Texto aleatorio

I

El sueño se disolvió. Parpadeó al sentir sobre sí una deslumbrante y dolorosa luz artificial. La luz procedía de tres anillos situados sobre la cama, a medio camino del techo.

—Siento despertarlo, señor Stafford —dijo una voz masculina desde más allá—. Es usted Joseph Stafford, ¿verdad? —Acto seguido, la voz continuó hablando con otra persona, también invisible—. ¿No sería una pena despertar a otro, a alguien que no nos sirva?

Stafford se incorporó y, con voz cascada, preguntó:

—¿Quién es usted?

La cama chirrió y uno de los círculos de luz descendió. Uno de los hombres se había sentado.

—Buscamos a Joseph Stafford, de la grada seis, piso cincuenta. Es… ¿cómo era?

—Técnico de ordenadores de clase GB —respondió su compañero.

—Sí. Experto, por ejemplo, en esos nuevos dispositivos de almacenamiento de datos de plasma fundido. Podría reparar uno si se estropeara, ¿no, señor Stafford?

—Pues claro —dijo otra voz con tono calmado—. Por eso figura como «en reserva» —le explicó—. La segunda línea de videófono que cortamos se encargaba de eso. Lo mantenía directamente conectado con sus superiores.

—¿Cuánto hace que no recibe una llamada, técnico? —inquirió la primera voz.

Stafford no respondió. Metió la mano debajo de la almohada y buscó la pistola Sneek que normalmente guardaba allí.

—Lo más probable es que lleve sin trabajar mucho tiempo —dijo uno de los hombres de las linternas—. Lo más probable es que necesite el dinero. ¿Necesita dinero, Stafford? ¿O qué necesita? ¿Le gusta arreglar ordenadores? O sea, trabajar en eso si no le gustara sería una estupidez… sobre todo teniendo que estar disponible las veinticuatro hora del día. ¿Se le da bien? ¿Puede arreglar cualquier cosa, por muy remota y ridícula que parezca, que le ocurra a nuestro programador estratégico militar Genux-B? Complázcanos. Diga que sí.

—Tengo… tengo que pensar —dijo Stafford con voz pastosa. Seguía buscando el arma, pero la había perdido. Sentía su ausencia. O puede que se la hubieran quitado antes de despertarlo.

—Voy a decirle una cosa, Stafford… —continuó la voz.

Otra lo interrumpió:

—Señor Stafford. Escuche. —El halo luminoso de la derecha también descendió. El hombre se había inclinado sobre él—. Salga de la cama, ¿de acuerdo? Vístase y lo llevaremos a un sitio, para reparar un ordenador. De camino allí tendrá tiempo de decidir si es lo bastante bueno. Una vez que hayamos llegado, podrá echarle un vistazo al Genux-B y decidir cuánto tiempo va a llevarle.

—Queremos que lo arregle, en serio —dijo el primero con voz lastimera—. Tal como está, no nos sirve de nada, ni a nosotros ni a nadie. Los datos están amontonándose. Y no los está… ¿cómo suelen decirlo? Ingiriendo. Se quedan allí y el Genux-B no los procesa, así que, como es natural, no puede tomar ninguna decisión. Y, claro, todos los satélites están volando por el cielo como si nada.

Stafford se levantó lenta y pesadamente, con el cuerpo aún rígido por el sueño.

—¿Cuál fue el primer síntoma? —preguntó. Se preguntaba quiénes eran. Y de qué Genux-B estarían hablando. Hasta donde él sabía, solo existían tres en Norteamérica y ocho en toda la Tierra.

Mientras se embutía en su mono de trabajo, las dos formas invisibles que había detrás de los focos conversaron un momento. Finalmente, una de ellas se aclaró la garganta y dijo:

—Tengo entendido que una bobina de recogida de cinta ha dejado de girar, así que la cinta con todos los datos no hace más que dar vueltas por el suelo, hecha un ovillo.

—Pero la tensión de las bobinas de recogida… —empezó a decir Stafford.

—En este caso, la automatización ha fallado. Verá usted, hemos bloqueado la bobina para que no acepte más cinta. Primero intentamos cortar la cinta, pero como imagino que ya sabrá, se reinserta automáticamente. Y hemos probado a borrar la cinta, pero si se activa el circuito de borrado, salta una alarma en Washington D. C. y no queremos que los peces gordos se metan en esto. Los diseñadores del ordenador pasaron por alto la tensión de la bobina de recogida porque es un sistema muy sencillo, que no debería fallar.

Mientras intentaba abrocharse el cuello, Stafford dijo:

—En otras palabras, que no quieren que reciba ciertos datos. —Se sentía lúcido. O, como mínimo, razonablemente despierto—. ¿Qué clase de datos? —Con un escalofrío, tuvo el presentimiento de que lo sabía. El gran ordenador gubernamental estaba recibiendo datos que le harían declarar una alerta roja. Claro, la incapacitación del Genux-B tenía que producirse antes de que se hiciera manifiesto el ataque de la Asociación Verdadera Sudafricana por medio de una suma de síntomas individuales reales (aunque aparentemente insignificantes), que el ordenador, con su inmensa capacidad de análisis de datos, advertiría y descifraría.

«¡Cuántas veces les habremos advertido de que esto podía suceder! —pensó amargamente—. De que intentarían anular al Genux-B antes de que lograran desplegar los satélites y bombarderos de respuesta del MEEA.»

Y eso era lo que había ocurrido. Aquellos hombres, agentes encubiertos de la AVS, lo habían despertado para que terminara su trabajo, es decir, para que dejara inoperativo al ordenador.

Pero era posible que ya hubiera recibido los datos, que los hubiera transferido a los circuitos receptores para su procesamiento y su análisis. Habían actuado tarde. Puede que un día tarde, o puede que sólo unos pocos segundos. Al menos algunos de los datos significativos habían llegado a las cintas, y por eso lo habían llamado a él. Solos no podían terminar el trabajo.

A continuación, los Estados Unidos sufrirían una serie de ataques lanzados por los satélites militares enemigos, mientras la red defensiva esperaba las órdenes del ordenador central. Y la esperaba en vano, porque el Genux-B no sabría nada del ataque y seguiría sin saberlo hasta que un impacto directo en la capital acabara con él y con sus castradas facultades.

No era de extrañar que hubieran bloqueado la bobina.

II

—Ha empezado la guerra —dijo en voz baja a los cuatro hombres de las linternas.

Ahora que había encendido la lamparita de la mesita de noche podía distinguirlos. Eran hombres normales, con una misión. No fanáticos, sino funcionarios. Podrían haber trabajado para cualquier gobierno, salvo quizá para el casi psicótico de la China Popular.

—Ha estallado —especuló en voz alta— y es esencial que el Genux-B no lo sepa, para que no pueda defendernos ni responder. —Tanto él como, sin duda, ellos, recordaban perfectamente la prontitud con la que había reaccionado el Genux-B en las dos intervenciones preventivas anteriores, una contra Francia y otra contra Israel. Ningún analista había detectado los indicios… o al menos no había podido decir a qué apuntaban. Igual que Iosif Stalin en 1941. Al viejo tirano le habían enseñado pruebas que demostraban que el Tercer Reich se disponía a atacar la Unión Soviética, pero él sencillamente, no había podido o no había querido darles crédito. Lo mismo que el Reich no había querido creer que Francia y Gran Bretaña cumplirían con los compromisos acordados con Polonia en 1939.

Los hombres de las linternas lo sacaron del dormitorio sin despegarse un milímetro de él y subieron al tejado por el ascensor. Al salir, el aire olía a barro y a humedad. Inhaló, se estremeció y, sin poder evitarlo, levantó la mirada hacia el cielo. Una estrella se movió: las luces de aterrizaje de un aletto, que tomó tierra a escasos metros de ellos.

