Texto aleatorio

El soldado ruso trepó nerviosamente por la escarpada ladera de la colina, con el fusil preparado. Miró a su alrededor y se humedeció los labios secos. Su rostro no reflejaba el menor sentimiento. De vez en cuando, se bajaba el cuello de la chaqueta y se secaba el sudor con la mano enguantada.

Eric se volvió hacia el cabo Leone.

—¿Lo quieres tú o me lo dejas a mí?

Ajustó el teleobjetivo hasta que las facciones del ruso llenaron el cristal, que reveló las arrugas que surcaban sus duros y sombríos rasgos.

Leone reflexionó. El ruso estaba cerca y se movía con rapidez, casi corriendo.

—No dispares. Espera. —Leone se puso tenso—. Creo que no hará falta.

El ruso aceleró el paso, apartando a patadas cenizas y escombros. Llegó a la cumbre de la colina y se detuvo, jadeante; luego, paseó la vista a su alrededor. El cielo estaba cubierto por nubes de partículas grises. Algunos troncos desnudos de árboles surgían aquí y allá. El terreno era llano, pelado y estaba sembrado de cascotes; las ruinas de los edificios se alzaban como calaveras amarillentas.

El ruso estaba inquieto. Sabía que algo iba mal. Empezó a bajar la colina. Se hallaba a pocos pasos del búnker. Eric se estaba impacientando. Jugaba con la pistola, mirando a Leone.

—No te preocupes —dijo Leone—. No llegará aquí. Ya se encargarán de él.

—¿Estás seguro? Ha llegado muy lejos.

—Merodean en las cercanías del búnker. Se está metiendo en la parte peligrosa. ¡Estáte quieto!

El ruso se puso a correr, resbalando colina abajo. Sus botas se hundían en los montones de ceniza gris y trataba de mantener el fusil levantado. Se detuvo un momento para mirar con los prismáticos.

—Nos está mirando —dijo Eric.

El ruso avanzó. Vieron sus ojos, como dos piedras azules. Tenía la boca un poco abierta. Necesitaba un afeitado; sobre todo en la barbilla. Sobre una de sus esqueléticas mejillas llevaba un trozo cuadrado de esparadrapo, azulado en el borde: la mancha de un hongo. La guerrera estaba manchada de barro y rota. Le faltaba un guante. Mientras corría, el contador que colgaba de su cinturón le golpeaba el cuerpo.

Leone tocó el brazo de Eric:

—Ahí va una.

Algo pequeño y metálico, que centelleaba a la luz polvorienta de mediodía, se dirigía hacia el ruso. Una esfera metálica. Ascendió la colina en su persecución. Era una de las más pequeñas. Había sacado las garras, dos proyectiles en forma de cuchillas que giraban en un remolino de metal blanco. El ruso la oyó. Se volvió al instante y disparó. La esfera se disolvió en partículas, pero ya había surgido una segunda que seguía a la primera. El ruso abrió fuego de nuevo.

Una tercera esfera saltó a la pierna del ruso, zumbando y chasqueando. De otro salto se plantó en su hombro. Las cuchillas giratorias desaparecieron en la garganta del ruso.

Eric se relajó.

—Bien, ya está. Dios, esas malditas me producen escalofríos. A veces pienso que estábamos mejor sin ellas.

—Si nosotros no las hubiéramos inventado, lo habrían hecho ellos. —Leone encendió un cigarrillo con manos temblorosas—. Me pregunto por qué el ruso vino solo. No vi a nadie que le cubriera.

El teniente Scott entró en el búnker desde el túnel.

—¿Qué ha ocurrido? Captamos algo en la pantalla.

—Un iván.

—¿Solo uno?

Eric acercó el periscopio para que Scott mirara. Numerosas esferas de metal, globos deslustrados que zumbaban y chasqueaban, reptaban sobre el cuerpo caído, desmenuzando al ruso en pequeños fragmentos para llevárselos.

—Menudo juego de cuchillas —murmuró Scott.

—Acudieron como moscas. No pudieron jugar mucho.

Scott apartó el periscopio, asqueado.

—Como moscas. Me pregunto qué hacía ahí. Saben que tenemos garfios por todas partes.

Un robot de mayor envergadura, un tubo largo y romo provisto de dispositivos ópticos salientes, se había añadido a las esferas y dirigía las operaciones. No quedaba gran cosa del soldado. El grupo de garfios transportaba los restos colina abajo.

—Señor —dijo Leone—, si le parece bien, me gustaría salir y echarle un vistazo al cadáver.

—¿Por qué?

—Tal vez trajo algo.

Scott reflexionó y se encogió de hombros.

—Muy bien, pero proceda con cautela.

—Llevo mi indicador. —Leone palmeó la banda metálica que ceñía su muñeca—. Me mantendré fuera de su alcance.

Cogió su fusil y subió con cautela a la boca del búnker, abriéndose paso entre bloques de hormigón y púas de acero retorcidas y dobladas. Hacía frío arriba. Atravesó el terreno en dirección a los restos del soldado, pisando las blandas cenizas. Entrecerró los ojos y siguió adelante.

Los garfios retrocedieron cuando se acercó; algunos se quedaron inmóviles. Tocó el indicador. ¡Lo que hubiera dado el iván por uno igual! El aparato emitía una radiación breve pero fuerte que neutralizaba los garfios y los dejaba fuera de servicio. Hasta el gran robot de ojos pedunculados retrocedió respetuosamente cuando se aproximó.

Se inclinó sobre los restos del soldado. Tenía la mano enguantada apretada con fuerza. Había algo dentro. Leone le abrió los dedos, no sin esfuerzo. Un contenedor de aluminio sellado. Todavía brillaba.

Lo guardó en el bolsillo y regresó al búnker. Los garfios volvieron a la vida y reanudaron su tarea. La procesión, formada por las esferas metálicas y su carga, reemprendió la marcha. Leone oyó sus estrías arañar el suelo y se estremeció.

Scott le miró con atención cuando sacó el tubo brillante del bolsillo.

—¿Llevaba esto?

—En la mano. —Leone desenroscó la tapa—. Tal vez debiera echarle un vistazo, señor.

Scott lo tomó. Vació el contenido en la palma de la mano. Un pedacito de papel de seda, cuidadosamente doblado. Se sentó cerca de la luz y lo desdobló.

—¿Qué pone? —preguntó Eric.

Varios oficiales, entre ellos el mayor Hendricks, surgieron del túnel.

—Mayor, mire esto —dijo Scott.

Hendricks leyó la hoja.

—¿Acaba de llegar?

—Un mensajero. Hace un momento.

—¿Dónde está? —preguntó Hendricks con aspereza.

—Los garfios le cogieron.

El mayor Hendricks gruñó y pasó el papel a sus compañeros.

—Lean. Creo que es lo que estábamos esperando. Han tardado lo suyo.

—Así que quieren parlamentar. ¿Vamos a aceptar? —preguntó Scott.

—No somos nosotros quienes debemos decidir. —Hendricks se sentó—. ¿Dónde está el oficial de comunicaciones? Quiero hablar con la base lunar.

Leone meditó mientras el oficial de comunicaciones alzaba con cautela la antena exterior, buscando en el cielo alguna señal de naves espías rusas.

—Señor —dijo Scott a Hendricks—, es muy extraño que hayan venido tan de repente. Llevamos utilizando los garfios desde hace casi un año. Y ahora, de golpe, se vienen abajo.

—Puede que los garfios se hayan introducido en sus búnkers.

—Uno de los grandes, de los que tienen pedúnculos, se metió en un búnker de los ivanes la semana pasada —explicó Eric—. Acabó con todo un pelotón antes de que lograran cerrar el techo.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo un conocido. La máquina volvió con… con algunos restos.

—Base lunar, señor —dijo el oficial de comunicaciones.

En la pantalla apareció el rostro del monitor lunar. Su uniforme impecable contrastaba con los del búnker. Y estaba recién afeitado.

—Base lunar.

—Soy el comandante de primera línea L-Whistle. Llamo desde la Tierra. Quiero hablar con el general Thompson.

La imagen del monitor se desvaneció, y en su lugar aparecieron las facciones severas del general Thompson.

—¿Qué sucede, mayor?

—Nuestros garfios atraparon a un mensajero ruso que traía un mensaje. No sabemos qué hacer… Ya nos han hecho jugarretas por el estilo en el pasado.

—¿Qué dice el mensaje?

—Los rusos quieren que enviemos a sus líneas a un solo oficial con capacidad política para participar en una conferencia. No aclaran el motivo de la conferencia. Dicen que asuntos de… —consultó la hoja—, asuntos de la máxima urgencia aconsejan que se abra una discusión entre un representante de las fuerzas de las Naciones Unidas y ellos.

Sostuvo el mensaje en alto ante la pantalla para que el general lo viera. Los ojos de Thompson recorrieron la hoja.

—¿Qué debemos hacer? —preguntó Hendricks.

—Enviar a un hombre.

—¿Cree que es una trampa?

—Tal vez, pero el emplazamiento que dan de su comandancia en primera línea es correcto. En cualquier caso, vale la pena probar.

—Enviaré a un oficial, y le informaré de los resultados en cuanto vuelva.

—Muy bien, mayor. —Thompson cortó la comunicación.

La pantalla se apagó. La antena comenzó a descender.

Hendricks enrolló el papel, abismado en sus pensamientos.

—Yo iré —se ofreció Leone.

—Quieren a alguien con capacidad política. —Hendricks se frotó la mandíbula—. Capacidad política. Hace meses que no salgo a la superficie. Un poco de aire me vendrá bien.

—¿No cree que es arriesgado?

Hendricks subió el periscopio y miró. Los restos del ruso habían desaparecido. Solo se veía un garfio. Se estaba doblando, ocultándose en la ceniza, como un cangrejo. Como un espantoso cangrejo metálico…

—Eso es lo único que me preocupa. —Hendricks se frotó la muñeca—. Sé que estaré a salvo mientras lleve esto encima, pero tienen algo que no me gusta. Odio esas malditas cosas. Ojalá no las hubieran inventado. Me ponen nervioso. Son despiadadas…

—Si nosotros no las hubiéramos inventado, los ivanes lo habrían hecho…

Hendricks bajó el periscopio.

—De todos modos, parece que están ganando la guerra. Supongo que eso es bueno.

—Me da la impresión de que le producen tantos escalofríos como a los ivanes.

Hendricks consultó su reloj.

—Será mejor que me ponga en marcha, si quiero llegar antes de que oscurezca.

Respiró hondo y salió a la tierra grisácea sembrada de cascotes. Al cabo de un minuto encendió un cigarrillo, se detuvo y paseó la vista a su alrededor. El paisaje estaba muerto. Nada se movía. Las ruinas de los edificios, la ceniza y la escoria se extendían hasta perderse de vista. Había algunos árboles sin ramas ni hojas, solo quedaban los troncos desmochados. Sobre su cabeza, las eternas nubes grises flotaban entre la Tierra y el Sol.

El mayor Hendricks prosiguió su camino. Algo se escabulló a su derecha, algo redondo y metálico. Un garfio, que partía raudo en persecución de algo. Un animal pequeño, una rata, probablemente. También cazaban ratas. A modo de pluriempleo.

Llegó a la cumbre de la loma y miró con los prismáticos. Las líneas rusas se hallaban a unos cuantos kilómetros de distancia. Allí había un puesto de mando. El mensajero había venido de allí.

Un robot rechoncho de brazos ondulantes pasó junto a él, agitando los brazos de manera inquisitiva. Siguió su camino y desapareció bajo unos escombros. Hendricks observó sus movimientos. Nunca había visto uno parecido. Cada vez había más tipos desconocidos para él, nuevas variedades y tamaños que salían de las fábricas subterráneas.

Hendricks tiró el cigarrillo y apresuró el paso. Era interesante el empleo de seres artificiales para hacer la guerra. ¿Cómo había empezado? Por necesidad. La Unión Soviética había conseguido un gran éxito inicial, acorde con el cariz que había tomado la guerra. La mayor parte de Norteamérica había sido borrada del mapa. La venganza no tardó en producirse, por supuesto. El cielo estaba plagado de discobombarderos mucho antes de que la guerra empezara; llevaban años allí arriba. Los discos empezaron a sobrevolar toda Rusia a las pocas horas de que Washington los consiguiera.

Pero eso no había ayudado a Washington.

El bloque americano de gobiernos se trasladó a la base lunar el primer año. No se podía hacer otra cosa. Europa se había convertido en un montón de escoria; hierbas negruzcas crecían de las cenizas y los huesos. La mayor parte de Norteamérica era inhabitable; no se podía plantar nada, nadie podía vivir. Algunos millones de personas sobrevivían en Canadá y Sudamérica, pero los paracaidistas soviéticos empezaron a llegar durante el segundo año, al principio poco, para ir aumentando de número progresivamente. Utilizaban los primeros equipos antirradiación realmente efectivos. Lo que quedaba de la producción norteamericana se marchó a la Luna, junto con los gobiernos.

