Addison Doug avanzaba paso a paso, con aire cansado, la cabeza baja y aspecto de sentir un dolor físico, por el largo sendero de losas redondas de madera sintética. Al verlo llegar, la joven sintió el deseo de ayudarlo, dolida ella también por su dolor y su cansancio, pero al mismo tiempo alegre por su presencia. El hombre se le acercó sin levantar la cabeza, caminando como un autómata… «Como si hubiese recorrido aquel camino muchas veces», pensó ella de repente. «Conoce el camino demasiado bien. ¿Por qué?»
—¡Addi! —gritó y echó a correr hacia él—. Dijeron por la televisión que estabas muerto. ¡Que todos estabais muertos!
El hombre se detuvo y se echó hacia atrás el cabello, que ya no era largo. Se lo habían cortado justo antes del lanzamiento. Evidentemente, lo había olvidado.
—¿Te crees todo lo que ves en la televisión? —dijo, y siguió avanzando, con paso titubeante, pero ahora sonriendo. Alargó la mano hacia ella.
Dios, qué agradable era poder tocarlo y sentir sus manos. Conservaba más fuerzas de las que ella esperaba.
—Estaba a punto de buscarme a otro —dijo con voz entrecortada—. Para reemplazarte.
—Te partiré la cabeza si lo haces —contestó él—. Además, eso no es posible, nadie puede reemplazarme.
—Pero ¿qué pasó con la implosión? —preguntó—. En la reentrada. Dicen que…
—Lo he olvidado —contestó Addison con el tono que usaba cuando quería decir «no voy a hablar de ello». Aquel tono siempre la había molestado, pero esta vez no. Esta vez comprendió lo atroz que debía de ser el recuerdo—. Voy a quedarme en tu casa un par de días —continuó él, mientras seguían el sendero hacia la puerta de la casa, con su tejado a dos aguas—. Bueno, si te parece bien. Benz y Crayne vendrán luego. Puede que esta misma noche. Tenemos mucho que hablar y decidir.
—Entonces habéis sobrevivido los tres —dijo ella mirando su rostro demacrado—. Nada de lo que han dicho en la televisión… —Comprendió al fin. O, al menos, creyó hacerlo—. Era una historia inventada. Por… razones políticas, para engañar a los rusos, supongo. Para que la Unión Soviética crea que el lanzamiento fracasó en la reentrada…
—No —dijo él—. Es muy probable que se reúna con nosotros un crononauta ruso. Para ayudarnos a averiguar lo que ha sucedido. El general Toad dice que ya está en camino. Ya le han concedido autorización. A causa de la gravedad de la situación.
—¡Dios mío! —exclamó la muchacha, sorprendida—. Entonces, ¿para quién se han inventado esa historia?
—Vamos a beber algo —dijo Addison—, y luego intentaré explicártelo.
—Sólo tengo brandy de California.
—Ahora mismo me bebería cualquier cosa —dijo Addison.
Se dejó caer sobre el sofá, echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro tembloroso y agobiado, mientras la joven se apresuraba a preparar unas bebidas para ambos.
La radio del coche tronaba:
—… apenado ante el trágico giro que han tomado los acontecimientos, provocado por un imprevisto…
—Tonterías —dijo Crayne mientras apagaba el aparato. Estaba con Benz en el coche y les resultaba difícil encontrar la casa, que sólo habían visitado una vez. Crayne pensó que era una manera demasiado informal de reunirse para tratar un asunto de tal importancia, en casa de la chica de Addison, a las afueras de Ojai. Sin embargo, tenía la ventaja de que así no les molestarían los curiosos. Y probablemente no dispusieran de mucho tiempo. Era difícil de saber. Nadie podía asegurarlo.
Crayne observó que las colinas que se levantaban a ambos lados de la carretera habían sido bosques en su momento. Ahora los caminos de las casas y las sinuosas carreteras de plástico fundido arruinaban el paisaje.
—Apuesto a que esto era muy bonito antes —le dijo a Benz, que era quien conducía.
—El parque nacional de Los Padres no queda lejos de aquí —contestó Benz—. Me perdí una vez allí, cuando tenía ocho años. Estuve horas en el bosque, pensando que me iba a morder una serpiente de cascabel. Cada rama que veía me parecía una de ellas.
—Pues al final te ha mordido —dijo Crayne.
—A mí y a todos —añadió Benz.
—¿Sabes? —repuso Crayne—, es horrible esto de estar muerto.
—Habla por ti.
—Pero, técnicamente…
—Si haces caso de lo que dice la radio y la televisión —dijo Benz mientras volvía hacia él su cara de gnomo, con una expresión de severidad admonitoria—, estamos tan muertos como los demás habitantes del planeta. La única diferencia es que la fecha de nuestra muerte está en el pasado, mientras que la de ellos corresponde a un momento incierto del futuro. De hecho, para algunos de ellos es fija, como por ejemplo los que están en las plantas de tratamiento del cáncer. Para ellos es tan segura como para nosotros. O más. Por ejemplo ¿cuánto tiempo podemos quedarnos aquí antes de tener que regresar? Tenemos un margen, cosa que los enfermos terminales no pueden decir.
—Ahora me dirás que tenemos que alegrarnos porque no sentimos dolor —replicó Crayne con tono alegre.
—Addi lo siente. Antes iba dando tumbos. Es algo psicosomático, pero se ha convertido en una dolencia física, real. Como si Dios le estuviera oprimiendo el cuello con la rodilla. Es una carga excesiva y no es justo. Pero él no se queja en voz alta… Sólo, de vez en cuando, enseña las llagas de las manos —terminó con una sonrisa.
—Addi tiene más razones para vivir que nosotros.
—Todo hombre tiene más razones para vivir que nadie. Yo no tengo una chica guapa con la que dormir por las noches, pero me gustaría ver la puesta de sol sobre la autopista de Riverside unas cuantas veces más. Lo importante no son las cosas que tienes, sino las ganas que tienes de verlas, de estar ahí… Eso es lo más triste del asunto.
Y continuaron en silencio.
Los tres temponautas fumaban tranquilamente en el saloncito de la casa de la joven. Addison Doug estaba pensando que la chica estaba más provocativa y deseable que nunca, con aquel suéter blanco ajustado y aquella minifalda. Y lo lamentaba. No tenía fuerzas para eso, en aquel momento. Estaba demasiado cansado.
—¿Sabe lo que pasa? —preguntó Benz señalando a la chica—. Es decir, ¿podemos hablar abiertamente? ¿No se asustará?
—Aún no se lo he explicado —dijo Addison.
—Pues será mejor que lo hagas —repuso Crayne.
—Pero ¿qué pasa? —dijo ella, con un respingo mientras se ponía la mano entre los senos. Como si quisiera tocar algún símbolo religioso que ya no estaba allí, pensó Addison.
—Morimos en la reentrada —dijo Benz. Era el más cruel del grupo. O por lo menos el más brusco—. Verá usted, señorita…
—Hawkins —dijo ella en un susurro.
—Encantado de conocerla, señorita Hawkins. —Benz la observó de arriba abajo con su habitual frialdad—. ¿Y tiene usted nombre?
—Merry Lou.
