Texto aleatorio

Los ojos azules de Jill Herrick se llenaron de lágrimas. Miró a su marido con indecible horror.

—Eres… ¡Eres horrible! —aulló.

Lester Herrick continuó trabajando, disponiendo notas y gráficas en montones precisos.

—Horrible es un juicio de valor —afirmó—. No contiene información objetiva. —Envió un informe grabado sobre la vida parasitaria de Centauro mediante el ordenador de su escritorio—. Una simple opinión. La expresión de una emoción, nada más.

Jill se dirigió con pasos vacilantes hacia la cocina. Movió la mano para ponerla en marcha.

Las cintas transportadoras de la pared cobraron vida con un zumbido y expidieron alimentos para la cena desde los congeladores subterráneos.

—¿Ni siquiera por un tiempo breve? —suplicó a su marido por última vez—. ¿Ni siquiera…?

—Ni siquiera por un mes. Díselo cuando venga. Si no te atreves, lo haré yo. No quiero tener a un niño dando vueltas por aquí. Tengo demasiado trabajo. Este informe sobre Betelgeuse XI ha de estar listo dentro de diez días. —Lester introdujo una cinta sobre utensilios fosilizados de Fomalhaut en el ordenador—. ¿Qué le pasa a tu hermano? ¿Es incapaz de cuidar a su propio hijo?

Jill se frotó sus ojos hinchados.

—¿Es que no lo entiendes? ¡Quiero que Gus venga! Le pedí a Frank que le diera permiso. Y ahora tú…

—Me sentiré muy feliz cuando cumpla la edad de ser entregado al gobierno. —Lester hizo una mueca de desagrado—. Maldita sea, Jill, ¿aún no está preparada la cena? ¡Han pasado diez minutos! ¿Qué le pasa a esa cocina?

—Está casi a punto.

En la cocina se encendió una luz roja. El robocamarero había surgido de la pared y esperaba para recoger la comida.

Jill se sentó y se sonó con furia. Lester seguía trabajando en la sala de estar, imperturbable. Su trabajo. Sus investigaciones. Día tras día. Lester se estaba labrando un brillante futuro; no cabía duda. Su cuerpo flaco se hallaba inclinado como un resorte espiral sobre el ordenador; sus fríos ojos grises asimilaban febrilmente la información, analizaban, calculaban. Sus facultades conceptuales funcionaban como una maquinaria bien engrasada.

Los labios de Jill temblaban de rencor y desdicha. Gus… El pequeño Gus. ¿Cómo iba a decírselo? Nuevas lágrimas anegaron sus ojos. Nunca vería de nuevo a la rechoncha criatura. Nunca podría volver…, porque sus risas y juegos infantiles molestaban a Lester. Interferían en sus investigaciones.

La luz de la cocina pasó a verde. La comida salió expedida a los brazos del robocriado. La cena fue anunciada por leves tintineos.

—Ya lo oigo —rezongó Lester. Desconectó el ordenador y se puso en pie—. Supongo que llegará mientras estemos cenando.

—Puedo videofonar a Frank y pedirle…

—No. Lo mejor será darlo por concluido cuanto antes. —Lester movió la cabeza con impaciencia en dirección al robot—. Muy bien. Sírvenos. —Sus labios finos se fruncieron de cólera—. ¡No pierdas el tiempo, maldita sea! ¡Quiero volver a mi trabajo!

Jill reprimió sus lágrimas.

El pequeño Gus entró arrastrando los pies cuando terminaban de cenar.

Jill lanzó un grito de alegría.

—¡Gussie! —Se precipitó a estrecharle entre sus brazos—. ¡Estoy tan contenta de verte!

—Cuidado con mi tigre —murmuró Gus. Dejó caer sobre la alfombra su pequeño gato gris, que corrió a refugiarse bajo el sofá—. Se ha escondido.

Lester echó chispas por los ojos mientras contemplaba al niño y el extremo de la cola gris que sobresalía del sofá.

