Texto aleatorio

Una hora antes de su programa matutino del canal seis, el más importante payaso de las noticias, Jim Briskin, sentado en su despacho, discutía con su equipo de producción la noticia de la flotilla desconocida (y posiblemente hostil) que se había detectado a ocho unidades astronómicas del Sol. Era una noticia de primera plana, por supuesto. Pero ¿cómo había que presentársela a sus miles de millones de telespectadores, diseminados a lo largo de tres planetas y siete satélites?

Peggy Jones, su secretaria, encendió un cigarrillo y dijo:

—No los alarmes, Jim-Jam. Hagamos algo folclórico. —⁠Se reclinó en su silla y empezó a hojear los despachos enviados a la emisora comercial por los teletipos del Unicéfalon 40-D.

Había sido la estructura homeostática de resolución de problemas de la Casa Blanca, la que, en Washington D. C., había detectado al posible enemigo exterior. En su condición de presidente de Estados Unidos había enviado al instante varias naves de guerra en misión rutinaria de interceptación. La flotilla parecía llegar de otro sistema solar, pero, naturalmente, el hecho tendrían que determinarlo las naves interceptoras.

—Folclórico… —dijo Jim Briskin, taciturno⁠—. Sonrío y digo «Eh, amigos, miren, finalmente ha ocurrido lo que siempre temimos, je, je». La miró. «Risas a mansalva en la Tierra y Marte, pero seguramente no tantas en los satélites exteriores», pensó. Porque, si se producía algún ataque, serían las colonias más alejadas las que primero lo sentirían.

—No, no les hará gracia —convino su asesor de continuidad, Ed Finenberg. También él parecía preocupado. Tenía familia en Ganímedes.

—¿Hay alguna noticia menos seria? —⁠preguntó Peggy⁠—. Para abrir el programa. A los patrocinadores les gustaría. —⁠Le pasó los nuevos mensajes a Briskin⁠—. A ver qué puedes hacer. Vaca mutante obtiene derechos electorales en los tribunales de Alabama… Ya sabéis.

—Ya —asintió Briskin mientras empezaba a inspeccionar los mensajes. Algo como lo de su pintoresco relato del arrendajo azul que había aprendido a tejer, con gran esfuerzo, por medio de un laborioso proceso de prueba y error. De hecho, había tejido un nido para su familia y para él una mañana de abril, en Bismark, Dakota del Norte, delante de las cámaras de televisión de la red de Briskin. Con aquello había conmovido los corazones de millones de espectadores.

Una de las noticias destacaba por encima de las demás; lo supo intuitivamente en cuanto la vio: allí estaba lo que necesitaba para aligerar el tono grave de las noticias de aquel día. Al verla se relajó un poco. El mundo seguía su rutina habitual, a pesar del bombazo sucedido a ocho UA de allí.

—Mirad —dijo con una sonrisa—. El viejo Gus Schatz ha muerto. Ya era hora.

—¿Quién es Gus Schatz? —preguntó Peggy, intrigada⁠—. Ese nombre… me suena.

—El hombre del Sindicato —dijo Jim Briskin⁠—. ¿No os acordáis? El presidente suplente, enviado a Washington por el Sindicato hace veintidós años. Está muerto y el Sindicato… —⁠Le arrojó el mensaje a su secretaria. Era claro y breve⁠—. Está enviando un nuevo presidente suplente para hacerse cargo del puesto de Schatz. Creo que lo entrevistaré. Suponiendo que sepa hablar.

—En efecto —dijo Peggy—. Siempre se me olvida. Hay un presidente suplente, por si falla el Unicéfalon. ¿Ha fallado alguna vez?

—No —respondió Ed Finenberg—. Y nunca lo hará. Así que tenemos un caso más de chanchullos sindicales. La maldición de nuestra sociedad.

—Sin embargo —dijo Jim Briskin— a la gente le encantará. La vida cotidiana del suplente más importante del país… Por qué lo escogió el Sindicato, cuáles son sus aficiones. Lo que pretende, sea quien sea este tipo, hacer durante su mandato para no volverse loco de aburrimiento. El viejo Gus aprendió a encuadernar libros. Coleccionaba revistas antiguas y las encuadernaba en vitela con letras doradas.

Ed y Peggy asintieron a la vez.

—Adelante —propuso ella—. Seguro que puedes convertirlo en algo interesante, Jim-Jam. Tú puedes convertir cualquier cosa en interesante. ¿Llamo a la Casa Blanca? ¿Habrá llegado nuestro hombre ya?

—Probablemente siga en el cuartel general del Sindicato, en Chicago —⁠dijo Ed⁠—. Inténtalo allí. Sindicato de Funcionarios Gubernamentales, división oriental.

Peggy descolgó el teléfono y llamó de inmediato.

A las siete de la mañana, un adormilado Maximillian Fischer empezó a oír ruidos. Levantó la cabeza de la almohada y oyó un creciente revuelo en la cocina, la voz aguda de la patrona y luego unas voces masculinas que no conocía. Aún medio dormido, logró incorporarse desplazando su corpachón con cuidado. No se apresuró; el médico le había dicho que no debía esforzarse, debido a la tensión que sufría ya su sobrecargado corazón. Se tomó su tiempo para vestirse.

«Vendrán a buscar una contribución para uno de los fondos —⁠se dijo⁠—. Podría ser. Aunque es un poco pronto». No se sentía alarmado. «Estoy en buena posición —⁠pensó con firmeza⁠—. No hay nada que temer».

Con todo cuidado, se abrochó su preciosa camisa de seda rosa y verde, una de sus favoritas. «Me da clase», pensó mientras, con gran esfuerzo, conseguía inclinarse lo bastante para ponerse sus zapatos de piel de ciervo sintética. «Hay que reunirse con ellos en pie de igualdad —⁠pensó mientras se alisaba el escaso cabello frente al espejo⁠—. Si me presionan demasiado, me quejaré directamente a Pat Noble, en la oficina de Nueva York. No tengo por qué soportar tonterías. Que llevo demasiado tiempo en el Sindicato».

