Texto aleatorio

I

La máquina tenía treinta y cinco centímetros de ancho y el doble de alto; parecía una caja de galletitas demasiado grande. Silenciosamente, con enorme cautela, trepaba por el costado de un edificio; había desplegado dos orugas de goma y ahora estaba iniciando la primera fase de su misión.

Exudó un copo de esmalte azul por la parte posterior. Lo presionó con firmeza contra el rugoso hormigón y luego continuó hacia arriba. Su avance la llevó del hormigón vertical a un acero vertical: había llegado a una ventana. Se detuvo y extrajo un microscópico jirón de tela. La tela, con gran cuidado, fue introducida bajo el marco de acero de la ventana.

En la gélida oscuridad, la máquina era prácticamente invisible. La luz del tránsito lejano la alcanzó un instante, iluminó su brillante carcasa y se retiró. La máquina reanudó su trabajo.

Desplegó un pseudópodo de plástico y lo usó para quemar un círculo del vidrio de la ventana. En el interior del apartamento a oscuras no se produjo respuesta alguna: no había nadie en casa. La máquina, recubierta ahora de partículas de polvo de cristal, reptó sobre el marco de acero y levantó un inquisitivo receptor.

Mientras recibía sus datos, ejerció cien kilos de presión exactos sobre el marco de acero de la ventana; el marco se dobló obedientemente. La máquina, satisfecha, descendió por el interior hasta la gruesa alfombra que cubría el suelo. Allí empezó la segunda fase de su misión.

Depositó un solitario pelo humano —⁠con su folículo y su escama de cuero cabelludo⁠— sobre el parqué, junto a la lámpara. No muy lejos del piano, dejó ceremoniosamente dos hebras de tabaco seco. La máquina dejó pasar un intervalo de diez segundos y entonces una cinta magnética se activó en su interior y dijo:

—¡Ay! Maldita sea…

Curiosamente, la voz era ronca y masculina.

La máquina se dirigió a la puerta del armario, que estaba cerrada. Trepó por la superficie de madera hasta el mecanismo de la cerradura e introdujo en ella una diminuta sección de sí misma, que empezó a acariciar los engranajes. Tras la fila de abrigos había un montoncillo de baterías y cables: una grabadora de vídeo portátil. La máquina destruyó la película de la grabadora —⁠que era vital⁠— y luego, al salir del armario, expelió una gota de sangre sobre los fragmentos de cristal de lo que había sido el escáner. La gota de sangre era aún más vital.

Cuando estaba presionando una plantilla con una huella falsa sobre la película grasienta que cubría el suelo del armario le llegó un fuerte ruido desde el pasillo. La máquina se detuvo y se puso rígida. Un momento después, un hombre de mediana edad, con una gabardina en el brazo y un maletín en la otra mano, entró en el apartamento.

—Dios mío —dijo, paralizado al ver la máquina⁠—. ¿Y tú qué eres?

La máquina levantó la boquilla de su sección delantera y disparó un proyectil explosivo contra la cabeza medio calva del recién llegado. El proyectil penetró en el cráneo y explotó. Sin soltar su maletín ni su gabardina, con una expresión de perplejidad en el rostro, el hombre se desplomó sobre la alfombra. Sus gafas, retorcidas y rotas, quedaron tiradas junto a una oreja. Su cuerpo se estremeció un instante y luego quedó completa y satisfactoriamente inmóvil.

Ahora que lo principal estaba hecho, sólo le faltaban dos pasos para cumplir su misión. Depositó un pedazo de cerilla carbonizada sobre uno de los inmaculados ceniceros que descansaban en un mantelito y luego entró en la cocina a buscar un vaso de agua. Estaba trepando por el costado del fregadero cuando la sobresaltaron unas voces humanas.

—Este es el apartamento —dijo una voz clara, desde no muy lejos.

—Preparados. Podría estar aún aquí —⁠dijo otra, también una voz de hombre. La puerta del pasillo se abrió y dos hombres con gruesas gabardinas entraron rápida y resueltamente en el apartamento. La máquina, olvidando el vaso de agua, se dejó caer sobre el suelo de la cocina. Algo había salido mal. Su forma rectangular experimentó una transformación mientras correteaba por el suelo. Se colocó en posición vertical y adoptó la forma de un aparato de televisión normal y corriente.

Seguía así camuflada cuando uno de los hombres, alto y pelirrojo, asomó un momento en la cocina.

—Aquí no hay nadie —declaró, antes de volver a desaparecer.

—La ventana —dijo su compañero con la voz entrecortada. Otras dos figuras entraron en el apartamento. Ya estaba el equipo entero.

—El cristal está roto. Entró por ahí.

—Pero se ha ido. —El pelirrojo reapareció en la puerta de la cocina; encendió la luz y entró, con una pistola en la mano⁠—. Qué raro. Hemos entrado nada más al oír el ruido. —⁠Confundido, consultó su reloj⁠—. Rosenburg sólo lleva muerto unos segundos… ¿Cómo ha podido escaparse tan deprisa?

En la puerta de la calle, Edward Ackers escuchaba la voz. A lo largo de la última media hora había ido cobrando un chillón tono de censura casi hiriente. En un volumen casi inaudible, pero también incansable, continuaba enviando mecánicamente su mensaje de protesta.

—Estás cansado —dijo Ackers—. Vete a casa. Date un baño caliente.

—¡No! —dijo la voz, interrumpiendo un instante su cantinela. Provenía de un bulto grande y luminoso situado sobre la acera, a pocos metros de Ackers, a su derecha. El cartel giratorio de neón rezaba:

¡DESTERRADLO!

A lo largo de los últimos minutos, el cartel había atraído treinta veces —⁠las había contado⁠— la atención de un transeúnte y el hombre de la caseta había iniciado su arenga. Más allá de la caseta había teatros y restaurantes; la caseta estaba bien situada.

Pero no la habían colocado allí para los transeúntes, sino para Ackers y la agencia en la que trabajaba; su diatriba estaba dirigida al departamento de Interior. La insistente presencia duraba ya tantos meses que Ackers apenas era consciente de ella. La lluvia sobre el tejado. El tráfico. Bostezó, cruzó los brazos y esperó.

—Destiérralo —suplicó la voz con testarudez⁠—. Vamos, Ackers. Di algo, haz algo.

—Estoy esperando —replicó Ackers con suficiencia.

Un grupo de ciudadanos de clase media pasó junto a la caseta y recibió unos panfletos. Al ver que los tiraban al suelo, Ackers se echó a reír.

—No te rías —musitó la voz—. No tiene gracia. Imprimir esos panfletos nos cuesta dinero.

—¿Dinero tuyo? —inquirió Ackers.

—En parte. —Aquella noche Garth estaba solo⁠—. ¿Qué estás esperando? ¿Qué ha pasado? Un equipo policial ha salido por el tejado hace pocos minutos…

—Creemos haber captado algo —⁠dijo Ackers⁠—. Ha habido un asesinato.

Al otro lado de la calle oscura, en su miserable caseta de propaganda, el hombre se volvió hacia él.

—¿Sí? —dijo la voz de Harvey Garth. Se inclinó hacia delante y los dos hombres se miraron a los ojos. Ackers, perfectamente acicalado, bien alimentado, con su respetable gabardina… Garth, un hombre flaco, mucho más joven, con un rostro enjuto compuesto principalmente de nariz y frente.

—Ya ves —dijo Ackers— que necesitamos el sistema. No seas utópico.

—Asesinan a un hombre; y tú pretendes rectificar el desequilibrio moral desterrando al asesino. —⁠La voz de Garth se alzó en un espasmo desolado⁠—. ¡Destierra el sistema! ¡Renuncia a un sistema que condena a los hombres a una extinción segura!

—Trae aquí tus panfletos —dijo Ackers, imitando secamente su voz⁠—. Y tus eslóganes. Los dos, a ser posible. ¿Qué propones como alternativa al sistema?

La voz de Garth, rebosante de orgullosa convicción, respondió:

—La educación.

—¿Eso es todo? —preguntó Ackers, divertido⁠—. ¿Crees que eso acabaría con las actividades antisociales? ¿Piensas que los criminales son… incultos?

—Y la psicoterapia, claro. —⁠El rostro anguloso y ferviente de Garth salió de la caseta como una tortuga despertada de repente⁠—. Están enfermos, por eso delinquen. Los hombres sanos no lo hacen.

»Y vosotros lo fomentáis. Habéis creado una sociedad enferma de crueldad punitiva. —⁠Lo apuntó con un dedo acusador⁠—. El auténtico delincuente eres tú. Tú y tu departamento de Interior. Tú y el sistema de destierros en su conjunto.

El cartel de neón seguía clamando una y otra vez:

¡DESTERRADLO!

Como es natural, se refería al sistema de ostracismo forzoso para criminales, la maquinaria que enviaba a los reos condenados a alguna región distante del universo, un rincón apartado donde no podrían hacer daño.

—Al menos a nosotros —reflexionó Ackers en voz alta.

Garth respondió con el argumento de costumbre:

—Sí, pero ¿qué pasa con los nativos de la zona?

Una pena lo de los nativos. Aunque, de todos modos, los desterrados invertían todo su tiempo y sus energías tratando de encontrar el modo de regresar al Sistema Solar. Si lo conseguían antes de morir de viejos, la sociedad los readmitía. Todo un reto…, especialmente para algunos cosmopolitas que nunca habían puesto un pie más allá de la Gran Nueva York. Probablemente hubiera un buen número de expatriados involuntarios que ahora se dedicaban a segar el grano con hoces primitivas. Las regiones más remotas del universo estaban habitadas principalmente por tristes sociedades rurales, enclaves agrarios aislados que se dedicaban a la producción de frutas, verduras y toscos bienes manufacturados.

—¿Sabías —dijo Ackers— que en la Edad de la Monarquía se solía colgar a los ladrones?

—Desterradlo —continuó Garth con monotonía mientras volvía a introducirse en su caseta. El cartel siguió girando; el reparto de panfletos continuó. Y Ackers continuó esperando con impaciencia en la calle a que llegara la ambulancia.

Conocía a Heimie Rosenburg. Un tipo agradable e inofensivo que no había roto un plato en toda su vida… Aunque se había mezclado con uno de los florecientes cárteles que transportaban ilegalmente esclavos a los planetas fértiles de la periferia. Las dos mayores empresas esclavistas habían colonizado, prácticamente por sí solas, el sistema de Sirio. Cuatro de cada seis emigrantes viajaban hasta allí en naves catalogadas como «cargueros». No era fácil imaginarse al simpático Heimie Rosenburg como agente comercial de Tirol Enterprises, pero lo era.

Mientras esperaba, Ackers empezó a hacer conjeturas sobre Heimie. Probablemente estuviera relacionado con la incesante guerra subterránea que libraban Paul Tirol y su principal competidor. David Lantano era un brillante y enérgico arribista…, pero el asesinato estaba al alcance de cualquiera. Todo dependía de cómo se hiciera. Podía ser una tosca herramienta comercial o la más pura de las artes.

