Los tres técnicos del globo comprobaron las fluctuaciones de los campos magnéticos interestelares e hicieron un buen trabajo hasta el momento de su muerte.
Varios fragmentos de basalto que viajaban a una enorme velocidad en relación con su globo rompieron su barrera y acabaron con su suministro de aire. Los dos hombres reaccionaron tarde y no hicieron nada. La joven técnica finlandesa, Agneta Rautavaara, logró alcanzar su casco de emergencia a tiempo, pero los cables se enredaron y, al aspirar, murió. Fue una muerte triste: se ahogó en su propio vómito. Así concluyó la tarea de inspección de EX208, su globo flotante. Un mes más tarde, los técnicos habrían regresado a la Tierra.
No pudimos llegar a tiempo para ayudar a los tres terrícolas, pero enviamos a un robot para ver si a alguno de ellos se le podía regenerar. No les caemos bien a los terrícolas pero en este caso su globo de exploración operaba cerca de nuestro espacio. Hay reglas relativas a este tipo de emergencias, que vinculan a todas las razas de la galaxia. No sentíamos el deseo de ayudar a esas personas, pero obedecemos las reglas.
Las reglas exigían por nuestra parte que intentáramos devolver la vida a los tres técnicos muertos, pero le encomendamos la tarea a un robot, y puede que ahí nos equivocáramos. Las reglas también nos obligaban a notificar a la nave terrícola más cercana el accidente ocurrido y decidimos no hacerlo. No defenderé esta omisión, ni analizaré las razones que nos empujaron a ella en ese momento.
El robot indicó que no había detectado funciones cerebrales en los dos hombres y que su tejido neural se había degenerado. En cuanto a Agneta Rautavaara, pudimos detectar una nimia onda cerebral. En su caso, se inició un proceso de intento de restauración. Sin embargo, dado que no estaba capacitado para tomar por sí mismo una decisión de esta naturaleza, el robot se puso en contacto con nosotros. Le dijimos que procediera con el intento. El fallo, la culpa, por así decirlo, recae por lo tanto en nosotros. De haber estado allí, habríamos actuado con conocimiento de causa. Aceptamos la culpa.
Una hora más tarde el robot indicó que había restaurado un significativo porcentaje de función cerebral en Rautavaara, suministrando a su cerebro sangre rica en oxígeno procedente de su cuerpo muerto. El oxígeno, que no los nutrientes, lo aportó el robot. Ordenamos iniciar la síntesis de nutrientes mediante el procesamiento del cuerpo de Rautavaara, empleándolo como materia prima. Esto ocasionó las mayores objeciones que plantearon las autoridades terrícolas más tarde. Pero no teníamos ninguna otra fuente de nutrientes. Dado que nos componemos de plasma, no podíamos ofrecer nuestros cuerpos.
La respuesta a la idea de que podíamos haber empleado los cuerpos de los compañeros muertos de Rautavaara no fue expresada adecuadamente cuando la introdujimos como prueba. La cuestión es que pensamos, basándonos en los informes del robot, que los otros cuerpos estaban demasiado contaminados de radiactividad y, por ende, resultaban tóxicos para Rautavaara. Los nutrientes derivados de aquella fuente no habrían tardado en envenenar su cerebro. Si no aceptan nuestra lógica, poco nos importa, pero ésta era la situación tal como la interpretamos. Por eso digo que nuestro verdadero error fue enviar un robot en lugar de ir personalmente. Si desean incriminarnos, háganlo por eso.
Le pedimos al robot que se conectara al cerebro de Rautavaara y que nos transmitiera sus pensamientos para que pudiésemos evaluar el estado físico de sus células cerebrales.
La impresión que recibimos fue de actividad. En ese momento fue cuando nos pusimos en contacto con las autoridades terrícolas. Los informamos sobre el accidente que había destruido el EX208; los informamos de que dos de los técnicos, los hombres, habían muerto irremediablemente; los informamos de que, mediante un rápido esfuerzo por nuestra parte, habíamos logrado que la mujer mostrara una actividad encefálica estable, lo que quería decir que su cerebro seguía con vida.
