Texto aleatorio

I

La tensión flotaba sobre los tres hombres que estaban a la espera. Fumaban, paseaban de un lado a otro y lanzaban alguna que otra patada a la maleza que crecía junto al arcén. Era un mediodía caluroso y el sol caía sin compasión sobre los campos pardos, las hileras de pulcras casas de plástico y la lejana línea de las montañas, al oeste.

—Ya casi es la hora —dijo Earl Perine, frotándose las flacas manos⁠—. Varía según la carga. Medio segundo por cada medio kilo de más.

—¿Lo tienes calculado? Mira que eres raro. Vamos a fingir que simplemente llega tarde —⁠respondió Morrison con acidez.

El tercer hombre no dijo nada. O’Neill venía de otro asentamiento. No conocía a Perine y Morrison lo bastante bien para discutir con ellos. En lugar de hacerlo, se agachó y empezó a ordenar los documentos que llevaba en su sujetapapeles. Sus peludos brazos estaban bronceados y recubiertos de brillante sudor. Enjuto, de cabello cano y enmarañado, y gafas de pasta, era mayor que los otros dos. Llevaba pantalones holgados, camisa deportiva y zapatos de suela de crepé. Entre sus dedos brillaba su estilográfica, metálica y eficiente.

—¿Qué estás escribiendo? —rezongó Perine.

—El procedimiento que vamos a emplear —⁠respondió O’Neill tranquilamente⁠—. Es mejor analizarlo ahora en lugar de probar al azar. Conviene que sepamos qué cosas no funcionan en lo que intentemos. De lo contrario, caminaremos en círculos. Aquí lo que tenemos es un problema de comunicación. Así es como yo lo veo.

—Comunicación —asintió Morrison con aquella voz grave que brotaba del fondo de su pecho⁠—. Sí, no podemos ponernos en contacto con esa maldita cosa. Viene, descarga y se marcha… No hay contacto alguno.

—Es una máquina —dijo Perine con tono alterado⁠—. Está muerta… Es ciega y sorda.

—Pero está en contacto con el mundo exterior —⁠señaló O’Neill⁠—. Tiene que haber alguna forma de llegar hasta ella. Algunas señales semánticas específicas tienen sentido para ella. Lo único que tenemos que hacer es encontrarlas. O redescubrirlas, más bien. Una media docena entre mil millones de posibilidades.

Un ruido sordo interrumpió a los tres hombres. Levantaron la mirada, cautelosos y alertas. Era la hora.

—Ahí está —dijo Perine—. Vale, tío listo. A ver si consigues que haga un solo cambio en su rutina.

El enorme camión, cargado hasta los topes, avanzaba emitiendo un rugido sordo. En muchos aspectos parecía un vehículo de transporte convencional, manejado por seres humanos, salvo por un detalle: no tenía cabina para el conductor. La superficie horizontal era toda zona de carga y en la sección donde normalmente irían los faros y la rejilla del radiador había una fibrosa masa de receptores, semejante a una esponja, la limitada batería sensorial de aquella extensión móvil de la instalación.

Consciente de la presencia de los tres hombres, el camión aminoró, redujo la marcha y activó el freno. Transcurrió un instante mientras accionaba unos relés. Una parte de la sección de carga se inclinó y descargó una cascada de cajas de grueso cartón sobre la carretera. Junto con la mercancía, planeando, descendió un detallado inventario.

—Ya sabéis lo que hay que hacer —⁠dijo O’Neill⁠—. Deprisa, antes de que se marche.

Con la rapidez y taciturnidad de auténticos expertos, los hombres recogieron las cajas de cartón y les arrancaron el plástico protector. Muchos objetos salieron a la luz: un microscopio binocular, una radio portátil, varios montones de discos de plástico, equipo médico, cuchillas de afeitar, ropa, comida… La mayor parte del cargamento, como de costumbre, era comida. Sistemáticamente, los tres hombres empezaron a destrozar los objetos. En cuestión de pocos minutos no quedaba otra cosa que restos desordenados a su alrededor.

—Ya está —dijo O’Neill con voz entrecortada, mientras retrocedía un paso. Sin mirar, sacó un inventario⁠—. Ahora vamos a ver lo que hace.

El camión había emprendido ya el camino de regreso. Se detuvo bruscamente y regresó. Sus receptores habían captado el hecho de que los tres hombres acababan de destruir la carga que les había dejado. Con un chirrido de los engranajes, dio media vuelta y orientó su banco de receptores hacia ellos. Extendió una antena; había empezado a comunicarse con la fábrica. Estaba recibiendo instrucciones.

La superficie horizontal se inclinó y dejó caer un segundo cargamento, idéntico al primero.

—Hemos fracasado —gimió Perine mientras otro inventario descendía flotando sobre el nuevo cargamento⁠—. Hemos destruido todo esto para nada.

—¿Y ahora qué? —le preguntó Morrison a O’Neill⁠—. ¿Cuál es la siguiente fase del plan?

—Echadme una mano. —O’Neill recogió una de las cajas de cartón y la llevó hasta el camión. Tras depositarla sobre la plataforma, se volvió en busca de otra. Los otros dos hombres lo imitaron con lentitud. El cargamento volvió al camión. Cuando éste se disponía a emprender el camino de vuelta, los hombres ya habían devuelto la última caja.

El vehículo se detuvo. Sus receptores registraron el regreso del cargamento. De su interior surgió un zumbido sordo y sostenido.

—Esto podría volverlo loco —⁠comentó O’Neill, sudando⁠—. Ha llevado a cabo la operación sin conseguir nada.

El camión hizo ademán de marcharse, con un movimiento que quedó interrumpido casi al momento de iniciarse. Entonces, parsimoniosamente, volvió a girar y, a tal velocidad que casi no llegaron a verlo, volvió a dejar su cargamento sobre la carretera.

—¡Vamos! —gritó O’Neill. Los tres hombres recogieron las cajas y volvieron a cargarlas con rapidez febril. Pero en cuanto la superficie horizontal volvió a estar cargada, las grúas del camión las transportaron hasta las rampas del otro lado y desde allí las dejaron caer sobre la carretera.

—No sirve de nada —dijo Morrison, casi sin resuello⁠—. Es como recoger agua con un cedazo.

—Menuda mierda —asintió Perine jadeando⁠—. Como siempre. Los humanos siempre perdemos.

El camión los estudió calmadamente, con los receptores mudos e impasibles. Estaba haciendo su trabajo. La red planetaria de fábricas automatizadas estaba llevando a cabo eficientemente la tarea que se le había impuesto cinco años antes, en los primeros días del conflicto global total.

—Ya se va —señaló Morrison, consternado. El camión había bajado la antena. Metió una marcha y quitó el freno.

—Un último intento —dijo O’Neill. Cogió una de las cajas y la abrió. De su interior sacó un tanque de leche de treinta y ocho litros, al que le quitó la tapa⁠—. Por muy absurdo que os parezca.

—Es ridículo —protestó Perine. De mala gana, buscó una taza entre los restos desperdigados y la metió en la leche⁠—. ¡Una tontería infantil!

El camión se había detenido para observarlos.

—Hazlo —le ordenó O’Neill con voz tajante⁠—. Tal como lo hemos practicado, exactamente.

Los tres hombres empezaron a beber como locos del tanque de leche, dejando que el líquido corriera visiblemente por sus barbillas; querían que resultara evidente lo que estaban haciendo.

Tal como habían convenido, O’Neill fue el primero. Con el rostro retorcido por la repulsión, arrojó la taza a un lado y escupió violentamente la leche sobre la carretera.

—¡Por Dios! —dijo, medio atragantado.

Los otros dos lo imitaron; maldiciendo a voz en grito, derribaron el tanque a puntapiés antes de volverse hacia el camión con miradas acusatorias.

—¡Está agria! —rugió Morrison.

Impelido por la curiosidad, el vehículo regresó lentamente. Sus sinapsis electrónicas respondieron a la situación con chasquidos y zumbidos. Su antena se extendió como el astil de una bandera.

—Creo que lo hemos logrado —⁠dijo O’Neill, temblando. Bajo la atenta mirada del camión, tomó un segundo tanque de leche, le quitó la tapa y probó su contenido⁠—. ¡Igual! —⁠le gritó⁠—. ¡Está tan mala como la otra!

El camión escupió un cilindro metálico. El cilindro aterrizó a los pies de Morrison. Este se apresuró a recogerlo y lo abrió.

ESPECIFIQUE LA NATURALEZA DEL DEFECTO.

La hoja de instrucciones incluía varias filas de posibles defectos, cada uno de ellos con su correspondiente recuadrito. El cilindro contenía también un punzón destinado a marcar el problema concreto del producto.

—¿Cuál marco? —preguntó Morrison⁠—. ¿Contaminado? ¿Infección bacteriana? ¿Pasado? ¿Rancio? ¿Mal etiquetado? ¿Roto? ¿Aplastado? ¿Agrietado? ¿Doblado? ¿Con tierra?

O’Neill pensó rápidamente y respondió:

—No marques nada. Seguro que la fábrica está preparada para reponer la mercancía defectuosa. Realizará su propio análisis y luego nos ignorará. —⁠Entonces tuvo una inspiración que hizo que su rostro se iluminara con frenética satisfacción⁠—. Escribe ahí abajo. Hay un espacio para incluir más datos.

—¿Y qué pongo?

—Escribe: «El producto está totalmente pislado».

—¿Y eso qué es? —inquirió Perine, desconcertado.

—¡Tú ponlo! No significa nada. La fábrica no será capaz de entenderlo. Tal vez podamos sabotearla.

Con la estilográfica de O’Neill, Morrison escribió cuidadosamente que la leche estaba «pislada». Sacudiendo la cabeza, cerró el cilindro y se lo devolvió al camión. Este recogió los tanques de leche y, con un fuerte golpe, retrajo la superficie de carga. Las ruedas chirriaron sobre el asfalto y el vehículo echó a andar. La ranura expulsó un último cilindro, que rebotó sobre el suelo; luego, el camión se alejó rápidamente, dejando el cilindro sobre la tierra.

O’Neill lo abrió y les enseñó el papel a los demás.

SE LES ENVIARÁ

UN REPRESENTANTE.

PREPÁRENSE PARA SUMINISTRARLE

TODOS LOS DATOS SOBRE EL PROBLEMA.

Por un momento, los tres guardaron silencio. Entonces Perine se echó a reír quedamente.

—Lo hemos conseguido. Hemos contactado. Hemos llegado hasta ellos.

—Ya lo creo —asintió O’Neill⁠—. Esa cosa nunca había oído hablar de un producto pislado.

En la base misma de las montañas, excavado, se encontraba el vasto complejo de la fábrica de Kansas City. La superficie estaba corroída, cariada como una muela por la radiación, agrietada y cubierta por las cicatrices de los cinco años de guerra que habían transcurrido sobre ella. La mayor parte del complejo estaba en el subsuelo; sólo las entradas eran visibles. El camión era como un puntito negro que avanzaba a toda velocidad hacia la gran mole de metal negro. De repente, una abertura se formó en la superficie uniforme. El camión la atravesó y desapareció en su interior. La entrada volvió a cerrarse a cal y canto.

—Ahora queda lo más complicado —⁠dijo O’Neill⁠—. Tenemos que convencerla de que clausure las operaciones…, de que se desactive.

II

Judith O’Neill servía café a la gente que había en su salón. Su marido hablaba mientras los demás escuchaban. O’Neill era lo más parecido a una autoridad sobre las autofabs que existía.

Procedía de Chicago. Había conseguido sortear el perímetro defensivo de la fábrica y salir de allí con datos de la misma. Como es natural, la fábrica había respondido erigiendo un perímetro más sólido. Pero O’Neill había logrado demostrar que las fábricas no eran infalibles.

—El Instituto de Cibernética Aplicada —⁠les estaba explicando en aquel momento⁠— ejercía un control total sobre la red. Por culpa de la guerra, o puede que por el desmoronamiento de las líneas de comunicación, que impidió que el instituto nos transmitiera la información necesaria para hacerlo, no podemos informar a las fábricas…, informarles de que la guerra ha terminado y estamos preparados para reasumir el control de las operaciones industriales.

—Y entre tanto —añadió Morrison con amargura⁠— esa condenada red sigue expandiéndose y consumiendo cada vez más recursos.

—Me da la impresión —dijo Judith⁠— de que si doy un pisotón lo bastante fuerte, acabaré en alguno de sus túneles. A estas alturas debe de haber túneles por todas partes.

—¿No existe ningún factor que las limite? —⁠preguntó nerviosamente Perine⁠—. ¿Es que estaban programadas para seguir expandiéndose de manera indefinida?

—Cada fábrica está limitada a su propia zona de operaciones —⁠dijo O’Neill⁠—, pero la red carece de límites. Podría seguir consumiendo nuestros recursos eternamente. El instituto decidió que recibiera prioridad total. La suerte que corriera la gente como nosotros, la gente normal, era sólo una consideración secundaria.

—¿Y entonces no nos dejará nada? —⁠indagó Morrison.

—No, a menos que consigamos que detenga sus operaciones. Ya ha agotado las reservas naturales de media docena de minerales básicos. Los equipos de prospección de todas las fábricas trabajan a todas horas, buscando hasta el último resto de los materiales que pueden utilizar.

—¿Y qué pasaría si se cruzaran los túneles de dos fábricas diferentes?

O’Neill se encogió de hombros.

—En condiciones normales, eso no debería pasar. Cada fábrica tiene asignada una sección del planeta, una porción del pastel para su uso exclusivo.

—Pero podría ocurrir.

—Bueno, se nutren de las mismas materias primas, sí; mientras quede algo, intentarán conseguirlo. —⁠O’Neill barajó la idea con creciente interés⁠—. Habría que pensar en ello. Supongo que conforme vaya aumentando la escasez…

Dejó de hablar. Una figura acababa de entrar en la habitación. En silencio, los observaba a todos desde el umbral.

En la penumbra de la sala, parecía casi humana. Por un momento fugaz, O’Neill pensó que se trataba de un simple visitante. Entonces, al ver cómo se movía, comprendió que sólo era el simulacro de un humano: un chasis funcional, erguido y bípedo, con receptores de datos montados en la parte superior y manipuladores y propioceptores sobre una especie de oruga descendente terminada en unas ventosas. Su semejanza con un ser humano era un tributo a la eficiencia. No escondía ningún propósito sentimental.

Había llegado el representante de la fábrica.

Empezó sin preámbulos:

—Esta es una máquina de recogida de datos, capaz de comunicarse por medios orales. Contiene dispositivos emisores y receptores y puede integrar los elementos relevantes al objeto de su investigación.

La voz era tan agradable como plena de confianza. Evidentemente se trataba de una grabación realizada por algún ingeniero del instituto antes de la guerra. En aquella parodia de ser humano, resultaba grotesca. O’Neill podía imaginarse sin dificultad al joven muerto cuya voz brotaba ahora de la boca mecánica de aquella máquina hecha de acero y cables.

—Una pequeña advertencia —continuó la agradable voz⁠—. Considerar humano a este receptor y tratar de entablar conversación con él sobre cualquier otro motivo que no sea su misión sería una pérdida de tiempo. Aunque está programada y es perfectamente capaz de llevar a cabo su cometido, carece del don del pensamiento conceptual. Sólo puede recomponer aquellos datos de los que ya dispone.

Con un pequeño chasquido, la voz optimista cesó y se vio reemplazada por otra. Era muy similar a la primera, aunque despojada de toda entonación personal. La máquina estaba empleando el patrón fonético del muerto para entablar comunicación.

—El análisis del producto rechazado —⁠afirmó⁠— no refleja señales de elementos impropios ni deterioro perceptible alguno. El producto ha superado todas las pruebas estándar empleadas en la red.

»Por consiguiente, el rechazo se basa en elementos que exceden el alcance de las pruebas. Están empleándose estándares de los que la red no dispone.

—Así es —convino O’Neill. Sopesando las palabras con cuidado, continuó⁠—: La leche está por debajo de nuestros estándares. No queremos ni verla. La producción debe ser más cuidadosa.

Al cabo de un instante, la máquina respondió:

—La red no está familiarizada con el contenido semántico del término «pislada». No existe en el vocabulario almacenado en nuestra base de datos. ¿Pueden presentar un análisis fáctico de la leche en el que se especifiquen los elementos específicos presentes o ausentes?

—No —repuso O’Neill con cautela; el juego al que estaba jugando era enrevesado y peligroso⁠—. «Pislada» es un término genérico. No puede reducirse a una descripción de elementos químicos.

—¿Qué significa «pislada»? —⁠preguntó la máquina⁠—. ¿Puede usted definir el término empleando símbolos semánticos alternativos?

O’Neill vaciló. Su objetivo era conseguir que el representante de la fábrica se desviara de su investigación concreta para llevarlo hasta regiones más generales y, en última instancia, al problema de la clausura de la red. Si lograba abrir una grieta, iniciar una discusión en términos teóricos…

—«Pislada» —dijo— viene a expresar la condición de un producto que sigue fabricándose cuando no hay necesidad. Indica el rechazo del producto sobre la base de que ya no se lo quiere.

—Los análisis de la red —respondió el representante⁠— muestran un elevado índice de necesidad de sucedáneos de leche pasteurizada de alta calidad en la zona. No existen fuentes alternativas. La red controla todos los medios existentes de producción de sintéticos de tipo mamífero. —⁠Y añadió⁠—: Los datos inscritos originalmente en nuestros archivos describen la leche como un producto esencial para la dieta humana.

O’Neill se veía intelectualmente superado. La máquina estaba devolviendo la discusión al reino de lo concreto.

—Hemos decidido —respondió con desesperación⁠— que ya no queremos más leche. Preferimos pasar sin ella. Al menos hasta que podamos encontrar vacas.

—Eso contradice los datos de la red —⁠objetó el representante⁠—. Ya no quedan vacas. Toda la leche se produce sintéticamente.

—Entonces la produciremos sintéticamente nosotros mismos —⁠intervino Morrison con impaciencia⁠—. ¿Por qué no podemos hacernos cargo de las máquinas? ¡Por Dios, no somos niños! ¡Podemos dirigir nuestras propias vidas!

El representante de la fábrica se encaminó a la puerta.

—Hasta que su comunidad encuentre otras fuentes de suministro de leche, la red seguirá proporcionándosela. El dispositivo de análisis y evaluación seguirá activo en la zona, realizando las recogidas de muestras rutinarias.

En un intento vano, Perine gritó:

—¿Cómo quieres que encontremos otras fuentes? ¡Todo está en tus manos! ¡Lo controlas todo! —⁠Fue tras el representante, gritando⁠—: ¡Dices que no podemos dirigir las cosas! ¡Que no somos capaces! ¿Cómo lo sabes? ¡No nos das una sola oportunidad! ¡Nunca nos la darás!

O’Neill estaba petrificado. La máquina se marchaba. Su mente unidireccional había obtenido un triunfo completo.

—Escucha —dijo con voz ronca mientras se interponía en su camino⁠—. Queremos que te desactives, ¿entiendes? Queremos hacernos cargo del equipo y dirigir las cosas. La guerra ha terminado. ¡Joder, ya no te necesitamos!

El representante de la fábrica se detuvo un momento junto a la puerta.

—La entrada en ciclo inoperativo no está prevista —⁠dijo⁠— hasta que la producción de la red esté al mismo nivel que la producción exterior. Según los datos que recabamos constantemente, en este momento no existe producción exterior. Por consiguiente, la producción de la red continuará.

Sin previo aviso, Morrison levantó la tubería de acero que llevaba en la mano. El golpe recayó sobre el hombro de la máquina y atravesó la intrincada red de aparatos sensoriales que formaban su pecho. La batería de receptores quedó pulverizada; una lluvia de cristales, cables y piezas diminutas roció la sala entera.

—¡Es una paradoja! —chilló Morrison⁠—. Un juego de palabras, una broma semántica con la que están burlándose de nosotros. Los ciberneticistas lo han amañado. —⁠Levantó la tubería y volvió a descargarla salvajemente sobre la impasible máquina⁠—. Nos han atado de pies y manos. Nos han dejado en la más completa impotencia.

Se desató el caos.

—Es el único modo —dijo Perine con voz entrecortada mientras empujaba a O’Neill para abrirse paso⁠—. Tenemos que destruirlos. O acabamos con la red o ella acaba con nosotros. —⁠Agarró una lámpara y se la arrojó a la «cara» al representante de la fábrica. La lámpara y la intrincada superficie de plástico reventaron. Perine se acercó y sus manos tantearon a ciegas, tratando de asir la máquina. Todos los humanos de la habitación, embargados por una sensación de resentimiento impotente, estaban aproximándose al erguido cilindro. La máquina desapareció en el suelo, sepultada por ellos.

O’Neill se apartó, temblando. Su esposa lo sujetó por el brazo y se lo llevó a un extremo de la habitación.

—Idiotas —dijo con tono abatido⁠—. No pueden destruirla. Sólo le enseñarán a construir mejores defensas. Sólo están agravando el problema.

En ese momento irrumpió en la habitación un equipo de reparación de la red. Con la precisión de un grupo de expertos, las unidades mecánicas se desplegaron a partir de la unidad nodriza y corretearon por el suelo en dirección a la montaña de humanos. Se introdujeron rápidamente entre ellos y desaparecieron. Un momento después, la carcasa inerte del representante de la fábrica fue arrastrada hasta la cavidad de transporte de la unidad nodriza. Las unidades recogieron las piezas y los miembros arrancados y se los llevaron. Los restos plásticos fueron localizados. Hecho esto, regresaron a sus posiciones originales en la unidad nodriza y ésta se marchó.

Un segundo representante de la fábrica, réplica exacta del primero, apareció en la puerta. Y había dos más en el pasillo. Un pelotón había sido enviado al asentamiento. Como un enjambre de hormigas, las unidades de recogida de datos habían recorrido el pueblo hasta que el azar había llevado a una de ellas hasta O’Neill.

—La destrucción del equipo móvil de recogida de datos va en detrimento de los intereses humanos —⁠informó el representante de la fábrica a los humanos de la sala⁠—. La extracción de materias primas está sufriendo un peligroso descenso. Las materias primas que aún quedan deben emplearse en la fabricación de mercancías y equipos.

O’Neill y la máquina se quedaron mirando.

—¿Ah, sí? —dijo el humano en voz baja⁠—. Qué interesante. Me gustaría saber qué es lo que más falta te hace…, y hasta dónde estarías dispuesta a llegar por ellas.

El débil zumbido de los rotores sonaba sobre la cabeza de O’Neill. Sin prestarles la menor atención, se asomó por la ventanilla y contempló la región circundante.

Se veían ruinas y montañas de chatarra por todas partes. Las malas hierbas, tallos malsanos infestados de insectos, se alzaban entre ellas. Aquí y allá se veían colonias de ratas: madrigueras enmarañadas hechas de huesos y escombros. La radiación había mutado a las ratas, al igual que a la mayoría de los insectos y los animales. A poca distancia, O’Neill identificó una bandada de pájaros que perseguía a una ardilla. La ardilla se arrojó al interior de una grieta en la superficie de la chatarra, y los pájaros, frustrados, dieron media vuelta.

—¿Crees que lograremos reconstruirlo algún día? —⁠preguntó Morrison⁠—. Me pongo enfermo de sólo mirarlo.

—Con el tiempo —respondió O’Neill⁠—. Siempre, claro, que recuperemos el control de la industria. Y siempre que quede algo con lo que trabajar. En el mejor de los casos, tardaremos mucho. Habrá que ir reconquistando el territorio centímetro a centímetro a partir de los asentamientos.

A la derecha había una colonia de humanos, espantajos demacrados que malvivían en las ruinas de lo que en su día fuera un pueblo. Habían despejado algunos acres de tierra infértil; unas verduras mustias se cocían al sol entre gallinas, que correteaban de un lado a otro, y un caballo, que, devorado por las moscas, intentaba encontrar solaz a la sombra de una tosca choza.

—Moradores de las ruinas —dijo O’Neill con pesadumbre⁠—. Demasiado alejados de la red. No están en la zona de influencia de ninguna de las fábricas.

—Culpa de ellos —le retrucó Morrison⁠—. Podrían venir a uno de los asentamientos.

—Ese era su pueblo. Están intentando hacer lo mismo que nosotros: levantar las cosas por sí solos. Pero están empezando, sin herramientas ni maquinaria, con las manos desnudas, tratando de utilizar lo que ha quedado. Y no va a funcionar. Necesitamos máquinas. No podemos reparar las ruinas. Hay que reactivar la producción industrial.

Por delante de ellos se levantaba una cadena de quebradas, restos desconchados de lo que en su día fuera una cordillera. Más allá, la titánica y fea llaga del cráter dejado por la detonación de una bomba H, medio llena de agua estancada y limo, cual un emponzoñado mar insular.

Y detrás…, el centelleo de una actividad frenética.

—Ahí —dijo O’Neill con voz tensa. Descendió rápidamente⁠—. ¿Sabrías decir a qué fábrica pertenecen?

—A mí me parecen todos iguales —⁠murmuró Morrison mientras se inclinaba para ver mejor⁠—. Habrá que esperar y seguirlos cuando tengan un cargamento completo.

—Si lo consiguen —puntualizó O’Neill.

El equipo de exploración de la autofab, ignorando el helicóptero que tenía encima, se concentró en su labor. Por delante del camión principal marchaban dos tractores; avanzaron entre los montículos de escombros, con las sondas erguidas como plumas de escribano, emprendieron el descenso por la ladera más lejana y allí se hundieron en el manto de cenizas que cubría la escoria. Los dos exploradores excavaron y excavaron hasta que sólo sus antenas quedaron a la vista. Luego volvieron a salir a la superficie y, con el chirrido metálico de sus orugas, continuaron la marcha.

—¿Qué estarán buscando? —preguntó Morrison.

—Sabe Dios. —Hojeó nerviosamente los documentos que llevaba en su portapapeles⁠—. Habrá que analizar todos los envíos anteriores, para ver qué falta.

El equipo de exploración de la autofab quedó atrás y finalmente desapareció. El helicóptero pasó sobre una región desierta de arena y chatarra en la que no se movía nada. Luego apareció una zona de arbustos y, más lejos, a la derecha, una serie de puntitos en movimiento.

Una procesión de vagonetas automóviles, una fila de veloces vehículos metálicos en pulcra sucesión, avanzaba a gran velocidad sobre la yerma extensión de chatarra. O’Neill dirigió el helicóptero hacia allí y, pocos minutos después, sobrevolaban la mina.

El lugar estaba repleto de máquinas mineras de aspecto achaparrado. Había varias galerías excavadas; las vagonetas vacías aguardaban en pacientes filas. Una inagotable caravana de compañeras cargadas se alejaba en dirección al horizonte, dejando tras de sí un reguero de mineral. La imagen entera estaba dominada por la actividad y el sonido de las máquinas, que la convertían en un insólito centro industrial en medio de los desolados páramos de la chatarra.

—Ahí viene el equipo de exploración —⁠comentó Morrison mirando en la dirección por la que habían venido⁠—. ¿Crees que se encontrarán? —⁠Sonrió⁠—. No, supongo que sería mucho pedir.

—Esta vez sí —respondió O’Neill⁠—. Probablemente estén buscando materias primas diferentes. Y en condiciones normales están programados para ignorarse.

La primera de las unidades de exploración llegó junto a la hilera de vagonetas. Viró levemente y continuó con su búsqueda; los carromatos continuaron su avance inexorable como si nada hubiera ocurrido.

Decepcionado, Morrison apartó la mirada de la ventanilla y soltó una imprecación.

—Nada. Es como si no se vieran.

Poco a poco, el grupo de exploración fue apartándose de la hilera de vagonetas y la mina, hasta perderse de vista detrás de unas colinas. No lo hicieron con especial premura. Desaparecieron sin haber reaccionado en modo alguno a la existencia del complejo minero.

—Puede que pertenezcan a la misma fábrica —⁠dijo Morrison intentando animarse.

O’Neill señaló las antenas visibles de las unidades mineras más grandes.

—Las antenas están orientadas en vectores diferentes, lo que indica que son de dos fábricas distintas. No va a ser fácil. Tendremos que ser muy exactos o no obtendremos nada. —⁠Encendió la radio y activó la frecuencia del asentamiento⁠—. ¿Algún resultado en los inventarios de los cargamentos anteriores?

La operadora lo pasó a la oficina de gobierno del asentamiento.

—Los inventarios están empezando a llegar —⁠dijo Perine⁠—. En cuanto tengamos un muestreo lo bastante amplio trataremos de determinar de qué materias primas carece cada fábrica. No será fácil, porque habrá que hacer extrapolaciones a partir de productos manufacturados. Esperemos que haya elementos comunes en los diferentes lotes.

—¿Y qué haremos cuando hayamos identificado los elementos que escasean? —⁠preguntó Morrison a O’Neill⁠—. ¿Qué haremos si descubrimos que dos factorías adyacentes carecen del mismo material?

—Entonces —respondió O’Neill con sombría determinación⁠— empezaremos a recolectar ese mismo material nosotros mismos, aunque tengamos que fundir el asentamiento entero.

III

En la oscuridad sembrada de polillas se levantó una brisa fría y débil. La maleza emitía traqueteos metálicos. Aquí y allá asomaba la cabeza algún roedor nocturno, con todos los sentidos alerta, expectante, calculador, en busca de alimento.

Era una región salvaje. No existía ningún asentamiento humano en muchos kilómetros a la redonda; los impactos repetidos de varias bombas H la habían calcinado y allanado por completo, como una herida cauterizada. En algún lugar de la tenebrosa oscuridad, un mísero arroyuelo se abría paso entre la chatarra y la maleza, hasta desembocar en lo que antaño fuera un complejo laberinto de cloacas. Las tuberías, agrietadas y rotas, invadidas por la vegetación, sobresalían en medio de la oscuridad. La brisa levantaba nubes de cenizas que se arremolinaban y bailaban entre las malas hierbas. Un enorme reyezuelo mutante se agitó en su sueño, se envolvió mejor en la capa de harapos con la que se cubría de noche y continuó dormitando.

Durante un rato, no hubo movimiento alguno. En lo alto se abrió una franja de cielo estrellado, que brillaba severa y lejanamente. Earl Perine sintió un escalofrío, levantó la mirada y se arrimó un poco más al calentador colocado entre los tres hombres.

—¿Y bien? —inquirió Morrison con los dientes castañeteando.

O’Neill no respondió. Se terminó el pitillo y lo apagó sobre un montón de chatarra oxidada, al mismo tiempo que sacaba el mechero y se encendía otro. La masa de tungsteno —⁠el cebo⁠— se encontraba a cien metros de ellos.

Durante los últimos días, a las fábricas de Detroit y Pittsburgh se les había agotado el tungsteno. Y, al menos en un sector, sus dispositivos de búsqueda habían coincidido. Aquel burdo montículo era una cosecha de herramientas cortadoras de precisión, piezas arrancadas de interruptores eléctricos, equipo quirúrgico de alta calidad, electroimanes, aparatos de medida…, tungsteno extraído de todas las fuentes posibles y febrilmente recopilado en todos los asentamientos.

Una neblina oscura flotaba sobre el montón de metal. De vez en cuando, una polilla descendía revoloteando, atraída por el reflejo de la luz de las estrellas sobre la superficie metálica. La polilla pasaba un momento allí flotando, sacudía sus alargadas alas contra la maraña de metal y luego se perdía volando entre las sombras de los densos macizos de enredadera que crecían sobre los muñones de las tuberías rotas.

—Menudo sitio de mierda —rezongó Perine.

—No te quejes tanto —repuso O’Neill⁠—. Es el lugar más bello del mundo. La tumba de la red de autofabs. Algún día, la gente vendrá aquí en peregrinación. Habrá una placa de dos kilómetros de altura.

—Estás intentando animarnos —⁠dijo Morrison con un resoplido⁠—. Ni tú te crees que vayan a matarse por un montón de instrumental quirúrgico y filamentos de bombilla. Probablemente tengan una máquina en el último piso capaz de extraer el tungsteno directamente de la roca.

—Puede —dijo O’Neill mientras intentaba matar a un mosquito de un manotazo. El mosquito lo esquivó hábilmente y se alejó para seguir incordiando a Perine. Este lo espantó con un ademán y luego, malhumorado, se pegó a la húmeda vegetación.

Y entonces apareció lo que habían ido a ver.

Con un sobresalto, O’Neill comprendió que llevaba varios minutos mirándolo sin reconocerlo. El pequeño dispositivo buscador estaba completamente inmóvil. Descansaba sobre la cima de un montículo de chatarra, con el extremo anterior ligeramente elevado y los receptores extendidos del todo. Podría haberla tomado por una carcasa abandonada, porque su inactividad era total y no había en él ni el menor indicio de actividad. El pequeño dispositivo encajaba a las mil maravillas en aquel paisaje desolado y carbonizado. Apenas era un tubo, formado por planchas de metal, engranajes y pequeñas superficies planas a modo de pies, que sólo descansaba y esperaba. Y observaba.

Estaba observando el montón de tungsteno. El cebo había atraído a la primera presa.

—Han picado —dijo Perine con voz tensa⁠—. El sedal se ha movido. Creo que la plomada se ha hundido.

—¿De qué coño hablas? —refunfuñó Morrison. Pero en ese momento, también él vio el dispositivo buscador⁠—. Dios —⁠susurró. Se incorporó a medias, con su enorme cuerpo encorvado hacia delante⁠—. Bueno, al menos es uno de ellos. Ahora lo único que necesitamos es una unidad de la otra fábrica. ¿De cuál crees que viene ésa?

O’Neill localizó la antena de comunicaciones y siguió con la mirada la trayectoria trazada por su ángulo de inclinación.

—Pittsburgh, así que rezad para que aparezca uno de Detroit… Rezad como locos.

De repente, el dispositivo buscador abandonó su posición y avanzó rodando. En una cautelosa maniobra de aproximación, inició una serie de movimientos complejos que lo llevaron de un lado a otro. Los tres hombres que lo observaban quedaron estupefactos…, hasta que atisbaron las primeras antenas de los demás buscadores.

—Comunicación —dijo O’Neill en voz baja⁠—. Como las abejas.

En ese momento, cinco dispositivos buscadores de la fábrica de Pittsburgh estaban acercándose al montón de productos de tungsteno. Agitaron nerviosamente sus receptores, empezaron a acelerar y, dominados por una especie de júbilo, ascendieron correteando hasta la cúspide. Uno de ellos se enterró y desapareció. El montón se estremeció de arriba abajo. La criatura estaba en su interior, explorando la magnitud del hallazgo.

Diez minutos después, aparecieron las primeras vagonetas de Pittsburgh y empezaron a acarrear diligentemente su cargamento.

—¡Maldita sea! —soltó O’Neill, cabreado⁠—. Se lo van a llevar todo antes de que aparezcan los de Detroit.

—¿No podemos hacer nada para frenarlos? —⁠preguntó Perine, impotente. Se levantó de un salto, agarró una roca del suelo y se la arrojó a la vagoneta más cercana. La roca rebotó en la superficie del vehículo y éste, imperturbable, continuó con su labor.

O’Neill se puso en pie y empezó a deambular de un lado a otro, con el cuerpo rígido de furia e impotencia. ¿Dónde estaban los de Detroit? Las autofabs eran idénticas en todos los aspectos, y el punto se encontraba exactamente a la misma distancia de las dos. Teóricamente, los dos grupos tendrían que haber llegado al mismo tiempo. Sin embargo, no había ni rastro de Detroit…, y los últimos fragmentos de tungsteno estaban siendo cargados en aquellas vagonetas delante de sus propios ojos.

Pero entonces, algo pasó como un rayo delante de él.

No lo reconoció porque se movía demasiado deprisa. Voló como un proyectil entre las enredaderas, ascendió velozmente por la ladera de la colina, hizo una pausa momentánea para apuntar y se lanzó hacia abajo por la ladera contraria. Embistió de frente a la primera de las vagonetas. Proyectil y víctima reventaron en medio de un estrépito ensordecedor.

Morrison se levantó de un salto.

—¿Qué coño…?

—¡Ahí está! —gritó Perine, bailando y agitando sus flacos brazos⁠—. ¡Es Detroit!

Entonces apareció un segundo buscador. Dedicó un instante a evaluar la situación y, acto seguido, se abalanzó furiosamente sobre las vagonetas de Pittsburgh, que habían empezado a alejarse. El tungsteno salió despedido en todas direcciones: las piezas, los cables, las planchas rotas, los engranajes y los muelles de los dos antagonistas volaron por los aires. Las demás vagonetas viraron con un chirrido de las ruedas. Una de ellas soltó su carga y se alejó a toda velocidad. Una segunda, aún cargada de tungsteno, fue tras ella. Un buscador de Detroit la alcanzó y la hizo volcar. Buscador y vagoneta descendieron dando tumbos por un talud hasta acabar en un charco de agua estancada. Empapadas, relucientes y medio sumergidas, trataron de salir del agua, pero en vano.

—Bueno —dijo O’Neill con voz temblorosa⁠—, lo hemos conseguido. Ya podemos volver a casa. —⁠Tenía las piernas débiles⁠—. ¿Dónde está el vehículo?

Mientras encendía el motor del camión, vio un destello en la lejanía, emitido por algo alargado y metálico que se movía sobre las yermas extensiones de chatarra y cenizas. Era una densa maraña de vagonetas, una sólida aglomeración de vehículos pesados que avanzaba a toda velocidad hacia el lugar. ¿De qué fábrica provenían?

No importaba, porque de la tupida maraña de enredaderas negras estaba brotando una telaraña de contraextensiones para enfrentarse a ellas. Las dos fábricas estaban congregando sus unidades móviles. Venidas de todas direcciones, reptando y correteando, las unidades buscadoras convergían sobre el tungsteno. Ninguna de las dos fábricas estaba dispuesta a renunciar a la materia prima que tanto necesitaba; ninguna de ellas iba a ceder el hallazgo. Ciega y mecánicamente, cautivos de directivas inflexibles, los dos oponentes trataban de reunir fuerzas superiores.

—Vamos —dijo Morrison con premura⁠—. Salgamos de aquí. Está a punto de desatarse un infierno.

O’Neill giró apresuradamente el camión en dirección al asentamiento y salió disparado en medio de la oscuridad. Cada poco tiempo, una forma metálica pasaba como una exhalación en dirección contraria.

—¿Habéis visto el cargamento de la última vagoneta? —⁠preguntó Perine, preocupado⁠—. No estaba vacío.

Ni tampoco ninguno de los que llegaron después de ella, una verdadera procesión de transportes cargados hasta los topes y dirigidos por una unidad de exploración sumamente sofisticada.

—Armas —dijo Morrison, abriendo los ojos por el terror⁠—. Están trayendo armas. Pero ¿quién va a utilizarlas?

—Ellos —respondió O’Neill. Señaló algo que se movía a su derecha⁠—. Mirad ahí. Es algo que no esperábamos.

Estaban viendo entrar en acción a uno de los representantes de las fábricas.

Cuando llegaron al asentamiento de Kansas City, Judith se les acercó corriendo. Estaba sin aliento y traía una hoja de papel de plata en la mano.

—¿Qué es esto? —inquirió O’Neill mientras se la arrebataba.

—Calla y ven —dijo su esposa, tratando de recobrar el aliento⁠—. Un vehículo… llegó a toda velocidad, lo dejó…, y se marchó. Es un descontrol. Dios, la fábrica…, ha encendido todas las luces… Se ve desde varios kilómetros a la redonda.

O’Neill leyó el papel. Era un certificado de la fábrica en respuesta al último grupo de peticiones del asentamiento, una tabulación exhaustiva de sus solicitudes y necesidades, determinadas por ella.

Sobre la lista, en una letra negra y gruesa, había siete palabras aterradoras.

TODOS LOS ENVÍOS SUSPENDIDOS HASTA NUEVA ORDEN.

O’Neill resopló y se lo pasó a Perine.

—Adiós a los bienes de consumo —⁠dijo irónicamente, mientras, una sonrisa nerviosa, casi como un espasmo, se dibujaba en su rostro⁠—. La red va a adoptar una economía de guerra.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Morrison atropelladamente.

—Esa es la cuestión —dijo O’Neill. Ahora que había estallado el conflicto, sentía un creciente y gélido terror⁠—. Pittsburgh y Detroit van a por todas. Es demasiado tarde para echarse atrás. Ahora empezarán a buscar aliados.

IV

La fría luz del amanecer bañaba la devastada llanura y las negras cenizas metálicas que la cubrían, las cuales despedían un tenue y malsano resplandor rojizo. Aún estaba caliente.

—Cuidado dónde pisáis —les previno O’Neill. Ayudó a su mujer a bajar del oxidado y viejo camión y a ponerse en pie sobre un montón de bloques de cemento, los restos de un viejo búnker. Earl Perine bajó tras ella, cuidadosa, titubeantemente.

A su espalda se extendía el ruinoso asentamiento, un desordenado damero de edificios y calles. Desde que la red de autofabs suspendiera los envíos y las labores de mantenimiento, los asentamientos humanos habían caído en un estado de semibarbarie. Los pocos bienes de consumo que aún conservaban estaban rotos y apenas cumplían ya su cometido. Había transcurrido un año desde que apareciera el último de los camiones de la fábrica, cargado con alimentos, herramientas, ropa y piezas de repuesto. Desde entonces, no les había llegado nada desde la sólida mole de oscuro hormigón y metal de la falda de las montañas.

Su deseo les había sido concedido: estaban aislados, desconectados de la red.

Solos.

El asentamiento estaba salpicado de míseros campos de trigo y verduras que crecían lo mejor que podían. Entre sus habitantes se habían distribuido unas toscas herramientas fabricadas a mano, un primitivo instrumental creado con enorme esfuerzo por los diferentes asentamientos. Ahora, las comunidades se comunicaban sólo mediante carromatos tirados por caballos y el lento tartamudeo del morse.

Sin embargo, habían conseguido mantener su organización en activo. Seguían intercambiándose bienes y servicios de manera constante, aunque con lentitud. Las mercancías básicas se producían y distribuían. La ropa que llevaban tanto O’Neill, como su esposa y Perine era de una tela áspera y sin teñir, pero recia. Y habían conseguido modificar los motores de algunos camiones para que funcionaran con madera en lugar de gasolina.

—Ya estamos —dijo O’Neill⁠—. Desde aquí podremos verlo.

—¿Merece la pena? —preguntó Judith. Estaba exhausta. Se agachó y se sacó una piedrecilla de la blanda suela del zapato⁠—. Hemos hecho un camino muy largo para presenciar algo que hemos visto todos los días durante los últimos trece meses.

—Tienes razón —admitió O’Neill mientras posaba por un instante la mano en el hombro de su esposa⁠—. Pero puede que ésta sea la última vez. Y eso es lo que queremos ver.

En el cielo grisáceo se movía velozmente un puntito opaco y negro. Muy alto y muy lejano, daba vueltas y vueltas, siguiendo una trayectoria intrincada y cautelosa. Gradualmente, sus maniobras iban acercándolo a las montañas y a la estructura excavada en su base, devastada ahora por las bombas.

—San Francisco —explicó O’Neill⁠—. Es uno de esos misiles Halcón de largo alcance. Viene desde la Costa Oeste.

—¿Y tú crees que es el último? —⁠preguntó Perine.

—Es el único que hemos visto este mes. —⁠Se sentó y empezó a liar hebras de tabaco en una hojita de papel marrón⁠—. Y antes se veían a centenares.

—Puede que tengan algo mejor —⁠sugirió Judith. Encontró una roca plana y se sentó sobre ella⁠—. ¿Podría ser eso?

Su marido esbozó una sonrisa irónica.

—No. No tienen nada mejor.

Los tres guardaron un silencio tenso. Sobre ellos, el punto negro seguía aproximándose, dando vueltas en el aire. No había ni rastro de actividad en la lisa superficie de metal y hormigón; la fábrica de Kansas City permanecía inerte, sin ofrecer respuesta alguna. Unas nubes de ceniza caliente flotaban sobre ella y uno de sus extremos estaba parcialmente cubierto de escombros. Había recibido numerosos impactos directos. Al otro lado de la llanura yacían, expuestos a la vista, los surcos de sus túneles superficiales, repletos de escombros e invadidos por los zarcillos oscuros de unas recias enredaderas que buscaban agua.

—Malditas enredaderas —rezongó Perine mientras se rascaba una vieja cicatriz en su barbilla sin afeitar⁠—. Están apoderándose del mundo.

Aquí y allá, por toda la fábrica, yacían los restos destrozados de alguna extensión móvil, oxidándose con el rocío matutino. Camiones, unidades buscadoras, representantes de la fábrica, transportes de armas, cañones, trenes de suministros, proyectiles subterráneos y otras piezas de maquinaria imposibles de identificar se entremezclaban y confundían en informes montículos. Algunos de los vehículos habían sido destruidos al volver a la fábrica; otros al salir, totalmente cargados, repletos de equipo. En cuanto a la propia fábrica —⁠lo que quedaba de ella⁠— parecía haberse desarrollado por el subsuelo. Su parte superficial, casi sumergida en las cenizas flotantes, apenas resultaba visible.

Desde hacía cuatro días no se había constatado actividad ni movimiento en ella.

—Está muerta —dijo Perine—. Se ve que está muerta.

O’Neill no respondió. Se sentó en el suelo, se puso lo más cómodo que pudo y se preparó para esperar. En el fondo estaba convencido de que la devastada fábrica conservaba aún algún atisbo de su voluntad automatizada. El tiempo lo diría. Consultó su reloj. Eran las ocho y media. En los viejos tiempos, la fábrica estaría iniciando su rutina diaria. Una procesión de camiones y unidades móviles, cargados de suministros, llegaría a la superficie, dispuestos a iniciar sus expediciones a los asentamientos humanos.

A la derecha se movió algo. O’Neill se volvió rápidamente hacia allí.

Una solitaria y maltrecha vagoneta se arrastraba torpemente hacia la fábrica. Una última unidad móvil que, aunque dañada, trataba de cumplir su misión. Estaba prácticamente vacía: sólo contenía unos míseros fragmentos de metal. Un carroñero… Su carga estaba formada por piezas arrancadas a las máquinas destruidas que había encontrado en su camino. Débilmente, como un ciego insecto metálico, fue aproximándose a la fábrica. Su avance era increíblemente convulso. Cada poco tiempo, hacía un alto, se inclinaba, se estremecía, y se desviaba de su camino.

—Tiene la unidad de control averiada —⁠dijo Judith con un atisbo de espanto en la voz⁠—. La fábrica tiene dificultades para guiarla de regreso.

Sí, O’Neill ya se había dado cuenta de ello. En los alrededores de Nueva York, la fábrica había perdido por completo la capacidad de transmitir en alta frecuencia. Sus unidades móviles habían empezado a deambular, siguiendo trayectorias absurdas: corrían en círculos, chocaban con árboles y rocas, se metían en barrancos, volcaban y, finalmente, como de mala gana, quedaban inertes.

La vagoneta llegó al borde de la destrozada llanura e hizo un alto. Sobre ella, el punto negro seguía dando vueltas en el cielo. Por un momento, el vehículo permaneció inmóvil.

—La fábrica está tratando de tomar una decisión —⁠dijo Perine⁠—. Necesita el material, pero le tiene miedo a ese Halcón.

La fábrica continuó discurriendo sin que se moviera un alma. Entonces, finalmente, la vagoneta reanudó su inestable avance. Abandonó la maraña de las enredaderas y lentamente, con infinita precaución, se encaminó a la mole de oscuro hormigón y metal de la base de la montaña.

El Halcón dejó de dar vueltas.

—¡Agachaos! —exclamó O’Neill⁠—. Ahora los cargan con las nuevas bombas.

Su esposa y Perine se agazaparon a su lado y los tres observaron la llanura y el insecto de metal que se arrastraba laboriosamente por ella. En el cielo, el Halcón avanzó en línea recta hasta encontrarse casi encima de la vagoneta. Entonces, sin previo aviso y sin emitir ruido alguno, se lanzó en picado sobre ella. Con las manos en la cara, Judith gritó:

—¡No puedo mirar! ¡Es horroroso! ¡Son como fieras salvajes!

Mientras el proyectil se precipitaba sobre ella, la vagoneta intentó escapar con un violento despliegue de desesperada velocidad. Corrió ruidosamente hacia la fábrica, traqueteando, en un último y fútil intento por alcanzar la seguridad. Olvidando la amenaza que se acercaba por el cielo, la fábrica, dominada por una necesidad frenética, abrió las puertas y guió a la unidad móvil hacia su interior. Que era precisamente lo que quería el Halcón.

Antes de que las puertas pudieran cerrarse, el Halcón maniobró para colocarse en paralelo a la superficie. Al mismo tiempo que la vagoneta desaparecía en las profundidades de la fábrica, el Halcón, un veloz relámpago de metal, la adelantó como una exhalación. Consciente de lo que estaba ocurriendo, la fábrica cerró las puertas. La vagoneta se debatió de manera grotesca; había quedado atrapada en la entrada a medio cerrar.

Pero el hecho de que consiguiera liberarse o no carecía ya de importancia. Hubo un estruendo sordo. El suelo se movió, pareció abombarse y luego volvió a asentarse. Una potente onda de choque pasó sobre los tres seres humanos que estaban contemplando la escena. Por encima de la fábrica se alzó una solitaria columna de humo negro. La superficie de hormigón se agrietó como una vaina reseca; se encogió, se partió y finalmente roció el lugar de fragmentos en una tormenta de destrucción. El humo permaneció un momento flotando sobre el paraje antes de que se lo llevara la brisa matutina.

La fábrica era ahora una ruina fundida y destripada. Había sido atacada y destruida.

O’Neill se puso en pie.

—Se acabó. Se acabó por completo. Ya tenemos lo que queríamos. Hemos destruido la red. —⁠Miró a Perine de soslayo⁠—. Era eso lo que queríamos, ¿no?

Los dos se volvieron hacia el asentamiento que se extendía a su espalda. Poco quedaba de las pulcras hileras de casas y calles de años anteriores. Sin la red, el asentamiento había experimentado una rápida decadencia. La próspera limpieza de sus orígenes se había esfumado; ahora era un lugar miserable y destartalado.

—Por supuesto —dijo Perine con voz vacilante⁠—. Cuando entremos en las fábricas y podamos organizar nuestras propias cadenas de montaje…

—¿Quedará algo? —inquirió Judith.

—Tiene que quedar algo. ¡Por Dios, los últimos niveles estaban excavados a varios kilómetros de profundidad!

—Algunas de las bombas que desarrollaron al final eran espantosamente potentes —⁠señaló la mujer⁠—. Más que ninguna de las que se usaron en nuestra guerra.

—¿Recuerdas aquel campamento que vimos? ¿Los carroñeros de las ruinas?

—Yo no estaba —respondió Perine.

—Eran como animales salvajes. Se alimentaban de raíces y larvas. Se dedicaban a afilar piedras y teñir pieles. Salvajismo, bestialidad…

—Pero es lo que quiere la gente —⁠repuso Perine, a la defensiva.

—¿En serio? ¿Esto es lo que queremos? —⁠O’Neill señaló el desorganizado asentamiento⁠—. ¿Era esto lo que queríamos conseguir el día que recogimos el tungsteno? ¿O el día que le dijimos al camión de la fábrica que la leche estaba…? —⁠No recordaba la palabra.

—Pislada —le recordó Judith.

—Vamos —dijo O’Neill⁠—. Manos a la obra. Veamos lo que queda de la fábrica…, lo que queda para nosotros.

Llegaron a las ruinas a última hora de la tarde. Cuatro ruidosos camiones llegaron al borde de la bombardeada cavidad y allí se detuvieron, con los motores humeando y los tubos de escape goteando. Cautelosos y alertas, descendieron y echaron a andar sobre las cenizas aún calientes.

—Puede que todavía sea demasiado pronto —⁠objetó uno de ellos.

O’Neill no tenía la menor intención de esperar.

—Vamos —ordenó. Con una linterna en la mano, empezó a descender hacia el interior del cráter.

La oculta mole de la fábrica de Kansas City aguardaba allí abajo. En la destruida entrada seguía atrapada la vagoneta, aunque ya no se debatía. Más allá, sólo había una ominosa penumbra. O’Neill apuntó la linterna hacia la entrada. La luz iluminó los restos retorcidos y angulosos de los pilares de sustentación.

—Hay que bajar —le dijo a Morrison, quien avanzaba cautelosamente detrás de él⁠—. Si queda algo, estará en el fondo.

—Esos topos de Atlanta acabaron con la mayoría de los niveles inferiores.

—Hasta que los otros lograron hundir sus túneles. —⁠O’Neill atravesó con cautela la entrada irregular. Trepó por una loma de escombros y, al llegar al otro lado, se encontró en el interior de la fábrica: un escenario de confusa destrucción, sin patrones ni significado.

—El caos —murmuró Morrison, agobiado⁠—. Lo que más detestaban. Lo que tenían que combatir. Elementos aleatorios por todas partes. Sin propósito alguno.

—En el interior —insistió O’Neill⁠— es posible que encontremos enclaves sellados. Sabemos que estaban dividiéndose en secciones autónomas, tratando de mantener intactas las unidades de reparación para que pudieran reconstruir el resto en caso de necesidad.

—Los topos acabaron también con la mayoría de ellas —⁠señaló Morrison, sin dejar de seguir a O’Neill.

Tras ellos, entraron con lentitud los trabajadores. Una sección de escombros se desplazó y descargó una lluvia de fragmentos aún candentes.

