Texto aleatorio

Una vez, hace mucho tiempo, antes de que inventaran el dinero, vivía un castor llamado Cadbury en una triste presa que él mismo había construido con sus dientes y sus patas, y donde se ganaba la vida royendo arbustos, árboles y demás vegetales a cambio de fichas de póquer de diferentes colores. Las fichas azules eran sus favoritas, pero también las más raras. Sólo llegaban gracias a encargos muy especiales. En todos los años que había trabajado, sólo había logrado reunir tres fichas azules, pero le habían llegado rumores de que existían más, y, de vez en cuando, durante su jornada laboral, se detenía un momento, se preparaba una taza de café instantáneo y se ponía a meditar sobre fichas de todos los colores, incluidas las azules.

Su esposa, Hilda, le ofrecía un consejo que no le había pedido siempre que se le presentaba la ocasión.

—Mírate —solía decir—. Tienes que ver a un psiquiatra. Tu saco de fichas blancas apenas llega a la mitad de los de Ralf, Peter, Tom, Bob, Jack y Earl, quienes roen y viven por esta zona porque tú te pasas el día soñando con esas malditas fichas azules que nunca tendrás por tu falta de talento, energía y fuerza.

—Energía y fuerza —solía replicar Cadbury malhumoradamente— significan lo mismo.

Aun así, era consciente de que ella tenía razón. Aquello era el principal defecto de su mujer: la verdad siempre estaba de su parte, mientras que a él sólo le quedaba el aire. Y lo cierto es que, cuando la verdad se mide frente al aire en la palestra de la vida, la primera suele llevarse el gato al agua.

Dado que Hilda tenía razón, Cadbury sacó ocho fichas blancas de su escondite secreto de fichas (un agujero bajo una pequeña roca) y recorrió un kilómetro hasta el psiquiatra más cercano, un suave e impasible conejito con forma de bola quien, según su mujer, sacaba quince mil al año como si nada.

—Un día de lo más interesante —dijo amablemente el doctor Drat, mientras sacaba dos antiácidos para su estómago y se recostaba sobre su silla giratoria extra-acolchada.

—No tan interesante, caray —repuso Cadbury—, sobre todo cuando sabes que no vas a volver a tener la oportunidad de dar con una ficha azul, aunque te dejes el culo trabajando de sol a sol. ¿Y para qué? Ella se lo gasta más deprisa de lo que lo gano. Aunque mis dientes diesen con una ficha azul, desaparecería durante la noche para que pudiera comprar algo caro e inútil, como una linterna recargable de doce millones de velas de potencia. Con garantía vitalicia.

—Son las mejores —dijo el doctor Drat—. Esas que ha comentado, las linternas recargables.

—La única razón por la que he acudido a usted —dijo Cadbury— es porque me ha obligado mi mujer. Consigue que haga todo lo que quiere. Si me pidiera que nadara hasta el centro de la barranca y me ahogara, ¿sabe lo que haría?

—Se rebelaría —dijo el doctor Drat con tono amable y las patitas traseras apoyadas sobre su lisa mesa de nogal.

—Le patearía esa maldita cara —dijo Cadbury—. La roería hasta hacerla trizas; la partiría por la mitad, justo por la mitad. Usted tiene razón, maldita sea. Quiero decir que no bromeo. Es un hecho. La odio.

—¿Hasta qué punto —preguntó el doctor Drat— se parece su mujer a su madre?

—Nunca tuve madre —gruñó Cadbury, una actitud que adoptaba de vez en cuando, casi característica de él, tal como había señalado Hilda—. Me encontraron flotando en la ciénaga de Napa dentro de una caja de zapatos con una nota escrita que decía: «Para quien se lo encuentre».

—¿Cuál ha sido su último sueño? —inquirió el doctor Drat.

—Mi último sueño —dijo Cadbury— es… fue el mismo que todos los demás. Siempre sueño que compro un caramelo de menta de dos centavos en la botica, uno de esos recubiertos de chocolate y enrollados en papel verde, y cuando le quito el envoltorio no es de menta. ¿Sabe de qué es?

—Suponga que me lo dice usted —dijo el doctor Drat, con una voz que sugería que en realidad lo sabía, pero que nadie le pagaba para decirlo.

—Es una ficha azul —dijo Cadbury con brusquedad—. O, más bien, se parece a una. Es azul, plana, redonda y del mismo tamaño. Pero en el sueño siempre digo: «A lo mejor es un caramelo de menta azul». Digo yo que habrá caramelos de menta azules. La escondo en mi escondite de fichas secreto, un hueco bajo una piedra de apariencia normal, y, cuando voy a recuperar mi ficha azul, o, más bien, presunta ficha azul, tras un día caluroso, ya ve, me la encuentro derretida porque en realidad era un caramelo de menta, y no una ficha. ¿A quién voy a demandar? ¿Al fabricante? Dios, nunca dijo que fuera una ficha azul. Lo ponía claramente en el envoltorio verde…

—Creo —lo interrumpió amablemente el doctor Drat— que el tiempo de la sesión se ha acabado por hoy. Tendremos que explorar este aspecto de su psique la semana que viene, porque parece que nos lleva a alguna parte.

Cadbury se puso de pie y dijo:

—¿Qué me está pasando, doctor Drat? Quiero una respuesta, sea sincero… Puedo asumirlo. ¿Soy un psicótico?

—Bueno, tiene alucinaciones —dijo el doctor Drat, tras una pausa para meditar—. No, no es usted psicótico. No oye la voz de Dios ni nada parecido, ordenándole que salga a violar gente. No, son alucinaciones, sobre sí mismo, sobre su trabajo, sobre su esposa… Puede que haya más. Adiós.

Se levantó él también, brincó hasta la puerta de su despacho y la abrió educada, aunque firmemente, indicando cuál era la salida.

