Texto aleatorio

Despertó… y sintió el deseo de Marte. «Los valles», pensó. ¿Cómo sería caminar por ellos? Más y más, el sueño fue creciendo a medida que despertaba del todo, el sueño y el anhelo. Casi podía sentir la envolvente presencia del otro mundo, que solo los agentes del Gobierno y los grandes funcionarios habían visto. ¿Un oficinista como él? No era muy probable.

—¿Te vas a levantar o no? —preguntó medio dormida su mujer, Kirsten, con su acostumbrado tono malhumorado—. Si lo haces, dale al botón del café en la cocina de las narices.

—Vale —dijo Douglas Quail, y se dirigió descalzo desde el dormitorio de su apartamento a la cocina. Allí, después de pulsar obedientemente el botón del café, se sentó a la mesa y cogió una lata amarilla y pequeña de buen rapé Dean Swift. Inhaló un instante y el picor de la mezcla Beau Nash invadió su nariz y le quemó la bóveda del paladar. Cosa que no le impidió hacerlo. El rapé lo despertaba y permitía que sus sueños, sus anhelos nocturnos y sus deseos fortuitos se condensaran formando una semblanza de racionalidad.

«Iré», se dijo. «Antes de morir pienso ver Marte».

Era, por supuesto, imposible, y él lo sabía al mismo tiempo que lo soñaba. Pero la luz del día, los sonidos cotidianos de su mujer, que en aquel momento estaba cepillándose el cabello frente al espejo… Todo conspiraba para recordarle lo que era. Un miserable asalariadillo, se dijo con amargura. Kirsten se lo recordaba al menos una vez al día y no la culpaba. Era deber de la esposa bajar al marido a la Tierra. «A la Tierra», pensó y se echó a reír. En este caso, la metáfora era literalmente apropiada.

—¿De qué te ríes? —preguntó su esposa al entrar en la cocina, arrastrando la cola de su bata rosa estampada—. Un sueño, seguro. Siempre estás soñando.

—Sí —respondió él mientras observaba por la ventana de la cocina los hover-coches, las corrientes del tráfico y las vivaces personillas que se dirigían a sus trabajos. A las cuales se uniría dentro de poco. Como siempre.

—Seguro que tiene que ver con alguna mujer —dijo Kirsten con tono glacial.

—No —dijo—. Con un dios. El dios de la guerra. Tiene maravillosos cráteres en los que crece, al fondo, toda clase de vida vegetal.

—Escucha. —Kirsten se puso en cuclillas a su lado y le habló con una ternura que borró por un instante toda la aspereza de su voz—. El océano… nuestro océano es muchas veces más, infinitas veces más hermoso. Lo sabes. Todo el mundo lo sabe. Alquila un traje de agallas artificiales para los dos, te coges una semana de vacaciones y podemos descender y alojarnos allí abajo en uno de esos balnearios acuáticos. Y además… —Se interrumpió—. No me escuchas. Pues deberías hacerlo. Lo que te digo es mucho mejor que esa compulsión, esa obsesión tuya con Marte, ¡y ni siquiera me escuchas! —Su voz se volvió aguda y penetrante—. ¡Dios del cielo, no tienes remedio, Doug! ¿Qué va a ser de ti?

—Me voy a trabajar —dijo él mientras se ponía en pie, olvidado el desayuno—. Eso es lo que va a ser de mí.

Su mujer lo miró fijamente.

—Estás empeorando. Eres más fanático cada día. ¿Dónde va a acabar esto?

—En Marte —dijo él, y abrió la puerta del armario para sacar una camisa limpia que ponerse.

Tras bajar del taxi, Douglas Quail recorrió lentamente tres corrientes peatonales densamente pobladas hasta la moderna, atractiva y sugerente entrada. Allí se detuvo, en mitad del tráfico de media mañana, y con cautela leyó el cartel de neón de cambiantes colores. Ya había mirado el cartel otras veces… pero nunca había llegado tan cerca. Esto era distinto. Lo que estaba haciendo en aquel momento era distinto. Algo que tenía que suceder tarde o temprano.

REKUERDO, S. A.

¿Era aquello la respuesta? A fin de cuentas, una ilusión, por muy convincente que sea, sigue sin ser más que una ilusión. Al menos desde el punto de vista objetivo. Pero desde una perspectiva subjetiva… la cosa cambiaba mucho.

Y de algún modo había concertado una cita. Para dentro de cinco minutos.

Inhaló una profunda bocanada del aire ligeramente contaminado de Chicago, cruzó el deslumbrante brillo policromo del umbral y se dirigió al mostrador de recepción.

La rubia espléndidamente articulada del mostrador, pulcra y con los senos al aire, dijo con tono afable:

—Buenos días, señor Quail.

—Sí —respondió él—. He venido a informarme de los viajes de rekuerdo. Como supongo que ya sabe.

—No es «rekuerdo» sino «recuerdo» —lo corrigió la recepcionista. Levantó el receptor del videófono que tenía junto a la suave piel del codo y dijo—: El señor Douglas Quail está aquí, señor McClane. ¿Puede pasar ya? ¿O es demasiado pronto?

—Que rumba-rum-rum ramp —murmuró el aparato.

—Sí, señor Quail —dijo ella—. Puede usted pasar. El señor McClane lo está esperando. —Al ver que echaba a andar con paso inseguro, le dijo—: Sala D, señor Quail. A su derecha.

Tras un frustrante pero breve momento de extravío, encontró la sala correcta. La puerta estaba abierta y dentro, sentado ante una mesa de caoba genuina de gran tamaño, había un hombre de aspecto afable, de mediana edad, con un traje gris de pellejo de rana marciana a la última. Por sí solo, el traje habría bastado para que Quail supiera que había acudido a la persona adecuada.

—Siéntese, Douglas —dijo McClane mientras señalaba con una mano regordeta una silla situada junto a la mesa—. Así que quiere usted haber estado en Marte. Muy bien.

Quail tomó asiento. Se sentía un poco tenso.

—No sé si merece la pena —dijo—. Es muy caro y, que yo sepa, en realidad no recibo nada. —«Cuesta casi tanto como ir de verdad», pensó.