—¿Su qué? —dijo el operador de radio terrícola, en respuesta a nuestra llamada.
—Le estamos suministrando nutrientes derivados de su cuerpo…
—Oh, Dios —dijo el operador de radio terrícola—. No podéis alimentar así a su cerebro. ¿Qué utilidad tiene el cerebro? ¿Como cerebro solo?
—Puede pensar —dijimos.
—Está bien, ahora nos encargaremos nosotros —dijo el operador de radio terrícola—. Pero habrá una investigación.
—¿No hicimos bien en salvar su cerebro? —preguntamos—. A fin de cuentas, la psique, la personalidad, se encuentra en el cerebro. El cuerpo físico es un instrumento del que depende el cerebro para…
—Dadme la localización de EX208 —dijo el operador de radio terrícola—. Enviaremos una nave enseguida. Debisteis notificárnoslo inmediatamente, antes de emprender tareas de rescate vosotros solos. Vuestra perspectiva, sencillamente, es incompatible con la comprensión de las formas de vida somáticas.
Para nosotros, el término «aproximaciones» resulta ofensivo. Es una forma peyorativa terrícola de referirse a nuestro origen en el sistema de Próxima Centaurus. Lo que insinúa es que no somos auténticos, que somos una mera simulación de la vida.
Esta fue nuestra recompensa en el caso Rautavaara. La burla. Por supuesto, hubo una investigación.
Desde las profundidades de su cerebro dañado, Agneta Rautavaara notó el sabor ácido del vómito y dio un respingo de miedo y aversión. Por todas partes a su alrededor, EX208 se había hecho añicos. Vio a Travis y a Elms, sus cuerpos partidos en trozos y su sangre congelada. El hielo cubría el interior del globo. El aire se había escapado con la temperatura… ¿Qué la mantenía con vida?, se preguntó. Alzó las manos y se tocó la cara, o más bien lo intentó. «Mi casco —pensó—. Me lo puse a tiempo.»
El hielo, que lo cubría todo, empezó a derretirse. Los brazos y piernas cercenados de sus compañeros se reunieron con sus cuerpos. Los fragmentos de basalto adheridos al casco del globo salieron volando.
«El tiempo —pensó Agneta—, transcurre al revés. ¡Qué extraño!»
El aire volvió. Oyó el apagado sonido del indicador y, entonces, lentamente, aumentó la temperatura. Travis y Elms se tambalearon hasta ponerse de pie. Miraron a su alrededor, desconcertados. Le entraron ganas de reír, pero la situación era demasiado sombría. Al parecer, la fuerza del impacto había causado una perturbación local del tiempo.
—Sentaos —dijo ella.
—Yo… Vale —dijo Travis con voz pastosa—. Tienes razón. —Se sentó ante su consola y pulsó el botón que lo sujetaba a su puesto mediante una correa. Elms, sin embargo, se mantuvo en pie.
—Nos han alcanzado unas partículas bastante grandes —dijo Agneta.
—Sí —respondió Elms.
—Lo bastante grandes y con la suficiente potencia de impacto como para provocar una perturbación del tiempo —dijo Agneta—. Así que hemos retrocedido a antes del acontecimiento.
—Bueno, los campos magnéticos son, en parte, responsables —dijo Travis. Se frotó los ojos. Le temblaban las manos—. Quítate el casco, Agneta. Ya no lo necesitas.
—Pero el impacto se va a producir —dijo.
Los dos hombres la miraron.
—El accidente se va a repetir —insistió ella.
—Mierda —dijo Travis—. Sacaré al EX del aquí. —Pulsó unas teclas en la consola—. No nos alcanzará.
Agneta se quitó el casco. Se quitó las botas, las recogió… Y vio la Figura.
La Figura estaba de pie, frente a los tres. Era Cristo.
—Mirad —les dijo a Travis y a Elms.
Ambos miraron.
