Texto aleatorio

—¡Roog! —dijo el perro.

Apoyó las patas en el borde de la cerca y miró a su alrededor. El roog irrumpió corriendo en el patio.

Despuntaba la mañana y el sol aún no había salido. El aire era gris y frío, y las paredes de la casa estaban cubiertas de una película de humedad. Sin dejar de mirar, el perro entreabrió las fauces y clavó las negras garras en la madera de la valla.

El roog se detuvo junto a la puerta abierta del patio. Era pequeño, delgado y blanco, y las patas apenas parecían sostenerlo. El roog parpadeó, y el perro le enseñó los dientes.

—¡Roog! —repitió.

El eco repitió el sonido en la silenciosa penumbra matinal. Todo estaba callado y apacible. El perro se puso a cuatro patas y atravesó el patio en dirección a la escalera del porche. Se sentó en el primer peldaño y miró al roog. Este le devolvió la mirada. Luego alargó el cuello hacia la ventana de la casa y la husmeó.

El perro cruzó el patio a la carrera. Golpeó la cerca y el portón tembló y crujió por la fuerza del impacto. El roog se alejó a toda prisa por el sendero con un trotecillo ridículo. El perro se echó junto a la cerca, con la respiración agitada y la roja lengua colgando. Siguió contemplando al roog mientras se alejaba.

El perro yació en silencio. Sus ojos negros brillaban. Amanecía. El cielo empezó a clarear. El aire de la mañana transportó los sonidos de la gente que despertaba. Las luces se encendieron detrás de los visillos. Una ventana se abrió al frío de la mañana.

El perro continuó inmóvil. Vigilaba el sendero.

La señora Cardossi vertió agua en la cafetera. Una nube de vapor la cegó por un instante. Dejó el pote en el borde de la cocina y entró en la despensa. Cuando salió, Alf estaba en la puerta poniéndose las gafas.

—¿Tienes el periódico? —preguntó.

—Está fuera.

Alf Cardossi atravesó la cocina. Corrió el pestillo de la puerta trasera y salió al porche. Contempló la mañana húmeda y gris. Boris estaba echado junto a la cerca, negro y peludo, con la lengua fuera.

—Mete la lengua dentro —dijo Alf. El perro levantó la vista al momento. Golpeó la tierra con la cola—. La lengua. Mete la lengua dentro.

El perro y el hombre intercambiaron una mirada. El perro gimoteó. Tenía los ojos brillantes y enfebrecidos.

—¡Roog! —dijo suavemente.

—¿Qué? —Alf miró a su alrededor—. ¿Viene alguien? ¿El chico de los periódicos?

El perro le miró con la boca abierta.

—Hace unos días que te veo alterado —dijo Alf—. Deberías tranquilizarte. Ya somos demasiado viejos para tanta agitación.

Entró en la casa.

Salió el sol. La calle se llenó de luz y color. El cartero hacía su ruta habitual, cargado de cartas y revistas. Los niños correteaban, riendo y charlando.

A eso de las once, la señora Cardossi barrió el porche delantero. Hizo una pausa y aspiró una bocanada de aire.

—Hoy huele bien —comentó—. Hará buen tiempo.

Cuando el sol de mediodía comenzó a castigar la tierra, el perro negro se tumbó bajo el porche. Su pecho se movía al compás de la respiración. Los pájaros jugueteaban en el cerezo, graznando y parloteando entre sí. Boris alzaba la cabeza de vez en cuando y los miraba. Al cabo de un rato se levantó y trotó hacia el árbol.

Fue entonces cuando reparó en los dos roogs sentados en la cerca. Tenían los ojos clavados en él.

—Es grande —dijo el primer roog—, más que la mayoría de los guardianes.

El otro roog asintió con un balanceo de la cabeza. Boris, muy quieto, los vigilaba, con el cuerpo rígido. Los roogs permanecían en silencio mientras contemplaban al enorme perro con la golilla de pelo blanco hirsuto que adornaba su cuello.

—¿Cómo está la urna de las ofrendas? —preguntó el primer roog—. ¿Está casi llena?

—Sí —confirmó el otro—. Casi a punto.

—¡Eh, tú! —gritó el primer roog—. ¿Me oyes? Esta vez hemos decidido aceptar las ofrendas. Recuerda que debes dejarnos entrar. No queremos más tonterías.