Todo, excepto las tropas. Las tropas resistieron como pudieron, dispersas en pelotones y grupos de algunos miles de soldados. Nadie sabía exactamente dónde estaban. Se quedaban donde podían, se desplazaban por la noche y se ocultaban en las ruinas, las cloacas, los sótanos, entre ratas y serpientes. Daba la impresión de que la Unión Soviética estaba a punto de ganar la guerra. A excepción de un puñado de proyectiles disparados desde la Luna cada día, casi no había armas que les opusieran resistencia. Iban y venían a su antojo. La guerra, a todos los efectos prácticos, había terminado. Ninguna fuerza efectiva les hacía frente.

Y entonces aparecieron los primeros garfios. El curso de la guerra cambió de la noche a la mañana.

Al principio, los garfios eran torpes, lentos. Los ivanes terminaban con ellos casi con la misma rapidez con que salían de los túneles subterráneos. Pero luego mejoraron, adquirieron mayor rapidez y astucia. Las fábricas, radicadas todas en la Tierra, los transformaron. Fábricas enterradas a muchos metros de profundidad, tras las líneas soviéticas, fábricas que, en otros tiempos, habían dado a luz proyectiles atómicos, ahora casi olvidados.

Los garfios adquirieron mayor rapidez, mayor envergadura. Aparecieron nuevos tipos; algunos iban provistos de sensores, otros volaban. Unos cuantos saltaban. Los mejores técnicos de la Luna trabajaban en los diseños para dotarlos de mayor complejidad y flexibilidad. Se convirtieron en algo misterioso. Los ivanes tenían muchos problemas por su culpa. Algunos garfios pequeños aprendieron a esconderse, a confundirse con la ceniza, a la espera de atacar.

Y empezaron a introducirse en los búnkers rusos; se deslizaban en su interior cuando levantaban el techo para airearlo o echar un vistazo a los alrededores. Un garfio dentro de un búnker, una movediza esfera de metal y cuchillas: eso bastaba. Y cuando uno entraba, los demás le seguían. Con una arma semejante, la guerra no podía durar.

Tal vez ya había terminado.

Quizá le iban a comunicar la noticia. Tal vez el Politburó había decidido tirar la toalla. Lástima que hubiera durado tanto. Seis años. Mucho tiempo para una guerra así, y de la forma en que la habían librado. Los discos de represalia automáticos, cientos de miles, sobrevolando toda Rusia. Bacterias cristalizadas. Los misiles guiados soviéticos, que silbaban al cruzar el aire. Las bombas en cadena. Y ahora esto, los robots, los garfios…

Los garfios no eran como las demás armas. Estaban vivos, desde cualquier punto de vista práctico, tanto si los gobiernos querían admitirlo como si no. No eran máquinas. Eran cosas vivas que giraban, reptaban, surgían repentinamente de las cenizas grises y se abalanzaban sobre un hombre saltándole al cuello. Para eso habían sido diseñados. Era su trabajo.

Trabajaban bien. Sobre todo en los últimos tiempos, cuando aparecieron nuevos diseños. Ahora, se autorreparaban. Eran autónomos. Los indicadores de radiación protegían a las tropas de las Naciones Unidas, pero si un hombre perdía el indicador era fácil presa de los garfios, independientemente del uniforme. Bajo la superficie, máquinas automáticas los descuartizaban. Los seres humanos se mantenían alejados de ellos. Era demasiado arriesgado; nadie quería tenerlos cerca. Obraban a sus anchas. Y parecía que lo hacían muy bien. Los nuevos diseños eran más veloces, más complejos. Más eficientes.

Por lo visto, habían ganado la guerra.

 

El mayor Hendricks encendió un segundo cigarrillo. El paisaje le deprimía. Solo cenizas y ruinas. En apariencia, estaba solo, el único ser viviente en todo el mundo. A la derecha se alzaban las ruinas de una torre, algunos muros y montones de escombros. Tiró la cerilla y aceleró el paso. De pronto se detuvo y alzó su fusil, puesto en tensión. Por un momento le pareció que…

Una figura salió de un edificio en ruinas y avanzó poco a poco hacia él, vacilante.

Hendricks parpadeó.

—¡Alto!

El muchacho se detuvo. Hendricks bajó el fusil. El chico le miró en silencio. Era un niño, tal vez de unos ocho años, pero costaba precisarlo. La mayoría de los niños que quedaban no estaban muy desarrollados. Llevaba un jersey azul descolorido, manchado de barro, y pantalones cortos. El cabello era largo y enmarañado. Cabello castaño. Le caía sobre la cara y las orejas. Sostenía algo en los brazos.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó Hendricks con sequedad.

El niño se lo enseñó. Un juguete, un oso. Un osito de peluche. El chico tenía los ojos grandes, pero carecían de expresión.

Hendricks se tranquilizó.

—No lo quiero. Puedes quedártelo.

El niño volvió a abrazar el oso.

—¿Dónde vives? —preguntó Hendricks.

—Allí.

—¿En las ruinas?

—Sí.

—¿Bajo tierra?

—Sí.

—¿Cuántos sois?

—¿Cuántos… cuántos somos?

—¿Cuánta gente vive contigo?

El chico no respondió.

Hendricks frunció el ceño.

—No estarás solo, ¿verdad?

El niño asintió.

—¿Cómo has sobrevivido?

—Hay comida.

—¿Qué clase de comida?

—Diferente.

Hendricks le examinó.

—¿Cuántos años tienes?

—Trece.

No era posible. ¿O sí? El chico era delgado, poco desarrollado y, probablemente, estéril. Expuesto a la radiación durante años. Por eso era tan pequeño. Sus brazos y piernas parecían cepillos para limpiar tuberías, nudosos y esqueléticos. Hendricks tocó el brazo del chico. Su piel era seca y áspera: piel contaminada por la radiación. Se inclinó y escrutó el rostro del chico. Carecía de expresión. Ojos grandes, grandes y oscuros.

—¿Eres ciego? —preguntó.

—No, veo algo.

—¿Cómo te has librado de los garfios?

—¿Los garfios?

—Esas cosas redondas que corren y se esconden.

—No le entiendo.

Quizá no había garfios por los alrededores. Muchas zonas estaban libres. Solían arracimarse alrededor de los búnkers, porque había gente. Los garfios habían sido diseñados para percibir el calor, el calor de los seres vivos.

—Has tenido suerte. —Hendricks se irguió—. ¿Y bien? ¿Adónde vas? ¿Va a volver… vas a volver allí?

—¿Puedo ir con usted?

—¿Conmigo? —Hendricks se cruzó de brazos—. Voy muy lejos, a kilómetros de distancia. He de darme prisa. —Consultó su reloj—. He de llegar a mi destino antes de que caiga la noche.

—Quiero ir con usted.

Hendricks rebuscó en su mochila.

—No vale la pena. Toma. —Dejó caer las latas de comida que llevaba—. Cógelas y lárgate. ¿De acuerdo?

El chico no contestó.

—Volveré por este mismo camino, dentro de un día o dos. Si nos volvemos a encontrar, podrás acompañarme. ¿De acuerdo?

—Quiero ir con usted ahora.

—El viaje es largo.

—Tengo buenas piernas.

Hendricks se removió intranquilo. Dos personas andando juntas hacían un buen blanco. Y el chico le obligaría a caminar más despacio. Pero quizá no volvería por este camino. Y si el chico estaba realmente solo…

—Muy bien. Ven conmigo.

El chico se colocó a su lado. Hendricks reemprendió la marcha. El chico andaba en silencio, abrazado a su osito de peluche.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Hendricks, pasado un rato.

—David Edward Derring.

—¿David? ¿Qué… qué les pasó a tus padres?

—Murieron.

—¿Cómo?

—En la explosión.

—¿Cuánto hace?

—Seis años.

Hendricks aminoró el paso.

—¿Has estado solo seis años?

—No. Durante un tiempo viví con otras personas. Después, se marcharon.

—¿Y has estado solo desde entonces?

—Sí.

Hendricks bajó la vista. El chico era raro, hablaba muy poco. Introvertido. Sin embargo, todos los niños que habían sobrevivido eran así. Silenciosos. Estoicos. Un extraño fatalismo se apoderaba de ellos. Nada les sorprendía. Aceptaban todo lo que sobrevenía. No se esperaban nada normal, ni tan solo el curso natural de los acontecimientos, físicos o morales. La costumbre, el hábito, todas las fuerzas que determinaban el aprendizaje se habían esfumado; solo quedaba la experiencia bruta.

—¿Ando muy rápido? —preguntó Hendricks.

—No.

—¿Cómo me viste?

—Estaba esperando.

—¿Esperando? —dijo Hendricks desconcertado—. ¿Qué estabas esperando?

—Coger cosas.

—¿Qué clase de cosas?

—Para comer.

—Oh. —Hendricks torció los labios.

Un chico de trece años, viviendo a base de ratas, ardillas y comida enlatada medio podrida, escondido en un agujero, bajo las ruinas de la ciudad. Con bolsas radiactivas, garfios y lanzaminas rusos merodeando en el cielo.

—¿Adónde vamos? —preguntó David.

—A las líneas rusas.

—¿Rusas?

—El enemigo. La gente que inició la guerra. Lanzaron las primeras bombas radiactivas. Ellos empezaron todo esto.

El chico asintió. Su rostro no mostró la menor expresión.

—Yo soy norteamericano —dijo Hendricks.

No hubo ningún comentario. Los dos siguieron avanzando. Hendricks iba en cabeza y David le seguía, apretando el osito de peluche contra el pecho.

A las cuatro de la tarde hicieron un alto para comer. Hendricks hizo un fuego en un hueco, entre dos placas de hormigón. Limpió el terreno de hierbas y amontonó trozos de madera. Las líneas rusas no estaban muy lejos. Se hallaban en el centro de lo que había sido un largo valle, hectáreas y hectáreas de árboles frutales y viñedos. Solo quedaban algunos tocones desolados y las montañas que se extendían hacia el horizonte, muy a lo lejos. Y las nubes de ceniza que el viento arrastraba, depositándolas sobre las malas hierbas, los restos de edificios, los muros que seguían en pie y lo que en otro tiempo había sido una carretera.

Hendricks preparó café y luego calentó un poco de carnero cocido y pan.

—Toma.

Le tendió a David el pan y el carnero. David se agachó cerca del fuego; sus rodillas se veían nudosas y blancas. Examinó la comida y se la devolvió, meneando la cabeza.

—No.

—¿No? ¿No quieres nada?

—No.

Hendricks se encogió de hombros. Tal vez el niño fuera un mutante, acostumbrado a comida especial. Daba igual. Cuando tuviera hambre encontraría algo de comer. El chico era extraño, pero se habían producido muchos cambios extraños en el mundo. La vida ya no era como antes. Nunca volvería a ser igual. La raza humana debería ser consciente de ello.

—Como quieras —dijo Hendricks.

Comió el pan y la carne, acompañados con el café. Lo hizo con parsimonia, al notar que la comida resultaría difícil de digerir. Al acabar, se puso en pie y pisoteó el fuego.

—Vámonos —dijo Hendricks.

—Muy bien.

Hendricks se puso a caminar, sujetando el fusil con ambas manos. Estaban cerca. Se puso tenso, dispuesto a todo. Los rusos esperarían un mensajero, en respuesta al que habían enviado, pero no eran de fiar. Siempre existía la posibilidad de una trampa. Examinó el paisaje que les rodeaba. Solo vio escoria y ceniza, algunas colinas y árboles carbonizados. Muros de hormigón. Pero allí delante, en algún sitio, estaba el primer búnker de las líneas rusas, la comandancia de primera línea. Bajo tierra, a gran profundidad, únicamente delatado por el periscopio y los cañones de algunos fusiles. Y tal vez una antena.

—¿Llegaremos pronto? —preguntó David.

—Sí. ¿Cansado?

—No.

—Entonces, ¿qué pasa?

David no respondió. Caminaba con cautela, pisando la ceniza. El polvo había teñido de gris sus zapatos y piernas. Franjas de ceniza grisácea cubrían la pálida piel de su rostro demacrado. Muy típico de estos niños de la última época, que se habían criado en sótanos, cloacas y refugios subterráneos.

