I
Aquella noche, mientras se afeitaba la cabeza hasta sacarle brillo, Aaron Tozzo tuvo una visión demasiado triste para soportarla. En su mente vio a quince convictos de Nachbaren Slager, de dos centímetros y medio de estatura cada uno de ellos, en una nave del tamaño de un balón. La nave, a la velocidad de la luz, continuaba su viaje por toda la eternidad, sin que los hombres de su interior supieran lo que iba a ser de ellos ni les importara.
Lo peor de la visión era que probablemente se cumpliera.
Se secó la cabeza, se aplicó un poco de loción sobre la piel y luego tocó el botón que llevaba en el interior de la garganta. Una vez establecido el contacto con la centralita de la Junta, Tozzo dijo:
—Admito que no podamos hacer nada por esos quince, pero al menos podríamos negarnos a mandar más.
Su comentario, grabado por la centralita, fue transmitido a sus compañeros de trabajo. Todos estaban de acuerdo; oyó el sonido de sus voces mientras se ponía el delantal, las zapatillas y el abrigo. Evidentemente, el vuelo había sido un error. Ahora hasta la opinión pública lo sabía. Pero…
—Pero vamos a hacerlo —dijo por encima del clamor la voz de Edwin Fermetti, superior de Tozzo—. Ya tenemos a los voluntarios.
—¿También de Nachbaren Slager? —preguntó Tozzo. Como es natural, los prisioneros también eran voluntarios. La media de vida en los campos de trabajo no superaba los cinco o seis años. Y si el vuelo a Próxima tenía éxito, recibirían la libertad. No tendrían que regresar a ninguno de los cinco planetas habitados del Sistema Solar.
—¿Qué importa su procedencia? —preguntó Fermetti con voz calmada.
—Nuestros esfuerzos deberían estar enfocados a mejorar el departamento de Criminología de Estados Unidos, no a llegar a otras estrellas. —De repente sintió el impulso de dimitir de su puesto en la Junta de Emigración y meterse en política bajo una bandera reformista.
Más tarde, mientras tomaba el desayuno en la mesa de la cocina, su mujer le dio unas palmaditas en el brazo.
—Aún no has podido resolverlo, ¿verdad, Aaron?
—No —admitió—. Y ya no me importa. —No mencionó los cargamentos de convictos que habían enviado infructuosamente. Estaba prohibido hablar del tema con nadie que no trabajara en un departamento del gobierno.
—¿Podrían hacer la reentrada solos?
—No. Perdieron la masa aquí, en el Sistema Solar. Para hacer la reentrada tendrían que conseguir la misma masa, reemplazarla. Esa es la cuestión. —Exasperado, tomó un sorbito de té e ignoró a su mujer. «Mujeres —pensó—. Atractivas, pero no muy brillantes»—. Tienen que recuperar esa masa —repitió—. Y no pasaría nada si fuera un viaje de ida y vuelta, supongo. Pero se trata de una misión de colonización. No es una visita guiada. No volverá a su punto de origen.
—¿Cuánto tardarán en llegar a Próxima? —preguntó Leonore—. Así, reducidos a poco más de dos centímetros.
—Unos cuatro años.
Los ojos de su mujer se abrieron de par en par.
—Qué maravilla.
Tozzo refunfuñó una respuesta ante este comentario, apartó la silla de la mesa y se levantó. «Ojalá se te hubieran llevado a ti —se dijo—, ya que te parece tan maravilloso». Pero Leonore era demasiado inteligente para presentarse voluntaria.
—Así que yo estaba en lo cierto —dijo su mujer en voz baja—. La Junta ha enviado gente. Acabas de admitirlo.
Tozzo se ruborizó y dijo:
—No se lo digas a nadie. Y sobre todo a ninguna de tus amigas. Podría quedarme en el paro.
Le lanzó una mirada de advertencia y, con esta última prueba de hostilidad, se marchó a la Junta.
Cuando estaba abriendo la puerta de su despacho, lo saludó Edwin Fermetti.
—¿Crees que Donald Nils estará en este momento en uno de los planetas que orbitan alrededor de Próxima? —Nils era un famoso asesino que se había presentado voluntario para una de las misiones de la Junta—. Me pregunto… Puede que lleve un terrón de azúcar cinco veces más grande que él.
—No tiene gracia —dijo Tozzo.
Fermetti se encogió de hombros.
—Sólo quería combatir un poco el pesimismo. Creo que todos estamos acusándolo. —Siguió a Tozzo al interior del despacho—. Quizá deberíamos presentarnos voluntarios para el próximo vuelo. —Lo dijo casi como si lo pensara y Tozzo le lanzó una mirada—. Era una broma —admitió.
—Un vuelo más —dijo Tozzo—. Si falla, dimito.
—Voy a contarte algo —dijo Fermetti—. Tenemos un nuevo plan. —El compañero de Tozzo, Craig Gilly, acababa de llegar. Fermetti les confió a los dos—: Vamos a tratar de usar precognitivos para obtener la fórmula de la reentrada. —Sus ojos parpadearon al ver su reacción.
Gilly, pasmado, dijo:
—Pero si todos los precognitivos están muertos. Fueron destruidos por orden presidencial, hace veinte años.
—Vamos a dragar el pasado en busca de uno, ¿no es así, Fermetti? —preguntó Tozzo, impresionado.
—Eso es lo que vamos a hacer, sí —dijo su superior, con un gesto de asentimiento—. Volver a la edad de oro de la precognición, el siglo XX.
Tozzo quedó desconcertado un instante. Y entonces se acordó.
Durante la primera mitad del siglo XX habían aparecido tantos precognitivos —personas dotadas de la capacidad de ver el futuro— que habían formado hasta un gremio profesional, con sedes en Los Angeles, Nueva York, San Francisco y Pensilvania. Este grupo de precognitivos había editado una serie de publicaciones que habían disfrutado de bastante éxito durante varias décadas. Audaz y abiertamente, los miembros del gremio habían proclamado en sus escritos su conocimiento del futuro. Sin embargo, como colectivo, la sociedad no les había prestado demasiada atención.
—A ver si lo he entendido —dijo Tozzo con lentitud—. ¿Quieres decir que pretendes usar las sondas temporales del departamento de Arqueología para ir a buscar a algún precognitivo famoso del pasado?
Fermetti asintió y dijo:
—Y traerlo aquí para ayudarnos, sí.
—Pero ¿cómo va a ayudarnos? No sabrá nada sobre nuestro futuro, sólo sobre el suyo.
—La Biblioteca del Congreso ya nos ha concedido accesos a la práctica totalidad de las revistas editadas por los precognitivos en el siglo XX —respondió Fermetti. Miró a Tozzo y a Gilly con una sonrisa ladeada. Era evidente que estaba disfrutando enormemente de la situación—. Tengo la esperanza, y también la convicción, de que entre ese gran corpus de escritos encontremos un artículo relacionado específicamente con el problema de la reentrada. Desde un punto de vista estadístico, las probabilidades son elevadas… Como ya sabréis, escribieron sobre un sinfín de temas relacionados con las civilizaciones futuras.
Al cabo de un instante, Gilly dijo:
—Una idea muy inteligente. Tal vez pueda resolver el problema. El viaje a la velocidad de la luz podría convertirse en una realidad.
—Con suerte, antes de que nos quedemos sin convictos —dijo Tozzo con agrio sarcasmo. Pero también a él le gustaba la idea de su superior. Y, además, la idea de encontrarse cara a cara con uno de los famosos precognitivos del siglo XX le resultaba fascinante. La suya había sido una época breve y gloriosa…, concluida, por desgracia, hacía mucho.
O no tan breve, si se tomaba a Jonathan Swift como punto de partida, en lugar de a H. G. Wells. Swift había escrito sobre los dos satélites de Marte y sus extrañas características orbitales antes de que los telescopios hubieran demostrado su existencia. Por ello, en la mayoría de los manuales actuales se incluía su nombre.
II
Los ordenadores de la Biblioteca del Congreso no tardaron demasiado en examinar los frágiles y amarillentos volúmenes, artículo por artículo, hasta encontrar la única contribución relacionada con la privación y restauración de masa como medio de viaje interestelar. La tesis de Einstein de que, a medida que un objeto aumentaba su velocidad, su masa se incrementaba proporcionalmente, había sido aceptada de manera tan incondicional que nadie en el siglo XX había prestado atención a un artículo publicado en agosto de 1955 en una publicación de precognitivos llamada If.
Tozzo y Fermetti estaban en el despacho de éste, estudiando la reproducción fotográfica del artículo. Se titulaba «Vuelo nocturno» y tenía apenas un millar de palabras. Los dos hombres lo leyeron con avidez, sin decir palabra hasta haber terminado.
—¿Y bien? —dijo Fermetti al llegar al final.
—No hay duda —dijo Tozzo—. Es nuestro proyecto, sí. Hay muchas inconsistencias. Por ejemplo, llama a la Junta de Emigración «Exploraciones Exteriores, S. A.» y cree que es una empresa privada. —Buscó un párrafo en el texto—. Pero es realmente intrigante. Evidentemente, tú eres este personaje, Edmond Fletcher; los nombres son similares, aunque ligeramente diferentes, como todo lo demás. Y yo soy Alison Torelli. —Sacudió la cabeza con admiración—. Esos precognitivos… Tener una imagen mental del futuro diferente y, sin embargo, en conjunto…
—En conjunto acertada —concluyó Fermetti—. Sí, estoy de acuerdo. Este artículo habla de nosotros y del proyecto de la Junta… Que en él se llama «Araña de agua», porque la nave lleva a cabo un gran salto de un medio a otro. Jesús, ojalá se nos hubiera ocurrido. Es un nombre perfecto. Quizá podríamos usarlo aún.