Mientras permanecían sentados en el interior del aletto —que había remontado el vuelo y había tomado rumbo a Utah— uno de los funcionarios, armado con una pistola Sneek, y con una linterna y un maletín, le dijo:

—Su teoría es buena, sobre todo teniendo en cuenta que lo hemos despertado en mitad de la noche.

—Pero —intervino un compañero— es errónea. Enséñale la cinta perforada que sacamos.

El hombre que se encontraba más cerca de Stafford abrió su maletín y, sin decir palabra, le entregó un rollo de cinta plástica.

Stafford la sostuvo bajo la cúpula de luz del aletto y distinguió las perforaciones. Sistema binario, evidentemente material de programación de las unidades del Mando Estratégico del Espacio Adquirido, que el ordenador controlaba directamente.

—Estaba a punto de enviar una orden —dijo el que se encontraba a los mandos del aletto, sin volverse—. A todas las unidades militares con las que está comunicado. ¿Puede descifrarla?

Stafford asintió y le devolvió la cinta. Podía descifrarla, sí. El ordenador había notificado una alerta roja al MEEA. Había llegado incluso a ordenar que los escuadrones de bombarderos armados con bombas de hidrógeno despegaran y estaba pidiendo que todos los silos de misiles intercontinentales se prepararan para disparar.

—Y además —añadió el hombre que se encontraba a los mandos— estaba enviando una orden a los satélites defensivos y a los complejos de misiles para que se desplegaran en respuesta a un inminente ataque con bombas de hidrógeno. Como puede ver, hemos bloqueado todas esas órdenes. Nada de lo que contiene esa cinta ha llegado a las líneas coaxiales.

—Entonces —dijo Stafford con voz ronca tras un momento de pausa—, ¿qué datos son los que no quieren que reciba el Genux-B? —No lo entendía.

—La retroalimentación de datos —dijo el hombre de los mandos. Obviamente, era el líder de la unidad—. Sin datos, el ordenador no puede saber que su brazo militar no ha contraatacado. En su ausencia, tendrá que asumir que el contraataque se ha producido, pero el ataque enemigo ha tenido éxito, al menos en parte.

—Pero no hay ningún enemigo —dijo Stafford—. ¿Quién nos está atacando?

Silencio.

El sudor cubrió de humedad la frente de Stafford.

—¿Saben qué lleva a un Genux-B a concluir que nos están atacando? Un millón de factores diferentes, todos los datos posibles sopesados, comparados, analizados… y luego la configuración resultante. En este caso, la configuración de un ataque enemigo inminente. Ninguna otra cosa habría podido llevarlo a cruzar el umbral. Es algo cuantitativo. Un programa de construcción de refugios nucleares en la Rusia asiática, movimientos inusuales de barcos de carga en las cercanías de Cuba, concentraciones de cargueros en los puertos del Canadá rojo…

—Nadie —dijo plácidamente el hombre que llevaba los mandos—, ningún grupo de personas ni ninguna nación, de la Tierra, de la Luna o de Marte, está atacando a nadie. Entenderá por qué nos hemos dado tanta prisa en venir a buscarlo. Tiene que asegurarse de que el Genux-B no envía ninguna orden al MEEA. Queremos que lo aísle, para que no pueda comunicarse con nadie situado en una posición de autoridad y no pueda oír a nadie que no seamos nosotros. Ya nos preocuparemos luego de qué hacemos. Del momento fatídico…

—¿Está diciendo que, a pesar de todos los datos disponibles, un Genux-B no es capaz de distinguir un ataque? —inquirió Stafford—. ¿A pesar de sus infinitos sistemas de recogida de datos? —Entonces se le ocurrió algo, una idea que lo horrorizó de un modo desesperado y retroactivo—. Pero entonces… los ataques contra Francia en el 82 y contra Israel en el 89…

—Nadie nos estaba atacando, en efecto —dijo el más cercano de los agentes mientras recuperaba la cinta y volvía a guardarla en el maletín. Su voz, sombría y decaída, era el único sonido que se oía en la cabina. Nadie más se movía ni decía nada—. Igual que antes. Sólo que esta vez, lo hemos detenido antes de que pudiera lanzar el ataque. Esperamos haber impedido una guerra innecesaria y absurda.

—¿Quiénes son? —preguntó Stafford—. ¿Cuál es su posición en el gobierno federal? ¿Y qué conexión tienen con el Genux-B?

«Agentes, pensó, de la maldita Asociación Verdadera Sudafricana.» Seguía pareciéndole lo más probable. O zelotes israelíes en busca de venganza. O gente que sólo deseaba impedir una guerra: la motivación más humanitaria que pudiera concebirse.

Pero a pesar de todo, él, al igual que el Genux-B, él estaba sometido a un juramento de lealtad con una entidad política, la Alianza para la Prosperidad Norteamericana. Sea cual fuese la situación, tenía que escapar de aquellos hombres y ponerse en contacto con sus superiores para informar.

—Tres de nosotros pertenecemos al FBI —dijo el hombre que llevaba los mandos del aletto—. Y el tipo de allí es un ingeniero de comunicaciones electrónicas. El mismo que, de hecho, nos ayudó a diseñar este Genux-B en concreto.

—En efecto —dijo el aludido—. Les he ayudado a obstruir tanto el sistema de entrada de datos como el de salida. Pero no es suficiente. —Se volvió hacia Stafford, con su sereno rostro y sus grandes y atractivos ojos. Su tono era a medias suplicante y a medias autoritario. Recurriría a lo que hiciera falta para conseguir lo que quería—. Pero, hay que ser realistas. Todos los Genux-B tienen sistemas de control paralelos, que en cualquier momento empezarán a informar de que sus órdenes al MEEA no se están cumpliendo y de que no está recibiendo los datos que debería. Como todo lo demás, esta información llegará a sus circuitos y hará que empiece a pensar. Y en ese momento será mejor que se nos haya ocurrido algo mejor que obstruir una bobina de recogida con un destornillador Phillips. —Hizo una pausa—. Por eso —terminó con mayor lentitud— hemos recurrido a usted.

Stafford hizo un ademán.

—Sólo soy un técnico de mantenimiento. Ni siquiera soy analista de averías. Sólo hago lo que me dicen.

—Entonces haga lo que le decimos —dijo con severidad el hombre del FBI que tenía más cerca—. Descubra por qué el Genux-B ha decidido comunicar una alerta roja y lanzar un «contraataque». Descubra por qué lo hizo en el caso de Francia y en el de Israel. Por alguna razón, sumó todos los datos que estaba recibiendo para llegar a esa conclusión. ¡No está vivo! Carece de voluntad. No ha sentido el impulso de hacer lo que está haciendo.

—Con suerte, ésta será la última vez que el Genux-B reacciona de este modo —dijo el ingeniero—. Si logramos detectar el problema, tal vez podamos atajarlo. Antes de que se manifieste en los otros siete Genux-B del mundo.

—¿Y están ustedes seguros —dijo Stafford— de que no nos están atacando? —Aunque el Genux-B se hubiera equivocado otras veces, teóricamente era posible que esta vez estuviera en lo cierto.

—Si están a punto de atacarnos —dijo el más cercano de los agentes del FBI—, no hay ningún indicio que permita saberlo, al menos ningún indicio detectable por medios humanos. Admito que entra dentro de lo posible que el Genux-B haya acertado. Después de todo, como ha dicho…

—Puede que se equivoquen porque, como la AVS lleva tanto tiempo siendo nuestro enemigo, ya lo damos por hecho. Es algo muy habitual.

—Oh, pero es que no se trata de la Asociación Verdadera Sudafricana —dijo con viveza el agente del FBI—. De ser así, nunca habríamos sospechado. No habríamos empezado a indagar, ni a interrogar a los supervivientes de la Guerra de Israel, la Guerra de Francia y las demás acciones que hemos llevado a cabo desde entonces.

