Harl salió del tercer nivel y tomó el metro que se dirigía al norte. El tren le condujo a toda velocidad hacia el quinto nivel, dejando atrás una gran burbuja de empalme. Harl lanzó una furtiva y emocionada mirada a la gente y a los orificios de salida, una compleja maraña de negocios a medio concluir y de confusión.
Una vez pasada la burbuja se halló cerca de su destino, el inmenso e industrial quinto nivel, que se desparramaba bajo todo lo demás como un gigantesco pulpo cubierto de hollín que habitaba en el desorden de la noche.
El reluciente ferrocarril le escupió y, continuando su camino, desapareció en el túnel. Harl saltó con agilidad sobre la cinta rodante y consiguió permanecer de pie sin perder el equilibrio, oscilando con pericia de un lado a otro. Pocos minutos después llegó a la entrada del despacho de su padre. Harl levantó la mano y la puerta codificada se abrió. Entró mientras sentía que el corazón se le aceleraba de excitación. El momento había llegado.
Edward Boynton se encontraba en el departamento de planificación, estudiando el diseño de un nuevo taladro robot, cuando le informaron de que su hijo había entrado en la oficina principal.
—Vuelvo enseguida —dijo.
Se abrió paso entre sus asesores políticos y subió por la rampa hasta su despacho.
—¡Hola, papá! —exclamó Harl, enderezando la espalda.
Padre e hijo intercambiaron un apretón de manos. Después, Harl se sentó.
—¿Cómo va todo? Supongo que me esperabas.
Edward Boynton tomó asiento detrás de su escritorio.
—¿Qué quieres? Ya sabes que estoy muy ocupado.
Harl dirigió una tímida sonrisa a su padre. Edward Boynton, ataviado con el uniforme color pardo de planificador industrial, era mucho más alto que su hijo. Era un hombre gigantesco, de espaldas anchas y espeso cabello rubio. Devolvió la mirada a su hijo con sus ojos azules, fríos y duros.
—He venido a solicitar cierta información. —Harl paseó la mirada por la habitación, inquieto—. No hay micrófonos en tu despacho, ¿verdad?
—Por supuesto que no —le aseguró su padre.
—¿Ni pantallas ocultas? —Harl se relajó un poco—. Me he enterado de que vas a subir a la superficie dentro de poco con algunos miembros de tu departamento. —Harl se inclinó hacia su padre—. Vais a la superficie… a buscar monos.
—¿Quién te ha dicho eso? —El rostro de Ed Boynton se ensombreció—. Si alguien de este departamento…
—No —se apresuró a negar Harl—. Nadie me ha informado. Obtuve la información por mis propios medios, gracias a mis actividades educativas.
Ed Boynton empezó a comprender.
—Ya entiendo. Estabas experimentando con interceptores, irrumpiendo en los canales confidenciales. Tal como enseñan en comunicaciones.
—Exacto. Intercepté una conversación entre tú y Robin Turner relativa a la incursión.
La atmósfera que reinaba en la habitación adquirió una mayor cordialidad. Ed Boynton se relajó y se reclinó en la silla.
—Continúa —le apremió.
—Fue pura casualidad. Había interferido ya diez o doce canales, sin pararme más de un segundo en cada uno de ellos. Utilizaba el equipo de la Joven Liga. De pronto, reconocí tu voz, así que me dediqué a escuchar toda la conversación.
—Por tanto, te enteraste de casi todo.
Harl asintió con la cabeza.
—¿Cuándo vas a subir, papá? ¿Habéis fijado ya una fecha?
—No —respondió Ed Boynton, frunciendo el ceño—, aún no. Será en algún momento de esta semana. Casi todo está dispuesto.
—¿Cuántos vais a ir?
—Tomaremos una nave nodriza y unos treinta huevos. Todos de este departamento.
—¿Treinta huevos? Sesenta o setenta hombres.
—Exacto. —Ed Boynton miró con fijeza a su hijo—. No será una incursión muy importante. Nada que pueda compararse con las impulsadas en los últimos años por el Directorio.
—Pero bastante importante para un solo departamento.
—Ve con cuidado, Harl. —Los ojos de Ed Boynton destellaron—. Si la conversación que oíste por casualidad se difunde…
—Lo sé. Desconecté la grabadora en cuanto reparé en el tema de vuestra conversación. Sé lo que ocurriría si llegara a oídos del Directorio que un departamento va a emprender una incursión sin la debida autorización…, en pro de sus propias fábricas.
—Me pregunto si realmente comprendes la envergadura de nuestro plan.
—¡Una nave nodriza y treinta huevos! —exclamó Harl, sin hacer caso de la observación—. ¿Permaneceréis en la superficie unas cuarenta horas?
—Más o menos. Depende de la suerte que tengamos.
—¿Cuántos monos pensáis atrapar?
—Necesitamos, al menos, una docena.
—¿Machos?
—La mayoría. Algunas hembras, pero sobre todo machos.
—Supongo que para las unidades de la industria básica. —Harl se enderezó—. En ese caso, de acuerdo. Ahora que ya sé más sobre la incursión, puedo volver a mis asuntos.
Miró fijamente a su padre.
—¿Asuntos? —Boynton levantó la vista al instante—. ¿A qué te refieres, en concreto?
—Al motivo de haber venido a verte. —Harl se inclinó hacia su padre. Habló con voz cortante y vehemente—. Te acompañaré en la incursión. Quiero ir… y atrapar algunos monos.
Se produjo un momento de estupefacción. Después, Ed Boynton lanzó una carcajada.
—¿Qué tonterías estás diciendo? ¿Qué sabes tú acerca de los monos?
La puerta se abrió. Robin Turner entró a toda prisa en el despacho y se reunió con Boynton detrás del escritorio.