Por alguna razón, Cadbury se sentía estafado. Tenía la sensación de que apenas si había empezado a hablar cuando había llegado el momento de marcharse.

—Apuesto —dijo— a que vosotros, los loqueros, hacéis un montón de fichas azules. Tenía que haber ido a la universidad y haberme convertido en psiquiatra. Ahora no tendría problemas. Aparte de Hilda. Supongo que a ella la seguiría teniendo.

Dado que el doctor Drat no tenía ningún comentario que hacer al respecto, Cadbury se contentó con recorrer malhumoradamente los nueve kilómetros en dirección norte, hasta la zona de trabajo que tenía asignada en aquel momento, un amplio campo de álamos en el extremo de Papermill Creek, donde hundió furiosamente los dientes en la base de un álamo, imaginando que se trataba del doctor Drat y de su mujer a la vez.

Casi en ese preciso instante, una presumida ave llegó planeando por encima de una cercana arboleda de cipreses y aterrizó sobre una rama del álamo que era objeto de las iras de Cadbury.

—Su correo del día —le informó el ave, y soltó una carta que fue planeando hasta aterrizar junto a los cuartos traseros de Cadbury.

—Correo aéreo, además. Parece interesante. Lo he mirado a contraluz y está manuscrita, nada de máquina. Parece la letra de una mujer.

Cadbury abrió el sobre con sus dientes de roer. El pájaro cartero tenía razón. Se trataba de una carta manuscrita surgida de la desconocida mente de alguna mujer. La escueta carta rezaba:

Estimado señor Cadbury:

Le quiero.

Un saludo cordial, y quedo a la espera de su respuesta,

JANE FECKLESS FOUNDFULLY

Cadbury no había oído hablar de esa persona en toda su vida. Miró el reverso de la carta. No había más palabras. La olisqueó y detectó (o imaginó que detectaba) un leve, sutil y vaporoso perfume. No obstante, en el reverso del sobre halló más palabras escritas por la mano de Jane Feckless Foundfully (¿era señora o señorita? ): la dirección de la remitente.

Esto excitó sus sentidos hasta límites insospechados.

—¿Tenía yo razón? —preguntó el pájaro cartero desde la rama.

—No, es una factura —mintió Cadbury—. La han escrito para que parezca una carta personal.

Entonces fingió que volvía a su trabajo y, tras una pausa, el pájaro cartero, engañado, emprendió el vuelo y desapareció.

Cadbury dejó de roer de inmediato. Se sentó sobre una elevación de hierba, sacó su petaca de cascarón de tortuga y tomó un largo trago de su licor favorito, el 3 y 4 de la señora Siddon, mientras meditaba profunda y concentradamente si (a) debía responder a Jane Feckless Foundfully u olvidarse de que había recibido su carta, o (b) debía responderla, y (b) hacerlo (b sub uno) con burla o (b sub dos) con un revelador poema de su antología de Poesía del mundo de Undermeyer, además de diversas anotaciones de naturaleza sensible de su propia factura; incluso (b sub tres) llegar a decir algo así como:

Estimada señora (¿señorita?) Foundfully:

En respuesta a su misiva, el hecho es que también la quiero, y soy infeliz en la relación matrimonial que mantengo con una mujer que no amo y a la que, en realidad, nunca amé. Asimismo, me siento algo deprimido, pesimista e insatisfecho con mi trabajo, y estoy asistiendo a la consulta del doctor Drat, quien, con toda honestidad, no parece que vaya a ser capaz de ayudarme, aunque, con toda probabilidad, no por culpa suya, sino más bien por la gravedad de mi trastorno emocional. Quizá podríamos reunirnos en un futuro próximo y hablar de nuestras situaciones, así como hacer algún progreso.

Cordialmente,

BOB CADBURY (llámeme Bob, ¿vale?

Y yo la llamaré Jane, si está de acuerdo)

Sin embargo, el problema, tal como se dio cuenta, consistía en el obvio hecho de que Hilda se enteraría de esto y haría algo terrible (no sabía el qué, pero sí tenía la melancólica certeza de que sería importante, y, además de aquello, si bien en segundo lugar, ¿cómo podía saber si le gustaría la señora o señorita Foundfully o, siquiera, si se enamoraría de ella?). Era evidente que ella lo conocía, ya fuese directamente, de alguna manera que no era capaz de vislumbrar, o a través de alguna amistad mutua. En todo caso, parecía segura de sus emociones e intenciones hacia él y eso era lo que importaba.

La situación lo deprimía. ¿Cómo sabría si aquello lo sacaría de su miserable situación o, por el contrario, le haría ahondar en ella en algún otro sentido?

Aún sentado y tomando sorbo tras sorbo de su licor favorito sopesó muchas alternativas, incluida la de acabar con su propia vida, con que parecía comulgar con la dramática naturaleza de la carta de la señora Foundfully.

Aquella noche, tras llegar agotado y descorazonado del trabajo, cenar y retirarse a su estudio, lejos de Hilda, donde probablemente ella no sabría qué se traía entre manos, sacó su máquina de escribir portátil Hermes, introdujo una hoja en blanco, reflexionó largo y tendido, y escribió una respuesta para la señora Foundfully.

Mientras permanecía sumido en la tarea, su mujer, Hilda, irrumpió en su estudio. Los trozos de la cerradura, la puerta y los goznes, así como algunos tornillos, volaron en todas direcciones.

—¿Qué estás haciendo? —exigió saber Hilda—. Ahí, encorvado sobre tu Hermes, como si fuese algún tipo de bicho. Te pareces a una de esas asquerosas arañas disecadas, como siempre a estas horas de la noche.

—Estoy escribiendo a la sede central de la biblioteca —dijo Cadbury con un tono de glacial dignidad— acerca de un libro que he devuelto y que no les consta.