—Muy bien, Merry Lou —dijo Benz. Se volvió hacia los otros dos hombres y les dijo—: Parece un nombre de camarera, esos que llevan cosidos en la blusa. «Me llamo Merry Lou y voy a servirle la cena, y el desayuno, y el almuerzo durante los próximos días, o durante los días que sean hasta que se harten y vuelvan a su propio tiempo. Son cincuenta y tres dólares y ocho centavos, por favor. Sin contar la propina. Y espero que no vuelvan nunca, ¿de acuerdo?». —Había empezado a temblarle la voz y también el cigarrillo—. Lo siento, señorita Hawkins —dijo—: Estamos todos desquiciados por lo de la implosión. Nos enteramos nada más llegar. En realidad, lo hemos sabido antes que nadie. En cuanto llegamos al tiempo de emergencia.
—Pero no podíamos hacer nada —dijo Crayne.
—Nadie puede hacer nada —le dijo Addison mientras le rodeaba la cintura con el brazo. Parecía un déjà vu, y de pronto lo comprendió. «Estamos en un bucle temporal cerrado, y seguimos dando vueltas y vueltas, tratando de resolver el problema de la reentrada, creyendo siempre que es la primera vez, la única… y sin resolverlo nunca. ¿Cuántas veces ya? Puede que un millón. Puede que nos hayamos sentado aquí un millón de veces, analizando los mismos hechos una vez y otra y sin llegar a ninguna parte.» Al pensar esto sintió un agotamiento insoportable. Y experimentó al mismo tiempo una especie de inmenso odio filosófico que se extendía a los otros dos hombres, porque ellos no tenían que resolver el enigma. «Todos vamos al mismo sitio —pensó—. Es lo que dice la Biblia. Pero… lo que pasa es que nosotros tres ya hemos estado allí. Estamos allí ahora mismo. De manera que es absurdo pedirnos que permanezcamos en la superficie de la Tierra y discutamos y nos preocupemos tratando de averiguar qué pasó. Eso deberían hacerlo nuestros herederos. Nosotros ya hemos sufrido bastante.»
Pero no lo dijo en voz alta. Por los demás.
—Puede que chocarais con algo —sugirió la joven.
Benz miró a los demás y dijo, con sarcasmo:
—Sí, puede que «chocáramos» con algo.
—Es lo que dicen en televisión —insistió Merry Lou—. Que el peligro de la reentrada reside en estar fuera de fase y colisionar a nivel molecular con algún objeto tangente… —Hizo un ademán—. Ya sabéis, «dos objetos no pueden ocupar el mismo lugar al mismo tiempo». Y así, claro, todo voló por los aires.
Hizo una pausa y lanzó una mirada interrogativa en derredor.
—Ese es el factor de riesgo principal —reconoció Crayne—. Por lo menos en teoría, según los cálculos del doctor Fein, del departamento de Planificación. Pero disponíamos de sistemas de seguridad redundantes que debían funcionar automáticamente. La reentrada no podía producirse a menos que estos dispositivos nos estabilizasen espacialmente para que no se produjera ningún solapamiento. Siempre existe la posibilidad de que hayan fallado todos, uno detrás de otro. Yo estaba comprobando todos los datos durante el lanzamiento y todos ellos, todos y cada uno de ellos, indicaban que estábamos adecuadamente en fase en ese momento. Y no oí ninguna alarma. Ni la vi. —Sonrió—. Al menos no sucedió entonces.
—¿Os dais cuenta —dijo de pronto Benz— de que nuestros herederos son ricos? Les corresponden las primas de nuestros seguros de vida federales y comerciales. Nuestros «herederos»… Por Dios, pero si somos nosotros mismos. Podemos pedir que nos paguen todo ese dinero. Entrar en la oficina de nuestro asesor financiero y decir simplemente: «Estamos muertos. Vamos, el dinero.»
Addison Doug estaba pensando. Los funerales públicos. Lo que tenían preparado, para después de las autopsias. Aquella larga hilera de Cadillacs negros, desfilando por la avenida Pennsylvania, seguida por los dignatarios del Gobierno y los malditos científicos… «Y nosotros estaremos allí. No una vez, sino dos: dentro de los féretros de roble con incrustaciones de metal, cubiertos con banderas, y también… de pie, en las limusinas abiertas, saludando a la multitud congregada en nuestro honor.»
—Las ceremonias —dijo en voz alta.
Los demás se quedaron mirándolo, sin acabar de comprender. Y luego, uno tras el otro, lo entendieron. Lo vio en sus caras.
—No —dijo Benz, con voz ronca—. Eso… no es posible.
Crayne sacudió la cabeza con énfasis:
—Nos ordenarán que estemos allí, y allí estaremos. Obedeciendo las órdenes.
—¿Y habrá que sonreír? —dijo Addison—. ¿También habrá que sonreír, joder?
—No —dijo lentamente el general Toad, mientras su cabeza carnosa y colorada oscilaba sobre un cuello fino como un palo de escoba. Tenía la piel llena de manchas, como si el peso de las condecoraciones prendidas del cuello rígido de su casaca hubiese empezado a descomponer una parte de él—. No tienen ustedes que sonreír. Todo lo contrario, deberían adoptar una actitud de pesar. A tono con el duelo que vive el país en este momento.
—Eso no va a ser fácil —dijo Crayne.
El crononauta ruso no dijo nada. Su rostro delgado y aquilino, comprimido bajo los auriculares del traductor simultáneo, parecía absorto y preocupado.
—La nación —dijo el general Toad— será consciente de su presencia entre nosotros durante ese breve intervalo. Las cámaras de las cadenas de televisión más importantes apuntarán hacia ustedes, todas ellas a la vez, y los comentaristas tienen instrucciones para decir algo como esto. —Sacó una hoja de papel mecanografiado del bolsillo, se puso las gafas, carraspeó y dijo—: «Estamos enfocando a tres figuras que vienen juntas en un coche. No las distinguimos del todo. ¿Y ustedes?». —El general Toad bajó la hoja—. Al llegar a este punto interrogarán también a sus colegas. Y por fin exclamarán: «Pero Roger»… o Walter, o Ned, según el caso concreto…
—O Bill —intervino Crayne—, en el caso de que se trate de la cadena Bufonidae, desde el pantano.
El general Toad ignoró el comentario.
—En líneas generales, lo que dirán será: «¡Pero, Roger, me parece que estamos viendo a los tres temponautas! ¿Significa esto que, de algún modo, el problema ha sido…?». Y su compañero responderá con voz ligeramente más sombría: «Lo que estamos viendo, David (o Henry, o Peter, o Ralph, según los casos), es, creo, la primera constatación de lo que los técnicos llaman la Actividad de Tiempo de Emergencia, es decir, la ATE. Contrariamente a lo que pudiera parecer a primera vista, ésos no son, repito, no son, nuestros tres valientes temponautas, tal como hasta ahora acostumbrábamos a percibirlos, sino su imagen, recogida por nuestras cámaras, puesto que se han visto suspendidos temporalmente en su viaje hacia el futuro, cuyo destino, creíamos hasta ahora, sería un continuo situado unos cien años a partir de ahora… Parece haberse producido algún tipo de error de cálculo y los tenemos aquí ahora, entre nosotros, en lo que, como es natural, conocemos como nuestro presente».
Addison Doug cerró los ojos y pensó: «Crayne va a preguntarle ahora si las cámaras no podrían enfocarle con un globo en la mano y comiendo algodón de azúcar. Creo que esto nos ha vuelto locos a todos. —Y luego se preguntó—: ¿Cuántas veces habremos pasado ya por esta estúpida situación?
»No puedo demostrarlo —pensó con fatiga—. Pero sé que es cierto. Hemos estado sentados aquí muchas veces ya, haciendo las mismas tonterías, oyendo la misma basura. —Se estremeció al pensarlo—. Cada estúpida palabra…»
—¿Qué ocurre? —inquirió Benz.
