El sol del atardecer, una enorme esfera que resplandecía en el cielo, era cálido y cegador. Trent se detuvo un momento para recuperar el aliento. Su rostro estaba cubierto de sudor en el interior del casco forrado de plomo. Las gotas pegajosas empañaban el visor y le empapaban el cuello.
Pasó la mochila de emergencia al otro brazo y tiró del cinturón al que llevaba sujeto el fusil. Extrajo dos tubos vacíos del tanque de oxígeno y los arrojó hacia la maleza. Los tubos rodaron hasta perderse entre los interminables montones de hojas verde rojizos y enredaderas.
Trent examinó el contador; observó que la lectura era inapreciable y echó hacia atrás el casco durante un precioso momento.
Aspiró una bocanada de aire puro. Respiró profundamente y llenó de aire los pulmones. El aire, denso, húmedo y perfumado por la vegetación, olía bien. Lo exhaló y volvió a inspirar.
A su derecha se alzaba una altísima columna de arbustos anaranjados, que envolvían un ruinoso pilar de hormigón. Una enorme extensión de hierba y árboles invadía la ondulada campiña. A lo lejos, Trent divisó una masa de vegetación que parecía una muralla. Se trataba de una auténtica selva, poblada de reptiles e insectos, y sembrada de flores y maleza. Tendría que abrirse paso con fuego para avanzar.
Dos inmensas mariposas, grandes y frágiles formas de muchos colores, revolotearon sin rumbo fijo a su alrededor y se alejaron. Vida por todas partes: insectos, plantas, diminutos animales que se escurrían entre los arbustos. Una selva henchida de vida. Trent suspiró y se bajó el casco. Dos bocanadas de aire bastaban por el momento.
Aumentó el caudal del tanque de oxígeno y habló por el transmisor.
—Trent. Al habla con el monitor de la mina. ¿Me oye?
Un instante de estática y silencio. Después, una voz tenue, fantasmal.
—Adelante, Trent. ¿Dónde demonios está?
—Continúo todavía hacia el norte. Ruinas enfrente. Tendré que dar un rodeo. Parecen extensas.
—¿Ruinas?
—Nueva York, probablemente. Lo comprobaré en el plano.
—¿Todavía nada?
—Nada. Hasta ahora, al menos. Daré un rodeo e informaré dentro de una hora. —Trent consultó su reloj—. Son las tres y media. Volveré a llamar antes de que anochezca.
La voz vaciló.
—Buena suerte. Espero que encuentre algo. ¿Cómo va su oxígeno?
—Bien.
—¿Y la comida?
—Queda mucha. Tal vez encuentre plantas comestibles.
—¡No corra ningún riesgo!
—No lo haré. —Trent desconectó el transmisor y lo sujetó al cinturón—. No lo haré —repitió.
Tomó el fusil desintegrador, se acomodó la mochila y emprendió nuevamente la marcha. Sus pesadas botas forradas de plomo se hundían en el exuberante follaje.
Pasaban unos minutos de las cuatro cuando los vio. Salieron de la jungla y le rodearon. Dos machos jóvenes, altos, delgados y de un color gris azulado, como la ceniza. Uno levantó la mano a modo de saludo. Seis o siete dedos: articulaciones suplementarias.
—Buenas tardes —dijo con voz aflautada.
Trent se detuvo al instante. Su corazón se aceleró.
—Buenas tardes.
Los dos jóvenes caminaron sin prisa a su alrededor. Uno llevaba una hacha para cortar el follaje. El otro portaba tan solo los pantalones y los restos de una camisa de lona. Medirían unos dos metros y medio de altura. Carecían de piel: huesos, ángulos pronunciados, grandes y curiosos ojos, de espesas pestañas. Había alteraciones internas notables, tales como un metabolismo y una estructura celular muy diferentes, la capacidad de aprovechar las sales fuertes y un sistema digestivo modificado. Ambos miraban a Trent con interés creciente.
—Vaya —dijo uno—. Es usted un ser humano.
—Exacto —contestó Trent.
—Me llamo Jackson. —El joven extendió su delgada y callosa mano azul, y Trent la estrechó con cierto desagrado—. Mi amigo es Earl Potter.
Trent estrechó también la mano de Potter.
—Encantado —dijo Potter, que frunció sus gruesos labios—. ¿Podemos echar un vistazo a su parafernalia?
—¿Parafernalia?
—El fusil y el equipo. ¿Qué lleva en el cinturón? ¿Y en ese tanque?
