Bajo el helicóptero de Milt Biskle se extendían tierras nuevas y fértiles. Se sentía muy orgulloso de aquella zona de Marte, frondosa tras la reconstrucción de la antiquísima red de canales. Habían llevado la primavera, dos primaveras al año, a aquel otoñal planeta de arena y sapos, un mundo hecho antes de reseca tierra recubierta por polvo milenario, una monótona desolación que no conocía el agua, víctima del conflicto entre Prox y la Tierra.
Los primeros emigrantes terrícolas no tardarían en aparecer para reclamar tierras e instalarse en ellas. Podría retirarse. Quizá volviera a la Tierra o llevara allí a su familia. Como ingeniero encargado de la reconstrucción, tenía prioridad en el reparto de parcelas. El Área Amarilla había progresado más deprisa que las demás. Y ahora llegaban las recompensas.
Extendió el brazo y pulsó el botón de su transmisor de largo alcance.
—Aquí ingeniero de reconstrucción Amarillo —dijo—. Necesito un psiquiatra. Me sirve cualquiera, siempre que esté disponible de inmediato.
Cuando Milt Biskle entró en la oficina, el doctor DeWinter se levantó y extendió la mano.
—Me han dicho que usted, entre los cuarenta y tantos ingenieros de reconstrucción, ha sido el más creativo. No me extraña que esté cansado. Hasta Dios tuvo que descansar tras seis días de trabajo, y usted lleva años haciendo algo parecido. Mientras lo esperaba he recibido un memorando de la Tierra, que creo que le interesará. —Recogió el memorando de su mesa—. El primer transporte de colonos está a punto de llegar a Marte… y van a instalarse en su zona. Felicidades, señor Biskle.
—¿Y si vuelvo a la Tierra? —preguntó Milt Biskle.
—Pero si quería usted pedir una parcela aquí, para su familia…
—Quiero que haga algo por mí —dijo Milt Biskle—. Estoy demasiado cansado para… —Hizo un ademán—. O deprimido, quizá. En cualquier caso, quiero que organice el traslado de todas mis cosas, incluida mi planta-wug, a un transporte que se disponga a partir hacia la Tierra.
—Seis años de trabajo —dijo el doctor DeWinter— y ahora va a renunciar a la recompensa. He visitado la Tierra hace poco y sigue tal como la recuerda usted…
—¿Cómo sabe lo que recuerdo?
—Más bien —se corrigió DeWinter con total naturalidad—, debería decir que sigue como estaba. Abarrotada, con familias de siete miembros en viviendas de una sola habitación y autopistas tan atascadas que el tráfico no avanza un metro hasta las once de la mañana.
—En mi caso —dijo Biskle—, la superpoblación será casi un alivio después de seis años de equipo robótico autónomo. —Había tomado una decisión. A pesar de lo que había conseguido allí, o quizá a causa de ello, quería volver a casa. Dijera lo que dijese el psiquiatra.
—¿Y si su mujer y sus hijos —replicó el doctor DeWinter con voz melosa— se encuentran entre los pasajeros del primer transporte, Milt? —Levantó un nuevo documento de su ordenada mesa. Estudió el papel un momento y continuó—: Biskle, Fay, señora. Laura C. June C. Una mujer y dos niñas. ¿Su familia?
—Sí… —admitió Milt Biskle con voz monocorde. Tenía la mirada clavada en la pared.
—Entenderá que así no puede volver a la Tierra. Póngase el pelo y vaya a recibirlos al Aeropuerto Tres. Y cámbiese la dentadura. Lleva la de acero inoxidable.
Avergonzado, Biskle asintió. Como todos los terrícolas, había perdido el pelo y los dientes durante la última guerra, por culpa de la radiación. Durante los largos trabajos de reconstrucción del Área Amarilla de Marte no había empleado una sola vez la cara peluca que se había traído desde la Tierra, y en cuanto a los dientes, los de acero inoxidable le resultaban más cómodos que los de plástico, de color natural. Todo esto indicaba lo mucho que se había alejado de cualquier forma de interacción social. Sentía una vaga culpabilidad. El doctor DeWinter tenía razón.
Pero se había sentido así desde la derrota de los proxianos. La guerra le había agriado el carácter; no le parecía justo que una de las dos culturas tuviera que sufrir, sobre todo teniendo en cuenta que las demandas de ambas eran legítimas.
El propio Marte había sido el centro de la disputa. Ambas culturas lo necesitaban como colonia para sus excedentes demográficos. A Dios gracias, la Tierra se había impuesto en el campo de batalla durante la última guerra… y por ello eran terrícolas como él, y no proxianos, los que estaban encargándose de la reconstrucción.
—Por cierto —dijo el doctor DeWinter—, me he enterado de sus intenciones respecto a sus colegas ingenieros.
Milt Biskle levantó fugazmente la vista.