El crononauta soviético tomó la palabra por primera vez.
—¿Cuál es el máximo intervalo posible de ATE para su equipo? ¿Y qué porcentaje de este tiempo se ha consumido ya?
Al cabo de una pausa, Crayne dijo:
—Ya nos han informado sobre eso hoy mismo, antes de venir aquí. Hemos consumido aproximadamente la mitad del tiempo de intervalo ATE.
—Sin embargo —intervino el general Toad—, hemos programado el Día de Duelo Nacional dentro del plazo de ATE restante. Esto nos obliga a acelerar la autopsia y los demás procedimientos forenses, pero en vista del sentimiento público, nos pareció apropiado…
«La autopsia», pensó Addison Doug, y de nuevo sintió un escalofrío. Esta vez no pudo contenerse y dijo:
—¿Por qué no dejamos esta absurda reunión para otro momento y bajamos a Patología para ver unos cortes de tejido coloreado al microscopio? Tal vez se nos ocurran ideas que ayuden a la ciencia médica a encontrar algunas respuestas. Respuestas… eso es lo que necesitamos. Respuestas para problemas que no existen aún. Ya surgirán los problemas más tarde. —Hizo una pausa—. ¿Quién está de acuerdo?
—No quiero ver mi páncreas en la pantalla —dijo Benz—. Iré al desfile, pero no quiero tomar parte en mi propia autopsia.
—Podrías distribuir cortes microscópicos de tus propios tejidos entre los asistentes al desfile —dijo Crayne—. Cada uno de nosotros podría llevar una bolsita llena de ellos. ¿No, general? Creo que, al final, acabaremos sonriendo.
—He estado revisando todos los memorandos sobre la sonrisa —replicó el general Toad mientras pasaba algunas de las páginas que tenía delante—. Y el consenso político es que no concuerda con el sentimiento público actual, por lo que queda descartada. Asunto zanjado. Por lo que se refiere a presenciar las autopsias que se están llevando a cabo en este momento…
—Nos la vamos a perder si nos quedamos aquí sentados —le dijo Crayne a Addison Doug—. Siempre me pierdo lo mejor.
Addison hizo caso omiso del comentario y se dirigió al crononauta soviético:
—Oficial N. Gauki —dijo en el micrófono que colgaba de su pecho—, ¿cuál cree usted que es el mayor miedo al que se enfrenta un viajero en el tiempo? ¿Que ocurra una implosión debida a la yuxtaposición en la reentrada, como ha sucedido con nuestro lanzamiento? ¿O usted y su compañero experimentaron otras obsesiones traumáticas durante su breve pero fructífero viaje temporal?
Transcurrida una pausa, N. Gauki respondió:
—R. Plenya y yo intercambiamos pareceres sobre el particular en varias charlas informales. Creo que puedo hablar por los dos si digo, respondiendo a su pregunta, que nuestro principal temor era haber entrado en un bucle temporal cerrado del que nos fuera imposible escapar.
—¿Se repetiría para siempre? —preguntó Addison Doug.
—Sí, señor A. Doug —respondió el crononauta con un sombrío gesto de asentimiento.
Un miedo que no había experimentado nunca se apoderó entonces de Addison. Se volvió hacia Benz en un gesto brusco y murmuro:
—¡Mierda!
Se quedaron mirando el uno al otro.
—No creo que sea eso lo que ha sucedido —susurró Benz mientras le ponía una mano sobre el hombro y le daba un apretón en un gesto reconfortante—. Simplemente implotamos en la reentrada, eso es todo. Cálmate.
—¿Podríamos levantar la sesión? —preguntó Addison con voz ronca y ahogada, mientras se incorporaba en su silla. Sentía que la sala entera, y la gente que había en ella, se cernían sobre él y lo asfixiaban. «Claustrofobia», pensó. «Como cuando, en el colegio, las máquinas pedagógicas nos hicieron un examen sorpresa y vi que no podía aprobarlo»—. Por favor —dijo sencillamente, mientras se levantaba. Todos se quedaron mirándolo con expresiones diversas. La cara del ruso era la más comprensiva y las arrugas de su rostro demostraban preocupación. Addison hubiese querido…—. Quiero irme a casa —les dijo a todos, y se sintió como un imbécil.
Estaba borracho. Era de madrugada y se encontraba en un bar de Hollywood Boulevard. Por suerte, Merry Lou estaba con él y se lo estaba pasando en grande. Al menos eso es lo que le decía todo el mundo. Se agarró a Merry Lou y dijo:
—La mayor unidad de esta vida, la unión que más sentido tiene, es la del hombre y la mujer. Su unidad absoluta. ¿Me equivoco?
—Sí, lo sé —dijo Merry Lou—. Lo estudiamos en clase.
Aquella noche, a petición suya, Merry Lou era una rubia menuda, vestida con pantalones de campana de color morado, tacones altos y una blusa que dejaba ver su ombligo. Un rato antes llevaba un colgante de lapislázuli prendido del hoyuelo, pero lo había perdido durante la cena en Ting Ho. El dueño del restaurante les había prometido que seguiría buscándolo, pero Merry Lou había estado un poco apagada desde entonces. Tenía un valor simbólico, le había dicho. Pero no le explicó el por qué. O, al lo menos, no se acordaba. Quizá era esto lo que ocurría. Ella se lo había explicado y él lo había olvidado.
En una de las mesas cercanas, un elegante y joven hombre de color, con peinado afro, vestido con chaqueta a rayas y una corbata roja muy grande, no apartaba la vista de Addison desde hacía un buen rato. Era obvio que quería acercarse a su mesa y no se atrevía. Entretanto, no dejaba de mirar.
—¿No has tenido nunca la sensación de saber exactamente lo que va a ocurrir dentro de un momento? —le preguntó Addison a Merry Lou—. ¿Lo que alguien va a decir, palabra por palabra? Hasta en los menores detalles, como si ya hubieses vivido la escena…
—A todos nos ha ocurrido alguna vez —dijo Merry Lou mientras tomaba un sorbo de su Bloody Mary.
El hombre se levantó y se les acercó. Se detuvo junto a Addison.
—Disculpe si lo molesto, señor.
Addison se volvió hacia Merry Lou:
—Ahora va a decir: «¿No lo conozco de algo? ¿No le he visto en la televisión?».
—¡Eso es exactamente lo que me disponía a decirle! —exclamó el hombre de color.
—Seguro que ha visto mi foto en la página 46 del último Time —dijo Addison—, en la sección de nuevos descubrimientos médicos. Soy el médico rural de una pequeña ciudad en Iowa que ha alcanzado la fama por inventar un sistema sencillo y barato para conseguir la vida eterna. Algunas de las grandes empresas farmacéuticas ya han empezado a fabricar mi vacuna.
—Eso debe de ser —dijo el hombre de color, pero no parecía muy convencido. Ni tampoco borracho. Clavó una mirada concentrada en Addison—. ¿Me permiten que me siente con ustedes?
—Claro —respondió Addison. Y vio entonces, en la mano del hombre, el carné de la agencia de seguridad que se había encargado del proyecto desde el principio.
—Señor Doug —dijo el agente de seguridad, mientras se sentaba a su lado—. No creo que deba estar aquí, hablando de ese modo. Igual que le he reconocido yo, imagine que lo reconoce otra persona y le da un ataque. Está todo clasificado hasta el Día de Duelo. Técnicamente, está usted violando un estatuto federal con su presencia en este sitio. ¿Se da cuenta? Tendría que arrestarle. Pero es una situación complicada. No queremos que monte una escena. ¿Dónde están sus dos colegas?