—¿Por qué le llamas tigre? No es más que un vulgar gato callejero.

Gus se revolvió, ofendido.

—Es un tigre. Tiene rayas.

—Los tigres son amarillos y mucho más grandes. Ya es hora de que aprendas a llamar a las cosas por su nombre.

—Por favor, Lester… —suplicó Jill.

—Cállate —le espetó su marido—. Gus es lo bastante mayor como para desechar ilusiones infantiles y desarrollar una orientación realista. ¿En qué fallarán los analistas psíquicos? ¿Acaso no eliminan estas tonterías?

Gus corrió a tomar su gato.

—¡Déjale en paz!

Lester contempló el gato. Una extraña y fría sonrisa se dibujó en sus labios.

—Baja al laboratorio alguna vez, Gus. Te enseñaremos montones de gatos. Los utilizamos en nuestras investigaciones. Gatos, cobayas, conejos…

—¡Lester! —chilló Jill—. ¡Hay que ver cómo eres!

Lester lanzó una breve carcajada. Se levantó de repente y volvió a su escritorio.

—Desaparezcan. Debo acabar estos informes. Y no te olvides de decírselo a Gus.

—¿Decirme qué? —preguntó Gus, excitado. Sus mejillas enrojecieron y sus ojos brillaron—. ¿Qué es? ¿Algo para mí? ¿Un secreto?

Un peso enorme oprimió el corazón de Jill. Apoyó la mano con fuerza en el hombro del niño.

—Ven, Gus. Nos sentaremos en el jardín y te lo diré. Trae… Trae a tu tigre.

Un chasquido. El videotransmisor de emergencia se iluminó. Lester se puso en pie al instante.

—¡Callaos! —Corrió hacia el aparato, respirando con agitación—. ¡Que nadie hable!

Jill y Gus se detuvieron en la puerta. Un mensaje confidencial surgió de la ranura y cayó en la bandeja. Lester lo cogió y rompió el precinto. Lo examinó con suma concentración.

—¿Qué ocurre? —preguntó Jill—. ¿Malas noticias?

—¿Malas? —Un brillo interior iluminaba el rostro de Lester—. No, ni mucho menos. —Consultó su reloj—. Justo a tiempo. Veamos, necesitaré…

—¿Qué pasa?

—Me voy de viaje. Estaré ausente dos o tres semanas. Rexor IV se halla dentro de la zona cartografiada.

—¿Te vas a Rexor IV? —Jill aplaudió de alegría—. ¡Oh, siempre he querido ver un sistema viejo, ciudades y ruinas antiguas! Lester, ¿puedo acompañarte? ¿Puedo ir contigo? Nunca hemos hecho vacaciones, y siempre me prometiste…

Lester Herrick contempló a su mujer, patidifuso.

—¿Tú? ¿Tú, acompañarme? —Lanzó una desagradable carcajada—. Date prisa y hazme el equipaje. He esperado esta oportunidad durante mucho tiempo. —Se frotó las manos, satisfecho—. El niño puede quedarse aquí hasta que yo vuelva, pero ni un segundo más. ¡Rexor IV! ¡Estoy impaciente!

—Debes hacer algunas concesiones —dijo Frank—. Al fin y al cabo, es un científico.

—No me importa —repuso Jill—. Voy a dejarle en cuanto regrese de Rexor IV. Ya me he decidido.

Su hermano calló, absorto en sus pensamientos. Estiró los pies sobre el césped del pequeño jardín.

—Bueno, si le dejas, podrás casarte de nuevo. Todavía estás clasificada como sexualmente adecuada, ¿verdad?

—Ya puedes apostar por ello —afirmó Jill—. No tendría ningún problema. Quizá encuentre a alguien que quiera tener hijos.

—Piensas demasiado en los niños —observó Frank—. A Gus le encanta venir a verte, pero no le gusta Lester. Les le mortifica.