Hendricks aminoró el paso. Examinó el terreno que se extendía ante ellos con la ayuda de los prismáticos. ¿Estarían esperándole, ocultos en algún lugar, observándole, al igual que sus hombres habían observado al mensajero ruso? Un escalofrío recorrió su espalda. Quizá se hallaban preparando los fusiles para disparar, al igual que sus hombres se habían preparado, dispuestos a matar.

Hendricks se detuvo, secándose el sudor de la cara.

—Maldita sea.

Estaba nervioso, pero le estarían esperando. La situación era diferente.

Avanzó sobre la ceniza, aferrando el fusil con las dos manos. David le seguía. Hendricks apretó los labios y paseó la vista a su alrededor. Podía ocurrir en cualquier momento. Un estallido de luz blanca, una descarga disparada con toda precisión desde el interior de un búnker de hormigón.

Levantó el brazo y dibujó un círculo en el aire.

Nada se movió. A la derecha se alzaba una colina coronada de árboles muertos. Algunas enredaderas trepaban alrededor de los árboles, tal vez restos de emparrados. Y las eternas malas hierbas de color oscuro. Hendricks estudió la loma. ¿Había algo allí arriba? Un lugar perfecto para vigilar. Se acercó a la loma con cuidado. David le siguió en silencio. Si él estuviera al mando, habría apostado a un centinela en lo alto, al acecho de tropas que intentaran infiltrarse en la zona bajo su control. Claro que, si estuviera al mando, los garfios rodearían la zona para reforzar la protección.

Se quedó inmóvil, con las piernas separadas y los brazos en jarras.

—¿Ya hemos llegado? —preguntó David.

—Casi.

—¿Por qué nos hemos parado?

—No quiero correr riesgos.

Hendricks avanzó poco a poco. El cerro se erguía ahora a su derecha, dominándole. Su sensación de inquietud aumentó. Si había un iván en lo alto, estaba acabado. Agitó el brazo otra vez. Esperarían a alguien con uniforme de las Naciones Unidas, en respuesta a la nota encerrada en la cápsula. A menos que todo fuera una trampa.

—Quédate a mi lado —indicó a David—. No te quedes atrás.

—¿A su lado?

—A mi lado. Ya estamos cerca. No podemos correr el menor riesgo. Vamos.

—No me pasará nada.

David continuó detrás de él, alejado unos pasos, sin dejar de aferrar el osito de peluche.

—Haz lo que te dé la gana.

Hendricks utilizó de nuevo los prismáticos, presa del nerviosismo. ¿Se había movido algo… apenas un momento? Escrutó el cerro minuciosamente. Todo estaba en silencio. Muerto. Allí arriba no había vida, solo troncos de árboles y ceniza. Tal vez algunas ratas. Las grandes ratas negras que habían sobrevivido a los garfios. Mutantes; construían sus refugios con saliva y cenizas. Con algún tipo de yeso. Adaptación. Reemprendió la marcha.

Una silueta se destacó sobre el cerro. Su capa aleteaba. Verdigrisácea. Un ruso. Detrás de él apareció otro soldado, otro ruso. Ambos levantaron sus fusiles y apuntaron.

Hendricks quedó petrificado. Abrió la boca. Los soldados se arrodillaron, vigilando la ladera de la pendiente. Una tercera figura se les había unido en la cumbre del cerro, una figura más pequeña, también de verde grisáceo. Una mujer. Estaba de pie detrás de los otros dos.

Hendricks recobró la voz.

—¡Alto! —Agitó las manos frenéticamente—. Soy…

Los dos rusos dispararon. Sonó un tenue pop detrás de Hendricks. Le golpearon oleadas de calor, y le arrojaron al suelo. La ceniza se pegó a su cara, le irritó los ojos y la nariz. Se arrodilló, medio ahogado. Era una trampa. Estaba acabado. Había venido para que le mataran, como una res. Los soldados y la mujer se dirigían hacia él bajando por la ladera del cerro, resbalando en la suave ceniza. Hendricks estaba aturdido. Parecía que la cabeza le fuera a estallar. Levantó el fusil con torpeza y apuntó. Pesaba miles de toneladas; apenas podía sostenerlo. Sentía picores en la nariz y las mejillas. El acre olor de la explosión llenaba el aire.

—¡No dispare! —dijo el primer soldado, en un inglés de marcado acento ruso.

Los tres le rodearon al instante.

—Tire el fusil, yanqui.

Hendricks estaba desconcertado. Todo había ocurrido con mucha rapidez. Le habían atrapado. Y habían matado al chico. Volvió la cabeza. David se había volatilizado. Lo que quedaba de él estaba diseminado sobre el suelo.

Los tres rusos le miraron con curiosidad. Hendricks se sentó, luego se secó la sangre que manaba de la nariz y se limpió la ceniza. Sacudió la cabeza, como si intentara despejarla.

—¿Por qué lo han hecho? —murmuró—. El chico.

—¿Por qué? —Uno de los soldados le ayudó con brusquedad a ponerse en pie. Obligó a Hendricks a volverse—. Mire.

Hendricks cerró los ojos.

—¡Mire! —Los dos rusos le empujaron hacia adelante—. Mire, rápido. ¡No perdamos más tiempo, yanqui!

Hendricks miró. Y tragó saliva.

—¿Lo ve ahora? ¿Lo comprende ahora?

De los restos de David surgía una rueda de metal que aún giraba. Relés, metal reluciente. Piezas, cables, Uno de los rusos propinó un puntapié al montoncito de restos. Las piezas, ruedecillas, resortes y varillas saltaron por los aires. Una sección de plástico cayó al suelo, medio carbonizada. Hendricks se agachó, sin poder contener el temblor. La parte delantera de la cabeza se había desprendido. Examinó el complicado cerebro, cables y relés, diminutos tubos e interruptores, miles de tornillos menudos…

—Un robot —dijo el soldado que le sujetaba el brazo—. Vimos cómo le pisaba los talones.

—¿Me pisaba los talones?

—Es el método que emplean. Te siguen hasta el búnker. Así entran.

Hendricks parpadeó, aturdido.

—Pero…

—Vamos. —Le condujeron hacia el cerro—. No podemos quedarnos aquí. No es seguro. Debe de haber cientos de ellos por los alrededores.

Los tres le ayudaron a subir la pendiente del cerro, resbalando y patinando en la ceniza. La mujer llegó a la cumbre y les esperó.

—El puesto de mando avanzado —murmuró Hendricks—. He venido a negociar con los soviéticos…

—Ya no hay puesto de mando. Ellos lo exterminaron. Se lo explicaremos. —Llegaron a la cumbre del cerro—. Solo quedamos nosotros tres. Los demás estaban en el búnker.

—Baje por aquí. —La mujer desatornilló la trampilla de la boca de acceso a un refugio subterráneo—. Entre.

Hendricks bajó. Los dos soldados y la mujer le siguieron por la escalerilla. La mujer cerró la trampilla cuando todos estuvieron dentro, asegurándola bien.

—Menos mal que le vimos —gruñó un soldado—. Se le había pegado como una lapa.

—Deme un cigarrillo —pidió la mujer—. Hace semanas que no fumo un cigarrillo norteamericano.

Hendricks empujó el paquete hacia ella. La mujer cogió un cigarrillo y pasó el paquete a los dos soldados. El brillo irregular de una lámpara situada en una esquina iluminaba el pequeño habitáculo de techo bajo y muy angosto. Los cuatro tomaron asiento alrededor de una mesa pequeña de madera. En un lado había amontonados varios platos sucios. Una segunda habitación se veía en parte tras una cortina deshilachada. Hendricks vio el borde de un abrigo, algunas mantas y otras prendas colgadas de un gancho.

—Estábamos aquí —dijo el soldado sentado a su lado. Se quitó el casco y se apartó el pelo rubio de la frente—. Soy el cabo Rudi Maxer. Polaco. Reclutado en el ejército soviético hace dos años. —Alargó la mano.

Hendricks vaciló y después se la estrechó.

—Mayor Joseph Hendricks.

—Klaus Epstein. —El otro soldado, un hombrecillo de tez oscura y cabello ralo, le estrechó la mano. Epstein se tiró nerviosamente de la oreja—. Austríaco. Reclutado Dios sabe cuándo. No me acuerdo. Los tres estábamos aquí, Rudi, yo y Tasso —indicó a la mujer—. Por eso escapamos. Todos los demás estaban abajo, en el búnker.

—¿Y… y ellos entraron?

Epstein encendió un cigarrillo.

—Primero, solo uno. Del tipo que le siguió a usted. Después dejó entrar a los otros.

Hendricks se alarmó.

—¿Del tipo? ¿Es que hay más de un tipo?

—El niño. David. David con su osito de peluche en los brazos. Es la Variedad Tres. La más efectiva.

—¿Cómo son los demás tipos?

Epstein rebuscó en su abrigo.

—Mire… —Tiró un paquete de fotografías, atadas con un cordel, sobre la mesa—. Mírelas con calma.

Hendricks desató el cordel.

—Ahora comprenderá por qué queríamos negociar —dijo Rudi Maxer—. Me refiero a los rusos. Lo descubrimos hará una semana. Descubrimos que sus garfios empezaban a fabricar diseños nuevos por sus propios medios. Nuevos tipos de su propia invención. Mejores. En sus fábricas subterráneas, detrás de nuestras líneas. Ustedes permitieron que adquirieran personalidad propia, que se autorreparasen. Los hicieron más y más complicados. Ustedes tienen la culpa de lo que ha ocurrido.

Hendricks examinó las fotos. Habían sido tomadas apresuradamente, eran borrosas y poco nítidas. Las primeras mostraban a… David. David caminando por una carretera, solo. David y otro David. Tres David. Todos iguales hasta el mínimo detalle. Todos con un raído osito de peluche.

Todos patéticos.

—Mire las otras —dijo Tasso.

Las siguientes fotografías, tomadas a gran distancia, mostraban a un soldado altísimo herido, sentado al borde de un sendero, con el brazo en cabestrillo, el muñón de una pierna extendido y una tosca muleta en el regazo. Después, dos soldados heridos idénticos, que se erguían uno al lado del otro.

—Esa es la Variedad Uno. El Soldado Herido. —Klaus alargó la mano y cogió las fotos—. Como sabe, los garfios fueron diseñados para cazar seres humanos. Para encontrarlos. Cada tipo era mejor que el anterior. Consiguieron rebasar nuestras defensas e infiltrarse en nuestras líneas. Sin embargo, mientras no fueron más que máquinas, esferas de metal con garfios, cuernos o sensores, podían ser derribados como cualquier otro objeto. Nada más verlos sabíamos que eran robots letales. Cuando los avistábamos…

—La Variedad Uno destruyó todo nuestro flanco norte —intervino Rudi—. Esto fue mucho antes de que nadie comprendiera lo que ocurría. Fue demasiado tarde. Los soldados heridos llegaban, llamaban a la puerta y suplicaban que les dejáramos pasar. Les dejábamos. Y en cuanto estaban dentro tomaban la iniciativa. Nosotros solo estábamos atentos a las máquinas…

—En aquel tiempo pensábamos que solo existía un tipo —dijo Klaus Epstein—. Nadie sospechaba que hubiera más. Nos mandaron a toda prisa las fotografías. Cuando les enviamos el mensajero, solo conocíamos un tipo. La Variedad Uno. El Soldado Herido. Pensábamos que era el único.

—Su línea cayó en manos de…

—La Variedad Tres. David y su osito. Funcionó todavía mejor. —Klaus sonrió con amargura—. Los soldados estaban locos por los niños. Les dejamos entrar para darles de comer. Averiguamos lo que en realidad deseaban bien a nuestro pesar. Al menos, los que se hallaban en el búnker.

—Nosotros tres tuvimos suerte —dijo Rudi—. Klaus y yo estábamos… estábamos visitando a Tasso cuando ocurrió. Esta es su casa. —Indicó con un gesto de su enorme mano lo que les rodeaba—. Este pequeño sótano. Terminamos y subimos por la escalerilla otra vez. Desde lo alto del cerro vimos que rodeaban el búnker. El combate proseguía. David y su osito. Cientos de ellos. Klaus tomó las fotos.

Klaus ató de nuevo las fotografías.

—¿Y se está repitiendo a lo largo de sus líneas? —preguntó Hendricks.

—Sí.

—¿Y nuestras líneas? —Sin pensarlo, tocó el indicador de su brazo—. ¿Pueden…?

—Sus indicadores de radiación no les afectan. No hacen distinciones entre rusos, norteamericanos, polacos o alemanes. Les da igual. Están haciendo aquello para lo que fueron diseñados. Llevando a la práctica la idea original. Rastrean la vida, dondequiera que se halle.