—No puede ir —afirmó Turner—. Multiplicaría por diez el porcentaje de riesgo.
—Por lo visto, sí había un micrófono —dijo Harl, levantando la vista.
—Por supuesto. Turner siempre está a la escucha. —Ed Boynton movió la cabeza contemplando a su hijo con aire pensativo—. ¿Por qué quieres acompañarnos?
—Eso es cosa mía —replicó Harl, apretando los dientes.
—Inmadurez emocional —afirmó con voz rasposa Turner—. Un adolescente subracional que anhela aventuras y emociones. Todavía quedan algunos como él, incapaces de desprenderse de la vieja mentalidad. Después de doscientos años, se podría pensar…
—¿Se trata de eso? —interrumpió Boynton—. ¿Te domina algún deseo no adulto de subir a ver la superficie?
—Tal vez —admitió Harl, enrojeciendo un poco.
—No puedes venir —dijo Ed Boynton, tajante—. Es demasiado peligroso. No subimos para vivir aventuras románticas. Es un trabajo…, un trabajo desagradable, duro, arduo. Los monos se están volviendo cautelosos. Cada vez se hace más difícil bajar un cargamento. No podemos arriesgar nuestros huevos en tonterías románticas…
—Sé que cada vez es más difícil —dijo Harl—. No tienes que convencerme de que es casi imposible reunir todo un cargamento. —Harl miró de forma desafiadora a Turner y a su padre, y escogió sus palabras con mucho cuidado—. Y sé que por eso el Directorio considera las incursiones privadas un crimen grave contra el Estado.
Silencio.
Por fin, Ed Boynton suspiró. Un brillo de admiración iluminaba sus ojos. Miró a su hijo lentamente de arriba abajo.
—De acuerdo, Harl. Tú ganas.
Turner no dijo nada. La expresión de su rostro era severa.
Harl se puso en pie al instante.
—En ese caso, todo está solucionado. Volveré a mis aposentos para prepararme. Avísame en cuanto esté todo dispuesto. Me reuniré con vosotros en la plataforma de lanzamiento del primer nivel.
Su padre sacudió la cabeza.
—No partiremos del primer nivel. Es demasiado arriesgado. —Su voz era grave—. Demasiados guardias del Directorio pululan por los alrededores. Tenemos la nave aquí, en el quinto nivel, oculta en un almacén.
—¿Dónde nos encontraremos, pues?
—Ya te lo comunicaremos. —Ed Boynton se levantó poco a poco—. Pronto, Harl, te lo prometo. Dentro de dos períodos, como máximo. Quédate en tus alojamientos profesionales.
—La superficie está completamente fría, ¿verdad? —preguntó Harl—. ¿Ya no quedan zonas radiactivas?
—Está fría desde hace cincuenta años —le aseguró su padre.
—No necesitaré escudo antirradiactivo —dijo Harl—. Una cosa más, papá. ¿Qué idioma emplearemos? ¿Podremos hablar nuestro habitual…?
—No. Los monos nunca han llegado a dominar ninguno de los sistemas semánticos racionales. Tendremos que adoptar las antiguas formas tradicionales.
—No conozco ninguna forma tradicional. —El rostro de Harl se ensombreció—. Ya no se enseñan.
—No importa. —Ed Boynton se encogió de hombros.
—Y respecto a sus defensas, ¿qué armas llevaremos? ¿Bastarán una pantalla y un rifle desintegrador?
—Solo la pantalla es de vital importancia —dijo Boynton—. En cuanto los monos nos ven se dispersan en todas direcciones. Salen corriendo nada más vernos.
—Estupendo —dijo Harl—. Comprobaré mi pantalla. —Se encaminó hacia la puerta—. Volveré al tercer nivel. Esperaré vuestra señal. Tendré el equipo preparado.
—De acuerdo —dijo Ed Boynton.
Los dos hombres vieron cómo la puerta se cerraba detrás del muchacho.
—Un chico estupendo —murmuró Turner.
—Después de todo, haremos algo de él —musitó Ed Boynton—. Llegará lejos. —Se acarició el mentón con aire pensativo—. Me pregunto cómo se comportará en la superficie durante la incursión.
Harl se reunió con el líder de su grupo en el tercer nivel una hora después de abandonar el despacho de su padre.
—Entonces, ¿todo está dispuesto? —preguntó Fashold, levantando la vista de sus informes filmados.
—Todo dispuesto. Me avisarán en cuanto la nave esté preparada.
—A propósito. —Fashold dejó sobre la mesa las filmaciones y apartó la pantalla—. He averiguado algo sobre los monos. Como líder de la Joven Liga tengo acceso a los archivos del Directorio. He averiguado algo que casi nadie sabe.
—¿De qué se trata? —preguntó Harl.
—Harl, existe una conexión entre los monos y nosotros. Son de una especie diferente, pero nos une un estrecho vínculo.
—Continúa —le apremió Harl.
—En un tiempo solo existió una especie: los monos. Su nombre completo es homo sapiens. Descendemos de ellos. Somos mutantes biogenéticos. El cambio se produjo durante la Tercera Guerra Mundial, hace dos siglos y medio. Hasta aquel momento no existían tecnos.
—¿Tecnos?
—Así nos llamaron al principio —sonrió Fashold—. Cuando no nos consideraban una raza diferente, sino una clase aparte. Tecnos, así nos llamaban. Siempre se referían a nosotros con este término.
—Pero ¿por qué? Es un nombre extraño. ¿Por qué tecnos, Fashold?
—Porque los primeros mutantes aparecieron entre las clases tecnocráticas y se extendieron poco a poco entre todas las clases cultas. Aparecieron entre científicos, eruditos, trabajadores especializados, grupos cualificados, en todas las diversas clases con alguna especialización.