—Lo sé. Con él ausente, esta semana pasada ha sido una delicia. —Jill acarició su liso cabello rubio, sonrojándose—. Me he divertido. Me he sentido viva otra vez.

—¿Cuándo volverá?

—En cualquier momento. —Jill cerró los puños—. Llevamos casados cinco años, y cada año ha sido peor que el anterior. Es tan…, tan inhumano. Frío e insensible. Él y su trabajo. Día y noche.

—Les es ambicioso. Quiere llegar a la cumbre de su especialidad. —Frank encendió un cigarrillo con movimientos perezosos—. Un trepador. Bien, tal vez lo consiga. ¿En qué trabaja?

—Toxicología. Fabrica nuevos venenos para los militares. Inventó el sulfato de cobre despellejador que utilizaron contra Calixto.

—Es un campo muy restringido. Fíjate en mí. —Frank se apoyó contra la pared de la casa, satisfecho—. Hay miles de abogados de Seguridad. Podría trabajar cinco años sin llamar la atención. Con eso me contento. Hago mi trabajo. Lo disfruto.

—¡Ojalá Lester pensara como tú!

—Quizá cambie.

—Nunca cambiará —dijo Jill con amargura—. Ahora lo sé. Por eso he tomado la decisión de dejarle. Siempre será igual.

Lester Herrick volvió de Rexor IV convertido en un hombre diferente. Exhibió una sonrisa radiante y depositó la maleta antigravitatoria en brazos del robocriado.

—Gracias.

Jill se quedó sin habla.

—¡Les! ¿Qué…?

Lester la saludó con una leve inclinación del sombrero.

—Buenos días, querida. Estás guapísima. Tus ojos son claros y azules. Brillan como un lago virginal alimentado por ríos procedentes de las montañas. —Olfateó el aire—. ¿Huelo acaso un delicioso plato, calentándose en el horno?

—¡Oh, Lester! —Jill parpadeó, indecisa. Una débil esperanza creció en su pecho—. Lester, ¿qué te ha pasado? Estás… muy diferente.

—¿De veras, querida? —Lester paseó por la casa, tocando los objetos y exhalando suspiros—. Mi querida casa, tan dulce y entrañable. No sabes lo maravilloso que es estar aquí. Créeme.

—Tengo miedo de creerlo —respondió Jill.

—¿De creer qué?

—Que hablas en serio. Que ya no eres como antes, como siempre has sido.

—¿Cómo era?

—Mezquino. Mezquino y cruel.

—¿Yo? —Lester frunció el ceño y se frotó los labios—. ¡Hummm! Interesante. —Sonrió—. Bueno, eso pertenece al pasado. ¿Qué hay para cenar? Me muero de hambre.

Jill no dejó de mirarle con incertidumbre mientras se dirigía a la cocina.

—Lo que te apetezca, Lester. Ya sabes que nuestra cocina cubre toda la lista de platos selectos.

—Por supuesto. —Lester carraspeó—. Bien, ¿qué te parece solomillo en su punto, cubierto de cebollas? Con salsa de champiñones, panecillos y café caliente. Y de postre, sugiero helado y pastel de manzana.

—Nunca te importó demasiado la comida —dijo Jill, con aire pensativo.

—¿No?

—Siempre decías que ojalá se pudieran administrar tomas de alimentación por vía intravenosa. —Examinó a su marido con suma curiosidad—. Lester, ¿qué ha pasado?

—Nada. Nada en absoluto.

Lester sacó su pipa y la encendió con rapidez y cierta torpeza. Cayeron algunas hebras de tabaco sobre la alfombra. Se agachó nerviosamente y trató de recogerlas.

—Dedícate a tus cosas y no te preocupes por mí, te lo ruego. Tal vez pueda ayudarte a preparar… Quiero decir, ¿puedo ayudarte en algo?

—No. Ya me encargo yo. Sigue con tu trabajo, si quieres.

