Leon Sipling gimió y apartó los documentos. En una organización formada por miles de personas, él era el único empleado que no estaba totalmente concentrado. De hecho, es posible que fuera el único yancista de Calisto que no estaba haciendo su trabajo. El miedo y una rápida sucesión de accesos de desesperación le hicieron encender el circuito de audio y llamar a Babson, el controlador general de la oficina.
—Oye —dijo con voz ronca—. Creo que estoy atascado, Bab. ¿Y si pasamos la gestalt hasta mi parte? Quizá así pueda adaptar mi ritmo… —Sonrió débilmente—. Ya sabes, el zumbido de otras mentes creativas.
Tras un momento de cavilación, Babson estiró los brazos hacia la sinapsis de impulsos, sin el menor rastro de simpatía en su enorme rostro.
—¿Estás retrasando a los demás, Sip? Esto tiene que estar integrado en las noticias a las seis de la noche. Según el programa, el trabajo tiene que estar en las líneas de vídeo para el descanso de la cena.
El aspecto visual de la gestalt había empezado a formarse ya en la pantalla de la pared. Sipling dirigió su atención hacia allí, agradecido a la oportunidad de escapar de la fría mirada de Babson.
La pantalla mostraba una imagen de Yancy en 3-D, la clásica vista en tres cuatros, de cintura para arriba. John Edward Yancy con su vieja camisa arremangada y los brazos morenos y peludos. Era un hombre de mediana estatura, de casi sesenta años, con el rostro bronceado, el cuello ligeramente rojo, una sonrisa bondadosa en la cara y los ojos entornados porque estaba mirando el sol. Detrás de él había una imagen estática de su garaje, su jardín y su césped, la parte trasera de su linda casita de plástico blanco. Yancy sonrió y miró a Sipling: parecía un vecino que hacía una pausa en mitad de un día de verano y, sudando por culpa del calor y el esfuerzo de cortar el césped, se disponía a lanzar algunos comentarios intrascendentes sobre el tiempo, el estado del planeta o del barrio.
—Oíd —dijo Yancy por los altavoces con los que estaba equipada la mesa de Sipling. Tenía una voz grave, personal—. El otro día le pasó algo de lo más curioso a mi nieto Ralf. Ya sabéis cómo es: siempre llega al colegio media hora antes… Dice que le gusta estar sentado antes que nadie.
—Qué ambicioso… —comentó Joe Pines desde la mesa de al lado.
En la pantalla siguió hablando la voz de Yancy, confiada, amigable, imperturbable:
—Bueno, resulta que el chico vio una ardilla; estaba ahí sentada, en la acera. Paró un momento y la observó. —La mirada de Yancy era tan realista que Sipling estuvo a punto de creerlo. Casi pudo ver la ardilla y al tozudo nieto de la familia Yancy, hijo del hijo de la persona más familiar (y más amada) de todo el planeta.
—La ardilla —continuó Yancy con su habitual cordialidad— estaba recogiendo frutos. Y, caray, esto pasó el otro día, en pleno junio. Y ahí estaba ese bichito —con las manos indicó su tamaño—, recogiendo frutos secos y almacenándolos para el invierno.
Y entonces, la expresión desenfadada, la expresión que Yancy utilizaba para contar sus anécdotas, se esfumó. Una mirada seria, reflexiva, la reemplazó: una mirada cargada de gravedad. Sus ojos azules se oscurecieron (habían hecho un buen trabajo con el color). Su mandíbula se volvió más cuadrada, más imponente (los androides habían atinado totalmente con los maniquíes). Yancy pareció tornarse más viejo, más solemne y maduro; en suma, más impresionante. Tras él, el jardín había desaparecido de repente y un fondo ligeramente distinto se había colocado de manera discreta en su lugar; ahora Yancy se encontraba firmemente plantado en medio de un paisaje de cósmica majestad, entre montañas y vientos y bosques enormes y antiguos.
—Eso me dio que pensar —dijo Yancy, con la voz más grave y más lenta—. Ahí estaba esa ardillita. ¿Cómo sabía que llegaba el invierno? Pues ahí estaba, sin embargo, trabajando, preparándose para su llegada. —Su voz se elevó—. Preparándose para un invierno que nunca había visto.
Sipling se puso tenso y se preparó a su vez: estaban acercándose al momento. En su mesa, Joe Pines sonrió y exclamó:
—¡Preparados!
—Esa ardilla —dijo Yancy en tono solemne— tenía fe. Nunca había visto un invierno, pero sabía que se avecinaba. —La firme mandíbula se movió; una mano ascendió lentamente…
Y entonces la imagen se detuvo. Quedó congelada, inmóvil, muda. No pronunció palabra alguna; el sermón terminó bruscamente, en medio del párrafo.
—Ya está —dijo Babson con tono cortante mientras hacía desaparecer de nuevo el Yancy—. ¿Te ha servido de algo?
Sipling toqueteó nerviosamente sus papeles.
—No —admitió—. La verdad es que no. Pero… ya se me ocurrirá algo.
—Eso espero. —El rostro de Babson se ensombreció de manera ominosa y sus pequeños y maliciosos ojos parecieron menguar más aún—. ¿Qué te pasa? ¿Problemas en casa?
—Todo va bien —murmuró Sipling, sudando—. Gracias.
En la pantalla perduraba aún una tenue impresión de Yancy, en el acto de pronunciar la palabra «avecinaba». El resto de la gestalt, la sucesión ininterrumpida de palabras y gestos que aún no se habían descrito y suministrado al sistema, estaba en la cabeza de Sipling. Faltaba su contribución, lo que tenía la gestalt totalmente parada.
—Oye —murmuró Joe Pines—. Si quieres, hoy no me importa hacerme cargo. Desconecta tu mesa y yo conecto la mía.
—Gracias —musitó Sipling—, pero esta parte tengo que hacerla yo. Es la más importante.
—Deberías tomarte un descanso. Últimamente has estado trabajando demasiado.
—Sí —convino Sipling. Se sentía al borde de la histeria—. Estoy un poco descontrolado.
Eso era evidente: en la oficina todos se habían dado cuenta. Pero sólo Sipling sabía el porqué. Y estaba haciendo todo lo posible por resistir la tentación de gritarlo a pleno pulmón.
El análisis básico sobre el ambiente político de Calisto lo realizaba un ordenador de Niplan desde Washington D. C., pero las evaluaciones finales estaban en manos de técnicos humanos. Los ordenadores de Washington podían verificar que la estructura política de Calisto estaba virando hacia el totalitarismo, pero no eran capaces de interpretar lo que eso significaba. Hacían falta seres humanos para definir esa deriva como algo pernicioso.
—No es posible —protestó Taverner—. Hay un tráfico industrial constante entre Calisto y el exterior; con la única excepción del sindicato de Ganímedes, tienen el monopolio del comercio extraplanetario. En cuanto empezase a pasar algo raro lo sabríamos.