—Y los monos no se dieron cuenta de…
—Nos consideraban una clase más, como ya te he dicho. Eso fue durante la Tercera Guerra Mundial, y después. Tuvimos que esperar hasta la Guerra Final para que se nos reconociera como profunda e indiscutiblemente diferentes. Se hizo evidente que no éramos otra rama especializada del homo sapiens, otra clase de hombres más cultos que el resto, dotados de capacidades intelectuales superiores.
La mirada de Fashold se perdió en la lejanía.
—Durante la Guerra Final salimos a la luz y nos mostramos como lo que en realidad éramos: una especie superior que iba a sustituir al homo sapiens, como el homo sapiens había sustituido al hombre de Neandertal.
Harl reflexionó sobre las palabras de Fashold.
—No sabía que existía un vínculo tan íntimo entre ellos y nosotros. No tenía ni idea de que habíamos aparecido tan tarde.
—Ocurrió hace solo dos siglos, durante la guerra que asoló la superficie del planeta. La mayoría trabajábamos en grandes laboratorios y fábricas subterráneas, bajo diferentes cordilleras: los Urales, los Alpes y las Montañas Rocosas. Vivíamos bajo tierra, bajo kilómetros y kilómetros de roca, tierra y arcilla. Y el homo sapiens peleaba en la superficie con las armas que nosotros inventábamos.
—Empiezo a comprender. Inventamos las armas para que ellos combatieran. Utilizaron nuestras armas sin comprender…
—Nosotros las inventamos, y los monos las emplearon para destruirse a sí mismos —le interrumpió Fashold—. Es la ley de la naturaleza: la eliminación de una especie y la aparición de otra. Nosotros les dimos las armas, y ellos se destruyeron a sí mismos. Cuando la guerra terminó, la superficie estaba arrasada; solo quedaron cenizas, cristales de hidrógeno y nubes radiactivas.
»Enviamos patrullas de exploradores desde nuestros laboratorios subterráneos, y solo encontraron un yermo silencioso y estéril. Había ocurrido. Desaparecieron borrados de la faz de la Tierra. Y nosotros ocupamos su lugar.
—No murieron todos —puntualizó Harl—. Todavía quedan muchos en la superficie.
—Es cierto —admitió Fashold—. Algunos sobrevivieron, dispersos y aislados. Poco a poco, a medida que la superficie se iba enfriando, empezaron a reorganizarse, a agruparse y construir pequeños pueblos y cabañas. Sí, e incluso limpiaron parte de la Tierra. Plantaron y cultivaron, pero no son más que reminiscencias de una raza agonizante, casi extinta, como el Neandertal.
—Así que ahora no existe nada, excepto machos y hembras sin casa.
—Existen algunos pueblos dispersos, en los puntos de la superficie que lograron limpiar, pero han retrocedido a un estadio de salvajismo. Viven como animales, se cubren con pieles y cazan con piedras y lanzas. Se han convertido casi en bestias que no ofrecen una resistencia organizada cuando atacamos sus pueblos para bajarlos a nuestras fábricas.
—Entonces, nosotros…
Harl se interrumpió al oír un débil timbrazo. Se volvió, anonadado por su descubrimiento, y conectó el videófono.
El rostro de su padre, duro y grave, se formó en la pantalla.
—Ya está, Harl —dijo—. Todo listo.
—¿Tan pronto? Pero…
—Hemos adelantado la hora. Baja a mi oficina.
La imagen se difuminó y desapareció. Harl no se movió.
—Deben de estar preocupados —sonrió Fashold—. Por lo visto, tenían miedo de que revelaras la información.
—Estoy dispuesto —dijo Harl, que cogió de la mesa el rifle desintegrador—. ¿Qué aspecto tengo?
Harl tenía un aspecto espléndido e impresionante con su uniforme de comunicaciones plateado. Se había puesto pesadas botas militares y guantes. Aferró el rifle desintegrador. Se ceñía la cintura con el cinturón de control protector.
—¿Qué es eso? —preguntó Fashold cuando Harl se colocó sobre los ojos unas gafas oscuras.
—¿Esto? Son para el sol.
—Claro… Para el sol. Me había olvidado.
Harl acunó el arma y la balanceó con pericia.
—El sol me cegaría. Las gafas me protegen los ojos. La pantalla, el fusil y las gafas me serán de gran ayuda en la superficie.
—Eso espero. —Fashold, sin dejar de sonreír, le dio una palmada en la espalda cuando Harl se dirigió hacia la puerta—. Trae un buen montón de monos. Haz un buen trabajo…, ¡y no te olvides de incluir una hembra!
La nave nodriza, una maciza lágrima negra, salió poco a poco del almacén, dispuesta sobre la plataforma de elevación. Las cerraduras de las portillas se abrieron y se encajaron rampas en los huecos. Pertrechos y material ascendieron al instante y se introdujeron en las entrañas de la nave.
—Casi a punto —dijo Turner, cuyo rostro se crispó de nerviosismo mientras contemplaba desde las ventanillas de observación las rampas de carga—. Confío en que todo salga bien. Si el Directorio se enterase…
—¡Deja de preocuparte! —le ordenó Ed Boynton—. Has elegido un mal momento para perder el control sobre tus impulsos talámicos.
—Lo siento.
Turner apretó los labios y se apartó de las ventanillas. La plataforma de elevación estaba preparada para subir.
—Empecemos —le apremió Boynton—. ¿Has apostado hombres de tu departamento en cada nivel?
—Solo habrá hombres del departamento cerca de la plataforma —replicó Turner.
—¿Dónde está el resto de la tripulación?
—En el primer nivel. Los envié arriba durante el día.
