Texto aleatorio

Ocho años antes había despedido a su amigo en la estación de North Wall deseándole buena suerte. Gallaher hizo carrera. Se notaba enseguida por su aire viajado, su traje de tweed bien cortado y su acento intrépido. Pocos tipos tenían su talento y menos todavía eran capaces de permanecer sin corromperse con semejante éxito. Gallaher mantenía el corazón en su lugar y se merecía su triunfo. Daba gusto tener un amigo así.

Los pensamientos de Little Chandler incluso desde el almuerzo no eran otros que sobre su cita con Gallaher, sobre la invitación de Gallaher, sobre la magnífica ciudad de Londres donde Gallaher vivía. Le decían Little Chandler porque, aunque era apenas más bajo que una estatura mediana, daba la impresión de ser bajito. Sus manos eran pequeñas y blancas, tenía una contextura frágil, su voz era tranquila y sus modales refinados. Cuidaba con exceso su cabello claro y sedoso y su bigote, y usaba un discreto perfume en el pañuelo. La medialuna de sus uñas era perfecta y cuando sonreía dejaba entrever una fila de blancos dientes de leche.

Sentado a su escritorio en King’s Inns pensaba en los cambios que le habían traído esos ocho años. El amigo a quien había conocido necesitado y con aspecto desprolijo se había convertido en una brillante figura de la prensa británica. Levantaba seguido la vista de su agotador escrito para mirar a la calle por la ventana de la oficina. El resplandor del atardecer de un otoño tardío cubría los espacios verdes y los senderos. Bañaba con un generoso polvo dorado a las niñeras desaliñadas y a los viejos decrépitos que dormitaban en los bancos; centelleaba sobre cada figura en movimiento, sobre los niños que corrían gritando por los senderos de grava y sobre todo aquel que atravesaba los jardines. Contemplaba aquella escena y pensaba en la vida; y (como pasaba siempre que pensaba en la vida) se ponía triste. Una melancolía amable se apoderó de él. Sintió cuán inútil era luchar contra el destino, los años le habían dejado ese peso muerto como sabiduría.

Recordó los libros de poesía sobre los anaqueles de su casa. Los había comprado en sus días de bachiller y más de una noche, sentado en el cuarto al fondo del pasillo, se había sentido tentado de tomar uno de la biblioteca para leerle algo a su esposa. Pero la timidez lo retenía siempre, y así los libros permanecían en los anaqueles. A veces se repetía versos para sí mismo y esto lo consolaba.

Cuando llegó la hora se levantó y se despidió escrupulosamente de su oficina y de sus compañeros. Emergió del arco feudal de King’s Inn, una figura pulcra y modesta, y caminó rápido hacia Henrietta Street. El dorado crepúsculo iba menguando y el aire se volvía cortante. Una horda de chicos mugrientos poblaba las calles. Corrían o se paraban en medio de la calle o gateaban los escalones de las puertas o se acuclillaban como ratones en cada umbral. Little Chandler no les dio importancia. Se abrió paso sordamente a través de aquella agusanada forma de la vida y pasó bajo la sombra de las demacradas mansiones espectrales donde se había pavoneado la antigua nobleza de Dublín. Ningún recuerdo del pasado lo alcanzaba porque su cabeza estaba ocupada en la alegría del momento.

Nunca había estado en Corless’s, pero conocía el valor de aquel nombre. Sabía que la gente iba ahí después del teatro a comer ostras y beber licores; y se decía que los mozos hablaban francés y alemán. Pasando rápido por enfrente de noche había visto cómo paraban los coches de plaza en la puerta y cómo las damas con vestidos caros, acompañadas por caballeros, bajaban y entraban rápidamente. Llevaban vestidos escandalosos y varias pieles o chals. Tenían las caras empolvadas y levantaban sus vestidos cuando tocaban tierra, como alarmadas Atalantas1. Él siempre había pasado sin darse vuelta para mirar. Era su costumbre caminar rápido en la calle incluso de día y cuando se encontraba en la ciudad tarde en la noche apuraba el paso con aprensión y nerviosismo. A veces, sin embargo, cortejaba las causas de su miedo. Elegía las calles más oscuras y angostas, y como avanzaba con audacia, el silencio que se esparcía alrededor de sus pasos lo perturbaba, como lo perturbaba toda figura silenciosa y vagabunda; y a veces el sonido de una risa baja y fugitiva lo hacía temblar como una hoja.