En el cuarto de al lado, una voz berreó:

—Fischer… Ponte la ropa y sal. Tenemos un trabajo para ti y empieza hoy mismo.

«Un trabajo», pensó Max con sentimientos contradictorios. No sabía si alegrarse o lamentarse. Llevaba un año recaudando fondos para el Sindicato, como la mayoría de sus amigos. Bueno, habría que ver. «¡Joder! —⁠pensó⁠—. Puede que sea un trabajo duro. Puede que tenga que estar todo el rato inclinándome o moviéndome». Abrió la puerta.

—Escuchad —empezó a decir, pero uno de los funcionarios del Sindicato lo cortó en seco.

—Recoge tus cosas, Fischer. Gus Schatz la ha palmado y tienes que bajar a Washington D. C. para ocupar su puesto. Te queremos allí antes de que eliminen el puesto y tengamos que ir a la huelga o a los tribunales. Necesitamos a alguien que esté limpio y no dé problemas, ¿entendido? Una transición tan suave que ni se enteren.

Max preguntó inmediatamente:

—¿Cuánto pagan?

El miembro del Sindicato lo fulminó con la mirada y dijo:

—Como si tuvieras elección. Te han escogido. ¿Quieres que te cortemos el acceso a los fondos? ¿Quieres tener que buscarte un trabajo a tu edad?

—Eh, venga —protestó Max—. No querrás que descuelgue el teléfono y llame a Pat Noble…

Los agentes del Sindicato habían empezado a recoger cosas por todo el apartamento.

—Te ayudaremos a hacer la maleta. Pat quiere que estés en la Casa Blanca a las diez de la mañana.

—¡Pat! —repitió Max. Lo había vendido.

Los agentes del Sindicato sonrieron mientras empezaban a bajar maletas de lo alto de un armario.

Al poco rato estaban cruzando las llanuras del Medio Oeste en monorraíl. Maximillian Fischer, de mal humor, veía pasar el paisaje. No hablaba con los hombres que lo flanqueaban; prefería darle vueltas a lo que estaba pasando. ¿Qué recordaba sobre el puesto de suplente más importante del país? Empezaba a las ocho de la mañana, recordaba haberlo leído. Y la Casa Blanca estaba constantemente llena de turistas que querían ver el Unicéfalon 40-D, especialmente niños… Y él detestaba a los niños, porque siempre estaban burlándose de él por su peso. Joder, tendría que aguantarlos por millones, era una de las obligaciones del cargo. Por ley tenía que estar a menos de cien metros del Unicéfalon 40-D en todo momento, de día y de noche. ¿O eran cincuenta metros? En cualquier caso era prácticamente encima, por si el sistema homeostático de resolución de problemas llegaba a fallar. «Quizá debería prepararme un poco —⁠pensó⁠—. Hacer un curso de administración gubernamental, por si acaso».

Se volvió hacia el miembro del Sindicato que tenía a la derecha y le dijo:

—Escucha, compañero, ¿este trabajo que me habéis buscado me otorga algún poder? O sea, ¿puedo…?

—Es un trabajo del Sindicato, como cualquier otro —⁠respondió el tipo con hastío⁠—. Te sientas. Esperas. ¿Tanto tiempo llevas sin trabajar que no te acuerdas? —⁠Se echó a reír y le dio un codazo a su compañero⁠—. Eh, oye, aquí el amigo Fischer quiere saber qué autoridad le otorga el cargo. —⁠Ambos hombres se echaron a reír⁠—. Te diré una cosa, Fischer —⁠dijo arrastrando las palabras⁠—. Cuando estés allí, instalado en la Casa Blanca, cuando ya te hayan dado cama y silla, y tengas las comidas, la colada y las horas de televisión programadas, puedes acercarte al Unicéfalon 40-D y, no sé, echarte a llorar, ya sabes, hasta que se fije en ti.

—Vale —murmuró Max.

—Y luego —continuó el hombre— puedes decirle: «Eh, Unicéfalon, escucha. Soy tu colega. Tú me rascas la espalda y yo te rasco la tuya. Pásame un decreto y…».

—Pero ¿qué puede hacer él a cambio? —⁠preguntó el otro hombre del Sindicato.

—Divertirlo. Puedes contarle la historia de tu vida, cómo saliste de la pobreza y la oscuridad, y te educaste viendo la televisión siete días a la semana, hasta que finalmente, adivina lo que pasó, llegaste a la cumbre, conseguiste el puesto de… —⁠se echó a reír⁠— presidente suplente.

Maximillian, ruborizado, no dijo nada y siguió contemplando el paisaje por la ventanilla del monorraíl.

Una vez en la Casa Blanca, llevaron a Maximillian Fischer a una pequeña habitación. Allí había vivido Gus hasta su muerte, y aunque se habían llevado sus viejas revistas de coches, aún quedaban algunas fotografías colgadas de las paredes: un Volvo S122 de 1963, un Peugeot 403 de 1957, y otros coches clásicos de eras pretéritas. Sobre una estantería, Max vio un modelo en plástico de un Studebaker Starlight de 1950, recreado hasta el último detalle con absoluta perfección.

—Es lo que estaba haciendo cuando la palmó —⁠le dijo a Max uno de sus acompañantes mientras dejaba su maleta en el suelo⁠—. Lo sabía todo sobre esos antiguos coches sin turbinas…, hasta el último detalle inútil.

Max asintió.

—¿Tienes alguna idea de lo que vas a hacer? —⁠le preguntó el hombre.

—Pues no —dijo Max—. ¿Cómo quieres que me haya decidido tan deprisa? Dame un poco de tiempo. —⁠Agarró el Studebaker Starlight y examinó su parte inferior con desgana. Sintió el deseo de aplastar la maqueta. La dejó donde estaba y dio media vuelta.

—Podrías hacer pelotas con cinta de goma —⁠le dijo el otro.

—¿Cómo? —preguntó Max.