—Pero el precognitivo que escribió «Vuelo nocturno»… —dijo Tozzo lentamente— no escribió en ninguna parte la fórmula de la restauración de masa. Ni siquiera la de la privación de masa. Sólo dice que la tenemos. —Tomó la reproducción del artículo y leyó en voz alta—: «El problema de restaurar la masa de la nave y sus pasajeros al final del viaje ha sido uno de los fundamentales a los que se han enfrentado Torelli y el equipo de científicos del proyecto, pero finalmente han conseguido resolverlo. Tras la trágica implosión del Explorador marino, la primera nave que se envió…». Y eso es todo. ¿De qué nos sirve? Sí, ese precognitivo conoció nuestra situación actual hace cien años…, pero no nos dejó ningún detalle técnico.
Hubo un silencio.
Finalmente, con voz reflexiva, Fermetti dijo:
—Eso no quiere decir que no conociera los datos técnicos. Hoy sabemos que algunos miembros del gremio tenían formación científica. —Estudió el informe biográfico—. Sí, cuando no estaba utilizando sus habilidades precognitivas realizaba estudios sobre la grasa de pollo para la Universidad de California.
—¿Sigues pensando en usar las sondas temporales para traerlo al presente?
Fermetti asintió.
—Ojalá funcionaran en ambos sentidos. Si pudiéramos enviarlas al futuro, y no sólo al pasado, no tendríamos que poner en peligro la seguridad de ese precognitivo… —Echó un vistazo al artículo—. Poul Anderson.
—¿Cuál es el peligro? —preguntó Tozzo, intranquilo.
—Que tal vez no podamos devolverlo a su propia época. O… —Fermetti hizo una pausa—. Podríamos perder parte de él por el camino. La sonda ha fragmentado muchos objetos en el pasado.
—Y no estamos hablando de un convicto de Nachbaren Slager —dijo Tozzo—. Así que no tenemos excusa para utilizarlo.
Fermetti dijo bruscamente:
—Lo haremos como es debido. Reduciremos el peligro enviando un equipo de hombres a su época, a 1954. Pueden capturar al tal Anderson y asegurarse de que se mete entero en la sonda temporal, y no sólo la mitad o el lado izquierdo.
Así que ya estaba decidido. Un equipo del departamento de Arqueología volvería a 1954 y traería consigo al precognitivo Poul Anderson. No había nada más que hablar.
Las investigaciones llevadas a cabo por el departamento de Arqueología de Estados Unidos demostraban que en 1954 Poul Anderson estaba viviendo en Berkeley, California, concretamente en la calle Grove. Aquel mes asistió a una reunión de máximo nivel, realizada por precognitivos de todo el país en el Hotel Sir Francis Drake, en San Francisco. Probablemente fuera allí, en aquella reunión, donde se habían trazado las líneas básicas de la política del año siguiente, con la participación de Anderson y otros expertos.
—La verdad es que es muy simple —le explicó Fermetti a Tozzo y a Gilly—. Mandamos a un par de hombres. Les proporcionamos carnés falsificados de miembros de la Organización Nacional de Precognitivos, unos recuadros de papel envueltos en celofán adheridos a la solapa de la chaqueta. Como es natural, llevarán ropa del siglo XX. Encontrarán a Poul Anderson y se lo llevarán a algún sitio discreto.
—¿Qué le dirán? —preguntó Tozzo con cierto escepticismo.
—Que representan a una organización de precognitivos sin licencia de Battlecreek, Michigan, y que han construido un simpático vehículo parecido a una sonda temporal del futuro. Le pedirán al señor Anderson, que en su día era bastante famoso, que se haga una foto con ellos junto a su máquina y luego que se haga otra dentro. Nuestras investigaciones han desvelado que, según sus contemporáneos, Anderson era un hombre amable y de trato fácil, propenso en este tipo de reuniones anuales a sumirse en un estado de optimismo y jovialidad químicamente inducido.
—¿Quiere usted decir que esnifaba, que tomaba narcóticos para «volar»? ¿Era un «esnifa-pegamento»?
—No —respondió Fermetti con una débil sonrisa—. Ésa fue una moda meramente adolescente, y no se popularizó hasta una década después. No, me refiero a la ingesta de alcohol.
—Ya veo —dijo Tozzo asintiendo.
—Por lo que se refiere a las dificultades —continuó Fermetti—, debemos tener muy presente que se trata de una misión de alto secreto. Anderson irá acompañado por su esposa Karen, ataviada como doncella de Venus: un corpiño brillante, una minifalda y un casco. Además llevarán a su hija recién nacida. El propio Anderson no llevará ningún disfraz para ocultar su identidad. Parece ser que, como la mayoría de los precognitivos del siglo XX, carecía de grandes ansiedades y era un sujeto bastante estable.
»Sin embargo, en los períodos de debate, entre las sesiones formales, los precognitivos, sin sus esposas, andarán por ahí, jugando al póquer, discutiendo, lapidando a sus compañeros, según se dice…
—¿Lapidando?
—O, más bien, siendo lapidados por otros. En cualquier caso, se reunirán en pequeños grupos en los salones del hotel y será en una de estas ocasiones cuando aprovecharemos para atraparlo. En medio del bullicio general, nadie reparará en su ausencia. Lo devolveremos al mismo momento, o al menos pocas horas antes o después…, preferiblemente después, dado que la presencia de dos Poul Anderson en la reunión podría resultar un poco incómoda.
Impresionado, Tozzo comentó:
—Me parece un plan perfecto.
—Me alegro de que te guste —dijo Fermetti con aspereza—, porque vas a ser uno de los dos agentes que lo llevarán a cabo.
—Entonces será mejor que empiece a estudiar cómo era la vida en el siglo XX —respondió Tozzo, gratamente sorprendido. Tomó otro número de If. Fechado en mayo de 1971, había captado su interés en cuanto le había puesto la vista encima. Por supuesto, los precognitivos de 1954 no lo conocerían…, pero algún día lo verían. Y cuando lo vieran, ya nunca podrían olvidarlo.
El primer texto de Ray Bradbury publicado por entregas se llamaba El pescador de hombres, y en él, el gran precognitivo de Los Angeles anticipaba la horrorosa revolución gutmanista que se abatiría sobre los planetas interiores. Bradbury había advertido al mundo sobre Gutman, pero —claro está— nadie le había dado crédito. Ahora Gutman estaba muerto y sus fanáticos partidarios habían quedado reducidos a un puñado de terroristas. Pero si el mundo hubiera escuchado a Bradbury…
—¿Y esa cara? —preguntó Fermetti—. ¿Es que no quieres ir?
—Sí —respondió Tozzo, pensativo—. Pero es una enorme responsabilidad. No se trata de hombres normales.
—En efecto —dijo Fermetti.
III
Veinticuatro horas más tarde, Aaron Tozzo estaba ante el espejo, ataviado a la moda del siglo XX y preguntándose si Anderson se dejaría engañar y entraría en la sonda temporal.
El traje, desde luego, era perfecto. Hasta se había equipado con la típica barba hasta la cintura y el gran mostacho, tan populares en Estados Unidos durante la década de los años cincuenta. Y la peluca.
En aquella época, como todo el mundo sabía, las pelucas se utilizaban en todo el país. Era la nota de elegancia por excelencia. Tanto los hombres como las mujeres llevaban enormes pelucas empolvadas de brillantes colores, rojas, verdes, azules y, por supuesto, las respetables grises. Era una de las ocurrencias más cómicas del siglo XX.
A Tozzo le gustaba mucho la suya, de brillante color rojo. Era auténtica. La habían sacado del museo de Historia Cultural de Los Angeles, cuyo conservador le había asegurado que era de hombre, no de mujer. Así que las probabilidades de detección eran mínimas. Nadie los identificaría como visitantes del futuro, miembros de una cultura completamente distinta.
A pesar de lo cual, Tozzo estaba intranquilo.
Sin embargo, el plan ya estaba trazado. Era hora de marcharse. Junto con Gilly, el otro miembro del equipo, entró en la sonda temporal y se sentó a los controles. El departamento de Arqueología les había proporcionado un manual de instrucciones completo, que ahora tenía delante, abierto. En cuanto Gilly cerró la escotilla, Tozzo pilló al toro por los cuernos (una expresión del siglo XX) y activó la sonda.
Los diales empezaron a moverse. Estaban remontándose en el tiempo hacia 1954 y el congreso de precognitivos.
A su lado, Gilly practicaba frases hechas con un libro de historia del siglo XX:
—«Canastos, vaya sorpresa». —Se aclaró la garganta—. «Ese tipo está fiambre». «Amigo, voy a darte una buena tunda». «Corta el rollo; eres un pelmazo». —Sacudió la cabeza—. No termino de entender el sentido de estas frases —le dijo a Tozzo con cierto tono lastimero—. «Hay que poner pies en polvorosa».
En ese momento se encendió una luz roja. La sonda estaba a punto de completar su tránsito. Un momento después, las turbinas se detuvieron.
Habían aparecido en la acera del Hotel Sir Francis Drake, en pleno centro de San Francisco.
Por todos lados pasaban transeúntes ataviados con pintorescos y arcaicos trajes. Y Tozzo vio que no había monorraíles. Todo el tráfico visible marchaba por la superficie. «Menudo atasco», pensó al ver cómo avanzaban centímetro a centímetro los coches y los autobuses por las calles abarrotadas. Un agente vestido de azul trataba de descongestionar el tráfico, pero el sistema de organización general, comprendió Tozzo al instante, era un completo fracaso.
—Hora de iniciar la fase dos —dijo Gilly, a pesar de que también él estaba mirando con la boca abierta los vehículos de superficie—. Dios mío —dijo—, mira qué faldas tan cortas llevan todas las mujeres. Si hasta enseñan las rodillas. ¿Cómo es que no les afecta el virus escobilla?