—Ahí viene algo —dijo la voz de Garth, transportada hasta su oído interno por los delicados transformadores de señal del equipo de la caseta⁠—. Parece un congelador.

Lo era; había llegado la ambulancia. Ackers se acercó mientras el vehículo paraba y abría la parte trasera.

—¿Cuánto habéis tardado en llegar allí? —⁠preguntó al policía que se dejó caer pesadamente sobre el asfalto.

—Nada —respondió éste—, pero no había ni rastro del asesino. No creo que podamos recuperar a Heimie. Está muerto y bien muerto. Un tiro en todo el cerebelo. Un trabajo profesional, nada de chapuzas.

Decepcionado, Ackers subió a la ambulancia para verlo con sus propios ojos.

Menudo y totalmente inmóvil, Heimie Rosenburg yacía boca arriba, con los brazos a los costados y la mirada clavada en el techo de la ambulancia. Su rostro conservaba aún la expresión de asombro con la que había muerto. Alguien —⁠uno de los polis⁠— le había puesto las gafas rotas en la mano agarrotada. Al caer se había hecho un corte en la mejilla. La parte destrozada del cráneo estaba cubierta por un plástico húmedo.

—¿Quién queda en el apartamento? —⁠preguntó Ackers al cabo de un momento.

—El resto de mi equipo —respondió el poli⁠—. Y un investigador independiente. Leroy Beam.

—Vaya —dijo Ackers con desagrado⁠—. ¿Cómo es que se ha presentado?

—Oyó algo. Pasaba por allí con su equipo. El pobre Heimie llevaba una alarma realmente potente… Me sorprende que no lo hayan captado hasta en la oficina central.

—Dicen que estaba acojonado —⁠dijo Ackers⁠—. El apartamento estaba repleto de micrófonos. ¿Habéis empezado a recoger especificaciones?

—Los equipos ya vienen para aquí —⁠dijo el poli⁠—. Empezaremos a tener especificaciones dentro de una media hora. El asesino destruyó el sistema de vídeo que había en el armario. Pero… —⁠sonrió⁠—. Se cortó al romper el circuito. Hay una gota de sangre en los cables. Promete.

En el apartamento, Leroy Beam observaba a los policías, que ya habían iniciado sus análisis. Trabajaban con pulcritud y exhaustividad, pero él estaba inquieto.

Seguía conservando su primera impresión: algo fallaba. Nadie podía haber salido tan deprisa. Heimie había muerto, y su muerte —⁠el cese de un patrón neuronal⁠— había activado una alarma automática. Los sistemas de alarma cerebral no protegían a sus dueños, pero su existencia garantizaba (normalmente) la detención de los asesinos. ¿Por qué había fallado en el caso de Heimie?

Huraño y con cara de pocos amigos, Leroy entró en la cocina por segunda vez. Allí, en el suelo, junto al fregadero, había un pequeño televisor portátil, de los que solían utilizar los aficionados a los deportes: un compacto paquetito de plástico, botones y lentes multicolores.

—¿Qué te parece eso? —preguntó a uno de los policías al pasar a su lado⁠—. Un televisor ahí plantado, en el suelo de la cocina. No tiene sentido.

El policía lo ignoró. En el salón, un sofisticado equipo policial estaba examinando todas las superficies centímetro a centímetro. En la media hora transcurrida tras la muerte de Heimie habían reunido ya varias especificaciones. Primero, la gota de sangre sobre los cables de la unidad de vídeo dañada. Segundo, una huella del asesino medio borrada. Tercero, un fragmento de cerilla en el cenicero. Esperaban encontrar más; el análisis no había hecho más que empezar.

Normalmente hacían falta nueve especificaciones para localizar a un individuo concreto.

Leroy Beam miró cautelosamente a su alrededor. No había ningún poli mirando, así que se agachó y recogió el televisor. Parecía normal. Pulsó el encendido y esperó. No pasó nada; no se formó ninguna imagen. «Qué raro», pensó.

Le había dado la vuelta y estaba tratando de examinar la parte posterior de la carcasa cuando Edward Ackers, del departamento del Interior, entró en el piso. Rápidamente, Beam se guardó el televisor en el bolsillo de su gruesa gabardina.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Ackers.

—Buscar —respondió Beam. Se preguntaba si Ackers habría reparado en el bulto de su gabardina⁠—. Trabajamos en lo mismo.

—¿Conocías a Heimie?

—De oídas —respondió Beam con vaguedad⁠—. Estaba en el cártel de Tirol, según tengo entendido. Era una especie de hombre de paja. Tenía una oficina en la Quinta Avenida.

—Mera fachada, como todos esos bufetes pijos de la Quinta. —⁠Entró en el salón para ver cómo buscaba pruebas el equipo de detectores.

Una unidad de exploración avanzaba con lentitud sobre la alfombra. Como estaba realizando un examen microscópico, su campo de visión estaba considerablemente restringido. En cuanto obtenía cualquier dato, lo transmitía a las oficinas de Interior, a los bancos de archivos donde la población civil estaba representada mediante una serie de tarjetas perforadas que se sometían a un eterno proceso de cotejo.

Ackers levantó el teléfono y llamó a su esposa:

—No me esperes despierta —le dijo⁠—. Tengo trabajo.

Tras un instante de demora, Ellen respondió:

—¿Sí? —dijo con voz distante—. Bueno, gracias por informarme.

En el rincón, dos miembros del equipo policial estaban examinando un nuevo descubrimiento, lo suficientemente importante como para considerarse una especificación.

—Volveré a llamarte —dijo apresuradamente a su esposa⁠— cuando vaya a salir. Adiós.

—Adiós —dijo Ellen con sequedad y consiguió colgar antes que él.

El nuevo hallazgo era el equipo de audio, intacto, que había debajo de la lámpara de pie. La cinta magnética —⁠aún en movimiento⁠— emitía prometedores destellos. El episodio de la muerte se había grabado en su totalidad.

—Está todo —le dijo un poli a Ackers con aire satisfecho⁠—. Estaba activado antes de que Heimie llegara a casa.

—¿Habéis oído la cinta?

—Una parte. El asesino dice un par de palabras. Creo que será suficiente.

Ackers llamó a Interior.

—¿Habéis introducido ya las especificaciones referentes al caso Rosenburg?

—Sólo la primera —respondió un agente⁠—. Como de costumbre, el resultado es enorme, unos seis mil millones de nombres.

Diez minutos después se introdujo en los archivos la segunda de las especificaciones. Las personas con sangre de tipo 0 y zapatos del 42 eran poco más de mil millones. La tercera especificación era la condición de fumador. Eso reducía el número a menos de mil millones, pero por poco. La mayoría de los adultos fumaban.

—La grabación reducirá ese número rápidamente —⁠comentó Leroy Beam mientras se plantaba junto a Ackers con los brazos cruzados para disimular el bulto de su gabardina⁠—. Como mínimo servirá para determinar su edad.

La grabación, una vez analizada, les dio una edad estimada de entre treinta y cuarenta años. Y, a juzgar por el timbre, se trataba de un hombre de unos cien kilos de peso. Poco después examinaron el marco de acero de la ventana y descubrieron el jirón de tela. Concordaba con la especificación sonora. Ahora había seis, incluida la del sexo (masculino). El número de sospechosos potenciales estaba reduciéndose aceleradamente.

—Ya no tardará mucho —dijo Ackers con satisfacción⁠—. Sólo falta que haya golpeado con el vehículo uno de esos cubos que hay junto al edificio y tendremos una marca de pintura.

—Yo me marcho —dijo Beam—. Buena suerte.

—Quédate.

—Lo siento. —Beam se encaminó a la puerta del piso⁠—. El caso es tuyo, no mío. Yo tengo cosas que hacer… Una investigación para un cártel de minería no ferrosa. Gente importante.

Ackers miró su gabardina.

—¿Estás embarazado?

—No que yo sepa —dijo Beam, colorado⁠—. Llevo una vida ejemplar. —⁠Tras un momento de titubeo, dio unas palmaditas al bulto de su gabardina⁠—. ¿Te refieres a esto?

Junto a la ventana, uno de los policías soltó una exclamación triunfante. Acababa de descubrir los dos hebras de tabaco de pipa; un refinamiento de la tercera especificación.

—Excelente —dijo Ackers y, olvidando momentáneamente a Beam, se dirigió hacia allí.

Beam salió del piso.

Poco después circulaba en su coche hacia su propio laboratorio, la oficina de investigaciones que dirigía sin ningún apoyo gubernamental. Sobre el asiento del copiloto, a su lado, se encontraba el pequeño televisor portátil. Seguía en silencio.

—Para empezar —declaró el ingeniero de Beam⁠— tiene una batería unas setenta veces más potente que la de un televisor portátil. Hemos podido calcularlo gracias a las emisiones de radiación gamma. —⁠Le mostró un detector convencional⁠—. Así que tienes razón, no es un televisor.

Beam levantó con cautela la pequeña unidad del banco de trabajo. Habían pasado cinco horas y seguía sin saber nada sobre ella. Agarró la tapa trasera y tiró con todas sus fuerzas. La tapa se negó a ceder. No es que estuviera enganchada. Es que no había junturas. La tapa trasera no era una tapa; sólo lo parecía.

—¿Y entonces qué es? —preguntó.

—Podría ser montones de cosas —⁠dijo el ingeniero sin comprometerse; lo habían sacado de su casa en plena noche y eran las dos y media de la mañana⁠—. Algún dispositivo de vigilancia. Una bomba. Un arma. Cualquier trasto.

Beam la palpó concienzudamente, buscando alguna imperfección en la superficie.

—Es uniforme —murmuró—. Una sola superficie.

—En efecto. Las piezas no están separadas. Está hecha de alguna sustancia fluida, vertida sobre un molde. Y —⁠añadió el ingeniero⁠— es muy dura. He tratado de obtener una muestra, pero… —⁠Hizo un ademán⁠—. En vano.

—Resistencia garantizada a las caídas —⁠dijo Beam con tono ausente⁠—. Uno de esos plásticos modernos súperduros. —⁠Sacudió la unidad con energía. Un tintineo amortiguado llegó hasta sus oídos⁠—. Tiene tripas metálicas.

—La abriremos —le prometió el técnico⁠—, pero no esta noche.

Beam volvió a dejar la unidad sobre el banco. Si tenían mala suerte podían pasar días trabajando con aquella cosa y terminar descubriendo que no tenía nada que ver con el asesinato de Heimie Rosenburg. Pero, por otro lado…

—Utilice un taladro —ordenó al ingeniero⁠—. Quiero verla por dentro.

—Ya lo he hecho —protestó el otro⁠—. Y he roto la broca. He pedido una de densidad superior. La sustancia es importada: la fabrican en un sistema con una enana blanca, en condiciones de presión elevadísima.

—No divague —dijo Beam, irritado⁠—. Parece usted un vendedor.

El ingeniero se encogió de hombros.

—El caso es que es súperresistente. Un elemento natural o desarrollado artificialmente en un laboratorio. Pero ¿quién tiene fondos para financiar algo así?