—De hecho —continuó el doctor DeWinter—, sabemos que en este momento están reunidos en el Área Roja para escuchar su informe. —Abrió el cajón de su mesa, sacó un yo-yo, se levantó y empezó, con la pericia de un auténtico experto, a hacer el truco conocido como «pasear al perro»—. Ese informe sobre sus alarmantes vaticinios de que algo va mal, aunque no sepa decir de qué se trata exactamente.
—Ese es un juguete muy popular en el sistema Prox —dijo Biskle mirando el yo-yo—. Al menos es lo que leí en un artículo de la homeoprensa, una vez.
—Mmm. Yo tenía entendido que es originario de las Filipinas. —Concentrado, el doctor DeWinter pasó a hacer «la vuelta al mundo». Se le daba bien—. Me voy a tomar la libertad de enviar un informe a la reunión de ingenieros, referente a su condición mental. Se leerá en voz alta… lamento decir.
—Sigo decidido a dirigirme a la reunión —repuso Biskle.
—Bueno, se me ocurre un compromiso. Vaya a recibir a su familia y les organizaremos un viaje a la Tierra. Con todos los gastos pagados. Y, a cambio, usted no se dirigirá a los ingenieros de reconstrucción ni volverá a incordiarlos con sus vagos presentimientos. —El doctor DeWinter le dirigió una mirada penetrante—. Es un momento crítico. Están llegando los primeros emigrantes. No queremos problemas. No queremos inquietar a nadie.
—¿Podría hacerme un favor? —preguntó Biskle—. Demuéstreme que lleva peluca. Y que su dentadura es postiza. Para que pueda estar seguro de que es terrícola.
El doctor DeWinter movió su peluca y se sacó la dentadura postiza de la boca.
—Voy a aceptar su oferta —dijo Biskle—. Si acceden ustedes a que mi esposa reciba la parcela que le he reservado.
DeWinter asintió y lanzó un sobre blanco en su dirección.
—Aquí está el billete. Ida y vuelta, claro está, dado que piensa usted regresar.
«Eso espero —pensó Biskle mientras lo recogía—. Pero depende de lo que vea en la Tierra. O más bien, de lo que me dejen ver.»
Tenía la sensación de que sería muy poco. Tan poco, de hecho, como fuera proxianamente posible.
Al llegar su nave a la Tierra, una guía de pulcro uniforme lo estaba esperando.
—¿El señor Biskle? —Esbelta, atractiva y muy joven, se acercó a él. Parecía muy despierta—. Soy Mary Ableseth, su guía. Le mostraré el planeta durante su breve visita. —Esbozó una sonrisa luminosa y muy profesional, que desconcertó a Biskle—. Estaré con usted en todo momento, día y noche.
—¿De noche también? —acertó a decir él.
—Sí, señor Biskle. Es mi trabajo. Contamos con que esté desorientado tras los largos años de trabajo en Marte… un trabajo que la Tierra aprecia y aplaude como es debido. —Se colocó a su lado y lo llevó en dirección a un helicóptero que los esperaba cerca—. ¿Adonde quiere ir primero? ¿A Nueva York? ¿A Broadway? ¿A los clubes nocturnos y restaurantes…?
—No, a Central Park. A sentarme en un banco.
—Central Park ya no existe, señor Biskle. Se convirtió en un aparcamiento para funcionarios mientras estaba usted en Marte.
—Ya veo —dijo Milt Biskle—. Entonces a la plaza Portsmouth, en San Francisco. —Abrió la puerta del helicóptero.
—También es un aparcamiento —dijo la señorita Ableseth sacudiendo su larga y luminosa melena pelirroja—. La superpoblación es tal… Pero inténtelo de nuevo, señor Biskle. Aún quedan algunos parques. Uno en Kansas, creo, y dos, nada menos, en la parte sur de Utah, cerca de Saint George.
—Son malas noticias —dijo Milt—. ¿Podríamos parar en un dispensador de anfetaminas para tomarme una dosis de diez centavos? Necesito un estimulante para animarme.
—Desde luego —dijo la señorita Ableseth con un elegante asentimiento de cabeza.
Milt Biskle se acercó al dispensador de estimulantes del espacio-puerto, metió una mano en el bolsillo, sacó una moneda de diez centavos y la introdujo en la ranura correspondiente.
La moneda de diez centavos atravesó el dispensador de arriba abajo y cayó sobre el pavimento.
—Qué raro —dijo Biskle, perplejo.
—Creo que puedo explicárselo —dijo la señorita Ableseth—. Es una moneda de diez centavos marciana, hecha para una gravedad inferior.
—Mmm —dijo Milt Biskle mientras recuperaba su moneda. Tal como la señorita Ableseth había predicho, estaba desorientado. Permaneció inmóvil mientras ella metía su propia moneda y sacaba el pequeño tubo de anfetaminas estimulantes para él. Sin duda, sus explicaciones parecían convincentes, pero…
—Son las ocho de la tarde, hora local —dijo la señorita Ableseth—. Y aún no he cenado, aunque imagino que usted sí, en la nave. ¿Por qué no me lleva a cenar? Podemos tomar una botella de Pinot Noir y puede usted contarme esos vagos presagios que lo han traído a la Tierra, la idea de que sucede algo terrible y que su maravilloso trabajo de reconstrucción carece de valor. Ardo en deseos de oírlo. —Lo condujo hasta el helicóptero y subieron a bordo. En el estrecho asiento trasero, Milt Biskle la encontró cálida y flexible, decididamente terrícola. Azorado, sintió que su corazón empezaba a acelerarse. Hacía bastante tiempo que no estaba tan cerca de una mujer.