—Muy bien.
Boynton dio la señal y la plataforma que sostenía la nave empezó a subir poco a poco y a elevarlos con firmeza hacia el nivel superior.
Harl miraba por las ventanillas de observación. El quinto nivel quedó bajo sus pies y apareció el cuarto, el enorme centro comercial del complejo subterráneo.
—No tardaremos mucho —dijo Ed Boynton cuando el cuarto nivel quedó atrás—. Hasta el momento, todo va bien.
—¿Por dónde saldremos? —quiso saber Harl.
—En los últimos tiempos de la guerra nuestras diversas estructuras subterráneas estaban conectadas mediante túneles. Esa red original formó la base de nuestro actual sistema. Saldremos por una de las entradas primitivas, situada en la cordillera llamada «los Alpes».
—Los Alpes —murmuró Harl.
—Sí, en Europa. Tenemos mapas de la superficie que indican los pueblos que habitan los monos de esa región. Hay un gran número de pueblos al norte y al nordeste, en lo que había sido Dinamarca y Alemania. Nunca los habíamos atacado. Los monos han conseguido limpiar la escoria de varios cientos de hectáreas de la región, y parece que poco a poco van recuperando la mayor parte de Europa.
—¿Por qué, papá? —preguntó Harl.
—No lo sé. —Ed Boynton se encogió de hombros—. No da la impresión de que se hayan impuesto un objetivo concreto. De hecho, no dan muestras de haber abandonado su estado salvaje. Todas sus tradiciones se perdieron: libros, discos, inventos y técnicas. Si me preguntas… —Se interrumpió con brusquedad—. Ahí está el tercer nivel. Estamos a punto de llegar.
La enorme nave nodriza flotó lentamente sobre la superficie del planeta. Harl se asomó a la ventanilla, asombrado por el espectáculo que presenciaba.
Una costra de escoria recubría la superficie de la Tierra, una capa interminable de roca ennegrecida. Tan solo algunas colinas dispersas, cubiertas de ceniza, y algunos matorrales que crecían cerca de sus cumbres rompían la monotonía del sedimento mineral. Grandes nubes de ceniza, que oscurecían el sol, flotaban en el cielo, pero no se divisaba ningún ser vivo. La superficie de la Tierra estaba muerta y estéril, sin la menor señal de vida.
—¿Todo es así? —preguntó Harl.
Ed Boynton negó con la cabeza.
—Todo no. Los monos han hecho productivo parte del terreno. —Tomó a su hijo por el brazo y señaló con el dedo—. ¿Ves allí? Han limpiado una gran parte.
—¿Cómo eliminan la escoria? —preguntó Harl.
—Es duro —admitió su padre—. Está fundida, como obsidiana, vidrio hidrogenado, como consecuencia de las bombas de hidrógeno. La quitan trozo a trozo, año tras año. Con las manos, con piedras, con las hachas que fabrican del propio cristal.
—¿Por qué no inventan mejores herramientas?
—Ya sabes la respuesta —sonrió Ed Boynton con ironía—. Nosotros inventamos sus herramientas, sus herramientas, armas y aparatos, durante cientos de años.
—Vamos a aterrizar —avisó Turner.
La nave se posó sobre la superficie de escoria. La roca ennegrecida retumbó por un momento bajo ellos. Después, se hizo el silencio.
—Hemos aterrizado —dijo Turner.
Ed Boynton examinó el mapa de superficie e introdujo los datos en el ordenador.
—De momento, enviaremos tres huevos. Si no tenemos suerte en este paraje, volaremos más hacia el norte, pero confío en que todo vaya bien. Nunca habíamos explorado en esta zona.
—¿Qué terreno cubrirán los huevos? —inquirió Turner.
—Los huevos se abrirán en abanico. Cada uno se ocupará de una zona diferente. Nuestro huevo avanzará hacia la derecha. Si tenemos éxito, regresaremos a la nave cuanto antes. De lo contrario, nos quedaremos hasta que anochezca.
—¿Hasta que anochezca? —se extrañó Harl.
—Hasta que oscurezca —sonrió Ed Boynton—, hasta que el sol no ilumine esta parte del planeta.
—Vamos —dijo Turner, impaciente.
Las portillas se abrieron. Los primeros huevos se posaron con rapidez sobre la escoria; sus ruedas se hundieron en la resbaladiza superficie. Salieron uno a uno del casco negro de la nave nodriza. Eran esferas diminutas, provistas en la parte trasera de tubos por los que brotaba el chorro del motor a reacción, y de torretas de control en la parte delantera. Se alejaron a toda velocidad por la escoria y desaparecieron.
—El siguiente es el nuestro —anunció Ed Boynton.
Harl asintió y aferró el rifle desintegrador. Se protegió los ojos con las gafas oscuras. Turner y Boynton hicieron lo mismo. Entraron en el huevo, y Boynton se sentó ante los controles.
Un momento después, salieron disparados de la nave hacia la lisa superficie del planeta.
Harl miró afuera. Solo vio escoria por todas partes. Escoria y nubes flotantes de ceniza.
—Es deprimente —murmuró—. El sol me quema los ojos, a pesar de las gafas oscuras.
—No lo mires —le advirtió Ed Boynton—. Aparta la vista de él.
—No puedo evitarlo. Es tan… extraño.
Ed Boynton gruñó y aumentó la velocidad del huevo. Divisaron algo a lo lejos. Dirigió el huevo hacia aquel punto.
—¿Qué es eso? —preguntó Turner, alarmado.
—Árboles —contestó Boynton en tono tranquilizador—. Un grupo de árboles. Indican el fin de la escoria. Después, encontraremos una extensión de ceniza, y luego, campos plantados por los monos.