—En mi casa —dijo Merry Lou. Era obvio que no había visto el carné—. Escuche —añadió con tono tajante—, ¿por qué no se larga? Mi marido ha pasado por una situación horrible y ésta es la primera oportunidad que tiene de relajarse.
Addison miró al hombre.
—Sabía lo que iba a decirme antes de que se acercara.
«Palabra por palabra —pensó—. Tengo razón y Benz está equivocado, y esta escena va a continuar repitiéndose una vez tras otra.»
—Tal vez —dijo el agente— pueda convencerlo de que vuelva a casa de la señorita Hawkins voluntariamente. Hace apenas unos minutos nos ha llegado un mensaje —dio unos golpecitos en el pequeño auricular que llevaba en la oreja derecha— urgente para usted. Teníamos instrucciones de transmitírselo en cuanto lo localizáramos. En las ruinas del lugar del lanzamiento… han estado rebuscando entre los escombros, ¿sabe?
—Sí, ya lo sé —dijo Addison.
—Creen haber encontrado una pista. Uno de ustedes trajo algo consigo. Del ATE, además de lo que llevaban en la salida, contraviniendo todas las normas.
—Déjeme que le pregunte una cosa —dijo Addison—. Supongamos que alguien me ve. Supongamos que me reconoce. ¿Y qué?
—El público está convencido de que, aunque fallase la operación de reentrada, el viaje en el tiempo, el primer viaje en el tiempo organizado americano, ha sido un éxito. Tres temponautas americanos fueron enviados casi cien años al futuro, que es aproximadamente el doble de lo que consiguieron los soviéticos el año pasado. El hecho de que en realidad sólo fuera una semana no será tan difícil de aceptar para la opinión pública si cree que se debe a que decidieron, por voluntad propia, manifestarse de nuevo en este continuo porque querían estar presentes, porque de hecho se sentían obligados a estar presentes en…
—En el desfile —le interrumpió Addison—. Por duplicado.
—Los atrajo irresistiblemente el dramático y sombrío espectáculo de su propio funeral, donde los captarán las cámaras de las cadenas de televisión más importantes. Señor Doug, en serio, los costes que ha acarreado esta situación, en términos financieros y de planificación al máximo nivel, son enormes. Pero así será más fácil de aceptar para el público y esto es de vital importancia si queremos realizar un nuevo lanzamiento alguna vez. Que es, a fin de cuentas, lo que todos queremos.
Addison Doug se lo quedó mirando.
—¿Qué dice que queremos?
—Hacer nuevos viajes en el tiempo —respondió el agente, incómodo—. Como han hecho ustedes. Por desgracia, no podrán ser ustedes, a causa de la trágica implosión y de su muerte. Pero otros temponautas…
—¿Qué dice que queremos? ¿Eso? ¿En serio? —repuso Addison alzando la voz. La gente estaba mirándolos desde las mesas cercanas. Parecían nerviosos.
—Desde luego —respondió el agente—. Y no grite.
—Yo no quiero eso —dijo Addison—. Yo quiero parar. Parar para siempre. Quedarme tendido en el suelo, sobre la tierra. No ver más veranos… No volver a ver el mismo verano.
—Si ves uno, ya los has visto todos —dijo Merry Lou con voz intranquila—. Creo que tiene razón, Addi. Será mejor que nos marchemos. Has bebido demasiado, y es tarde. Y esas noticias sobre el…
Addison la interrumpió:
—¿Qué dice que trajimos? ¿Cuánta masa extra?
—El análisis preliminar —contestó el agente de seguridad— indica que se introdujeron en el campo de tiempo del módulo unos cincuenta kilos de maquinaria, que volvió con ustedes. Esta masa… —hizo un ademán— es lo que provocó la catástrofe. Fue imposible compensar la gran diferencia de masa con respecto a la que había en el momento del lanzamiento.
—¡Guau! —exclamó Merry Lou con los ojos muy abiertos—. A lo mejor, alguien os vendió un fonógrafo cuadrafónico por un dólar noventa y ocho centavos, con altavoces de suspensión aérea de treinta y cinco centímetros y discos de Neil Diamond suficientes para una vida entera. —Intentó reír, pero fue incapaz. Se le nubló la mirada—. Addi —susurró—, lo siento. Pero es… muy raro. O sea, es absurdo. Os habían informado a todos sobre la reentrada, ¿no es así? No podíais añadir ni una hoja de papel a lo que habíais llevado durante la salida. Yo misma vi al doctor Fein en la televisión, explicando las razones. ¿Y uno de vosotros se trae cincuenta kilos de maquinaria? ¡Estabais tratando de destruiros, no hay otra explicación!
Empezó a llorar. Una de sus lágrimas resbaló hasta la nariz y se quedó colgando. En un acto reflejo, Addison alargó una mano para secársela, como si se tratase de una niña, en lugar de una mujer adulta.
—Voy a llevarlo hasta el lugar del análisis —dijo el agente de seguridad mientras se ponía en pie. Addison y él ayudaron a Merry Lou a levantarse. Estaba temblando mientras apuraba el Bloody Mary. Addison sintió una profunda pena por ella, pero el sentimiento pasó transcurrido apenas un instante. Se preguntó por qué. «Uno puede cansarse hasta de eso», supuso. De querer a alguien. Cuando se prolonga demasiado y se repite y repite hasta el infinito. Y al final acaba convirtiéndose en algo que ni el mismísimo Dios, con su enorme corazón, sería capaz de soportar sin sucumbir
Mientras atravesaban el abarrotado bar hacia la calle, Addison le preguntó al agente de seguridad:
—¿Cuál de nosotros…?
—Ellos ya lo saben —respondió el agente, al tiempo que le abría la puerta a Merry Lou. Se colocó detrás de Addison e indicó a un coche federal gris que aparcase en la zona roja de aparcamiento. Otros dos agentes de uniforme corrieron hacia el grupo.
—¿Fui yo? —preguntó Addison Doug.
—Será mejor que se vaya haciendo a la idea —contestó el agente de seguridad.
La procesión funeraria, formada por los tres féretros cubiertos por banderas y una estela de varias docenas de coches, procedía con dolorosa solemnidad por la avenida Pennsylvania, entre filas de gente que, a pesar de sus pesados abrigos, tiritaba de frío. Una neblina húmeda se cernía sobre los grisáceos contornos de los edificios que la lluvia desdibujaba bajo la sombría luz de Washington.
El más famoso comentarista de noticias y sucesos de la televisión, Henry Cassidy, se dirigía con voz monótona a su enorme e invisible audiencia mientras escudriñaba con los prismáticos el Cadillac que encabezaba la procesión.
—… tristes remembranzas de aquel tren del pasado, que llevaba el féretro de Abraham Lincoln a través de los campos de trigo hacia su lugar de eterno descanso, la capital de la nación. ¡Qué día tan triste y qué apropiado el tiempo para la circunstancia, con esta lluvia y estos nubarrones de tormenta! —En su monitor vio que la cámara hacía una panorámica para pasar al cuarto Cadillac, el que cerraba la procesión tras la que llevaban los féretros de los temponautas muertos.
Su técnico le tocó el brazo.
