Texto aleatorio

En su oficina del Departamento de Normas de Importación de la Tierra, el hombre alto recogió los memorandos de la mañana del cesto de alambre, se sentó al escritorio y los ordenó para leerlos. Se puso las gafas progresivas y encendió un cigarrillo.

—Buenos días —dijo el primer memorando con su voz de hojalata, cuando Wiseman pasó el pulgar a lo largo de la línea de goma.

Mirando el aparcamiento a través de la ventana abierta, escuchó ociosamente.

—¿Qué está ocurriendo allá abajo? Enviamos esa partida de… —⁠Se produjo una pausa mientras el dueño de la voz, el gerente de ventas de una cadena de grandes tiendas neoyorquinas, buscaba su documentación⁠—. Sí, esos juguetes de Ganímedes. Debéis aprobarlos a tiempo para el plan de compras de otoño, así podremos tenerlos en stock para Navidad. —⁠El gerente de ventas concluyó con un gruñido⁠—: Los juegos de guerra serán un artículo importante este año. Nos proponemos comprarlos en grandes cantidades.

Wiseman bajó el pulgar hasta el nombre y el título del dueño, de aquella voz.

—Joe Hauck —dijo la voz del memorando⁠—. De Appeley’s Children’s.

—Ah —murmuró Wiseman.

Dejó el memorando, consiguió un formulario en blanco y se dispuso a grabar.

«Es verdad —pensó en voz alta—, ¿qué pasa con esa partida de juguetes de Ganímedes?».

Parecía que los laboratorios de prueba se habían retrasado demasiado. Por lo menos dos semanas.

Todos los productos de Ganímedes llamaban la atención últimamente; durante el último año las lunas habían superado su estado habitual de codicia económica y habían comenzado —⁠según los círculos de Inteligencia⁠— a promover acciones militares contra los intereses de la competencia, entre los cuales destacaban los tres planetas interiores. Pero hasta ahora no había ocurrido nada. Las exportaciones seguían siendo de adecuada calidad, sin sorpresas, ni pinturas tóxicas, ni cápsulas de bacterias.

Aun así…

Se podía esperar que un grupo de personas tan inventivas como los ganimedanos demostrara creatividad en cualquier actividad que desarrollara. La subversión sería enfocada como cualquier otro proyecto: con imaginación e ingenio.

Wiseman se puso de pie y abandonó la oficina, dirigiéndose al edificio donde operaban los laboratorios de prueba.

Rodeado por productos de consumo medio desmontados, Pinario alzó los ojos al ver que su jefe, Leon Wiseman, traspasaba la puerta del laboratorio.

—Me alegra que hayas bajado —⁠dijo Pinario, aunque en realidad sólo trataba de ganar tiempo; sabía que llevaba por lo menos cinco días de retraso en su tarea, y esta reunión significaría problemas⁠—. Mejor ponte un traje profiláctico. No querrás correr riesgos.

Hablaba afablemente, pero Wiseman conservó su expresión adusta.

—Estoy aquí por esas tropas de choque que asaltan una ciudadela a seis dólares el juego —⁠puntualizó Wiseman, paseando entre los montones de productos de diversos tamaños que esperaban ser chequeados y distribuidos.

—Ah, los soldados de juguete de Ganímedes —⁠exclamó Pinario con alivio. Tenía la conciencia tranquila con ese artículo; todo técnico de laboratorio conocía las instrucciones especiales enviadas por el gobierno de Cheyenne en lo concerniente a Peligros de Contaminación de Partículas Culturales Hostiles a Poblaciones Urbanas Inocentes, un decreto típicamente engorroso de la burocracia. Siempre tenía la posibilidad de protegerse, citando el número de esa directiva⁠—. Los tengo aparte —⁠dijo, disponiéndose a acompañar a Wiseman⁠—, dado el peligro especial que representan.

—Echemos una ojeada —dijo Wiseman⁠—. ¿Crees que esa cautela se justifica o es más paranoia sobre «medios alienígenas»?

—Se justifica —afirmó Pinario—, sobre todo en artículos para niños.

Hizo unas señas con la mano, y una parte de la pared se deslizó exponiendo una habitación lateral.

En el centro de la habitación, Wiseman vio algo que lo sobresaltó: un muñeco de plástico que representaba a un niño de cinco años en tamaño natural, vestido con ropa común y rodeado de juguetes. En aquel momento el muñeco decía:

—Estoy cansado de eso. Haz otra cosa.

Después de una pausa, repitió:

—Estoy cansado de eso. Haz otra cosa.

Los juguetes que estaban en el suelo, preparados para responder a instrucciones orales, abandonaban sus diversas ocupaciones y comenzaban de nuevo.

—Ahorra costes laborales —explicó Pinario⁠—. Estos artefactos deben cumplir una serie de requisitos para que el comprador obtenga todo aquello por lo que pagó. Si nos encargáramos nosotros, estaríamos aquí todo el tiempo.