—¿Cómo? —inquirió el jefe de policía Kellman.
Taverner señaló las hojas de datos, los gráficos y las tablas, con sus números y porcentajes, que cubrían las paredes de las oficinas de la policía de Niplan.
—De cien maneras diferentes. Ataques terroristas, encarcelamientos políticos, campos de exterminio… Se filtrarían rumores sobre exilios políticos, actos de traición y deslealtad… Todos los elementos característicos de la dictadura.
—No confunda el totalitarismo con la dictadura —dijo Kellman con voz seca—. Un estado totalitario se inmiscuye en todos los aspectos de la vida de sus ciudadanos y trata de dar forma a sus opiniones sobre todos los temas. El gobierno concreto puede adoptar la forma de una dictadura, un parlamento, un presidente electo o un consejo sacerdotal. Eso es lo de menos.
—De acuerdo —dijo Taverner, convencido—. Iré. Llevaré un equipo y veremos qué están haciendo.
—¿Podrán hacerse pasar por calistitas?
—¿Cómo son?
—No estoy seguro —admitió Kellman con aire reflexivo y una mirada a las complejas gráficas de las paredes—. Pero sean como sean, empiezan a parecerse todos mucho.
Entre los pasajeros del transporte interplanetario comercial que había tomado tierra en Calisto se encontraban Peter Taverner, su esposa y sus dos hijos. Con una mueca de preocupación, Taverner localizó las figuras de los agentes de la autoridad que esperaban junto a la escotilla de salida. Los pasajeros iban a ser sometidos a un cuidadoso examen. La rampa descendió y los agentes avanzaron en grupo.
Una documentación hábilmente falsificada lo identificaba como un tratante en metales no férricos, que visitaba Calisto en busca de un mayorista al que servir de intermediario. Calisto era una encrucijada de operaciones terrestres y mineras; un torrente constante de empresarios ávidos de riqueza salía y entraba de ella, llevando cargamentos de materias primas desde las primitivas lunas o los equipos mineros desde los planetas interiores.
Cautelosamente, Taverner se colocó la gabardina sobre el brazo. Hombre corpulento, de unos treinta y tantos, podía pasar perfectamente por un empresario. Su traje de dos piezas era caro, pero conservador. Sus grandes zapatos estaban lustrosos. En conjunto, su disfraz resultaba verosímil. En compañía de su familia, se encaminó a la rampa de salida, donde presentó una réplica perfecta de un billete extraplanetario de clase bussiness.
—¿Razón de la visita? —inquirió un agente de uniforme verde, lápiz en mano. Las tarjetas de identidad fueron revisadas, fotografiadas y almacenadas en una base de datos. Se cotejaron los mapas neuronales. La rutina habitual.
—Compraventa de metales no férricos… —empezó a decir Taverner, pero un segundo oficial lo interrumpió con brusquedad.
—Es usted el tercer policía que llega esta mañana. ¿Qué mosca les ha picado en la Tierra? —Miró a Taverner con atención—. Nos mandan más policías que ministros.
Taverner, tratando de mantener la compostura, respondió con voz calmada:
—Estoy aquí para tomarme un descanso. Alcoholismo agudo. Nada oficial.
—Lo mismo dijeron sus colegas. —El agente sonrió, divertido de verdad—. Bueno, qué más da un poli terráqueo más. —Levantó la barra e invitó a pasar a Taverner y su familia—. Bienvenidos a Calisto. Que se diviertan. Somos el satélite que más rápido está creciendo en todo el sistema.
—Prácticamente un planeta —comentó Taverner con sarcasmo.
—Cualquier día lo seremos. —El oficial estudió algunos informes—. Según nuestros amigos en el seno de su pequeña organización, han estado empapelando sus paredes con gráficas y tablas sobre nosotros. ¿Tan importantes somos?
—Es un interés meramente académico —dijo Taverner. Si habían localizado a los tres agentes, el equipo entero estaba comprometido. Era evidente que las autoridades concentraban sus esfuerzos en la detección de infiltrados. Al darse cuenta de ello sintió un escalofrío.
Pero de todos modos iban a dejarlo pasar. ¿Tanto confiaban en sí mismos?
La cosa no tenía buena pinta. Mientras miraba a su alrededor en busca de un taxi, se preparó para emprender la tarea de integrar a los miembros dispersos del equipo en un operativo.
Aquella noche, en el bar Stay-Lit de la calle principal del barrio comercial, Taverner se reunió con los dos miembros de su equipo. Encorvados sobre unos whiskys sours, compararon notas.
—Llevo aquí casi doce horas —dijo Eckmund mientras recorría con mirada impasible las hileras de botellas que ocupaban el triste fondo del bar. El aire estaba cargado de humo; la máquina de discos de la esquina emitía una matraca metálica y continua—. He estado paseando por ahí, mirando cosas, observando…
—Yo —dijo Dorser— he ido a la visio-biblioteca. He comparado la mitología oficial con la realidad de Calisto. Y he estado charlando con la gente que había en las salas de visionado, eruditos y eso.
Taverner tomó un sorbito de su cóctel.
—¿Algo interesante?
—Ya conoces el principio empírico de las sociedades primitivas —dijo Eckmund con tono sarcástico—. He estado perdiendo el tiempo cerca de un callejón hasta entablar conversación con unos tipos que esperaban el autobús. Probé a atacar a las autoridades, quejándome del servicio de autobuses, la recogida de basuras, los impuestos, todo… Pues me dieron la razón. Con vehemencia. Sin vacilar. Y sin miedo.
—El sistema gubernamental —comentó Dorser— se ajusta al clásico patrón arcaico. Un sistema de dos partidos, uno ligeramente más conservador que el otro; sin diferencias esenciales, claro está. Pero ambos eligen a sus candidatos en primarias abiertas, y las papeletas se les envían a todos los votantes registrados. —Una carcajada casi espasmódica lo atravesó—. Se trata de una democracia modélica. He hojeado los libros de texto. No contienen otra cosa que eslóganes idealistas: libertad de expresión, de reunión, de religión… Lo típico de la vieja escuela.
Los tres permanecieron un momento en silencio.
—Hay cárceles —dijo Taverner lentamente—. Toda sociedad tiene sus delitos.
—He estado en una de ellas —dijo Eckmund después de eructar—. Ladrones de poca monta, asesinos, ocupas, pandilleros… Lo habitual.
—¿No hay prisioneros políticos?
—No. —Eckmund alzó la voz—. Ahora mismo podríamos estar hablando de esto a voz en grito. A nadie le importa. Ni siquiera a las autoridades.
—Lo más probable es que cuando nos vayamos encierren a unos cuantos miles de personas —murmuró Dorser, pensativo.