—Parece que estamos viendo ahora a tres figuras desconocidas, que marchan juntas —dijo Henry Cassidy en el micrófono que le colgaba del cuello, mientras asentía—. De momento no soy capaz de identificarlas. ¿Puedes ver tú mejor desde tu posición, Everett? —preguntó a su colega, mientras apretaba el botón que indicaba a Everett Branton que debía tomar la palabra.
—Pero, Henry… —exclamó Branton con tono de creciente emoción—. ¡Creo que lo que estamos viendo es a los tres temponautas americanos, que se han manifestado aquí en su histórico viaje hacia el futuro!
—¿Significa eso —preguntó Cassidy— que han sido capaces de resolver de alguna forma la…?
—Me temo que no, Henry —dijo Branton con voz grave y apesadumbrada—. Lo que estamos viendo, con inmenso asombro, debo añadir, es la primera manifestación que tiene el mundo occidental de lo que los científicos han bautizado como Actividad de Tiempo de Emergencia.
—Ah, sí, la ATE —dijo Cassidy con tono animoso, leyendo el guión oficial que le habían entregado las autoridades federales antes del comienzo de la emisión.
—Exacto, Henry. Contrariamente a lo que pudiera parecer a primera vista, ésos no son, repito, no son, nuestros tres valientes temponautas, tal como hasta ahora acostumbrábamos a percibirlos…
—Ya entiendo, Everett —lo interrumpió Cassidy con voz emocionada. Las instrucciones del guión eran claras: CASS INTERRUMPE CON EMOCION—. Nuestros tres valientes temponautas se han visto suspendidos temporalmente en su viaje hacia el futuro, cuyo destino, creíamos hasta ahora, sería un continuo situado unos cien años a partir de ahora… Parece que el pesar y el dramatismo abrumadores de este día de luto han hecho que decidan…
—Siento interrumpirte, Henry —dijo Branton—, pero me parece que la procesión ha detenido un momento su avance con el fin de que podamos…
—¡No! —dijo Cassidy mientras leía una nota rápidamente garabateada que acababan de entregarle y que decía así: «No entreviste temponautas. Urgente. Olvide inst. previas.»—. No creo que podamos… —hizo una breve pausa— hablar con los temponautas Benz, Crayne y Doug, como esperabas, Everett.
Y, al tiempo que decía esto, comenzó a llamar con señas desesperadas al equipo del micrófono-grúa, que había empezado a aproximarse hacia la limusina que los llevaba. Con la cabeza hizo signos negativos al operador del micrófono y a su técnico de sonido.
Al ver que el micrófono se dirigía hacia ellos, Addison Doug se puso de pie en la parte trasera de la limusina. A Cassidy se le escapó un gruñido. «Quiere hablar —comprendió—. ¿No le han dado a él las nuevas instrucciones? ¿Por qué me avisan sólo a mí?» Los micrófonos-grúa de otras cadenas, así como varios presentadores de radio, a pie, se precipitaban ya hacia el Cadillac de los temponautas, con el objeto de entrevistarlos, sobre todo a Doug. Este ya había empezado a responder a una pregunta que acababa de hacerle un reportero. Cassidy, que había desconectado su micrófono, no pudo oír la pregunta ni la respuesta. A regañadientes, dio la señal para que conectasen de nuevo.
—… antes —estaba diciendo Doug con voz clara.
—¿Qué quiere decir con «Todo esto ya ha sucedido antes»? —preguntó el periodista radiofónico que estaba junto al coche.
—Quiero decir —declaró el temponauta americano Addison Doug, con el rostro colorado y tenso— que yo he estado en este mismo lugar una vez y otra, y que ustedes han presenciado ya este desfile y nuestras muertes en la reentrada infinitas veces. Que es un bucle temporal cerrado que nos tiene atrapados y que hay que romper de algún modo.
—¿Están ustedes buscando —gritó otro reportero mientras apuntaba a Addison Doug con su micrófono— una solución para el problema de la implosión en la reentrada, que se pueda aplicar retrospectivamente con el fin de corregir lo ocurrido y evitar la tragedia que les ha costado… o, en su caso, les costará… la vida?
—Sí, eso es lo que pretendemos —dijo el temponauta Benz.
—Tratamos de determinar la causa de la violenta implosión y eliminarla antes la reentrada —añadió el temponauta Crayne, asintiendo—. Hemos averiguado ya que, por razones desconocidas, apareció una masa de casi cincuenta kilos de piezas diversas de un motor Volkswagen, incluidos los cilindros, la cabeza…
«Es terrible», pensó Cassidy.
—¡Esto es sorprendente! —exclamó en su micrófono—. Los trágicamente fallecidos temponautas americanos, con una determinación que sólo puede derivar de su entrenamiento y de la estricta disciplina a que han estado sometidos, cuyas razones nos preguntábamos antes pero ahora comprendemos a la perfección, han analizado ya el fallo mecánico que motivó la implosión y, evidentemente, sus propias muertes, y han iniciado el complejo proceso de eliminar posibilidades con el fin de poder regresar en su momento al lugar de lanzamiento y efectuar la reentrada sin incidentes.
—Uno se pregunta —murmuró Branton por el micrófono— cuáles pueden ser las consecuencias de esta alteración del pasado próximo. Si no hay implosión en la reentrada y no mueren… Bueno, Henry, para mí, estas paradojas que tantas veces y con tanta elocuencia nos ha expuesto el doctor Fein, de los laboratorios de distorsión temporal, en Pasadena, son demasiado complicadas.
En aquel momento, el temponauta Addison estaba hablándole con voz calmada a todos los micrófonos que tenía a su alrededor:
—No debemos eliminar la causa de la implosión en la entrada. El único camino de salir de esta trampa es que muramos. La muerte es la única solución para nosotros tres.
La procesión de Cadillacs reanudó la marcha, obligándolo a detenerse.
Henry Cassidy cerró el micrófono un momento y le preguntó a su ingeniero de sonido:
—¿Se ha vuelto loco?
—El tiempo lo dirá —respondió el otro en tono apenas audible.
—Un momento extraordinario en la historia americana de los viajes en el tiempo —dijo luego Cassidy, con el micrófono de nuevo abierto—. Sólo el tiempo dirá, y espero que me disculpen el involuntario chiste, si las crípticas afirmaciones del temponauta Doug, pronunciadas en unos momentos de intenso sufrimiento para él, y en cierto modo para todos nosotros, son las palabras de un hombre perturbado por el pesar, o representan un perspicaz análisis del macabro dilema que, teóricamente, sabíamos que podía abatirse con letales consecuencias sobre cualquier lanzamiento temporal, fuera nuestro o de los rusos.
Dicho esto, cortó para dar paso a la publicidad.
—¿Sabes? —dijo la voz de Branton, una voz que sólo pudo oírse en el cuarto de control y en sus oídos—. En caso de que tenga razón, sería mejor que dejasen morir a esos desgraciados.
—Tendrían que dejarlos libres —convino Cassidy—. Dios mío, por su forma de hablar parecía que hubiera pasado ya por esto durante más de mil años. No me gustaría estar en su pellejo.
—Te apuesto cincuenta pavos —dijo Branton— a que han pasado ya por esto antes de ahora. Muchas veces.
—Entonces, nosotros también —repuso Cassidy.
En aquel momento empezó a llover y los espectadores se convirtieron en una colección de figuras relucientes. Las caras, los ojos, incluso los trajes, todo brillaba con húmedos reflejos de luz fracturada, centelleante, mientras, por encima de ellos, el día iba nublándose aún más.
—¿Estamos en el aire? —preguntó Branton.