—Escuche —dijo mientras el piloto automático del helicóptero se elevaba desde el aparcamiento del espaciopuerto—. Estoy casado. Tengo dos hijas y he venido en viaje de trabajo. Estoy en la Tierra para demostrar que quienes realmente ganaron la guerra fueron los proxianos y que los pocos terrícolas supervivientes somos prisioneros de las autoridades de Prox y trabajamos como esclavos para…
Se detuvo. No tenía sentido. La señorita Ableseth no se apartó de él.
—¿Realmente cree —dijo ella al cabo de un momento, mientras el helicóptero sobrevolaba Nueva York— que soy una agente proxiana?
—N-no —respondió Milt Biskle—. Supongo que no. —En aquellas circunstancias no parecía probable.
—Mientras dure su estancia en la Tierra —dijo ella—, ¿por qué quedarse en un hotel abarrotado y ruidoso? ¿Por qué no se aloja en mi apartamento de Nueva Jersey? Hay espacio más que de sobra y será un placer recibirlo.
—De acuerdo —aceptó Biskle, consciente de que discutir era perder el tiempo.
—Bien. —La señorita Ableseth dio una orden al helicóptero, que viró hacia el norte—. Cenaremos allí. Así ahorraremos dinero. Además, en todos los restaurantes que merecen la pena es imposible conseguir mesa a esta hora de la noche. Imagino que ya lo habrá olvidado ¡Qué maravilla cuando la mitad de la población pueda emigrar!
—Sí —dijo Biskle con voz tensa—. Y les gustará Marte. Hemos hecho un buen trabajo. —Volvió a sentir cierta dosis de entusiasmo, parte del orgullo por el trabajo que sus compatriotas y él habían llevado a cabo—. Ya lo verá, señorita Ableseth.
—Llámeme Mary —dijo ella mientras se colocaba bien la densa melena escarlata. Se le había movido un poco en los últimos instantes, debido a la estrechez del helicóptero.
—De acuerdo —dijo Biskle, y salvo por un penetrante sentimiento de deslealtad hacia Fay, empezó a sentirse bastante bien.
—En la Tierra todo ocurre muy deprisa —dijo Mary Ableseth— a causa de la terrible presión de la superpoblación. —Se colocó la dentadura. También se le había movido.
—Ya veo —asintió Biskle mientras se arreglaba su propia peluca y la dentadura. «¿Y si me he equivocado?», se preguntó. A fin de cuentas, podía ver las luces de Nueva York debajo de él. Estaba claro que la Tierra no era un montón de ruinas despobladas y que su civilización seguía intacta.
¿O era todo una ilusión, impuesta a su sistema de percepción por unas técnicas psíquicas proxianas que él desconocía? No podía negar que la moneda de diez centavos había atravesado el dispensador de anfetaminas. ¿Indicaba eso que algo iba sutil y terriblemente mal?
Era posible que el dispensador no existiera en realidad.
Al día siguiente, Mary Ableseth y él fueron de visita a uno de los pocos parques que quedaban. En la parte sur de Utah, cerca de las montañas, era un lugar verde y hermoso, aunque un poco pequeño. Milt Biskle, tumbado en la hierba, veía cómo avanzaba una ardilla a saltitos hacia un árbol, con la cola tras de sí como una estela de color gris.
—En Marte no hay ardillas —dijo con tono melancólico.
Mary Ableseth, con un pequeño traje de baño, estaba tumbada de espaldas, con los ojos cerrados.
—Se está bien aquí, Milt. Me imagino que Marte es así. —Más allá del parque, el tráfico se desplazaba por la autopista. El ruido recordó a Milt la superficie del océano Pacífico. Era como un arrullo. Todo parecía estar en su sitio. Le lanzó un cacahuete a la ardilla. La ardilla dio la vuelta y se aproximó al cacahuete dando unos saltos, con la inteligente carita contraída.
Mientras se erguía, con el cacahuete entre las patas, Milt Biskle le arrojo un segundo a la derecha. La ardilla lo oyó caer entre las hojas de arce. Levantó las orejas, y el gesto recordó a Milt algo a lo que había jugado una vez con un gato, un viejo y perezoso minino que habían tenido su hermano y él antes de que la Tierra estuviera tan superpoblada, cuando aún eran legales las mascotas. Había esperado a que Calabaza —el gato— estuviera casi dormido y luego había lanzado un pequeño objeto a un rincón del cuarto. Calabaza se despertó. Con los ojos abiertos de par en par y las orejas alerta, se había dado la vuelta y había pasado quince minutos allí sentado, escuchando y observando, tratando de averiguar qué había hecho aquel ruido. Era una forma inocente de fastidiar al viejo gato, pero Milt se sintió triste al pensar en los muchos años que hacía que Calabaza, su última mascota legal, había muerto. Sin embargo, en Marte volvería a ser legal tener mascotas. Eso lo animó.