La Figura vestía la tradicional túnica blanca con sandalias. Su pelo era largo y pálido, lo que le confería un tono lunar. Su rostro barbudo irradiaba amabilidad y sabiduría, igual que los holoanuncios de las iglesias de la Tierra, pensó Agneta. «Túnica, barba, sabio y amable, los brazos ligeramente levantados. Incluso tenía un halo. Qué curioso que nuestras ideas preconcebidas sean tan precisas.»
—Oh, Dios mío —dijo Travis. Los tres se lo quedaron mirando—. Ha venido a por nosotros.
—Por mí no hay problema —dijo Elms.
—Normal —dijo Travis—. No tienes ni esposa ni hijos. ¿Y qué hay de Agneta? Sólo tiene trescientos años. Es una cría.
—Yo soy la vid y vosotros los sarmientos —dijo Cristo—. El que permanece en mí y yo en él, llevará, mucho fruto, porque, separados de mí, nada podéis hacer.
—Voy a sacar el EX de este vector —dijo Travis.
—Hijos míos —dijo Cristo—. No permaneceré con vosotros durante mucho más tiempo.
—Bien —dijo Travis. El EX se desplazaba ahora a su velocidad máxima hacia el eje de Sirio. El mapa estelar mostraba un flujo masivo.
—Maldito seas, Travis —dijo Elms con agresividad—. Esta es una gran oportunidad. Quiero decir, ¿cuánta gente tiene la oportunidad de ver a Cristo? O sea, es Cristo. Eres Cristo, ¿no es así? —le preguntó a la Figura.
—Soy el Camino, la Verdad y la Vida —dijo Cristo—. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también al Padre. Desde ahora, lo conocéis y lo habéis visto.
—Ahí lo tienes —dijo Elms con expresión radiante de felicidad—. ¿Veis? Quiero que sepa que estoy muy contento de tener esta oportunidad, Señor —se interrumpió—. Iba a decir «Señor Cristo». Es una estupidez, una gran estupidez. Cristo, Señor Cristo, ¿quiere sentarse? Puede sentarse a mi consola o a la de la señorita Rautavaara. ¿Verdad, Agneta? Ese de ahí es Walter Travis, no es cristiano, pero yo sí. Lo he sido toda mi vida. Bueno, casi toda. De la señorita Rautavaara no estoy seguro. ¿Qué dices tú, Agneta?
—Corta el rollo, Elms —dijo Travis.
—Nos va a juzgar —le dijo Elms.
Cristo siguió hablando:
—A quien escuchare mis palabras y nos las siguiera fielmente, no seré yo quien lo condene, pues no he venido a condenar al mundo, sino a salvarlo. Aquél que me rechace a mí y a mis palabras ya tiene un juez.
—Ahí lo tienes —dijo Elms, asintiendo.
Asustada, Agneta se dirigió a la Figura:
—No la tomes con nosotros. Acabamos de pasar por un grave trauma. —De repente se preguntó si Travis y Elms recordarían que habían muerto, que sus cuerpos habían sido cercenados.
La Figura le sonrió, como si con ello quisiera tranquilizarla.
—Travis —dijo Agneta, inclinándose hacia él, que estaba sentado ante la consola—, quiero que me escuches. Ni tú ni Elms sobrevivisteis al accidente ni a las partículas de basalto. Por eso está aquí. Soy la única que no… —titubeó.
—Murió —dijo Elms—. Hemos muerto y ha venido a por nosotros. —Se dirigió a la Figura—: Estoy listo, Señor. Llévame contigo.
—Llévatelos a ellos —dijo Travis—. Voy a emitir una llamada de socorro y les voy a decir lo que está pasando aquí. Informaré antes de que se me lleve o lo intente.
—Estás muerto —le dijo Elms.
—Aún puedo enviar un informe de radio —dijo Travis, pero su rostro delataba su abatimiento y su resignación.
—Dale a Travis algo de tiempo —le dijo Agneta a la Figura—. No acaba de comprenderlo. Pero supongo que eso ya lo sabes. Lo sabes todo.
La Figura asintió.