—No sé —dijo Tozzo—, pero lo que sí sé es que tenemos que entrar en el Hotel Sir Francis Drake.
Cuidadosamente, abrió la compuerta de la sonda temporal y salió al exterior. Y entonces se percató de algo. Habían cometido un error. Ya.
Los hombres de aquella década iban afeitados.
—Gilly —se apresuró a decir—, tenemos que quitarnos la barba y el bigote. —De un tirón, dejó la tersa piel de su compañero al descubierto. Pero las pelucas…, eso sí era correcto. Todos los hombres que veía llevaban tocados de alguna clase. Apenas había calvos, si es que había alguno. Y las mujeres también llevaban carísimas pelucas…, porque eran pelucas, ¿no? No podía ser pelo natural.
En cualquier caso, Gilly y él ya podían pasar por dos nativos del siglo XX. «Al Sir Francis Drake», se dijo mientras empujaba a Gilly hacia allí.
Cruzaron con rapidez la acera —era sorprendente la lentitud con la que caminaba la gente de aquella época— y entraron en el increíblemente anticuado vestíbulo del hotel. «Es como un museo —pensó Tozzo mientras miraba a su alrededor—. Ojalá pudiéramos quedarnos más tiempo… Pero no podemos».
—¿Y las chapas de identidad? —preguntó Gilly con nerviosismo—. ¿Funcionarán? —El asunto de las barbas lo había alterado.
Cada uno de ellos llevaba una chapa falsificada en la solapa del traje. Funcionaron. Al cabo de un rato se encontraban en un ascensor, subiendo hacia el piso indicado.
El ascensor los descargó en una sala abarrotada. Los hombres, con pelucas o pelo natural, en pequeños grupos, charlaban y reían por todas partes. Y las mujeres, vestidas algunas de ellas con una prenda muy ceñida llamada «leotardos», paseaban de acá para allá muy sonrientes. Aunque la moda de la época exigía que se cubrieran el busto, daba gusto verlas.
Gilly dijo sotto voce:
—Estoy aturdido. En esta sala están algunos de…
—Lo sé —respondió Tozzo. El proyecto podía esperar, al menos un rato. Tenían una oportunidad de oro para ver a los precognitivos, hablar con ellos y escucharlos…
Un hombre alto y bien parecido, con un traje oscuro salpicado de unas brillantes motas de algún tipo de material sintético, se acercó a ellos. Llevaba gafas, y tanto su pelo como el resto de su persona lucían una atractiva coloración morena. El nombre de su chapa… Tozzo entornó la mirada.
El hombre alto y bien parecido era A. E. van Vogt.
—Oiga —le dijo otro individuo, quizá un fan de los precognitivos, mientras lo detenía—. He leído ambas versiones de su El mundo de los No-A y sigo sin entenderlo del todo. Ya sabe, hacia el final. ¿Podría explicarme esa parte? Y también cuando van hacia el árbol y luego…
Van Vogt se detuvo. Una sonrisa delicada apareció en su rostro y dijo:
—Bueno, voy a contarle un secreto. Comienzo con un argumento y el argumento crece por sí solo. Así que necesito otro más para terminar la historia.
Al acercarse para escuchar, Tozzo sintió que Van Vogt emanaba una especie de magnetismo. Era tan alto, tan espiritual… «Sí», se dijo. Esa era la palabra, una espiritualidad curativa. Una innata bondad que transpiraba toda su persona.
—Ahí va un amigo —dijo Van Vogt entonces y, sin una palabra más a su fan, desapareció en medio de la muchedumbre.
A Tozzo le daba vueltas la cabeza. Haber visto y oído a A. E. van Vogt…
—Mira —estaba diciéndole Gilly mientras le tiraba de la manga—. Ese hombre grande y de aspecto campechano que está ahí sentado. Es Howard Browne, el editor de aquella revista de precognitivos, Amazing.
—Tengo que coger un avión —estaba diciéndole Browne a todo el que le escuchaba. Miraba a su alrededor con una especie de ansiedad temerosa, a pesar de la cordialidad casi amistosa que transmitía.
—Me pregunto —dijo Gilly— si estará por aquí el doctor Asimov.
«Podemos preguntarlo», pensó Tozzo. Se acercó a una de las chicas de peluca rubia y leotardos verdes.
—¿Dónde está el doctor Asimov? —preguntó lo más claramente posible en el argot de la época.
—¿Quién lo pregunta? —dijo la chica.
—¿Está aquí, señorita?
—No —respondió ella.
Gilly volvió a tirarle de la manga.
—Tenemos que encontrar a Poul Anderson, ¿recuerdas? Por muy entretenido que pueda ser hablar con esta chica…
—Estoy preguntando por Asimov —respondió bruscamente Tozzo. A fin de cuentas, era el fundador de la industria positrónica del siglo XXI, nada menos. ¿Cómo podía no estar allí?
Un hombre corpulento y de aspecto desaliñado pasó a su lado y Tozzo vio que se trataba de Jack Vance. Vance, decidió, tenía más pinta de cazador que de otra cosa… «Debemos tener cuidado con él —decidió—. Si se produce un altercado, éste acaba con nosotros sin despeinarse».
En ese momento vio que Gilly estaba hablando con la rubia de los leotardos verdes.
—¿Murray Leinster? —le preguntaba—. El hombre cuyos escritos sobre el tiempo paralelo siguen a la cabeza de los estudios teóricos. ¿No está…?
—No sé —dijo la chica con tono de aburrimiento.
Un grupo se había congregado alrededor de una figura, a cierta distancia. La persona estaba diciendo:
—… bien, si, al igual que Howard Browne, prefieres viajar por el aire… Pero yo digo que es arriesgado. Yo no vuelo. De hecho, hasta ir en coche es peligroso. Por lo general me tiendo en el asiento de atrás. —Llevaba una peluca muy corta y una pajarita. Poseía un rostro redondo y agradable, y unos ojos llenos de fuerza.
Era Ray Bradbury. Tozzo se acercó a él al instante.
—¡Alto! —susurró Gilly con tono enfurecido—. Recuerda para qué hemos venido.
Y detrás de Bradbury, sentado en el bar, Tozzo vio a un hombre entrado en años, con un traje marrón y unas gafitas, tomándose una copa a pequeños sorbitos. Recordaba haber visto un retrato suyo en las primeras publicaciones de Gernsback. Era el más sensacional precognitivo de la región de Nuevo México, Jack Williamson.
—Creo que La legión del tiempo es la mejor obra de ciencia ficción que he leído —estaba diciéndole un individuo, evidentemente otro fan de los precognitivos, y Williamson asentía con aire de satisfacción.
—Al principio iba a ser un relato corto —dijo—. Pero creció. Sí, a mí también me gustó.
Mientras tanto, Gilly había entrado en una habitación adyacente. Sentados a una mesa encontró a un hombre y dos mujeres, enfrascados en una profunda conversación. Una de las mujeres, morena y bonita, con los hombros desnudos, era —según la chapa de identificación— Evelyn Paige. La otra, más alta, era la famosa Margaret St. Clair y, sin poder contenerse, Gilly dijo:
—Señorita St. Clair, su artículo titulado «El hexápodo escarlata», publicado en el número de septiembre de 1959 de If fue uno de los mejores que… —Y entonces se quedó callado.
Porque Margaret St. Clair no lo había escrito aún. Colorado y nervioso, Gilly retrocedió unos pasos.
—Lo siento —murmuró—. Discúlpenme, me he equivocado.
Margaret St. Clair enarcó una ceja y dijo:
—¿Ha dicho septiembre de 1959? ¿Y usted quién es, un visitante del futuro?
—Qué gracioso —dijo Evelyn Paige—. Sigamos. —Sus ojos negros lanzaron una dura mirada a Gilly—. Bueno, Bob, si no te he entendido mal… —dijo al hombre que tenía delante, y Gilly vio, con enorme deleite, que el individuo de aspecto cadavérico e imponente era ni más ni menos que Robert Bloch.
—Señor Bloch —dijo Gilly—, el artículo «Sabático» que escribió en Galaxy fue…
—Se equivoca usted de persona, amigo mío. Nunca he escrito nada titulado «Sabático».
«Dios mío —se dijo Gilly—. Lo he vuelto a hacer. “Sabático” es otra obra que aún no se ha escrito. Será mejor que me largue». Retrocedió hacia Tozzo… y vio que estaba tieso como un poste.
—He encontrado a Anderson —le dijo.
Al instante, Gilly se volvió, tieso también.
Ambos habían estudiado las imágenes que les había proporcionado la Biblioteca del Congreso. Allí estaba el famoso precognitivo, alto, un poco envarado y esbelto, hasta puede que demasiado, con su pelo —o su peluca— rizado, sus gafas, y un brillo de afectuosidad en los ojos. Tenía un vaso de whisky en la mano y estaba charlando con varios precognitivos más. Era evidente que estaba divirtiéndose.
—Eh…, mmm…, veamos —estaba diciendo Anderson mientras Tozzo y Gilly se sumaban disimuladamente al grupo—. ¿Disculpe? —Giró la cabeza para oír lo que estaba diciendo uno de sus colegas—. Oh, ah, sí, es cierto. —Asintió—. Sí, Tony, eh…, estoy de acuerdo contigo al cien por cien.
El otro precognitivo, comprendió Tozzo, era el extraordinario Tony Butcher, cuya anticipación del florecimiento del sentir religioso en el siglo XXI había sido de una precisión casi sobrenatural. La descripción palabra por palabra del Milagro de la Cueva y el robot… Tozzo lo miró con reverente asombro, antes de volverse hacia Anderson.
—Poul —dijo otro de ellos—. Te diré cómo pensaban conseguir los italianos que se marcharan los británicos si hubieran invadido el país en 1943. Los británicos se habrían alojado en hoteles, los mejores, naturalmente. Y los italianos les cobrarían de más.