—No lo olvides —añadió el otro—. No durará mucho.

Boris no dijo nada.

Los dos roogs saltaron de la cerca y fueron hasta el sendero. Uno de ellos sacó un mapa y ambos lo consultaron.

—Esta zona no es la más adecuada para un primer ensayo —dijo el primer roog—. Demasiados guardianes… En cambio, la zona norte…

—Ellos ya han decidido —dijo su compañero—. Hay tantos factores…

—Por supuesto.

Echaron una mirada a Boris y se apartaron un poco más de la cerca. El perro no pudo oír el resto de la conversación.

Después los roogs guardaron el mapa y se alejaron por el sendero.

Boris se acercó a la cerca y olfateó los maderos. Cuando descubrió el olor enfermizo y hediondo de los roogs se le erizó el pelo de la espina dorsal.

Cuando Alf Cardossi llegó a casa por la noche, el perro montaba guardia junto al portón, escudriñando el sendero. Alf entró en el patio.

—¿Cómo estás? —preguntó, palmeando el costillar del perro—. ¿Sigues preocupado? Últimamente estás muy nervioso. Antes no eras así.

Boris gimoteó y miró a su amo con insistencia.

—Eres un buen perro, Boris. Demasiado mayor, sin embargo. Seguro que ya no te acuerdas de cuando eras un cachorrillo.

Boris se restregó contra la pierna del hombre.

—Eres un buen perro —repitió Alf—. Me gustaría saber qué te preocupa.

Entró en la casa. La señora Cardossi estaba poniendo la mesa para cenar. Alf fue a la sala de estar y se quitó el sombrero y la chaqueta. Dejó la fiambrera sobre la mesa y volvió a la cocina.

—¿Qué sucede? —preguntó la señora Cardossi.

—El perro debería dejar de ladrar y hacer ruido. Los vecinos volverán a quejarse a la policía.

—Ojalá no tengamos que regalárselo a tu hermano —dijo la señora Cardossi con los brazos cruzados—. A veces parece que se haya vuelto loco, en especial los viernes por la mañana, cuando vienen los basureros.

—Quizá se le pase pronto —repuso Alf. Encendió su pipa y fumó con solemnidad—. Antes no era así. Espero que recobre la tranquilidad.

—Ya veremos —dijo la señora Cardossi.

El sol salió, frío y ominoso. La niebla colgaba de los árboles y ocupaba las partes más bajas.

Era viernes por la mañana.

El perro negro estaba tendido bajo el porche, con el oído alerta y los ojos bien abiertos. Tenía el pelaje endurecido por el rocío y al respirar desprendía nubes de vapor que se mezclaban con el escaso aire que corría. De repente, ladeó la cabeza y se incorporó de un salto.

Un débil pero penetrante sonido llegaba desde la distancia.

—¡Roog! —gritó Boris mirando alrededor.

Corrió hacia el portón, se alzó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en la cerca.

El sonido se repitió de nuevo, más fuerte, no tan lejano como antes. Era estridente y metálico, como si algo rodara o una gigantesca puerta se abriera.

—¡Roog! —gritó Boris.

Escudriñó ansiosamente las ventanas oscurecidas que había por encima de su cabeza. Nada se movió. Nada.

Y entonces vio que los roogs avanzaban por la calle. Los roogs y su camión avanzaban bamboleándose, traqueteando sobre las piedras con gran estrépito.

—¡Roog! —volvió a gritar Boris.

Sus ojos brillaban en las tinieblas. Luego se calmó. Se echó en el suelo y esperó, atento al menor sonido.

Los roogs detuvieron el camión frente a la casa. Pudo oír cómo se abrían las puertas y bajaban a la calzada. Boris empezó a correr en círculos. Gimió y apuntó con el hocico hacia la casa.

El señor Cardossi se incorporó un poco en la tibia oscuridad del dormitorio y echó un vistazo al reloj.

—Maldito perro —murmuró—. Maldito perro.

Hundió el rostro en la almohada y cerró los ojos.

Los roogs bajaban por el sendero. El primer roog empujó la puerta hasta que cedió. Los roogs entraron en el patio. El perro retrocedió.

—¡Roog! ¡Roog! —gritó.

El horrible y acre olor de los roogs le hizo salir huyendo.