—Se guían por el calor —explicó Klaus—. Así fueron construidos desde el primer momento. Esos indicadores de radiación repelían a los que ustedes diseñaron, desde luego, pero ahora ya lo han superado. Estas nuevas variedades les llevan la delantera…

—¿Cuál es la otra variedad? —preguntó Hendricks—. El tipo David, el Soldado Herido… ¿Cuál es la otra?

—No lo sabemos.

Klaus señaló la pared, en la que colgaban dos placas de metal de bordes mellados. Hendricks se levantó y las examinó. Estaban dobladas y abolladas.

—La de la izquierda proviene de un Soldado Herido —dijo Rudi—. Cazamos a uno. Iba directamente a nuestro antiguo búnker. Le abatimos desde el cerro, de la misma forma que abatimos al David que le seguía a usted.

En la placa estaba grabada la inscripción V-I. Hendricks tocó la otra placa.

—¿Y esta es del tipo David?

—Sí. —La inscripción de la placa era V-III.

Klaus las miró, inclinándose sobre la ancha espalda de Hendricks.

—Ahora ya sabe a qué nos enfrentamos. Hay otro tipo. Tal vez lo hayan abandonado. Tal vez no funcionó. Pero tiene que haber una Segunda Variedad. Hay la Uno y la Tres.

—Tuvo usted mucha suerte —dijo Rudi—. El David le siguió hasta aquí sin tocarle. Quizá pensó que usted le introduciría en un búnker.

—Basta con que entre uno —comentó Klaus—. Actúan con rapidez. El que lo consigue deja entrar a los demás. Son implacables. Máquinas con un solo propósito. Fueron construidas con un único objetivo. —Se secó el sudor que resbalaba sobre sus labios—. Lo hemos comprobado.

Se quedaron en silencio.

—Deme otro cigarrillo, yanqui —dijo Tasso—. Son buenos. Casi había olvidado lo buenos que son.

 

Era de noche. El cielo estaba negro. No se veían estrellas a través de las nubes de ceniza. Klaus levantó el techo con cautela para que Hendricks echase un vistazo al exterior.

Rudi señaló un punto en la oscuridad.

—Por allí están los búnkers donde vivíamos antes. Apenas nos separa un kilómetro. Fue pura casualidad que Klaus y yo no estuviéramos allí cuando sucedió. Pequeñas debilidades. Nuestra lujuria nos salvó.

—Todos los demás estarán muertos —dijo Klaus en voz baja—. Fue muy rápido. El politburó tomó la decisión esta mañana. Nos la comunicaron. Enviamos al instante un mensajero. Le vimos dirigirse directamente a sus líneas. Le cubrimos hasta perderle de vista.

—Alex Radrivsky. Los dos lo conocíamos. Se marchó a las seis en punto. Justo cuando salía el sol. Klaus y yo nos tomamos una hora de descanso a mediodía. Nos alejamos de los búnkers a gatas. Nadie vigilaba. Vinimos aquí. Antes había un pueblo, unas pocas casas, una calle. Este sótano pertenecía a una granja enorme. Sabíamos que Tasso estaría aquí, escondida en su refugio. Ya habíamos venido otras veces. También venían otros compañeros del búnker. Hoy era nuestro turno.

—Por eso nos salvamos —intervino Klaus—. Por casualidad. Pudieron ser otros. Nosotros… terminamos, subimos a la superficie y volvimos por el cerro. Entonces fue cuando vimos a los David. Enseguida comprendimos lo que pasaba. Habíamos visto fotos de la Primera Variedad, el Soldado Herido. Nuestro comisario las distribuyó y nos lo explicó. Si hubiéramos dado un solo paso más, nos habrían visto. Aun así, tuvimos que abatir a dos David antes de regresar. Había centenares rodeando el búnker. Como hormigas. Tomamos fotos y volvimos aquí; cerramos bien el techo.

—No son tan peligrosos cuando les sorprendes a solas. Reaccionamos con más rapidez que ellos, pero son implacables. No son como los seres vivos. Vinieron directamente hacia nosotros. Y los liquidamos.

El mayor Hendricks se apoyaba en el borde de la trampilla, acomodando sus ojos a la oscuridad.

—¿No es peligroso tener la trampilla levantada?

—Hay que ir con cuidado. Es la única manera de que pueda manejar su transmisor.

Hendricks levantó poco a poco el pequeño transmisor que llevaba sujeto al cinto. Lo aplicó al oído. El metal estaba frío y húmedo. Sopló sobre el micrófono y alzó la corta antena. Captó un tenue zumbido.

—Supongo que está en lo cierto.

Pero seguía vacilando.

—Le estiraremos hacia nosotros si ocurre algo —dijo Klaus.

—Gracias. —Hendricks aguardó un momento, con el transmisor descansando sobre su hombro—. Qué interesante, ¿no?

—¿El qué?

—Eso, los nuevos tipos. Las nuevas variedades de garfios. Estamos completamente a su merced, ¿verdad? A estas alturas, ya se habrán infiltrado también en las líneas de las Naciones Unidas. Me pregunto si no estaremos presenciando el principio de una nueva especie. La nueva especie. Evolución. La raza que sustituirá al hombre.

Rudi lanzó un gruñido.

—Ninguna raza sustituirá al hombre —gruñó Rudi.

—¿No? ¿Por qué no? Quizás estemos asistiendo al fin de los seres humanos y al principio de una sociedad nueva.

—No son una raza. Son asesinos mecánicos. Ustedes los fabricaron para destruir. Es lo único que saben hacer. Son máquinas que realizan un trabajo.

—Eso parece, de momento, pero ¿qué ocurrirá después? Después de que haya acabado la guerra. Cuando ya no queden seres humanos que destruir, tal vez empiecen a emerger sus potencialidades reales.

—¡Habla como si estuvieran vivos!

—¿No lo están?

Se hizo el silencio.

—Son máquinas —afirmó Rudi—. Parecen personas, pero son máquinas.

—Use su transmisor, mayor —dijo Klaus—. No podemos quedarnos aquí para siempre.

Hendricks aferró con fuerza el transmisor y dijo la clave del búnker de mando. Esperó y escuchó. No hubo respuesta. Solo el silencio. Comprobó las conexiones con gran minuciosidad. Todo estaba en su sitio.

—¡Scott! —gritó en el micrófono—. ¿Me oye?

Silencio. Puso el volumen a toda potencia y probó de nuevo. Solo estática.

—No capto nada. Puede que me oigan, pero tal vez no quieran contestar.

—Dígales que es una emergencia.

—Pensarán que ustedes me obligan a llamar.

Probó de nuevo y explicó brevemente lo que había averiguado. El receptor siguió en silencio, excepto la tenue estática.

—Las bolsas de radiación interfieren las transmisiones —dijo Klaus al cabo de unos instantes—. Quizá sea eso.

Hendricks apagó el transmisor.

—Es inútil. Nadie responde. ¿Bolsas de radiación? Tal vez. Es posible que me oigan pero no quieran contestar. Francamente, es lo que yo haría si un mensajero llamara desde las posiciones soviéticas. No hay razón para que se traguen esa historia. Quizás escuchen todo lo que digo…

—O quizá sea demasiado tarde.

Hendricks asintió.

—Será mejor que bajemos la trampilla —dijo Rudi, nervioso—. No es preciso que corramos riesgos innecesarios.

Descendieron lentamente por el túnel. Klaus encajó la trampilla con todo cuidado. Bajaron a la cocina. La atmósfera estaba cargada.

—¿Es posible que actúen con tanta rapidez? —preguntó Hendricks—. Salí del búnker al mediodía. Hace diez horas. ¿Cómo es posible que se muevan con tal velocidad?

—En cuanto entra uno, es cuestión de coser y cantar. Usted sabe muy bien de lo que son capaces esos pequeños garfios. Hasta uno solo es incontenible. Cuchillas en cada dedo. Cosa de maníacos.

—Sí, ya lo sé. —Hendricks se removió impaciente, dándoles la espalda.

—¿Qué pasa? —preguntó Rudi.

—La base lunar. Dios mío, si han llegado allí…

—¿La base lunar?

Hendricks se volvió en redondo.

—No es posible que hayan llegado a la base lunar. Carecen de medios. No puedo creerlo.

—¿Qué es esa base lunar? Hemos oído rumores, pero nada concreto. ¿Cuál es la situación actual? Parece preocupado.

—Los suministros nos llegan desde la Luna. Los gobiernos residen allí, bajo la superficie. Toda nuestra gente y las industrias. Gracias a eso seguimos adelante. Si descubren una forma de abandonar la Tierra y volar a la Luna…

—Con uno es suficiente. En cuanto uno entra, da paso a los demás. Cientos de ellos, todos iguales. Ya los habrá visto. Idénticos. Como hormigas.

—Un socialismo perfecto —dijo Tasso—. El ideal del estado comunista. Ciudadanos intercambiables.

—Basta ya —gruñó Klaus, irritado—. Bien, ¿qué hacemos ahora?

Hendricks paseaba de un lado a otro de la pequeña habitación. El aire olía a comida y sudor. Los demás le miraban. Pasados unos momentos, Tasso se marchó a la otra habitación.

—Voy a descabezar un sueñecito.

La cortina se cerró a sus espaldas. Rudi y Klaus se sentaron a la mesa, sin dejar de observar a Hendricks.

—Usted decide —dijo Klaus—. Nosotros desconocemos su situación.

Hendricks asintió.

—Es un problema. —Rudi tomó un pote oxidado y llenó su taza de café—. Estaremos a salvo por un tiempo, pero no podemos quedarnos aquí para siempre. Carecemos de provisiones suficientes.

—Pero si salimos…

—Si salimos nos cazarán. No podríamos ir muy lejos. ¿A qué distancia se halla su búnker de mando, mayor?

—Cinco o seis kilómetros.

—Podríamos conseguirlo. Los cuatro. Vigilaríamos todos los flancos. No podrían seguirnos sin que los viéramos. Tenemos tres fusiles, tres fusiles desintegradores. Le daré a Tasso mi pistola. —Rudi se palmeó el cinturón—. En el ejército soviético no siempre teníamos botas, pero sí fusiles. Estando los cuatro armados, uno podría llegar a su búnker de mando. Preferiblemente usted, mayor.

—¿Y si ya están allí? —preguntó Klaus.

Rudi se encogió de hombros.

—Bien, en ese caso volveremos aquí.

Hendricks dejó de medir a pasos la estancia.

—¿Qué posibilidades cree que existen de que ya se encuentren en las líneas norteamericanas?

—Es difícil saberlo. Bastantes. Están organizados. Saben muy bien lo que hacen. En cuanto se ponen en marcha avanzan como una plaga de langostas. Se deben mover con rapidez y sin parar. Dependen de su velocidad y del sigilo. El factor sorpresa. Aparecen cuando nadie se lo espera.

—Entiendo —murmuró Hendricks.

Tasso se movió en la otra habitación.

—¿Mayor?

Hendricks apartó la cortina.

—¿Qué?

Tasso le miró perezosamente desde el catre.

—¿Le quedan más cigarrillos norteamericanos?

Hendricks entró en la habitación y se sentó frente a ella en un taburete de madera. Registró sus bolsillos.

—No. Se han terminado.

—Qué pena.

—¿De qué nacionalidad es usted? —preguntó Hendricks al cabo de un rato.

—Rusa.

—¿Cómo llegó aquí?

—¿Aquí?

—Esto era Francia. Una parte de Normandía. ¿Vino con el ejército soviético?

—¿Por qué?

—Pura curiosidad.

La examinó. La joven se había quitado la guerrera, que ahora estaba a los pies del catre. Tendría unos veinte años. Delgada. Su largo cabello se derramaba sobre la almohada. Le miraba en silencio, con unos ojos grandes y oscuros.

—¿En qué está pensando? —preguntó Tasso.

—Nada. ¿Cuántos años tiene?

—Dieciocho.

Ella continuó observándole, sin pestañear, con los brazos detrás de la cabeza. Vestía pantalones y camisa del ejército ruso. Verde grisáceos. Un grueso cinturón de piel con un contador y cartuchos. Un pequeño botiquín portátil.

—¿Es miembro del ejército soviético?

—No.

—¿Dónde consiguió el uniforme?

Ella se encogió de hombros.

—Me lo dieron.

—¿Cuántos… cuántos años tenía cuando vino aquí?

—Dieciséis.

—¿Tan joven?

—¿Qué quiere decir? —preguntó la muchacha, entornando los ojos.

Hendricks se frotó la mandíbula.

—Su vida habría sido muy diferente de no estallar la guerra. Dieciséis años. Llegó aquí a los dieciséis años. Para vivir así.

—Tenía que sobrevivir.

—No me estoy poniendo moralista.

—Su vida también habría sido diferente —murmuró Tasso. Se desanudó una bota y la tiró al suelo de una patada—. Mayor, ¿le importaría pasar a la otra habitación? Tengo sueño.

