Esta mañana me desperté notando el frío de octubre en el piso, como si las estaciones entendieran de calendarios. ¿Qué he soñado? Con vanos pensamientos sobre una mujer a la que amé. Algo me ha deprimido. He hecho repaso mental. La verdad es que todo parece estar en orden. Este va a ser un buen mes. Pero he sentido el frío.
«Oh, Dios —he pensado—. Hoy desahucian a la señora Lysol.»
La señora Lysol no le cae bien a nadie. Está loca. Nadie le ha oído decir una palabra, y ella nunca mira a nadie. A veces, cuando uno baja las escaleras, se cruza con ella y se da la vuelta silenciosamente para coger el ascensor. Todo el mundo puede oler el lysol que usa. Al parecer, unos horrores mágicos viven en su piso, y por eso usa lysol. ¡Demonios! Mientras me hago un café pienso que quizá los propietarios ya la hayan desahuciado, al amanecer, mientras yo dormía; mientras tenía vanos sueños acerca de una mujer a la que amé y que me abandonó. Está claro. Soñaba con la odiosa señora Lysol y las autoridades que llamaban a su puerta a las cinco de la mañana. Los nuevos propietarios son una enorme empresa inmobiliaria. Lo harían al amanecer.
La señora Lysol se esconde en su piso y sabe que octubre ha llegado, su primer día ya está aquí, y que irrumpirán en su casa y la echarán a la calle con sus cosas. ¿Hablará ahora? Me la imagino apoyada silenciosamente contra una pared. Sin embargo, no es tan sencillo. Al Newcum, el representante de ventas de Inversiones South Orange, me ha dicho que la señora Lysol ha buscado asistencia jurídica. Son malas noticias porque impide que podamos hacer nada por ella. Está loca, pero no tanto. Si pudiera probarse que no comprendía la situación, un equipo de psicólogos del condado de Orange podría ofrecerse en calidad de representante legal suyo y explicar a Inversiones South Orange que no se puede desahuciar legalmente a alguien disminuido. ¿Por qué demonios habrá solicitado asistencia jurídica?
Son las nueve de la mañana. Puedo bajar a la oficina de ventas y preguntarle a Al Newcum si ya han desahuciado a la señora Lysol, o si sigue en su piso, escondida y aguardando en silencio. La echan porque el edificio, compuesto de cincuenta y seis unidades habitables, se ha convertido en un bloque de apartamentos. Casi todo el mundo se ha mudado desde que nos lo notificaron hace unos meses. Te dan ciento veinte días para largarte o comprar tu piso. Inversiones South Orange pone doscientos dólares en concepto de ayudas para la mudanza. Así lo establece la ley. También tienes el derecho de retracto, es decir a igualar la oferta que reciban. Yo voy a comprar la mía. Me quedo. Por cincuenta y dos mil dólares podré seguir por aquí mientras desahucian a la señora Lysol, que está loca y no tiene cincuenta y dos mil dólares. Ahora lamento no haberme mudado.
Bajo las escaleras hasta la máquina expendedora de periódicos y compro el número de hoy del Los Angeles Times. Una chica que tiroteó un patio lleno de niños «porque no le gustan los lunes» se declara culpable. Pronto le darán la libertad vigilada. Cogió un arma y disparó contra unos niños porque, de hecho, no tenía nada que hacer. Bueno, pues hoy es lunes; se encuentra en los juzgados un lunes, el día que tanto odia. ¿Acaso la locura tiene límites? Me lo pregunto acerca de mí mismo. En primer lugar, dudo que mi piso valga cincuenta y dos mil dólares. Me quedo porque temo mudarme (temo lo nuevo, los cambios) y porque soy un vago. No, no es eso. Me gusta este edificio y vivo cerca de mis amigos y de tiendas que significan algo para mí. Llevo aquí tres años y medio. Es un buen edificio, sólido, con puertas de seguridad y cerraduras con cerrojo. Tengo dos gatos y les gusta el patio cerrado; pueden salir sin temor a los perros. Seguro que para los demás soy «el de los gatos». Así que todo el mundo se ha mudado, menos la señora Lysol y el de los gatos.
Lo que más me fastidia es que sé que lo único que me diferencia de la señora Lysol, que está loca, es el dinero que tengo en mi cuenta. El dinero es el sello oficial que certifica la cordura. Puede que a la señora Lysol le asuste mudarse. Es como yo. Quiere quedarse donde ha estado durante varios años, haciendo lo que siempre ha hecho. Pone muchas lavadoras. Siempre está lavando y secando su ropa una y otra vez. Allí es donde me encuentro con ella: voy al sótano y me la encuentro frente a las lavadoras, vigilando para que nadie le robe la colada. ¿Por qué me rehuye la mirada? Apartar la mirada… ¿Acaso sirve para algo? Noto el odio. Odia a los seres humanos. Pero consideremos su situación: aquellos a los que odia se le echan encima. ¡Debe de estar aterrada! Está perdida, con la mirada fija, en su piso, a la espera de una llamada a la puerta; ¡mira el reloj y comprende!