Dobló a la derecha hacia Capel Street. ¡Ignatius Gallaher en la prensa de Londres! ¿Quién lo hubiera dicho ocho años antes? Sin embargo, ahora que revisaba el pasado, Little Chandler podía encontrar varios signos de la futura grandeza de su amigo. La gente solía decir que Ignatius Gallaher era tremendo. Por supuesto, él se juntaba en ese entonces con una banda de amigos algo libertinos, que tomaban mucho y pedían plata por todos lados. Al final terminó envuelto en cierto asunto turbio, una transacción de dinero: al menos, esa era una de las versiones de que se borrara. Pero nadie negaba su talento. Hubo siempre una cierta… algo en Ignatius Gallaher que impresionaba más allá de todo. Incluso cuando estaba metido en problemas y le fallaban los recursos conservaba un gesto audaz. Little Chandler recordó (y ese recuerdo lo hizo ruborizarse un poco de orgullo) uno de los dichos de Ignatius Gallaher cuando estaba acorralado:

—Ahora recreo, caballeros —solía decir al pasar—. ¿Dónde está mi gorra de reflexionar?

Así era Ignatius Gallaher, cómo no admirarlo.

Little Chandler apuró el paso. Por primera vez en su vida se sintió superior a la gente que pasaba. Por primera vez su alma se rebelaba contra la aburrida falta de elegancia de Capel Street. No había ninguna duda: si uno quería tener éxito había que irse. No había nada que hacer en Dublín. Al cruzar el puente de Grattan miró río abajo hacia la parte mala de los muelles y se compadeció de las casas tan chatas. Le parecieron una banda de mendigos acurrucados a orillas del río, sus viejos abrigos cubiertos por el polvo y el hollín, perplejos ante la vista del crepúsculo y esperando que el primer helado rocío nocturno los obligara a levantarse, sacudirse y echarse a andar. Se preguntó si podría escribir un poema para expresar esta idea. Quizá Gallaher pudiera publicarlo en un diario de Londres. ¿Podría escribir él algo original? No sabía qué idea quería expresar, pero el haber sido tocado por la gracia de un momento poético cobró vida en su interior como una esperanza infantil. Apuró el paso, decidido.

Cada paso lo acercaba más a Londres, alejándolo de su vida sobria y sin arte. Una luz empezaba a parpadear en su horizonte mental. No era tan viejo: 32 años. Se podía decir que su temperamento estaba justo en el punto de madurez. Había muchas impresiones y muchos estados de ánimo que quería expresar en verso. Los sentía en su interior. Trató de sopesar su alma para saber si era el alma de un poeta. La melancolía era la nota dominante de su temperamento, pensó, pero una melancolía atemperada por la recurrencia de la fe, la resignación y cierta alegría sencilla. Si lograra expresar todo esto en un libro de poemas tal vez el mundo lo escucharía. Nunca sería popular: se daba cuenta. No podría mover multitudes, pero podría convocar a un pequeño círculo de afinidades. Los críticos ingleses, tal vez, lo reconocerían como miembro de la escuela celta en razón del tono melancólico de sus poemas; además él incluiría algunas alusiones. Empezó a inventar las consideraciones y frases que merecerían sus libros. El señor Chandler tiene el don del verso fácil tocado por la gracia… Una anhelante tristeza impregna estos poemas… La nota céltica. Era una pena que su nombre no pareciera más irlandés. Tal vez fuera mejor colocar el apellido de su madre delante del suyo: Thomas Malone Chandler. O, mejor todavía: T. Malone Chandler. Hablaría con Gallaher sobre esto.