—Cualquiera de los grandes cárteles esclavistas —⁠respondió Beam⁠—. Todos los indicios apuntan en esa dirección. Además, están presentes en muchos sistemas… Seguro que tienen acceso a materias primas y minerales especiales.

—¿No puedo irme a casa? —preguntó el ingeniero⁠—. ¿Por qué es tan importante esto?

—Este aparato asesinó a Heimie Rosenburg o participó en su asesinato. Usted y yo vamos a quedarnos aquí hasta que consigamos abrirlo. —⁠Se sentó y empezó a estudiar la hoja donde se habían consignado las pruebas a las que se le había sometido hasta el momento⁠—. Tarde o temprano se abrirá como una ostra… No sé si recuerda lo que eran.

Tras ellos empezó a sonar una alarma.

—Hay alguien en la sala de espera —⁠dijo Beam, sorprendido y alerta⁠—. ¿A las dos y media? —⁠Se puso en pie y cruzó el pasillo a oscuras hasta el vestíbulo. Probablemente fuera Ackers. Sintió un pequeño aguijonazo en la conciencia: alguien se había percatado de la desaparición del televisor.

Pero no era Ackers.

En la sala de espera, aguardando con toda humildad, se encontraba Paul Tirol; lo acompañaba una atractiva joven a la que Beam no conocía. El arrugado rostro de Tirol esbozó una sonrisa y extendió una mano vigorosa.

—Beam —dijo. Se estrecharon la mano⁠—. En la puerta decía que estaba dentro. ¿Tan tarde y aún trabajando?

Beam, intrigado por las intenciones de Tirol y la identidad de la mujer, respondió con prudencia:

—Estaba poniendo al día algunas tonterías. La empresa está yéndose a la bancarrota.

Tirol soltó una carcajada amistosa.

—Qué chispa. —Sus profundos ojos recorrieron toda la sala. Tirol era un hombre de constitución fornida, más viejo que la mayoría de la gente, de rostro sombrío y profundamente arrugado⁠—. ¿Tiene tiempo para algunos contratos? Podría encargarles algunos casos…, si están disponibles.

—Siempre lo estamos —repuso Beam mientras se interponía entre el laboratorio y la mirada de Tirol. De todos modos, la puerta se había cerrado. Tirol era el jefe de Heimie. Sin lugar a dudas se consideraba con derecho a conocer toda la información referente a su asesinato. ¿Quién lo había hecho? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Pero eso no explicaba la razón de su presencia allí.

—Ha sido una desgracia —dijo Tirol con crudeza. No hizo ademán alguno de presentarle a la mujer; ella se había retirado a un sofá para fumarse un cigarrillo. Era esbelta y tenía el cabello de color caoba. Llevaba un abrigo azul y un pañuelo alrededor de la cabeza.

—Sí —convino Beam—, una desgracia.

—Estaba usted allí, según tengo entendido.

Eso lo explicaba, al menos en parte.

—Bueno —admitió Beam—, me presenté, sí.

—Pero ¿lo presenció?

—No —dijo Beam—. Ni nadie. El departamento de Interior está reuniendo las especificaciones. Tendrán a su sospechoso antes de que amanezca.

Tirol se relajó palpablemente.

—Me alegro. No me gustaría que escapara ese criminal. El exilio es demasiado bueno para él. Deberían gasearlo.

—No sea bárbaro —murmuró Beam con sequedad⁠—. Las cámaras de gas eran aparatos de tortura.

Tirol intentó mirar detrás de él.

—Está usted trabajando en… —⁠Dirigió la mirada hacia la puerta del laboratorio sin molestarse en disimularlo⁠—. Vamos, Leroy. Heimie Rosenburg, el Señor lo tenga en su gloria, ha sido asesinado esta misma noche, y ahora me lo encuentro trabajando a las dos y media de la madrugada. A mí puede contármelo. Es algo relacionado con su muerte, ¿verdad?

—Eso debería preguntárselo a Ackers.

Tirol se rió entre dientes.

—¿Puedo echar un vistazo?

—Hasta que no empiece a pagarme, no. Tirol, aún no me tiene en nómina.

Con una voz tensa y antinatural, Tirol pidió:

—Lo quiero.

—¿Qué es lo que quiere? —dijo Beam, perplejo.

Con un grotesco y brusco estremecimiento, Tirol empezó a avanzar, apartó a Beam y alargó los brazos hacia la puerta. Esta se abrió de par en par y Tirol se alejó ruidosamente por el pasillo a oscuras, orientándose por instinto en busca del laboratorio.

—¡Oiga! —gritó Beam, indignado. Corrió en pos del anciano, lo alcanzó antes de llegar a la puerta interior y se preparó para pelear. Estaba temblando, en parte de asombro y en parte de rabia⁠—. ¿Qué coño se ha creído? —⁠inquirió con voz entrecortada⁠—. ¡No es usted mi dueño!

Entonces, misteriosamente, la puerta se abrió tras él. Sin poder evitarlo, retrocedió unos pasos y estuvo a punto de caerse de espaldas en el laboratorio. Allí, paralizado e impotente, se encontraba su ingeniero. Y algo pequeño y metálico correteaba por el suelo de la sala. Parecía una caja de galletitas demasiado grande y se dirigía en línea recta hacia Tirol. El objeto, metálico y brillante, saltó a sus brazos y el anciano se volvió y regresó al vestíbulo por el pasillo.

—¿Qué pasa? —preguntó el ingeniero, que había vuelto a la vida de repente.

Beam lo ignoró y echó a correr tras Tirol.

—¡Que se lo lleva! —gritó, impotente.

—Era… —musitó el técnico—. Eso era el televisor. Y ha echado a correr.

II

En los archivos de Interior reinaba una laboriosa agitación.

El proceso de definir una categoría cada vez más restringida era tedioso y llevaba su tiempo. La mayor parte del departamento se había ido a dormir; eran casi las tres de la madrugada y los pasillos y oficinas estaban desiertos. Algunos dispositivos de limpieza automáticos se movían aquí y allá, en la oscuridad. La única fuente de actividad era la sala de los archivos. Edward Ackers estaba allí sentado, esperando pacientemente los resultados que les suministraría la sofisticada maquinaria una vez que hubiera terminado de procesar las especificaciones.

A la derecha, algunos agentes jugaban a las cartas sin apostar dinero mientras esperaban estoicamente a que los enviaran a detener al sospechoso. Las líneas de comunicación con el apartamento de Heimie Rosenburg emitían un zumbido incesante. Abajo, en la desapacible acera, Harvey Garth seguía en su caseta de propaganda, bajo su cartel de «¡Desterradlo!», lanzando sus consignas a los transeúntes que pasaban. A esas horas prácticamente no quedaba ninguno, pero Garth seguía allí. Era incansable; jamás se rendía.

—Psicópata… —murmuró Ackers con resentimiento. Incluso allí, sentado seis pisos por encima, la voz metálica e insistente seguía llegando a su oído medio.

—Podemos echarlo —sugirió uno de los agentes. El juego, complicado y tortuoso, era una versión local de un juego nativo de Centauro III⁠—. Podríamos revocarle la licencia.

En un momento de ociosidad, Ackers había elaborado y refinado una ficha sobre Garth, una especie de análisis de aficionado sobre las aberraciones mentales del sujeto. Le gustaba jugar a psicoanalista. Le proporcionaba una sensación de poder.

Garth, Harvey

Síndrome compulsivo. Ha asumido el papel de un anarquista ideológico, opuesto al sistema legal y social. Sin expresión racional. Se limita a repetir frases y palabras clave. Su idea fija es «Desterrar el sistema de destierros».

La causa domina su vida. Fanático, probablemente de tipo maníaco, puesto que…

Había dejado la frase sin terminar, ya que en realidad no sabía cuál era la estructura mental de los tipos maníacos. En cualquier caso, era un análisis excelente y algún día estaría plasmado en un informe oficial, en lugar de vagar meramente por su cabeza. Y cuando llegara ese día, la molesta vocecilla enmudecería al fin.

—Gran agitación —continuaba la voz monótona de Garth⁠—. El sistema de destierros se enfrenta a un vasto levantamiento… Ha llegado el momento de la crisis.

—¿Por qué la crisis? —preguntó Ackers en voz alta.

Abajo, en la calle, Garth respondió:

—Todas tus máquinas están cuchicheando. Reina una enorme excitación. La cabeza de alguien acabará en la cesta antes del alba. —⁠Su voz fue apagándose, convertida en un murmullo fatigado⁠—. Intriga y asesinato. Cadáveres… La policía corre a toda prisa y una mujer hermosa acecha.

Ackers añadió un párrafo a su análisis.

… el talento de Garth se ve lastrado por su compulsiva idea de que tiene una misión. Tras haber diseñado un ingenioso dispositivo de comunicación, sólo considera sus posibilidades propagandísticas. Sin embargo, el mecanismo de transmisión directa de Garth podría usarse para el bien de toda la humanidad.

Esto lo complació. Se levantó y caminó hasta el agente que estaba trabajando con el archivo.

—¿Cómo va? —preguntó.

—La situación es ésta —dijo el agente. Tenía un rastro de barba sobre la barbilla y el rostro ojeroso⁠—. Estamos cotejando los datos.

Mientras volvía a sentarse, Ackers sintió un momento de nostalgia por los tiempos de la todopoderosa huella dactilar. Pero llevaban meses sin encontrar una sola. Existían mil técnicas para eliminarlas y alterarlas. Ya no existía ninguna especificación capaz, por sí sola, de identificar a un solo individuo. Hacía falta un conjunto, una gestalt de datos.

  1. Grupo sanguíneo (grupo 0) 6139 481 601
  2. Talla de zapatos (42) 1268 303 431
  3. Fumador 791 992 386
  4. Fumador (en pipa) 52 774 853
  5. Sexo (masculino) 26 449 094
  6. Peso (100 kg) 488 290
  7. Tejido de la ropa 17 459
  8. Tipo de cabello 866
  9. Propietario del arma utilizada 40

Una imagen muy detallada estaba surgiendo de los datos. Ackers podía verla con claridad. El hombre estaba prácticamente allí, delante de su mesa. Un tipo bastante joven, fornido, que fumaba en pipa y llevaba un traje de tweed extremadamente caro. Un individuo creado por nueve especificaciones. No había una décima porque no se había encontrado ningún nivel de especificación más.

Según el informe, habían registrado el apartamento a conciencia. El equipo de detección iba a salir al exterior.

—Con una más nos bastaría —⁠dijo Ackers mientras le devolvía el informe al agente. Se preguntaba si aparecería y cuánto tardaría.

Para matar el tiempo telefoneó a su mujer, pero en lugar de Ellen, le respondió la voz del contestador automático.

«Sí, señor —le dijo—. La señora Ackers se ha retirado a dormir. Puede usted dejarle una mensaje de treinta segundos, que le será transmitido mañana por la mañana. Muchas gracias».

Ackers descargó su frustración sobre el mecanismo y luego colgó. Se preguntó si Ellen estaría acostada de verdad. Puede que, como hacía con frecuencia, hubiera salido. Pero la verdad es que eran casi las tres de la madrugada. Cualquier persona en su sano juicio estaría dormida; sólo Garth y él seguían en sus puestos, cumpliendo con sus sagrados deberes.