—Es California del Norte —dijo el ingeniero con una mueca—. Y ni siquiera toda ella; sólo la parte situada por encima de Pismo Beach.

Stafford se los quedó mirando.

—Es cierto —dijo uno de los hombres del FBI—. El Genux-B se disponía a lanzar nuestros bombarderos y satélites en un ataque coordinado contra el área de Sacramento, California.

—¿Le han preguntado por qué? —dijo Stafford al ingeniero.

—Claro. O más bien, para ser más exactos, le hemos pedido que nos expusiera en detalle qué pretende el «enemigo».

—Decidle al señor Stafford qué ha hecho California del Norte para convertirse en un enemigo tan peligroso que el MEEA la habría reducido a cenizas de no ser porque hemos parado a esa condenada máquina.

—Un tipo —dijo el ingeniero— consiguió una concesión de máquinas de chicles en el valle de Castro. Ya sabe. Ha colocado dispensadores de bolas de chicle en las afueras de los supermercados. Los niños meten un penique y les da una bola de chicle y a veces algo más, un anillo o un amuleto, algo así. Varía. Ese es el objetivo.

—Será una broma —dijo Stafford, incrédulo.

—En absoluto. El tipo se llama Herb Sousa. Ya posee sesenta y cuatro máquinas y planea seguir expandiéndose.

—Quiero decir —respondió Stafford con dificultades— que será una broma lo de la respuesta del Genux-B a esos datos.

—Su respuesta no obedece exactamente a esos datos per se —dijo el más cercano de los hombres del FBI—. Por ejemplo, nos hemos entrevistado con agentes de los gobiernos israelí y francés. Nadie llamado Herb Sousa abrió una ruta de máquinas de chicles en sus países, y lo mismo puede decirse de máquinas de cacahuetes chocolateados o cualquier otra cosa que se les parezca siquiera remotamente. Y, en cambio, Herb Sousa tiene rutas similares en Chile y en el Reino Unido desde hace dos décadas… sin que el Genux-B haya mostrado jamás el menor interés por ellas. —Y añadió—: Es un anciano.

—Una especie de Johnny Apple de los chicles —dijo el ingeniero, y se rió con disimulo—. Que ha querido colocar una de sus máquinas delante de cada gasolinera… El estímulo desencadenante —continuó mientras el aletto empezaba a descender hacia un vasto e iluminado complejo de edificios públicos —puede encontrarse en los elementos publicitarios colocados en las máquinas. Eso es lo que han determinado nuestros expertos. Han estudiado todo el material relacionado con las máquinas de chicles de Sousa de que dispone el Genux-B y han determinado que se reduce a un largo y frío análisis químico de los ingredientes de los productos. De hecho, Genux-B solicitó más información sobre eso. Siguió repitiendo «datos insuficientes» hasta que le suministramos un análisis de laboratorio completo.

—¿Y qué revelaba el análisis? —preguntó Stafford. El aletto había aterrizado en el tejado de las instalaciones que albergaban el componente central del ordenador y, tal como se lo llamaba entonces, al comandante en jefe de la Alianza para la Prosperidad Norteamericana.

—Por lo que se refiere a los propios chicles —dijo el hombre del FBI situado más cerca de la puerta mientras salían a una pista de aterrizaje apenas iluminada—, nada salvo base de goma de mascar, azúcar, maíz, jarabe, emolientes y saborizantes artificiales. De hecho, es el único modo de fabricar chicle. Y los regalillos que contienen están hechos de termoplásticos procesados al vacío. Hay una docena de compañías aquí, en Hong Kong y en Japón, que venden a dólar el paquete de seiscientas unidades. Incluso hemos rastreado al proveedor concreto hasta su fuente, una fábrica en la que uno de nuestros agentes se ha infiltrado para ver cómo fabrican esas condenadas cosas. Y no, allí no hay nada. Nada en absoluto.

—Pero —dijo el ingeniero, medio para sí— cuando le suministraron los datos al Genux-B…

—Esto fue lo que pasó —dijo el agente del FBI, dejando espacio para que Stafford pudiera desembarcar—. Una alerta roja, los bombarderos del MEEA en el aire y los misiles a punto de disparar. Cuarenta minutos para una guerra termonuclear, la distancia de un destornillador Phillips alojado en la bobina de recogida de cinta del ordenador. —Se volvió hacia el ingeniero y le preguntó inquisitivamente—: ¿Encuentra algo raro o potencialmente engañoso en esos datos? Porque de ser así, por el amor de Dios, dígalo ahora mismo. Lo único que se nos ocurre es desmantelar el Genux-B, pero entonces, si se presenta una amenaza auténtica…

—Me pregunto —dijo Stafford lentamente mientras reflexionaba— lo que quiere decir colorante «artificial».

III

—Significa que no parece tener el color adecuado, así que se le añade un colorante alimentario inocuo.

—Pero ése es el único ingrediente —dijo Stafford— que no aparece indicado con su nombre real sino con su función. ¿Y el saborizante?

Los hombres del FBI se miraron entre sí.

—Colorante y saborizante artificial —dijo Stafford— podrían significar cualquier cosa. Cualquier cosa, aparte del color y el sabor. —Pensó: «¿no es el ácido nítrico el que lo tiñe todo de un verde brillante? Su presencia, por ejemplo, podría indicarse perfectamente como «color artificial». Y en cuanto al sabor… ¿qué significa en realidad «saborizante artificial»?». Desde su punto de vista, siempre había tenido algo siniestro, peculiar. Decidió dejarla idea arrinconada por el momento. Era hora de bajar y echar un vistazo al Genux-B para ver qué daños había sufrido.

«Y cuantos daños —pensó sarcásticamente— debe sufrir aún. Si es que me han dicho la verdad; si es que estos hombres son lo que muestran sus credenciales, y no saboteadores de la AVS o una unidad de inteligencia de una de las grandes potencias extranjeras.

»De la guarnición de California del Norte», pensó con sarcasmo. ¿Era absolutamente imposible? Puede que se hubiera producido algo realmente ominoso allí. Y que Genux-B, tal como había sido diseñado para hacer, lo hubiera descubierto.

De momento, era imposible de saber.

Pero puede que cuando hubiese terminado de examinar el ordenador lo supiera. Especialmente, quería ver la colección de cintas de datos que estaban siendo procesadas en aquel momento en el mundo interno del ordenador, procedentes del mundo externo. Una vez que las hubiera visto…

«Arreglaré esa maldita cosa —se dijo con determinación—. Haré el trabajo para el que me han preparado y contratado.»

Obviamente, para él sería fácil. Conocía a la perfección las características del ordenador. Nadie más había trabajado tanto como él reemplazando componentes y circuitos defectuosos.

Esto explicaba por qué habían acudido a él aquellos hombres. Al menos en eso, habían acertado.

—¿Un chicle? —Le preguntó uno de los agentes del FBI mientras se acercaban a un ascensor precedido por una falange de guardias uniformados en posición de firmes. El agente del FBI, un hombre corpulento de cuello rojizo y recio, le mostró tres esferas de brillantes colores.

—¿De una de las máquinas de Sousa? —preguntó el ingeniero.

—Claro. —El agente las dejó caer en el bolsillo de la gabardina de Stafford y luego sonrió—. ¿Inocuas? Sí… No… Puede. Al menos, según lo que dicen los análisis de la universidad.

Stafford sacó una de su bolsillo y la examinó a la luz del ascensor. «Una esfera —pensó—. Un huevo. Un huevo de pez. Son redondos, como el caviar. Y comestibles; no hay ninguna ley que prohíba vender huevos de colores brillantes.

»¿Los pondrán de este color?»

—Podría eclosionar —dijo como si tal cosa uno de los hombres del FBI. Sus compañeros y él se habían puesto tensos mientras empezaban a bajar a la sección de alta seguridad del edificio.

—¿Y qué cree que saldría de él? —dijo Stafford.