Persiguió sus ensueños con tal ardor que se pasó de largo y tuvo que volver. A punto de llegar a Corless’s su agitación inicial empezó a apoderarse de él y se detuvo frente a la puerta, indeciso. Finalmente abrió la puerta y entró.

La luz y el ruido del bar lo detuvieron en la entrada por un momento. Miró a su alrededor, pero sus ojos se confundían por el brillo de tantos vasos rojos y verdes. Le pareció que el bar estaba lleno de gente y sintió que la gente lo observaba con curiosidad. Miró rápido a izquierda y derecha (frunciendo las cejas ligeramente para hacer ver que su búsqueda era seria), pero cuando se le aclaró la vista vio que nadie se había dado vuelta para mirarlo: y ahí, por supuesto, estaba Ignatius Gallaher de espaldas al mostrador y con las piernas bien separadas.

—¡Hola, Tommy, campeón, llegaste! ¿Qué querés? ¿Qué vas a tomar? Estoy tomando whisky: es mucho mejor que al otro lado del charco. ¿Soda? ¿Lithia? ¿Nada de agua mineral? Yo soy igual. Echa a perder el gusto… Acá, garçon, sea bueno y tráiganos dos medidas de whisky de malta… Bien, ¿y cómo te fue desde la última vez que nos vimos? ¡Por Dios, qué viejos nos estamos poniendo! ¿A mí en qué se me nota, eh? Un poco canoso y pelado acá arriba, ¿no?

Ignatius Gallaher se sacó el sombrero y exhibió una gran cabeza casi rapada. Su cara era pesada, pálida y estaba bien afeitada. Sus ojos, que eran color azul pizarra, aliviaban su palidez enfermiza y brillaban incluso sobre el naranja vivo de su corbata. Entre estas dos facciones en lucha, sus labios se veían largos, descoloridos y sin forma. Inclinó la cabeza y se palpó con dos dedos piadosos el pelo ralo de su coronilla. Little Chandler negó con la cabeza. Ignatius Gallaher se volvió a poner el sombrero.

—El periodismo —dijo— te destruye. Siempre corriendo y alerta, buscando primicias y a veces sin suerte: y después, que lo que escribas tenga algo novedoso. A la mierda con las pruebas y el imprentero, me dije, al menos por unos días. Estoy tremendamente contento, te digo de verdad, de volver a las raíces. Te hacen bien las vacaciones. Me siento muchísimo mejor desde que desembarqué en este Dublín sucio y querido… Así que por fin, Tommy. ¿Agua? Decime cuánto.

Little Chandler dejó que le aguara bastante su whisky.

—No sabés lo que es bueno, viejo —dijo Ignatius Gallaher—. Yo lo tomo puro.

—Tomo poco como regla —dijo Little Chandler, con humildad—. Media medida o algo así cuando me topo con alguno de la vieja guardia: eso es todo.

—Ah, bueno —dijo Ignatius Gallaher, alegre—, a nuestra salud y por los buenos tiempos y los viejos amigos.

Chocaron los vasos y brindaron.

—Hoy me encontré con parte de la banda —dijo Ignatius Gallaher—. Parece que O’Hara anda mal. ¿Qué le pasa?

—Nada —dijo Little Chandler—. Se vino abajo.

—Pero Hogan está en buena posición, ¿no?

—Sí, él está en la Comisión Agraria.

—Me lo encontré una noche en Londres y se lo veía muy bien… ¡Pobre O’Hara! La bebida, supongo.

—Entre otras cosas —dijo Little Chandler, lacónico.

Ignatius Gallaher se rio.

—Tommy —le dijo—, veo que no cambiaste nada. Sos el mismo tipo serio que me daba un sermón el domingo por la mañana si me dolía la cabeza y tenía la lengua pastosa. Tendrías que salir un poco al mundo. ¿Nunca estuviste en otra parte, aunque sea por turismo?