—Oh, sí, sí —respondió Anderson, sonriendo y asintiendo, con los ojos brillantes—. Y los británicos, como buenos caballeros, no habrían protestado…
—Pero se habrían marchado al día siguiente —concluyó el otro precognitivo y el grupo entero rompió a reír, con la única excepción de Gilly y Tozzo.
—Señor Anderson —dijo Tozzo con voz tensa—. Somos de un grupo de precognitivos aficionados de Battlecreek, Michigan. Querríamos que se hiciera una foto en nuestra maqueta de sonda temporal.
—¿Disculpe? —preguntó Anderson, llevándose una mano a la oreja.
Tozzo repitió lo que había dicho, tratando de hacerse oír por encima del ruido. Finalmente Anderson pareció entender.
—Oh, mm, bien. ¿Y dónde está? —preguntó el precognitivo con tono diplomático.
—Abajo, en la acera —dijo Gilly—. Pesaba demasiado para subirla.
—Bueno, eh…, si no nos entretenemos demasiado —respondió Anderson—. Seguro que no lo hacemos. —Se disculpó con el grupo y siguió a la pareja hacia el ascensor.
—Es hora de construir motores de vapor —les gritó un hombre corpulento cuando pasaron—. Hora de construir motores de vapor, Poul.
—Vamos a bajar —dijo nerviosamente Tozzo.
—Adelante, los sigo —dijo el precognitivo. Se despidió con un ademán amistoso mientras el trío entraba en el ascensor.
—Kris está hoy muy animado —dijo Anderson.
—¡Y tanto! —dijo Gilly, usando una de las frases que había aprendido.
—¿Está Bob Heinlein por aquí? —preguntó Anderson a Tozzo mientras bajaban—. Tengo entendido que Mildred Clingerman y él bajaron a hablar de gatos y nadie ha vuelto a verlos desde entonces.
—La vida es así —dijo Gilly con otra de sus frases del siglo XX.
Anderson volvió la mirada hacia él, esbozó una sonrisa vacilante y finalmente no dijo nada.
Salieron a la calle. Al ver la sonda temporal, Anderson parpadeó con asombro.
—Caramba —dijo mientras se acercaba—. Es realmente imponente. Claro, eh…, será un placer posar junto a ella. —Irguió su fino y anguloso cuerpo y esbozó aquella sonrisa cálida y casi tierna que ya antes había captado la atención de Tozzo—. Eh…, ¿cómo se supone que funciona? —inquirió Anderson con cierta timidez.
Con una auténtica cámara del siglo XX que les había proporcionado el Smithsonian, Gilly sacó una fotografía.
—Ahora dentro —pidió, con una mirada de soslayo a Tozzo.
—Vaya…, eh…, desde luego —dijo Poul Anderson mientras subía las escaleras y entraba en la sonda—. Caray, esto…, eh, le encantaría a Karen —dijo mientras desaparecía en el interior de la máquina—. Ojalá hubiera venido.
Tozzo entró tras él. Gilly cerró la escotilla de un portazo y su compañero, en el panel de controles, con el manual de instrucciones en las manos, empezó a pulsar botones.
Las turbinas se encendieron sin que Anderson pareciera darse cuenta de ello; estaba demasiado concentrado observando los mandos, con los ojos abiertos de par en par.
La sonda temporal regresó a su tiempo, con Anderson aún enfrascado en la contemplación de los mandos.
IV
Fermetti los recibió.
—Señor Anderson —dijo—. Qué increíble honor. —Extendió la mano, pero en aquel momento Anderson, al otro lado de la escotilla, miraba la ciudad que había detrás de Fermetti; ni se fijó en la mano.
—Oigan —dijo, con el rostro tembloroso—. ¿Eh…, qué es…, eh…, esto?
Debía de referirse al monorraíl, decidió Tozzo. Y era raro, porque en su época, al menos en Seattle, existían sistemas monorraíles…, ¿no? ¿Eran posteriores? En cualquier caso, Anderson lucía en aquel momento una expresión de inmensa perplejidad.
—Vagones individuales —dijo Tozzo, situándose a su lado—. Sus monorraíles tenían sólo vagones colectivos. Más adelante, después de su época, se hizo posible que cada ciudadano tuviera su propia parada de monorraíl. Cada uno sacaba su vagón del garaje y lo llevaba hasta la terminal, donde se unía a la estructura colectiva. ¿Lo ve?
Pero Anderson seguía estupefacto. De hecho, su expresión de asombro se ahondó aún más.
—Mm… —dijo—, ¿a qué se refiere con «su época»? ¿Estoy muerto? —Su expresión se tornó sombría—. Yo me esperaba algo más parecido al Valhalla, con vikingos y eso. No algo futurista.
—No está usted muerto, señor Anderson —dijo Fermetti—. Lo que está viendo en este momento es el mundo de mediados del siglo XXI. Tengo que informarle, señor mío, de que lo hemos secuestrado. Pero lo devolveremos a su tiempo. Le doy mi palabra, tanto oficial como personal.
Anderson se quedó boquiabierto, pero no dijo nada. Siguió mirándolo todo sin pestañear.
Donald Nils, célebre asesino, estaba sentado a la única mesa de la sala de reuniones de la nave superlumínima de la Junta de Emigración. En aquel momento estaba pensando que, conforme a las medidas de la Tierra, no superaban los tres centímetros de estatura. Maldijo con amargura.
—Es un castigo cruel e insólito —dijo en voz alta y malhumorada—. Y es anticonstitucional. —Y entonces se acordó de que se había presentado voluntario para poder escapar de Nachbaren Slager. «Condenado agujero —se dijo—. Bueno, sea como sea, tengo que salir de aquí.
»Y además —continuó pensando—, aunque no mida ni tres centímetros de alto, sigo siendo el capitán de esta apestosa nave, y si alguna vez llegamos a Próxima Centauri, seré también el capitán del apestoso sistema entero. No estudié con el propio Gutman para nada. Siempre será mejor que Nachbaren Slager».
La cabeza de su segundo, Pete Bailly, asomó por la puerta de la sala.
—Eh, Nils, he estado viendo la reproducción microfilmada de ese artículo de la revista de precognitivos, Astounding, tal como me dijiste, el de la transmisión de la materia en Venus, y tengo que decirte que, aunque era el mejor reparador de vídeos de Nueva York, no podría fabricar una de esas cosas. —Lanzó una mirada malhumorada a su compañero—. Pides demasiado.
—Tenemos que volver a la Tierra —dijo Nils con voz tensa.
—Se te ha agotado la suerte —le dijo Baillu—. Será mejor que te hagas a la idea de que nos vamos a Próxima.
Enfurecido, Nils arrojó al suelo las reproducciones microfilmadas que ocupaban la mesa.
—¡Puta Junta de Emigración! ¡Nos han engañado!
Bailly se encogió de hombros.
—En cualquier caso, tenemos comida de sobra, una buena biblioteca y películas en 3 D para ver todas las noches.
—Para cuando lleguemos a Próxima —refunfuñó Nils— habremos visto todas las películas… —hizo un cálculo mental— unas dos mil veces.
—Bueno, pues no las veas. Podemos pasarlas al revés. ¿Qué tal va tu investigación?
—Estoy leyendo un artículo de Space Science Fiction —respondió Nils, pensativo— titulado «El hombre variable». Trata de la transmisión a velocidades superiores a la de la luz. Desapareces y luego reapareces. Según el precognitivo que lo escribió, va a perfeccionarlo un tío llamado Cole. —Reflexionó sobre ello un momento—. Si pudiéramos construir una nave que utilizara ese sistema, podríamos volver a la Tierra. Y hacernos con el poder.
—No digas más tonterías —dijo Bailly.
Nils lo miró fijamente.
—Aquí mando yo.
—Entonces —replicó Bailly— tenemos un tarado al mando. No hay forma de regresar a la Tierra. Será mejor que nos hagamos a la idea de que nuestra vida va a seguir en Próxima y nos olvidemos de casa. Gracias a Dios que hay mujeres a bordo. Y es que, aunque volviéramos…, ¿qué crees que podría hacer un grupo de personas de dos centímetros y medio? Seríamos el hazmerreír del planeta.
—De mí no se ríe nadie —dijo Nils en voz baja.
Pero sabía que Bailly tenía razón. Podían darse por afortunados si, gracias a la biblioteca de revistas de precognitivos que llevaban a bordo, conseguían idear un modo de aterrizar en Próxima Centauri. Hasta eso sería un milagro.
«Lo lograremos —se dijo—. Siempre que todos me obedezcan y hagan exactamente lo que les diga sin hacer preguntas estúpidas».
Se inclinó y activó el número de diciembre de 1962 de If. Había un artículo en concreto que le interesaba especialmente…, y tenía cuatro años por delante para leerlo, entenderlo y, cuando llegara el momento, aplicarlo.
—Imagino que sus capacidades precognitivas lo habrán preparado para esto, señor Anderson —dijo Fermetti. Le temblaba la voz a causa del nerviosismo y la fatiga, a pesar de sus esfuerzos por controlarla.
—¿Qué tal si me llevan de regreso? —dijo Anderson, casi con calma.
Tras lanzar una mirada de soslayo a Tozzo y Gilly, Fermetti respondió:
—Tenemos un problema técnico, ¿sabe usted? Por eso lo hemos traído a nuestro propio continuo espacio-temporal. Verá…
—Creo que será mejor que me…, mm…, lleven de vuelta —lo interrumpió Anderson—. Karen debe de estar muy preocupada. —Estiró el cuello en todas direcciones—. Sabía que sería algo así —murmuró. Arrugó el rostro—. No es muy diferente a lo que esperaba… ¿Qué es esa cosa grande de ahí? Se parece a uno de los amarres que usaban los antiguos dirigibles.
—Eso —dijo Tozzo— es una torre de oración.