Delante del muñeco estaba el grupo de soldados ganimedanos, y la ciudadela que debían conquistar. Se habían aproximado en una compleja formación, pero se habían detenido ante la orden del muñeco. Ahora se reagrupaban.

—¿Estás grabando todo esto? —⁠preguntó Wiseman.

—Desde luego —contestó Pinario.

Los soldados tenían seis pulgadas de altura y estaban hechos de los compuestos de termoplástico casi indestructibles que daban fama a las manufacturas ganimedanas. Sus uniformes eran sintéticos, una combinación de diversos trajes militares de las lunas y los planetas cercanos. La ciudadela, un bloque de material metálico, oscuro y ominoso, semejaba un fuerte legendario; estaba provisto de mirillas en la parte superior, habían alzado un puente levadizo, y en la torre principal ondeaba una colorida bandera.

Con un sonoro estampido, la ciudadela disparó contra los atacantes. El proyectil estalló en una inofensiva nube de humo y ruido sobre un grupo de soldados.

—Está repeliendo el ataque —⁠observó Wiseman.

—Pero al final pierde —dijo Pinario⁠—. Tiene que perder. Psicológicamente hablando, simboliza la realidad externa. Esos soldados representan para el niño sus propios esfuerzos para lidiar con la realidad. Al participar en la conquista de la ciudadela, el niño pasa por un proceso de adaptación en su lucha con un mundo implacable. Con el tiempo prevalece, pero sólo después de un extenuante período de empeño y paciencia. Al menos, eso dice el folleto de instrucciones.

Le entregó el folleto a Wiseman. Wiseman le dio una mirada y preguntó:

—¿El método de ataque varía cada vez?

—Hace ocho días que lo tenemos en funcionamiento. Nunca se ha repetido el mismo método. Bien, se trata de pocas unidades.

Los soldados reptaban, aproximándose lentamente a la ciudadela. En las murallas aparecieron dispositivos de búsqueda que comenzaron a rastrear a los soldados. Utilizando otros juguetes que estaban a prueba, los soldados se ocultaron.

—Saben aprovechar las configuraciones accidentales del terreno —⁠explicó Pinario⁠—. Son objetotrópicos; por ejemplo, cuando ven una casa de muñecas que tenemos a prueba, entran en ella como ratones. Todos pasan a través de ella.

Para demostrarlo, levantó una enorme nave espacial de juguete manufacturada por una compañía de Urano, la agitó y cayeron dos soldados de su interior.

—¿Cuántas veces capturan la ciudadela? —⁠preguntó Wiseman⁠—. En porcentaje.

—Hasta ahora han tenido éxito en uno de cada diez intentos. Hay un regulador en la parte trasera de la ciudadela. Se la puede configurar para un porcentaje mayor de intentos victoriosos.

Se abrió paso entre los soldados que avanzaban. Wiseman lo acompañó, y se agacharon para inspeccionar la ciudadela.

—Esta es la fuente de alimentación —⁠dijo Pinario⁠—. Ingeniosa. Además, de allí salen las instrucciones para los soldados. Transmisión de alta frecuencia, desde una caja de perdigones.

Abriendo la parte trasera de la ciudadela, mostró a su jefe el depósito de perdigones. Cada perdigón contenía una serie de instrucciones. Ante una formación de asalto, los perdigones eran disparados, regulados, alineados en nuevas secuencias. Así se lograba un efecto aleatorio. Pero como había una cantidad finita de perdigones, tenía que haber una cantidad finita de formaciones.

—Las estamos probando todas —⁠aseguró Pinario.

—¿Y no hay manera de acelerar el proceso?

—Habrá que esperar. Puede ejecutar mil formaciones y luego…

—En la siguiente —concluyó Wiseman⁠— efectuar un giro de noventa grados y disparar contra el ser humano más próximo.

—O algo peor —dijo preocupado Pinario⁠—. Hay una gran cantidad de ergios en esa batería. Está fabricada para durar cinco años. Pero si toda la energía se apuntara hacia algo simultáneamente…

—Continúa probando —le ordenó Wiseman.

Se miraron uno al otro y se volvieron hacia la ciudadela. Los soldados casi habían llegado; de pronto, una muralla de la ciudadela descendió, apareció el cañón de un arma y los soldados fueron acribillados.

—Nunca había visto eso antes —⁠murmuró Pinario.

Durante un instante nada se movió, y luego el muñeco-niño del laboratorio, sentado entre sus juguetes, dijo:

—Estoy cansado de eso. Haz otra cosa.

Con un temblor de inquietud, los dos hombres observaron a los soldados que se levantaban y se reagrupaban.

Dos días después, el superior de Wiseman, un hombre corpulento, bajo y malhumorado de ojos saltones, apareció en su oficina.

—Escucha —dijo Fowler—, deja de probar esos juguetes. Tienes tiempo hasta mañana.

Iba a marcharse, pero Wiseman lo detuvo.

—Esto es demasiado serio —contestó⁠—. Ven conmigo al laboratorio y te lo mostraré.