De hecho, en Marte, durante los años de reconstrucción, había tenido una mascota. Una planta marciana. Se la había llevado consigo a la Tierra y ahora se encontraba en la mesita de café del salón de Mary Ableseth, con las ramas un poco mustias. El clima de la Tierra, al que no estaba acostumbrada, no le había sentado bien.
—Es raro —murmuró Milt— que mi planta-wug esté así. Pensaba que en un clima tan húmedo…
—Es la gravedad —dijo Mary, con los ojos aún cerrados. Su busto subía y bajaba con regularidad. Estaba casi dormida—. Es excesiva para ella.
Milt admiró la figura esbelta de la mujer. Le recordaba a Calabaza en circunstancias parecidas. El momento del sopor, entre el sueño y la vigilia, cuando el consciente y el inconsciente se funden… Alargó la mano y recogió una piedrecita.
La arrojó sobre las hojas, cerca de la cabeza de la chica.
Mary se incorporó al instante, con los ojos abiertos de par en par. La parte superior del traje de baño resbaló por su cuerpo.
Tenía las dos orejas levantadas.
—Pero los terrícolas —dijo Milt— hemos perdido el control de la musculatura de las orejas, Mary. Incluso en los movimientos reflejos.
—¿Cómo? —murmuró ella mientras parpadeaba, perpleja, y volvía a atarse el traje de baño.
—La capacidad de levantar las orejas está atrofiada en nuestro caso —le explicó Milt—. A diferencia de lo que les pasa a los perros y los gatos. Un examen morfológico no lo detectaría, porque la musculatura sigue allí, pero es así. De modo que han cometido un error.
—No sé de qué está hablando —dijo Mary con cierto malhumor. Sin prestarle atención, se concentró en volver a atarse la parte alta del traje de baño.
—Volvamos al apartamento —dijo Milt mientras se ponía en pie. Ya no tenía ganas de seguir holgazaneando en el parque, porque ya no creía en él. Ardilla irreal, hierba irreal… ¿Lo eran de verdad? ¿Alguna vez le mostrarían lo que había más allá de la ilusión? Lo dudaba.
La ardilla los siguió un corto trecho mientras regresaban al helicóptero, pero luego dirigió su atención a una familia de terrícolas, los dos niños pequeños habían empezado a lanzarle frutos secos.
—Muy convincente —dijo Milt. Y realmente lo era.
—Es una pena que no pudiera visitar más veces al doctor DeWinter —dijo Mary—. Lo habría ayudado mucho. —Su voz tenía una extraña dureza.
—No me cabe la menor duda —asintió Milt Biskle mientras volvían a subir al helicóptero.
Al llegar al apartamento de Mary, la planta-wug había muerto. De deshidratación, según todos los indicios.
—No intente explicarlo —le dijo a Mary mientras los dos permanecían allí de pie, mirando los tallos cuarteados y secos de la hasta hace poco viva criatura—. Ya sabe lo que demuestra. La Tierra es más húmeda que Marte, incluso el Marte que hemos reconstruido. Sin embargo, esta planta se ha secado por completo. Supongo que no queda humedad en la Tierra porque las bombas de los proxianos desecaron los mares. ¿No?
Mary no dijo nada.
—Lo que no entiendo —dijo Milt— es de qué les sirve mantener esta ilusión. Ya he terminado el trabajo.
Al cabo de una pausa, Mary respondió:
—Puede que haya más planetas que necesiten reconstrucción, Milt.
—¿Tan grande es su población?
—Estaba pensando más bien en la Tierra —replicó ella—. Los trabajos de reconstrucción llevarán generaciones. Necesitaremos todo el talento y la habilidad de los ingenieros de reconstrucción.
—Y enseguida añadió: —No hago más que seguir la lógica de sus hipótesis, claro está.
—Así que nuestro próximo trabajo es la Tierra. Por eso me han dejado venir. De hecho, he venido para quedarme —comprendió de repente, en un acceso de clarividencia—. No volveré a Marte ni veré a Fay nunca más. Va usted a reemplazarla. —Tenía sentido.
—Bueno —dijo Mary con una leve sonrisa sarcástica—, digamos que estoy intentándolo. —Le acarició el brazo. Descalza, aún con el traje de baño, se le acercó muy lentamente.
Aterrorizado, Biskle se apartó de ella. Recogió la planta y, sin decir nada, se acercó al triturador de basuras del apartamento y arrojó allí los quebradizos y resecos restos de la planta. La máquina los engulló.
—Ahora —dijo Mary con tono animoso— vamos a visitar el Museo de Arte Moderno de Nueva York y, si tenemos tiempo, el Smithsonian, en Washington D. C. Me han pedido que lo mantenga ocupado, para que no le dé por pensar.