—Un transmisor. El tanque está lleno de oxígeno. —Trent les enseñó el transmisor—. Funciona con pilas. Tiene un alcance de ciento cincuenta kilómetros.
—¿Viene de algún campamento? —preguntó enseguida Jackson.
—Sí, de Pensilvania.
—¿Cuánta gente?
Trent se encogió de hombros.
—Un par de docenas.
Los gigantes de piel azul estaban fascinados.
—¿Cómo han sobrevivido? Pensilvania fue duramente bombardeada, ¿no? Las bolsas radiactivas serán muy profundas.
—Minas —explicó Trent—. Nuestros antepasados se refugiaron en las minas de carbón cuando estalló la guerra. Así consta en los archivos. Nos hemos instalado bastante bien. Cultivamos nuestros alimentos en depósitos. Tenemos algunas máquinas, bombas de agua, compresores y generadores eléctricos; algunos tornos manuales, telares.
Se calló que los generadores tenían que ser operados a mano y que solo la mitad de los depósitos seguían en funcionamiento. Al cabo de trescientos años, el metal y el plástico se estropeaban, pese a las incesantes reparaciones y remiendos. Todo se estaba viniendo abajo.
—¡Caramba! —dijo Potter—. Esto dejará en ridículo a Dave Hunter.
—¿Dave Hunter?
—Dave dice que no queda ningún humano auténtico —explicó Jackson, que dio un golpecito al casco de Trent, movido por la curiosidad—. ¿Por qué no viene con nosotros? Nuestro poblado está cerca, a una hora de tractor… Nuestro tractor de caza. Earl y yo hemos salido a cazar conejos batientes.
—¿Conejos batientes?
—Conejos voladores. Buena carne, pero difíciles de abatir… Pesan unos diez kilos.
—No los cazarán con hacha, ¿verdad?
Potter y Jackson rieron al unísono.
—Mire esto.
Potter sacó una larga barra metálica de los pantalones, que iba encajada en la pernera.
Trent examinó la barra. Estaba hecha a mano. El metal era liso, y había sido perforado y enderezado con sumo cuidado. Un extremo tenía forma de boquilla. Miró en el interior. En un cuerpo de material transparente estaba alojada una diminuta aguja metálica.
—¿Cómo funciona? —preguntó.
—Se maneja con la mano, como una cerbatana, pero en cuanto el dardo sale disparado sigue a su blanco sin descanso. Solo requiere el empuje inicial. —Potter lanzó una carcajada—. Yo me encargo de ello: una gran bocanada de aire.
—Interesante. —Trent le devolvió la barra. Examinó los dos rostros gris azulado y preguntó, como sin darle importancia—: ¿Soy el primer humano que ven?
—Exacto —contestó Jackson—. El Viejo estará encantado de darle la bienvenida. —Su voz chillona vibraba de ansia—. ¿Qué contesta? Le cuidaremos y alimentaremos con plantas y animales fríos. ¿Qué le parece durante una semana?
—Lo siento, pero tengo un trabajo que hacer. Si vuelvo por el mismo camino…
Los rostros correosos expresaron decepción.
—¿Ni siquiera un momento? ¿No quiere pasar la noche con nosotros? Le atiborraremos de comida fría. El Viejo fabricó un estupendo frigorífico.
Trent palmeó su tanque.
—Me queda poco oxígeno. ¿Tienen algún compresor?
—No, no funciona ninguno, pero tal vez el Viejo podría…
—Lo siento. —Trent se apartó—. Debo continuar mi camino. ¿Están seguros de que no hay humanos en esta región?
—Pensábamos que ya no quedaba ninguno. A veces circulaban rumores, pero usted es el primero que vemos. —Potter señaló hacia el oeste—. Hay una tribu de rodadores por ahí. —Después, señaló vagamente hacia el sur—. Un par de tribus de chinches.
—Y algunos corredores.
—¿Los ha visto?
—He venido por ahí.
—Y al norte hay algunos de esos que viven bajo tierra, de esos ciegos que excavan. —Potter hizo una mueca—. No los puedo soportar, ni a ellos ni a sus taladros y cangilones. En fin —sonrió—, cada uno hace lo que puede.
—Y hacia el este —añadió Jackson—, donde empieza el océano, hay un montón del tipo marsopa… Los que viven bajo el mar. Nadan. Utilizan aquellas grandes cúpulas de aire y depósitos submarinos. En ocasiones, salen a la superficie por la noche. Muchas variedades salen de noche. Nosotros todavía nos guiamos por la luz del día. —Se frotó su correosa piel gris azulada—. Así eliminamos la radiación.