¿A qué se refería Garth con lo de «Una mujer hermosa»?

—Señor Ackers —dijo el agente—, está llegando una décima especificación.

Esperanzado, Ackers dirigió la mirada hacia el archivo. No pudo ver nada, claro está; la maquinaria ocupaba los pisos inferiores del edificio y lo único que veían ellos eran los receptores de datos y las ranuras de salida de las conclusiones. Pero el mero hecho de mirar la máquina resultaba reconfortante. En aquel momento los archivos estaban aceptando el décimo elemento material. En cuestión de instantes sabría cuántos ciudadanos englobaban aquellas diez categorías… Sabría si tenía un grupo lo bastante pequeño como para investigar a sus miembros uno por uno.

—Aquí lo tiene —dijo el agente mientras le pasaba el informe.

TIPO DE VEHÍCULO UTILIZADO (color) 7

—Dios mío —dijo Ackers con voz templada⁠—. Es suficiente. Siete personas. Podemos ponernos manos a la obra.

—¿Quiere que saquemos los siete coches?

—Sáquelos —dijo Ackers.

Un momento después, la ranura de salida depositó siete pulcras tarjetitas blancas sobre la bandeja. El agente se las pasó a Ackers, quien las revisó rápidamente. El siguiente paso era cotejar móviles y proximidad física: datos que sólo podían averiguarse trabajando con los propios sospechosos.

Seis de los siete nombres no le decían nada. Dos de ellos vivían en Venus, otro en el sistema Centauro, otro en Sirio, uno estaba hospitalizado y otro vivía en la Unión Soviética. El séptimo, en cambio, vivía a pocos kilómetros, en las afueras de Nueva York: Lantano, David.

Tenía sentido. En la mente de Ackers, todas las piezas de la gestalt encajaron limpiamente. La imagen se solidificó, transformada en realidad. Casi había esperado que apareciera la tarjeta de Lantano; incluso había rezado por ello.

—Aquí está vuestro hombre —⁠les dijo con voz temblorosa a los policías que jugaban a las cartas⁠—. Pero será mejor que pidáis refuerzos. No va a ser fácil. —⁠Y, al cabo de un momento, añadió⁠—: Creo que os acompaño yo también.

Beam llegó a la sala de espera cuando la figura de Paul Tirol salía a la calle y se perdía por la acera a oscuras. La joven, que había salido un poco antes, había subido a un coche y había arrancado el motor. Recogió a Tirol y se alejaron sin perder un momento.

Beam, jadeante e impotente, se quedó plantado sobre el asfalto de la calle vacía. El extraño televisor había desaparecido; ya no tenía nada. Echó a correr calle abajo, sin ningún propósito concreto. El eco de sus pasos resonaba con fuerza en medio del frío silencio. No había ni rastro de ellos; no había rastro de nada.

—Que me parta un rayo —dijo con una perplejidad casi maravillada. Estaba claro que la unidad, un robot de complejidad evidente, pertenecía a Paul Tirol; en cuanto se había identificado, la máquina se había echado a sus brazos. En busca de… ¿protección?

Había matado a Heimie; y le pertenecía a Tirol. De modo que, utilizando un método novedoso e indirecto, Tirol había asesinado a su empleado, a su tapadera en la Quinta Avenida. A ojo de buen cubero, un robot como ése podía costar unos cien mil dólares.

Una cantidad exorbitante, teniendo en cuenta que el asesinato es el más sencillo de los actos criminales. ¿Por qué no contratar a un matón con una barra de hierro?

Volvió a su laboratorio caminando lentamente. Entonces, de improviso, cambió de idea y decidió ir al centro de negocios. Paró el primer taxi vacío que vio y se subió a él.

—¿Adonde, caballero? —preguntó el sistema automático. Los taxis se manejaban por control remoto desde la central.

Le dio el nombre de un bar. Se recostó en el asiento y reflexionó. Cualquiera podía cometer un asesinato; para eso no hacía falta una máquina sofisticada y carísima.

La máquina se había construido con otro propósito. El asesinato de Heimie Rosenburg era circunstancial.

Recortada contra el cielo nocturno, se alzaba una colosal residencia de piedra. Ackers la inspeccionó desde lejos. Las luces estaban apagadas; todo estaba cerrado a cal y canto. Delante de la casa se extendía un acre entero de césped. En algunos sistemas estelares había planetas enteros más baratos.

—Vamos —ordenó Ackers; asqueado por aquel despliegue de opulencia, pisoteó deliberadamente unos rosales de camino a la escalinata del porche. El equipo de asalto de la policía iba tras él.

—¡Por Dios! —exclamó Lantano con su grave voz cuando lo levantaron de la cama. Era un hombre rollizo, de aspecto agradable y bastante joven, que ahora estaba embutido en un caro batín de seda. Tenía aspecto de director de campamento juvenil; había una expresión de permanente buen humor en su blando y fofo rostro⁠—. ¿Qué sucede, agente?

Ackers detestaba que lo llamaran «agente».

—Está usted arrestado —dijo.

—¿Yo? —preguntó Lantano con voz apagada⁠—. Oiga, agente, tengo abogados que se encargan de este tipo de cosas. —⁠Bostezó ostensiblemente⁠—. ¿Quieren un poco de café? —⁠Absurdamente, se puso a arreglar un tiesto roto que había en el vestíbulo.

Habían pasado años desde la última vez que Ackers pagara la fortuna que costaba una taza de café. Con la superficie de la Tierra completamente cubierta de instalaciones industriales y residenciales, no había espacio para los campos de cultivo, y el café se había negado a arraigar en otros sistemas. Probablemente Lantano lo cultivaba en alguna plantación clandestina de Sudamérica, cuyos trabajadores creerían que los habían trasladado de manera ilícita a alguna colonia lejana.

—No, gracias —respondió—. Vámonos.

Aún aturdido, Lantano tomó asiento en una cómoda silla y observó a Ackers con alarma.

—Lo dice en serio… —Gradualmente, la expresión de su cara fue desapareciendo; pareció sumirse de nuevo en la somnolencia⁠—. ¿Quién? —⁠murmuró con voz distante.

—Heimie Rosenburg.

—Será una broma. —Sacudió la cabeza con languidez⁠—. Siempre lo he querido en mi compañía. Tiene verdadero encanto. O tenía, más bien.

Aquella mansión vasta y lujosa ponía nervioso a Ackers. El café estaba haciéndose y el aroma llegaba hasta su nariz. Y, Dios bendito, allí, sobre la mesa, había una cesta de albaricoques.

—Son melocotones —lo corrigió Lantano al ver su mirada clavada en ellos⁠—. Sírvase.

—¿De dónde… los ha sacado?

Lantano se encogió de hombros.

—Son sintéticos. De cultivos hidropónicos. No recuerdo de dónde son… No tengo cabeza para esas cosas.

—¿Sabe cuál es la multa por posesión de fruta natural?

—Mire —dijo Lantano con vehemencia mientras juntaba sus carnosas manos⁠—. Deme los detalles del caso y le demostraré que no tengo nada que ver. Vamos, agente.

—Ackers.

—Muy bien, Ackers. Me pareció que era usted, pero no estaba seguro y no quería meter la pata. ¿Cuándo mataron a Heimie?

A regañadientes, Ackers le dio la información que pedía.

Lantano guardó silencio durante un instante. Entonces, lenta y gravemente, dijo:

—Será mejor que revise de nuevo esas tarjetas. Uno de esos tipos no está en el sistema Sirio, sino aquí.

Ackers calculó las probabilidades de desterrar con éxito a un sujeto de la importancia de David Lantano. Su organización —⁠Interplay Exports⁠— tenía sus tentáculos por toda la galaxia. Los equipos de rescate saldrían en su busca como moscas. Pero nadie llegaba tan lejos como los desterrados. Los condenados, ionizados temporalmente, transformados en partículas cargadas, eran expulsados de la Tierra a la velocidad de la luz. Se trataba de una técnica de transporte experimental que había fallado; sólo funcionaba en un sentido.

—Piénselo —dijo Lantano con tono reflexivo⁠—. Si yo quisiera matar a Heimie, ¿cree que lo haría con mis propias manos? No es lógico, Ackers. Contrataría a alguien. —⁠Señaló a Ackers con un dedo rollizo⁠—. ¿Cree que arriesgaría mi propia vida? Sé que atrapan a todo el mundo… Normalmente encuentran suficientes especificaciones.

—Tenemos diez suyas —dijo Ackers con brusquedad.

—¿Así que van a desterrarme?

—Si es culpable, tendrá que afrontar el destierro, como todo el mundo. Su prestigio personal carece de importancia. —⁠Molesto, añadió⁠—: Obviamente, saldrá libre. Tendrá oportunidades de sobra para probar su inocencia. Puede cuestionar cada una de las diez especificaciones.

Se lanzó entonces a una descripción del proceso penal empleado en el siglo XXI, pero algo lo hizo detenerse. En su silla, David Lantano parecía estar hundiéndose poco a poco en el suelo. ¿Era una impresión? Ackers parpadeó, se frotó los ojos y volvió a mirar. Al mismo tiempo, uno de los policías lanzó un grito de sorpresa; Lantano estaba abandonándolos silenciosamente.

—¡Venga aquí! —gritó Ackers. Dio un salto y agarró la silla. Rápidamente, uno de sus hombres cortó la luz en el edificio. La silla se detuvo con un chirrido. Sólo la cabeza de Lantano asomaba sobre el suelo. Estaba casi hundido del todo en un pasadizo secreto.

—Maldito asqueroso… —empezó a decir Ackers.

—Lo sé —admitió Lantano sin hacer ningún movimiento para salir de donde estaba. Parecía resignado; su mente estaba sumida en una neblina de reflexiones⁠—. Espero que podamos aclararlo todo. Es evidente que me han tendido una trampa. Tirol ha contratado a alguien idéntico a mí para asesinar a Heimie.

Ackers y los demás agentes lo ayudaron a subir. No ofreció resistencia; estaba demasiado absorto en sus cavilaciones.

El taxi dejó a Leroy Beam delante del bar. A la derecha, en la siguiente manzana, se encontraba el edificio del departamento de Interior… y, en la acera, la forma opaca de la caseta de propaganda de Harvey Garth.

Beam entró en el bar, buscó una mesa al fondo y se sentó. Ya había empezado a captar el tenue y distorsionado murmullo de las reflexiones de Garth. Garth, que se dirigía a sí mismo un galimatías abstruso, aún no había reparado en su presencia.

—Desterradlo —estaba diciendo—. Desterradlos a todos. Hatajo de arpías y ladrones… —⁠divagaba vitriólicamente en la miasma de su caseta.

—¿Qué pasa? —preguntó Beam—. ¿Qué se dice por ahí?

Garth interrumpió su monólogo al centrar su atención en Beam.

—¿Estás ahí? ¿En el bar?

—Estoy investigando la muerte de Heimie.

—Sí —dijo Garth—. Está muerto. Los archivos están moviéndose; las tarjetas se desplazan en su interior.