—El suplente anterior a Gus…, Louis no sé qué…, coleccionaba cinta de goma y se dedicó a hacer una pelota con ella. Cuando murió era tan grande como una casa. No me acuerdo cómo se llama, pero se conserva en el Smithsonian.

Hubo un revuelo en el pasillo. Una recepcionista de la Casa Blanca, una mujer de mediana edad vestida de manera austera, asomó la cabeza por la puerta y dijo:

—Señor presidente, ha venido un presentador de televisión. Quiere entrevistarlo. Trate de acabar lo antes posible, porque hoy tenemos varias visitas programadas y queremos que acuda a todas.

—Muy bien —dijo Max. Se volvió hacia el presentador. Era Jim-Jam Briskin, el más importante payaso televisivo del momento⁠—. ¿Quería verme? —⁠preguntó con voz vacilante⁠—. O sea, ¿seguro que quiere entrevistarme a mí? —⁠No se le ocurría qué podía encontrar Briskin de interesante en él. Extendió la mano y añadió⁠—: El cuarto es mío, pero las maquetas y las fotografías no. Eran de Gus. No puedo contarle nada sobre ellas.

Briskin llevaba la clásica peluca roja de presentador de televisión, que le otorgaba la misma apariencia extraña que las cámaras mostraban tan bien. Era mayor de lo que aparentaba en televisión, pero tenía la misma sonrisa amistosa y natural que encandilaba al público: era su enseña de informalidad, de buen tipo, de hombre templado pero dotado también de un humor cáustico en caso necesario. Briskin era el tipo de hombre que… «bueno —⁠reflexionó Max⁠—, es el tipo de hombre que a nadie le importaría que se casara con tu hermana».

Se estrecharon la mano.

—Está usted en directo, señor Fischer —⁠dijo Briskin⁠—. O debería decir «señor presidente». Aquí Jim-Jam. Quisiera hacerle unas preguntas para los miles de millones de telespectadores que están viéndonos en este momento desde todos los rincones de este apartado sistema solar nuestro. ¿Cómo se siente al pensar que si el Unicéfalon 40-D fallara, aunque sólo fuese un momento, se vería usted catapultado al cargo más importante que ha recaído nunca sobre ser humano alguno, el de presidente real, y no suplente, de Estados Unidos? ¿Le quita el sueño esta idea? —⁠Sonrió. Tras él, los técnicos manipulaban las cámaras móviles. Unas luces enfocaron los ojos de Max y éste sintió que empezaban a sudarle las axilas, el cuello y el labio superior⁠—. ¿Qué emociones siente ahora —⁠preguntó Briskin⁠—, cuando se encuentra en el umbral de esta nueva responsabilidad, en el momento cumbre de su vida? ¿Qué ideas pasan por su mente ahora que ya se encuentra en la Casa Blanca?

Tras una pausa, Max dijo:

—Es… una gran responsabilidad. —⁠Y entonces comprendió, vio, que Briskin estaba riéndose de él, riéndose en silencio. Porque era todo una broma. Y en los diferentes planetas y satélites, su audiencia también lo sabía. Ellos conocían el humor de Jim-Jam.

—Es usted un hombre fornido, señor Fischer —⁠dijo Briskin⁠—. Grueso, si se me permite decirlo. ¿Suele hacer mucho ejercicio? Lo pregunto porque con su nuevo trabajo, se verá confinado en este cuarto y me pregunto hasta dónde cambiará esto su vida.

—Bueno —respondió Max—, como es natural, creo que un empleado del gobierno debe estar siempre en su puesto. Sí, lo que dice usted es cierto. Tendré que estar aquí día y noche, pero eso no me preocupa. Estoy preparado para ello.

—Dígame —continuó Jim Briskin—, ¿cree usted…? —⁠Y entonces se detuvo. Se volvió hacia los técnicos que había tras él y, con una voz extraña, dijo⁠—: Ya no estamos en el aire.

Un hombre con unos cascos se abrió paso entre las cámaras.

—Escucha esto, rápido. —Se apresuró a pasarle los cascos a Briskin⁠—. El Unicéfalon ha cortado las emisiones. Está emitiendo un boletín de noticias.

Briskin se llevó los cascos a los oídos. Su rostro se arrugó y entonces dijo:

—Las naves a ocho UA… dice que son hostiles. —⁠Levantó la mirada hacia los técnicos con un gesto que le desplazó la peluca de payaso⁠—. Han atacado.

Antes de que pasaran veinticuatro horas los alienígenas habían conseguido, no sólo penetrar en el Sistema Solar, sino también desactivar al Unicéfalon 40-D.

La noticia le llegó a Maximillian Fischer de manera indirecta, mientras se encontraba en la cafetería de la Casa Blanca tomando su cena.

—¿Señor Maximillian Fischer?

—Sí —respondió levantando la mirada hacia los agentes del servicio secreto que rodeaban su mesa.

—Es usted el presidente de Estados Unidos.

—No —dijo Max—. Soy el presidente suplente, que no es lo mismo.

—El Unicéfalon —dijo uno de los agentes⁠— estará desactivado durante un mes, aproximadamente. De modo que, conforme a la Constitución enmendada, es usted presidente y comandante en jefe de las fuerzas armadas. Estamos aquí para protegerlo. —⁠El agente esbozó una sonrisa absurda, que Max le devolvió⁠—. ¿Lo entiende? —⁠le preguntó⁠—. ¿Comprende lo que le digo?

—Claro —dijo Max. Ahora entendía los murmullos que había oído mientras esperaba en la fila de la cafetería con su bandeja. Eso explicaba por qué había empezado a mirarlo de manera tan extraña el personal de la Casa Blanca. Dejó la taza de café, se limpió la boca lenta y parsimoniosamente con la servilleta, fingiendo estar absorto en graves pensamientos. Pero la verdad es que tenía la mente vacía.

—Nos han dicho —dijo el agente del servicio secreto⁠— que lo necesitan ahora mismo en el búnker del Consejo de Seguridad Nacional. Quieren que participe en las deliberaciones estratégicas.