—Por Dios —replicó Eckmund—. La gente puede abandonar Calisto cuando le parece. Si tienes un estado policial, lo primero que haces es cerrar las fronteras. Y las de aquí están abiertas de par en par. La gente entra y sale con entera libertad.
—Puede que sea algo que echan en el agua —sugirió Dorser.
—¿Cómo va a haber una sociedad totalitaria sin terrorismo? —preguntó retóricamente Eckmund—. Aquí no hay policía política; pondría la mano en el fuego. Esta sociedad no está dominada por el miedo.
—Pues de algún modo está ejerciéndose la presión —insistió Taverner.
—No por medios policiales —repuso Dorser con énfasis—. Ni a través de la fuerza o la brutalidad. Ni mediante arrestos ilegales, prisiones y trabajos forzados.
—Si éste fuera un estado policial —dijo Eckmund—, habría algún movimiento de resistencia. Algún grupo subversivo, decidido a derrocar a las autoridades. Pero en esta sociedad la gente es libre de quejarse. Puedes comprar espacios en las televisiones y las emisoras de radio, en los periódicos…, donde quieras. —Se encogió de hombros—. ¿Para qué iba a haber un movimiento de resistencia clandestino? Sería absurdo.
—Pues a pesar de todo eso —dijo Taverner— esta gente vive en una sociedad unipartidista, con una línea de pensamiento única y una ideología oficial. Todos los indicios demuestran que se trata de un estado totalitario, sometido a un cuidadoso control. Son zombis…, lo sepan o no.
—¿Y por qué no se dan cuenta?
Taverner sacudió la cabeza, perplejo.
—Eso me gustaría saber a mí. Habrá algún mecanismo que no entendemos.
—Está todo a la vista. Podemos volver a buscar.
—Debemos de estar buscando lo que no es. —De manera inconsciente, la mirada de Taverner vagó hasta la pantalla de televisión que había sobre la barra. Había terminado la clásica actuación rutinaria de una chica desnuda que cantaba y bailaba; poco a poco, unas facciones masculinas fueron cobrando definición: era un hombre imponente, de rostro redondeado, de unos cincuenta años de edad, con unos ojos azules llenos de franqueza, una sonrisa casi infantil en los labios y una mata de pelo castaño sobre dos orejas ligeramente prominentes.
—Amigos —dijo la imagen con voz sonora—, me alegro de volver a estar entre vosotros esta noche. Pensé que podíamos mantener una pequeña charla.
—Un anuncio —dijo Dorser mientras le pedía otra copa a la máquina que expendía las bebidas.
—¿Quién es? —preguntó Taverner con curiosidad.
—¿Ese tipo de aspecto afable? —Eckmund examinó sus notas—. Una especie de comentarista popular. Se llama Yancy.
—¿Es miembro del gobierno?
—No que yo sepa. Es una especie de filósofo popular. Había una biografía suya en una revista que compré en un quiosco. —Le pasó a su jefe un panfleto de brillantes colores—. Un tipo corriente y moliente, hasta donde se sabe. Fue soldado. Se distinguió en la guerra entre Marte y Júpiter. Ascendido en el campo de batalla. Llegó a mayor. —Se encogió de hombros con indiferencia—. Es una especie de almanaque parlante. Habla sobre cualquier tema. La voz de la sabiduría, ya sabes. Lo mismo te cuenta cómo curar un resfriado que te explica cuál es el problema de la Tierra.
Taverner examinó la revista.
—Sí, la cara me suena. La he visto por ahí.
—Es una figura muy popular. A las masas les encanta. Un hombre del pueblo: habla para ellos. Cuando estaba comprando tabaco vi que anunciaba una de las marcas. Y es muy popular. Casi ha conseguido expulsar a las demás del mercado. Y lo mismo pasa con la cerveza. Seguramente el whisky de mi cóctel lo anuncie también el bueno de Yancy. Y las pelotas de tenis. Sólo que él no juega al tenis, sino al croquet. Todos los fines de semana. —Tomó su nueva copa y terminó—: Así que ahora a todo el mundo le ha dado por jugar al croquet.
—¿Cómo puede imponerse el croquet en un planeta entero? —inquirió Taverner.
—Esto no es un planeta —repuso Dorser—. Es un satélite de tres al cuarto.
—Según Yancy, no —dijo Eckmund—. Él dice que debemos pensar que Calisto es un planeta.
—¿Cómo? —preguntó Taverner.
—Desde el punto de vista espiritual es un planeta. A Yancy le gusta que la gente vea las cosas desde el punto de vista espiritual. Cree en Dios, en la honradez en la acción de gobierno, en el trabajo duro y en la rectitud. Las típicas perogrulladas.
La expresión de Taverner se endureció.
—Interesante —murmuró—. Creo que voy a hacerle una visita.
—¿Por qué? Es el tío más aburrido y mediocre que te puedas imaginar.
—Puede —respondió Taverner— que precisamente por eso me interese.
Babson, enorme y amenazante, se encontró con Taverner en la entrada del Edificio Yancy.
—Claro que puede usted reunirse con el señor Yancy. Pero es un hombre muy ocupado. Tardará algún tiempo hacerle un hueco en su agenda. Todo el mundo quiere ver al señor Yancy.
Sin dejarse impresionar, Taverner preguntó:
—¿Cuánto tendré que esperar?
Mientras cruzaban el vestíbulo principal en dirección a los ascensores, Babson hizo unos cálculos.
—Oh, unos cuatro meses.
—¡Cuatro meses!
—John Yancy es el hombre vivo más popular del mundo.
—Puede que aquí sí —repuso Taverner con cierto fastidio mientras entraban en el abarrotado ascensor—. Yo no había oído hablar de él hasta ahora. Si tan importante es, ¿por qué en Niplan no se sabía nada sobre él?
—La verdad —admitió Babson en tono de confidencia— es que no entiendo lo que la gente ve en él. Por lo que a mí se refiere, es sólo un montón de humo. Pero a la gente de aquí le encanta. A fin de cuentas, Calisto es… provinciano. Yancy apela a cierto tipo de mente rural…, a gente a la que le gusta vivir en un mundo sencillo. Me temo que la Tierra sería demasiado sofisticada para él.
—¿Lo han intentado?
—Aún no —dijo Babson. Y tras un instante de reflexión, añadió—: Puede que más adelante.
Mientras Taverner sopesaba las palabras del hombretón, el ascensor se detuvo. Salieron a un lujoso pasillo enmoquetado, iluminado por halógenos convenientemente escondidos. Babson abrió una puerta y entraron en una oficina grande y bulliciosa.
En su interior estaban emitiendo una de las últimas gestalts de Yancy. Un grupo de yancistas, con los rostros inquisitivos y alerta, la observaba en silencio. La gestalt mostraba a Yancy sentado a la mesa de roble de diseño clásico que tenía en su estudio. Lo primero que se veía era que había estado trabajando en alguna idea filosófica; sobre su mesa se veían libros y papeles desordenados. El rostro de Yancy lucía una expresión meditabunda; tenía la mano apoyada en la frente y sus facciones arrugadas y solemnes eran la viva imagen de la concentración.