Discutiendo todo el camino, Fowler lo siguió hasta el laboratorio.

—No tienes idea del capital que estas empresas han invertido en este material —⁠estaba diciendo cuando entraron⁠—. Por cada producto que tienes representado aquí, hay una nave o un almacén abarrotado en la Luna, esperando la aprobación oficial para su envío.

Pinario no estaba a la vista. Wiseman usó su llave, anulando las señas manuales que abrían la sala de pruebas.

Allí, rodeado de juguetes, estaba sentado el muñeco que habían construido los técnicos del laboratorio. Los numerosos juguetes iban cumpliendo sus ciclos. El estrépito asustó a Fowler.

—Se trata de este artículo —⁠le aclaró Wiseman, agachándose junto a la ciudadela. Un soldado reptaba hacia ella⁠—. Como ves, hay una docena de soldados. Teniendo en cuenta esa cantidad, y la energía disponible para ellos, más los complejos datos de instrucción…

—Sólo veo once —interrumpió Fowler.

—Es probable que uno esté escondido —⁠opinó Wiseman.

—No, él tiene razón —dijo una voz a sus espaldas. Apareció Pinario, con una expresión seria en el rostro⁠—. Lo he estado buscando. Uno ha desaparecido.

Los tres hombres guardaron silencio.

—Quizá la ciudadela lo destruyó —⁠sugirió Wiseman al fin.

—Hay una ley de la materia relacionada con eso —⁠dijo Pinario⁠—. Si lo destruyó…, ¿qué hizo con los restos?

—Quizá los convirtió en energía —⁠repuso Fowler, examinando la ciudadela y los soldados restantes.

—Se nos ocurrió algo cuando nos dimos cuenta de que un soldado había desaparecido —⁠explicó Pinario⁠—. Pesamos a los once restantes junto con la ciudadela. Su peso total es exactamente igual al del conjunto original…, los doce soldados y la ciudadela. Así que está en alguna parte. —⁠Señaló la ciudadela, que en ese momento rastreaba a los soldados que avanzaban hacia ella.

Mirando la ciudadela, Wiseman intuyó que algo había cambiado. Había algo diferente.

—Muéstranos tus grabaciones —⁠pidió Wiseman.

—¿Qué? —preguntó Pinario, y se sonrojó⁠—. Desde luego.

Se acercó al muñeco, lo apagó, lo abrió y sacó el tambor de cinta de vídeo. Lo llevó, tembloroso, hasta el proyector.

Se pusieron a mirar las secuencias grabadas: un ataque tras otro, hasta que a los tres se les enturbió la mirada. Los soldados avanzaban, retrocedían, eran tiroteados, se incorporaban, avanzaban de nuevo…

—Detén la cinta —dijo de pronto Wiseman.

Repitieron la última secuencia.

Un soldado avanzaba con empeño hacia la base de la ciudadela. Le dispararon un misil que estalló y por un tiempo lo ocultó una nube de humo. Entretanto los otros once corrían en un feroz intento de escalar las murallas. El soldado salió de la nube de humo y continuó. Llegó hasta la muralla. Una sección de ésta retrocedió dejando una abertura.

El soldado, recostado contra la oscura pared de la ciudadela, usó el extremo del rifle como destornillador para quitarse la cabeza, un brazo y ambas piernas. Las piezas desarmadas se deslizaron por la abertura de la ciudadela. Sólo quedaron el brazo y el rifle, que al fin, culebreando a ciegas, entraron también en la ciudadela y desaparecieron. La abertura se cerró tras ellos.

Al cabo de un rato, Fowler dijo con voz ronca:

—El padre supondría que su hijo perdió o destruyó uno de los soldados. De forma gradual el conjunto iría disminuyendo…, y le echarían la culpa al niño.

—¿Qué recomiendas? —preguntó Pinario.

—Manténlo activo —ordenó Fowler, y Wiseman cabeceó asintiendo⁠—. Que continúe su ciclo. Pero no lo dejes a solas.

—A partir de ahora dejaré a alguien en la sala —⁠convino Pinario.

—Mejor aún, quédate tú —repuso Fowler.

«Quizá deberíamos quedarnos todos —⁠pensó Wiseman⁠—. Al menos dos de nosotros, Pinario y yo.

»Me pregunto qué hizo con las piezas. Mejor dicho, qué fabricó con ellas».

Al final de la semana, la ciudadela había engullido cuatro soldados más. Visionándolo en un monitor, Wiseman no observaba ningún cambio manifiesto. Naturalmente. Los cambios producidos serían internos e invisibles.

Por lo demás, todo continuaba igual: los ataques, los soldados que reptaban, la ciudadela que disparaba para defenderse. Entretanto había llegado una nueva serie de productos de Ganímedes. Nuevos juguetes para inspeccionar.

—¿Y ahora qué? —se preguntó.

El primero era un artículo aparentemente sencillo: un traje de vaquero del Viejo Oeste. Al menos, así lo describían. Pero no prestó mucha atención al folleto; al cuerno con lo que dijeran los ganimedanos.

