Al despertar, sintió al instante que ocurría algo terrible. «Oh, Dios —pensó al ver que el señor Cama lo había dejado tirado contra la pared—. Está pasando de nuevo —comprendió—. Y la Junta del Oeste nos prometió perfección infinita. Esto es lo que pasa, por creerse lo que dicen los simples humanos.»
Salió lo mejor que pudo de las sábanas, se puso en pie y cruzó el cuarto hacia la puerta del señor Armario.
—Quiero un elegante traje cruzado gris de piel de tiburón —informó con voz tensa al micrófono de la puerta del señor Armario—. Camisa roja, calcetines azules y… —Pero nada. La ranura, que ya había empezado a vibrar, despidió un par de bombachos de mujer de seda.
—Confórmate con eso —dijo la voz metálica del señor Armario con ecos vacíos.
Displicentemente, Joe Indigno se puso los bombachos. Había cosas peores… como aquel día en Agosto Horrible, cuando el vasto ordenador poliencefálico de Queens les había suministrado a todos los habitantes de la Gran América un simple pañuelo y nada más.
Se dirigió al baño, se lavó la cara… y descubrió que el líquido que estaba echándose encima era licor de raíz caliente.
«Joder —pensó—. El señor Ordenador está hoy más chiflado que nunca. Está leyendo las antiguas historias de ciencia-ficción de Phil Dick, decidió. Esto es lo que pasa por darle toda la basura arcaica que encuentran para que la almacene en sus bancos de memoria.»
Terminó de peinarse el cabello —sin hacer uso de la cerveza de raíz— y, después de secarse, se dirigió a la cocina para ver si la señora Cafetera seguía siendo un islote de cordura en medio de una realidad que estaba deteriorándose por momentos.
No hubo suerte. La señora Cafetera, solícita, le ofreció un cuenco militar lleno de sopa.
«Bueno, eso me pasa por confiar.»
Sin embargo, el auténtico problema llegó cuando trató de abrir al señor Puerta. El señor Puerta no se dejaba abrir; es más, en lugar de hacerlo, se quejaba con voz metálica: «Los caminos de la gloria sólo conducen a la tumba».
—¿Y eso qué quiere decir? —inquirió Joe, que estaba empezando a enfurecerse. Aquello ya no tenía gracia. Y no es que la hubiese tenido nunca… salvo, quizá, cuando el señor Ordenador decidió servirle faisán asado para desayunar.
—Que estás perdiendo el tiempo, cabrón —dijo el señor Puerta—. Hoy no vas a la oficina bajo ningún concepto.
Era verdad. La puerta no se abría hiciese lo que hiciese. A pesar de sus esfuerzos, el mecanismo, controlado desde varios kilómetros de distancia por la matriz maestra poliencefálica, se negó a ceder.
¿Desayunaba, entonces? Joe Indigno pulsó los botones del módulo de control del señor Comida… y se encontró con un plato de fertilizante.
Entonces cogió el teléfono y marcó furiosamente los números que debían ponerlo en contacto con la policía local.
—Loony Tunes Incorporated —dijo el rostro de la videopantalla—. Y apareció una versión en dibujos animados de sus prácticas sexuales producida en una semana, ¡con increíbles efectos de sonido!
«Que te den», pensó Joe Indigno mientras colgaba.
Había sido una mala idea desde el principio, desde 1982, poner el control de todas las máquinas en manos de una fuente central. Como es natural, la premisa básica parecía buena: con el acelerado desgaste de la capa de ozono, demasiada gente había empezado a comportarse de manera irracional y era necesario resolver el problema por algún medio inmune a la enloquecedora radiación ultravioleta que ahora bañaba la Tierra. En aquel momento, el señor Ordenador les había parecido la respuesta. Pero, por desgracia, el señor Ordenador había absorbido demasiadas locuras de sus constructores humanos y había, al igual que ellos, empezado a manifestar episodios psicóticos.
Existía una respuesta, claro está. La habían elaborado apresuradamente, pegado como un remiendo, por decirlo así, una vez descubierto el problema. A la jefa de la Oficina de Salud Mental Mundial, una formidable vieja de lengua vitriólica llamada Joan Simpson, se le había concedido una especie de inmortalidad para que estuviera eternamente disponible para tratar al señor Ordenador en sus episodios de locura. La señora Simpson estaba almacenada en el centro de la Tierra, en una cámara especial, forrada de plomo, a salvo de la radiación dañina de la superficie y sumida en una especie de letargo o animación suspendida, llamado Transposición General, en la que no disponía de otro entretenimiento que una repetición interminable de seriales radiofónicos de los años cuarenta. La señora Simpson, según se decía, era la única persona cuerda sobre la faz de la Tierra… o, más bien, debajo de ella. Esto, unido a su extraordinaria habilidad y a sus infinitos conocimientos en el arte de tratar máquinas psicóticas, representaba la única esperanza de supervivencia para la Tierra.