—La urna de las ofrendas —dijo el primer roog—. Creo que está llena. —Sonrió al aterrorizado perro—. Muy amable de tu parte.

Los roogs se acercaron al cubo de metal; uno de ellos sacó la tapa.

—¡Roog! ¡Roog! —gritaba Boris, acurrucado junto al primer escalón del porche.

Temblaba de miedo. Los roogs levantaron el cubo y lo pusieron de costado. El contenido se desparramó sobre el suelo y los roogs destrozaron las bolsas de papel. Eligieron las mondaduras de naranja, los trozos de pan tostado y las cáscaras de los huevos.

Uno de los roogs se metió una cáscara de huevo en la boca y la destrozó con un crujido.

—¡Roog! —gritó Boris casi para sí, perdida toda esperanza.

Los roogs casi habían terminado de recoger las ofrendas. Hicieron una pausa y miraron a Boris.

Entonces, lenta y silenciosamente, alzaron la vista hacia la casa y examinaron las paredes, el estuco y la ventana con el visillo de color pardo todavía corrido.

—¡ROOG! —chilló Boris, y avanzó hacia los intrusos con ágiles movimientos, enfurecido y asustado al mismo tiempo.

Los roogs se apartaron de la ventana a regañadientes. Salieron por el portón y lo cerraron.

—Miradlo —dijo el último roog con desprecio mientras levantaba el extremo de la manta hasta la altura del hombro.

Boris cargó contra la cerca, con las fauces abiertas y dispuestas a triturar. El roog más grande agitó los brazos frenéticamente y Boris retrocedió. Se tumbó al pie de la escalera del porche, con la boca aún abierta. Dejó escapar un terrible gemido de desdicha, un aullido que expresaba toda su tristeza y desesperación.

—Vámonos —dijo uno de los roogs al que permanecía junto a la cerca.

Echaron a andar por el sendero.

—Bueno, excepto estos lugarejos custodiados por los guardianes, la zona ha quedado despejada —dijo el roog más grande—. Me alegraré cuando hayamos acabado con este guardián en particular. Nos causa muchos problemas.

—No te impacientes —sonrió otro roog—. Tenemos el camión repleto. Dejemos algo para la semana que viene.

Todos los roogs rieron. Ascendieron por el sendero transportando las ofrendas en la manta sucia que se hundía por el centro.

NOTA:

ROOG «Roog» [escrito en noviembre de 1951], en Fantasy & Science Fiction (febrero de 1953). Primer cuento vendido.

Lo primero que uno hace cuando vende su primera historia es telefonear a su mejor amigo y decírselo. Lo más probable es que el amigo te cuelgue sin dejarte acabar de contárselo, lo cual te desconcertará hasta que comprendas que él también está intentando vender sus historias y aún no lo ha conseguido. Esta reacción servirá para serenarte un poco. Pero luego, cuando tu esposa vuelva a casa, díselo también, y verás como no te castiga con su indiferencia; todo lo contrario, se sentirá complacida y excitada. Cuando vendí Roog a Anthony Boucher para Fantasy & Science Fiction, yo estaba al frente de una tienda de discos a media jornada, y escribía el resto del día. Si alguien me preguntaba a qué me dedicaba, siempre decía: «Soy escritor». Esto ocurría en Berkeley, en 1951. Todo el mundo era escritor allí. Nadie había vendido nada. De hecho, la mayoría de la gente que conocía creía que era innoble y rastrero someter un cuento a una revista; uno lo escribía, lo leía en voz alta a sus amigos y lo olvidaba. Así era Berkeley en aquellos días.

Otro problema que tenía para conseguir que la gente me admirara por haberlo vendido era que mi cuento no era un relato normal para una pequeña revista, sino que era un cuento de ciencia ficción, un género poco leído por la gente de Berkeley en aquel tiempo, excepto un reducido grupo de aficionados muy excéntricos; parecían vegetales animados. «¿Qué pasa con tus historias serias?», preguntaba la gente. Yo tenía la impresión de que Roog era una historia completamente seria. Habla del miedo, de la lealtad, de una oscura amenaza y de una criatura bondadosa que no puede transmitir el conocimiento de esa amenaza a sus seres queridos. ¿Qué tema puede haber más serio que ese? Lo que la gente interpreta realmente por «serio» es «importante». La ciencia ficción no era entonces, por definición, importante. Durante las semanas que siguieron a la venta de Roog me deprimía cada vez más a medida que advertía los severos códigos de comportamiento que había quebrantado vendiendo mi cuento, puesto que se trataba de un cuento de ciencia ficción.