Abrió la caja y extendió el disfraz. La tela era gris y de textura amorfa. «Qué chapuza», pensó. Ni siquiera parecía un disfraz de vaquero: las rayas eran disformes, confusas. Y la tela no dejaba de estirarse mientras él la manipulaba. Se dio cuenta de que había metido toda una parte del disfraz en un bolsillo colgante.

—No lo entiendo —le dijo a Pinario⁠—. Esto no se venderá.

—Póntelo y verás —sugirió Pinario.

Con esfuerzo, Wiseman logró ponerse el disfraz.

—¿Es seguro? —preguntó.

—Sí —aseguró Pinario—. Yo me lo puse antes. Es una idea más pacífica, pero podría ser efectiva. Para ponerlo en acción, hay que fantasear.

—¿Qué tipo de fantasía?

—Cualquiera.

El traje le hacía pensar en vaqueros, así que se imaginó de vuelta en el rancho, cabalgando por la carretera de gravilla junto al campo donde ovejas de cara negra mascaban heno con ese rápido y extraño movimiento de trituración en la mandíbula inferior. Se había detenido ante la cerca de alambre de espino a contemplar las ovejas. De pronto, éstas se alinearon y echaron a trotar hacia una ladera sombreada más allá del alcance de su visión.

Vio árboles, cipreses que se recortaban contra el horizonte. Un halcón aleteó enérgicamente a lo lejos. «Como si se llenara de aire —⁠pensó Wiseman⁠—, para cobrar altura». El halcón se elevó a gran velocidad y luego voló en círculos. Wiseman buscó un indicio de su presa. Nada, salvo los secos campos estivales arrasados por las ovejas y muchas langostas, y en la carretera, un sapo. El sapo se había sepultado en la tierra suelta; sólo era visible su parte superior.

Mientras se inclinaba, armándose de coraje para tocar la superficie verrugosa de la cabeza del sapo, una voz de hombre dijo en las cercanías:

—¿Qué te parece?

—Bien —respondió Wiseman. Aspiró con fuerza el olor de la grama seca llenándose los pulmones⁠—. Oye, ¿cómo diferencias un sapo hembra de un sapo macho? ¿Por las manchas? ¿Cómo?

—¿Por qué? —preguntó el hombre, a sus espaldas y fuera de su visión.

—Aquí tengo un sapo.

—Sólo por curiosidad —dijo el hombre⁠—, ¿puedo hacerte un par de preguntas?

—Claro —contestó Wiseman.

—¿Qué edad tienes?

Eso era fácil.

—Diez años y cuatro meses —⁠afirmó con orgullo.

—¿Dónde estás en este momento?

—En el campo, en el rancho del señor Gaylord, adonde mi papá nos lleva a mi madre y a mí cada fin de semana que podemos.

—Date la vuelta para mirarme —⁠le ordenó el hombre⁠—. Dime si me conoces.

De mala gana, se apartó del sapo medio sepultado para mirar. Vio a un adulto de rostro flaco y nariz larga e irregular.

—Usted es el hombre que reparte el butano —⁠dijo⁠—, para la compañía del gas. —⁠Miró a su alrededor y vio el camión, aparcado junto al portón⁠—. Mi padre dice que el butano es caro, pero no hay otro…

—Sólo por curiosidad —interrumpió el hombre⁠—, ¿cómo se llama la compañía del gas?

—Está en el camión —respondió Wiseman, leyendo las grandes letras pintadas⁠—. Pinario Butane Distributors, Petaluma, California. Usted es el señor Pinario.

—¿Estarías dispuesto a jurar que tienes diez años y estás en un campo cerca de Petaluma, California? —⁠preguntó el señor Pinario.

—Claro. —Más allá del campo veía una hilera de colinas boscosas. Quería investigarlas. Estaba harto de mirar a su alrededor⁠—. Hasta luego —⁠dijo, poniéndose en marcha⁠—. Tengo que caminar un poco.

Alejándose de Pinario, echó a correr por la carretera de grava. Las langostas se apartaban saltando delante de él. Jadeando, corría cada vez más deprisa.

—¡Leon! —llamó el señor Pinario⁠—. ¡Será mejor que pares! ¡Deja de correr!

—Tengo algo que hacer en aquellas colinas —⁠jadeó Wiseman, siempre corriendo. De pronto algo le golpeó con fuerza; cayó sobre las manos e intentó levantarse. En el seco aire del mediodía, algo titiló; sintió miedo y se alejó. Se formó algo frente a él, una pared plana.

—No llegarás a esas colinas —⁠dijo el señor Pinario a sus espaldas⁠—. Será mejor que te quedes quieto, o de lo contrario chocarás con cosas.

Las manos de Wiseman estaban empapadas de sangre; se había lastimado al caer. Miró la sangre con desconcierto.

Pinario le ayudó a quitarse el disfraz de vaquero.