«¿Quién sabe?», pensó Cassidy. Sólo deseaba que el día terminase.
El crononauta soviético N. Gauki levantó ambas manos con tranquilidad y empezó a hablarles a los americanos del otro lado de la mesa con voz de extrema urgencia:
—En mi opinión y en la de mi colega R. Plenya, quien ha recibido el título de Héroe del Pueblo Soviético por sus logros como pionero de los viajes temporales, y basándonos en nuestra propia experiencia y en el material teórico desarrollado tanto en los círculos académicos americanos como en la Academia de Ciencias de la URSS, los temores del temponauta A. Doug pueden estar justificados. La destrucción deliberada de su persona y de sus dos compañeros, provocada al hacer una reentrada indebida con el peso adicional de varias piezas de motor, podría considerarse como el acto de un hombre desesperado que no tenía ningún otro medio de escape. Como es natural, la decisión está en sus manos. En este asunto, nuestro papel es puramente asesor.
Addison Doug, que estaba jugando con su mechero, no respondió. Le zumbaban los oídos y se preguntaba lo que podía significar eso. El sonido tenía algo electrónico. «Puede que estemos de nuevo dentro del módulo», pensó. Pero no lo percibía. Lo único que sentía era la gente que estaba en torno a la mesa, la mesa, el mechero de plástico azul que sostenía entre los dedos. «No se puede fumar durante la reentrada», pensó, y volvió a guardarse lentamente el mechero en el bolsillo.
—No tenemos ninguna prueba concreta —estaba diciendo el general Toad en ese momento— de que se haya generado un bucle temporal cerrado. Lo único que tenemos es la sensación objetiva de fatiga que experimenta el señor Doug. Su convencimiento de que ha pasado por esta misma situación en numerosas ocasiones. Como él mismo reconoce, lo más probable es que se trate de una reacción psicológica. —Empezó a hurgar, casi como un cerdo hozando en el suelo, entre los papeles que tenía delante—. Tengo aquí un informe confidencial, elaborado por cuatro psiquiatras de Yale, sobre su estructura psicológica. Aunque generalmente de carácter estable, sufre de una cierta tendencia hacia la ciclotimia, que puede culminar en un estado de depresión aguda. Como es natural, esto se tuvo en cuenta antes de efectuar el lanzamiento, pero se decidió que el carácter alegre de los otros dos miembros del equipo compensaría esta tendencia. En cualquier caso, lo que está claro es que su tendencia depresiva se ha agudizado. —Ofreció el informe a todos los presentes, pero ninguno de ellos lo aceptó—. ¿No es cierto, doctor Fein —prosiguió—, que las personas deprimidas tienden a percibir el tiempo de una manera peculiar, como si se repitiera una vez tras otra, sin llegar a ninguna parte? La persona afectada por esto sufre tal grado de neurosis que se niega a olvidar el pasado, que da vueltas en su cabeza continuamente.
—Pero, verá usted, —replicó el doctor Fein, el científico cuyos trabajos habían servido de base teórica para el proyecto— seguramente, esta sensación subjetiva de cautiverio es la que experimentaríamos todos si nos viéramos atrapados en un bucle temporal.
—El general —dijo Addison Doug— está utilizando palabras que no comprende.
—Me he informado sobre todo —respondió el general Toad—. Los términos psiquiátricos… Sé lo que significan.
Benz se volvió hacia Addison Doug y le preguntó:
—¿Dónde encontraste todas esas piezas de Volkswagen, Addi?
—Todavía no las tengo —respondió éste.
—Probablemente recogió la primera chatarra que pudo encontrar —dijo Crayne—. Cualquier cosa, justo antes de que iniciásemos la reentrada.
—Justo antes de que vayamos a iniciarla —lo corrigió Addison.
—He aquí mis instrucciones para ustedes tres —dijo el general Toad—. Les prohíbo provocar daño, implosión, avería ni problema alguno durante la reentrada, sea cargando una masa adicional o por cualquier otro medio que se les ocurra. Regresarán según lo programado y de acuerdo con las simulaciones previas. Esto se refiere especialmente a usted, señor Doug.
En aquel momento empezó a sonar el teléfono que había a su derecha. El general frunció el ceño y descolgó. Hubo una pausa, y luego colgó de golpe, mientras se intensificaba un poco más su expresión ceñuda.
—Le han invalidado —dijo el doctor Fein.
—Sí, en efecto —respondió el general—. Y debo decir que, a título personal, me alegro de que sea así, porque la decisión que había tomado era bastante desagradable.
—Entonces podemos preparar la implosión en la reentrada —dijo Benz al cabo de una pausa.
—La decisión está en sus manos —dijo el general Toad—, dado que son sus vidas las que están en juego. Hagan lo que mejor les parezca. Lo que quieran, sea lo que sea. Si tienen la certeza de que están atrapados en un bucle temporal y creen que una implosión masiva en la reentrada puede romperlo… —hizo una pausa al ver que el temponauta Addison se ponía en pie—. ¿Va a hacer usted otro discurso, Doug?
—Sólo quiero dar las gracias a todos los que, de una forma u otra, participan en esta empresa —respondió Doug—. Por dejarnos decidir. —Y entonces recorrió con su mirada ojerosa a todos los individuos que estaban sentados en torno a la mesa—. Se lo agradezco profundamente.
—¿Sabes? —dijo Benz lentamente—. Es posible que una implosión en la reentrada no arregle nada, ni logre romper el bucle. En realidad, puede que sea lo que lo genere, Doug.
—No, si nos mata a los tres —replicó Crayne.
—¿Estás de acuerdo con Addi? —preguntó Benz.
—La muerte es la muerte —dijo Crayne—. He estado reflexionando. ¿Qué otra forma nos queda de salir de esto, aparte de morir? No se me ocurre ninguna otra.
—Puede que no estén en ningún bucle —señaló el doctor Fein.
—Pero puede que sí —replicó Crayne.
Doug, que permanecía de pie, miró a Crayne y a Benz y les dijo:
—¿Merry Lou podría participar en la decisión?
—¿Por qué? —preguntó Benz.
—Ya no puedo pensar con claridad —contestó Doug—. Pero Merry Lou puede ayudarme. Dependo de ella.
—Bien, de acuerdo —dijo Benz y Crayne también asintió.
El general Toad lanzó una mirada estoica a su reloj de pulsera y dijo:
—Caballeros, creo que esto concluye nuestra conferencia.
El crononauta soviético se quitó los auriculares y el micrófono de cuello y se aproximó a los tres temponautas con paso vivo y la mano extendida. Estaba diciendo algo en ruso, pero ninguno de los tres americanos lo hablaba, así que se retiraron juntos, con aire lúgubre.
—En mi opinión, estás loco, Addi —dijo Benz—. Pero parece que ahora estoy en minoría.
—En caso de que tenga razón —dijo Crayne—, aunque no haya más que una posibilidad entre mil millones de que sea así, creo que la posibilidad de tener que volver una vez tras otra durante toda la eternidad basta para justificarlo.
—¿Podríamos ir a ver a Merry Lou a su casa? —preguntó Addison.
—Está esperándonos fuera —dijo Crayne.
El general Toad se acercó a los tres temponautas y, colocándose entre ellos, dijo:
—¿Saben?, lo que ha hecho que se adopte esta decisión ha sido la reacción del público ante su comportamiento y sus palabras durante el desfile, Doug. Los consejeros de la NSC han llegado a la conclusión de que la gente prefería, al igual que usted mismo, tener la certeza de que todo ha terminado de una vez. Les importa más saber que está usted libre de su misión que salvar el proyecto y conseguir una reentrada perfecta. Creo que les ha causado una honda emoción con sus lamentos, Doug —concluyó, antes de retirarse.