Para empeorar las cosas, empecé a alimentar la ilusión de que podía ganarme la vida como escritor. Las fantasías que llenaban mi cabeza se referían a que podría abandonar mi trabajo en la tienda de discos, comprarme una máquina de escribir mejor, escribir todo el día y seguir haciendo frente a los gastos de la casa. Tan pronto como empiezas a pensar algo similar vienen a buscarte y te llevan. Y lo hacen por tu bien. Cuando más tarde te sueltan, ya curado, has olvidado esas fantasías. Vuelves a trabajar en la tienda de discos, en el supermercado o limpiando zapatos. Bueno, el asunto es que convertirse en escritor representa… bien, es como aquella vez que le pregunté a un amigo qué pensaba hacer al terminar el colegio y me dijo: «Voy a ser pirata». Y lo dijo muy en serio.

El hecho de que Roog se vendiera se debió a que Tony Boucher me señaló lo que debía cambiar en el original que le envié. Sin su ayuda aún estaría en la tienda de discos, y lo digo muy en serio. Por aquel entonces Tony daba clases de arte de escribir en la sala de estar de su casa de Berkeley. Leía nuestros cuentos en voz alta y así nos dábamos cuenta, no solo de lo horribles que eran, sino de cómo podíamos mejorarlos. Tony no se limitaba a mostrarnos los defectos de lo que escribíamos; nos ayudaba a transformar aquella basura en arte. Tony sabía cómo moldear a un buen escritor. Nos cobraba —apunten— un dólar a la semana. ¡Un dólar! Si alguna vez ha existido un hombre bueno en el mundo fue Anthony Boucher. Yo lo adoraba, de veras. Solíamos reunirnos una vez a la semana para jugar al póquer. El póquer, la ópera y la literatura eran lo más importante para Tony. Le echo mucho de menos. Una noche de 1974 soñé que había accedido al otro mundo, y allí estaba Tony, esperándome para ser mi guía. Se me llenan los ojos de lágrimas cuando pienso en ese sueño. Allí estaba, pero transformado en Tony el Tigre, como en esos anuncios de cereales para el desayuno. En el sueño estaba más alegre que nunca, y yo también. Pero era un sueño; Tony Boucher ya se marchó. Sin embargo, sigo siendo un escritor gracias a él. Cada vez que me siento para empezar una novela o un relato, siempre me viene el recuerdo de ese hombre. Creo que me enseñó a escribir por amor, y no por ambición. Es una buena lección para cualquier ocupación en este mundo.

Esta pequeña historia, Roog, trata de un perro real… ya desaparecido, como Tony. El nombre auténtico del perro era Snooper, y creía tanto en su mundo como yo en el mío. Su principal trabajo, en apariencia, era cuidar que nadie robara la comida de su cubo de la basura particular. Snooper actuaba impulsado por la ilusión de que los propietarios consideraban la basura algo valioso. Cada día sacaban bolsas de papel llenas de deliciosa comida y las depositaban en un contenedor de metal que luego tapaban firmemente. Al terminar la semana, el cubo de la basura estaba lleno… y en ese momento llegaba el más diabólico grupo de entidades malignas del Sistema Solar en un enorme camión y robaba toda la comida. Snooper sabía con toda exactitud qué día de la semana ocurría esto: el viernes. Así que a las cinco de la madrugada del viernes, Snooper lanzaba su primer ladrido. Mi esposa y yo teníamos la convicción de que los despertadores de los basureros sonaban a aquella hora. Snooper sabía cuándo abandonaban sus casas. Podía oírles. Era el único que podía; todos los demás ignoraban lo que se preparaba. Snooper debía pensar que vivía en un planeta de lunáticos. Sus dueños, y cualquier otro habitante de Berkeley, podían oír a los basureros cuando llegaban, pero nadie hacía nada. Sus ladridos me volvían loco cada semana, pero me sentía más fascinado por la lógica de Snooper que irritado por los frenéticos esfuerzos para que nos levantáramos. Me preguntaba: ¿qué idea tendrá este perro del mundo? Es obvio que no lo ve como nosotros lo vemos. Ha desarrollado un completo sistema de creencias, una visión del mundo radicalmente distinta de la nuestra, pero a partir de unas bases completamente lógicas, apoyadas por la evidencia.