—Mentiroso —dijo su mujer, sumida en el frenesí de la ira, tras mirar por encima del hombro y ver el principio de la carta—. ¿Quién es esa señora Foundfully? ¿Por qué le escribes?

—La señora Foundfully —dijo Cadbury astutamente— es la bibliotecaria asignada a mi caso.

—Bueno, pues resulta que sé que estás mintiendo —dijo su mujer—, porque yo fui quien escribió esa falsa carta perfumada para ponerte a prueba. Y tenía razón. Le estás contestando. Lo supe desde el momento que te escuché aporrear esta maquinucha de escribir barata a la que tanto aprecio le tienes. —Acto seguido, cogió la máquina de escribir, con carta y todo, y la arrojó por la ventana del estudio de Cadbury, hacia la oscuridad de la noche.

—Entonces —logró decir Cadbury al cabo de un instante—, la idea es que, después de todo, no hay ninguna señora Foundfully, por lo que no hace falta que vaya a buscar la linterna para encontrar la Hermes, si es que aún existe, para terminar la carta. ¿Me equivoco?

Con expresión enloquecida, pero sin rebajarse hasta el punto de responder, su mujer salió como una exhalación del estudio, dejándolo solo con sus suposiciones y su lata de Boswell’s Best, un mejunje demasiado suave para una ocasión como aquélla.

«Bueno —se dijo Cadbury—, supongo que nunca conseguiré escapar de las zarpas de Hilda. —Y siguió pensando—: Me pregunto cómo habría sido la señora Foundfully de haber existido. —Y luego se le ocurrió—: Quizá, aunque haya sido invención de mi mujer, haya en el mundo una personal real como yo me imagino a la señora Foundfully, o, más bien, como la imaginaba antes de descubrir el asunto. No sé si me siguen. Quiero decir que mi mujer no puede resumir a todas las señoras Foundfully del mundo.»

Al día siguiente en el trabajo, a solas con un álamo a medio roer, sacó un pequeño bloc de notas, un lapicero, un sobre y un sello que había logrado extraer de la casa sin que Hilda se diese cuenta. Sentado sobre una leve elevación del terreno, inhalando meditabundamente pequeñas pizcas de Bezoar Fine Grind, escribió una nota corta con letra de fácil lectura.

¡A QUIENQUIERA QUE LEA ESTO!

Mi nombre es Bob Cadbury y soy un joven y razonablemente sano castor, con un amplio bagaje de conocimientos en ciencias políticas y teología (si bien con una amplia base autodidacta), al que le gustaría hablar contigo acerca de Dios y el Propósito de la Existencia, además de otros asuntos similares. También podríamos jugar al ajedrez.

Saludos cordiales,

Y entonces rubricó su firma. Meditó durante un momento, inhaló una gran bocanada de Beozar Fine Grind y añadió:

P.D.: ¿Eres una chica? Si lo eres, apuesto a que eres muy guapa.

Dobló la nota y la introdujo en una lata de tabaco vacía que había cerca, la cerró cuidadosamente y la dejó flotar por el riachuelo, en lo que identificó a grandes rasgos como dirección noroeste.

Pasaron varios días hasta que vio, con emoción y regocijo, otra lata de tabaco (no la que él había soltado) que flotaba lentamente riachuelo arriba en una dirección que identificó como sureste.

Estimado Sr. Cadbury (comenzaba diciendo la doblada misiva que contenía la lata):

Mi hermana y mi hermano son los únicos amigos que no me inspiran miedo e incertidumbre, que es lo que me ha inspirado todo el mundo desde que volví de Madrid. Si usted no es así, estaría encantada de conocerlo.

Había una posdata.

PD.: Parece usted muy inteligente y pulcro, y seguro que sabe un montón sobre budismo zen.

La firma de la carta era difícil de leer, pero al fin pudo descifrar el nombre de «Carol Stickyfoot».

Envió inmediatamente una nota de respuesta:

Estimada señorita (¿señora?) Stickyfoot:

¿Es usted real o alguien creada por mi mujer? Es esencial que lo sepa de inmediato, pues en el pasado fui engañado y ahora he de estar siempre alerta.

Y así partió la nota, flotando dentro de la lata en dirección noroeste. Al día siguiente llegó la respuesta, flotando en dirección sureste dentro de una lata de Cameleopard N.° 5. Decía brevemente:

Sr. Cadbury:

Si cree que soy un fragmento de la mente retorcida de su mujer, se va a perder la oportunidad de su vida.

Muy atentamente,

Carol

«Bien, sin duda es un consejo acertado —se dijo Cadbury mientras leía y releía la carta—. Por otra parte —siguió diciéndose—, esto es precisamente lo que esperaría que hiciese un fragmento de la mente retorcida de mi mujer Hilda. ¿Qué demuestra pues?» Respondió:

Estimada señorita Stickyfoot:

La quiero y le creo. Pero, sólo para estar seguro (desde mi punto de vista, claro), ¿podría enviar aparte (contra reembolso, si lo prefiere) algún objeto o artefacto que probara, más allá de toda duda razonable, su identidad, si no es mucho pedir? Trate de hacerse cargo de mi situación. No me atrevo a cometer el mismo error por segunda vez, como ocurrió con el desastre Foundfully. Esta vez seguro que iría de cabeza por la ventana, detrás de la Hermes.

Con cariño, etc.

Mandó la nota flotando hacia el noroeste, y se quedó esperando una respuesta. Mientras, no obstante, tuvo que seguir con las visitas al doctor Drat. Hilda insistía en ello.

—¿Y cómo han ido las cosas por el riachuelo? —dijo el doctor Drat con tono jovial y las grandes patas peludas sobre el escritorio.