Boynton condujo el huevo hacia el borde de la zona de escoria. Se detuvo en el punto donde comenzaba el bosque, apagó los reactores e inmovilizó las ruedas. Harl, Turner y él salieron con cautela, con las armas dispuestas.
Nada se movía. Solo había silencio, y la interminable superficie de escoria. Entre las nubes de ceniza se veía el cielo, de un color azul verdoso pálido. Algunas nubes de humedad flotaban junto con las de ceniza. El aire olía bien. Era ligero y fresco, y el sol enviaba un agradable calor.
—Conecten las pantallas —ordenó Ed Boynton.
Dio un pequeño golpe al interruptor del cinturón y su pantalla zumbó en torno a él. La silueta de Boynton se empañó, onduló y se difuminó. Titiló… y desapareció.
Turner se apresuró a imitarle.
—Bien. —La voz de Boynton surgió de un óvalo resplandeciente situado a la derecha de Harl—. Tú eres el siguiente.
Harl conectó su pantalla. Un extraño fuego frío le envolvió durante un instante de pies a cabeza y le bañó de chispas. Después, su cuerpo también se difuminó y desapareció. Las pantallas funcionaban perfectamente.
En los oídos de Harl sonó un débil chasquido que le reveló la presencia de los otros dos.
—Os oigo —dijo Harl—. Mis auriculares captan vuestras pantallas.
—No te alejes —le previno Ed Boynton—. Manténte cerca de nosotros y presta atención a los chasquidos. Es peligroso separarse en la superficie.
Harl avanzó con cautela. Los otros dos caminaban a su derecha, a unos metros de distancia. Cruzaban un campo amarillo seco, invadido por alguna variedad de plantas. Tenían tallos largos que se quebraban y crujían al ser pisados. Harl iba dejando un rastro de vegetación rota. Veía los rastros parecidos que su padre y Turner dejaban a su paso.
De pronto, no tuvo otro remedio que separarse de Turner y de su padre. Frente a Harl se erguía la silueta de un pueblo habitado por monos. Las cabañas estaban hechas de ciertas fibras vegetales, amontonadas sobre armazones de madera. Vio los contornos borrosos de animales atados a las cabañas. Árboles y plantas rodeaban la aldea; distinguió las formas en movimiento de gente, y oyó sus voces.
Gente: monos. Su corazón se aceleró. Si tenía suerte podría capturar tres o cuatro y entregarlos a la Joven Liga. Se sintió de súbito confiado y valeroso. No sería difícil. Campos sembrados, animales atados, cabañas desvencijadas en precario equilibrio…
A medida que Harl avanzaba, el olor a excrementos, mezclado con el calor del atardecer, se le hizo insoportable. Llegaron hasta él gritos y otros sonidos, productos de una febril actividad humana. El terreno era plano y seco; malas hierbas y plantas crecían por todas partes. Salió del campo amarillo y desembocó en un estrecho sendero, sembrado de excrementos humanos y animales.
Y al final del sendero se hallaba el pueblo.
Los chasquidos que captaba por los auriculares habían ido disminuyendo. En aquel momento desaparecieron por completo. Harl sonrió para sí. Se había apartado de Turner y Boynton, y había roto el contacto con ellos. No tenían ni idea de dónde estaba.
Se desvió a la izquierda y rodeó con cautela el perímetro del pueblo. Pasó junto a una cabaña, y después cerca de un grupo de ellas. A su alrededor se alzaban macizos de árboles verdes y plantas, y frente a él brillaba un riachuelo de orillas inclinadas, cubiertas de musgo.
Una docena de personas se estaban bañando al borde del riachuelo. Los niños saltaban al agua y subían a gatas hacia la orilla.
Harl se detuvo y los contempló, estupefacto. Eran de piel oscura, casi negra, de un negro reluciente, cobrizo… Un bronce mezclado con el color de la tierra. ¿Era tierra?
De repente, comprendió que los bañistas se habían quemado por culpa del sol constante. Las explosiones de hidrógeno habían atenuado la atmósfera y habían eliminado casi todas las nubes de humedad, y el sol les había golpeado sin piedad durante doscientos años…, en agudo contraste con su raza. Bajo tierra no había rayos ultravioleta que quemaran la piel o elevaran el nivel de pigmentación. Él y los demás tecnos habían perdido el color de la piel. No lo necesitaban para nada en su mundo subterráneo.
En cualquier caso, los bañistas poseían un increíble tono oscuro, un color negro rojizo intenso. Y no llevaban nada encima. Saltaban, brincaban, chapoteaban en el agua y tomaban el sol en la orilla.
Harl los contempló durante un rato. Eran niños y tres o cuatro mujeres viejas y enclenques. ¿Servirían? Meneó la cabeza y dio la vuelta al riachuelo con suma precaución.
Continuó avanzando lenta y cautelosamente entre las cabañas, mirando en torno a él con el arma preparada.
Una débil brisa acarició su cuerpo y susurró entre los árboles que se erguían a su derecha. El ruido de los niños que se bañaban se mezcló con el olor a excrementos, el viento y el balanceo de los árboles.
Harl continuó adelante. Era invisible, pero sabía que en cualquier momento le podían descubrir y atrapar gracias a las huellas de pisadas y los sonidos que producía. Y si alguien le atacaba…
Dejó atrás una cabaña y salió a un claro, una zona llana de tierra pisoteada. Un perro dormía a la sombra de la cabaña; las moscas revoloteaban sobre sus descarnados flancos. Una anciana estaba sentada en el porche de la rudimentaria vivienda y peinaba su largo cabello gris con un peine de hueso.