—¿Trabajo?

—Tus investigaciones sobre las toxinas.

—¡Toxinas! —Lester se mostró confuso—. ¡Por el amor de Dios! Toxinas. ¡Al diablo con ellas!

—¿Cómo dices, querido?

—Es que, en este momento, me siento muy cansado. Trabajaré más tarde. —Lester vagó sin rumbo por la habitación—. Creo que me sentaré y disfrutaré de estar en casa de nuevo, lejos de ese horrible Rexor IV.

—¿Es horrible?

—Espantoso. —Lester hizo una mueca de desagrado—. Seco y muerto. Viejo. Reducido a pulpa por el viento y el sol. Un lugar temible, querida mía.

—Lo siento. Siempre quise visitarlo.

—¡Dios no lo quiera! —exclamó Lester de todo corazón—. Tú te quedarás aquí, querida. Conmigo. Juntos…, los dos. —Paseó la mirada por la habitación—. Sí, los dos. La Tierra es un planeta maravilloso. Húmedo y lleno de vida. —Una sonrisa de felicidad iluminó su cara—. Perfecto.

—No lo entiendo —dijo Jill.

—Repite todo lo que recuerdes —dijo Frank. Su lápiz robot se preparó—. Siento curiosidad por los cambios que has observado en él.

—¿Por qué?

—Por nada. Sigue. ¿Dices que advertiste enseguida que estaba distinto?

—Me di cuenta al instante, por la expresión de su rostro. No era dura ni práctica, sino plácida, relajada, tolerante, serena.

—Entiendo —dijo Frank—. ¿Qué más?

Jill miró con nerviosismo al interior de la casa.

—No nos puede oír, ¿verdad?

Estaban en el patio posterior.

—No. Está jugando con Gus en la sala de estar. Hoy son hombres-nutria venusinos. Tu marido ha construido un tobogán para nutrias en el laboratorio. Le vi desempaquetándolo.

—Su conversación.

—¿Su qué?

—La forma en que habla. Las palabras que elige, palabras que nunca había empleado. Frases nuevas, metáforas. Nunca le he oído utilizar una metáfora en los cinco años que llevamos juntos. Decía que las metáforas eran inexactas, engañosas y…

—¿Y qué?

El lápiz escribía sin cesar.

—Son palabras extrañas. Palabras antiguas. Palabras que ya no se oyen.

—¿Fraseología arcaica? —preguntó Frank, tenso.

—Sí. —Jill paseaba arriba y abajo del jardín, con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones de plástico—. Palabras pomposas, como…

—¿Como extraídas de un libro?

—¡Exacto! ¿Te has dado cuenta?

—Sí —respondió Frank, con expresión sombría—. Sigue.

Jill dejó de caminar.

—¿Qué piensas? ¿Tienes una teoría?

—Quiero más datos concretos.

Jill reflexionó.

—Juega con Gus. Juega y bromea. Y… come.

—¿Es que no comía antes?

—No como ahora. Ahora, le encanta comer. Va a la cocina y prueba combinaciones incesantemente. Él y la cocina se alían para preparar toda clase de platos exóticos.

—Me ha parecido que ha engordado.

—Ha engordado cinco kilos. Come, sonríe y ríe. Se muestra muy atento en todo momento. —Jill desvió la vista con timidez—. Hasta es… ¡romántico! Siempre había dicho que eso era irracional. Y ya no le interesa su trabajo, sus investigaciones sobre las toxinas.

—Entiendo. —Frank se mordió el labio—. ¿Algo más?

—Hay algo que me sorprende mucho. Lo he observado en infinidad de ocasiones.

—¿Qué es?

—Parece tener extraños lapsos de…

Sonó un estallido de carcajadas. Lester Herrick, con los ojos brillantes de alegría, salió corriendo de la casa, seguido del pequeño Gus.

—¡Les vamos a dar una noticia! —exclamó Lester.