La decisión de ser franco y honesto con el psiquiatra se adueñó de Cadbury. No le haría ningún daño contarle nada. Para eso le pagaba: para escuchar la verdad con todos sus detalles, tanto los más horribles como los más sublimes.

—Me he enamorado de Carol Stickyfoot —comenzó—. Pero, al mismo tiempo, si bien mi amor es absoluto y eterno, no me libro de esta molesta y angustiosa idea de que es en realidad un fragmento de la mente desquiciada de mi mujer, urdido como lo fue la señorita Foundfully para que delate mi verdadero yo ante Hilda, el cual debo mantener oculto a toda costa. Porque si mi verdadero yo saliera a la luz, le daría una soberana patada en el trasero y dejaría el piso.

—Hmm —dijo el doctor Drat.

—Usted también se llevaría lo suyo —dijo Cadbury, decidido a echar todas sus hostilidades al mismo saco.

—¿Entonces no confía en nadie? —dijo el doctor Drat—. ¿Está alienado de todo ser humano? ¿Ha seguido un patrón vital que lo ha arrastrado insidiosamente hasta un completo aislamiento? Piense antes de responder, porque la respuesta podría ser afirmativa y tendría problemas para afrontar eso.

—No me siento aislado de Carol Stickyfoot —dijo Cadbury acaloradamente—. De hecho, ahí está el quid de la cuestión. Estoy tratando de poner fin a mi aislamiento. Cuando me preocupaba por las fichas azules era cuando de verdad estaba aislado. El conocer a la señorita Stickyfoot y la posibilidad de encontrarme con ella podría significar el fin de todo lo que ha estado mal en mi vida y si de verdad usted supiese ver lo que pasa en mi interior, se alegraría un montón de haberse decidido aquel día por lanzar aquella lata de tabaco. Se alegraría un montón, sí señor. —Lanzó una mirada encolerizada al interesado doctor.

—Es de mi interés que sepa —dijo el doctor Drat— que la señorita Stickyfoot fue paciente mía. Tuvo una crisis en Madrid y tuvieron que repatriarla en una maleta. Admito que es bastante atractiva, pero está colmada de problemas emocionales. Y su pecho izquierdo es más grande que el derecho.

—¡Pero admite entonces que es real! —exclamó Cadbury ante el emocionante descubrimiento.

—Oh, y tanto que es real, se lo aseguro. Pero puede que sea demasiado para usted. Al cabo de un tiempo quizá desee volver con Hilda. Sólo Dios sabe adonde puede llevarles a ambos Carol Stickyfoot. Dudo que la propia Carol lo sepa.

Eso le sonó estupendo a Cadbury, y regresó con ánimos redoblados a su ya casi roído álamo, en la orilla del riachuelo. Según su Rolex sumergible, no eran más que las diez y media, así que podía contar más o menos con el resto del día para planificar su siguiente movimiento, ahora que sabía que Carol Stickyfoot existía de verdad y no era una de las ilusiones creadas por su mujer.

Numerosas regiones del riachuelo estaban sin cartografiar y, dada la naturaleza de su trabajo, conocía íntimamente aquellas regiones. Aún quedaban unas seis o siete horas antes de regresar a casa para hacer acto de presencia ante Hilda. ¿Por qué no abandonar temporalmente el proyecto del álamo y construir con rapidez un pequeño, adecuado y escondido refugio para Carol y él, donde pudiera escapar de la capacidad de todo el mundo para identificarlo, localizarlo o reconocerlo? Había llegado la hora de pasar a la acción. El tiempo de pensar había quedado atrás.

En la segunda mitad de la jornada, cuando estaba sumido en la tarea de erigir el pequeño, adecuado y escondido refugio, llegó flotando una lata de Dean’s Own desde el sureste. Chapoteando en el agua, nadó a toda prisa para hacerse con la lata antes de que se le escapara.

Cuando retiró la cinta adhesiva y la abrió, se encontró con un pequeño paquete envuelto en papel vegetal, junto con una nota burlona.

Aquí está su prueba (decía la nota).

El paquete contenía tres fichas azules.

Durante más de una hora, Cadbury apenas si pudo confiar en que sus dientes royeran adecuadamente, tan honda era su emoción por la muestra de autenticidad de Carol, su compromiso hacia él y todo lo que representaba. Presa de la emoción, royó rama tras rama de un viejo nogal, esparciendo ramitas por doquier. Un extraño frenesí se había apoderado de él. Había logrado encontrar a alguien; había conseguido escapar de Hilda. El camino se extendía ante él y sólo tenía que andarlo… O, más bien, nadarlo.

Hilando varias latas vacías a modo de trenza, partió por el riachuelo. Las latas flotaban más o menos hacia el noroeste y Cadbury nadaba tras ellas, respirando pesadamente ante lo que lo esperaba. Mientras nadaba, manteniendo las latas siempre a la vista, compuso una cuarteta para el momento en que conociera a Carol en persona.

Pocos dicen te quiero.

Pero esto lo juro de verdad:

Esta empresa que emprendo con esmero

Es segura, cuerda y plena de sobriedad.

No estaba del todo seguro de lo que significaba «sobriedad», pero, ¿cuántas palabras riman con «verdad»?

Mientras, las latas enlazadas lo acercaban más y más (o al menos eso deseaba y creía) a la señorita Carol Stickyfoot. Era la felicidad. Pero entonces, sin dejar de nadar, le dio por recordar las constataciones cuidadosamente casuales del doctor Drat, las semillas de la incertidumbre plantadas al modo profesional de aquel conejo. ¿Tendría el coraje (se refería a él mismo, no a Drat), la fuerza, la integridad, la fuerza de propósito necesarios para lidiar con Carol si le sobrevenían, como había declarado Drat, serios problemas emocionales? ¿Y si Drat tenía razón? ¿Y si Carol resultaba más complicada y destructiva que Hilda, que había arrojado su máquina de escribir Hermes a través de la ventana, entre otras manifestaciones de ira psicopática?