—Vivir los cuatro en este cuchitril provocará problemas. ¿Solo hay estas dos habitaciones?

—Sí.

—¿Era muy grande el sótano original? ¿Más que esto? ¿Hay otras habitaciones llenas de escombros? Podríamos habilitar alguna.

—Tal vez. La verdad es que no lo sé. —Tasso se aflojó el cinturón. Se acomodó en el catre y empezó a desabrocharse la camisa—. ¿Estás seguro de que no tiene más cigarrillos?

—Solo traje un paquete.

—Qué pena. Puede que si volvemos a su búnker encontremos algunos. —La otra bota cayó al suelo. Tasso alargó la mano hacia el cordón de la lámpara—. Buenas noches.

—¿Va a dormir?

—Ni más ni menos.

La habitación se sumió en la oscuridad. Hendricks se levantó, apartó la cortina y pasó a la cocina. Y se quedó petrificado.

Rudi estaba apoyado contra la pared, pálido y sudoroso. Su boca se abría y cerraba sin emitir sonido alguno. Klaus se hallaba frente a él y apretaba el cañón de su pistola contra el estómago de Rudi. Ninguno de los dos se movía. Klaus, con la mano firmemente cerrada sobre la pistola, el rostro impenetrable. Rudi, pálido y silencioso, aplastado contra la pared.

—¿Qué…? —murmuró Hendricks, pero Klaus le interrumpió.

—Tranquilo, mayor. Acérquese. Su pistola. Saque la pistola.

Hendricks desenfundó su pistola.

—¿Qué pasa?

—Vigílele. —Klaus le indicó con un gesto que avanzara—. ¡Póngase a mi lado, rápido!

Rudi se movió un poco y bajó los brazos. Miró a Hendricks y se humedeció los labios. Un brillo salvaje iluminaba sus ojos. El sudor perlaba su frente y resbalaba sobre sus mejillas. Clavó la vista en Hendricks.

—Mayor, se ha vuelto loco. Deténgale.

La voz de Rudi era apagada y ronca, casi inaudible.

—¿Qué sucede? —inquirió Hendricks.

—Mayor, ¿recuerda nuestra conversación? —dijo Klaus, sin bajar la pistola—. Las tres variedades. Conocemos la primera y la tercera, pero no la segunda. Al menos no la conocíamos hasta ahora. —Los dedos de Klaus se crisparon sobre el gatillo—. No la conocíamos hasta ahora, pero ya no es así.

Apretó el gatillo. Una oleada de calor brotó de la pistola y envolvió a Rudi.

—Mayor, le presento a la Segunda Variedad.

Tasso apartó la cortina con brusquedad.

—¡Klaus! ¿Qué has hecho?

Klaus dio la espalda a la forma carbonizada que se desplomaba lentamente en el suelo.

—La Segunda Variedad, Tasso. Ahora lo sabemos. Hemos identificado a los tres tipos. El peligro es menor. Yo…

Tasso contempló los restos de Rudi, los fragmentos ennegrecidos y humeantes, los trozos de tela.

—Le has asesinado.

—¿Te refieres a esa cosa? Le estaba vigilando. Tuve un presentimiento, pero no estaba seguro. No estaba seguro antes, al menos, pero esta noche ha terminado por convencerme. —Klaus acarició el gatillo de la pistola con nerviosismo—. Hemos tenido suerte. ¿No lo entiendes? Tal vez dentro de una hora nos hubiera…

—¿Estabas seguro? —Tasso pasó junto a él y se agachó sobre los humeantes restos esparcidos sobre el suelo. Su rostro se endureció—. Mayor, fíjese. Huesos. Carne.

Hendricks se agachó a su lado. Los restos eran humanos. Carne chamuscada, fragmentos carbonizados de huesos, parte del cráneo. Ligamentos, vísceras, sangre. Sangre que formaba un charco paralelo a la pared.

—No hay ruedas —dijo Tasso con calma. Se irguió—. Ni ruedas, ni piezas, ni relés. No era un garfio. No era la Segunda Variedad. —Se cruzó de brazos—. Ya puedes ir pensando en una buena explicación.

Klaus se sentó junto a la mesa, súbitamente pálido. Ocultó la cabeza entre las manos y se meció adelante y atrás.

—Deja de mortificarte. —Los dedos de Tasso se cerraron sobre su hombro—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué le mataste?

—Estaba asustado —dijo Hendricks—. Todo lo que está ocurriendo empieza a afectarnos.

—Tal vez.

—Y si no, ¿qué? ¿Tiene alguna idea?

—Creo que tal vez tenía un motivo para matar a Rudi. Un buen motivo.

—¿Cuál?

—Es posible que Rudi hubiera descubierto algo.

Hendricks examinó el rostro inexpresivo de la joven.

—¿Sobre qué?

—Sobre él. Sobre Klaus.

El implicado levantó la vista al instante.

—Es fácil adivinar lo que trata de decir. Cree que soy la Segunda Variedad. ¿No lo entiende, mayor? Quiere hacerle creer que le maté aposta. Que soy yo…

—Entonces, ¿por qué le mataste? —preguntó Tasso.

—Ya te lo he dicho. —Klaus meneó la cabeza cansadamente—. Pensé que era un garfio. Creí que le había descubierto.

—¿Por qué?

—Le estaba vigilando. Me resultaba sospechoso.

—¿Por qué?

—Creí ver algo, oír algo. Creí que… —Se calló.

—Sigue.

—Estábamos sentados a la mesa, jugando a cartas. Vosotros dos estabais en la otra habitación. Me pareció que… zumbaba.

Se hizo el silencio.

—¿Usted le cree? —preguntó Tasso a Hendricks.

—Sí. Creo lo que dice.

—Yo no. Creo que mató a Rudi deliberadamente. —Tasso tocó el fusil que estaba apoyado en un rincón de la habitación—. Mayor…

—No. —Hendricks negó con la cabeza—. Basta ya. Con uno es suficiente. Estamos asustados, como él. Si le matamos haremos lo mismo que él con Rudi.

Klaus le miró con gratitud.

—Gracias. Estaba asustado. Me comprende, ¿verdad? Ella también está asustada, como yo. Quiere matarme.

—Basta de muertes. —Hendricks se acercó a la escalerilla—. Voy a subir y trataré de utilizar el transmisor. Si no puedo conectar con ellos, mañana por la mañana nos trasladaremos a nuestras líneas.

Klaus se levantó al instante.

—Subiré con usted y le echaré una mano.

 

El aire de la noche era fresco. La tierra se estaba enfriando. Klaus se llenó los pulmones de aire. Hendricks y él salieron del túnel a terreno descubierto. Klaus plantó los pies con firmeza en el suelo; tenía el fusil dispuesto, escuchaba y vigilaba. Hendricks se acuclilló junto a la boca del túnel y sintonizó el pequeño transmisor.

—¿Ha habido suerte? —preguntó Klaus al cabo de unos instantes.

—Todavía no.

—Siga probando. Cuénteles lo que ha ocurrido.

Hendricks hizo varias tentativas más, sin éxito. Por fin, bajó la antena.

—Es inútil. No me oyen. O me oyen y no quieren contestar. A menos que…

—A menos que ya no estén vivos.

—Probaré una vez más. —Hendricks levantó la antena—. Scott, ¿me oye? ¡Responda!

Escuchó. Solo estática. Luego, muy débilmente…

—Aquí Scott.

Sus dedos se crisparon.

—¡Scott! ¿Es usted?

—Aquí Scott.

Klaus se arrodilló a su lado.

—¿Es su puesto de mando?

—Scott, escuche. ¿Entendió lo que dije acerca de los garfios? ¿Recibió mi mensaje? ¿Me oyó?

—Sí.

Casi inaudible. Apenas descifró la palabra.

—¿Recibió mi mensaje? ¿Va todo bien en el búnker? ¿No ha entrado ninguno?

—Todo va bien.

—¿Han intentado entrar?

—No. —La voz sonó más débil.

—Están bien —comunicó Hendricks a Klaus.

—¿Les han atacado?

—No. —Hendricks se pegó el transmisor a la oreja—. Scott, apenas puedo oírle. ¿Se lo ha notificado a la base lunar? ¿Saben lo que ocurre? ¿Están alertados?

No hubo respuesta.

—¡Scott! ¿Me oye?

Silencio.

Hendricks relajó los músculos.

—He perdido el contacto. Debe de ser por culpa de las bolsas radiactivas.

Hendricks y Klaus intercambiaron una mirada. Ninguno de los dos dijo nada.

—¿La voz le resultó familiar? —preguntó Klaus, pasados unos momentos—. ¿La identificó?

—Era demasiado débil.

—¿No está seguro?

—No.

—En ese caso, podría haber sido…

—No lo sé. Ya no estoy seguro. Bajemos y cerremos la trampilla.

Bajaron poco a poco por la escalerilla y accedieron al cálido sótano. Klaus aseguró la trampilla. Tasso, con el rostro inexpresivo, les esperaba.

—¿Ha tenido suerte?

Ninguno de los dos contestó.

—¿Y bien? —dijo Klaus por fin—. ¿Qué opina, mayor? ¿Era su oficial, o uno de ellos?

—No lo sé.

—Así que estamos como antes.

Hendricks clavó la vista en el suelo; tenía la mandíbula tensa.

—Tenemos que ir. Para asegurarnos.

—En cualquier caso, solo tenemos comida para unas pocas semanas. Después habrá que subir a la fuerza.

—Eso parece.

—¿Algo va mal? —preguntó Tasso—. ¿Ha podido comunicar con su búnker? ¿Cuál es el problema?

—Es posible que fuera uno de mis hombres —respondió lentamente Hendricks—, o uno de ellos, pero no lo averiguaremos si nos quedamos aquí. —Consultó su reloj—. Durmamos un poco. Mañana hay que levantarse temprano.

—¿Temprano?

—El mejor momento para burlar a los garfios es a primera hora de la mañana —contestó Hendricks.

 

El día amaneció fresco y claro. El mayor Hendricks examinó el paisaje con sus prismáticos.

—¿Ve algo? —preguntó Klaus.

—No.

—¿Divisa nuestros búnkers?

—¿En qué dirección están?

—Por allí.

Klaus tomó los prismáticos y los ajustó. Estuvo mirando en silencio durante un rato.

Tasso llegó al extremo del túnel y salió al exterior.

—¿Ves algo?

—No. —Klaus devolvió los prismáticos a Hendricks—. No se ven. Vamos. No nos quedemos aquí.

Los tres bajaron por la ladera del cerro, resbalando en la blanda ceniza. Un lagarto reptaba sobre una roca plana. Se detuvieron al instante, petrificados.

—¿Qué era eso? —musitó Klaus.

—Un lagarto.

El lagarto se escurrió entre la ceniza. Era del mismo color.

—Adaptación perfecta —comentó Klaus—. Demuestra que estábamos en lo cierto. Me refiero a Lysenko.

Llegaron a la falda del cerro y se pararon, muy juntos, escudriñando los alrededores.

—Sigamos. —Hendricks reemprendió la marcha—. El viaje es largo.

Klaus se colocó a su lado. Tasso caminaba detrás, con la pistola preparada.

—Mayor, me gustaría preguntarle una cosa —dijo Klaus—. ¿Cómo se topó con el David que le seguía?

—Lo encontré en unas ruinas.

—¿Que dijo?

—No gran cosa. Dijo que estaba solo.

—¿Y no advirtió que era una máquina? ¿Hablaba como una persona? ¿No sospechó en ningún momento?

—No hablaba mucho. No reparé en nada extraño.

—Es curioso: máquinas tan parecidas a las personas que engañan. Casi vivas. Me pregunto hasta dónde podrán llegar.

—Están haciendo lo que ustedes los yanquis pretendían cuando las diseñaron —dijo Tasso—. Las diseñaron para rastrear la vida y destruirla. Vida humana. Dondequiera que la localizasen.

Hendricks observaba a Klaus con suma atención.

—¿Por qué me ha hecho esa pregunta? ¿Qué pasa por su cabeza?

—Nada —contestó Klaus.

—Klaus sospecha que usted es la Segunda Variedad —dijo Tasso con calma desde atrás—. Le está vigilando.

—¿Por qué no? —dijo Klaus, sonrojándose—. Enviamos un mensajero a las líneas yanquis y vuelve él. Quizá pensó que encontraría buena caza.

Hendricks lanzó una ronca carcajada.

—Vine desde los búnkers de las Naciones Unidas. Estaba rodeado de seres humanos.

—Tal vez vio la oportunidad de infiltrarse en las líneas soviéticas. Quizá decidió que era el momento adecuado. Puede que…

—Las líneas soviéticas ya habían sido infiltradas. Sus líneas fueron invadidas antes que yo abandonara el búnker de la comandancia. No lo olvide.