—Recibe usted pruebas tangibles de su viaje —disintió McClane con todo énfasis—. Todas las que pueda necesitar. Mire, se lo enseñaré. —Hurgó en uno de los cajones de su imponente escritorio—. El billete. —Introdujo la mano en un sobre de manila y sacó un pequeño rectángulo de cartón grabado—. Demuestra que ha estado usted allí… y ha vuelto. Postales. —Colocó cuatro postales en color tridimensional, franqueadas, formando una pulcra hilera frente a la mesa, para que Quail pudiera verlas—. Una película. Tomas de las mejores vistas de Marte con una cámara alquilada. —También se las mostró a Quail—. Más los nombres de todas las personas que ha conocido. Y souvenires por valor de doscientos poscréditos, que llegarán desde Marte a lo largo del próximo mes. Pasaportes, una lista certificada con las vacunas que recibió usted. Y no solo eso. —Levantó una mirada penetrante en dirección a Quail—. Sabrá usted que ha ido —dijo—. Y no se acordará de nosotros. No me recordará a mí ni recordará haber estado aquí. En su mente será como un viaje de verdad, eso está garantizado. Dos semanas enteras de recuerdos, hasta el último e insignificante detalle. Y una cosa: si en algún momento tiene usted dudas de haber hecho un estupendo viaje a Marte, puede volver aquí y le devolveremos su dinero. ¿Ve usted?

—Pero no he ido —dijo Quail—. No habré ido, por muchas pruebas que me proporcionen. —Respiró profunda y temblorosamente—. Y nunca he sido agente secreto de Interplan. —Le parecía imposible que la memoria extrafactual de Rekuerdo, S. A. pudiera hacer lo que aseguraba el otro, dijera lo que dijera la gente.

—Señor Quail —dijo McClane con tono paciente—. Tal como nos explicó usted en su carta, no tiene la menor posibilidad, ni una sola, de llegar a Marte en su vida. No puede permitírselo y, lo que es mucho más importante, nunca podría usted trabajar como agente encubierto para Interplan o cualquier otra agencia similar. Este es el único modo que tiene usted de alcanzar el… ejem, sueño de su vida. ¿Me equivoco, señor? No puede usted ser lo que quiere ser. No puede hacerlo. —Se rio entre dientes—. Pero puede usted haberlo sido y haberlo hecho. Nosotros nos encargaremos de ello. Y nuestras tarifas son razonables, sin cargos ocultos. —Esbozó una sonrisa alentadora.

—¿Tan convincentes son los recuerdos extrafactuales? —preguntó Quail.

—Más que los de verdad, señor mío. Si hubiera estado usted realmente en Marte como agente de Interplan, a estas alturas habría olvidado gran parte del viaje. Nuestros análisis de sistemas de memoria reales, recuerdos auténticos de los sucesos fundamentales de la vida de las personas, muestran que pierden rápidamente gran cantidad de detalles. Para siempre. Una parte importante del producto que le ofrecemos consiste en una implantación tan profunda que no se olvida nada. El paquete que se le grabará mientras se encuentra en estado comatoso es obra de auténticos expertos, hombres que han pasado años en Marte. En cada caso verificamos todos los detalles hasta la última coma. Aparte de que ha escogido usted un sistema extrafactual bastante sencillo. Si hubiera elegido Plutón o nos pidiese haber sido emperador de la Alianza de Planetas Interiores, habríamos tenido muchas más dificultades… y los costes habrían sido considerablemente más elevados.

Quail introdujo la mano en la chaqueta para sacar la cartera y dijo:

—De acuerdo. Es la ilusión de mi vida y está claro que nunca lograré cumplirla. Así que supongo que tendré que conformarme con esto.

—No lo vea de ese modo —respondió McClane con tono severo—. No se lleva usted la segunda mejor opción. La segunda mejor opción es el recuerdo real, con sus vaguedades, omisiones y elipsis, por no decir distorsiones. —Aceptó el dinero y pulsó un botón de su mesa—. Muy bien, señor Quail —dijo mientras se abría la puerta de su oficina y entraban dos individuos fornidos—. Ya está usted de camino a Marte como agente secreto. —Se levantó y se acercó a Quail para estrecharle una nerviosa y húmeda mano—. O, más bien, ya ha estado usted de camino allí. Esta tarde, a las cuatro treinta… eh, volverá aquí, a la Tierra. Un taxi lo dejará en su apartamento y, como le digo, no se acordará de haberme visto ni de haber estado aquí. De hecho, ni siquiera se acordará de haber oído hablar de nosotros.

Con la boca seca por el nerviosismo, Quail salió de la oficina precedido por los dos técnicos. Lo que sucediera a continuación dependía de ellos.

«¿De verdad creeré que he estado en Marte?», se preguntó. «¿Que he cumplido el sueño de mi vida?». Tenía la extraña y persistente sensación de que algo iba a salir mal. Pero no sabía qué.

Tendría que esperar para averiguarlo.

El intercomunicador de la mesa de McClane, que lo conectaba con el área de trabajo de la compañía, emitió un zumbido y una voz dijo:

—El señor Quail ya está sedado, señor. ¿Quiere supervisar la operación o procedemos ya?

—Es un proceso rutinario —señaló McClane—. Pueden proceder, Lowe. No creo que se encuentren con ningún problema.

Programar el recuerdo artificial de un viaje a otro planeta —con o sin el pequeño añadido de haber viajado como agente secreto— era algo que aparecía en la agenda laboral de la empresa con monótona regularidad. «En un mes», calculó con tono irónico, «debemos de hacer veinte de estas… Las bobadas interplanetarias se han convertido en el pan nuestro de cada día».

—Como usted diga, señor McClane —respondió la voz de Lowe, un instante antes de que se apagara el intercomunicador.

McClane entró en la cámara que había detrás de su oficina y buscó un paquete Tres —viaje a Marte— y un paquete Sesenta y dos —espía secreto de Interplan—. Con los dos paquetes en su poder, volvió a su mesa, se sentó cómodamente y sacó sus contenidos: objetos que se colocarían en el apartamento de Quail mientras los técnicos del laboratorio se entretenían instalando los recuerdos falsos.

«Un arma blanca de las fuerzas especiales, por valor de un poscrédito», pensó McClane. El objeto más grande. Lo más caro del paquete. Luego un transmisor del tamaño de un perdigón, de esos que se podían tragar en caso de que el agente resultara arrestado. Unos libros de contraseñas increíblemente parecidos a los de verdad… Los modelos de la compañía eran reproducciones de la máxima fidelidad. Basados, siempre que fuese posible, en material militar de Estados Unidos. Algunas chucherías que, por sí solas, no tenían sentido, pero que se enhebrarían en el tejido del viaje imaginario de Quail y ocuparían un lugar en sus recuerdos: la mitad de una moneda antigua de cincuenta centavos de plata, varias citas de los sermones de John Donne con errores, cada una de ellas en un pañuelo de papel casi transparente, varias cajas de cerillas de diversos bares de Marte, una cucharilla de acero inoxidable con las palabras «PROPIEDAD DE LA CÚPULA DEL KIBBUZIM NACIONAL DE MARTE», una bobina de alambre, que…

El intercomunicador volvió a sonar.

—Señor McClane, siento molestarle, pero ha sucedido algo bastante preocupante. Quizá sea mejor que venga. Quail ya está sedado. Ha reaccionado bien a la narkidrina. Está completamente inconsciente y se muestra receptivo, pero…

—Voy para allá. —Al percibir problemas, McClane abandonó su oficina. Momentos después entraba en la zona de trabajo.