—Cuando me marché de su apartamento —⁠dijo Beam⁠— habían encontrado seis especificaciones. —⁠Pulsó los botones del selector de bebidas e introdujo una moneda.

—Eso debió de ser antes —dijo Garth⁠—. Ahora tienen más.

—¿Cuántas?

—Las diez.

Diez. Normalmente era suficiente. Y todas ellas las había dejado un robot… Una procesión de pistas sembradas a su paso, entre la fachada de hormigón del edificio y el cadáver de Heimie Rosenburg.

—Qué suerte —comentó—. Sobre todo para Ackers.

—Ya que me pagas —dijo Garth—, te contaré el resto. Tienen un sospechoso. Ackers ha ido a por él.

De modo que el robot había conseguido su propósito. Al menos hasta cierto punto. De una cosa estaba seguro: según su plan, el robot tendría que haber abandonado el apartamento. Tirol no sabía de la existencia de la alarma neuronal de Heimie. Este había tenido la prudencia de instalarla.

De no haber irrumpido los agentes en el apartamento, atraídos por la alarma, el robot habría vuelto con Tirol. Este, sin duda, lo habría destruido. No quedaría nada que pudiera indicar que existía una máquina capaz de dejar un rastro de pistas sintéticas: grupo sanguíneo, tejido, tabaco, cabello…, todo lo demás, y todo falso.

—¿Quién es el sospechoso? —⁠preguntó Beam.

—David Lantano.

Beam sonrió.

—Cómo no. Eso lo explica todo. ¡Es una trampa!

A Garth le daba igual; era un empleado, estacionado allí por los investigadores independientes para extraer información del departamento de Interior. La verdad es que su interés en la política era meramente ficticio. Su «¡Desterradlo!» era una simple fachada.

—Sé que le han tendido una trampa —⁠dijo Beam⁠— y Lantano también. Pero no podemos probarlo… Salvo que Lantano tenga una coartada a prueba de bombas.

—Desterradlo —siguió Garth con su rutina. Un pequeño grupo de trasnochadores estaba pasando junto a su caseta y quería disimular. La conversación, dirigida a un solo interlocutor, era inaudible para todos los demás, pero era mejor no correr riesgos. A veces, muy cerca de la caseta se podía captar una retroalimentación audible de la señal.

Encorvado sobre su copa, Leroy Beam barajó sus opciones. Podía informar a la organización de Lantano, que seguía relativamente intacta…, pero el resultado sería una guerra civil de proporciones dramáticas. Y, además, a él le daba igual que a Lantano le hubieran tendido una trampa. Eso carecía de importancia. Más tarde o más temprano uno de los grandes esclavistas tenía que absorber al otro: el monopolio es el estado final de todo mercado de grandes dimensiones. Sin Lantano para impedirlo, Tirol engulliría fácilmente su organización; todos trabajarían para él, como ocurría siempre.

Pero, por otro lado, también era posible que un día una máquina —⁠aún a medio construir en el sótano de Tirol⁠— dejara un rastro de pistas sobre Leroy Beam. La idea no se le iba de la cabeza.

—Y pensar que he tenido ese condenado trasto en mi poder… —⁠dijo con frustración⁠—. Cinco horas. Era un televisor, sí, pero también era el cacharro que mató a Heimie.

—¿Estás totalmente seguro de que ha desaparecido?

—No es sólo que haya desaparecido. A todos los efectos es como si se la hubiera tragado la tierra. A menos que la chica se estrellara antes de llegar a casa de Tirol.

—¿La chica? —preguntó Garth.

—Una mujer. —Beam meditó un momento⁠—. Lo vio todo. Y estaba al corriente. Llegó con él. —⁠Pero, por desgracia, no tenía la menor idea de quién podía ser.

—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Garth.

—Alta, cabello de color caoba. Una boca muy nerviosa…

—No sabía que estuviera trabajando abiertamente para él. Debían de estar desesperados por recuperar ese trasto. —⁠Y añadió⁠—: ¿No la has reconocido? Supongo que no tenías por qué. No suele dejarse ver.

—¿Quién es?

—Ellen Ackers.

Beam rompió a reír a carcajadas.

—¿Y hace de chófer para Paul Tirol?

—Es su… Bueno, sí. Podría decirse que sí.

—¿Desde hace cuánto?

—Pensaba que lo sabías. Ackers y ella se separaron. El año pasado. Pero él no dejó que se marchara. No le concedió el divorcio. No le convenía la publicidad. Hay que mantener la respetabilidad, ya sabes… Los trapos sucios se lavan en casa.

—¿Y sabe que está con Paul Tirol?

—No, claro. Sabe que está…, emocionalmente comprometida. Pero no le importa…, mientras sea discreta. Lo único que lo preocupa es su posición.

—Si Ackers se enterara —murmuró Beam⁠—, si conociera la relación entre su esposa y Tirol…, ignoraría sus diez especificaciones. Iría a por Tirol. Aunque no hubiera pruebas; ya se encargaría luego de buscarlas. —⁠Apartó la bebida. De todos modos, el vaso ya estaba vacío⁠—. ¿Dónde está Ackers?

—Ya te lo he dicho. En casa de Lantano, deteniéndolo.

—¿Va a volver? ¿No se irá a su casa?

—Naturalmente que va a volver. —⁠Garth guardó silencio un momento⁠—. Un par de furgonetas de Interior están entrando en este momento en la rampa del garaje. Serán ellos.

Beam esperó, tenso.

—¿Ackers va con ellos?

—Sí, ahí está. ¡Desterradlo! —⁠alzó su voz en un estentóreo frenesí⁠—. ¡Desterrad el sistema de destierro! ¡Acabad con las arpías y los ladrones!

Beam se puso en pie y salió del bar.

Una luz débil brillaba en la parte trasera del apartamento de Edward Ackers; probablemente la de la cocina. La puerta principal estaba cerrada. En el pasillo enmoquetado, Beam manipuló hábilmente el mecanismo de la puerta. Estaba programado para responder a unos patrones neuronales concretos: los de sus propietarios y un círculo selecto de amistades. Él no estaba incluido.

Se arrodilló, sacó un oscilador de bolsillo de su gabardina y activó el emisor de ondas sinusoidales. Poco a poco fue aumentando la frecuencia. Al llegar a unos 150 000 cps, la puerta emitió un revelador clic. Era todo lo que necesitaba. Apagó el oscilador y registró su colección de patrones de llave hasta localizar el cilindro que buscaba. Lo introdujo en la torreta del oscilador, que empezó a emitir un patrón neuronal sintético, lo bastante similar al real como para engañar a la cerradura.

La puerta se abrió. Beam entró.

En la penumbra, el salón parecía modesto y elegante. Ellen Ackers era una buena ama de casa. Beam aguzó el oído. ¿Estaba en casa? Y en caso afirmativo, ¿dónde? ¿Despierta? ¿Dormida?

Se asomó al dormitorio. Vacío. Lo mismo que la cocina. Luego revisó una habitación con las paredes tapizadas: a un lado había una llamativa barra y, al otro, un sofá que ocupaba la pared entera. Sobre el sofá descansaban un abrigo, unos guantes y un bolso de mujer. Prendas que conocía: las que llevaba Ellen Ackers antes. Así que había vuelto a casa tras salir de su laboratorio.

Sólo faltaba el cuarto de baño. Probó el picaporte. Estaba cerrado por dentro. No se oía nada, pero había alguien al otro lado de la puerta. Sentía su presencia allí.

—Ellen —dijo pegando la cara a la puerta⁠—. Señora Ellen Ackers, ¿es usted?

No hubo respuesta. Beam percibió la ausencia de todo sonido: un silencio sofocante y frenético.

Cuando, de rodillas, manipulaba la puerta con sus ganzúas magnéticas, un proyectil explosivo atravesó la puerta a la altura de su cabeza y fue a clavarse en el yeso de la pared opuesta.

Un instante después, la puerta se abrió de par en par. Allí estaba Ellen Ackers, con el rostro distorsionado por el terror. Su pequeña y huesuda mano aferraba una de las pistolas reglamentarias de su marido. Se encontraba a menos de medio metro de él. Sin levantarse, Beam la agarró por la muñeca. La mujer volvió a disparar por encima de su cabeza y luego se quedaron los dos en el sitio, jadeando entrecortadamente.

—Vamos —logró decir Beam por fin. El cañón de la pistola estaba rozándole prácticamente la parte superior de la cabeza. Para matarlo, la mujer tendría que llevar el arma hacia sí, pero él no pensaba dejarla. Siguió sujetándola por la muñeca hasta que finalmente, de mala gana, ella la soltó. Mientras la pistola rebotaba por el suelo, Beam se levantó con rigidez.

—Estaba sentado —susurró ella con tono acongojado y casi acusatorio.

—Arrodillado, más bien. Estaba forzando la cerradura. Menos mal que apuntó a la cabeza. —⁠Recogió la pistola y logró, no sin dificultades, guardársela en el bolsillo de la gabardina: le temblaban las manos.

Ellen Ackers lo miraba con dureza; tenía ojos grandes y oscuros, y el rostro teñido ahora de una desagradable palidez. Su piel parecía muerta, como si fuera artificial y estuviera totalmente seca y recubierta de talco. Parecía al borde de la histeria; un ronco y apagado estremecimiento ascendió trabajosamente por su interior hasta quedar atrapado en su garganta. Trató de hablar, pero sólo un ruido ronco escapó de sus labios.

—Calma, señora —dijo Beam, un poco atribulado⁠—. Vamos a la cocina y siéntese.

Ella lo miró como si lo que había dicho fuera algo increíble, por obsceno o por milagroso. Beam no sabía cuál de las dos cosas.

—Vamos. —Trató de aferrarla del brazo, pero ella se apartó con un movimiento brusco. Llevaba un sencillo traje verde, que le sentaba muy bien: puede que estuviera un poco delgada y terriblemente tensa, pero era muy atractiva a pesar de ello. Lucía unos pendientes caros, con unas piedras de importación que parecían estar constantemente en movimiento, pero por lo demás vestía con austeridad.

—Usted…, es el hombre del laboratorio —⁠logró decir con voz temblorosa y ahogada.

—Me llamo Leroy Beam. Investigador independiente. —⁠La guió con cierto embarazo hasta la cocina, donde le indicó que se sentara a la mesa. Ella cruzó los brazos y lo miró fijamente. La palidez de su rostro parecía estar intensificándose, en lugar de remitir. Beam se sintió intranquilo.

—¿Se encuentra bien? —preguntó.

Ella asintió.

—¿Un café? —Empezó a registrar los armarios en busca del típico sucedáneo venusiano. Mientras lo hacía, Ellen Ackers dijo con voz tensa:

—Será mejor que entre. Está en el baño. No creo que esté muerto, aunque puede que sí.

Beam corrió hacia allí. Tras la cortina de plástico de la ducha había una forma opaca. Era Paul Tirol, tendido en la bañera, totalmente vestido. No estaba muerto pero había recibido un golpe detrás de la oreja izquierda y un reguero de sangre corría lentamente por su cuero cabelludo. Beam le tomó el pulso, pegó la oreja a su boca y luego se irguió.