Salieron de la cafetería en dirección al ascensor.

—… Deliberaciones estratégicas —⁠dijo Max mientras descendía⁠—. Tengo algunas ideas al respecto. Creo que es hora de mostrarse firmes con esas naves alienígenas, ¿no están de acuerdo?

Los agentes del servicio secreto asintieron.

—Sí, debemos demostrarles que no tenemos miedo —⁠dijo Max⁠—. Hacer las cosas como es debido. Aplastaremos a esas cucarachas.

Los agentes se echaron a reír con jovialidad.

Complacido, Max dio un pequeño codazo al líder del grupo.

—Creo que somos bastante fuertes, joder. O sea, somos Estados Unidos. Tenemos buena dentadura.

—Que se enteren, Max —dijo uno de los agentes del servicio secreto, y todos se echaron a reír, Max incluido.

Al salir del ascensor los detuvo un hombre alto y elegantemente vestido que dijo con voz nerviosa:

—Señor presidente, soy Jonathan Kirk, secretario de prensa de la Casa Blanca. Creo que antes de reunirse con el Consejo de Seguridad Nacional debe dirigirse a la nación en esta hora de gran peligro. La opinión pública quiere saber cómo es su nuevo líder. —⁠Le ofreció un papel⁠—. Éste es un discurso redactado por la Junta de Asesores Políticos. Expresa su…

—Tonterías —replicó Max mientras se lo devolvía sin echarle un solo vistazo⁠—. El presidente soy yo, no usted… ¿Kirk? ¿Burke? ¿Shirk? Dígame dónde está el micrófono, que yo me encargaré del discurso. O tráigame a Pat Noble. Seguro que tiene algunas buenas ideas. —⁠Y entonces se acordó de que Pat lo había vendido, había sido él quien lo había metido en aquello⁠—. No, olvídense de él —⁠dijo⁠—. Lléveme hasta el micrófono.

—Es un momento de crisis… —⁠dijo Kirk con voz chirriante.

—Claro —repuso Max—, así que déjeme solo. No me moleste y yo no lo molestaré a usted. ¿Le parece? —⁠Le dio unas cordiales palmaditas en la espalda⁠—. Será lo mejor para los dos.

En ese momento apareció un grupo de personas con cámaras portátiles y focos. Entre ellos, en el centro, estaban Jim-Jam y su equipo.

—¡Eh, Jim-Jam! —gritó⁠—. ¡Mira, ahora soy el presidente!

Jim Briskin se acercó a él con aire flemático.

—No voy a hacer ninguna pelota de cinta —⁠dijo Max⁠—. Ni maquetas ni nada de eso. —⁠Le estrechó vigorosamente la mano a Briskin⁠—. Gracias —⁠dijo Max⁠—. Por su enhorabuena.

—Enhorabuena —dijo Briskin en voz baja.

—Gracias —dijo Maximillian, y le apretó la mano hasta hacer crujir los nudillos⁠—. Como es natural, más tarde o más temprano volverán a arreglar ese trasto y yo volveré al puesto de suplente. Pero… —⁠Les dedicó una sonrisa de regocijo a todos ellos. El pasillo estaba abarrotado de personas de todas clases, de periodistas televisivos a personal de la Casa Blanca, pasando por oficiales del ejército y agentes del servicio secreto.

—Tiene usted una gran responsabilidad, señor Fischer —⁠dijo Briskin.

—Sí —asintió Max.

Algo en los ojos de Briskin decía: «Y me pregunto si podrá soportarlo. Me pregunto si es el hombre adecuado para ostentar ese poder».

—Claro que puedo —declaró Max al micrófono de Briskin para que pudiera oírlo toda la audiencia de éste.

—Posiblemente —dijo Jim Briskin con expresión de duda.

—Eh, he dejado de caerle bien —⁠dijo Max⁠—. ¿Cómo es eso?

Briskin no dijo nada, pero sus ojos echaban chispas.

—Escuche —dijo Max—, ahora soy presidente. Puedo clausurar su estúpida cadena… Puedo enviar al FBI cuando me parezca. Para su información, en este preciso momento relevo al fiscal general de Estados Unidos, sea quien sea, para reemplazarlo por alguien de mi confianza.

—Ya veo —dijo Briskin. Y en ese momento su desconfianza empezó a desaparecer, reemplazada por una especie de convicción que Max no pudo entender⁠—. Sí —⁠dijo Briskin⁠—. Tiene usted la autoridad para hacerlo, ¿verdad? Si es que realmente es el presidente…

—Cuidado —dijo Max—. No es usted nadie comparado conmigo, Briskin, a pesar de su audiencia. —⁠Entonces le dio la espalda a las cámaras y atravesó la puerta en dirección al búnker del Consejo de Seguridad Nacional.

Horas más tarde, a primera hora de la mañana, en el búnker subterráneo del Consejo de Seguridad Nacional, un Maximillian Fischer adormilado escuchaba las últimas noticias emitidas por la televisión del fondo de la habitación. Los servicios de inteligencia habían detectado la llegada de treinta naves más al sistema. Se creía que ya eran setenta. Estaban siguiendo por separado a cada una de ellas.

Pero no bastaba con eso y Max lo sabía. Más tarde o más temprano tendría que dar la orden de atacar. No estaba decidido. A fin de cuentas, ¿quiénes eran? Ni la CIA lo sabía. ¿Hasta dónde llegaba su fuerza? Tampoco lo sabía nadie. Y… ¿tendría éxito el ataque?

Luego estaban los problemas locales. El Unicéfalon había ejercido un estricto control sobre la economía, potenciando las áreas necesarias, reduciendo impuestos y controlando los tipos de interés, pero todo esto se había venido abajo en el mismo momento en que habían desactivado el sistema de resolución de problemas. «Joder —⁠pensó Max, acongojado⁠—. ¿Qué sé yo sobre el paro? O sea, ¿cómo puedo decidir qué fábricas deben reabrir y dónde?».