—Es para el domingo que viene —le explicó Babson.
Los labios de Yancy se movieron y empezaron a hablar.
—Amigos —dijo con aquella voz personal, amigable, cercana, que lo definía—. He estado aquí sentado, en mi estudio… Bueno, más o menos como cualquiera de vosotros en vuestros salones. —Hubo un cambio de cámara y en la pantalla apareció la puerta del estudio, abierta. En el salón podía verse la figura familiar de la esposa madura y de rostro dulce de Yancy; en aquel momento, sentada en un sofá, cosía primorosamente. En el suelo, Ralf, su nieto, jugaba a las tabas. El perro de la familia roncaba en un rincón.
Uno de los yancistas que estaban presenciando el discurso tomó una nota en un cuaderno. Taverner lo miró un instante, perplejo.
—Naturalmente, estaba allí, con ellos —continuó Yancy con una sonrisa fugaz—. Estaba leyéndole las tiras cómicas a Ralf. Lo tenía sentado sobre mis rodillas. —El fondo desapareció y una imagen del propio Yancy con su nieto en las rodillas fue cobrando definición—. Doy gracias por tener a mi familia —le confió a su audiencia—. En estos tiempos de preocupaciones, mi familia es el pilar hacia el que me vuelvo cuando necesito renovar las fuerzas. —Otro de los espectadores tomó una nota.
»Aquí sentado, en mi estudio, en esta maravillosa mañana de domingo —continuó su potente voz—, me doy cuenta de lo afortunados que somos de estar con vida y de gozar de este maravilloso planeta, con sus hermosas ciudades y sus bonitas casas, y todas las cosas que Dios nos ha entregado para nuestro disfrute. Pero debemos tener cuidado. Debemos tener cuidado si no queremos perderlas.
Un cambio se había obrado en él. Taverner tuvo la sensación de que la imagen experimentaba una leve alteración. No era el mismo hombre: su tono de optimismo se había esfumado. El de ahora era un individuo más viejo, y más grande. Un padre de mirada firme que les hablaba a sus hijos.
—Amigos míos —dijo con voz potente— hay fuerzas decididas a debilitar este planeta. Todo cuanto hemos construido para nuestros seres queridos, para nuestros hijos, podría sernos arrebatado de la noche a la mañana. Debemos aprender a ser vigilantes. Debemos proteger nuestras libertades, nuestras posesiones, nuestro modo de vida. Si nos dividimos y sucumbimos a la disidencia interna, seremos presa fácil para nuestros enemigos. Debemos trabajar juntos, amigos míos.
»En eso es en lo que he estado pensando esta mañana de domingo. Cooperación. Trabajo en equipo. Necesitamos seguridad. Y, para tener seguridad, debemos ser un pueblo unido. Esa es la clave, amigos míos, la clave para una vida de abundancia. —Señaló la ventana, tras de la cual se encontraban el césped y el jardín, y continuó—: Sabéis, antes estaba…
La voz se apagó. La imagen quedó congelada. Las luces de la sala se encendieron y los yancistas que habían estado observando la escena volvieron al trabajo entre murmullos.
—Excelente —dijo uno de ellos—. Al menos hasta ahora. Pero ¿qué pasa con el resto?
—Otra vez Sipling —respondió otro—. Su parte no está aún. ¿Qué le pasa a ese tío?
Babson, con el ceño fruncido, se separó de Taverner.
—Disculpe —le dijo—. Tengo que irme. Cuestiones técnicas. Es usted libre de curiosear todo lo que quiera. La documentación está a su entera disposición…, toda ella.
—Gracias —titubeó Taverner. Estaba confuso. Todo parecía inocente, trivial incluso. Pero algo básico no encajaba.
Impulsado por la sospecha, empezó a husmear.
Era evidente que John Yancy había pontificado sobre todo. Existía una opinión suya sobre cualquier tema imaginable: el arte moderno, el uso del ajo en la cocina, las bebidas embriagadoras, la conveniencia de comer carne, el socialismo, la guerra, la educación, los vestidos femeninos con escote, los impuestos elevados, el ateísmo, el divorcio, el patriotismo…, todo matiz de opinión posible.
¿Había algún tema sobre el que no se hubiera pronunciado?
Taverner examinó las numerosísimas cintas que cubrían las paredes de la oficina. Las palabras de Yancy ocupaban millones de kilómetros de cinta… ¿Podía un solo hombre tener opinión sobre todas las cosas del universo?
Eligió una cinta al azar y se encontró con una disquisición sobre el tema de los modales en la mesa.
—¿Sabéis? —empezó a decir en sus oídos la voz metálica de un Yancy en miniatura—. La otra noche, durante la cena, me fijé en cómo estaba cortando el filete mi nieto Ralf. —Yancy sonrió a la cámara, mientras en la pantalla aparecía fugazmente la imagen del muchacho de seis años, cortando su filete con toda determinación—. Bueno, el caso es que al ver al chaval ahí, atacando su filete sin demasiado éxito, me dije que…
Taverner apagó la cinta y la devolvió a su estante. Yancy tenía opiniones muy claras sobre todo… ¿O no eran tan claras?
Una extraña sospecha estaba empezando a germinar en su interior. En algunos temas sí. Sobre las cuestiones menores, Yancy se regía por reglas estrictas, máximas específicas extraídas de las ricas reservas de folclore de la humanidad. Pero con los grandes asuntos filosóficos y políticos la cosa era bien diferente.
Escogió una de las numerosas cintas catalogadas bajo el apartado «Guerra» y la abrió en un punto al azar.
—… estoy en contra de la guerra —afirmó Yancy con voz colérica—. Y, como imagino que ya sabréis, la he conocido de cerca.
Siguió un montaje formado por escenas bélicas: la guerra entre Marte y Júpiter, en la que Yancy se había distinguido por su valor, su preocupación por sus camaradas, su aversión al enemigo, todo un catálogo de emociones apropiadas.
—Pero —continuó con voz inflexible— también creo que los planetas deben ser fuertes. No debemos rendirnos a la debilidad… La debilidad invita a la agresión y fomenta la hostilidad. Al mostrarnos débiles promovemos la guerra. Debemos armarnos para proteger a nuestros seres queridos. Estoy en contra de las guerras inútiles con toda mi alma y con todo mi corazón, pero una vez más he de decir, como he dicho muchas veces antes, que, si la guerra es justa, el hombre digno de este apelativo debe dar un paso al frente y luchar. No debe eludir la responsabilidad. La guerra es una cosa atroz, pero a veces debemos…
Mientras volvía a guardar la cinta, Taverner se preguntó: ¿qué demonios acababa de decir Yancy? ¿Cuál era su opinión sobre la guerra? Ocupaba un centenar de bobinas de cinta diferentes; siempre estaba preparado para pontificar sobre temas tan vitales y grandilocuentes como la guerra, el planeta, dios, los impuestos… Pero ¿decía algo en realidad?
Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Sobre temas específicos —y triviales— mostraba opiniones absolutas: los perros son mejores que los gatos; el pomelo es demasiado amargo sin un poco de azúcar; es bueno madrugar, es malo beber demasiado… Pero sobre los temas importantes sólo había un vacío, ocupado por el tronar hueco de las frases altisonantes. Un público que estaba de acuerdo con Yancy sobre la guerra, los impuestos y Dios, no estaba de acuerdo en nada…, y podía estarlo en todo.
Así, en temas importantes, carecía por completo de opinión. Sólo creía tenerla.
Taverner revisó rápidamente las cintas sobre diversos temas de importancia. Siempre ocurría lo mismo. Con una frase, Yancy daba; con la siguiente, quitaba. El efecto neto era una limpia cancelación, una habilidosa negación. Pero el consumidor se quedaba con la sensación de haber disfrutado de un rico y variado festín intelectual. Era asombroso. Y era muy profesional: los cabos sueltos quedaban atados con demasiada habilidad para ser producto de la casualidad.
Nadie podía ser tan inofensivo y tan vacuo como John Edward Yancy. Era demasiado bueno para ser verdad.
Un sudoroso Taverner abandonó la sala principal del archivo y se abrió paso dando tumbos por las oficinas de la parte trasera, donde los laboriosos yancistas trabajaban en sus mesas, a solas o en grupo. El frenesí de actividad era omnipresente. Las expresiones de los rostros que veía eran benignas, inofensivas, casi aburridas. La misma expresión amistosa y trivial que exhibía el propio Yancy.
Inofensivas…, y por ello mismo diabólicas. Y no se podía hacer absolutamente nada al respecto. Si la gente quería escuchar a John Edward Yancy, si querían hacer de él su modelo, ¿qué podía hacer la policía de Niplan?
¿Qué crimen estaban cometiendo?
No era de extrañar que a Babson no le importara que husmease todo lo que quisiera. No era de extrañar que las autoridades los hubieran dejado entrar sin ningún impedimento. No había prisiones políticas, ni trabajos forzados ni campos de concentración, no eran necesarios.
Las cámaras de tortura y los campos de exterminio sólo eran necesarios cuando fallaba la persuasión. Y la persuasión estaba funcionando a las mil maravillas. Los estados policiales, gobernados por el terror, sólo nacen cuando el aparato totalitario empieza a desmoronarse. Las primeras sociedades totalitarias habían sido imperfectas: el poder no había conseguido infiltrarse en todas las esferas de la vida. Pero las técnicas de comunicación habían mejorado.
El primer estado totalitario realmente perfecto estaba levantándose delante de sus ojos: surgía inofensivo y trivial. Y la última fase —atroz, pero perfectamente lógica— llegaría cuando todos los niños recién nacidos fueran feliz y voluntariamente bautizados como John Edward.
¿Por qué no? Ya vivían, actuaban y pensaban como John Edward. Y para las mujeres estaba la señora Margaret Ellen Yancy. También ella tenía opiniones para todo: la cocina, el gusto en el vestir, sus pequeñas recetas y consejos para mujeres…
También estaban los niños de Yancy, para que pudieran imitarlos los jóvenes del planeta. Las autoridades no habían pasado nada por alto.
Babson se le acercaba en aquel momento con expresión satisfecha.
—¿Cómo le va, agente? —dijo con una risilla, mientras le ponía la mano a Taverner en el hombro.
—Muy bien —logró responder el aludido, y se quitó la mano de encima.
—¿Le gusta nuestro pequeño establecimiento? —Había orgullo en la voz grave de Babson—. Hacemos un buen trabajo. Un trabajo artístico: tenemos auténticos estándares de excelencia.
Taverner, tembloroso por la rabia y la impotencia, salió precipitadamente al pasillo. El ascensor tardaba demasiado; enfurecido, se dirigió hacia las escaleras. Tenía que salir del Edificio Yancy; tenía que escapar.
En las sombras del pasillo apareció un hombre, con el rostro pálido y tenso.
—Espere. ¿Puedo… hablar con usted?
Taverner se lo quiso quitar de en medio sin miramientos.
—¿Qué quiere?
—¿Es usted de la policía terrícola de Niplan? Yo… —La nuez del hombre subió y bajó—. Trabajo aquí. Me llamo Sipling, Leon Sipling. Tengo que hacer algo…, y ya no lo soporto más.
—No se puede hacer nada —dijo Taverner—. Si quieren ser como Yancy…
—Pero es que no existe ningún Yancy —lo cortó Sipling. Un tic nervioso recorrió su rostro—. Lo creamos nosotros… Lo inventamos.
Taverner se detuvo.
—¿Cómo?
—Lo he decidido. —Con la voz temblando por la emoción, Sipling continuó—: Voy a hacer algo…, y ya sé el qué. —Sujetó a Taverner por el brazo y dijo con voz ahogada—: Tiene usted que ayudarme. Puedo parar todo esto, pero no puedo hacerlo solo.
Se sentaron los dos en el agradable y bien amueblado salón de Leon Sipling y tomaron un café mientras veían jugar por el suelo a los niños. La esposa de Sipling y Ruth Taverner estaban en la cocina, secando los platos.
—Yancy es una síntesis —le explicó Sipling—. Una especie de persona compuesta. El individuo en sí no existe en realidad. Nos basamos en prototipos básicos extraídos de los archivos sociológicos; la gestalt se basa en varias personas típicas. Así que es fiel a la realidad, sólo que la despojamos de todo lo que no nos gustaba y potenciamos lo que queríamos. —Con tono de preocupación, añadió—: Podría existir un Yancy. Hay mucha gente como él. De hecho, ése es el problema.
—¿Elaboraron un plan deliberado para moldear a la gente a imagen y semejanza de Yancy? —inquirió Taverner.
—No puedo asegurar cómo surgió exactamente la idea en las esferas superiores. Yo trabajaba como publicista en una compañía que fabricaba un enjuague bucal. Las autoridades de Calisto me contrataron y me explicaron a grandes rasgos lo que querían que hiciera. En cuanto al objetivo del proyecto, sólo puedo especular.
—¿Al decir «las autoridades» se refiere al consejo gubernamental?
Sipling soltó una risotada.
—Me refiero a los sindicatos mercantiles que son los auténticos amos de este satélite. De todo él. Aunque se supone que no deberíamos llamarlo «satélite». Es un planeta. —Sus labios se retorcieron en una mueca de amargura—. Según parece, las autoridades tienen un gran plan, encaminado a absorber a sus rivales comerciales de Ganímedes. Cuando lo consigan, tendrán a los planetas exteriores pillados por las pelotas.