—Una notisia —repitió Gus.

Frank dobló sus notas y las guardó en el bolsillo de la chaqueta. El lápiz se precipitó detrás de ellas.

—¿Cuál es? —preguntó Frank, levantándose.

—Dila tú.

Lester tomó a Gus de la mano y le hizo avanzar.

La cara regordeta de Gus mostró una mueca de concentración.

—¡Voy a vivir con vosotros! —anunció. Escrutó ansiosamente la expresión de Jill—. Lester me da permiso. ¿Puedo, tía Jill?

Una inmensa alegría henchió el corazón de Jill. Su mirada se desvió de Gus a Lester.

—¿Lo dices…, lo dices en serio?

Su voz era casi inaudible. Lester la rodeó con el brazo y la estrechó contra él.

—¡Pues claro que lo digo en serio! —Su mirada era cálida, llena de comprensión—. Nosotros somos incapaces de tomarte el pelo, querida.

—¡No te tomamos el pelo! —gritó Gus, excitado—. ¡Se acabaron las tomaduras de pelo! —Lester, Jill y el niño se abrazaron—. ¡Nunca más!

Frank se mantenía algo apartado, con el semblante hosco. Jill lo advirtió y avanzó hacia él.

—¿Qué pasa? —tartamudeó—. ¿Algo va…?

—Cuando hayas terminado —dijo Frank a Lester Herrick—, me gustaría que me acompañaras.

Un escalofrío atenazó el corazón de Jill.

—¿Qué sucede? ¿Puedo venir yo también?

Frank denegó con la cabeza. Avanzó hacia Lester de forma amenazadora.

—Vamos, Herrick. Tú y yo vamos a hacer un pequeño viaje.

Los tres agentes de la Seguridad Federal tomaron posiciones a pocos pasos de Lester Herrick, con los vibrotubos preparados.

El director de Seguridad, Douglas, examinó a Herrick durante largo rato.

—¿Está seguro? —dijo por fin.

—Absolutamente —afirmó Frank.

—¿Cuándo regresó de Rexor IV?

—Hace una semana.

—¿Y el cambio fue perceptible al instante?

—Su esposa lo notó en cuanto le vio. No cabe duda de que se produjo en Rexor. —Frank hizo una significativa pausa—. Y usted ya sabe lo que eso quiere decir.

—Lo sé.

Douglas caminó lentamente alrededor del hombre sentado y le examinó desde todos los ángulos.

Lester Herrick se hallaba sentado en silencio, con la chaqueta pulcramente doblada sobre la rodilla. Descansaba las manos sobre su bastón de puño de marfil; tenía el rostro sereno e inexpresivo. Vestía un traje gris claro, corbata de tonos apagados, puños dobles y lustrosos zapatos negros. No decía nada.

—Sus métodos son sencillos y precisos —dijo Douglas—. Extraen y almacenan, en alguna especie de suspensión, los contenidos psíquicos originales. La introducción de los contenidos sustitutivos es instantánea. Es muy probable que Lester Herrick se encontrara vagando por las ruinas de alguna ciudad de Rexor, haciendo caso omiso de las precauciones de seguridad, escudo o pantalla manual, y le atraparan.

El hombre sentado se movió.

—Me gustaría mucho comunicarme con Jill —murmuró—. Se estará poniendo nerviosa.

Frank se volvió con una mueca de repulsión.

—¡Santo Dios!, continúa fingiendo.

El director Douglas se contuvo con un enorme esfuerzo.

—Desde luego, es algo asombroso. No se producen cambios físicos. Lo miras y no adviertes nada. —Avanzó hacia el hombre sentado con expresión dura—. Escúchame, sea cual sea tu nombre. ¿Entiendes lo que digo?

—Por supuesto —contestó Lester Herrick.

—¿De veras crees que te vas a salir con la tuya? Atrapamos a los otros…, los que te precedieron. A todos. Incluso antes de que llegaran. —Douglas sonrió con frialdad—. Los vibrodesintegramos uno tras otro.