Douglas Quail yacía sobre una camilla higiénica, respirando con lentitud y regularidad, con los ojos casi cerrados. Parecía vagamente —pero solo vagamente— consciente de la presencia de los dos técnicos y ahora del propio McClane.

—¿Qué, no hay espacio para insertar patrones de recuerdos falsos? —McClane sintió que lo invadía la irritación—. Pues borrad dos semanas de trabajo. Es oficinista en la Junta de Inmigración de la Costa Oeste, una agencia gubernamental, así que seguro que tiene o ha tenido dos semanas de vacaciones en el último año. Bastará con eso. —Las pequeñas menudencias lo fastidiaban. Siempre lo fastidiaban.

—El problema —respondió Lowe con voz seca— es un poco diferente. —Se inclinó sobre la cama y le dijo a Quail—: Cuéntale al señor McClane lo que acabas de contarnos a nosotros. —Se volvió hacia McClane y le dijo—: Escuche con atención.

Los ojos verde claro del hombre tendido sobre la cama enfocaron el rostro de McClane. Su mirada, observó este con cierta intranquilidad, se había vuelto dura. Tenía algo bruñido, inorgánico, como un puñado de piedras semipreciosas amontonadas. No estaba seguro de que le gustara lo que veía. Su brillo era demasiado frío.

—¿Qué quiere saber? —preguntó Quail con hostilidad—. Han destruido mi tapadera. Salgan de aquí si no quieren que los liquide. —Estudió a McClane—. Sobre todo a usted —continuó—. Es usted el que manda en esta operación de contrainteligencia.

—¿Cuánto tiempo estuvo usted en Marte? —preguntó Lowe.

—Un mes —respondió Quail con voz cortante.

—¿Y con qué propósito? —quiso saber Lowe.

Los finos labios se retorcieron. Quail lo miró y no dijo nada. Al fin, arrastrando las palabras de un modo que rebosaba hostilidad, dijo:

—Soy agente de Interplan. Como ya les he dicho. ¿No graban todo lo que se dice? Pónganle la cinta a su jefe y déjenme en paz. —Dicho esto, cerró los ojos. El duro brillo se apagó. McClane sintió, al instante, un acceso de alivio casi violento.

—Un hombre muy duro, señor McClane —dijo Lowe en voz baja.

—Dejará de serlo —dijo McClane— cuando volvamos a borrarle esa cadena de recuerdos. Quedará tan manso como antes. —Se volvió hacia Quail y le dijo—: Así que por eso tenía tantas ganas de volver a Marte.

Sin abrir los ojos, Quail respondió:

—Nunca he querido ir a Marte. Me asignaron allí. Me enviaron y allí me quedé: atrapado. Oh, sí, admito que sentía curiosidad. ¿Quién no la sentiría? —Volvió a abrir los ojos y los miró a los tres, en especial a McClane—. Menudo suero de la verdad que se gastan aquí. Ha sacado cosas que había olvidado por completo. —Meditó un momento—. Me pregunto si Kirsten… —dijo, medio para sí—. ¿Estará metida en el ajo? Una agente de Interplan para vigilarme… para asegurarse de que no recupero la memoria. No me extraña que se pusiese así siempre que hablaba de volver allí. —Sonrió por un instante. La sonrisa, de complicidad, desapareció casi al momento.

—Créame, señor Quail, nos hemos encontrado con esto por accidente —dijo McClane—. En el trabajo solemos…

—Lo creo —dijo Quail. Parecía agotarse por momentos. La droga continuaba arrastrándolo cada vez a mayor profundidad—. ¿Dónde he dicho que había estado? —murmuró—. ¿En Marte? Me cuesta recordarlo. Sé que me gustaría verlo, como a todo el mundo. Pero yo… —La voz se le fue apagando—. Solo soy un oficinista, un vulgar oficinista.

Lowe enderezó la espalda y se volvió hacia su superior.

—Quiere que le implantemos un recuerdo falso de un viaje que ha hecho en realidad. Y una razón falsa que es la verdadera razón. Dice la verdad. Está totalmente bajo los efectos de la narkidrina. El viaje continúa muy vívido en su mente, al menos en estado de sedación. Pero, al parecer, no lo recuerda si no es así. Alguien, probablemente un laboratorio científico del ejército, le ha borrado el recuerdo anterior. Lo único que sabe es que ir a Marte significa algo muy especial para él, al igual que ser agente secreto. Eso no pudieron borrarlo. No es un recuerdo sino un deseo. Indudablemente el mismo que le hizo presentarse voluntario la primera vez.

El otro técnico, Keeler, dijo a McClane:

—¿Qué hacemos? ¿Superponer el patrón de memoria falso sobre el recuerdo real? No hay forma de saber cuáles pueden ser los resultados. Podría recordar parte del viaje real y la confusión podría provocar un interludio sicótico. Tendría dos premisas en la mente simultáneamente: la de que ha estado en Marte y la de que no. La de que realmente es un agente de Interplan y la de que no lo es, la de que es todo una historia inventada. Creo que deberíamos revivirlo sin implantarle ningún recuerdo falso y sacarlo de aquí. Esto es peligroso.

—Estoy de acuerdo —dijo McClane. Entonces pensó algo—. ¿Podemos predecir lo que recordará al salir de la sedación?

—Cualquiera sabe —respondió Lowe—. Probablemente retenga algún recuerdo vago y difuso del viaje real. Y probablemente ponga en duda su validez. Imagino que decidirá que nuestros sistemas han fallado. Y recordará haber estado aquí. Eso no se borrará… a menos que quiera usted que lo borremos.

—Cuanto menos enredemos con este hombre —dijo McClane— mejor para todos. Esto no es asunto nuestro. Ya hemos sido lo bastante estúpidos, o lo bastante desafortunados, como para descubrir a un agente secreto de Interplan con una tapadera tan perfecta que hasta ahora ni siquiera él sabía lo que era… o más bien lo que es. —Cuanto antes se lavaran las manos con respecto al hombre que se hacía llamar Douglas Quail, mejor.

—¿Va a colocar los paquetes Tres y Sesenta y dos en su apartamento? —preguntó Lowe.

—No —dijo McClane—. Y le vamos a devolver la mitad del dinero.

—¿La mitad? ¿Por qué la mitad?

—Me parece lo razonable —dijo McClane sin convicción.

«Me alegro de estar de vuelta en la Tierra», se dijo Douglas Quail mientras el taxi lo llevaba de vuelta a su apartamento en la zona residencial de Chicago.