La comisión de investigación terrícola y nosotros observamos esta actividad cerebral en el cerebro de Rautavaara y nos dimos cuenta de lo que había pasado. En lo que no nos pusimos de acuerdo fue en nuestra evaluación. Donde las seis personas terrícolas veían algo pernicioso, nosotros vimos algo grande, tanto para Agneta Rautavaara como para nosotros. Gracias a la restauración de su cerebro dañado, merced a un robot mal guiado, estábamos en contacto con el otro mundo y los poderes que lo controlaban.
La visión de los terrícolas nos afligió.
—Está alucinando —dijo el portavoz terrícola—. No cuenta con datos sensoriales. Su cuerpo está muerto. Mirad lo que habéis hecho con ella.
Nosotros argumentamos que Agneta Rautavaara era feliz.
—Lo que debemos hacer —dijo el portavoz terrícola— es desactivar su cerebro.
—¿Y cortar nuestro acceso al otro mundo? —protestamos—. Esta es una espléndida oportunidad para observar la vida después de la vida. El cerebro de Agneta Rautavaara es nuestra lupa. Es una cuestión de prioridad. El mérito científico pesa más que el humanitario.
Esa fue nuestra postura durante la investigación. Fue una postura sincera, no de conveniencia.
Los terrícolas decidieron mantener el cerebro de Rautavaara a pleno funcionamiento, con una transducción de audio y vídeo que, por supuesto, fue grabada. Mientras tanto, las sanciones contra nosotros quedaron en suspenso.
Yo mismo quedé fascinado por la idea terrícola del Salvador. Para nosotros era un concepto antiguo y folklórico, no por ser antropomórfico, sino porque implicaba una evaluación académica del alma difunta. Estaba todo relacionado con alguna lista de acciones buenas y malas: una libreta de calificaciones trascendente, igual que las que se emplean en la enseñanza y evaluación de los niños.
Para nosotros ésta era una concepción primitiva del Salvador y, mientras observaba y escuchaba (observando y escuchando como la entidad poliencefálica que soy), me pregunté cuál habría sido la reacción de Agneta Rautavaara ante un Salvador, un Guía del alma, de acuerdo con nuestras expectativas. A fin de cuentas, era nuestro equipo el que mantenía vivo su cerebro mediante el mecanismo original que nuestro robot de rescate había llevado consigo a la escena del accidente. Habría sido muy arriesgado desconectarlo; el cerebro ya había sufrido demasiados daños. Todo el aparato, incluido su cerebro, había sido trasladado al lugar donde estaba teniendo lugar la investigación judicial, un área neutral entre los sistema de Próxima y de Sol.
Más tarde, durante una discreta discusión con mis compañeros, sugerí que insertáramos nuestra concepción del Guía del alma en el cerebro artificialmente sostenido de Rautavaara. Mi argumento: sería interesante comprobar cuál era su reacción.
Mis colegas señalaron inmediatamente una contradicción en mi lógica. Había argumentado ante la comisión que el cerebro de Rautavaara era una ventana que daba al otro mundo y que, por lo tanto, eso nos exculpaba. Ahora argumentaba que lo que estaba experimentando no era más que una proyección de sus asunciones mentales.
—Ambas proposiciones son ciertas —dije—. Es una genuina ventana al otro mundo al tiempo que una representación de las presunciones mentales, culturales y raciales de Rautavaara.
Lo que en esencia teníamos era un modelo al que podíamos aplicar variables con cierto cuidado. Podíamos introducir en el cerebro de Rautavaara nuestra propia concepción del Guía del alma y comprobar en qué difería en la práctica nuestro concepto del más pueril, que mantenían los terrícolas.
Era una gran oportunidad para poner a prueba nuestra propia tecnología. Ya habíamos analizado suficientemente a los terrícolas y los habíamos hallado poco satisfactorios.
Decidimos llevar a cabo la empresa, dado que manteníamos activo el equipo que mantenía vivo el cerebro de Rautavaara. Para nosotros, esto revestía mucho más interés que el propio desenlace de la investigación. La culpa no es más que un mero espejismo cultural; no atraviesa la frontera de las especies.