Se volvió hacia el general Tompkins, jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, quien, sentado a su lado, examinaba un informe sobre el despliegue táctico que defendía la Tierra.

—Todas las naves están preparadas, ¿no? —⁠le preguntó.

—Sí, señor presidente —respondió el general Tompkins.

Max se encogió por dentro. Pero el general no parecía haberlo dicho de manera irónica. Su tono había sido respetuoso.

—Muy bien —murmuró—. Me alegro de oírlo. Y tenemos el escudo de misiles preparado, ¿no? Esta vez no hay grietas, como la que aprovechó aquella nave para destruir el Unicéfalon. No quiero que eso se repita.

—Estamos en Defcon 1 —dijo el general Tompkins⁠—. En guerra total desde las seis, hora local.

—¿Y las naves estratégicas? —⁠Hacía poco que se había enterado que éste era el eufemismo para designar su fuerza de ataque.

—Podemos organizar un ataque en cualquier momento —⁠dijo el general Tompkins mientras dirigía una mirada de soslayo por toda la mesa para recabar la conformidad de sus colegas⁠—. Podemos encargarnos de cada uno de los setenta invasores que han irrumpido en el sistema.

Con un gemido, Max dijo:

—¿Alguien tiene un poco de bicarbonato? —⁠El asunto entero lo deprimía. «Qué cantidad de trabajo —⁠pensó⁠—. Condenada agitación. ¿Por qué no les decimos a esos capullos que se larguen del sistema sin más? O sea, ¿de verdad es necesario entrar en guerra? ¿Quién sabe lo que harán como represalia? Con las formas de vida no humanas nunca se sabe. Son tan poco fiables…».

—Eso es lo que me preocupa —⁠dijo en voz alta⁠—. La represalia. —⁠Suspiró.

—Evidentemente —respondió el general Tompkins⁠—, la negociación con ellos es imposible.

—Mire qué noticia tan curiosa —⁠le dijo a Max uno de sus asesores mientras le entregaba un teletipo⁠—. James Briskin acaba de presentar un mandamus contra usted en la Corte Federal de California, aduciendo que, legalmente, no es usted el presidente, dado que no concurrió a las elecciones.

—¿Porque no me eligieron? —⁠preguntó Max⁠—. ¿Sólo por eso?

—Sí. Briskin ha pedido a la Corte Federal que se pronuncie sobre el asunto y, entre tanto, ha decidido presentar su propia candidatura.

—¿Cómo?

—Según Briskin, no sólo debe usted concurrir a unas elecciones y ser elegido, sino que además debe hacerlo contra él. Y es evidente que, teniendo en cuenta su nivel de popularidad, cree que…

—Joder —dijo Max con desesperación⁠—. ¿Qué les parece eso?

Nadie dijo nada.

—Bueno, sea como sea —continuó—, está decidido. Adelante, aplasten esas naves. Entre tanto —⁠decidió en aquel mismo momento⁠— ejerceremos medidas de presión económica sobre los patrocinadores de Jim-Jam, Cerveza Reinlander y Sistemas Electrónicos Calbest. Así le pararemos los pies.

Todos los hombres sentados a la alargada mesa asintieron. Con un crujido de papeles, cerraron sus maletines. La reunión, al menos de momento, había terminado.

«Cuenta con una ventaja injusta —⁠se dijo Max⁠—. ¿Cómo quiere que concurra a unas elecciones cuando él es una estrella de la televisión y yo no? No es justo. No pienso permitirlo.

»Que se presente si quiere —⁠decidió⁠—. No le servirá de nada. No me vencerá porque no vivirá para hacerlo».

Una semana antes de las elecciones, Telscan, la agencia de sondeos interplanetarios, publicó los resultados de sus últimas encuestas. Al leerlos, Maximillian Fischer sintió que su ánimo terminaba de ensombrecerse.

—Mira esto —le dijo a su primo Leon Lait, el abogado al que poco tiempo antes había nombrado fiscal general. Le arrojó el informe.

Los resultados eran muy elocuentes. En las elecciones, Briskin lo derrotaría fácil y contundentemente.

—¿Cómo es posible? —preguntó Lait. Al igual que Max, era un hombre gordo y barrigón que durante años había ocupado un cargo de suplente. No estaba acostumbrado a la actividad física de ninguna clase y su nueva posición estaba resultándole complicada. Sin embargo no había dimitido por lealtad familiar hacia Max⁠—. ¿Es por las emisoras de televisión? —⁠preguntó mientras tomaba un sorbo de su lata de cerveza.

—No —replicó Max con tono cortante⁠—, es porque su ombligo brilla en la oscuridad. Pues claro que es por las emisoras de televisión, cretino. Las tiene día y noche trabajando, día y noche. Creando una imagen. —⁠Hizo una pausa. Estaba furioso⁠—. Es un payaso. Esa peluca roja… Está bien para un presentador de televisión, pero no para el presidente. —⁠Demasiado malhumorado como para seguir hablando, se sumió en un silencio.

Pero lo peor no había llegado aún.

Aquel mismo día, a las nueve de la noche, Jim-Jam Briskin inició un maratón televisivo de setenta y dos horas en todas sus emisoras de televisión, un último y gran impulso por llevar su popularidad a la cúspide y asegurarse la victoria.

En su dormitorio de la Casa Blanca, Max Fischer, sentado en la cama con una bandeja de comida, veía la televisión de mal humor.

«Ese Briskin…», pensó por millonésima vez.

—Mira —le dijo a su primo. El fiscal general estaba sentado en una silla, cerca de él⁠—. Ahí está ese payaso —⁠señaló la televisión.

—Es abominable —respondió Leon Lait mientras masticaba su hamburguesa con queso.

—¿Sabes desde dónde emite? Desde el espacio profundo, más allá de Plutón. Con su transmisor más lejano. Tus chicos del FBI no lo localizarán ni en un millón de años.

—Ya verás como sí —le aseguró Leon⁠—. Les dije que tenían que encontrarlo. Que mi primo el presidente lo había pedido en persona.