Ellen Ackers se materializó en la puerta, aún pálida de terror.

—¿Está muerto? ¿Lo he matado?

—Está bien.

Ella se relajó visiblemente.

—Gracias a Dios. Ha sido todo tan rápido… Se colocó frente a mí para meter la M en su sitio y aproveché para hacerlo. Lo golpeé con todo el cuidado que pude. Estaba tan interesado en ella que… se olvidó de mí. —⁠Las palabras escapaban de su boca en tropel, frases rápidas y atropelladas, subrayadas por las rígidas sacudidas de sus manos⁠—. Lo metí en el coche y lo traje hasta aquí. Fue lo único que se me ocurrió.

—¿Por qué se ha metido en esto?

Su histeria fue creciendo en un espasmo de convulsiones temblorosas.

—Estaba todo planeado… Lo tenía todo pensado. En cuanto lo tuviera en mi poder, iba a… —⁠Se interrumpió.

—¿Chantajear a Tirol? —preguntó él, fascinado.

Ellen Ackers esbozó una sonrisa cansada.

—No, a Paul no. Fue él quien me dio la idea… Fue su primera idea, cuando sus investigadores le enseñaron esa cosa. La M imposible, la llama. La M es de máquina. Quiere decir que no se la puede educar ni corregir moralmente.

Beam, sin dar crédito a lo que estaba oyendo, dijo:

—Pensaba hacer chantaje a su marido.

Ellen Ackers asintió.

—Para que me permitiera abandonarlo.

De repente, el respeto que Beam sentía por ella se multiplicó.

—Dios mío… La alarma neuronal. No la puso Heimie. Fue usted. Para que la máquina quedara atrapada en el apartamento.

—Sí —reconoció ella—. Pensaba recogerla. Pero Paul tenía otras ideas. Él también la quería.

—¿Y qué ha pasado? La tiene usted, ¿no?

Ella señaló en silencio el armario de las toallas.

—La guardé cuando lo oí entrar.

Beam abrió el armario. Sobre las toallas primorosamente dobladas descansaba el pequeño y conocido televisor portátil.

—Ha revertido a esa forma —⁠dijo Ellen tras él, con un tono tan desesperado como desprovisto de entonación⁠—. En cuanto golpeé a Paul, cambió. Llevo media hora intentando que vuelva a su forma normal. No lo hará. Se quedará así para siempre.

III

Beam fue al teléfono y llamó a un médico. En el baño, Tirol gemía y movía débilmente los brazos. Estaba empezando a recobrar la consciencia.

—¿Era necesario? —preguntó Ellen Ackers⁠—. El médico…, ¿tenía que llamarlo?

Beam hizo caso omiso de la pregunta. Se agachó, recogió el televisor y lo sostuvo en alto. Sentía su peso en los brazos, como una fatiga lenta y plomiza. El adversario definitivo, pensó; demasiado estúpido para dejarse vencer. Era peor que un animal. Era una roca, sólida y densa, carente de cualidades. Con la única excepción, pensó, de la determinación. Estaba totalmente determinada a persistir, a sobrevivir; una roca dotada de voluntad. Se sentía como si sostuviera el universo entero entre sus manos. Volvió a dejar la M imposible en el suelo.

Desde detrás de él, Ellen dijo:

—Te hace enloquecer. —Su voz había recobrado la entonación. Encendió un cigarrillo con un mechero de plata e introdujo las manos en los bolsillos de su traje.

—Sí —dijo Beam.

—No se puede hacer nada, ¿verdad? Ya trató usted de abrirla antes. Paul se recuperará, volverá a su casa y Lantano será desterrado… —⁠Aspiró profunda y temblorosamente⁠—. Y el departamento de Interior seguirá como siempre.

—Sí —respondió Beam. Arrodillado, examinó la M. Ahora que sabía lo que era no perdió el tiempo tratando de abrirla por la fuerza. La estudió con expresión impasible. Ni siquiera se molestó en tocarla.

En el baño, Paul Tirol estaba tratando de salir de la bañera. Resbaló, maldijo, soltó un gemido y reanudó su laborioso ascenso.

—¿Ellen? —dijo con voz temblorosa, un sonido débil y distorsionado, parecido al que se produce al frotar unos cables resecos.

—Tómatelo con calma —respondió ella entre dientes. Sin moverse, permaneció en el mismo sitio fumando su cigarrillo.

—Ayúdame, Ellen —murmuró Tirol—. No sé qué me ha pasado… No lo recuerdo. Me han dado un golpe.

—Se acordará —dijo Ellen.

—Puede llevarle esto a Ackers tal cual —⁠dijo Beam⁠—. Dígale lo que es. Para qué sirve. Con eso bastará. Dejará a Lantano tranquilo.

Pero no lo creía. Ackers tendría que admitir un error, un error esencial, y si había cometido la torpeza de detener a Lantano, su carrera estaba arruinada. Y también, en cierto modo, el sistema de especificaciones entero. Era posible burlarlo; lo habían burlado, de hecho. Ackers era un hombre rígido y seguiría adelante; al demonio con Lantano. Al demonio con la justicia abstracta. Era preferible preservar la sociedad.

—El equipo de Tirol —dijo—. ¿Sabe dónde está?

Ella se encogió de hombros.

—¿Qué equipo?

—Esa cosa —señaló la M con el pulgar⁠— se construiría en alguna parte.

—Aquí no. No fue Tirol.

—Muy bien —admitió él con voz razonable. Tenían unos seis minutos antes de que el doctor y la ambulancia se posaran sobre el tejado⁠—. ¿Y quién la construyó?

—La aleación se desarrolló en Bellatrix. —⁠Hablaba a sacudidas, soltando las palabras una a una⁠—. La carcasa… forma una especie de epidermis externa, una burbuja que se extrae de una reserva de materia interna. Esa es la cubierta, la forma de televisor. Puede succionarla desde dentro y convertirse de nuevo en la M. En esa forma está lista para actuar.

—¿Quién la construyó? —repitió Beam.

—Un sindicato de fabricantes de herramientas de Bellatrix… Una empresa subsidiaria de la organización de Tirol. Las fabrican como perros guardianes. Se usan en las grandes plantaciones de los planetas de la periferia. Patrullan. Atrapan a los cazadores furtivos.

—O sea, que no las programan originalmente para cazar personas.

—No.

—Entonces, ¿quién la programó para matar a Heimie? No sería ese sindicato.

—Eso se hizo aquí.

Beam se puso en pie, con el televisor portátil en el brazo.

—Vamos. Lléveme a ese lugar, donde la modificaron para Tirol.

Por un momento, la mujer no respondió. Beam la agarró del brazo y la llevó hacia la puerta. Ella dio un respingo y lo miró en silencio.

—Vamos —dijo el investigador mientras la sacaba al pasillo de un empujón. El televisor portátil chocó con la puerta al cerrarla. Beam lo sujetó con fuerza y fue tras Ellen Ackers.

Era un pueblo sucio y venido a menos: algunas tiendas, algunas gasolineras y algunas discotecas. Se encontraba a dos horas de vuelo desde la Gran Nueva York y se llamaba Olum.

—A la derecha —dijo Ellen con voz monocorde. Estaba mirando los carteles de neón y tenía el brazo apoyado en el alféizar de la ventanilla de la nave.

Sobrevolaban talleres y calles desiertas. Las luces eran escasas. Al llegar a una intersección, Ellen hizo una seña con la cabeza y Beam aterrizó sobre un tejado.

Se encontraban encima de una tienda destartalada y sucia, con estructura de madera. Sobre el escaparate se veía un cartel que rezaba: «Cerrajería Hermanos Fulton». En el cartel había pomos, candados, llaves, sierras y despertadores de cuerda. En el interior de la tienda brillaba intermitentemente una luz de color amarillo.

—Por aquí —dijo Ellen. Salió de la nave y se encaminó hacia unas desvencijadas escaleras. Beam dejó el televisor en el suelo de la nave, cerró las compuertas y siguió a la mujer. Agarrado a la barandilla, bajó a un porche trasero que contenía cubos de la basura y un montón de periódicos atados con un cordel. Ellen acababa de abrir una puerta y estaba entrando a tientas en un cuarto a oscuras.

Lo primero que se encontró Beam fue un almacén abarrotado en el que flotaba un fuerte olor a moho. Había tuberías, rollos de cable y placas de metal por todas partes. Era como una chatarrería. Luego entró en un pasillo estrecho que desembocaba en la puerta de un taller. Ellen estiró los brazos hacia el techo y buscó a tientas hasta encontrar el cable de una luz. La encendió. A la derecha había un banco de trabajo, alargado y repleto de herramientas, con un amolador manual en un extremo, un tornillo de banco y una sierra de bocallaves. Frente a él había dos banquillos de madera y sobre el suelo, sin orden aparente, había otras máquinas a medio montar. El taller era un lugar caótico, polvoriento y arcaico. De una de las paredes colgaba un raído mono de color azul; un mono de maquinista.

—Aquí —dijo Ellen con amargura—. Aquí la trajo Paul. Este establecimiento pertenece a su organización. Toda esta cloaca es suya.

Beam se acercó al banco.

—Para modificarla —dijo— necesitaría una placa con el patrón neuronal de Heimie. —⁠Volcó una serie de tarros de cristal: la áspera superficie del banco se cubrió de tornillos y arandelas.

—La sacó de la cerradura de la puerta de Heimie —⁠dijo Ellen⁠—. Hizo que la analizaran y el patrón de Heimie se infirió a partir de la disposición de los engranajes.

—¿Y quién abrió la M?

—Hay un mecánico… —dijo Ellen—. Un viejecillo consumido; lleva la tienda. Se llama Fulton. Es un cretino. Fue él quien instaló el inhibidor en la M.

—Un inhibidor… —dijo Beam, asintiendo.

—Para que no matara a nadie. Heimie era la única excepción. Frente a todos los demás adopta su forma de camuflaje. En las plantaciones es algo diferente a un televisor, claro. —⁠Se echó a reír con un temblor repentino que rayaba en la histeria⁠—. Sería algo digno de verse, un televisor ahí plantado, en medio del campo, Dios sabe dónde. Imagino que lo programarían para que adoptara la forma de un palo o una piedra.

—Una roca —dijo Beam. Podía imaginárselo. La M esperando, cubierta de moho, durante meses, años, desgastada y corroída por el paso del tiempo, hasta captar la presencia de un ser humano. Entonces dejaría de ser una roca y, en un despliegue de asombrosa velocidad, se transformaría en una caja de treinta centímetros de ancho y sesenta de largo. Una caja de galletitas demasiado grande que empezaría a avanzar…

Pero aún le faltaba algo.

—La trampa —dijo—. La pintura, el pelo y el tabaco. ¿A quién se le ocurrió eso?

—Si un terrateniente mata a un cazador furtivo —⁠dijo Ellen con voz frágil⁠—, a los ojos de la ley es culpable. Así que la M deja pistas. Marcas de garras. Sangre de animal. Pelo.

—Dios —dijo él, asqueado—. Asesinado por un animal.