Lester Herrick palideció. El sudor perló su frente. Lo secó con un pañuelo de seda que sacó del bolsillo superior de la chaqueta.

—¿Sí? —murmuró.

—Usted no nos engaña. Toda la Tierra está en alerta contra los rexorianos. Me sorprende que consiguiera abandonar Rexor. Herrick debió de haberse comportado con extrema imprudencia. Neutralizamos a los demás a bordo de la nave. Los devolvimos al espacio.

—Herrick tenía una nave particular —murmuró el hombre sentado—. Burló la estación de control. No existen registros de su llegada. No fue detectado.

—¡Fríanlo! —graznó Douglas.

Los tres agentes de Seguridad levantaron sus tubos y dieron un paso adelante.

—No. —Frank sacudió la cabeza—. No podemos. La situación es muy complicada.

—¿Qué quiere decir? ¿Por qué no podemos? Freímos a todos los demás…

—Fueron apresados en el espacio. Estamos en la Tierra. No se aplican las leyes militares, sino las leyes de la Tierra. —Frank señaló al hombre sentado con un ademán—. Y ocupa un cuerpo humano. Se halla bajo las leyes civiles normales. Debemos demostrar que no es Lester Herrick…, que es un rexoriano infiltrado. Es difícil, pero posible.

—¿Cómo?

—Su mujer. La mujer de Herrick. Su testimonio. Jill Herrick puede dar cuenta de las diferencias entre Lester Herrick y esta cosa. Ella lo sabe…, y creo que podremos clarificarlo en el juicio.

Caía la tarde. Frank mantenía el crucero de superficie a escasa velocidad. Ni él ni Jill hablaban.

—Eso lo explica todo —dijo por fin Jill, pálida. Sus ojos secos y brillantes no delataban la menor emoción—. Sabía que era demasiado estupendo para ser cierto. —Intentó sonreír—. Parecía maravilloso.

—Lo sé —asintió Frank—. Es una situación terrible. Si por lo menos…

—¿Por qué? —preguntó Jill—. ¿Por qué ese hombre…, esa cosa lo hizo? ¿Por qué se adueñó del cuerpo de Lester?

—Rexor IV es viejo. Muerto. Un planeta agonizante. La vida se está extinguiendo.

—Ahora lo recuerdo. Él… dijo algo parecido. Algo acerca de Rexor. Que estaba contento de haberse marchado.

—Los rexorianos son una raza antigua. Los pocos que quedan son débiles. Han intentado emigrar durante siglos, pero sus cuerpos son demasiado frágiles. Algunos trataron de emigrar a Venus… y murieron en el acto. Inventaron este sistema hace más o menos un siglo.

—Pero sabe mucho sobre nosotros. Habla nuestro idioma.

—Pero sin dominarlo. Los cambios que mencionaste, la extraña dicción. Los rexorianos solo poseen un vago conocimiento de los seres humanos. Una especie de abstracción ideal, extraída de los objetos terrícolas que han llegado a Rexor, libros en especial; datos secundarios de este tipo. La idea rexoriana de la Tierra se basa en clásicos literarios de la Tierra, novelas románticas del pasado. Idioma, costumbres y modales de los viejos libros terrícolas.

»Eso explica el extraño arcaísmo de esa cosa. Había estudiado la Tierra, de acuerdo, pero de una manera indirecta y engañosa. —Frank sonrió con ironía—. Los rexorianos llevan un atraso de doscientos años…, y eso nos da una ventaja. Así podemos detectarlos.

—¿Esto… suele suceder? ¿Es frecuente? Parece increíble. —Jill se frotó la frente, cansada—. Es como un sueño. Cuesta comprender que haya ocurrido de veras. Estoy empezando a entender lo que significa.