—Estuve en la Isla de Man —dijo Little Chandler.

Ignatius Gallaher se rio.

—¡La Isla de Man! —dijo—. Andá a Londres o a París: mejor París. Te haría bien.

—¿Estuviste en París?

—¡Creo que sí! La he recorrido un poco.

—¿Y es realmente tan hermosa como dicen? —preguntó Little Chandler.

Tomó un sorbito de su vaso mientras Ignatius Gallaher terminaba el suyo de un trago.

—¿Hermosa? —dijo Ignatius Gallaher, haciendo una pausa para buscar la palabra y paladear la bebida—. No, no es tan hermosa, sabés. O mejor dicho, claro que es hermosa, pero no se trata de eso… Es la vida de París lo que importa. Ah, no hay ciudad como París para la diversión, el movimiento, el entusiasmo…

Little Chandler terminó su whisky y, después de insistir, consiguió llamar la atención de un mozo. Pidió otro.

—Estuve en el Moulin Rouge —continuó Ignatius Gallaher cuando el mozo se llevó los vasos— y fui a todos los cafés bohemios. ¡Fuerte! No muy aconsejable para un puritano como vos, Tommy.

Little Chandler no dijo nada hasta que el mozo regresó con los dos vasos: entonces chocó ligeramente el vaso de su amigo y devolvió el brindis anterior. Empezaba a sentirse algo desilusionado. El tono de Gallaher y su manera de hablar no le gustaban. Había algo vulgar en su amigo que no había notado antes. Pero tal vez fuera el resultado de vivir en Londres en medio del caos y la competencia periodística. El viejo encanto personal se sentía todavía por debajo de sus nuevos modales afectados. Y, después de todo, Gallaher había vivido y había viajado. Little Chandler miró a su amigo con envidia.

—Todo es alegría en París —dijo Ignatius Gallaher—. Piensan que hay que gozar la vida. ¿No pensás que tienen razón? Si querés gozar la vida verdaderamente, tenés que ir a París. Y dejame decirte que quieren mucho a los irlandeses. Cuando se enteraban que era de Irlanda, amigo, me querían comer.

Little Chandler bebió cinco o seis sorbos de su vaso.

—Pero, decime —le dijo—, ¿es verdad que París es tan… inmoral como dicen?

Ignatius Gallaher hizo un gesto católico con la mano derecha.

—Todos los lugares son inmorales —dijo—. Claro que hay zonas picantes en París. Andá a una de esas fiestas de estudiantes, por ejemplo. Muy animadas, eso sí, cuando las cocottes 2se desatan. Sabés lo que te digo, supongo.

—Oí hablar de ellas —dijo Little Chandler.

Ignatius Gallaher bebió de su whisky y meneó la cabeza.

—Podés decir lo que quieras, pero no hay mujer como la parisina. Por su estilo, su soltura.

—Entonces es una ciudad inmoral —dijo Little Chandler, con insistencia tímida—. Quiero decir, comparada con Londres o con Dublín.

—¡Londres! —dijo Ignatius Gallaher—. Eso es el hambre y las ganas de comer. Preguntale a mi amigo Hogan. Algo le mostré de Londres cuando estuvo allá. Él te va abrir los ojos… Tommy, querido, no es ponche, es whisky: de una sola vez.

—No, de verdad…

—Ah, vamos, uno más no te va a matar. ¿De qué? ¿Del mismo, supongo?

—Bueno…, ok…

—François, uno más… ¿Fumás, Tommy?

Ignatius Gallaher sacó su tabaquera. Los dos amigos prendieron sus cigarrillos y fumaron en silencio hasta que llegaron los tragos.