—Nuestro problema —dijo Fermetti con tono paciente— está relacionado con el contenido de su artículo «Vuelo nocturno», del número de agosto de 1955 de la revista If. Hemos conseguido reducir la masa de un vehículo interestelar, pero hasta el momento la restauración nos ha…
—Eh…, oh…, sí —dijo Anderson con aire de preocupación—. Estoy trabajando en eso ahora mismo. Tenía pensado mandárselo a Scott dentro de un par de semanas. Mi agente —añadió, a modo de explicación.
Fermetti pensó un momento y al fin preguntó:
—¿Puede usted darnos la fórmula de la restauración de masa, señor Anderson?
—Mm —dijo Poul Anderson con lentitud—. Sí, supongo que ése es el término correcto: restauración de masa. Podría utilizarlo. —Asintió—. No he calculado ninguna fórmula. No quería que el relato fuera demasiado técnico. Aunque supongo que podría hacerlo, si es lo que quieren. —Quedó en silencio, sumido aparentemente en un mundo propio, los tres hombres aguardaron, pero Anderson no dijo nada.
—Sus poderes de precognición… —dijo Fermetti.
—¿Perdone? —preguntó Anderson girando la cabeza hacia él—. ¿Precognición? —Esbozó una sonrisa tímida—. Oh, yo no diría tanto. Sé que John cree en todo eso, pero debo decir que no considero que unos pocos experimentos en la Universidad de Duke constituyan una prueba.
Fermetti lo miró fijamente durante varios segundos.
—Tomemos el primer artículo del número de enero de 1953 de Galaxy —dijo en voz baja—. «Los defensores»… Sobre gente que vivía en el subsuelo de un mundo habitado por robots que fingían librar una guerra y que enviaban informes falsos a sus creadores para engañarlos…
—Lo leí —asintió Anderson—. Muy bueno, la verdad, salvo el final. El final no me gustó demasiado.
—¿Es usted consciente —dijo Fermetti— de que eso fue exactamente lo que ocurrió en 1996, durante la tercera guerra mundial? ¿Y que gracias a ese artículo nos dimos cuenta de que los robots de la superficie estaban engañándonos? ¿De que, en fin, el artículo era profético en su práctica totalidad?
—Lo escribió Philip Dick —dijo Anderson—. «Los defensores».
—¿Se conocen? —preguntó Tozzo.
—Lo conocí ayer mismo, en la convención —respondió Anderson—. Por primera vez. Un tipo muy nervioso. Parecía que tuviera miedo de venir.
—¿Pretende decirme que ninguno de ustedes es consciente de que poseen capacidades precognitivas? —preguntó Fermetti con voz temblorosa. Había perdido el control por completo.
—Bueno —dijo Anderson con lentitud—, algunos escritores de ciencia ficción lo creen así. Alf van Vogt, por ejemplo. —Sonrió mirando a Fermetti.
—Pero ¿es que no lo entiende? —inquirió éste—. Usted nos describió en un artículo. ¡A nosotros! Describió con toda precisión la Junta y nuestro proyecto interestelar.
Al cabo de un momento, Anderson respondió:
—Caray, estoy asombrado. No, no lo sabía. Mmm, gracias por decírmelo.
Fermetti se volvió hacia Tozzo y dijo:
—Obviamente, tenemos que revisar por completo nuestra concepción de mediados del siglo XX. —Parecía agotado.
—A efectos de lo que queremos —dijo Tozzo— su ignorancia carece de relevancia. La capacidad precognitiva era un hecho, lo supieran ellos o no. —Para él estaba perfectamente claro.
Anderson, entre tanto, se había alejado un poco y estaba inspeccionando el escaparate de una tienda de regalos.
—Qué objetos tan interesantes. Ya que estoy aquí, podría comprarle algo a Karen. ¿Habría algún problema…? —Se volvió hacia Fermetti—. ¿Le importa que entre un momento a echar un vistazo?
—No, claro —respondió Fermetti con irritación.
Poul Anderson desapareció en el interior de la tienda de regalos, mientras los tres hombres se quedaban fuera, discutiendo el significado de su descubrimiento.
—Lo que tenemos que hacer —dijo Fermetti— es colocarlo en una situación con la que esté familiarizado: delante de una máquina de escribir. Debemos convencerlo para que escriba un artículo sobre la reducción y posterior restauración de la masa. El hecho de que él crea o no que el artículo tiene una base real carece de importancia. Lo tendrá. Seguro que el Smithsonian conserva aún una máquina de escribir del siglo XX en buen estado, y folios DIN A4. ¿Estáis de acuerdo?
Tozzo, tras pensarlo un momento, respondió:
—Te diré lo que yo creo. Creo que ha sido un error capital dejar que entrara en esa tienda de regalos.
—¿Por qué?
—Ya veo adonde quieres ir a parar —dijo Gilly con tono agitado—. No volveremos a ver a Anderson. Se nos ha escapado con la excusa de comprarle un regalo a su esposa.
Pálido como un cadáver, Fermetti se volvió y entró corriendo en la tienda. Tozzo y Gilly fueron tras él.
Estaba vacía. Anderson los había engañado. Había desaparecido.
Mientras se escabullía sigilosamente por la puerta trasera de la tienda de regalos, Poul Anderson estaba pensando «No creo que me atrapen. Al menos inmediatamente.
»Tengo muchas cosas que hacer —comprendió—. ¡Menuda oportunidad! Cuando sea viejo podré contárselo a los hijos de Astrid».
Sin embargo, el pensar en su hija Astrid le recordó también un hecho muy sencillo. En algún momento tenía que volver a 1954. Por Karen y la niña. Encontrara lo que encontrase allí, para él era algo temporal.
Pero mientras… «Primero iré a la biblioteca. A cualquiera —pensó—. A leer un libro de historia y enterarme de todo lo que ha pasado entre 1954 y el presente.
»Me gustaría saber —se dijo— cómo acabó la guerra fría, qué pasó entre Estados Unidos y Rusia. Y… la exploración espacial. Apuesto a que pusieron a un hombre en la Luna hacia 1975. Seguro que en esta época ya exploran el espacio. Caray, si hasta tienen sondas temporales, así que tienen que tener naves».
Había una puerta delante de él. Estaba abierta, de modo que se metió en ella sin titubear. Otra tienda, aunque más grande que la de regalos.
—Señor —dijo una voz. Y vio que se le acercaba un hombre tan calvo como, al parecer, estaban todos en aquella época. Miró el pelo de Anderson, su ropa…, pero era un dependiente educado. No hizo ningún comentario—. ¿Puedo ayudarlo? —preguntó.
—Mmm —vaciló Anderson. ¿Qué demonios vendían allí, por cierto? Miró a su alrededor. Relucientes aparatos eléctricos, sabe Dios de qué tipo. ¿Para qué servían?
—¿No se ha arrimado últimamente, señor? —preguntó el dependiente.
—¿Cómo? —replicó Anderson. «¿Arrimado?».
—Los arrimadores de primavera acaban de llegar —dijo el dependiente mientras se acercaba a la más cercana de las brillantes y esféricas máquinas—. Sí —le dijo a Poul—. Me parece usted un sujeto levemente introverto… No se ofenda, señor, es decir…, ser introverto es legal. —Se rió entre dientes—. Por ejemplo, esa ropa tan peculiar que lleva… Apuesto a que se la hace usted mismo. Debo decir que es algo sumamente introverto. ¿La teje usted mismo? —Hizo una mueca, como si acabara de probar algo de sabor desagradable.
—No —dijo Poul—. De hecho, éste es mi mejor traje.
—Je je —se rió el dependiente—. Muy bueno, señor. Alabo su ingenio. Pero ¿qué me dice de su cabeza? Lleva semanas sin afeitársela.
—En efecto —admitió Anderson—. Puede que sí necesite un arrimador. —Evidentemente, en aquel siglo todo el mundo tenía uno. Como los televisores de su época, era una necesidad, algo indispensable para formar parte de la cultura dominante.
—¿Cuántos son en su familia? —preguntó el dependiente. Sacó un metro y empezó a tomarle medidas de las mangas.
—Tres —respondió Poul, desconcertado.
—¿Y el menor qué edad tiene?
—Acaba de nacer —dijo Poul.
La cara del dependiente perdió todo el color.
—Largo de aquí —dijo en voz baja—. Debería llamar a la polpol.
—Mmm, disculpe, ¿qué es eso? —dijo Poul mientras se llevaba una mano a la oreja tratando de oír mejor.
—Es usted un criminal —dijo el dependiente—. Debería estar en Nachbaren Slager.
—Bueno, gracias de todos modos —dijo Poul, y salió de la tienda. Lo último que vio antes de hacerlo fue la mirada fija del dependiente.
—¿Es usted extranjero? —preguntó una voz de mujer. Había detenido su vehículo junto al bordillo. A Poul le pareció una cama; de hecho, comprendió, era una cama. La mujer lo observó con astuta calma, con los ojos oscuros y penetrantes. Aunque su reluciente cabeza afeitada lo incomodaba un poco, era atractiva.
—Provengo de otra cultura —dijo Poul, incapaz de apartar los ojos de su figura. ¿Las mujeres vestían así en aquella época? Lo de los hombros al aire podía aceptarlo, pero…
Y la cama. La combinación de ambos elementos era demasiado para él. ¿En qué trabajaba ella? Y encima en público. ¿Qué sociedad era ésa? La moral había cambiado desde su época.
—Estoy buscando la biblioteca —dijo Poul sin acercarse al vehículo, que era una cama con motor, ruedas y palanca de dirección.
—La biblioteca —respondió la mujer— está a una ensenada de distancia de aquí.
—Mmm —dijo Poul—. ¿Qué es una ensenada?