Tan sumido estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que varias de las latas entrelazadas habían atracado silenciosamente en la orilla. Meditabundo, nadó en pos de ellas y salió a tierra firme.

Al frente, había un modesto apartamento con las contraventanas pintadas a mano y un móvil colgando perezosamente sobre la entrada. Y allí, en el porche, estaba Carol Stickyfoot, secándose el pelo con una grande y mullida toalla blanca.

—Te quiero —dijo Cadbury. Se sacudió el agua del riachuelo del pelaje y se movió nerviosamente en un titubeo de supuesto afecto.

Carol Stickyfoot levantó la mirada y lo evaluó. Tenía unos ojos negros maravillosos y un largo pelo que brillaba bajo el sol en retirada.

—Espero que traigas las tres fichas azules contigo —le dijo—. Porque, ves, las he tomado prestadas del sitio donde trabajo y tengo que devolverlas —añadió—. Fue un gesto, porque parecías necesitar algo que te diese seguridad. Los inspiradores de miedos e incertidumbres te han estado acosando, como ese loquero de Drat. Él es de los peores. ¿Te apetece una taza de café instantáneo Yuban?

Mientras la seguía hacia su modesto apartamento, Cadbury dijo:

—Supongo que te habrás percatado de mi comentario inicial. Nunca he hablado más en serio en toda mi vida. De verdad que te quiero, y del modo más serio. No busco nada trivial, causal o temporal. Busco la relación más duradera y seria que sea posible. Espero, por Dios, que no estés jugando conmigo, porque nunca me he sentido más serio ni tenso acerca de nada en toda mi vida, incluidas las fichas azules. Si esto no es más que una forma de entretenerte, o algo parecido, sería de agradecer por tu parte que lo dejaras ahora mismo y hablases claro. Porque la tortura de dejar a mi mujer y empezar una nueva vida para descubrir…

—¿El Doctor Malasombra te dijo que pinto? —preguntó Carol Stickyfoot mientras ponía un cazo de agua al fogón de su modesta cocina y lo encendía con una típica cerilla.

—Sólo me dijo que perdiste los papeles en Madrid —dijo Cadbury. Se sentó a una mesa de madera de pino sin pintar que había frente a la cocina y contempló lleno de amor cómo la señorita Stickyfoot vertía cucharadas de café instantáneo en dos tazas de cerámica con espirales patafísicas grabadas.

—¿Sabes algo del zen? —preguntó la señorita Stickyfoot.

—Sólo que plantea koans, que son como acertijos —repuso—. Y que da algún tipo de respuesta sin sentido, porque la pregunta ya era estúpida, algo así como: «¿Por qué estás aquí en la Tierra?», etc. —Esperaba haber acertado y que ella pensara que de verdad sabía algo acerca del zen, como había comentado en su carta. Y entonces se le ocurrió una excelente respuesta zen a su pregunta. —El zen —dijo— es un completo sistema filosófico que contiene preguntas para cada respuesta que existe en el universo. Por ejemplo, si tenemos la respuesta «Sí», entonces el zen es capaz de producir la pregunta exacta a ella ligada, como: «¿Debemos morir para satisfacer al Creador, que gusta de que su creación perezca?». No obstante, ahora que pienso más profundamente en ello, la pregunta que, según el zen, iría ligada a esa respuesta sería: «¿Nos encontramos en esta cocina a punto de beber café Yuban?». ¿No estás de acuerdo?

Como ella no respondiera inmediatamente, Cadbury se apresuró a añadir:

—De hecho, el zen diría que la respuesta «Sí» es la respuesta de la pregunta «¿No estás de acuerdo?». Ahí radica uno de los grandes valores del zen: puede proponer una variedad de preguntas exactas para casi cualquier respuesta.

—Estás lleno de mierda —dijo desdeñosamente la señorita Stickyfoot.

—Eso demuestra que conozco el zen —dijo Cadbury—. ¿Lo ves? O puede que sea que en realidad tú no lo comprendes. —Se sintió un poco ofendido.

—Puede que tengas razón —dijo la señorita Stickyfoot—. Me refiero a que yo no comprendo el zen. De hecho no tengo la menor idea de lo que es.

—Eso es muy zen —señaló Cadbury—. Yo también. Lo cual es muy zen también, ¿ves?

—Aquí tienes tu café —dijo la señorita Stickyfoot, mientras colocaba las dos tazas humeantes y llenas sobre la mesa y se sentaba frente a él. Entonces sonrió. A él le pareció una sonrisa agradable, llena de luz y de dulzura, una graciosa y arrugada sonrisita acompañada de un aire de asombro y preocupación en los ojos. Sus ojos amplios y negros eran realmente bonitos, puede que los más bonitos que hubiera visto en su vida. Estaba sinceramente enamorado de ella, más allá de las palabras que lo declaraban.

—Ya sabes que estoy casado —dijo, mientras tomaba un sorbo de café—. Pero me he separado. He construido un chamizo en una parte del riachuelo a la que no va nadie. He dicho «chamizo» para no darte una falsa impresión de que pueda ser una mansión o algo así, aunque está muy bien. No trato de impresionarte, lo juro por Dios. Sé que puedo encargarme de los dos. O podemos vivir aquí. —Recorrió con la mirada el modesto apartamento de la señorita Stickyfoot. Qué bien compaginaba lo ascético con el buen gusto. Le gustaba. Se sentía en paz, evadido de sus tensiones por primera vez en años.

—Tienes un aura extraña —dijo la señorita Stickyfoot—. Es lanuda, suave y púrpura. Le doy mi aprobación. Pero nunca había visto ninguna igual antes. ¿Construyes maquetas de trenes? La verdad es que tienes el aspecto de alguien que construye maquetas de trenes.