—Un pájaro —dijo bruscamente el más bajo de los agentes del FBI—. Un pequeño pájaro de color rojo que nos traerá augurios de gran alegría.

Tanto Stafford como el ingeniero lo miraron.

—No me cite la Biblia —dijo Stafford—. Me crié con ella. Puedo citársela cuando quiera. —Pero era curioso. A la vista de sus pensamientos inmediatos, se había producido entre sus mentes una especie de sincronismo. Esto hizo que se sintiera más desanimado. Y Dios sabía que ya se sentía suficientemente desanimado.

«Algo que pone huevos —pensó—. Los peces, los ponen a miles, idénticos todos ellos; sólo unos pocos sobreviven. Un derroche imposible… un método terriblemente primitivo.»

Pero si se ponían y depositaban huevos por todo el mundo, en incontables lugares públicos, aunque sólo sobreviviera una fracción de ellos, sería suficiente. Esto estaba demostrado. Los peces de las aguas de la Tierra lo hacían así. Y si funcionaba para la vida terrícola, también podía funcionar para la vida no terrícola.

El pensamiento no le agradó.

—Si quisiera usted invadir la Tierra —dijo el ingeniero al ver la expresión de su cara— y su especie, procedente de Dios sabe qué planeta de Dios sabe qué sistema solar, se reprodujera del modo en que se reproducen las criaturas de sangre fría de la Tierra… —siguió mirando a Stafford—. En otras palabras, si engendrará usted miles, incluso millones de pequeños huevos de cáscara dura y no quisiera que nadie se fijara en ellos, y fueron tan brillantes y coloridos como suelen serlo los huevos… —vaciló—. Me pregunto cómo sería la incubación… De cuánto tiempo. Y en qué circunstancias. Por lo general, los huevos fertilizados, para que eclosionen, hay que mantenerlos calientes.

—El interior del cuerpo de un niño —dijo Stafford— es un lugar caliente.

Y, aunque parezca una locura, esa cosa, ese huevo, pasaría los exámenes del departamento de Sanidad y Alimentación. No había nada tóxico en él. Todo era orgánico y todo era muy alimenticio.

Salvo, claro está, que si realmente fuera así, la cáscara exterior del «caramelo» de colores sería inmune a la acción de los jugos gástricos normales. El huevo no se disolvería. Pero sí podía ser masticado. Lo más probable es que no sobreviviese a un proceso así. Por tanto, tenía que ser engullido igual que una pastilla: intacto.

Mordió la bola roja con los dientes y la rompió. Se sacó las dos mitades de la boca y examinó su contenido.

—Goma de mascar normal y corriente —dijo el ingeniero—. Base de goma de mascar, azúcar, jarabe de maíz, emolientes… —Esbozó una sonrisa un poco burlona, a pesar de lo cual, por su rostro pasó fugazmente una sombra de alivio, que reprimió al cabo de un instante con toda su voluntad.

—Una pista falsa, de lo cual me alegro —dijo el más bajito de los agentes del FBI. Se apartó del ascensor—. Aquí estamos. —Se detuvo frente a los guardias uniformados y armados, y les mostró la documentación—. Hemos vuelto —les dijo.

—Los premios —dijo Stafford.

—¿Qué quiere decir? —El ingeniero lo miró de soslayo.

—No es la goma de mascar. Así que tiene que estar en los regalos, los colgantes y demás tonterías. Es lo único que queda.

—Lo que está usted haciendo —dijo el ingeniero— es regirse implícitamente por la idea de que Genux-B está funcionando correctamente. De que, de algún modo, tiene razón; de que existe una amenaza militar real. Una amenaza tan grande que justifica la pacificación de California del Norte mediante el uso de armas de destrucción masiva. Pero, tal como yo lo veo, ¿no sería más fácil concluir simplemente que el ordenador está funcionando mal?

—El Genux-B se construyó de tal modo que es capaz de manejar simultáneamente más datos que cualquier grupo de hombres —dijo Stafford mientras caminaban por los familiares pasillos del vasto complejo gubernamental—. Recibe más datos que nosotros y los analiza más deprisa. Su respuesta llega en cuestión de microsegundos. Si el Genux-B, después de analizar todos los datos actuales, cree que se impone una guerra y nosotros no estamos de acuerdo, eso podría indicar simplemente que el ordenador está funcionando como se diseñó para funcionar. Y cuanto menos de acuerdo estemos con él, más quedará probada esta afirmación. Si fuéramos capaces de percibir como él la necesidad de emprender una guerra inmediata y agresiva basándonos en los datos disponibles, no necesitaríamos al Genux-B. Es precisamente en casos como éste, cuando el ordenador ha lanzado una alerta roja y nosotros no vemos ninguna amenaza, cuando más necesario resulta el uso de un ordenador de este tipo.

—Tiene razón, ¿sabéis? —Dijo uno de los agentes del FBI al cabo de unos instantes, como si estuviera hablando consigo mismo—. Toda la razón. La auténtica pregunta es: ¿confiamos en el Genux-B más que en nosotros mismos? Sí, lo construimos para analizar datos más deprisa, con mayor precisión y en mucha mayor cantidad que nosotros. Si lo hicimos bien, la situación a la que nos enfrentamos ahora es precisamente la que justificó su creación. No vemos ninguna razón para lanzar un ataque; él sí. —Sonrió con amargura—. Así que, ¿qué hacemos? ¿Reiniciar al Genux-B y permitir que siga adelante y ordene al MEEA que desencadenó una guerra? ¿O neutralizarlo, es decir, destruirlo? —Sus ojos, fríos y alertas, se clavaron en Stafford—. Alguien tiene que tomar una decisión en un sentido o en otro. Ahora mismo. De inmediato. Alguien capaz de decidir con toda la información pertinente si la máquina está funcionando bien o mal.

—El presidente y su gabinete —propuso Stafford con voz tensa—. Una decisión de tal calibre tiene que estar en sus manos. La responsabilidad moral le corresponde a él.

—Pero la decisión —repuso el ingeniero— no es una cuestión moral, Stafford. Únicamente lo parece. De hecho, se trata de una cuestión puramente técnica. ¿El Genux-B está funcionando bien o mal?

«Y por eso me habéis sacado de la cama —comprendió Stafford con una punzada de desolación gélida y de pesar—. No me habéis traído aquí para que lleve a cabo vuestro absurdo plan de inutilizar el ordenador. Al Genux-B se lo podría neutralizar de un solo golpe con un simple lanzacohetes situado en el exterior del edificio. De hecho —comprendió—, lo más probable es que ya haya sido neutralizado. Podéis mantener ese destornillador Phillips alojado en la cinta para siempre. Y además participasteis en el diseño y en la construcción de esa cosa. No —se dijo—, no se trata de eso. No estoy aquí para repararlo ni para destruirlo; estoy aquí para tomar la decisión. Porque llevo quince años físicamente próximo al Genux-B y se supone que eso me ha conferido una especie de capacidad mágica para intuir si está funcionando bien o mal. Se supone que debo ser capaz de captar la diferencia, como un buen mecánico que puede saber, con sólo escuchar el ruido del motor, si tiene los cojinetes averiados y la gravedad de la avería.

»Un diagnóstico. Eso es lo único que queréis. Esta es una consulta formada por médicos de ordenadores… y un técnico.»

Y la decisión, evidentemente, estaba en manos del técnico, porque los demás se negaban a tomarla.

Se preguntó de cuánto tiempo dispondría. Probablemente de muy poco. Porque, si el ordenador estaba en lo cierto…

«Máquinas de chicles —pensó—. A penique la unidad. Para niños. Y, sólo por eso, está dispuesto arrasar todo el norte de California. ¿Cómo ha podido llegar a esa conclusión? ¿Qué habrá visto el Genux-B al analizar el futuro?»

