Texto aleatorio

El planeta en el que estaba viviendo completaba una rotación cada dos mañanas. Primero aparecía CY30 y luego su gemelo menor hacía su modesta aparición, como si Dios no hubiera sido capaz de decidir qué sol prefería y finalmente se hubiese decantado por ambos. A los cupulares les gustaba compararlos con el encendido secuencial de una antigua bombilla incandescente de filamento múltiple. CY30 daba la impresión de emitir unos 150 vatios y luego salía el pequeño CY30B, que añadía otros 50. La combinación de luz hacía que los cristales de metano de la superficie del planeta emitieran un resplandor que resultaba muy agradable, siempre que uno estuviera en su cúpula, claro.

En la mesa de la suya, Leo McVane bebía sucedáneo de café mientras leía el periódico. Se sentía sereno y a gusto porque, hacía algún tiempo, había modificado clandestinamente el termostato de su cúpula. Se sentía a salvo porque había añadido un refuerzo metálico adicional a la escotilla de la cúpula. Y se sentía expectante porque aquel día pasaría por allí el repartidor de comida, así que tendría alguien con quien hablar. Iba a ser un buen día.

En ese momento, el equipo de comunicaciones estaba en silencio y en estado de inactividad automática. Originalmente, al llegar a CY30 II, McVane había estudiado de manera concienzuda las funciones y el propósito del complejo de maravillas electrónicas del que era vigilante, o más bien (tal como figuraba en su contrato de trabajo) «supervisor humano jefe». Ahora se había permitido el lujo de olvidar la mayoría de las operaciones que realizaba la maquinaria cuya vigilancia le estaba encomendada. El equipo de comunicaciones llevaba una vida monótona hasta que se producía una emergencia, momento en el que él dejaba de ser el «supervisor humano jefe» para convertirse en el cerebro viviente de su estación.

Aún no se había producido ninguna emergencia.

El periódico contenía un curioso extracto del folleto de impuestos federales de los Estados Unidos para el año 1978, año en el que había nacido McVane. Las entradas aparecían en el índice por este orden:

¿QUIÉN DEBE CONTRIBUIR?

VIUDOS Y VIUDAS,

GANADORES DE PREMIO Y LOTERÍAS,

PERSONAS FÍSICAS Y EMPRESAS

Y luego venía la última entrada del índice, que McVane encontraba graciosa, e incluso ilustrativa, como comentario sobre una sociedad arcaica:

NIVEL DE INGRESOS CERO

McVane sonrió para sus adentros. Así terminaba el folleto de impuestos federales de los Estados Unidos para el año 1978, y así era como los propios Estados Unidos habían terminado unos años después. Se habían follado fiscalmente a sí mismos y habían muerto como consecuencia del trauma.

—Cómtrix de racionamiento —anunció el transductor de su radio—. Comience el procedimiento de apertura.

—Apertura en marcha —dijo McVane mientras dejaba a un lado el periódico.

—Póngase el casco —dijo el auricular.

—Casco puesto. —McVane no hizo ademán alguno de recoger el casco. La tasa de flujo de su atmósfera compensaría la pérdida. También la había modificado para ello.

La escotilla se abrió y apareció el repartidor de comida, con casco y todo. Un timbre en el techo de la cúpula anunció con violencia que la presión atmosférica había sufrido un brusco descenso.

—¡Póngase el casco! —exclamó furiosamente el repartidor de comida.

La alarma enmudeció. La presión se había estabilizado. Al verlo, el hombre hizo una mueca. Se quitó el casco y empezó a descargar cartones de su cómtrix.

—Somos una raza dura —dijo McVane mientras lo ayudaba.

—Lo ha manipulado usted todo —señaló el visitante. Como todos los que suministraban provisiones a las cúpulas, su vehículo era de construcción muy sólida y se movía con rapidez. Manejar un cómtrix entre las naves nodriza y las cúpulas de CY30 II era un trabajo peligroso. Él lo sabía y McVane también. Cualquiera podía trabajar en una cúpula, pero pocos podían hacerlo en el exterior.

—Quédese un rato —dijo McVane una vez terminada la descarga, mientras el hombre rellenaba el albarán.

—Si tiene café…

Se sentaron frente a frente, con un café en la mano. En el exterior de la cúpula se ensortijaban las volutas de metano, pero ninguno de los dos reparó en ello. El repartidor de comida estaba sudando. Al parecer, la temperatura de McVane le parecía demasiado alta.

—¿Conoce a la mujer de la cúpula de al lado? —le preguntó a McVane.

—Algo —respondió éste—. Mi estación transfiere datos a sus circuitos de entrada cada tres o cuatro semanas. Ella los almacena, aumenta el voltaje y los transmite. Supongo. Por lo que sé…

—Está enferma —dijo el repartidor de comida.

—La última vez que hablé con ella parecía estar perfectamente —repuso McVane—. La vi en vídeo. Mencionó algo de que tenía problemas para leer las pantallas de su terminal.

—Se está muriendo —dijo el repartidor, antes de tomar un trago de café.

En su mente, McVane intentó hacerse una imagen de la mujer. Menuda y morena. ¿Cómo se llamaba? Pulsó un par de teclas en el teclado que tenía a su lado y el nombre de la mujer apareció en la pantalla. Rybus Rommey.

—¿Qué tiene? —preguntó.

—Esclerosis múltiple.

—¿Está muy avanzada?

—No —dijo el repartidor—. Hace un par de meses me contó que durante los últimos años de su adolescencia sufrió un… ¿cómo lo llamó? Un aneurisma. En el ojo izquierdo. Le quitó toda la visión central en ese ojo. En aquel momento sospecharon que podía ser el comienzo de una esclerosis múltiple. Y hoy, cuando he hablado con ella, me ha contado que está sufriendo una neuritis óptica, lo que…

—¿Ha informado de los síntomas al M.E.D.?

—Envió una correlación: aneurisma, seguido por un periodo de remisión y luego visión doble y borrosa… Debería llamarla. Cuando le he llevado la comida, estaba llorando.

McVane se volvió hacia el teclado, introdujo unos códigos y leyó el resultado en la pantalla.