—Puedo construir casi cualquier cosa —dijo Cadbury—. Con mis dientes, mis manos y mis palabras. Escucha, esto es para ti. —Entonces recitó su poema de cuatro líneas. La señorita Stickyfoot lo escuchó atentamente.

—Ese poema —decidió ella cuando hubo acabado— tiene wu. Wu es un término japonés, o puede que sea chino. Significa lo que ya sabes. —Hizo un gesto de irritación—. Simplicidad. Como algunos de los dibujos de Paul Klee —y añadió—. Aun así, no es muy bueno. No es lo que me esperaba.

—Lo he compuesto —repuso él malhumoradamente— mientras nadaba riachuelo abajo tras mis latas entrelazadas. Ha sido la pura inspiración del momento. Puedo hacerlo mejor estando aislado y encerrado en mi estudio con mi Hermes, si Hilda no aporrea la puerta. Te puedes imaginar por qué la odio. Por culpa de sus sádicas intrusiones, el único momento que tengo para las tareas creativas es mientras nado o durante el almuerzo. Ese aspecto de mi vida conyugal explica por sí solo por qué he tenido que huir de ella para ir en tu busca. En una relación con una persona como tú podría crear desde un nivel completamente nuevo. Las fichas azules me saldrían de las orejas. Además, no tendría que dejarme los cuartos viendo al doctor Drat, al que tú misma te refieres como el número uno de los malasombra.

—«Fichas azules» —repitió la señorita Stickyfoot, mientras se frotaba la cara a disgusto—. ¿Ese es el nuevo nivel al que te refieres? Me da la impresión de que tienes las aspiraciones de un vendedor de frutos secos al por mayor. Olvídate de las fichas azules; no dejes a tu mujer por eso. No haces más que llevar contigo tu viejo sistema de valores. Has interiorizado lo que te ha enseñado, sólo que lo has llevado un paso más allá. Cambia de rumbo por completo y todo te irá bien.

—¿Como el zen? —preguntó él.

—Sólo juegas con el zen. Si lo comprendieras, nunca habrías respondido a mi nota viniendo aquí. No hay ninguna persona perfecta en el mundo, ni para ti, ni para nadie. No puedo hacerte sentir mejor de lo que tú le haces sentir a tu mujer; llevas tus problemas dentro, contigo.

—Estoy de acuerdo con eso hasta cierto punto —convino Cadbury—. Pero mi mujer agrava esos problemas. Puede que contigo no se desvanecieran del todo, pero no me pesarían tanto. Nada puede ser peor que ahora. Al menos no arrojarías mi máquina de escribir Hermes por la ventana siempre que te enfadaras conmigo. Y, además, quizá no te enfadarías conmigo cada maldito minuto del día y de la noche, como hace ella. ¿Has pensado en eso? Pon eso en tu pipa y ñámatelo, como dice la expresión.

Su razonamiento no pareció dejar indiferente a la señorita Stickyfoot. Asintió en lo que al menos semejaba un entendimiento parcial.

—Está bien —dijo tras una pausa, y sus grandes ojos negros resplandecieron con una repentina luz—. Hagamos un esfuerzo. Si puedes abandonar tu cháchara obsesiva durante un momento, puede que por primera vez en tu vida, haré contigo y por ti lo que nunca habrías podido hacer solo, lo que hay que hacer. ¿De acuerdo? ¿Puedo confiar en ti para eso?

—Empiezas a hablar raro —dijo Cadbury, con una mezcla de alarma y sorpresa, así como un creciente temor. Ante sus ojos, la señorita Stickyfoot había empezado a cambiar palpablemente. Lo que, hasta el momento, se le había aparecido como la belleza definitiva, empezó a evolucionar mientras la miraba fijamente. La belleza, tal como la había conocido, anticipado e imaginado, se disolvió, arrastrada hasta los ríos del olvido, del pasado, de las limitaciones de su propia mente. Al instante se vio reemplazada por algo más, algo que la rebasaba, que jamás habría podido ser conjurado por su imaginación, tanto que la excedía.

La señorita Stickyfoot se convirtió en varias personas, cada una de ellas ligada a la naturaleza de la realidad, bella, pero no engañosa, atractiva dentro de los confines de la realidad. Y Cadbury vio que esa gente significaba mucho más, era mucho más, porque no eran manifestaciones creadas para satisfacer sus deseos, productos de su propia mente. Una, una muchacha medio oriental de pelo negro, largo y brillante, lo miraba con unos ojos que despedían destellos de impasible inteligencia, revestidos de una sosegada alerta. La percepción de él en ellos era lúcida y correcta, libre de la adulteración del sentimiento e incluso la amabilidad, la misericordia o la compasión, si bien albergaban una suerte de amor. Era justicia sin aversión o repudio hacia él, por muy consciente que fuese ella de sus imperfecciones. Era un amor nacido de la camaradería, una evaluación analítica y cerebral de ambos, compartida, y la entrelazada unión de ambos a través de sus mutuos fracasos.

La siguiente chica, que sonreía con perdón y tolerancia, ajena a sus incapacidades (nada de lo que él fuera o dejara de ser, ni de lo que pudiera o no hacer, la decepcionaría ni mermaría la estima que sentía por él) resplandecía y ardía desde la oscuridad, con una especie de calor, triste y a la vez eternamente alegre y feliz: ella, su madre, su eterna madre, que nunca desaparecía, nunca se iba, se marchaba o se olvidaba, incapaz nunca de retirarle su protección, la capa protectora que lo ocultaba, lo abrigaba, le infundía esperanza y destellos de nueva vida cuando el dolor, la derrota y la soledad le inyectaban escalofríos hasta casi convertirlo en cenizas… La primera chica, su igual; su hermana, quizá; esa chica, su dulce y fuerte madre que, a un tiempo, era frágil y temerosa, pero que no mostraba ninguna de las dos debilidades.

Y, con ellas, una muchacha terca, llorona e irritable, inmadura, con una belleza deteriorada, con manchas en la piel, vestida con una blusa con exceso de volantes y de satén, una falda demasiado corta y con piernas demasiado finas, si bien atractiva desde un punto de vista primitivo. Lo miraba con decepción, como si él la hubiera fallado, como si siempre la hubiera fallado. Aun así, había exigencia en su mirada, como si quisiera más, como si exigiera de él todo lo que había necesitado y anhelado; todo el mundo, el cielo, todo, pero despreciándolo porque no era capaz de dárselo. Supo que ésa era su futura hija, la que finalmente le daría la espalda al contrario que las otras dos; la que lo abandonaría con resentida decepción en busca de la realización con otro hombre más joven. Sólo podría tenerla por un breve espacio de tiempo. Y jamás llegaría a satisfacerla del todo.

Pero las tres lo querían, y las tres eran sus chicas, sus mujeres, sus tristes, esperanzadas, melancólicas, asustadas, confiadas, sufrientes, carcajeantes, sensuales, protectoras cálidas y exigentes realidades femeninas, una trinidad objetiva en oposición a él y, al mismo tiempo, en combinación con él; añadiéndole lo que no era y no sería jamás, lo que atesoraba y valoraba, lo que respetaba, y amaba y necesitaba más que cualquier otra cosa en la existencia. La señorita Stickyfoot, como tal, se había ido. Esas tres chicas eran lo que había en su lugar. Y no se comunicaban con él remotamente, salvando una distancia, enviando mensajes flotantes por el Papermill Creek en latas vacías. Ellas hablaban directamente, con intensas miradas, sin espacio para el titubeo, siempre conscientes de su presencia.

—Viviré contigo —dijo la chica de mirada tranquila y aspecto asiático—. Como compañera neutral, día y noche, mientras los dos sigamos vivos, que podría no ser eternamente. La vida es transitoria y a menudo no merece la pena dejarse joder por ella. A veces pienso que los muertos están mejor. Puede que me reúna con ellos hoy, o mañana. Puede que te mate y te mande con ellos, o que te lleve conmigo. ¿Quién sabe lo que pasará? Puedes pagar los gastos del viaje, al menos si quieres que te acompañe. De lo contrario, iré por mi cuenta y viajaré gratis en un transporte militar 707. El gobierno me hace una rebaja regular de por vida, y el dinero que ahorro lo meto en una cuenta para inversiones más o menos legales en asuntos clasificados que obedecen a razones que más te vale no conocer nunca si sabes lo que te conviene. —Hizo una pausa, sin dejar de lanzarle una mirada impasible—. ¿Y bien?

—¿Cuál era la pregunta? —dijo Cadbury, perdido.

—He dicho —dijo ella con ferocidad y un impaciente desprecio por su estupidez— que viviré contigo durante un periodo indefinido de tiempo, con un desenlace incierto, si pagas lo suficiente y, sobre todo (y esto no admite peros), si mantienes el funcionamiento eficiente de la casa, es decir, pagar las facturas, limpiar, hacer la compra, hacer la comida, etc., de tal manera que no me importune y así pueda yo hacer mis cosas, que son las que importan.

—Vale —dijo él con afán.

—Yo nunca viviré contigo —dijo la chica de mirada triste y pelo cálido y grisáceo, regordeta y blanda en su opulenta chaqueta de cuero, con sus borlas y sus cordones sueltos y botas marrones, y su bolso de piel de conejo—. Pero de vez en cuando te abordaré de camino al trabajo todas las mañanas a ver si tienes un canuto, y si no es así, y estás mal, te pondré las pilas… Aunque ahora mismo no, ¿vale? —Sonrió con más intensidad si cabe, con los adorables ojos llenos de sabiduría muda respecto a ella misma y a su amor.

—Claro —dijo él. Deseaba más, pero sabía que aquello sería todo; ella no le pertenecía, no estaba en el mundo para él; era ella misma, producto y pieza del mundo.

—Violador —dijo la tercera, con los labios pasados de rojo y exuberancia retorcidos en una mueca de malicia y diversión—. Nunca te abandonaré, so viejo verde, porque si lo hago, ¿cómo demonios encontrarás a alguien dispuesto a vivir con un pervertidor de menores que se va a morir de una embolia coronaria o un infarto masivo en cualquier momento? Si me marcho, todo se habrá acabado para ti, so viejo verde. —De repente, sus ojos se humedecieron fugazmente de pena y compasión, pero fue muy efímero—. Ésa será toda la felicidad que jamás tendrás. Así que no me puedo ir. Tendré que quedarme contigo y dejar mi propia vida en un compás de espera, aunque sea para siempre.

Entonces, su animación se desvaneció. Una especie de oscuridad resignada, mecánica e inerte se adueñó de sus atractivos rasgos.

—Sin embargo, si recibo una oferta mejor —prosiguió fríamente—, la aceptaré. Tendré en cuenta las alternativas. Comprobaré cómo está el ambiente.

—¿De qué demonios estás hablando? —dijo Cadbury, ardiendo de resentimiento. Ya notaba una terrible sensación de pérdida, como si ella ya se hubiese marchado, tan pronto. Ya había ocurrido. Aquello, la peor de las posibilidades jamás imaginada en su vida.

—Bien —dijeron las tres chicas a la vez, de repente—, vamos al grano. ¿Cuántas fichas azules tienes?

—¿Q-qué? —tartamudeó Cadbury, sorprendido.

—Ése es el nombre del juego —dijeron las tres chicas al unísono, irradiando aspereza en la mirada. Sus facultades combinadas habían sido despertadas a la existencia por aquel asunto. Estaban, individual y colectivamente, alerta—. Veamos tu cartera. ¿Cuál es el balance?

—¿Cuál es tu salario bruto anual? —preguntó la chica asiática.

—Nunca te dejaría sin blanca —dijo la muchacha cálida, sentimental, paciente y de buen corazón—, pero ¿me podrías prestar dos fichas azules? Sé que las tienes a cientos, que para eso eres un castor importante y famoso.

—Coge algunas y cómprame dos cuartos de litro de batido de chocolate, un surtido de rosquillas y una Coca-Cola en el Speedy Mart —dijo la chica terca.

—¿Me prestas el Porsche si le lleno el depósito? —preguntó la chica de buen corazón.

—Pero no puedes conducir el mío —dijo la asiática—. Aumentaría el coste del seguro que paga mi madre.

—Enséñame a conducir —dijo la tercera— para que pueda llevar a uno de mis novios al cine al aire libre mañana por la noche. Sólo son dos pavos por cabeza. Ponen cinco pelis, y podemos meter a un par de tíos y a una chica en el maletero.

—Mejor será que me confíes a mí tus fichas azules —dijo la chica de buen corazón—. Estas otras te dejarán sin blanca.

—Que te jodan —dijo la tercera de repente.

—Si le haces caso o le das una sola ficha azul —dijo la asiática con dureza—, te arrancaré el corazón y me lo comeré crudo. Y esa ordinaria tiene la gonorrea; si te acuestas con ella, serás estéril el resto de tu vida.

—No tengo ninguna ficha azul —dijo Cadbury, nervioso, temiendo que, al saberlo, las tres lo dejaran—. Pero yo…

—Vende tu máquina de escribir Hermes Rocket —dijo la asiática.

—La venderé por ti… —dijo la protectora chica de buen corazón con dulce voz—. Y te daré… —y calculó con gran minuciosidad, lentamente, con esfuerzo—. Lo compartiré contigo. A partes iguales. Yo jamás te timaría. —Le dedicó una sonrisa y él supo que era sincera.

—Mi madre tiene una IBM eléctrica de oficina —dijo la tercera, con arrogancia, casi con desprecio—. Me haré con una y aprenderé mecanografía para tener un buen trabajo. Aunque gano más con la pensión del Estado…

—Más tarde, este año… —empezó a decir Cadbury desesperadamente.

—Te veremos más tarde —dijeron las tres chicas que habían sido la señorita Stickyfoot—. O nos puedes mandar las fichas azules por correo, ¿vale? —Empezaron a retroceder a la vez, titubearon y se volvieron insustanciales. O…

¿Era el propio Cadbury, el castor necesitado, quien se tornaba insustancial? De repente, tuvo la desesperada intuición de que lo que ocurría era lo segundo. Era él quien se desvanecía y ellas las que permanecían.

Y aun así, no era malo.

Podía sobrevivir a aquello. Podía sobrevivir a su propia desaparición. Pero no a la de ellas.

En el poco tiempo que las había conocido, significaban más para él que él mismo. Y eso era un alivio.

Tuviese o no fichas azules para ellas (y eso parecía lo que más les importaba), sobrevivirían. Si no podían hacerse con sus fichas azules engatusando, arrancando, tomándolas prestadas o de cualquier otra forma, se las sacarían a cualquier otro. O seguirían tan felices sin ellas. En realidad no las necesitaban. Pero, con toda franqueza, no estaban muy interesadas en la supervivencia. Querían, pretendían y sabían cómo ser auténticamente felices. No se detendrían por la mera supervivencia. Lo que querían era vivir.

—Espero volver a veros pronto —dijo Cadbury—. O, más bien, espero que volváis a verme vosotras. Vamos, que espero reaparecer, al menos brevemente, de vez en cuando, en vuestras vidas. Sólo para ver cómo os va.

—Deja de excusarte en nosotras —dijeron las tres a la vez, al tiempo que Cadbury prácticamente dejaba de existir. Ahora, lo único que quedaba de él era un leve humo gris que flotaba quejumbrosamente en el aire a medio agotar que una vez lo sustentara.

—Volverás —dijo la chica terca, regordeta, enfundada en cuero y de mirada cálida, plena de certidumbre, como si instintivamente supiese que no cabía duda alguna—. Te veremos.

—Eso espero —dijo Cadbury, pero ahora el sonido de su voz evanescente sonaba más débil, y titilaba como una señal de audio que se desvanece desde una estrella lejana que una vez, hace mucho tiempo, se hubiera reducido a cenizas, oscuridad, vacío y silencio.

—Vámonos a la playa —dijo la asiática, al tiempo que las tres emprendían la marcha, confiadas, seguras y sustanciales, vivas para llevar a cabo la actividad de la jornada. Y se marcharon.

Cadbury, o, al menos, los iones que quedaban de él a modo de estela de vapor que marcaba su paso y salida por la vida, se preguntó si en esa playa habría buenos árboles que roer. ¿Dónde estaría esa playa? ¿Sería bonita? ¿Tendría nombre?

Con una breve pausa, echando atrás la mirada, la chica regordeta de buen corazón, la compasiva embutida en cuero y suaves borlas, dijo:

—¿Quieres venirte? Podemos llevarte con nosotras un rato, puede que esta vez. Pero sólo ésta. Ya sabes cómo es.

No hubo respuesta.

—Te quiero —dijo ella suavemente para sí. Sus ojos humedecidos esbozaron una feliz, entristecida y comprensiva sonrisa llena de recuerdo.

Y siguió adelante, un poco retrasada respecto a las otras dos, demorándose levemente, como si, sin querer demostrarlo, echara la mirada hacia atrás.

NOTA:

Cadbury, el castor necesitado, escrito en diciembre de 1971 [sin publicar hasta ahora].


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