Tasso se colocó a su lado.

—Eso no demuestra nada, mayor.

—¿Por qué no?

—Parece que existe muy poca comunicación entre las variedades. Cada una sale de una fábrica diferente. Da la impresión de que no trabajan en colaboración. Usted podría haberse dirigido hacia las líneas soviéticas sin saber nada de lo que hacían las otras variedades o cuál es su aspecto.

—¿Cómo sabe tantas cosas sobre los garfios? —dijo Hendricks.

—Los he visto. Los he visto asaltar los búnkers soviéticos.

—Sabes mucho, pero hablas poco —indicó Klaus—. Me extraña que seas una observadora tan sagaz.

—¿Ahora sospechas de mí? —rio Tasso.

—Olvídalo —dijo Hendricks.

Siguieron andando en silencio.

—¿Haremos todo el camino a pie? —preguntó Tasso, al cabo de un rato—. No estoy acostumbrada a caminar. —Contempló la llanura de ceniza que se extendía en todas direcciones, hasta perderse de vista—. ¡Qué desolación!

—Todo es así —dijo Klaus.

—En cierto modo, me gustaría que hubieras estado en el búnker cuando se produjo el ataque.

—Otro habría estado contigo en mi lugar —murmuró Klaus.

Tasso rio y hundió las manos en los bolsillos.

—Supongo que sí.

Continuaron caminando, clavando los ojos en la inmensa llanura de ceniza silenciosa que les rodeaba.

El sol se ponía. Hendricks avanzaba lentamente y hacía gestos a Tasso y Klaus de que no se rezagaran. Klaus se acuclilló y apoyó la culata del fusil en tierra.

Tasso encontró una placa de hormigón y se sentó, suspirando.

—Qué bien sienta descansar.

—Cierra el pico —dijo Klaus con aspereza.

Hendricks ascendió hasta la cumbre de la loma que se alzaba frente a ellos. La misma elevación por la que había aparecido el día anterior el mensajero ruso. Hendricks se dejó caer al suelo, se estiró y examinó con los prismáticos el terreno que se extendía ante él.

No se veía nada, excepto ceniza y algunos árboles. Sin embargo, a menos de cincuenta metros se hallaba la entrada del búnker. El búnker del que había partido. Hendricks miró en silencio. Ningún movimiento. Ninguna señal de vida.

Klaus se deslizó a su lado.

—¿Dónde está?

—Allí.

Hendricks le pasó los prismáticos. Nubes de ceniza se desplazaban bajo el cielo del anochecer. Las tinieblas invadían el mundo. Como mucho, les quedaban dos horas de luz. Quizá menos.

—No veo nada —dijo Klaus.

—Observe el tocón de aquel árbol. Junto al montón de cascotes. La entrada está a la derecha de los ladrillos.

—Tendré que confiar en su palabra.

—Usted y Tasso me cubrirán desde aquí. Se divisa todo el camino que conduce a la entrada del búnker.

—¿Va a bajar solo?

—Mi indicador me protegerá. El terreno que rodea el búnker está infestado de garfios. Se ocultan en la ceniza, como cangrejos. Ustedes estarían perdidos sin los indicadores.

—Tal vez tenga razón.

—Me acercaré muy despacio. En cuanto esté seguro de…

—Si están dentro del búnker no podrá volver. Son rápidos. Usted no tiene ni idea.

—¿Qué sugiere?

Klaus meditó unos momentos.

—No lo sé. Hágales salir a la superficie para que pueda verlos.

Hendricks desenganchó el transmisor del cinturón y alzó la antena.

—Empecemos.

Klaus hizo una señal a Tasso. La joven reptó expertamente por la ladera hasta reunirse con ellos.

—Va a bajar solo —dijo Klaus—. Nosotros le cubriremos desde aquí. En cuanto empiece a moverse, dispara. Son muy rápidos.

—No eres muy optimista —comentó Tasso.

—No, no lo soy.

Hendricks examinó la recámara de su fusil.

—Puede que todo vaya bien.

—Usted no los ha visto. Centenares, todos iguales, como hormigas.

—Quizá pueda averiguarlo sin necesidad de recorrer todo el camino. —Hendricks cerró el fusil, lo aferró con una mano y pasó el transmisor a la otra—. Bien, deséenme suerte.

Klaus extendió su mano.

—No baje hasta estar seguro. Hable con ellos desde aquí. Oblígueles a salir.

Hendricks se puso en pie y empezó a bajar la pendiente.

Caminó lentamente hacia el montón de ladrillos y escombros que se alzaba junto al tocón. Hacia la entrada del búnker.

No advirtió el menor movimiento. Levantó el transmisor y lo conectó.

—¿Scott? ¿Puede oírme?

Silencio.

—¡Scott! Soy Hendricks. ¿Me oye? Estoy acercándome al búnker. Puede verme por el periscopio.

Escuchó, aferrando con fuerza el transmisor. Ni el menor sonido. Solo estática. Siguió avanzando. Un garfio surgió de la ceniza y corrió hacia él. Se detuvo a pocos pasos de distancia y luego volvió a hundirse. Apareció otro garfio, uno de los grandes, provisto de sensores. Se movió detrás de él y le siguió respetuosamente a varios pasos de distancia. Un momento después se le unió un segundo garfio. En silencio, los garfios se arrastraron tras él mientras caminaba sin apresurarse hacia el búnker.

Hendricks se detuvo; los garfios le imitaron. Ya se hallaba muy cerca, casi en los escalones del búnker.

—¡Scott! ¿Me oye? Estoy afuera, en la superficie, directamente sobre ustedes. ¿Quieren abrirme?

Esperó; llevaba el fusil apoyado en el costado y el transmisor apretado contra la oreja. Pasó el tiempo. Se esforzó por oír algo, pero solo captó el silencio. Silencio y tenue estático.

Entonces, como desde muy lejos, con un sonido metálico…

—Aquí Scott.

La voz era neutra. Fría. No la identificó. Pero el transmisor era muy pequeño.

—¡Scott! Escuche. Estoy encima de ustedes, en la superficie, frente a la entrada del búnker.

—Sí.

—¿Me ve?

—Sí.

—¿Por el periscopio? ¿Me está enfocando?

—Sí.

Hendricks reflexionó. Un círculo de garfios le rodeaba en silencio, cuerpos de color gris metálico por todas partes.

—¿Va todo bien en el búnker? ¿No ha ocurrido nada extraño?

—Todo está en orden.

—¿Podría subir a la superficie? Me gustaría verle un momento. —Hendricks respiró profundamente—. Suba, quiero hablar con usted.

—Baje.

—Le estoy dando una orden.

Silencio.

—¿Va a subir? —Hendricks escuchó. No hubo respuesta—. Le ordeno que suba a la superficie.

—Baje.

Hendricks apretó las mandíbulas.

—Déjeme hablar con Leone.

Se produjo una larga pausa. Escuchó la estática. Después, oyó una voz dura, tenue, metálica. Igual que la otra.

—Aquí Leone.

—Hendricks. Estoy en la superficie, ante la entrada del búnker. Quiero que uno de ustedes suba.

—Baje usted.

—¿Por qué he de bajar? ¡Le estoy dando una orden!

Silencio, Hendricks bajó el transmisor. Paseó la mirada con cautela a su alrededor. La entrada se hallaba justo delante, casi a sus pies. Bajó la antena y sujetó el transmisor al cinturón. Aferró el fusil con ambas manos. Avanzó paso a paso. Si le estaban observando, sabrían que caminaba hacia la entrada. Cerró los ojos un momento.

Puso el pie en el primer escalón que conducía abajo.

Dos David subieron hacia él; sus rostros eran idénticos e inexpresivos. Los desintegró. Un grupo compacto apareció detrás. Todos iguales.

Hendricks se volvió y empezó a correr hacia la loma.

Tasso y Klaus abrieron fuego desde la cumbre. Los pequeños garfios, brillantes y veloces esferas metálicas, se precipitaron hacia ellos, pero Hendricks no tenía tiempo para pensar en eso. Se arrodilló, apoyó el fusil contra la mejilla y apuntó a la entrada del búnker. Los David surgían en grupos, abrazando sus ositos de peluche, subiendo trabajosamente los escalones del búnker con sus huesudas piernas. Hendricks disparó al grupo más numeroso. Ruedecillas y resortes salieron volando en todas direcciones. Volvió a disparar a través de la nube de partículas.

Una figura gigantesca, alta y bamboleante, apareció en la entrada del búnker. Hendricks se detuvo asombrado. Un hombre, un soldado. Solo tenía una pierna y se apoyaba en una muleta.

—¡Mayor! —gritó Tasso.

El tiroteo prosiguió. La enorme figura avanzó, rodeada de múltiples David. Hendricks se liberó de su parálisis. La Primera Variedad: el Soldado Herido. Apuntó y disparó. El soldado estalló en fragmentos: piezas y relés volaron por el aire. Ya había muchos David desplegados sobre el terreno. Mientras retrocedía poco a poco, semiencorvado, no cesaba de disparar.

Klaus abrió fuego desde la cumbre. La ladera del promontorio estaba cubierta de garfios que subían. Hendricks corrió hacia el promontorio. Tasso se había separado de Klaus e intentaba rodearlo por la derecha, alejándose de la loma.

Un David de rostro inexpresivo y cabello castaño caído sobre los ojos se abalanzó sobre él. Se dobló de repente y abrió los brazos. El osito de peluche cayó al suelo y saltó hacia Hendricks. Este abrió fuego. El oso y David se desintegraron. Sonrió y parpadeó. Era como un sueño.

—¡Por aquí!

La voz de Tasso. Hendricks corrió en aquella dirección. La joven se encontraba cerca de unas columnas de hormigón, paredes de un edificio en ruinas. Disparaba con la pistola que Klaus le había dado.

—Gracias.

Se reunió con ella, falto de aliento. Ella le empujó detrás del hormigón, rebuscando en su cinturón.

—¡Cierre los ojos! —Desenganchó un globo del cinturón. Desatornilló el fulminante y lo ajustó—. Cierre los ojos y tírese al suelo.

Arrojó la bomba. Describió un arco hacia la entrada del búnker. Dos Soldados Heridos aguardaban vacilantes junto al montón de ladrillos. Más David se desparramaban sobre la llanura. Un Soldado Herido se dirigió hacia la bomba y se agachó con torpeza para recogerla.

La bomba estalló. La onda expansiva golpeó a Hendricks en plena cara. El aire caliente le abofeteó el rostro. Vio entre el humo a Tasso detrás de las columnas, disparando lenta y metódicamente sobre las oleadas de David que surgían de las nubes de fuego.

Klaus luchaba en la cima del promontorio con un anillo de garfios que le rodeaban. Disparaba mientras retrocedía en un intento de abrir una brecha.

Hendricks consiguió ponerse en pie. Apenas podía ver. El fragor y la confusión reinantes le aturdían. Tenía el brazo derecho paralizado.

Tasso corrió hacia él.

—Vámonos.

—Klaus… sigue allí arriba.

—¡Vámonos!

Tasso arrastró a Hendricks lejos de las columnas. Hendricks sacudió la cabeza intentando despejarse. Tasso, con los ojos brillantes y alerta, le obligaba a apresurar el paso, mientras vigilaba la aparición de los garfios que habían escapado a la explosión.

Un David surgió de las nubes de fuego. Tasso lo desintegró. No se toparon con ninguno más.

—¿Qué le pasará a Klaus? —Hendricks se detuvo, tambaleante—. Se…

—¡Vámonos!

Retrocedieron para aumentar la distancia que les separaba del búnker. Algunos garfios los siguieron durante un rato, pero después se cansaron y regresaron.

Tasso se detuvo por fin.

—Descansaremos un rato.

Hendricks se sentó sobre un montón de escombros. Se frotó el cuello, jadeante.

—Hemos abandonado a Klaus.

Tasso no dijo nada. Cogió la pistola e introdujo una carga nueva de balas desintegradoras.

Hendricks la observó, desconcertado.

—Le ha abandonado a propósito.

Tasso cerró la recámara. Miró con semblante inexpresivo las pilas de cascotes que les rodeaban, como si buscara algo.

—¿Qué pasa? —inquirió Hendricks—. ¿Qué busca? ¿Presiente algo? —Meneó la cabeza, esforzándose en comprender. ¿Qué estaba haciendo la mujer? ¿Qué esperaba? Él no veía nada. Solo cenizas, cenizas y ruinas. Algunos troncos de árboles, sin ramas ni hojas—. ¿Qué…?