—Pero si ya lo he hecho —dijo Milt mientras observaba cómo se cambiaba el bañador por un traje de algodón tejido de color gris. «No se puede hacer nada —se dijo—. Y ahora lo sabes. Y lo mismo les pasará a todos los ingenieros cuando terminen su zona. Yo soy sólo el primero.»
«Al menos no estoy solo», comprendió. Y esto hizo que se sintiera un poco mejor.
—¿Qué tal estoy? —preguntó Mary mientras se pintaba los labios delante del espejo.
—Muy bien —respondió él con tono lánguido, y se preguntó si sería Mary la que recibiría a cada ingeniero de reconstrucción para convertirse en su amante. «No sólo no es lo que parece —pensó—, sino que encima no me la voy a poder quedar.»
Se le antojaba una pérdida gratuita y fácil de evitar.
Se dio cuenta de que estaba empezando a gustarle. Mary estaba viva; era real. Terrícola o no. Al menos no habían perdido la guerra ante unas sombras, sino ante unos organismos vivientes reales. Esto lo animaba, de algún modo.
—¿Preparado para el Museo de Arte Moderno? —preguntó Mary con una sonrisa.
Más tarde, en el Smithsonian, después de ver el aeroplano de Charles Lindbergh, el Spirit of Saint Louis y el increíblemente antiguo avión de los hermanos Wright —parecía tener no menos de un millón de años— pudo visitar la parte de la exposición que más le interesaba.
Sin decirle nada a Mary —que parecía absorta estudiando un expositor de piedras semipreciosas en su estado natural, sin pulir— se escabulló y, un momento después, se encontraba frente a una gran vitrina titulada:
SOLDADOS PROXIANOS, 2014
Tres soldados proxianos, con el morro oscuro manchado y cubierto de mugre, las armas preparadas, parapetados detrás de los restos de uno de sus transportes. Una bandera ensangrentada colgaba fláccidamente a su lado. Era la representación de una derrota del enemigo: aquellas tres criaturas estaban a punto de rendirse o de morir.
Había un grupo de terrícolas boquiabiertos delante del cristal. Milt Biskle se volvió hacia el más cercano de ellos y dijo:
—Convincente, ¿no?
—Desde luego —dijo el hombre, un sujeto de mediana edad, de cabello cano y gafas—. ¿Estuvo usted en la guerra? —preguntó a Milt mientras se volvía hacia él.
—Trabajo en la reconstrucción —dijo Milt—. Ingeniero Amarillo.
—Oh. —El hombre asintió, impresionado—. Amigo, esos proxianos tienen un aspecto aterrador. Casi parece que van a salir de ahí para matarnos a todos. —Sonrió—. Lucharon bien antes de rendirse, eso hay que reconocérselo.
A su lado, su cana y enjuta esposa dijo:
—Esas armas me dan escalofríos. Son demasiado realistas.
Con un gesto de desaprobación, se alejó de allí.
—Tiene usted razón —dijo Milt Biskle—. Resultan aterradoramente reales porque son reales. —No tenía sentido crear una ilusión de aquella clase cuando su modelo, el verdadero, estaba a mano, perfectamente accesible. Milt se introdujo por debajo de la barandilla, se acercó a la vitrina, levantó el pie y le propinó una patada. El cristal cayó en mil pedazos.
Mientras Mary se le acercaba corriendo, Milt le arrebató el rifle a uno de los proxianos congelados y se volvió hacia ella.
Mary se detuvo, con la respiración entrecortada, mirándolo pero sin decir nada.
—Estoy dispuesto a trabajar para vosotros —dijo Milt, empuñando el rifle con la destreza de un experto—. A fin de cuentas, si mi propia raza ya no existe, mal puedo reconstruir un mundo para ellos. Pero quiero saber la verdad. Dímela y continuaré con mi trabajo.
—No, Milt —dijo Mary—. Si conocieras la verdad, no continuarías. Te matarías con esa arma. —Lo dijo con voz calmada, compasiva incluso, pero sus ojos grandes y brillantes parecían recelosos.
—Entonces te mataré —dijo él. Y después de eso se suicidaría.
—Espera. —La chica meditó un momento—. Milt… Es difícil. No sabes absolutamente nada y, aun así, mira en qué estado de abatimiento te encuentras. ¿Cómo esperas sentirte cuando veas cómo está tu planeta? Casi es demasiado para mí y yo sólo soy una… —vaciló.
—Dilo.
—Sólo soy una… —se le atragantó la palabra— una visitante.
—Pero tengo razón —dijo él—. Dilo. Admítelo.
—Tienes razón, Milt —dijo ella con un suspiro.
En ese momento aparecieron dos guardias de seguridad del museo, armados con pistolas.
—¿Está usted bien, señorita Ableseth?
—De momento sí —dijo Mary. No apartó los ojos de Milt ni del rifle que empuñaba—. Esperen —les ordenó a los guardias.
—Sí, señora. —Obedecieron éstos. Nadie se movió.
—¿Sobrevivió alguna mujer terrícola? —dijo Milt.
Al cabo de una pausa, Mary respondió:
—No, Milt. Pero los proxianos pertenecemos al mismo género que los humanos, como bien sabes. Podemos cruzarnos. ¿No te hace eso sentir mejor?
—Claro —respondió él—. Mucho mejor. —Y entonces sintió el deseo de dar la vuelta al rifle y suicidarse, sin esperar un momento. Era un impulso casi imposible de resistir. Había tenido razón. La criatura a la que había visto en la pista Tres del espaciopuerto de Marte no era Fay—. Escucha —le dijo a Mary Ableseth—. Quiero volver a Marte. Vine aquí a descubrir algo. Ya lo he descubierto, así que quiero regresar. Quizá hable de nuevo con el doctor DeWinter, tal vez pueda ayudarme. ¿Alguna objeción?
—No. —Parecía entender cómo se sentía—. A fin de cuentas, hiciste todo tu trabajo allí. Tienes derecho a regresar. Pero en algún momento tendrás que empezar a trabajar aquí, en la Tierra. Podemos esperar un año, más o menos, puede que dos. Pero al final Marte acabará por llenarse y necesitaremos el espacio. Y va a ser mucho más difícil aquí… como ya descubrirás. —Trató de sonreír, pero no lo consiguió. Milt vio el esfuerzo que le costaba. —Lo siento, Milt.
—Y yo —respondió Milt Biskle—. Joder, lo he sentido cuando murió esa planta-wug. Ya conocía la verdad entonces. No era sólo una sospecha.
—Te interesará saber que tu colega, el ingeniero Rojo, Cleveland Andre, les habló a los demás en tu lugar. Y les transmitió todas tus impresiones, junto con las suyas propias. Han decidido enviar una delegación oficial a la Tierra para investigar; ya está de camino.
—Me interesa —dijo Milt—. Pero la verdad es que tampoco importa. No cambia las cosas. —Bajó el rifle—. ¿Puedo volver a Marte ya? —Estaba cansado—. Dígale al doctor DeWinter que voy.
«Dígale —pensó— que tenga preparada toda su batería de técnicas psiquiátricas para mí, porque le van a hacer falta.» ¿Y los animales de la Tierra? —preguntó—. ¿Sobrevivió alguna especie? ¿Qué pasó con los perros y los gatos?
Mary miró de soslayo a los guardias del museo. Tras un instante de comunicación silenciosa, dijo:
—Tal vez no pase nada.
—¿Tal vez no pase nada si qué? —preguntó Milt Biskle.
—Si lo ve. Un momento. Parece que se lo está tomando mejor de lo que esperábamos. En mi opinión, se lo ha ganado. —Y añadió—: Sí, Milt, los perros y los gatos han sobrevivido. Viven aquí, entre las ruinas. Venga conmigo y lo verá.
«¿Ha acertado por primera vez? —pensó mientras iba con ella—. ¿De verdad quiero verlo? ¿Puedo soportar la realidad de lo que existe… lo que han creído necesario ocultarme hasta ahora?»
Al llegar a la rampa de salida del museo, Mary se detuvo y dijo:
—Salga, Milt. Yo me quedaré aquí. Lo estaré esperando cuando vuelva.
Con paso vacilante, Milt bajó la rampa.
Y lo vio.
Eran ruinas, claro, tal como ella había dicho. La ciudad había sido destrozada, arrasada hasta un metro por encima de la superficie. Los edificios se habían convertido en cuadrados vacíos, sin contenido, una repetición infinita, inútil y absurda. No podía creer que lo que estaba viendo fuera nuevo. Tuvo la impresión de que aquellos restos abandonados siempre habían estado allí, tal como lo estaban ahora. Y… ¿cuánto tiempo permanecerían así?
A la derecha, un sistema mecánico, elaborado pero de pequeño tamaño, se había posado sobre una calle llena de escombros. Mientras Milt lo observaba, extendió un sinfín de pseudópodos y empezó a excavar inquisitivamente los cimientos de las cercanías. Los cimientos, de acero y de cemento, fueron concienzudamente pulverizados.
El suelo era de color marrón oscuro, tierra carbonizada por el calor atómico generado por el equipo de reparación autónomo… «Una máquina —pensó Milt Biskle—, no muy diferente a las que yo utilizo en Marte.» Sabía, por sus propios trabajos de reconstrucción, que a aquella herramienta de demolición le seguiría, en apenas cuestión de minutos, otra igualmente compleja, que prepararía el terreno para las nuevas estructuras.
A un lado de la calle, que estaba desierta, observando los limitados trabajos de limpieza, se veían dos figuras grises y delgadas. Dos proxianos, aquilinos como todos ellos, con su pálido cabello natural peinado en un alto moño y los lóbulos de las orejas alargados por la acción de los pesados pendientes.
«Los vencedores —se dijo—. Disfrutando del espectáculo, observando cómo son aniquilados los últimos objetos de la raza vencida. Algún día, aquí se levantará una ciudad puramente proxiana: arquitectura proxiana, calles dispuestas según el extraño y amplio patrón que utilizan los proxianos, edificios uniformes, como cajas, con numerosos niveles subterráneos.» Y unos ciudadanos como aquéllos recorrerían las rampas y los canales de alta velocidad en sus rutinarios quehaceres diarios.
«¿Y los perros y los gatos que, según Mary, aún habitan estas ruinas? ¿Desaparecerán? Probablemente no del todo. Habrá lugares reservados para ellos, puede que en los museos y los zoos, como rarezas del pasado que los visitantes mirarán boquiabiertos. Supervivientes de una ecología que ya no existirá. Ni importará.»
Y, sin embargo… Mary tenía razón. Los proxianos pertenecían al mismo género que la raza humana. Aunque no se aparearan con los humanos, las especies, tal como las conocía, sobrevivirían. «Y se aparearán», pensó. Su propia relación con Mary así lo presagiaba. Como individuos no estaban tan lejos. Hasta puede que el resultado fuera bueno.
«El resultado —pensó mientras daba media vuelta y regresaba al museo—, podría ser una raza que no sea proxiana ni terrícola del todo; algo genuinamente nuevo, surgido de su fusión. Al menos, es lo mejor que cabe esperar.»
La Tierra sería reconstruida. Había visto con sus propios ojos progresos modestos pero reales. Puede que los proxianos carecieran de la habilidad que poseían sus colegas ingenieros y él… pero ahora que los trabajos en Marte estaban prácticamente acabados, podía empezar allí. No era absolutamente imposible. No del todo.
Volvió junto a Mary y le dijo con la voz quebrada:
—Hazme un favor. Consígueme un gato para llevármelo a Marte. Siempre me han gustado los gatos. Sobre todo los anaranjados con rayas.
Uno de los guardias del museo, tras intercambiar una mirada con su compañero, dijo:
—Puede arreglarse, señor Biskle. Podemos conseguirle un… ¿cachorro, es la palabra?
—Gatito, creo —lo corrigió Mary.
Durante el viaje de vuelta a Marte, Milt Biskle, con la caja que contenía el gatito anaranjado sobre el regazo, trazó sus planes. La nave aterrizaría en Marte quince minutos más tarde y el doctor DeWinter —o la criatura que se hacía pasar por el doctor DeWinter— estaría esperándolo allí. Y sería demasiado tarde. Desde su posición podía ver la escotilla de emergencia, con su luz roja de advertencia. Sus planes se centraban en aquella escotilla. No era ideal, pero serviría.
En la caja, el gatito anaranjado levantó una zarpa y empezó a jugar con la mano de Milt. Este sintió las afiladas y pequeñas uñas sobre la piel y en un gesto ausente, dejó de acariciarlo y sacó la mano. «De todos modos no iba a gustarte Marte», pensó mientras se ponía en pie.
Sin soltar la caja, se acercó a buen paso a la escotilla de emergencia. Antes de que la azafata pudiera evitarlo, la había abierto. Entró y cerró la escotilla detrás de sí. Un instante después, empezó a accionar la pesada puerta de salida de la estrecha unidad.
—¡Señor Biskle! —le llegó la voz de la azafata, amortiguada por la escotilla de acceso. Oyó que intentaba abrir la compuerta para alcanzarlo.
Mientras giraba el mecanismo de la compuerta exterior, el gatito empezó a bufar dentro de su caja.
«¿También tú?», pensó Milt Biskle, e hizo una pausa.
La muerte, el vacío y una completa ausencia de la calidez del espacio intermedio, se filtró por la compuerta a medio abrir y lo rodeó. La olió y algo en él, igual que le había sucedido al gatito, retrocedió instintivamente. Se detuvo, con la caja del gatito en las manos, sin terminar de abrir la compuerta, y en ese momento la azafata lo agarró.
—Señor Biskle —dijo, casi sollozando—, ¿es que ha perdido la cabeza? Por Dios, ¿qué está haciendo? —Logró cerrar la compuerta exterior y luego hizo lo propio con la escotilla de emergencia.
—Sabe perfectamente lo que estoy haciendo —dijo Milt Biskle mientras permitía que ella volviera a meterlo en la nave y lo llevara hasta su asiento.
«Y no crea que me ha detenido usted —se dijo—. Porque no ha sido usted. Podría haberme adelantado a usted, podría haberlo hecho. Pero he decidido no hacerlo.»
Se preguntaba por qué.
Más tarde, en la pista Tres, el doctor DeWinter lo estaba esperando, según lo convenido.
Mientras caminaban hacia el helicóptero que los esperaba, el doctor DeWinter, con voz preocupada, dijo:
—Acaban de informarme de que, durante el viaje…
—Es cierto. He intentado suicidarme. Pero he cambiado de idea. Puede que sepa usted por qué. Es un psicólogo, una autoridad sobre lo que sucede dentro de nuestras cabezas. —Entró en el helicóptero con cuidado, para no aplastar la caja del gatito terrícola.
—¿Va a instalarse finalmente en la parcela con Fay? —le preguntó el doctor DeWinter al cabo de unos instantes, mientras sobrevolaban unos verdes y húmedos campos de trigo con alto contenido en proteínas—. ¿A pesar de… saberlo?
—Sí —asintió. A fin de cuentas, no había nada más para él, al menos que supiera.
—Terrícolas… —El doctor DeWinter sacudió la cabeza—. Admirable. —Entonces se fijó en la caja que Milt Biskle llevaba en el regazo—. ¿Qué tiene ahí? ¿Una criatura de la Tierra? —La observó con suspicacia. Obviamente, para él era una forma de vida alienígena—. Un organismo de aspecto peculiar.
—Me hará compañía —dijo Milt Biskle—. Mientras trabajo en mi propiedad o… —«O ayudándolos a reconstruir la Tierra», pensó.
—¿Es lo que llaman una serpiente cascabel? Me parece detectar el sonido de los cascabeles. —El doctor DeWinter se apartó.
—Está ronroneando. —Milt Biskle acarició al animal mientras el piloto automático del helicóptero los llevaba por el apagado y rojizo cielo marciano.
«El contacto con una forma de vida familiar me mantendrá cuerdo. Me permitirá seguir adelante. —Se sentía agradecido—. Puede que mi raza haya sido vencida y destruida, pero no todas las criaturas de la Tierra han perecido. Tal vez, cuando reconstruyamos el planeta, logremos persuadir a las autoridades de que nos permitan establecer reservas. Eso será parte de nuestra tarea —pensó mientras volvía a acariciar al gatito—. Es lo único que podemos esperar.»
A su lado, el doctor DeWinter estaba también sumido en sus propios pensamientos. Apreciaba el delicado trabajo de los ingenieros destinados en el tercer planeta, que había permitido crear el simulacro que descansaba en la caja que Milt Biskle llevaba en su regazo. Como logro técnico era algo increíble, incluso para él, y era consciente de ello… No como Milt Biskle, claro. Aquel dispositivo, aceptado por el terrícola como un organismo auténtico del pasado que recordaba, le proporcionaría un pivote sobre el que mantener el equilibrio psicológico.
Pero, ¿y los demás ingenieros de reconstrucción? ¿Qué haría falta para que cada uno de ellos superara el momento del descubrimiento, cuando completara su trabajo y, lo quisiera o no, tuviera que despertar?
Sería diferente para cada terrícola. Para uno un perro, para otro una simulación más compleja, posiblemente de una joven humana. En cualquier caso, a cada uno de ellos se le proporcionaría una «excepción» de la situación real. Una entidad esencial, superviviente, de lo que, en realidad, había desaparecido del todo. Habría que investigar el pasado de cada ingeniero para descubrir la clave, como había ocurrido en el caso de Biskle. El simulacro de gato estaba terminado semanas antes de aquel viaje repentino y aterrorizado a la Tierra. Para Andre, por ejemplo, ya estaban construyendo un simulacro de loro. Estaría terminado para cuando le tocara hacer su viaje a la Tierra.
—Lo voy a llamar Trueno —le explicó Milt Biskle.
—Buen nombre —dijo el falso doctor DeWinter. Y pensó: «Es una pena que no hayamos podido mostrarle la situación real de la Tierra. De hecho, es bastante interesante que aceptara lo que vio, porque, a cierto nivel, debe darse cuenta de que nada sobrevive a una guerra como ésa. Es obvio que está desesperado por creer que queda algo, aunque no sea más que un montón de escombros. Pero es típico de la mentalidad de los terrícolas agarrarse a fantasmas. Eso podría contribuir a explicar su derrota en el conflicto. Nunca fueron realistas.»
—Este gato —dijo Milt Biskle— va a ser un campeón cazando ratones marcianos.
—Cierto —asintió el doctor DeWinter mientras pensaba: «Siempre que no se le agoten las baterías.» Y le dio unas palmaditas en el lomo.
Un dispositivo se activó y el gatito ronroneó con más fuerza.
NOTA:
Artefacto precioso [9 de diciembre de 1963], en Galaxy (octubre de 1964).
Este relato es un ejemplo de una lógica que suelo utilizar mucho, según dice la profesora Patricia Warrick. Tenemos Y. Luego hacemos una pirueta cibernética y tenemos anti-Y. Vale, ahora le damos la vuelta a todo y tenemos anti-anti-Y. Bien, la pregunta es: ¿anti-anti-Y es igual a Y’? ¿O es una versión más profunda de anti-Y? En este relato, primero parece que la verdad es Y, pero luego descubrimos que su opuesto también lo es (anti-Y). Más tarde vemos que esto tampoco es cierto, así que ¿volvemos a Y? La profesora Warrick dice que mi lógica se resume en que Y es igual a anti-Y. Yo no estoy de acuerdo, pero tampoco sabría decir cómo me resumo yo mismo. Sea cual sea la verdad, está contenida en este relato. O he inventado una nueva lógica o… ejem, estoy jugando con cartas marcadas. (1978)

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