Lo asombraba: la capacidad de una pequeña herramienta para detener el funcionamiento de una colosal constelación de procesos autónomos. Pero es que el destornillador Phillips se había insertado con gran habilidad.

—Lo que debemos intentar —dijo Stafford— es introducir datos experimentales calculados y falsos. —Se sentó delante de una de las terminales que estaban conectadas directamente al ordenador—. Empecemos por esto —dijo, y empezó a escribir.

HERB SOUSA, DE SACRAMENTO, CALIFORNIA, EL MAGNATE DE LAS MÁQUINAS DE CHICLES, HA MUERTO INESPERADAMENTE MIENTRAS DORMÍA. UNA DINASTÍA LOCAL LLEGA A UN FIN ESPERADO.

—¿Cree que se lo va a tragar? —dijo uno de los hombres del FBI con tono sarcástico.

—Siempre cree los datos que se le suministran —dijo Stafford—. No tiene otras fuentes de las que fiarse.

—Pero si los datos entran en conflicto —señaló el ingeniero—, tendrá que analizarlo todo y decantarse por la afirmación más probable.

—En este caso —dijo Stafford— no habrá ninguna discrepancia con esta afirmación, porque es la única que va a recibir. —Introdujo la tarjeta perforada en el ordenador y esperó—. Introduzca la señal de salida —le indicó al ingeniero—. Veamos si entra.

—Ya hemos empalmado una línea, así que no debería de ser difícil. —Lanzó una mirada de soslayo al agente del FBI, que asintió.

Diez minutos después el ingeniero, ahora con unos auriculares, dijo:

—No hay cambios. La alerta roja sigue activa, no la hemos afectado.

—Entonces no tiene nada que ver con Herb Sousa como tal —dijo Stafford, reflexionando—. O bien, ha hecho ya lo que tenía que hacer, sea lo que fuese. En cualquier caso, su muerte no significa nada para el Genux-B. Habrá que inventar otra cosa. —Volvió a sentarse delante de la terminal y se dispuso a introducir el segundo hecho espurio.

FUENTES FIABLES DE CÍRCULOS BANCARIOS Y FINANCIEROS DEL NORTE DE CALIFORNIA NOS HAN INFORMADO DE QUE EL IMPERIO DE LOS CHICLES DEL FALLECIDO HERB SOUSA SERÁ DESMANTELADO PARA HACER FRENTE A SUS ASTRONÓMICAS DEUDAS. LOS FUNCIONARIOS A CARGO DEL CASO, PREGUNTADOS SOBRE EL DESTINO DE LOS CHICLES Y LOS REGALOS QUE CONSTITUYEN LAS MERCANCÍAS DE CADA MÁQUINA, HAN RESPONDIDO QUE LO MÁS PROBABLE ES QUE SEAN DESTRUIDOS TAN PRONTO COMO LO ORDENE UN TRIBUNAL, EN RESPUESTA A LA PETICIÓN EXPRESA DEL FISCAL DEL DISTRITO DE SACRAMENTO.

Dejó de escribir y se recostó en la silla para esperar. «Ya no existen Herb Sousa ni sus chicles. ¿Qué nos deja eso? Nada.» El hombre y sus mercancías, al menos por lo que a Genux-B se refería, habían dejado de existir.

Pasaron unos instantes; el ingeniero continuó controlando la señal de salida del ordenador. Finalmente, con resignación, sacudió la cabeza.

—No hay cambios.

—Tengo más datos falsos para él —dijo Stafford. Volvió a introducir una tarjeta en la terminal y empezó a teclear.

PARECE SER EL INDIVIDUO LLAMADO HERBERT SOUSA NUNCA EXISTIÓ. ASIMISMO, ESTA PERSONA MITOLÓGICA JAMÁS SE INTRODUJO EN EL NEGOCIO DE LA VENTA DE CHICLES.

—Con esto debería de bastar —dijo Stafford mientras se ponía en pie— para cancelar todo lo que el Genux-B sabe o cree haber sabido alguna vez sobre Sousa y sus operaciones mercantiles. —Por lo que al ordenador se refería, el hombre había sido retroactivamente expurgado.

En cuyo caso, ¿cómo podía el ordenador iniciar una guerra contra un hombre que nunca había existido y que poseía un negocio marginal que tampoco había existido?

Momentos después, el ingeniero, que había seguido estudiando con expresión tensa los datos de salida del Genux-B, dijo:

—Se ha producido un cambio. —Estudió el osciloscopio, aceptó la cinta que el ordenador le ofrecía e inició un concienzudo análisis de su contenido.

Por un momento se mantuvo en silencio, concentrado en la lectura de la cinta; entonces, de repente, levantó la mirada y dirigió al resto de los presentes una sonrisa desprovista de toda alegría.

—Dice que el dato es falso —dijo.

IV

—¡Que es falso! —repitió Stafford sin dar crédito a sus oídos.

—Ha desechado el último dato basándose en que no puede ser cierto. Contradice otros datos cuya validez está contrastada. En otras palabras, sabe que Herb Sousa sigue existiendo. No me pregunte cómo. Probablemente sea una evaluación de datos de amplio espectro a lo largo de un periodo de tiempo prolongado. —Vaciló un momento y luego añadió—: Es obvio que sabe más de Herb Sousa que nosotros.

—Sabe que, desde luego, existe tal persona —admitió Stafford. Estaba contrariado. El Genux-B ya había desechado datos contradictorios o imprecisos en el pasado. En numerosas ocasiones, de hecho. Pero nunca había sido tan importante como ahora.

Se preguntó entonces qué datos anteriores e irrefutables podían existir en las células de memoria del Genux-B con los que hubiera contrastado su espuria afirmación referente a la no existencia de Sousa.

—Lo que debe de estar haciendo —le dijo al ingeniero— es aplicar la siguiente regla lógica: si X es cierto, es decir, si Sousa nunca existió, Y, signifique lo que signifique, debe ser cierto. Pero Y sigue siendo falso. Ojalá pudiéramos saber, entre los millones de datos que maneja, qué unidad es Y.

Esto volvía a dejarlos con el problema original: ¿quién era Herb Sousa y qué había hecho para obligar al Genux-B a adoptar tan drástica y violenta respuesta?

—Pregúnteselo —le dijo el ingeniero.

—¿Que le pregunte el qué? —preguntó, perplejo.

—Pídale un inventario de sus datos almacenados referentes a Herb Sousa. Todos ellos. —El ingeniero mantuvo su voz deliberadamente paciente—. Dios sabe qué estará pensando. Una vez que lo sepamos, podemos examinarlos para ver si somos capaces de localizar lo que él ya ha localizado.

Tras escribir la petición, Stafford introdujo la tarjeta en el Genux-B.

—Eso me recuerda —dijo con tono pensativo uno de los agentes del FBI— un curso de filosofía que di en UCLA. Existía un argumento ontológico que demostraba la existencia de Dios. Ya sabéis cómo sería si existiera: omnipotente, omnipresente, omnisciente, inmortal y dotado de justicia y misericordia infinitas.

—¿Y? —preguntó el ingeniero con irritación.

—Entonces, cuando lo has imaginado provisto de todas estas cualidades, te percatas de que le falta una cualidad. Una pequeña, una cualidad que posee hasta el último germen, hasta la última roca y hasta el último pedazo de basura que se encuentra en la cuneta de una autopista: la existencia. Así que dices: si posee todas las demás, debe poseer también el atributo de la existencia. Si la posee una piedra, Él, obviamente, debe poseerla. —Y añadió—: es una teoría superada. Se refutó en la Edad Media. Pero —se encogió de hombros— es interesante.

—¿Y qué te ha hecho pensar en ella en este momento concreto? —inquirió el ingeniero.

—Tal vez —dijo el hombre del FBI— que no existe un solo hecho, o grupo de hechos relacionados con Sousa que demuestre al Genux-B que existe. Puede que sea el conjunto de los hechos. Puede que existan demasiados datos, simplemente. El ordenador ha averiguado, basándose en su experiencia anterior, que, cuando existen tantos datos sobre una persona determinada, esa persona debe ser necesariamente real. Después de todo, un ordenador de la magnitud del Genux-B es capaz de aprender; precisamente por eso lo utilizamos.

—Me gustaría introducir otro dato —dijo el ingeniero—. Yo mismo lo escribiré. Puede usted leerlo —volvió a sentarse ante la terminal de programación, escribió una corta frase, arrancó la tarjeta de la máquina y se la mostró a los demás. Decía:

EL ORDENADOR GENUX-B NO EXISTE.

Tras un momento de sorpresa, uno de los agentes del FBI dijo:

—Si no ha tenido dificultades para contrastar los datos sobre Herbert Sousa con los que ya conoce, dudo mucho que esto vaya a servir. Y, además, ¿qué pretende conseguir con eso? No veo lo que vamos a lograr así.

—Si el Genux-B no existe —dijo Stafford—, no puede transmitir una alerta roja; sería una contradicción lógica.

—Pero ya ha transmitido una alerta roja —señaló el más bajo de los hombres del FBI—. Y sabe que lo ha hecho. Así que no tendrá la menor dificultad en establecer su existencia como un hecho cierto.

—Vamos a intentarlo —dijo el ingeniero—. Siento curiosidad. En principio, no parece que pueda hacer nada malo. Si nos parece aconsejable, siempre podemos cancelarlo a posteriori.

—¿No cree —le preguntó Stafford— que si le damos este dato razonará que si no existe no podría haber recibido el dato… lo que a su vez supondrá la cancelación del dato?

—No lo sé —repuso el ingeniero—. Nunca he oído una discusión teórica sobre la posibilidad de que un ordenador de magnitud B computara la constatación de su propia existencia. —Se acercó a la ranura de entrada de tarjetas del Genux-B, introdujo la suya y retrocedió un paso. Esperaron.

Tras un prolongado intervalo, llegó la respuesta por cable de salida que el ingeniero había empalmado. Mientras éste escuchaba a través de los auriculares, fue transcribiendo la respuesta del ordenador para que los demás pudieran oírla:

ANÁLISIS DE LA AFIRMACIÓN REFERENTE A LA NO-EXISTENCIA DEL INSTRUMENTO CALCULADOR MULTIFACTOR GENUX-B. SI LA AFIRMACIÓN 340s70 ES FALSA, ENTONCES:

NO EXISTO.

SI NO EXISTO. ES IMPOSIBLE QUE SE ME INFORME SOBRE LA INEXISTENCIA DE MI CLASE GENÉRICA.

SI NO SE ME PUEDE INFORMAR SOBRE ESTO, NO SE ME HA INFORMADO, POR LO QUE LA AFIRMACIÓN 340s70 NO EXISTE DESDE MI PUNTO DE VISTA.

POR TANTO: EXISTO.

El más bajo de los agentes del FBI silbó y dijo:

—Lo ha hecho. ¡Qué análisis lógico más impecable! Ha conseguido demostrar que el dato es falso; así que ahora puede ignorarlo por entero. Y continuar como antes.

—Lo cual —dijo Stafford con tono sombrío— es exactamente lo mismo que ha hecho antes cuando le hemos suministrado el dato de que Herb Sousa no existió nunca.

Todos lo miraron.

—Creo que es el mismo proceso —dijo Stafford.

«E implica —razonó—, la existencia de alguna uniformidad, de algún factor común, entre la entidad Genux-B y la entidad Herb Sousa.»

—¿Tienen aquí algunos de los regalos, premios, o tonterías que dan las máquinas de chicles de Sousa? —preguntó a los hombres del FBI—. Si fuera así, me gustaría verlos…

El más fornido de los agentes del FBI abrió su maletín y extrajo de su interior una bolsa de plástico de aspecto sanitario. Sobre la superficie de una mesa cercana desplegó una serie de pequeños objetos brillantes.

—¿Por qué le interesan tanto? —preguntó el ingeniero—. Las han examinado en el laboratorio, ya se lo hemos dicho.

Stafford se sentó y, sin responder, recogió uno de los juguetitos, lo examinó, volvió a dejarlo sobre la mesa y cogió otro.

—Mire esto. —Les arrojó una de las pequeñas chucherías. El juguete cayó al suelo y un solícito agente del FBI se agacho para recogerlo—. ¿Lo reconocen?

—Algunos de los regalos —dijo el ingeniero con irritación— tienen la forma de satélites. Otros, de misiles. Otros, de cohetes interplanetarios. Algunos, los más grandes, de modernos cañones móviles. También hay soldaditos de plástico. —Hizo un ademán—. Y ese parece tener la forma de un ordenador.

—Un ordenador Genux-B —dijo Stafford, mientras extendía la mano para recuperarlo. El agente del FBI se lo devolvió obedientemente—. Sí, es un Genux-B —dijo—. Al menos, eso creo. Creo que ya lo tengo.

—¿Esto? —exclamó el ingeniero—. ¿Cómo? ¿Por qué?

—¿Han analizado todos los regalos? —dijo Stafford—. No me refiero a una muestra representativa, como por ejemplo un elemento de cada variedad, todos los encontrados en una máquina de chicles determinada. Me refiero a todos y cada uno de ellos, hasta el último.

—Pues claro que no —dijo uno de los agentes del FBI—. Son decenas de miles. Pero en la fábrica de la que proceden…

—Me gustaría que sometieran a éste en concreto a un análisis microscópico total —dijo Stafford—. La intuición me dice que no es un fragmento homogéneo de termoplástico.

«La intuición me dice —pensó—. Que es una réplica funcional. Un Genux-B minúsculo, pero auténtico.»

—Ha perdido usted la cabeza —dijo el ingeniero.

—Esperemos —dijo Stafford— hasta que lo hayan analizado.

—¿Y mientras tanto —dijo el más bajo de los hombres del FBI— mantenemos desactivado al Genux-B?

—Desde luego —dijo Stafford. Un insólito y débil miedo había nacido en la base de su columna vertebral y estaba empezando a ascender lentamente por ella.

Media hora después, el laboratorio, a través de un mensajero especial, les envió el análisis del regalo de la máquina de chicles.

—Nailon sólido —dijo el ingeniero tras echar un vistazo al informe. Acto seguido, se lo lanzó a Stafford—. Por dentro no tiene nada, sólo plástico barato y vulgar. Ni piezas móviles ni diferenciación interior alguna. ¿Eso que esperaba?

—Una conjetura errónea —señaló uno de los hombres del FBI—. Que nos ha costado tiempo. —Todos lanzaron miradas agrias a Stafford.

—Tiene usted razón —dijo Stafford, y se preguntó qué iban a hacer a continuación. ¿Qué no habían intentado aún?

La respuesta, decidió, no estaba en las cosas que vendían las máquinas de Herb Sousa. Eso parecía estar claro. La respuesta residía en el propio Herb Sousa, quienquiera que fuese… y lo que quiera que fuese.

—¿Podrían traer a Sousa aquí? —preguntó a los hombres del FBI.

—Claro —dijo uno de ellos al cabo de un instante—. Podemos mandar a buscarlo. Pero, ¿por qué? ¿Qué ha hecho? —Señaló al Genux-B—. El problema está aquí mismo, no en la costa, en un hombre de negocios de poca monta cuya empresa apenas tiene presencia en la ciudad.

—Quiero verlo —dijo Stafford—. Me pregunto cómo reaccionaría el Genux-B si trajéramos a Sousa aquí. —Se volvió hacia el ingeniero y dijo—: Inténtelo. Infórmele de ello ahora mismo, antes de que nos tomemos la molestia de ir a buscar al tipo.

El ingeniero se encogió de hombros, volvió a sentarse ante la terminal y escribió:

EL EMPRESARIO DE SACRAMENTO. HERB SOUSA, FUE LLEVADO HOY POR AGENTES DEL FBI ANTE UN ORDENADOR GENUX-B PARA UN CAREO.

—¿Le parece bien? —pregunto a Stafford—. ¿Es esto lo que quería? ¿Así? —La introdujo en los receptores de datos del ordenador sin esperar una respuesta.

—A mí no me pregunte —dijo Stafford con irritación—. No ha sido idea mía. —A pesar de lo cual, se acercó a la pantalla principal de salida de datos, curioso por conocer la respuesta del ordenador.

La respuesta llegó al instante. Stafford se quedó mirando las palabras, sin dar crédito a lo que veía.

HERBERT SOUSA NO PUEDE ESTAR AQUÍ, DEBE ESTAR EN SACRAMENTO, CALIFORNIA; CUALQUIER OTRA COSA ES IMPOSIBLE, LOS DATOS INTRODUCIDOS SON FALSOS.

—Es imposible que lo sepa —dijo el ingeniero con voz ronca—. Por Dios, Sousa podría estar en cualquier parte, incluso en la Luna. De hecho, podría estar fuera de la Tierra. ¿Cómo puede saber?

—Sabe más sobre Sousa de lo que debería —dijo Stafford—. Más de lo que resulta razonablemente posible. —Meditó un instante y luego, repentinamente, dijo—: pregúntele quién es Herb Sousa.

—¿«Quién»? —El ingeniero pestañeó—. Demonios, pues es…

—¡Pregúnteselo!

El ingeniero escribió la pregunta. Le suministraron la tarjeta al Genux-B y se sentaron a esperar su respuesta.

—Ya le hemos pedido todo el material que posee sobre Sousa —dijo el ingeniero—. La información saldrá en cualquier momento.

—No es lo mismo —repuso Stafford—. No le estoy pidiendo que me devuelva datos. Estoy pidiendo una evaluación.

El ingeniero, sin apartarse de la unidad de salida de datos del ordenador, permaneció en silencio y no respondió. Entonces, casi despreocupadamente, dijo:

—Ha cancelado la alerta roja.

—¿A causa de esa pregunta? —preguntó Stafford, incrédulo.

—Puede. No lo ha dicho y yo no lo sé. De hecho, ha cancelado la salida de los bombarderos y todo lo demás; asegura que la situación en California del norte ha vuelto a la normalidad. —Lo dijo con tono monocorde—. Dedúzcalo usted, si puede. Sus especulaciones son tan buenas como las que más.

—Sigo deseando una respuesta —dijo Stafford—. Genux-B sabe quién es Herb Sousa y yo quiero saberlo. Y ustedes deberían querer también. —Su mirada se posó sobre el ingeniero, con sus auriculares, y sobre el resto de los agentes del FBI. Entonces volvió acordarse de la diminuta réplica de plástico del Genux-B que habían encontrado entre los regalos y juguetes. ¿Una coincidencia? En su momento le había parecido que significaba algo… pero no había sabido decir qué. Al menos, aún no.

—En cualquier caso —dijo el ingeniero—, ha cancelado realmente la alerta roja y eso es lo que importa. ¿A quién le importa Herb Sousa? Por lo que a mí se refiere podemos relajarnos, irnos a casa y olvidarnos de esto.

—Relajarnos —dijo uno de los agentes del FBI— hasta que, cualquier día, se le ocurra volver a dar la alerta. Cosa que podría ocurrir en cualquier momento. Creo que el técnico tiene razón. Tenemos que averiguar quién es ese Sousa. —Asintió en dirección a Stafford—. Vamos, adelante. Usted decide. Pero siga investigando. Nosotros haremos lo mismo… en cuanto volvamos a la oficina.

El ingeniero, que estaba prestando atención a sus auriculares, los interrumpió de repente.

—Estoy recibiendo una respuesta.

Empezó a escribir rápidamente. Los demás se congregaron a su alrededor para leer.

HERBERT SOUSA DE SACRAMENTO, CALIFORNIA, ES EL DIABLO. DADO QUE ES LA ENCARNACIÓN DE SATÁN EN LA TIERRA, LA PROVIDENCIA EXIGE SU DESTRUCCIÓN. YO NO SOY MÁS QUE UN AGENTE, UNA CRIATURA, POR ASÍ DECIRLO, DE LA DIVINA MAJESTAD, AL IGUAL QUE TODOS USTEDES.

Hubo una pausa mientras el ingeniero esperaba, y entonces, nuevas palabras se sumaron a la respuesta:

SALVO QUE YA ESTÉN EN NÓMINA DE ÉL, ES DECIR, A SU SERVICIO.

El ingeniero arrojó el bolígrafo contra la pared opuesta. Rebotó, cayó al suelo, se alejó rodando y desapareció. Nadie pronunció palabra.

V

—Lo que tenemos aquí —dijo al cabo de momento— es un montón de basura electrónica enferma y demente. Teníamos razón. A Dios gracias, nos hemos dado cuenta a tiempo. Es un psicótico con ilusiones esquizofrénicas sobre la realidad. ¡Santo Dios, esta máquina se considera un instrumento de Dios! Sufre el clásico complejo de: «Sí, Dios me lo dijo, en serio.»

—Es propio del Medievo —dijo uno de los hombres del FBI con un tic de enorme nerviosismo. Al igual que el resto de sus compañeros, estaba tan tenso que tenía el cuerpo rígido—. Hemos descubierto un avispero con esa última pregunta. ¿Y cómo lo resolvemos ahora? No podemos dejar que esto llegue a la prensa; nadie volverá a confiar en un sistema de clase G-B. Yo, al menos, no volveré a hacerlo. Me sería imposible. —Y miró al ordenador con una mezcla de náuseas y aversión.

«¿Que se le dice a una máquina que empieza a creer en brujas? No estamos en la Nueva Inglaterra del siglo XVII. No pretenderá que hagamos caminar a Sousa sobre carbones candentes para ver si se quema. Ni que lo sumerjamos en un balde para ver si se ahoga. ¿Se supone que tenemos que demostrarle al Genux-B que Sousa no es Satanás? Y si es así, ¿cómo? ¿Qué aceptaría como prueba?

»Y, para empezar, ¿de dónde ha sacado la idea?»

—Pregúntele cómo ha descubierto que Herb Sousa es el maligno —le dijo al ingeniero—. Adelante. Siento curiosidad. Prepare una tarjeta.

La respuesta, tras un intervalo, se manifestó a la vista de todos por medio del bolígrafo del ingeniero.

LO DESCUBRÍ CUANDO COMENZÓ MILAGROSAMENTE A CREAR SERES VIVOS A PARTIR DE ARCILLA SIN VIDA, COMO, POR EJEMPLO, YO MISMO.

—¿Ese juguete? —inquirió Stafford, incrédulo—. ¿Esa absurda baratija de plástico? ¿Llama a eso un ser vivo?

La pregunta, transmitida al Genux-B, produjo una respuesta inmediata.

POR EJEMPLO, SÍ.

—Esto plantea una interesante pregunta —dijo uno de los hombres del FBI—. Dejando a un lado la cuestión de Herb Sousa… es evidente que se considera a sí mismo un ser vivo. Y, sin embargo, lo construimos nosotros; o, más bien, ustedes. —Señaló a Stafford y al ingeniero—. ¿En qué nos convierte eso? Desde el punto de vista de su premisa básica, también nosotros hemos creado seres vivos.

La observación, planteada al Genux-B, produjo una larga y solemne respuesta a la que Stafford apenas prestó atención, puesto que ya comprendía el meollo de la cuestión.

ME CONSTRUISTEIS DE CONFORMIDAD CON LOS DESEOS DEL CREADOR DIVINO. LO QUE REALIZASTEIS FUE UNA RECREACIÓN SAGRADA DEL MILAGRO ORIGINAL DE LA PRIMERA SEMANA, TAL COMO SE NARRA EN LAS ESCRITURAS, DE LA VIDA DE LA TIERRA. EL CASO QUE NOS OCUPA ES COMPLETAMENTE DIFERENTE. Y YO SIGO AL SERVICIO DEL CREADOR, AL IGUAL QUE TODOS VOSOTROS. Y ADEMÁS…

—Todo se reduce a esto —dijo el ingeniero con voz seca—: el ordenador consagra su propia existencia, como es natural, como un acto milagroso. Pero lo que Sousa ha hecho en sus máquinas de chicles, o al menos lo que él cree que ha hecho, no cuenta con la sanción divina y por tanto es demoníaco. Pecaminoso. Merecedor de la cólera de Dios. Pero lo que es más de intereses es esto: el Genux-B se ha dado cuenta de que no podía explicamos la situación. Sabía que no compartiríamos sus puntos de vista. En lugar de contárnoslo, ha preferido lanzar un ataque termonuclear. Cuando lo hemos forzado a explicarse, ha decidido cancelar la alerta roja. En su capacidad de cognición hay niveles y niveles… ninguno de los cuales me resulta demasiado tranquilizador.

—Hay que apagarlo —dijo Stafford—. Permanentemente. —Habían hecho bien en llamarlo, en convocarlo para aquella sesión de pruebas y diagnósticos; ahora estaba de acuerdo. Sólo restaba el problema técnico de desactivar aquella complejísima maquinaria. Pero entre el ingeniero y él podían hacerlo. Para los hombres que lo habían diseñado y los hombres que lo mantenían en funcionamiento sería pan comido conseguir que dejara de funcionar. Para siempre.

—¿Tenemos una orden presidencial? —preguntó el ingeniero a los hombres del FBI.

—Haga lo que tiene que hacer; ya conseguiremos la orden luego —respondió uno de los hombres del FBI—. Tenemos permiso para autorizarlos a llevar a cabo cualquier acción que crean pertinente. —Y añadió—: No perdamos tiempo.

Los demás agentes asintieron.

Stafford se pasó la lengua por los labios resecos y le dijo al ingeniero:

—Muy bien, vamos allá. Destruyamos lo que tenemos que destruir.

Los dos hombres se acercaron cautelosamente al Genux-B, que, a través de su línea de salida de datos, seguía exponiendo su posición.

A primera hora de la mañana, mientras despuntaba el amanecer, el aletto del FBI dejó a Stafford en el tejado de su edificio. Totalmente exhausto, descendió en el ascensor hasta su apartamento.

Momentos después había abierto la puerta y se encontraba en el salón oscuro y sofocante de su apartamento, de camino al dormitorio. Descanso. Eso era lo que necesitaba, y en cantidad, tras la noche de laborioso y complejo trabajo que había pasado desmantelando los elementos cruciales del Genux-B hasta desactivarlo por completo. Hasta neutralizarlo.

Al menos, eso esperaban.

Al quitarse el mono de trabajo, tres pequeñas esferas, duras y multicolores, cayeron de uno de sus bolsillos y rebotaron ruidosamente sobre el suelo del apartamento. Las recogió y las depositó sobre la mesa del vestidor.

«Tres —pensó— ¿no me había comido una?»

«Los agentes del FBI me dieron tres y yo me comí una. Tengo demasiadas, me sobra una.»

Terminó de desvestirse y se metió en la cama para disfrutar de la hora de sueño que más o menos le queda. «Al diablo con todo.»

A las nueve sonó la alarma. Se levantó, todavía medio dormido, y, haciendo un esfuerzo de voluntad, logró ponerse en pie. Permaneció junto a la cama, columpiándose ligeramente mientras se frotaba los hinchados ojos. Entonces, en un acto reflejo, empezó a vestirse.

Sobre la mesa del vestidor había cuatro esferas de vivos colores.

«Sé que anoche sólo había tres», se dijo. Perplejo, empezó a estudiarlas mientras se preguntaba qué podía significar aquello. ¿Fisión binaria? ¿El milagro de los panes y los peces recreado?

Quién sabe. La sensación de la pasada noche aún lo envolvía. Pero existían células tan grandes como aquéllas. Un huevo de avestruz es una única célula, la más grande de toda la tierra… o de cualquier otro planeta. Y aquellas esferas eran mucho más pequeñas.

«No se nos ocurrió —se dijo—. Pensamos en huevos que podían explosionar transformándose en algo horrible, pero no en organismos unicelulares que se dividieran a la antigua usanza. Son compuestos orgánicos.»

Salió del apartamento para ir a trabajar, dejando las cuatro bolas de goma de mascar sobre la mesa. Tenía mucho que hacer: un informe para el presidente con el fin de determinar si había que desactivar a todos los ordenadores Genux-B, y, en caso negativo, lo que debía hacerse para garantizar que no sucumbieran a delirios supersticiosos, como le había ocurrido al suyo.

«Una máquina —pensó—. Una máquina que cree que el Maligno está firmemente arraigado en la tierra. Una masa de circuitos de estado sólido que ha sondeado las profundidades de una teología milenaria, con la creación divina y los milagros a un lado, y lo diabólico al otro. Que se ha sumergido en la Edad Oscura.

»Y dicen que los humanos somos propensos al error…»

Aquella noche cuando volvió a casa, tras participar en el desmantelamiento de todos los ordenadores Genux-B de la Tierra, había un grupo de siete esferas de colores de goma de mascar esperándolo sobre la mesa.

Eso crearía un imperio de bolas de chicle, decidió mientras examinaba las siete esferas brillantes, todas del mismo color. Como mínimo, se ahorraría una fortuna en gastos. Y, a esa velocidad, ninguna máquina se agotaría jamás.

Se acercó al videófono, levantó el receptor y se dispuso a marcar el número de emergencia que le habían dado los hombres del FBI.

Y entonces, de mala gana, colgó.

Empezaba a tener la impresión de que el ordenador había acertado, por muy duro que fuera admitirlo. Y desmantelarlo había sido decisión suya.

Pero lo otro era aún peor. ¿Cómo iba a decirle al FBI que tenía en su poder siete bolas de chicle? Por mucho que se dividieran, sería aún más complicado de explicar. Aunque pudieran establecer que eran formas de vida primitivas extraterrestres, introducidas clandestinamente en la Tierra desde Dios sabe qué desolado planeta.

Mejor dejar las cosas como estaban. Puede que su ciclo de reproducción se asentara. Tras un periodo de acelerada fisión binaria, puede que se adaptasen al medio terrícola y se estabilizase. Después de eso, podría olvidarse de ellas.

Y también podía arrojarlas al incinerador del edificio.

Lo hizo.

Pero, evidentemente, se había dejado una. Probablemente, como eran redondas, hubiese rodado por debajo de la mesa. La encontró dos días después, debajo de la cama, con otras quince idénticas. Así que, una vez más, intentó librarse de todas ellas… y una vez más se le escapó una. De nuevo, al día siguiente encontró un nuevo nicho, y esta vez había cuarenta bolas.

Como es natural, probó a comerse toda las que pudo y lo más deprisa que pudo. Y también probó a hervirlas en agua caliente, al menos las que pudo encontrar. Hasta intentó rociarlas con un insecticida.

Al cabo de una semana, su apartamento contenía un total de 15.832 bolas de chicles. A estas alturas, acabar con ellas devorándolas, rociándolas con insecticida o hirviéndolas no resultaba práctico.

Pasado un mes, a pesar de haber alquilado un camión para que se llevara toda las que pudo, contabilizó un total de dos millones.

Diez días después, embargado por un sentimiento fatalista, llamó al FBI desde un teléfono público situado en la esquina, pero para entonces ya nadie podía contestar al videófono.

NOTA:

Combate sagrado [13 de septiembre de 1965], en Worlds of Tomorrow (mayo de 1966).


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