—La galaxia está llena de formas de vida alienígenas. Seres parasitarios y destructivos. La ética terrícola no les es aplicable. Debemos mantenernos en constante vigilancia. Lester deambuló por Rexor sin sospechar nada…, y esta cosa le expulsó de su cuerpo y lo ocupó.

Frank miró a su hermana. El rostro de Jill no expresaba la menor emoción. Un rostro severo, de grandes ojos, pero sosegado. Estaba sentada muy erguida, con la vista clavada en el frente y sus pequeñas manos enlazadas sobre el regazo.

—Lo haremos de tal forma que no te sea preciso acudir al juicio en persona —prosiguió Frank—. Grabas en vídeo la declaración y la presentaremos como prueba. Estoy seguro de que tu declaración bastará. El tribunal federal nos ayudará en todo lo que pueda, pero necesita alguna prueba para seguir adelante.

Jill no dijo nada.

—¿Qué opinas? —preguntó Frank.

—¿Qué ocurrirá después de que el tribunal tome una decisión?

—Le administraremos un vibrorrayo. Destruiremos la mente rexoriana. Un patrullero terrícola de Rexor IV enviará una expedición para localizar los…, hummm…, contenidos originales.

Jill tragó saliva. Se volvió hacia su hermano, asombrada.

—¿Quieres decir…?

—¡Oh, sí! Lester está vivo. En suspensión, en alguna parte de Rexor. En una de las ciudades derruidas. Tendremos que obligarlos a que nos lo entreguen. No querrán, pero lo harán. Ya lo han hecho otras veces. Después, volverá contigo, sano y salvo. Igual que antes. Y esta horrible pesadilla que estás viviendo pasará a formar parte del pasado.

—Entiendo.

—Ya hemos llegado.

El crucero se detuvo ante el imponente edificio de la Seguridad Federal. Frank salió enseguida y abrió la puerta a su hermana. Jill bajó lentamente.

—¿De acuerdo? —preguntó Frank.

—De acuerdo.

Cuando ambos entraron en el edificio, agentes de la Seguridad Federal les guiaron entre las pantallas de comprobación. Recorrieron largos pasillos. Los tacones altos de Jill resonaban en el siniestro silencio.

—Menudo lugar —comentó Frank.

—Es tenebroso.

—Considéralo una comisaría de policía con pretensiones. —Frank se detuvo ante una puerta custodiada—. Es aquí.

—Espera. —Jill retrocedió, con una mueca de pánico—. Yo…

—Esperaremos a que te sientas preparada. —Frank indicó al agente que se marchara—. Lo comprendo. Es un mal asunto.

Jill se quedó quieta un momento, con la cabeza gacha. Respiró profundamente y cerró los puños. Alzó la barbilla con firmeza.

—Adelante.

—¿Estás dispuesta?

—Sí.

Frank abrió la puerta.

—Vamos a ello.

El director Douglas y los tres agentes de la Seguridad Federal se volvieron con expectación cuando Jill y Frank entraron.

—Bien —murmuró Douglas, aliviado—. Empezaba a preocuparme.

El hombre sentado se levantó poco a poco y cogió su chaqueta. Apretó con dedos tensos el bastón con pomo de marfil. No dijo nada. Contempló en silencio a la mujer que entraba en la habitación, seguida de Frank.

—Esta es la señora Herrick —dijo Frank—. Jill, te presento al director de Seguridad Douglas.

—He oído hablar de usted —dijo Jill en voz baja.

—Entonces, ya sabrá cuál es nuestro trabajo.

—Sí, sé cuál es su trabajo.

—Este asunto es muy desagradable. Ya ha ocurrido en anteriores ocasiones. No sé lo que Frank le habrá dicho…

—Me ha explicado la situación.