—Es evidente que se está usted burlando de mí —dijo la mujer. Todas las partes visibles de su cuerpo se tiñeron de un intenso rubor—. No tiene gracia. Ni tampoco el asqueroso pelo de su cabeza. La verdad es que ni su actitud ni su pelo tienen ninguna gracia, al menos para mí. —Pero no se marchó. Permaneció donde estaba, mirándolo—. Puede que necesite ayuda —decidió—. Quizá debería apiadarme de usted. Ya sabrá que la polpol puede detenerlo cuando quiera.
—¿Podría…, mmm, invitarla a una taza de café en alguna parte y charlar un poco? Estoy realmente desesperado por encontrar la biblioteca.
—Iré con usted —dijo la mujer—. Aunque no tengo la menor idea de qué es eso del «café». Pero si me toca, nilparé al instante.
—Mmm… No lo haga —dijo Poul—. No es necesario. Lo único que quiero es consultar algunos libros de historia. —Y entonces se le ocurrió que tal vez pudiera echarle un vistazo a algunos manuales técnicos.
¿Cuál de los libros que podía llevarse a 1954 le sería de más ayuda? Se devanó los sesos. Un almanaque. Un diccionario… Un manual científico escolar, en el que se tocasen todos los campos. Sí, eso estaría bien. Un libro de bachillerato. Podía arrancarle las tapas y guardarse las páginas en la gabardina.
—¿Dónde hay una escuela? La más cercana. —Sentía la necesidad de hacerlo ya, cuanto antes. Estaba seguro de que andaban tras él, muy cerca.
—¿Qué es una «escuela»? —preguntó la mujer.
—Donde van los niños —respondió.
—Pobre enfermo —dijo ella en voz baja.
V
Tozzo y Fermetti permanecieron largo rato en silencio. Y, entonces, Tozzo dijo con voz cuidadosamente controlada:
—Ya sabéis lo que va a pasarle. La polpol lo detendrá y lo enviará por monoexpreso a Nachbaren Slager. A causa de su apariencia. Hasta puede que ya esté allí.
Fermetti echó a andar hacia el videófono más cercano como impulsado por un resorte.
—Voy a ponerme en contacto con las autoridades de Nachbaren Slager. Hablaré con Potter. Creo que podemos confiar en él.
Al cabo de un momento, las facciones morenas y pesadas del alcaide Potter se formaban en la pantalla.
—Ah, hola, Fermetti. Quiere usted más convictos, ¿no? —Se rió entre dientes—. Los gastan ustedes más deprisa que nosotros.
Fermetti vislumbró tras él el patio del gigantesco campo de internamiento. Por allí deambulaban los presos, tanto políticos como convencionales, estirando las piernas, jugando algunos de ellos a estúpidos juegos que a veces se prolongaban meses y meses, aprovechando cada momento fuera de las celdas de que disponían.
—Lo que queremos —respondió Fermetti— es impedir que le lleven a cierto individuo. —Describió a Poul Anderson—. Si aparece por allí, llámeme al instante. Y no le hagan daño, ¿entendido? Lo queremos sano y salvo.
—Claro —dijo Potter—. Un minuto. Voy a consultar las nuevas admisiones. —Tocó un botón que había a su derecha y se abrió un ordenador 315-R; Fermetti oyó el tenue zumbido que emitía. Potter pulsó varios botones y dijo—: Si lo traen, nos enteraremos. Nuestro circuito de admisiones está preparado para rechazarlo.
—¿Aún no se sabe nada de él? —preguntó Fermetti con voz tensa.
—No —respondió Potter, antes de soltar un bostezo.
Fermetti cortó la conexión.
—¿Y ahora qué? —dijo Tozzo—. Seguro que podríamos encontrarlo mediante una esponja husmeadora de Ganímedes. —Sin embargo, era una forma de vida repelente. Cuando encontraban a sus presas se adherían como sanguijuelas a su sistema circulatorio—. O buscarlo mecánicamente. Por medio de un haz detector. Tenemos una huella de su patrón EEG, ¿no? Aunque así no podríamos evitar a la polpol. —A fin de cuentas, por ley, sólo la polpol podía utilizar los haces detectores. De hecho, era lo que habían usado para encontrar al propio Gutman.
—Yo soy más partidario de usar una alerta planetaria de tipo II —dijo Fermetti con franqueza—. Activará a los ciudadanos, que son los mejores informadores. Saben que se ofrece una recompensa por cualquier hallazgo de tipo II.
—Pero podría acabar mal —señaló Gilly—. Si cae en manos de una multitud… Pensémoslo bien.
—¿Y si abordamos el problema desde un punto de vista puramente cerebral? —dijo Tozzo después de una pausa—. Si os hubieran transportado hasta aquí desde mediados del siglo XX, ¿qué querríais hacer? ¿Adonde querríais ir?
—Al espaciopuerto más cercano, claro —dijo Fermetti en voz baja—. Para comprar un billete a Marte o a cualquier otro planeta. En nuestra época es algo rutinario, pero a mediados del siglo XX sería impensable.
Se miraron.
—Pero Anderson no sabe dónde está el espaciopuerto —dijo Gilly—. Tardará un tiempo en orientarse. Nosotros podemos ir en monoexpreso.
Momentos después, los hombres de la Junta de Emigración se dirigían hacia allí.
—Una situación fascinante —dijo Gilly en el interior del vagón de primera clase del monorraíl—. Hemos malinterpretado por completo la mente de mediados del siglo XX; que nos sirva de lección. Cuando lo encontremos, habrá que interrogarlo sobre algunas cosas. Por ejemplo, el efecto poltergeist. ¿Cuál era su interpretación sobre él? Y la parapsicología… ¿Sabían lo que era en realidad? ¿O, simplemente, lo incluían en el reino de lo llamado «sobrenatural» sin darle más vueltas?
—Puede que Anderson tenga la llave a estas preguntas y muchas otras —dijo Fermetti—. Pero nuestro principal problema sigue siendo el mismo. Debemos conseguir que complete la fórmula de la restauración de masa en términos matemáticos, no sólo con vagas alusiones literarias.
Pensativamente, Tozzo dijo:
—Es un tipo brillante ese Anderson. Mirad con qué facilidad nos ha despistado.
—Sí —dijo Fermetti—. No podemos subestimarlo. Ya lo hicimos una vez y lo hemos perdido. —Su rostro estaba muy tenso.
Mientras caminaba por la calle medio desierta, Poul se preguntaba por qué lo habría llamado enfermo la mujer. La mención a los niños también había provocado la reacción airada del dependiente. ¿Es que era ilegal tener hijos? ¿O se consideraba como el sexo en su época, algo demasiado íntimo para comentarse en público?
«En cualquier caso —comprendió—, si pretendo quedarme por aquí, tengo que afeitarme la cabeza. Y, si es posible, cambiar de ropa.
»Debe de haber barberías. Llevo algunas monedas en los bolsillos —pensó—. Seguro que tienen mucho valor para los coleccionistas».
Miró a su alrededor con optimismo. Pero lo único que vio fueron brillantes edificios de plástico y metal que se elevaban en dirección al cielo, estructuras en las que tenían lugar transacciones incomprensibles para él. Allí era como un alienígena…
«Alienígena», pensó. Y la palabra se quedó grabada a fuego en su cerebro, porque… porque en aquel momento, delante de él, una criatura viscosa había salido de una puerta. Y ahora su camino estaba bloqueado —deliberadamente, parecía— por una masa legamosa de color amarillo oscuro, tan grande como un ser humano, que palpitaba visiblemente. Al cabo de un momento, la masa empezó a avanzar hacia él con movimientos ondulantes, lentos y regulares. «¿Una forma evolucionada del ser humano? —se preguntó Poul Anderson mientras se hacía a un lado—. Dios mío…». Y entonces comprendió lo que estaba viendo.
En aquella época el viaje espacial era una realidad. Estaba viendo a una criatura de otro planeta.
—Mmm —le dijo a la enorme masa de légamo—. ¿Tendría un momento para responder una pregunta?
El légamo viscoso detuvo un momento su ondulatorio avance. Y en el cerebro de Poul se formó un pensamiento que no era suyo. «He captado su pregunta. La respuesta es: “Llegué ayer desde Calisto”. Pero también he captado una serie de pensamientos interesantes… Es usted un viajero temporal del pasado». —El tono de las emanaciones de la criatura era de considerado y diplomático divertimento…, e interés.
—Sí —dijo Poul—. De 1954.
«Y desea usted encontrar una barbería, una biblioteca y una escuela. Al mismo tiempo, en el precioso tiempo que le resta antes de que lo capturen. —El légamo parecía solícito—. ¿Qué puedo hacer para ayudarlo? Podría absorberlo, pero eso daría como resultado una simbiosis permanente, que no creo que le gustara. Está usted pensando en su mujer y su hija. Permita que lo informe sobre su desafortunada mención a los niños. Los terrícolas de esta época sufren una moratoria forzosa sobre la producción de descendencia, a causa de la multiplicación casi infinita de las anteriores décadas. Hubo una guerra, ¿sabe usted? Entre los fanáticos seguidores de Gutman y las legiones del más liberal general McKinley. Ganaron estas últimas».
—¿Adonde puedo ir? Estoy confuso —dijo Poul. Le palpitaba la cabeza y estaba cansado. Habían pasado demasiadas cosas. Hacía poco estaba en el Hotel Sir Francis Drake, charlando y tomando una copa con Tony Boucher… Y ahora aquello. Una masa de légamo de Calisto. Era complicado, por decir algo, acostumbrarse.