El mes largo que había pasado en Marte comenzaba ya a difuminarse en su mente. Solo conservaba una sensación de profundos y enormes cráteres, de una sempiterna y ancestral erosión de las colinas, de vitalidad, de movimiento. Un mundo de polvo donde sucedía poco, donde dedicabas una buena parte del día a comprobar y volver a comprobar tu equipo portátil de oxígeno. Y luego las formas de vida, los modestos cactos de color entre marrón y gris y los faucigusanos.

De hecho, se había traído consigo varios ejemplares moribundos de la fauna marciana, que había pasado de contrabando por la aduana. A fin de cuentas, no representaban una amenaza. No podrían sobrevivir en la densa atmósfera de la Tierra.

Introdujo una mano en el bolsillo del abrigo, en busca del contenedor de faucigusanos…

Y encontró un sobre en su lugar.

Al sacarlo descubrió con perplejidad que contenía quinientos setenta poscréditos en billetes pequeños.

«¿De dónde ha salido esto?», se preguntó. «¿Pero no me había gastado todo lo que tenía en el viaje?».

Junto al dinero había una nota que decía: «Reembolso de la mitad del coste». Firmada por un tal McClane. Y luego la fecha. La fecha de aquel día.

—Recuerdo —dijo en voz alta.

—¿El qué recuerda, señor o señora? —preguntó respetuosamente el taxista cibernético.

—¿Tienes un listín telefónico? —pidió Quail.

—Desde luego, señor o señora. —Se abrió una ranura. Del interior se deslizó un listín telefónico del condado de Cook en microcinta.

—Está escrito de forma rara —dijo Quail mientras hojeaba las páginas amarillas. Sintió miedo entonces, un miedo que no se aplacaba—. Aquí es —dijo—. Llévame aquí, a Rekuerdo, S. A. He cambiado de idea. No quiero ir a casa.

—Sí, señor o señora, como usted desee —dijo el conductor. Un momento después, el taxi volaba en dirección opuesta.

—¿Puedo usar tu teléfono? —preguntó Quail.

—Desde luego —dijo el taxista cibernético. Y le ofreció un flamante y nuevo teléfono Emperor con color tridimensional.

Llamó a su apartamento. Al cabo de un instante se encontró frente a una imagen en miniatura pero asombrosamente realista de Kirsten en la pantallita.

—He estado en Marte —le dijo.

—Estás borracho. —Frunció los labios en un gesto despectivo—. O algo peor.

—Te lo juro por Dios.

—¿Cuándo? —inquirió ella.

—No lo sé. —Se sentía confuso—. En un viaje simulado, creo. Por medio de una de esas memorias extrafactuales o como se llamen. Pero no ha arraigado bien.

—Estás borracho —dijo Kirsten con voz glacial. Y cortó la comunicación. Quail colgó mientras sentía que afloraba el rubor a su rostro. «Siempre el mismo tono», se dijo, alterado. «Siempre con sus comentarios, como si lo supiera todo y yo no supiera nada. Menudo matrimonio. Jesús», pensó con abatimiento.

Un momento después el taxi se detuvo en el bordillo, frente a un edificio moderno y muy atractivo de color rosa, en cuya fachada un cartel de neón policromo y cambiante rezaba: REKUERDO, S. A.

La recepcionista, elegante y desnuda de cintura para arriba, se sobresaltó al verlo, un instante antes de recuperar la compostura.

—Ah, hola, señor Quail —dijo con tono nervioso—. ¿Cómo se encuentra? ¿Ha olvidado algo?

—El resto de mi dinero —dijo él.

—¿Dinero? —preguntó la recepcionista, más segura—. Creo que se equivoca, señor Quail. Vino usted a hablar de la posibilidad de realizar un viaje extrafactual, pero… —Encogió sus suaves y pálidos hombros—. Según tengo entendido, el viaje no llegó a concretarse.

—Lo recuerdo todo, señorita —dijo Quail—. Mi carta a Rekuerdo, S. A., que fue el comienzo de todo este asunto. Recuerdo haber estado aquí y mi conversación con el señor McClane. Luego tuve que acompañar a dos técnicos de laboratorio que me administraron algo para hacerme dormir. —No era de extrañar que la empresa le hubiera devuelto la mitad del dinero. El falso recuerdo de su «viaje a Marte» no había arraigado. Al menos no del todo, como se le había prometido.

—Señor Quail —dijo la chica—, aunque es usted un simple oficinista, es un hombre apuesto y cuando se enfada se pone muy feo. Si sirve para hacerle sentir mejor, estoy dispuesta a dejar que… ejem, me invite a salir…

Eso lo puso furioso.

—Me acuerdo de usted —dijo con tono salvaje—. Por ejemplo, del hecho de que tenía los pechos pintados de azul. Eso se me grabó en la mente. Y también recuerdo que el señor McClane me prometió que si recordaba haber visitado Rekuerdo, S. A., me devolverían todo el dinero. ¿Dónde está el señor McClane?

Tras un momento de espera —probablemente el más largo que se atrevieron a hacerle esperar— volvió a encontrarse sentado frente al imponente escritorio de caoba, exactamente igual que más o menos una hora antes.

—Vaya tecnología la suya —dijo Quail con tono irónico. Su decepción y su resentimiento habían alcanzado cotas elevadísimas a esas alturas—. El supuesto «recuerdo» de mi viaje a Marte como agente secreto de Interplan es borroso y vago y está lleno de contradicciones. Y recuerdo claramente mis conversaciones con ustedes. Debería llevar el caso ante la Junta de Protección del Consumidor. —Estaba que echaba humo. La sensación de que lo habían estafado lo embargaba por completo y había borrado su acostumbrada aversión a los escándalos públicos.

Entre decaído y cauto, McClane respondió:

—Usted gana, Quail. Vamos a devolverle todo su dinero. Reconozco sin ambages que no hemos hecho absolutamente nada por usted. —Su tono era de resignación.

—Ni siquiera me han proporcionado los objetos que, según usted, «demostrarían» que había estado en Marte —replicó Quail con tono acusador—. Todas sus promesas y su palabrería… no se han materializado en nada. Ni un triste billete. Ni una postal. Ni un pasaporte. Ni una cartilla de vacunación. Ni…

—Escuche, Quail —dijo McClane—. Imagine que le dijera… —Se interrumpió—. Dejémoslo. —Pulsó un botón de su intercomunicador—. Shirley, ¿quiere preparar un cheque de quinientos setenta créditos más a nombre de Douglas Quail? Gracias. —Levantó el dedo del botón y miró a Quail con poca simpatía.

Al cabo de un rato apareció el cheque. Tras dejarlo delante de McClane, la recepcionista volvió a esfumarse. Los dos hombres se quedaron solos, mirándose desde los dos lados de la enorme mesa de caoba.

—Deje que le dé un consejo —dijo McClane mientras firmaba el cheque y se lo entregaba—. No hable de su… ejem, reciente viaje a Marte con nadie.