—Pero tardarán algún tiempo —⁠dijo Max⁠—. Leon, eres demasiado lento, joder. Voy a decirte una cosa. Tengo una nave de guerra ahí fuera, la Dwight D. Eisenhower. Está preparada para poner un huevo, ya sabes, un gran huevo explosivo, en cuanto les dé la orden.

—Muy bien, Max.

—Y detesto tener que hacerlo —⁠dijo Max.

El programa ya había empezado a coger ritmo. En aquel instante estaban en la sección de Momentos Cumbres, y allí, sobre el escenario, se encontraba la bonita Peggy Jones, de cabello radiante y con un vestido de lentejuelas que le dejaba los hombros al descubierto. «Vamos a ver un striptease —⁠comprendió Max⁠—, con una chica realmente impresionante». Hasta él estaba preparándose para verlo. Bueno, puede que no fuera un striptease de verdad, pero lo que estaba claro era que la oposición, es decir, Briskin y su personal, estaban utilizando el sexo como reclamo. Al otro lado de la habitación, su primo, el fiscal general, había dejado de comer su hamburguesa. La música cesó un instante y fue reanudándose lentamente.

En la pantalla, Peggy cantaba:

Estoy por Jim-Jam,

es el tipo más querido.

Jim-Jam, el mejor que hay,

tu candidato y también el mío.

—Oh, Dios mío —gimió Max. Pero sin embargo, tal como ella lo transmitía, con cada parte de su alargado y curvilíneo cuerpo, el mensaje calaba⁠—. Creo que no queda más remedio que darle la orden al Dwight D. Eisenhower —⁠dijo encogiéndose.

—Si tú lo dices, Max… —dijo Leon⁠—. No te preocupes, dictaminaré que actuaste conforme a la ley. No tengas miedo.

—Dame el teléfono rojo —dijo Max⁠—. Es la conexión que sólo puede usar el comandante en jefe para dar órdenes del máximo secreto. No está mal, ¿eh? —⁠Aceptó el teléfono del fiscal general⁠—. Llamaré al general Tompkins y le diré que dé la orden a la nave. Lástima, Briskin —⁠añadió con una última mirada a la pantalla⁠—. Pero la culpa es tuya. No tendrías que haber hecho lo que has hecho, pasarte a la oposición y tal.

—Hola, queridos camaradas —⁠dijo Briskin mientras alzaba las manos para pedir silencio. Los aplausos enlatados (Max sabía que no existía un público real en un lugar tan alejado) se alzaron un instante y luego volvieron a remitir. Briskin sonrió amigablemente mientras esperaba que terminaran de apagarse.

—Es falso —refunfuñó Max—. El público es falso… Son unos tíos muy listos. Su valoración está por las nubes.

—Es verdad, Max —convino el fiscal general⁠—. Ya me había dado cuenta.

—Camaradas —estaba diciendo un grave Jim Briskin en la pantalla⁠—, como ya sabréis, al principio el presidente Maximillian Fischer y yo nos llevábamos muy bien.

Con la mano en el teléfono rojo, Max pensó que lo que Jim-Jam estaba diciendo era verdad.

—Lo que nos dividió —continuó Briskin⁠— fue la cuestión del uso de la fuerza. Para Max Fischer, el cargo de presidente no es más que una herramienta, un instrumento que puede usar como extensión de sus deseos para satisfacer sus propias necesidades. Yo, sinceramente, creo que sus fines son honorables. Está tratando de continuar con las excelentes políticas del Unicéfalon. Pero en cuanto a los medios… Ésa es otra cuestión.

—Escucha lo que dice, Leon —⁠dijo Max. Y pensó: «Diga lo que diga, pienso seguir adelante. No dejaré que nadie se interponga en mi camino. Es mi deber. Tengo que hacerlo y si el presidente fuera él, haría lo mismo».

—Incluso el presidente —estaba diciendo Briskin⁠— debe obedecer la ley. No puede colocarse al margen de ella por muy poderoso que sea. —⁠Guardó silencio un instante y entonces dijo pausadamente⁠—: Sé que en este mismo momento, el FBI, obedeciendo las órdenes directas del fiscal general, nombrado por Max Fischer, Leon Lait, está intentando clausurar estas emisoras para acallar mi voz. Una vez más, Max Fischer está haciendo uso del poder, de las agencias gubernamentales, para conseguir sus propios fines, con lo que las convierte en una extensión…

Max levantó el teléfono rojo. Al instante, una voz dijo desde el otro lado:

—Sí, señor presidente. Aquí el JC del general Tompkins.

—¿Quién? —preguntó Max.

—Jefe de Comunicaciones del ejército, 600-1000, señor. A bordo de la Dwight D. Eisenhower, recibiendo una transmisión codificada desde la estación militar de Plutón.

—Ah, sí —dijo Max asintiendo—. Escuchen, amigos, quiero que estén muy atentos a mis instrucciones. —⁠Tapó el auricular con la mano⁠—. Leon —⁠dijo a su primo, que se había terminado la hamburguesa y estaba tomándose un batido de fresa⁠—, ¿cómo lo hago? O sea, Briskin está diciendo la verdad.

—Dale la orden a Tompkins —⁠dijo Leon. Eructó y se dio un golpecito con el puño en el pecho⁠—. Perdón.

En la pantalla, Jim Briskin dijo:

—Creo que hasta es posible que esté arriesgando la vida al hablar con ustedes, porque, debemos afrontarlo, tenemos un presidente al que no le importaría recurrir al asesinato para alcanzar sus objetivos. Ésas son las prácticas políticas de un tirano, y eso es lo que estamos viendo nacer, una tiranía en sustitución del gobierno racional y desinteresado del sistema de resolución de problemas Unicéfalon 40-D, diseñado, construido y activado por las mentes más brillantes que jamás han existido, mentes dedicadas a la preservación de todo lo que de nuestra tradición merece ser preservado. Y la transición de este sistema a una tiranía personal es, como mínimo, un suceso realmente triste.