Harl se deslizó por su lado. Un grupo de jóvenes se hallaban de pie en el centro del claro. Hacían gestos y hablaban entre sí. Algunos sacaban brillo a sus armas, lanzas largas y cuchillos de una inconcebible tosquedad. Un animal muerto, una bestia enorme de largos y relucientes colmillos y espeso pelaje, yacía en tierra. De su boca manaba sangre, sangre espesa y oscura. Uno de los jóvenes se volvió de súbito… y la golpeó con el pie.
Harl se acercó a los jóvenes y se detuvo. Iban vestidos con prendas de tela, una especie de pantalones largos y camisa. La parte superior del pie quedaba al descubierto, pues en lugar de zapatos se calzaban con sandalias de fibra vegetal apenas entretejida. Iban afeitados, y su piel, casi tan negra como el ébano, brillaba. Se habían subido las mangas, y mostraban unos abultados y relucientes músculos, perlados de sudor.
Harl no entendió lo que decían, pero estaba seguro de que hablaban una lengua tradicional arcaica.
Pasó de largo. Un grupo de ancianos estaban sentados con las piernas cruzadas al otro lado del claro; formaban un círculo y trenzaban una áspera tela en toscos armazones. Harl los contempló en silencio durante un rato. Hablaban ruidosamente. Cada hombre estaba inclinado sobre su armazón, concentrado en el trabajo.
Detrás de la hilera de cabañas, algunos jóvenes de ambos sexos araban un campo. Arrastraban el arado mediante cuerdas atadas a sus cinturas y hombros.
Harl siguió deambulando, fascinado. Todo el mundo se dedicaba a alguna actividad…, excepto el perro dormido bajo la cabaña. Los jóvenes pulían sus lanzas, la anciana sentada frente a la cabaña se peinaba y los viejos tejían.
En un rincón, una voluminosa mujer enseñaba a un niño lo que parecía ser un juego de sumar y restar, utilizando palitos en lugar de números. Dos hombres se dedicaban a despellejar a un pequeño animal peludo; le quitaban el pellejo con sumo cuidado.
Harl pasó ante un muro de pieles colgadas al sol para secarse. El hedor irritó su olfato y le provocó deseos de estornudar. Dejó atrás a un grupo de niños que molían grano en una piedra ahuecada que convertía las semillas en harina. Ninguno de ellos levantó la vista cuando pasó.
Algunos animales estaban atados juntos. Unos cuantos, grandes bestias de enormes ubres, yacían a la sombra. Le miraron en silencio.
Harl llegó al extremo del pueblo y se detuvo. A partir de aquel punto se abrían campos desiertos. A lo largo de un kilómetro y medio se extendían árboles y matorrales, y después seguían incontables kilómetros de escoria.
Volvió sobre sus pasos. A un lado, sentado a la sombra, un joven tallaba un bloque de escoria hidrogenada, cortándolo cuidadosamente con algunas herramientas muy rudimentarias. Al parecer, fabricaba una arma. Harl contempló los interminables y solemnes golpes que descargaba una y otra vez. La escoria era dura. Un trabajo largo y tedioso.
Continuó paseando. Un grupo de mujeres reparaban flechas rotas. Su cháchara le siguió durante un rato, y deseó poder entenderla. Todo el mundo estaba muy ocupado y se trabajaba con rapidez. Brazos oscuros y brillantes se alzaban y descendían, y el murmullo de voces aumentaba de intensidad y decrecía.
Actividad. Risas. La risa de un niño resonó de pronto en todo el pueblo, y algunas cabezas se volvieron. Harl se inclinó para examinar de cerca la cabeza de un hombre.
Tenía un rostro recio, cabello corto y enmarañado, dientes blancos y parejos. Llevaba brazaletes de cobre en los brazos, que casi rivalizaban con el intenso tono bronceado de la piel. En su pecho desnudo florecían todo tipo de tatuajes, grabados en la carne con pigmentos de colores brillantes.
Harl volvió sobre sus pasos. Pasó junto a la anciana del porche, y se detuvo de nuevo para observarla. Había dejado de peinarse. Entonces, estaba haciendo una trenza a una niña; manipulaba el cabello con destreza. Harl la contempló, fascinado. El trenzado era muy complicado, y dedicó al trabajo mucho tiempo. Los ojos apagados de la anciana estaban fijos en el cabello de la niña, en el detallado dibujo. Sus manos marchitas volaban.
Harl siguió caminando en dirección al riachuelo. Pasó otra vez junto a los niños que se bañaban. Todos habían subido a la orilla y se estaban secando al sol. Así que esos eran los monos. La raza agónica que pronto iba a dejar de existir. Residuos.
Pero no daba la impresión de que fuera una raza agonizante. Trabajaban duro, tallando sin cesar la escoria hidrogenada, reparando las flechas, cazando, arando, moliendo grano, tejiendo, peinando…
Se quedó inmóvil de repente, apoyando el fusil desintegrador en el hombro. Algo se movía frente a él, entre los árboles cercanos al riachuelo. Después, oyó dos voces; eran un hombre y una mujer que hablaban animadamente.
Harl avanzó con cautela. Dejó atrás un matorral sembrado de flores y escrutó la oscuridad que se extendía entre los árboles.
Un hombre y una mujer estaban sentados al borde del agua, a la sombra oscura de un árbol. El hombre hacía cuencos, dándole forma a la arcilla húmeda que recogía del agua. Sus dedos volaban, rápidos y expertos. Hizo girar los cuencos sobre una plataforma rodante que sostenía entre las rodillas.
Cuando el hombre terminó los cuencos, la mujer se puso a pintarlos con diestros y vigorosos toques de un tosco pincel que brillaba de pigmento rojo.