—No pueden apoderarse de Ganímedes sin declarar la guerra —protestó Taverner—. Las compañías de Medea cuentan con el respaldo de su propia población. —Y entonces se dio cuenta—. Ya veo —dijo en voz baja—. Van a iniciar una guerra. Para ellos el premio merece una guerra.
—Pues claro. Y para iniciar una guerra necesitan que la gente esté convenientemente adoctrinada. De hecho, la gente de aquí no tiene nada que ganar. Un conflicto supondría el fin de todos los pequeños operadores, concentraría el poder en pocas manos. Y no es que sean muchas en este momento. Para conseguir que nuestros ochenta millones de habitantes apoyen la guerra necesitan una opinión pública indiferente, formada por borregos. Y lo están consiguiendo. Cuando termine la campaña de Yancy, la gente de Calisto aceptará cualquier cosa. Yancy piensa por ellos. Les dice cómo peinarse. A qué juegos deben jugar. Cuenta los chistes que luego repiten los hombres cuando están solos. Su esposa elige las recetas que preparan las mujeres para cenar. A lo largo y ancho de este pequeño mundo se producen millones de duplicados del día que ha llevado Yancy. Haga lo que haga, crea lo que crea. Llevamos once años condicionando al público. Una generación entera está aprendiendo a recurrir a Yancy como respuesta para todo.
—Entonces es algo muy grande —señaló Taverner— el proyecto de crear y mantener a Yancy.
—Hay miles de personas implicadas, sólo en la elaboración de los guiones. Usted únicamente ha visto la primera fase. Y es así en todas las ciudades. Cintas, películas, libros, revistas, carteles, panfletos, tiras cómicas, camiones con megáfonos, recreaciones ficticias en la televisión y en la radio, anuncios en los periódicos, publicidad estática…, todo. Un inagotable caudal de Yancy. —Recogió una revista de la mesita de café y señaló el artículo de portada—. ¿Cómo está John Yancy del corazón? Lo que genera la pregunta de qué haríamos sin él. La semana que viene, un artículo sobre su estómago. —Con acidez, Sipling concluyó—: Conocemos un millón de formas de abordarlo. Lo exudamos por todos los poros. Nos llaman «los yancistas»; es una nueva forma de arte.
—¿Y qué piensan ustedes…, los que lo hacen, sobre Yancy?
—Es un montón de humo.
—¿Ustedes no creen en ello?
—Hasta Babson se ríe de vez en cuando. Y Babson está en la cúspide; por encima de él empiezan los tíos que firman los cheques. Dios, si empezáramos a creer en Yancy… Si empezáramos a creer que esa basura significa algo… —Una expresión de intensa agonía se apoderó de su rostro—. Es eso. Por eso no puedo soportarlo.
—¿Por qué? —preguntó Taverner, dominado por una profunda curiosidad. El micrófono que llevaba insertado en la garganta lo estaba grabando todo y lo enviaba a la oficina de Washington—. Me interesa saber por qué se ha arrepentido.
Sipling se inclinó hacia delante y llamó a su hijo.
—Mike, deja de jugar un momento y ven. —Se volvió hacia Taverner y dijo—: Mike tiene nueve años. Yancy existe más o menos desde que nació.
Mike se acercó sin demasiado interés.
—¿Sí, señor?
—¿Qué tal tus notas en el colegio?
El chaval hinchó el pecho con orgullo; era una réplica en miniatura de Leon Sipling, sólo que con los ojos más claros.
—Todo sobresalientes y notables.
—Es un chico muy inteligente —dijo Sipling a su invitado—. Se le dan bien la aritmética, la geografía, la historia…, todo. —Se volvió hacia el niño y le dijo—: Voy a hacerte algunas preguntas. Quiero que este señor oiga las respuestas. ¿De acuerdo?
—Sí, señor —respondió obedientemente el niño.
Con el ceño de su flaco rostro fruncido, Sipling le dijo a su hijo:
—Quiero saber lo que opinas sobre la guerra; en la escuela ya os han hablado de la guerra. Conoces las guerras más famosas de la historia, ¿verdad?
—Sí, señor. Nos han hablado de la guerra de Independencia, de la primera guerra global, de la segunda guerra global, de la primera guerra del Hidrógeno y de la guerra entre los colonos de Marte y los de Júpiter.
—En las escuelas —explicó Sipling a Taverner con voz tensa— distribuimos material sobre Yancy: subsidios educativos en forma de material. Yancy lleva a los niños en un recorrido por la historia y les cuenta lo que significa todo. Yancy les explica las ciencias naturales. Yancy habla sobre las buenas posturas, la astronomía y otras cosas del universo. Pero nunca pensé que mi propio hijo… —Su voz se apagó con tristeza y al cabo de un instante volvió a cobrar vida—. Bueno, así que ya lo sabes todo sobre la guerra. Muy bien, ¿qué opinas sobre la guerra?
—La guerra es mala —respondió el muchacho instantáneamente—. La guerra es lo más terrible que existe. Casi destruye a la humanidad.
Sipling miró fijamente a su hijo y preguntó con voz autoritaria:
—¿Te ha dicho alguien que dijeras eso?
El muchacho titubeó. Parecía inseguro.
—No, señor.
—¿Eso es lo que crees de verdad?
—Sí, señor. Es la verdad, ¿no? ¿Es que la guerra no es mala?
Sipling asintió.
—La guerra es mala. Pero ¿qué me dices de las guerras justas?
Sin vacilar un segundo, el niño respondió:
—Las guerras justas debemos librarlas, por supuesto.
—¿Por qué?
—Bueno, porque tenemos que proteger nuestro modo de vida.
—¿Por qué?
De nuevo, no hubo la menor vacilación en la respuesta que dio la vocecilla aflautada del muchacho:
—No podemos dejar que nos avasallen, señor. Eso fomentaría las guerras agresivas. No podemos permitir un mundo dominado por la fuerza bruta. Debemos tener un estado… —Buscó las palabras exactas—. Un estado de derecho.
Con voz cansada, casi para sí mismo, Sipling comentó:
—Yo mismo escribí esas absurdas y contradictorias palabras hace ocho años. —Tras recuperar la compostura, haciendo un gran esfuerzo, continuó—: Bueno, así que la guerra es mala, pero tenemos que librar guerras justas. Bien, vamos a suponer que este… planeta, Calisto, entra en guerra con…, por ejemplo, Ganímedes. —Fue incapaz de contener el sarcasmo de su voz—. Así, por ejemplo. Bien, ya estamos en guerra con Ganímedes. ¿Es una guerra justa? ¿O una guerra normal?
Esta vez no hubo respuesta. El rostro de facciones suaves del muchacho se arrugó en una mueca de confusión y esfuerzo.
—¿No tienes respuesta? —inquirió Sipling con tono glacial.