—Un oso, una pantera… Lo que haya en cada zona. Varía en cada caso. El depredador regional. Una muerte natural. —⁠Con la punta del pie señaló una caja de cartón que había debajo del banco⁠—. Está ahí. O al menos lo estaba antes. La placa neuronal, el transmisor, las piezas sobrantes del M, los planos…

Era una caja de pilas. Ahora las pilas habían desaparecido y en su lugar había otra cajita, cuidadosamente envuelta en papel de plata para protegerla. Beam rompió el papel y vio que había encontrado lo que buscaba. Sacó el contenido con delicadeza y lo extendió sobre el banco de trabajo, entre los hierros de soldar y las brocas.

—Ahí está todo —dijo Ellen sin la menor emoción en la voz.

—Tal vez —dijo él— pueda dejarla fuera. Puedo llevarle a Ackers el televisor y todo esto, y probar suerte sin su testimonio.

—Bueno —respondió ella. Parecía agotada.

—¿Qué va a hacer?

—En fin… —dijo—. No puedo volver con Paul, así que no puedo hacer gran cosa, supongo.

—La idea del chantaje fue un error —⁠dijo Beam.

—Vale —respondió ella con un brillo súbito en la mirada.

—Si suelta a Lantano —continuó Beam⁠—, le pedirán que presente la dimisión. Entonces puede que le conceda el divorcio. Ya no le importará.

—Yo… —empezó a decir Ellen. Y entonces se detuvo. Su expresión pareció evaporarse, como si el color y la textura de la carne estuvieran apagándose desde dentro. Levantó una mano y se volvió un poco, con la boca abierta y la frase a medio terminar.

Beam estiró el brazo y la luz se apagó. La oscuridad engulló el taller. También él lo había oído, al mismo tiempo que Ellen Ackers. El porche de madera del exterior había crujido y ahora el lento y pesado movimiento había llegado al pasillo, atravesando la tienda.

Un hombre voluminoso, pensó. Un hombre lento, adormilado, que avanzaba paso a paso, con los ojos casi cerrados y un corpachón fofo bajo el traje. «Bajo un carísimo traje de tweed», pensó. En la oscuridad su figura se erguía amenazadoramente. Beam no podía verla, pero sí sentirla, en la misma entrada, donde se había detenido. Los tablones crujían bajo su peso. Aturdido, se preguntó si Ackers se habría enterado, si lo habrían suspendido ya. ¿O estaría allí por su cuenta, a espaldas del departamento?

El hombre echó a andar de nuevo, y al mismo tiempo que lo hacía, con voz profunda y ronca, dijo:

—Uf. —Era Lantano—. Maldita sea.

Ellen chilló. Beam no entendía qué pasaba. Estaba tratando de encender la luz y preguntándose estúpidamente por qué no podía. Entonces se dio cuenta de que había roto la bombilla sin querer. Encendió una cerilla; la cerilla se apagó y el investigador buscó el encendedor de Ellen Ackers. Lo llevaba en el bolso y tardó un agonizante segundo en sacarlo.

La M imposible estaba aproximándose lentamente a ellos, con una antena receptora extendida. Se detuvo y rotó hacia la izquierda hasta encontrarse mirando al banco. Ya no parecía un televisor. Había vuelto a adoptar la forma de caja de galletitas.

—La placa —susurró Ellen Ackers⁠—. Ha respondido a la placa.

La M había despertado al captar a Heimie Rosenburg. Pero Beam seguía sintiendo la presencia de David Lantano. El hombretón estaba en la habitación; la sensación de gravidez, la cercanía de su peso habían llegado con la máquina, mientras ésta se movía, bosquejando la existencia de Lantano. Bajo su mirada, la máquina extrajo un pequeño jirón de tela y lo dejó pegado a un rollo de tela metálica que tenía cerca. Empezó a sembrar otros elementos, sangre, tabaco y cabello, pero eran demasiado pequeños para que los viera. Apretó contra el suelo polvoriento una plantilla con forma de huella y a continuación extendió un cañón a partir de su sección anterior.

Ellen Ackers echó a correr con un brazo sobre los ojos. Pero la máquina no estaba interesada en ella; giró en dirección al banco, se elevó y disparó. Un proyectil explosivo, impulsado por el cañón, perforo el banco y se clavó en la basura que había sobre él. Explotó. Los cables y los tornillos volaron formando una lluvia de partículas.

«Heimie está muerto», pensó Beam y siguió observando. La máquina estaba buscando la placa, tratando de localizar y destruir el patrón neuronal sintético. Rotó sobre sí misma, bajó el cañón un instante, como si vacilara, y volvió a disparar. Detrás del banco de trabajo, la pared reventó.

Beam, con el encendedor en la mano, caminó hacia la M. Una antena receptora se inclinó hacia él y la máquina retrocedió. Sus contornos vibraron, fluyeron y entonces, dolorosamente, se transformaron. Por un instante la máquina luchó consigo misma. Entonces, como a regañadientes, el televisor portátil volvió a aparecer. La máquina emitió un agudo gemido, un chillido de angustia. Estaba recibiendo estímulos contradictorios. Era incapaz de tomar una decisión.

Estaba desarrollando una neurosis contextual y la ambivalencia de sus respuestas amenazaba con destruirla. En cierto modo, su angustia tenía algo de humana, pero Beam era incapaz de sentir lástima por ella. Era un artilugio mecánico que trataba de camuflarse y atacar al mismo tiempo. Su crisis se manifestaba en el interior de una estructura de cables y transmisores, no en un cerebro vivo. Y un cerebro vivo era lo que había destruido con su primer proyectil. Heimie Rosenburg estaba muerto y no había nadie como él ni existía la posibilidad de que pudiera volver a existir. Se acercó a la máquina y la tocó en la parte trasera con el pie.

La máquina se revolvió como una serpiente y se apartó.

—¡Uf, maldita sea! —soltó una grabación desde su interior. Mientras se alejaba iba soltando hebras de tabaco; dejó tras de sí un reguero de gotas de sangre y copos de esmalte azul al alejarse en dirección a pasillo. Beam siguió oyendo cómo se alejaba, chocando contra las paredes como un organismo ciego y dañado. Tras unos segundos, fue tras ella.

En el pasillo, la máquina se movía en círculos, lentamente. Estaba levantando a su alrededor una muralla de partículas: fibras, cabellos, cerillas quemadas, hebras de tabaco y una masa de sangre coagulada.

—Uf, maldita sea —entonó la máquina con voz grave y masculina. Mientras seguía con su bucle, Beam volvió a la otra habitación.

—¿Dónde está el teléfono? —⁠preguntó a Ellen Ackers.

Ella le dirigió una mirada vacía.

—No te hará nada —le dijo. Sentía la mente y los músculos cansados⁠—. Está en un bucle. Seguirá así hasta quedarse sin energía.

—Se ha vuelto loca —dijo ella. Estaba temblando.

—No —respondió Beam—. Es una regresión. Está tratando de ocultarse.

En el pasillo, la máquina volvió a decir:

—Uf, maldita sea.

Beam encontró el teléfono y llamó a Edward Ackers.

El destierro de Paul Tirol comenzó como una procesión de bandas oscuras, seguida por un intervalo prolongado y molesto en el que la materia vacía flotaba al azar a su alrededor, adoptando formas cambiantes.

El tiempo transcurrido entre el ataque de Ellen Ackers y la emisión de la sentencia de destierro estaba borroso en su mente. Como las sombras que estaba viendo en aquel momento, era difícil de aprehender.

Se había —eso creía— despertado en el apartamento de Ackers. Sí, así era; y Leroy Beam también estaba allí. Una especie de Leroy trascendental, erguido sobre él, disponiéndolo todo en una configuración de su elección. Se presentó un médico. Y luego, finalmente, Edward Ackers, para hacer frente a su mujer y a la situación.

Mientras se lo llevaban vendado al departamento de Interior, vislumbró un momento a un hombre que salía. La forma pesada y bulbosa de David Lantano, de camino a su lujosa mansión de piedra y su casi media hectárea de césped.

Al verlo, Tirol había sentido una punzada de terror. Lantano ni siquiera había reparado en su presencia; con una expresión de profundo ensimismamiento, había subido al coche que lo estaba esperando y se había marchado de allí.

—Tienes mil dólares —estaba diciendo Edward Ackers en la última fase. Distorsionado, su rostro volvió a aflorar en las sombras que rodeaban a Tirol, su última aparición. También él estaba arruinado, pero de otro modo⁠—. La ley te hace entrega de mil dólares para que puedas cubrir tus necesidades inmediatas. Además, encontrarás un diccionario de bolsillo de los dialectos periféricos más representativos.

La ionización fue indolora. No la percibió; sólo le pareció ver un espacio vacío, más oscuro que las imágenes borrosas que tenía a cada lado.

—Me odias —había declarado, a modo de acusación: sus últimas palabras para Ackers⁠—. Te he destruido. Pero… no fuiste tú. —⁠Estaba confuso⁠—. Lantano… Engañado, pero no… ¿Cómo? Tú…

Pero Lantano no había tenido nada que ver. Lantano no había sido más que un espectador, que luego había vuelto a su casa arrastrando los pies. Al demonio con él. Al demonio con Ackers y con Leroy Beam y —⁠aunque de mala gana⁠— al demonio también con Ellen Ackers.

—Guau —balbuceó cuando su cuerpo incorpóreo recobró al fin la solidez⁠—. Nos lo pasamos en grande…, ¿no, Ellen?

Y entonces sintió sobre sí el paso aplastante de los rayos de un sol. Estupefacto, permaneció unos instantes donde estaba, sentado, con el cuerpo ligeramente encorvado, laxo, pasivo. Rayos de sol amarillos, sofocantes…, por todas partes. No había otra cosa: rayos de sol que lo cegaban y lo forzaban al sometimiento.

Estaba tendido en medio de un camino de arcilla amarilla. A su derecha había un campo de cereal reseco que se marchitaba bajo el calor del mediodía. Sobre su cabeza volaban en círculos un par de aves de gran tamaño y aspecto poco tranquilizador. A mucha distancia se veía una línea de colinas abruptas: valles y cimas que no parecían otra cosa que montículos de polvo. En su base había un modesto puñado de edificaciones levantadas por la mano del hombre.

Al menos, eso esperaba.

Mientras se ponía en pie trabajosamente, un ruido débil llegó hasta sus oídos. Por la recalentada y polvorienta carretera se acercaba una especie de vehículo. Aprensivo y cauto a partes iguales, Tirol salió a su encuentro.

El conductor era humano: un joven flaco, casi demacrado, con la tez negra y cubierta de granos, y una densa mata de pelo del color del rastrojo. Llevaba una camisa de lona teñida y un peto del mismo material. El coche era un vehículo de combustión interna, que parecía sacado del siglo XX: abollado y en evidente mal estado, se había detenido con un ruidoso traqueteo mientras el conductor examinaba a Tirol con mirada crítica. Su radio profería un torrente de música de baile con tono metálico.

—¿Es usted recaudador de impuestos?