Al norte de donde estamos, en Los Ángeles, la conversión de pisos de alquiler a bloques en propiedad se ha visto bloqueada por el ayuntamiento. Los arrendatarios no tendrán que irse. Es una gran victoria, pero de nada le sirve a la señora Lysol. Esto es el condado de Orange. Aquí el dinero manda. Los más pobres viven al este, los mexicanos en su barrio. A veces, cuando nuestras puertas de seguridad se abren para dar paso a los coches, las chicanas se cuelan con cestas de ropa sucia; quieren usar nuestras lavadoras, puesto que ellas no tienen. La gente que antes vivía aquí se molestaba mucho. Cuando uno tiene dinero, por poco que sea (el suficiente para vivir en un edificio moderno, con seguridad completa y totalmente automatizado), se molesta por muchas cosas.
Bien, tengo que averiguar si ya han desahuciado a la señora Lysol. Es imposible saberlo mirando a su ventana; las cortinas siempre están echadas. Así que bajo a la oficina de ventas para ver a Al. Pero Al no está allí. La oficina está cerrada. Entonces recuerdo que Al cogió un avión hacia Sacramento el fin de semana para hacerse con unos documentos legales esenciales que había extraviado el Estado. Aún no ha vuelto. Si la señora Lysol no estuviese loca, podría llamar a su puerta y hablar con ella; así podría saber cómo le va. Pero ahí está, precisamente, el centro de la tragedia; a la menor llamada se asustará. Ese es su síntoma. Así es su enfermedad. Así que me quedo junto a la fuente que ha puesto la inmobiliaria y admiro los maceteros que han incluido… La verdad es que han conseguido adecentar el aspecto del edificio. Antes parecía una cárcel. Ahora se ha convertido en un jardín. La inmobiliaria ha invertido mucho en pintura y jardinería y, de hecho, en reconstruir toda la entrada. Agua, flores y puertas nuevas… Y la señora Lysol silenciosa en su piso, a la espera de una llamada a la puerta.
Quizá podría pegar una nota en la puerta de la señora Lysol. Podría poner:
Señora, cuenta usted con mis simpatías y me gustaría ayudarla. Si desea mi ayuda, vivo escaleras arriba, en el C-1.
¿Cómo podría firmarla? «Su amigo chiflado», quizá. Su amigo chiflado con cincuenta y dos mil dólares y que reside aquí legalmente, mientras que tú, a ojos de la ley, no eres más que una okupa. Desde las doce de anoche. Eso a pesar de que tu piso era ayer tan tuyo como mío es el mío.
Vuelvo a subir las escaleras hasta mi piso con la idea de escribir una carta a la mujer que una vez amé y con la que he soñado esta noche. Todo tipo de frases me pasan por la mente. Recrearé la desvanecida relación con una carta. Tal es el poder de mis palabras.
Menuda chorrada. Se ha ido para siempre. Ni siquiera tengo su dirección actual. Podría molestarme en seguir su rastro a través de los amigos comunes para… ¿decir qué?
Querida:
Al fin he vuelto a mis cabales. Ahora me doy cuenta del calado de mi deuda hacia ti. A pesar del corto tiempo que hemos estado juntos, has hecho más por mí que cualquier otra persona en mi vida. Tengo claro que he cometido un error desastroso. ¿Cenamos juntos?
Mientras repito mentalmente esta delirante carta, se me ocurre la idea de que sería gracioso que escribiera esa carta y que, por error o designio, la pegara en la puerta de la señora Lysol. ¡Cómo iba a reaccionar! ¡Dios santo! ¡La mataría o la curaría! Mientras tanto, podría escribirle a mi desaparecida amada, die ferne Geliebte, como sigue:
Señora:
Está usted completamente chiflada. Todo el mundo en kilómetros a la redonda lo sabe. Su problema es culpa suya. Espabile, muévase, siente la cabeza, pida prestado un dinero, contrate a un abogado mejor, cómprese una pistola, tirotee un patio de colegio. Si puedo serle de ayuda. Vivo en el apartamento C-1.
Puede que el aprieto de la señora Lysol sea gracioso y que yo esté demasiado deprimido con la llegada del otoño como para percatarme. Puede que hoy lleguen buenas noticias. Después de todo, ayer fue festivo para los de Correos. Hoy recibiré las cartas de dos días. Eso me animará. Lo que en realidad ocurre es que siento lástima por mí mismo. Hoy es lunes y, al igual que la chica del tribunal que se declara culpable, odio los lunes.
Brenda Spenser se declaró culpable de los cargos por disparar a once personas, dos de las cuales murieron. Tiene diecisiete años, es menuda, muy guapa y pelirroja; usa gafas y parece una niña, como una de ésas a las que disparó. Se me pasa por la cabeza que quizá la señora Lysol tenga una pistola en su piso, una idea que debió habérseme ocurrido hace mucho tiempo. Puede que los de Inversiones South Orange lo pensaran. A lo mejor por eso la oficina de Al Newcum está hoy cerrada; no está en Sacramento, sino escondido. Aunque bien podría estar escondido en Sacramento, matando dos pájaros de un tiro.