—Es un juguete muy dañino. Al poco tiempo de usarlo, el niño será incapaz de enfrentar la realidad cotidiana. Mírate.

Levantándose con dificultad, Wiseman inspeccionó el traje. Pinario se lo había quitado a la fuerza.

—No está mal —dijo con voz trémula⁠—. Obviamente estimula tendencias escapistas ya presentes. Sé que siempre tuve la fantasía latente de escapar hacia mi infancia, a esa época en particular, cuando vivíamos en el campo.

—Fíjate cómo incorporó elementos reales —⁠resaltó Pinario⁠— para mantener la fantasía activa todo el tiempo posible. Si hubieras tenido tiempo, te habrías apañado para incorporar la pared del laboratorio, quizá como un costado del granero.

—Ya empezaba a ver el viejo establecimiento —⁠admitió Wiseman⁠— adonde los granjeros llevaban la leche para vender.

—Con el tiempo, te habría sido casi imposible salir de allí.

«Si puede hacerle eso a un adulto —⁠pensó Wiseman⁠—, imagínate qué efecto tendría en un niño».

—Esa otra cosa que tenemos allí —⁠dijo Pinario⁠—, ese juego, es un concepto descabellado. ¿Tienes ganas de verlo ahora? Puede esperar.

—Estoy bien —aseguró Wiseman. Recogió el tercer artículo y empezó a abrirlo.

—Muy parecido al viejo juego del Monopoly —⁠le adelantó Pinario⁠—. Se llama Síndrome.

El juego consistía en un tablero, dinero falso, dados, piezas que representaban a los jugadores. Y certificados bursátiles.

—Uno adquiere acciones —continuó Pinario⁠—, al igual que en todos los juegos de este tipo, obviamente. —⁠Ni se molestó en mirar las instrucciones⁠—. Pidámosle a Fowler que baje a jugar una partida. Se requiere un mínimo de tres jugadores.

Poco después los acompañaba el director de la división. Los tres hombres se sentaron a una mesa, con el juego de Síndrome en el centro.

—Cada jugador empieza igual que los demás —⁠explicó Pinario⁠—, como en todos los juegos de este tipo, y durante la partida su situación cambia según el valor de las acciones que adquiere en diferentes circunstancias económicas.

Estas circunstancias, o síndromes, estaban representados por pequeños objetos de plástico brillante, semejantes a los arcaicos hoteles y casas del Monopoly.

Arrojaron los dados, movieron sus fichas en el tablero, hicieron ofertas para adquirir propiedades, pagaron multas, recaudaron multas, y fueron un tiempo a la «cámara de descontaminación». Entretanto, detrás de ellos, los siete soldados atacaban la ciudadela una y otra vez.

—Estoy cansado de eso —decía el muñeco⁠—. Haz otra cosa.

Los soldados se reagruparon. Una vez más avanzaron, acercándose cada vez más a la ciudadela.

—Me pregunto cuánto tiempo debe funcionar esa cosa hasta que averigüemos para qué es —⁠rezongó Wiseman con inquietud.

—Imposible predecirlo. —Pinario echó un vistazo a un certificado rojo y amarillo que Fowler había comprado⁠—. Eso me vendría bien. Es una acción de las minas de uranio pesado de Plutón. ¿Cuánto quieres por ella?

—Un título valioso —murmuró Fowler, evaluando sus otras acciones⁠—. Pero quizá podría hacer una permuta.

«¿Cómo puedo concentrarme en el juego —⁠se preguntó Wiseman⁠—, cuando esa cosa se acerca cada vez más a… Dios sabrá qué? A aquello que está programada para alcanzar: su masa crítica».

—Un segundo —murmuró. Soltó su fajo de acciones⁠—. ¿Esa ciudadela podría ser una pila?

—¿Una pila de qué? —preguntó Fowler, preocupado por su juego.

—Olvidemos este juego —protestó Wiseman.

—Una idea interesante —dijo Pinario, soltando también sus acciones⁠—. Es una bomba atómica que se autoconstruye pieza por pieza. Creciendo hasta… —⁠Se interrumpió⁠—. No, ya pensamos en eso. No posee elementos pesados. Es sólo una batería de cinco años, más una cantidad de máquinas pequeñas controladas por instrucciones que se emiten desde la batería. No se puede fabricar una pila atómica con eso.

—En mi opinión —dijo Wiseman—, sería más seguro sacarla de aquí.

Su experiencia con el disfraz de vaquero le había infundido mucho más respeto por los fabricantes ganimedanos. Y si el disfraz era un juguete pacífico…

—Ahora quedan sólo seis soldados —⁠informó Fowler, mirando por encima del hombro.

Wiseman y Pinario se levantaron al instante. Fowler tenía razón. Sólo quedaba la mitad de los soldados del juego. Otro más había llegado a la ciudadela y había sido incorporado.

—Traigamos a un experto en bombas de los Servicios Militares —⁠dijo Wiseman⁠— para que lo examine. Esto supera nuestra capacidad. —⁠Se dirigió a su jefe⁠—: ¿No estás de acuerdo, Fowler?