—La esclerosis múltiple tiene entre un treinta y un cuarenta por ciento de probabilidades de recuperación.

—Aquí no. El M.E.D. no puede llegar hasta aquí.

—Mierda —dijo McVane.

—Le he dicho que solicite el traslado a casa. Es lo que yo haría. Dice que no.

—Está loca —dijo McVane.

—Tiene razón. Está loca. Aquí todo el mundo lo está. ¿Quiere una prueba? Ella es la prueba. ¿Usted volvería a casa si supiera que estaba muy enfermo?

—Se supone que no debemos abandonar las cúpulas.

—Lo que vigilan es tan importante… —El repartidor dejó la taza—. Tengo que irme. —Mientras se ponía en pie, dijo—: Llámela y hable con ella. Necesita alguien con quien hablar y su cúpula es la más cercana. Me sorprende que no se lo haya dicho.

«Tampoco se lo he preguntado», pensó McVane.

Después de que el repartidor se marchara, buscó el código de la cúpula de Rybus Rommey pero, cuando estaba introduciéndolo en su transmisor, vaciló un momento. El reloj de la pared daba las 18:30. En este punto de su ciclo de cuarenta y dos horas, se suponía que debía recibir una secuencia de señales de ocio de alta velocidad, emitidas por un satélite esclavo situado en CY30III; una vez almacenadas, debía reproducirlas a velocidad normal y seleccionar el material apto para la cúpula general de su propio planeta.

Echó un vistazo al registro. Fox estaba interpretando un concierto que duraba dos horas. «Linda Fox —pensó—. Tú y tu síntesis de rock clásico y streng moderno. Joder. Si no transcribo tu concierto en vivo, todos los cupulares del planeta montarán en cólera y vendrán a matarme. Aparte de las emergencias, que nunca ocurren, me pagan para esto: para controlar el tráfico de información entre planetas, la información que nos mantiene conectados con nuestro hogar y nos permite conservar nuestra humanidad. Las cintas deben seguir girando.»

Activó el transportador de cinta en modo de alta velocidad, encendió los receptores, los ajustó a la frecuencia operativa del satélite, comprobó la forma de onda en la pantalla para asegurarse de que la portadora llegaba sin distorsiones y luego abrió una transducción de sonido de lo que estaba recibiendo.

La voz de Linda Fox brotó de la hilera de altavoces que tenía encima. Tal como se veía en la pantalla, no había distorsión. Ni ruido. Ni cortes. De hecho, todos los canales estaban equilibrados; sus lecturas así lo indicaban.

«A veces, cuando la oigo, creo que podría llorar. Y hablando de llorar…»

Wandering all across this land,

My band,

In the worlds that pass above,

I love.

Play for me, you spirits who are weightless.

I believe in drinking to your greatness.

My band.

Y detrás de la voz de Linda Fox, los sintelaúdes que se habían convertido en su seña de identidad. Hasta la llegada de la Fox, a nadie se le había ocurrido la idea de recuperar ese instrumento del siglo XVI para el que Dowland había compuesto con tanta belleza y tanta eficacia.

Shall I sue? Shall I seek for grace?

Shall I pray? Shall I prove?

Shall I strive to a heavenly joy

With an earthly love?

Are there worlds? Are there moons

Where the lost shall endure?

Shall I find for a heart that is pure?

Lo que había hecho Linda Fox había sido coger los libros de laúd de John Dowland, escritos a finales del siglo XVI, y convertir en algo moderno tanto las melodías como las letras.

«Algo nuevo —pensó—, para gente desperdigada como si hubiera sido espolvoreada precipitadamente: aquí y allá, desubicados, abandonados en cúpulas sobre mundos y satélites miserables, víctimas del poder de la migración, y sin una solución a la vista.»

Silly wretch, let me rail

At a trip that is blind.

Holy hopes do require

No recordaba el resto. Bueno, lo tenía grabado, claro.

… no human may find.

O algo parecido. La belleza del universo no está en las estrellas que contiene, sino en la música generada por las mentes, las voces y las manos humanas. En sintelaúdes mezclados con mano experta y en la voz de la Fox.

«Sé lo que debo hacer para ser feliz —pensó—. Mi trabajo es el deleite: transcribo esto, lo emito y me pagan por ello.»

—Aquí la Fox —dijo la Fox.

McVane conectó la imagen y ante él se formó un cubo en el que Linda Fox le sonreía. Entretanto, las cintas seguían girando a velocidad de vértigo, apropiándose para él de horas y horas de transmisión.

—Estás con la Fox —dijo ella—. Y la Fox está contigo. —Lo inmovilizó con su mirada, con sus ojos duros y brillantes. El rostro diamantino, salvaje y sabio, salvaje y auténtico. Aquí la Fox, hablando para ti. Le devolvió la sonrisa.

—Hola, Fox —dijo.

Algo más tarde, llamó a la chica enferma de la cúpula contigua. Tardó muchísimo en responderle y, mientras permanecía allí sentado, viendo cómo se registraba la señal en su propio panel, se preguntó: «¿Habrá muerto? ¿O habrán venido a evacuarla a la fuerza?»

La micropantalla mostraba unos colores vagos. Estática visual, nada más. Entonces apareció ella.

—¿La he despertado? —le preguntó. Parecía aletargada y se movía con lentitud. «Puede —pensó— que esté sedada.»

—No. Me estaba disparando en el culo.

—¿Cómo? —preguntó, perplejo.

—Quimioterapia —respondió Rybus—. No me va demasiado bien.

—Acabo de transmitir un concierto increíble de Linda Fox; se emitirá en los próximos días. Seguro que la anima.

—Es una pena que estemos atrapados en estas cúpulas. Ojalá pudiera visitar otra. Acaba de venir el repartidor de la comida. Me ha traído la medicación. Es muy eficaz, pero siempre me hace vomitar.

«Ojalá no hubiera llamado», pensó McVane.

—¿Podría visitarme? —preguntó Rybus.

—No tengo equipo de aire portátil.

—Yo sí —respondió la chica.

—Pero si está enferma… —dijo, embargado por el pánico.