La mujer era hermosa. Harl la contempló con embelesada admiración. Estaba apoyada contra un árbol, casi inmóvil, sujetando con seguridad cada cuenco mientras lo pintaba. Su cabello negro le colgaba hasta la cintura, cayendo sobre sus hombros y espalda. Todas las líneas de sus facciones, bellamente cinceladas, eran claras y vívidas, e inmensos sus ojos oscuros. Examinaba cada cuenco con suma atención, moviendo un poco los labios, y Harl reparó en que sus manos eran pequeñas y delicadas.
Se acercó a ella, moviéndose con cautela. La mujer no le oyó ni levantó la vista. Cada vez más maravillado, se dio cuenta de que su cuerpo cobrizo era pequeño y exquisitamente formado, de miembros esbeltos y flexibles. Ella no dio muestras de advertir su presencia.
De repente, el hombre volvió a hablar. La mujer levantó la vista y depositó el cuenco en el suelo. Descansó un minuto, mientras limpiaba su pincel con una hoja. Vestía unos toscos pantalones, largos hasta la rodilla y atados a la cintura con una retorcida cuerda de lino. No llevaba nada más, ni tan siquiera sandalias. Su pecho, iluminado por el sol del atardecer, subía y bajaba rápidamente, al compás de su respiración.
El hombre dijo algo más. Al cabo de un momento, la mujer tomó otro cuenco y se puso a pintarlo. Ambos trabajaban con rapidez, en silencio, enfrascados en su labor.
Harl examinó los cuencos. Todos eran de un diseño similar. El hombre los producía sin descanso, a partir de rollos de arcilla que iba estirando hacia arriba para formar las paredes. Daba palmadas a la arcilla con las manos mojadas en agua para suavizar y robustecer la superficie. Por fin, los colocaba en filas para que se secaran al sol.
La mujer seleccionaba los cuencos secos y los pintaba.
Harl la contempló. La examinó durante largo rato: la forma en que movía su cuerpo cobrizo, la expresión concentrada de su rostro, los leves movimientos de sus labios y su barbilla. Sus dedos eran esbeltos, exquisitamente ahusados. Sus uñas eran largas, acabadas en punta. Sostenía cada cuenco con cuidado, lo giraba con destreza, realizaba el dibujo con veloces pinceladas.
La examinó con mayor atención. Pintaba el mismo dibujo en cada cuenco, una y otra vez. Un pájaro, y después un árbol. Una línea que parecía representar la tierra. Una nube suspendida directamente sobre ella.
¿Cuál era la significación precisa de aquel motivo recurrente? Harl se acercó y se inclinó para ver mejor. ¿Eran idénticos? Observó el diestro movimiento de sus manos mientras tomaban un cuenco tras otro y repetían el dibujo sin cesar. Básicamente, era el mismo cada vez…, pero un poco diferente. No había dos cuencos exactos.
Se hallaba desconcertado y fascinado al mismo tiempo. El mismo dibujo, pero alterado un ápice en cada ocasión. Cambiaba el color del pájaro o la longitud de sus plumas. La posición del árbol o de la nube cambiaban menos. En una ocasión, dibujó dos nubes diminutas que flotaban sobre la tierra. En otras, ponía hierba o el perfil de unas colinas al fondo.
El hombre se irguió de súbito y se limpió las manos en la ropa. Habló con la muchacha y se marchó a toda prisa, por entre los matorrales, hasta que se perdió de vista.
Harl miró a su alrededor, excitado. La mujer siguió pintando con la misma rapidez y serenidad de antes. El hombre había desaparecido, y la muchacha prosiguió pintando sola.
Harl se sintió atrapado entre una serie de emociones conflictivas y casi abrumadoras. Quería hablar con la muchacha, hacerle preguntas sobre sus dibujos. Quería preguntarle por qué alteraba el dibujo cada vez.
Quería sentarse y hablar con ella. Hablar con ella y oírla hablar con él. Era muy extraño. No lo comprendía. Su visión se hizo borrosa, vaga; el sudor cubría su cuello y sus hombros encorvados. La muchacha seguía pintando. No levantaba la vista, ni siquiera sospechaba que él estaba de pie a su lado. La mano de Harl voló hacia su cinturón. Respiró profundamente, vacilante. ¿Se atrevería? ¿Estaba bien hacerlo? El hombre regresaría…
Harl apretó el botón de su cintura. La pantalla siseó y destelló a su alrededor.
La muchacha levantó la vista, sobresaltada. Abrió los ojos, horrorizada.
Chilló.
Harl retrocedió al instante y aferró el fusil, consternado por lo que había hecho.
La muchacha, que se puso en pie trastabillando, derribó cuencos y pinturas. Le miró con los ojos y la boca muy abiertos. Retrocedió poco a poco hacia los arbustos. De pronto, dio media vuelta y huyó, abriéndose paso entre la vegetación. Todo el pueblo se convirtió en un torrente de excitada actividad.
Harl corrió paralelamente al riachuelo, más allá de los arbustos, hasta desembocar en el claro.
Se paró en seco. Su corazón latía con violencia. Una multitud de monos se dirigían hacia el arroyo, hombres armados con lanzas, ancianas y niños que gritaban. Se detuvieron al borde de los matorrales, mirando y escuchando; tenían el rostro petrificado en una extraña y absorta expresión. Después, se internaron entre los arbustos, apartándolos con furia… Lo estaban buscando.
De pronto, captó unos chasquidos en sus auriculares.
—¡Harl! —llamó con claridad la acerada voz de Ed Boynton—. ¡Harl, muchacho!
Harl dio un salto, y después gritó, desesperado y agradecido al mismo tiempo.
—¡Papá, estoy aquí!
Ed Boynton le agarró por el brazo y le hizo perder el equilibrio.
—¿Qué te pasa? ¿Adónde fuiste? ¿Qué has hecho?