—Primero terminemos este juego —⁠contestó Fowler.

—¿Por qué?

—Porque debemos estar seguros —⁠aclaró Fowler. Pero su semblante demostraba que estaba entusiasmado y quería llegar al final del juego⁠—. ¿Cuánto me das por estas acciones de Plutón? Escucho ofertas.

Él y Pinario llegaron a un trato. El juego continuó otra hora. Al final, los tres vieron que Fowler controlaba la mayoría de las acciones. Tenía cinco síndromes mineros, además de dos empresas de plásticos, un monopolio de algas y siete síndromes de comercio minorista. Al controlar las acciones, había acumulado la mayor parte del dinero.

—Estoy fuera —dijo Pinario. Sólo le quedaban acciones menores que no controlaban nada⁠—. ¿Alguien quiere comprarlas?

Con el resto de su dinero, Wiseman hizo una oferta por las acciones. Las obtuvo y reanudó el juego, esta vez solo contra Fowler.

—Está claro que este juego es una réplica de típicos proyectos económicos interculturales —⁠dijo Wiseman⁠—. Los síndromes de comercio minorista son obviamente empresas ganimedanas.

Estaba encantado; los dados lo habían favorecido y estaba en posición de añadir una nueva acción a sus magras posesiones.

—Los niños que jugaran a esto adquirirían una actitud saludable hacia las realidades económicas. Los prepararía para el mundo de los adultos.

Pero pocos minutos después cayó en un enorme tramo de posesiones de Fowler, y la multa acabó con sus recursos. Tuvo que entregar dos paquetes de acciones; el final se acercaba.

Pinario observaba a los soldados que avanzaban hacia la ciudadela.

—Leon, estoy de acuerdo contigo. Esta cosa puede ser el terminal de una bomba; una estación receptora. Una vez ensamblada, podría recibir una oleada de energía enviada desde Ganímedes.

—¿Eso es posible? —preguntó Fowler, apilando los billetes de dinero falso.

—Quién sabe lo que pueden hacer —⁠dijo Pinario, paseándose con las manos en los bolsillos⁠—. ¿Habéis terminado de jugar?

—Casi —respondió Wiseman.

—Me pregunto por qué ahora sólo hay cinco soldados. Se está acelerando. Tardó una semana para el primero, y sólo una hora para el séptimo. No me sorprendería que el resto, los cinco que quedan, desaparecieran dentro de las dos próximas horas.

—Hemos terminado —exclamó Fowler. Había conseguido las últimas acciones y el último dólar.

Wiseman se levantó de la mesa.

—Llamaré a Servicios Militares para que inspeccionen la ciudadela. En cuanto a este juego…, bien, es sólo un plagio de nuestro Monopoly.

—Quizá no sepan que ya tenemos el mismo juego con otro nombre —⁠aventuró Fowler.

Pusieron un sello de admisión en el juego de Síndrome y lo comunicaron al importador. Desde su oficina, Wiseman llamó a Servicios Militares e informó de lo que quería.

—Enviaremos a un experto en explosivos —⁠dijo sin prisa la voz del extremo de la línea⁠—. Quizá convenga no tocar el objeto hasta que él llegue.

Sintiéndose un poco inútil, Wiseman dio las gracias y colgó. No habían logrado descifrar el juego de guerra de la ciudadela y los soldados, y ahora ya no estaba en sus manos.

El experto en explosivos era un joven de cráneo rapado que sonreía afablemente mientras instalaba su equipo. Usaba un mono común, sin dispositivos protectores.

—Mi primer consejo —explicó, tras echar un vistazo a la ciudadela⁠— es desconectar los cables de la batería. O, si prefieren, podemos dejar que se complete el ciclo y desconectar los cables antes de que se produzca una reacción. En otras palabras, permitir que los últimos elementos móviles entren en la ciudadela. En cuanto estén dentro, desconectamos los cables y la abrimos para ver qué ha sucedido.

—¿Es seguro? —preguntó Wiseman.

—Creo que sí —dijo el experto—. No detecto ningún indicio de radiactividad.

Se sentó en el suelo, junto a la parte trasera de la ciudadela, con un par de pinzas en la mano.

Ahora sólo quedaban tres soldados.

—No falta mucho —exclamó alegremente el joven.

Quince minutos después, uno de los tres últimos soldados se deslizó hasta la base de la ciudadela, se desmontó la cabeza, el brazo y las piernas y desapareció por partes en la abertura preparada para él.

—Quedan dos —dijo Fowler.

Diez minutos más tarde, uno de los soldados restantes siguió al que le precedía.

Los cuatro hombres se miraron.

—Ya falta poco —murmuró Pinario con semblante sombrío.

El último soldado avanzó hacia la ciudadela. Los cañones le disparaban, pero él seguía adelante.