—Olvídate de él —le dijo Crayne a Addison Doug—. Olvídate de todos los que son como él. Haremos lo que tengamos que hacer.
—Merry Lou me lo dirá —dijo Doug. Ella sabría qué es lo que había que hacer, lo mejor para todos.
—Voy a buscarla —dijo Crayne—, y luego podemos ir los cuatro a alguna parte, a su casa tal vez, y decidirlo. ¿De acuerdo?
—Gracias —contestó Addi con una inclinación de cabeza. Miró a su alrededor y la buscó, deseando verla. Se preguntaba dónde estaba. Tal vez en la sala contigua, se dijo—. Agradezco mucho tu gesto.
Benz y Crayne se miraron un momento. Doug se percató de ello, pero no sabía lo que significaba. Lo único que sabía era que necesitaba a alguien, a Merry Lou, por encima de cualquier otra persona, para que lo ayudase a comprender la situación. Y para entender lo que debían hacer para salir de ella de una vez.
Merry Lou se dirigió al norte de Los Angeles por el carril ultrarrápido de la autopista de Ventura y luego, por el interior, hasta Ojai. Estaban todos muy callados. Merry Lou conducía bien, como siempre. Apoyado sobre ella, Addison Doug se sumió en una especie de paz temporal.
—No hay nada como tener a una chica que te lleve —dijo Crayne al cabo de muchos kilómetros de silencio.
—Es una sensación casi aristocrática —murmuró Benz—. Llevar a una mujer al volante… Te sientes como un noble, con tu propio chofer.
—Hasta que la chica se estrella con algo —dijo Merry Lou—. Con algún objeto grande y pesado.
—El otro día… —dijo Addison— cuando me viste llegar a tu casa por el sendero de madera… ¿Qué pensaste? Dímelo con franqueza.
—Tenías cara… —contestó la chica— de haberlo hecho ya muchas veces. Estabas consumido, cansado y… a punto de morir. Al final… —vaciló un momento—. Lo siento, pero eso es lo que parecía, Addi. Pensé que conocías el camino demasiado bien.
—Como si lo hubiese recorrido demasiadas veces.
—Eso es —convino ella.
—Entonces, votas por la implosión —dijo Addison Doug.
—Bueno…
—Sé sincera —dijo él.
—Mira en el asiento trasero —dijo Merry Lou—. La caja que hay en el suelo.
Con una linterna de mano que sacaron de la guantera, los tres hombres examinaron el interior de la caja. Addison miró con miedo lo que contenía. Piezas oxidadas de un motor Volkswagen. Aún grasientas.
—Las he cogido en el callejón de atrás de un concesionario extranjero que hay cerca de mi casa —dijo Merry Lou—. Cuando iba hacia Pasadena. La primera chatarra que me pareció lo bastante pesada. En la televisión dijeron que, durante el lanzamiento, cualquier cosa que pesara más de veinticinco…
—Servirá —dijo Doug—. Ya lo ha hecho.
—Entonces no hace falta que vayamos hasta tu casa —dijo Crayne—. Está decidido. Podemos ir directamente al módulo, e iniciar las operaciones para salir de la ATE y volver a la reentrada. —Su voz era contenida y aguda al mismo tiempo—. Gracias por su voto, señorita Hawkins.
—Estáis todos demasiado cansados —dijo ella.
—Yo no —replicó Benz—. Lo que estoy es furioso. Terriblemente furioso.
—¿Conmigo? —preguntó Addison.
—No lo sé —contestó Benz—. Sólo que… Joder.
Se sumió en un silencio pesado, encorvado y muy quieto. Totalmente alejado de los demás ocupantes del coche.
Al llegar a la primera intersección, Merry Lou tomó la desviación del sur. La invadía ahora una sensación de libertad y Addison sintió también que parte del peso y de la fatiga que lo agobiaban empezaba a desaparecer.
El receptor que llevaban los tres en la muñeca empezó a emitir la señal de emergencia. Se sobresaltaron.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Merry Lou, frenando.
—Tenemos que llamar por teléfono al general Toad lo antes posible —dijo Crayne. Señaló con el dedo—. Ahí delante hay una gasolinera de la Standard. Tome la siguiente salida, señorita Hawkins. Telefonearemos desde allí.
Pocos minutos después Merry Lou detenía el coche junto a la cabina telefónica de la gasolinera.
—Espero que no sean malas noticias —dijo.
—Hablaré yo primero —dijo Doug mientras bajaba del coche.
«Malas noticias —pensó sonriendo para sí—. ¿Como por ejemplo?» Entró en la cabina con paso rígido, cerró la puerta tras de sí, metió una moneda en la ranura y marcó el número.
—¡Bueno, tengo noticias para ustedes! —dijo el general Toad cuando el operador le puso en comunicación—. Menos mal que los hemos localizado. Espere un minuto. Voy a dejar que se lo diga el doctor Fein en persona. Le creerá a él más que a mí. —Tras varios chasquidos metálicos, se oyó la voz del doctor Fein, erudita y precisa, aunque más aguda que de costumbre, a causa de la excitación.
—¿Cuáles son las malas noticias? —preguntó Doug.
—No son necesariamente malas —respondió Fein—. Los ordenadores han estado trabajando desde la reunión y según parece… es decir, al menos desde un punto de vista estadístico, aunque aún no verificado del todo… puede que tenga usted razón, Addison. Se encuentran ustedes dentro de un bucle cerrado.
Addison Doug exhaló un suspiro entrecortado, colérico.
«Maldito mentiroso —pensó—. Seguro que lo ha sabido desde el principio.»
—Sin embargo —continuó diciendo el doctor Fein, con un leve tartamudeo provocado por la emoción—, también he calculado… es decir, hemos calculado en el laboratorio de tecnología, que el mejor modo de perpetuar el bucle es hacer implosión al entrar. ¿Me comprende, Addison? Si carga toda esa chatarra oxidada y el módulo implosiona, las probabilidades estadísticas de repetir el bucle son mucho mayores que si realizan la reentrada con normalidad y todo sale bien.
Addison Doug no respondió.
—De hecho, Addi, y ésta es la cuestión sobre la que quisiera insistir, una implosión en la reentrada, y especialmente una implosión masiva y calculada como la que estamos preparando… ¿Entiende lo que le digo, Addi? ¿Me está entendiendo? ¡Por el amor de Dios, Addi! Algo semejante prácticamente garantizaría que el bucle quedara cerrado sin remedio. Como nos temíamos desde el principio. —Hizo una pausa—. ¿Addi? ¿Está usted ahí?
—Quiero morir —dijo únicamente Addison Doug.
—Eso se debe a la fatiga provocada por el bucle. Sólo Dios sabe cuántas veces han tenido que sufrir…
—No —dijo Doug y se dispuso a colgar.
—Déjeme que hable con Benz y Crayne —se apresuró a decir el doctor Fein—. Por favor, antes de que sigan adelante con la reentrada. Especialmente con Benz. Me gustaría hablar con él en particular. Por favor, Addison. Por el bien de sus compañeros. El estado de agotamiento en el que se encuentra…
Addison colgó el teléfono y salió de la cabina con paso lento.
Al subir al coche de nuevo oyó que los dos receptores de alerta seguían zumbando.