La masa de légamo estaba transmitiéndole:
«Aquí yo soy aceptado mientras a usted, su antepasado, lo ven como una anomalía. Qué irónico. A mí me parecen muy semejantes, salvo por su cabello castaño y rizado y, claro está, esa ropa absurda que lleva —reflexionó la criatura de Calisto—. Amigo mío, la polpol es la policía política, que se encarga de buscar pervertidos, seguidores del vencido Gutman, a quienes ahora se considera terroristas y son objeto de universal aversión. Muchos de ellos proceden de las clases potencialmente criminales. Esto es, los inconformistas, los llamados introvertos. Individuos que anteponen su sistema de valores al sistema objetivo que está en boga. Para los terrícolas es una cuestión de vida o muerte, puesto que Gutman estuvo a punto de vencer».
—Tengo que esconderme —decidió Poul.
«¿Dónde? Lo cierto es que no podrá. A menos que decida entrar en la clandestinidad y unirse a los gutmanistas, la clase criminal de los terroristas… Y no le conviene hacer tal cosa. Venga conmigo. Si alguien lo aborda, diremos que es mi criado. Posee usted extensores manuales y yo no. Podemos decir que conserva el cabello por un excéntrico capricho mío. La responsabilidad sería mía. De hecho, no es algo insólito que los organismos alienígenas empleemos ayudantes terrícolas».
—Gracias —dijo Poul con voz tensa mientras la masa de légamo reanudaba su lento avance por la acera—. Pero hay algunas cosas que tengo que hacer.
«Me dirigía al zoo», continuó la criatura viscosa.
Un pensamiento grosero afloró a los pensamientos de Poul.
«Por favor —dijo el limo—. Su anacrónico humor del siglo XX está fuera de lugar. No soy uno de los habitantes del zoo. Está reservado a órdenes de inteligencia inferior, como los glebes y los traunos marcianos. Desde el comienzo de los viajes interplanetarios, los zoos se han convertido en el centro de…».
—¿Podría acompañarme a la terminal espacial? —preguntó Poul. Intentó que su petición pareciera despreocupada.
«Corre usted un enorme riesgo —dijo la masa de légamo— yendo a lugares públicos. La polpol los vigila constantemente».
—Sigo queriendo ir. —Si podía subir a una nave interplanetaria, abandonar la Tierra, ver otros mundos…
Pero le borrarían la memoria; lo comprendió al instante en un acceso de horror incontenible. «Tengo que tomar notas —se dijo—. ¡Ahora mismo!».
—¿No tendrá usted…, mmm…, un lápiz? —preguntó al viscoso alienígena—. Oh, espere, tengo uno yo. Discúlpeme.
En un trozo de papel extraído del bolsillo de su chaqueta —algo que le habían dado en la convención— relató apresuradamente, en breves y desordenadas frases, todo lo que le había sucedido y lo que había visto en el siglo XXI. Luego volvió a guardarse el papel en el bolsillo.
«Una astuta maniobra —dijo el viscoso légamo—. Y ahora vamos al espaciopuerto, si no le importa caminar con la lentitud que caracteriza a los de mi especie. Mientras llegamos, lo pondré al día sobre la historia de la Tierra». Continuó su camino por la acera. Paul lo acompañó sin vacilar. A fin de cuentas, ¿qué alternativa tenía? «La Unión Soviética… Trágico. La guerra con la China roja en 1983, que terminó implicando a Israel y Francia…, fue lamentable, pero al menos resolvió al problema de qué hacer con Francia…, un país que sólo había creado dificultades en la segunda mitad del siglo XX.».
Paul fue escribiendo todo esto en su papel.
«Tras la derrota de Francia…», continuó el alienígena mientras Poul copiaba desesperadamente.
—Debemos glinar —dijo Fermetti— si queremos atrapar a Anderson antes de que suba a una nave. —Y con «glinar» no se refería a glinar un poco; quería decir una búsqueda completa, con la cooperación de la polpol. Detestaba tener que recurrir a ellos, pero en aquel momento su ayuda era vital. Había pasado demasiado tiempo y seguían sin encontrar a Anderson.
El espaciopuerto se extendía a su alrededor, kilómetros y kilómetros de superficie abierta sin obstrucciones verticales. En el centro se encontraba el Núcleo Quemado, la zona carbonizada por los infinitos chorros de las naves que durante años y años habían partido y aterrizado allí. A Fermetti le gustaba el espaciopuerto porque en él se interrumpía de repente la densa aglomeración de los edificios de la ciudad. Allí había espacios abiertos, como los que recordaba de su infancia…, cuando se atrevía a pensar en ella.
La terminal se encontraba decenas de metros por debajo de la capa de referoide construida para proteger a los viajeros en caso de accidente. Fermetti llegó a la entrada de la rampa de descenso y allí se detuvo impacientemente a esperar a Tozzo y Gilly.
—Yo nilpo —dijo Tozzo, pero sin entusiasmo. Y rompió la banda de su muñeca de un rápido tirón.
La nave de la polpol apareció al instante sobre ellos.
—Somos de la Junta de Emigración —le explicó Fermetti al teniente de la polpol. Les describió el proyecto y explicó, de mala gana, lo que habían hecho con Poul Anderson.
—Pelo en la cabeza. —El teniente asintió—. Qué pintoresco. Muy bien, señor Fermetti. Glinaremos hasta encontrarlo. —Asintió, antes de salir disparado en su pequeña nave.
—No se puede negar que son eficientes —admitió Tozzo.
—Pero nada agradables —dijo Fermetti para completar su frase.
—Me hacen sentir incómodo —convino Tozzo—. Pero supongo que es su objetivo.
Los tres hombres entraron en la rampa de descenso…, y bajaron a velocidad vertiginosa hasta el piso uno. Fermetti cerró los ojos al sentir la ingravidez. Era casi tan desagradable como el despegue. ¿Por qué tenía que ser todo tan rápido? Desde luego, no se parecía en nada a la década anterior, cuando las cosas eran mucho más tranquilas.
Salieron de la rampa y, mientras sacudían la cabeza, los abordó el jefe de la polpol del aeropuerto.
—Tenemos noticias sobre su hombre —les dijo el oficial de uniforme gris.
—¿No ha despegado? —dijo Fermetti—. Gracias a Dios. —Miró a su alrededor.
—Ahí —dijo el oficial, señalando.
Junto a un quiosco de prensa, Poul Anderson miraba fijamente una pantalla.
Los tres oficiales de Emigración sólo tardaron un momento en rodearlo.
—Oh, eh…, hola —dijo Anderson—. Pensé que, mientras esperaba mi nave, podía echar un vistazo y ver qué se publica actualmente.
—Anderson, necesitamos sus habilidades —dijo Fermetti—. Lo siento, pero vamos a tener que llevárnoslo a la Junta.
Y, al instante, Anderson desapareció. Se había escabullido sin hacer el menor ruido. Vieron menguar su figura alta y angulosa conforme se alejaba en dirección a la puerta de las pistas.
Fermetti, de mala gana, metió una mano en su gabardina y sacó una pistola adormecedora.
—No tenemos otra alternativa —murmuró, y apretó el gatillo.
La figura trastabillo y cayó al suelo. Fermetti guardó el arma y, en tono monocorde, añadió:
—Se recuperará. Una rodilla magullada, nada más. —Miró a Tozzo y a Gilly—. Se recuperará en la Junta, me refiero.
Los tres avanzaron al unísono hacia la figura que había quedado tendida sobre la sala de espera del espaciopuerto.
—Puede usted regresar a su propio continuo espacio-temporal —dijo Fermetti en voz baja— cuando nos haya entregado la fórmula de la restauración de masa. —Hizo un gesto con la cabeza y una mujer de la Junta se les acercó llevando una antiquísima máquina de escribir Royal.
Poul Anderson, sentado al otro lado de la mesa, dijo:
—No uso una portátil.
—Debe usted cooperar —dijo Fermetti—. Sólo nosotros podemos devolverle con Karen; acuérdese de Karen y de su hija recién nacida; están en el Hotel Sir Francis Drake. Si no coopera totalmente, la Junta no cooperará con usted. Con sus poderes de precognición sabrá que estoy diciéndole la verdad.
Tras una pausa, Anderson dijo:
—Mmm, yo no puedo trabajar si no tengo cerca una cafetera bien llena.
Fermetti hizo un gesto.
—Le conseguiremos granos de café —declaró—. Aunque tendrá que prepararlos usted mismo. También conseguiremos una cafetera del Smithsonian, pero ahí termina nuestra responsabilidad.
Anderson puso las manos sobre el carro de la máquina de escribir y empezó a estudiarla.
—Cinta roja y negra —dijo—. Yo siempre la uso negra. Pero supongo que vale. —Parecía un poco apagado. Insertó una hoja de papel y empezó a escribir. En la cabecera de la página aparecieron las siguientes palabras:
VUELO NOCTURNO
Poul Anderson
—¿Dice usted que If la compró?
—Sí —respondió Fermetti con voz tensa.
Anderson escribió:
Los problemas en Exploraciones Exteriores, S. A. comenzaban a irritar a Edmond Fletcher. Para empezar habían perdido una nave entera, y aunque no conocía en persona a sus tripulantes, sentía una punzada de responsabilidad. En aquel momento, mientras se enjabonaba con gel impregnado de hormonas.
—Comienza por el principio —dijo Fermetti con voz cáustica—. Bueno, si no hay más remedio, habrá que soportarlo. —Y añadió entre dientes—: Me pregunto cuánto tardará… ¿Será muy rápido escribiendo? Como precognitivo debería saber lo que viene a continuación. Eso le ayudará a escribir más deprisa. —Sólo esperaba que esto último no fuera una mera expresión de sus deseos.
—¿Han llegado ya los granos de café? —preguntó Anderson levantando un instante la mirada.
—Llegarán en cualquier momento.
El artículo estaba terminado mucho antes de que llegaran los granos.
Anderson se levantó trabajosamente, estiró sus entumecidos miembros y dijo:
—Creo que ahí tienen lo que querían. La fórmula de la restauración de masa está en la página 20.