—Bien —suspiró Douglas—, me alegro. No resulta fácil de explicar. Ya comprenderá, pues, lo que queremos. Los casos anteriores fueron neutralizados en el espacio. Les administramos una dosis de vibrotubos y recuperamos los contenidos originales. Esta vez, sin embargo, debemos proceder siguiendo los conductos legales. —Douglas tomó una grabadora de vídeo—. Necesitamos su declaración, señora Herrick. Como no se han producido alteraciones físicas, carecemos de pruebas directas para apoyar nuestro caso. Solo podemos presentar ante el tribunal su testimonio acerca de la alteración del carácter.

Extendió la grabadora. Jill la tomó, despacio.

—No cabe duda de que su testimonio será aceptado por el tribunal. Este nos dejará las manos libres y procederemos en consecuencia. Si todo va bien, confiamos en que las cosas vuelvan a ser exactamente como antes.

Jill contempló en silencio al hombre que se hallaba de pie en un rincón, con la chaqueta y el bastón en la mano.

—¿Como antes? —dijo—. ¿Qué quiere decir?

—Como antes del cambio.

Jill se volvió hacia el director Douglas. Dejó la grabadora sobre la mesa con absoluta calma.

—¿A qué cambio se refiere?

Douglas palideció y se humedeció los labios. Todos los ojos estaban clavados en Jill.

—El cambio que se ha producido en él. —Señaló al hombre.

—¡Jill! —gritó Frank—. ¿Qué te pasa? —Avanzó rápidamente hacia ella—. ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Sabes muy bien a qué cambio nos referimos!

—Pues me extraña —dijo Jill con aire pensativo—. Yo no he notado ningún cambio.

Frank y el director Douglas intercambiaron una mirada.

—No lo entiendo —murmuró Frank, desconcertado.

—Señora Herrick… —empezó Douglas.

Jill se acercó al hombre que esperaba en silencio en el rincón.

—¿Nos vamos, querido? —preguntó, tocándole el brazo—. ¿Existe algún motivo que impida a mi marido salir de aquí?

El hombre y la mujer caminaban en silencio por la calle oscura.

—Bien, vamos a casa —dijo Jill.

—Hace una tarde espléndida —comentó el hombre, mirándola. Respiró profundamente y se llenó los pulmones de aire—. La primavera se acerca…, me parece. ¿No es cierto?

Jill asintió con la cabeza.

—¿Vamos a pie? ¿Está lejos?

—No mucho.

El hombre la miró con una expresión seria en el rostro.

—Estoy en deuda contigo, querida —dijo.

Jill asintió con la cabeza.

—Me gustaría darte las gracias. Debo admitir que no esperaba este…

Jill se volvió bruscamente.

—¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu nombre auténtico?

Los ojos grises del hombre destellaron. Una leve, tierna y hermosa sonrisa se dibujó en sus labios.

—Me temo que no serías capaz de pronunciarlo. Los sonidos no pueden formarse…

Jill guardó silencio mientras continuaban caminando, absorta en sus pensamientos. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse, como brillantes puntos amarillos en la oscuridad.

—¿Qué piensas? —preguntó el hombre.

—Estaba pensando que te seguiré llamando Lester —respondió Jill—, si no te importa.

—No me importa —dijo el hombre.

La rodeó con el brazo y la atrajo hacia él. La miró con ternura mientras se adentraban en la oscuridad, entre las luces amarillas que señalaban el camino.

—Lo que tú desees. Todo cuanto te haga feliz.

NOTA:

HUMANO ES «Human Is» [2 de febrero de 1953], en Startling Stories (invierno de 1955).

En mi opinión, este relato establece mis primeras conclusiones sobre lo que es humano. Mi punto de vista no ha cambiado desde que escribí el relato, allá por los años cincuenta. No es tu aspecto o en qué planeta has nacido. Depende de lo bondadoso que seas. La bondad, a mi juicio, nos distingue de las rocas, los palos y el metal, y así será siempre, independientemente de la forma que adoptemos, adónde vayamos y en qué nos transformemos. Para mí, «Humano es» constituye mi credo. Quizá también sea el vuestro. (1976).


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar