¿Cómo se protege nuestra antigua República romana de aquellos que desean destruirla? Nosotros los romanos, aunque mortales como los demás hombres, recibimos ayuda de unos seres inmensamente superiores a nosotros. Estas sabias y bondadosas entidades, cuyo origen se encuentra en mundos que nos son desconocidos, están dispuestas a ayudar a la República cuando se encuentra en peligro. Y cuando no es así, se ocultan de nuevo, para volver cuando las necesite.
Tomemos el caso del asesinato de Julio César: un caso que, aparentemente, se cerró cuando aquellos que habían conspirado para asesinarlo fueron asesinados a su vez. Pero ¿cómo descubrimos los romanos a los autores de ese vil crimen? Y, lo que es más importante, ¿cómo conseguimos llevar a los conspiradores ante la justicia? Contábamos con ayuda exterior; teníamos el apoyo de la sibila de Cumas, que, siempre que nos amenaza algo, nos ofrece su consejo en forma escrita. Todos los romanos estamos al corriente de la existencia de los Libros Sibilinos, que consultamos cuando lo exige la necesidad.
Yo mismo, Phylos Diktos de Tyana, he visto los libros sibilinos. Muchos ciudadanos romanos importantes, especialmente los miembros del Senado, los han consultado. Pero yo he visto a la sibila en persona y conozco de primera mano algo sobre ella que muy pocos hombres saben. Ahora que ya soy viejo —algo lamentable, pero producto de una necesidad común a todos los hombres— estoy dispuesto a confesar que en una ocasión, supongo que principalmente por accidente, presencié, en el ejercicio de mis deberes sacerdotales, cómo la sibila era capaz de dirigir la vista a través de los corredores del tiempo; sé qué le permite hacer esto, un secreto heredado de su antecesora, la sibila de Delfos, en la veneradísima tierra de Grecia.
Pocos hombres saben esto y es posible que la sibila decida silenciarme para siempre utilizando su poder para alargar el brazo a través del tiempo y golpearme por haber revelado el secreto. Es por tanto muy probable que, antes de que sea capaz de terminar este pergamino, se me encuentre muerto, con la cabeza abierta como uno de esos melones maduros del Levante que tanto apreciamos los romanos. En cualquier caso, como ya soy un anciano, me atreveré a afrontar esa posibilidad.
Aquella mañana había estado peleándome con mi esposa. Por entonces no era viejo y el atroz asesinato de Julio César acababa de producirse. En aquel momento, nadie sabía con certeza quién era el responsable. ¡Traición contra el Estado! Un indigno asesinato, un millar de heridas de puñal en el cuerpo del hombre que había logrado estabilizar nuestra convulsa sociedad… con la aprobación de la sibila; habíamos visto los textos que había redactado a tal efecto. Sabíamos que esperaba que César cruzara el río con su ejército para dirigirse hacia Roma y que allí aceptara una corona.
—Cabeza de chorlito —estaba diciéndome mi esposa aquella mañana—. Si la sibila fuera tan sabia como tú crees, se habría anticipado a este asesinato.
—Y puede que lo haya hecho —respondí yo.
—Pues yo creo que es una farsante —me dijo mi esposa Xantippe mientras hacía una de sus repulsivas muecas. Es, o quizá debería decir era, de mejor familia que yo y nunca perdía la ocasión de recordármelo—. Sois vosotros, los sacerdotes, los que escribís esos textos; los inventáis vosotros mismos. Es preciso que los redactéis de un modo tan vago que cualquier interpretación sea posible. Estáis engatusando a los ciudadanos, especialmente a los más adinerados. —Con lo cual se refería a su propia familia.
Me levanté de un salto de la mesa en la que estábamos tomando el desayuno y, acalorado, le dije:
—La sibila está inspirada por los dioses; es una profetisa. Conoce el futuro. Es evidente que no había ningún modo de impedir el asesinato de nuestro gran líder, al que tanto amaba el pueblo.
—Es una farsante —dijo mi esposa mientras empezaba a untar de mantequilla, con la codicia que la caracterizaba, otro trozo de pan.
—Yo he visto los grandes libros…
—¿Cómo puede conocer el futuro? —inquirió mi esposa.
Y eso, he de admitirlo, yo no lo sabía. Aquello me dejó abatido. A mí, a un sacerdote de Cumas, un servidor del Estado romano. Me sentí humillado.
—Es un truco para tontos —estaba diciendo a mi esposa mientras yo franqueaba la puerta para irme.