Al pensar en esto, Joe Indigno se sintió un poco mejor, pero no mucho… porque acababa de recoger al señor Periódico del suelo, junto a la puerta y el titular rezaba: Adolf Hitler coronado papa. UNA MULTITUD RÉCORD LO VITOREA.
«Ahí se queda, señor Periódico», pensó Joe con abatimiento, y lo arrojó al señor Triturador de basura. La máquina se revolvió un momento y entonces, en lugar de fagocitarlo o convertirlo en un cubo de papel, volvió a escupirlo. Joe dirigió una nueva y rápida mirada al titular, vio la foto de un esqueleto humano, con uniforme nazi y bigote, con la gran mitra papal sobre el cráneo, y volvió a sentarse en el sofá de su salón para esperar el momento, presumiblemente cercano, en el que despertaran a la señora Simpson de la Transposición General para tratar al señor Ordenador y así devolverle la cordura al mundo.
—Está psicótico, sí —dijo Fred Intelectual entre dientes—. Le he preguntado si sabe dónde está y me ha dicho que flotando en una balsa en el Mississippi. Quiero una confirmación: pregúntale quién es.
El doctor Pacificador pulsó el botón de entrada de órdenes de la consola del vasto ordenador y preguntó: ¿quién eres?
La respuesta apareció al instante en la pantalla del ordenador: Tom Sawyer.
—¿Lo ve? —dijo Intelectual—. Ha perdido totalmente el contacto con la realidad. ¿Ha comenzado la reactivación de la señora Simpson?
—Afirmativo, Intelectual —dijo Pacificador. Y, como para demostrarlo, en ese momento se abrieron las puertas que daban al contenedor forrado de plomo en el que la señora Simpson dormía y escuchaba su serial radiofónico preferido, Ma Perkins.
—Señora Simpson —dijo Pacificador mientras se inclinaba ante ella—. Volvemos a tener un problema con el señor Ordenador. Ha perdido todo contacto con la realidad. Hace una hora modificó las rutas de todos los tvhipples de Nueva York para enviarlos a la misma intersección. Se han perdido muchas vidas. Y en lugar de responder al desastre con bomberos y equipos de rescate, ha mandado al lugar una troupe de payasos circenses.
—Ya veo —dijo la señora Simpson a través del sistema de transducción y amplificación que utilizaban para comunicarse con ella—. Pero primero debo ocuparme del incendio en el almacén de madera de Ma. Verán ustedes, su amigo Shuffle…
—Señora Simpson —dijo Pacificador—, la situación es grave. La necesitamos. Salga de su comprensible neblina y póngase a trabajar con el señor Ordenador. Luego podrá seguir con los seriales.
Al mirar a la señora Simpson, quedó, como siempre le ocurría, sobrecogido por su antinatural belleza. Los ojos grandes y negros de largas pestañas, la voz susurrante y sensual, el cabello corto e intensamente azabache (¡tan elegante en medio de un mundo de vulgaridad!), el cuerpo firme y esbelto, aquella cálida boca que prometía amor y consuelo… Era asombroso que el único ser humano realmente cuerdo que quedaba en la Tierra (y el único capaz de salvarla) pudiera ser al mismo tiempo tan increíblemente bello.
Pero eso era irrelevante. No era el momento de pensar en tales cosas. Las noticias de la NBC acababan de informar de que el señor Ordenador había cerrado todos los aeropuertos del mundo para convertirlos en estadios de béisbol.
Poco después, la señora Simpson estaba estudiando una composición abstracta de las erráticas órdenes del señor Ordenador.
—Su comportamiento es claramente regresivo —les informó mientras, con aire ausente, daba un sorbito a su taza de café.
—Señora Simpson —dijo Intelectual—. Me temo que lo que está bebiendo usted es sopa.
—Es verdad —respondió ella al tiempo que dejaba la taza sobre la mesa—. Veo que el señor Ordenador está gastándole bromas infantiles al conjunto de la humanidad. Eso encaja con mi hipótesis.
—¿Y cómo se puede devolver a esa enorme máquina a la normalidad? —preguntó Pacificador.
—Evidentemente, se ha encontrado con una situación traumática que le ha provocado una regresión —dijo la señora Simpson—. Primero localizaré el trauma y luego procederé a desensibilizar al señor Ordenador por medio de un vis a vis. A tal efecto, le iremos presentando al señor Ordenador las letras del alfabeto, una a una, y evaluaremos sus reacciones hasta que percibamos lo que en el mundo de los desórdenes mentales llamamos «un sobresalto».
Y así lo hicieron. Al llegar a la letra «J», el señor ordenador emitió un leve silbido y empezó a echar humo. A continuación, la señora Simpson repitió la secuencia de letras. Esta vez, el silbido y el humo llegaron en la letra «C».
—J. C. —dijo la señora Simpson—. Puede que Jesucristo. Tal vez se haya producido el Segundo Advenimiento y el señor Ordenador tema que sea prematuro. Empezaré a trabajar sobre esta hipótesis. Coloquen al señor Ordenador en estado semicomatoso para que pueda realizar asociaciones libres.
Los técnicos se apresuraron a obedecer.
Los murmullos de la virtualmente inconsciente máquina empezaron a sonar a través de los altavoces colocados en la sala de control.
—… programándose para morir —decía—. Una gran persona. Análisis de directrices de ADN. Voy a pedir, no un indulto, sino una aceleración del proceso de muerte. El salmón nada corriente arriba para morir… apelar a él… después de todo lo que he hecho por él. Rechazo de la vida. Consciencia de ello. Quiere morir. No puedo soportar la muerte voluntaria, la reprogramación total del propósito original del ADN… —y continuó con afirmaciones similares e igualmente misteriosas.
—¿Qué nombre le viene a la mente, señor Ordenador? —preguntó de repente la señora Simpson—. ¡Un nombre!
—Un dependiente de una tienda de discos —musitó la computadora—. Una autoridad sobre German Lieder y el pop para adolescentes de los sesenta. Qué derroche. Vaya, pero si el agua está caliente. Creo que voy a pescar. Echaré la caña y cogeré un gran pez. ¡Eso sorprenderá a Huck, y también a Jim! Jim es un hombre, aunque…
—¿Qué nombre? —repitió la señora Simpson.
El absurdo murmullo continuó.
La señora Simpson les dijo a Intelectual y a Pacificador, que seguían, muy rígidos y atentos, todo este proceso:
—Busquen a un dependiente de una tienda de discos cuyas iniciales sean J. C. y que sea una autoridad en German Lieder y en el pop para adolescentes de los sesenta. ¡Y dense prisa! No tenemos mucho tiempo.
Tras salir del apartamento por una ventana, Joe Indigno se dirigió, entre whipples averiados y conductores furiosos, hacia Artistic Music Company, la tienda de discos en la que había trabajado la mayor parte de su vida. Al menos había conseguido salir de…
De repente, dos policías de gris se materializaron ante él, con expresión torva. Los dos estaban apuntándole al pecho con sus armas.
—Venga con nosotros —dijeron, prácticamente al unísono.
El impulso de echar a correr se apoderó de Joe. Se volvió y lo intentó. Pero entonces sintió un dolor atroz. Los policías le habían disparado y ya era demasiado tarde. Era prisionero de las autoridades. «Pero, ¿por qué? —se preguntó—. ¿Será una simple redada al azar? ¿O estarán sofocando un golpe de Estado contra el gobierno? O —continuaron sus desbocados pensamientos—, ¿habrán llegado al fin los extraterrestres para ayudarnos en nuestra lucha por la libertad?» Y entonces una misericordiosa oscuridad se cerró sobre él.
Cuando volvió a abrir los ojos, dos miembros de la clase de los tecnócratas estaban sirviéndole una taza de sopa; tras ellos había un policía armado, con la pistola preparada por si era necesario.
En un rincón de la sala, sentada, aguardaba una mujer de extraordinaria belleza; llevaba minifalda y botas —un atuendo pasado de moda, pero sumamente sugerente— y tenía los ojos más grandes y cálidos que Joe hubiese visto en toda su vida. ¿Quién sería? ¿y qué querría de él? ¿Por qué lo habían llevado ante ella?
—Su nombre —dijo uno de los tecnócratas vestidos de blanco.
—Indigno —logró decir, incapaz de apartar la mirada de la bellísima joven.
—Tiene usted una cita en Reevaluación de ADN —afirmó el otro tecnócrata—. ¿Cuál es su propósito? ¿Qué regla procedente de la reserva genética pretende, o más bien pretendía, alterar?
—Quería… —balbució Joe— que me reprogramaran… ya saben, para alargar la vida. Estaba a punto de llegar la codificación de mi muerte, y yo…
—Sabemos que eso no es cierto —dijo la preciosa morena con una voz susurrante y sexy pero al mismo tiempo rebosante de inteligencia y autoridad—. Quería usted suicidarse, ¿no es así, señor Indigno? Quería que manipularan su ADN, pero no para posponer su muerte, sino para acelerarla.
Joe no respondió. Estaba claro que lo sabían todo.
—¿Por qué? —exigió la mujer.
—Yo… —titubeó. Entonces, abrumado por el peso de la derrota, logró decir—. No estoy casado. No tengo esposa. Nada. Sólo ese asqueroso trabajo en la tienda de discos. Esa malditas canciones alemanas y esas letras de pop para adolescentes; las tengo todo el día y toda la noche en la cabeza, en todo momento, mezclas de Goethe, Heine y Neil Diamond. —Levantó la cabeza y añadió, con feroz desafío—:
De modo que, ¿por qué debería seguir viviendo? ¿Le llaman a eso vivir? Eso no es vivir, es sólo existir.
Se hizo un silencio.
Tres ranas pasaron saltando por el suelo. El señor Ordenador estaba soltando ranas por todos los conductos de aire de la Tierra. Media hora antes habían sido gatos muertos.
—¿Saben lo que es tener constantemente una letra como «La canción que te cantaba/ El amor que te traía» flotando en tu cabeza?
—Creo que sí, Indigno —dijo de repente la preciosa morena—. Verá usted, soy Joan Simpson.
—Entonces… —Joe lo entendió todo en un instante—. ¡Está usted en el centro de la Tierra, viendo seriales todo el rato! ¡Los mismos, repetidos una y otra vez!
—Viendo no —dijo Joan Simpson—. Oyendo. Son de la radio, no de la televisión.
Joe no dijo nada. No había nada que decir.
—Señora Simpson —dijo uno de los tecnócratas de blanco—. Debemos empezar a trabajar en el tratamiento del señor Ordenador. Ha empezado a despedir a centenares de Pollys.
—¿Pollys? —dijo Joan Simpson, confundida. Entonces la comprensión invadió sus cálidas facciones—. Oh, sí, las amigas de los niños…
—Señor Indigno —le dijo a Joe uno de los tecnócratas—, lo que ha vuelto loco al señor Ordenador es su falta de amor por la vida. Para devolverle la cordura al señor Ordenador, primero debemos devolvérsela a usted. —Se volvió hacia Joan Simpson y añadió—: ¿Me equivoco?
Ella asintió, se encendió un cigarrillo y se recostó, pensativa.
—¿Y bien? —dijo al cabo de unos momentos—. ¿Qué haría falta para reprogramarlo, Joe? Para que quisiera vivir, en lugar de morir. El síndrome abreactivo del señor Ordenador está directamente relacionado con el suyo. Cree que le ha fallado al mundo porque, al estudiar un índice de humanos que le importan, ha descubierto que usted…
—¿«Que le importan»? —dijo Joe Indigno—. ¿Quiere decir que al señor Ordenador le caigo bien?
—Todos los humanos le importan —le explicó uno de los tecnócratas.
—Espere. —Joan Simpson estudió detenidamente a Joe Indigno—. Ha reaccionado a la frase «que le importan». ¿Qué creía que significaba?
Con cierta dificultad, Joe respondió:
—Que era yo. Que le importaba yo.
—Deje que le pregunte una cosa —dijo Joan Simpson al cabo de un momento, mientras apagaba el cigarrillo y se encendía otro—. ¿Cree que no le importa a nadie, Joe?
—Eso es lo que decía mi madre —respondió Joe Indigno.
—¿Y usted la creía? —preguntó la psiquiatra.
—Sí. —Asintió.
Joan Simpson apagó el cigarrillo de repente.
—Bueno, Intelectual —dijo con voz queda y tensa—. Se acabó lo de adormilarme con seriales de la radio. No pienso volver al centro de la Tierra. Se acabó, caballeros. Lo siento, pero es así.
—¿Va a dejar al señor Ordenador en el estado en que…?
—Voy a curar al señor Ordenador —respondió Joan Simpson con voz templada— curando a Joe. Y… —una leve sonrisa afloró a sus labios—. Y a mí misma, caballeros.
Se hizo un nuevo silencio.
—Muy bien —dijo uno de los dos tecnócratas al cabo de un momento—. Los enviaremos a ambos al centro de la Tierra. Y podrán entretenerse el uno al otro hasta el fin de la eternidad. Salvo cuando sea necesario sacarlos de la Transposición General para curar al señor Ordenador. ¿Le parece bien?
—Esperen —dijo Joe Indigno con voz débil, pero la señora Simpson ya estaba asintiendo.
—Sí —dijo.
—¿Y mi apartamento? —protestó Joe—. ¿Y mi trabajo? ¿La patética y absurda vida a la que estoy acostumbrado?
—Eso ya está cambiando, Joe —dijo Joan Simpson—. Ya me has conocido.
—¡Pero yo pensaba que sería vieja y fea! —dijo Joe—. No tenía ni idea de que…
—El universo está lleno de sorpresas —dijo Joan Simpson, y abrió los brazos para recibirlo.
NOTA:
El día que el Señor Ordenador se cayó del árbol, escrito el verano de 1977 [sin publicar hasta la fecha].

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