—Bueno, eh… —titubeó el niño—. O sea… —Levantó hacia su padre una mirada esperanzada—. ¿Nos lo dirá alguien cuando llegue el momento?
—Claro —dijo Sipling con voz ahogada—. Alguien nos lo dirá. Puede que incluso el señor Yancy.
Una expresión de alivio inundó el rostro del muchacho.
—Sí, señor. El señor Yancy nos lo dirá. —Retrocedió un paso hacia los demás niños—. ¿Puedo irme ya?
Mientras el niño volvía con sus juegos, Sipling se volvió hacia Taverner con expresión de tristeza.
—¿Sabe a qué están jugando? Se llama hipo-hopo. Adivine al nieto de quién le encanta.
Se hizo el silencio.
—¿Qué propone? —preguntó Taverner al fin—. Antes dijo que podíamos hacer algo.
Una expresión fría afloró al rostro de Sipling, un destello de honda malicia.
—Yo conozco el proyecto. Sé cómo sabotearlo. Pero alguien tiene que apuntar con un arma a la cabeza de las autoridades. En estos nueve años he llegado a conocer las claves esenciales de la personalidad de Yancy…, las claves del nuevo tipo de persona que están creando aquí. Es muy simple. Es el elemento que vuelve a las personas lo bastante maleables como para dejarse conducir.
—Le escucho —dijo Taverner con paciencia. Esperaba que Washington estuviera recibiendo la transmisión con claridad.
—Todas las creencias de Yancy son estúpidas. Lo esencial es la vacuidad. Su ideología está diluida en todos los aspectos: nada es excesivo. Tratamos de acercarnos lo máximo posible a la ausencia de creencias… Ya se percató usted de eso. En la medida de lo posible hemos anulado las actitudes y convertido a las personas en apolíticas. Las hemos dejado sin punto de vista.
—En efecto —asintió Taverner—. Aunque con la ilusión de que tienen uno.
—Todos los aspectos de la personalidad deben ser controlados; queremos a la persona entera. Así que ha de existir una actitud concreta para cada pregunta específica. En todos los campos, nuestra norma es: Yancy se decanta por la posibilidad menos problemática. La más superficial. La más sencilla, la que requiere menos esfuerzo, la que no puede llegar lo bastante hondo para inspirar pensamientos de verdad.
Taverner empezó a entender.
—Puntos de vista sólidos, tranquilizadores. —Con entusiasmo creciente, continuó—: Pero si introdujéramos alguna idea extremadamente original, una idea que requiriese un verdadero esfuerzo para entenderse, algo que costara comprender…
—A Yancy le gusta jugar al croquet, así que todo el mundo anda por ahí con un mazo. —Los ojos de Sipling refulgieron—. Pero supongamos que Yancy se pasara al… kriegspiel.
—¿El qué?
—Ajedrez en dos tableros. Cada jugador tiene su propio tablero y sus propias piezas. Nunca ve el otro tablero. Sólo un árbitro ve los dos. Cuando un jugador come una pieza, o la pierde, o entra en una casilla ocupada, o realiza un movimiento imposible, o hace jaque, o está en jaque, el árbitro informa de ello a ambos.
—Entiendo —dijo Taverner rápidamente—. Cada jugador trata de deducir la posición del otro en el tablero. Juega a ciegas. Dios, para jugar a eso hay que tener puestos los cinco sentidos en la mesa.
—Los prusianos lo usaban para enseñar estrategia a sus oficiales. Es más que un juego: es un duelo bélico de proporciones cósmicas. ¿Y si Yancy se sentara con su esposa y sus niños al llegar la noche y jugara una partidita de seis horas de kriegspiel? Y supongamos que sus libros favoritos, en lugar de ser estúpidos y anacrónicos wésterns, fueran tragedias griegas. O que su pieza musical favorita fuera el Arte de la fuga, de Bach, y no My Old Kentucky Home.
—Empiezo a hacerme una composición de lugar —dijo Taverner con toda la calma que pudo—. Creo que puedo ayudarlo.
Babson chilló sólo una vez.
—¡Pero eso es… ilegal!
—Totalmente —reconoció Taverner—. Por eso estamos aquí. —Indicó al grupo de agentes secretos de Niplan que entrara en las oficinas del edificio Yancy, ignorando a los trabajadores estupefactos que se sentaban bien erguidos en sus mesas. Por el micrófono de la garganta preguntó—: ¿Cómo ha ido la cosa con los gerifaltes?
—Normal —dijo la voz de Kellman, débil aunque amplificada por el sistema de repetidores que se usaba para las transmisiones entre la Tierra y Calisto—. Algunos de ellos se han puesto a salvo en sus propiedades, claro. Pero la mayoría no esperaba que actuáramos.
—¡No pueden hacer esto! —protestó Babson, hinchando las masas fofas de su enorme cabeza—. ¿Qué hemos hecho? La ley…
—Creo —lo interrumpió Taverner— que podemos actuar en beneficio de la población civil. Han utilizado ustedes el nombre de Yancy para hacer publicidad de diversos productos manufacturados. Tal persona no existe y eso representa una violación de los estatutos sobre la ética en las prácticas publicitarias.
La boca de Babson se cerró bruscamente y luego volvió a abrirse con lentitud.
—¿Que… no… existe? Pero si todo el mundo conoce a Yancy. Está… —balbuceando y gesticulando, concluyó—, está por todas partes.
De repente apareció una pequeña pistola en su mano carnosa. Estaba intentando levantarla cuando Dorser se acercó y, sin decir palabra, se la arrebató de un manotazo. El arma cayó y resbaló por el suelo de la oficina. Babson sucumbió a la histeria.
Asqueado, Dorser le puso unas esposas.
—Compórtese como un hombre —le ordenó. Pero no recibió respuesta. Babson ya no estaba en condiciones de responder.
Taverner, satisfecho, continuó hacia las oficinas interiores, sin hacer el menor caso a los ejecutivos y trabajadores perplejos que lo miraban. Con un seco gesto de asentimiento, se acercó a la mesa donde se sentaba Leon Sipling, rodeado por su trabajo.
La primera de las gestalts alteradas ya estaba pasando por el escáner. Los dos hombres la vieron juntos.
—¿Y bien? —dijo Taverner una vez que hubo terminado—. Usted es el juez.
—Creo que servirá —respondió Sipling con nerviosismo—. Sólo espero que no provoque demasiado efecto… Hemos tardado once años en construirlo; hay que desmontarlo poco a poco.
—Una vez que aparezca la primera grieta, empezará a balancearse por sí solo. —Taverner se dirigió a la puerta—. ¿Podrá seguir sin mi ayuda?
Sipling miró a Eckmund, que, plantado junto a la puerta de la oficina, vigilaba a los yancistas mientras trabajaban. —Supongo que sí. ¿Adónde va usted?