—No, desde luego —respondió Tirol, sabedor de la universal hostilidad que se dirigía a este colectivo. Vaciló. Tampoco podía confesar que era un criminal desterrado desde la Tierra. Así sólo conseguiría que lo mataran, seguramente de algún modo grotesco⁠—. Soy inspector —⁠anunció⁠—. Departamento de Sanidad.

Satisfecho, el conductor asintió.

—Últimamente tenemos un problema con el gorgojo del ganado, ¿tienen ya una vacuna? Estamos perdiendo todas las cosechas.

Aliviado, Tirol se montó en el vehículo.

—No sabía que el sol pegara tanto —⁠comentó.

—Tiene usted acento —comentó el joven mientras arrancaba⁠—. ¿De dónde es?

—Es de nacimiento, una tara —⁠respondió Tirol con cautela⁠—. ¿Cuánto tardaremos en llegar al pueblo?

—Oh, una hora, más o menos —⁠respondió el joven mientras el coche se ponía lánguidamente en movimiento.

Tirol tenía miedo de preguntar el nombre del planeta. Eso lo desenmascararía. Pero al mismo tiempo lo consumía la necesidad de saber. Podía estar igualmente a dos sistemas de distancia que a dos millones; a un mes de la Tierra o a setenta años. Tenía que volver, por descontado. No estaba dispuesto a convertirse en agricultor en un planeta dejado de la mano de Dios.

—Chulo, ¿eh? —dijo el joven refiriéndose al torrente de asqueroso jazz que vomitaba la radio del coche⁠—. Son Freddy Calamina y la Woolybear Creole Original Band. ¿Conoce la canción?

—No —musitó Tirol. El sol, el calor y la sequedad estaban dándole dolor de cabeza y no deseaba otra cosa que saber dónde se encontraba.

El pueblo era miserablemente pequeño. Las casas estaban en un estado lamentable; las calles eran de tierra. Por todas partes se veían gallinas de una especie doméstica, picoteando las basuras. Bajo un porche dormitaba un cuasiperro de color azul. Paul Tirol, sudoroso e infeliz, entró en la estación de autobuses y buscó el panel de los horarios. La información que contenía no le aclaró nada: nombres de ciudades que desconocía. El del planeta, como es natural, no aparecía.

—¿Cuánto cuesta el billete al puerto más cercano? —⁠preguntó al indolente funcionario que había en la taquilla.

El funcionario lo pensó un momento.

—Depende de a qué clase de puerto se refiera. ¿Adonde quiere ir?

—En dirección a Centro —respondió Tirol⁠—. «Centro» era el término por el que se conocía en los planetas de la periferia al Sistema Solar.

El funcionario sacudió la cabeza con desapego.

—No hay ningún puerto intersistémico por aquí.

Tirol estaba perplejo. Evidentemente, no se encontraba en el planeta principal de aquel sistema.

—Bueno —dijo—, pues al puerto interplanetario más cercano.

El funcionario consultó un enorme libro de referencias.

—¿A qué planeta del sistema quiere ir?

—Al que tenga el puerto intersistémico —⁠respondió Tirol con paciencia. Partiría desde allí.

—Venus, entonces.

Asombrado, Tirol dijo:

—O sea, que estamos en el Sistema… —⁠Pero entonces se detuvo, avergonzado, al recordar que muchos de los sistemas periféricos, especialmente los más lejanos, tenían la costumbre de bautizar sus planetas con los nombres de los nueve primeros. Lo más probable era que el planeta en el que se encontraba se llamase «Marte», «Júpiter» o «Tierra», según su posición en el seno del sistema⁠—. Muy bien —⁠concluyó⁠—. Pues un billete de ida a… Venus.

Venus, o lo que se hacía llamar Venus, era un triste orbe poco más grande que un asteroide, envuelto en una sombría nube de polvo metálico que ocultaba el sol. Aparte algunas instalaciones mineras y fundiciones, estaba totalmente desierto. Un puñado de tristes chozas salpicaba el yermo paisaje, sobre el que soplaba un viento perpetuo cargado de restos y basura.

Pero el puerto intersistémico, el nexo que unía el planeta con la estrella más cercana y, en última instancia, con el resto del universo, estaba allí. En aquel momento, un carguero gigante estaba llenando sus bodegas de mineral.

Tirol entró en la oficina de billetes. Sacó el dinero que le quedaba y dijo:

—Quiero un billete de ida hacia Centro. Lo más lejos posible.

El empleado hizo unos cálculos.

—¿Alguna preferencia de clase?

—No —dijo mientras se limpiaba la frente.

—¿Y de velocidad?

—Tampoco.

—Con eso puede llegar hasta Betelgeuse —⁠dijo el dependiente.

—Muy bien —respondió Tirol. No sabía qué haría entonces. Pero al menos desde allí podría ponerse en contacto con su organización; volvería a estar en el universo cartografiado. Pero estaba casi sin blanca. A pesar del calor, sintió un escalofrío de miedo.

El planeta central del sistema Betelgeuse se llamaba Plantagenet III. Era una próspera encrucijada para los transportes que llevaban colonos a los planetas menos desarrollados. Tras bajar de la nave, Tirol se dirigió a la parada de taxis sin perder un instante.

—Lléveme a Tirol Enterprises —⁠le dijo al conductor. Esperaba que hubiera una delegación en aquel planeta. Tenía que haberla, aunque tal vez operase bajo un nombre falso. Hacía años que no conocía su enorme imperio en su totalidad.

—Tirol Enterprises —repitió el conductor en tono dubitativo⁠—. No, no existe ninguna empresa con ese nombre, señor.

Perplejo, Tirol preguntó:

—¿Y quién se encarga de la trata de esclavos en este sistema?

El conductor lo miró. Era un hombrecillo de aspecto cansado y consumido, con gafas. Miraba como una tortuga, sin compasión alguna.

—Bueno —respondió—, dicen que se puede salir del sistema sin papeles. Hay un contratista que se encarga de esas cosas… Se llama… —⁠Se detuvo. Tirol le pasó su último billete con mano temblorosa.

—Reliable Imports and Exports —⁠dijo el taxista.

Era una de las fachadas que usaba Lantano. Horrorizado, Tirol preguntó:

—¿Y ya está?

El taxista asintió.

Aturdido, Tirol se alejó del taxi. Los edificios bailaban en su campo de visión. Bajo su abrigo, el corazón le latía de manera irregular. Trató de respirar con tranquilidad, pero el aliento le arañaba la garganta. El chichón que le había hecho Ellen Ackers empezaba a dolerle. Era cierto, y poco a poco estaba empezando a entenderlo y a creerlo. No iba a regresar a la Tierra. Pasaría el resto de su vida allí, en aquel planeta rural, aislado de su organización y de todo lo que había construido a lo largo de los años.

Y además, comprendió mientras se sentaba para recobrar el resuello, el resto de su vida no sería demasiado largo.

Pensó en Heimie Rosenburg.

—¿Traicionado? —dijo, y lo asaltó un acceso de tos violenta⁠—. Tú me has traicionado a mí. ¿Lo oyes? Estoy aquí por ti. Es culpa tuya. Nunca tendría que haberte contratado.

Pensó en Ellen Ackers.

—Y tú también —dijo con voz entrecortada, incapaz de contener la rabia. Sentado en aquel banco, se dedicó a toser, a tratar de recobrar la respiración y a pensar en toda la gente que lo había traicionado. Eran centenares.

El salón de la casa de David Lantano estaba decorado con exquisito gusto. En una de las paredes, sobre un aparador de hierro forjado, había una vajilla Blue Willow del siglo XIX, de incalculable valor. En su antigua mesa de plástico amarillo y cromo, David Lantano estaba cenando, y el despliegue de viandas sorprendía a Beam aún más que la casa.

Lantano estaba de buen humor y comía con entusiasmo. Llevaba una servilleta de lino bajo el cuello y, en una ocasión, tras tomar un sorbito de café, se le escapó de la boca un reguero de baba y eructó.

Primero sus hombres y ahora Beam lo habían informado de que Tirol había sido desterrado más allá del punto de no retorno. No volvería nunca, cosa que le hacía sentirse generoso. De hecho, sentía una gratitud expansiva hacia el hombre que tenía delante. Pensó en ofrecerle algo de comer.

—Esto es muy bonito —dijo Beam, taciturno.

—Podría tener algo parecido —⁠le respondió Lantano.

De una de las paredes colgaba un folio de papel muy antiguo, enmarcado, protegido por un cristal y una capa de helio. Era la primera edición de un poema de Ogden Nash, un objeto de coleccionista que tendría que haber estado en un museo. Al verlo, Beam sintió una mezcla de melancolía y aversión.

—Sí —dijo Beam—. Podría tenerlo.

«Algo así —pensó—, o a Ellen Ackers, o el trabajo en el departamento de Interior, o puede que las tres cosas a la vez». Edward Ackers se había retirado con una pensión, y a su esposa se le había concedido el divorcio. Lantano estaba en deuda con él. A Tirol lo habían desterrado. Se preguntó qué quería en realidad.

—Podría llegar muy lejos —dijo Lantano con voz soñolienta.

—¿Tanto como Paul Tirol?

Lantano soltó una risilla y bostezó.

—Me pregunto si deja familia —⁠dijo Beam⁠—. Niños. —⁠Estaba pensando en Heimie.

Lantano alargó el brazo hacia el cuenco de fruta que había al otro lado de la mesa. Eligió un melocotón y lo frotó cuidadosamente contra la manga de su batín.

—Pruebe un melocotón.

—No, gracias —respondió Beam con cierta irritación.

Lantano examinó la fruta, pero no le hincó el diente. Estaba hecho de cera: la fruta del cuenco era falsa. En realidad no era tan rico como aparentaba y muchas de las reliquias de su salón eran falsificaciones. Cada vez que ofrecía una fruta a una visita corría un riesgo calculado. Volvió a dejar el melocotón en el cuenco, se recostó en su asiento y tomó un sorbo de café.

Aunque Beam no tuviera planes, él sí los tenía, y ahora que Tirol estaba fuera de juego, tenían más probabilidades de fructificar. Se sentía en paz. Algún día, pensó, y no demasiado lejano, la fruta del cuenco sería de verdad.

NOTA:

La M imposible «The Unreconstructed M» [2 de junio de 1955], en Science Fiction Stories, enero 1957.

Si la temática dominante en mi obra es «¿Podemos considerar real el universo y, en caso afirmativo, de qué modo?», la segunda en importancia sería «¿Somos todos humanos?». En el caso de este relato, una máquina no imita a un ser humano, sino que falsifica los actos de uno, un ser humano en concreto. La falsificación es un tema que me fascina. Estoy convencido de que es posible falsificar cualquier cosa, cualquier prueba. Las pruebas espurias pueden llevarnos a creer cualquier cosa que quieran hacernos creer. En teoría no existe límite para esto. Una vez que abres tu mente a la idea de la falsificación, estás en condiciones de imaginar una realidad de un tipo completamente diferente. Es un viaje sin retorno. Y, creo, un viaje saludable…, salvo que uno se lo tome demasiado en serio. (1978).


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