Supongo que los terrícolas podían percibir nuestras intenciones como malignas. Lo niego. Lo negamos. Considérese, mejor, como un juego. Ver cómo se enfrentaba Rautavaara a nuestro salvador en lugar de al suyo nos brindaría un sobrio disfrute.
Entonces, la Figura dijo a Travis, Elms y Agneta, mientras alzaba los brazos:
—Soy la resurrección. Si alguien cree en mí, vivirá aunque haya muerto, y quienquiera que viva y crea en mí nunca morirá. ¿Creéis esto?
—Por supuesto —dijo Elms de buena gana.
—Chorradas —dijo Travis.
Agneta Rautavaara pensó que no estaba segura. No lo sabía.
—Tenemos que decidir —dijo Elms—. Tenemos que decidir si nos vamos con él. Travis, se acabó para ti, te quedas fuera. Quédate aquí y púdrete… Ese es tu destino. —Se dirigió a Agneta—. Espero que optes por Cristo, Agneta. Deseo que disfrutes de la misma vida eterna que yo. ¿No es así, Señor? —le preguntó a la Figura.
La Figura asintió.
Agneta dijo:
—Travis, creo… Bueno, creo que deberías ceder en esto. Yo… —No quería insistir en el hecho de que Travis estaba muerto. Pero tenía que comprender la situación. De lo contrario, como decía Elms, estaría condenado—. Acompáñanos —le dijo.
—¿Entonces tú vas? —dijo Travis, con amargura.
—Sí —admitió.
Elms miró a la Figura y dijo en voz baja:
—Es muy posible que me equivoque, pero creo que está cambiando.
Ella miró, pero no vio ningún cambio. Sin embargo, Elms parecía asustado.
La figura, embutida en su túnica blanca, caminó hacia Travis. Se detuvo cerca de él, se quedó quieta un momento y se inclinó para golpearle en el rostro.
Agneta gritó. Elms se quedó mirando, y Travis, anclado a su asiento, se dejó vapulear. Sin prisas, la Figura se lo comió.
—Ya lo ven —dijo el portavoz de la comisión de investigación—. Hay que apagar este cerebro. El deterioro es grave; la experiencia le ha resultado terrible. Tiene que acabar ahora.
—No —dije—. Nosotros, desde el sistema Próxima, encontramos este giro de los acontecimientos extremadamente interesante.
—¡Pero si el Salvador se está comiendo a Travis! —exclamó otro de los terrícolas.
—En vuestra religión —dije—, ¿acaso no es esencial que comáis la carne y bebáis la sangre de vuestro Dios? Lo que ha ocurrido aquí no es más que un reflejo inverso de esa eucaristía.
—¡Ordeno que se apague su cerebro! —dijo el portavoz de la comisión. Tenía la tez pálida, y unas gotas de sudor le perlaban la frente.
—Deberíamos observar más antes de apagarlo —dije—. Me ha parecido de lo más emocionante esta interpretación de nuestro propio sacramento, nuestro mayor sacramento, en el que el Salvador nos consume a nosotros, sus adoradores.
—Agneta —susurró Elms—, ¿has visto eso? Cristo se ha comido a Travis. Sólo ha dejado los guantes y las botas.
«Ay, Dios —pensó Agneta Rautavaara—. ¿Qué es lo que está pasando?»
Se apartó de la Figura e instintivamente se acercó a Elms.
—Él es mi sangre —dijo la Figura, mientras se relamía—. Bebo de su sangre. La sangre es la vida eterna. Cuando la haya bebido, viviré para siempre. Él es mi cuerpo. Ningún cuerpo me pertenece; sólo soy plasma. Al comer su cuerpo, recibo la vida eterna. Esta es una nueva verdad que proclamo, que soy eterno.
—Nos va a comer también a nosotros —dijo Elms.