—Ya no puedo hacerlo —dijo Max en voz baja.

—¿Por qué? —preguntó Leon.

—¿No lo has oído? Está hablando de mí. Ese tirano soy yo. Qué triste. —⁠Colgó el teléfono⁠—. He esperado demasiado. Me cuesta decir esto —⁠continuó⁠—, pero… Maldita sea, si lo hiciera demostraría que tiene razón. —⁠«De todos modos, ya sé que tiene razón —⁠pensó⁠—. Pero ¿lo saben ellos? ¿Lo sabe la opinión pública? No puedo dejar que lo averigüen. Es necesario que respeten a su presidente. Que lo honren. No me extraña que salga tan mal parado en las encuestas de Telscan. Ni que Jim Briskin decidiera presentarse en cuanto se enteró de que iba a ocupar el cargo. Lo saben. Lo perciben, perciben que Jim-Jam está diciendo la verdad. No doy la talla como presidente. No soy digno del cargo».

—Escucha, Leon —dijo—. De todos modos voy a acabar con Briskin. Será mi último acto oficial. —⁠Descolgó el teléfono rojo⁠—. Ordenaré que lo borren del mapa, y luego, que sea presidente cualquier otro. El que decida el pueblo. Hasta Pat Noble, o tú mismo. Me da igual. —⁠Se llevó el auricular a la oreja⁠—. Eh, JC —⁠dijo alzando la voz⁠—. Venga, responde. —⁠Y le dijo a su primo⁠—: Déjame un poco de batido. De hecho es medio mío.

—Claro, Max —respondió Leon con decisión.

—¿No hay nadie ahí? —dijo Max al teléfono. Esperó. El aparato continuó mudo⁠—. Aquí pasa algo —⁠le dijo a Leon⁠—. Las comunicaciones han fallado. Seguro que han sido otra vez los alienígenas.

Y entonces se fijó en la pantalla de televisión. Estaba negra.

—¿Qué pasa? —dijo—. ¿Por qué me están haciendo esto? ¿Quién lo está haciendo? —⁠Miró a su alrededor, asustado⁠—. No lo entiendo.

Leon siguió tomándose estoicamente su batido, con un encogimiento de hombros como única respuesta. Pero su rostro rollizo había empalidecido.

—Es demasiado tarde —dijo Max—. Por alguna razón, es demasiado tarde. —⁠Colgó lentamente⁠—. Tengo enemigos, Leon, más poderosos que tú y que yo. Y ni siquiera sé quiénes son. —⁠Permaneció en silencio, sentado frente a la negra y muda pantalla. Esperando.

De improviso, los altavoces de la televisión dijeron:

—Boletín de noticias pseudoautomático. Esperen, por favor. —⁠Y volvió a hacerse el silencio.

Jim Briskin miró de reojo a Ed Finenberg y Peggy y aguardó.

—Camaradas ciudadanos de Estados Unidos —⁠dijo al momento una voz plana desde los altavoces⁠—. El interregno ha terminado y la situación ha vuelto a la normalidad. —⁠Mientras iba hablando aparecían palabras en la pantalla, una cinta impresa que se deslizaba lentamente frente a las cámaras de televisión en Washington D. C. El Unicéfalon 40-D se había introducido en la emisión de la manera habitual, interrumpiendo el programa: era su derecho tradicional.

Aquella voz era el órgano de comunicación de la estructura homeostática.

—La campaña electoral queda cancelada —⁠dijo⁠—. Éste es el punto uno. El presidente suplente, Maximillian Fischer, ha sido degradado. Éste es el punto dos. Punto tres: estamos en guerra con los alienígenas que han invadido nuestro sistema. Punto cuatro: James Briskin, quien estaba hablándoles en este momento…

«Se acabó», comprendió Jim Briskin.

En sus auriculares, la voz impersonal y monocorde continuó:

—Punto cuatro: James Briskin, quien estaba hablándoles en este momento, deberá poner fin a sus actividades y recibirá un mandamus en el que se le pedirá que exponga las razones para que se le permita continuar con su actividad política. En defensa del interés general se le ordena que desista de sus ambiciones políticas.

Briskin esbozó una sonrisa sombría y miró a Peggy y a Ed Finenberg.

—Se acabó —dijo—. Estoy políticamente acabado.

—Puedes luchar en los tribunales —⁠respondió Peggy al instante⁠—. Puedes llevarlo hasta el Tribunal Supremo. No sería la primera vez que anula una decisión del Unicéfalon. —⁠Le puso una mano en el hombro, pero él se apartó⁠—. ¿O quieres ir más allá?

—Al menos no me han eliminado —⁠dijo Briskin. Se sentía cansado⁠—. Me alegro de ver que la máquina vuelve a funcionar —⁠dijo para tranquilizar a Peggy⁠—. Significa un regreso a la estabilidad. Nos vendrá bien.

—¿Qué vas a hacer, Jim-Jam? —⁠preguntó Ed⁠—. ¿Volver con Cerveza Reinlander y Equipos electrónicos Calbest y tratar de recuperar tu antiguo empleo?

—No —murmuró Briskin. Desde luego que no. Pero… la verdad es que no podía quedarse callado. No podía hacer lo que había dicho el sistema de resolución de problemas. Sencillamente, era un imposible biológico para él. Más tarde o más temprano, para bien o para mal, tendría que volver a hablar. «Y además —⁠pensó⁠—, seguro que Max tampoco puede hacer lo que le han dicho… Ninguno de los dos podremos. Quizá debería enfrentarme a ese mandamus. No aceptarlo. Una denuncia…; demandaré al Unicéfalon 40-D en los tribunales. Jim-Jam Briskin demandante, Unicéfalon 40-D acusado. —⁠Sonrió⁠—. Para eso necesitaré un buen abogado. Alguien mucho mejor que el fiscal general de Max Fischer, Leon Lait».

Se acercó al armario del pequeño estudio desde el que habían estado emitiendo, sacó el abrigo y se lo puso. El viaje de regreso a la Tierra desde aquel remoto lugar era muy largo y quería iniciarlo cuanto antes.