—Te voy a dar mi opinión —dijo Ignatius Gallaher, emergiendo de la nube de humo en la que se había refugiado—, el mundo es raro. ¡Hablar de inmoralidades! He oído de tantos casos…, pero ¿qué digo? Los he conocido: casos de… inmoralidad…

Ignatius Gallaher pitó pensativo y después, con el tono calmo de un historiador, procedió a esbozarle a su amigo el cuadro de la extendida degeneración en el extranjero. Resumió los vicios de muchas capitales y parecía inclinado a darle el premio a Berlín. Ciertas cosas no las podía aseverar (sus amigos se las habían contado), pero de otras sí tenía experiencia personal. No perdonó ni clase ni casta. Reveló varios secretos de las órdenes religiosas del continente y describió algunas prácticas que estaban de moda en la alta sociedad y terminó por contarle, con detalle, la historia de una duquesa inglesa, anécdota que sabía que era verdad. Little Chandler se quedó pasmado.

—Pero, bueno —dijo Ignatius Gallaher—, acá estamos en el viejo Dublín, donde nadie sabe nada de nada.

—¡Te debe parecer muy aburrido —dijo Little Chandler—, después de todos los lugares que viste!

—Bueno —dijo Ignatius Gallaher—, es un alivio venir acá, entendés. Y, después de todo, es la patria, como se dice, ¿no es así? No podés evitar el sentimiento. Es la naturaleza humana… Pero contame algo de vos. Hogan me dijo que habías… probado las delicias de la vida conyugal. Hace dos años, ¿no?

Little Chandler se ruborizó y sonrió.

—Sí —le dijo—. En mayo pasado se cumplieron dos años.

—Espero que no sea demasiado tarde para desearte lo mejor —dijo Ignatius Gallaher—. No sabía tu dirección, lo hubiera hecho entonces.

Extendió su mano, que Little Chandler estrechó.

—Bueno, Tommy —le dijo—, te deseo a vos y a los tuyos lo mejor en esta vida, viejo, y parvas de dinero y que vivas hasta el día que yo te mate. Estos son los deseos de un viejo y sincero amigo, como vos sabés, ¿no?

—Lo sé —dijo Little Chandler.

—¿Algún cachorro? —dijo Ignatius Gallaher.

El pequeño Chandler se ruborizó otra vez.

—Tenemos uno —dijo.

—¿Un hijo o una hija?

—Un varoncito.

Ignatius Gallaher le dio una sonora palmada a su amigo en la espalda.

—Bravo, Tommy —le dijo—. Estaba seguro.

Little Chandler sonrió, miró confusamente a su vaso y se mordió el labio inferior con los tres dientes superiores que parecían de leche.

—Espero que vengas una noche a cenar con nosotros —dijo—, antes de que te vayas. A mi esposa le va a encantar conocerte. Podríamos poner un poco de música y…

—Muchísimas gracias, viejo —dijo Ignatius Gallaher—. Lamento que no nos hayamos visto antes. Pero tengo que irme mañana a la noche.

—¿Y esta noche quizá…?

—Lo siento muchísimo, amigo. Justo estoy con otro amigo, un chico inteligente también, y ya arreglamos para ir a una partida de cartas. Si no fuera por eso…

—Ah, en ese caso…

—Pero ¿quién sabe? —dijo Ignatius Gallaher, considerado—. Tal vez el año que viene me dé un salto, ahora que ya rompí el hielo. Postergamos el gusto.

—Muy bien —dijo Little Chandler—, la próxima vez que vengas tenemos que armar una noche juntos. ¿Quedamos en eso?

—Quedamos, sí —dijo Ignatius Gallaher—. El año que viene si vengo, parole d’honneur.

—Y para cerrar el trato —dijo Little Chandler—, vamos a tomar la última.

Ignatius Gallaher sacó un gran reloj de oro y lo miró.

—¿Va a ser la última? —le dijo—. Porque, como te dije, tengo un compromiso.

—Sí, por supuesto —dijo Little Chandler.

—Muy bien, entonces —dijo Ignatius Gallaher—, vamos a tomar otro como deoc an doruis3, que quiere decir un buen whisky en el idioma vernáculo, me parece.