—Estadísticamente hablando —⁠explicó Wiseman, para romper la tensión⁠—, debería tardar más en cada ocasión, porque hay menos hombres a quienes apuntar. Tendría que haber empezado rápidamente, y volverse más infrecuente, hasta que este último soldado tardara al menos un mes en su intento de…

—Silencio —pidió el joven experto con voz tranquila⁠—. Por favor.

El último de los doce soldados llegó a la base de la ciudadela. Como los anteriores, comenzó a autodesmontarse.

—Prepara esos alicates —rugió Pinario.

Cuando los últimos fragmentos del soldado penetraron en la ciudadela, la abertura comenzó a cerrarse. En el interior se oía un zumbido, un creciente ruido de actividad.

—¡Ahora, por todos los cielos! —⁠gritó Fowler.

El joven experto introdujo los alicates y cortó el cable positivo de la batería. Una chispa centelleó en los alicates y el experto pegó un brincó instintivamente. Los alicates se escaparon de sus manos y resbalaron por el suelo.

—¡Maldición! —exclamó—. Debí haber hecho una conexión a tierra.

Algo mareado, buscó a tientas los alicates.

—Estabas tocando el armazón de esa cosa —⁠dijo Pinario enfurecido. Agarró los alicates y se agachó buscando el cable⁠—. Quizá si los envuelvo con un pañuelo… —⁠murmuró; se apartó y buscó un pañuelo en su bolsillo⁠—. ¿Alguien tiene algo para envolver esto? No quiero que me tumbe. No sabemos cuántos…

—Dame —saltó Wiseman, arrebatándole los alicates. Apartó a Pinario y cortó el cable.

—Demasiado tarde —dijo Fowler con calma.

Wiseman apenas oyó la voz de su jefe. Oía un zumbido constante en su cabeza, y se llevó las manos a los oídos tratando en vano de apagarlo. Ahora parecía ir de la ciudadela a su cerebro, a través del hueso. «Tardamos demasiado —⁠pensó⁠—. Nos ha derrotado. Nos ganó porque éramos demasiados; nos pusimos a discutir…».

—Felicitaciones —dijo una voz dentro de su mente⁠—. Has vencido gracias a tu tenacidad.

Experimentó una profunda satisfacción, una sensación de triunfo.

—Las probabilidades en contra eran tremendas —⁠continuó la voz⁠—. Cualquier otro habría fracasado.

Entonces supo que todo estaba bien. Se habían equivocado.

—Podrás hacer toda tu vida lo mismo que has hecho aquí —⁠declaró la voz⁠—. Siempre puedes triunfar sobre los adversarios. Con paciencia y persistencia, puedes vencer. En definitiva, el universo no es un lugar tan abrumador…

«No —comprendió con ironía—, no lo es».

—Los demás son sólo personas comunes —⁠lo tranquilizó la voz⁠—. Aunque estés solo, uno solo contra muchos, no tienes nada que temer. Tómate tu tiempo…, y no te preocupes.

—No me preocuparé —dijo Wiseman en voz alta.

El zumbido cesó, al mismo tiempo que la voz desaparecía.

Al cabo de una larga pausa, Fowler anunció:

—Se acabó.

—No lo entiendo —exclamó Pinario.

—Ese era su cometido —aclaró Wiseman⁠—. Es un juguete terapéutico. Ayuda al niño a obtener confianza. El desmantelamiento de los soldados pone fin a la separación entre él y el mundo. Se integra en él, y de esa manera lo conquista.

—Entonces es inofensivo —dijo Fowler.

—Tanto trabajo para nada —rezongó Pinario. Y se dirigió al experto en explosivos⁠—: Lamento que te hayamos hecho venir en vano.

La ciudadela abrió sus puertas de par en par y salieron los doce soldados, de nuevo intactos. El ciclo se había completado. El ataque podía comenzar de nuevo.

—No lo autorizaré —anunció Wiseman de pronto.

—¿Qué? —preguntó Pinario—. ¿Por qué no?

—No me fío. Es demasiado complicado para lo que hace.

—Explícate —exigió Fowler.

—No hay nada que explicar —⁠dijo Wiseman⁠—. Es un artilugio sumamente intrincado, y lo único que hace es desmontarse y volverse a montar. Tiene que haber algo más, aunque no podamos…

—Es terapéutico —intervino Pinario.

—Lo dejo en tus manos, Leon —⁠dijo Fowler⁠—. Si tienes dudas, no lo autorices. No podemos descuidarnos.

—Quizá me equivoque —aclaró Wiseman⁠—, pero no dejo de preguntarme para qué lo han construido. Presiento que aún no lo sé.

—Tampoco quieres autorizar el disfraz de vaquero —⁠añadió Pinario.

—Sólo el juego de mesa —concretó Wiseman⁠—. Síndrome, o como se llame.

Agachándose, observó los soldados que avanzaban hacia la ciudadela. Estallidos acompañados de humo, actividad una vez más…, fintas, cuidadosas retiradas.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Pinario.