No comprendía. ¿Qué estaba haciendo ella? ¿Qué esperaba? Él no veía nada. Ceniza por todas partes, ceniza y ruinas. Y de vez en cuando el tronco chamuscado de un árbol, sin hojas ni ramas.

—Cállese —le interrumpió Tasso.

Entornó los ojos. Alzó la pistola de repente. Hendricks se volvió en la dirección de su mirada.

Una silueta se acercaba por donde ellos habían venido. La silueta caminaba dando tumbos. Su ropa estaba destrozada. Avanzó cojeando, muy lenta y precavidamente. Se detenía de vez en cuando para descansar y recuperar el aliento. En una ocasión estuvo a punto de caer. Luchó por enderezarse y prosiguió andando.

Klaus.

Hendricks se levantó.

—¡Klaus! —avanzó hacia él—. ¿Cómo demonios…?

Tasso disparó. Hendricks se volvió en redondo. Ella disparó por segunda vez; una lengua de fuego pasó muy cerca de Hendricks. El rayo alcanzó a Klaus en el pecho. Estalló. Ruedecillas y engranajes salieron volando. Continuó andando durante un momento. Después se tambaleó. Cayó al suelo con los brazos abiertos. Unas cuantas ruedecillas rodaron sobre la tierra.

Silencio.

—¿Comprende ahora por qué mató a Rudi? —preguntó Tasso a Hendricks.

Hendricks volvió a sentarse despacio. Agitó la cabeza. Estaba atontado. No podía pensar.

—¿Lo entiende? —insistió Tasso—. ¿Se da cuenta?

Hendricks no dijo nada. Sus sentidos le estaban abandonando. La oscuridad se agolpaba en torno a él.

Cerró los ojos.

 

Hendricks abrió los ojos lentamente. Le dolía todo el cuerpo. Intentó incorporarse, pero notó pinchazos dolorosos en el brazo y el hombro. Dio un respingo.

—No intente levantarse —dijo Tasso.

Se inclinó y le puso su fría mano sobre la frente. Era de noche. Brillaban algunas estrellas, visibles a través de las nubes de ceniza. Hendricks continuó tendido y apretaba los dientes con fuerza. Tasso le contemplaba impasible. Había encendido un fuego con maleza y trozos de madera. El fuego crepitaba débilmente, lamiendo un pote de metal suspendido sobre él. Todo estaba en silencio. Más allá del fuego acechaba una oscuridad total.

—¿Así que era la Segunda Variedad? —murmuró Hendricks.

—Siempre lo sospeché.

—¿Por qué no acabó con él antes?

—Usted me lo impidió. —Tasso se acercó al fuego y echó un vistazo al pote de metal—. Café. Estará listo dentro de un momento.

Volvió y se sentó a su lado. Abrió la pistola y procedió a desmontar el mecanismo de disparo, mientras lo examinaba con atención.

—Es una arma bellísima —dijo Tasso sin alzar la voz—. La construcción es soberbia.

—¿Qué ha pasado con los garfios?

—La onda expansiva de la bomba los inutilizó a casi todos. Son delicados. Altamente organizados, supongo.

—¿También los David?

—Sí.

—¿Cómo cayó en sus manos aquella bomba?

—Nosotros la inventamos. —Tasso se encogió de hombros—. No debería subestimar nuestra tecnología, mayor. Usted y yo ya no existiríamos sin esa bomba.

—Muy útil.

Tasso estiró las piernas y se calentó los pies en la hoguera.

—Me sorprendió que usted no se diera cuenta, cuando mató a Rudi. ¿Por qué creyó que…?

—Ya se lo dije. Pensé que estaba asustado.

—¿De veras? Sabe, mayor, por un momento llegué a sospechar de usted, porque no me dejó matarle. Creí que le estaba protegiendo.

La joven rio.

—¿Estamos seguros aquí? —preguntó Hendricks a continuación.

—Temporalmente, hasta que reciban refuerzos de otra zona.

Tasso se puso a limpiar el interior de la pistola con un trapo. Terminó y ajustó el mecanismo. Cerró la pistola y recorrió el cañón con un dedo.

—Tuvimos suerte —murmuró Hendricks.

—Sí. Mucha suerte.

—Gracias por sacarme de allí.

Tasso no contestó. Le miró un segundo; las llamas le iluminaban los ojos. Hendricks se examinó el brazo. No podía mover los dedos. Tenía todo el costado entumecido. Sentía un dolor difuso y continuado en el pecho.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Tasso.

—Tengo el brazo inutilizado.

—¿Algo más?

—Lesiones internas.

—No se tiró al suelo cuando estalló la bomba.

Hendricks no dijo nada. Observó a Tasso mientras vertía el café del pote en una cacerola metálica plana y se la pasaba.

—Gracias.

Trató de incorporarse para beber. Le costaba tragar. Los dolores internos aumentaron y apartó la cacerola.

—No puedo beber más.

Tasso acabó con el resto. Pasó el tiempo. Las nubes de cenizas se desplazaban bajo el cielo oscuro. Hendricks descansó; tenía la mente en blanco. Al cabo de un rato reparó en que Tasso se había puesto en pie y le miraba.

—¿Qué pasa? —murmuró.

—¿Se siente mejor?

—Un poco.

—Sabe, mayor, si no le hubiera sacado de allí le habrían alcanzado. Estaría muerto. Como Rudi.

—Lo sé.

—¿Quiere saber por qué le traje aquí? No me habría costado nada dejarle.

—¿Por qué lo hizo?

—Porque hemos de alejarnos de aquí. —Tasso removió el fuego con un palo, contemplando las llamas—. Ningún ser humano puede vivir en este lugar. Cuando lleguen sus refuerzos estaremos perdidos. He pensado en ello mientras usted estaba inconsciente. Nos quedan unas tres horas antes de que lleguen.

—¿Y usted espera que yo la saque de aquí?

—Exacto. Espero que nos saque a los dos de aquí.

—¿Por qué yo?

—Porque no se me ocurre otro método. —Sus ojos brillaban a la escasa luz, intensos e imperturbables—. Si no lo consigue, nos matarán dentro de tres horas. Es la única posibilidad que vislumbro. ¿Bien, mayor? ¿Qué piensa hacer? Llevo esperando toda la noche. Estuve sentada aquí mientras estaba inconsciente, esperando y escuchando. Falta poco para que amanezca. La noche terminará dentro de poco.

Hendricks reflexionó.

—Es curioso —dijo por fin.

—¿Curioso?

—Que haya pensado en mí como nuestra salvación. ¿Qué cree que puedo hacer?

—¿Puede llevarnos a la base lunar?

—¿A la base lunar? ¿Cómo?

—Tiene que haber alguna forma.

—No. No que yo sepa.

Tasso no dijo nada. Su mirada firme vaciló un momento. Agachó la cabeza y se volvió mientras se ponía de pie.

—¿Más café?

—No.

—Como quiera.

Tasso bebió en silencio. Hendricks no veía su rostro. Estaba tendido en tierra, absorto en sus pensamientos, tratando de concentrarse. Le resultaba difícil pensar. Aún le dolía la cabeza. Y se sentía bastante aturdido.

—Tal vez haya una forma —dijo de repente.

—¿Sí?

—¿Cuánto falta para que amanezca?

—Dos horas. El sol no tardará en salir.

—Creo que hay una nave en las cercanías. Yo nunca la he visto, pero sé que existe.

—¿Qué clase de nave?

—Un crucero propulsado por cohetes.

—¿Puede llevarnos a la base lunar?

—Supongo que sí. En un caso de emergencia.

Se rascó la frente.

—¿Qué le pasa?

—La cabeza. Me cuesta pensar. Apenas puedo… concentrarme. La bomba.

—¿Está cerca de aquí la nave? —Tasso se puso en cuclillas frente a él—. ¿A qué distancia? ¿Dónde?

—Estoy intentando pensar.

Los dedos de Tasso se cerraron sobre su brazo.

—¿Cerca? —Su voz parecía de hierro—. ¿Dónde? ¿La guardan bajo tierra? ¿Está escondida en algún subterráneo?

—Sí, en un silo subterráneo.

—¿Cómo lo encontraremos? ¿Hay alguna indicación, algún símbolo en clave para identificarlo?

Hendricks se concentró.

—No. No hay indicaciones, ni símbolos en clave.

—¿Pues, qué?

—Una señal.

—¿Qué clase de señal?

Hendricks no contestó. Sus ojos, a la luz parpadeante, parecían vidriosos, sin vida. Tasso le clavó los dedos en el brazo.

—¿Qué clase de señal? ¿Cómo es?

—No… No puedo pensar. Déjeme descansar.

—Muy bien.

La mujer se levantó. Hendricks siguió acostado, con los ojos cerrados. Tasso se alejó, con las manos en los bolsillos. Pegó una patada a un piedra y se quedó mirando el cielo. La negrura de la noche empezaba a teñirse de gris. El amanecer se aproximaba.

Tasso aferró su pistola y caminó en círculos alrededor del fuego varias veces. El mayor Hendricks yacía en el suelo con los ojos cerrados, inmóvil. El gris se iba extendiendo gradualmente por el cielo. El paisaje, campos de ceniza que se alejaban en todas direcciones, se hizo visible. Cenizas y edificios en ruinas, paredes todavía en pie, pilas de hormigón, el tronco desnudo de un árbol.

El aire era frío, hiriente. A lo lejos un pájaro emitió melancólicos gorjeos.

Hendricks se movió y abrió los ojos.

—¿Ya ha amanecido?

—Sí.

Hendricks se incorporó un poco.

—Usted quería saber algo. Me hacía preguntas.

—¿Se acuerda ahora?

—Sí.

—¿Qué recuerda? —La mujer se puso en tensión—. ¿Qué es?

—Un pozo. Un pozo desmoronado. El silo se encuentra bajo un pozo.

—Un pozo. —Tasso se relajó—. En ese caso, buscaremos un pozo. —Consultó su reloj—. Nos queda una hora, mayor. ¿Cree que lo encontraremos antes de una hora?

—Deme la mano —pidió Hendricks.

Tasso guardó la pistola y le ayudó a levantarse.

—Va a ser difícil.

—Sí, tiene razón. —Hendricks apretó los labios—. No creo que esté muy lejos.

Se pusieron en marcha. El sol de la mañana les proporcionó algo de calor. El terreno era llano y yermo; se extendía, gris y muerto, hasta perderse de vista. Unos cuantos pájaros surcaban el cielo en silencio, describiendo lentos círculos.

—¿Ve algo? —preguntó Hendricks—. ¿Ve algún garfio?

—No. Todavía no.

Atravesaron algunas ruinas, pilares de hormigón y ladrillos. Cimientos de cemento. Varias ratas salieron corriendo. Tasso retrocedió de un salto.

—Esto era una ciudad —dijo Hendricks—. Una pequeña ciudad de provincias. Una comarca vinícola.

Se internaron por una calle en ruinas, sembrada de malas hierbas y grietas. Una chimenea de piedra se erguía a su derecha.

—Tenga cuidado —advirtió Hendricks.

Vieron la boca abierta de un sótano. De ella surgían trozos de tuberías, doblados y retorcidos. Atravesaron parte de una casa. Una bañera caída de lado. Una silla rota. Algunas cucharas y fragmentos de platos. En el centro de la calle el suelo se había hundido. El hueco estaba lleno de malas hierbas, cascotes y huesos.

—Por aquí —murmuró Hendricks.

—¿Por aquí?

—A la derecha.

Dejaron atrás los restos de un tanque. El contador que Hendricks llevaba sujeto al cinturón chasqueó siniestramente. El tanque había sido alcanzado por una descarga radiactiva. Un cadáver momificado, con la boca abierta, yacía a pocos pasos del tanque. Al otro lado de la carretera había un campo llano. Piedra, malas hierbas, fragmentos de cristal.

—Allí —indicó Hendricks.

Un pozo de piedra, medio en ruinas, sobresalía en la llanura. En el suelo se veían algunos tablones. Casi todo el pozo estaba desmoronado. Hendricks caminó con paso vacilante hacia él. Tasso no se apartaba de su lado.

—¿Está seguro? —preguntó la mujer—. No tiene aspecto de ser algo importante.

—Estoy seguro. —Hendricks se sentó en el borde del pozo, apretando los dientes. Su respiración se aceleró. Se secó el sudor de la cara—. Fue preparado para que el oficial de mayor rango pudiera huir si ocurría algo. Si el búnker caía.

—¿Era usted?

—Sí.

—¿Dónde está la nave? ¿Está aquí?

—Nos encontramos sobre ella. —Hendricks movió las manos sobre la superficie del pozo—. La célula fotoeléctrica no obedece a nadie más que a mí. Es mi nave. Al menos, lo era.