—Lo sé —dijo Trent—. Hasta la vista.
—Buena suerte.
Le vieron marchar, con sus ojos de espesas pestañas todavía agrandados de estupor. El humano se abrió paso lentamente entre la frondosa jungla verde; su traje de metal y plástico centelleaba bajo la luz de la tarde.
La Tierra bullía de vida y actividad. Plantas, animales e insectos, en abigarrada confusión. Variedades nocturnas, variedades diurnas, especies marinas y terrestres, formas increíbles que jamás habían sido catalogadas, y probablemente nunca lo serían.
Al terminar la guerra, cada centímetro de superficie era radiactivo. Todo un planeta rociado y bombardeado por fuertes radiaciones. Todos los seres vivientes sometidos a los rayos beta y gamma. La mayor parte de la vida murió…, pero no toda. La mutación normal y el proceso de selección se aceleró millones de años en pocos segundos.
Esa progenie alterada se esparció por la Tierra. Una horda reptante, prolífica y resplandeciente de seres saturados de radiación. En ese mundo solo sobrevivieron las formas que pudieron adaptarse al suelo caliente y a respirar aire cargado de partículas: insectos, animales y hombres capaces de vivir en la superficie de un mundo que era tan viva que brillaba de noche.
Trent reflexionaba sobre ello con tristeza mientras avanzaba por la húmeda jungla quemando con pericia plantas trepadoras. La mayor parte de los océanos se había evaporado. El agua anegaba la tierra con torrentes de vapor caliente. Esa selva era húmeda; húmeda, cálida y llena de vida. A su alrededor, toda clase de animales se escabullían entre la vegetación. Sujetó con fuerza el desintegrador y prosiguió su camino.
El sol se estaba poniendo. Pronto sería de noche. Una cadena de colinas escabrosas se recortó a la luz violeta. Sería un hermoso ocaso…, mezclado con partículas en suspensión, partículas que seguían derivando de la explosión inicial, siglos atrás.
Se detuvo un momento para admirar el paisaje. Había recorrido un largo camino. Estaba cansado… y descorazonado.
Los gigantes de piel azulada eran una típica tribu mutante. Les llamaban sapos a causa de su piel, como los lagartos cornudos del desierto. Gracias a sus órganos internos alterados, adaptados a las plantas y al aire caliente, vivían sin problemas en un mundo en el que él solo podía sobrevivir con un traje forrado de plomo, un visor polarizado, un tanque de oxígeno y unas píldoras especiales de la comida que cultivaban bajo tierra, en la mina.
La mina… Tenía que llamar de nuevo. Trent alzó el transmisor.
—Trent llamando de nuevo —murmuró.
Se humedeció los secos labios. Estaba hambriento y sediento. Quizá pudiera encontrar un lugar relativamente frío, libre de radiaciones, quitarse el traje durante un cuarto de hora y lavarse, eliminar el sudor y la suciedad.
Llevaba caminando dos semanas, encerrado en un caluroso y pegajoso traje forrado de plomo, como el de un buceador. A su alrededor pululaban incontables formas de vida, sin que las bolsas de radiación letales las afectaran.
—Mina —respondió la tenue voz.
—Estoy agotado. Voy a parar para comer y descansar. Continuaré mañana.
—¿No ha habido suerte?
Enorme decepción.
—No.
Silencio.
—Bien, tal vez mañana.
—Tal vez. Me topé con una tribu de sapos. Unos ejemplares estupendos, de unos dos metros y medio de altura. —Trent hablaba en tono amargo—. Vagan por ahí en camisa y pantalones, descalzos.
El monitor de la mina no mostró excesivo interés.
—Lo sé. Esos fortachones. Bien, duerma un poco y llámeme mañana por la mañana. Hemos recibido un informe de Lawrence.
—¿Dónde está?
—En el oeste, cerca de Ohio. Ha hecho buenos progresos.
—¿Algún resultado?
—Tribus de rodadores, chinches y esa variedad excavadora que sale por las noches… Esas cosas ciegas.
—Gusanos.
—Sí, gusanos. Nada más. ¿Cuándo nos informará de nuevo?
—Mañana —dijo Trent.
Cortó la comunicación y acopló el transmisor al cinturón.