A pesar de que acababa de amanecer —la hermosa Aurora, diosa del alba, estaba bañando el mundo con su luz blanca, la luz que consideramos sagrada y de la que derivan la mayoría de nuestras inspiradas visiones— salí de allí y me encamine andando hacia el hermoso templo en el que trabajo.
Nadie había llegado aún, salvo los guardias armados que holgazaneaban en el exterior; parecieron sorprendidos al verme allí tan temprano, pero al reconocerme me saludaron con inclinaciones de cabeza. A nadie que no sea un sacerdote reconocido del templo de Cumas se le permite entrar; hasta el propio César necesita nuestro permiso para hacerlo.
Tras entrar, me dirigí a la gran cámara abovedada y llena de gas en la que, embozado por la penumbra, se encontraba el enorme trono de piedra de la sibila. Sólo había unas pocas antorchas encendidas.
Me detuve, paralizado y en silencio, al ver algo que nunca había contemplado hasta entonces. La sibila, con el largo cabello negro recogido en un moño, con los brazos cubiertos y sentada en su trono, estaba inclinada hacia adelante… y no se encontraba sola.
Había dos criaturas frente a ella, dentro de una burbuja redonda. Parecían humanas, pero cada una de ellas tenía un… Ahora mismo no sé con seguridad qué es lo que tenían, pero no eran mortales. Eran dioses. Veían a través de ranuras en lugar de ojos, y en ellas no había pupilas. En vez de manos, tenían pinzas como las de los cangrejos. Sus bocas eran meros agujeros, y entonces me di cuenta de que eran mudos. Estaban hablando con la sibila, pero a través de un largo cordel, a cada uno de cuyos extremos había una caja. Una de las criaturas sujetaba la caja junto a un lado de su cabeza, mientras la sibila escuchaba por la otra. La caja tenía números y botones, y el cordel estaba recogido en un rollo, de modo que era posible extenderlo.
Eran los inmortales. Pero nosotros los romanos, mortales como éramos, creíamos que todos ellos habían abandonado el mundo mucho tiempo atrás. Eso es lo que siempre nos habían dicho. Evidentemente, habían regresado. Al menos por un breve lapso de tiempo, para darle información a la sibila.
La sibila se volvió en ese momento hacia mí y, aunque parezca increíble, su cabeza recorrió la cámara entera hasta encontrarse junto a la mía. Estaba sonriendo, a pesar de haberme visto allí. En ese momento empecé a oír la conversación que estaba manteniendo con los inmortales; graciosamente, ella me otorgó la capacidad de hacerlo.
—… sólo uno de muchos —estaba diciendo el más grande de los dos inmortales—. Otros lo seguirán, pero hasta dentro de algún tiempo. Llega la oscuridad de la ignorancia, tras una edad de oro.
—¿Hay algún modo de impedirlo? —preguntó la sibila con aquella voz melodiosa que tanto adorábamos.
—Augusto gobernará con sabiduría —dijo el mayor de los dos inmortales—, pero después de él vendrán hombres malvados y perturbados.
—Debes saber que surgirá un nuevo culto alrededor de una criatura de la luz. El culto crecerá, pero sus verdaderos textos serán codificados y su mensaje se perderá. Hemos visto el fracaso de la criatura de la luz. Será torturada y asesinada, igual que Julio. Y después de eso…
—Mucho después de eso —dijo el más grande de los dos—, la civilización volverá a alzarse por encima de la ignorancia, al cabo de dos mil años, y entonces…
—¿Tanto, padres? —preguntó la sibila, confundida.
—Tanto, sí. Y entonces, cuando empiecen a formular preguntas y a buscar la verdad de sus orígenes, su divinidad, volverán a empezar los asesinatos, la represión y la crueldad, y llegará una nueva era de oscuridad.
—Se podría impedir —dijo el otro inmortal.
—¿Puedo hacer algo? —preguntó la sibila.
En voz baja, ambos inmortales dijeron a la vez:
—Para entonces estarás muerta.
—¿No habrá otra sibila en mi lugar?
—No. Nadie protegerá la República romana en los próximos dos mil años. Y por todas partes surgirán hombres mezquinos, con ideas mezquinas, como ratas. Las pisadas que dejen en su búsqueda de poder y su lucha por falsos honores cruzarán el mundo de un lado a otro. —Y entonces añadieron ambos—: No podrás ayudar a la gente entonces.