Fermetti pasó ávidamente las páginas. Sí, allí estaba. Tozzo, asomándose sobre su hombro, vio el párrafo:
Si la nave seguía una trayectoria que la llevara hasta la estrella Próxima, recuperaría la masa, comprendió, absorbiendo la energía solar del gran horno estelar. Sí, era la propia Próxima la que contenía la clave para el problema de Torelli y al fin, después de tanto tiempo, había conseguido encontrarla. La sencilla fórmula apareció en su cerebro.
Y allí, vio Tozzo, estaba la fórmula. Tal como decía el artículo, la masa se recuperaría convirtiendo en materia la energía de la estrella, fuente energética definitiva del universo. ¡La respuesta había estado delante de sus narices desde el principio!
Su prolongada batalla había llegado a su fin.
—Y ahora —dijo Poul Anderson—, ¿soy libre de volver a mi época?
—Sí —dijo simplemente Fermetti.
—Espera —le dijo Tozzo a su superior—. Evidentemente, hay algo que no entiendes. —Era algo que había leído en el manual de instrucciones que acompañaba la sonda temporal. Se llevó a Fermetti a un lado para que Anderson no pudiera oírlos—. No puede volver a su propia época con lo que sabe.
—¿A qué te refieres? —inquirió Fermetti.
—Pues… Vaya, no estoy seguro. Algo relacionado con nuestra sociedad. Pero lo que quiero decirte es esto: la primera regla del viaje temporal, según el manual de la sonda, es que no se puede cambiar el pasado. Pero nosotros lo hemos hecho al exponerlo a nuestra sociedad.
Fermetti lo meditó un instante y luego dijo:
—Puede que tengas razón. Es posible que, cuando estaba en esa tienda, haya conseguido algún regalo que podría revolucionar su tecnología si apareciera en su época.
—O en el quiosco del espaciopuerto —dijo Tozzo—. O mientras viajaba entre esos dos puntos. E incluso la constatación de que sus compañeros y él poseen dotes precognitivas…
—Tienes razón —dijo Fermetti—. Hay que borrar de su cerebro todo recuerdo del viaje. —Se volvió y regresó junto a Poul Anderson caminando lentamente—. Mire —le dijo—, siento tener que darle esta noticia, pero vamos a tener que borrar de su mente los recuerdos de lo que ha ocurrido aquí.
Al cabo de un momento, Anderson dijo:
—Es una lástima. Lo siento. —Puso cara de abatimiento—. Pero no me sorprende —murmuró. Parecía tomárselo con filosofía—. Supongo que tiene que ser así.
—¿Dónde se puede llevar a cabo esa alteración de sus neuronas? —preguntó Tozzo.
—En el departamento de Criminología —dijo Fermetti—. Utilizaremos los mismos canales por los que obtenemos a los convictos. —Apuntó a Anderson con su pistola adormecedora y dijo—: Venga con nosotros. Lo lamento…, pero es necesario.
VI
En el departamento de Criminología una serie de electroshocks indoloros eliminó del cerebro de Poul Anderson las neuronas concretas que contenían sus recuerdos más próximos en el tiempo. Entonces, en estado de semiinconsciencia, lo llevaron a la sonda temporal. Un momento después estaba en el camino de regreso a 1954, a su propia sociedad y su propio tiempo. Al Hotel Sir Francis Drake, en las afueras de San Francisco, a California y a la esposa y la hija que lo estaban esperando.
Una vez que la sonda regresó vacía, Tozzo, Gilly y Fermetti exhalaron un suspiro de alivio y abrieron una botella de whisky escocés de cien años que este último había estado reservando para la ocasión. Habían cumplido con éxito la misión: ahora podían volver a ocuparse del proyecto.
—¿Dónde está el manuscrito? —preguntó Fermetti mientras bajaba el vaso y recorría la oficina con la mirada.
No había ningún manuscrito a la vista. Y Tozzo vio también que la antigua máquina de escribir Royal que les había prestado el Smithsonian había desaparecido. ¿Por qué?
De repente, un escalofrío helado lo recorrió de arriba abajo. Comprendió lo que había pasado.
—Dios mío —dijo con voz tensa. Dejó su vaso.
—Que alguien vaya a buscar una copia de la revista con su artículo. Deprisa.
—¿Qué ocurre, Aaron? —preguntó Fermetti—. Explícate.
—Cuando borramos sus recuerdos de lo ocurrido, impedimos que escribiera el artículo en la revista —dijo Tozzo—. «Vuelo nocturno» se basaba en sus experiencias aquí, en nuestro tiempo. —Tomó el número de agosto de 1955 de If y lo abrió por el índice.
No había ningún artículo de Poul Anderson. En su lugar, en la página 78, aparecía «El patrón de Yancy», de Philip K. Dick.
Al final sí que habían cambiado el pasado. Y ahora la fórmula del proyecto había desaparecido, desaparecido por completo.
—No tendríamos que haberlo hecho —masculló Tozzo—. No tendríamos que haberlo traído del pasado. —Tomó otro trago de whisky centenario, con las manos temblorosas.
—¿A quién no deberíamos haber traído? —preguntó Gilly con expresión de perplejidad.
—¿No te acuerdas? —Tozzo lo miró con incredulidad.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Fermetti con impaciencia—. ¿Y qué hacéis los dos en mi despacho? Tendríais que estar trabajando. —Vio la botella de whisky y palideció—. ¿Y quién ha abierto eso?
Con las manos temblorosas, Tozzo pasó una y otra vez las páginas de la revista. El recuerdo estaba volviéndose ya difuso en su mente. En vano, trató de retenerlo. Habían traído a alguien desde el pasado, a un precognitivo, ¿no? Pero ¿quién era? Aún había un nombre en su mente, más borroso a cada segundo que pasaba… Anderson o Anderton, algo parecido. Relacionado con el proyecto de restauración de la masa.
¿O no?
Perplejo, Tozzo sacudió la cabeza y dijo con tono de desconcierto:
—Tengo unas palabras en la cabeza. Vuelo nocturno. ¿Os dicen algo a alguno de los dos?
—Vuelo nocturno —repitió Fermetti—. No, a mí nada. Pero, eso sí…, sería un buen nombre para el proyecto.
—Sí —dijo Gilly—. Se referirá a eso.
—Pero el proyecto se llama «Araña de agua», ¿no? —dijo Tozzo. O al menos eso pensaba él. Parpadeó mientras trataba de aclararse las ideas.
—La verdad —dijo Fermetti— es que nunca llegamos a ponerle nombre. —Y, repentinamente, añadió—: Pero estoy de acuerdo contigo; me gusta más. Araña de agua. Sí, me gusta.
En ese momento se abrió la puerta del despacho y vieron a un mensajero uniformado.
—De parte del Smithsonian —les informó—. Habían pedido esto. —Sacó un paquete, que dejó sobre la mesa de Fermetti.
—No recuerdo haber pedido nada al Smithsonian —dijo Fermetti. Lo abrió cautelosamente y encontró en su interior una lata de granos de café tostados, envasada al vacío, de más de cien años de antigüedad.
Los tres hombres intercambiaron miradas vacías.
—Qué raro —murmuró Torelli—. Debe de tratarse de algún error.
—Bueno —dijo Fletcher—, en cualquier caso, tenemos que seguir con el proyecto «Araña de agua».
Torelli y Gilman asintieron y volvieron a sus despachos del primer piso de Exploraciones Exteriores, S. A., la empresa a la que pertenecían, para seguir trabajando en el proyecto que tantos reveses y complicaciones estaba costándoles.
En la convención de ciencia ficción del Hotel Sir Francis Drake, Poul Anderson miró a su alrededor, perplejo. ¿Dónde había estado? ¿Por qué había salido del edificio? Había pasado una hora. Tony Boucher y Jim Gunn ya se habían ido a cenar y no veía a su mujer y su hija por ninguna parte.
Lo último que recordaba era que dos fans de Battlecreek querían enseñarle algo en el exterior del edificio. Puede que hubiera salido a verlo. En cualquier caso, después de eso no se acordaba de nada.
Se sentía extrañamente nervioso. Palpó sus bolsillos en busca de la pipa y en su lugar sólo encontró un papel doblado.
—¿Tienes algo para la subasta, Poul? —le preguntó un miembro del comité organizador de la convención, que acababa de aparecer a su lado—. Está a punto de empezar, tenemos que darnos prisa.
Sin despegar la mirada del papel de su bolsillo, Poul murmuró:
—¿Te refieres a algo aquí, conmigo?
—Sí, como una primera versión de algún relato, un manuscrito original, notas… Ya sabes. —Hizo una pausa y esperó.
—Creo que llevo unas notas en el bolsillo —dijo Poul, mirándolas. Era su letra, sin duda, pero no recordaba haberlas escrito. Un relato sobre viajes en el tiempo, a primera vista. Demasiado bourbon con agua y demasiada poca comida, decidió.
—Toma —dijo, no demasiado convencido—. No es gran cosa, pero tal vez puedas subastarlas. —Les echó un último vistazo—. Son notas sobre una figura política llamada Gutman y un secuestro desde el futuro. También hay alienígenas inteligentes. —En un impulso súbito, se las entregó.
—Gracias —dijo el hombre mientras se dirigía apresuradamente hacia la sala contigua, donde iba a celebrarse la subasta.
—Ofrezco diez dólares —exclamó Howard Browne con una gran sonrisa—. Luego tengo que ir al aeropuerto a coger un autobús. —La puerta se cerró tras él.
Karen y Astrid aparecieron en aquel momento detrás de Poul.
—¿Quieres ir a la subasta? —preguntó ella a su marido—. ¿Compramos un Finlay original?
—Mmm, claro —dijo Poul Anderson, y, acompañado por su mujer y su hija, fue tras Howard Browne.
NOTA:
Araña de agua «Waterspider» [10 de abril de 1963], en If, enero 1964.

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