Mañana. Escudriñó las tinieblas que empezaban a ocultar la lejana cadena montañosa. Cinco años. Y siempre, mañana. Era el último de una larga procesión de hombres que habían sido enviados, cargados con preciosos tanques de oxígeno, píldoras alimenticias y una pistola desintegradora. Agotaban las últimas existencias en inútiles incursiones a las selvas.
¿Mañana? Algún mañana, no demasiado lejano, se acabarían los tanques de oxígeno y las píldoras alimenticias. Los compresores y bombas de agua se detendrían por completo, estropeados sin remedio. La mina quedaría muerta y silenciosa, a menos que establecieran contacto muy pronto.
Se acuclilló y pasó el contador sobre la superficie, en busca de un lugar frío para desvestirse. Se estaba durmiendo.
—Fíjense en él —dijo una voz tenue y remota.
Recobró la conciencia de golpe. Trent hizo un enorme esfuerzo para despejarse y tanteó en busca de su pistola. Había amanecido. Los rayos grises del sol se filtraban entre los árboles. Algunas formas se movían a su alrededor.
El desintegrador… ¡había desaparecido!
Trent se incorporó, despierto por completo. Las formas eran vagamente humanas, aunque no mucho. Chinches.
—¿Dónde está mi pistola? —preguntó Trent.
—Tranquilo.
Un chinche avanzó, seguido de los demás. Hacía frío. Trent se estremeció. Se levantó con torpeza, y los chinches formaron un círculo para rodearlo.
—Te la devolveremos.
—La quiero ahora.
Estaba helado y rígido. Se colocó el casco y se ajustó el cinturón. Temblaba de pies a cabeza. Las hojas y las enredaderas dejaban caer gotas viscosas. La tierra era blanda.
Los chinches deliberaron. Había diez o doce. Seres extraños, más parecidos a insectos que a hombres. Una gruesa capa quitinosa brillante los protegía. Ojos con facetas. Antenas nerviosas y vibrátiles, por medio de las cuales detectaban las radiaciones.
Su protección no era perfecta. Una dosis fuerte, y estaban acabados. Sobrevivían gracias a la detección, la evitación y una inmunidad parcial. Comían de manera indirecta; primero digerían pequeños animales de sangre caliente, y después formaban una materia fecal, con menos partículas radiactivas, que ingerían.
—Eres un humano —dijo un chinche.
Su voz era chillona y metálica. Los chinches eran asexuales… Al menos, esos. Existían otros dos tipos, zánganos machos y una madre. Los que tenía ante él eran guerreros neutros, armados con pistolas y hachas para cortar follaje.
—Exacto —replicó Trent.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Vienen más contigo?
—Algunos.
Los chinches volvieron a deliberar. Sus antenas se agitaron. Trent aguardó. La selva cobraba vida. Vio una masa de algo parecido a gelatina que fluía hacia la copa de un árbol y se perdía entre las ramas. En su interior distinguió un mamífero a medio digerir. Algunas mariposas de colores apagados pasaron volando. Las hojas se movían cuando los animales subterráneos huían a toda prisa de la luz.
—Ven con nosotros —dijo un chinche. Indicó a Trent que avanzara—. En marcha.
Trent obedeció a regañadientes. Recorrieron un estrecho sendero; había sido abierto a golpes de hacha no hacía mucho. Los gruesos sensores y sondas de la selva estaban regresando.
—¿Adónde vamos? —quiso saber Trent.
—A la colina.
—¿Por qué?
—No te preocupes.
Al ver deambular a los brillantes chinches, Trent casi no pudo creer que en otros tiempos hubieran sido seres humanos. Al menos, sus antepasados. A pesar de su increíble fisiología alterada, los chinches eran, mentalmente, muy parecidos a él. Su organización tribal se asemejaba a ciertos sistemas políticos humanos, como el comunismo y el fascismo.
—¿Puedo preguntaros algo? —dijo Trent.
—¿Qué?
—¿Soy el primer humano que veis? ¿Ya no vive ninguno por aquí?
—Ya no.
—¿Habéis oído hablar de algún núcleo de humanos?
—¿Por qué?
—Simple curiosidad.
—Tú eres el único. —El chinche parecía complacido—. Recibiremos un premio por esto… Por capturarte. Se ofrece una importante recompensa, que nadie había solicitado todavía.