De modo que estas, en su forma más primitiva, son las bases en las que se fundamentaron muchos de mis veintisiete años como escritor profesional: el intento de meterme en la cabeza de otra persona, o en la cabeza de otra criatura, y ver a través de sus ojos, descubriendo así lo distinta que es esta persona del resto de nosotros. Uno empieza con la entidad sensible y avanza hacia afuera, y, a partir de ahí, deduce su mundo. Uno nunca puede saber cómo es realmente este mundo, pero creo que es posible efectuar algunas aproximaciones bastante correctas. Empecé a desarrollar la idea de que cada criatura vive en un mundo distinto al mundo de las demás criaturas. Sigo creyendo en ella. Para Snooper, los basureros eran horribles y siniestros. Pienso que los veía literalmente distintos a como los veíamos nosotros, los humanos.

Esta noción de que cada criatura ve el mundo de manera diferente a las otras criaturas imagino que no será compartida por muchos de ustedes. Tony Boucher tenía muchas ganas de que una antologista muy importante (a la que llamaremos J. M.) leyera Roog para ver si podía utilizarlo en una de sus antologías. Su reacción me sorprendió. «Los basureros no tienen esa apariencia —me escribió—, no tienen cuellos delgados como lápices y cabezas que se bambolean. No se comen a la gente». Creo que enumeró doce errores del relato, todos relativos a la forma en que yo presentaba a los basureros. Le respondí explicándole que tenía razón, pero que un perro… bien, de acuerdo, que el perro estaba equivocado, lo admitía. El perro estaba un poco loco. No estábamos tratando con un perro y la visión de unos basureros a partir de los ojos de un perro, sino de un perro loco… que se había vuelto loco a causa de esas incursiones semanales en el cubo de la basura. El perro había alcanzado el estadio de la desesperación. Eso era lo que yo deseaba transmitir. De hecho, era el punto crucial del cuento: el perro había rebasado todas las opciones y se había vuelto loco por culpa de aquel acontecimiento semanal. Y los roogs lo sabían. Les gustaba. Se burlaban del perro. Disfrutaban con su insensatez.

La señorita J. M. me rechazó el cuento para sus antologías, pero Tony lo publicó y aún se sigue publicando; de hecho, actualmente es un texto para alumnos de secundaria. Hablé con una de las clases a las que se había asignado el cuento, y todos los chicos lo entendían. Lo más interesante es que había un estudiante ciego que parecía ser quien mejor había captado su significado. Sabía desde el principio lo que significaba la palabra «roog». Captaba la desesperación del perro, la frustrada furia del perro y su amarga sensación de derrota. Quizá en algún momento entre 1951 y 1971 todos nos hemos acostumbrado a los peligros y transformaciones del entorno habitual de una forma que antes no hubiéramos admitido. No lo sé. Pero, de todos modos, Roog, mi primer relato vendido, es biográfico; vi al perro sufrir, y comprendí un poco (no mucho, quizá, pero un poco) lo que le estaba destruyendo, y sentí deseos de hablar con él. Esa es la pura verdad. Snooper no podía hablar. Yo sí. De hecho, podía escribirlo, alguien podía publicarlo y algunas personas podían llegar a leerlo. Escribir narrativa tiene que ver con esto: convertirse en la voz de aquellos que no la tienen, y espero que me entiendan. No es tu voz, la voz del autor; son esas otras voces que nadie oye.

El perro Snooper está muerto, pero el perro de la historia, Boris, sigue vivo. Tony Boucher está muerto, y algún día yo también lo estaré, y, en fin, ustedes también. Pero cuando estuve con aquella clase de secundaria y hablamos de Roog, en 1971, exactamente veinte años después de vender el cuento… Snooper seguía ladrando y su angustia y sus nobles esfuerzos seguían todavía vivos, y se lo merecían. Mi relato es un homenaje a un animal, a una criatura que ya no ve, ni oye, ni ladra, pero, maldita sea, estaba cumpliendo con su deber. Aunque la señorita J. M. no lo comprendiera.

Me gusta este cuento, y dudo que hoy lo pudiera escribir mejor que cuando lo hice, en 1951. Ahora escribo textos más largos. (1976).


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