Little Chandler pidió los tragos. El rubor que le había subido a la cara hacía unos momentos se le había instalado. Cualquier cosa lo hacía ruborizarse: y ahora se sentía cómodo y excitado. Los tres whiskicitos se le habían ido a la cabeza y el cigarrillo fuerte de Gallaher le confundió las ideas, ya que era una persona delicada y abstemia. La aventura de encontrarse con Gallaher después de ocho años, de verse con Gallaher en Corless’s rodeados por luces y ruido, de escuchar las anécdotas de Gallaher y de compartir por un momento la vida triunfante y vagabunda de Gallaher, desbalanceó su naturaleza sensible. Sintió crudamente el contraste entre su vida y la de su amigo y le pareció injusto. Gallaher era inferior a él en cuanto a origen y educación. Estaba seguro de que podría hacer cualquier cosa mejor que como lo hacía o lo haría nunca su amigo, algo superior al mero periodismo cursi si le dieran una oportunidad. ¿Qué se interponía en su camino? ¡Su lamentable timidez! Quería reivindicarse de alguna forma, hacer valer su virilidad. Podía ver más allá de la negativa de Gallaher a aceptar su invitación. Gallaher lo estaba subestimando con su camaradería del mismo modo que estaba subestimando a Irlanda con su visita.

El mozo trajo la bebida. Little Chandler empujó un vaso hacia su amigo y tomó el otro, con decisión.

—¿Quién sabe? —dijo al levantar el vaso—. Tal vez cuando vengas el año que viene, voy a ser yo el que le desee una vida larga y feliz al señor y la señora Gallaher.

Ignatius Gallaher, a punto de beber su trago, le hizo un guiño expresivo por encima del vaso. Cuando bebió, chasqueó los labios con convicción, dejó el vaso y dijo:

—No hay nada que temer por ese lado, amigo. Voy a recorrer el mundo y a vivir un poco la vida antes de entrar en la jaula…, si es que lo hago alguna vez.

—Un día lo vas a hacer —dijo Little Chandler con calma.

Ignatius Gallaher apuntó su corbata anaranjada y sus ojos azul pizarra hacia su amigo.

—¿Vos creés? —le dijo.

—Vas a entrar en la jaula —repitió Little Chandler, empecinado—, como todo el mundo, si es que encontrás una chica.

Había acentuado apenas el tono y se dio cuenta de que se había traicionado; pero, aunque el color le subió a la cara, no desvió los ojos de la insistente mirada de su amigo. Ignatius Gallaher lo observó por un momento y después dijo:

—Si llega a pasar, podés apostar lo que no tengas a que no va a ser con luna de miel y durmiendo cucharita. Hay que casarse por dinero. Tendrá que tener su buena cuenta en el banco o no será para mí.

Little Chandler sacudió la cabeza.

—Pero, vamos —dijo Ignatius Gallaher con vehemencia—, ¿querés que te diga una cosa? No tengo más que decir que sí y mañana tengo plata y mujer. ¿No me creés? Estoy seguro. Hay cientos, ¿qué digo cientos?, miles de alemanas ricas y de judías forradas en guita, que serían felices si… Esperá un poquito, amigo, y fijate si no juego bien mis cartas. Cuando yo me propongo algo, lo consigo. Esperá un poquito.

Se echó el vaso a la boca, terminó el trago y se rio fuerte. Después, miró pensativo hacia el frente y dijo, más tranquilo:

—Pero no tengo apuro. Pueden esperar. No tengo ganas de atarme a una mujer, vos me entendés.

Hizo como si tragara saliva y puso una cara irónica.

—Se pone un poco rancio, en mi opinión —dijo.