—El general Toad dice que la llamada automática que nos ha enviado hará que vuestros receptores sigan sonando durante un rato —dijo a sus compañeros. Y cerró la puerta del coche—. Vámonos.
—¿No quiere hablar con nosotros? —preguntó Benz.
—El general quería informarnos —dijo Addison— de que han preparado algo para nosotros. El Congreso nos ha concedido una citación especial al valor o no sé qué otra tontería parecida. Una medalla que no le habían concedido a nadie hasta ahora. Y nos la van a dar a título postumo.
—Joder… Ya me contarás cómo nos la iban a dar si no —dijo Crayne.
Merry Lou se echó a llorar mientras encendía el motor.
—Va a ser un descanso —dijo Crayne al cabo de un instante, mientras el coche se incorporaba a la autopista— cuando todo haya acabado.
«Ya no queda mucho», pensó Addison.
Los tres receptores de alerta continuaban zumbando.
—Os van a volver locos —dijo Addison—. Las malditas voces de la burocracia acabarán poco a poco con vosotros, de puro agotamiento.
Los demás se volvieron a mirarle con una mezcla de inquietud y perplejidad.
—Sí —dijo Crayne—. Estas alertas automáticas son una auténtica lata. —Parecía cansado. «Tan cansado como yo», pensó Addison. Y al comprenderlo se sintió mejor. Porque aquello demostraba que estaba en lo cierto.
Unas gruesas gotas de lluvia chocaban contra el parabrisas. Había empezado a llover. Eso también le gustó. Le recordó una de las experiencias más emocionantes que había tenido durante su corta vida: su propia procesión funeraria, cuando avanzaba lentamente a lo largo de la avenida Pennsylvania, con los féretros engalanados con las banderas. Cerró los ojos, se recostó en el asiento y por fin empezó a sentirse bien. Volvió a oír los lamentos de los asistentes al desfile. Y a soñar con la medalla del Congreso. «Al agotamiento —pensó—. Una medalla por estar agotado.»
Se vio a sí mismo en otros desfiles y en la muerte de muchos. Pero en realidad era una sola muerte y un solo desfile. Coches que avanzaban lentamente por las calles de Dallas y también con el doctor King… Se vio volver una y otra vez, en el bucle cerrado de su propia vida, al mismo funeral que ni él ni ellos podían olvidar. Siempre estaría allí, al igual que ellos. Siempre sería lo mismo, y todos ellos volverían juntos una y otra vez, para siempre. Al lugar y al momento a los que querían volver. Al suceso que más había significado para ellos.
Este era su regalo para ellos, para su pueblo, para su país. Le había legado al mundo una maravillosa carga. El terrible y agotador milagro de la vida eterna.
NOTA:
Algo para nosotros, temponautas [13 de febrero de 1973], en Final Stage, editada por Edward L. Ferman y Barry N. Malzberg, Nueva York, 1974.
Cuando escribí este relato sentía un inmenso hastío por el programa espacial, que tanto nos había emocionado al principio —sobre todo en el primer alunizaje— para luego quedar olvidado y virtualmente cancelado como una simple reliquia de la historia. Me preguntaba: si el viaje en el tiempo se convirtiera en un «programa», ¿acabaría por sufrir el mismo destino? ¿O existía una posibilidad aún peor, innata a la propia naturaleza de las paradojas temporales? (1976)
La esencia de la ficción sobre el viaje en el tiempo es siempre una confrontación, en los mejores casos contra uno mismo. En realidad éste es el tema de muchas obras de gran calidad literaria, pero en el caso de relatos como Algo para nosotros, temponautas, el momento en que el personaje se encuentra cara a cara consigo mismo permite una alienación que ninguna otra variedad de literatura haría posible… alienación y no comprensión, como cabría esperar. Addison Doug-Uno está vivo en el contenedor que lleva el cadáver de Addison Doug-Dos y lo sabe, sabe que ahora se ha convertido en dos personas, que está tan duplicado como si sufriera una especie de esquizofrenia física. Y su mente, en lugar de unificarse, se ha dividido. Lo ocurrido no le ofrece ninguna luz, ni sobre sí mismo ni sobre el otro Addison Doug, quien ya no puede razonar ni resolver problemas, sino sólo permanecer tendido en la oscuridad, inerte. Esta inmensa ironía es sólo una entre las muchísimas ironías posibles en un relato de viajes en el tiempo. Ingenuamente, uno podría pensar que, al volver de un viaje al futuro, tendría más conocimientos que a su partida, no menos. Los tres temponautas se adelantan en el tiempo, vuelven y se ven atrapados, quizá para siempre, por ironías, y dentro de ironías, la mayor de las cuales es, desde mi punto de vista, la confusión que les provocan sus propios actos. Es como si el incremento de la información generado por tan importante logro científico —información exacta y precisa sobre lo que va a suceder— mermara la comprensión real de las cosas. Puede que Addis Doug sepa demasiado.
Mientras escribía este relato, me vi invadido a mi vez por una fatigosa tristeza y caí más de lo habitual en el espacio (o quizá debería decir el tiempo) que contenía a los personajes. Experimenté un sentimiento de futilidad sobre la futilidad —no hay nada más aplastante que una fuerte sensación de aplastamiento— y, mientras escribía, me di cuenta de que lo que para nosotros es meramente un problema psicológico —la intensidad de la certidumbre del fracaso y las letales consecuencias de esta certidumbre— para un viajero en el tiempo se convertiría en una auténtica cámara de los horrores física y existencial. Nosotros, cuando nos deprimimos, estamos cautivos en el interior de nuestra cabeza, lo que es una suerte; sin embargo, cuando el viaje en el tiempo se convierta en una realidad, esta actitud psicológica de derrota podría tener consecuencias desastrosas de incalculables proporciones. En este caso, una vez más, la ciencia-ficción permite transferir lo que normalmente es un problema interno a un entorno externo: lo proyecta en la forma de una sociedad, de un planeta, en el que todo el mundo está atrapado, por así decirlo, en lo que hasta entonces era un solo cerebro. No puedo culpar a algunos lectores por protestar ante esto, porque el cerebro de algunos de nosotros es un lugar realmente desagradable…, pero, por otro lado, qué herramienta más valiosa es para nosotros: para aferrar aquello que no todos vemos igual en el universo, o, en cierto modo, el universo en su totalidad. El desesperanzado mundo de Addison Doug se propaga de repente y se convierte en el mundo de mucha más gente. Pero, a diferencia del lector de un relato, que puede terminarlo y dar por terminada su inclusión en el mundo del autor, los protagonistas de este relato están atrapados en él para siempre. Esta es una tiranía que aún no es del todo posible… pero, cuando uno considera el poder de los aparatos de propaganda coercitiva de los Estados modernos (lo que, cuando está en manos del estado enemigo, llamamos «lavado de cerebros»), puede llegar a preguntarse si no se tratará de una mera cuestión de grado. Nuestros gloriosos líderes no pueden atraparnos en el interior de sus cabezas conectando piezas de antiguos motores VW, pero la alarma que sienten los personajes de la historia con respecto a lo que les está sucediendo podría, a menor escala, equivaler a la que podemos llegar a sentir nosotros. Addison Doug expresa el deseo de «no ver más veranos». Todos debemos resistirnos a esto. No debemos permitir que nos arrastren, por muy sutil que sea el medio o muy benignas que sean las razones, a esta visión ni a este deseo: tanto individual como colectivamente debemos aspirar a ver el máximo número de veranos posibles, incluso en un mundo imperfecto como en el que ahora vivimos.

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