Peggy fue tras él y le preguntó:

—¿Ni siquiera vas a salir al aire? ¿Aunque sea para terminar el programa?

—No —le respondió.

—Pero el Unicéfalon volverá a fallar y, ¿qué nos quedará entonces? Las ondas silenciosas. Eso no está bien, ¿no crees Jim? No puedes irte así sin más… Me cuesta creerlo. No es propio de ti.

Briskin se detuvo en la puerta del estudio.

—Ya has oído lo que ha dicho. Van a mandarme instrucciones.

—Nadie deja las ondas silenciosas —⁠dijo Peggy⁠—. Es el vacío, Jim, algo contrario a la naturaleza. Y si no lo ocupas tú, lo hará otro. Mira, el Unicéfalon está devolviéndonos la señal. —⁠Señaló el monitor de televisión. La cinta del mensaje había terminado de pasar. Una vez más, la pantalla volvía a estar desprovista de movimiento y luz⁠—. Es tu responsabilidad —⁠añadió Peggy⁠—. Y lo sabes.

—¿Volvemos a estar en el aire? —⁠preguntó a Ed.

—Sí, ha abandonado el circuito, al menos de momento. —⁠Ed señaló el estudio vacío, enfocado por las cámaras y los focos. No dijo nada más. No era necesario.

Con el abrigo aún puesto, Jim Briskin se dirigió hacia allí. Se detuvo frente a las cámaras con las manos en los bolsillos, sonrió y dijo:

—Creo, queridos camaradas, que la interrupción ha terminado. Al menos de momento. Así que… sigamos.

El sonido de los aplausos enlatados —⁠controlados por Ed Finenberg⁠— volvió a crecer en volumen y Jim Briskin pidió silencio a su inexistente público.

—¿Alguno de ustedes conoce a un buen abogado? —⁠preguntó con tono cáustico⁠—. Si es así, llámenos ahora mismo…, antes de que el FBI consiga encontrarnos.

En su dormitorio de la Casa Blanca, al finalizar el mensaje del Unicéfalon, Maximillian Fischer se volvió hacia su primo Leon y dijo:

—Bueno, me quedé sin cargo.

—Sí, Max —dijo con voz pesada—. Supongo que sí.

—Y tú —señaló Max—. Van a hacer una limpieza a fondo, cuenta con ello. Degradado. —⁠Apretó los dientes⁠—. Qué insultante. Podría haber dicho «relevado» o «destituido».

—Supongo que no es más que una manera de expresarse —⁠dijo Leon⁠—. No te alteres, Max. Recuerda tus problemas cardíacos. Sigues siendo el presidente suplente, y ése es el número uno de los cargos suplentes. Y encima te has quitado toda esa responsabilidad de encima. Tienes suerte.

—Me pregunto si dejarán que me termine la comida —⁠dijo mientras echaba un vistazo a la bandeja que tenía delante. Ahora que ya no estaba en el puesto, su apetito estaba mejorando por momentos. Eligió un sándwich de ensalada de pollo y le dio un buen mordisco⁠—. Aún es mía —⁠decidió con la boca llena⁠—. Sigo viviendo aquí y podré comer cuando quiera, ¿no?

—En efecto —asintió Leon. Su mente de abogado seguía funcionando⁠—. Así se estipula en el contrato firmado por el Sindicato y el Congreso. ¿Te acuerdas de aquello? No fuimos a la huelga porque sí.

—Qué tiempos aquéllos —dijo Max. Se terminó el sándwich de pollo y continuó con el ponche de huevo. Era agradable no tener que tomar grandes decisiones. Exhaló un largo y sentido suspiro, y se recostó en la montaña de almohadones que tenía a la espalda.

Pero entonces pensó: «En algunos aspectos me gustaba lo de tomar decisiones. Es decir, era… —⁠buscó la palabra⁠—. Era diferente a ser suplente o estar en el paro. Me proporcionaba…

»Satisfacciones. Eso es. Como si hubiera conseguido algo». Ya empezaba a echarlo de menos. De repente se sentía vacío, como si todas las cosas hubieran perdido su propósito.

—Leon —dijo—. Podría haber seguido siendo presidente un mes más. Y lo habría disfrutado. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Sí, creo que sí —musitó Leon.

—No, yo creo que no —repuso Max.

—Lo estoy intentando —dijo su primo⁠—. Te lo prometo.

—No tendría que haber dejado que esos ingenieros arreglaran el Unicéfalon —⁠continuó Max con amargura⁠—. Tendría que haber enterrado el proyecto, al menos durante seis meses.

—Ya es demasiado tarde para pensar en eso —⁠dijo Leon.

«¿De veras? —se preguntó Max—. Bueno, ya sabes, podría pasarle algo al Unicéfalon 40-D. Un accidente».

Pensó en ello mientras comía una porción de tarta de manzanas verdes con un buen trozo de queso de vaca. Conocía a varias personas capaces de organizar cosas así…, y que las organizaban de vez en cuando.

«Un accidente grave, casi fatal. A última hora de la noche, cuando todo el mundo esté dormido aquí, en la Casa Blanca, salvo yo. Los alienígenas nos han demostrado que es posible».

—Mira, Jim-Jam vuelve a estar en el aire —⁠dijo Leon señalando el televisor. Y, en efecto, allí estaba la famosa y familiar peluca roja, y Briskin, diciendo algo ingenioso y al mismo tiempo profundo, algo que le hacía a uno pararse un momento a pensar⁠—. Eh, escucha eso —⁠dijo Leon⁠—. Está haciendo chistes a costa del FBI. Menudo momento… A ese tío no le asusta nada.

—No me molestes —dijo Max—. Estoy pensando. —⁠Alargó el brazo y le quitó el sonido al televisor.

Para pensar en cosas como aquélla prefería que no hubiera distracciones.

NOTA:

El suplente «Stand-By». («Top Stand-By Job») [18 de abril de 1963], en Amazing, octubre 1963.


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