Little Chandler estaba sentado en un cuarto que daba al pasillo, con un niño en brazos. Para ahorrar no tenían sirvienta pero la hermana menor de Annie, Mónica, venía alrededor de una hora a la mañana y alrededor de una hora a la tarde para ayudarlos. Pero Mónica se había ido hacía rato. Eran las nueve menos cuarto. Little Chandler había llegado tarde para el té y, lo que es más, había olvidado traerle a Annie el paquete de café de Bewley’s. Así que por supuesto que ella estaba de mal humor y le contestaba cortante. Dijo que se podía arreglar sin café, pero cuando llegó la hora del cierre de la tienda de la esquina, decidió ir ella misma por un cuarto de libra de café y dos libras de azúcar. Le puso con habilidad el niño dormido en los brazos y le dijo:

—Tené, no lo despiertes.

Una lamparita con una pantalla de porcelana blanca apoyada sobre la mesa iluminaba una fotografía enmarcada en cuerno corrugado. Era una foto de Annie. Little Chandler la miró, deteniéndose en los finos labios apretados. Llevaba la blusa de verano azul pálido que él le había traído de regalo un sábado. Le había costado diez chelines con once; ¡pero cuántos nervios le había costado también! Cómo sufrió ese día esperando en la puerta del local a que se vaciara la tienda, parado frente al mostrador tratando de parecer tranquilo mientras la vendedora apilaba las blusas delante de él, pagando en la caja y olvidándose de agarrar el penique de vuelto, siendo entonces mandado a buscar por la cajera, y, finalmente, intentando ocultar su rubor cuando salía de la tienda examinando el paquete para ver si estaba bien atado. Cuando le dio la blusa a Annie, ella lo besó y le dijo que era muy linda y que estaba de moda; pero cuando escuchó el precio tiró la blusa sobre la mesa y dijo que era un robo cobrar diez chelines con diez por eso. Al principio quería devolverla pero cuando se la probó quedó encantada, sobre todo con el corte de las mangas y le dio otro beso y le dijo que era muy bueno por haberse acordado de ella.

¡Hmm!…

Miró con frialdad los ojos de la foto y ellos también con frialdad le devolvieron la mirada. Ciertamente eran lindos y la cara misma era linda. Pero había algo mezquino en ella. ¿Por qué era tan insensible y afectadamente femenina? La compostura de aquellos ojos lo irritaba. Lo repelían y lo desafiaban: no había pasión en ellos, ningún arrebato. Pensó en lo que había dicho Gallaher sobre las judías ricas. Esos ojos negros y orientales, pensó, ¡tan llenos de pasión, de anhelos voluptuosos…! ¿Por qué se había casado con esos ojos de la fotografía?

Se sorprendió haciéndose la pregunta y miró nervioso alrededor del cuarto. Encontró algo mezquino en el lindo mobiliario que había comprado en cuotas. Annie lo había elegido y a ella se parecían los muebles. También eran bellos y pretenciosos. Se le despertó un sordo resentimiento contra su vida. ¿No podría escapar de esa casita? ¿Era demasiado tarde para vivir una vida valiente como Gallaher? ¿Podría irse a Londres? Había que pagar los muebles todavía. Si solo pudiera escribir un libro y publicarlo, tal vez eso le abriría un camino.

Había un volumen de los poemas de Byron sobre la mesa delante de él. Lo abrió con cuidado con su mano izquierda para no despertar al niño y empezó a leer el primer poema del libro:

Callados son los vientos y aún la penumbra de la tarde,

ni siquiera un céfiro merodeando la arboleda,

mientras vuelvo a ver la tumba de mi Margaret

y esparzo flores sobre el polvo que amo.

Hizo una pausa. Sintió en ese cuarto el ritmo de los versos a su alrededor. ¡Eran tan melancólicos! ¿Podría él también escribir versos así, expresar la melancolía de su alma en un poema? Había tantas cosas que quería describir: su sensación de hacía unas horas en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo…

El niño se despertó y empezó a llorar. Dejó la página para tratar de callarlo, pero no se callaba. Empezó a acunarlo en sus brazos, pero su llanto se hizo más agudo. Lo meció más rápido mientras sus ojos trataban de leer la segunda estrofa:

Dentro de esta celda angosta descansa su arcilla4,

esa arcilla donde alguna vez…

Era inútil. No podía leer. No podía hacer nada. El llanto del niño le perforaba los tímpanos. ¡Era inútil, inútil! Estaba condenado a reclusión perpetua. Sus brazos temblaron con ira y de pronto, inclinándose sobre la cara del niño, le gritó:

—¡Basta!

