vendedor de comida cibernético en su inamovible puesto. Un muchacho estaba comprando un taco y un pastel de manzana. Se colocó detrás de él y esperó, con las manos en los bolsillos, sin pensar en nada, sin sentir otra cosa que una sensación apagada de vacío. Como si el desinterés que había visto en el rostro de Casals se hubiera apoderado de él, se dijo. Se sentía un objeto, un objeto entre objetos, como el vendedor cibernético. Algo que, como él sabía perfectamente, no te miraba a los ojos.

—¿Qué va a ser, señor? —le preguntó el robot.

—Patatas fritas, una hamburguesa con queso y un batido de fresa. ¿Hay algún concurso?

—Para usted no, señor Bibleman —dijo el robot después de una pausa.

—Vale —dijo, y se limitó a esperar el pedido.

La comida salió en su pequeña bandeja de plástico desechable y sus pequeños recipientes de cartón.

—No voy a pagar —dijo Bibleman mientras hacía ademán de alejarse.

—Son mil cien dólares. Señor Bibleman. ¡Está usted quebrantando la ley!

Bibleman se volvió y sacó la cartera.

—Gracias, señor Bibleman —dijo el robot—. Estoy muy orgulloso de usted.

NOTA:

La puerta de salida da adentro [21 de junio de 1979], en Rolling Stone College Papers (otoño de 1979).


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