—Quizá sea una distracción —⁠dijo Wiseman⁠—. Para mantener nuestra mente ocupada. Para que no reparemos en otra cosa. —⁠Era una intuición, pero le costaba definirla⁠—. Una pista falsa, para llamar la atención mientras sucede otra cosa. Por eso es tan complicado. Se supone que debemos sospechar de él. Lo construyeron para eso.

Desconcertado, puso el pie frente a un soldado. El soldado se refugió detrás del zapato, ocultándose de los monitores de la ciudadela.

—Debe haber algo ante nuestras propias narices que no vemos —⁠dijo Fowler.

—Sí. —Wiseman se preguntó si alguna vez lo descubrirían⁠—. De todos modos, lo retendremos aquí para vigilarlo.

Sentándose cerca, se dispuso a observar a los soldados. Se preparó para una larga, larga espera.

A las seis en punto de esa misma tarde, Joe Hauck, gerente de ventas de la tienda Appeley’s Children’s, aparcó el coche delante de su casa, se apeó y subió la escalera.

Bajo el brazo llevaba un gran paquete plano, una «muestra» de la que se había apropiado.

—¿Tienes algo para nosotros, papá? —⁠chillaron Bobby y Lora, sus dos hijos. Se acercaron a él, cerrándole el paso. En la cocina, su esposa apartó los ojos de la mesa y dejó su revista.

—Os he traído un juego nuevo —⁠dijo Hauck.

Desenvolvió el paquete, sintiéndose de buen humor. No había motivos para no quedarse con uno de los nuevos juegos; había insistido por teléfono durante semanas, perseverando para que el material fuera aprobado en Normas de Importación, y después de tanto esfuerzo sólo habían autorizado uno de los tres artículos.

Mientras los niños se iban con el juego, su esposa murmuró:

—Más corrupción en las altas esferas.

No le gustaba que él trajera artículos de la juguetería.

—Tenemos miles de ellos —aclaró Hauck⁠—. Un almacén lleno. Nadie notará que falta uno.

Durante la cena, los niños estudiaron con todo detalle cada palabra de las instrucciones que acompañaban el juego. No pensaban en otra cosa.

—No leáis en la mesa —exclamó en tono reprobatorio la señora Hauck.

Recostándose en la silla, Joe Hauck continuó describiendo los sucesos del día.

—Y después de tanto tiempo, ¿qué autorizaron? Un mísero artículo. Tendremos suerte si podemos obtener algún beneficio. El juego de los soldados habría sido un éxito. Y está bloqueado indefinidamente.

Encendió un cigarrillo y se relajó, sintiendo la paz de su hogar, la presencia de su esposa e hijos.

—Papá, ¿quieres jugar? —preguntó su hija⁠—. Dice que es mejor cuantos más juegan.

—Claro —respondió Joe Hauck.

Mientras su esposa recogía la mesa, él y sus hijos prepararon el tablero, las fichas, los dados, el dinero y las acciones. De inmediato se enfrascó por completo en el juego; evocó sus recuerdos infantiles, y adquirió acciones con astucia y habilidad. Poco a poco se apropió de casi todos los síndromes.

Se reclinó en el respaldo con un suspiro de satisfacción.

—Se acabó —les dijo a sus hijos⁠—. Me temo que empecé con ventaja. A fin de cuentas, esto no es nuevo para mí. —⁠Sentía una inmensa satisfacción por haberse apropiado de las valiosas empresas del tablero⁠—. Lamento haber ganado, niños.

—No ganaste —le aclaró su hija.

—Perdiste —remachó su hijo.

—¿Qué? —exclamó Joe Hauck.

—La persona que se queda con más acciones pierde —⁠dijo Lora.

Le mostró las instrucciones.

—¿Ves? El objetivo es liberarte de tus acciones. Papá, estás descalificado.

—Al cuerno con eso —protestó Hauck, defraudado⁠—. Eso no es un juego. —⁠Su satisfacción se disipó⁠—. No es divertido en absoluto.

—Ahora nosotros dos debemos terminar la partida para ver quién gana —⁠dijo Bobby.

Mientras se levantaba, Joe Hauck gruñó:

—No lo entiendo. ¿Qué interés puede tener un juego donde el ganador se queda sin nada?

A sus espaldas sus dos hijos seguían jugando. Mientras las acciones y el dinero cambiaban de manos, los niños se animaban cada vez más. Cuando el juego entró en su etapa final, estaban en un estado de extasiada concentración.

«No conocen el Monopoly —se dijo Hauck⁠— así que ese juego descabellado no les parece extraño».

Lo importante era que los niños disfrutaban jugando al Síndrome; sin lugar a dudas se vendería, y eso era lo principal. Los dos chiquillos ya estaban aprendiendo a ceder sus posesiones con naturalidad. Entregaban sus acciones y su dinero ávidamente, con una suerte de placentero abandono.

—Es el mejor juguete didáctico que has traído a casa, papá —⁠dijo Lora, alzando los brillantes ojos.

NOTA:

Juego de guerra «War Game». («Diversión») [31 de octubre de 1958], en Galaxy, diciembre 1959.


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