Los humanos también estaban solicitados allí. Un humano era portador de una gnosis valiosa, cabos sueltos de una tradición que los mutantes necesitaban incorporar a sus precarias estructuras sociales. Las civilizaciones mutantes todavía eran poco firmes. Necesitaban el contacto con el pasado. Un ser humano era un chamán, un hombre sabio que enseñaba e instruía. Enseñaba a los mutantes cómo había sido la vida, cómo vivían y actuaban sus antepasados, y qué aspecto tenían. Una posesión valiosa para cualquier tribu, sobre todo si no existían otros humanos en la región.
Trent maldijo, furioso. ¿Ninguno? ¿No había más? Tenía que haber otros humanos…, en alguna parte. Si en el norte no, en el este. Europa, Asia, Australia. En alguna parte del globo. Humanos provistos de herramientas, máquinas y pertrechos de todo tipo. La mina no podía ser el único núcleo, el último fragmento del hombre verdadero. Curiosidades valiosas, condenadas cuando los compresores se quemaran y los depósitos de comida se agotaran.
Si la suerte no le sonreía pronto…
Los chinches se detuvieron y escucharon. Sus antenas se retorcieron con suspicacia.
—¿Qué pasa? —preguntó Trent.
—Nada. —Se pusieron a andar de nuevo—. Por un momento…
Un destello. Los chinches que marchaban en cabeza se esfumaron. Un apagado resplandor rodó sobre ellos.
Trent se arrojó al suelo. Se debatió, atrapado entre las enredaderas y los arbustos cubiertos de savia. Los chinches luchaban con fiereza a su alrededor, enzarzados en feroz combate con unos pequeños seres peludos que disparaban rápida y eficazmente con sus armas, y que utilizaban sus macizas patas traseras para patearlos y sacarles los ojos.
Corredores.
Los chinches estaban perdiendo. Retrocedieron por el sendero y se dispersaron en la selva. Los corredores los persiguieron saltando sobre sus poderosas patas traseras como canguros. El último chinche se perdió de vista. El ruido desapareció.
—Ya está bien —ordenó un corredor. Jadeó, falto de aliento, y se incorporó—. ¿Dónde está el humano?
Trent se puso en pie poco a poco.
—Aquí.
Los corredores le ayudaron a levantarse. Eran pequeños; no sobrepasaban el metro veinte de estatura. Gordos y redondos, cubiertos de grueso pelaje. Rostros bondadosos y pequeños le observaron con preocupación. Ojos brillantes, narices temblorosas y grandes patas de canguro.
—¿Se encuentra bien? —preguntó uno.
Ofreció a Trent su cantimplora de agua.
—Sí, me encuentro bien. —Trent apartó la cantimplora—. Cogieron mi desintegrador.
Los corredores registraron las inmediaciones, pero no lo encontraron.
—Dejadlo. —Trent sacudió la cabeza, haciendo un esfuerzo por serenarse—. ¿Qué ocurrió? Esa luz…
—Una granada. —Los corredores hincharon el pecho, orgullosos—. Tendimos un alambre en el sendero, sujeto al detonador.
—Los chinches controlan casi toda esta zona —explicó otro—. Tenemos que abrirnos paso por la fuerza.
Alrededor de su cuello colgaban unos prismáticos. Los corredores iban armados con escopetas de postas y cuchillos.
—¿De veras es usted un ser humano? —preguntó un corredor—. ¿De la raza original?
—Exacto —murmuró Trent, vacilante.
Los corredores estaban asombrados. Sus ojos brillantes se agrandaron. Tocaron el traje de metal y el visor, el tanque de oxígeno y la mochila. Uno se agachó y recorrió hábilmente con los dedos el circuito del transmisor.
—¿De dónde viene? —preguntó el líder con voz profunda y ronroneante—. Es el primer humano que vemos desde hace meses.
Trent se dio la vuelta, casi sin respiración.
—¿Meses? Entonces…
—No hay ninguno por aquí. Nosotros somos de Canadá, de la zona de Montreal. Allí hay un poblado humano.
La respiración de Trent se aceleró.
—¿Cuánto se tarda a pie?
—Bueno, nosotros lo hicimos en un par de días, pero caminamos muy de prisa. —El corredor examinó las piernas de Trent, revestidas de metal, con aire de duda—. No lo sé. Usted tardaría bastante más.
Humanos. Un poblado humano.
—¿Cuántos habitantes tiene? ¿Es un poblado muy grande? ¿Tiene muchos adelantos?
—No me acuerdo bien. Solo lo vi una vez. Es subterráneo… Niveles, células. Cambiamos algunas plantas frías por sal. Fue hace mucho tiempo.
—¿Les va bien? ¿Tienen herramientas, máquinas, compresores, depósitos de alimentos para ir tirando?
El corredor hizo una mueca, indeciso.
—A decir verdad, es posible que ya no sigan allí.
Trent se quedó petrificado. El miedo le atravesó como un cuchillo.
—¿Qué quiere decir?
—Es posible que se hayan ido.
—¿Adónde? —preguntó Trent, desolado—. ¿Qué es lo que les ha ocurrido?
—No lo sé —respondió el corredor—. No sé qué les ocurrió. Nadie lo sabe.
Trent se dirigió a toda prisa hacia el norte. La selva dio paso a un bosque de grandes árboles, parecidos a helechos. Hacía mucho frío; el aire era tenue y quebradizo.
Estaba agotado. Solo quedaba un tubo de oxígeno en el tanque. Después, se vería obligado a abrir el casco. ¿Cuánto tiempo sobreviviría? La primera nube de lluvia derramaría partículas letales que se introducirían en sus pulmones. Y si no, el primer viento fuerte que soplara desde el océano.
Trent se detuvo, falto de aliento. Había llegado a la cumbre de una larga pendiente. La llanura, de un verde oscuro casi pardo, cubierta de árboles, se extendía al pie. Distinguió un resplandor blanquecino en algunos puntos. Ruinas. Una ciudad humana que había existido trescientos años antes.
Nada se movía. Ni la menor señal de vida.
Trent descendió por la pendiente. El bosque que le rodeaba estaba absolutamente silencioso. Una lúgubre opresión flotaba en el ambiente. Ni siquiera percibió el roce de los pequeños animales que habitaban los bosques. Animales, insectos, hombres… Todos habían desaparecido. La mayor parte de los corredores se habían trasladado al sur. Habrían muerto, probablemente. ¿Y los hombres?
Desembocó en las ruinas. En otros tiempos había sido una gran ciudad. Los hombres se habrían puesto a cubierto en los refugios antiaéreos, las minas y el metro. Más tarde, habrían ampliado sus dependencias subterráneas. Durante tres siglos, los hombres —los verdaderos hombres— habrían sobrevivido bajo la superficie vistiendo trajes forrados de plomo cuando salían al exterior, cultivando alimentos en tanques, filtrando el agua, liberando de partículas el aire, protegiendo sus ojos contra el brillo del ardiente sol. Y entonces, nada en absoluto.
Levantó el transmisor.
—Mina. Aquí Trent.
El transmisor crepitó. Pasó un largo rato antes de que respondiera. La voz era tenue, lejana, casi inaudible por culpa de la estática.
—¿Y bien? ¿Les ha encontrado?
—Se han marchado.
—Pero…
—Nada ni nadie. Completamente abandonada. —Trent se sentó sobre un fragmento de hormigón. Se sentía acabado—. Estuvieron aquí hace poco. Las ruinas todavía no están cubiertas. Debieron marcharse en el curso de las últimas semanas.
—No tiene sentido. Mason y Douglas van en camino. Douglas viaja en el tractor. Tardará un par de días en llegar. ¿Cuánto oxígeno le queda?
—Para veinticuatro horas.
—Le diremos que se dé prisa.
—Lamento no poder transmitirles mejores noticias. —La amargura se reflejaba en la voz de Trent—. Después de tantos años… Estuvieron aquí todo ese tiempo, y ahora que por fin los hemos localizado…
—¿Alguna pista? ¿Tiene idea de qué les ocurrió?
—Echaré un vistazo. —Trent se puso en pie con determinación—. Si descubro algo, les informaré.
—Buena suerte. —La tenue voz se confundió con la estática—. Esperaremos.
Trent sujetó el transmisor a su cinturón. Escudriñó el cielo gris. Casi era de noche. El bosque tenía un aspecto sombrío y amenazador. Una fina capa de nieve se estaba formando sobre la vegetación pardusca y la ocultaba. Nieve mezclada con partículas. Polvo letal, que seguía cayendo después de trescientos años.
Conectó el foco del casco. La luz iluminó las hileras de árboles, las columnas de hormigón derruidas, los montones dispersos de escoria oxidada. Trent penetró en las ruinas.
Descubrió las torres e instalaciones en el centro. Grandes pilares mezclados con andamios derrumbados, todavía brillantes. Túneles excavados desde el subsuelo, como charcos negros. Túneles silenciosos y desérticos. Examinó uno con el foco. El túnel se hundía en las entrañas de la Tierra, pero estaba vacío.
¿Adónde se habían ido? ¿Qué les había pasado? Trent vagó entre las ruinas, desconcertado. Los seres humanos habían vivido, habían trabajado y habían sobrevivido allí. Habían subido a la superficie. Vio los vehículos provistos de taladros, estacionados entre las torres, teñidos de gris por la nieve nocturna. Habían subido, y después, se habían marchado.
¿Adónde?
Se sentó al abrigo de una columna derruida y conectó el calentador. La temperatura del traje aumentó y desprendió un tenue resplandor rojizo. Se sintió mejor. Examinó el contador. La zona estaba caliente. Si quería comer y beber, tendría que seguir adelante.
Trent estaba cansado, demasiado cansado para dar un paso. Continuó sentado, acurrucado en su rincón. La luz del casco dibujó un círculo de nieve gris a su alrededor. Nevaba en silencio. No tardó en quedar cubierto por la nieve, transformado en un bulto grisáceo inmóvil entre las ruinas de hormigón, tan inmóvil y silencioso como las torres y andamios que le rodeaban.
Se adormeció, acunado por el zumbido del calentador. Repentinamente, se levantó viento y agitó la nieve, que le azotó. Trent se inclinó un poco más hacia adelante, hasta que su casco de plástico y metal descansó contra el hormigón.
Se despertó hacia medianoche. Se incorporó, sobresaltado. Algo… Un ruido. Escuchó.
Un rugido apagado, a lo lejos.
¿El vehículo de Douglas? No, todavía no… Faltaban un par de días. Se irguió, y el movimiento desprendió la nieve que le cubría. El rugido aumentaba en intensidad. Su corazón se aceleró. Miró a su alrededor, iluminado por el foco del casco.
La tierra tembló y vibró; su tanque de oxígeno casi vacío resonó. Miró al cielo…, y tragó saliva.
Una estela brillante, de un rojo profundo que se intensificaba a cada momento, desgarraba el cielo e inflamaba la oscuridad de la madrugada. La siguió con la mirada, boquiabierto.
Algo descendía, dispuesto a aterrizar.
Un cohete.
El largo casco de metal centelleaba a la luz del sol. Numerosos hombres se afanaban en cargar suministros y pertrechos. Coches subterráneos subían y bajaban, transportando material desde los niveles subterráneos hasta la nave. Los hombres trabajaban con cuidado y eficacia, protegidos con trajes de plástico y metal, forrados de plomo.
—¿Cuánta gente vive en su mina? —preguntó Norris en voz baja.
—Unas treinta personas. —Los ojos de Trent estaban clavados en la nave—. Treinta y tres, incluyendo las que están fuera.
—¿Fuera?
—Investigando, como yo. Un par vienen en camino. No tardarán en llegar. A última hora de hoy o mañana.
Norris tomó algunas notas en su cuaderno.
—Podemos transportar a quince en este cargamento. Nos llevaremos al resto la próxima vez. ¿Podrán esperar una semana más?
—Sí.
—¿Cómo nos encontró? —Norris le contempló con curiosidad—. Estamos muy lejos de Pensilvania. Esta es la última parada. Si hubiera llegado dentro de dos días…
—Unos corredores me enviaron hacia aquí. Dijeron que ustedes se habían ido, pero no sabían adónde.
—Ni nosotros —rio Norris.
—Se llevarán todo este material a alguna parte. La nave es muy vieja, ¿verdad? La han reparado.
—En realidad, era una especie de bomba. La descubrimos y la reparamos en los ratos libres. No estábamos seguros de lo que queríamos hacer. Todavía no estamos seguros, pero sabemos que queremos irnos.
—¿Quieren irse de la Tierra?
—Por supuesto. —Norris le indicó que avanzara hacia la nave. Subieron por la rampa hasta una escotilla—. Fíjese en lo que están cargando los hombres.
El trabajo casi había terminado. Los últimos vehículos habían empezado a descargar. Libros, discos, cuadros, artefactos… Los restos de una civilización. Una multitud de objetos representativos, alojados en la bodega de la nave para ser transportados lejos de la Tierra.
—¿Adónde? —preguntó Trent.
—De momento, a Marte, pero no pensamos quedarnos allí. Es probable que continuemos hacia las lunas de Júpiter y Saturno. Puede que Ganímedes nos depare alguna sorpresa. Si Ganímedes no, alguna de las otras. Si las cosas empeoran, nos quedaremos en Marte. Es muy seco y yermo, pero no radiactivo.
—¿No hay ninguna posibilidad de recuperar las zonas radiactivas de la Tierra? Si la enfriáramos y neutralizáramos las nubes radiactivas…
—Si lo hiciéramos, ellos morirían —replicó Norris.
—¿Quienes?
—Los rodadores, corredores, gusanos, sapos, chinches y todos los demás. Incontables formas que se han adaptado a esta Tierra…, a esta Tierra radiactiva. Estas plantas y animales utilizan los metales radiactivos. En esencia, la nueva base de la vida consiste en asimilar las sales metálicas radiactivas, sales completamente mortales para nosotros.
—Pero aun así…
—Aun así, ya no es nuestro mundo.
—Nosotros somos los verdaderos humanos.
—Ya no. La Tierra está viva, bulle de vida, crece sin control en todas direcciones. Nosotros somos una forma, una forma vieja. Para vivir aquí, tendríamos que restaurar las antiguas condiciones, los antiguos factores, el equilibrio de hace trescientos cincuenta años. Una tarea colosal. Si triunfáramos, si purificáramos la Tierra, nada de esto quedaría.
Norris señaló los grandes bosques parduscos y, hacia el sur, el inicio de la frondosa selva que se extendía hasta el estrecho de Magallanes.
—En cierta forma, es lo que nos merecemos. Nosotros provocamos la guerra. Nosotros cambiamos la Tierra. No la destruimos; la cambiamos. La hicimos tan diferente que ya no podemos vivir en ella.
Norris indicó las filas de hombres cubiertos con cascos. Hombres forrados de plomo, embutidos en pesados trajes protectores, cubiertos con capas de metal y cables, contadores, tanques de oxígeno, escudos, píldoras alimenticias, agua filtrada. Los hombres trabajaban, sudando en el interior de sus gruesos trajes.
—¿Los ve? ¿Qué le recuerda su aspecto?
Un trabajador se acercó, sin aliento. Levantó la visera durante un breve segundo y aspiró rápidamente una bocanada de aire. Volvió a ajustarse el visor con un movimiento nervioso.
—Preparados para partir, señor. Todo está cargado.
—Hemos cambiado de plan —respondió Norris—. Vamos a esperar hasta que lleguen los compañeros de este hombre. Su campamento se está quedando sin recursos. Da lo mismo esperar otro día.
—Muy bien, señor.
El trabajador descendió de nuevo a la superficie. Su pesado traje forrado de plomo, el casco protuberante y los complicados utensilios le dotaban de un aspecto extraño.
—Somos visitantes —dijo Norris.
—¿Cómo? —exclamó Trent, sobresaltado.
—Visitantes de un planeta desconocido. Fíjese bien. Trajes y cascos blindados, trajes espaciales, para explorar. Viajamos en un cohete espacial que ha hecho escala en un mundo alienígena, en el que no podemos sobrevivir. Hemos hecho escala durante un breve período para cargar y partir de nuevo.
—Cascos herméticos —dijo Trent, en un tono peculiar.
—Cascos herméticos. Blindaje de plomo. Contadores, agua y comida especiales. Observe.
Un pequeño grupo de corredores se había detenido a escasa distancia y contemplaba con asombro la gran nave reluciente. A la derecha, se veía entre los árboles un poblado de corredores. Cuadrados de cultivos, corrales y cabañas de madera.
—Los nativos —dijo Norris—. Los habitantes del planeta. No les causa ningún problema respirar el aire, beber el agua y comer las verduras. Nosotros no podemos. Este es su planeta, no el nuestro. Vivirán aquí y fundarán una sociedad.
—¡Ojalá podamos regresar!
—¿Regresar?
—Para visitarlos algún día.
Norris sonrió con pesar.
—Yo también lo espero, pero tendremos que pedir permiso a los habitantes; permiso para aterrizar. —Un brillo de diversión alumbró en sus ojos, pero luego se transformó en dolor, una súbita agonía que borraba todo lo demás—. Tendremos que preguntarles si están de acuerdo. Y tal vez digan no. Tal vez no nos quieran.
NOTA:
PLANETA DE PASO «Planet for Transients» («The Itinerants») [23 de marzo de 1953], en Fantastic Universe (octubre-noviembre de 1953). Partes de este relato fueron adaptadas para la novela Deus Irae.

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