De repente, ambos inmortales se esfumaron, junto con los rollos de cordel y las cajas con números por las que hablaban y escuchaban, como por obra únicamente del pensamiento. La sibila permaneció sentada un momento y entonces levantó las manos y, por medio de un artificio que nos habían enseñado los egipcios, una de las páginas en blanco fue hacia ella para que pudiera escribir. Pero entonces hizo algo muy curioso, y es esto, más que ninguna cosa de cuanto os he contado hasta ahora, lo que más temor me inspira.
Introdujo la mano entre los pliegues de su túnica, sacó un ojo y se lo colocó en el centro de la frente. No era un ojo como los nuestros, con pupila, sino igual que las ranuras de los inmortales, pero al mismo tiempo diferente. Tenía unas bandas laterales que se movían la una hacia la otra, como remos… Mero sacerdote como soy por instrucción y por clase, no tengo palabras para describirlo, pero el caso es que la sibila se volvió hacia mí y miró más allá de mí con ese ojo, y entonces gritó con tal fuerza que las paredes del templo se estremecieron, las piedras cayeron y las serpientes que se ocultaban en los agujeros entre las rocas sisearon. Lo que vio más allá de mí le hizo gritar de espanto y consternación, pero su extraño tercer ojo continuó abierto y siguió mirando.
Entonces cayó, como si hubiera perdido el sentido. Corrí hacia ella para ayudarla. Toqué a la sibila, mi amiga, la bella aliada de la República, mientras ella caía, desvanecida por el horror inspirado por el futuro, más allá de los túneles y los pasillos del tiempo. Pues era a través de aquel ojo como la sibila veía lo que necesitaba ver para instruirnos y advertirnos. Y entonces entendí que a veces veía cosas que ni ella podría soportar ni nosotros podríamos superar, por mucho que lo intentáramos.
Al agarrar a la sibila, ocurrió algo extraño. En medio del gas, vi que cobraban definición unas formas.
—No debes tomarlas por reales —dijo la sibila. Oí su voz y, a pesar de entender sus palabras, supe que las forman eran reales. Vi una nave gigante, sin remos ni velas… Vi una ciudad de esbeltos y orgullosos edificios, abarrotada de vehículos como jamás hubiera visto. Y seguí moviéndome hacia ellas, y ellas hacia mí, hasta que al fin las formas envueltas en gas quedaron tras de mí y me llevaron del lado de la sibila—. Todo eso lo veo con el ojo de la Gorgona —dijo su voz tras de mí—. Es el ojo con el que las medusas ven adelante y atrás, el ojo de los hados, en el que has caído… —Y entonces sus palabras se perdieron.
Jugaba sobre la hierba con un perrito mientras me preguntaba quién habría dejado una botella de Coca-Cola rota en nuestro jardín de atrás.
—¡Philip, a cenar! —exclamó mi abuela desde el porche trasero. Vi que estaba poniéndose el sol.
—¡Vale! —respondí. Pero seguí jugando. Había encontrado una enorme telaraña y había en ella una abeja atrapada, a la que había picado la araña. Cuando intenté soltarla, me picó.
En mi siguiente recuerdo estaba leyendo las tiras cómicas de la Berkeley Daily Gazette. En ella se contaba que Brick Bradford había encontrado una civilización con miles de años de antigüedad.
—Eh, mamá —le dije a mi madre—. Mira esto. Es increíble. Brick baja de esta plataforma, y al final… —al mirar los extraños yelmos que llevaba aquella gente, me embargó una sensación extraña. No sabía por qué.
—No haces más que ver esas tonterías —dijo mi abuela con voz disgustada—. Deberías leer algo que merezca la pena. Esos tebeos son basura.
En mi siguiente recuerdo estaba en la escuela, sentado, mirando bailar una chica. Se llamaba Jill y era del curso superior al mío, sexto; vestía como una bailarina del vientre y tenía la parte superior de la cara tapada con un velo. Pero yo podía ver sus ojos, unos ojos bondadosos y llenos de sabiduría. Me recordaban a los ojos de alguien a quien había conocido, pero ¿qué podía saber un chico? Después, la señora Redman nos hizo escribir una redacción y escribí sobre Jill. Escribí sobre la extraña tierra en la que vivía y en la que bailaban sin llevar nada por encima de la cintura. La señora Redman habló con mi madre por teléfono y a mí me regañaron por algo que no entendí muy bien, pero que tenía que ver con un sujetador, o algo así. En ese momento no lo comprendí; había muchas cosas que no comprendía. Era como si tuviese recuerdos, pero recuerdos que no tenían nada que ver con mi infancia en Berkeley, ni con la escuela de Hillside, ni con mi familia, ni con la casa en la que vivíamos… Tenían que ver con serpientes. Ahora sé por qué soñaba con serpientes: serpientes sabias, no malvadas, serpientes que susurraban palabras llenas de saber.
Sea como fuere, el director de la escuela, el señor Bill Gaines, decidió que mi redacción estaba muy bien (después de que añadiera que Jill llevaba algo por encima de la cintura en todo momento) y entonces decidí convertirme en escritor.
Una noche tuve un sueño extraño. Creo que estaba en los últimos años de primaria, preparándome para ir al instituto de Berkeley al año siguiente. El sueño llegó en mitad de la noche, y fue como un sueño real, realmente real: de una persona procedente del espacio exterior, detrás de un cristal, en una especie de satélite, que había utilizado para llegar aquí. Y no podía hablar; se limitaba a mirarme con ojos raros.
Unas dos semanas después tuve que escribir sobre lo que deseaba ser cuando fuera mayor y, acordándome de mi sueño sobre el hombre de otro universo, escribí: voy a ser escritor de ciencia-ficción.
Esto hizo enfurecer a mi familia, pero claro, cuanto más se enfurecían ellos, más decidido estaba yo y, además, mi novia, Ysabel Lomax, me dijo que nunca se me daría bien y que no podría ganar apenas dinero con ello, porque la ciencia-ficción era una idiotez y solo la leían adolescentes con granos, lo que terminó de convencerme para hacerlo, puesto que los adolescentes con granos también debían tener quien escribiera para ellos; habría sido injusto escribir sólo para gente con la piel inmaculada. Estados Unidos se construyó sobre el concepto de la justicia; esto es lo que el señor Gaines nos enseñó en la escuela de Hillside, y puesto que era el único capaz de arreglar mi reloj de pulsera, yo sentía cierta admiración hacia él.
En el instituto no me fue nada bien, porque me pasaba todo el día escribiendo y escribiendo, y todo los profesores me gritaban que era comunista, porque nunca hacía lo que se me ordenaba.
—¿Ah, sí? —Solía responder yo. Luego ellos me enviaban a ver al secretario del alumnado, quien me decía cosas aún peores que mi abuelo y me advertía de que si no sacaba mejores notas, me expulsarían del instituto.
Aquella noche tuve otro de esos vívidos sueños. En esta ocasión, una mujer me llevaba en su vehículo, sólo que se trataba de una cuadriga antigua, de estilo romano, y la mujer estaba cantando.
Al día siguiente, cuando acudí a ver al señor Erlaud, el secretario del alumnado, escribí en su pizarra, en latín:
UBI PECUNIA REGNET
Cuando entró se le puso la cara toda colorada, puesto que él, que era profesor de latín, sabía que esto significaba «Donde gobierna el dinero».
—Eso es lo que escribiría un alborotador izquierdista —me dijo.
De modo que mientras él estaba allí sentado, revisando mis documentos, escribí otra cosa; escribí:
UBI CUNNUS REGNET
Esto lo dejo un poco perplejo.
—¿Donde… has aprendido esa palabra latina? —preguntó.
—No lo sé —le dije. No estaba seguro, pero me daba la impresión de que en mis sueños me hablaban en latín. Puede que no fuera más que mi propio cerebro, que recreaba lo aprendido en las clases de latín del curso de 1-A, donde yo destacaba bastante, lo cual resulta bastante sorprendente si tenemos en cuenta que no estudiaba.
El siguiente sueño vívido llegó dos noches antes de que ese loco (o locos) matara al presidente Kennedy. En mi sueño lo vi, dos noches antes de que ocurriera, pero por encima de todo, con más claridad que cualquier otra cosa, vi a mi novia, Ysabel Lomax, observando a los conspiradores cómo cometían su crimen. Ysabel tenía un tercer ojo.
Mi familia me envió a un psicólogo, porque después del asesinato del presidente Kennedy me volví realmente raro. Me pasaba todo el día sentado, pensando y sin comunicarme con nadie.
Mi psicóloga era una mujer muy atildada, llamada Carol Heims. Era muy guapa y nunca decía que estuviera loco. Lo que sí decía era que debía apartarme de mi familia, abandonar la escuela —decía que el sistema escolar nos aísla de la realidad y nos impide aprender las técnicas necesarias para afrontar la realidad— y dedicarme a escribir ciencia-ficción.
Le hice caso. Empecé a trabajar en una tienda de televisores, donde barría, desembalaba y colocaba los aparatos de televisión nuevos. Sin embargo, no podía quitarme de la cabeza la idea de que cada uno de ellos era como un ojo enorme; eso me preocupaba. Le hablé a Carol Heims de los sueños que había tenido toda mi vida, sobre la gente del espacio, sobre el latín, y muchos otros que sabía que había tenido, pero que nunca recordaba al despertar
—Nadie entiende del todo los sueños —me dijo la señora Heims. Yo mientras tanto, allí sentado, me preguntaba qué aspecto tendría con un traje de bailarina del vientre, desnuda de cintura para arriba. Había descubierto que eso hacía que la hora de terapia pasara mucho más deprisa—. Existe una teoría nueva, que afirma que forman parte de un inconsciente colectivo que se remonta miles de años en el tiempo… y con el que nos ponemos en contacto mediante los sueños. De modo que, de ser cierta esta teoría, los sueños contienen información válida y realmente valiosa.
Yo estaba ocupado imaginándome cómo se meneaban sugestivamente sus caderas de un lado a otro, pero a pesar de todo escuchaba lo que me decía; la razón tenía que ver con la sabia bondad que detectaba en sus ojos. Por alguna razón, siempre me hacía pensar en aquellas serpientes sabias.
—He estado soñando con libros —le dije—. Libros abiertos ante mí. Libros enormes, muy valiosos. Incluso libros sagrados, como la Biblia.
—Eso tiene algo que ver con tu carrera como escritor —dijo la señora Heims.
—Son libros viejos. De miles de años de antigüedad. Y nos advierten sobre algo. Un asesinato terrible, un montón de asesinatos. Y policías que encarcelan a la gente por sus ideas, pero lo hacen en secreto… inventando cargos falsos. Y siempre veo a una mujer que se te parece mucho, pero está sentada en un enorme trono de piedra.
Algún tiempo después trasladaron a la señora Heims a otra parte del condado y no pude volver a verla. Esto me hizo sentir realmente mal y me encerré en la escritura. Le vendí un relato a una revista llamada Envigorating Science Fact, un relato sobre criaturas superiores, que habían aterrizado en la Tierra y nos ayudaban en secreto. Nunca me pagaron.
Ahora soy viejo y me atrevo a contar todo esto, porque ¿qué tengo que perder? Un día recibí una petición para escribir un pequeño artículo para la revista Love-Planet Adventure Yarns, del que me dieron previamente el argumento, así como una fotografía en blanco y negro de la portada. La fotografía me fascinó desde el primer momento: mostraba a un romano o a un griego —o alguien vestido con toga, en cualquier caso—, que llevaba en las muñecas un caduceo, que es el símbolo de los médicos: dos serpientes entrelazadas que, originalmente, eran dos ramas de olivo.
—¿Cómo sabes que se llama «caduceo»? —me preguntó Ysabel. Nos habíamos ido a vivir juntos, y siempre estaba diciéndome que debía ganar más dinero y tratar de parecerme a su familia, que era elegante y de buena posición.
—No lo sé —dije, y me sentí raro. Y entonces, mis dos ojos empezaron a registrar una gran actividad fosfénica, muy agitada, como esas modernas pinturas abstractas que dibujaban Paul Klee y otros artistas: en vívidos colores y tan rápidas como destellos—. ¿A qué fecha estamos? —Le grité a Ysabel, que estaba sentada, secándose el pelo mientras leía el Harvard Lampoon.
—¿La fecha? Dieciséis de marzo —dijo.
—¡El año! —grité—. Pulchrapuella, tempus… —Y me quedé callado, porque me estaba mirando fijamente. Y, lo que es peor, no lograba recordar cómo se llamaba, ni quién era.
—1974 —respondió.
—Si sólo estamos en 1974, es que gobierna la tiranía —dije.
—¿Cómo? —preguntó, pasmada, sin dejar de mirarme.
En aquel preciso instante, aparecieron dos criaturas a su lado, encapsuladas en los vehículos que utilizaban para viajar de sistema en sistema, sendos globos flotantes que mantenían las condiciones de atmósfera y temperatura que ellas necesitaban para sobrevivir.
—No le digas nada más —me advirtió uno de ellos—. Vamos a borrarle la memoria. Sólo recordará que se quedó dormida y tuvo un sueño.
—Pero yo sí recuerdo —dije mientras me llevaba las manos a ambos lados de la cabeza. Había sufrido amnesia, pero ahora recordaba que procedía de tiempos antiguos y, antes de eso, de la estrella Albemuth, al igual que aquellos dos inmortales—. ¿Para qué habéis vuelto? —Les dije—. Para…
—Debemos trabajar únicamente por medio de los mortales —dijo J’Annis. Era el más sabio de los dos—. Ahora ya no hay ninguna sibila para ofrecer su consejo a la República. De vez en cuando, utilizamos los sueños para inspirar a algunos y conseguir que despierten; están empezando a entender que estamos pagando el precio de la liberación para que el Embaucador, que es quien los gobierna, los libere.
—¿Son conscientes de vuestra presencia? —dije.
—Algo sospechan. Ven hologramas nuestros proyectados en el cielo, que empleamos para distraerlos. Creen que estamos flotando allí arriba.
Yo sabía que los inmortales estaban en las mentes de los hombres, no en los cielos de la Tierra, y que al dirigir su atención hacia fuera, volverían a ser libres para ayudar dentro, como siempre habían hecho: en el mundo interior.
—Traeremos la primavera a este mundo invernal —dijo F’fr’am con una sonrisa en los labios—. Levantaremos las puertas que mantienen cautiva a esta gente, que gime bajo el peso de una tiranía que apenas acierta a ver. ¿Lo has visto tú? ¿Has visto las idas y venidas de la policía secreta, los pelotones paramilitares que destruyeron la libertad de expresión y a todos aquellos que se atrevieron a disentir?
Ahora, en mi vejez, ultimo este relato para vosotros, mis amigos romanos, aquí en Cumas, donde vive la sibila. Por azar o por designio llegué al futuro lejano, a un mundo de tiranía, de invierno, que no alcanzaríais ni a imaginar. Y vi a los inmortales que siguen ayudándonos incluso allí, ¡dentro de dos mil años! A pesar de que los mortales del futuro están, oíd bien lo que os digo, ciegos. Mil años de represión les han arrebatado la visión. Los han atormentado y los han coartado, del mismo modo que nosotros coartamos a los animales. Pero los inmortales los están despertando y yo diría que los despertarán a tiempo de salvarse. Y entonces, los dos mil años de invierno llegarán a su fin; abrirán los ojos gracias a los sueños y a las inspiraciones secretas; sabrán… Pero todo esto os lo he contado a mi antigua y enrevesada manera.
Permitid que termine con este verso de nuestro gran poeta, Virgilio, un buen amigo de la sibila. En él veréis lo que nos depara el futuro, pues la sibila ha dicho que, aunque no se aplicará a nuestro tiempo, a Roma, sí lo hará para aquellos que viven dos mil años por delante de nosotros, para llevarles una promesa de alivio:
Ultima Cumaei venit iam carminis aetas;
magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.
Iam redit et Virgo, redeunt Saturnis regna;
Iam nova progenies, caelo demittitur alto.
Tu modo nascenti puero, quo ferrea primum
desinet, ac toto surget gens aurea mundo,
casta fave Lucina, tuus iam regnat Apollo.
Lo transcribiré en la extraña lengua que aprendí hablar durante el tiempo pasado en el futuro, antes de que los inmortales y la sibila me trajeron de regreso, concluida mi misión en aquel tiempo:
Por fin, el tiempo final anunciado por la sibila llegará:
la procesión de la eternidad vuelve a su origen.
La Virgen regresa y Saturno reina como antes;
una nueva raza del cielo en las alturas desciende.
La Diosa del Nacimiento, sonríe al bebé recién nacido,
en cuyo tiempo la prisión de acero caerá en ruinas,
y una raza dorada surge por todos lados.
¡Apolo, el rey legítimo, está restaurado!
Por desgracia, vosotros, mis queridos amigos romanos, no viviréis para verlo. Pero, avanzados los corredores del tiempo, sobre los Estados Unidos (utilizo aquí palabras que os son extrañas) se abatirá el mal, y esta pequeña profecía de Virgilio, inspirada por la sibila, se hará realidad. ¡La primavera renacerá!
NOTA:
El ojo de la sibila [15 de mayo de 1975 [sin publicar hasta la fecha].

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