—Quiero ver lo que pasa cuando esto salga a la luz. Quiero estar ahí cuando la gente lo vea por primera vez. —Al llegar a la puerta se detuvo un instante—. Va a ser un trabajo ímprobo. Tendrá que hacer la gestalt usted solo. Y puede que no reciba mucha ayuda durante algún tiempo.
Sipling señaló a sus compañeros; ya habían reanudado sus respectivos trabajos.
—Seguirán trabajando —replicó— mientras se les pague.
Taverner, pensativo, cruzó el pasillo hasta el ascensor. Un momento después estaba de camino al primer piso.
En una esquina de una calle cercana se había congregado un grupo de gente alrededor de una pantalla pública para presenciar la charla vespertina de John Edward Yancy.
La gestalt comenzó como de costumbre. Era innegable: cuando Sipling quería, tenía talento para ello. Y en este caso, la pieza era suya en su práctica totalidad.
Yancy estaba en cuclillas en su jardín, con la camisa arremangada y los pantalones manchados de barro, una paleta en una mano, el sombrero de paja en la cabeza y una mirada sonriente bajo la grata calidez de los rayos de sol. Era tan real que a Taverner le costaba creer que no existiera. Pero había visto a los subordinados de Sipling construirlo laboriosa y hábilmente desde la nada.
—Ya llega la tarde —retumbó su voz cargada de optimismo. Se limpió el sudor de su cara humeante y colorada y se incorporó trabajosamente—. Amigos —admitió—, ha sido un día caluroso. —Señaló un macizo de prímulas—. He estado plantándolas. Un trabajo duro.
De momento todo iba bien. La gente lo miraba impasible, recibiendo su sustento ideológico sin ofrecer resistencia. Por todo el satélite, en todas las casas, las escuelas, las oficinas, en todas las esquinas de las calles, estaba emitiéndose la misma gestalt. Y volvería a hacerlo.
—Sí —repitió Yancy—, hace muchísimo calor. Demasiado para estas prímulas… Ellas prefieren la sombra. —Una rápida panorámica reveló que había plantado cuidadosamente sus prímulas a la sombra de su garaje—. Por otro lado —continuó con la voz suave y cálida de un vecino que charla con otro por encima de la verja—, a mis dalias les hace falta mucho sol.
La cámara pasó a mostrar con qué entusiasmo florecían las dalias bajo el radiante sol.
Yancy se dejó caer sobre una silla de mimbre, se quitó el gorro de paja y se limpió la frente con un pañuelo que sacó de su bolsillo.
—Así —continuó— que si alguien me preguntara qué es mejor, el sol o la sombra, tendría que decirle que depende de si eres una prímula o una dalia. —Le regaló a la cámara una de sus famosas sonrisas de infantil candor—. Supongo que yo debo ser una prímula, porque hoy he tenido todo el sol que puedo aguantar.
La audiencia se lo estaba tragando sin rechistar. Un comienzo inocente, que sin embargo iba a tener profundas consecuencias. Y Yancy iba a empezar con ellas en cualquier momento.
Su sonrisa campechana se esfumó. La mirada familiar, esa expresión seria y ceñuda que todos conocían y que indicaba que estaba sumido en hondos pensamientos, apareció en su lugar. Yancy iba a pronunciarse: la sabiduría estaba de camino. Pero era algo totalmente distinto a cualquier otra cosa que hubiese dicho jamás.
—¿Sabéis? —dijo con lentitud y seriedad—. Eso da mucho que pensar. —En un gesto automático, su brazo se alargó hacia un vaso de gin-tonic, un vaso que hasta aquel día siempre había contenido cerveza. Y la revista que había a su lado ya no era el Dog Stories Monthly. Era The Journal of Psychological Review. La alteración de los elementos del escenario calaría de manera subliminar; en aquel momento, toda la atención del público estaba fija en las palabras de Yancy.
—Se me ocurre —dijo éste como si fuera una perla de sabiduría que acabara de aflorar a sus pensamientos— que hay quien podría sostener, por ejemplo, que la luz del sol es buena y la sombra es mala. Pero eso es una solemne tontería. La luz del sol es buena para las rosas y las dalias, pero resultaría letal para mis queridas fucsias.
La cámara mostró las ubicuas fucsias con las que, como sabía todo el mundo, había ganado varios premios.
—Puede que conozcáis a gente así. Ellos no entienden que —y en este momento, como era su costumbre, Yancy recurrió al refranero para exponer su argumento— lo que para un hombre es carne —afirmó con voz resonante— para otro es veneno. A mí, por ejemplo, para desayunar me gusta tomarme un par de huevos fritos, unas ciruelas y una rebanada de pan. Pero Margaret prefiere un cuenco de cereales. Y Ralf ninguna de las dos cosas. Él prefiere las tortitas. Y al vecino del otro lado de la calle, el que tiene ese enorme césped, le gusta el pastel de riñones con una botella de cerveza negra.
Taverner se encogió. Bueno, tendrían que avanzar a tientas. Pero la audiencia seguía absorbiéndolo, palabra por palabra. Los primeros y temblorosos atisbos de una idea radical: que cada persona podía tener un sistema de valores diferente, un modo de vida único.
Llevaría su tiempo, tal como había dicho Sipling. Habría que reemplazar la colosal biblioteca de cintas; tendrían que derribar los preceptos inculcados. A partir de una observación trivial sobre las prímulas, estaban introduciendo una nueva forma de pensar. Cuando un niño de nueve años quisiera saber si una guerra era justa o injusta, tendría que decidirlo por sí mismo. Yancy no tendría una respuesta preparada para él; ya estaban elaborando una gestalt sobre ese tema, en la que se demostraría que cada guerra que había existido había sido justa para unos e injusta para otros.
Era una gestalt que Taverner lamentaría especialmente perderse; pero aún tardarían mucho en emitirla. Tendría que esperar. Yancy iba a cambiar sus gustos artísticos, sin prisa pero sin pausa. Uno de esos días, el público se enteraría de que a Yancy ya no le gustaban las escenas pastoriles de los calendarios.
Ahora prefería las obras de un pintor holandés del siglo XV, maestro del horror macabro y diabólico, El Bosco.
NOTA:
El patrón de Yancy «The Mould of Yancy» [18 de octubre de 1954], en If, abril 1955.
Obviamente, la figura de Yancy está basada en el presidente Eisenhower. Durante su mandato a todos nos preocupaba la idea de que estuviéramos bajo el gobierno de un hombre aparentemente normal, pero acompañado por un ejército de clones (aunque, como es natural, por entonces la palabra «clon» nos era desconocida). Este relato me gustó lo bastante como para usarlo como base para mi novela La penúltima verdad sobre todo la parte en la que queda claro que todo lo que cuenta el gobierno es mentira. Esa parte aún me gusta, es decir, que aún creo que es así. El Watergate, claro está, confirmó a las mil maravillas esta idea.

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