Se oyó un agudo «clic» bajo sus pies y, a continuación, un chirrido.

—Retroceda —dijo Hendricks.

Tasso y él se apartaron del pozo.

Se abrió una sección del suelo. Una estructura metálica emergió lentamente de las cenizas, empujando ladrillos y malas hierbas. La actividad cesó cuando el morro de la nave surgió a la luz.

—Aquí está —dijo Hendricks.

La nave era pequeña. Se quedó inmóvil, suspendida en su estructura de malla como un alfiler romo. Una lluvia de ceniza se derramó en la oscura cavidad de la que había salido la nave. Hendricks se acercó, montó a horcajadas sobre la malla y desenroscó la escotilla; los tableros de control y el asiento presurizado quedaron al descubierto.

Tasso avanzó hasta colocarse a su lado y echó un vistazo al interior de la nave.

—No estoy acostumbrada a pilotar cohetes —dijo al rato.

—Yo pilotaré —replicó Hendricks, levantando la vista.

—¿De veras? Solo hay un asiento, mayor. Está diseñado para transportar a un solo pasajero.

La respiración de Hendricks se alteró. Examinó con atención el interior de la nave. Solo había un asiento. Habían construido la nave para que solo transportara a un pasajero.

—Entiendo —dijo lentamente—. Y ese pasajero es usted.

Ella asintió.

—Por supuesto.

—¿Por qué?

Usted no puede ir. No sobreviviría al viaje. Está herido. Es probable que no llegara a su destino.

—Una opinión interesante, pero yo sé dónde está la base lunar. Y usted no. Podría volar durante meses sin localizarla. Está bien escondida. Sin saber lo que ha de buscar…

—Tendré que arriesgarme, mayor. Quizá no la encuentre, pero creo que usted me proporcionará toda la información que necesito. Su vida depende de ello.

—¿Qué quiere decir?

—Si localizo a tiempo la base lunar, tal vez consiga que envíen una nave para rescatarle. Si la localizo a tiempo. De lo contrario, estará perdido. Imagino que hay provisiones en la nave. Me durarán lo bastante para…

Hendricks se movió con rapidez, pero su brazo herido le traicionó. Tasso se agachó y le esquivó. Levantó la mano con la velocidad del rayo. Hendricks vio acercarse la culata de la pistola. Intentó parar el golpe, pero la mujer era demasiado rápida. La culata de metal se estrelló en un lado de su cabeza, justo encima de la oreja. Un dolor entumecedor invadió su cuerpo. Dolor y nubes de negrura. Se desplomó en el suelo.

Apenas se dio cuenta de que Tasso estaba junto a él, dándole golpecitos con la punta del pie.

—¡Despierte, mayor!

Abrió los ojos y gruñó.

—Escúcheme. —Ella se agachó, apuntándole al rostro con la pistola—. Debo darme prisa. No queda mucho tiempo. La nave está preparada para despegar, pero usted debe darme la información que necesito antes de que me vaya.

Hendricks sacudió la cabeza, intentando despejarla.

—¡De prisa! ¿Dónde está la base lunar? ¿Cómo puedo localizarla? ¿Qué debo buscar?

Hendricks no dijo nada.

—¡Conteste!

—Lo siento.

—Mayor, la nave está cargada de provisiones. Puedo volar durante semanas. Tarde o temprano encontraré la base. Y dentro de media hora usted estará muerto. Su única posibilidad de sobrevivir… —Enmudeció.

Algo se había movido en la pendiente, cerca de las ruinas. Algo surgía de la ceniza. Tasso se volvió con celeridad, apuntó y disparó; se levantó una llamarada. Algo salió corriendo y rodó sobre la ceniza. La mujer volvió a disparar. El garfio saltó en pedazos.

—¿Lo ve? —dijo Tasso—. Un explorador. No tardarán en llegar.

—¿Enviará un equipo de rescate?

—Sí, lo antes posible.

Hendricks la miró fijamente.

—¿Dice la verdad? —Una extraña expresión de avidez apareció en su rostro—. ¿Volverá a por mí? ¿Me conducirá a la base lunar?

—Le conduciré a la base lunar, pero ¡dígame dónde está! Apenas queda tiempo.

—Muy bien. —Hendricks cogió una piedra y se sentó—. Observe.

Hendricks se puso a dibujar en la ceniza. Tasso se erguía a su lado, contemplando los movimientos de la piedra. Hendricks estaba bosquejando un tosco plano lunar.

—Esta es la cordillera de los Apeninos. Aquí está el cráter de Arquímedes. La base lunar se halla al final de los Apeninos, a unos trescientos kilómetros. No sé exactamente dónde. Nadie de la Tierra lo sabe. Cuando sobrevuele los Apeninos, dispare una bengala roja y otra verde, seguida de dos rojas en rápida sucesión. El monitor de la base captará su señal. La base es subterránea, por supuesto. La guiarán mediante controles magnéticos.

—¿Y los mandos? ¿Sabré accionarlos?

—Los mandos son prácticamente automáticos. Lo único que debe hacer es dar la señal adecuada en el momento exacto.

—Lo haré.

—El asiento amortigua la sacudida del despegue. El aire y la temperatura se controlan de forma automática. La nave abandonará la Tierra y saldrá al espacio abierto. Se alineará con la Luna y describirá una órbita a su alrededor, a unos ciento cincuenta kilómetros de la superficie. La órbita la conducirá sobre la base. Cuando llegue a la región de los Apeninos, dispare los cohetes de señales.

Tasso se deslizó en el interior de la nave y se acomodó en el asiento presurizado. Las abrazaderas se cerraron automáticamente a su alrededor. Tecleó los mandos.

—Es una pena que no pueda venir, mayor. Todo está preparado para usted, y ahora resulta que no puede hacer el viaje.

—Deme la pistola.

Tasso sacó la pistola del cinturón. La sostuvo en las manos, sopesándola con aire pensativo.

—No se aleje mucho de aquí. De lo contrario, sería difícil localizarle.

—No me alejaré del pozo.

Tasso aferró la palanca de despegue y recorrió con los dedos el liso metal.

—Una hermosa nave, mayor. Bien construida. Admiro su técnica. Su pueblo siempre ha trabajado bien. Construye cosas bellas. Su trabajo, sus creaciones, constituyen su mayor logro.

—Deme la pistola —se impacientó Hendricks, extendiendo la mano. Luchó por ponerse en pie.

—¡Adiós, mayor!

Tasso arrojó la pistola lejos de Hendricks. La pistola rebotó en el suelo con un sonido metálico. Hendricks se precipitó a cogerla.

La escotilla de la nave se cerró de golpe. Hendricks regresó hacia el pozo. La puerta interior estaba cerrándose. Levantó la pistola, vacilante.

Se produjo un ruido ensordecedor. La nave surgió de su jaula metálica, fundiendo la malla. Hendricks se encogió y retrocedió. La nave pasó a través las nubes de ceniza y desapareció en el cielo.

Hendricks se quedó mirando mucho rato, hasta que la estela del chorro se desvaneció. No se movía nada. Sería mejor moverse. Pasaría bastante tiempo antes de que llegase la ayuda… si llegaba.

Registró sus bolsillos hasta encontrar un paquete de cigarrillos. Encendió uno con semblante severo. Todos le habían pedido cigarrillos. Pero los cigarrillos iban escasos.

Un lagarto reptaba entre la ceniza, cerca de él. Se detuvo en seco. El lagarto desapareció. El sol brillaba en lo alto. Algunas moscas se posaron sobre una roca plana. Hendricks las ahuyentó con el pie.

El calor aumentaba. Regueros de sudor resbalaban por su cara y se le introducían por el cuello de la camisa. Tenía la boca seca.

No tardó en dejar de caminar y sentarse sobre unos cascotes. Desenganchó el botiquín portátil del cinturón y tragó unas cápsulas calmantes. Miró a su alrededor. ¿Dónde estaba?

Había algo frente a él. Tendido en tierra. Silencioso e inmóvil.

Hendricks levantó la pistola al instante. Parecía un hombre. Entonces recordó. Eran los restos de Klaus. La Segunda Variedad. Abatido por Tasso. Vio ruedecillas, relés y piezas metálicas, diseminadas entre la ceniza. Centelleaban al sol.

Hendricks se puso en pie y caminó hacia los restos. Movió la forma inerte con el pie, hasta darle la vuelta. Vio la estructura de metal, las costillas y los puntales de aluminio. Algunos cables, parecidos a vísceras, cayeron al suelo. Un montón de alambres, interruptores y relés. Innumerables motores y varillas.

Se agachó. La caja craneal se había destrozado como consecuencia de la caída. El cerebro artificial era visible. Lo examinó. Un laberinto de circuitos. Tubos minúsculos. Alambres finos como un cabello. Tocó la caja craneal, que rodó a un lado. Vio la placa del tipo. Hendricks la examinó.

Y palideció.

V-IV.

Contempló la placa durante un largo rato. La Cuarta Variedad. No la Segunda. Se habían equivocado. Había más tipos. No solo tres. Muchos más, sin duda. Cuatro, como mínimo. Y Klaus no era la Segunda Variedad.

Se puso en tensión de repente. Algo se acercaba, caminando por la ceniza que se extendía al otro lado de la colina. ¿Qué sería? Forzó la mirada. Siluetas, siluetas que se acercaban lentamente desde la llanura de ceniza.

Venían hacia él.

Hendricks se acuclilló al instante y levantó la pistola. El sudor se le metió en los ojos. Hizo un esfuerzo por contener el pánico, a medida que las siluetas se aproximaban. La primera era un David. El David le vio y aceleró el paso. Los otros le siguieron a toda prisa. Un segundo David. Un tercero. Tres David, todos idénticos, avanzando hacia él en silencio, inexpresivos, con sus delgadas piernas subiendo y bajando. Abrazando sus ositos de peluche.

Apuntó y disparó. Los dos primeros David se desintegraron en partículas. El tercero continuó adelante. Y también la silueta que le pisaba los talones. Avanzaban en silencio por la extensión de ceniza gris en su dirección. Un Soldado Herido, que se alzaba detrás del David. Y…

 

Y detrás del Soldado Herido venían dos Tasso, caminando una al lado de la otra. Cinturón grueso, pantalones del ejército ruso, camisa, cabello largo. La silueta tan conocida, la misma que había visto un rato antes sentada en el asiento presurizado de la nave. Dos esbeltas y silenciosas siluetas, idénticas.

Se hallaban muy cerca. El David se dobló de súbito y dejó caer el osito de peluche. El juguete se puso a correr por el suelo. Los dedos de Hendricks se cerraron automáticamente alrededor del gatillo. El oso desapareció, convertido en polvillo. Las dos Tasso prosiguieron su avance, inexpresivas, codo con codo, a través de la ceniza gris.

Cuando casi habían llegado a su altura, Hendricks levantó la pistola y abrió fuego.

Las dos Tasso se desintegraron, pero un nuevo grupo subía hacia la loma, cinco o seis Tasso, todas idénticas, una formación que se dirigía en línea recta hacia él.

Y él le había proporcionado la nave y la señal en clave. Por su culpa iba camino de la Luna, de la base lunar. Él se lo había facilitado.

De todos modos, había acertado en lo referente a la bomba. Había sido diseñada con los conocimientos aportados por los demás tipos, el David y el Soldado Herido. Y el tipo Klaus. No la habían ideado seres humanos. Había sido inventada por alguna de las fábricas subterráneas, apartadas de todo contacto humano.

La formación de las Tasso se aproximaba. Hendricks se preparó, contemplándolas con calma. El rostro familiar, el grueso cinturón, la camisa, la bomba cuidadosamente colocada.

La bomba…

Mientras las Tasso se precipitaban sobre él, un ultimo e irónico pensamiento cruzó por la mente de Hendricks. Le hizo sentirse un poco mejor. La bomba. Fabricada por la Segunda Variedad para destruir a las demás variedades. Fabricada con ese único objetivo.

Ya empezaban a idear armas para combatir entre sí…

NOTA:

LA SEGUNDA VARIEDAD «Second Variety» [3 de octubre de 1952], en Space Science Fiction (mayo de 1953).

Mi gran tema (¿quién es humano, y quién aparenta o se enmascara de ser humano?) emerge en toda su plenitud. A menos que podamos, individual y colectivamente, estar seguros de la respuesta a esta pregunta, nos enfrentamos al que, desde mi punto de vista, es el problema más serio posible. Sin darle la respuesta adecuada, ni siquiera podemos estar seguros de nosotros mismos. Si ni tan solo puedo conocerme a mí mismo, mucho menos a los demás. Por tanto, sigo trabajando en el tema; para mí, no hay pregunta más importante. Y es muy difícil obtener la respuesta. (1976).


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