—¿Qué viaje?

—Justo. —Sin dejarse desalentar, McClane añadió—: El viaje que recuerda parcialmente. Actúe como si no lo recordara en absoluto. Finja que nunca tuvo lugar. No me pregunte por qué. Pero acepte mi consejo. Será lo mejor para todos. —Había empezado a sudar. En abundancia—. Y ahora, señor Quail, tengo otros asuntos y otros clientes que atender. —Se levantó y acompañó a Quail hasta la puerta.

—Una empresa que trabaja tan mal no debería tener clientes —dijo Quail mientras la abría. Y luego cerró tras de sí.

En el taxi que lo llevaba a casa, Quail iba pensando en el contenido de la carta de queja que enviaría a la Junta de Protección de los Consumidores, división terrícola. En cuanto tuviera delante la máquina de escribir empezaría a redactarla. Era su deber advertir a la gente sobre Rekuerdo, S. A.

Al llegar al apartamento se sentó delante de su Hermes Rocket portátil, abrió los cajones para buscar papel carbón… y reparó en una cajita que le resultaba familiar. Una caja que había llenado cuidadosamente de fauna marciana y luego había pasado de contrabando por la aduana.

Al abrirla se encontró, para su incredulidad, con seis faucigusanos muertos y algunas de las variedades de vida unicelular de la que se alimentaban los gusanos marcianos. Los protozoos estaban resecos, pero los reconoció igualmente: se había pasado un día entero buscando entre las oscuras rocas marcianas para encontrarlos. Un maravilloso y luminoso viaje de descubrimiento.

«Pero si no he estado en Marte», recordó.

Sin embargo, por otro lado…

Kirsten apareció en la puerta, cargada con una bolsa de verduras de color marrón pálido.

—¿Qué haces en casa a estas horas? —Su voz, de una monotonía eterna, era acusadora.

—¿He estado en Marte? —le preguntó—. Tú te acordarías.

—Pues no, claro que no has estado en Marte. Tú mismo deberías acordarte. ¿No estás todo el día hablando de lo mucho que te gustaría ir?

—Por Dios, creo que fui —dijo él. Y al cabo de una pausa añadió—: Y, al mismo tiempo, creo que no.

—Pues decídete.

—Ya me dirás cómo. —Hizo un ademán—. Tengo las dos series de recuerdos grabadas en la cabeza. Una es real y la otra no, pero no sé cuál es cuál. ¿Por qué no puedo fiarme de ti? A ti no te han hecho nada. —Al menos podía hacer aquello por él, aunque fuese lo único.

—Doug —dijo Kirsten con voz monocorde y controlada—, si no vuelves a la normalidad hemos acabado. Te dejo.

—Tengo un problema. —Su voz brotó ronca y áspera. Y temblorosa—. Posiblemente esté sufriendo un episodio sicótico. Espero que no pero… Al menos eso lo explicaría todo, de alguna manera.

Kirsten dejó la bolsa de verduras y se acercó al armario.

—No lo decía en broma —dijo en voz baja. Sacó un abrigo, se lo puso y se dirigió a la puerta del apartamento—. Te llamaré uno de estos días, dentro de poco —dijo sin inflexión alguna—. Aquí nos despedimos, Doug. Espero que consigas salir de esto. Rezaré por ti, en serio. Por tu bien.

—Espera —dijo él con desesperación—. Al menos dime esto, dame una seguridad. ¿He ido o no? Dime cuál es la verdad. —«Pero también podrían haber alterado tu patrón de memoria», comprendió.

La puerta se cerró. Su esposa lo había abandonado. ¡Al fin!

—Bueno, se acabó —dijo una voz detrás de él—. Ahora levanta las manos, Quail. Y ahora date la vuelta y mira aquí.

Instintivamente, se dio la vuelta sin levantar las manos.

El hombre que lo miraba llevaba el elegante uniforme de la Agencia Policial Interplan y un arma que parecía de las Naciones Unidas. Y, por alguna razón, le resultaba familiar. De un modo vago, distorsionado, que era incapaz de entender. Así que, de un movimiento brusco, levantó las manos.

—Te acuerdas —dijo el policía— del viaje a Marte. Sabemos todo lo que has hecho y pensado hoy, en especial esos importantes pensamientos que tuviste cuando volvías a casa desde Rekuerdo, S. A. —Y se explicó—: Te insertamos un teletransmisor en el cráneo. Nos mantiene constantemente informados.

Un transmisor telepático, que hacía uso de un plasma viviente descubierto en la Luna. Se estremeció de aversión. Aquella criatura estaba dentro de él, en su propio cerebro, alimentándose, escuchando. Pero la policía Interplan las utilizaba. Había salido hasta en los homeoperiódicos. Así que seguramente fuese cierto, por muy espantoso que pudiera parecer.

—¿Por qué yo? —preguntó Quail con voz ronca. ¿Qué había hecho… o pensado? ¿Y qué tenía aquello que ver con Rekuerdo, S. A.?

—En esencia —dijo el agente de Interplan— esto no tiene nada que ver con Rekuerdo. Es algo entre tú y yo. —Se dio unos golpecitos en el oído derecho—. Aún capto tus procesos mentales a través de tu transmisor encefálico. —Quail vio que el hombre llevaba un pequeño tapón de plástico blanco en la oreja—. Así que tengo que advertirte: todo lo que pienses podrá utilizarse en tu contra. —Sonrió—. Tampoco es que eso importe mucho ya, teniendo en cuenta que con lo que has pensado y dicho hasta ahora te has condenado de sobra. Lo malo es que cuando estabas bajo los efectos de la narkidrina en Rekuerdo, S. A., les hablaste a los técnicos y al dueño, el señor McClane, sobre tu viaje: adónde fuiste, por qué razón y parte de lo que hiciste allí. Están aterrorizados. Darían lo que fuese por no haberse encontrado nunca contigo. —Y, tras pensarlo un momento, añadió—: Y hacen bien.

—Yo no he hecho ese viaje —dijo Quail—. Es un recuerdo falso mal implantado en mi cabeza por los técnicos de McClane. —Pero entonces se acordó de la caja, en su mesa, la caja que contenía las formas de vida marcianas. Y las dificultades y problemas que había tenido que superar para conseguirlos. El recuerdo parecía real. Y la caja de las formas de vida lo era, desde luego. Salvo que McClane la hubiera colocado allí. Puede que fuese una de las «pruebas» de las que había alardeado.

«El recuerdo de mi viaje a Marte», pensó, «no me convence. Pero por desgracia ha convencido a la Agencia de Policía Interplan. Creen que he estado en Marte y que, al menos parcialmente, lo recuerdo».

—No solo sabemos que estuviste en Marte —convino el poli de Interplan en respuesta a sus pensamientos—, sino que sabemos que ahora recuerdas lo bastante como para causarnos dificultades. Y no serviría de nada expurgar tus recuerdos sobre todo esto, porque si lo hacemos, simplemente volverás a ir a Rekuerdo, S. A. y todo empezará de nuevo. Y no podemos hacer nada con McClane y su compañía, porque solo tenemos jurisdicción sobre nuestros propios agentes. Además, McClane no ha cometido ningún delito. —Miró fijamente a Quail—. Ni, técnicamente hablando, tampoco tú. No fuiste a Rekuerdo, S. A. con la idea de recuperar la memoria, sino por la misma razón que lleva allí a la mayoría de la gente: el amor que siente la gente sencilla y aburrida por la aventura. —Y añadió—: Por desgracia, no eres un tipo sencillo ni aburrido y ya has vivido demasiadas emociones. Lo último que necesitabas en el universo era un viaje de Rekuerdo, S. A. Nada podría haber sido más letal para ti. O, ya que estamos, para McClane.

—¿Por qué os causaré «dificultades» si recuerdo mi viaje… mi supuesto viaje, y lo que hice allí?

—Porque —respondió el matón de Interplan— lo que hiciste no se corresponde con nuestra impecable imagen pública de padre protector. Hiciste por nosotros lo que nosotros no hacemos. Como recordarás más tarde o más temprano, gracias a la narkidrina. Esa caja de gusanos y algas muertos lleva en tu cajón seis meses y en todo este tiempo no has mostrado la menor curiosidad por ella. Ni siquiera sabíamos que la tenías hasta que te acordaste de ella al volver a casa desde Rekuerdo. Entonces vinimos a toda velocidad a buscarla. —Y añadió, aunque fuese recalcar lo obvio—: Sin suerte, porque no tuvimos tiempo.

Un segundo agente de Interplan se reunió con el primero. Conversaron un momento. Entretanto, Quail pensaba con rapidez. Estaba recordando otras cosas. El poli había dicho la verdad sobre la narkidrina. Probablemente ellos —Interplan— la usaran también. ¿Probablemente? Sabía muy bien que lo hacían. Les había visto administrársela a un prisionero. ¿Dónde sería? ¿En algún lugar de la Tierra? O más bien en la Luna, decidió, al ver la imagen que aparecía en su muy incompleta —pero cada vez menos— memoria.

Y se acordó de otra cosa. La razón por la que lo habían mandado a Marte. El trabajo que había hecho allí.

No era de extrañar que le hubieran borrado la memoria.

—Oh, Dios —dijo el primero de los dos agentes de Interplan interrumpiendo la conversación con su compañero. Era evidente que había captado los pensamientos de Quail—. El problema acaba de empeorar. Del todo. —Se acercó a Quail y volvió a apuntarlo con el arma—. Tenemos que matarte —dijo—. Y ahora mismo.

—¿Por qué ahora mismo? —preguntó con nerviosismo su compañero—. ¿No podemos llevarlo a la oficina de Nueva York y dejar que ellos…?

—Él sabe por qué tiene que ser ahora mismo —dijo el primer poli. También parecía nervioso, pero Quail comprendió que era por una razón totalmente distinta. Ya había recuperado casi toda la memoria. Y entendía a la perfección la tensión del agente.

—En Marte —dijo con voz ronca— maté a un hombre. Después de pasar por encima de quince guardaespaldas. Algunos de ellos con armamento de las fuerzas especiales, como vosotros. —Interplan lo había entrenado durante más de cinco años para hacer de él un asesino. Un asesino profesional. Sabía cómo acabar con adversarios armados… como aquellos dos agentes. El del receptor en el oído lo sabía también. Si se movía con suficiente rapidez…

El arma disparó. Pero Quail ya se había apartado a un lado derribando al agente que empuñaba la pistola en el mismo movimiento. Un instante después el arma estaba en su poder y apuntaba con ella al segundo y confundido agente.

—Me lee los pensamientos —dijo Quail, casi sin aliento—. Sabía lo que iba a hacer, pero aun así lo he hecho.

El agente herido se incorporó lo mejor que pudo y dijo con voz cascada:

—No te disparará, Sam. Eso también lo he captado. Sabe que está acabado y que nosotros también lo sabemos. Venga, Quail. —Laboriosamente, temblando de dolor, se puso poco a poco en pie. Alargó un brazo—. El arma —dijo a Quail—. No puedes usarla y si me la das te garantizo que no te mataré. Te llevaremos a Interplan y será uno de nuestros superiores el que decida, no yo. Quizá puedan borrarte de nuevo la memoria, no lo sé. Pero sabes por qué iba a matarte. No podía dejar que recordaras eso. Así que mi razón para matarte, en cierto modo, ya no es válida.

Sin soltar el arma, Quail salió del apartamento y corrió hacia el ascensor. «Si me seguís», pensó, «os mato. Así que no lo hagáis». Pulsó el botón del ascensor y, al cabo de un momento, las puertas se abrieron.

Los policías no habían ido tras él. Obviamente habían captado sus concisos y tensos pensamientos y habían decidido no correr el riesgo.

El ascensor inició el descenso con él en su interior. Había logrado escapar… de momento. Pero ¿y ahora? ¿Adónde podía ir?

El ascensor llegó al primer piso y, un momento después, Quail se había unido a la masa de peatones que avanzaba rápidamente por los carriles de tráfico. Le dolía la cabeza y se sentía enfermo. Pero al menos había escapado a la muerte. Habían estado a punto de liquidarlo allí mismo, en su propio apartamento.

«Y probablemente lo harán», decidió. «Cuando me encuentren. Y con este transmisor dentro, no tardarán mucho».

Irónicamente, había conseguido justo lo que le había pedido a Rekuerdo, S. A. Aventuras, peligros, agentes de Interplan, un secreto y un peligroso viaje a Marte donde su vida estaba en juego… Todo lo que había pedido como recuerdo falso.

Las ventajas de que fuese un recuerdo —y nada más— se podían apreciar ahora con claridad.

Sentado en el banco de un parque, solo, observó sin demasiado entusiasmo una bandada de vivacos: una especie de semipájaros importados desde las dos lunas de Marte, capaces de remontar el vuelo a pesar de la enorme gravedad de la Tierra.

«Tal vez podría encontrar el modo de volver a Marte», pensó. Pero ¿entonces qué? En Marte sería aún peor. La organización política a cuyo líder había asesinado lo localizaría nada más bajar de la nave. Allí tendría que huir de Interplan y también de ellos.

«¿Podéis oír mis pensamientos?», se preguntó. El camino más rápido a la paranoia. Allí sentado, solo, se sintió buscado por sus sensores, vigilado, grabado, objeto de discusiones… Con un escalofrío se puso en pie y echó a andar sin objetivo preciso, con las manos en los bolsillos. «Vaya donde vaya», comprendió, «siempre estaréis conmigo. Mientras lleve este dispositivo en la cabeza».

«Os propondré un trato», pensó para sí… y para ellos. «¿Podéis implantarme otra vez el recuerdo falso de que he llevado una vida vulgar y rutinaria y no he estado nunca en Marte? ¿Que nunca he visto un uniforme de Interplan de cerca y nunca he empuñado un arma?».

Una voz dentro de su cabeza respondió: «Como ya te han explicado, eso no sería suficiente».

Asombrado, se detuvo.

«Antes nos comunicábamos contigo de este modo», continuó la voz. «Cuando estabas en Marte trabajando para nosotros. Hace meses que no lo hacíamos. De hecho, dábamos por supuesto que no volveríamos a hacerlo. ¿Dónde estás?».

«Caminando —dijo Quail—, hacia mi muerte». «A manos de vuestros agentes», añadió en su mente al cabo de un instante. «¿Cómo podéis saber que no sería suficiente? —inquirió—. ¿Es que las técnicas de Rekuerdo no funcionan?».

«Como ya te hemos dicho, si te implantáramos una serie de recuerdos normales, te volverías… inquieto. Inevitablemente, volverías a ir a Rekuerdo o a cualquier empresa de la competencia. No podemos volver a pasar por esto».

«Supongamos —dijo Quail— que, una vez borrados mis recuerdos auténticos, se implantara algo más intenso que unos recuerdos convencionales. Algo que bastara para aplacar mis deseos —añadió—. Que los tengo está demostrado, supongo que por eso me contratasteis. Pero se os podría ocurrir otra cosa, algo equiparable. Que fui el hombre más rico de la Tierra pero legué todo mi dinero a instituciones educativas. O que fui un famoso explorador del espacio profundo. Cualquier cosa similar. ¿No serviría eso?».

Silencio.

«Intentadlo —dijo con desesperación—. Coged a los mejores psiquiatras militares, que exploren mi mente. Descubrid cuál es el mayor de mis sueños. —Lo pensó un rato—. Mujeres —dijo—. Miles de ellas, como tuvo don Juan. Un playboy interplanetario, con una amante en cada ciudad de la Tierra, de la Luna y de Marte. Solo que decidí dejarlo por agotamiento. Por favor —suplicó—. Intentadlo».

«¿En ese caso te entregarías voluntariamente?», preguntó la voz de su cabeza. «¿Si accediéramos a hacer algo así? ¿Si es posible?».

«Sí —dijo tras una vacilación momentánea—. Confiaré en que no me mataréis nada más verme».

«Debes hacer tú el primer movimiento —dijo la voz al cabo de un rato—. Entrégate. Entonces estudiaremos la posibilidad. Pero si no podemos, si tus verdaderos recuerdos comienzan a aflorar como han hecho esta vez… —Hubo un silencio, pero entonces la voz terminó—: Tendremos que destruirte. Espero que lo entiendas. Bueno, Quail, ¿aún quieres intentarlo?».

«Sí —respondió. Porque la alternativa era la muerte. Una muerte segura. Al menos de aquel modo tenía una oportunidad, por pequeña que fuese».

«Preséntate en nuestro cuartel principal en Nueva York —reapareció la voz del agente de Interplan—. 580 de la Quinta Avenida, piso doce. Cuando te hayas entregado, nuestros psiquiatras comenzarán a trabajar contigo. Habrá que hacer pruebas de perfiles de personalidad. Intentaremos determinar cuál es tu mayor fantasía. Y luego te enviaremos otra vez a Rekuerdo, S. A., pero aquí. Les explicaremos el caso y les pediremos que te concedan tu deseo de manera retroactiva. Y… Buena suerte. Estamos en deuda contigo. Fuiste una herramienta muy capaz». La voz carecía de malicia. Si acaso ellos, la organización, sentían simpatía por él.

—Gracias —dijo Quail. Y comenzó a buscar un taxi cibernético.

—Señor Quail —dijo el anciano psiquiatra de rostro severo de Interplan—. Alberga usted un ensueño de naturaleza fantástica de lo más interesante. Probablemente no sea algo que alimente o incluso conozca conscientemente. Cosa que es muy habitual. Espero que no le altere demasiado conocerlo.

El agente de Interplan de mayor rango presente dijo con voz brusca:

—Será mejor que no se altere al conocerlo, al menos si espera que no le peguemos un tiro.

—A diferencia del deseo de ser un agente secreto de Interplan —continuó el psiquiatra—, que en términos relativos es un producto de madurez y, como tal, posee cierta plausibilidad, este deseo es un sueño grotesco de su infancia. No es de extrañar que no lo recuerde. La fantasía es la siguiente: tiene usted nueve años y camina por una vereda campestre. Una extraña nave espacial procedente de otro sistema estelar aterriza delante de usted. Nadie más en la Tierra salvo usted, señor Quail, la ve. Las criaturas que contiene son pequeñas y físicamente impotentes, más o menos como ratones de campo, pero han venido para invadir la Tierra. Decenas de miles de naves más se pondrán en camino muy pronto, cuando este grupo de avanzada les envíe la señal de confirmación.

—Y supongo que yo las detengo —dijo Quail, embargado por una mezcla de diversión y asco—. Sin ayuda de nadie, los aniquilo. Probablemente por la vía de aplastarlos con el pie.

—No —dijo el psiquiatra con tono paciente—. Detiene usted la invasión, pero no destruyéndolos. Lo que hace es mostrarles bondad y clemencia, a pesar de que, gracias a la telepatía, que es su forma de comunicación, sabe usted a qué han venido. Nunca han visto tales virtudes en un organismo inteligente, así que como muestra de aprecio hacen un trato con usted.

—No invadirán la Tierra mientras yo viva —dijo Quail.

—Exacto. —El psiquiatra se volvió hacia el agente de Interplan y dijo—: Como puede ver, encaja con su personalidad, a pesar de su fingido desdén.

—Así que con mi mera existencia —dijo Quail con un placer cada vez mayor—, con el mero acto de seguir con vida, mantengo la Tierra a salvo de los alienígenas. Soy, de hecho, la persona más importante de la Tierra. Y sin tener que levantar un solo dedo.

—Sí, así es, señor —dijo el psiquiatra—. Y es algo grabado a fuego en su psique. Se trata de una fantasía infantil. Una fantasía que, sin análisis profundos y terapia farmacológica, no habría recordado nunca. Pero que siempre ha estado ahí. Soterrada pero presente en todo momento.

El oficial al mando se volvió hacia McClane, que estaba sentado, escuchando con la máxima atención, y le preguntó:

—¿Puede usted implantarle un recuerdo extrafactual de esa naturaleza?

—Nos encontramos con todas las formas imaginables de fantasías —dijo McClane—. A decir verdad, me he encontrado con cosas mucho peores. Desde luego que podemos hacerlo. Dentro de veinticuatro horas, no solo deseará haber salvado la Tierra. Creerá a pies juntillas que lo ha hecho.

—Puede empezar con el trabajo, entonces —dijo el agente—. A modo de preparativo, ya le hemos borrado de nuevo el recuerdo del viaje a Marte.

—¿Qué viaje a Marte? —preguntó Quail.

Nadie le respondió, así que, de mala gana, optó por aparcar la pregunta. Y además acababa de hacer acto de presencia un vehículo de la policía. El oficial al mando, McClane y él se apelotonaron en su interior y al cabo de unos momentos estaban de camino a Chicago y a Rekuerdo, S. A.

—Será mejor que esta vez no cometan ningún error —dijo el agente a un McClane tieso y de aspecto nervioso.

—No veo qué podría ir mal —murmuró este, sudoroso—. Esto no tiene nada que ver con Marte o con Interplan. Detener por sí solo una invasión de seres de otro sistema solar… —Sacudió la cabeza al pensarlo—. Hay que ver las cosas que sueñan los niños. Es bastante pintoresco. —Se limpió la frente con un pañuelo de lino.

Nadie dijo nada.

—De hecho —dijo McClane—, es conmovedor.

—Y también arrogante —repuso el agente con brusquedad—. En el sentido de que, a su muerte, la invasión se reiniciará. No me extraña que no la recuerde. Es la fantasía más pretenciosa con la que me he encontrado. —Miró a Quail con desaprobación—. Y pensar que teníamos a este tipo en nómina…

Al llegar a Rekuerdo, S. A. la recepcionista, Shirley, salió a su encuentro en el vestíbulo de la oficina.

—Hola de nuevo, señor Quail —dijo con nerviosismo mientras sus senos en forma de melón, aquel día pintados de naranja incandescente, brincaban a causa de su agitación—. Siento mucho que las cosas salieran tan mal la otra vez. Estoy convencida de que hoy irá todo mucho mejor.

McClane, que seguía secándose la frente perlada con un pañuelo de lino irlandés pulcramente doblado, añadió:

—Esperemos. —Rodeó rápidamente a Lowe y a Keeler, y los escoltó a ellos y a Douglas Quail hasta la zona de trabajo, de donde luego, acompañado por Shirley y por el oficial al mando, volvió a su vieja oficina. A esperar.

—¿Tenemos un paquete preparado para esto, señor McClane? —preguntó Shirley al tiempo que, en su agitación, chocaba con ellos y se ruborizaba con recato.

—Creo que sí. —Intentó recordar, pero al fin se rindió y consultó las tablas—. Una combinación —decidió en voz alta— de los paquetes Ochenta y uno, Veinte y Seis. —Sacó los paquetes apropiados de la cámara que había detrás de su oficina y los llevó a la mesa para inspeccionarlos—. Del Ochenta y uno —les explicó— una varita mágica de curación que le dieron al cliente, en este caso el señor Quail, las criaturas extraterrestres. En señal de gratitud.

—¿Y funciona? —preguntó el agente de policía con curiosidad.

—Antes sí —le explicó McClane—. Pero el cliente… ejem, verá, la gastó hace años curando a diestro y siniestro. Ahora no es más que un recuerdo. Pero él se acordará de que funcionaba de manera espectacular. —Soltó una risilla antes de abrir el paquete Veinte—. Una carta del Secretario general de la ONU en la que le da las gracias por haber salvado la Tierra. No concuerda del todo, porque en la fantasía de Quail nadie, salvo él, está al corriente de lo ocurrido, pero la utilizaremos para darle mayor verosimilitud. —Luego examinó el paquete Seis. ¿Qué contenía? No se acordaba. Con el ceño fruncido, metió la mano en la bolsa de plástico mientras Shirley y el agente de Interplan lo observaban con la máxima atención.

—Un mensaje —dijo Shirley—. En una lengua muy curiosa.

—Aquí dice quiénes eran —dijo McClane— y de dónde venían. Incluye también un mapa estelar con las etapas de su viaje entre su sistema estelar y este. Como es lógico, está en su lengua, así que no puede leerlo. Pero recordará que se lo leyeron ellos. —Dejó los tres objetos en el centro de la mesa—. Que los lleven al piso de Quail —dijo al agente de policía—. Al llegar a casa estarán allí esperándolo. Eso confirmará su fantasía. POE: Procedimiento Operativo Estándar. —Se rio con aprensión, mientras se preguntaba cómo le irían las cosas a Lowe y a Keeler.

Sonó el intercomunicador.

—Señor McClane, siento molestarlo. —Era la voz de Lowe. Se quedó paralizado al reconocerla, paralizado y mudo—. Ha sucedido algo. Será mejor que venga a supervisar la operación. Como la otra vez, Quail ha reaccionado bien a la narkidrina. Está inconsciente, relajado y receptivo. Pero… —McClane salió corriendo hacia la sala de trabajo.

Douglas Quail yacía sobre una cama higiénica, respirando lenta y regularmente, con los ojos entreabiertos, apenas consciente de quienes lo rodeaban.

—Hemos comenzado a interrogarlo —dijo Lowe, con la cara pálida—. Para determinar en qué momento exacto debíamos implantar el recuerdo de que había salvado la Tierra él solo. Pero, por extraño que pueda parecer…

—Me dijeron que no lo contara —murmuró Douglas Quail con una voz saturada de droga—. Ese era el trato. Se suponía que ni siquiera lo recordaría. Pero ¿cómo olvidar algo así?

«Supongo que sería complicado», pensó McClane. «Pero lo ha hecho usted… hasta ahora».

—Hasta me dieron un pergamino —musitó Quail— en el que me expresaban su gratitud. Está escondido en mi apartamento. Se lo mostraré.

McClane se volvió hacia el agente de Interplan, que había entrado tras él y le dijo:

—Me permito sugerirle que no lo asesinen. Si lo hacen, ellos volverán.

—También me dieron una varita destructora invisible —dijo Quail, con los ojos ya cerrados del todo—. Así fue como maté al hombre al que me enviaron a asesinar en Marte. Está en el cajón, junto a la caja de faucigusanos y flora seca de Marte.

Sin decir palabra, el agente de Interplan dio media vuelta y salió de la zona de trabajo.

«Será mejor que guarde los paquetes con las pruebas», pensó McClane con resignación. Regresó paso a paso a su oficina. «Incluida la carta del secretario general de la ONU. A fin de cuentas…».

Probablemente, el de verdad no tardaría mucho en presentarse por allí.

NOTA:

RECUERDOS AL POR MAYOR «We Can Remember it for You Wholesale» [13 de septiembre de 1965], en Fantasy & Science Fiction (abril de 1966). Relato nominado al Premio Nebula.


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