Un excelente terapeuta que una vez conocí dijo que en casi todos los casos de actos criminales psicóticos había una alternativa más asequible que el perturbado nunca consideraba. Brenda Spenser, por ejemplo, podría haber ido al supermercado local y haberse comprado un batido de chocolate en vez de disparar a once personas, la mayoría de ellas niños. Lo cierto es que el psicótico escoge la senda más difícil; siempre va cuesta arriba. No es cierto que opte por la línea de acción que presente la menor resistencia, aunque él cree que lo hace. Ahí, precisamente, estriba el error. El fundamento de la psicosis, en pocas palabras, es la incapacidad crónica de ver la salida más fácil. Todo el comportamiento, todo lo que contribuye a la actividad psicótica y su estilo de vida, mana de una tara de la percepción.
Sentada, aislada y silenciosa en su aséptico piso, a la espera de la inexorable llamada a la puerta, la señora Lysol se ha colocado en la circunstancia más complicada posible. Lo fácil se ha vuelto difícil. Lo difícil, finalmente, se ha transmutado en imposible, y ahí acaba la vida del psicótico: cuando lo imposible se cierne sobre él y no queda ninguna opción, ni siquiera de las más difíciles. Ése es el resto de la definición de psicosis: al final, siempre hay un callejón sin salida. Y, en ese punto, el psicótico se queda paralizado. Si alguna vez lo has visto, ya sabrás que es una visión asombrosa. La persona se congela, como un motor averiado. Ocurre de repente. En un momento dado se encuentra en movimiento, los pistones subiendo y bajando frenéticamente, y al instante siguiente se queda inerte. Eso es porque la persona ha perdido el camino, el camino que probablemente tomó años atrás. Es la muerte cinética. «Lugar no hay ninguno —escribió san Agustín—. Avanzamos y retrocedemos, y no hay lugar. Entonces llega el fin, y todo es lugar.»
El lugar en el que la propia señora Lysol se dejó atrapar es su piso, pero ya no era suyo. Encontró un lugar en el que morir psicológicamente, pero Inversiones South Orange se lo arrebató. Le robaron su propia tumba.
Lo que no logro sacarme de la cabeza es que mi destino está ligado al de la señora Lysol. Lo único que nos separa es una anotación fiscal en el ordenador de Mutual Savings, y es una división ficticia, real sólo en la medida en que Inversiones South Orange, precisamente Inversiones South Orange, desee que lo sea. A mí se me antoja poco más que una convención social, como el de llevar calcetines a juego. Por otra parte, es como el valor del oro. Se establece en función de lo que acuerda la gente, que viene a ser como los juegos de los críos: «¿Vale que el árbol es la tercera base?» Supongamos que mi televisor funcionase porque mis amigos y yo acordásemos que funciona. De ese modo, podríamos sentarnos para siempre delante de una pantalla en blanco. En ese caso, podemos decir que el fracaso de la señora Lysol reside en no haber entrado en sintonía con el resto de nosotros, en un consenso. Bajo todo lo demás está ese contrato tácito del que la señora Lysol no forma parte. Pero me asombro al pensar que no formar parte de un contrato probablemente infantil e irracional desemboque inevitablemente en una muerte cinética, la completa detención del organismo.
Visto así, podría decirse que la señora Lysol se había perdido la infancia. Era demasiado adulta. No podía, o no quería, seguir el juego. Lo lúgubre marcaba la pauta de su vida. Nunca sonreía. Nadie la había visto haciendo otra cosa que echar chispas por los ojos de una forma vaga e indirecta.
Con todo, puede que, más que no jugar ella jugase a un juego mucho más sombrío; puede que uno de lucha, en cuyo caso, ahora tenía lo que quería a pesar de estar perdiendo. Al menos era una situación que comprendía. Inversiones South Orange había entrado en el mundo de la señora Lysol. A lo mejor le apetecía más ser una okupa que una propietaria. Puede que todos deseemos secretamente todo lo que nos pasa. En ese caso, ¿es posible que el psicótico desee su definitiva muerte cinética, su propio callejón sin salida? ¿Acaso juega para perder?
Aquel día no vi a Al Newcum, pero sí al día siguiente, cuando volvió de Sacramento y volvió a abrir la oficina.
—¿Sigue aquí la mujer del B-15? —le pregunté—. ¿O ya la han desahuciado?
—¿La señora Archer? —dijo Newcum—. Oh, se mudó la mañana pasada; se ha ido. La comisión de realojamiento de Santa Ana le ha encontrado un sitio en Bristol. —Se inclinó hacia atrás sobre su sillón giratorio y cruzó las piernas. Sus pantalones holgados estaban arrugados, como siempre—. Acudió a ellos hace un par de semanas.
—¿Le han dado un piso que se pueda permitir? —pregunté.
—Se encargan de la factura. Le pagan el alquiler. Así se lo pidió ella. Es un caso complicado.
—Dios —dije—, ya me gustaría que alguien me pagara el alquiler.
—Tú no pagas un alquiler —dijo Newcum—. Vas a comprar tu piso.
NOTA:
Extraños recuerdos de la muerte [27 de marzo de 1980], en Interzone (verano de 1984).

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