—¿Le has localizado? —irrumpió la voz de Turner—. ¡Daos prisa! Hemos de salir de aquí, y rápidamente. Están esparciendo polvo blanco por todas partes.
Los monos se precipitaban sobre ellos; arrojaban al aire grandes nubes de polvo, que lo iba cubriendo todo. Era una especie de tiza pulverizada. Otros monos rociaban el terreno de aceite, que extraían de grandes vasijas, y emitían agudos y excitados gritos.
—Será mejor que nos larguemos —se resignó Boynton, malhumorado—. Es peligroso enfrentarse con ellos cuando están irritados.
—Pero… —vaciló Harl.
—¡Vamos! —le apremió su padre, tirándole del brazo—. Es hora de irse. No podemos perder ni un momento.
Harl miró hacia atrás. No vio a la mujer, pero los monos acudían de todas partes, arrojando nubes de polvo y derramando aceite. Monos provistos de lanzas con punta de hierro avanzaban de forma amenazadora, y pateaban malas hierbas y arbustos a medida que rodeaban la zona.
Harl se dejó arrastrar por su padre. La cabeza le daba vueltas. La mujer había desaparecido, y estaba seguro de que nunca volvería a verla. Al hacerse visible, la joven había huido lanzando chillidos.
¿Por qué? No tenía sentido. ¿Por qué le había rehuido, muerta de terror? ¿Qué le había hecho?
Pero ¿qué más le daba si volvía a verla o no? ¿Por qué era la mujer tan importante? No comprendía nada. No se comprendía a sí mismo. Lo que había ocurrido carecía de explicación racional. Era totalmente incomprensible.
Harl siguió a su padre y a Turner de regreso al huevo, todavía aturdido y abatido, aún tratando de comprender, de captar el significado de lo sucedido entre él y la mujer. No tenía sentido. Él había perdido la cabeza, y después la había perdido ella. Tenía que haber alguna explicación… que ni siquiera intuía.
Ed Boynton se detuvo al llegar frente al huevo y miró hacia atrás.
—Hemos tenido suerte de escapar —dijo a Harl, moviendo la cabeza—. Cuando se irritan son como bestias, como animales, Harl. Eso es lo que son: animales salvajes.
—¡Vamos! —dijo Turner, impaciente—. Salgamos de aquí…, ahora que aún estamos a tiempo.
Julie continuaba temblando, aun después de bañarse y purificarse en el arroyo y que una anciana le hubiera administrado un masaje con aceite.
Estaba sentada en cuclillas, rodeándose las rodillas con los brazos, temblorosa y agitada, sin que pudiera controlarse. Ken, su hermano, se encontraba de pie junto a ella, con expresión hosca, apoyando su mano en el cobrizo hombro desnudo de la joven.
—¿Qué era eso? —murmuraba Julie—. ¿Qué era eso? —Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza—. Era… horrible. Sentí asco nada más verlo.
—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Ken.
—Parecía…, parecía un hombre, pero no es posible que fuera un hombre. Era metálico de arriba abajo, con pies y manos enormes. Su cara era tan blanca como…, como la harina. Era… enfermizo. Horriblemente enfermizo. Blanco, metálico y enfermizo. Como una raíz arrancada del suelo.
Ken se volvió hacia el anciano sentado tras él, que escuchaba con suma atención.
—¿Qué era? —preguntó—. ¿Qué era, señor Stebbins? Usted sabe de esas cosas. ¿Qué vio mi hermana?
El señor Stebbins se puso lentamente en pie.
—¿Dice que tenía la piel blanca, como harinosa? ¿Como pastosa? ¿Y grandes manos y pies?
Julie asintió con la cabeza.
—Y… algo más.
—¿Qué?
—Era ciego. Tenía otra cosa en lugar de ojos. Dos espacios negros. Oscuridad.
Se estremeció y clavó la mirada en el riachuelo.
De pronto, el señor Stebbins tensó la mandíbula. Movió la cabeza.
—Lo sé —murmuró—. Sé lo que era.
—¿Qué era?
El señor Stebbins murmuró para sí y frunció el ceño.
—No es posible, pero la descripción… —Miró a la lejanía, arrugando la frente—. Viven bajo tierra —dijo por fin—, bajo la superficie. Salen por las montañas. Viven en la tierra, en grandes túneles y cámaras excavados por ellos mismos. No son hombres. Parecen hombres, pero no lo son. Viven en el subsuelo y extraen el metal de la tierra. Extraen y trabajan el metal. Muy pocas veces salen a la superficie. No pueden mirar al sol.
—¿Qué nombre reciben?
El señor Stebbins buceó en sus recuerdos del pasado, recuerdos de años anteriores, de viejos libros y leyendas que habían llegado a sus oídos. Cosas que vivían bajo la tierra… Hombres que no eran hombres…
Cosas que excavaban túneles y extraían metales… Cosas ciegas, con grandes manos y pies, y piel blanca…
—¡Duendes! —exclamó el señor Stebbins—. Lo que viste era un duende.
Julie asintió, mirando al suelo con los ojos muy abiertos y los brazos ceñidos alrededor de las rodillas.
—Sí —dijo—. El nombre le cuadra bien. Me asustó. Me dio mucho miedo. Di media vuelta y me puse a correr. Me pareció horrible. —Miró a su hermano y esbozó una tímida sonrisa—. Pero ahora me siento mejor…
Ken se frotó sus grandes y oscuras manos, asintiendo con alivio.
—Estupendo —dijo—. Ahora podemos volver a trabajar. Nos quedan muchas cosas por hacer.
NOTA:
UNA INCURSIÓN EN LA SUPERFICIE «A Surface Raid» [2 de diciembre de 1952], en Fantastic Universe (julio de 1955).

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