—Volved a los camiones —dijo O’Neill⁠—. Es absurdo poner en peligro a más gente de la necesaria. Si Morrison y yo no regresamos, olvidaos de nosotros. Ni se os ocurra mandar un equipo de rescate. —⁠Mientras los otros se marchaban, indicó a Morrison una rampa de descenso parcialmente intacta⁠—. Bajemos.

En silencio, los dos hombres descendieron un piso tras otro. Las ruinas se extendían kilómetros y kilómetros en la oscuridad, sin sonido ni actividad. Las formas vagas de las máquinas, las cintas transportadoras inmóviles y los equipos de traslado eran visibles en la penumbra, así como las carcasas parcialmente completadas de los proyectiles bélicos, retorcidas y deformadas por la última detonación.

—Podremos aprovechar parte de eso —⁠dijo O’Neill, pero la verdad es que no lo creía. La maquinaria estaba tan fundida que había perdido hasta la forma. Todo lo que contenía la fábrica se había convertido en un caos de chatarra carente de forma y de utilidad⁠—. Cuando lleguemos a la superficie…

—Imposible —repuso Morrison con amargura⁠—. No tenemos drizas ni cabrestantes. —⁠Dio un puntapié a un montón de piezas carbonizadas que habían caído sobre la rampa al romperse la cinta transportadora que las llevaba.

—En su momento me pareció una buena idea —⁠dijo O’Neill mientras continuaban descendiendo⁠—. Pero ya no estoy tan seguro.

Habían descendido mucho en la fábrica. El último nivel se extendía frente a ellos. O’Neill apuntó su linterna en todas direcciones, tratando de encontrar secciones que no hubieran sido destruidas o partes del complejo productivo que siguieran intactas.

Fue Morrison quien lo percibió primero. De repente se dejó caer sobre las manos y las rodillas. Con su corpachón pegado al suelo, permaneció un momento escuchando atentamente, el rostro tenso y los ojos abiertos de par en par.

—Por el amor de Dios…

—¿Qué pasa? —exclamó O’Neill. En ese momento también él lo sintió. A sus pies, una tenue e insistente vibración, un continuado zumbido de actividad, atravesaba el suelo. Más abajo, en un nivel aún más profundo, la fábrica seguía viva. Algunas operaciones, protegidas en secciones clausuradas y limitadas, seguían en marcha.

—Está viva —murmuró O’Neill mientras buscaba alguna rampa de descenso⁠—. Actividad autónoma, programada para continuar tras la destrucción del resto. ¿Cómo podemos bajar?

El ascensor estaba sellado por una gruesa plancha de metal. El nivel que aún funcionaba debajo estaba completamente aislado. No tenía entrada.

O’Neill regresó corriendo por donde había venido. Al llegar a la superficie, llamó con los brazos al primer camión.

—¿Dónde demonios está el soplete? ¡Traedlo aquí!

El preciado soplete pasó de mano en mano y, una vez que lo tuvo, regresó resoplando al interior de la fábrica, donde lo esperaba Morrison. Entre los dos, empezaron a abrirse paso frenéticamente por el retorcido suelo de metal, atravesando una capa sellada tras otra.

—Ya llegamos —resopló Morrison, con los ojos entornados para protegerse de las chispas del soplete. La última plancha cayó con un estrépito metálico y desapareció en el nivel inferior. Una luz blanca irrumpió en el piso superior y los dos hombres retrocedieron de un salto.

En la cámara sellada resonaban los ecos atronadores de una actividad frenética y constante de cintas transportadoras, máquinas, herramientas y supervisores mecánicos que se desplazaban velozmente de un lado a otro. Por un extremo entraba un suministro constante de materias primas en la cadena; por el otro salía el producto finalizado, que, sometido a una inspección, era finalmente introducido en un tubo transportador.

Todo esto pudieron presenciarlo durante un breve segundo. Entonces, los descubrieron. Se activaron unos relés. Las luces parpadearon y se apagaron. La cadena de montaje se detuvo de repente y su frenética actividad cesó.

Emitiendo chasquidos, las máquinas se desactivaron y quedaron en silencio.

En un extremo de la sala, una unidad móvil se activó y ascendió velozmente en dirección al agujero que habían abierto O’Neill y Morrison. Lo tapó con un sello de emergencia, que a continuación soldó con la rapidez de un verdadero experto. El nivel inferior volvió a quedar oculto. Un momento después, se reanudó la actividad y volvió a temblar el suelo.

Morrison, pálido y tembloroso, se volvió hacia O’Neill.

—¿Qué están haciendo? ¿Qué están fabricando?

—Armas no —dijo O’Neill.

—Sea lo que sea, lo envían arriba —⁠dijo Morrison con un gesto de nerviosismo⁠—, a la superficie.

O’Neill se puso en pie como pudo.

—¿Crees que podremos localizar el lugar?

—Eso… Eso espero.

—Mejor será. —Recogió la linterna y se encaminó a la rampa⁠—. Tenemos que averiguar qué son esos cilindros que están mandando arriba.

La válvula de salida del tubo transportador estaba oculta entre enredaderas y escombros, a casi medio kilómetro de la fábrica, en la base de la montaña. Entre las rocas, la válvula asomaba como el hocico de un animal. A diez metros de distancia era invisible. Los dos hombres casi tropezaron con ella.

Cada pocos instantes, la válvula escupía un cilindro hacia el cielo. Luego se movía y alteraba su ángulo de lanzamiento. Cada cilindro salía en una dirección ligeramente distinta.

—¿Adonde van? —preguntó Morrison.

—Supongo que variará. Los está distribuyendo aleatoriamente. —⁠Avanzó con cautela, pero el mecanismo no respondió a su presencia en modo alguno. Sobre un saliente de una enorme pared de roca había un cilindro abollado. Había sido arrojado contra la montaña por accidente. O’Neill subió hasta donde se encontraba, lo aferró y bajó de un salto.

El maltrecho cilindro estaba cargado de elementos metálicos tan minúsculos que era imposible analizarlos sin un microscopio.

—No es un arma —dijo O’Neill.

El cilindro se abrió. Al principio, O’Neill no pudo precisar si había sido a causa del impacto o por intervención de algún mecanismo interno. La abertura exudaba una especie de légamo formado por minúsculas piezas metálicas. O’Neill se agachó y las examinó.

Las piezas estaban en movimiento. Eran máquinas microscópicas, más pequeñas que hormigas, más pequeñas que alfileres, que estaban trabajando enérgicamente, con un objetivo: construir algo que parecía un minúsculo rectángulo de metal.

—Están construyendo algo —dijo O’Neill, pasmado. Se levantó y empezó a caminar. A un lado, en el otro extremo del barranco, se encontró con otro de los cilindros, cuya labor estaba más avanzada. Al parecer, lo habían lanzado antes.

Este había progresado lo bastante como para que pudiera reconocerse lo que estaba haciendo. A pesar de su tamaño, la estructura era inconfundible. Las máquinas estaban levantando una réplica en miniatura de la fábrica destruida.

—Bueno —dijo O’Neill con tono meditabundo⁠—, volvemos al punto de partida. No sabría decir si por suerte o por desgracia.

—Supongo que a estas alturas estarán por toda la Tierra —⁠dijo Morrison⁠—, trabajando.

Un pensamiento asaltó a O’Neill.

—Puede que algunas las lancen al espacio. Sería increíble: redes de autofabs por todo el universo.

A su espalda, el cañón continuaba vomitando su torrente de metálicas semillas.

NOTA:

Autofab «Autofac» [11 de octubre de 1954], en Galaxy, noviembre 1955.

Tom Disch escribió sobre este relato que era uno de los primeros alegatos ecologistas de la historia de la ciencia ficción. Sin embargo, la idea que yo quería plasmar al escribirla era la de que si las fábricas llegaban a automatizarse por completo, tal vez empezaran a desarrollar los mismos instintos de supervivencia que las entidades orgánicas…, y a utilizar las mismas soluciones. (1976).


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