«Sí —pensó Agneta Rautavaara—. Va a hacerlo.» Entonces se dio cuenta de que la Figura era un proxímata, una forma de vida de Próxima. «Tiene razón. Ningún cuerpo le pertenece. La única forma de hacerse con uno es…»
—Voy a matarlo —dijo Elms.
Sacó el rifle láser de emergencia de su enganche y apuntó a la Figura con él.
—Padre, ha llegado la hora —dijo ésta.
—Aléjate de mí —dijo Elms.
—Dentro de poco ya no me verás —dijo la Figura—, a menos que coma de tu carne y beba de tu sangre. Regocíjate porque viviré. —La Figura avanzó hacia Elms.
Elms disparó el rifle láser. La Figura se tambaleó y empezó a sangrar. Agneta se dio cuenta de que era la sangre de Travis. Estaba dentro de él. No era su propia sangre. «Es terrible.» Se echó las manos a la cara, aterrorizada.
—Rápido —le dijo a Elms—, di: «Soy inocente de la sangre de este hombre». Dilo antes de que sea demasiado tarde.
—«Soy inocente de la sangre de este hombre» —dijo Elms.
La Figura cayó. Permaneció tumbada mientras moría. Ya no era un hombre con barba. Era otra cosa. Algo que Agneta Rautavaara era incapaz de definir. Dijo:
—Eli, Eli, ¿lama sabachtani?
La Figura murió mientras ella y Elms la observaban.
—¡Lo he matado! —dijo Elms—. He matado a Cristo. —Se apuntó a sí mismo con el rifle láser, buscando a tientas el gatillo.
—Ése no era Cristo —dijo Agneta—. Era otra cosa. El opuesto a Cristo. —Le quitó el arma a Elms.
Elms sollozaba.
Los terrícolas de la comisión de investigación eran mayoría y votaron que se suspendiese toda actividad artificialmente mantenida en el cerebro de Rautavaara. Esto nos decepcionó, pero no teníamos más remedio.
Habíamos sido testigos del principio de un abrumador experimento científico: la teología de una raza injertada en otra. Apagar el cerebro de la terrícola había sido una tragedia científica. Por ejemplo, desde el punto de vista de la relación básica con Dios, la raza de la Tierra mantenía una visión diametralmente opuesta a la nuestra. Evidentemente, esto ha de atribuirse a que son una forma de vida somática y nosotros estamos hechos de plasma. Ellos beben la sangre de su Dios y se comen su carne para ganar la inmortalidad. Para ellos, esto no es escandaloso. Lo encuentran perfectamente natural. Sin embargo, para nosotros, es algo atroz. ¿Que el adorador se coma y beba al Dios? Algo horrible para nosotros, ciertamente horrible. Una afrenta y una vergüenza… Una abominación. El más poderoso siempre debería sacrificar al más débil; el Dios debe consumir al adorador.
Vimos cómo se cerraba el caso Rautavaara al tiempo que se apagaba su cerebro, de modo que toda actividad electroencefalográfica y los monitores quedaron inertes. Nos sentimos decepcionados y, por si fuera poco, los terrícolas votaron una moción de censura contra nosotros por habernos hecho cargo de la misión de rescate por nuestra cuenta.
Es impactante la frontera que separa a dos razas que se desarrollan en sistemas solares diferentes. Hemos intentado comprender a los terrícolas y hemos fracasado. Somos también conscientes de que ellos no nos comprenden a nosotros y que, a su vez, algunas de nuestras costumbres les espantan. Esto quedó patente en el caso Rautavaara. Pero ¿acaso no servíamos a los propósitos del desinteresado estudio científico? Yo mismo quedé perplejo ante la reacción de Rautavaara cuando el Salvador devoró al señor Travis. Me habría encantado ver culminado el mayor de los sacramentos con los demás, con Rautavaara y con Elms.
Pero se nos privó de esta oportunidad. Y, desde nuestro punto de vista, el experimento fracasó.
Y ahora vivimos bajo la proscripción de una innecesaria reprobación moral.
NOTA:
El caso Rautavaara [13 de mayo de 1980], en Omni (octubre de 1980).

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