—Puedo llegar hasta su cúpula.

—¿Y su puesto? ¿Y si llegan datos que…?

—Tengo una alarma. Puedo llevármela.

—De acuerdo —dijo Mc Vane tras un momento de pausa.

—Para mí significaría mucho tener a alguien con quien sentarme un rato. El repartidor suele quedarse media hora, pero no puede estar más tiempo. ¿Sabe lo que me ha contado? Ha habido una epidemia de una forma de esclerosis lateral amiotrófica en CY30 VI. Debe de ser un virus. Toda esta situación es un virus. Dios, sería horrible tener esclerosis lateral amiotrófica. Es como la forma Mariana.

—¿Es contagiosa?

No respondió directamente. Lo que dijo fue:

—Lo mío tiene cura. —Obviamente, quería tranquilizarlo—. Si el virus anda por ahí… Mejor no voy. No pasa nada. —Asintió y alargó una mano para apagar el transmisor—. Voy a echarme un rato —dijo—, a ver si puedo dormir. Cuando estás así se supone que debes dormir todo lo que puedas. Hablaremos mañana. Adiós.

—Venga —dijo él.

—Gracias —dijo Rybus, repentinamente animada.

—Pero tráigase esa alarma. Tengo el presentimiento de que va a haber un montón de confirmaciones telemétricas que…

—¡Que les den a las confirmaciones telemétricas! —exclamó Rybus con rabia—. ¡Estoy harta de estar encerrada en esta maldita cúpula! ¿No se vuelve loco de tanto estar observando las cintas, los pequeños indicadores, los marcadores y toda esa mierda?

—Creo que debería usted volver a casa —dijo él.

—No —repuso ella con más calma—. Voy a seguir exactamente las instrucciones del M.E.D. sobre la quimioterapia y a superar esta mierda. No pienso volver a casa. Iré y le prepararé la cena. Soy buena cocinera. Mi madre era italiana y mi padre chicano, así que le echo muchas especias a todo lo que preparo. Lo malo es que aquí no hay especias, pero he aprendido a reemplazarlas con diferentes sucedáneos sintéticos. He estado experimentando.

—En el concierto que voy a emitir —dijo McVane— la Fox interpreta una versión de Shall I Sue, de Dowland.

—¿Una canción sobre litigios?

—No. «Sue» en la otra acepción, la amorosa, la que significa hacer la corte. —Y entonces se dio cuenta de que ella le estaba tomando el pelo.

—¿Sabe lo que pienso yo de la Fox? —preguntó Rybus—. Sentimentalismo reciclado, que es la peor forma de sentimentalismo. Ni siquiera es original. Y, además, esa mujer tiene una cara que parece del revés. No me gusta su boca.

—A mí sí —dijo con cierta brusquedad. Estaba poniéndose furioso, muy furioso. «¿Y se supone que tengo que ayudarte? —se preguntó—. ¿Correr el riesgo de coger lo que tienes para que puedas insultar a la Fox?»

—Le prepararé ternera strogonoff con fideos al perejil —dijo Rybus.

—No tengo hambre —respondió.

—¿Entonces no quiere que vaya? —preguntó ella en voz baja y titubeante, un poco temblorosa.

—Es que… —dijo.

—Estoy muy asustada, señor McVane —dijo Rybus—. Dentro de quince minutos, empezaré a vomitar por culpa del IV Neurotoxite. Pero no quiero estar sola. No quiero abandonar mi cúpula ni tampoco estar sola. Siento haberlo ofendido. Lo que pasa es que la Fox me parece ridícula. No diré nada más, se lo prometo.

—¿Tiene la…? —En lugar de terminar la frase, dijo—: ¿Está segura de que no será demasiado preparar la cena?

—Aún tengo fuerzas para el futuro —respondió ella—. Un futuro largo.

—¿Cómo de largo?

—No se puede saber.

«Vas a morir», pensó. Lo sabía y ella también. No hacía falta que lo dijeran. La complicidad del silencio, la conformidad, estaba allí.

«Una chica agonizante quiere hacerme la cena —pensó—. Una cena que no quiero tomar. Tengo que decirle que no. Tengo que impedir que venga a mi cúpula. La insistencia de los débiles. Su aterrador poder. ¡Es mucho más fácil oponerse a los fuertes!»

—Gracias —dijo—. Será un placer que cenemos juntos esta noche. Pero quiero mantener el contacto por radio con usted durante todo el camino… para saber que se encuentra bien. ¿Me lo promete?

—Claro —dijo—. No quiero —sonrió— que me encuentren dentro de un siglo, congelada con un montón de cacerolas, sartenes, comida y especias sintéticas. En realidad sí que tiene unidad portátil de aire, ¿verdad?

—No, de verdad que no.

Y supo que su mentira era patente para ella.

La comida olía bien y sabía bien, pero a mitad de la cena, Rybus se disculpó y salió tambaleándose de la matriz de la cúpula —su cúpula— para ir al baño. McVane intentó no escuchar; le pidió a su sistema auditivo que no oyera y a su sistema cognitivo que no supiera. En el baño, la chica, gravemente enferma, soltó un gemido y McVane apretó los dientes, apartó el plato, se levantó y encendió el equipo de música de su cúpula, donde reprodujo uno de los primeros álbumes de la Fox.

Come again!

Sweet love doth now invite

Thy graces, that refrain

To do me due delight…

—¿No tendrá por casualidad un poco de leche? —preguntó Rybus desde la puerta del baño, con la cara pálida.

Sin decir nada, McVane le llevó un vaso de leche, o lo que en ese planeta hacía las veces de leche.

—Tengo antieméticos —dijo Rybus con el vaso de leche en la mano—, pero no me los he traído. Estarán en mi cúpula.

—Podría ir a buscárselos —dijo.

—¿Sabe lo que me dijo el M.E.D.? —preguntó ella con voz rebosante de indignación y odio—. Me dijo que la quimioterapia no haría que se me cayera el pelo, pero ya está empezando a…

—Vale —la interrumpió.

—¿Que vale?

—Lo siento.

—Esto lo está molestando —dijo Rybus—. La cena se ha estropeado y está usted… no sé. —Guardó silencio unos momentos—. La próxima vez me los traeré, se lo prometo. Ese es uno de los pocos discos de la Fox que me gustan. Antes era realmente buena, ¿no le parece?

—Sí —respondió McVane con voz tensa.

—Linda Box —dijo Rybus.

—¿Cómo?

—«Linda the Box.» «Linda la Caja.» Así es como la llamábamos mi hermana y yo. —Intentó sonreír.

—Vuelva a su cúpula, por favor.

—Oh —dijo—. Bueno… —Se alisó el pelo con una mano temblorosa—. ¿Podría venir conmigo? Ahora mismo, no creo que sea capaz de hacerlo sola. Estoy realmente débil. Y realmente enferma.

«Vas a llevarme contigo —pensó—. Es eso. Eso es lo que está pasando. No te vas a ir sola; te llevarás mi espíritu contigo. Y lo sabes. Lo sabes tan bien como sabes el nombre de la medicación que estás tomando, y me odias igual que odias la medicación, y odias al M.E.D. y tu enfermedad; todo es odio, para todas y cada una de las cosas que hay bajo estos dos soles. Te conozco. Te entiendo. Veo lo que se avecina. De hecho, ya ha empezado.

»Y —pensó— no te culpo. Pero me aferraré a la Fox. La Fox te sobrevivirá. Y yo también. No vas a poder apagar el radiante éter que anima nuestras almas.

»Me aferraré a la Fox y la Fox me abrazará y se pegará a mí. Los dos… Nadie nos puede separar. Tengo docenas de horas de la Fox en cintas de vídeo y de audio, no sólo para mí, sino para todos. ¿Crees que puedes matar eso? —se dijo—. Ya lo han intentado otros. El poder de los débiles —pensó—, es un poder imperfecto; al final, acaba perdiendo. De ahí su nombre. No los llamamos débiles sin razón.»

—Sentimentalismo —dijo Rybus.

—Exacto —respondió él sardónicamente.

—Y reciclado, además.

—Y metáforas mezcladas.

—¿Sus letras?

—Es lo que pienso. Cuando me enfado de verdad, mezclo…

—Deje que le diga una cosa. Sólo una. Si quiero sobrevivir, no puedo ser sentimental. Tengo que ser muy dura. Si esto lo molesta, lo siento, pero así son las cosas. Así es mi vida. Algún día, puede que esté donde estoy yo ahora y entonces lo comprenderá. Espérese a que llegue ese momento para juzgarme. Si es que llega. Mientras tanto, esto que ha puesto en el equipo de música de su cúpula es basura. Tiene que ser basura, para mí. ¿No lo ve? Puede olvidarme; puede enviarme de regreso a mi cúpula, que seguramente es a donde pertenezco, pero si quiere tener algo que ver conmigo…

—Muy bien —respondió él—. Entendido.

—Gracias. ¿Puedo tomar un poco más de leche? Apague la música y terminaremos de comer. ¿De acuerdo?

Asombrado, McVane preguntó:

—¿Quiere terminar de…?

—Todas las criaturas y especies que han optado por dejar de comer ya no siguen entre nosotros.

Volvió a sentarse sujetándose a la mesa.

—La admiro.

—No —dijo ella—. Yo lo admiro. Para usted es más duro. Lo sé.

—La muerte… —empezó a decir él.

—Esto no es la muerte. ¿Sabe lo que es? ¿Comparado con lo que está saliendo de su equipo de música? Esto es la vida. La leche, por favor; realmente la necesito.

Mientras iba a buscar más leche, McVane dijo:

—Supongo que no puede usted apagar el éter. Sea luminoso o no.

—No —convino ella—. Puesto que no existe.

La oficina de confort proporcionó a Rybus dos pelucas, dado que, por culpa de la quimioterapia, se le había ido cayendo sistemáticamente todo el pelo. A McVane le gustaba más la morena.

Cuando llevaba la peluca no tenía un aspecto demasiado malo, pero había empezado a debilitarse y un cierto mal genio empezaba a manifestarse en su manera de comportarse. Como su condición física se había visto gravemente erosionada —debido más a la quimioterapia que a su enfermedad, sospechaba él— ya no podía mantener limpia su cúpula. Cuando fue a visitarla se quedó boquiabierto. Platos, cazuelas, sartenes e incluso vasos de comida descompuesta, ropa sucia por todas partes, basura y desperdicios… Espantado, limpió el lugar y, con enorme consternación, se dio cuenta de que por toda la cúpula flotaba un olor particular y dulzón, formado por la mezcla del aroma de la enfermedad, de la medicación compleja, de la ropa sucia y, lo peor de todo, de la comida descompuesta.

De hecho, hasta que no vació uno él mismo, ni siquiera había sitio para sentarse. Rybus yacía en la cama, cubierta por una bata de plástico abierta en la espalda. Sin embargo, al parecer, aún era capaz de manejar el equipo electrónico; reparó en que los indicadores registraban una actividad normal. Pero ella estaba utilizando el programador por control remoto que normalmente se reservaba para las situaciones de emergencia; estaba a su lado en la cama, junto a una revista, un cuenco de cereales y varios frascos de medicinas.

Como en otras ocasiones, discutieron la posibilidad de que la trasladaran. Ella se negaba rotundamente a abandonar el puesto. Aún no se había rendido.

—No pienso ir a un hospital —le dijo, frase que, desde su punto de vista, ponía punto final a la conversación.

Más tarde, de regreso a su propia cúpula, felizmente de regreso, decidió poner en práctica un plan. El gran Sistema de IA —Plasma de Inteligencia Artificial— que se ocupaba de los principales problemas en los sistemas estelares de aquella región de la galaxia ofrecía la posibilidad de adquirir parte de su tiempo para usos privados. McVane envió una solicitud y la suma total de los créditos que había ahorrado durante los últimos meses.

Desde Fomalhaut, donde flotaba el plasma, le llegó una respuesta positiva. El equipo que administraba el plasma estaba dispuesto a venderle quince minutos del tiempo de éste.

La tarifa que cobraban era una motivación excelente para introducir los datos de manera muy habilidosa y rápida. Le explicó al plasma quién era Rybus, lo que permitió al sistema a acceder a su archivo completo, incluido su perfil psicológico. Le contó que su cúpula era la más cercana a la de ella, le habló de su feroz determinación a aferrarse a la vida y de su negativa a aceptar una baja médica o incluso un traslado de su puesto de trabajo. Introdujo la cabeza en el monitor de impulsos psicotrónicos para que el Plasma pudiera leer sus pensamientos desde Fomalhaut y tuviera acceso a su inconsciente, a sus impresiones marginales, a sus constataciones, a sus dudas, a sus ideas, a sus ansiedades y a sus necesidades.

—La respuesta se demorará cinco días —decía el mensaje que le envió el equipo— a causa de las grandes distancias. Hemos recibido e ingresado el pago. Corto.

—Corto —respondió, un poco abatido. Había gastado todo lo que tenía. Un vacío había consumido sus posesiones. Pero el plasma era la última corte de apelación en cuestión de problemas. «¿Qué debo hacer?», le había preguntado. En cinco días tendría la respuesta.

Durante los cinco días siguientes, la debilidad de Rybus fue en aumento. Sin embargo, aún se preparaba ella misma la comida, que parecía ser la misma una vez tras otra: un plato de macarrones altos en proteínas con queso rallado por encima. Un día se la encontró con gafas de sol. No quería que le viera los ojos.

—El ojo malo se ha vuelto loco —le explicó desapasionadamente—. Se me ha bajado como una persiana. —Había cápsulas y píldoras olvidadas alrededor de la cama. Recogió uno de los botes medio vacíos y vio que estaba tomando uno de los analgésicos más potentes que existían.

—¿El M.E.D. le ha prescrito esto? —dijo, mientras se preguntaba «¿Tanto le duele?»

—Tengo un amigo —dijo Rybus—. En la cúpula de IV. El repartidor me lo trajo.

—Esto es adictivo.

—He tenido suerte de conseguirlo. La verdad es que no debería tenerlo.

—Creo que no.

—Condenado M.E.D. —Su tono de rabia resultaba sorprendente—. Es como tratar con una forma de vida inferior. Entre que se deciden a prescribir lo que necesitas y te llega la medicación, joder, tus cenizas están en una urna. Y no sé qué sentido tiene recetarle nada a una urna con cenizas. —Se llevó las dos manos al cráneo—. Lo siento. Debería llevar la peluca cuando estás aquí.

—No importa —dijo él.

—¿Podrías traerme una Coca-Cola? Me asienta el estómago.

McVane sacó una botella de litro de la nevera y le sirvió un vaso. Antes tuvo que lavarlo. No encontró uno limpio en toda la cúpula.

A los pies de la cama, orientada hacia Rybus, estaba el clásico televisor que proporcionaba el departamento. Profería su incesante parloteo sin que nadie le prestara la menor atención. Se dio cuenta de que siempre que iba a visitarla estaba encendida, aunque fuese en mitad de la noche.

Al volver a su propia cúpula sintió una tremenda oleada de alivio, como si le hubieran quitado de encima una carga odiosa. El mero hecho de poner distancia entre ambos le inspiraba un regocijo que bastaba para elevarle el ánimo. «Es —pensó— como si al estar a su lado tuviera lo mismo que tiene ella. Compartimos la enfermedad.»

No tenía ganas de escuchar ninguno de los discos de la Fox, así que en su lugar, puso la segunda sinfonía de Mahler, La Resurrección. La única sinfonía compuesta para una flauta y un flautín, que parece el palo de una escobilla. Era una pena que Mahler nunca hubiera visto un pedal Morley, porque a buen seguro que lo habría utilizado en una de sus sinfonías largas.

En el preciso instante en que entraba el coro, el equipo de música de la cúpula se apagó; una emisión prioritaria procedente del exterior lo había desconectado.

—Transmisión desde Fomalhaut.

—A la escucha.

—Use la pantalla, por favor. Comenzará en diez segundos.

—Gracias —dijo.

En la pantalla grande apareció un mensaje. Era la respuesta del Sistema de la IA, llegada con un día de antelación.

SUJETO: RYBUS ROMMEY

NATURALEZA: DELETÉREA

CONSEJO DEL PROGRAMA: EVITACIÓN TOTAL POR SU PARTE

FACTOR ÉTICO: PRESCINDIBLE

**GRACIAS**

McVane parpadeó y, en un acto reflejo, dijo:

—Gracias.

Hasta entonces, sólo había tratado una vez con el Plasma y ya había olvidado lo concisas que eran sus respuestas. La pantalla se borró. La transmisión había terminado.

No sabía muy bien lo que significaba «deletérea», pero estaba seguro de que tenía algo que ver con la muerte. «Quiere decir que se está muriendo —pensó mientras accedía al banco de datos del planeta y pedía una definición—. Significa que está muriéndose o a punto de morir, cosa que yo ya sabía.»

Sin embargo, se equivocaba. Significaba «que produce la muerte».

«Que produce la muerte —pensó—. Hay una gran diferencia entre «muerte» y «que produce la muerte».» No era de extrañar que el sistema de IA le hubiera notificado que el factor ético era prescindible en este caso.

«Es una asesina en serie —comprendió—. Por eso es tan caro consultar al Plasma. No recibes una respuesta engañosa, basada en especulaciones, sino una respuesta absoluta.»

Mientras pensaba en todo esto y trataba de calmarse, sonó su teléfono. Antes de cogerlo ya sabía quién era.

—Hola —le dijo Rybus con voz temblorosa.

—Hola —respondió.

—¿No tendrás por un casual una bolsita de té de Sabores Celestiales Trueno Matutino?

—¿Qué? —dijo él.

—Cuando estuve en tu cúpula, aquella vez que preparé la ternera strogonoff para nosotros, me pareció ver una lata de Sabores Celestiales…

—No —le respondió—. Ya no me queda…

—¿Estás bien?

—Sólo cansado —dijo él, mientras pensaba «ha dicho «para nosotros». Ella y yo somos «nosotros». ¿Cuándo ha sucedido? —se preguntó—. Creo que a eso se refería el Plasma. Lo ha entendido muy bien.»

—¿Y algún otro té?

—No —dijo. El equipo de música eligió aquel momento para salir del modo de pausa en el que lo había dejado la transmisión desde Fomalhaut. El coro volvió a cantar.

En el teléfono sonó una risilla queda.

—¿La Fox se ha pasado a lo sinfónico? Oigo un coro completo de mil…

—Es Mahler —repuso Mc Vane con cierta brusquedad.

—¿Podrías venir a hacerme compañía? —le preguntó Rybus—. Se me va un poco la cabeza.

—De acuerdo —respondió él al cabo de un instante— Hay algo de lo que quiero que hablemos.

—Estaba leyendo un artículo en…

—Cuando llegue allí —la interrumpió— hablamos. Nos vemos en media hora. —Colgó.

Al llegar a su cúpula, se la encontró en la cama, con las gafas de sol, viendo un culebrón en el televisor. No había cambiado nada desde su última visita, salvo que la comida putrefacta de los platos y los fluidos de las tazas y los vasos resultaban aún más desalentadores.

—Tienes que ver esto —le dijo ella sin levantar la mirada—. Te pondré al día. Becky está embarazada, pero su novio no quiere…

—Te he traído un poco de té. —Dejó cuatro bolsitas sobre la mesa.

—¿Podrías traerme unas galletitas saladas? Hay una caja en la repisa, sobre la cocina. Tengo que tomarme una pastilla. Me resulta más fácil tomar la medicación con comida que con agua porque, cuando tenía cuatro años… No te lo vas a creer. Mi padre estaba enseñándome a nadar. Teníamos mucho dinero. A mi padre le iba… bien, y aún le va, aunque no sé mucho sobre él. Se lesionó la espalda con una de esas puertas deslizantes de seguridad que tienen los grandes bloques de apartamento, donde…

Su voz se apagó. Volvía a estar absorta en el programa de televisión.

McVane despejó una silla y se sentó.

—Ayer estaba muy deprimida —dijo Rybus—. Casi te llamo. Estaba pensando en una amiga mía que ahora tendrá… Bueno, tiene mi edad, pero ha sacado un C-4 en estudios sobre la tasa de fluctuación de los prismas o no sé qué. La detesto. ¡A mi edad! ¿No te parece increíble? —Se echó a reír.

—¿Te has pesado últimamente? —le preguntó McVane.

—¿Cómo? Oh, no. Pero estoy bien de peso. Lo sé. Sólo hay que coger la piel entre los dedos, cerca del hombro. Lo he hecho. Aún tengo una capa de grasa.

—Estás flaca —dijo, mientras le ponía la mano en la frente.

—¿Tengo fiebre?

—No —respondió. Pero no quitó la mano de allí, de la piel suave y mojada, por encima de las gafas de sol. Por encima, pensó, de la capa de mielina de las fibras nerviosas que habían desarrollado las áreas escleróticas que la estaban matando.

«Estarás mejor —se dijo—, cuando estés muerta.»

—No te sientas mal —dijo Rybus con voz animada—. Me recuperaré. El M.E.D. me ha reducido la dosis de Vasculine. Ahora sólo tomo t.i.d., tres dosis al día en lugar de cuatro.

—Ya te conoces toda la terminología médica…

—Qué remedio. Me mandan un PDR. ¿Quieres echarle un vistazo? Está por aquí, por alguna parte. Mira en esos papeles… Estaba escribiéndoles a varios amigos, porque, mientras buscaba otra cosa, me he encontrado con sus direcciones. He estado tirando cosas. ¿Ves? —Señaló unas bolsas, bolsas llenas de papeles arrugados—. Ayer estuve cinco horas haciéndolo y hoy he seguido. Por eso quería el té. ¿Podrías prepararme una taza? Ponle mucho azúcar y una gota de leche.

Mientras McVane preparaba la infusión, los fragmentos de una adaptación de Dowland realizada por Linda Fox se deslizaban por sus pensamientos.

Thou mighty God

That rightest every wrong…

Listen to Patience

In a dying song.

—Este programa es realmente bueno —dijo Rybus cuando los anuncios interrumpieron el culebrón un momento—. ¿Quieres que te lo cuente?

En lugar de responder, McVane preguntó:

—¿Lo de que reduzcan la dosis de Vasculine quiere decir que estás mejorando?

—Probablemente sólo sea otro periodo de remisión.

—¿Cuánto puede durar?

—Espero que bastante.

—Admiro tu valor —dijo él—. Yo me bajo del tren. Es la última vez que vengo.

—¿Mi valor? —dijo ella—. Gracias.

—No voy a volver.

—¿Que no vas a volver? ¿Hoy, quieres decir?

—Eres un organismo que mata —le respondió—. Un agente patógeno.

—Si vamos a hablar en serio —dijo ella— quiero ponerme la peluca. ¿Podrías traerme la rubia? Está por alguna parte, puede que debajo de la ropa del rincón. Donde el top rojo, el de los botones blancos. Tengo que coserle un botón… si es que lo encuentro.

McVane le llevó la peluca.

—Sostenme el espejo —le pidió mientras se la ponía sobre la cabeza—. ¿Crees que puedo contagiarte? Porque el M.E.D. ha dicho que, en esta fase, el virus está inactivo. Ayer hablé con ellos una hora entera. Me han dado una línea especial.

—¿Quién mantiene tu equipo? —le preguntó.

—¿Equipo? —Lo miró fijamente desde detrás de las gafas de sol.

—Tu trabajo. Controlar el tráfico entrante. Almacenarlo y transferirlo. La razón por la que estás aquí.

—Está en automático.

—Ahora mismo tienes siete luces de alarma encendidas —dijo—. Deberías de tener el audio activado para poder oírlo. Estás recibiendo, pero, como no grabas, están tratando de decírtelo.

—Bueno, pues lo siento por ellos —respondió en voz baja.

—Te dan margen porque saben que estás enferma —dijo él.

—Sí, así es. Claro que sí. No me necesitan; ¿no recibes tú más o menos lo mismo que yo? ¿No soy, en esencia, una estación redundante con la tuya?

—No —dijo él—. Yo soy una estación redundante con la tuya.

—Es lo mismo. —Tomó un sorbito del té que le había preparado—. Está demasiado caliente. Dejaré que se enfríe. —Extendió una mano temblorosa para dejar a la jarra sobre la mesita que tenía junto a la cama; la jarra se cayó y el té caliente se derramó sobre el suelo de plástico—. Joder —dijo con rabia—. Bueno, ya está. Es la gota que colma el vaso. Hoy no ha salido nada bien. Hijo de puta.

McVane activó el circuito de aspirado de la cúpula y éste recogió el té del suelo. No dijo nada. Sentía que era presa de una rabia amorfa, sin objetivo preciso, dirigida contra nada en concreto, y tenía la sensación de que el propio odio de ella era igual: una pasión que iba a todas partes y a ninguna al mismo tiempo. Un odio, pensó, como una bandada de moscas. «Dios —se dijo—, cómo me gustaría estar fuera de aquí. Cómo odio este odio, cómo odio odiar una taza de té derramado, lo odio con la misma rabia con la que odio una enfermedad terminal. Un universo unidimensional. Todo se ha reducido a eso.»

Durante las semanas que siguieron, sus visitas a la cúpula de Rybus fueron haciéndose cada vez más raras. Ya no escuchaba lo que ella le decía; no miraba donde ella le indicaba; apartaba los ojos del caos que la rodeaba, de las ruinas de su cúpula. «Estoy viendo una proyección de su cerebro», pensó mientras, por un momento, contemplaba la basura amontonada por todas partes. Ella había empezado a sacar bolsas de basura al exterior de la cúpula, donde quedarían congeladas para toda la eternidad. «Está senil.»

De vuelta a su propia cúpula trató de escuchar a Linda Fox, pero la magia había desaparecido. Ahora veía y oía una imagen sintética. No era real. Rybus Rommey le había robado la vida a la Fox, del mismo modo que el circuito de aspirado había succionado el té derramado.

And when his sorrows came as fast as floods,

Hope kept his heart till comfort came again.

Mc Vane oía las palabras, pero ya no le importaban. ¿Cómo lo había llamado Rybus? Sentimentalismo reciclado y basura. Puso un concierro para fagot de Vivaldi. «Sólo hay un concierto de Vivaldi —pensó—. Un ordenador podría hacerlo mejor. Y con más variación.»

—Estás recibiendo las ondas de la Fox —dijo Linda Fox, y en el transductor de vídeo de McVane apareció su rostro, iluminado por las estrellas y salvaje—. Y cuando las ondas de la Fox te alcanzan —dijo—, te alcanzan.

En un arrebato de furia, borró cuatro horas de la Fox, tanto de audio como de vídeo. Luego se arrepintió. Llamó a uno de los satélites de transmisión para pedir que se las enviaran de nuevo y le dijeron que lo harían.

«Estupendo —se dijo—. ¿Y qué diablos importa?»

Aquella noche, mientras dormía, sonó el teléfono. Dejó que sonara; no respondió y cuando se repitió la llamada, diez minutos después, volvió a ignorarlo.

A la tercera llamada lo cogió y respondió.

—Hola —dijo Rybus.

—¿Qué pasa?

—Estoy curada.

—¿Otra remisión?

—No, estoy curada. Me acaba de llamar el M.E.D. Su ordenador ha analizado mis resultados, mis pruebas y todo lo demás, no hay ni rastro de zonas escleróticas. Como es natural, nunca recuperaré la visión central en el ojo afectado. Pero, aparte de eso, estoy bien. —Hizo una pausa—. ¿Tú cómo estás? Llevo tanto tiempo sin tener noticias tuyas… Me ha parecido una eternidad. Estaba pensando en ti.

—Estoy bien.

—Habría que celebrarlo.

—Sí.

—Cocinaré para los dos, como antes. ¿Qué te apetece? Tengo el antojo de que sea comida mexicana. Preparo unos tacos para chuparse los dedos; tengo carne en el congelador… Salvo que se haya puesto mala. La descongelaré a ver. ¿Quieres que vaya yo o…?

—Mañana hablamos —dijo él.

—Siento haberte despertado, pero es que el M.E.D. me lo acaba de decir. —Guardó silencio por un momento—. Eres el único amigo que tengo —dijo. Y entonces, aunque parezca increíble, se echó a llorar.

—No pasa nada —dijo él—. Estás bien.

—Estaba tan hecha polvo… —dijo ella con la voz rota—. Mañana te llamo y hablamos. Pero tienes razón; no puedo creerlo, pero lo he conseguido.

—Gracias a tu valor —dijo él.

—Gracias a ti —dijo Rybus—. Sin ti, me habría rendido. Nunca te lo había dicho, pero… Bueno, había guardado pastillas para dormir en cantidad suficiente para matarme y…

—Mañana hablamos —repitió él—. Sobre lo de comer juntos.

Colgó y volvió a tumbarse.

«Cuando Job perdió a sus hijos, sus tierras y todos sus bienes, la paciencia aplacó su pesar —pensó—. Y cuando el dolor lo invadió como una inundación, la esperanza mantuvo vivo a su corazón hasta que volvió a recobrarse.» Así lo habría expresado la Fox.

«Sentimentalismo reciclado. Yo la saco del pozo y ella me paga cubriendo de basura lo que más quiero. Pero está viva. Lo ha conseguido. Es como cuando intentas matar a una rata. Puedes matarla seis veces y aun así sobrevive. No puedes descuidarte.»

«Ese es el nombre de lo que estamos haciendo aquí, en este sistema estelar, en estos planetas congelados y en estas minúsculas cúpulas —pensó—. Rybus Rommey ha entendido la naturaleza del juego y ha sabido jugar para ganar. Al demonio con Linda Fox. —Y luego pensó—: Pero al demonio también con lo que amo.»

»Es un buen trueque. Una vida humana ganada y una imagen publicitaria hecha pedazos. La ley del universo.»

Temblando, se tapó con las mantas y trató de volver a dormir.

El repartidor de la comida apareció antes que Rybus. Despertó a McVane a primera hora de la mañana para entregarle un cargamento completo.

—Sigue teniendo la temperatura y el aire en niveles ilegales —dijo mientras se quitaba el casco.

—Me limito a utilizar el equipo —dijo McVane—. No lo fabrico.

—Bueno, no voy a denunciarlo. ¿Tiene café?

Se sentaron cara a cara y tomaron un sucedáneo de café.

—Vengo de la cúpula de esa chica, Rommey —dijo el repartidor—. Dice que está curada.

—Sí, me telefoneó anoche —dijo McVane.

—Dice que es gracias a usted.

McVane no respondió nada.

—Ha salvado usted una vida humana.

—Vale —dijo McVane.

—¿Qué pasa?

—Estoy cansado.

—Me imagino que habrá sido duro. Aquello es una leonera. ¿No podría limpiarlo un poco? Eliminar la basura, al menos, y esterilizar el lugar. Esa maldita cúpula es como una fosa séptica. La chica dejó que el triturador de basuras se le atascara y tiene restos por todos los armarios y las repisas donde almacenaba la comida. Nunca había visto nada parecido. Claro, está tan débil…

—Iré a mirar —lo interrumpió McVane.

—Lo principal es que está curada —dijo el repartidor, un poco abochornado—. Se ponía ella misma las inyecciones, ¿sabe?

—Si —dijo McVane—. La vi hacerlo.

«Muchas veces», pensó.

—Y le está volviendo a crecer el pelo. Está horrorosa sin la peluca. ¿No está de acuerdo?

—Tengo que transmitir unos informes del tiempo —dijo McVane mientras se ponía en pie—. Siento no poder seguir charlando.

Hacia la hora de la cena, Rybus Rommey apareció en la escotilla de su cúpula, cargada de cazuelas, platos y paquetes primorosamente envueltos. La dejó pasar y ella, sin decir palabra, se dirigió a la cocina, donde lo soltó todo al mismo tiempo; dos de los paquetes cayeron al suelo y se inclinó para recogerlos.

Tras quitarse el casco, dijo:

—Me alegro de volver a verte.

—Lo mismo digo —respondió él.

—Tardaré como una hora en preparar los tacos. ¿Crees que podrás esperar hasta entonces?

—Claro —dijo él.

—He estado pensando —dijo Rybus mientras empezaba a calentar manteca en una sartén—. Deberíamos irnos de vacaciones. ¿Tienes días libres? A mí me deben dos semanas, aunque mi situación es un poco más complicada a causa de mi enfermedad. O sea, he usado muchos de mis días libres para no tener que coger bajas laborales. Por el amor de Dios, me han descontado medio día al mes sólo porque no podía manejar el transmisor. ¿No te parece increíble?

—Me alegro de verte más recuperada.

—Estoy bien. Mierda, me he olvidado la carne picada. ¡Joder!

Se lo quedó mirando.

—Iré a tu cúpula a buscarla —dijo él al cabo de unos instantes.

Ella se sentó.

—Está congelada. Me olvidé de descongelarla. Me acabo de acordar. Pensaba sacarla del congelador, pero tenía que terminar unas cartas… Podemos tomar alguna otra cosa y dejar los tacos para mañana.

—De acuerdo.

—Y quería traerte el té.

—Sólo eran cuatro bolsitas —dijo él.

Ella le dirigió una mirada insegura y dijo:

—Pensé que me habías traído la caja entera de Sabores Celestiales Trueno Matutino. Si no fuiste tú, ¿de dónde lo he sacado? Puede que me la atrajera el repartidor. Voy a sentarme un rato. ¿Te importa encender la televisión?

McVane lo hizo.

—Hay un programa que me gusta mucho —dijo Rybus—. Nunca me lo pierdo. Me gustan los programas sobre… Bueno, si vamos a verlo, tendré que ponerte el día.

—¿Podemos no verlo? —preguntó él.

—El marido…

«Está loca de atar —pensó—. Está muerta. Su cuerpo se ha curado, pero la enfermedad ha matado su mente.»

—Tengo que decirte algo —dijo él.

—¿De qué se trata?

—Estás… —titubeó.

—Estoy muy feliz —dijo ella—. He vencido a la estadística. No me viste en mis peores momentos. No quería que me vieras. La quimioterapia me dejó ciega, sorda y paralizada, y luego empecé a tener ataques. Tendré que seguir tomando las dosis de mantenimiento durante años. Pero está bien, ¿no te parece? Tomar una dosis de mantenimiento, digo. O sea, podría ser mucho peor. Bueno, pues el caso es que su marido ha perdido el trabajo porque…

—¿El marido de quién? —preguntó McVane.

—El de la tele. —Se levantó y le cogió de la mano—. ¿Adónde quieres que vayamos de vacaciones? Nos merecemos una buena recompensa, joder. Los dos.

—Nuestra recompensa —respondió él— es que te hayas recuperado.

Pero ella no parecía estar escuchándolo. Tenía la mirada clavada en el televisor. Entonces se dio cuenta de que aún llevaba las gafas de sol y eso le recordó a la canción que la Fox había cantado en Navidad para todos los planetas, la más tierna y más conmovedora de las canciones que había adaptado de los libros de John Dowland.

When the poor cripple by the pool did lie

Full many years in misery and pain,

No sooner he on Christ had set his eye,

But he was well, and comfort came again.

—… era un trabajo muy bien pagado —estaba diciendo Rybus Rommey—, pero todos conspiraban contra él; ya sabes cómo son las oficinas. Una vez trabajé en una oficina y… —Hizo una pausa y dijo—: ¿Podrías calentar un poco de agua? Me apetece un poco de café.

—Muy bien —dijo él, y encendió los quemadores.

NOTA:

Cadenas de aire, redes de éter («The Man Who Knew How to Lose») [9 de julio de 1979], en Stellar 5. Editado por Judy-Lynn del Rey, Nueva York, 1980. [Incluido en la novela de PKD La invasión divina].


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