El niño se calló por un instante, tuvo un espasmo de miedo y volvió a gritar. Little Chandler se levantó de su silla de un salto y empezó a dar vueltas apuradas por el cuarto cargando al niño en brazos. El niño empezó a sollozar con dificultad, ahogándose por cuatro o cinco segundos y después estallando de nuevo. Las delgadas paredes del cuarto hacían eco del ruido. Trató de calmarlo, pero lloraba con mayores convulsiones. Miró la cara contraída y temblorosa del niño y empezó a alarmarse. Contó hasta siete hipos sin parar y se llevó el niño a su pecho, asustado. ¡Y si se muriera…!

La puerta se abrió de un golpe y una mujer joven entró corriendo, jadeante.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —gritó.

El niño, oyendo la voz de su madre, estalló en paroxismos de llanto.

—No es nada, Annie…, nada… Se puso a llorar.

Ella soltó los paquetes en el piso y le arrancó el niño.

—¿Qué le hiciste? —le gritó, clavándole los ojos.

Little Chandler sostuvo su mirada por un momento y se le cerró el corazón al ver el odio en sus ojos. Comenzó a tartamudear:

—No es nada… Él… él empezó a… a… Yo no podía… Yo no hice nada… Por qué…

Sin prestarle atención ella comenzó a caminar por el cuarto de un lado a otro, apretando al niño en sus brazos y murmurando:

—¡Mi chiquito! ¡Mi bebé! ¿Te asustaste, mi amor…? ¡No es nada! ¡No es nada…! ¡Así! ¡Cosita hermosa de mamá…! ¡Ya pasó, ya pasó!

Little Chandler sintió que sus mejillas se ponían coloradas de vergüenza y se apartó de la luz. Oyó cómo los paroxismos del niño menguaban más y más, y entonces asomaron lágrimas de remordimiento en sus ojos.

NOTA:

El título, «Una pequeña nube», algo ambiguo tendría relación con un verso y el contenido general de «Infant Sorrow», poema de William Blake. «Como un demonio escondido en una nube. / Luchando entre las manos de mi padre». También se ha sugerido que el título puede ser una alusión a la historia bíblica de Elías y los profetas de Baal y más particularmente a I Reyes 18:44. Es sabido cómo le gustaban a Joyce los múltiples sentidos de referencia e interpretación, con los que pensaba hacer que se ocuparan de él, como dijo, no sin locura, arrogancia y previsión, trescientos años.

  1. Doncella hermosa y de pies rápidos que ofrece casarse con cualquier hombre capaz de derrotarla en una carrera: Hipómenes le gana al dejar caer tres manzanas doradas, que ella se detiene a recoger en el camino. El motivo de la mitología griega (incluida la imagen de la manzana dorada) reaparecerá en el discurso de Gabriel Conroy en «The Dead». Como se ve, ya se advierte el procedimiento para Ulises: la mitología griega y los personajes antiguos como modelos que se trasladan y reencarnan (de manera paródica o caricaturesca, lejos de la épica clásica) en la Era Moderna. ↩︎
  2. Prostitutas francesas de lujo durante el Segundo Imperio. ↩︎
  3. En gaélico, literalmente «la puerta de las bebidas»; última vuelta (de la bebida). ↩︎
  4. La arcilla será un elemento clave en la simbología del libro, y de hecho será el nombre (también cifrado) de uno de los cuentos. Como se dijo, Joyce juega ya en este libro con citas internas, guiños o contraseñas dentro y fuera de la obra, algo que en Ulises y el Finnegans Wake llegará a la saturación del procedimiento. ↩︎

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar